Mostrando entradas con la etiqueta zz. Guerra Civil española. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta zz. Guerra Civil española. Mostrar todas las entradas

16/2/22

Alejandro Viana: el 'Schindler' gallego que ayudó a huir del fascismo a 17.000 españoles, primero de Franco y después de Hitler

 "Diecisiete mil republicanos españoles que huyeron del fascismo, primero de Franco y después de Hitler, le deben parte de su vida a un gallego: Alejandro Viana. Natural de Ponteareas (Pontevedra), este diputado del Frente Popular, militante de Izquierda Republicana, fue pieza clave en la organización de más de 30 barcos, entre ellos el famoso Winnipeg rumbo a Chile, que sirvieron de vía de escape a los demócratas derrotados en la Guerra del 36. 

Y aunque su imagen aparecía en orla fotográfica al lado de otros célebres parlamentarios gallegos elegidos por la coalición de izquierdas en las últimas elecciones previas al golpe franquista –Castelao, Casares Quiroga, Osorio Tafall, Suárez Picallo–, Viana era prácticamente desconocido. Roberto Mera Covas lo ha remediado con el libro Alejandro Viana, un galego á fronte do rescate dos refuxiados republicanos (Ediciones Belagua, 2022), en el que Covas condensa más de veinte años de investigaciones sobre la biografía de este Schindler gallego, político y empresario. "Ha sido apasionante trabajar en encajar las piezas del puzle de su vida", afirma Mera. 

 La vida de Alejandro Viana Esperón es un puzle con muchas piezas que encajar. Nacido en 1877 en Ponteareas, en el seno de una familia sin recursos, fue primero un empresario emprendedor y después diputado en las Cortes españolas por la coalición de izquierdas del Frente Popular, victoriosa en los comicios del 36. Estalla la Guerra Civil y huye hacia Francia, donde se convierte en el responsable del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE). 

Y allí se erige en la persona clave en la organización de más de treinta barcos que parten hacia el exilio desde Burdeos. Su papel es clave en la evacuación de más de 17.000 republicanos españoles hacinados. Él, sin embargo, decide ser de los últimos en marcharse de Francia. "Viana podría haberse marchado cuando quisiese, pero que se quedase demuestra la altura de su dignidad moral", reflexiona el autor del libro, que es abogado y también se dedica a la política, como teniente de alcalde del gobierno del BNG en Ponteareas.

 El intento de huida de Alejandro Viana hacia América, con la Segunda Guerra Mundial de fondo y la Gestapo y la falange intentando boicotear el viaje, deriva en una angustiosa travesía de más de un año por las costas de África. Junto a él navegaban más de 600 refugiados, entre ellos el ya anciano expresidente de la República Niceto Alcalá–Zamora. "Viana era un señor de casi 60 años cuando estalla la Guerra, pertenecía a una burguesía viguesa progresista y con cierto compromiso social, y tenía una vida social intensa", explica el autor Roberto Mera, cuyo parentesco con Alejandro Viana –es su tío bisabuelo– lo condujo a adentrarse en esta apasionante investigación.

Exportador de huevos y burgués progresista

Muchos años antes de que Franco encabezase la rebelión fascista contra la democracia en España, Viana había llegado a Vigo desde Ponteareas muy joven. Su objetivo, trabajar y formarse en casa de unos parientes pudientes. Allí prospera y se convierte en un empresario audaz, montando una empresa pionera con la que se enriquece: la exportación de huevos a toda Europa. Su posterior matrimonio con Josefina Dotras lo emparenta con una familia de conserveros y lo introduce también en este negocio. "Según mis cálculos podría tener un patrimonio equivalente a unos tres o cuatro millones de euros actuales", calcula Mera.

Alcalde de Vigo durante unos meses, impulsor del periódico El Pueblo Gallego de su gran amigo Portela Valladares, promotor del estadio de Balaídos en donde todavía hoy juega el Celta, su nombre se hizo habitual en las páginas de sociedad de la prensa local. Sus negocios se expanden también a Portugal, donde teje una red de sólidas amistades, entre las que está Bernardino Machado, que sería presidente de Portugal y se exiliaría en A Guarda (Pontevedra) a principios de los años 30. 

Esta relación epistolar se conserva en treinta cartas. En febrero de 1936 sale elegido diputado en las Cortes españolas de la Segunda República. Fueron las últimas elecciones democráticas en España hasta 1977. "De esa época [la II República] se conservan varias cartas ente el y Alexandre Bóveda, que era un buen amigo suyo", explica Roberto Mera. Bóveda, secretario general del Partido Galeguista –también integrado en el Frente Popular– acabaría asesinado en agosto de 1936. 

 El 28 de junio de 1936, Alejandro Viana vota en Vigo a favor del Estatuto de Autonomía. Difícilmente podía imaginar que sería la última vez en su vida que iba a pisar la ciudad. El 18 de julio, el golpe franquista pone en jaque la legalidad republicana y Viana, se exilia en París. El Gobierno de la República en el exilio lo nombra responsable del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) y desde su oficina en París comienza a gestionar la salida de decenas de barcos desde Burdeos hacia América. 

Miles de refugiados republicanos suplican por un pasaje. "Por la documentación que existe, sumarían unas 17.000 personas, todas en barcos fletados por Viana, pero también consta un gran número de personas a las que gestionó visados y pasaje en líneas regulares, con lo cual el número sería muchísimo mayor", calcula Roberto Mera. Todo pagado con la red de financiación de los fondos que custodia el Gobierno republicano. "Resulta asombroso como un gobierno derrotado hace llegar en el exilio subsidios a mutilados o viudas, pagos a médicos en campos de concentración, localiza familiares dispersos o financia el dispositivo del SERE", señala el autor del libro.

Viana está en el centro de las operaciones que habilitan la ruta de escape de los derrotados. Son buques cuyos nombres evocan la conquista de un horizonte en libertad: Ipanema, Mexique, Sinaia o Winnipeg. En este último partieron hacia Chile apiñados 2.000 refugiados, en el que fue el mayor desplazamiento de pasajeros del exilio republicano y en el que participó Pablo Neruda, cónsul chileno en Madrid. 

Mera ha documentado que Viana también conoció al poeta. A bordo de estos barcos, multitud de artistas e intelectuales, de León Felipe a Luis Buñuel, de Max Aub a Luis Cernuda o María Zambrano. También gallegos como el político Luís Soto, el pintor Arturo Souto o el cineasta Carlos Velo. Todos continuarían su vida en México, país que nunca reconocería al Gobierno de Franco, solo al Gobierno de la República en el exilio.

Con el SERE funcionando a pleno rendimiento, los nazis toman París y, acosado por la Francia colaboracionista, Viana y su red de apoyo huyen hacia Burdeos, preparando su propia salida hacia América. Pero Viana decide que todavía hay mucha gente a la que antes debe dejar lista para embarcar. Los barcos zarpan, la Gestapo le pisa los talones y evita que Viana embarque. Inicia entonces una vida clandestina por toda Francia, y se refugia cerca de Suiza. Hasta que por fin surge la oportunidad en un barco que partirá de Marsella rumbo a América: el Alsina. En él se embarca, no sin antes sortear numerosas trabas. También lo hace el expresidente republicano Niceto Alcalá-Zamora, viudo con sus siete hijos.

Lo que parecía que iba a ser la travesía definitiva no acabó de serlo. En plena Segunda Guerra mundial el Atlántico era un avispero: submarinos, aviación desafiante y barcos de guerra expectantes. El Alsina, de bandera francesa, fondea en Dakar, capital de Senegal, pero no puede continuar porque necesita el Navicert, el documento de los ingleses que certifique que el barco es neutro y no transporta material bélico. La estancia acaba prolongándose durante cinco penosos meses, en pésimas condiciones, metidos en la nave fondeada. Hasta que los obligan a regresar a Casablanca, en Marruecos. Los republicanos huidos son entonces abandonados a su suerte.

La Gestapo y la policía franquista están al acecho e intentan por todos los medios evitar que puedan conseguir otro barco. Emerge una vez más la capacidad de gestión de Viana, de sus contactos con Portugal y de la estructura del Gobierno republicano en el exilio. "Logran recolocar a los pasajeros en el Quanza, un barco que sí tiene el Navicert y que viene de Lisboa. Cargado de judíos de toda Europa, escapan del nazismo hacia América", explica Roberto Mera. ¿Cómo consiguen el dinero en África para pagar otro barco? "Hay una carta en la que Viana agradece los 100.000 francos que pidió y le enviaron. Desconozco como en poco tiempo ese dinero podía estar en Dakar, pero me asombra su red y su habilidad para financiarse", indica Mera. El Quanza logra surcar el Atlántico y finalmente arriba a México en noviembre de 1941.  

 Alejandro Viana se reencontrará allí con su esposa Josefina, tras varios y convulsos años sin poder verse. El tenaz Viana no arroja la toalla. Participa del Gobierno de la República en el exilio y, con 64 años, vuelve a comenzar de cero. Logra la gestión de una farmacia y consigue la representación de varios medicamentos en todo el país. En 1952, con 75 años, muere en México D.F. Su memoria y su legado se había perdido. "Se diluyó por dos vías, la política y la familiar. No tuvo descendencia y pertenecía a Izquierda Republicana, un partido que se extinguió y no tuvo continuidad en democracia", concluye su sobrino–bisnieto Roberto Mera, que ahora busca rehabilitar a Alejandro Viana."            (Alfonso Pato, eldiario.es, 15/02/22)

18/5/21

La larga sombra de la Guerra Civil española

 "En España, los muertos están más vivos que los muertos de cualquier otro país en el mundo.

Federico García Lorca, 1933

En este artículo partimos de la economía para reflexionar sobre las posibles consecuencias de la Guerra Civil Española—a sabiendas de que es un tema complicado y todavía doloroso en la memoria de muchos españoles. Sin duda sigue estando muy presente en la agenda política española, como demuestran las noticias sobre la exhumación de Franco o el nuevo proyecto de ley sobre Memoria Histórica. Para esta entrada nos basamos en un documento de trabajo reciente (disponible aquí o aquí), donde justamente estudiamos la memoria colectiva, como mecanismo de transmisión de los efectos culturales y políticos que encontramos a largo plazo.

