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11/7/22

¿Qué lleva a un joven a perpetrar un tiroteo masivo?

 "Nunca voy a superar el hecho de que nuestra sociedad parece producir un flujo constante de hombres jóvenes que creen que es heroico asesinar a personas inocentes. Leo sus historias. Veo los estudios sociológicos. Trato de entender el camino que los ha llevado a su comportamiento malvado.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos.

Lo más común que se dice de los asesinos en masa es que tienen problemas mentales, pero a veces eso no es del todo cierto. Esto se ha estudiado de diversas maneras. A la mayoría de los asesinos masivos no se les ha diagnosticado una enfermedad mental. En general, son las circunstancias que los hacen cometer esos actos y no una enfermedad subyacente.

El lugar más preciso para empezar es con algo que George Bernard Shaw escribió hace muchos años: “El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino ser indiferente con ellos: esa es la esencia de la inhumanidad”.

Estos jóvenes muchas veces son fantasmas. Muchas veces experimentaron algún trauma en su primera infancia, como abuso o acoso extremo. En la escuela, nadie los conoce. Los niños y las niñas los rechazan. Luego, cuando los periodistas entrevistan a sus maestros o vecinos, los recuerdan como retraídos y distantes. A menudo, estos jóvenes carecen de habilidades sociales. ¿Por qué nadie me quiere? Como dijo un investigador: no necesariamente es que sean solitarios, sino que fracasaron al intentar integrarse.

Se endurecen en su soledad. Una persona que conocía a un tirador en masa comentó en la revista GQ: “Era callado, al punto de incomodar, al punto de ser extraño. De verdad, muy raro”. Los humanos solo se dan cuenta de cuánto ansían el reconocimiento del mundo cuando no lo tienen y, como no lo obtienen, se sumergen en sí mismos.

Los estresores se acumulan: les va mal en la escuela, les va mal en el trabajo, tienen encuentros humillantes con otros. Se siente vergonzoso ser tan indigno de la atención humana. Nos vemos como otros nos ven y, cuando nadie nos ve, nuestro sentido del ser se desintegra. No están bien equipados para lidiar con su dolor.

Muchos consideran suicidarse. Esto es importante. El asesinato en masa muchas veces es una forma de suicidio y puede considerarse algo parecido. En su desesperación, varios parecen tener una especie de crisis de identidad. ¿Es mi culpa o es la del mundo? ¿Soy un perdedor o ellos son los perdedores?

Y aquí es donde el victimismo se convierte en villanía. Los que se hacen asesinos en masa deciden que son Superman y que el mundo está lleno de hormigas. Deciden suicidarse de una manera que egoístamente les dará lo que más ansían: ser conocidos, ser reconocidos, ser famosos.

Elaboran una narrativa en la que ellos son el héroe. El mundo es malo y ellos se enfrentarán al mundo. O el mundo corre un peligro catastrófico. Mujeres/negros/judíos nos están destruyendo y ellos les devolverán el golpe. Estas narrativas alimentadas por internet tienen un poder excitante: los hacen sentir justos, fuertes e importantes. Las personas cuyas vidas se están hundiendo en el caos se aferran a cualquier historia en blanco y negro que les proporcione orden y propósito.

Por supuesto que las narrativas son pura demencia maliciosa. “La soledad ofusca”, escribió Giovanni Frazzetto en su libro Together, Closer. “Se convierte en un filtro engañoso por el que podemos vernos a nosotros mismos, a otros, al mundo”.

Las armas parecen tener también algún tipo de efecto psicológico. Para las personas que se han sentido impotentes toda la vida, las armas parecen proporcionar una sensación de poder casi narcótica. Tal vez sea el placer que sienten al posar con sus armas lo que lleva a algunos de ellos al límite. Las armas son como serpientes en los árboles que les susurran.

A estas alturas, su imagen de las relaciones humanas ideales es enfermiza. No es amigo-amigo. Es celebridad-fanático. La única forma de compañía humana que pueden imaginar es la de ellos mismos transmitida en una pantalla y la de las multitudes sin rostro que la miran y la repostean.

