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1/6/20

¿Qué dijo la supermodelo Karen Mulder en aquel plató de televisión para que se destruyesen las grabaciones? Afirma que tanto ella como otras modelos han sufrido explotación sexual sistemática por parte de su agencia –la prestigiosa Elite–, y extiende sus acusaciones a todo tipo de personalidades de la sociedad francesa, políticos, policías, empresarios...

"31 de octubre de 2001. La famosa modelo Karen Mulder acude como invitada a un programa de la cadena de televisión France 2 llamado Tout le Monde en Parle (Todo el mundo está hablando de esto). 

Durante la entrevista, relata que ha sido violada de forma continuada desde que tenía dos años hasta el anterior mes de abril. Afirma que tanto ella como otras modelos han sufrido explotación sexual sistemática por parte de su agencia –la prestigiosa Elite–, y extiende sus acusaciones a todo tipo de personalidades de la sociedad francesa, políticos, policías, empresarios, incluido el príncipe Alberto de Mónaco, con el que se la había relacionado en el pasado, y al que acusa de haberla violado.

Asegura que la han obligado a consumir drogas, que ejecutivos la hipnotizaron para abusar de ella y que la coaccionaron para mantener relaciones sexuales a cambio de conseguir mejores contratos. “Después de cinco minutos me di cuenta de que estaba enferma”, declararía el presentador, Thierry Ardisson, al diario Libération. “Detuve la entrevista y decidimos no emitirla, incluso si eso significa ser acusados de censura. Hubiera sido una superexclusiva. Quizás había algunas cosas verdaderas en su testimonio, pero era obvio que no estaba en su estado normal. Cuando se fue, me dijo: “Tú también eres parte del complot”.

Karen no se encontraba allí por casualidad ni el tema de los abusos surgió por sorpresa. El objetivo del programa era debatir un polémico documental de la BBC rodado dos años atrás en el que se denunciaba la explotación sexual que sufrían modelos muy jóvenes, muchas adolescentes, por parte de figuras prominentes de la agencia Elite. Mulder era un testimonio de peso que conocía de primera mano el mundo de la moda en general y el funcionamiento de Elite en particular por una condición de la que muy pocas personas en la tierra podían presumir: haber sido una supermodelo.

Nacida en Holanda el 1 de junio de 1970, siendo apenas una adolescente Karen fue finalista del prestigioso concurso de belleza Elite Model Look. Fichó por la agencia y comenzó a trabajar para ellos con gran éxito: antes de cumplir los 18 ya estaba desfilando para las grandes marcas de la industria, de Versace a Yves Saint Laurent. Apodada “la rubia con clase”, protagonizó portadas de diferentes cabeceras internacionales de Vogue o Elle y logró dos hitos que marcaban la diferencia entre las modelos de primera clase y las del montón: salir en el número de bañadores de Sports Illustrated y desfilar como uno de los ángeles de Victoria’s secret.

El auge de su carrera había coincidido un momento muy concreto que supuso la aparición del fenómeno de las supermodelos. A principios de los noventa, la industria de la moda se puso de moda, nunca mejor dicho; las anteriores casi anónimas maniquíes se habían aupado hasta convertirse en celebridades globales, famosas al nivel de actores o cantantes, y con ellas, su estilo de vida, identificado como lujoso, glamouroso y divertido, había pasado a ser un objeto de deseo para miles de personas por todo el planeta. Karen había formado parte del exclusivísimo grupo de las más buscadas, solicitadas y mejor pagadas junto a Naomi Campbell, Cindy Crawford, Christy Turlington, Linda Evangelista, Stephanie Seymour o Claudia Schiffer. Decidió dejar de forma voluntaria dejar de desfilar en pasarelas en el 1997 y de forma sorpresiva, abandonó del todo la profesión en año 2000.

Durante esa época, las sombras de una profesión en la que se juntaban grandes cantidades de dinero con mujeres muy jóvenes, a menudo menores de edad, que se ganaban la vida con su aspecto físico habían ido encendiendo algunas alarmas, y el documental de la BBC que se debatía aquella noche en la televisión francesa era muestra de ello. Grabado en 1999, el documental afirmaba, sin ambages, que modelos adolescentes eran explotadas sexualmente por ejecutivos de Elite. Dos trabajadores de la empresa fueron despedidos, pero tras varias demandas de la agencia por difamación, la cadena tuvo que admitir que podía haber tergiversado las declaraciones de algunos de los empresarios grabados y que habían presionado a alguno de ellos para obtener el tipo de material que buscaban.

Entre desmentidos, acusaciones cruzadas y discusiones sobre periodismo de investigación sospechoso en un tema morboso de por sí, había sin duda mucho que debatir con Karen Mulder en Tout le Monde en Parle, pero el resultado excedió las expectativas. Además de no emitir jamás el fragmento en el que la antigua modelo lanzaba sus potentes acusaciones, la cinta fue destruida. Sin embargo, el programa se grababa con público en directo, y aunque se les conminó a guardar silencio sobre lo que habían presenciado, pronto comenzaron a circular rumores por Internet y llegaron correos electrónicos a las redacciones donde se explicaba lo ocurrido.

Tres días después de la conversación abortada, un periodista consiguió entrevistar de nuevo a Mulder. A él le repitió todo lo que había dicho en el programa, empezando con que una persona de su entorno familiar había abusado sexualmente de ella cuando tenía dos años, y que en su familia había varios pedófilos que la emplearon como esclava sexual. Aseguraba que al poco de llegar a París dos fotógrafos la habían violado y tras su denuncia, fueron despedidos, y repetía sus argumentos contra Elite dando todo tipo de detalles escabrosos. Medios como Paris Match declinaron comprar la entrevista, pero la revista VSD aceptó y las palabras de la modelo vieron la luz la primera semana de enero de 2002. Así fue como el escándalo se hizo masivo.