Quizás no valga la pena ahondar sobre la historia de la guerra, para una audiencia española y especialista, cuando se han escrito tantos volúmenes sobre la misma (Thomas, 1961; Preston, 1986, 1990, 1996, 2011; Beevor, 1989, entre muchos otros). Simplemente la ubicamos temporalmente, de 1936 a 1939, como un enfrentamiento entre el bando sublevado (o Nacional) y el bando Republicano. Recordemos que, frente al triunfo del Frente Popular en el contexto de la Segunda República, un grupo de militares sublevados montaron un golpe de estado el 18 de Julio, que, aunque se esperaba fuese rápido y certero, terminó dividiendo el país en una guerra extensa y atroz. 

Como resultado de ella, se estima que alrededor de 600.000 personas murieron, de una población base de 23,6 millones de habitantes en 1930. La represión contra la población civil fue particularmente severa, cobrando casi 200.000 víctimas: 140.000 por parte del “terror blanco” de los Nacionales y 50. 000 del “terror rojo” Republicano (Preston 2011, Prada Rodríguez 2010,  Ledesma Vera 2010).

En las ciencias sociales, el estudio sobre las guerras civiles empezó con el trabajo de Fearon y Laitin (2003) en ciencia política y relaciones internacionales. En Economía, Blattman y Miguel (2010) resumieron el estado de la literatura hasta el momento, mientras que Ray y Esteban (2017) analizaron nuevamente la evidencia, enfocándose hacia la relación entre conflicto y desarrollo. Muchos estudios, resumidos en Bauer et al. (2016), concluyen que el conflicto podría conllevar a mayor cooperación y participación política.

 A estos grandes resúmenes, les han seguido una serie de trabajos, examinando el impacto del conflicto a largo plazo. Se podría hablar de dos olas, una primera, que encontró efectos nulos y en ciertos casos positivos en sitios como Japón, Alemania y Vietnam (Davis y Wenstein, 2002; Brakman et al., 2014; Miguel y Roland, 2011) y una segunda, cuestionando algunos de estos resultados iniciales, integrada por (Dell y Querubín, 2017; Fontana et al., 2017, Chioveli et al., 2017). Contribuimos a esta última literatura examinando empíricamente el impacto cultural y político de la Guerra Civil Española.

Para medir los efectos de la guerra en la confianza y las preferencias políticas de los españoles 80 años después de la finalización del conflicto, utilizamos datos de diferentes fuentes. Para cuantificar la intensidad del conflicto, utilizamos los datos de fosas comunes publicados por el Ministerio de Justicia. Para medir la confianza, recurrimos a datos de encuestas llevadas a cabo por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) durante los años 1998-2015. Por último, medimos la ideología política a través de los resultados electorales a nivel de municipio para la mayor parte de las elecciones democráticas (1977-2016).

Analizar la relación entre conflicto y otra variable de interés puede ser problemático si, por ejemplo, las variables están correlacionadas con un tercer factor que no podemos medir. Para sortear este problema, aplicamos dos estrategias diferentes. En primer lugar, para analizar la confianza, explotamos la desviación de las tropas franquistas en el avance hacia Madrid, respecto al plan inicial de ataque del General Mola. En concreto, utilizamos la variación en las fosas comunes que proviene de la distancia hasta la carretera  que tomaron las tropas franquistas en su avance hacia Madrid, controlando por el plan inicial de Mola y restringiendo los datos a aquellos partidos donde existe una carretera principal.

En términos de resultados, encontramos que el tipo de victimización importa cuando se trata de la relación entre conflicto y confianza a largo plazo. Primero, encontramos resultados cercanos a cero y no estadísticamente significativos cuando utilizamos como medida de conflicto todas las fosas comunes, que comprenden víctimas tanto civiles como militares. Sin embargo, estos mismos resultados se tornan negativos y significativos cuando nos centramos en las fosas comunes exhumadas. Las fosas comunes que el Ministerio de Justicia categoriza como “exhumadas” han sido exhumadas en las últimas décadas (el 81% después del 2000) y, en la mayoría de los casos, se trata de muertes por fusilamiento (63,13%) ocurridas durante los primeros meses de la guerra (el 64% son de 1936). Todos estos hechos apuntan a la represión contra la población civil ejercida durante la primera parte de la contienda.

Si nos fijamos en las dos magnitudes que correlacionamos (número de cadáveres exhumados por población de 1930 y confianza en las instituciones del Estado en la actualidad) se demuestra que un incremento de 1 en la desviación standard de la primera magnitud (lo que vendría a suponer la duplicación en el número de cadáveres exhumados) está correlacionado con un descenso del 0,37 en la desviación standard de la confianza en las instituciones actuales, que estuvieron relacionadas con el conflicto (ejército y Guardia Civil).

No obstante, no hallamos ninguna relación estadísticamente significativa entre el conflicto y la confianza en el Parlamento Nacional, el Tribunal Constitucional, o el Defensor del Pueblo, instituciones relacionadas con el periodo democrático posterior a la dictadura franquista. Interpretamos estos resultados como evidencia de que el canal de transmisión está más asociado con la Guerra Civil como tal y no refleja patrones más generales. Adicionalmente, encontramos que la exhumación en sí no genera mayor o menor confianza, sino que es el conflicto el que está ejerciendo el impacto negativo en la confianza. Para esto nos centramos en áreas que tuvieron exhumaciones en la época moderna, comparando las medidas de confianza antes y después de una exhumación. Empíricamente no hemos hallado que la apertura o exhumación de una fosa común genere cambios en la confianza en dicha área.

¿Cuál es el mecanismo que destruyó la confianza? Por motivos políticos, personales o simplemente para proteger la vida y evitar represalias, muchas personas denunciaron a sus vecinos o a otros miembros de su comunidad a las autoridades. Nuestra hipótesis es que eso erosionó la confianza y sigue teniendo efecto hoy en día. Aunque en un contexto distinto, nuestro mecanismo es similar al expuesto en la literatura económica por Nunn y Watchekon (2011) para el comercio de esclavos, o por Lichter et al. (2020) en la Alemania del Este por la Stasi.

Procedemos al análisis examinando los posibles efectos políticos que pudo haber tenido la guerra. Nos centramos aquí en la región de Aragón, donde el frente estuvo estable durante casi dos años, desde julio del 1936 hasta la primavera del 1938. Nuestra medida de conflicto sigue siendo las fosas comunes de la represión civil. Los datos sobre fosas comunes de Aragón tienen la gran ventaja de que podemos identificar quién es el responsable de la violencia, ya sea el bando Nacional o el Republicano.

Aplicando un análisis de regresión discontinua, es decir comparando resultados inmediatamente a un lado o el otro de la línea de combate, observamos primero que en el bando ocupado por los Nacionales hay evidencia de más represión causada por ese mismo bando. Lo mismo sucede con el lado ocupado por el bando Republicano y la represión causada por los republicanos. Luego confirmamos que no hay ninguna discontinuidad para un gran número de medidas geográficas y climáticas, como es estándar en este tipo de análisis. Por ejemplo, no detectamos saltos para altitud, uso del suelo, distancia a las capitales provinciales, carreteras o vías férreas.

Para entender el impacto de la guerra en la ideología política, utilizamos resultados electorales a nivel de municipio del periodo 1977-2016, como mencionamos anteriormente. Clasificamos los partidos políticos según su ideología—de derechas o de izquierdas—y encontramos que más personas votan por partidos de derecha en el área que fue inicialmente ocupada por los Nacionales, y por partidos de izquierda en el área que ocuparon los soldados Republicanos. La diferencia es significativa y del orden del 10%, y los efectos están concentrados en partidos moderados. Estos resultados surgen tanto al analizar elecciones al Congreso como elecciones municipales.  Cuando analizamos partidos con ideología extrema, populista o regionalista no encontramos diferencias significativas. Tampoco encontramos diferencias marcadas en participación ni para los referéndums de 1986 y 2005, sobre permanecer en la OTAN y sobre la aprobación de la Constitución Europea.

Utilizando datos municipales para las elecciones de 1936, recopilados por Balcells (2011), no se hallan diferencias significativas entre votos por la izquierda y la derecha. De igual modo, tampoco encontramos diferencias para los afiliados a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) en 1936. ¿Qué es lo que está causando entonces la diferente ideología política? A nuestro entender, la ocupación a ambos lados del frente de Aragón supuso una combinación de represión, propaganda y convivencia con las tropas. Confiamos que investigaciones futuras puedan examinar con más detalle la importancia relativa de estos factores.

Nos gustaría terminar examinando, aunque sea de manera más general, los mecanismos por los que los efectos culturales y políticos de la Guerra Civil se han perpetuado y transmitido durante tres generaciones. Nuestro punto de mira se centra  en la memoria colectiva sobre la guerra y nos servimos para este objetivo de diferentes fuentes de datos. En primer lugar, utilizamos una encuesta que elaboró el CIS en el año 2008 sobre la Guerra Civil y el Franquismo. Observamos que los individuos que viven en zonas donde hubo más represión tienen un compromiso político menor y una memoria distinta sobre la guerra. En segundo lugar, utilizamos información sobre calles con nombres franquistas (generosamente compartida por Daniel Oto-Peralías), y encontramos más calles con nombres franquistas cerca de las áreas más afectadas por el conflicto. Como placebo, no encontramos el mismo patrón para calles con nombres religiosos. En tercer lugar, datos sobre el NO-DO, compilados por Aguilar (1996), muestran el alto contenido sobre la guerra presentado en estos noticieros, proyectados obligatoriamente en todos los cines españoles durante el régimen franquista.