Empiezan a tramar su embestida, que es una representación teatral. Quieren que sea lo más público y espectacular posible. Muchos no son sigilosos al respecto. Se lo cuentan a la gente. Publican videos. Se consideran miembros de la hermandad de asesinos y se regodean con delirios de grandeza. Pero incluso en el último momento, especialmente entre los más jóvenes, suele haber un llamado de auxilio a última hora. Quieren que alguien les diga: No tienes que hacer esto.

El artículo más impactante que leí mientras investigaba para esta columna fue escrito por Tom Junod para Esquire en 2014. Entrevistó a un joven que, según los fiscales, se propuso cometer un tiroteo masivo, pero fue atrapado antes de que pudiera empezar. (El hombre se declaró culpable de robo de vehículos y cumplió condena por ello).

Cuando salió de la cárcel, miró su antiguo anuario de la preparatoria y se sorprendió. Sus compañeros de clase lo habían firmado y le proponían reunirse durante el verano. La gente le tendía la mano, pero él había sido demasiado egocéntrico para verlo.

El día que se dispuso a salir armado con armas, municiones y un machete, no quería hacerlo. Era como un deber doloroso. Le dijo a Junod: “Quería que me prestaran atención. Si alguien se hubiera acercado a mí y me hubiera dicho: ‘No tienes que hacer esto, no tienes que tener esta extraña fuerza, te aceptamos’, me habría derrumbado y me habría rendido”.                   (David brooks, The New York Times, 10/07/22)

7/6/21

Sabemos que Estados Unidos está superando la pandemia de COVID-19 cuando el ritmo de los tiroteos masivos en el país vuelve a la “normalidad”. El vínculo letal entre los tiroteos masivos y la violencia de género está claro

 "Sabemos que Estados Unidos está superando la pandemia de COVID-19 cuando el ritmo de los tiroteos masivos en el país vuelve a la “normalidad”. Hasta el 2 de junio se han registrado 244 tiroteos masivos en Estados Unidos en 2021. 

Esa cifra representa entre uno y dos tiroteos por día. No se sabe cuándo ni dónde ocurrirá la próxima masacre, pero sí se tiene la certeza de que ocurrirá. Y luego otra, y otra. Como resultado de esta gran cantidad de situaciones en las que ocurren tiroteos masivos en Estados Unidos, el país tiene ahora datos y estadísticas relacionados con estos crímenes, que muestran una correlación entre los tiroteos masivos y la violencia intrafamiliar. La mayoría de los hombres que perpetran los tiroteos masivos (los hombres cometen al menos el 97% de esos incidentes) también tienen antecedentes de violencia en el hogar. 

Esta información, junto con la implementación de medidas sensatas y de aplicación efectiva para controlar la posesión de armas de fuego podrían ayudar a detener la epidemia de tiroteos masivos que azota a la sociedad estadounidense y salvar muchas vidas de mujeres que están en riesgo de sufrir violencia a manos de sus parejas.

Era la madrugada del 26 de mayo y los trabajadores de la instalación de trenes ligeros de la Autoridad de Transporte del Valle de Santa Clara, en la ciudad de San José, en California, preparaban los trenes que debían entrar en funcionamiento en la mañana. El empleado Samuel Cassidy, de 57 años, llegó a la instalación ferroviaria. Una hora después comenzó a disparar desenfrenadamente y mató a nueve de sus compañeros de trabajo antes de quitarse la vida. 

Cassidy llevaba consigo tres pistolas y unos 32 cargadores, algunos de ellos prohibidos en el estado de California. Las autoridades registraron su casa y encontraron allí otra decena de armas. Las pistolas que usó el tirador para perpetrar la matanza estaban todas correctamente registradas y habían sido compradas de manera legal.

Cecilia Nelms, la exesposa de Cassidy, le dijo al periódico The New York Times que él le había repetido varias veces que quería matar a sus compañeros de trabajo. “Ojalá pudiera matarlos”, decía. Nelms y Cassidy se divorciaron en 2004, después de diez años de matrimonio. Durante ese tiempo, Cassidy se volvió cada vez más propenso a tener arrebatos de ira incontrolable hacia su esposa. En 2009, Samuel Cassidy solicitó una orden de restricción contra una ex novia. En su comparecencia ante el tribunal, la ex novia de Cassidy se defendió de las acusaciones en su contra y detalló las ocasiones en las que él la había violado y otras en las que había intentado hacerlo. La mujer también describió episodios de cambios de humor y violentos estallidos de rabia relacionados con el consumo de alcohol de Cassidy.

