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11/2/22

Los diarios de Norman Bethune sobre 'La Desbandá': “¿Dónde está la clemencia de un mundo que enferma sin remedio?”

 "Me rodearon, arrancándome la ropa”, recuerda el médico en un momento dado. “Un pensamiento amargo me quemaba la mente: ¿dónde están esta noche los comprometidos ministros del dios cristiano, representantes en la tierra de su amor y salvación? ¿Dónde están, que ignoran estos gritos que claman a su Señor? ¿Dónde están la clemencia y la conciencia de un mundo que enferma sin remedio?”, escribe Norman Bethune en sus diarios. Es Andalucía. Es 1936. 

 Aunque el líder popular Pablo Casado ha declarado recientemente que España vive sus horas más oscuras, es posible que algún historiador le lleve la contraria sin necesidad de remontarse muy atrás en el tiempo. No fueron precisamente luminosos, desde luego, los días en los que la población andaluza, huyendo de la guerra, tuvo que desplazarse en masa bajo la amenaza –terriblemente cumplida– de la aviación fascista italiana y alemana que apoyaron el golpe de estado. Ese episodio conocido como La Desbandá tuvo un testigo excepcional, el médico canadiense Bethune, que plasmó su experiencia por escrito. Ahora, la editorial Pepitas de calabaza reúne esos textos en un volumen titulado con aquel gráfico nombre, junto a otros recuerdos de su estancia en China, donde acabaría sus días.   

 Nacido en Ontario en 1890, había servido como camillero durante la Primera Guerra Mundial y fue herido por metralla. Adquirió una conciencia política vinculada a su profesión, convirtiéndose en defensor de la medicina socializada. Cuando, afiliado ya al Partido Comunista, la Comisión de Ayuda a la Democracia Española le invita a acudir a España tras el estallido de la Guerra Civil, acepta y se incorpora de inmediato al Batallón Mackenzie-Papineau. Era noviembre de 1936.

En España, salvaría miles de vidas con la organización de un servicio de recogida y transporte de sangre de donantes, y fue pionero en la creación de unidades médicas móviles. Pero el suceso que le marcó para siempre fue el éxodo multitudinario de la población malagueña –"una ciudad entera huyendo”, escribe– hacia Almería, a pie y expuesta a la violencia de "las legiones de italianos y alemanes, los moros y los Tercios" en los primeros días de febrero de 1937.

"Camaradas, los niños"

Bethune describe desde su camión el terrible espectáculo de 150.000 personas -aunque hay quien eleva la cifra a 300.000- recorriendo más de cien kilómetros a pie por la única ruta posible. “Treinta kilómetros de seres humanos serpenteaban como una oruga gigante, con sus innumerables miembros elevando una nube de polvo, moviéndose con lentitud”. A su paso, son muchos los caminantes exhaustos que piden ayuda, sobre todo los que temen por la vida de sus hijos. “Camaradas, los niños”, les imploran. Llegan a ser tantos, que toca decidir quién y quién no puede subir.

La situación se repite pronto, y la angustia de Bethune se hace patente en sus cuadernos, tomando conciencia de que el asunto todavía puede empeorar. “Al segundo día decidí que ya no se podía llevar únicamente a los niños. La visión de los padres separados de sus hijos se convirtió en algo espeluznante de sobrellevar. Empezamos a movilizar a familias enteras, dando preferencia a las que tenían niños. Al segundo día nos tocó probar lo que otros habían probado durante cinco días –hambre–. No había de dónde sacar comida en lugar alguno en Almería”. A ello se sumaban las temperaturas extremas de esas fechas. “De noche el frío se hacía insoportable, de modo que añorábamos de nuevo el torturante calor”. Se calculan entre 3.000 y 5.000 las personas que fallecieron en ese éxodo. Entre los que permanecieron en la ciudad se registraron 8.000 fusilados, que fueron arrojados a fosas comunes.

La "garra del fascismo"

Pero lo peor estaba por llegar. Cuando los refugiados lograron alcanzar el puerto de Almería y hacinarse en él, se perpetró otra masacre con una crueldad muy particular. “La alarma sonó treinta segundos antes de que cayera la bomba. Dichos aviones [italianos y alemanes] no se molestaron en alcanzar a los acorazados del Gobierno en el puerto o bombardear los barracones”

“Ahora que la caminata desde Málaga había terminado, ahora que los refugiados se aglomeraban en unas pocas manzanas de la ciudad donde el asesinato en masa únicamente exigía un mínimo de bombas… ahora Franco saciaba su sed de venganza”, explica Bethune. “El puerto le importaba poco. Un puerto no puede pensar, ni desafiar el fascismo, ni sangrar. Solo la gente tenía cerebro, corazón, valor. A matarlos, a mutilarlos, a mostrarles la inclemente garra del fascismo”.  

 “La calle era una devastación sembrada de muertos y moribundos, iluminados tan solo por los destellos anaranjados de los edificios en llamas. En la oscuridad, los gemidos de los niños heridos, los chillidos de las madres angustiadas, las maldiciones de los hombres se levantaron en un llanto masivo, cada vez más alto, hasta alcanzar un tono de una intensidad insoportable”. El saldo contabilizado por Bethune fue de medio centenar de civiles muertos y otros tantos heridos, así como dos soldados muertos.