En general, encontramos que la Guerra Civil tuvo efectos palpables a largo plazo. Entendemos que este artículo es un primer esbozo de respuesta sobre el impacto de uno de los conflictos más importantes del siglo XX, e invitamos al lector a consultarlo para mayor detalle. Nos quedan, como seguramente a los lectores, muchas preguntas pendientes que esperamos poder desarrollar en una agenda de investigación más amplia sobre la guerra. De igual manera, sabemos que otros investigadores contribuirán a estudiar los aspectos demográficos y económicos, por nombrar solamente un par, de una guerra que sin duda marcó la historia de España. Finalmente, esta es solamente una simple invitación al debate.

Fuente: Versión para este blog del artículo publicado en Nada es Gratis, 9 de octubre de 2020

30/6/20

Hay gente que se siente cómoda dentro de la violencia. Pero, para la gran mayoría, la guerra no es heroica”...“A nadie le gusta matar”... El ejército franquista era toda la sociedad de los años 30. Incluso en las milicias falangistas formaban muchos alistados para evitar represalias. Pero sobre todo eran hombres recultados a la fuerza bajo amenaza de persecución o muerte. A menudo republicanos, anarquistas, comunistas...

"Debajo de la narrativas heroicas, los monumentos y las versiones oficiales se esconde la realidad. No suelen coincidir. Tampoco en el franquismo. Mientras el edificio de la dictadura se construía con, entre otros materiales, el homenaje a los ex combatientes, buena parte de estos solo querían pasar página. 

Habían sido reclutados a la fuerza a partir del 36 y, en muchos casos, no compartían principios políticos ni, por descontado, ganas de ir a ninguna guerra. Estas son las conclusiones a las que ha llegado el historiador Francisco Leira Castiñeira en su libro Soldados de Franco (Siglo XXI, 2020).

Subtitulada Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar, la obra es el resultado de su tesis doctoral, premiada y alabada por colegas como Justo Beramendi o Xosé Manoel Núñez Seixas, ambos premios Nacionales. 

Esta semana llega a las librerías. “Nadie había estudiado este colectivo antes, al contrario de lo que sucede en otros lugares de Europa o en estudios clásicos como Soldados del Tercer Reich, de Sönke Neitzel y Harald Welzer, o El ejército de Hitler, de Omer Bartov”, explica Leira, “además, soy gallego, y aquí no hubo frente de guerra. Había que estudiar qué había sucedido”.

Más de 105 entrevistas -30 realizadas por él y las otras escuchadas en repositorios de memoria histórica- y un minucioso y profundo trabajo en archivos, hallazgos colaterales sobre Gernika incluidos, lo condujeron a una imagen del ejército sublevado alejada de “simplificaciones”. “El ejército franquista era toda la sociedad de los años 30”, afirma, “mucho más diversa y plural de lo que reflejan muchos estudios”. 

Incluso en las milicias falangistas formaban muchos alistados para evitar represalias, no solo aquellos que se identificaban politicamente con la versión ibérica del fascismo. “Pero sobre todo eran hombres recultados a la fuerza bajo amenaza de persecución o muerte. A menudo republicanos, anarquistas, comunistas”, señala, “otros no tenían adscripción política, pero no querían ir a la guerra”.

Una anécdota personal fue la que conmovió a Leira Castiñeira y cambió su visión del asunto. “Tenía un vecino que había hecho la guerra en el bando franquista. Yo sabía que además veía Interconomía y El gato al agua [canal de televisión ultraderechista y su programa más emblemático]. Entendía que era una persona muy de derechas”, cuenta, “y fui a hablar con él para mi investigación. Le pregunté por la contienda y el señaló su ojo ciego y dijo 'esto es lo que a mí me dio Franco”. Fue un punto de inflexión. A partir de ahí, sus pesquisas se dirigieron a la complejidad de lo que había sucedido. “La violencia existe dentro de la sociedad”, señala, “y hay gente que se siente cómoda dentro de la violencia. Pero, para la gran mayoría, la guerra no es heroica”. Las conversaciones con ex combatientes le confirmaron que si existía un patrón común era ese: “A nadie le gusta matar”.

Alrededor del 80% de la tropa franquista en la 8º región militar, la que comprendía Galicia, fue reclutada. El territorio había caído en manos del golpismo. Leira Castiñeira define a esos soldados a la fuerza por analogía con la sociedad de la que procedían: “A la guerra va toda la sociedad de los años 30. Era diversa, rural y urbana, y estaba informada del momento en que vivían”. El levantamiento militar, cuya cabeza reaccionaria conformaban mandos del ejército regular español, se apoyó en el pueblo forzado. El historiador ha ido recogiendo pruebas de lo que esto supuso.

“He detectado algunas formas de resistencia del débil. Muchos de estos soldados no disparaban en el frente. O buscaban la manera de evitar el campo de batalla”, relata. Señala, además, una “cuestión teórica” que corrobora esos hallazgos: “Era gente que había vivido la dictadura de Primo de Rivera, después la República, habían visto la represión a partir de julio del 36... Una guerra no puede cambiar totalmente una ideología ni una identidad. Ni siquiera en un contexto de extrema violencia como el frente”. Los actos de indisciplina eran frecuentes, hasta el más radical, la deserción. “El 80% de la tropa es izquierdista, pero no pueden hacer manifestación alguna porque son fusilados”, afirmaba un desertor huido al campo republicano. Había incluso quien se cortaba un dedo para que lo trasladasen lejos de la primera línea.

Pero la guerra terminó, y con su final se impuso un nuevo orden, el de los vencedores. Este decoró calles y plazas con estatuas y placas de reconocimiento a unos soldados que, en no poca medida, eran desafectos. “Ni siquiera con la democracia se puso en duda la consideración oficial franquista. No se profundizó en esta complejidad”, sostiene el autor de Soldados de Franco. En su trabajo de campo, Leira Castiñeira comprobó la “memoria traumática” que habitaba en los reclutas del fascismo, “y después el silencio”. “Muchos intentaron usar su estatus de ex combatientes para soportar mejor los años del hambre”, dice, “pero los puestos más importantes en el régimen solo iban para los fieles, gente de mucha confianza”.

Otros, la mayoría, “se adaptaron al contexto. Non estaban a favor del régimen, pero si podían vivir bien, mejor. Pensaban que con el final de la guerra se acababa la violencia”. No fue exactamente así. Los 40 años de paz que quedaban por delante no eran de paz. Fueron de sometimiento."                 (Daniel Salgado, eldiario.es, 20/06/20)

24/5/18

Las hermanas ‘Schindler’ gallegas que salvaron a 500 judíos del Holocausto Lola, Amparo y Julia Touza siguen a la espera de ser nombradas 'Justas entre las naciones'

Lola Touza, segunda por la izquierda, en 1923

"El reloj de la estación de tren de Ribadavia, en Ourense, marca las seis menos diez. Lleva 50 años parado y es el mismo que Lola, Julia y Amparo Touza miraban todos los días cuando iban a trabajar al quiosco de la terminal. Corría el año 1941 y ellas regentaban, además del casino de la localidad, este pequeño puesto de madera en el que vendían melindres, licor café, aguardiente de hierbas o bocadillos. 

A simple vista, ofrecer estos productos era su principal cometido en la estación, pero las tres guardaban un secreto que muy pocos en el pueblo sabían y que hasta muchos años después de su muerte nunca vio la luz.

Entre los numerosos pasajeros que viajaban en la línea Hendaya-Vigo, aún en circulación, se encontraban muchos judíos que huían de los campos de concentración nazis. Lo hacían cruzando la frontera francesa hacia España y con el objetivo de llegar a Portugal para marcharse a Estados Unidos o a América Latina. 

Según el historiador José Ramón Estévez y el escritor Vicente Piñeiro, expertos en esta historia, las tres hermanas consiguieron ayudar a alrededor de 500 judíos gracias a una red clandestina que las conectaba directamente con el cónsul portugués Arístides de Sousa, que también desempeñó el mismo cargo en Vigo. 

“Creemos que ellas recibían telegramas de Sousa, reconocido por la cantidad de visados que concedió a judíos que huían del Holocausto. Cuando recibían el aviso, sabían si en el tren que circulaba ese día había alguien que las necesitaba o no. Los pasajeros solo tenían que preguntar por “la madre", que era el apodo de Lola. 

Después, las tres hermanas los escondían en el quiosco de la estación de Ribadavia para, aprovechando la discreción de la noche, trasladarlos a su casa, donde los ocultaban hasta que fuese seguro cruzar la frontera y llegar a Portugal, bien caminando, bien en coche”, asegura Piñeiro.

La red de las hermanas Touza, dirigida por Lola, contaba con otros protagonistas que nunca desvelaron el secreto. Entre ellos se incluían dos taxistas del pueblo, Xosé Rocha y Javier Míguez; un tonelero llamado Ricardo Pérez, que hacía las veces de intérprete; el padre del historiador Estévez, Francisco, aún vivo; y su abuelo Ramón.

 “Lola se acercó a mi abuelo en la estación mientras cargaba un vagón de ladrillo y le dijo que tenía escondido a un señor que venía de Europa y que quería que él lo llevase a la frontera con Portugal, que está a 12 kilómetros de Ribadavia. Mi abuelo lo acompañó en la noche, junto a mi padre, a través del río, haciéndose pasar por pescadores. Este señor, en agradecimiento, les dio una moneda que luego, muchos años después, entregamos a los nietos de Lola”, afirma Estévez.

Las peripecias que pasaron Julia y sus hermanas fueron conocidas por muy pocos vecinos del pueblo. De hecho, en la actualidad, todavía muchos dudan de la labor de estas tres hermanas, pese a que hay documentos y testigos que lo acreditan. El secreto no fue desvelado hasta 2005, cuando el escritor Antonio Patiño escribió su historia, que había jurado a Lola no contar hasta que las tres hubiesen fallecido. 

“A raíz de esa publicación fui desenredando la madeja de enigmas que mi abuela y mis tías habían ocultado durante tanto tiempo. Yo vi muchas cosas de pequeño que, a partir de ese momento, de repente empezaron a cuadrar”, cuenta el arquitecto Julio Touza, nieto de Lola.