Durante la charla con el periodista, Mulder daba nombres tanto de los familiares como de los ejecutivos a los que acusaba, pero la revista no los reproducía para evitar cualquier tipo de conflicto legal, aunque según algunos las fotografías que ilustraban el reportaje dejaban poco lugar a las especulaciones. Había frases estremecedoras, pero a la vez todo era tan extremo que algunos lectores entendieron que se trataba de obvios delirios de alguien con una enfermedad mental.

 “Todos los que me traicionaron eran gente a la que quería mucho. Luego me di cuenta de hasta dónde llegaba la conspiración. Estaba metida gente del gobierno y de la policía, que utilizaban a chicas de Elite”, aseguraba Karen Mulder, además de mencionar que habían usado “trucos hipnóticos” y “sistemas de rociadores” contra ella.

 “Han tratado de secuestrarme y envenenarme”, decía en un momento. “Todas las personas que mi familia frecuentaba eran pedófilas”, denunciaba en otro. “Ahora me doy cuenta de que hay toda una trama a mi alrededor, es enorme. Se trata de personas en el gobierno y en la policía que usan chicas de agencias de modelos, incluso las más conocidas... Yo era un juguete que todos querían tener”. 

Clamar que todo era una conspiración en su contra sonaba a argumento de persona paranoica, algo que parecía confirmarse porque horas después de entrevistarse con el periodista, Mulder fue ingresada en un hospital psiquiátrico a petición de su hermana Saskia, también modelo de Elite, con el permiso de sus padres.

Cuando el número de VSD vio la luz, todo esto se había hecho público y había estallado el “caso Karen Mulder”. Muchos criticaron a la revista, acusándola de aprovecharse del frágil estado mental de una persona para vender más ejemplares con declaraciones escandalosas sin sentido. El director de VSD aseguraba que Mulder estaba consciente y cuerda y sabía muy bien lo que decía. En torno a esta diatriba se desarrollaría toda la polémica posterior: ¿estaba Karen Mulder desequilibrada por todo lo que le había sucedido o estaba desequilibrada a secas y se lo había inventado todo?

No todo eran testimonios en televisión o revistas. La modelo también acudió a la brigada antiproxenetismo de la policía francesa, donde realizó una declaración formal repitiendo lo mismo que había contado ante los medios. Pero la investigación judicial no llegó a ninguna conclusión. El caso de Karen Mulder, con las posibles implicaciones de turbios tejemanejes en la industria de la moda que pudiese tener, quedó empañado para convertirse en otra caída libre de personaje que se derrumba por fases ante los ojos del público.

Para empezar, estuvo cinco meses ingresada y sedada en el hospital Montsouris. En un giro sorpresivo de los acontecimientos, las facturas del centro las pagó Gerald Marie, ex marido de Linda Evangelista y también el ex presidente de Elite que habían figurado en el reportaje de la BBC por ofrecer dinero a una modelo quinceañera a cambio de sexo. Algunos medios apuntaban a que era uno de los hombres a los que Karen había acusado de violación. El padre de Mulder manifestó que la culpa de todo se debía al consumo de cocaína de su hija y a la presión que había experimentado en su vida profesional.

Cuando salió del psiquiátrico, Karen se retractó de todo lo expuesto –excepto de los abusos sufridos de niña– y recuperó la carrera musical que había iniciado en el 97, al retirarse de las pasarelas, sacando el tema I am what I am. Su éxito como canción veraniega fue mediano, y la promoción incluyó de nuevo una visita al plató de Tout le Monde en Parle en la que solo se mencionó de pasada lo sucedido menos de un año atrás. 

En diciembre de 2002 la historia tomaba un cariz todavía más trágico: Mulder fue encontrada en coma en su apartamento de París tras ingerir una sobredosis de barbitúricos. Fue su expareja, Jean-Yves Le Fur, el que dio la voz de alarma. Éste había saltado a la fama a principios de los noventa como primer novio formal de la princesa Estefanía de Mónaco hasta que se publicó que era un “sinvergüenza y un cazadotes sin estudios” que había estado en prisión por estafa.

Los siguientes años de la modelo permanecieron casi en el anonimato. Tuvo una hija, Anna, de paternidad nunca revelada al público y volvió a subir a las pasarelas de forma ocasional, pero la siguiente ocasión en la que volvió a copar titulares fue por otro motivo triste: agredir a su cirujana plástica en 2009. Desde entonces, se la ha fotografiado en Saint Tropez o Saint Barth, en imágenes que se vendieron con el gancho “Karen Mulder irreconocible”, aunque teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado desde sus años como supermodelo y su lozano aspecto general, sería discutible la aseveración de que ha cambiado tanto.

Apenas se recuerda lo que ocurrió hace casi veinte años, y si se menciona, es como un ejemplo de derrumbe emocional o de trastorno mental asociado al siempre exigente y conflictivo mundo de la moda. Pero lo cierto es que en su discurso tal vez inconexo y fácilmente ridiculizable había unas cuantas verdades incómodas. 