Una imagen empañada

La figura de Bethune, según explica la prologuista de La Desbandá, Natalia Fernández Díaz-Cabal, no estuvo ajena a la controversia. Aunque su valor fue unánimemente reconocido y regresó a Canadá como un héroe, su afición a los alcoholes empañó su buena imagen. Arturo Barea lo describe como un “jefe dictatorial que irrumpía en la habitación con su cohorte de colaboradores torpes y avergonzados”, y a Hemingway, que también lo conoció, no le cayó muy bien.

En 1938, el médico se marcha a China a petición de la Cruz Roja. Allí, antes de fallecer por una septicemia contraída por un corte mientras operaba, fue recibido por Mao y pudo confirmar la crueldad de la guerra, en la que reconoció el sacrificio de vidas humanas en aras del beneficio de unos pocos. Sus palabras permiten pensar, también, en el conflicto español: “¿Es posible que unos pocos ricos, una reducida clase de hombres, haya persuadido a un millón de hombres más que ataquen e intenten destruir a otro millón de hombres, tan pobres como ellos, de tal suerte que esos rucos se harán aún más ricos?”.             (Alejandro Luque  , eldiario.es, 9 de febrero de 2022)

6/10/16

Cuando el mundo escuchó que Shimon Peres había muerto, gritó: ¡Pacifista! Pero cuando yo escuché que había fallecido, pensé en sangre, fuego y asesinatos

"Cuando el mundo escuchó que Shimon Peres había muerto, gritó: ¡Pacifista! Pero cuando yo escuché que había fallecido, pensé en sangre, fuego y asesinatos.

Vi los resultados: bebés descuartizados, refugiados dando alaridos, cuerpos achicharrados. Era un lugar llamado Qana, y la mayoría de los 106 cadáveres –la mitad eran niños– yacen ahora bajo el campamento de la ONU donde fueron destrozados por proyectiles israelíes en 1996. 

Yo estaba en un convoy de ayuda de la organización justo afuera de esa aldea del sur de Líbano. Los proyectiles zumbaban arriba de nuestras cabezas y caían sobre los refugiados arracimados allá abajo. Duró 17 minutos.

Shimon Peres, que competía en la elección para ser primer ministro israelí –puesto que heredó cuando su predecesor Yitzhak Rabin fue asesinado–, decidió elevar sus credenciales militares antes del día de la elección asaltando Líbano.

El ganador conjunto del Premio Nobel de la Paz usó como excusa el disparo de cohetes Katyusha sobre la frontera israelí por el Hezbolá. De hecho, esos cohetes fueron represalia por la muerte de un muchacho libanés en una trampa explosiva dejada, según sospechaban, por una patrulla israelí. No importaba.

Unos días más tarde, soldados israelíes en Líbano fueron atacados cerca de Qana y se vengaron abriendo fuego sobre la aldea. Sus primeros proyectiles dieron en un cementerio que usaba el Hezbolá; los demás cayeron directamente en el campamento del ejército de paz de la república de Fiji en Líbano, donde cientos de refugiados recibían albergue. Peres anunció: no sabíamos que varios cientos de personas estaban concentradas en ese campo. Fue una amarga sorpresa para nosotros.

Era mentira. Los israelíes ocuparon Qana durante años después de su invasión de 1982, tenían videos del campamento, incluso hicieron volar un dron sobre el lugar durante la masacre de 1996, hecho que negaron hasta que un soldado de la ONU me dio su video del dron, del cual publicamos tomas en The Independent. La ONU había advertido repetidas veces a Israel que el campo estaba repleto de refugiados.

Esa fue la contribución de Peres a la paz en Líbano. Perdió la elección y probablemente nunca pensó mucho en Qana. Pero yo no olvidé. Cuando llegué a las puertas de la ONU, éstas chorreaban sangre en torrentes. Podía olerla. Se derramó sobre nuestros zapatos y se adhirió a ellos como pegamento. Había brazos y piernas, bebés sin cabeza, cabezas de ancianos arrancadas. El cuerpo de un hombre colgaba en dos pedazos de un árbol en llamas.

 Lo que quedaba de él ardía. Una chica, sentada en las gradas del cuartel, sostenía el cadáver de un hombre de cabello gris, rodeándolo con sus brazos y meciéndolo mientras gemía sin cesar: Mi padre, mi padre. Si ella vive todavía –hubo otra masacre en Qana en los años posteriores, esta vez de la fuerza aérea israelí–, dudo que la palabra pacifista cruce por sus labios.

Hubo una investigación de la ONU, la cual expresó en su estilo soso que no creía que la matanza hubiera sido un accidente. El informe fue tildado de antisemita. Mucho después, una valiente revista israelí publicó una entrevista con los soldados de artillería que dispararon en Qana. Un oficial se refirió a los aldeanos como nada más que un montón de árabes (arabushim en hebreo).

 “Mueren unos cuantos arabushim, no hay daño en eso”, declaró. El jefe de estado mayor de Peres se mostró casi igual de despreocupado: “No conozco otras reglas del juego, ya sea para el ejército (israelí) o para los civiles…”

Peres llamó a su invasión libanesa Operación Uvas de la Ira, frase que, si no fue inspirada por John Steinbeck, debió de haber venido del Deuteronomio: Por fuera desolará la espada, dice el Capítulo 32, y dentro de las cámaras el espanto: así al joven como a la doncella, al niño de pecho como al hombre cano. ¿Podría haber mejor descripción de aquellos 17 minutos en Qana?

