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17/12/21

La ONU responsabiliza a la policía de al menos 28 muertes durante las protestas de este año en Colombia

 "Hay razones fundadas para sostener que se habrían cometido graves violaciones a los derechos humanos, tales como privaciones arbitrarias de la vida y violaciones a la integridad y seguridad personal, derivadas del uso innecesario o desproporcionado de la fuerza; detenciones arbitrarias; violencia sexual y de género; y actos de discriminación y racismo”. 

Esa es una de las conclusiones del informe Lecciones aprendidas y observaciones del Paro Nacional 2021, presentado esta mañana en Ginebra. Se trata del segundo documento que presenta la ONU esta semana sobre la violencia por parte de la fuerza pública colombiana en manifestaciones. El primero fue una investigación independiente sobre las protestas de septiembre de 2020 en Bogotá que concluyó que la policía mató a 11 personas. Este último, sobre las revueltas del Paro nacional de 2021 que generaron una profunda crisis política al Gobierno de Iván Duque, responsabiliza a la fuerza pública de al menos 28 muertes.

El actual informe podría aumentar la molestia del Ejecutivo con la ONU. Ya desde el martes, la vicepresidenta y canciller Martha Lucía Ramírez había dirigido unas fuertes palabras hacia Juliette de Riveros, representante de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos por el documento relacionado con Bogotá, que señalaba que la Policía había causado una masacre de 11 personas. Ramírez dijo que le preocupaba la participación de la ONU en un evento que calificó de “activismo político”. El ministro de Defensa, Diego Molano también consideró “inaceptable” tildar de “masacre” la actuación de la policía.

Y aunque en el documento sobre el Paro Nacional no se usa ese término, la Oficina de la ONU sí afirma que entre el 28 de abril y el 31 de julio recibió información de 63 muertos en el contexto de las protestas, de las cuales pudo verificar 46 (44 civiles y dos policías) y que existen “motivos razonables para afirmar que, en al menos 28 de estas muertes, los responsables habrían sido agentes de la policía”.

La investigación indica que en 10 de esas 28 muertes estarían involucrados agentes de Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) de la Policía Nacional y que “actores no estatales habrían matado a 10 personas”. De las demás no existe información suficiente para establecer la autoría. Otra de las denuncias más graves es la violencia sexual. La Oficina conoció 60 denuncias de violencia sexual presuntamente cometidas por la policía, de las cuales pudo verificar 16 y asegura que hubo omisión por parte del Estado frente a la actuación violenta de personas vestidas de civil contra manifestantes, como ocurrió en Cali.

Una de las principales conclusiones de la ONU es clara: “A futuro, el Estado de Colombia deberá mostrar una moderación al recurrir a la dispersión y el uso de la fuerza, conforme a los estándares internacionales” y recomienda una profunda transformación de la Policía Antidisturbios.

El informe parte de 623 entrevistas con víctimas y testigos y el análisis forense de 83 videos de 2.414 piezas que llegaron inicialmente. Y también incluyó los hechos de violencia fatales de manifestantes y otras personas contra la fuerza pública y documentó la destrucción de bienes públicos y privados. “La Oficina conoció algunas situaciones de bloqueos y cierres de vías que afectaron negativamente o impidieron el ejercicio y disfrute de derechos humanos”, dice el informe, aunque asegura que las protestas fueron en su mayoría pacíficas.

El estallido social que vivió Colombia comenzó con una convocatoria contra la reforma tributaria impulsada por el presidente Iván Duque, que finalmente fue retirada. Pero se agudizó tras la represión policial durante los primeros días de manifestaciones. Con el paso de los días la situación se fue degradando y la brutalidad policial generó alertas de varios organismos internacionales.

Las conclusiones de la ONU coinciden con las de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que “constató que la respuesta del Estado se caracterizó por el uso excesivo y desproporcionado de la fuerza, en muchos casos, incluyendo la fuerza letal”. La Comisión también recomendó separar a la Policía de la órbita del Ministerio de Defensa, del que depende actualmente en lugar de depender de Interior.

El informe de la ONU dice que ha sido preocupante “el grado de criminalización y estigmatización de los manifestantes, incluso por parte de medios de comunicación, relacionándolos con actos vandálicos o incluso alegando actos de terrorismo”. Y recomienda al Gobierno de Iván Duque que debe prevenir y perseguir penalmente los abusos cometidos por terceros contra manifestantes.

El documento indica, además, que se debe crear un registro unificado de las “privaciones de la libertad con información en tiempo real, incluyendo información sobre los traslados por protección, para prevenir y mejorar la búsqueda de personas desaparecidas”.

Por otro lado, sugiere que establezca una “comisión técnica de expertos independientes”, con personas de la sociedad civil, “para revisar toda la información disponible sobre el uso de armas menos letales por parte de la Fuerza Pública”. Y especialmente que haga una reforma “profunda” al ESMAD “incluyendo una revisión de sus protocolos sobre el uso de la fuerza y de las armas y municiones menos letales para que cumplan con las normas y estándares internacionales de derechos humanos y la sentencia de la Corte Suprema de septiembre 2020″.                      (Catalina Oquendo, El País, 15/12/21)

7/12/21

París, 17 de octubre de 1961. De Gaulle está a un año de conceder la independencia a Argelia... Ese día, la ciudad vivirá escenas inauditas en una capital europea en los años sesenta. La represión policial se ceba en una manifestación y desencadena una caza al hombre en la que los agentes asesinan a decenas de personas. Nunca se sabrá cuántos murieron, pero la cifra más probable es de entre cien y doscientas. La matanza queda cubierta por el silencio y la censura... Los ataques se produjeron en lugares tan céntricos como Saint Germain-des-Prés, la Opéra, la Plaza de la Concordia o los Campos Elíseos... Durante semanas, los cuerpos van apareciendo en el río Sena. Había sido la forma más fácil de deshacerse de los cadáveres

 

Una pintada en un puente de París después de la matanza: «Aquí ahogamos a los argelinos»

 "París, 17 de octubre de 1961. De Gaulle está a un año de conceder la independencia a Argelia y de poner fin a más de un siglo de colonialismo francés en ese país. La tensión domina la capital francesa por la amenaza de atentados de la OAS –formada por militares y civiles que se oponen a renunciar a Argelia– y del FLN argelino. Ese día, la ciudad vivirá escenas inauditas en una capital europea en los años sesenta. La represión policial se ceba en una manifestación y desencadena una caza al hombre en la que los agentes asesinan a decenas de personas. Nunca se sabrá cuántos murieron, pero la cifra más probable es de entre cien y doscientas.

La matanza queda cubierta por el silencio y la censura. Los principales medios de comunicación se limitan a dar la versión oficial, que reduce los incidentes a hechos violentos aislados que causan la muerte de cinco personas. Durante semanas, los cuerpos van apareciendo en el río Sena. Había sido la forma más fácil de deshacerse de los cadáveres.

Unos meses antes, los ultras se lo han jugado todo a la carta de un golpe de Estado contra De Gaulle en el país norteafricano que incluía la toma de bases militares en suelo francés. La intentona fracasa. Después del referéndum de enero en que se ha aprobado conceder la «autodeterminación» a la colonia, el Gobierno ha entrado en negociaciones con el brazo político del FLN argelino.

El FLN había puesto fin a los ataques contra policías franceses en París al iniciarse las conversaciones, pero en realidad han aumentado ese año, sin que esté claro si han sido ordenados por miembros de la cúpula del grupo o por las células del FLN parisino fuera del control del movimiento. Veintidós policías han sido asesinados ese año (nueve habían muerto el año anterior).

El ambiente entre los policías es de máxima tensión. Reclaman a sus jefes una política de mano dura contra los independentistas. El prefecto de Policía, Maurice Papon, promete en un funeral de un agente que «por cada golpe que reciban, devolverán diez». Cada vez se producen más palizas a detenidos en las comisarías. Después del verano de 1961, aumenta el número de cadáveres de argelinos que aparecen en el Sena.

