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29/1/11

Crió, a lo largo de 40 años, a unos doscientos hijos de prostitutas




Dona Obdulia, a muller que coidaba dos fillos das prostitutas

Monumento a Obdulia Díaz, obra del escultor Manuel Penín, inaugurado ayer

(traductor gallego-español)

"Así que eu quero dar as grazas a Manuel Penín, escultor, que hoxe, venres 28, inaugura unha escultura dedicada a dona Obdulia, no casco vello de Ourense. Non busquen a dona Obdulia, nin á filla Lola, que continuou a súa obra, nos libros de historia.

Na súa casa, máis que humilde, dona Obdulia criou non só os seus fillos. Tamén, e ao longo de corenta anos, a uns douscentos nenos e nenas que non tiñan, por dicilo así, un niño onde acougar. Rapaces os máis deles fillos de mulleres que exercían a prostitución en tempos de subsistencia e en condicións de miseria. Obdulia fixo da súa casa unha arca.

Alí sempre había comida quente e un oco de acougo. Un fogar. Teceu esta muller, crente pero non papahostias, unha auténtica rede social. A farmacia Bayón, o pediatra doutor Gallego, o libreiro da Padre Feijóo... Era dura. No xeito de falar non se andaba con lerias: "Teño cen pesetas e teño que mandar a escola a estes fillos de puta, a ver que facemos?".

Cando algunha crianza estaba doente, ou choraba, sempre tiña a peirao, o colo de Obdulia. Todas as mañás a lavar roupa nas Burgas, cunha recua de nenos detrás. Fora cociñeira do gobernador no tempo da República. Déralle de agasallo unha radio Marconi. Ese era o seu único escape: as radionovelas.

E agora Manuel Penín, que coñeceu ese mundo en vivo, conseguiu do concello de Ourense apoio para colocar unha escultura de homenaxe. Unha peza que se inspira xustamente na táboa de lavar.

E eu doulle as grazas por partillar esta historia descoñecida." (El País, Galicia, 28/01/2011, p. 12)

"Tenía esa fortaleza que solo da el desapego por lo material. Esas anchas espaldas que se labran acarreando el peso feroz de la nada. Obdulia Díaz -la señora Obdulia- cargó con ese fardo como sin querer (esto es, con supino corazón y conciencia) en el Ourense mísero de la posguerra.

Una viuda con tres hijos y sin ingresos que crió a lo largo de varias décadas, entre el rugido de los tablones resecos de su vivienda, a cerca de 200 niños, hijos de prostitutas.

Lo hizo en silencio, hasta que en los años sesenta el periodista ourensano Álvarez Alonso la entrevistó para La Región, y ella contestó con la sobriedad de su entereza y de sus 63 años que de qué iba a vivir: "Pues de lo mismo que ellos. Yo no tengo pensión".

Ayer, el Ayuntamiento de Ourense - "en reconocimiento a la labor silenciosa de los ciudadanos con más méritos que algunos insignes con calles", en palabras del alcalde, Francisco Rodríguez- colocó en el entorno de aquella vivienda una escultura de "la señora Obdulia". Se murió en los ochenta.

Manuel Penín, el autor de la obra, está casi sobrecogido. Él visitó con frecuencia aquel piso al que iba a jugar con compañeros del colegio que vivían, en los últimos tiempos, con la "abuela" Obdulia (los de décadas anteriores vivían con "mamá" Obdulia). "Eran unos hijos, o nietos más. No había trato de diferencia con los suyos", explica el escultor y promotor de esta iniciativa municipal que premia con la memoria la grandeza que tiene la solidaridad ejercida.

"Les daba un hogar y trabajó duro por sacarlos a todos adelante", insiste Penín en las razones del homenaje. Las madres de los pequeños contribuían en la medida de sus posibilidades, aportando algún dinero. Cuando les iba bien.

En el pequeño Ourense de la posguerra, el piso de la señora Obdulia estaba en el corazón de la ciudad, pero más próximo al barrio de las putas que a ningún otro. Hoy, pleno casco histórico.El piso tenía una ubicación privilegiada, con vistas a una miseria mayor que la de Obdulia Díaz y ella, una disposición esmerada para la ayuda. "Un corazón tremendo, enorme", puntualiza Penín.

Hasta que la entrevistaron en el periódico local, nadie sabía de su labor. Y la noticia quedó aplastada por las siguientes. En realidad, hasta 2011, nadie supo de la existencia y la labor de la señora Obdulia. Ayer, al menos uno de sus hijos, el biológico, asistía emocionado al homenaje.

Obdulia Díaz se las apañaba como podía para sacudir la miseria de los suyos. Conseguía unas pesetas -que sumaba a las aportaciones maternas de los niños- lavando sábanas para otros en la fuente de As Burgas. Pero tuvo la inteligencia con la que suele premiar la necesidad y buscó la colaboración de otros ourensanos que, como ella, arrimaban el hombro sin dar la nota.

Ayer, ante su propia obra, el escultor y promotor del homenaje a una ciudadana sin el doña por delante, citó la lista de los solidarios que manejaba Obdulia Díaz para sobrevivir y garantizar las otras supervivencias que dependían de la suya: el doctor Gallego (médico al que el bipartito local también ha reconocido, que no cobraba por sus consultas a quienes no podían darle nada), el padre Silva (fundador de Benposta), la propietaria de la librería Padre Feijóo, el dueño de la farmacia Bayón y el Patronato del Eenfermo Pobre que auspiciaba María del Río, entre otros. El batallón de la minoría silenciosa durante los años crudos de la dictadura.