Sí, claro, Peres cambió en años posteriores. También cuando murió Ariel Sharon –cuyos soldados observaron la masacre perpetrada por sus aliados cristianos libaneses en los campamentos de Sabra y Chatila, en 1982–, dijeron que era un pacifista. Por lo menos no le dieron el Nobel de la Paz.

Peres se volvió partidario de una solución de dos estados, aun cuando las colonias judías en tierra palestina –que alguna vez apoyó con fervor– siguieron creciendo.

Cuenten, si pueden, cuántas veces la palabra paz se usará en los obituarios de Peres en los próximos días. Y luego cuenten cuántas veces aparece la palabra Qana."                 

(Robert Fisk, © The Independent /La Jornada (Traducción: Jorge Anaya), en Other news en español, 29/09/16)

15/7/15

Genocidio en Srebrenica, pero no en Croacia...

"El próximo 11 de julio tendrá lugar el 20 aniversario de la masacre de Srebrenica, donde se calcula que 8.000 hombres fueron asesinados. Sin duda Srebrenica representa uno de los episodios más sangrientos de la guerra que tuvo lugar en Bosnia-Herzegovina y también uno de los más vergonzosos para la comunidad internacional que, habiendo declarado la ciudad como “zona segura”, no fue capaz de intervenir para impedir la tragedia. (...)

La cuestión de la conmemoración de Srebrenica es importante por dos aspectos: primero, como termómetro de la situación en la que se encuentra la región quince años después del último conflicto en los Balcanes y, segundo, del papel que ha jugado y sigue jugando la Comunidad Internacional. 

Estos dos aspectos, que en este caso están estrechamente relacionados, tienen que ver en última instancia con la cuestión de la reconciliación, pues solo a través de ella es posible garantizar la estabilidad y una paz sólida y duradera.  (...)

Para ilustrar este punto se podría tomar el ejemplo de otra conmemoración, la que tiene lugar cada cinco de agosto en Knin, Croacia. Croacia, ahora honorable miembro de la gran familia europea, llevó a cabo durante los primeros días de agosto de 1995 lo que se conoce como la Operación Tormenta, destinada a retomar la zona de la Krajina, habitada por población serbia.

 En esta parte de Croacia, la población serbia se había establecido desde hacía siglos atrás, cuando el imperio austro-húngaro favoreció su asentamiento como zona de defensa contra el imperio otomano. Este lugar se auto declaró “República autónoma de la Krajina Serbia” desde el inicio de las tensiones que llevaron a la descomposición de Yugoslavia y concretamente, a las que condujeron a la guerra entre Yugoslavia y Croacia. 

Con la Operación Tormenta, Croacia no solo expulsó a las milicias serbias sino que provocó el éxodo de unos 200.000 civiles serbios y la muerte de los ancianos que, no pudiendo huir, quedaron en la zona. También se llevó a cabo el saqueo y destrucción de sus propiedades. Según dijo Carl Bildt, entonces mediador de la UE “Si aceptamos que está bien que Tudjman limpie Croacia de sus serbios, entonces cómo podremos objetar si un día Milosevic envía su ejército a retirar a los albaneses de Kosovo?”. (...)

En 2011 el Tribunal Internacional de Justicia para la exYugoslavia condenó a los generales croatas Ante Gotovina y Mladen Markac a 24 y 18 años de prisión respectivamente por crímenes contra la humanidad cometidos durante dicha operación, de los que fueron absueltos un año más tarde por la corte de apelación.

 Esta ha sido una de las resoluciones más controvertidas de la Corte Penal Internacional y las que han motivado la visión de que la justicia no era aplicada por igual para todos. Al llegar a Croacia desde la Haya, una multitud recibió a los generales como héroes

Como viene haciendo cada año, los próximos 4 y 5 de julio Croacia celebrará la reconquista de la Krajina con un desfile militar en Zagreb y una conmemoración en Knin –capital de la región donde tuvo lugar la “liberación”. 

Este caso no es único en los Balcanes, aunque es representativo en cuanto Croacia ha pasado a integrar la UE y hace emerger numerosas cuestiones, esencialmente sobre el rol que las intervenciones internacionales han tenido en fijar los discursos nacionales, legitimando visiones de los hechos que, en última instancia, no pueden sino reproducir y fijar ad infinitum las viejas fracturas que persisten en los Balcanes.  (...)

Si bien es cierto que los sucesos que tuvieron lugar en la década de los 90 y entre ellos la tragedia de Srebrenica, deberán pasar a la historia como una de las páginas más tristes y violentas de la Europa del siglo XX no es menos cierto que esto nunca se podrá llevar a cabo a través de decisiones unilaterales, que provengan de fuera, sino a través del consenso en primer lugar, de los países de la zona. 

En ese sentido, si el objetivo de occidente en general y la Unión Europea en particular es contribuir a la reconciliación de la región, quizás harían mejor, por ejemplo, en buscar una estrategia coordinada para la integración de los Balcanes en la UE –a lo que se comprometieron en Salónica en 2003- que les aporte un futuro en el que proyectarse y no un pasado desde el que continuar odiándose."           (   , El País,  7 JUL 2015)

8/2/13

"Las élites de Croacia desertaron de su papel moderador"

"Es curioso que bosnios, serbios y croatas formaran parte de las mismas mafias en Alemania, mientras en sus países se mataban a cañonazos.

