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18/4/18

“Logré convencer a Mengele para que me dejase vivir”

"Un anciano en silla de ruedas visita la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el centro de exposiciones Arte Canal, en Madrid. De pelo blanco y ojillos azules, ha acudido elegante, con chaqueta gris y pantalón negro. Su mirada se centra en un objeto, un zapato rojo de una prisionera del campo de exterminio en el que los nazis asesinaron a 1,1 millones de personas.

 Él vivió para contarlo. Con voz débil y ronca se pregunta: "Aún no sé por qué nos hicieron esto". Noah Klieger (Estrasburgo, 1926) ha estado en Madrid invitado por los organizadores de la muestra, con motivo de que mañana, sábado, es el Día de Conmemoración del Holocausto, que la ONU fijó en 1985 para el 27 de enero, fecha en que los soviéticos liberaron, en 1945, a los 7.000 esqueletos que quedaban en Auschwitz, con un mensaje al cuartel general en Moscú: "Es un campo de tamaño inmenso. Los alemanes han huido".

Klieger recorrió la exposición que, desde su apertura, el 1 de diciembre, ha superado las 110.000 visitas. "Los alemanes que votaron a Hitler pudieron votar a otros partidos. Él ya había escrito lo que quería hacer a los judíos, así que no hay una explicación a por qué esa sociedad cambió de la noche al día", dijo Klieger, enviado con 16 años a Auschwitz por ayudar a otros judíos. Sus padres estaban en la Resistencia belga.

Al llegar a una de las piezas más impactantes, un uniforme de prisionero, probablemente se ve a sí mismo con esa prenda a rayas: "Los llamábamos pijamas". Para él, contemplar estos objetos —hay más de 600—, le hace "feliz", aunque admite que "nunca se podrá mostrar cómo nos sentíamos", un horror que no ha dejado de recordar "ni un solo día". 

La muestra, hasta el 17 de junio, está organizada por la empresa Musealia en colaboración con el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau y tiene a Madrid como primera parada de su recorrido mundial por 14 ciudades. 

Klieger explicó que en aquellos días "nadie en Europa Occidental conocía la realidad de los campos de exterminio". "Se oía hablar de campos de concentración, en los que el trato no era bueno, pero no te asesinaban".

 Tras la visita, Klieger pronunció una emocionante conferencia, fueron 50 minutos y sin papeles. "Estuve en Auschwitz del 18 de enero de 1943 al 17 de enero de 1945".

 Su día a día empezaba a las seis de la mañana, "con una ducha, siempre fría, aunque fuera hiciera 20 bajo cero. No te secabas, sino que pasabas al desayuno: una bebida negra que llamaban café y un pan negro húmedo. Trabajábamos 11 horas, te pegaban y te decían ‘más rápido, más rápido’. Por la tarde nos daban una sopa horrorosa. Los domingos descansábamos y teníamos un trozo de salchicha que no era de carne y una cucharada de mermelada. Padecíamos disentería o tifus. A los que se quedaban sin fuerzas los mandaban a la cámara de gas".

Aquel horror tuvo su clímax: el encuentro con el macabro Mengele, cuya espeluznante mesa de operaciones se incluye en la exposición. El todopoderoso médico que decidía al instante quién podía seguir con vida o ser liquidado. Klieger recordó aquel momento con un esbozo de sonrisa: "Necesitaría otros 50 minutos para describirlo… logré convencerle de que me dejara vivir, él era muy teatral".

 Fue uno de los "milagros", como los llama Klieger, que le permitieron sobrevivir, y por eso se prometió dedicar el resto de su vida a contarlo. "Tengo 91 años, no me queda mucho, pero mientras pueda lo seguiré haciendo". Klieger calcula que, en más de 60 años, ha intervenido en casi 12.000 actos.

Cuando la II Guerra Mundial estaba a punto de acabar, Klieger fue uno de los trasladados a otros campos. Superó dos de las conocidas como "marchas de la muerte". "En la primera, caminamos cuatro días. Luego nos metieron en grupos de 150 en vagones. No teníamos espacio, pero con los días lo hubo por los muertos".

El destino fue Mittelbau-Dora, donde los nazis perfeccionaban sus misiles V1 y V2, con los que intentaban "ganar una guerra perdida". Durante la clasificación de los recién llegados, Klieger ocultó su número de prisionero, tatuado en el brazo izquierdo, y se declaró prisionero político francés "porque no los mataban". 

Después simuló ser un mecánico, para estar con los operarios de la fábrica de los misiles y tener "algo más de comida y una hora menos de trabajo". "Nos llevaron a una sala: ‘Muestren qué saben hacer". Klieger no sabía nada. Sin embargo, un prisionero que conoció en ese momento, paisano de Estrasburgo, le ayudó pasándole las piezas montadas. Otro milagro.

