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31/1/23

Tras incendio del Sabarmati Express, en la estación de Godhra, provocando la muerte de unos 60 peregrinos hindúes, entre ellos 25 niños, durante tres días, frente a la inacción de las fuerzas de seguridad y el Gobierno estadual, se inició una matanza que no excluyó violaciones, saqueos y la destrucción e incendio de cientos de propiedades de musulmanes... cientos de mujeres y niñas sufrieron las formas más aberrantes de violencia sexual para luego ser quemadas vivas

 "Cuando no se cumplían cinco meses de su asunción como Ministro Jefe (gobernador) del Estado de Gujarat, el actual Primer Ministro de India, Narendra Modi, cargaba sobre sí con la matanza de aproximadamente 2.000 indios musulmanes “cazados” por las hordas fascistas de su partido, el Bharatiya Janata Party (BJP, Partido Popular Indio), junto a la fuerza madre del supremacismo hindú, la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) (Asociación Nacional de Voluntarios), responsables, entre otros crímenes, del magnicidio de Mahatma Gandhi.

La razia había comenzado tras un hecho, al menos confuso, que derivó en el incendio del Sabarmati Express, en proximidades de la estación de la ciudad de Godhra, provocando la muerte de unos 60 peregrinos hindúes, entre ellos 25 niños, que viajaban a los templos de Ahmedabad. De esos hechos fueron responsabilizados militantes islámicos e incluso se intentó implicar agentes enviados por Pakistán. Las pruebas que avalan dichas acusaciones jamás fueron aportadas.

A partir de ese momento, y por tres días, frente a la inacción de las fuerzas de seguridad y el Gobierno estadual, se inició una matanza que no excluyó  violaciones, saqueos y la destrucción e incendio de cientos de propiedades de musulmanes. Matanzas que superaron en cantidad y sadismo a las de Nellie en 1983, Delhi en 1984, Bhagalpur en 1989 y Bombay en 1992-1993, que habían sido las más sangrientas hasta la de Gujarat en 2002.

Tras el baño de sangre todos apuntaron a responsabilizar a Modi, dada la pasividad de las fuerzas policiales y la presencia de sus correligionarios en las calles alentando a exterminar a los enemigos de la Hindutva (identidad hindú) el concepto supremacista de los nacionalistas indios, ya que no solo toleró, sino que animó a los fanáticos. En investigaciones posteriores se encontró que se había ordenado a la policía y funcionarios del Gobierno direccionar los ataques con objetivos absolutamente especificados, dando pie a considerar que incluso el incendio del tren había sido un atentado de “falsa bandera” con la clara intención de provocar los desbordes posteriores. Según lo informado por el Tribunal, cientos de mujeres y niñas sufrieron las formas más aberrantes de violencia sexual para luego ser quemadas vivas.

Tras una larga investigación realizada por el Equipo Especial de Investigación (SIT) y ordenada por la Corte Suprema de India en 2012, Narendra Modi fue absuelto de cualquier complicidad con los hechos de violencia. El SIT también negó las afirmaciones, que señalaban al Gobierno estatal por no haber hecho lo suficiente para evitar los disturbios. Un año después surgieron otras acusaciones acerca de que el SIT había ocultado pruebas, lo que tampoco fue atendido.

Las causas respecto al incendio del tren y las matanzas que se sucedieron transitaron diferentes comisiones investigativas y tribunales, alcanzado a condenar a una treintena de personas, pero ninguna que pudiera conectarse directamente con el entonces Ministro Principal.

Los hechos de febrero y marzo del 2002 solo fueron el preámbulo de más conflictos religiosos entre hindúes y musulmanes que dejaron a lo largo de India miles de muertos.

Desde entonces, y tras la llegada de Modi al poder central de India en 2014, las provocaciones y ataques, que en muchos casos terminan en linchamientos y asesinatos contra la comunidad islámica, la primera minoría religiosa del país con más de 220 millones de integrantes, no han dejado de sucederse, informándose, prácticamente a diario, ataques, saqueos y muertos, lo que tiene características de limpieza étnica o, en este caso, religiosa.

Modi también ha articulado políticas estatales de provocación contra la comunidad musulmana como la Ley de enmienda de ciudadanía (CAA), que permite acceder a la nacionalidad india a migrantes indocumentados provenientes de Pakistán, Bangladesh y Afganistán de las minorías hindú, sij, budista, jain, parsi y cristiana, que puedan demostrar ser originarios de alguno de esos tres países, dejando claramente afuera a los musulmanes, incluso a miles de ellos nacidos en India que por no ser registrados al momento de nacer están perdiendo no solo la nacionalidad india, sino que corren el riesgo de ser expulsados de su país.

En 2019 Nueva Delhi anuló el artículo 370 de la Constitución india, con más de 70 años de vigencia, que otorgaba autonomía de estado a Jammu y Cachemira, una región en disputa con Pakistán desde 1947, de mayoría musulmana, que desde la partición ha generado tres guerras y miles de choques fronterizos que producen centenares de muertos.

Más allá de sus antecedentes supremacistas, que lo asocian al nazisionismo, a Trump, Orban y Bolsonaro. Narendra Modi como Primer Ministro de India -dada la potencialidad económica de su país, cuya población se encuentra superando a la de China para convertirse en la más numerosa del planeta, la que lo hace un mercado extraordinario y codiciado para cualquier otra nación del mundo, a lo que se suma su membresía en la alianza económica de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica)- se convierte, en una figura bienvenida y esperada en los foros internacionales y se le recibe con expectativas en sus visitas oficiales a cualquier país, por lo que nadie está dispuesto a recordarle sus “pecadillos” de lesa humanidad contra la comunidad musulmana.

Instrumentos de la memoria

Más allá del blindaje político, diplomático y mediático del que usufructúa Modi, de pronto surgen voces, ecos del pasado que lo señalan como un genocida y de eso trata The Modi Question, el documental en dos episodios que ha exhibido la BBC, el primer capítulo el 17 de enero y el segundo el día 24. Documental que se centra en el rol de Modi durante la masacre de Gujarat en 2002 y que además indaga en su carrera en el Bharatiya Janata Party, según ellos el partido político más grande del mundo superando al Partido Comunista Chino, hasta alcanzar a convertirse en el Primer Ministro Jefe de Gujarat.

La investigación de la BBC halló memorándums reservados en los que se detalla la conducta de Modi que en su momento había recibido fuertes críticas por parte de gobiernos occidentales, entre los que se incluye el británico, donde se encontró que los hechos de Gujarat tenían todos los componentes de una limpieza étnica.

Modi, desde hace décadas, ha sido acusado de complicidad en la violencia de Gujarat, aunque parece incombustible, ya que a partir de su llegada al poder en 2014 se ha desarrollado un culto a la personalidad o vyakti puja, solo comparable al de Hitler, Mussolini o Franco, el cual no solo se reduce al renombrar calles, estadios con su nombre o gigantografias con su imagen, en rutas, estaciones de tren o aeropuertos. Llegando al punto de que durante la pandemia los certificados de vacunación tenían grabada la fotografía de Modi.

Así, para evitar la exhumación del horroroso pasado de Modi con la serie británica, Nueva Delhi, ha prohibido de plano su exhibición invocado leyes de emergencia.

Según el Gobierno indio, el documental es “una pieza de propaganda diseñada para impulsar una narrativa particular desacreditada”. Además se refiere a la falta de objetividad y la mentalidad colonialista “que persistenten y son descaradamente visibles”. También el documental fue objetado en una declaración firmada por 300 exmagistrados, funcionarios y figuras prominentes del país que acusaron a la BBC de impulsar una agenda imperialista y constituirse en juez y jurado para resucitar las tensiones entre hindúes y musulmanes.