La mafia no entiende de fronteras nacionales, eso es cosa de los políticos.

¿Cuándo pasó el nacionalismo a ser violento?

Tras 45 años de comunismo oprimiendo el nacionalismo, en 1990 hubo un estallido nacionalista que liberó tantos años de frustración. Por eso la reacción fue tan dura. Y por la política destructiva serbia.

¿Cómo llegó la guerra?

Nunca se hubiera llegado tan lejos sin el apoyo de los medios de comunicación que, puestos al servicio de las políticas nacionalistas, alimentaron las emociones de la población. Las élites del país, excepto unos pocos, desertaron de su papel moderador y contribuyeron al adoctrinamiento.

¿Los países que salen de una larga dictadura son más propicios a la corrupción?

La ilusión de crear un nuevo Estado pulcro se pierde porque los gobernantes aprovechan para conseguir sus objetivos. Los de Tudjman eran reducir la población serbia del 12 al 3% y realizar una privatización salvaje.

La Haya condenó por limpieza étnica al general Gotovina. Ahora lo absuelve por falta de pruebas.

La resolución bloquea el entendimiento entre serbios y croatas. No veo ningún indicio de que Croacia vaya a reconocer que en Krajina mataron a 500 ancianos, mandaron al exilio a entre 150.000 y 200.000 serbios, y saquearon y quemaron sus casas. La absolución fue recibida con júbilo en Croacia e indignación por los serbios. 

Es una semilla que dará sus frutos de rencor en el futuro, como los armenios y Turquía. En Croacia quieren creer que libraron una guerra de liberación impoluta."         (Ivica Djikic, entrevista, La Vanguardia, 06/02/2013)

4/2/13

"No se me olvidará nunca una mujer con un niño pequeño en brazos; habían disparado desde el barco un proyectil, y las piedras que saltaron le dieron a la mujer en la cara: ella quedó muerta con el niño en brazos, al que no le pasó nada"

 
 Hazen Size

"Imaginaos 150.000 hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí cerca de 200 kilómetros (...) 

Tienen que caminar mujeres, ancianos y niños... tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar".

El testimonio pertenece a la libreta de anotaciones de Norman Bethune, reputado cirujano pulmonar canadiense que acudió a la Guerra Civil española como voluntario del Socorro Rojo. Su testimonio escrito y las fotos de su ayudante, Hazen Size, es de lo poco se conserva de uno de los episodios más trágicos, y desconocidos, de la Guerra Civil: la llamada desbandá.

El 6 de febrero de 1937 las tropas del general Gonzalo Queipo de Llano llegaron a Málaga. La mayoría de los pueblos de la parte occidental de la provincia ya estaba en manos de Franco, y la única salida que quedaba para los milicianos republicanos, las mujeres, los niños y los ancianos era la ruta de la costa, un camino que hoy se recuerda como "la carretera de la muerte" (la actual N-340).
 
Por el norte de Málaga llegaban las tropas italianas; por el oeste, el ejército de Queipo de Llano; y por mar, los buques del bando franquista. "Por tierra, mar y aire, las tropas franquistas, apoyadas por italianos y alemanes, atacaron a miles de civiles inocentes", asegura la historiadora de la Universidad de Málaga, Encarna Barranquero, autora del libro Población y Guerra Civil en Málaga: Caída, éxodo y refugio.

Hazen Size

Entre 100.000 y 150.000 personas salieron de Málaga hacia Almería por la ruta de la costa. Saber con precisión cuánta gente murió es imposible, aunque algunas fuentes hablan de entre 5.000 y 7.500 personas. Muchos cadáveres acabaron en fosas comunes o se los llevó el río Guadalfeo. 

"Sólo en la fosa común del cementerio de San Rafael de Málaga ya se han identificado a más de 4.300 víctimas", señala Andrés Fernández, arqueólogo y responsable científico de las investigaciones en el cementerio de San Rafael.

"Los niños llevaban solamente su pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo el sol... Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados: niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio... cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras", prosigue el relato de Bethune.

Una de esas niñas que caminaba junto a su familia es Natalia Montasaroa. Tenía 13 años aquel 7 de febrero de 1937. Hoy, 76 años después, recuerda para Público, con voz temblorosa, lo que vivió durante aquellos días.

"Salimos de Málaga el día 7 a las diez de la noche. Teníamos miedo porque oíamos a Queipo de Llano por la radio, que decía: 'Malagueños, maricones, ponedle pantalones a la luna'. La carretera estaba llena de gente.

 No se me olvidará nunca una mujer con un niño pequeño en brazos; habían disparado desde el barco un proyectil, y las piedras que saltaron le dieron a la mujer en la cara: ella quedó muerta con el niño en brazos, al que no le pasó nada...", recuerda Natalia, quien en 1937 tenía apenas 13 años.

Hazen Size

 La familia de Natalia, no obstante, no llegó nunca a Málaga. El ejército italiano los alcanzó antes. "La cuarta noche de travesía recuerdo que veíamos muchas luces detrás nuestra. Le pregunté a mi padre que qué era y me dijo que se trataría del alumbrado de alguna localidad. No era cierto. 