 Papon y el Gobierno decretan un toque de queda nocturno en París a partir de las 20.30 para todos los argelinos, una medida claramente discriminatoria al tratarse de ciudadanos franceses. La medida se centra fundamentalmente en los que conducen un vehículo desde esa hora. Los ocupantes son detenidos y los coches, confiscados.

El decreto es contestado por partidos de izquierda y organizaciones de argelinos. Estas últimas organizan una manifestación de protesta para el 17 de octubre, con el apoyo del FLN. La cita es un éxito de asistencia. Se calcula que 25.000 personas recorren las calles de París. Es una manifestación pacífica a la que asisten hombres, mujeres y niños hasta que se desencadena la represión.

Miles de ellos fueron detenidos. Las cargas policiales obligaron a los manifestantes a huir a la carrera para salvar la vida. La actuación de los agentes fue de una violencia indiscriminada. Algunas víctimas fueron tiroteados. Otros sufrieron palizas mortales. La mayoría de los cadáveres fueron lanzados al río. En las comisarías y centros de detención improvisados, continuaron las palizas.

 Los ataques se produjeron en lugares tan céntricos como Saint Germain-des-Prés, la Opéra, la Plaza de la Concordia o los Campos Elíseos. Un periodista contó treinta cadáveres amontonados cerca de su oficina en el centro de la ciudad. Sus jefes en la agencia de prensa le dijeron que se atuviera a la versión oficial. Las únicas imágenes que ofreció la televisión pública fue la de grupos de argelinos que fueron deportados en barco. Fue una forma rápida de deshacerse de los testigos presenciales.

Diarios como L’Humanité o Libération empiezan a ofrecer algunas informaciones que contradicen la información de las autoridades. Pasaron años antes de que se ofrecieran investigaciones que contaran realmente lo que sucedió. A finales de octubre, diputados de izquierda cuestionan la información oficial y las mentiras que salieron del Ministerio de Interior. Una solicitud de poner en marcha una comisión de investigación es rechazada en la Asamblea Nacional. Papon afirma que la policía «hizo lo que tenía que hacer». El ministro de Interior denuncia una campaña de difamación contra la policía.

De Gaulle tuvo que ser informado de los hechos. No mencionó la matanza en sus memorias.

Papon inició una carrera política que le llevó a la Asamblea como diputado durante más de una década y ministro en una ocasión. En 1981, Le Canard Enchaîné publicó documentos que revelaban su colaboración en el Holocausto. Había sido responsable de la deportación de 1.645 judíos a Alemania desde su puesto de la prefectura de Gironda dentro del régimen de Vichy. No fue condenado hasta 1998 por crímenes contra la humanidad a diez años de cárcel.

 En 2001, el alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoë, asiste a la colocación de un placa en el puente de Saint-Michel dedicada «a la memoria de los numerosos argelinos asesinados durante la sangrienta represión de la manifestación pacífica del 17 de octubre de 1961». Hay que esperar a 2012 para que un presidente de la República, François Hollande, reconozca los hechos y los defina como «una sangrienta represión»: «La República reconoce claramente estos hechos. Cincuenta y un años después de esta tragedia, rindo homenaje a la memoria de las víctimas». Lo hace a través de un simple comunicado.

 Al cumplirse hace unas semanas el 60º aniversario de la matanza, Emmanuel Macron deposita una corona de flores en el puente de Bezons, en Nanterre. Acompañado de familiares de los fallecidos, guarda un minuto de silencio en el lugar en que aparecieron algunos de los cadáveres.

«Los crímenes cometidos esa noche bajo la autoridad de Maurice Papon son inexcusables para la República. Francia mira toda su historia con lucidez y reconoce las responsabilidades claramente establecidas», afirmó un comunicado del Elíseo. El texto asume la responsabilidad de la masacre en nombre del Estado francés, aunque restringe la autoría a Papon."                   (Íñigo sáenz de Ugarte, guerra eterna, 26/11/21)

7/5/21

Las voces de la peor noche de represión de las protestas en Colombia: “Esto es una cacería”

 "La noche del 3 de mayo será recordada como una de las más dolorosas de las protestas contra el Gobierno en Colombia. “Básicamente esto es una cacería”, dice Luna Giraldo Gallego, estudiante universitaria en la ciudad de Manizales, que ha estado documentando la represión de la policía contra sus compañeros. “Yo he salido todos los días a protestar, desde el 28 de abril, pero nada ha sido como lo de anoche”.

Desde hace poco más de una semana, la represión de la policía y militares en las calles ha sido documentada de forma aleatoria por ciudadanos como Gallego, que con sus móviles denuncian una violencia desbordada en los barrios trabajadores de las mayores capitales: Bogotá, Medellín, Manizales o Cali. La ONU y la Unión Europea han mostrado su preocupación por estos abusos.

La ciudad de Cali ha sido una de las localidades donde la represión ha sido más violenta. El 28 de abril, un policía asesinó a Marcelo Agredo Inchima, un chico deportista de 17 años que formaba parte de las protestas contra la reforma tributaria del Gobierno: después de empujar a un policía en una moto, el uniformado le disparó, y el cadáver del joven fue llevado por unos pocos transeúntes en pánico. Días después, en la noche del 2 de mayo, la policía disparó a Nicolás Guerrero, un artista de 22 años que grababa enfrentamientos entre los manifestantes y las autoridades en el norte de la ciudad.

 “Yo escuché los disparos y, aunque pensé primero que la policía usaba armas de goma, en realidad era armas de fuego”, cuenta Juan David Gómez, abogado que también filmaba las protestas. “Resulta que a Nicolás le dan en la cabeza, la policía apaga la luz de las calles, y yo estaba en una gasolinera que tenía luz. El muchacho tenía la cabeza reventada. Murió a nuestros pies, a los pies de 20 o 30 personas que lo auxiliamos, y lo vimos agonizar. Es la primera vez que veo un muerto ante mis ojos”.

En Cali, todas las noches los celulares se llenan de imágenes confusas sobre los nuevos muertos por la represión policial. La noche del 3 de mayo, fue el turno de Kevin Antoni Agudelo, 22 años, estudiante universitario. El chico asistía a un evento nocturno para poner velas a los fallecidos, como Marcelo. “Él murió ahí, al parecer, le dispararon con un fusil”, dice Luis, su padre, a El PAÍS, sobre el ataque de la policía.

 “Un señor lo recogió, con su novia, y en el desespero lo montaron en una moto y lo llevaron a un hospital. Pero ya había muerto”. Luis espera que la Fiscalía ahora haga un levantamiento para poder enterrarlo, pero no duda que va a poner una denuncia contra la policía por asesinar a su hijo mayor.

 “Mi otro hijo está destrozado acá en la casa por lo que le hicieron a su hermano”, dice Luis entre lágrimas. “Estaban haciendo una velatón pacíficamente y si protestaron es su derecho, porque tienen derechos de pelear por un país mejor y que no les cierre la puerta”.

En esa misma noche de represión en Cali, varias decenas de policías también agredieron y dispararon sus armas contra un grupo de defensores de derechos humanos –acompañados por oficiales de la ONU– que verificaban la situación de personas detenidas en una estación de policía. A las instalaciones accedieron los delegados de la Oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y de la Procuraduría mientras que, hacia las 20.40, los defensores esperaban su turno para ingresar cuando los policías comenzaron a increparlos y echarlos del lugar. En torno a un centenar de agentes salieron del lugar para rodearlos. “Nos gritaban que nosotros no hacíamos nada”, relata Ana María Burgos, del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, y en ese momento se produjeron los primeros disparos al aire. “Nos rodean, nos pegan, me tiran al suelo… sentí miedo, temí por mi vida”, cuenta. “Nos iban a matar”, prosigue. Hubo disparos “al piso, al aire y a la humanidad de nosotros, pero nos resguardamos”.

Los defensores fueron socorridos por habitantes de la calle que sirvieron como escudos humanos y un agente los ayudó a salir huyendo del lugar. “Condeno el ataque de policías contra un equipo de sociedad civil que estaba verificando abusos policiales en Cali. La Fiscalía debe llevar a los responsables ante la justicia”, declaró José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch, sobre el incidente, que también fue condenado por la ONU. Durante las protestas de la noche de este lunes en la ciudad de Cali murieron al menos cinco personas y otras 33 resultaron heridas según el alcalde, Jorge Iván Ospina.