La explotación que algunos personajes de la industria ejercían de forma sistemática sobre mujeres jóvenes y muchas veces inexpertas siempre ua había sido denunciado décadas antes del movimiento #MeToo. En 1988, en el segmento American Girls in Paris del programa estadounidense 60 minutos, varias maniquíes, algunas menores, denunciaban haber sido drogadas y violadas por empresarios como Claude Haddad y Jean-Luc Brunel, al frente de prestigiosas agencias.

Aparecía también la sempiterna acusación de ser coaccionadas para mantener sexo con hombres ricos y mayores a cambio de trabajar con marcas más prestigiosas. Y, sin entrar en el proceloso asunto del abuso de modelos en general (véase lo que ocurrió con el documental de la BBC), los apartados más concretos de su discurso concordaban de lleno con los de otras mujeres que habían estado en su misma situación. 

La joven sueca Ebba Karlsson atestiguó que Gerald Marie había abusado de ella durante un casting en París, y la también famosa modelo Carré Otis aseguró en su biografía que cuando tenía 17 años había sido violada por el mismo Marie, entonces prometido de Linda Evangelista.

Puede esgrimirse que todo esto no son acusaciones investigadas y probadas por la justicia, sino testimonios de algo delictivo que sucedió años atrás, pero si algo ha ocurrido en los últimos años gracias a casos como el de Harvey Weinstein o Jeffrey Epstein es que las dinámicas de poder profundamente desiguales que se dan en ciertas ambientes provocan que las víctimas de abusos hayan estado del todo desprotegidas.

 El hecho mismo de denunciar era conflictivo porque tenían mucho más que perder si hablaban que si guardaban silencio. Resulta difícil discernir qué había de fidedigno en las declaraciones de Karen Mulder y qué era fruto de una grave crisis de ansiedad, pero la sospecha de que lo que se tildó como delirios de una desequilibrada escondía algo mucho más siniestro y perverso permanece hoy con más fuerza que nunca."                   (Raquel Piñeiro, El País, 01/06/20)

27/11/19

Una mujer denuncia que fue forzada a los 17 años a tener sexo con el príncipe Andrés de Inglaterra

"¿Nos acostumbramos a la idea de que nuestros nietos no podrán ver un elefante más que en una fotografía?”. Isabel II, probablemente, habrá adaptado a sus propias circunstancias la famosa reflexión de su amigo sir David Attenborough, el naturalista más universal del Reino Unido. La casa de los Windsor lleva décadas concentrada en su cometido más importante: asegurar su propia supervivencia, sea cual sea el precio que deba pagar por ello.


La combinación, en este caso, era explosiva. Una campaña electoral, provocada por el Brexit, con una población especialmente irritada y colérica. Una desastrosa entrevista a la BBC del príncipe Andrés (desastrosa para él) en la que intentó justificar su relación con el millonario y pedófilo estadounidense Jeffrey Epstein, fallecido en una prisión de EE UU este verano. Y la consecuencia no prevista de que la utilidad y el futuro de la monarquía acabaran siendo parte del debate político, lo último que desearía la casa real británica.


Los resortes se activaron de inmediato. El príncipe Carlos de Inglaterra (71 años), quien lleva toda la vida esperando su oportunidad de ocupar el trono, detectó las señales de alarma. Se encontraba de viaje en Nueva Zelanda cuando comenzaron a saltar las críticas en todos los medios contra su hermano menor, de 59 años. En coordinación con su madre, Isabel II, llegó una respuesta drástica y veloz. “He solicitado a Su Majestad que me permita abandonar mis funciones públicas en el futuro inmediato [la interpretación general está clara: para siempre] y me ha dado su permiso”, anunciaba a mediados de semana el príncipe Andrés en un comunicado con el membrete del palacio de Buckingham, que claramente sugería que el duque de York no había tenido ni voz ni voto en la decisión.

 El príncipe Andrés siempre ha sido considerado como el hijo favorito de Isabel II. Su intervención como piloto en la guerra de las Malvinas (abril-junio de 1982) le convirtió brevemente en un héroe nacional. Hasta que llegó el momento de buscarle una ocupación pública. 

Allí comenzaron los inconvenientes. “Siempre hemos tenido un problema con los miembros menores de la familia real, en parte porque no comparten la sensibilidad de la reina para captar la opinión pública, y en parte porque transmiten la impresión (justa o injustamente) de poseer unos derechos o privilegios que en algunos casos no están justificados por las tareas que realizan. Pero, del mismo modo, uno se ve obligado a tener cierta empatía con ellos. No pueden tener vidas ordinarias, y a la vez, con la excepción del heredero directo del trono, no tienen sus funciones definidas y a veces simplemente se aburren”, explica a EL PAÍS Jonathan Sumption, historiador, abogado y exmagistrado del Tribunal Supremo.

En 2017, la revista estadounidense Forbes calculó el valor total del patrimonio de la familia real británica en casi 100.000 millones de euros. A cambio, su aportación al Producto Interior Bruto del país con su capacidad de atraer turismo —o con las licencias que concede para la fabricación de compotas y mermeladas con el sello real—, no llegaba a los dos millones.


En otra época, los problemas de Andrés habrían sido convenientemente apartados de la vista de la opinión pública y su relevancia se hubiera contenido porque la clave de bóveda del sistema político del Reino Unido es el monarca. El resto de miembros de la familia real, con la excepción del heredero al trono, son pura ornamentación.