También su astucia le salvó. Los nazis necesitaban un capataz que hablase alemán para transmitir sus órdenes a los trabajadores. Él lo hablaba porque Alsacia había pertenecido a Alemania. Klieger reconoció el acento bávaro del oficial que le interrogaba y se lo dijo. Aquel hilo de empatía le valió el puesto, una ducha y ropa.

"El 4 de abril nos sacaron de allí por los bombardeos aliados". Entonces, padeció otra marcha de la muerte. "Diez días caminando, sin comer. De 4.000 llegamos 600 a Ravensbrück, donde nos pusieron a cavar zanjas, pero no teníamos fuerzas, así que apaleaban hasta la muerte a los débiles". El 29 de abril fue liberado.

En el debate con el público le preguntaron cómo vivían los niños en Auschwitz. "No había, los gaseaban al llegar". Y concluyó con un nuevo milagro: "Volví a ver a mis padres en Bélgica. Solo entonces supe que habían estado en Auschwitz y habían sobrevivido".             (Manuel Morales, El País, 28/01/18)

4/7/13

Rebecca Bau fue enviada a Auschwitz, donde la escogieron tres veces para la cámara de gas, y otras tantas veces se salvó de una muerte cierta



“Fue Rebecca Bau quien consiguió un puesto para su marido en la lista de Schindier. Cuando Amon Goeth supo que Rebecca sabía hacer la manicura, la llamó para que se la hiciera.

 Le puso una pistola en el codo y le dijo que si le pinchaba o arañaba, le dispararía allí mismo. Aunque Rebecca tenía miedo y algunas veces se escondía, se convirtió en manicurista. Gracias a este trabajo conoció a los miembros del gabinete de Goeth, entre ellos el secretario judío de éste, Mietek Pemper. 

Un día, Rebecca vio que un guardia nazi estaba a punto de disparar a la madre de Pemper. Intervino advirtiendo al guardia de que si Goeth se enteraba de a quién había matado, lo ejecutaría. La madre de Pemper se lo contó a su hijo, y cuando la lista de los judíos que Oskar Schindler podía llevarse a su fábrica de Checoslovaquia estaba siendo confeccionada, Rebecca fue a ver a Pemper y le recordó el favor que le debía. 

Cuando iba a poner el nombre de ella en la lista, Rebecca lo sustituyó por el de su marido. Muchos años después, cuando la película La lista de Schindier fue estrenada, le dijo a un periodista que ella tenía fe en su propia supervivencia, pero que temía por su mando: «Para mí, mi marido era más importante, y yo no tenía miedo.» Así fue como Joseph Bau se enteró de cómo se libró del calvario del campo de concentración de Gróss-Rosen.

Rebecca Bau fue enviada a Auschwitz, donde la escogieron tres veces para la cámara de gas, y otras tantas veces se salvó de una muerte cierta, la última gracias a su elocuencia. 

Durante una selección, Josef Mengele interpretó una mancha roja en su pecho como un síntoma de enfermedad y la escogió para la fila de los que tenían que ser gaseados. Rebecca se dirigió hacia la fila, pero se dio la vuelta y regresó al grupo de mujeres desnudas pendientes de examen. 

Tres veces se presentó y tres veces fue seleccionada para morir. La última vez, Mengele la reconoció y se puso furioso, pero Rebecca no se achantó. Le dijo que no estaba enferma y que el grano le había salido porque estaba menstruando. 

Dubitativo, ya que según él en los campos las mujeres dejaban de menstruar, Mengele ordenó que una polaca le hiciera una prueba pasándole un trapo. Cuando la mujer verificó la versión de Rebecca, el «Ángel de la Muerte» tuvo que rectificar y dejar que se uniera a la fila de los vivos.”

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 200/1)

29/4/09

La banalidad del verdugo

"Son muchos los que afirman que todo ser humano es un torturador en potencia, aunque sólo ejercerá como tal si se dan las circunstancias propicias para ello. Según esta teoría, si todavía somos respetables ciudadanos adversos a la tortura es sólo porque la vida no nos ha deparado aún ninguna situación suficientemente extrema, en la que todos llegaríamos a practicarla. Inquietante posibilidad, que, en la siniestra hipótesis de resultar cierta, rebajaría drásticamente nuestra autoestimación como especie viviente.

Recordemos algunos casos de especial significación. El doctor Josef Mengele era un joven médico y antropólogo alemán que, en la II Guerra Mundial, fue reclutado para una unidad de infantería. Herido en el frente ruso, fue declarado no apto para el combate. La enfermedad de un oficial médico del campo de concentración de Auschwitz motivó que fuera designado para sustituirle.