Julia Weber, directora de implementación de la organización Giffords Law Center y experta en políticas sobre violencia doméstica, dijo a Democracy Now!: “El vínculo que existe entre la violencia con armas de fuego y la violencia intrafamiliar es particularmente letal. […] Más de un millón de mujeres en Estados Unidos son sobrevivientes de ataques con armas de fuego perpetrados por sus parejas masculinas. Al menos unas 600 mujeres al año son asesinadas por sus parejas como resultado de la violencia con armas de fuego. Eso significa que muere una mujer por ese motivo cada 14 horas, más o menos”.

La Giffords Law Center es una organización cuyo objetivo es prevenir la violencia con armas de fuego. Fue cofundada por la excongresista Gabby Giffords, quien recibió un disparo en la cabeza en la ciudad de Tucson, en el estado de Arizona, mientras se reunía con electores en el estacionamiento de un centro comercial el 8 de enero de 2011. Giffords pudo sobrevivir, pero sufrió lesiones cerebrales que aún continúa tratando de superar. Ese día, el atacante mató a seis personas e hirió a otras doce.

Julia Weber describió algunas de las acciones que ayudarían a evitar que los perpetradores de violencia intrafamiliar cometan actos de violencia masiva: “Debemos quitarles las armas a las personas a las que se les ha prohibido poseer armas. Debemos asegurarnos de que se verifiquen los antecedentes de todos los compradores de armas del país, de manera que cada vez que una persona que tiene prohibido adquirir armas o municiones efectivamente no pueda hacerlo. También debemos hacer un trabajo mucho mejor para abordar la misoginia y la violencia de género desde el principio; debemos ser conscientes de que el prejuicio de género puede generar un daño real”.

Un estudio reciente realizado por investigadores de la Universidad de Indianápolis concluyó que “los maltratadores de género masculino que matan a sus parejas con armas de fuego tienen muchas más probabilidades de quitarles la vida a otras personas también”. La investigación también compendia algunos hallazgos anteriores que muestran que “la presencia de un arma de fuego en el hogar aumenta hasta cinco veces el riesgo de muerte en situaciones de violencia de género”.

En 2020, el medio Bloomberg News publicó un estudio que analizó 749 tiroteos masivos y que concluyó que el 60% de esos tiroteos fueron perpetrados durante un acto de violencia intrafamiliar o por un hombre con antecedentes de violencia doméstica. Bloomberg News también descubrió que los tiroteos cometidos por personas que ejercen violencia de género provocan un mayor número de muertes.

La pandemia de COVID-19 obligó a que una infinidad de mujeres quedaran atrapadas en sus casas a merced de sus abusadores, lo que provocó un aumento de las llamadas a las líneas telefónicas que atienden a las víctimas de violencia doméstica. La pandemia también generó un aumento en la compra de armas. El grupo de investigación Small Arms Analytics informó que solo en 2020 se vendieron más de 26 millones de armas en Estados Unidos, un país que ya contaba con más de 300 millones de armas.

Para acabar con los tiroteos masivos es necesario dar dos pasos fundamentales: el primero, negar a los hombres que golpean y abusan de las mujeres en el hogar la libertad que disfrutan actualmente para comprar y poseer armas; el segundo, tomar en serio la violencia contra las mujeres, fortaleciendo las leyes y las instituciones que las protegen de sus abusadores."             (Amy Goodman y Denis Moynihan, Democracy now, 04/06/21)

7/9/20

La noche en la que un adolescente mató a dos personas en Wisconsin

  "El secreto mejor guardado de Antioch, Illinois”. La frase, reclamo publicitario de esta “exquisita y bella comunidad de apartamentos ajardinados”, en un pueblo a medio camino entre Chicago y Milwaukee, adquirió el martes un nuevo y dramático significado. En uno de estos seis bloques de edificios marrones de dos plantas, en un apartamento de dos habitaciones, vivía con su madre Kyle Rittenhouse, un chico de 17 años capaz de acudir armado a poner orden en la ciudad vecina y abrir fuego con su fusil de asalto, al sentirse acorralado, matando a dos personas e hiriendo a otra que estaba en pie con los brazos en alto.