De la reina se espera una ejemplaridad moral y una neutralidad soporífera. “Las tareas de un monarca constitucional son serias, formales, importantes, pero nunca emocionantes. No contienen ingredientes capaces de alterar la sangre ansiosa, despertar la imaginación o desatar pensamientos salvajes”, escribió Walter Bagehot, el director más famoso del semanario The Economist y autor de La Constitución inglesa, el libro que monarcas como Jorge V, Jorge VI o la propia Isabel II memorizaron hasta la extenuación para entender el papel que la historia les había asignado. Los fanáticos de la serie The Crown, que se emite en Netflix, recordarán a la pequeña Lilibet tomando notas del manual, al dictado de su tutor personal, el rector del elitista colegio de Eton.

Éxito

“La popularidad de la monarquía en el Reino Unido es prácticamente universal, en un momento en el que se cuestionan el resto de las instituciones. Este éxito se debe fundamentalmente a las cualidades personales de la reina. Es muy trabajadora, dedicada íntegramente a su puesto, políticamente neutral y con un sentido perfecto de lo que la gente espera de ella”, argumenta Sumption. Al menos hasta ahora.

 Isabel II tiene 93 años. Al verla el pasado 14 de octubre, cuando pronunció el discurso de apertura del Parlamento, nadie dudaría de que se mantiene firme al timón. Eran detalles menores los que delataban que toda una era puede estar a punto de concluir. La reina no llevaba puesta la corona de Estado, sino que un ayudante la portaba en todo momento, siempre a su lado. El símbolo de la autoridad real pesa cerca de un kilo, demasiado para su frágil cuello. Y el heredero, Carlos de Inglaterra, posó junto a ella en todo momento. Felipe de Edimburgo (98 años), el rey consorte, desapareció hace dos años de la escena pública, y muchos echan de menos su influencia en los asuntos de palacio.

Empieza a airearse públicamente, a través de algunos medios británicos, la preocupación de que la reina ya no tiene todo el control sobre la familia real y, lo que es peor, sobre su propio papel institucional. Salió indemne de la maniobra del primer ministro, Boris Johnson, cuando en septiembre siguió su consejo y ordenó la prórroga del cierre de la Cámara de los Comunes durante un total de cinco semanas. El Tribunal Supremo se inventó un artificio para excusar a Isabel II de un acto declarado posteriormente ilegal. 

Como el origen de la decisión de Johnson era inconstitucional, en realidad era como si el papel firmado por la reina que portaron sus secretarios hasta la Cámara de los Lores para su ratificación estuviera en blanco, dijeron los magistrados. “El papel de la monarquía está más allá de todo reproche”, solemnizó Johnson en el debate electoral televisado de la pasada semana para esquivar el espinoso asunto. “La monarquía necesita alguna mejora”, dijo el laborista Jeremy Corbyn, con una tibieza que, sin embargo, casi sonaba revolucionaria en un país como el Reino Unido.


Hay dos realidades paralelas en el debate público británico, cuando de su casa real se trata. Las instituciones, los políticos y la clase media acomodada y alta hablan de ella como si todo estuviera en su sitio. El ciudadano de a pie debate, con el mismo ardor que si se tratara del Brexit, si Kate Middleton, la duquesa de Cambridge y esposa del príncipe Guillermo (segundo en la línea de sucesión), es más elegante o está más a la altura de las circunstancias que Meghan Markle, la duquesa de Sussex. La actriz estadounidense, de raza mixta, casada con el príncipe Enrique, se ha convertido en el objeto a batir por la prensa amarilla del país.

El caso del príncipe Andrés, sin embargo, ha supuesto un salto peligroso. No es una cuestión de estilo, de mayor o menor simpatía o de ejercer apropiadamente el cargo. Hay una investigación penal en marcha en Estados Unidos, y una víctima de la red de “esclavas sexuales” de Epstein, Virginia Giuffre, asegura que fue forzada a mantener relaciones sexuales con el duque de York cuando ella apenas tenía 17 años. “El episodio del príncipe Andrés es un asunto de los medios y de la opinión pública, no un asunto político. En parte se debe al respeto que se tiene a la reina; y en parte, sospecho, porque mucha gente cree que la historia se ha abordado de un modo desproporcionado a su importancia real.

 El duque de York tiene un papel muy menor en la monarquía. No tiene funciones públicas de gran relevancia. Y recibe una cantidad insignificante de fondos públicos. Se ha equivocado gravemente a la hora de juzgar la actitud de la ciudadanía respecto al abuso de mujeres menores, pero existe también la sensación generalizada de que no debería hacerse más leña del árbol caído”, dice Sumption. Aunque probablemente en este caso, el exmagistrado participa de la falta de entendimiento de determinado estrato social británico de una nueva realidad: la combinación de las redes sociales con una sensibilidad acrecentada en torno a todo lo que tenga que ver con los abusos sexuales hace que este desgraciado episodio suponga más lastre para la monarquía que mil adulterios, infidelidades o salidas de tono.


“Las personas más serias y cuidadosas pueden poseer valores domésticos y desplegarlos en el trono constitucional, pero hasta ellos fallan en alguna ocasión. Pensar que temperamentos más exaltados puedan exhibir esos mismos valores es pedir peras al olmo”, escribía Bagehot en unos tiempos, 1867, en los que resultaba inimaginable que se extendiera la responsabilidad del monarca a toda su familia; desde los más cercanos a los más distantes. Los mayores errores de Isabel II ocurrieron cuando su radar no supo captar el clima de opinión popular. La lección más recordada es la de la trágica muerte de Lady Di en 1997. La escasa sensibilidad mostrada por Buckingham ante la muerte en un accidente de coche en París de la “princesa del pueblo” provocó un serio cuestionamiento de la monarquía.