Al mismo tiempo el Ministerio de Información y Radiodifusión de la Unión India ordenó que no se emitan segmentos apoyándose en normativas del 2021, las que permiten la censura en caso de emergencia. Al mismo tiempo se ordenó a Twitter y YouTube que se eliminen las cuentas que transmitieron esos segmentos, basándose en que se estaba socavando la soberanía y la integridad de India con acusaciones infundadas que transmiten basura anti-India, disfrazada de información. A lo que la BBC respondió que su documental “fue investigado rigurosamente de acuerdo con los más altos estándares editoriales”.

Leyes como las que han permitido este acto de censura son las que han hecho descender a India en el Índice Mundial de Libertad de Prensa de Reporteros sin Fronteras del puesto 140 en 2013 al 150 en 2022, en un improbable intento de detener el pasado."                       (Guadi Calvo , Rebelión, 26/01/2023)

22/4/22

En unos instantes estas mujeres, niños y hombre vietnamitas serán asesinados por los soldados de EEUU... después de la violación masiva de niñas y mujeres... Las acusaciones de violaciones de las mujeres ucranianas cometidas tanto por el batallón neonazi de Azov y otros mercenarios fascistas y lumpen reclutados de todo el mundo como por las tropas rusas deben ser investigadas por la ONU

Mujer y niña vietnamita no identificadas antes de ser asesinadas en la masacre de My Lai.- Ronald L. Haeberle/ WikiCommons

 "En unos instantes estas mujeres, niños y hombre vietnamitas serán asesinados por los soldados de EEUU. La fotografía congela la rabia, la tristeza y la desesperación en el rostro de la mujer mayor, a la que unas manos le sostienen por detrás para contenerla o quizás tranquilizarla. Parece que se ha puesto delante del resto para protegerles de la agresión de los militares. Una muchacha aterrorizada abraza a un hombre. A la derecha, una adolescente sujeta a un niño en el brazo mientras abotona su blusa negra.

Durante años, esta fotografía -tomada 18 de marzo de 1968 en la aldea My Lai por el sargento y también reportero del ejército Jay Roberts y publicada por la revista Life- fue objeto de debates, aunque casi siempre centrados en las emociones que transmite la mirada de la mujer de rojo, la angustia de la niña y el estupor del bebé. Pero ¿Qué pasaba con la muchacha de la blusa negra? ¿Por qué, a pesar de estar apuntada con una metralleta y una muerte segura, se preocupaba por tapar su cuerpo?

La respuesta llegará años después cuando Roberts empieza a revelar el macabro secreto que el gobierno de EEUU había ocultado en su agresión militar contra el pequeño gran Vietnam:

Eran las ocho de la mañana cuando los soldados irrumpieron en la aldea My Lai, de unos 500 habitantes dedicados al cultivo de arroz, en busca de partisanos del Vietcong (o V.C, así llamaban en EEUU al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del sur). No encontraron a ninguno y, frustrados, durante cuatro horas se desahogaron con los aldeanos: los torturaron y los mutilaron para luego matarlos y quemarlos, incluido a los niños, confiesa Roberts: repetían a gritos "V.C. Boom Boom", "V.C. Boom Boom" (término utilizado por los invasores para referirse a las mujeres prostituidas y también a las guerrilleras vietnamitas, que estaban trabajando en el campo). Roberts en ningún momento menciona las violaciones cometidas por las tropas de EEUU en aquellas interminables horas: ¡El honor militar de los soldados se mancharía por la revelación de este crimen, pero no por haberlo cometido!

Fue gracias al trabajo de investigación del periodista estadounidense Seymour Hersh que en 1972 se supieron algunos detalles de aquella atrocidad recordados por unos pocos supervivientes de My Lai, entre ellos un niño de 11 años: los soldados abordaron a un grupo de mujeres, incluida una adolescente, llamándolas "putas del Vietcong", mientras otro militar gritaba "estoy cachondo" y que iba a "ver de qué estaba hecha" la joven. Cuando comenzaron a tirar de su blusa para desnudarla, la mujer mayor, quizás su madre, les mordió las manos, les dio patadas, "luchó con dos o tres hombres a la vez", tratando de impedírselo, sin éxito: desnudaron a la niña y la agredieron sexualmente. Luego las mutilaron (había cuero cabelludo de una de las víctimas entre los enseres de uno de los soldados, entre otros "trofeos"), las mataron y lanzaron granadas sobre sus cuerpos.

La masacre de My Lai ha sido tratada como una atrocidad, un crimen en masa contra civiles, pero nunca como un acto de agresión y violación masiva contra niñas y mujeres. Tras aquella investigación se registraron una veintena actos de violación y torturas sexuales, basados en el testimonio de testigos oculares, con víctimas de entre los 10 y los 45 años.

Los estados, los ejércitos y la propia sociedad víctima han intentado ocultar o minimizar las violaciones en las guerras. 

Continúan las violaciones

Las acusaciones de violaciones de las mujeres ucranianas cometidas tanto por el batallón neonazi de Azov y otros mercenarios fascistas y lumpen reclutados de todo el mundo como por las tropas rusas deben ser investigadas por la ONU, separando la propaganda de guerra de una realidad que se repite una y otra vez en las contiendas bélicas. Miles de mujeres ucranianas, pobres entre los más empobrecidos de esta nación, ya antes de la guerra eran objeto del crimen organizado internacional que las secuestraba (de mil maneras) para introducirlas en la industria de la prostitución y en la del tráfico de fetos bajo el macabro nombre de "vientre de alquiler".

Mientras, las fotos tomadas por los propios soldados violadores angloestadounidenses de sus repugnantes actos en Irak y Afganistán están siendo eliminadas en internet: ellas eran y siguen siendo simples "daños colaterales" de los indecentes intereses de las élites gobernantes vendidos a la opinión pública como "misiones humanitarias", "salvar al planeta del terrorismo", etc. 

La película-documental Redacted (Brian De Palma, 2007), narra la historia real de la violación en grupo de una niña iraquí de 12 años en 2006 por el sargento estadounidense Steven Dale Green y sus cuatro compañeros: luego prendieron fuego a toda la familia y "se fueron a comer hamburguesa" confesó uno de los energúmenos. Las agresiones sexuales como método de combate continuaron incluso en el Guantánamo, que sigue abierto, mientras ningún organismo ha investigado lo que sucede en otros centros de secuestro de la OTAN (pues, todos los países de la Alianza han sido cómplices de EEUU) en Rumanía, Lituana o Polonia.

En la invasión de Kuwait por Irak en 1990, al menos cinco mil kuwaitíes fueron violadas. En Yugoslavia, Libia, Yemen, Sudán y otros países destrozados en las disputas internacionales, cientos de miles de niñas y mujeres (y también hombres) han sido abusadas sexualmente por los soldados de diferentes bandos y también por los grupos terroristas como Daesh, al tiempo que las tropas de la OTAN militarizan la prostitución

 Estos soldados, presentados como abnegados discípulos demócratas de Platón cuya misión es repartir libertad por el mundo, solo en Irak y Afganistán tienen unas cinco mil denuncias por sus propias compañeras soldadas que se atrevieron a hablar del calvario pasado en las bases militares: habían sido violadas, a veces en grupo, por sus compañeros de armas. En agosto de 2021, se publicó que cuatro soldados británicos de la OTAN "intentaron violar a dos reclutas (¿hombres?) de la 36ª Brigada de Infantería de Marina de las Fuerzas Armadas de Ucrania". ¿Qué no harían a los civiles indefensos de los países que ocupan?

El libro The Private War of Women Serving in Iraq (La guerra privada de las mujeres que sirven en Irak) recoge el testimonio de 40 de soldadas agredidas sexualmente por sus compañeros, cuando estuvieron en la antigua Mesopotamia para conseguir diez objetivos no confesados. La militar Juliet Simmons fue violada por sus compañeros y tras la denuncia fue expulsada del ejército, perdiendo el derecho a nuevos empleos, a la Seguridad Social y el acceso al crédito bancario.

Durante la agresión de la OTAN a Yugoslavia, el primer ensayo del timo de la guerra humanitaria, los medios de masa occidentales en un primer momento acusaron a los serbios de haber asesinados a medio millón de bosnios ("musulmanes", aliados de EEUU) y de la violación a miles de sus mujeres. 