La pequeña ciudad andina de Manizales también vivió momentos de terror. Luna Giraldo, la estudiante que ha documentado con sus amigos la represión, cuenta que en la noche del miércoles un grupo grande de personas hizo un plantón pacífico en una plazoleta de la Universidad de Manizales. “Como a las dos de la tarde, la policía nos empezó a rodear”, cuenta Giraldo. Los manifestantes continuaron protestando –con cantos, bailes, pancartas– pero hacia las seis de la tarde sintieron que la tensión empezaba a aumentar: un grupo de “infiltrados” (como los estudiantes llaman a policías encubiertos) empezaron golpear vallas en la zona y “la policía usó eso como excusa para gasearlos”, cuenta Giraldo.

Rodeados de gases lacrimógenos, en medio del pánico, los manifestantes corrieron hacia los barrios de Fátima y Palermo, perseguidos por la policía, hasta que ocurrió uno de los eventos más confusos de la noche: uno de los gases lanzados por la policía entró en un autobús de transporte público, asfixiando a los ciudadanos que estaban allí sentados. “Normalmente los gases se lanzan al suelo, pero en este caso la policía los estaba tirando hacia arriba, hacia la gente”, dice Giraldo. “En ese bus había gente de todas las edades, se empezaron a ahogar, hasta que los chicos de las protestas rompieron los vidrios del bus para que el gas saliera. Cuando la policía los vio rompiendo los vidrios, les gritaban que eran unos vándalos”. (Algunas personas del autobús fueron trasladadas a hospitales, y hasta el momento no se han reportado muertos por ese incidente)

“Los disparos, muertos y heridos en Cali y en otras ciudades, que han sido constatados por la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, son inaceptables y nos producen un hondo dolor. Esta barbarie tiene que parar”, manifestó esta mañana el sacerdote jesuita Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad surgida del acuerdo de paz que este año presentará su informe final. “Invitamos a continuar en la movilización pacífica por la convivencia y la justicia social como la mejor manera de honrar su memoria”, dijo De Roux."                

(Santiago Torrado , |Juan Miguel Hernández Bonilla|Camila Osorio , El País, 04/05/21) 

26/6/20

“Lo que pasó me marcó para toda la vida”, dice una mujer que fue torturada en un centro de detención, junto con decenas de otros manifestantes detenidos aquel día, entre insultos y golpes de unos policías que parecían drogados por su brutalidad... fué el 20 y 21 de julio de 2001 en Génova, en Italia

"El 20 y 21 de julio de 2001 hubo una cumbre del G-8 en Génova. El lector quizá recuerde vagamente que en ella se registraron “incidentes”.

 Lo que seguramente no sabe es que en aquellos días se produjo, “la mayor violación de derechos humanos de la historia de Italia desde la segunda guerra mundial” – según la contundente fórmula de Amnistía Internacional- resultado de una brutalidad policial planificada. En una Europa en la que crecen las protestas civiles, el tema es de una enorme actualidad.

Diez años después, dos periodistas italianos, Franco Fracassi y Mássimo Lauria, han reconstruido los hechos en un minucioso y detallado documental titulado “La Cumbre” (The Summit), que se ha presentado en Berlín. Más de un centenar de entrevistas y un millar de documentos, policías, activistas torturados, detenidos, atropellados y testimonios de expertos y de varios de los miles de participantes que resultaron heridos, muchos de seriedad, arrojan un testimonio sobrecogedor.

Trama negra para escarmentar

De ellos se desprende que las manifestaciones, inicialmente pacíficas, fueron violentadas por grupos provocadores vinculados a la policía, bloqueadas policialmente sin opción de escapar y atacadas con intención de escarmentar, de acuerdo a un guión preestablecido que días antes de los hechos contemplaba en uno de sus documentos el escenario de “una muerte”, cosa que sucedió en la persona del activista Carlo Giuliani, en lo que parece haber sido una encerrona planificada.

“Algunos miembros de sindicatos policiales nos confirmaron que no fueron errores tácticos casuales, sino una estrategia deliberada y planificada para golpear al movimiento por los derechos globales”, dice Lauria. “Cuantos más testimonios entrevistamos, más claro se nos hizo que en Génova hubo una clara intención de masacrar literalmente a un movimiento civil”, dice Fracassi, un ex corresponsal de guerra, que fue golpeado en Génova pese a su condición de periodista y se confiesa “impresionado” por la experiencia.

Pinochetismo en Europa

“Lo que vimos se pareció mucho a los métodos de las dictaduras sudamericanas de los setenta”, recuerda el diputado alemán Hans-Christian Ströbele, que acudió a Génova en una comisión de investigación. Allí vio en un hospital al periodista británico Mark Covell. El joven pernoctaba junto con muchos otros en la escuela Díaz, que el Foro Social de Génova habilitó como centro de prensa. La policía tomó la escuela por asalto, destruyó todos los ordenadores que encontró y atacó a la gente que estaba durmiendo en sus sacos. Covell y Ströbele asistieron a la presentación del documental en Berlín.

Covell fue apalizado hasta caer en coma. “Me hice el muerto, pero seguían golpeando”, dice. Al final casi se muere de verdad: conmoción cerebral, perforación pulmonar y pérdida de diez dientes. Otras 63 personas de la escuela fueron heridas, algunas salieron en camilla con pronóstico reservado. El objetivo del ataque a la escuela era destruir las pruebas, fotos y filmaciones, de la violencia de la víspera. De paso la policía introdujo en el edificio los cócteles Molotov que luego se mostraron como pruebas del delito.

Encerrona

La víspera, en la Piazza Alimonda, un jeep policial se había parado al alcance de una multitud previamente maltratada y calentada, con la aparente intención de crear una situación en la que el uso del arma de fuego en defensa pudiera presentarse como apropiada, lo que concluyó con la muerte de Giuliani por un disparo policial en la cabeza. El asalto a la escuela pudo tener como objetivo hacerse con las imágenes de aquella encerrona. Las 250.000 personas que al día siguiente se manifestaron al grito de “¡asesinos!” fueron rodeadas y reprimidas.

“Lo que pasó me marcó para toda la vida”, dice una mujer que fue torturada en un centro de detención, junto con decenas de otros manifestantes detenidos aquel día, entre insultos y golpes de unos policías que parecían drogados por su brutalidad.

El “Black Block” como recurso

Pieza central de toda la situación registrada en Génova fueron los manifestantes del llamado “Black Block” (bloque negro). Ese sujeto hizo su aparición en las protestas contra la central nuclear alemana de Brokdorf ya en los años setenta. Son grupos de manifestantes violentos, instrumentalizados, infiltrados o directamente organizados por la policía, difíciles de distinguir de los simples neonazis. Muchos de ellos acudieron a Génova desde Alemania tras haber participado en manifestaciones neonazis, como se pudo comprobar al examinar algunos de los teléfonos móviles que se les incautaron, explica Sergio Finardi, experto en “tácticas de guerra informales”.

El objetivo del “Black Block” es reventar las manifestaciones, evitar una amplia y pacifica participación de la ciudadanía, y dar motivos a la policía con su vandalismo para reprimir y desprestigiar los motivos de la protesta, dice. La secuencia consiste en dejar al “Black Block” hacer impunemente su trabajo sin que la policía intervenga, a continuación se carga con violencia, pero no contra los violentos sino contra los normales. En Génova no hubo ni una sola detención de esos sujetos. El guión se repite en múltiples protestas del movimiento antiglobalización, dice Finardi.

Violencia

Sería ingenuo pensar que toda la violencia contestataria es obra de provocadores. Cualquiera con una visión realista de la vida sabe que incluso en las mejores causas no hay carencia de personas impulsivas, de pocas luces, o ambas cosas a la vez. También es notorio lo fácil que es convertir en irritada y violenta a una multitud en principio pacífica. Esto no es una reflexión pedestre sobre “la violencia” de la que hablan los medios de comunicación. Aquí no se habla, por ejemplo, de la enorme violencia que supone una realidad social, llena de desempleo, de injusticias y de estafas sociales que ofenden a la dignidad ciudadana. Simplemente se constata lo anecdótico. 