Rittenhouse fue arrestado a las cinco de la mañana del miércoles en su apartamento de Antioch y trasladado al centro de detención juvenil del condado de Lake (Illinois), donde espera su extradición a Wisconsin. Se enfrenta a seis delitos, entre ellos uno de homicidio imprudente en primer grado, otro de homicidio doloso en primer grado y otro más de tentativa de homicidio en primer grado. Este jueves, levantado ya el cordón policial que lo protegía la víspera, “el secreto mejor guardado de Antioch” lucía desierto. Un hombre salió de un coche para pedir al visitante que se fuera: “Déjennos vivir tranquilos”. “Este país se ha vuelto loco, y esta vez la locura nos ha tocado en nuestro jardín trasero”, resumía una mujer, que no quiso dar su nombre, mientras se alejaba con una amiga hacia el parque contiguo, vestidas con ropa deportiva.

Se necesitaban “ciudadanos armados”. “La policía está superada en número y nuestro alcalde ha fracasado. ¡Tomemos las armas y defendamos nuestra ciudad!”, escribió en las redes sociales un grupo autodenominado Guardia de Kenosha. La ciudad, a apenas 25 kilómetros de Antioch, ardía en la tercera noche de protestas después de que un agente de policía blanco disparara siete veces por la espalda al afroamericano Jacob Blake, mientras tres de sus hijos lo veían desde el coche.

Rittenhouse acudió el pasado martes a la llamada. El chico adoraba a la policía. Se enroló como cadete en un programa para adolescentes que quieren ser policías. En una foto de perfil de Facebook salía empuñando sonriente su fusil semiautomático junto a otro amigo armado, rodeados por una leyenda: “Deber. Honor. Coraje. Las vidas azules Importan”. Se trata de un lema surgido en respuesta al movimiento contra la injusticia racial Black Lives Matter (Las vidas negras importan), que cambia el color negro por el azul del uniforme policial.

Así que, cuando leyó que la policía necesitaba ayuda, metió en el coche su fusil de asalto y un botiquín de primeros auxilios y se dirigió a Kenosha. Pasó por los polígonos industriales de Antioch. Dejó atrás el instituto que abandonó antes de tiempo, el Lakes Community High School, en cuya entrada ondeaban el jueves a media asta cuatro grandes banderas estadounidenses, y donde su madre, auxiliar de enfermería, pidió una orden de protección para él en enero de 2017 porque un compañero de clase le llamaba “bobo” y “estúpido” y le amenazaba con hacerle daño.

Su primer destino al llegar este martes a Kenosha fue otro instituto, en el centro de la ciudad, en cuyo exterior se le vio ayudando a limpiar los destrozos de la noche anterior. Lo que sucede a partir de aquí ha podido ser reconstruido por la Fiscalía gracias a docenas de vídeos de testigos que han ido saliendo a la luz. En las grabaciones se ve a Rittenhouse limpiando grafitis, atendiendo a gente, integrado con miembros de diversos grupos armados. No está probada la relación del joven con ninguna de las milicias que acudieron a tomarse la justicia por su mano, y a las que la policía permitió permanecer armadas en la calle a pesar del toque de queda.

En un vídeo, se ve cómo agentes de policía desde una tanqueta dan las gracias a Rittenhouse y a otros milicianos armados, les preguntan si necesitan agua y les lanzan un botellín. A continuación, los mismos agentes ordenan a otros civiles que se vayan del lugar porque “la zona está cerrada para todos”. A pesar de su aspecto aniñado, ninguno le pidió la documentación del aparatoso fusil de asalto que portaba, ni se interesó por si tenía la edad de 18 años que se requiere en el Estado para adquirir ese tipo de armas.

En otro de los vídeos, grabado en el exterior de un establecimiento vandalizado la víspera, Rittenhouse explica en qué consiste su “trabajo”. “La gente está herida y nuestro trabajo es proteger este negocio. Parte de mi trabajo es también proteger a la gente. Si alguien resulta herido, iré hacia el peligro. Por eso tengo mi rifle. También para protegerme, obviamente. Pero también tengo mi botiquín médico”, cuenta.