Luego bajaron la cifra de los asesinados a 2.130 personas (que incluso si fuera una sigue siendo un horror), mientras guardaban silencio sobre los crímenes sexuales que la rama Al Qaeda (grupo de mercenarios fundado por EEUU en 1978) y el Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) cometían contra las serbias: la confesión de Bekirn Mazreku, miembro de UCK sobre lo que hizo él y su grupo en Bosnia en 1998 y lo parecido del "escenario" a My Lai revela la naturaleza común de esta barbarie: secuestraron a un centenar de serbios y los trasladaron en camión a un campamento, donde su comandante Gani Krasnichi les ordenó torturar a los hombres y violar a las mujeres y niñas.

 Luego, seleccionó a tres niñas, entre 12 y 15 años, y las violaron. Les pudieron identificar después porque este delincuente recordaba que una anciana una desde el grupo al que habían ordenado estar de pie y mirar aquel terror gritaba el nombre de una de ellas: Yovana. "Todos gritaban y lloraban. Luego, las mutilamos y les disparamos", narra el mercenario con la frialdad de los mercenarios profesionales (¡ahora los llaman "contratistas"!), que hoy están sustituyendo a los ejércitos clásicos. 

Este grupo terrorista de corte medieval, después de ayudar a la OTAN a desmantelar Yugoslavia, se instaló en el diminuto Kosovo, donde, curiosamente (o no), EEUU cuenta con base militar más grande del mundo, con un centro de detención ilegal, parecido a Guantánamo.

Los medios, vinculados al poder, silencian estas atrocidades mientras  televisan otras: es el caso de las mujeres izadíes kurdas de Irak, violadas por la sospechosa organización Estado Islámico, que justificó la "intervención humanitaria" del imperialismo en la estratégica Siria: el resultado no fue "la liberación de las mujeres", sino instalar, por primera vez en la historia, bases militares en este país, al que ha desgarrado.

Se desconoce cuántas de ellas han sido asesinadas. Se han descubierto varias fosas comunes con decenas de cadáveres de mujeres de este grupo étnico-religioso, reconocidas por su indumentaria de colores. Tampoco se sabe cuántas se han quitado la vida después de la agresión, ni tampoco la suerte que corrieron los hijos fruto de estas agresiones: "si deja a su hijo en el campamento, podrá regresar a casa", dijo el padre de una joven siria secuestrada y convertida en esclava sexual. ¿Qué culpa tienen los hijos para convertirse en otras víctimas de esta barbarie cometida por los adultos?

El responsable de estos actos, además del individuo delincuente, es el Estado al que pertenece: la violación es un arma de guerra: golpea el "hombrillo" de los hombres enemigos, desgarra la familia y la comunidad, deja en las mujeres graves lesiones físicas y psicológicas y un posterior embarazo o enfermedad que condiciona toda su vida.

La violación no es un abuso primitivo inherente a las guerras, sino un sofisticado y complejo crimen de género contra la humanidad. A nivel individual, es también el resultado de una educación que en tiempos de paz ve a la mujer como una posesión masculina con la que puede hacer lo que quiera. Incluso los textos sagrados de las religiones semíticas (La Biblia y el Corán) consideran a la mujer como botín de guerra, junto al ganado y los objetos valiosos, para los hombres invasores.

La guerra es la suma de todo tipo de violencia que puede sufrir una mujer.  ¡No a la guerra, a ninguna y bajo ninguna bandera y concepto!"                                ( Nazanín Armanian , Público, 20/04/22)

2/10/18

Una élite de EE UU criada en excesos, alcohol y machismo. Las acusaciones de abusos sexuales contra Brett Kavanaugh, el juez nombrado por Trump al Supremo, ponen el foco en el ambiente estudiantil en que se forman ciertos líderes

"El privilegio se respira en este colegio, que se extiende por 38 hectáreas de césped perfectamente cortado y cuenta, entre otras instalaciones, con un campo de golf de nueve hoyos, pabellón de baloncesto, cuatro canchas de entrenamiento, campos de béisbol, de lacrosse, de fútbol y de fútbol americano, así como pista de atletismo cubierta, piscina olímpica, zona de trampolines y un estudio de grabación profesional. 

En la escuela de secundaria Georgetown Preparatory, enraizada en la tradición jesuita, cada clase comienza con una oración y la matrícula se paga a más de 32.000 euros, casi el doble para los internos. Situada en la zona de Maryland limítrofe con Washington DC, una de las más ricas del país, el centro lleva, como recuerdan los carteles repartidos por su perímetro vallado, formando “hombres para los otros desde 1789”.


Aquí pasó su adolescencia Brett Kavanaugh, el hombre designado por Donald Trump para juez del Supremo y que el jueves, entre lágrimas y muecas de rabia, compartió con todo el país sus intimidades de la época. Lo que sucedió o no sucedió una noche de verano en esos tiempos, en los que Christine Blasey Ford acusa al juez de haber intentado violarla, sigue copando el debate nacional.

Otra mujer, Deborah Ramírez, acusa al juez de haberla agredido sexualmente en la universidad de Yale, donde ambos estudiaron. Y una más, Julie Swetnick, de haber estado presente cuando la violaron en una fiesta de secundaria. A ellas se suma otra denuncia anónima. 

Todas tienen en común un contexto de ingesta de alcohol que muchos describen como irrespetuoso con las mujeres. Las acusaciones contra Kavanaugh, que él engloba en una campaña de difamación orquestada por los demócratas, han vuelto a poner el foco en la cultura de excesos y de abuso a las mujeres en los exclusivos centros donde se forman las élites del país.

“El modelo de doctor Jeckyll y míster Hyde es algo muy común en esos ambientes”, asegura Terry MacMullan, profesor de Filosofía de la Eastern University de Washington, que se graduó en Georgetown Preparatory en 1990, siete años más tarde que Kavanaugh.

 “Chicos estudiosos, educados, píos en la iglesia… pero tocabas un botón en su cabeza y, cuando se iban de fiesta, se convertían en otros”. MacMullan señala dos factores que pueden explicar esa especie de “psicosis”. “Allí, las pasiones eran exageradamente altas”, explica. “En lo académico, todo el mundo se esforzaba al máximo. 

No querías un notable, querías la mejor nota. En el campo deportivo, igual. Era un anhelo constante de excelencia. Y, al desaparecer la presión, eso se replicaba en comportamientos extremos cuando estabas de fiesta. No valía con beber unas cervezas, tenías que beber hasta vomitar y luego seguir bebiendo. Era todo al límite, y eso te llevaba a verte involucrado en comportamientos muy extremos y destructivos”.

El segundo factor tiene que ver con una determinada concepción de las mujeres. “Pesaba una idea arraigada en el catolicismo de que las mujeres o son bellas y perfectas, como la virgen María, o son Jezabel”, explica. “No había chicas en el colegio, solo hablábamos de ellas, eran algo mítico. Les negábamos la oportunidad de ser personas. Eran solo el objeto de nuestros sentimientos, de nuestros deseos”.

Una lacra extendida


En una consulta encargada por 27 universidades que constituyen la élite de la educación superior estadounidense y respondida por más de 1.500 alumnos, el 26% de las estudiantes declaró haber sido víctima de abusos sexuales mediante fuerza, amenazas o incapacitación (con drogas o alcohol). El 16,5% afirmó haber sido violada. Se trata de números algo más altos que los registrados en el mismo estudio hace dos años (23% y 10%, respectivamente).

Si se incluyen los intentos de agresión, como el que Christine Blasey Ford denuncia, una de cada tres estudiantes que participó en la consulta aseguró haber sido víctima en algún momento de su carrera. En cuanto al acoso sexual, entendido como un “comportamiento que interfiere en el rendimiento académico de la víctima o crea un entorno de trabajo intimidatorio”, el 62% dice haberlo sufrido en algún momento de su carrera.