Se trataba de los tanques italianos. La gente se escondió en el monte. Desde los tanques disparaban con las ametralladoras a todo lo que se movía. Al día siguiente regresamos al camino, una mujer escondida en la cuneta había sido aplastada por los tanques. Ya no tenía sentido seguir adelante, los nacionales habían cortado la carretera de Motril", asegura.

No obstante, la peor parte del camino aun no había llegado para la familia de Natalia. A pesar de que ya no corrían el peligro de ser atacados por el ejército italiano, el camino de vuelta a casa dejó marcadas en su retina "lo peor que una persona puede ver".

"Por la carretera vimos muchos muertos: milicianos ahorcados; una familia entera (el padre miliciano, la madre y tres niños) con tiros en la cabeza; muchos prefirieron suicidarse y dar muerte a su familia antes de caer en manos de los nacionales. Cuando llegamos a Málaga a mucha gente la encerraron en un barco que había en el puerto, y a otros muchos los fusilaron", sentencia Natalia.

Salvador Guzmán, de 85 años, sí consiguió llegar a Almería con su familia. Su padre, José Guzmán, era el primer teniente de alcalde del ayuntamiento de Coín (Málaga), gobernado por una coalición de PCE y PSOE. Su huida arrancó la madrugada del 7 de febrero. En un coche, "similar al Renault 4-L de los 60", la familia del alcalde de la ciudad y la suya emprendieron un largo camino con destino en Almería. En total, diez personas en un coche de 1937.

"Lo primero que se queda en mi retina sucedió nada más salir de Málaga. En un cruce, vi como un hombre le pegó un tiro en la sien a sus dos hijas, después a su mujer y, por último, a él mismo. 

Fueron los primeros muertos que vi en mi vida pero, desgraciadamente, no fueron los últimos", recuerda para Público Salvador, que asegura que a lo largo de su travesía su vehículo fue objeto de los disparos de los buques del bando franquista el Cervera y el Canarias.

"Los primeros misiles los tiraron a nuestro coche porque pensarían que éramos tropa. Aquello era lo más cercano al infierno que he visto nunca. Conseguimos refugiarnos en un corte de la carretera. Entonces, vimos a unos paisanos de Coín que también huían. Les dijimos que no pasaran, pero no nos hicieron caso. Vimos como su coche reventaba en cientos de pedazos", asegura Salvador.

 Cuatro días después, la familia de Salvador consiguió llegar a Almería. Por el camino quedaron cientos de víctimas. "Vimos como abrieron las compuertas de un pantano llevándose a muchísima gente por delante entre gritos de desesperación de sus familiares", recuerda. La llegada a la capital almeriense, no obstante, no puso fin al peligro.
La aviación italiana estaba esperando a los fugitivos. "Los aviones italianos vinieron todas las noches. Bombardeaban el centro de la ciudad donde había miles de refugiados", relata Salvador, que se encontraba refugiada en la casa de unos amigos de la familia.

 Las noches de bombardeos sobre la capital de Almería serían los últimos que la familia de Salvador pasara unida. Terminada la guerra su padre fue detenido, humillado públicamente y encarcelado. En 1947, fue fusilado.

El bombardeo sobre Almería fue recogido por el doctor canadiense, quien llegó a la ciudad tras cuatro días trasladando enfermos desde Málaga a la ciudad almeriense. "Cuando aquellas 50.000 personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la población un nutrido bombardeo... arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. 

La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían", escribe Norman Bethune en su cuaderno.

 La dureza de la imagen y la crueldad del destino de los republicanos que huyeron de Málaga llevó a a Bethune, a los supervivientes y a los historiadores contactados por este diario a pensar que la operación de los ejércitos del bando franquista se trataba de un plan organizado de exterminio. 

"¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento?", se pregunta Bethune en la conclusión de sus escritos. "Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del capitalismo", concluye."         (Público, 02/02/2013)

20/9/12

Memoria de Sabra y Chatila

 "Silencio. En esas callejuelas bulliciosas, repletas de niños correteando y de hombres ociosos apoyados en la pared, reinaba un silencio abrumador en aquella mañana del 18 de septiembre de 1982. Los periodistas que acudimos allí no comprendíamos dónde se habían podido meter las decenas de miles de habitantes de los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, en los suburbios meridionales de Beirut.

Bastaron unos pasos para comprenderlo. Varias mujeres abrazadas a sus hijos yacían muertas en el primer recodo de la calle. Algunas de ellas carecían de faldas porque, probablemente, habrían sido violadas antes de ser asesinadas. Un recién nacido había sido degollado. 

A pocos metros, los cadáveres de dos chavales de menos de 10 años, uno encima del otro, fueron aparentemente alcanzados por los disparos cuando intentaban huir. En sus rostros era aún visible su expresión de horror en los momentos que precedieron a la muerte.

A cada paso se descubrían nuevos horrores. Frente a una tapia una docena de hombres, algunos con las manos atadas, habían sido fusilados junto con algunos animales -burros, gallinas y cabras- que debían ser de su propiedad. Otros dos jóvenes daban la impresión de haber sido torturados, con algunas extremidades arrancadas, antes de morir de un disparo en la nuca. Sólo uno de los mozos muertos llevaba un arma.