Allí Mengele se encontró con miles de condenados a muerte a su absoluta disposición para todo tipo de atroces experimentos de laboratorio. Aquello hizo emerger su verdadera y profunda naturaleza criminal, que en otras circunstancias (sin guerra, sin nazismo, sin campos de exterminio) probablemente no hubiera llegado a manifestarse jamás.

En 1957 el entonces comandante francés Paul Aussaresses participaba en la llamada batalla de Argel contra las fuerzas del FLN que luchaban por la independencia de aquel territorio. En un libro publicado en 2001, siendo ya un anciano general alejado del servicio activo, Aussaresses confesó desvergonzadamente las indignidades (asesinatos disfrazados como suicidio, torturas hasta la muerte a simples sospechosos) que él había protagonizado personalmente 44 años atrás. Crímenes y torturas perfectamente inútiles, pues Argelia logró su independencia pocos años después. Aquel tardío alarde, cínicamente publicitado, le valió ser expedientado, despojado de su rango y del derecho a usar el uniforme, y expulsado de la Orden de la Legión de Honor por decisión de su Gran Maestre, el entonces presidente Chirac. (...)

En 1973, el capitán Jorge Silva, de la Fuerza Aérea de Chile, fue capturado por su actitud adversa al golpe de Pinochet. En la AGA (Academia de Guerra Aérea) fue torturado con brutales descargas eléctricas. En una ocasión, como consecuencia de un exceso de voltaje, se le produjo una hemorragia nasal. Sus torturadores, creyendo que estaba sin conocimiento o tal vez muerto, le retiraron la capucha, lo que, pese a su estado, le permitió verles las caras.

¿Y quiénes eran? Pues nada menos que los entonces comandantes de su mismo cuerpo Edgar Ceballos y Ramón Cáceres (hoy condenados por la justicia chilena), a los que Silva conocía y apreciaba. Sin aquel golpe militar, ambos comandantes hubieran seguido siendo aparentemente dignos de aprecio como compañeros y como superiores. Pero llegó la barbarie pinochetista y pudieron dar rienda suelta a su insospechada capacidad criminal. (...)

¿Podemos concluir, en consecuencia, que todos nosotros, tan respetables dentro de un mundo normal regido por leyes (aunque imperfectas) y castigos (aplicados a las conductas criminales), nos convertiríamos en desalmados torturadores tan pronto como esas leyes dejaran de regir y esos castigos dejaran de amenazarnos? Nuestra respuesta es rotundamente negativa.

No todos los seres humanos somos torturadores en potencia. Pero algunos sí que lo son. No todos lo somos, ni lo seríamos aunque nos garantizaran la impunidad. Ni aunque nos pagaran grandes sumas por ejercer esa repugnante actividad. Pero, incluso afirmando que no todos seríamos capaces de hundirnos en esa infamia, la cuestión es: ¿sólo lo sería un pequeño porcentaje de sádicos y psicópatas, o también lo sería un número considerable de individuos tenidos por normales?

Lamentablemente, los estudios efectuados en diversas universidades norteamericanas (experimento Milgram y otros) registraron porcentajes preocupantes de individuos normales capaces de torturar a sus semejantes, con el simple requisito de que se les proporcione una motivación supuestamente válida: la obediencia a una autoridad que les garantice la impunidad.

A la vista de tantos casos trágicos -reales y nada experimentales- que llenan los informes de las diferentes Comisiones de la Verdad y de los organismos defensores de derechos humanos, no podemos sustraernos a la gran pregunta: ¿cuántos de nuestros vecinos, cuántos de nuestros colegas de profesión, cuántos de nuestros parientes, cuántas de las personas aparentemente normales con las que departimos y nos cruzamos a diario, demostrarían su capacidad como torturadores si se dieran determinadas situaciones? ¿Cuántos se pondrían a aplicar descargas eléctricas de alto voltaje al cuerpo de sus semejantes, o tantas otras formas de destrozar a un ser humano? ¿Cuántos y quiénes lo harían si colapsaran las admirables garantías que, por ejemplo, proporciona una Constitución como la nuestra?

(...) nosotros diríamos: los ciudadanos de cualquier sociedad en paz y democracia tenemos que convivir con la penosa incógnita de cuántos de nuestros semejantes con los que nos cruzamos, no identificados en absoluto como peligrosos, serían capaces de aniquilar nuestra dignidad e integridad física si las circunstancias se lo permitieran." (PRUDENCIO GARCÍA: Incógnitos torturadores futuros. El País, ed. Galicia, Opinión, 28/04/2009, p. 27 )