A saber: que en una manifestación de 50.000 o 100.000 por una causa justa y clara, doscientas personas quemen tres contenedores, un vehículo y ataquen un cajero automático, es, por desgracia, absolutamente anecdótico, independientemente de que esa imagen sea portada en The New York Times o en cualquier otro medio con el objetivo de que “la violencia” haga perder de vista la esencia del asunto. Aun más, esa manipulación mediática forma parte de la violencia, porque es una mentira como lo son llamar “salvamento de Grecia” o “emisión del Banco Central Europeo” a la subvención continuada a la banca privada, mientras se obliga a la ciudadanía europea socialmente más desfavorecida a apretarse el cinturón.

De la provocación y sus antecedentes

De lo que aquí se habla y advierte es de otra cosa: del conocido uso del “Agent provocateur”. Su figura acompaña la historia del movimiento obrero desde sus mismos orígenes y llega hasta los hechos de Génova. En el París de principios del siglo XX, con su miseria extrema y su escena anarquista y socialista la abundancia de aquellos personajes era extraordinaria, como explica, entre muchos otros, Victor Serge (Victor Kibalchich) en sus memorias. La Rusia de la “Naródnaya Volia” ofrece situaciones increíbles, muchas de las cuales se revelaron al incautar la Revolución Rusa los archivos de la Ojrana, la policía política zarista, y lo mismo, aunque mucho más inocente, ocurrió aquí con la Stasi, sin ir más lejos, o ocurre hoy con los curiosos infiltrados de la policía política alemana, el BfV, en la escena neonazi.

Para quienes vivimos como estudiantes la España del último franquismo y la de la transición, el “agent provocateur” es también una figura familiar. Su historia está por escribir y va desde lo más alto, el terrorismo puro y duro, hasta lo movimientos estudiantiles.

A finales de los años setenta un conocido abogado de Barcelona me contó como su cliente, un miembro del Comité Central del Partido Comunista (R), una delirante organización maoísta muy cercana a las pistolas, había sido interrogado, y naturalmente torturado en comisaría, por la misma persona que le había reclutado para el partido un año antes. 

Con las historia del Grapo, una organización violenta maoísta, hay toda una historia por escribir.
A un nivel menos inquietante, pero no menos significativo, se puede mencionar la historia de cómo se acabó, a partir de 1977, con el ambiente de hermandad izquierdista que dominaba geográficamente las Ramblas de Barcelona, aquel extraordinario espacio de ligue, fiesta civil y pacífica, conspiraciones estudiantiles de café e intercambio de revistas y panfletos. De repente zonas enteras como la Plaza Real fueron invadidas por la droga y la agresiva criminalidad a ella ligada. 

En Canaletas, cada fin de semana estallaban “manifestaciones” de 50 personas con gran profusión de cócteles Molotov por causas como la “solidaridad con el Sáhara” o con “Euskadi”, o, como decía Buñuel en su surrealista película, con los “grupos armados del Niño Jesús”. Su protagonista era un grupo izquierdista llamado PCI (no confundir con lo que luego fue el Partido del Trabajo). Estaba compuesto fundamentalmente por gente de los bajos fondos a sueldo del Gobierno Civil de Barcelona. La gente normal dejó en pocos meses de ir a las Ramblas, que hoy se han convertido en el habitual espacio sin alma que suele afirmar el turismo masivo.

Encargué a un compañero gráfico de profesión que hiciera fotos de aquellas “manifestaciones” barcelonesas. Me trajo primeros planos, siempre los mismos rostros, con un par de jefes hampones de aspecto inconfundible, que eran los que repartían el dinero, y conexiones con un oscuro despacho de abogados de la Calle Balmes. El reportaje no se publicó, por las mismas razones por las que han sido necesarios diez años para que Fracassi y Lauria nos explicaran lo de Génova: no había interés, y era necesario remar muy fuerte a contracorriente para acabar al final informativamente derrotado…

Todo esto forma parte de una generación y es archiconocido. Pero es de suma actualidad hoy en esta Europa que se va a hacer más tensa y convulsa. Lo que nos lleva a otra reflexión.

Sobre la inteligencia de la especie

Un conocimiento superficial de la Historia sugiere la falacia de su progresiva evolución hacia un mundo mejor. No sólo no hay avances lineales e inexorables hacia situaciones socialmente mejores, sino más bien una anárquica sucesión de avances y retrocesos. Parafraseando un popular dicho cinematográfico ruso, podríamos decir que el progreso de la humanidad es “asunto sutil”. Como me explicó con gran simpleza en una ocasión Andrei Bitov, un conocido escritor ruso, “a veces pienso que la humanidad no tiene remedio y que camina decidida hacia el desastre, otras veces, en cambio, llego a pensar exactamente lo contrario”.

La reflexión era a propósito de la crisis global, de la que el problema del calentamiento es aspecto, del rampante militarismo (Occidente está metido hoy directa o indirectamente en una veintena de guerras, señala el informe de un Think Tank de Heidelberg), y, sobre todo, a propósito de la combinación de ambos aspectos, el uno exigiendo a gritos una nueva y superior civilización con otra metodología, y el otro apuntando inequívocamente hacia lo Neandertal…

Todo esto viene a cuento de nuestra reacción ante la actual “crisis financiera”, que es una mera y casi anecdótica nota a pie de página, al lado de los retos que plantea la verdadera crisis recién evocada, sobre todo en sus aspectos energéticos y sociales.

La pregunta es si seremos lo suficientemente sabios, los de arriba y los de abajo, más sabios como especie, más allá si se quiere de la lucha de clases y de las relaciones de dominio imperial entre el Norte y el Sur, en resolver de forma viable y no suicida este siglo XXI. En Europa Occidental llevamos más de tres generaciones de progreso continuado, las memorias de grandes violencias y del hambre (que en 1947 era un dato central en Barcelona, Berlín o Budapest) se han hecho borrosas.

¿Es posible un conflicto social “blando”?

La Historia, de nuevo, sugiere que los de arriba, las oligarquías que dominan nuestras sociedades con diferentes matices, sólo aprenden y se hacen sensibles a la justicia a base de presión social. Las bonitas libertades y garantías europeas, hoy por desgracia tan maltrechas y con tan mal pronóstico de evolución, fueron resultado de pactos y compromisos, revoluciones y contrarrevoluciones rodeados de sangre, violencia y sufrimiento ¿Será el futuro diferente? ¿Es posible un conflicto social con metodologías “blandas”? Así lo afirma, por ejemplo, el 15-M español, pero así lo complica un escenario como el genovés.

En la zona euro los activos monetarios en manos privadas, 27 billones de euros son más de tres veces superiores al monto total de la deuda de los países implicados, que asciende a 8,2 billones (de ellos 2,1 billones son deuda alemana), señala Eurostat. La mitad de esos activos (60% en Alemania) están en manos del 10% más rico de la población ¿Es posible convencer a los ricos y más poderosos de la peligrosidad e inestabilidad que representa, también para ellos y para sus intereses, el afirmar una polarización social tan extrema e insostenible como la que preside nuestro mundo y avanza incluso en las ciudades de los países europeos más prósperos? ¿Es posible convencerles para una política fiscal menos injusta? Hasta un tonto comprende que si uno no quiere que el perro le muerda hay que echarle un hueso de vez en cuando, y aquí no se trata de huesos ni de perros sino de cierta democracia real.

Desde luego, no habrá convencimiento sin pulso social, pero ¿habrá pulso social sin violencia, la violencia radical de los despidos y de los recortes, de los desahucios, de la manipulación informativa, de los “agents provocateurs”, y, por supuesto, de los necios que queman contenedores y destruyen cajeros automáticos sin que les pague siquiera el Gobierno Civil de turno?

Con todo eso rondando en la cabeza salimos del cine, y de la charla berlinesa con Fracassi y Lauria, al término del pase de su documental sobre el atropello de Génova."                   (Rafael Folch, blog, 21/06/20; publicado el 03/04/2012)

9/2/18

Se quiso que toda la ciudad tuviese conocimiento de la ejecución como escarmiento público y por eso los dividieron en grupos por distintos barrios...

