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19/6/24

La BBC muestra cómo los guardacostas griegos tiraron por la borda a los migrantes para que murieran el 17 de junio de 2024... Este reportaje relata de forma estremecedora cómo las autoridades griegas "cazan" a los migrantes que llegan a su territorio y los abandonan más allá de sus aguas territoriales. A muchos los arrojan deliberadamente por la borda para que mueran

 "Un informe de la BBC y un documental titulado Dead Calm: Killing in the Med? muestra cómo, a lo largo de tres años, los guardacostas griegos causaron la muerte de "docenas de migrantes" en el Mediterráneo. La mayoría murieron al verse obligados a abandonar las aguas territoriales del país tras alcanzarlas, otros incluso habían llegado a tierra pero fueron obligados a volver al mar. Nueve de ellos fueron "arrojados deliberadamente al agua".

La cadena pública británica recogió testimonios de lo denunciado en los últimos años por muchas de las organizaciones no gubernamentales sobre el terreno. Los informes de estas organizaciones, de los medios de comunicación locales, de los migrantes y de los guardacostas turcos convergen. Pero también tuvo acceso a imágenes que prueban lo sucedido. Una de ellas muestra cómo suben a 12 personas a un barco de los guardacostas griegos y luego las abandonan en una lancha neumática. Un "crimen internacional", reconoce Dimitris Baltakos, ex jefe de operaciones especiales de los guardacostas griegos, en un arrebato filmado casualmente al margen de una entrevista cuando le mostraron lo sucedido. Durante la entrevista había negado que esto pudiera ocurrir. 

Es la primera vez que se detalla una serie de incidentes, 15 entre mayo de 2020 y el mismo mes de 2023, que se saldaron con 43 muertes. En cinco de los casos, los migrantes afirman que las personas fueron "arrojadas directamente al mar". En cuatro dicen que llegaron a las islas griegas pero fueron recogidos y arrojados de nuevo al mar. En otros "los subieron a balsas hinchables sin motor, que luego se desinflaron o parecían haber sido pinchadas".

Un migrante camerunés contó que consiguió llegar a Samos en septiembre de 2021, fue recogido por varios policías enmascarados y subido a una embarcación. Dos de sus compañeros fueron arrojados al mar y murieron allí, sus cuerpos aparecieron en Turquía. A él, en cambio, lo golpearon "como a un animal" y también lo arrojaron al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, pero logró sobrevivir.

Otro, de Somalia, cuenta que en marzo de ese mismo año fue capturado al llegar a Quíos, atado y arrojado al agua. Sólo sobrevivió porque consiguió liberar una de sus manos. Tres miembros de su grupo murieron.

Un migrante de Siria cuenta que en septiembre de 2022, cuando su embarcación con 85 personas a bordo se quedó sin motor cerca de Rodas, acabaron siendo recogidos por la guardia griega, que los envió a aguas turcas en lanchas neumáticas. La que les pusieron no tenía la válvula bien cerrada e inmediatamente empezó a hundirse. Los guardacostas no actuaron y varios de los niños murieron: "Mis hijos sólo murieron por la mañana... justo antes de que llegaran los guardacostas turcos".

Grupos de derechos humanos denuncian que a miles de personas se les impide llegar a los centros donde podrían solicitar el estatuto de refugiado. Son perseguidos por miembros de las autoridades que "aparentemente actúan en la clandestinidad, sin uniforme y a menudo enmascarados"."                  (Esquerda, 17/06/24, traducción DEEPL)

2/8/22

El gran complot de la Industria del Control Migratorio... desde hace años se cometen regulares omisiones al socorro en mar, dónde se han inventado una frontera artificial en el paralelo 35:50 para justificar lo que nuestra querida Virgen del Carmen jamás podría aceptar... Ya casi ha pasado un mes desde un número indeterminado de personas que posiblemente se encuentren rozando el medio centenar, murieran aplastadas, apaleadas y abandonadas ante los ojos de nuestra guardia civil a escasos metros de las ambulancias de la Cruz Roja... ¿Cómo es posible que nuestra visión esté tan distorsionada que seamos capaces de admitir y justificar lo inaceptable? Es espantoso escuchar como tertulianos manipulados por esta Industria justifican las muertes y en cierto modo exigen a nuestros cuerpos de seguridad que se comporten con una excepcionalidad que no aceptamos ni siquiera en espacios bélicos... Resulta un poco esquizofrénico pensar que se pide a Rusia que responda por la matanza de civiles en la guerra con Ucrania y no se pide a nadie que responda por la masacre de Melilla de hace un mes... A mi perdónenme pero yo veo más bien crímenes de lesa humanidad

"(...) Pienso en ese Estrecho que se ha convertido en la tumba de cientos de personas, dónde desde hace años se cometen regulares omisiones al socorro en mar, dónde, como explica la productora Entrefronteras, se han inventado una frontera artificial en el paralelo 35:50 para justificar lo que nuestra querida Virgen del Carmen jamás podría aceptar.

A golpe de narrativa de securitización, han ido convenciendo a los habitantes de nuestra península de que cruzar de forma no regular por la frontera justifica la muerte de quien lo intente, y, quienes somos nosotras para quejarnos. Ya casi ha pasado un mes desde un número indeterminado de personas que posiblemente se encuentren rozando el medio centenar, murieran aplastadas, apaleadas y abandonadas ante los ojos de nuestra guardia civil a escasos metros de las ambulancias de la Cruz Roja, en nuestra frontera terrestre con Marruecos.

 Ni un día de luto nacional se declaró por lo que ha sido una masacre contra civiles vulnerables. Algunos diletantes hablan de defensa propia, de que la horda de migrantes sin papeles se dirigió contra la valla armada de palos y cuchillos. A mi perdónenme  pero yo veo más bien crímenes de lesa humanidad, civiles inmigrantes desarmados contra un ejército, es lo que me inspira.

 ¿Cómo es posible que nuestra visión esté tan distorsionada que seamos capaces de admitir y justificar lo inaceptable? Como nos planteamos en porCausa hace ya siete años, con esta narrativa de la securitización sabemos quién pierde pero, ¿quién está ganando?

Frente a todos los posibles complots y teorías conspiratorias que existen relacionados con la migración hay una realidad que está absolutamente probada y contrastada: en los últimos 20 años el gasto público en securitización fronteriza no ha hecho más que aumentar. Bajo su manto se ha ido consolidando una industria compuesta en su gran mayoría por empresas privadas que son adjudicatarias de bienes y servicios dedicados al control migratorio. Vallas, sistemas avanzados de control, patrulleras, camiones, servicios relacionados con los centros de detención, etc. En el año 2020, este diario prestaba la primera gran radiografía de estas empresas ganadoras de todo este sistema. Todas ellas las conocemos o nos suenan porque la mayoría son del IBEX 35. Son las empresas de siempre. El pasado viernes la tendencia al alza en la inversión y el mantenimiento de la hegemonía de las de siempre se confirmaba en la última actualización de esta investigación de porCausa publicada en El Confidencial.

El gasto en securitización y por ende los beneficios de esta Industria del Control Migratorio no hace más que crecer a la par que lo hacen las muertes en los puntos de cruce. También la tolerancia de la audiencia española a la pérdida de vidas. Resulta un poco esquizofrénico pensar que se pide a Rusia que responda por la matanza de civiles en la guerra con Ucrania y no se pide a nadie que responda por la masacre de Melilla de hace un mes. Es espantoso escuchar como tertulianos manipulados por esta Industria justifican las muertes y en cierto modo exigen a nuestros cuerpos de seguridad que se comporten con una excepcionalidad que no aceptamos ni siquiera en espacios bélicos. Es abrumador pensar que si no fuera por el esfuerzo de pequeñas y precarias organizaciones de investigación como porCausa y de medios valientes e independientes como El diario, Público, La Marea o El Confidencial, esta Industria no encontraría ningún límite para seguir creciendo y manipulándonos a sus anchas.