Muchas de las humildes casas de Chatila habían sido derribadas por excavadoras. En al menos una de ellas sus moradores estaban sepultados bajo los escombros. Del amasijo de piedras en el que había sido convertida su vivienda salían algunos miembros -la pierna de una mujer, el brazo de un anciano- ya hinchados y amoratados tras permanecer expuestos horas al sol de justicia del húmedo verano beirutí.

Los cuerpos sin vida habían empezado a descomponerse. El hedor hacía aún más insoportable el espectáculo de la matanza. A Ettore Mo, corresponsal del diario milanés Corriere della Sera, se le saltaron las lágrimas ante tanto horror. Otros colegas de la prensa tuvieron arcadas y vomitaron.

Llevaban ya contados 63 cadáveres en el acceso sur del campamento de Chatila y se disponían a ir a Sabra, cuando irrumpió nervioso el taxista libanés que a la entrada del campamento esperaba a los periodistas. '¡Hay que irse!', repetía asustado. 'Pueden volver en cualquier momento', insistía aludiendo a los asesinos.

Allí donde tenía aparcado el vehículo apareció el único habitante de los campamentos. Karima Yassir, era una mujer palestina, presa de un ataque de nervios y que no paraba de gritar '¡Sáquenme de aquí! ¡Llévenme a cualquier sitio donde no nos maten!'. Entre sollozos Karima acabó contando que había perdido a su marido, de 37 años, y a sus cuatro hijos, de 4, 9, 12 y 13 años.

Aún sin saberlo, los periodistas acababan de descubrir la mayor matanza de la historia de Líbano, un país con una historia ya de por sí ensangrentada. (...)

Allí se amontonó la prensa para dictar en voz alta, sin ser sometida a censura, crónicas en las que recalcaba que la matanza se había desarrollado 'bajo la mirada impasible' del Ejército israelí. Cuando acabó de transmitir, un soldado, judío uruguayo, se acercó a este corresponsal con rostro preocupado. 'Perdone, le escuché', le dijo. '¿Está usted seguro?'. 'No, no puede ser cierto'.

Lo era y en proporciones aún mayores. El 19 de septiembre, algunos de los habitantes de Sabra y Chatila que huyeron a tiempo se atrevieron a regresar en busca de familiares. Narraron sus tremendas vivencias y sirvieron de guías, a través del laberinto de los campamentos, a organizaciones humanitarias, periodistas y servicios de protección civil de Líbano que enterraron los cadáveres en fosas comunes."          (El País, 16/09/2002)

"Sharon afirma que el Gobierno israelí, con la excepción de Beguin, autorizó la 'limpieza' de Sabra y Chatila.

 Ariel Sharon, ministro israelí de Defensa, ha aceptado su responsabilidad, extensiva a todo el Gobierno, con la excepción del primer ministro, Menájem Beguin, que se encontraba ausente, en la autorización concedida e las falanges libanesas para penetrar en los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila, en el sur de Beirut, para limpiarlos de terroristas. -Sharon declaró ayer ante la comisión del Estado que investiga las posibles responsabilidades israelíes en la matanza de palestinos entre el 16 y 18 de septiembre."        (El País, 26/10/1982)

"300 falangistas y soldados de Haddad asesinaron, bajo vigilancia israelí, a los refugiados palestinos.

 El Ejército libanés y los servicios de protección civil siguieron enterrando ayer, por tercer día consecutivo, cadáveres de las víctimas, mayoritariamente palestinas, en la que puede ser la mayor matanza de la historia de Líbano, que empezó a perpetrarse hace hoy una semana en los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila, situados al sur de Beirut, por las milicias cristianas de diversas procedencias, a tan sólo unos centenares de metros de las posiciones del Ejército de Israel. (...)

Cinco días después de que los periodistas descubriesen la matanza ha quedado prácticamente establecido, en base a las descripciones de los uniformes proporcionadas por militares libaneses, enfermeras europeas y parientes de las víctimas, que los atacantes pertenecían a la milicia falangista cristiana (Kataeb), concretamente a la policía militar de este grupo; a la facción armada capitaneada por el comandante libanés Saad Haddad, aliado de Israel; y hasta al diminuto movimiento chiíta de los Mártires de Kerbala, que también colabora en el sur del país con el Ejército israelí.Aunque la mayoría de los uniformes de los milicianos fuese identificable por la insignia del tradicional cedro libanés cosida en el pecho o en el brazo a la altura del hombro, y otros por el brazalete de la policía militar Kataeb, muchos no llevaban ningún emblema que permitiese reconocerles. (...)

La milicia mixta de aproximadamente trescientos atacantes empezó a actuar el jueves 16 de septiembre a las cinco de la tarde, y acabó su trabajo el sábado 18, a las siete de la mañana, dando muerte durante esas 36 horas, según la Cruz Roja Internacional, a unos mil hombres, mujeres y niños, incluídos varios recién nacidos, entre los que figuran, según la Prensa local, entre cien y doscientos libaneses, casi todos de confesión chiíta.
Las autoridades israelíes han cambiado varias veces de versión sobre el desarrollo de la tragedia, contradiciéndose a sí mismas, pero imputando sistemáticamente a los milicianos la responsabilidad de lo ocurrido, mientras eximían a Saad Haddad de toda culpa. (...)