El porcentaje de víctimas que acude a las autoridades universitarias a denunciar los abusos es bajo, según la encuesta realizada por la empresa Westat. En el caso de la violación es un 25,5%, pero solo denuncia una pequeña parte de las víctimas de tocamientos con fuerza física (7%) o incapacitación (5%). La principal razón que alegan para no haber denunciado es que no consideraban que era lo suficientemente grave.

MacMullan, que advierte de que “no era una cultura monolítica” y apunta que la cosa cambió cuando en 1986 se elevó la edad mínima de consumo de alcohol, es uno de los 300 exalumnos de elitistas escuelas privadas de la zona que han firmado una carta abierta a Ford. “Te creemos”, le escriben. “Hemos escuchado tu historia y a ninguno nos sorprendió. Es la historia de nuestras vidas y de las vidas de nuestros amigos”.

En medio del revuelo, el presidente del colegio, el reverendo James R. Van Dyke, escribió una carta a la comunidad escolar en la que admitía que es hora de “hablar honesta y francamente” con los alumnos “sobre el respeto a los otros, especialmente a las mujeres y a otras personas marginadas”. Es hora, añadió, de promover “una comprensión saludable de la masculinidad, en contraste con muchos de los modelos culturales y caricaturas que ven”.

Georgetown Preparatory podía sacar pecho en la era Trump. El hombre que colocó el presidente al frente de la Reserva Federal, Jerome Powell, es antiguo alumno. También los serán, si el pleno del Senado aprueba el nombramiento de Kavanaugh, dos de los nueve jueces del Supremo. Y cuatro de ellos son licenciados en Yale, la prestigiosa universidad del Estado de Connecticut en cuya facultad de Derecho ingresó Kavanaugh en 1983.

Las fraternidades son incubadoras de ambiciones y Kavanaugh se unió a la Delta Kappa Epsilon (DKE), fundada en 1844, entre cuyos ilustres miembros se encuentran George Bush padre e hijo. Los hermanos de la fraternidad son conocidos como los “meat heads” ("cabezas de carne"), comenta Dan, que prefiere no dar su apellido y que estudió en Yale antes de que surgiera el movimiento contra los abusos sexuales en las universidades. “Les llaman así porque eran una panda de brutos”, explica. “A las estudiantes les daba miedo acercarse a sus fiestas. Se bebía mucho”.

La fraternidad está ahora prácticamente desmantelada. Una de sus dos propiedades, situada a menos de cinco minutos andando de la escuela de Derecho, acaba de ser reconvertida en residencia para estudiantes. “La vendieron antes del verano”, señala una inquilina. La fraternidad no anuncia ya actividades. En el campus explican que se debe a las múltiples denuncias que hay contra sus miembros. DKE ya fue objeto de una sanción, por la que la universidad cortó vínculos con la fraternidad durante cinco años, esperando un cambio de conducta y de cultura.

El juez llegó a Yale 15 años después de que se permitiera el acceso de las mujeres a la facultad. “Todo es muy diferente ahora”, asegura Joyce Maynard, que se matriculó por primera vez en Yale en 1971, pero tuvo que abandonar la carrera en el segundo curso. A los 64 años de edad ha vuelto a intentarlo. Lo que vio el viernes en televisión, asegura, “representa el pasado”. “Ahora la mitad de las estudiantes son mujeres y hay mucha diversidad”, explica. “Eso contribuirá a que Yale deje de ser vista como una escuela solo de machos y reservada a las élites”.           (Pablo Guimón, Sandro Pozzi, El País, 01/10/18)

20/9/18

Para llegar al tabú más grande que hay en nuestra cultura, matar a una persona, primero tienes que convertirla en el enemigo. En un ser que ya no es humano. Eso es justo lo que hace el nacionalismo. Deshumanizar...

"(...) De todos los crímenes de guerra de los que ha hablado en su libro, aparte de las violaciones y matanzas, me impactaba que les cortaran los testículos a los hombres.

Cito un artículo que se escribió, pero no puedo asegurar que fuese cierto. Aunque a los hombres también los violaron en la guerra. Eso sí que se supo. Pero lo relevante es que en nuestra guerra las mujeres han hablado de las violaciones que sufrieron más que en ninguna otra, porque en todas las guerras violan a las mujeres. 

En Yugoslavia, en los campos de concentración serbios, se violaron entre veinte y sesenta mil mujeres mayoritariamente musulmanas. También violaron a croatas y también violaron los croatas. Ahí no hay manos limpias.

De todo esto se reunió información muy pronto, cuando se creó el Centro para las Víctimas de la Guerra en Sarajevo. Aparte, la de Yugoslavia fue la guerra de la que más hablaron los medios y la que más detallaron. Lo fascinante es que con estas declaraciones que hicieron tantas mujeres se adoptó la ley que dice que la violación es un crimen de guerra.

 Creo que fue en 2001 cuando lo aceptó la ONU. Lo explico en el capítulo «Los chicos solo estaban de cachondeo». Ahora imagínatelos, en La Haya les está juzgando una mujer y además es negra. Eso debe ser un choque muy brutal para ellos.

Violar fue parte de la limpieza étnica. El significado de las violaciones estaba en intentar avergonzar a los hombres porque no habían sido capaces de protegerlas. Es un acto tan primitivo y tan bárbaro… En esas guerras nuestras de lo que se trataba era de dominar el territorio, un tipo de guerra brutal para producirse a finales del siglo XX

Y les salió bien la limpieza étnica, porque la gente que la sufrió nunca ha vuelto a sus tierras. Así se ha quedado Bosnia, desestabilizada y poco funcional como país.

¿Pudo evitarse la guerra?

Es una pregunta muy complicada. Nosotros no estábamos en el bloque, éramos los mejores candidatos para entrar en la Unión Europea. Nuestro estándar era alto, era un sistema comunista más liberal, se nos permitía viajar… En general, ya estábamos con un pie en Europa y lo que nos pasó fue un shock. Y somos los únicos responsables.

Hay una tesis que es paradójica sobre lo que pasó. Los países del bloque tuvieron sistemas más duros y por eso allí los movimientos de oposición fueron mejores que en Yugoslavia, donde el autoritarismo era más suave. Cuando empezaron los problemas, los únicos preparados para enfrentarse al Estado eran los nacionalistas. 

Pero no creo que ninguno de ellos tuviera en mente la guerra. Ni Milošević, no entraba en sus planes. El nacionalismo era la única vía que tenían para mantenerse en el poder y se les fue de las manos en un momento en el que no había ninguna oposición democrática.

El nacionalismo serbio empezó en Kosovo, no fue en Croacia ni en Bosnia. Como reacción, luego sí que se formaron movimientos nacionalistas en Croacia y en Bosnia. Eslovenia salió como una víctima colateral de toda la historia. 

Nosotros somos los culpables de todo por no haber sido capaces de construir una oposición democrática. Simplemente, no tuvimos un Václav Havel y punto. Este sería el resumen más corto que puedo hacer.

En Eslovenia hubo algo de sociedad civil, pero lo que a mí me interesa es con qué ligereza todos esos intelectuales, periodistas y escritores, la élite completa, se pasó al nacionalismo. Pero, bueno, la característica principal que definía a la sociedad de aquella época era el oportunismo y actuaron en consecuencia.

Lo que la gente en España tiene que entender es que la guerra no pasa de hoy a mañana, hay que prepararla. Requiere preparación psicológica, tienes que asegurarle a la gente que tiene un enemigo que va a por ellos, que están en peligro y que es legítimo luchar contra ellos. Este proceso necesita tiempo, en Yugoslavia fueron cinco años por lo menos. No fue de un día para otro.

Como he dicho antes, para llegar al tabú más grande que hay en nuestra cultura, matar a una persona, primero tienes que convertirla en el enemigo. En un ser que ya no es humano. Eso es justo lo que hace el nacionalismo. Deshumanizar. Sin legitimar la violencia la gente no se lanza a la acción, pero una vez que corre la sangre ya no se puede parar.

¿Ve algo así posible aquí?