Ya son las 6:00 y creo que la música se oye cada vez menos. Pienso en nuestra virgen del Carmen a la que imagino flotando por encima de nuestros mares y en mi sincretismo le pido que nos ayude a conseguir los fondos para seguir investigando y publicando para evitar la impunidad de esta gran estafa contra la que luchamos, esta Industria del Control migratorio tan oscura, tan rentable y que tan poco nos representa."                 (Lucila Rodríguez-Alarcón, Other News, 20/07/22)

18/12/19

Un vídeo muestra la muerte de un menor inmigrante detenido en la frontera de Estados Unidos



"Carlos Gregorio Hernández Vásquez era un inmigrante guatemalteco que cruzó la frontera entre México y Estados Unidos a través del río Grande cerca de Weslaco, Texas, el pasado 13 de mayo. Estaba solo cuando fue detenido y enviado a un centro de detención temporal en McAllen. Seis días después, una enfermera le midió una fiebre de 39,4 y le diagnosticó gripe. Hernández fue hallado muerto a las 6 de la mañana del 20 de mayo en el suelo de su celda, cerca del retrete. Tenía 16 años. Un vídeo revelado este jueves muestra las últimas horas de agonía del menor y pone en duda la versión que los agentes de la policía fronteriza dieron sobre la atención que recibió.


El vídeo, obtenido por la organización de periodismo de investigación ProPublica, muestra la última noche de Hernández con vida. La grabación de las cámaras de seguridad del centro de detención comienza a la 1.20 de la madrugada. El joven guatemalteco intenta acostarse sobre la cama de cemento de la celda 199. Su compañero de celda duerme bajo una manta térmica. Hernández parece inquieto y no puede estar tumbado ni de pie. A la 1.24, según la hora del vídeo, se desploma en el suelo. Se levanta, se acerca al retrete de la celda y vuelve a caer al suelo entre convulsiones.


El vídeo se corta a la 1.47. Según los registros del centro de detención, los agentes comprobaron que Hernández estaba bien tres veces en las cuatro horas siguientes. La Patrulla Fronteriza no ha aclarado en qué consistieron esas comprobaciones. El vídeo vuelve a empezar a las 5.48 de la mañana. El cuerpo de Hernández está en la misma posición, en el suelo sin moverse. El compañero de celda se levanta, encuentra el cuerpo y avisa a los agentes.


ProPublica asegura que obtuvo las imágenes de la policía local de Weslaco, que investiga la muerte del menor y que a su vez las obtuvo de la Patrulla Fronteriza.


La dureza de las imágenes revela además puntos oscuros en la versión que la policía de fronteras dio en un principio sobre el suceso. Las dudas comenzaron cuando la autopsia reveló que Hernández había muerto de una infección relacionada con la gripe. La agencia no ha explicado por qué no lo trasladó a un centro médico ni dio ninguna atención a un menor de edad al que le habían medido fiebre alta al principio de la noche.


Además, el informe de los agentes decía que el cuerpo fue hallado en una inspección de la celda durante la noche. El vídeo muestra que fue el compañero de celda el que encontró a Hernández por la mañana y el que avisó a los agentes.


Carlos Hernández fue el séptimo caso documentado en el que un menor de edad inmigrante muere en manos de la policía de fronteras de Estados Unidos. El primero conocido fue el de Jakelin Caal, hace casi un año en El Paso. En toda la década anterior no había muerto ninguno, a pesar de que las cifras de llegadas eran similares. Grupos de defensa de los inmigrantes y congresistas demócratas han denunciado que la crueldad en el trato a los inmigrantes en la frontera es deliberada por parte del Gobierno de Donald Trump y estas son sus consecuencias.


La propia inspección interna del departamento de fronteras ha denunciado las condiciones inhumanas en las que en ocasiones se ven encerrados durante días o semanas los inmigrantes, ante la resistencia de la Administración a trasladarlos o dejarlos en libertad condicional. Los menores deben permanecer un máximo de 72 horas en centros de detención temporales en la frontera antes de ser trasladados a instalaciones del departamento de servicios sociales. De ahí son enviados al sistema de acogida o a vivir con familiares en Estados Unidos.


"Mientras las autoridades de inmigración estaban sentadas, un niño yacía muriendo de gripe en una losa de concreto [hormigón] en un charco de su propio vómito al lado de un inodoro", afirmó en un comunicado la presidenta de la organización de defensa de los inmigrantes Families Belong Together, Jess Morales Rocketto. "Tres niños han muerto de enfermedades relacionadas con la gripe bajo la vigilancia de la Administración Trump en el último año. Necesitamos medidas de inmediato para que los niños reciban la atención vital que se merecen y asegurar que no mueran más niños en jaulas", apuntó Morales."                   (Pablo Ximénez de Sandoval, El País, 06/12/19)

13/12/19

Regresan los campos de concentración. El mundo se llena de espacios de excepción sin las garantías más básicas en los que seres humanos que huyen del horror o la miseria tienen menos derechos que un preso que ha cometido un delito

"Unos días después de la entrada en vigor del acuerdo antimigratorio entre la UE y Turquía, en 2016, decenas de refugiados se agolpaban en las vallas del campo de Moria, en la isla griega de Lesbos, en busca de comida y algo de información del exterior. Las autoridades acababan de decretar que Moria se convertiría en unas instalaciones cerradas y los internos no podrían salir de allí: en protesta, las ONG que ofrecían sus servicios se marcharon y el Ejército asumió parte de sus funciones.

A través de la alambrada, un grupo de sirios mostraban un documento fotocopiado que se les había distribuido. En él se establecía que los allí presentes habían sido “arrestados” por penetrar en el país de forma ilegal y, como tales, tenían derecho a un abogado, a un traductor, a informar a sus familiares y a las autoridades consulares y a ser puestos a disposición de un juez. Es decir, a los derechos garantizados a todo detenido en el ordenamiento jurídico de cualquier país democrático. Pero era una mentira tras otra; en Moria nada de esto se cumplía. Ni se cumple.


Ahmet, un afgano al que, junto a sus hijos de uno, dos y tres años, le obligaron a permanecer durante horas bajo la lluvia el día que llegó, a la espera de que se procesara su entrada en el campo, se preguntaba: “¿Por qué nos tienen encerrados? ¿Somos criminales?”.


No. “Según el derecho internacional, entrar de manera irregular en un país no es un delito, en todo caso es una falta administrativa. Y así debería ser tratado”, expone María Serrano, investigadora de Amnistía Internacional: “Una detención tiene que estar prevista en la ley, debe durar el mínimo tiempo posible y debe estar fiscalizada por un juez. Si una detención sucede de manera automática, sin atender a las responsabilidades concretas del individuo, y no tiene mecanismos de revisión, podemos hablar de detención arbitraria”.


Ahmet y otros como él forman parte de una categoría creciente de personas que, alrededor del mundo, permanecen encerradas por periodos indeterminados sin haber cometido un delito o sin haber sido condenadas por un tribunal, que no están formalmente bajo arresto, pero que se encuentran en lugares muy parecidos a una prisión y que tienen derechos aún más limitados que un reo. Son inmigrantes y refugiados como los casi 400.000 que en 2018 pasaron por los centros de detención de los diferentes servicios de inmigración y aduanas de EE UU, o los, al menos, 200.000 —según las estimaciones más conservadoras de Global Detention Project— que permanecen detenidos en diversas instancias en la Unión Europea. Pero también miembros de minorías étnicas y religiosas, como los entre 1 y 3 millones de uigures recluidos en campos de reeducación en China. 

 O aquellos a los que nadie quiere: como los más de 70.000 esposas, familiares e hijos de combatientes del Estado Islámico recluidos en campos en el norte de Siria, miles con pasaporte europeo, pero cuyos países prefieren mantenerlos en un limbo legal antes que hacerse cargo de ellos. Sistemas que podrían definirse, sin errar demasiado, como campos de concentración.