El Ejército israelí, que había reforzado el martes por la tarde, horas antes de que fuese anunciada la muerte del presidente electo Bechir Gemayel, su dispositivo militar en tomo a Beirut oeste, ex feudo de las fuerzas palestinas, inició su avance el miércoles empujando pacíficamente hacia el norte al Ejército libanés y, el jueves, día en que empezó la matanza, rodeaba por completo los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila.

Ninguna fuerza militar que le fuese ajena podía moverse por la zona sin su consentimiento y una eventual infiltración de milicianos cristianos a través de sus líneas está descartada ya que ha quedado demostrado que los atacantes de los campamentos se concentraron muy cerca de sus unidades antes de pasar al ataque, coordinado desde el edificio de la ONU, situado en la llamada plaza de la Embajada de Kuwait, enfrente de un dependencia castrense israelí. (...)

Las milicias penetraron en los campamentos bajo la mirada de los hombres del Ejército israelí el jueves día 16 a las 17.00 horas, pero efectuaron su siniestra labor en gran parte de la noche a la luz de las bengalas disparadas todas las noches sobre el sur de Beirut por el Ejército israelí.

Es más, a tan sólo 300 metros de la entrada meridional de Chatila, el Ejército israelí ha instalado desde el 3 de septiembre un puesto de observación avanzado en el tejado de un edificio alto de apartamentos de oficiales libaneses, desde el que los hombres allí apostados pudieron asistir en primera fila a la matanza, oyendo disparos y gritos de terror y viendo incluso de noche lo que sucedía allí abajo gracias a la luz de las bengalas. 

Por si fuera poco, mujeres de Chatila que consiguieron escaparse del campamento el viernes de madrugada corrieron hasta las unidades israelíes estacionadas en las cercanías para solicitar en vano su intervención para que detuvieran la matanza.

Para evitar probablemente cualquier contacto prolongado con la Prensa, las unidades israelíes estacionadas en la zona, y que podían acaso testimoniar de la pasividad del Ejército israelí, fueron rápidamente relevadas por tropas procedentes de la llanura libanesa de la Bekaa.  (...)

La Radio Nacional de Israel afirmó incluso, citando a un oficial de alto rango, que la operación había sido realizada "en coordinación con el Ejército israelí". Con o sin coordinación del Ejército israelí, la escasa resistencia opuesta por los habitantes del campamento demuestra la inexistencia de los supuestos elementos armados palestinos denunciados por Sharon."             (El País, 23/09/1982)


"Decenas de nuevos cadáveres aparecen en los rincones más insospechados de los campamentos palestinos.

A medida que transcurren las horas, la matanza de centenares de palestinos en los campamentos de refugiados de Chatila y Sabra, al sur de Beirut, adquiere mayores proporciones. "El horror no tiene límites", era la frase más pronunciada por todos aquellos que visitaron nuevamente ayer los lugares de la tragedia. 

Guiados por los habitantes de Chatila que escaparon a la matanza y se atrevieron ayer a regresar a sus hogares en ruinas, los numerosos diplomáticos y periodistas que recorrieron el laberinto del campamento descubrieron en los rincones más insospechados de sus callejuelas decenas de nuevos cadáveres.

En total varios centenares, probablemente más de mil palestinos indefensos, murieron asesinados entre la tarde del jueves y la madrugada del sábado, a escasos centenares de metros de las posiciones del Ejército israelí.  (...)

Cuando conversaban con los corresponsales extranjeros que les enseñaban las fotografías espeluznantes publicadas ayer por los diarios libaneses, algunos militares israelíes parecían, no obstante, francamente perturbados por lo sucedido. 

Un célebre periodista de un gran diario norteamericano, indignado por las nuevas facetas de la matanza descubiertas ayer, gritó incluso en dirección a donde se encontraban varios oficiales hebreos: "Mi único deseo es que mi país os corte toda la ayuda que os da". (...)

Madres abrazadas a sus recién nacidos, asesinadas junto con sus hijos de un disparo en la sien o en la nuca; niños adolescentes mutilados y torturados antes de ser fusilados; hombres maduros atados de pies y manos y aplastados en un garaje por una camioneta; niños, otra vez, muertos en las camas en las que dormían junto a sus pobres juguetes; mujeres decapitadas probablemente con hachas; ancianos con impactos de bala en la espalda, muertos probablemente cuando intentaban huir; jóvenes reunidos ante una pared y fusilados; personas acuchilladas o degolladas.

El aire era irrespirable. Los cadáveres de las primeras víctimas del jueves se encontraban ya completamente desfigurados, en un avanzado estado de descomposición. Todos exhalaban un apestante hedor de putrefacción. Más de algún guía improvisado del campamento y más de algún soldado libanés vomitó al borde de la calzada. La Prensa aguantaba algo más gracias a las mascarillas que tapaban la nariz y la boca.

Pero el horror no acababa ahí. Desde un pequeño montículo se divisaba perfectamente una explanada artificial aplanada en pocas horas por las excavadoras, pero por cuyos bordes emergían aún de la tierra brazos, manos o cabezas de las víctimas apresuradamente enterradas. 

¿Cuántos cadáveres que no podrán ser contados contenía aquella fosa común y cuántos están atrapados entre los escombros de las casas, repletas de cuerpos sin vida y dinamitadas tras la matanza?