"La casa está cerrada a cal y canto. La puerta es de chapa marrón. “Sí, soy yo”. La puerta chirría cada vez que la mujer, asida a ella, da un paso hacia adelante o hacia detrás. “Yo no quiero recordar eso”.

 Tiene ganas de cerrar pero se resiste a hacerlo. “Yo no, yo no”. Observa con miedo al vacío, sin entender por qué han venido a preguntarle 40 años después. “No quiero hablar. Adiós. Muy amable”. 

Aquello de lo que no quiere hablar esta mujer septuagenaria –tal vez octogenaria– ocurrió el 8 de julio de 1977 en Sevilla, unos meses antes del disparo que acabó con la vida de Manuel José García Caparrós en Málaga, del que tanto se ha hablado estos días; y unos meses después del disparo que acabó con la vida del joven almeriense Javier Verdejo, al que no dejaron terminar de escribir “Pan, trabajo y libertad”, y del que tan poco se ha hablado estos y todos los días. 

“Yo fui a coger a mi hijo, que se me había escapao“, suelta apresurada la mujer. El disparo podría haberle alcanzado a ella. Tal vez al niño.

La esquina donde sucedieron los hechos ve pasar los días como si nada. “Alquilo piso por 450 euros”.  “Vendo piso por 82.000 euros”, anuncian varios papeles pegados a una señal de ceda el paso. Son otros tiempos. Hay otros nombres. Avenida Hytasa con calle Diamantino García, entonces Comandante Castejón.

 El tiro, tan fallido en la Transición cuando iba dirigido al aire, alcanzó esta vez a Francisco Rodríguez Ledesma, un albañil que se había acercado a la manifestación contra el cierre de la fábrica textil del mismo nombre que la avenida y que tantos uniformes para el Ejército franquista había confeccionado. 

Queipo de Llano había puesto la primera piedra. El dictador la había visitado. Hoy, frente a aquella esquina hay un edificio de la Junta de Andalucía. Al lado, Casa Arcadio pone desayunos como si no hubiera un mañana. Un cartel indica una peluquería de caballeros y niños a escasos metros. Y en la esquina, justo en la esquina, se levanta una escuela infantil con ladrillos vistos.

La mujer que no quiere hablar vio caer justo ahí, a su lado, al albañil, militante de CCOO. Murió en el hospital en enero de 1978. Mil personas acudieron a su entierro, según las crónicas periodísticas de la época, que ya auguraban también que aquella muerte, como la de Caparrós o la de Verdejo, quedaría impune.

Estamos en el Cerro del Águila, un barrio obrero de Sevilla. Pueden llegar hasta aquí en autobús. El 26 va directo desde el Prado de San Sebastián. Si están en la céntrica Plaza del Duque, una opción es el 32 con parada en Ciudad Jardín, desde donde pueden ir dando un paseo. Si están más cerca de Puerta Jerez, el metro o el tranvía son una solución para parte del trayecto. 

Es 5 de diciembre. Varios miembros de la asociación Aire Libre acaban de renovar el cartel que colocaron en 2015 como homenaje a Rodríguez Ledesma, que fue nombrado también cerreño del año por la Velá del Cerro del Águila. “Pusimos un clavel en la imagen porque su hermana nos contó que le dejaban uno todos y cada uno de los días que pasó en el hospital”, cuenta Pepe Verdón. La Junta de Andalucía tiene previsto catalogar en breve esta esquina como Lugar de Memoria.

“Mira, estos son los que mataron en aquellas fechas”, muestra en un papel escrito a boli Juan Morillo. Dice que a uno de ellos, a su amigo Aurelio Fernández, lo asesinaron en París en 1979. “Las manifestaciones eran asiduas”, añade Verdón. Esta fría mañana, ellos dos y tres compañeros, Jesús, Teo y José, recogen firmas para la apertura de un nuevo centro de salud. 

Hablan de Miguel Hernández, y de Mandela, y de cómo se está deteriorando el barrio, y de la próxima función del teatro de la memoria del Aguaucho. Ponen una bandera republicana y otra andaluza para hacerse la foto. Se acerca un hombre: “Conozco la historia por mi suegra”. Pero su suegra, ya han leído, no quiere hablar. La mujer, finalmente, echa el cerrojo a la puerta de chapa marrón.

Otro barrio en el que no hubo guerra

El historiador José María García Márquez destaca un caso en el Cerro del Águila: “Especialmente impactante fue la muerte de Francisco Portales Casamar, de 35 años, empleado del Matadero y afiliado a Unión Republicana, detenido por orden de Queipo el 10 de agosto de 1936, junto a su cuñado Rafael Herrera Mata. Lo juzgaron en consejo de guerra el 21 del mismo mes y lo condenaron a muerte.

 Al día siguiente, 22, Queipo aprobó la sentencia y el 23 fue asesinado a las seis y media de la mañana en la muralla de la Macarena. Rafael, impresor que trabajó en El Cerro en la imprenta de Luis Barral, fue puesto en libertad poco después, aunque en 1937 sería nuevamente detenido y asesinado el 29 de enero de 1938”.

La hermana de Francisco, Luisa Portales, fue una mujer muy conocida en el barrio por su militancia política en Unión Republicana; y su hermano Luis, activo miembro de las Juventudes Libertarias, estuvo a punto de ser capturado, aunque no lo detuvieron hasta enero de 1938 y lo condenaron a veinte años de prisión, indica García Márquez.

Muy cerquita, añade el historiador, se llevó a cabo el fusilamiento, en dos grupos de 11, de 22 miembros de la columna minera de Huelva, que llegó a Sevilla el 19 de julio y fue traicionada por la Guardia Civil. “Se quiso que toda la ciudad tuviese conocimiento de la ejecución como escarmiento público y por eso los dividieron en grupos por distintos barrios. Las desapariciones se sucedían una tras otra. Llantos, gritos de desesperación, búsquedas de familiares por todos los centros de reclusión de Sevilla, etc., se convirtieron en algo cotidiano y repetido en aquel verano y otoño de 1936”."                  (Olivia Carballar, La Marea, 01/02/18)

22/12/17

El Ejército israelí le quitó primero las piernas, después la vida


"El viernes, un francotirador disparó y mató a Ibrahim Abu Thuraya, un doble amputado de Gaza, mientras protestaba desde su silla de ruedas cerca de la frontera con Israel

El francotirador del ejército israelí no pudo apuntar a la parte inferior del cuerpo de su víctima - Ibrahim Abu Thuraya no la tenía. De 29 años de edad, Thuraya trabajaba lavando coches y vivía en el campo de refugiados de Shati, en la ciudad de Gaza. 

Había perdido ambas piernas hasta las caderas en un ataque aéreo israelí durante la Operación Plomo Fundido en 2008. Utilizaba una silla de ruedas para desplazarse. El viernes el ejército israelí terminó el trabajo: un francotirador apuntó a la cabeza y lo mató .

Las imágenes son terribles: Abu Thuraya en su silla de ruedas, empujado por amigos, llamando a la protesta contra la declaración de Estados Unidos reconociendo a Jerusalén como capital de Israel ; Abu Thuraya en el suelo, arrastrándose hacia la valla que aprisiona  la Franja de Gaza; Abu Thuraya agitando una bandera palestina; Abu Thuraya levantando ambos brazos con el signo de la victoria; Abu Thuraya llevado por sus amigos, desangrándose; El cadáver de Abu Thuraya colocado sobre una camilla: The End.

 Se puede suponer que el soldado se dio cuenta de que estaba disparando a una persona en silla de ruedas, a menos que estuviera disparando indiscriminadamente contra los manifestantes.

Abu Thuraya no era un peligro para nadie: ¿Qué peligro podría suponer un doble amputado en silla de ruedas, aprisionado detrás de una valla? ¿Cuánto maldad e insensibilidad son necesarias para disparar a una persona minusválida en silla de ruedas? Abu Thuraya no fue el primero, ni será el último palestino con discapacidad asesinado por los soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel - los soldados más morales del mundo, ¿o no?.