 Quizás al lector pueda resultarle exagerado encajar el sistema de los centros de deportación, los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros españoles) y los campos de refugiados cerrados en este concepto. “Es cierto que al escuchar campo de concentración, pensamos en los campos nazis de exterminio, pero antes de que existiera Auschwitz, a lo que se llamaba campo de concentración era a la detención masiva de civiles, donde el objetivo no era acabar con los internos, sino retenerlos. Y yo quiero recuperar ese sentido original, porque muchas de estas cosas que vemos actualmente, sí, podemos llamarlas campos de concentración”, expone la periodista Andrea Pitzer, autora de una monumental historia de los campos de concentración, Una larga noche (La Esfera de los Libros, 2018).

Se puede debatir si los primeros campos de concentración de civiles fueron los utilizados en la guerra civil americana, en las de Cuba o en Sudáfrica contra los Bóer, todos en la segunda mitad del siglo XIX, pero de lo que parece no caber duda es que el nombre en sí es un legado español. La táctica de la “reconcentración”, puesta en práctica por el general Valeriano Weyler, consistía en obligar a los habitantes rurales de Cuba a establecerse en campos rodeados de alambradas en torno a las plazas fuertes para evitar que apoyasen a las guerrillas que luchaban por la independencia de la isla.

Al llegar la I Guerra Mundial su uso se extendió: los inmigrantes de países con los que se estaba en guerra fueron internados en campos sin atender a su peligrosidad o falta de ella. Y “una vez asimilada y normalizada la idea de la concentración, en los años veinte y treinta se empezaron a utilizar para todo”, añade Pitzer: mendigos, gitanos, refugiados...


Con la transformación de la cuestión migratoria en un problema de seguridad, los campos de reclusión de los sin papeles se han extendido por todo el orbe. La justificación que enarbolan los Gobiernos es que se trata de una medida cautelar para hacer efectiva la deportación de estas personas, pero —subraya Serrano— “si se examinan las cifras de retorno, se ve que no cuadra”. Según la Unión Europea, solo el 35 % de los inmigrantes con orden de expulsión son retornados, habitualmente tras largos y costosos procesos y extensos periodos de detención. 

En la mayoría de los casos no se puede proceder a la repatriación, pues no existen acuerdos con los países de origen. Es, por tanto, una detención inefectiva en ese sentido. Ocurrió del mismo modo durante la II Guerra Mundial en EE UU con el internamiento de inmigrantes japoneses y ciudadanos estadounidense de origen nipón. Pese a que informes de Inteligencia Naval y del FBI lo consideraban innecesario, las autoridades en Washington cedieron a la tentación de la demagogia y encerraron a 120.000 personas: la idea era mostrar a los ciudadanos que hacían algo por su seguridad.

El objeto de estos campos es, en realidad, la disuasión y el miedo. El miedo de los sin papeles que no han sido detenidos a serlo —“Lo que los convierte en mano de obra amedrentada y cautiva”, apunta Blanca Garcés, especialista en migración del centro de investigación Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB)— y la disuasión: los refugiados y los inmigrantes no sois bienvenidos y haremos todo lo posible por que no entréis.


Quizás el caso más sangrante es el de Australia, que dispone de un severísimo sistema de inmigración y rara vez acepta a los refugiados que llegan por aire o mar desde todos los rincones de Asia. A los que detienen sus guardacostas los internan bajo condiciones atroces en campos subcontratados a otros Estados (Nauru o Papúa Nueva Guinea) en remotas islas del Pacífico. Behrouz Boochani, un periodista kurdo que escapó de la represión en Irán, estuvo recluido durante cuatro años en uno de ellos, en la isla de Manus, y su libro No Friend But the Mountains (2018) es una de las escasas fuentes de información sobre este sistema: donde los internos no son llamados por su nombre, sino por un número, las condiciones son insalubres, los maltratos están a la orden del día y los suicidios son frecuentes. Boochani hizo llegar el libro al exterior de manera subrepticia, a través de mensajes de WhatsApp que enviaba a un amigo suyo con un móvil que había logrado esconder, porque la legislación australiana prohíbe no solo sacar fotos de los campos, sino que incluso castiga que se publique sobre ellos.

 “Después de Auschwitz hubo una reflexión sobre adónde nos podían llevar los campos de concentración. Se debatió sobre cómo ayudar a la gente que huye y nos comprometimos a respetar sus derechos. Sin embargo, en los últimos 20 años hemos comenzado a deshacer ese sistema”, lamenta la periodista Pitzer: “Y ahora nos parece que, mientras un campo de concentración no sea tan malo como Auschwitz, resulta aceptable. Pero no, estos lugares crean mucho dolor”.

Es algo que se sabe desde hace un siglo. En 1918, el médico suizo Adolf Lukas Vischer publicó su estudio Die Stacheldrahtkrankheit (La enfermedad de las alambradas), en el que examinaba los daños mentales sufridos por los prisioneros de los campos de concentración en Gran Bretaña, que no eran precisamente los que estaban peor acondicionados. 

La falta de higiene, la escasa alimentación y el hacinamiento, unidos a la pobre atención médica, hacen aparecer o agravan todo tipo de enfermedades pero, además, la falta de privacidad, la separación de las familias, la monotonía, la privación del sexo, la incomprensión sobre por qué se está detenido y la incertidumbre sobre cuánto se prolongará la detención pasan grave factura psicológica: amnesia, estrés postraumático, episodios de pánico... Quien sale de un campo de concentración ya no es la misma persona que entró.
 

“Se trata de espacios de excepción donde la ley no se cumple, ni siquiera los derechos más básicos. Espacios sin las garantías que se encuentran dentro del sistema penal”, afirma Blanca Garcés. Un reo, por muy horrible que sea el crimen por el que haya sido condenado, tiene derecho a asistencia letrada, a buscar remedios legales para mejorar su situación, a tratamientos médicos, a ciertas actividades y entretenimientos, a completar su educación... Un internado en un campo de concentración, no.

La filósofa alemana Hannah Arendt, que pasó por dos lugares de internamiento en Francia antes de huir a EE UU —el Velódromo de Invierno de Paris y el campo de Gurs (inicialmente construido para alojar a los refugiados españoles republicanos)—, describió en Los orígenes del totalitarismo (1951) cómo estos sistemas terminan creando una doble vía legal: una para los ciudadanos nacionales y otra para los que no lo son, desprovistos de todo derecho. 

“El mejor criterio mediante el que decidir si alguien ha sido forzado fuera del límite de la ley —escribió Arendt— es preguntarse si se beneficiaría de la comisión de un crimen”. Mientras estos no ciudadanos, en su vida normal de irregulares o en el campo de concentración, carecen de todo derecho, el hecho criminal los igualará ante la ley —“será tratado como cualquier otro criminal (nacional)”—, dispondrán de abogado y derechos procesales y, “mientras dure el proceso y su sentencia, estarán a salvo de la arbitrariedad policial, contra la que no cabía recurso a letrado ni apelaciones”. 

Esto supone una violación de dos principios básicos del derecho: la igualdad ante la ley y el principio de proporcionalidad. Ya en el siglo XVIII, el jurista italiano Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, en su tratado De los delitos y las penas alertaba de que los castigos deben ser proporcionales a la gravedad de la falta cometida y el daño hecho o, de otra forma, los individuos tenderán a cometer siempre el delito de mayor gravedad. Es decir, si a una persona se le amenaza con el mismo castigo —la deportación o la reclusión— por una simple falta administrativa —no tener los papeles en regla— que por un crimen, se le está invitando a la delincuencia.


Resulta descorazonador leer, en la obra de Arendt, los párrafos dedicados a la cuestión de los refugiados y constatar cómo volvemos a repetir los patrones de la década de 1930. Entonces, escribe la filósofa, “todos los debates en torno a los refugiados giraban en torno a una pregunta: ¿cómo deportarlos?”, y la única solución que hallaron fue “el campo de internamiento”. El detalle que diferenciaba la situación de aquella época con la actual es que buena parte de quienes huían a otros países eran personas recién convertidas en “apátridas” después de que sus Gobiernos les despojasen de la nacionalidad, por ejemplo, a los judíos alemanes mediante las leyes raciales de Nurémberg. 