Touza resume la hazaña de su abuela y sus tías como una historia de silencios. “Ellas ayudaban a estas personas de manera desinteresada y nunca lo hicieron público. Tampoco lo contó mi padre. Eran solidarias por naturaleza y no solo con judíos huidos, sino también con prisioneros de la Guerra Civil, a los que daban comida a través de los barrotes de la cárcel”, sostiene. 

El arquitecto recuerda a su abuela como una mujer fuerte, con tesón y adelantada a su época. "Según he podido saber después, las tres pusieron en riesgo su vida en numerosas ocasiones. No era habitual que la Gestapo visitase la localidad, pero sí que, en alguna ocasión, vinieron preguntando por "la madre". La presencia de los nazis era habitual en Galicia porque venían en busca de wolframio, un mineral necesario para reforzar cañones y acorazar tanques, muy abundante en la zona", añade.

Solo una placa en su honor

El 7 de septiembre de 2008, el Ayuntamiento de Ribadavia aprobó poner una placa en homenaje a las Touza. "A las tres hermanas Lola, Amparo y Julia Touza. Luchadoras por la Libertad", se puede leer en el que fue su domicilio en Ribadavia. El mismo año, el Centro Peres por la Paz plantó en Jerusalén un árbol con el nombre de Lola Touza que recuerda su labor. 

Desde entonces, la familia también espera que se les otorgue el título de Justas entre las Naciones, el máximo reconocimiento oficial que otorga el Estado de Israel. "Para que se les conceda este título se deben cumplir tres requisitos: que hayan salvado a un judío, que lo hayan hecho arriesgando sus vidas y que se haya llevado a cabo de forma desinteresada. Ellas cumplen todos", explica Touza.

Por su parte, el Centro Sefarad-Israel en España confirma que esta investigación se está llevando a cabo, pero no da fecha exacta para la resolución del proceso que califican como "lento y complicado". Por ello, el 13 de abril lanzaron una campaña para recoger firmas que apoyen su Expediente de Honra del Municipio. El Yad Vashem, institución creada para honrar a las víctimas y los héroes del Holocausto, tampoco ha precisado a este periódico el momento previsto para el nombramiento.

Recientemente se publicó que este año se estrenará una película musical basada en la vida de las Touza. El nieto de Lola no ve posible el musical. Solo recuerda que Emilio Ruiz Barrachina, al que se mencionaba como director de la película, "escribió un libro sobre las tres hermanas, titulado Estación Libertad". Este periódico ha intentado sin éxito hablar con él. 

"Lo que sí puedo contar es que he tenido varias reuniones con un español que forma parte del equipo de Steven Spielberg para hacer un filme que cuente su historia y no he rechazado la idea. También tengo previsto reformar la casa de mi tía y abuelas para convertirla en un pequeño hotel y centro de actividades que regenten los vecinos de la localidad", confiesa Touza. 

Mientras tanto, a la espera de esa película, del reconocimiento o de la casa homenaje, la historia de Lola, Julia y Amparo seguirá silenciada. "Quizá es lo que ellas hubiesen querido", concluye el nieto."                (Mai Montero, El País, 27/04/18)

11/9/17

Siendo de ideas comunistas, se fue que como voluntario falangista en la Guerra Civil... «No me quedaba otra solución, o se estaba con los sublevados o en contra»

 Teodoro Recuero, en el frente ruso, con sus compañeros

"(...) las aventuras y desventuras de Teodoro Recuero que ahora publica West Indies Publishing Company bajo el título Hasta Nóvgorod: Crónica de un viaje. (...)

Le cuesta encontrarlos: ya casi no quedan. Podemos caer en los tópicos por una vez, porque son muy ciertos: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Incluso podemos caer en un tópico más: la historia con mayúsculas difícilmente se entiende sin conocer la historia con minúsculas. Se pueden leer muchos manuales y libros de divulgación o tesis doctorales sobre la Guerra Civil, sobre la División Azul, pero si no se va a las fuentes directas, a la memoria de los soldados que la vivieron, es imposible hacerse una idea relativamente exacta de lo que fue aquello.

«A pesar de combatir en el mismo bando los moros y los legionarios no nos podíamos ver los unos a los otros». Uno piensa en bandos monolíticos, en ejércitos disciplinados y muy fanatizados, con una terrible carga política. Uno tiene una visión muy distorsionada de las guerras, después de tantas películas y novelas y de las frases grandilocuentes de los discursos de los líderes políticos.

Pero aquí no hay nada de eso. Aquí solo está la simple, clara, terrible y lúcida realidad. Una realidad que viene completada con algunos textos explicativos, resaltados en cuadros y no en notas al pie de página, introducidos muy acertadamente por los editores en el texto. Estos párrafos nos ayudan a hacernos una visión general. Pero si algo hay que destacar por encima de todo es la propia memoria del autor. Y su sinceridad…


«Mi aventura como voluntario en Rusia no tuvo motivación ideológica, sino económica». ¿Se puede decir más claro? Cuesta entenderlo, por supuesto. Cuesta entender que una persona que ha sobrevivido a una guerra quiera meterse en otra por un simple sueldo, pero fue así, y, desde luego, Teodoro Recuero no fue el único en ir a luchar a Rusia sin ningún afán ideológico, sino por fines prácticos.

Algunos fueron porque estaban en una situación peligrosa (o porque sus familiares directos estaban en una situación peligrosa), porque la represión franquista no les dejaba otra salida, otros fueron por convicción, el simple deseo de aventura llevó a algunos a Rusia. Sin embargo la historia oficial, que durante mucho tiempo se ha filtrado, aunque sea involuntariamente, en el pensamiento colectivo, e incluso ha llegado a contaminar los libros de texto, nos muestra una División Azul muy diferente. El primer valor del libro de Teodoro Recuero Pérez es este: la desmitificación.


El segundo valor de este libro de memorias es la síntesis de hechos e ideas. No es un libro muy largo. Se lee muy fácil. Es muy ameno. Nuestro protagonista repasa toda su vida, centrándose principalmente en la guerra (algo que se echa a faltar en otros libros parecidos), desde su nacimiento hasta su regreso del frente ruso y su difícil reincorporación a la vida civil. Lo cuenta con crudeza, con frialdad, pero no se pierde en detalles innecesarios.

 Va al grano. Y tiene una capacidad de síntesis que solo da la mucha experiencia en la vida sumada a una gran dosis de sentido común.
Pondré un ejemplo: al igual que Manuel Mena, el familiar de Javier Cercas, la Guerra Civil le pilla en su pueblo natal de la provincia de Cáceres. 

Vemos lo mismo que se lee en el libro de Cercas: la represión, la violencia, los arrestos y los fusilamientos entre personas que han sido vecinos (y generalmente buenos vecinos) hasta el mismo día anterior a la guerra. Pero si Cercas se centra (y está en su derecho, desde luego), casi exclusivamente en la historia inmediata, en la reconstrucción lo más minuciosa posible de los acontecimientos, Teodoro Recuero, desde su aparente crudeza y frialdad, nos llega al alma con confesiones muy nítidas e irrebatibles que nos muestran, con un fuerte fogonazo de luz, la verdaderas causas de la guerra y la verdadera naturaleza de la guerra:
«Todas las promesas que nos habían hecho en las elecciones del 31, cuando vino la República, quedaron sobre el papel», nos dice. 

Además, por si no ha quedado suficientemente claro, añade:
«Aquella era una época muy mala para encontrar trabajo. Los padres de familia se las veían y se las deseaban para dar de comer a sus hijos. El aceite era cosa de lujo, a pesar de cosecharse en el pueblo». Y ya está. Se puede leer mucho sobre la pobreza de la España campesina de principios del siglo XX (una pobreza que se viene arrastrando desde siglos y siglos atrás), pero con tres frases cortas ya está todo dicho.

Si a esta pobreza se le suma la actitud de los terratenientes «que preferían dejar las faenas del campo sin hacer» antes que dar el trabajo a jornaleros que votaban los partidos de izquierda, jornaleros que tenían inicialmente una fe absoluta en la República, pero que muy pronto se desencantaron y se radicalizaron. 

Si a esto se suma también que «no se podía ir tranquilo por la calle» (y no estamos en una gran ciudad, sino en un pequeño pueblo extremeño), ya podemos empezar a entender por qué pasó lo que pasó y por qué nuestro protagonista, siendo de ideas comunistas, se fue que como voluntario falangista en la Guerra Civil (muy distinto del falangista convencido, al menos al principio, de Javier Cercas), simplemente para salvar el pellejo.

«No me quedaba otra solución, o se estaba con los sublevados o en contra», nos confiesa sin pudor alguno Teodoro Recuero. Y es triste. Es muy triste que un país entero se viera en esta situación. Por eso estos libros se tienen que editar. Por eso estos libros se tienen que leer."         (Le Miau Noir, 21/08/17)

8/6/17

El bombardeo de Almería por la marina de Hitler

"El gran arquitecto local Guillermo Langle, constructor después de cuatro kilómetros y medio de refugios bajo el subsuelo de Almería, rescató de los escombros con sus propias manos el macilento cadáver de una mujer embarazada, asesinada por un obús. A la niña iban a llamarla Paz... para siempre arrebatada por genocidas nazis y sus cómplices clerical-franquistas.

Primer bombardeo indiscriminado sobre la ciudad de la Alcazaba, machacando a civiles indefensos. La aviación republicana había atacado por error en las proximidades de Ibiza a un acorazado alemán, ilegalmente ubicado allí, tomándolo por un buque de guerra de los golpistas. 

El tirano sanguinario Hitler al principio quiso en represalia cañonear Valencia, provisional capital del gobierno, pero sus asesores le convencieron de que la operación de castigo, denominada 'Bösser Wolf' (Gran lobo feroz), fuese sobre un puerto de menor relevancia. Se decantaron por el de Almería.

Cuatro modernos destructores capitaneados por el acorazado Admiral Scheer, el 31 de mayo de 1937 del Horror a las 7:29 de la mañana, vomitaron su asesino estrépito sobre las instalaciones y edificaciones de la urbe mediterránea. Doscientas tandas de proyectiles en batería se ensañaron sobre los desprevenidos vecinos en un amargo despertar, incendiándose gran número de inmuebles. 