A apenas dos manzanas está Car Source, un establecimiento de coches usados, que este jueves era un dantesco solar con decenas de vehículos reducidos a amasijos de hierro calcinado. Allí, poco antes de la medianoche, Rittenhouse se enfrentó con los manifestantes. Uno de ellos, Joseph Rosenbaum, de 36 años, le arrojó un objeto. Forcejearon. Se oyeron disparos y Rosenbaum quedó tendido en el suelo.

Rittenhouse cogió el teléfono y, según se ve en otro vídeo, realizó una llamada. “Acabo de matar a alguien”, dice. Un grupo de manifestantes fue a por el joven, que echó a correr por la calle, hasta que se tropezó y cayó al asfalto. Desde esa posición volvió a abrir fuego. Anthony Huber, de 26 años, se abalanzó sobre él, le golpeó con su monopatín y trató de arrebatarle el fusil. Pero Rittenhouse logró zafarse y le disparó en el pecho. Apenas pudo Huber dar unos pasos antes de caer muerto.

Entonces Rittenhouse, sentado en el suelo, apunta con su rifle a otro joven, Gaige Grosskreutz, de 26 años, que también había ido a por él, pero que al ver cómo Rittenhouse había matado a Huber, se alejó unos pasos y se quedó paralizado con los brazos en alto. A pesar de ello, le disparó, hiriéndole en el brazo derecho. Los tres hombres atacados por el menor eran blancos.

Rittenhouse se alejó del lugar caminando hacia atrás y apuntando con su rifle a las personas que quedaban en la calle. Otro vídeo muestra cómo pasa, con los brazos en alto y el arma colgada de un hombro, junto a un grupo de vehículos policiales. Acaba de matar a dos personas pero nadie lo detiene. Solo se escucha cómo un agente le dice por un megáfono: “Tú, el del rifle, no vengas por aquí abajo, está cerrado”. Rittenhouse sale caminando de la zona caliente de Kenosha y regresa en coche a su casa.

El sheriff de condado explicó a los periodistas que el hecho de que dieran agua a los milicianos armados no implicaba un permiso tácito para actuar. “Damos agua a todo el mundo”, aseguró. “No necesitamos más armas en las calles de nuestra comunidad”, dijo el alcalde la ciudad, John Antaramian. El jefe la policía, Dan Miskinis, defendió que los civiles armados estaban allí “ejerciendo su derecho constitucional”. Algunos grupos de milicianos pusieron en marcha en Internet colectas de fondos para contribuir a la defensa legal de Rittenhouse.

En sus redes sociales, además de las armas y la policía, el joven mostraba una tercera pasión: Donald Trump. Compartió imágenes en TikTok desde la primera fila de un mitin del presidente en Iowa, el pasado mes de enero. “No somos responsables de la conducta privada de la gente que viene a nuestros mítines, como tampoco Obama y Joe Biden lo son de la de la gente loca que va a los suyos”, dijo a los periodistas Kellyanne Conway, consejera del presidente.

Entre aquellos que seguían este jueves congregándose para protestar pacíficamente, a la furia por los disparos de un agente de policía a Jacob Blake se sumaba la rabia provocada por los disparos de Rittenhouse el martes por la noche. “Mi madre no debería tener miedo por mi vida”, decía la pancarta que portaba Jane, una joven afroamericana de la misma edad que Rittenhouse. “No tenía derecho a estar aquí, nadie le pidió que viniera”, explicaba. “¿Qué tipo de país permite a un chico de mi edad ir con esa arma por la calle? Solo piense qué habría pasado si un chico negro se hubiera paseado esa noche con ese rifle”.                  (Pablo Guimón, El País, 28/08/20)

23/9/10

Las guarderías y escuelas infantiles de la República Popular China son con cada vez más frecuencia el objetivo de asesinos de masas

"Los padres chinos se encuentran cada vez más atenazados por el miedo y el horror. (...)

Pero el 23 de marzo de 2010 irrumpió Deng Mingsheng, un médico desempleado desde hacía nueve meses, en un centro infantil en Nanping (provincia de Fujian), mató a ocho niños e hirió gravemente a otros cinco. (...)