Apoyo


Pero hay imágenes que valen más que mil palabras. Y ver a la anciana reina el pasado viernes montar a caballo en compañía de su adorado hijo Andrés por los alrededores del castillo de Windsor fue interpretado por todos los medios como una señal de apoyo maternal en momentos de dificultad. Pero poco más.

El verdadero responsable de que The Firm (La empresa, como se conoce a la familia real británica) sobreviva indemne al siglo XXI, el príncipe heredero Carlos de Inglaterra, no ha mostrado sin embargo piedad en despojar a su hermano menor de su salario público (290.000 euros anuales) y alejarle de las casi 200 organizaciones caritativas que encabezaba en nombre de los Windsor. En cualquier empresa, la decisión habría sido lógica y justificada. Llegaba incluso tarde. Una catarata de compañías como el gigante de las comunicaciones British Telecom, la auditora KPMG o la farmacéutica Astrazeneca ya han anunciado su intención de dejar de colaborar con los proyectos de Andrés y han tomado distancia de su imagen pública.


¿El futuro de la monarquía? “El magnate de la prensa Rupert Murdoch ha dicho en alguna ocasión que la monarquía no sobreviviría hoy a un mal monarca. Obviamente, eso depende de lo malo que sea o de lo que dure su reinado. El príncipe Carlos no tiene el toque de seguridad que tiene su madre, y mucha gente no le perdonará nunca el error de casarse con alguien tan popular y a la vez tan destructiva como Diana. Pero es un hombre de buenas intenciones y apoya muchas causas populares. El príncipe Guillermo, su primogénito, ha dado señales de tener el tacto y la sensibilidad de su abuela y se ha casado con una mujer inteligente y con ideas muy firmes”, concluye Sumption.

En una era gobernada por la política de las emociones, la casa de Windsor —y especialmente Carlos de Inglaterra— tiene ante sí el difícil reto de dirigir un circo de tres pistas en el que sean capaces de ofrecer empatía popular, distancia que no resulte arrogante, y la determinación que han demostrado a lo largo de su historia para cortar de raíz, sin escrúpulos ni miramientos, cualquier atisbo de mala hierba que ponga en riesgo su futuro.




Sin despacho y sin asesora personal


No basta con un comunicado oficial, por duro que sea. El palacio de Buckingham se ha apresurado en cortar fuegos para evitar más daños a su imagen pública, después de la catástrofe que ha supuesto la entrevista a la BBC del príncipe Andrés. El duque de York ya no podrá contar con su propio despacho en Buckingham, como disfrutaba hasta ahora. “El duque seguirá trabajando en su proyecto Pitch@Palace, y analizará cómo puede seguir impulsándolo fuera del ámbito público y fuera del palacio de Buckingham”, aseguró un portavoz de la casa real. 

Al mismo tiempo, el entorno de la reina ha decidido despedir de inmediato a Amanda Thirst, la mano derecha de Andrés. Licenciada en Cambridge, y con una carrera profesional de éxito en el mundo de la banca, Thirst se convirtió en 2012 en la asesora principal del duque de York y su persona de máxima confianza. A ella se atribuye la idea de enfrentar a su jefe a una reputada entrevistadora, con la esperanza fallida de que una entrevista televisiva le ayudaría a dejar atrás el escándalo Epstein."                  (Rafa de Miguel, El País, 24/11/19)

25/11/19

Los poderosos que blindaron al pedófilo Jeffrey Epstein


Donald y Melania Trump, junto a Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, en Florida (EE UU), en 2000. Getty Images


"Jeffrey Epstein tenía el perfil perfecto para que la alta sociedad neoyorquina le abrazara sin hacer preguntas. Se ganó la reputación de ser un financiero de éxito, un filántropo comprometido y un pensador. Así le veían el expresidente Bill Clinton o el príncipe Andrés de Inglaterra. Hacía funcionar el dinero y de esta manera estableció un poderoso círculo de conexiones que protegió su trama pedófila, mirando a otro lado.

Epstein apareció muerto en su celda el 10 de agosto pasado. El forense determinó que se ahorcó. Estaba solo y los guardias que le vigilaban no comprobaron su estado durante ocho horas. Tras el suicidio, la investigación se centró en identificar a los cómplices que le ayudaron a reclutar a decenas de menores de las que abusó en su mansión en el Upper East Side de Nueva York.


No son pocos los que ven en su muerte un incidente conveniente con el que se llevó sus secretos a la tumba. El primer nombre que emerge es el de Ghislaine Maxwell, como presunta madame. La hija del magnate británico Robert Maxwell salió con el financiero al poco de mudarse a Nueva York hace casi dos décadas. Los documentos judiciales alegan que, tras romper la relación, él empezó a captar a jóvenes para saciar su apetito sexual.


En la trama, en base al recuento hecho por los investigadores, se cita a Nadia Marcinkova. La antigua modelo yugoslava vivió con el financiero y participó en las orgías. También se menciona como asistentes personales a Sarah Kellen, Adriana Ross y Lesley Groff. Ninguna de las cuatro mujeres fue imputada por los fiscales.

Tampoco Ghislaine Maxwell. Fue ella quien le presentó al duque de York. Los dos se hicieron buenos amigos. No era la única conexión que tenía con la realeza británica. La lista incluye a Sarah Ferguson, entonces mujer del príncipe Andrés, y a Charles Althorp, hermano de la princesa Diana. Los tres nombres aparecen en su agenda personal y en el registro de vuelo del Lolita Express, su avión privado.