Pero incluso este peldaño está siendo alcanzando: el Gobierno de Birmania ha despojado de su nacionalidad a la minoría rohinyá, y 128.000 rohinyá están recluidos en campos de concentración y guetos —que, en palabras de la ONU, son equiparables a los utilizados por los nazis para recluir a los judíos—, mientras que unos 800.000 han huido a los países vecinos. La India, gobernada por el ultranacionalista Narendra Modi, ha despojado de la nacionalidad a cuatro millones de personas en el Estado de Assam, convirtiéndolas en apátridas, y ahora construye campos de concentración para alojarlas.


No hace falta irse tan lejos. El Reino Unido y Holanda han optado por desentenderse de los combatientes del Estado Islámico y sus familiares —la mayoría radicalizados en su propio territorio— retirándoles la nacionalidad. El caso más famoso es el de Shamima Begum, a la que Londres ha revocado la ciudadanía, pese a que la propia ley británica prohíbe hacerlo si, como en este caso, convierte a la persona en apátrida. 

Y en Estados Unidos “se están gastando millones de dólares para identificar posibles errores en los formularios o pequeñas faltas que permitan retirar la nacionalidad a inmigrantes que la obtuvieron”, apunta Pitzer. La idea es despojar a esta persona de todo rastro jurídico, sin país que pueda responder por él, sin sus derechos: un homo sacer, según la concepción del filósofo italiano Giorgio Agamben, mera vida física que ya no importa a efectos políticos o legales.

Autores como la académica Bridget Anderson (Us & Them? The Dangerous Politics of Immigration Control, Oxford, 2013) alertan de que este tipo de políticas terminan dañando a la democracia y los derechos de los propios ciudadanos. Los Estados buscan modos de adaptar su legislación para encajar estos espacios y políticas de excepción —Guantánamo, que pasó de campo de refugiados a oscuro lugar de detención y tortura, es un caso paradigmático—. En la Grecia del periodo más duro de la crisis económica, mientras los Gobiernos de Pasok y Nueva Democracia aventaban la culpabilización del inmigrante para tapar su propia incompetencia y periódicamente organizaban grandes redadas contra los irregulares, también les dio por detener a otros grupos de personas. 

Un día capturaron a todos los drogadictos que encontraron en el centro de Atenas, los llevaron a un campo de detención en las afueras y los obligaron a hacerse exámenes médicos. En otra ocasión se lanzaron a por las prostitutas de aspecto extranjero, a las que se acusaba de infectar el sida a “los padres de familia” griegos. Decenas fueron detenidas y algunas encarceladas durante más de un año, para ser posteriormente absueltas. La mayoría resultaron ser griegas. Dos no pudieron aguantar la presión de ver sus fotos, datos personales e incluso direcciones publicadas en todos los medios del país y se quitaron la vida.


“Cada vez tenemos Estados menos garantistas y democracias más iliberales. Vemos una deriva hacia el recorte de ciertos derechos que hasta ahora hemos considerado fundamentales”, advierte Garcés: “Estos espacios de excepción primero se usan con los de fuera y al final acabarán siendo usados con los de dentro”. Porque los campos de concentración son agujeros negros en la legalidad y los principios del derecho. Y los agujeros negros tienden a extenderse hasta engullirlo todo."           (Andrés Mourenza, El País, 08/12/19)

30/10/19

La policía británica encuentra 39 cadáveres en un camión en Essex

"Las autoridades británicas investigan el hallazgo de 39 cadáveres en el interior de un camión, unos 30 kilómetros al este de Londres, y centran el foco en las mafias que trafican con inmigrantes. 

Los primeros datos sugieren que la ruta del contenedor, abandonado a primera hora de la madrugada de este miércoles en un polígono industrial, tuvo su punto de origen en el puerto belga de Zeebrugge.

 El conductor, un norirlandés de 25 años, ha sido detenido bajo la acusación de asesinato. Ha sido el suceso más grave de estas características en el Reino Unido desde que 58 cadáveres de ciudadanos chinos fueron hallados en otro contenedor en el puerto de Dover en 2000.

Poco después de las 02:40 de este miércoles (hora peninsular española) la policía de Essex ha recibido la llamada del Servicio de Ambulancias del Este de Inglaterra. Los cuerpos de 39 personas yacían sin vida en el remolque de un camión abandonado en el polígono industrial de Waterglade, en la localidad de Grays (en el condado de Essex). Todos ellos eran adultos excepto un adolescente. El área ha sido acordonada de inmediato y el tráfico se ha desviado.

Poco después, las autoridades han informado de la detención del conductor, bajo la acusación de asesinato. Su nombre, según los medios británicos, es Mo Robinson. Tiene 25 años y es originario de Portadown (Irlanda del Norte).

“Debemos dejar su espacio a la policía de Essex para que conduzca su investigación, pero todos los miembros de inmigración del Ministerio del Interior colaborarán en el esclarecimiento de este terrible suceso”, ha dicho la ministra Priti Patel en una comparecencia extraordinaria en la Cámara de los Comunes.

En los primeros estadios de la investigación se apuntó a que el vehículo habría entrado en la isla a través del puerto galés de Holyhead, principal punto de intercambio con Irlanda. La hipótesis desató la alerta de que las mafias estuvieran usando una “ruta irlandesa” alternativa, después de que en los últimos meses se intensificaran los controles en el canal de la Mancha, que concentra el grueso del tráfico entre el Reino Unido y el continente europeo. 

Sin embargo, horas después, un nuevo comunicado público explicaba que el contenedor (la parte remolcada del camión) habría salido del puerto belga de Zeebrugge y llegado en ferri a la localidad inglesa de Purfleet. Fue estacionado en el muelle de mercancías de Thurrock, en esa misma zona. El camión (la parte de cabina y motor de todo el vehículo, sin el remolque) habría partido de Irlanda del Norte. Camión y remolque salieron hacia la zona de Grays en torno a las 02:05 (hora peninsular española) de este miércoles. Apenas media hora después se localizaban los 39 cadáveres.

El vehículo tenía matrícula búlgara, pero las autoridades de ese país han descartado que hubiera partido de allí. Señalaron además, según la agencia Reuters, que el registro se realizó a nombre de una empresa propiedad de una ciudadana irlandesa.
La Agencia Nacional del Crimen del Reino Unido, entre cuyos cometidos está la investigación del tráfico de personas, ha asegurado que se centra en averiguar la participación de organizaciones criminales en esta tragedia.


“Es duro ponerse en la piel de los servicios de emergencias en un caso así, cuando tuvieron que abrir el contenedor y contemplaron el horrible crimen cometido. Comparto el enorme deseo de muchos de que los culpables de esta tragedia y todos aquellos que participan en este comercio humano -porque sabemos que existe- sean capturados y llevados ante la justicia", ha dicho el primer ministro Boris Johnson en el Parlamento.

"¿Podemos, por un momento, pensar en lo que ha debido ser que las vidas de esas 39 personas, obviamente en una situación peligrosa y desesperada, hayan visto acabadas sus vidas ahogados dentro de un contenedor?", ha dicho en esa misma sesión el líder de la oposición, Jeremy Corbyn.

Cámaras frigoríficas

Según ha contado a la prensa local el director ejecutivo de la Asociación de Transporte por Carretera británico (Road Haulage Association), Richard Burnett, el vehículo era un camión frigorífico y añadió que el suceso revela el "peligro" de las mafias de inmigración, según informa Efe. Las condiciones en las que se encontraron esas personas fueron "absolutamente horrendas", según el responsable de la Sociedad de Camiones de Carretera. Las cámaras frigoríficas "son oscuras e increíblemente frías y las temperaturas llegan a alcanzar allí los 25 grados bajo cero si transportan productos congelados", lo que provoca que los humanos "pierdan la vida bastante rápido", puntualizó.