Todo es posible en todas partes. Erdogan cuando empezó también era muy demócrata y ahora es un dictador. Nosotros en Balcanes hemos aprendido que la historia también puede involucionar. Si aquí nadie para el nacionalismo, claro que es posible que haya aquí una guerra. (...)"          (Entrevista a Slavenka Drakulić , El País, Jot Down

27/9/17

Violaciones de mujeres alemanas por parte de soldados americanos

"(...) Estados Unidos

En Taken by Force, J. Robert Lilly estima en 11.040 el número de violaciones cometidas por soldados de los Estados Unidos en Alemania.26 Como en el caso de la ocupación de Francia después de la invasión del Día D, la mayoría de violaciones por parte de estadounidenses en la Alemania de 1945 eran violaciones en grupo cometidas por militares a punta de pistola.

Los estadounidenses tenían políticas para no fraternizar en territorios enemigos, y la frase «copular sin conversar no es fraternizar» se convirtió en un lema de las tropas estadounidenses. El periodista Osmar White, un corresponsal de guerra australiano que acompañó a las tropas estadounidenses durante la guerra, escribió:
Después de que la lucha pasase en tierras alemanas, hubo muchas violaciones por parte de las tropas de combate y por las que inmediatamente las seguían. La incidencia variaba de unidad a unidad según la actitud del oficial al mando. En algunos casos los delincuentes eran identificados, juzgados por tribunales militares, y castigados.
La rama legal del ejército era reticente, sin embargo admitió que algunos soldados habían sido fusilados por ofensas sexuales brutales o pervertidas contra mujeres alemanas, particularmente si los soldados eran negros.
No obstante, se que es un hecho que muchas mujeres fueron violadas por estadounidenses blancos. No se tomaron medidas contra los culpables. En un sector circuló un informe que citaba que un cierto comandante muy distinguido hizo el chiste «La copulación sin conversación no constituye fraternidad».

Francia

Las tropas francesas tomaron parte en la invasión de Alemania, y una parte de la zona ocupada fue asignada a Francia.

Según Perry Biddiscombe, los franceses cometieron «385 violaciones en el área de Constanza; 600 en Bruchsal; y 500 en Freudenstadt». Soldados franceses hicieron una «orgía de violaciones» en el distrito de Höfingen, cerca de Leonberg.34

 Según Norman Naimark, con respecto a las violaciones, las tropas francesas de Marruecos se comportaban igual que las soviéticas, en particular durante el principio de la ocupación de Baden-Wurtemberg. (...)"                   (Wikipedia: crímenes de guerra de los aliados)

22/6/16

El general Hisao Tani, jefe de la 6ª división imperial japonesa, violó a 20 mujeres en la masacre de Nankín

"La masacre cometida por las tropas imperiales japonesas en la ciudad china de Nankín es uno de los episodios más terribles, abominables y controvertidos de la larga contienda que en Asia se superpuso a la II Guerra Mundial tras precederla. 

Cuando los panzers alemanes invadieron Polonia en septiembre de 1939 China ya hacía ocho años (desde la ocupación de Manchuria en 1931) que se desangraba víctima de la invasión japonesa y de la guerra de tintes raciales y genocidas que libraba el ejército del emperador Hirohito y que costó la vida a 10 millones de chinos. 

En ese contexto, la matanza perpetrada tras la caída el 13 de diciembre de 1937 de la entonces (desde 1928) capital de la República China, entre los gritos victoriosos de ¡banzai!, alcanzó unas cimas de horror, salvajismo y depravación que resultan escalofriantes incluso en una época que vería los espantos de Auschwitz y el frente ruso.

Uno se queda perplejo —además de horrorizado— ante la demoniaca orgía de crueldad a la que se libraron las tropas niponas en la ciudad capturada tras una breve resistencia y que ha pasado a la historia como la Violación de Nankín.

 Según los testimonios, durante seis semanas en Nankín, contraviniendo todas las leyes de la guerra, los soldados, con la complacencia y a menudo las órdenes de sus mandos, asesinaron a más de 100.000 chinos (el historiador Antony Beevor da la cifra de 200.00, 300.000 en otras fuentes, más que las víctimas de Hiroshima y Nagasaki juntas), entre soldados prisioneros y, sobre todo, civiles, incluidos ancianos, mujeres y niños. 

Lo hicieron con una inquina y un sadismo que de entrada resulta incomprensible en el ejército de una nación civilizada: rociaron de gasolina y quemaron vivas a sus víctimas, las enterraron vivas, las decapitaron, las mutilaron, despedazaron, aplastaron con tanques y vejaron de las maneras más atroces y retorcidas. Muchos cuerpos fueron arrojados al río Yang-Tsé o a los perros. 

Los testigos —supervivientes, corresponsales japoneses y extranjeros, la comunidad internacional de la ciudad, incluidos súbitos alemanes— relatan cómo los militares japoneses destripaban a las embarazadas, les arrancaban los fetos y los lanzaban al aire para ensartarlos en las bayonetas; cómo violaban en grupo a mujeres de todas las edades y niñas (entre 20.000 y 80.000) y luego les introducían ramas, bambús o sus armas, y hasta palos de golf y petardos, en la vagina; cómo obligaban a los hombres a tener sexo con mujeres de su propia familia y después los empalaban y castraban… 

No fue cosa solo de la soldadesca: el general Hisao Tani, jefe de la 6ª división imperial fue considerado culpable de violar a 20 mujeres en Nankín. En una competición de bestialidad, dos oficiales japoneses llegaron incluso a retarse a ver quién era capaz de llegar antes a la cifra de 100 decapitados con sus espadas de samurái, un concurso de cortar cabezas del que se hizo eco la prensa de Japón como si se tratara de un torneo deportivo.

Ahora acaba de aparecer en España un libro de referencia sobre aquel infierno en la tierra. Se trata de La violación de Nankín (Capitán Swing), de Iris Chang, que se publicó originalmente en 1997 y que es a la vez una obra de historia, un alegato contra el olvido que han padecido las víctimas y una denuncia de la actitud japonesa hacia ese pasado que la sociedad y el Gobierno del país del sol naciente han tratado mayoritariamente de ocultar o negar envolviéndose a menudo en un manto de victimismo. 

Chang, estadounidense de padres chinos emigrados para huir de la guerra, escribió el libro a fin de preservar la memoria de los muertos, devolverles su dignidad, informar al mundo de ese capítulo generalmente tan desconocido de la historia universal de la infamia —ella decía que la matanza de Nankín debería ser tan conocida entre los jóvenes como la historia de Ana Frank— y obligar a Japón a aceptar de una vez sus responsabilidades, morales, legales y económicas (Japón no ha pagado ni un 1 % de lo que ha desembolsado Alemania a sus víctimas). Los fantasmas de Nankín, como señala Chang, todavía condicionan las relaciones chino-japonesas.

Chang, como explica el que fue su marido y padre de su hijo autista en un epílogo tan conmovedor como insólito en la nueva edición de 2011 del libro, se suicidó en 2004, con 36 años, tras padecer problemas mentales —trastorno bipolar— y sufrir un delirio de persecución que le hizo creer que existía una conspiración de la administración Bush para matarla. Hasta qué punto influyó en su trastorno el arduo y pesaroso trabajo de documentación de la masacre (incluidas las entrevistas a supervivientes), las negaciones oficiales y las amenazas contra su persona, es algo sobre lo que solo podemos elucubrar.


En La violación de Nanking, Chang pasa revista a los acontecimientos con minuciosidad científica pero sin ocultar su espanto y su indignación (ofrece datos como que la sangre derramada en Nankín pesaría 1.200 toneladas, o que los cuerpos de los supliciados llenarían 2.500 vagones de tren y alcanzarían apilados la altura de un edificio de 72 plantas).