Epstein era educado y carismático. Solía celebrar fiestas para políticos, empresarios y celebridades en sus mansiones en Manhattan, Palm Beach y Nuevo México. Para probar su influencia, exhibía las fotos de figuras como Woody Allen, Naomi Campbell y Jean-Luc Brunel. Montó incluso conferencias científicas en su isla privada en el Caribe a las que asistieron personalidades como Stephen Hawking.


Jeffrey Epstein debía su fortuna a Les Wexner, el patrón del grupo que controla Victoria's Secret y Pink. El empresario le confió todo su patrimonio. La mansión donde residía, escenario de los abusos, perteneció antes al magnate de la moda y este le transfirió la propiedad en 2011 sin que tuviera que pagar un dólar. Wexner acabó rompiendo los lazos con Epstein hace más de una década.


Su gusto por las adolescentes fue un secreto a voces durante años en Nueva York. Solía presentarse ante sus invitados acompañado por tres o cuatro jóvenes que parecían estar dentro del límite de edad tolerable. Donald Trump llegó a decir “es alguien con quien uno se divierte mucho” y al que le gustaban las mujeres guapas tanto como a él.


La última en denunciar los abusos es Mary Doe. Cuenta que el financiero hablaba de sus amistades para intimidarlas. “Me arrebató mi inocencia sexual frente a un muro lleno de fotografías enmarcadas de él sonriendo y dando la mano a celebridades y líderes políticos”, afirma. Le prometió que utilizaría sus conexiones para ayudarle a abrirse camino como modelo y estudiar en Harvard.


Pero nadie hizo preguntas. Jeffrey Epstein tuvo la astucia de establecer relaciones con personas que le daban credibilidad, como la doctora Eva Andersson-Dubin. Bill Clinton usó varias veces su avión privado. El actor Kevin Spacey y el comediante Chris Tucker también formaron parte de ese estrecho círculo, hasta el punto de que viajaron juntos por África para un proyecto de la Fundación Clinton.


El entorno de Trump y Clinton se apresuró a decir tras su arresto el pasado julio que hacía más de una década que no se hablaban ni se veían con Epstein. La justificación coincide con el momento que fue condenado por prostituir a una menor. El pedófilo convicto logró, tras salir la primera vez de prisión que se borrara la idea de que era un depredador sexual y su reputación, de hecho, parecía ir al alza al volver a Nueva York.


Aunque solía ser discreto sobre sus amistades, alardeó de su relación con el príncipe saudí Mohammed bin Salman, hizo de facilitador de donaciones de Bill Gates al MIT Media Lab, y proclamó que aconsejó a Elon Musk cuando tuvo problemas por sus tuits. Pero, pese a describirse como un multimillonario, nunca llegó a estar a la altura de la gente con la que se codeaba y el dinero que donaba era de otros.


Los abogados de Ghislaine Maxwell tratan ahora de impedir que se publiquen documentos en el marco de una demanda por difamación que citan cientos de nombres relacionados con Epstein. Mientras, las víctimas piden a los que se cruzaron en la vida del pedófilo que cooperen para poder desvelar los secretos que se llevó a la tumba y poder depurar así responsabilidades entre sus más inmediatos colaboradores."                      (Sandro Pozzi, El País, 25/11/19)

10/10/18

“Las menores eran vendidas en catálogos”

"Cuando cae la noche en Cartagena de Indias, la plaza del Reloj, una de las zonas más reconocibles de la ciudad amurallada, se llena de niñas y adolescentes convenientemente vestidas para aparentar más de 18 años. 

A su lado, hombres y mujeres se encargan de promocionarlas ante los visitantes que llegan a la capital del turismo del Caribe colombiano. Son víctimas de explotación sexual y trata de personas. Muchas de ellas, jóvenes de barrios humildes captadas por Liliana del Carmen Campos Puello, alias Madame, señalada por la Fiscalía de liderar la red más grande de proxenetismo en Cartagena.

Madame, de 42 años, fue forjando un negocio millonario durante más de una década a costa de la vulnerabilidad de las niñas que viven en las zonas que la ciudad oculta: los barrios sin asfaltar, con escasez de servicios básicos, casas precarias y falta de futuro. Los conocía bien, nació en uno de ellos. 

Hasta allí llegaba su red con promesas de trabajo de modelo y dinero fácil, según explica Mario Gómez, el fiscal de Infancia que ha participado en la operación Vesta que ha llevado a la cárcel a Campos Puello por los delitos de trata de personas, concierto para delinquir e inducción a la prostitución. Se enfrenta a una pena de 27 años de prisión.

Durante seis meses las autoridades colombianas en colaboración con agencias de Estados Unidos siguieron a Madame (cuentan con más de 7.000 horas de grabaciones), a un grupo de israelíes que gestionaba un negocio de proxenetismo internacional y a un militar que no solo explotaba a menores, las obligaba a tatuarse su nombre en alguna parte del cuerpo tras haberlas violado.

Una vez las jóvenes eran reclutadas, Madame las repartía entre las calles de la ciudad amurallada, hostales en los que alquilaba habitaciones y fiestas de lujo en yates e islas que podían durar días. Su marido, según la investigación, era el responsable de vender alcohol y drogas en los paquetes todo incluido que la red promocionaba. “Las menores eran vendidas en catálogos”, ha asegurado el fiscal general Néstor Humberto Martínez.