Algunos medios británicos, como The Times o The Daily Telegraph,  dan ya por confirmado que los 39 cadáveres fueron descubiertos en estado de congelación. La policía habría registrado dos domicilios en Co Armagh (Irlanda del Norte), el condado de donde es originario el conductor detenido.

El Servicio de Inmigración del Reino Unido admitió el pasado abril, en respuesta a un requerimiento de información pública, que durante 2018 la policía detectó la presencia de 1.052 inmigrantes irregulares en los puertos de entrada, y de más de 7.500 que ya habían logrado entrar en el país.

En el verano de 2015, cuando entraban en Europa decenas de miles de refugiados, la policía austriaca halló los cadáveres de 71 personas de Siria, Irak y Afganistán en un camión abandonado junto a una autopista. Entre ellos había ocho mujeres y cuatro niños. En junio de este año, un tribunal húngaro condenó a cuatro traficantes a cadena perpetua como responsables de esas muertes."             (Rafa de Miguel, El País, 24/10/19)

1/7/19

“La crueldad con los niños en la frontera es intencionada, es la política del Gobierno”

"De todos los niños, cuenta la abogada Warren Binford, le impresionó especialmente una chica de 14 años llamada Katerine. “Era muy dulce”, la recuerda. Había acabado en un centro de detención temporal de inmigrantes en Clint, Texas, después de cruzar la frontera con su hermana, mayor de edad. “Las habían separado de una forma muy traumática. 

En la celda donde estaba había otros niños más pequeños que necesitaban cuidado, así que ella se hizo cargo de consolar a otros que no tenían a nadie. Uno de ellos, de cuatro años, era el niño más traumatizado que he visto. Piénsalo, ella tenía su propio trauma y tenía que cuidar de otros más pequeños, también traumatizados. Creo que resume el dolor de aquel lugar”.

El lugar era una comisaría de la policía de fronteras en Clint, una barriada a las afueras de El Paso. Binford y un grupo de abogados denunciaron las condiciones carcelarias e insalubres en las que se hacinaban más de 300 menores de edad cuando lo visitaron, a principios de la semana pasada. Oficialmente, está preparado para 100 adultos. Sus informes y las entrevistas con decenas de niños inmigrantes están puestos por escrito ante un juez. 

Los niños les contaron que pasaban semanas sin lavarse los dientes o sin ducharse, que no había sitio para dormir ni ropa para cambiarse. Oyeron relatos de madres obligadas a dormir sobre el suelo con sus bebés. Váteres atascados en medio de las celdas. Un olor nauseabundo en general.

Según el presidente Donald Trump y los servicios fronterizos, esta situación se produce porque el sistema migratorio está colapsado. Los números globales están muy lejos de los récords históricos (en el año 2000 hubo 1,6 millones de detenciones), pero se han disparado las llegadas este año respecto a los cuatro anteriores. El pasado año fiscal fueron detenidas 521.000 personas en la frontera. Este año van por 593.000 y aún faltan cuatro meses para cerrar el cómputo.

 La mayoría son familias con niños, a las que tiene que procesar un sistema básicamente carcelario y pensado para detener hombres solos.
Legalmente, los niños deben estar en condiciones seguras y salubres y deben ser entregados a los servicios sociales lo antes posible, normalmente en 72 horas, para irse con familias de acogida o con sus familiares en EE UU. El incumplimiento es flagrante. Las abogadas entrevistaron a decenas de niños sucios, aterrorizados, separados de sus familias y que llevaban hasta tres semanas detenidos a pesar de tener familiares localizados en el país.

“La crueldad es intencionada, es la política del Gobierno”, afirma la abogada Elora Mukhejee. “Los niños me decían que tenían constantemente miedo de los guardias. Vieron a uno llevarse a un niño agarrándolo por la cabeza. Estaban aterrorizados de oírles gritar en inglés”. Binford apunta que “las comisarías de la frontera siempre han sido horribles. 

Lo especial de esta es que había cientos de niños. Eso no lo habíamos visto nunca. Las edades eran impactantes”. Las abogadas describieron en el juzgado a bebés manchados y sin ropa para cambiarse, duchas cada cinco días, niños traumatizados por la separación que llevaban la misma ropa durante tres semanas, decían tener hambre y frío, no se podían lavar los dientes ni usar jabón.

Trump ve la llegada de inmigrantes como una invasión de criminales. Así lo ha dicho. Está convencido de que las familias vienen a aprovecharse de las leyes de asilo de Estados Unidos. Por sus propias palabras, su política consiste en tratarlas de la manera más cruel posible en la frontera para quitar la idea de emigrar a otros. 

“El sistema está siendo manipulado de forma que no se está procesando a los inmigrantes que llegan para que entren en la sociedad con la facilidad que lo hacían antes”, asegura Binford. Los estamos separando de los adultos que cruzan con ellos y eso está causando traumas en los niños”. Además, no está funcionando. “Claramente, no ha disuadido a nadie. A pesar de todas las tácticas agresivas que ha empleado este Gobierno, la gente sigue viniendo”.

Las entrevistas revelan que la Administración sigue separando familias. Lo que no hace es separar a padres de sus hijos sistemáticamente, pero cualquier otra versión de familia en la frontera sí está siendo separada. Así, los abogados entrevistaron a dos hermanos desconsolados que habían sido separados de su abuela, con la que habían cruzado. O niños que venían al cuidado de sus hermanos mayores de edad y han sido separados, porque el adulto ha sido procesado por la vía penal.

Las abogadas Warren Binford, de Oregón, y Elora Mukherjee, de Nueva York, llevan más de una década especializadas en inmigración. Han visto todo tipo de centros de detención. Han visto cambiar el perfil de inmigrante progresivamente desde que empezaron a llegar niños solos en 2014. “El problema no es el número de inmigrantes”, afirma Binford a EL PAÍS por teléfono, “lo que está generando esas condiciones es la mala gestión de la Administración”.

“Cuando visitamos el centro de Clint, la semana pasada, había 2.600 niños en custodia de la policía fronteriza”, explica Mukherjee por teléfono desde Nueva York. “Entonces empezaron a salir las informaciones en prensa de lo que habíamos visto. A finales de la semana había menos de 1.000. Claramente, tienen la capacidad de atender a los niños y moverlos lo bastante rápido. Es horroroso como están utilizando a los niños como peones del juego político”.

Mukherjee lleva haciendo estas visitas desde 2007, como parte de un grupo de abogados que vigila por orden judicial que el Gobierno cumpla las condiciones legales en las que pueden estar detenidos los menores de edad inmigrantes. 

“Siempre ha habido lo que llaman hieleras y perreras. El problema no es nuevo, es anterior a Trump. lo que es nuevo es la cantidad de tiempo que estos niños pasan detenidos. Hay brotes de gripe, piojos, los niños no se pueden lavar las manos con jabón. En Ursula, Texas, la semana pasada fueron cinco niños a la enfermería. En el último año han muerto seis niños. En toda la década anterior, ninguno”.

Binford sitúa que el origen de los problema en la separación sistemática de familias que comenzó discretamente en el otoño de 2017 y se hizo oficial en la primavera de 2018. Al entregarse en la frontera, los menores eran separados de sus padres. La indignación pública hizo que Trump se retractara. De aquellos meses quedaron al menos 2.600 niños separados de sus padres de los que nadie había apuntado quiénes eran. 

 Un juez de San Diego obligó al Gobierno a la reunificación de esos niños (la gran mayoría ya se ha logrado). “Aquello creó un atraso para el resto de los niños que tienen que reunirse con sus familias”, explica Binford. “El juez estaba tan enfadado y había tanta presión pública que le dieron absoluta prioridad”.