Un Terror dantesco, en el que no se debe olvidar la intervención de los hidroaviones germanos ametrallando. Cincuenta y cinco heridos, decenas de muertos entre ellos niños, y cerca de cincuenta viviendas arrasadas. 

Muchos más ataques se sucederían después contra Almería durante la guerra contra la sedición franquista, en una ciudad por entonces de refugiados, en especial de Málaga, Granada y otros lugares de Andalucía; no obstante la terrible virulencia de esta agresión no admite parangón con otras durante ese período.

 El mercado, la Escuela de Artes, la Estación de tren, un par de hoteles, un banco, el propio Ayuntamiento, la catedral de Almería y la iglesia de san Sebastián resultaron dañados. El universal poeta Pablo Neruda incluso dedicaría unos estremecedores versos a esta brutalidad homicida nazi.

Causa envidia que en el ochenta aniversario del bombardeo sobre Gernika se hayan sumado en Euskadi todas las fuerzas políticas, las instituciones sin excepción, se ha invitado a figuras internacionales, se han organizado eventos conmemorativos con colectivos sociales, han acudido  hasta descendientes de las víctimas, incluso parientes de los pilotos... y eso que los nazis teutones de la Legión Cóndor actuaron sin distintivos identificativos, como fuerza de apoyo clandestina parafascista, y podrían no haberse dado por concernidos.

Muy al contrario, en una Almería no precisamente con una Administración municipal pobre, con veintiséis millones € reconocidos de superávit en 2016 -derivados para enjugar el déficit del Estado por ley, no para reinversión local o paliar carencias-, excepto la pantomima de un tímido recordatorio por parte de la Junta de Andalucía, no se hará nada significativo. 

Y eso que en el caso almeriense la bestialidad se ejecutó en nombre de un Estado extranjero... al que ni siquiera el Consistorio ha instado oficialmente a pedir perdón. No importa, como se trata de parias 'lagañosos' ningún alemán se sentirá motivado para condolerse o reconciliarse. Y menos su gobierno hediondo de usureros filototalitarios. Todo gracias a un desaprensivo regidor. (...)"         (Al-Hakam Morilla Rodríguez , Rebelión,  31/05/17)

1/2/17

Las mujeres se negaron a gritos a dejar que sus familiares -muchos de ellos viejos y enfermos, otros simples niños- les fueran arrebatados... la Francia que les estaba esperando no era aquella en la que habían creído

"Las noticias que me llegaron en Suecia -donde aún ejercía como embajadora de la República Española- del éxodo de los republicanos españoles desde la zona de Cataluña me afectaron más profundamente quizá que casi ningún otro trágico suceso de la guerra.  (...)

Las noticias que me llegaron en Suecia -donde aún ejercía como embajadora de la República Española- del éxodo de los republicanos españoles desde la zona de Cataluña me afectaron más profundamente quizá que casi ningún otro trágico suceso de la guerra.  (...)

Los testigos de ese espantoso éxodo nunca han superado ese horror. No menos de medio millón de hombres, mujeres y niños atestaban las carreteras dirigiéndose a las fronteras francesas. 

Pocos iban en coches, muchos en viejos coches de caballo o carros de mulas, la mayoría a pie y todos cargados con bolsas, colchones y paquetes. Tenían que abandonar por pura fatiga la mayoría de sus posesiones cuando marchaban. 

Como si esto no fuera suficiente, los planes del enemigo pronto hicieron su aparición. Lanzaron las bombas sobre los pocos trenes que pudieron dejar Barcelona, cargados al máximo con las familias de los empleados del Gobierno y los soldados heridos. Estos últimos, sabiendo que la entrada de las fuerzas de Franco -especialmente los marroquíes- en las ciudades republicanas, estaría marcada por la masacre total de los enfermos del hospital, habían rogado lastimosamente que no les dejaran allí. 

Los trenes, en cualquier caso, no pudieron llegar más allá de Gerona, pues los caminos desde esa ciudad estaban incluso más atestados que en otra parte. El avance fue lento y la fuerza aérea enemiga se aprovechó de ello, ametrallando implacablemente a la gente desde el aire. 

La información que recibí esos días era confusa. Se iba a organizar una resistencia en una línea intermedia cerca de los Pirineos; las naciones democráticas iban a permitir al fin algunas de las armas que tan trágicamente necesitaban las tropas republicanas, que aún luchaban tras los evacuados. El Gobierno había asentado sus cuarteles generales en Figueras y se iba a llevar a cabo allí una sesión de las Cortes. 

Por ese tiempo, la gente que huía dejaba terribles señales de su paso por las últimas millas de su tierra natal. Las carreteras no estaban sólo repletas de coches averiados y bultos, sino de cadáveres humanos. 

Algunas personas habían muerto a causa de los aviones enemigos, otros habían sucumbido al frío, el hambre o el agotamiento. Pero nadie se quejaba. En su camino, se preguntaban dónde les dirían que pararan o si estarían caminando directamente hasta Francia, dejando sólo al ejército detrás de ellos. 

Los primeros contingentes que atravesaron los pueblos de camino a la frontera pudieron reunir algunas provisiones. Pero pronto ni siquiera hubo un mendrugo de pan que buscar y un hambre voraz se sumó a otros padecimientos. Día y noche, la gente luchaba por seguir.  

Mientras tanto, el Gobierno había hecho un llamamiento a los funcionarios de distintos ministerios para que se detuvieran en Figueras, donde habían sido dispuestos los cuarteles generales en un enorme y antiguo castillo con vistas a los Pirineos. 
Mi marido, del que oí la historia más tarde, estaba allí con el ministro de Asuntos Exteriores. No había comida y la mayoría de los hombres dormían en el suelo. Mientras esperaban instrucciones en Figueras, los refugiados se aglomeraban alrededor de los Pirineos y hacia el interior de Francia. 

Un amigo nuestro, que estaba cerca de la frontera con un conocido líder socialista intentando ayudar a aquellos que tenían una necesidad más urgente, me contó una conmovedora escena que él mismo había presenciado.
 En medio de la gran muchedumbre vio un espacio abierto donde un grupo de personas había rodeado el cuerpo de una mujer que había caído al suelo. Como ocurría cada vez que la muerte aparecía, ellos se apresuraban a ver si podían ser de alguna ayuda. Vieron a la mujer tendida en el suelo.
 Parecía joven, pero su rostro era delgado y terriblemente pálido; la tierra alrededor de ella estaba empapada en sangre. De repente, reconoció al viejo líder inclinado sobre ella. Sus hundidos ojos se avivaron, los demacrados labios sonrieron y, con un deje triunfante en su voz, dijo apuntando a un diminuto fardo al lado de ella: «Mire, tengo un niño».

Mi amigo y el hombre mayor se apartaron y, después de que hubieron andado algunos pasos, el último murmuró con una voz ahogada: «Cómo la envidio. Ella tiene algo por lo que vivir». 

Desde entonces he sentido a menudo que la gran mayoría de los republicanos españoles, incluso aquellos que se han encontrado en grandes apuros, eran como esa mujer. Durante todos los largos meses y años de sufrimiento, han demostrado que tienen algo por lo que vivir: una España libre. 

Pero el enemigo pisaba ya los talones de la gente, y muchos dejaron la carretera y ascendieron los nevados Pirineos hasta que, por fin, toda la enorme y desordenada masa alcanzó la entrada de Francia. Francia, la tierra de la libertad, donde años antes el triunfo de la gran revolución había difundido los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. 

¡Francia!, pensaron los infelices refugiados, sus ojos fijos en los postes que mostraban el camino. Francia abría sus brazos, a pesar del Comité de No-Intervención, para recibir al pueblo derrotado de España. 

Para su decepción y sorpresa, la Francia que les estaba esperando no era aquella en la que habían creído. Las tácticas fascistas, imitadas de los alemanes e italianos por el traidor Gobierno de Laval, habían empezado a infiltrarse en cada departamento oficial.
 En vez de las fraternales y acogedoras ofertas de ayuda que los refugiados esperaban, línea a línea de las tropas senegalesas y de la Garde Mobile les hostigaban con las culatas de sus rifles y robaban todo lo que llevaban: relojes y otras joyas, incluso estilográficas, con la excusa de que sus propietarios no habían pagado impuestos por ellos. Luego, separando a los hombres de las mujeres y los niños, les apartaban violentamente en diferentes direcciones. 

Por primera vez desde que España había sido dejada atrás, llantos de desesperación desgarraron el frío e intenso aire invernal. Las mujeres se negaron a gritos a dejar que sus familiares -muchos de ellos viejos y enfermos, otros simples niños- les fueran arrebatados. 

La confusión aumentó por la llegada del Ejército republicano de la zona evacuada. El 6 de febrero, después de una dura lucha en la retaguardia protegiendo la evacuación, cruzaron la frontera de Francia. 
 Marcharon ordenadamente, dejando sus armas a cargo de los oficiales y soldados franceses. No parecían un ejército derrotado, ciertamente no parecía vencido. La superioridad moral de su causa, su propio valor y resistencia y la heroica fe parecían cubrir a los soldados de grandeza. Pero, para los fascistas -predispuestos por la Garde Mobile- estaban vencidos, y pronto se lo hicieron sentir así.

Las mujeres, reunidas a un lado de la carretera francesa, corrieron a encontrarse con sus familiares. Las madres, que no habían esperado ver a sus hijos con vida, se aferraron a los jóvenes cuerpos que vestían el uniforme republicano. Matrimonios, a quienes la guerra había separado durante meses, se aferraban desesperadamente entre sí, pero los soldados senegaleses les separaban sacudiéndoles o golpeándoles.
 Los heridos que podían estar en pie no recibían ninguna ayuda ni clemencia, sino que eran tratados como el resto de los hombres. De vez en cuando se les concedía el derecho de paso hacia el hospital a nuestras ambulancias llenas de mutilados, de soldados destrozados. 