Era habitual que Madame paseara con un séquito de jóvenes por Cartagena. Las acompañaba a las casas coloniales donde se realizaban eventos con extranjeros. Prueba de ello son las imágenes que publicaba en redes sociales. Siempre bajo el silencio de las autoridades. “Hubo fiestas en las que las jóvenes hicieron fila para ser escogidas por los clientes, en un claro acto de cosificación, contrario a la dignidad y el respeto por los derechos humanos”, ha explicado la juez durante la audiencia en la que se ha dictado prisión para la proxeneta por explotación, no por prostitución “un oficio de libre escogencia que no está penalizado por la ley colombiana”.

La investigación ha contabilizado más de 200 víctimas, muchas de ellas jóvenes venezolanas que escapan de la crisis que hay en su país (en los últimos dos años ha llegado un millón de ciudadanos a Colombia). “Son chicas de todas las clases sociales que accedieron por necesidad”, apunta el fiscal.
El negocio de Madame se extendía por las islas del Caribe. 

Les prometían trabajo, una manutención y papeles gracias a la connivencia de las autoridades de lugares como Bahamas. “Los controles migratorios en estos países son más laxos”, dice Mario Gómez, “además, muchos clientes de Estados Unidos compraban los servicios desde Miami escapando de la legislación de su país”. Una vez en el extranjero, las encerraban y explotaban.

Cada transacción se cobraba en dólares. Cuando la líder tenía el dinero, pagaba a las jóvenes en pesos colombianos una tercera parte del total. “Por un servicio de tres horas una niña recibía 500.000 pesos (unos 148 euros)”, ha relatado la Fiscalía. “Esto evidencia que las mujeres estaban subyugadas al pago que Liliana les daba; es decir, se prostituían para ella, mientras ella recibía millonarios dividendos del trabajo de estas jóvenes”, ha dicho la juez.

Tras la operación Vesta, las autoridades colombianas siguen investigando más redes de explotación de menores. En muchas ocasiones, son los familiares de las niñas los responsables. “Hemos incorporado agentes expertos en narcotráfico porque estos grupos actúan de la misma manera”, dice el fiscal de Infancia. “Vamos a extraditar a todos los extranjeros que lleguen a Colombia con estos propósitos y se va a proceder a la extinción de dominio [embargo] de todas sus propiedades en el país”.

El militar que marcaba a sus víctimas

De manera paralela, ha sido detenido el capitán de la Armada colombiana Raúl Danilo Romero Pabón por los delitos de explotación sexual, estímulo a la prostitución y concierto para delinquir. El militar no solo comercializaba a menores de edad, también las violaba. Después del delito sexual, las obligaba a tatuarse su nombre en alguna parte de su cuerpo.

Romero Pabón trabajaba con Jhon Padilla, el tatuador que se encargaba de marcar a las menores escribiendo el nombre del capitán en árabe. La investigación le acusa también de haber agredido sexualmente a muchas de estas jóvenes. Hilary Patricia, de 19 años, es la tercera detenida de esta red. Ella era la encargada de embaucar a las víctimas por redes sociales. La Armada colombiana ha explicado que el acusado ya había sido expulsado del cuerpo por razones distintas de los cargos de los que ahora se le acusa."                   (Ana Marcos, 05/08/18)

7/4/11

"La industria sexual ha creado un mercado que muy pronto superará al número de esclavos vendidos en la época de la esclavitud africana"

"El mundo experimenta una explosión de las redes que roban, compran y esclavizan a niñas y mujeres; las mismas fuerzas que en teoría habrían de erradicar la esclavitud la han potenciado a una escala sin precedentes.

Estamos presenciando el desarrollo de una cultura de normalización del robo, compraventa y corrupción de niñas y adolescentes en todo el planeta, que tiene como finalidad convertirlas en objetos sexuales de renta y venta. (...)

Cada año 1,39 millones de personas en todo el mundo, en su gran mayoría mujeres y niñas, son sometidas a la esclavitud sexual. Durante cinco años, mi tarea fue rastrear las operaciones de las pequeñas y grandes mafias internacionales a través de los testimonios de supervivientes de la explotación sexual comercial.

Mi investigación sigue la pista concreta de un fenómeno criminal que nació en el siglo XX: la trata sexual de mujeres y niñas. La sofisticación de la industria sexual ha creado un mercado que muy pronto superará al número de esclavos vendidos en la época de la esclavitud africana que se extendió desde el siglo XVI hasta el XIX. (...)

Turquía... Imagino que algunas de las 200.000 mujeres y niñas que han sido traficadas en los últimos cinco años a este país puente han encontrado a su paso la bondad de alguien que las ha visto como humanas. (...)

¿Cómo es posible que en un par de años la policía turca asegure que ha abatido en más del 50% los índices de la trata de mujeres? Mahmut advierte: "Ellos [los jefes de la policía y el ejército] ven la prostitución como un negocio, y ellos mismos son clientes.

Consideran que son los norteamericanos y algunos europeos nórdicos quienes la llaman 'esclavitud sexual', pero eso es problema de otros, no nuestro. Todo es cuestión de enfoques, madame.

Por ejemplo, una gran cantidad de noruegos y suecos vienen a Turquía por el turismo sexual. En su país no lo hacen, y aquí sí porque es legal y nadie los reconoce".Esta observación da en el clavo del debate mundial que plantean los abolicionistas. (...)

"las mafias albanesas y rusas cooperan con las mafias locales para el transporte de mujeres que terminan en el negocio de la prostitución.

Siempre ha sucedido; la diferencia es que ahora que los países que se dicen civilizados han decidido combatir este crimen, se ha convertido en un negocio mejor para todos: los tratantes, los que hacen porno y los que simplemente venden un sueño falso a las mujeres.