Binford afirma que el principio de los problemas del Departamento de Vivienda y Servicios Sociales para procesar en tiempo y forma a los niños viene de la acumulación de casos creada en esos meses. La consecuencia es un sistema colapsado con niños que podrían estar con sus familias. “Es una crisis inventada. No necesitamos infraestructura para niños que tienen familia. Los están traumatizando detenidos. Es todo para justificar el gasto en seguridad”.                (Pablo Ximénez, El País, 30/06/19)

23/11/18

Hostilidad contra los migrantes en Tijuana... pobres contra pobres

"Fuera Hondureños, aquí no los queremos”, gritaban enfurecidos un par de cientos de habitantes de Tijuana cerca del albergue donde se refugia la caravana de migrantes en la ciudad fronteriza. Ondeaban banderas y cantaban el himno nacional de México.

En Tijuana, en el norte de México, se concentran miles de personas, sobre todo de Honduras, que esperan pedir asilo en Estados Unidos tras una marcha a pie que emprendieron desde varios países de Centroamérica hace semanas en busca de una vida mejor.

La policía antimotines tuvo que detener a los manifestantes para evitar una posible agresión. Hubo momentos de tensión en que se empujaron y lanzaron botellas de agua.
Los migrantes fueron retenidos dentro del albergue, en el deportivo Benito Juárez. Algunos, se asomaban a las rejas y veían la escena con perplejidad.

“Nosotros venimos huyendo de la violencia. Queremos paz”, contaba Carlos, enseñando sus manos deformes por un ataque.

Esta hostilidad y xenofobia hacia la caravana es algo inédito en la ciudad fronteriza de Tijuana, coinciden los expertos consultados por BBC Mundo.

“Tijuana es una ciudad de migrantes” es una frase que se oye en todas partes. Y es un hecho: uno de cada dos habitantes de la ciudad no nació ahí, según el Consejo Nacional de Población.
Los tijuanenses lo repiten con orgullo y tradicionalmente han sido acogedores con la gente llegada de fuera. Pero las caravanas de centroamericanos han sacado a flote un sentimiento de rechazo a los de fuera.

¿Hospitalaria Tijuana?

Los expertos coinciden en que es una minoría, pero también que se han hecho oír y que el rechazo hacia los migrantes está ganando terreno, aún en la hospitalaria Tijuana.
Este domingo, ese sector de la población organizó una marcha con pancartas que decían: “Esto es una invasión disfrazada de migración”.

Muchos justificaban su molestia por la supuesta forma en la que la caravana entró en México: “Llegaron ilegalmente, rompiendo vallas y agrediendo”, aseguraban.

A la misma hora, a escasos metros de esa protesta, se convocó una contramanifestación en apoyo a los migrantes, pero los presentes eran muchos menos y salieron corriendo cuando los que estaban en contra llegaron irascibles a enfrentarlos.

Según los expertos, son varios los factores que han creado esta ola de rechazo ante la caravana de centroamericanos.

Un plato de frijoles y las redes sociales

En los últimos días, el video de una migrante hondureña quejándose de la comida que les dieron se ha vuelto viral.
“La comida que están dando aquí (está) fatal. Mira lo que están dando: puros frijoles molidos, como si le estuvieran dando de comer a los chanchos. Y ni modo, hay que comernos esa comida porque si no, nos morimos de hambre”, dice en un video grabado por la televisión alemana Deutsche Welle.
“Aquí somos pobres, comemos frijoles”, gritaban en la marcha contra la caravana.

En otro video, se asegura que los migrantes ya no quieren la comida que les dan y que demandan pizza y refrescos.

Eso ha indignado incluso a algunos que antes apoyaban a los migrantes.
Estos videos “han marcado un antes y un después” en la forma en que los migrantes son percibidos en México, explica Claudia Benassini, investigadora en medios digitales de la Universidad La Salle, en Ciudad de México.

Dice que las redes sociales jugaron un papel crucial: “La información circuló fuera de contexto y con nulo espacio para los desmentidos”.
En estas ocasiones han sobrado los comentarios xenófobos, fuera de lugar y con muy poco conocimiento del tema, explica la especialista.

Coincidentemente, partes del estado de Nayarit han sido consideradas zonas de desastre por las fuertes lluvias e inundaciones. En las redes sociales, hubo varios mensajes que pedían al gobierno que primero atendiera el problema de los afectados mexicanos antes de ayudar a los migrantes.
“Son dos problemas distintos. Si el gobierno no ha atendido lo de Nayarit no necesariamente es por los migrantes”, explica Benassini.

Este fin de semana, en el albergue en el que se concentran en Tijuana los migrantes, han tratado de contrastar esta mala imagen de que no recibían con gusto la comida con un video en el que agradecían a los mexicanos “el bocado que se han quitado para dárselo”.
También, antes de que llegaran los tijuanenses que venían a atacarlos, habían salido a barrer las calles aledañas a su refugio.

Trump y alcalde de Tijuana

El alcalde de la ciudad, José Manuel Gastélum,no ha ayudado a que los tijuanenses tengan una buena actitud con los migrantes, según cuentan los expertos.
En varias ocasiones ha amenazado con deportarlos.

“Los derechos humanos son para los humanos derechos”, dijo en una entrevista con Milenio Televisión tras un enfrentamiento entre los migrantes y los vecinos en Playas de Tijuana el primer día que llegaron.

Aseguró que los migrantes “llegan en un plan agresivo, grosero, con cánticos, retando a la autoridad”.
“No me atrevo a decir que son todos los migrantes, pero hay algunos que son vagos, mariguanos (fumadores de marihuana), van agrediendo a familias”, aseguró.

Por otra parte, hay un sector de la sociedad que se está dejando influenciar por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, “un hombre que es racista y que muchos consideran un líder”, explica Jorge Bustamante, investigador emérito del Colegio de la Frontera.
Trump se ha mostrado hostil con los migrantes, ha movilizado a miles de soldados a la frontera y ha prometido endurecer los procesos de petición de asilo.

En la marcha que increpó a los hondureños, Jonathan Zuñiga, de 25 años, explicaba que entiende que Trump sea duro con los latinoamericanos: “Siente que su país está amenazado y que por eso lo protege. México debería hacer lo mismo”.

Por otra parte, que Estados Unidos haya reducido los carriles de acceso de Tijuana a San Diego por la caravana ha trastocado la vida de la ciudad fronteriza.

“Eso ha molestado mucho a todos los tijuanenses que van a diario a trabajar allá. Aumenta mucho las filas y el tiempo que gastan en trasladarse. Ellos erróneamente lo han interpretado como que es culpa de los migrantes”, explica José Moreno Mena.

Tamaño y forma de la caravana

Las caravanas de migrantes se han vuelto un fenómeno recurrente en los últimos años, pero esta vez se juntaron varias y el fenómeno se ha hecho muy grande, lo que ha hecho que algunos lo vean como algo amenazante, explica el experto.

Además, dice que también el gobierno de México ha fallado en no tener ningún control sobre las caravanas.

“Esto es una invasión disfrazada de migración”

Quienes rechazan la caravana llaman a los migrantes “invasores”.
Para entrar a México cualquier ciudadano puede tramitar en la frontera un permiso de tránsito, lo que le permite una estancia legal de 30 días en el país que es renovable.

Sin embargo, cuando la caravana cruzó por el río Suchiate la frontera con Guatemala y no por la garita fronteriza, se perdió el control y no hubo forma de documentarlos.
“Aunque sí hay una parte de ellos que se ha registrado”, explica el académico Mena.

Racismo

El experto ve también señales de racismo en la hostilidad a los migrantes.
“Los racistas mexicanos ven a los centroamericanos como inferiores”, dice. Asegura que no pasaría lo mismo con los estadounidenses.

Los expertos coinciden en que el temor de los tijuanenses de que los migrantes son una carga para la economía es un mito. Que en la ciudad la oferta de trabajo, al menos en sectores que requieren de menos capacitación, como la maquila (la construcción), siempre hay empleos de sobra.
Pero los entrevistados por BBC Mundo coinciden en que, aunque es una cosa nueva y podría ir en aumento, la xenofobia y el racismo se han hecho presentes sólo en una “minoría” de la sociedad de Tijuana.