El asesinato del joven discapacitado pasó casi inadvertido en Israel. Fue uno de los tres manifestantes que murieron el viernes 15 de diciembre, un día bastante monótono. Es fácil imaginar lo que sucedería si los palestinos hubiesen matado a un israelí en silla de ruedas. Como hubiese estallado la indignación, cuanta tinta hubiese corrido sobre la crueldad y la barbarie. 

¿Cuántas detenciones hubiera provocado, cuanta sangre se hubiese derramado en venganza?. Pero cuando sus soldados se comportan de forma bárbara, Israel calla y no muestra ningún interés. Ninguna sorpresa, ninguna vergüenza, ninguna piedad. Una disculpa o una expresión de pesar o de remordimiento son pura fantasía. 

La idea de exigir responsabilidades penales a los autores de este asesinato es también un espejismo. Abu Thuraya era hombre muerto cuando se atrevió a participar en las protestas de su pueblo y su muerte no interesa a nadie, porque era un palestino.

La Franja de Gaza ha estado cerrada a los periodistas israelíes durante once años, por lo que solo se puede imaginar la vida del limpiador de coches de Shati antes de su muerte - cómo se recuperó de sus heridas en ausencia de servicios de rehabilitación decentes en la franja sitiada, sin posibilidad de obtener unas prótesis de piernas; la forma en que se movía en una vieja silla de ruedas, no una eléctrica, en los callejones de arena de su campamento; cómo continuó lavando coches a pesar de su discapacidad, ya que no hay otras opciones en Shati, incluyendo a las personas con discapacidad; y cómo continuó luchando con sus amigos, a pesar de su discapacidad.

Ningún israelí puede imaginar la vida en esa jaula, la más grande del mundo, que se llama la Franja de Gaza. Es parte de un experimento de masas interminable con seres humanos.

Hay que ver a los jóvenes desesperados que se acercaron a la valla en la manifestación del viernes, armados con piedras que no pudo llegar a ninguna parte, lanzándolas a través de los huecos entre las barras detrás de las que se encuentran atrapados.

Estos jóvenes no tienen ninguna esperanza en sus vidas, incluso cuando tienen dos piernas para caminar. Abu Thuraya tenía aún menos esperanzas.

Hay algo patético pero digna de la foto en la que levanta la bandera palestina, dado su doble confinamiento: en su silla de ruedas y en su país asediado.

La historia de Abu Thuraya es un reflejo fiel de las circunstancias de su pueblo. Poco después de ser fotografiado, su atormentada vida llegó a su fin. Cuando la gente grita cada semana: “Netanyahu a Maasiyahu [ la prisión de]” alguien debe por fin empezar a hablar también de La Haya."                               (Gideon Levy . Editorialista político del diario Haaretz, en Sin Permiso, 17/12/17)

19/10/17

En diciembre de 1979, al atardecer, se unieron estudiantes y trabajadores en manifestación... dos jóvenes resultaron muertos por disparos de la Policía

"Con el final de la guerra civil y la implantación del nuevo régimen, el nacional-catolicismo se convirtió en el plan de estudios de los niños de la época. Se establecía que la enseñanza tenía que ser "confesional, patriótica, social, intelectual, obligatoria, gratuita, con separación por sexos y en castellano en todo el Estado". 

La educación se imbuía así de los rasgos distintivos del bando triunfante, enmarcada dentro de una política fundamentada doctrinalmente en el derecho de la victoria, según refería el propio Franco.

Los proyectos educativos de la República fueron abandonados y muchos maestros fueron condenados, depurados y obligados a abandonar su profesión. El ministro de Educación Nacional, hasta 1951, fue José Ibáñez Martín.

 La inicial disputa interna que se planteó entre Falange y la Iglesia española por el control de la enseñanza se saldó a favor de la segunda, que impuso su ideario y principios, en los que se abundará más adelante.



Sin embargo, a mediados de los cincuenta la situación estudiantil en nuestro país empezaría a cambiar. Los movimientos estudiantiles se convirtieron en uno de los principales aglutinadores del descontento de la juventud contra la dictadura. La llegada a la Universidad de los hijos de la emergente clase media aportó nuevos aires a la anquilosada vida académica española. En 1956 los enfrentamientos en Madrid, entre universitarios y miembros del Sindicato Español Universitario (SEU) pusieron de manifiesto el descontento que ya era evidente en los campus.

El régimen resolvió la crisis con el cese de Joaquín Ruiz-Giménez, ministro de inspiración cristiana que había intentado una moderadísima apertura en el cerrado mundo franquista.

A partir de entonces, no obstante, se fueron sucediendo las algaradas y los enfrentamientos con la Policía Armada cada vez con más asiduidad por parte de cientos de estudiantes, añadido a las protestas de muchos profesores, lo cual desembocó en 1965 con la separación "definitiva" de la Universidad de los profesores López Aranguren, García Calvo y Tierno Galván (aunque este castigo se anuló en 1976, con Franco ya muerto) y una sanción de dos años para los profesores José María Valverde y Antonio Tovar; en todos los casos  por "una falta grave de disciplina académica", que en realidad escondía el apoyo por parte de los profesores mencionados a las protestas estudiantiles que aquel año se estaban sucediendo en la mayoría de las universidades españolas

Especial influencia tuvo en el movimiento universitario el Mayo del 68 parisino que hizo alentar nuevas esperanzas entre los estudiantes y, al mismo tiempo, incrementar el temor de las autoridades que no dudaron en endurecer la represión.

La muerte del joven universitario y militante del Frente de Liberación Popular (FeLiPe) Enrique Ruano a manos de la Brigada político-social en enero de 1969 agitó aun más las protestas universitarias. 

El asesinato de este joven estudiante de Derecho no se zanjaría en los tribunales hasta 1996 con la absolución de los tres policías que le custodiaban pese al reconocimiento por parte del tribunal de que la causa de la muerte había sido un disparo hecho por los propios agentes y no el suicidio como había mantenido hasta ese momento el Ministerio del Interior (Ministerio de Gobernación hasta 1977).

En los últimos años del franquismo las movilizaciones estudiantiles fueron perdiendo fuelle dejando el protagonismo a sectores más amplios de la oposición (trabajadores, partidos, nacionalistas vascos, grupos de la Iglesia católica...), coincidiendo con un endurecimiento del régimen

En los niveles no universitarios, la educación de los más jóvenes estuvo desde la postguerra  en manos de las escuelas públicas, escuelas privadas y centros religiosos. La segregación por sexos, la moral preconciliar, la formación del espíritu nacional o la asignatura de Hogar dejaban bien a las claras el papel que se asignaba en el futuro inmediato al alumnado. Sin duda fueron tiempos de oscuridad y temor donde nos hicieron creer que "el mundo, el demonio y la carne" campaban  a sus anchas intentando corromper las virtudes de los buenos 'españolitos'.

Hasta bien entrados los años 60, la retórica oficial que hacía de España "la reserva espiritual de Occidente", iba a ser una constante tanto en la vida educativa como en el devenir cotidiano.  Solo hay que recordar las tenebrosas Semanas Santas, los libros prohibidos o la obligación de los colegiales de asistir a los distintos oficios religiosos. El control social constituyó uno de los elementos clave que explican la longevidad del franquismo.

En 1970 la reforma educativa de José Luis Villar Palasí modernizó el programa educativo. La Educación General Básica, el Bachillerato Unificado Polivalente o la Formación Profesional y el Curso de Orientación Universitaria iban a sustituir al antiguo Bachillerato y Preuniversitario.
Con esta evolución en el mundo educativo entramos en la transición y no fue hasta 1979 cuando tuvo lugar la primera huelga universitaria, apoyada también por los estudiantes de enseñanzas medias, contra el gobierno de la UCD.

La llamada Ley de Autonomía Universitaria fijaba la Selectividad como forma de acceso, incrementaba el precio de las tasas o facilitaba la privatización, en contra de la opinión mayoritaria de los estudiantes. En diciembre de 1979 se produjeron manifestaciones y protestas en toda España. La fotografía que ilustra este artículo fue tomada en esos días frente al Instituto de Enseñanza Media José María Pereda de Santander.