 Es en ese sentido un libro extraño y apasionante en el que se hibridan una extraordinaria capacidad para la investigación y el análisis histórico (todo lo que se asevera está minuciosamente certificado por testimonios y referencias bibliográficas de especialistas) y una profunda y comprometida humanidad. Para Chang, la masacre de Nankín es nada menos que “el Holocausto olvidado de la II Guerra Mundial” —así reza el subtítulo del libro— y ante ella los japoneses deberían posicionarse como hicieron los alemanes con el genocidio nazi: reconociendo la culpa colectiva en ese y otros capítulos negros de su comportamiento en la contienda, como el uso de armas químicas y bacteriológicas, los experimentos con humanos, el maltrato de los prisioneros Aliados o el reclutamiento forzoso de mujeres para convertirlas en prostitutas del ejército.

Según Chang, la diferencia de actitud tiene mucho que ver con que, por razones geoestratégicas, EE UU estuvo interesado en pasar rápido hoja con Japón por el interés en frenar el comunismo en Asia. De ahí que, en aras de la estabilidad, se mantuviera a Hirohito en el trono pese a la evidencia de su conocimiento si no responsabilidad directa en crímenes de guerra como el de Nankín (uno de los generales de las tropas que perpetraron la matanza, recalca Chang, era el príncipe Asaka, su tío). 

Hubiera sido difícil concienciar a los alemanes de su culpa sin castigar a la cúpula hitleriana. Por otro lado, las atrocidades nazis y su omnipresencia en el discurso histórico sobre la II Guerra Mundial han hecho que las que cometió el ejército japonés hayan quedado a menudo en segundo plano.

Más allá de las responsabilidades políticas y la determinación histórica exacta de los hechos, subyace a la matanza de Nankín una pregunta que tiene que ver con las raíces mismas de la maldad. ¿Cómo es posible que los japoneses hicieran eso? Según algunos estudiosos, parecería que la cultura japonesa, embebida en el código tradicional del Bushido, el camino del guerrero, y su mística (alguien escribió que el Bushido es la búsqueda de un lugar donde morir) fuera proclive a los excesos y la violencia militar, ya se trate de las marchas de la muerte, el canibalismo ritual de prisioneros, su vivisección o los ataques kamikaze. 

Chang opina, sin embargo, en sintonía con investigadores como Laurence Rees (El holocausto asiático, Crítica, 2009), que cualquier explicación que apele a rasgos característicos japoneses, a una predestinación étnica o nacional, falsea el problema porque en el fondo está justificando y desculpabilizando a los autores de los crímenes. En realidad, sostiene, los japoneses son como cualquier hijo de vecino y tan proclives a la barbarie (o a la poesía) como lo somos todos —estupendo retrato de esa dicotomía japonesa aparece en la reciente novela sobre la bárbara construcción del ferrocarril de Birmania El camino estrecho al norte profundo, de Richard Flanagan (Penguin Random House, 2016)—. 

E igual de responsables. Cualquier pueblo sometido a un Gobierno y unos dictados como los que tuvo el Japón de los años treinta, señala, podría haber hecho lo mismo (como de hecho lo hizo. Ahí está la Alemania nazi). El culto ciego al Emperador, considerado una divinidad, la presión totalitaria y racista de los extremistas de derechas sobre la sociedad y una educación militar espartana que exaltaba la brutalidad incluso sobre los propios soldados (a los que se golpeaba y vejaba continuamente como parte de su adiestramiento) y proclamaba que rendirse era un deshonor (los aliados se rendían a un promedio de 1 prisionero por cada tres muertos, los japoneses a razón de 1 por cada 120) condujeron a los crímenes de Nankín y los demás que cometió el ejército japonés. Un ejército deshumanizado que en China se adiestraba clavando sus bayonetas en prisioneros chinos a los que se presentaba como inferiores a los cerdos.

No hay nada irreductible en el alma japonesa que la incline a la crueldad, pues, sino circunstancias ideológicas e históricas que crean el marco adecuado. Sin necesidad de remitirse a las tropas nazis o soviéticas, los mismos soldados estadounidenses, fueran los voluntarios de Chivington en Sand Creek o la sección de William Calley en My Lai, han dado pruebas históricamente de ser capaces de atrocidades semejantes a las de Nankín, incluyendo la confección de macabros souvenirs con el sexo de las mujeres asesinadas.

Pese a no ser algo excepcional en la atroz forma japonesa de hacer la guerra, ni en la propia historia de la guerra, Nankín sí lo es por la escala. Y por la empecinada negativa de una gran parte de la sociedad de Japón a aceptar la evidencia de una matanza que se hizo a la vista del mundo y cuyas víctimas siguen clamando que se las escuche. Mientras eso no suceda y persista la “amnesia colectiva”, como denunciaba Chang, el olvido será “una segunda violación”.               (Jacinto Antón, El País, 22/05/16)

29/2/16

Primera condena en Guatemala por crímenes sexuales en la guerra

"El primer juicio por crímenes sexuales durante la guerra civil de Guatemala ha culminado, más de 30 años después de los hechos, en elevadas penas para dos militares. 

Un tribunal condenó este viernes a 120 años de prisión al teniente coronel retirado Steelmer Reyes Girón, de 59 años, y a 240 años al ex comisionado militar (civil al servicio del Ejército) Heriberto Valdez Azij, de 74, tras encontrarlos culpables de delitos de lesa humanidad  perpetrados en el marco de la guerra civil librada en este país centroamericano entre 1960 y 1996. 

Ambos fueron juzgados por mantener secuestradas a 11 mujeres de la etnia maya-keqchí a las que convirtieron en esclavas sexuales de un destacamento militar.

En la lectura de la sentencia, la presidente del tribunal, Jazmín Barrios, señaló que los jueces pudieron establecer que “(…) primero desaparecieron a los hombres para dejarlas solas y abusar sexualmente de ellas”, y subrayó que “la represión del Ejército (…) se debió a que los campesinos buscaban legalizar las tierras que históricamente les pertenecían, pero los finqueros de la zona no se los permitían”.

Nada más conocerse la sentencia, las redes sociales recogieron testimonios de apoyo a las condenas de personalidades como la coordinadora residente de la ONU en Guatemala, Valerie Julliand, quien manifestó en su cuenta de Twitter que las sentencias “dignifican a las víctimas y dignifican al país, que muestra un compromiso con la justicia”. La oficina del Alto Comisionado de la ONU en Guatemala expresó que la condena “rinde homenaje a las víctimas, quienes tras décadas de lucha obtienen justicia”.

De acuerdo al expediente, entre 1982 y 1983 estas mujeres, cuyos padres, maridos o hermanos habían sido previamente secuestrados y asesinados, fueron obligadas a cocinar y lavar la ropa a los soldados del destacamento de Sepur Zarco (departamento de Izabal, en el norte), donde también fueron sometidas a abusos sexuales.

Las violaciones fueron una práctica recurrente del Ejército en sus operaciones en zonas consideradas como proclives a la guerrilla, recoge el informe Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi, del malogrado obispo Juan Gerardi), que puntualiza que las mujeres eran obligadas a desnudarse y bailar frente a la tropa.

A lo largo de las cuatro semanas que duró la vista pública, las víctimas narraron los horrores sufridos. Comparecieron con los rostros cubiertos. Sus testimonios, en lengua Keqchi, eran traducidos simultáneamente al castellano. 

Tuvieron también el acompañamiento de la comunidad internacional -entre las personalidades que acudieron a las sesiones destaca la presencia del embajador de Estados Unidos, Todd Robinson, y de organizaciones humanitarias de América y Europa-.

“Desde antes de arrancar el juicio sabíamos que este es un tribunal político, por lo que la sentencia sólo podía ser condenatoria”, criticó el abogado Moisés Galindo, defensor de Steelmer Reyes Girón, para añadir que impugnará todo el proceso con el firme convencimiento de que el juicio “se va a caer”.