José Rendón, que se manifestaba a favor de la bienvenida de los migrantes, dijo a BBC Mundo que deben hacerlo “por solidaridad, por simple humanidad”.
Federico Garza, como otros tijuanenses, dice estar decepcionados por la actitud de algunos ciudadanos que rechazan a los centroamericanos.

“Dicen que los hondureños podrían aumentar la inseguridad y la violencia en la ciudad. Pero, por lo que vimos hoy, los tijuanenses intolerantes son el problema: gente intentando pelear y molestar a los más vulnerables”.

Tras el intento de ataque al refugio, las fuerzas de seguridad restringieron los movimientos de entrada y salida de los migrantes.

Es incierto cuánto tiempo podrían quedarse miles de los centroamericanos de la caravana en la ciudad fronteriza. Su solicitud de asilo a Estados Unidos se suma a la de 2.800 personas que ya estaban en fila y que lleva un atraso de meses."                 (Ana Gabriela Rojas, BBC News, 19/11/18)

12/9/18

Epidemia del suicidio, también de niños, en los infernales campos de refugiados

"Mi hijo de 26 años tuvo su último aliento en sus tiendas enmohecidas y cerró sus hermosos ojos a sus abominantes e injustas políticas”. Así se dirige a las autoridades australianas Fazileh Mansour, la madre del joven iraní Fariborz Karami que el junio pasado se quitó la vida en la cárcel-campo de refugiados de la isla Nauru.

 ¿Puede haber mayor dolor para una madre que perder a su hijo? Sí, tener su cadáver, como ella misma afirma, depositado en una nevera a unos metros de su tienda de campaña donde “vive” junto con su nuera-viuda en huelga de hambre desde el 15 de junio cuando encontró a Fariborz muerto en su tienda.

 La familia había llegado a esta pequeña isla de Micronesia en 2013 para ir a EEUU. A pesar de conseguir el estatuto de refugiado, se quedó atrapada en la isla, junto con cientos de ciudadanos iraníes y de otras nacionalidades a los que Donald Trump ha prohibido la entrada en EEUU. 

La dirección del campo les negó hasta una nueva tienda en estos 5 años “para cambiar el ánimo” de sus hijos, encerrados en este “Matadero y casa de tortura”, como lo llama Fazile.

Desde el 2016 que supieron que estarían detenidos de forma indefinida en la isla -que guarda un escalofriante parecido a la temible prisión de Alcatraz de San Francisco-, toda la familia cayó en una severa depresión. Es el año que otro iraní, Omid Masoumali de 24 años, se inmoló.

Según la trabajadora social Fiona Owens ha aumentado de forma alarmante las tasas de autolesiones entre los niños de este refugio: buscan en internet formas de morir. Hay niños, sobre todo los no acompañados, que dejan de comer y de jugar, y se apagan lentamente. Menciona los casos de dos niños de 12 y 14 años que perdieron tanta masa muscular que tienen dificultades para caminar. 

Australia, otro país que trata a los refugiados como delincuentes, se niega a proporcionarles servicios médicos adecuados. Las mujeres que han tenido un embarazo no planificado realizan abortos caseros, provocándose daños dolorosos e irreversibles. 

Un informe de incidencias del junio de 2018 revela que una niña refugiada de 14 años “se había echado gasolina encima y tenía un encendedor en la mano“, y otro de 10 “intentó autolesionarse ingiriendo objetos metálicos afilados como alambre“.

En el Líbano, la niña de 12 años siria, Khowla, tomó veneno para ratas que buscó en el campo, para quitarse la vida y “dejar de ser una carga para mi madre que tiene que cuidar a otros 6 hijos”, cuenta en la chabola húmeda y cubierta de lona de plástico. El gobierno libanés, aunque en los primeros años de la guerra dejó entrar a un millón de sirios, no les atiende.

Después de siete años de “ser refugiada”, Khowla pensó que la vida de su familia nunca iba a mejorar. “En Siria vivíamos una vida pobre, pero al menos teníamos nuestro orgullo y dignidad”. En el abril pasado, 75 mujeres y adolescentes sirias fueron rescatados de la esclavitud sexual en un burdel en Trípoli: Así se ha creado la industria de prostitución. Habían sido torturadas incluso electrocutadas y obligadas a tener sexo con al menos 10 clientes por día.

¿Solución?: Suicidio colectivo

“Si la situación no cambia, todos deberíamos matarnos aquí”, propone un refugiado afgano de la isla-limbo Moria, que al igual que otros 13,000 refugiados habitan una de las islas griegas. Los Médicos sin Frontera denuncian el aumento de los ataques de pánico e intentos de suicidio incluso de niños de 10 años.

 Después del acuerdo asesino de la Unión Europea con Turquía (responsables directos de muchas de las guerras, estas las “fábricas de refugiados”) en 2016, que convirtió a los seres humanos desesperados en “problema”, Grecia ha deportado a algunos cientos, mientras es incapaz de parar la llegada de otros miles que huyen de Siria, Sudán, Afganistán, y Congo.

 ¿Hasta cuándo estarán allí? Incluso un condenado a 20 años de cárcel no sufre esta incertidumbre. Su situación se parece más a una condena a la “Prisión permanente revisable”. En la isla Samos, solo en enero del 2017 hubo 12 intentos de suicidio y seis casos de autolesiones entre solicitantes de asilo. Save the Children afirma que, en Grecia, unos 5.000 menores viven en “condiciones atroces.

El 4 de julio del 2018, un solicitante de asilo afgano de 23 que fue deportado de Alemania a Afganistán junto con otros 68 compatriotas se suicidó en un hostal en Kabul. Había vivido 8 años en Alemania. Para el gobierno de Merkel, Afganistán es un oasis de paz y democracia mientras advierte a sus ciudadanos no viajar a este país, donde cada día mueren al menos 50 personas por los atentados talibanes o por los bombardeos de la OTAN.

En noviembre pasado, cuatro jóvenes de Eritrea de unos 18 años se suicidaron en este país, víctimas de la política de “Deportar primero, apelación después”. Alexander Tekle, había huido del conflicto de armado en Eritrea, y tras alcanzar los escombros de Libia, otro país “democratizado” por la OTAN, llegó a la “jungla” de Calais, y ocultándose en la parte trasera de un camión refrigerado llegó al Reino Unido.

 Exhausto y enfermo, fue sometido a un agónico proceso de solicitud de asilo. Tuvo tanto miedo de ser expulsado que prefirió morir. Su amigo Benny Hunter dice que él no pedía nada material, sólo seguridad y el respeto.

El estado antinatural de los niños

Ser “niño” es incompatible con perder la esperanza, pero el dilema de la población más joven de esos campos no es qué juguete pedir a los reyes magos. Si Miles de niños refugiados, como Aylan Kurdi, murieron en el camino víctimas de un complot, los que llegaron vivos a un sitio que se presentaba “seguro” ha sido una trampa mortal:

En noviembre del 2015, se encontró el cuerpo del niño bosnio Mohamed de 4 años, abusado y asesinado por el alemán Silvio S. un guardia de seguridad, – que como todo el mundo podía entrar en este centro de refugiados de Berlín sin someterse a ningún control. El llamado “pedófilo de muñecos”, que ya habia matado a otro niño, les engañaba regalándoles un peluche.

Miles de hijos nuestros han sido secuestrados, violados, torturados, y secuestrados en los campos de refugiados esparcidos por el mundo. El 60% de los 700.000 rohingas que tras vivir una violencia extrema (incluida la violación de miles de mujeres y niñas, que nadie les oirá su “MeToo”, encima son rechazadas por sus hombres, quienes piensan en su maldito honor manchado) son niños. 