El 28 de abril, Chen Kangbing, un profesor “de vacaciones” forzadas por enfermedad desde hace cuatro años, hirió en Leizhou (Guangdong) a 16 niños y un profesor. Un día después el desempleado Xu Yuyuan irrumpió en una escuela de primaria de en Taixing (Jiangsu) e hirió a 29 niños. El 23 de abril el campesino Wang Yonglai de Weifang (Shandong) fue informado de que su casa, construida hace un año y todavía por pagar, era “ilegal”.

El 29 de abril firmaba el escrito de consentimiento para su derribo, para entrar al día siguiente con un martillo en la escuela del municipio y herir gravemente a cinco escolares antes de prenderse fuego. También a causa de un problema inmobiliario se registró un caso en Nanzheng (Shaanxi), donde un hombre entró el 12 de mayo en la guardería de su bloque de edificios y mató a siete niños y la profesora, así como una madre.

Sucede que la tragedia personal o la humillación social de todos los atacantes había alcanzado una magnitud abiertamente insoportable. En todos los casos se trataba de hombres fracasados profesionalmente con edades comprendidas entre los 30 y los 40 años. Todos vivían en ciudades pequeñas, que a menudo son abandonadas para siempre por los mejores estudiantes, de camino a la universidad y su posterior carrera profesional.

Que dan la espalda a todos los demás si tienen la posibilidad. Para el profesor Chen Kangbing, para Xu Yuyuan y los demás no había ninguna otra esperanza en la sociedad china contemporánea: ningún trabajo, (y por ello) ninguna vivienda, (y por ello) ninguna posibilidad de crear una familia. Su frustración es comprensible, pero a primera vista no explica por qué atacaron a niños inocentes. (...)

¿Han sido humillados durante tanto tiempo que sólo pueden descargar su impotencia en los más débiles de la sociedad, los niños? Los crímenes son «solamente en parte» atribuibles a que sus autores se vieron abandonados por la sociedad y condenados al ostracismo, opina Hu Lifeng, catedrático de trabajo social en la facultad de pedagogía de la Universidad de Beijing. «Por supuesto, ninguno de ellos se planteó, bajo ningún concepto, entrar en un edificio gubernamental.

Pero no solamente eso. Los ataques fueron calculados. Si especialmente en los estados más pequeños muchos padres aún tienen solamente un niño [debido a la política de planificación familiar china, N.T.], el asesino sabe perfectamente cómo puede emprender su venganza causando el mayor daño posible y multiplicando sus consecuencias.” (...)

De modo similar se expresa el psicólogo Ma Shihong, quien trabaja especialmente en los círculos más pobres de las provincias de Hebei y Shandong. «¿Por qué querría alguien atacar a niños? Si dejamos abiertamente de lado que son los que menos pueden defenderse, quedan tres factores de importancia.

El primero es que alguien ha sido tratado con injusticia desde su infancia quiere cobrarse por ello una recompensa.

El segundo es que alguien puede pensar debido a la injusticia experimentada que los demás deben sufrir el mismo dolor que él padece.

Y el tercero sería que alguien realmente perdiese totalmente el control sobre sí mismo y no supiera lo que hace e inconscientemente atacase a los niños.»

Pero esta última es para Ma Shihong la opción menos realista. «¿Por qué debería alguien desarrollar un odio calculado hacia los niños?» Sin embargo, si alguien llegase tan lejos como para perder el control de sí mismo, no explica por qué la mayoría de criminales buscaron conscientemente a los niños como víctimas.
(...)

Sea como fuere, desde julio hay vacaciones de verano, y en principio ninguna noticia en las páginas de sucesos. Y así parecía hasta el pasado 4 de agosto, cuando el periódico de Hong Kong Singtao informó, en un artículo especialmente sangriento y efectista, de que en la ciudad de Zibo (Shandong) tres hombres armados con cuchillos entraron en una guardería, asesinando a dos niños y tres cuidadoras.

Un «pequeño camarada» que no puedo escapar a tiempo, afirma el Singtao, fue decapitado de un solo tajo, mientras otro quedó con la cabeza colgando del cuello... Otras fuentes informan con menos detalle y hablan de un sólo un atacante, así como de tres muertos. ¿Existió realmente un ataque de este tipo?
" (Sin Permiso, 05/09/2010, citando a 'China: la furia de los perdedores', de Dirk Reetland)