Gente sencilla que no alardeaba, pero que salía de la trinchera del miedo y la comodidad para echar una mano a los vecinos. "A ella le gustan los niños ajenos como si fueran propios", explicaba como podía, aún en el franquismo, el periodista Álvarez Alonso la tremenda desasistencia, el desamparo que existía.

Cuando la señora Obdulia llevaba ya 20 años dedicada a cuidar hijos de otras, reconocía que había criado a cerca de un centenar de los cuales solo se le habían "ido" dos. Una niña, por una meningitis, y un niño con una bronconeumonía "que lo acachapó en dos días".

"¿Le han dado disgustos?", preguntaba el reportero. Y ella explicaba que disgustos los daban todos, propios y ajenos. "Pero tengo uno de 19 años que aún no me ha dado el primero". (El País, Galicia, 29/01/2011, p. 8)

9/2/10

"El balón me salvó de las pistolas y de la desgracia"

"McCarthy, ex delantero del Celta, eludió de niño las drogas y las mafias gracias al fútbol y ahora es el líder de la selección surafricana.

Cada viernes por la tarde sucedía lo mismo. Dos o tres jefes de las mafias más peligrosas de Ciudad del Cabo llamaban al timbre de la casa de los McCarthy. "Queremos que juegue en nuestro equipo", le sugerían al padre, que no se amedrentaba y respondía: "Benni juega donde quiere". Así que el niño escogía un equipo -"jugar con algún equipo garantizaba que los demás gángsteres no me mataran"- y se presentaba los domingos por la mañana en un campo de la ciudad.

"Durante la semana, todas las mafias se dedicaban a traficar, pero el fin de semana tocaba fútbol", recuerda Benni, que repartía sus piernas entre el equipo federado y el mafioso. "Con ellos no se negocia", apunta. Así, los fines de semana se reunían las diferentes mafias, con 10.000 miembros cada una, y jugaban un torneo. Los capos
del equipo ganador se llevaban todo el dinero apostado.

Hannover Park, su barrio, en el umbral de la pobreza, es uno de los más temidos en Suráfrica. "Todos mis amigos se metieron en bandas. Sus ídolos eran los líderes, los que vendían drogas, iban con joyas y soltaban dinero", rememora apesadumbrado. Al cerrar la puerta de su casa, los disparos daban las buenas noches. Pero las balas también silbaban durante el día. Como esa mañana, cuando contaba 11 años y jugaba con un amigo de clase en los Cape Flats, bloques de edificios donde estaba su casa. Se les acercó un coche de una mafia rival y les dispararon. A Benni no le dieron; a su amigo, sí, en la cabeza. "Fue horrible, lo peor que puede vivir un niño", susurra McCarthy.

Tras ese incidente, decidió que el fútbol sería su vía de escape, como siempre le aconsejó su padre, electricista, y le exigió su madre, trabajadora en un banco. "El balón me salvó de las drogas, las pistolas y la desgracia", conviene el delantero, que el pasado fin de semana se desvinculó del Blackburn y firmó por el West Ham.

La vida de Benni cambió en Holanda, en su apartamento y sin más problemas que luchar por la titularidad. Pero no se olvidó de su familia. "Con el primer sueldo le compré a mis padres y hermanos una casa de cinco habitaciones con piscina en el elegante barrio de Plumstead", desvela." (El País, ed. Galicia, deportes, 08/02/2010, p. 54)

24/4/09

El muro de la vergúenza... en Río



"

Dona Marta es la primera de las 11 favelas de Río que antes de fin de año serán cercadas por un muro. La iniciativa ha partido con gran sigilo del Gobierno del Estado de Río, que actúa en connivencia con la alcaldía de la ciudad. No es la primera vez que se intenta aplicar una medida que siempre ha sido objeto de gran polémica en Brasil. En otras ocasiones, los políticos aludieron a la seguridad para justificar la medida, pero nunca consiguieron el apoyo popular. Esta vez han optado por bautizar al muro como "ecolímite" para destacar los aspectos más medioambientales y campestres del proyecto.

Según la empresa pública encargada de las obras, la finalidad del muro es frenar la deforestación de los bosques atlánticos que antaño cubrían como un manto los cerros cariocas. Lo que nadie ha explicado aún es por qué los muros sólo están proyectados en las favelas ubicadas junto a barrios considerados ricos por las agencias inmobiliarias y no en las zonas norte u oeste de la ciudad, más deprimidas y donde también hay favelas rodeadas de vegetación protegida.

Según el Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos, el área ocupada por las favelas en Río de Janeiro aumentó casi un 7% entre 1999 y 2008. Sin embargo, las 11 favelas seleccionadas crecieron mucho menos (1,2%) y Dona Marta, en realidad, ha empequeñecido.

El sociólogo español Ignacio Cano, experto en seguridad pública y violencia en Río, afirma que "la construcción irregular en zonas de protección ambiental no sólo se da en las favelas, sino también en zonas de lujo". (El País, ed. Galicia, Internacional, 20/04/2009, p. 4)