Entretanto, lejos, en Suecia, mi hija Marissa y yo tratábamos vanamente de tener noticias de nuestra familia. Mi yerno Germán y mi hijo Cefe habían estado sirviendo como médicos durante toda la guerra, a veces en los campos de aviación, y otras en el frente. Ceferino, mi marido, había dejado Letonia en octubre. La evacuación le había pillado en Barcelona mientras aguardaba instrucciones del Departamento de Asuntos Exteriores para una misión especial. 

Los días pasaban sin traemos noticias de ellos. Por fin, el 5 de febrero, recibimos un cable de Germán. Él y su joven hermano Alejandro, que era un oficial de artillería, habían sido llevados al campo de concentración de Prats de Molió. Alejandro tenía malherido el brazo izquierdo, pero a ninguno se le permitió moverse del espacio electrificado asignado a este grupo de refugiados. 

Poco después recibimos un cable de mi marido, a quien, siendo del servicio diplomático, se le había permitido la entrada a Francia y estaba a salvo en Perpiñán. Le telegrafiamos para que buscara a nuestro yerno, y dos días más tarde supimos que estaban los tres juntos. Cómo se las arregló Ceferino, aún lo desconozco. Absoluta perseverancia, supongo, y el pasaporte diplomático. 

Pero no había absolutamente ninguna noticia de Cefe. Mi incertidumbre crecía por momentos. Estaba segura de que el chico había sido atrapado en la trampa fascista. Mi marido, igualmente nervioso, se esforzaba por conseguir algún indicio de dónde estaba.
 Finalmente, después de once días, telefoneó diciendo que por fin había encontrado a nuestro hijo. Cefe estaba cerca de la frontera pasando a Francia bajo su cuidado a los últimos soldados heridos. Más tarde él también fue confinado en un campo de concentración en Argelès-sur-Mer y liberado por algunos amigos de mi marido y el prefecto del lugar, que resultaron ser amables.

Respiré con dificultad durante irnos minutos. Mis pensamientos volaron de regreso a las escenas que un amigo sueco, Georg Branting, había descrito. Volvía de la frontera donde el Comité de Ayuda Sueco estaba haciendo lo que podía para ayudar a los refugiados. 

-Ni siquiera Dante podría haber imaginado cosas tan terribles como las que yo he presenciado-, decía una y otra vez. 

¿Qué podía hacer?, ¿cómo podía ayudar? Podía enviar algunos cheques a aquellos con los que podía contactar, pero nada más. 

¿Por qué estaba Francia haciendo esto? Yo sabía, y también nuestro pueblo, que no era toda Francia. Muchos, muchos refugiados fueron ocultados, escondidos y cuidados por humildes campesinos y trabajadores. Ellos también eran Francia. Otros, en París, fueron ayudados por gente de familias acomodadas, que también eran Francia. 

¿Y el Gobierno? ¿Para qué preguntar? Dentro del Gabinete, como fuera de los círculos oficiales, había también gente con diferentes opiniones. Había simples gendarmes que demostraron su humanidad.
 Por todo el país, como en España y en otras naciones, existían verdaderos y honestos demócratas, muchos. Pero también había fascistas, y estos iban a ser los fuertes durante un tiempo. Más de uno de los refugiados españoles me ha contado cómo los miembros de la Garde Mobile y de la policía se burlaban de los documentos y salvoconductos firmados por el mismo primer ministro francés. 

Los desaires y castigos cometidos en el nombre de Francia a los refugiados sin hogar hirieron profundamente los corazones de los republicanos españoles. Nadie se hubiera sorprendido o lamentado si se hubieran tomado ciertas medidas justificadas, como un internamiento decente. 
Pero los golpes, las humillaciones y los insultos, incluso por parte de algunos oficiales del Ejército francés, eran difíciles de soportar. Los partidarios de Franco cruzaban la frontera constantemente para recrearse contemplando a sus propios compatriotas derrotados. 

En esos duros momentos, las acciones de la propia guardia de oficiales eran difíciles de asumir y se oía murmurar a muchos de sus compatriotas ante la visión de semejantes actos: «Me avergüenzo de ser francés». 

Pero ahora, por fin, Francia ha recuperado gloriosamente su buen nombre y estamos preparados para perdonar y olvidar, perdonar lo que estuvo mal, y recordar la generosidad de nuestros amigos y la gloria de nuestra causa común.


Isabel Oyarzabal Smith

Rescoldos de libertad. Guerra civil y exilio en México - Capítulo I"                (Búscame en el ciclo de la vida, 24/01/17)

9/5/16

Un día antes que Gernika... fué Jaén el bombardeado

"La ruta 'Vestigios de la Guerra Civil en Jaén' recupera, a través del historiador Luis Miguel Sánchez Tostado, la memoria del bombardeo de la ciudad por aviones nazis en 1937. (...) 

OBJETIVO: SEMBRAR EL MIEDO

El 1 de abril de 1937, la Legión Cóndor alemana bombardeó sin piedad la ciudad de Jaén, fiel a la República en aquel momento. Este golpe inesperado se produciría días antes del famoso bombardeo de Gernika. El objetivo del bando franquista era sembrar miedo en cualquier punto de la geografía española de forma indiscriminada.

El ataque se realizó por sorpresa. La ciudad de Jaén no era enclave militar destacado ni en ella se desarrollaba combate alguno. La población no estaba preparada ni se dio ningún tipo de alarma antes del ataque.

Las estimaciones de víctimas, basadas en los datos procedentes de registros civiles, libros de cementerios y documentación de la Causa General, cifran el número de fallecidos en 157 y en varios centenares los heridos. Resulta escalofriante el dato sobre la edad de las víctimas: en su mayoría, menores de 18 años. (...)

Sánchez Tostado arranca este paseo con una introducción sobre el bombardeo y los estragos que ocasionó a la población. Un ataque que fue eclipsado por el de Guernica y por un mutismo que se apoderó de las familias jiennenses y de las distintas administraciones, que hasta hace muy poco no mostraron interés alguno en tratar uno de los periodos más amargos del siglo XX. 

Para una de las participantes en estos itinerarios, Sara Martínez, “el miedo se coló por las rendijas de las ventanas de los jiennenses que prefirieron no airear el asunto de puertas afuera”.

UNA INVESTIGACIÓN RIGUROSA

A este mutismo se enfrentó Sánchez Tostado, que quizás sea de los pocos escritores jiennenses que se ha atrevido a hurgar en las herida y fruto de ello es una extensa obra donde ofrece un relato respaldado por una rigurosa investigación histórica. Este conocimiento de la contienda lo pone ahora al servicio de los jiennenses con esta ruta guiada con la que busca rescatar la intrahistoria y darla a conocer. Cada espacio le sirve al autor para mostrar las cicatrices de un conflicto que aún subyace en la memoria de los más mayores y que los jóvenes ignoran.

Así, desvela las claves sobre el brutal bombardeo de Jaén perpetrado con total impunidad sobre una ciudad indefensa por el bando fascista que, dotado con aviones alemanes, atacó indiscriminadamente a la población de una sola pasada ocasionando 157 muertos, sobre todo mujeres y niños que en esos momentos se encontraban en la calle. 

“El ataque causó más víctimas que el de Guernica, si tenemos en cuenta además que Jaén no era objetivo militar. Desde el inicio mismo de la contienda civil esta ciudad se convirtió en el punto de destino de miles de refugiados y evacuados procedentes de poblaciones próximas al frente de batalla”, sentencia, no sin recordar que Jaén no contaba con defensas antiaéreas ni fortificaciones.  (...)

 Durante el recorrido, recuerda la existencia de una población reclusa de la cárcel-catedral, o los “trenes de la muerte”, donde dos expediciones de presos derechistas fueron trasladados de Jaén a Madrid los días 11 y 12 de agosto de 1936. Cerca de 200 murieron a su llegada a Vallecas. (...)

Sánchez Tostado relata la dureza de la represión franquista una vez finalizada la contienda y recuerda que en 1940, inutilizada ya la Iglesia Catedral de Jaén como prisión militar, los conventos de Santa Clara y Santa Úrsula se transformaron en cárceles.

 “Tras sus muros de piedra, señala, se custodiaron durante varios años a aquellos reclusos que fue imposible alojar en la Prisión Provincial. Esta última conoció entonces el mayor hacinamiento de su historia: una masa de 4.000 hombres recluidos en un centro diseñado sólo para 80”.

El dolor pues no concluyó con el fin de la contienda. España se vistió de luto, llegaron las cartillas de racionamiento, el estraperlo, la misa diaria, la censura, el pudor moral, el fundamentalismo católico, el sometimiento y la humillación impenitente, el exilio y la emigración, y así hasta la implantación hegemónica de un régimen dictatorial que se prolongó cuarenta años.

 Como bien dice Luis Miguel Sánchez Tostado en su libro Víctimas. Jaén en guerra (1936-1950) “ya ya va siendo hora de arrojar un poco de luz a tanto silencio, despojarse del miedo y apostar por su conocimiento para que no se repitan en nuestra historia momentos tan trágicos”.                (andaluces.diario.es, 02/05/16)

16/9/15

Argelès-Sur-Mer. “Allí estábamos a la intemperie. No había nada para protegernos, y si llovía o nevaba tenías que aguantarte”

 Refugiados españoles en el campo de internamiento de Argelès-Sur-Mer, en el este de Francia, donde fueron a parar la mayoría de los republicanos que huyeron por Catalunya

"Europa está viviendo en los últimos meses una de las mayores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial. Debido a la complicada situación en Oriente Próximo, y muy especialmente a la guerra en Siria, se ha producido un éxodo masivo de personas hacia el viejo continente, atraídos por la prosperidad y por unos valores humanos que los líderes políticos europeos no pierden oportunidad para ensalzar.

Este miércoles, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, instaba en un sentido discurso en el Parlamento Europeo a los Estados miembros a que aceptasen las cuotas de refugiados propuestos por la CE. 