El día 13, en Madrid, al atardecer, se unieron estudiantes y trabajadores, estos últimos en manifestación contra el anteproyecto del Estatuto de los Trabajadores, sucediéndose los altercados. Como consecuencia de los mismos dos jóvenes resultaron muertos por disparos de la Policía. Se trataba de Emilio Martínez Menéndez y José Luis Montañés Gil.

Al día siguiente hubo movilizaciones en todo el país. La Universidad de Santander (que así se llamó la institución desde el establecimiento del distrito universitario, en 1971, hasta la denominación de Universidad de Cantabria, en 1985) se declaró en huelga el día 14 secundada por los institutos y el día 15 fue disuelta una manifestación por el centro de la ciudad.

Tres alumnos de la Universidad fueron detenidos por colocar carteles contra la actuación policial. La tensión no disminuía, y un grupo de estudiantes fue recibido por el alcalde de la ciudad, Juan Hormaechea Cazón, para que los jóvenes pudieran presentar sus quejas. En ese tiempo, tal y como se refleja en la prensa diaria, se celebraron multitudinarias Asambleas de Distrito, las más populosas que han tenido lugar hasta nuestros días.

A nivel estatal la confrontación fue en aumento y llegó a su cima cuando la extrema derecha, bajo el amparo de las cloacas del Estado, secuestró y asesinó a Yolanda González, líder del movimiento estudiantil en Madrid.

A las protestas juveniles hay que unir las críticas de los profesores universitarios. Desde los no numerarios hasta los catedráticos el rechazo a la ley fue casi unánime entre los docentes. Por fin, en 1982, el Gobierno retiró del Parlamento tan controvertida ley. (...)"          (eldiario.es, 01/10/17)

20/10/16

Se cebaban con los más débiles, los que ya estaban ensangrentados, hasta matarles, yo lo vi. Saad Ouazen

"Hace cincuenta y cinco años, el 17 de octubre de 1961, entre 300 y 400 argelinos, de unos treinta mil, que se manifestaban pacíficamente, contra las leyes racistas que el gobierno del presidente, Charles De Gaulle, había impuesto, específicamente contra los ciudadanos de ese origen, y por extensión, contra todo ciudadano proveniente del Magreb, fueron cazados y asesinados en pleno París por la policía del régimen. 

 Si bien los herederos de la Revolución Francesa la habían herido de muerte en los arrozales de Indochina, en las cuevas de norte de Argelia y en los bosques y desiertos africanos, aquella noche, en pleno Paris, le pegaron el tiro de gracia.

El hecho más oscuro que se registra en la ciudad luz, hasta hoy, no ha sido debidamente aclarado, y ni siquiera hay una nómina comprobable y segura de muertos y mucho menos de la totalidad de sus responsables.


El Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino, dirigido por Mohamed Budiaf y Ahmed Ben Bella, desde 1954, que libraba una guerra contra la dominación francesa, que había invadió su territorio en 1830, llamó a los miles de argelinos que entonces vivían en París, a manifestarse pacíficamente contra el toque de queda impuesto a la población magrebí por el prefecto Maurice Papon, quién durante la Ocupación nazi había sido el responsable del traslado de ciudadanos judíos de Burdeos a París, con posterior destino a los campos de exterminio.


El toque de queda prohibía a los trabajadores argelinos permanecer en la calle entre 20:30 y 05:30 y las cafeterías de musulmanes deberían cerrar a las 19 horas. Cientos de miles de ciudadanos se vieron entonces obligados a permanecer encerrados en sus precarias viviendas de los bidonville de Nanterre, Bezons, Courbevoie, Puteaux y Colombes, aunque ya estaban acostumbrados al acoso permanente de las rattonades (razias policiales).


La orden del FLN fue clara y rotunda, los manifestantes no debían portar ningún tipo de armas, y se invitaba a que participaran mujeres y niños, como garantes de que no habría de parte de los organizadores intensiones de violentar las normas. Además las columnas deberían transitar por las veredas, para no perturbar en tránsito de avenidas y bulevares.


Apenas iniciada la protestas, la policía de Papon comenzó la cacería por portación de piel, todo “pardo” o moro, que se lo encuentre en la calle sería detenido.


Los siete mil efectivos de Papon, junto a la Policía Auxiliar (APF) mejor conocidos como los Harkis de París, argelinos reconvertidos en anti revolucionarios que operaban contra sus connacionales, se habían preparados desde días antes, con el beneplácito de sus superiores lo que incluía la explicita aprobación de De Gaulle.


Apenas aparecieron los primeros manifestantes comenzó la represión, que dejaría según cifras oficiales 11730 detenidos y 3 muertos.


Los cancerberos de Papon se dispersarían acechantes por calles del Barrio Latino, los Grandes Bulevares, y los alrededores de Champs Elisées. Esperaban a los argelinos en las bocas del metro, en las terminales de buses. Sus mítines fueron atacados con extremas violencia, sin perdonar ancianos, embarazadas, ni niños.


En pocas horas los detenidos alcanzaría a casi a los 12 mil, todo estaba milimétricamente calculado, buses de la policía y autobús de la compañía RATP, habían sido requisados. En ellos trasportaron los detenidos al Hospital Beaujon en Vincennes, a la sede de la policía, al estadio Pierre de Coubertin y al centro de exposiciones. 

Los detenidos debieron sufrir hacinados durante días las golpizas y todo tipo de abuso policial, en deprimentes condiciones higiénicas, sin agua ni alimento. Los detenidos ni siquiera se atrevían a ir a los baños, ya que la mayoría que había osado intentarlo, jamás volvieron. Allí mismo fueron torturados, violados y muchos asesinados. 


Como para cubrir las evidencias, unos días después el ministro del Interior, Roger Frey, antes del reinicio de la Asamblea Nacional, anunció el retorno forzado a Argelia de muchos de los “indeseable”, sin listas, sin poderse despedir de sus familiares ni tan siquiera recoger algunas de sus pertenencias; fueron deportados, aunque muchos de ellos, nunca llegaron a Argelia.


Sin recato frente las cámaras, ni a los periodistas y transeúntes, las policía masacró la protesta, los manifestantes fueron golpeados salvajemente, mientras otros fueron asesinados con armas de fuego a bocajarro.


Las calles de París se llenaron de muertos, charcos de sangre y heridos: hombres mujeres y niños fueron asesinados a golpes por la policía, otros lanzados mal heridos al Sena, tampoco fueron pocos los cuerpos que aparecieron ahorcados en Champs Elisées.


Aquí se ahoga argelinos.


Algunos días después de la represión, en los muros que bordean el Sena comienzan a aparecer unas extrañas pintadas que dice “ici on noie les Algériens” y a los días comenzaron a flotar en el Sena decenas de cuerpos, algunos con disparos y otros con evidentes signos de tortura, era claro que la matanza pergeñada por el perfecto Papon y bendecida por De Gaulle, se había ejecutado con “estilo”, se estima que por los menos fueron 150 cadáveres de argelinos recogidos en las aguas entre París y Rouen.


El presidente declaró que la masacre era “un asunto secundario” y dio por terminado el asunto conforme con los tres muertos iniciales. Envalentonados por la complacencia oficial el 8 de febrero del 1962, otra manifestación en contra de la guerra de Argelia y de la organización paramilitar OAS, (Organisation de l'Armée Secrète)   terminó con una nueva masacre, conocida como “masacre de Charonne" (nombre de la estación de metros parisina) donde otra vez los hombres de Maurice Papon asesinaron esta vez a nueve militantes del sindicato CGT, la mayoría pertenecientes al partido comunista.


Como para terminar su obra macabra el 17 de junio de 1966, De Gaulle aprueba una la ley de amnistía que incluía: “Los actos cometidos en el marco de operaciones policiales administrativas o judiciales”, por lo que se impide cualquier tipo de investigación sobre las matanzas del 17 de octubre y de la estación Charonne, entre otras muchas violaciones a los Derechos Humanos.


Los sucesos del 17 de octubre 1961 impactaron de tal manera en la política francesa, que aceleraron las negociaciones que terminaron con los acuerdos Evian el 18 de marzo 1962, con que se da por finalizada la guerra de Argelia.