La llegada de los mercaderes de la guerra a Irak y Afganistán ha mejorado el negocio. Nadie habla de eso. En unos años los medios se sorprenderán ante la cantidad de dinero que han ganado los terroristas y los mercenarios norteamericanos con la venta de mujeres de la región". (...)

El último informe del Protection Project, adscrito a la Universidad Johns Hopkins, revela que en Turquía existen, plenamente identificadas, 200 bandas de tratantes de mujeres y niñas.

Según datos de la OIM, desde 1999 hasta la fecha, 250.000 personas han sido traficadas para diversos fines a través de Turquía. La mayoría son mujeres originarias de Azerbaiyán, Georgia, Armenia, Rusia, Ucrania, Montenegro, Uzbekistán y Moldavia. (...)

Por desgracia, hay quienes explotan niñas. Hemos encontrado mujeres de 16 años que trajeron a los 14; estaban en burdeles con papeles falsos y el Gobierno miró para otro lado. Cuando los tratantes se cansan de las muchachas, simplemente llaman a la policía y las entregan. (...)

Tokio... El club nocturno al que Rodha llegó a trabajar era de lo más elegante. (...) Más tarde, demasiado tarde, me enteré de que esa noche estaba siendo ofrecida a los compradores. Era un club de venta de esclavas finas. (...)

Poco a poco se reveló el principio de la pesadilla. Su abogado se había quedado con el visado y el billete de regreso, argumentando que los necesitaban para obtener un permiso de trabajo. Además, en lugar de entregarle el apartamento que señalaba el contrato, la tenían hospedada en un hotelucho cuya habitación era casi del tamaño de un armario. (...)

Rodha ha contado su historia un centenar de veces. Es una de las pocas supervivientes de los yakuzas que ha sido capaz de hablar públicamente, de ayudar a las autoridades con datos exactos, nombres y descripciones de lugares y personas.

Myanmar (Birmania)... Myanmar es uno de los países en los que se puede distinguir con certeza que la trata y la explotación sexual de mujeres es un negocio del Estado, y específicamente del Ejército.(...)

La limpieza étnica exacerbada por los ataques de la dictadura militar ha producido masacres, particularmente de mujeres de las etnias karen, mon, shan y rohingya (grupo étnico musulmán). Miembros del Ejército han creado campos de esclavas sexuales secuestrando a cientos de niñas y adolescentes de origen shan y mon.

En 2006, el comandante Myo Win ordenó a 15 pueblos del distrito de Ye la entrega de dos jóvenes por aldea. Debían ser solteras, medir más de un metro sesenta y tener entre 17 y 25 años.

Un destacamento de soldados se encargó de recoger a las candidatas hasta completar la participación en lo que los generales describieron como el "pase de modelos" del Día de la Independencia.

Las elegidas, todas ellas campesinas del Estado myanma de Mon, fueron conducidas al cuartel y obligadas a desfilar para los militares durante los tres días en que fueron violadas. Cuando volvieron a sus comunidades, nadie se atrevió a preguntar nada. (...)

La Coalición contra la Trata de Mujeres (CATW, por sus siglas en inglés) informa de que 200.000 mujeres y niñas de Myanmar han sido traficadas a Karachi (Pakistán) para ser vendidas como esclavas sexuales y para la mendicidad." (El País Semanal, 30/05/2010. Las cloacas del comercio sexual, de LYDIA CACHO)

16/11/10

La trata de blancas

"La conversación telefónica sigue en el mismo tono. "Cuando venga el próximo día, preparaos. Y como a mí me dé por pasar esta noche por ahí y os vea sentadas a las dos, os vais a enterar", grita. "De mí no se ríe nadie", le reprocha.

Antes de colgar, dice que a las cuatro y media de la tarde las quiere como un clavo prostituyéndose, de lo contrario, les advierte, "vais a correr las dos".

Un día, las dos jóvenes bajaron al bar de al lado del burdel donde eran explotadas "en zapatillas y bata" a celebrar el cumpleaños de Olena y se bebieron una botella de vino. Los hombres la castigaron. "Me dijeron: 'Ahora llama a tu madre a ver cómo está'.

Y la llamé. Estaba llorando y me suplicó que no me escapase porque dos hombres muy fuertes la habían ido a amenazar. Temía por la vida de mi hijo, de su nieto". Olena asegura que le dieron una paliza y la trasladaron a otro club, donde la explotaban sin contemplaciones. (...)

"Cuando teníamos la regla nos teníamos que poner una esponja dentro para que no se notase. Una vez la metí tan adentro que me provoqué una hemorragia. Les llamé para decirles que no podía trabajar. Me dijeron que limpiase la esponja y me la pusiese de nuevo tantas veces como hiciese falta", cuenta Olena.

Es hoy, y aún tiene pánico a los dos hombres: "Cuando suena un teléfono con la misma melodía que tenía el móvil desde el que me llamaba Víctor, aún se me ponen los pelos de punta". (...)

De haber tardado más, no se sabe la envergadura que habría podido tomar la supuesta red de explotación. Las escuchas recogen conversaciones de Nicanor con una mujer de Ucrania donde hablan de la posibilidad de llevar a más chicas a España. Incluso le ofrece adolescentes de 17 años. Con otro individuo se refiere a "coches" de Tailandia, Bulgaria, Polonia... La policía, sin embargo, pudo frenar la trama antes de que fuese a más." (El País, 16/11/2010)