Apelaba a la solidaridad que hubo hacia “los republicanos españoles que huyeron a campos de refugiados en el sur de Francia tras la derrota en la Guerra Civil”. Con su discurso, además de una voluntad de ayuda digna de aplauso, el luxemburgués demostraba un desconocimiento total del calvario que tuvieron que pasar aquellas personas. (...)

Los exiliados españoles fueron tratados de un modo inhumano, y en muchos casos explotados por unas autoridades francesas que traicionaron a la República. La acogida de los republicanos no fue en absoluto mejor que la que se está dando estos días a los refugiados sirios. En Europa, 76 años después, se repite la Historia.

Los centros que dispuso Francia para el medio millón largo de españoles que huyeron de la guerra fueron verdaderos campos de concentración. El propio Gobierno francés se refería a ellos como tales, y no como campos de refugiados. Pero más allá de las palabras, aquellos lugares estaban hechos para encerrar y controlar, y no para acoger personas. Quienes pasaron por ellos tuvieron que padecer, además de la humillación, hambre, sed y frío. Muchos murieron por ello. (...)

En noviembre inician su huida hacia el país vecino los primeros grupos de ancianos, mujeres y niños, tal y como cuenta el periodista Carlos Hernández, que ha investigado esta oscura etapa de nuestra Historia. La respuesta de Francia, que ya apoya abiertamente al bando franquista, no se hace esperar: cierra la frontera para los españoles, a los que ahora tacha de “extranjeros indeseables”, y toma una serie de medidas como el endurecimiento de los requisitos para los matrimonios entre inmigrantes y franceses.

Esta política va acompañada de una campaña de propaganda contra los republicanos, azuzando el miedo al comunismo y retratándoles como peligrosos y malhechores, que hace que sean recibidos con desprecio y miedo. Naturalmente este mensaje no cala en toda la sociedad francesa, que protagoniza numerosos actos de solidaridad, aunque estas muestras de la fraternidad que Francia lleva grabada en su lema serán perseguidas por las autoridades del país. Por ejemplo, camiones llenos de comida recogida por los sindicatos franceses que los gendarmes hacían volcar.

En febrero del 39 cae Catalunya, un paso más hacia lo que ya pocos dudan que sucederá, la derrota de la República. En estas circunstancias, más de medio millón de personas cruza los Pirineos en busca de asilo. Aproximadamente 150.000 de ellos son soldados que han combatido en el lado republicano y que serán muy mal acogidos porque ponen en riesgo una paz vergonzosa negociada con Hitler a base de concesiones. (...)

“Una multitud de gente hambrienta, desarrapada, desesperada, comenzó a caminar hacia la frontera. Mujeres, niños, viejos… Gente del pueblo. Era terrible, un pueblo hundido, sin horizonte. En aquel momento se me vino todo abajo. Todo lo que yo pensaba que podía haber sido mi vida se desvanecía para siempre. Yo iba sola, sin Arnaldo [su marido, del que tuvo que separarse porque fue reclamado para el frente]”. Así narra Alejandra Soler, de 102 años, su paso por La Jonquera. Su testimonio, y muchos otros, han sido recogidos por el proyecto Vencidxs, realizado por el periodista Aitor Fernández.

El entreguismo de Francia se manifestará pronto, ya que los exiliados, que no han abandonado la idea de la lucha, van a ser desarmados. Al final de la guerra, esas mismas armas acabarán en manos de los sublevados. Para acabar de terminar con la ‘amenaza’, se separa a los hombres en edad de luchar de los que no pueden empuñar un arma (niños, mujeres, heridos…). Mientras que estos últimos son confinados o abandonados, los primeros serán encerrados en campos con alambradas vigilados por militares senegaleses.
 
Un infame episodio de esta historia tuvo lugar cuando el Gobierno republicano español quiso utilizar sus reservas de oro en Francia para ayudar a los refugiados. Las autoridades francesas lo impidieron, y entregaron el oro a Franco.

El dictador invitó a volver a España a los refugiados con la promesa de que respetaría su vida si no habían cometido delitos de sangre. Muchos le creyeron y regresaron. La mayoría de ellos acabaron fusilados o internados en los campos de concentración franquistas.

Los republicanos quedaban así desamparados entre un régimen que los mataba si volvían y un Gobierno, el francés, que manifestaba públicamente que no los quería y los trataba peor que a criminales.

La vida en los campos según los supervivientes

Los campos de concentración donde eran recluidos los refugiados ni siquiera eran tales, ya que no disponían de barracones o algún techo bajo el que refugiarse. “Cuando cruzamos la frontera, donde nos había caído una nevada de sesenta centímetros, nos metieron en un campo donde las vacas iban a comer y a cagar”, relataba Manuel Fernández, que murió en 2011 a los 91 años de edad, en el documental La nueve, los olvidados de la victoria.

Si en algún caso hubo instalaciones en los campos, fueron construidas por los propios republicanos españoles con los pocos medios que les facilitaron las autoridades francesas. Enric Casañas, ahora con 96 años de edad, pasó como Manuel y tantos otros por el campo de Argelès-Sur-Mer. “Allí estábamos a la intemperie. No había nada para protegernos, y si llovía o nevaba tenías que aguantarte”. 

El hambre era la rutina en los centros en los que fueron recluidos los españoles, que en algunos casos pasaron semanas enteras sin que se les proporcionase comida. El padre de María Caparrós, nacida en 1931, y que pasó por un campo en Orán (colonia francesa) le explicaba a su hija que “allí se comía hasta las hormigas del hambre que tenía”. “Cuando llegaban los panes los franceses los tiraban por el aire, y la gente, desesperada, se peleaba por un chusco lleno de arena”, afirma Emilio Monzó, de 95 años.

Emilio, que pasó como tantos otros por el campo de Argelès-Sur-Mer, en el este de Francia, también fue testigo de otra de las penurias por las que pasaron los republicanos: la sed. “No había apenas agua. Había una bomba de mano para sacarla, pero como la gente defecaba en la arena esa agua estaba contaminada, y muchos murieron por eso”.
Enric Casañas vivió uno de los muchos ejemplos de lo que se veían obligados a hacer los españoles para subsistir. Logró esconder de los controles la pistola que había empleado en la guerra, pero tuvo que malvenderla a un soldado francés a través de la alambrada. “Con la miseria que me dio compré pan y longaniza”.

El trato que recibían en los centros no distaba mucho del que se hubiese dado a animales: “Antes de entrar, nos bañaron con un agua con azufre que ya no era amarilla, sino negra porque antes habían bañado a mucha gente. Los niños franceses, al vernos, gritaban: ‘¡Les rouges, les rouges!’”, recuerda Virgilio Peña, nacido hace 101 años.

En estas condiciones, muchos refugiados se desmoronaban psicológicamente. Manuel Fernández decía que, hacinados en barracones de 125 personas, sin nada que hacer y sin saber nada de sus familias, no era extraño que hubiese quien perdía la cabeza: “Algunos tenían mujer e hijos en España, y nunca recibieron noticias de ellos. Se volvieron locos, claro que se volvieron locos”.  No era fácil librarse de los campos. En las localidades cercanas, las calles estaban llenas de policías a la busca de personas que huían de ellos. Numerosos españoles acabaron de este modo siendo encerrados varias veces tras escapar y ser nuevamente apresados.

El destino de los refugiados

Privados de libertad y de dignidad, los antiguos combatientes republicanos vieron una salida en la Legión Extranjera. Querían combatir contra Hitler, convencidos de que una vez derrotado el fascismo en Europa los aliados también lo harían caer en España. Diez mil hombres pasaron así a engrosar las filas de la Legión, junto con belgas, polacos o judíos que habían tenido que huir de los nazis.

Pero una vez empezada la II Guerra Mundial, los españoles no tendrán la opción de elegir. A finales de 1939 Francia crea las Compañías de Trabajadores Españoles (CTE), divisiones que participarán en proyectos como la fortificación de la Línea Maginot y que estuvieron presentes en todos los frentes de batalla. En su libro Los últimos españoles de Mauthausen, Carlos Hernández cifra en casi 30.000 el número de españoles que fueron alistados: 19.000 ‘voluntarios’ y otros 10.000 directamente sin su consentimiento.

 A pesar de formar parte del ejército francés, eran tratados más como prisioneros que como soldados. Se llegaron a dar órdenes de, literalmente, “matar como un perro” al que intentase desertar. Algunos republicanos protagonizaron heroicas acciones de guerra, como los integrantes de ‘La Nueve’, la división que liberó París formada por 146 españoles de 160 miembros, de los que sólo 16 sobrevivieron.

Pero la mayoría de ellos tuvo un destino más trágico y alejado de las hazañas que recuerdan los libros de Historia. Cuando Francia es invadida por los nazis, estos encierran a los españoles de las CTE en campos de prisioneros de guerra que comparten con los franceses, donde se vivía en condiciones razonablemente aceptables. Los alemanes consultan con el colaboracionista Philippe Pétain qué hacer con ellos, y el general francés decide desentenderse.

Abandonados a su suerte, los republicanos ni siquiera tienen el estatus de prisioneros de guerra, son enviados a campos de concentración nazis. Nueve mil españoles acaban en lugares como Mauthausen, Dachau o Buchenwald, donde también son enviados algunos de los que aun quedaban en los campos de concentración franceses. Solo una pequeña parte de ellos logrará sobrevivir."                (JAVIER CAAMAÑO, Público, 12/09/2015)

15/5/14

Al rato esos barcos se pusieron a bombardearnos. De pronto nos caían encima los obuses. Imagínate el terror de la gente, que iba muriendo en la carretera

"Ha fallecido Antonio Torres. Cuando Antonio se puso ante la cámara para ser parte de los testimonios que hoy dan vida al proyecto Vencidxs, cuando recordaba lo que no reflejaba su sonrisa y su calidez, nos confesó que hacerlo le dolía. «Pero entonces no me dolía. En la guerra se endurecen los corazones»

(...) Yo era una persona muy inocente y hasta el último momento no me di cuenta de la entrada de los fascistas. Salí de Málaga con mi padre, a toda prisa, en dirección a la carretera que iba a Almería. 