La matanza de octubre fue silenciada durante las dos siguientes décadas, hasta como los ahogados del Sena, comenzaron a emerger las evidencias incontrastables contra el prefecto Maurice Papon. 


En 1981, el periódico Le canard enchaîné consiguió una serie de documentos donde se revelaba la participación de Papon en el exterminio judío. En 1998 después de diecisiete años de investigaciones y juicios fue condenado a diez años de prisión, aunque nunca recibió condena por los crímenes de octubre de 1961. Fue liberado en 2002 a los 92 años, por su estado de salud, aunque moriría recién en 2007. (...)"                (Guadi Calvo , Rebelión, 18/10/16)

5/9/14

Rodeados por los trabajadores de la SEAT, algunos policías sacan sus armas de fuego y disparan. Antonio Ruiz Villalba cae herido de muerte

"Ninguna calle de la ciudad lleva su nombre, el de Antonio Ruiz Villalba. 

Alberto Herbera, un trabajador de la SEAT, como Antonio Ruiz, un admirable luchador de toda la vida y de mil batallas democráticas, obreras y populares, ha descrito su asesinato en estos términos:

“16 de octubre de 1971. La Policía Armada, a pie y a caballo, requerida por la dirección de la empresa (entonces pública) entra en la factoría de SEAT en la Zona Franca de Barcelona. 

Alrededor de 20.000 trabajadores/as se han declarado en huelga y han ocupado la fábrica, en demanda de la negociación del convenio colectivo, del reconocimiento de derechos sindicales, por la readmisión de compañeros despedidos con anterioridad, contra la represión laboral. 

El primer ataque de la policía es rechazado. Los obreros ocupan los talleres y los defienden armados con tornillería. Los rodamientos tirados a los pies de los caballos hacen caer a los policías, inutilizando la carga de caballería. Rodeados por los trabajadores, algunos policías sacan sus armas de fuego y disparan. Antonio Ruiz Villalba cae herido de muerte. Fallece pocas horas después. 

La batalla no ha concluido. La resistencia tiene lugar taller a taller. Llegan más y más refuerzos policiales. Tras varias horas de lucha, y con algunos miles de trabajadores arrinconados en el último taller, se negocia la salida de los obreros a la calle, sin identificaciones.

La lucha obrera en SEAT ya no dejará de crecer hasta 1975, convirtiéndose en referente de las luchas obreras contra los patronos y contra la dictadura. Siguió la represión, los despidos, las torturas, el exilio, hasta la amnistía laboral de 1976. Después empezó otra etapa, como en todas partes, que acabó dilapidando buena parte de lo que conquistaron aquellos formidables luchadores. Lo que queda nos lo están arrebatando ahora, sin resistencia.”              (Salvador López Arnal , Rebelión, 26/07/2014)

9/4/12

La cumbre del G-8 de hace diez años registró “la mayor violación de derechos humanos de la historia de Italia desde el fin de la guerra”. Una advertencia muy actual para la Europa convulsa

"El 20 y 21 de julio de 2001 hubo una cumbre del G-8 en Génova. El lector quizá recuerde vagamente que en ella se registraron “incidentes”. Lo que seguramente no sabe es que en aquellos días se produjo, “la mayor violación de derechos humanos de la historia de Italia desde la segunda guerra mundial” – según la contundente fórmula de Amnistía Internacional- resultado de una brutalidad policial planificada. En una Europa en la que crecen las protestas civiles, el tema es de una enorme actualidad.

Diez años después, dos periodistas italianos, Franco Fracassi y Mássimo Lauria, han reconstruido los hechos en un minucioso y detallado documental titulado “La Cumbre” (The Summit), que se ha presentado en Berlín.

 Más de un centenar de entrevistas y un millar de documentos, policías, activistas torturados, detenidos, atropellados y testimonios de expertos y de varios de los miles de participantes que resultaron heridos, muchos de seriedad, arrojan un testimonio sobrecogedor. (...)

De ellos se desprende que las manifestaciones, inicialmente pacíficas, fueron violentadas por grupos provocadores vinculados a la policía, bloqueadas policialmente sin opción de escapar y atacadas con intención de escarmentar, de acuerdo a un guión preestablecido que días antes de los hechos contemplaba en uno de sus documentos el escenario de “una muerte”, cosa que sucedió en la persona del activista Carlo Giuliani, en lo que parece haber sido una encerrona planificada.

“Algunos miembros de sindicatos policiales nos confirmaron que no fueron errores tácticos casuales, sino una estrategia deliberada y planificada para golpear al movimiento por los derechos globales”, dice Lauria.

 “Cuantos más testimonios entrevistamos, más claro se nos hizo que en Génova hubo una clara intención de masacrar literalmente a un movimiento civil”, dice Fracassi, un ex corresponsal de guerra, que fue golpeado en Génova pese a su condición de periodista y se confiesa “impresionado” por la experiencia. (...)

“Lo que vimos se pareció mucho a los métodos de las dictaduras sudamericanas de los setenta”, recuerda el diputado alemán Hans-Christian Ströbele, que acudió a Génova en una comisión de investigación. Allí vio en un hospital al periodista británico Mark Covell.

El joven pernoctaba junto con muchos otros en la escuela Díaz, que el Foro Social de Génova habilitó como centro de prensa. La policía tomó la escuela por asalto, destruyó todos los ordenadores que encontró y atacó a la gente que estaba durmiendo en sus sacos. Covell y Ströbele asistieron a la presentación del documental en Berlín.

Covell fue apalizado hasta caer en coma. “Me hice el muerto, pero seguían golpeando”, dice. Al final casi se muere de verdad: conmoción cerebral, perforación pulmonar y pérdida de diez dientes. Otras 63 personas de la escuela fueron heridas, algunas salieron en camilla con pronóstico reservado.

 El objetivo del ataque a la escuela era destruir las pruebas, fotos y filmaciones, de la violencia de la víspera. De paso la policía introdujo en el edificio los cócteles Molotov que luego se mostraron como pruebas del delito. (...)

La víspera, en la Piazza Alimonda, un jeep policial se había parado al alcance de una multitud previamente maltratada y calentada, con la aparente intención de crear una situación en la que el uso del arma de fuego en defensa pudiera presentarse como apropiada, lo que concluyó con la muerte de Giuliani por un disparo policial en la cabeza.

El asalto a la escuela pudo tener como objetivo hacerse con las imágenes de aquella encerrona. Las 250.000 personas que al día siguiente se manifestaron al grito de “¡asesinos!” fueron rodeadas y reprimidas.

“Lo que pasó me marcó para toda la vida”, dice una mujer que fue torturada en un centro de detención, junto con decenas de otros manifestantes detenidos aquel día, entre insultos y golpes de unos policías que parecían drogados por su brutalidad. (...)

Pieza central de toda la situación registrada en Génova fueron los manifestantes del llamado “Black Bloc” (bloque negro). Ese sujeto hizo su aparición en las protestas contra la central nuclear alemana de Brokdorf ya en los años setenta. Son grupos de manifestantes violentos, instrumentalizados, infiltrados o directamente organizados por la policía, difíciles de distinguir de los simples neonazis.

 Muchos de ellos acudieron a Génova desde Alemania tras haber participado en manifestaciones neonazis, como se pudo comprobar al examinar algunos de los teléfonos móviles que se les incautaron, explica Sergio Finardi, experto en “tácticas de guerra informales”.

El objetivo del “Black Bloc” es reventar las manifestaciones, evitar una amplia y pacifica participación de la ciudadanía, y dar motivos a la policía con su vandalismo para reprimir y desprestigiar los motivos de la protesta, dice.

La secuencia consiste en dejar al “Black Bloc” hacer impunemente su trabajo sin que la policía intervenga, a continuación se carga con violencia, pero no contra los violentos sino contra los normales.

En Génova no hubo ni una sola detención de esos sujetos. El guión se repite en múltiples protestas del movimiento antiglobalización, dice Finardi."               ('El atropello de Génova', de ,Rafael Poch , Diario de Berlín, La Vanguardia, o4/03/2012)