Para el letrado, hay argumentos para anular el proceso. "Las juezas, al conocer que yo era el defensor, se excusaron con el argumento de ‘enemistad grave’ con mi persona. No obstante, siguieron adelante". El defensor también ve irregular que la Fiscalía delegara una función pública –investigación y manejo de escenas de crimen– en organizaciones no gubernamentales como la Fundación de Antropología Forense de Guatemala, que realizó excavaciones sin orden ni presencia de juez."            (El País, 27/02/16)

7/1/13

"La crueldad que vi no debería suceder nunca. Intenté luchar contra los hombres y después les pedí una y otra vez que la dejaran"

"El novio de Amanat, la mujer de 23 años que fue violada por seis individuos borrachos en un autobús de Nueva Delhi el 16 de diciembre –asalto que le causó lesiones que acabaron con su vida- ha hablado hoy por primera vez del caso. En una entrevista telefónica desde Gorakhpur, en el estado de Uttar Pradesh, el hombre, de 28 años, relata cómo vivió el ataque y critica a actuación de la policía y la indiferencia de los transeúntes.

El joven resultó herido con una pierna rota, gravemente traumatizado, y se recupera en casa de sus padres.

“¿Qué puedo decir? La crueldad que vi no debería suceder nunca. Intenté luchar contra los hombres y después les pedí una y otra vez que la dejaran”, ha dicho.

El hombre dice que cogieron el autobús privado al salir del cine, después de que varios rickshaws se negaran a llevarles hasta el suburbio donde vivía ella. Una vez en el autobús, seis hombres, incluido el conductor del vehículo, le atacaron a él y ella fue violada con una barra de hierro, lo que le causó daños internos que produjeron su muerte el fin de semana pasado. (...)

Fue el conductor del autobús el que comenzó haciendo comentarios lascivos a la pareja, y los demás se le unieron. Entonces, según relata, le dijo al conductor que parara, pero este se negó y los otros pasajeros bloquearon las dos puertas. “Me pegaron con un palo pequeño y a ella la arrastraron al asiento cerca del conductor”. 

Después de eso “el conductor y los otros hombres violaron a mi amiga y la golpearon en sus partes más íntimas de la manera más horrenda”. “No puedo expresar lo que siento cuando me acuerdo; me estremezco de dolor”.

El novio, que ha pedido que no se difunda su nombre, también ha contado cómo los transeúntes se negaron a socorrerles una vez que fueron arrojados del vehículo en marcha después de su pesadilla de casi una hora. 

"Nadie nos ayudó durante una hora", dijo. “Un transeúnte nos encontró [después del ataque], pero ni siquiera le dejó su chaqueta a mi novia. Esperó a que la policía llegara a rescatarnos”.

“Fui tratado como un objeto por la policía…. Ellos solo querían que declarara para resolver el caso enseguida, antes de darme tratamiento. Nadie se percató del trauma que sufría”, ha dicho.

El crimen ha sacudido India y ha creado un amplio movimiento de protesta por los ataques a las mujeres, que se producen en medio de la inoperancia policial y la indiferencia social.

La policía ha arrestado a seis sospechosos del crimen –cinco hombres y un menor- que han sido acusados de secuestro, violación y asesinato."        (El País, 04/01/2012)

27/6/11

"Lo hacemos en nombre de Nyiramasuhuko. Nos premia por poner en su lugar a las mujeres [tutsi] que nos miran con desprecio"


Pauline Nyiramasuhuko

"Pauline Nyiramasuhuko, de 65 años, de etnia hutu y antigua ministra ruandesa de Familia, es la primera mujer condenada a cadena perpetua por genocidio. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Tanzania, la señaló ayer como responsable de haber organizado el secuestro y violación de mujeres y niñas tutsis, la comunidad minoritaria en el país. (...)
Testimonios de las supervivientes recuerdan a Nyiramasuhuko en 1994 "montada en una camioneta y llamando a los hutus a aplastar a las cucarachas [los vecinos tutsi]". Los jueces también consideran probado que ordenó y facilitó el asesinato de civiles tutsi en su ciudad, Butare. Su hijo, Arsene Shalom Ntahobaki, recibió la misma condena por haberla ayudado.
El intento de exterminio de la población tutsi por parte del Gobierno hutu dejó en 1994, según la ONU, unos 800.000 muertos. Hasta 500.000 mujeres fueron violadas y acabaron infectadas con el virus del sida. (...)

Pauline Nyiramasuhuko se habría encargado de acelerar el exterminio de los tutsis a manos de las milicias hutus, que ella contribuyó a crear. Según el TPIR, las violaciones en masa tuvieron intención genocida al utilizarse como método de tortura.

En un país donde la etnia está ligada al linaje paterno, forzar a una mujer equivale a destruir a la comunidad atacada. Ella es apartada y sus hijos ya no se consideran del clan. "Acabad con ancianos y fetos", recordó una testigo haberle oído decir a la procesada.

Otras declaraciones son igualmente sobrecogedoras. Cuando las mujeres pedían clemencia en nombre de sus hijos, "eran degolladas sin miramientos". Un pasaje cita la respuesta dada por los milicianos cuando salían a violar: "Lo hacemos en nombre de Nyiramasuhuko. Nos premia por poner en su lugar a las mujeres [tutsi] que nos miran con desprecio", decían.

La acusada fue identificada por los testigos como organizadora de un pretendido reparto de comida en un puesto de la Cruz Roja. Acudieron cientos de refugiados tutsi, pero los hombres fueron separados de las mujeres. A ellos los ametrallaron. Ellas fueron violadas antes de morir. " (El País, 25/06/2011, p. 9)

25/2/11

Los urcas... "Unos gozan la vida; otros la sufren. Nosotros la combatimos"

"En la enigmática Transnistria, los niños urcas comen dulces y usan Kaláshnikov. Las armas y los puños son parte crucial de su vocabulario. Allí, en esa tierra de nadie, la muerte es una baza probable, los deficientes mentales son sagrados, y los abuelos, santos. Fue donde creció, en medio de una jungla de hormigón derruido, barro y reformatorios en los que se violaba y vejaba sin límites, Nikolái Lilin (...)

Allá, hacia barrios como Bender, fueron a parar, desde Siberia, los miembros de una comunidad con carácter y orgullo. Los urcas llegaron un buen día hacia esas llanuras alejados de sus raíces y sus códigos; arrancados del frío de la tierra y el calor de sus guisos, deportados por Stalin en los años treinta. Lo hizo para castigarlos y que otros escarmentaran. Desde entonces, ellos le juraron guerra eterna al comunismo y sus protectores. (...)

No lucía bigote cuando entró en un reformatorio. Como él mismo cuenta en el libro, a los 13 o 14 años, un chaval siberiano en Transnistria ya tiene antecedentes penales por robo, homicidio o tentativa de homicidio. Como buen hijo de una estirpe, ayudaba a sus mayores. Su padre era delincuente y pasaba a su vez largas temporadas en la cárcel.

"Nosotros no somos criminales, ni mafiosos, ni nada. A mi familia, Stalin la depuró. Mató a varios miembros y mandó al exilio a otros. Desde entonces, nuestros mayores decidieron que lucharían contra el comunismo".

Matar a soldados soviéticos era una forma de rebelión. "Por eso nos llamaban terroristas, pero un terrorista es otra cosa". También robaban bancos: "Era dinero del Estado que nos reprimía", asegura Lilin. (...)

Muchas veces aplicaban la justicia por su mano. Como cuando un cabrón violó a su amiga Ksusia, aquella niña rusa pecosa de ojos azules que él sabía proteger como nadie y que cayó en las garras de un animal.

O como la vez en que, en el reformatorio, una banda de ladrones se cepilló sin descanso a un joven a quien llamaban Marina.

Fue una experiencia demasiado cruel incluso para la creencia siberiana. Aquella para la que un homosexual sufre un "mal de carne" que se transmite por la mirada.

En esos casos, y para evitar abusos sobre los débiles y los indefensos, Lilin cree que la violencia es necesaria. "Yo nací en un lugar en el que la violencia era una forma de comunicación. Es mala, pero hay veces en las que no tienes otra forma de manifestarte. No hay otra manera de sobrevivir.