Aquello era como una procesión de gente, no te vayas a pensar que eran ni diez ni veinte; era… como la Semana Santa, como una manifestación. Al principio mi padre y yo nos agarramos a los amortiguadores de un camión para ir mejor. Caminamos toda la noche y amanecimos en Torre del Mar. 

La gente iba con lo que había podido coger de casa, algunos no llevaban nada, y se pusieron a desayunar caña de azúcar que había plantada. Entonces vimos unos barcos. Alguien dijo: “¡Ésos barcos son de los nuestros! ¡Nos van acompañando en el camino…!” Sí, acompañando… Al rato esos barcos se pusieron a bombardearnos.

De pronto nos caían encima los obuses. Imagínate el terror de la gente, que iba muriendo en la carretera, y nosotros no podíamos hacer nada, sólo quitarnos del medio. Aquello no lo esperábamos. Luego vinieron los aviones y se pusieron a ametrallarnos. Querían que volviéramos a Málaga, querían sembrar el terror

Y mucha gente murió en el camino. Hay escenas que no se te olvidan. Yo pude ver a una mujer, llena de sangre, con un niño muerto en los brazos. La mujer no estaba ni sentada, ni tumbada, estaba como un poco de lado, mirando hacia el cielo. Ella miraba para arriba, como pidiendo una ayuda. En fin, cuadros como ése se veían más malos que buenos.

Tuvimos que abandonar la carretera del mar y entrar hacia adentro. Después de cinco o seis días llegamos a Motril y comenzaron a bombardearnos otra vez. Nos pudimos esconder en un cañaveral, pero había que seguir andando para evitar la muerte.

 Almería está muy lejos, ¿sabe usted? Las criaturas, las mujeres de su casa, los viejos, todos íbamos muy cansados, porque aquello era mucho caminar, y además vinieron los bombardeos, los aviones. Y al final llegamos, llegamos a Almería. Pero allí no había nada, ni para comer, ni para dormir.

 Nos metieron en un tren y nos llevaron a Murcia. En Murcia tampoco había nada, ni teníamos ningún familiar, así que pedimos irnos a Barcelona, porque teníamos familiares allí, y nos aprobaron el viaje. (...)"            (Periodismo Humano, 14/05/2014)

21/10/13

El abad de Montserrat sí pide perdón por la colaboración de la Iglesia con el franquismo

"La macrobeatificación de Tarragona ha abierto la caja de los truenos. El abad de Montserrat, Josep Maria Soler, se ha sumado a la petición de los cristianos de base de que la jerarquía católica pida perdón por su colaboración con el franquismo.Lo hizo durante la misa de acción de gracias por la beatificación de los 21 Mártires de Montserrat, que fallecieron en distintas circunstancias durante la guerra civil.

Soler, que subrayó que la Iglesia ha perdonado sin que a ella “nadie le pida perdón”, recordó que el Papa Juan Pablo II pidió disculpas en el año 2000 por los errores de los hijos de la Iglesia y que los obispos catalanes también lo han hecho, en referencia a la carta pastoral Al servei del nostre poble del año 2011. 

En ella había una petición vaga de perdón “por la carencias y errores” que hubieran podido cometer. Sin embargo, Soler insistió ayer en su homilía en la necesidad de hacer un reconocimiento más directo: “Hay que continuar reflexionando sobre este periodo de nuestra historia para analizar todos los hechos, pero quizás sí que hace falta un pronunciamiento más explícito”.

“Pero hoy, ante el testimonio de sus mártires beatificados, lo vuelve a hacer a través de mí, por las veces que, a causa de las limitaciones humanas, no hemos ofrecido un testimonio suficientemente transparente del Evangelio ni hemos sido suficientemente generosos en servir a todo el mundo”, concluyó el abad de Montserrat."           (El Plural, 21/10/2013)

1/8/12

Sobreviví a la batalla del Ebro, con sólo 17 años. . .

"Tengo 91 años. Nací en Barcelona y vivo en Cardedeu. Vendía encendedores y estilográficas, y ya llevo 30 años jubilado. Estoy viudo, he tenido dos hijos y tengo cuatro nietas. ¿Política? Un montaje. ¿Dios? Tengo fe, con reservas. Sobreviví a la batalla del Ebro, con sólo 17 años. . . (...)

Le enviaron a la guerra?
Me hicieron llevar una manta, una muda, un plato, un vaso, una cuchara y un tenedor. Iba en alpargatas.

¿Guerra en alpargatas?
Sí. Tenía 17 años. Éramos pobres: mi padre era jornalero en el Poblenou. Mi madre vio marchar a sus cuatro hijos a la guerra...

¿Cómo vivió su primera batalla?
Una tarde de mayo, en el frente del Segre: en mi batallón éramos 130, y volvimos 48.

¿Pasó miedo?
El olor a pólvora y el estruendo te insensibilizan, avanzas, las balas silban... Mi amigo Carbonell se lamentaba: "Me matarán, me matarán", y yo le calmé: "No, ponte detrás de mí". Al poco rato una bala le mataba. "¡Tú sigue adelante!", me chilló el capitán.

Nada de debilidades y retrocesos.
Dos hermanos se fugaron a casa tras la batalla. Su padre se asustó: "Volved y pedid perdón". Al llegar, los fusilaron ante nosotros.

¿Estuvo en el piquete de ejecución?
No, tuve suerte. A un teniente le fusilaron porque le oyeron decirnos: "Pobres nanos, tan petits i us porten al matadero". ¡Por derrotista! Poco después nos metían en camiones: pensábamos que volvíamos a casa. La noche del 2 de agosto cruzamos el Ebro y caminamos hacia Ascó, Flix, Riba-roja, Fayón, La Pobla de Massaluca...

Es mucho caminar...
Casi 40 kilómetros en un día: estaba fuerte, cargaba unos 30 kilos entre el fusil, 150 balas, mochila con ropa, manta, pala, un macuto con 6 granadas... Aún lo conservo, mire: lo usaba de almohada. Íbamos exhaustos.

¿Qué era lo peor?
Los compañeros agonizantes llamando a sus madres, los muertos, no dormir, el hambre, la sed... He bebido mis orines, con los que llenaba la cantimplora. Un día bebimos de una balsa putrefacta y luego descubrimos el cadáver de un soldado en el fondo.

¿Qué batalla recuerda más?
En Vilalba dels Arcs matábamos a requetés franquistas, carlistas catalanes: luchaban cantando el Virolai... Les dimos tregua para que pudiesen enterrar a sus muertos.

¿En qué momento temió por su vida?
Casi me fusilan por un sargento vengativo.

¿Qué pasó?
Mientras caminábamos, él comía pan a mi lado. Yo salivaba y le pedí un poco. "¿Crees que soy tu padre?", me contestó. Me pidió un cigarrillo y le respondí igual. Y me amenazó de muerte. Y casi consigue matarme.

¿Cómo lo hizo?
Una noche nos turnábamos todos cavando una trinchera y haciendo guardias. Durante mi guardia, me dormí. Se acercó en silencio y me robó el fusil. Hizo ruido y me desperté. A pocos metros, rio: "¡Ya te he jodido".

¿Por qué le había fastidiado?
Dormirme en una guardia y perder el fusil: ¡pena de muerte! Saqué una granada de este macuto y le dije: "Cuento hasta tres y te tiro la granada si no sueltas antes el fusil: ¡uno...!".

¡Menuda tensión en las trincheras!
Le acompañaba un soldado joven que se asustó y le imploró que me devolviese el fusil, y lo hizo. Pero me denunció...

¿Cómo se salvó de que le fusilasen?
Dada mi buena hoja de servicios, el capitán rompió la denuncia.

¿Qué fue del sargento vengativo?
Ni lo sé ni quiero saberlo.

¿Qué fue lo mejor de su guerra?
El compañerismo: nos ayudábamos, repartíamos lo que teníamos. Y cuando me bajaron a Amposta, a suplir a las Brigadas Internacionales: ¡ah, qué sosiego había allí!

¿Las brigadas no se jugaron la piel?
Comían bien, bebían bien... Les han hecho muchos homenajes, y a nosotros..., ¡nada!

¿Cómo acabó su guerra?
Un mando del Estado Mayor me encañonó y me ordenó: "¡Tú y tus hombres, defended esta posición!". Y él huyó corriendo. Ya teníamos encima a los moros de Franco...

¿Y qué hizo usted?
Miré a mis hombres: "Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra: ¡vámonos!". No quise que murieran. Y corrimos. "¡Rojillo, rojillo!", gritaban los moros, disparándome.

Pero se salvó una vez más.
Oculto en una balsa de abono. Al anochecer caminé junto a un compañero y, al alba, unos tanques franquistas avanzaron hacia nosotros. Mi amigo les tiró una bomba de mano, falló..., y un tanque le aplastó.

¿Lo vio usted?
Su esqueleto por un lado, la carne y las tripas por otro: me desmayé. ¡Eso me salvó!

¡De nuevo! ¿Por qué?
Unos legionarios pasaron junto al que creyeron mi cadáver, sin tocarme. Cuando volví a caminar, los vi delante de mí y me entregué: "Suelta tu fusil", me ordenaron. No pude: no me lavaba la cara, ¡pero bruñía cada día mi fusil! Era parte de mí. Al final lo solté.

¿Y qué le hicieron?
Sin saberlo, yo tenía tifus y pesaba unos 30 kilos. Daba tanta pena que un legionario me dijo: "Para que veas que no te haremos nada, voy a darte un abrazo". ¡No lo olvidaré!

Se le humedecen los ojos...
Un obús republicano me dejó sordo de un oído, y me dieron la extremaunción..., pero sobreviví. Tuve que hacer la mili para Franco, y pude volver a visitar a mi madre...

Se emociona usted...
Sí. Al verme, se me desmayó en los brazos.

¿Qué enseñanza extrajo de su guerra?
Que el mundo está lleno de vividores: yo luchaba... y mis gobernantes me obligaban a pagar los sellos de las cartas a mi madre."                (Antón Castro, 26/07/2012, y La Vanguardia, 25/07/2012)