En los campos de Bangladesh -país que tampoco los quiere-, ni han tenido tiempo y medios para hacer el duelo de la perdida de sus vidas. Los pequeños supervivientes, que retiene en su mente las imágenes de las guerras que han vivido, las penurias que han sufrido en el camino -presenciar peleas, asesinatos,  violaciones, humillaciones, la represión policial, y haber sufrido  palizas, abusos, hambre, miedo, e inseguridad -, al llegar a los campos, que a menudo es la prolongación de lo vivido en la travesía, ven destrozadas sus esperanzas de volver a ser niños o hacerse adulto como se imaginaban, y tras años soportando lo indecible para un cuerpo pequeño, terminan en desear poner fin a su calvario.

 Los niños viven en “modo de supervivencia las 24 horas“, afirma Save the Children, sobre todo los no acompañados, que incluso turnan para dormir y así protegerse de las “amenazas”.

La mayoría de los adultos y niños refugiados se suicidan por sentirse humillados, el cansancio por el cúmulo de las penurias sufridas y sobre todo perder toda la esperanza. El 40% de los adolescentes y jóvenes sirios acogidos por el Líbano, afirman tener impulsos suicidas. 

Sufren trastorno de estrés postraumático y otras enfermedades mentales, que se agravan con el paso de los días de espera de un milagro que les rescate. Según la Junta Nacional Sueca de salud, 12 niños afganos no acompañados se suicidaron en Suecia en 2017, por agotamiento mental. Aquí, la “cifra” es ascendente: en 2016 fueron 10 niños y 2015 ninguno.

En caso de los niños, los que han trabajado con esta población, apuntan a las siguientes causas:
  • El “Síndrome de renuncia”: un trastorno psiquiátrico infantil grave, en el que pierden las ganas de vivir, dejan de comer, caminar, jugar o incluso abrir los ojos.  Han perdido las esperanzas porque los padres lo han hecho. Las niñas padecen más el estrés pre y posmigratorio que los niños: al temor a ser violada se añade a ser repudiada por la familia, que se supone que debería protegerla.
  • Pérdida reciente de un pariente (por enfermedad, suicido o asesinato) o temer a perder a los padres y madres, a veces enfermos, y quedarse solos en aquel mundo-jungla.
  • Haber sido agredidos sexualmente. Según Save the Children, el 10% de los 2.800 niños y niñas congoleños en el campo de refugiado de Uganda, dijeron haber sido violados en el camino. En los propios campos, los pedófilos y las mafias de la industria de sexo hacen su agosto: al menos 8 niños fueron violados por un guardia del campo turco de Nizip; una niña de cuatro años murió por esta causa en un campo en Grecia; miles son forzados a prostituirse para sobrevivir.
Los niños constituyen más de la mitad de 65 millones de refugiados (cifra de la ONU) del mundo. Muchos no han conocido más que guerra y terror. Su protección debe ser la prioridad de los adultos, y rescatar lo que queda de sus vidas arruinadas, sueños deshechos, derechos aplastados."             (Nazaním Armanian, Público, 07/09/18)

6/7/18

"En Libia, cada noche violaban delante de nosotros a quien iban a matar"

"Elvis vivió durante un año y medio encerrado en un búnker oscuro del que no podía escapar. Cada día, cada hora y cada minuto sobrevivía sumido en sus pensamientos para evitar concentrarse en el exterior. 

Despertarse a gritos, llamar a su madre para explicarle, entre sollozos de dolor, que ha sido capturado mientras su secuestrador le golpea con su rifle en la misma zona de su cuerpo que la tarde anterior. 

Escuchar a su madre llorar, pidiéndole perdón por no tener dinero suficiente para pagar lo exigido y acabar con el sufrimiento de su hijo. Esta es solo una pequeña parte de ese "infierno libio" descrito por cada migrante rescatado en el Mediterráneo.

Esta es la Libia a la que la Unión Europea apuesta por devolver a quienes tratan de llegar a Italia arriesgando su vida en el mar, a través del traspaso de las labores de rescate ejercidas hasta ahora por la Guardia Costera italiana y las ONG a una supuesta guardia costera libia.

Dos grandes cicatrices inflamadas le recuerdan los golpes diarios de las milicias que lo mantenían en cautiverio. El dolor más profundo, detalla, no venía de las armas con las que dejaban en carne viva su hombro y su cabeza. 

El mayor sufrimiento procedía de la voz que le obligaban a escuchar cada día al otro lado del teléfono: "Mi madre lloraba pero no tenía dinero. No podía hacer nada pero oía mis gritos. Me forzaban a llamarla", relata Tagnabou Elvis a bordo del Open Arms.

"Los criminales libios lo hacían cada día, excepto cuando se cansaban de pegar. Como nos golpeaban tanto, había días que estaban agotados y se hartaban de pegarnos", normaliza el joven de Burkina Faso.

No recuerda el número de asesinatos presenciados. "Cada día uno debía morir", sentencia Elvis con entereza. Cuando llegaba la noche al búnker sin ventanas en el que eran hacinadas decenas de personas, "si te llamaban, era mala señal", continúa. "Decían 'ven, ven' y disparaban. Yo vi como mataron a mi amigo. Cuando estás en esa situación, solo dios puede ayudarte, lamenta.

A las llamadas forzadas, las lesiones y el sentimiento de culpa se añadía el ritual de cada día. "Antes de matarles, los violaban delante de nosotros. Les bajaban los pantalones y después los asesinaban", dice tras ser preguntado por posibles casos de explotación sexual. Ninguno de sus compañeros agredidos sexualmente sobrevivió: "Si te violaban debías morir", dice Elvis en el barco español por el que fue rescatado tras su huida de Libia.

En su caso, solo había hombres en la habitación donde él permanecía encerrado.

"Cada día asesinaban a uno delante de nosotros. Antes solían violarle. Todas las semanas traían a gente nueva. Mataban, dejaban hueco, para encerrar a otras personas capturadas", añade el joven burkinés.

Las quemaduras de cigarrillo, las breves descargas eléctricas, los cortes con cuchillos o pellizcos con tenazas son otros de los métodos de tortura a los que se refieren muchas de las personas rescatadas por el Open Arms que atracarán este miércoles en Barcelona. Las mujeres y los hombres muestran señales que su paso por los calabozos libios ha dejado en su cuerpo. 

Algunas de estas provocadas tras las devoluciones realizadas por la supuesta guardia costera libia.

Elvis logró escapar del cautiverio que le mantuvo encerrado durante la mayor parte de su paso por Libia. "El carcelero se emborrachó y se dejó la llave puesta. Huimos todos. Me acuerdo de correr mucho, me quedé solo. Eran las cinco de la mañana. Entonces encontré a la persona que más me ha ayudado, mi padre en Libia", recuerda el burkinés. Se trataba de un hombre libio que, junto a su familia, lo acogió en su casa.

 "Durante un mes, me curó las heridas con agua caliente. Hasta que se frenó la hemorragia", apunta Elvis, quien le contó su necesidad de escapar de Libia. Hasta que la familia debía irse a vivir a Egipto. "Me dejaban su casa de libia para que viviese allí, pero tenía mucho miedo de que volviesen a capturarme las milicias. Al final, él me pagó el viaje a Europa", asegura el joven. Dos semanas después, viajaba sobre una barca neumática con 60 personas a bordo.

Tras siete horas de travesía, observaron a lo lejos un gran barco. Pensaban que se trataba de una patrullera libia. "Sigamos, sigamos", dije a mis compañeros. "Habíamos hablado que si venían los agentes libios a devolvernos nos íbamos a tirar al agua", sentencia. "Es demasiado Libia".

No era una patrullera libia. Era el barco español de Open Arms que este miércoles los desembarca en un puerto seguro. "Si hubiese sido un barco de Libia el que nos hubiese encontrado, todos nosotros estaríamos muertos. Lo habíamos acordado", concluye el burkinés horas antes de tocar por fin suelo europeo."                    (Entrevista a Tagnabou Elvis, Gabriela Sánchez, eldiario.es, 04/07/18)