En la guerra creíamos que quien ejerce la violencia contra otro se lleva a la víctima consigo". Tampoco le gusta que le llamen criminal, pese a que es un apelativo que él aplica en su libro.

"No lo soy, eso es una palabra ofensiva para los míos. Si la utilizo como expresión en el texto es para explicar que somos criminales honestos. Yo odio el crimen y odio el dinero. Es lo que ha acabado con mi gente", comenta. (...)

La muerte no representa ese terror paralizante en torno al que todo gira en otros lugares. Menos cuando se ha afrontado cara a cara: "Matar a un ser humano puede llegar a ser algo natural. Es fácil, aunque sea difícil de entender.

Si llegas a hacerlo es porque te has visto obligado a ello. Cuando vas a la guerra, como yo, en Chechenia, sabes que no vas a tomar café. Matas o te matan. La cuestión es quién cae primero".

Hay otras muertes y delitos que le impresionan más: "Las que producen a cientos de miles de personas un tío tomando una decisión en un despacho, o cuando desde un banco, con una orden, se mueve dinero de un lado a otro y dejan a millones de inocentes sin trabajo". (...)

Pero Lilin no ha escrito Educación siberiana por eso. Sino para dejar patente una identidad lejana y agónica, un mundo aniquilado y olvidado sobre todo por sus hijos.

"Ya no existe el mundo de nuestros abuelos. Los jóvenes ignoran sus códigos y sus reglas. Cuando yo le pedí permiso al mío para poder contar lo que cuento se alegró mucho. Me dijo que así todo lo que había ocurrido con ellos, todo su sufrimiento, cobraba sentido".

En ese mundo, el significado de muchas palabras adquiría sentidos muy profundos. Era un lugar en el que los criminales se hacían un corte en la mano con una pica. La misma arma que podría acabar con quien osara traicionar su palabra.

A Lilin, un bandido amigo de la familia le hizo ese corte una vez: "Para ti, que el señor te ayude y tu mano se vuelva fuerte y decidida", le dijo. (...)

Pero lo más importante es la honestidad entendida como ellos la quieren ver. "Ser honesto es crucial". ¿Y eso qué es para un urca? "Significa no ser egoísta, pensar en los demás. No poner el resto del mundo en segundo lugar. Quien piensa que puede sobrevivir solo y no le importa qué le rodea no es honesto". (...)

"El problema de la mafia rusa es que la gente en Europa no alcanza a comprender su dimensión. Cuando cayó el muro de Berlín no sólo supuso la liberación de toda una gente pobre oprimida. Se abrió la puerta a una gran organización criminal. No sabéis lo que hicisteis con aquello. (...)

Esa afición por el arte, por la literatura y esa conciencia permanente de muerte, violencia e instinto para sobrevivir lo definen. Lo mismo que a todo su pueblo, tal y como reza un antiguo proverbio siberiano que él ha colocado como cabecera de su libro: "Unos gozan la vida; otros la sufren. Nosotros la combatimos". (El País Semanal, 07/03/2010, p. 52 ss.)

12/4/10

Las violaciones franquistas

"Muchas mujeres de todas las edades fueron asesinadas sin haber sido sometidas a ningún tipo de proceso. Normalmente eran sacadas de sus casas por las patrullas de falangistas y llevadas en camionetas y coches particulares. Después aparecían los cuerpos.

Un lugar común de aparición de las asesinadas en la ciudad de Valladolid fue el Prado de la Magdalena. Según nos cuentan los testigos de la época, entonces era una zona boscosa, inculta y situada en las afueras de la ciudad, próxima a la cárcel Nueva.

Allí eran conducidas las mujeres; violadas y apaleadas, sus cuerpos aparecían con signos inequívocos de violencia, muchas veces sin ropa o con ella desarreglada, y en otras ocasiones los cuerpos aparecían colgados o atados en los árboles (testimonio de Julia A., testigo directo).

En el Prado de la Magdalena aparecieron muchas mujeres que habían destacado como activistas durante la República: Micaela Pasalodos, de 23 años, Constantina Cebada, “Tina”, comunista muy conocida del radio de Valladolid….

Cuando ingresaban nuevas detenidas en la Cárcel Vieja, enseguida se sabía si habían sido violadas o no, ya que una de las detenidas era la comadrona y profesora de partos Flora Martín Fraile, que tenía un cargo directivo en la Casa del Pueblo de Valladolid.

Esta mujer, ya mayor, atendía y ayudaba a las mujeres que ingresaban en presidio con lesiones producidas por la violación, cometida muchas veces en grupo; uno de los casos que con más horror recordaba Julia P. fue el de unas detenidas que trajeron desde el Alto del León, capturadas por los falangistas vallisoletanos. Eran 4 o 5, enfermeras y milicianas, según ellas mismas les contaron.

Llegaron por la noche y Doña Flora tuvo que atenderlas a todas. Venían en un estado lamentable tras ser violadas por el grupo de captores y golpeadas después. Estas mujeres fueron sacadas de la cárcel el día siguiente sin que las presas supieran nada más acerca de ellas." (Represionfranquistaenvalladolid.org, 'violencia de género')

30/10/09

La tortura de las familias...

"Castor Cordal era electricista y miembro de la CNT. Estaba casado y no tenía hijos. Sabía que iban a por él, y por eso intentó huir. Se escondió en distintos lugares hasta que un delator lo descubrió. Una vez detenido, se lo llevaron al Pazo de Fefiñáns (Cambados), donde fue recluido con varias personas. "Mi padre quiso verlo y no le dejaron. Cuando lo intentó el tercer día, le dijeron que se había escapado a Portugal", relata Josefina, de 83 años, hermana de Castor. Pero no había huido a Portugal. Estaba ya muerto.

"Unos amigos de la familia que se iban de madrugada a la feria de Pontevedra vieron cómo los asesinos se los llevaban a enterrarlos atados en una escalera", relata Josefina, que entonces tenía 9 años. "Así que enviaron a una persona para que le dijera a mis padres que no le buscaran más".

Poco antes del asesinato de Castor, los falangistas habían acudido a su casa. "Mi padre les pidió que le hicieran a él lo que quisieran, pero que no molestaran a su familia. Pero sacaron a mis hermanas y las hicieron bailar desnudas delante de ellos", cuenta Josefina. "Sufrimos muchísimo. Mi madre no se quitó el luto por su hijo hasta que murió. Los dos murieron con esa amargura, pensando siempre en el hijo que le habían matado. Parece que estuviera viendo ahora a mi hermano: era un hombre como un castillo, fuerte, bueno...".

Los falangistas también visitaron la casa de Ramón Barreiro antes de matarle. Torturaron a sus padres para que le dijeran dónde estaba escondido. Violaron y raparon al cero a su madre, que murió poco después. Y una vez muerto Ramón, le cortaron un dedo para robarle un anillo que tenía y que llevaba en la foto familiar que ilustra este reportaje.

Ramón tenía sólo 19 años y se había ganado cierta fama con las gacetillas locales que escribía. Pertenecía a una familia de tradición republicana y su hermano, movilizado para la guerra por las tropas franquistas, se pasó al lado contrario. Al parecer, fue un cuñado de su madre quien delató a Ramón." (El País, ed. Galicia, Galicia, 22/10/2009, p. 8)

24/9/09

La vergüenza del testigo

"Arquitecta de 54 años, Eva ha viajado a Madrid a recoger por Stieg el V Premio del Observatorio de la violencia de género por su labor en la erradicación del problema. Lo que nos lleva a la primera pregunta: ¿De dónde cree que nació su interés por el tema? Y el desayuno arranca con una revelación sorprendente:

"A los 14 años, estando de camping, Stieg fue testigo de la violación de una chica por parte de sus amigos. Días más tarde se la cruzó por la calle y se acercó a pedirle perdón por no haberlo evitado, pero ella le rechazó. Siempre se sintió culpable. Le marcó y quizá por eso...". (Eva Gabrielsson: "Stieg presención una violación y siempre se sintió culpable". El País, ed. Galicia, Última, 22/09/2009)