Otros palestinos, aún con vida, han sido, según los relatos, transportados en camiones a algún lugar desconocido."          (El País, 20/09/1982) 

17/7/11

"El asesino de mi madre trabaja en el mismo edificio que yo"

"Sobrevivir a un genocidio suele comportar una obligación vital: mantener vivo el recuerdo de las víctimas y llevar a los culpables ante la justicia.

El bosnio musulmán Hasan Nuhanovic, de 43 años, traductor en 1995 de los cascos azules holandeses destacados en Srebrenica, ha consagrado su madurez a esa labor. Perdió a su padre y a su hermano menor en la ciudad bosnia, asaltada por las tropas serbobosnias del general Ratko Mladic, y acaba de ganar su primera batalla legal. (...)

En su tierra, en Bosnia, también pelea por juzgar al asesino materno. El asunto no acaba de ser investigado en Sarajevo, y él ha llegado a una dolorosa conclusión. Casi dos décadas después del genocidio, la reconciliación entre serbios y bosnios le parece un puente todavía demasiado lejano. (...)

Pregunta. Hace cinco años presentó en Holanda el caso por la muerte de su padre y su hermano, que acaba de ganar. Los asesinos actuaron a la luz del día en Srebrenica. A su madre, sin embargo, la mataron en otra ciudad. ¿Cómo supo quién lo hizo?

Respuesta. Me lo dijeron unos vecinos serbios que vieron al culpable cometiendo el crimen. Todo el mundo le conocía. Era el jefe de policía serbio de mi pueblo. Ahora trabaja en el mismo edificio donde tengo mi oficina, en Sarajevo.

Nos cruzamos a diario y nadie hace nada. Indagué por mi cuenta, reconstruí los hechos y remití los datos a los tribunales. Pero solo me han dicho que lo están investigando. Llevan así desde 2006. (...)

R. Los problemas entre Bosnia y la República Sprska (entidad serbia del país balcánico) siguen igual. Ya no hay guerra, pero eso es todo. La parte serbia de Bosnia niega el genocidio. Los criminales de guerra siguen impunes, y hay decenas de miles que deberían ser juzgados. Incluso si los jueces de Sarajevo trabajaran sin cesar, tardarían años en resolver los casos.

Mientras no haya voluntad política no se solucionará. Mire, los políticos de los distintos grupos étnicos están envenenando a la gente. Y ya hemos visto antes que el pueblo se deja envenenar. Piense, si no, en la reacción de los serbios cuando detuvieron a Mladic. A la mayoría le seguía pareciendo un héroe. (...)

P. ¿Y la reconciliación entre serbios y bosnios, que tanto enfatiza, entre otros, el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia? ¿O bien la entrega, por parte de Serbia, de Ratko Mladic, para que le juzguen?

R. La justicia debería componer un paquete en el que cupiera el castigo del culpable, la compensación a las víctimas, el reconocimiento público de lo ocurrido, y la aceptación de sufrimiento.

Del Tribunal para Yugoslavia se recibe una porción de justicia. Hay reconocimiento, aunque no compensación. Falta lo más importante: la aceptación. Porque los serbios niegan lo ocurrido." (El País, 07/07/2011, p. 4)

8/4/11

"Fuerzas iraquíes, tanques incluidos, irrumpieron en el campo de refugiados de Ashraf disparando "indiscriminadamente"

"Al menos 12 muertos en un ataque del ejército iraquí contra un campo de refugiados iraníes.

Tropas iraquíes han vuelto esta noche a atacar el campo de refugiados iraníes de Ashraf, al noreste de Bagdad, donde viven unos 4.000 iraníes contrarios al régimen de Teherán. Al menos 12 personas han muerto en el asalto y "decenas" han resultado heridas.

Así lo ha informado a esta redacción el abogado Joan Garcés, que lleva en la Audiencia Nacional un caso abierto por una matanza similar en julio de 2009. La Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Ginebra ha confirmado a esta redacción el ataque, aunque aún está "investigando" lo ocurrido y no ofrece cifras de víctimas.

En la web de los refugiados, un comunicado habla de 19 muertos, mientras que un portavoz de los refugiados ha dicho a EFE que son 28 los muertos.

Según el relato de Garcés, sobre las nueve de la noche de ayer, fuerzas iraquíes, tanques incluidos, irrumpieron en el campo de refugiados de Ashraf disparando "indiscriminadamente". A las siete de la mañana de hoy, el abogado cifra en 12 los muertos, "decenas de heridos y residentes secuestrados por las fuerzas iraquíes".

[Mohamed Eghbal, uno de los portavoces del campo, ha informado esta mañana a EFE de que los fallecidos son 28, tras el ataque de unos 2.000 soldados iraquíes]. Siempre según Garcés, al tiempo que el Ejército iraquí entraba en la población, la Misión de Naciones Unidas para Irak (UNAMI), que vela por los derechos humanos en Irak, alertó de que "iba a haber una masacre" en Ashraf a varios organismos: la Embajada estadounidense y el departamento de Estado, la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, con sede en Ginebra -esta agencia ha confirmado el contacto-, entre otros.

También alertó al Ejército de EE UU, del que recibió una respuesta "muy evasiva", cuenta Garcés, que añade, que, sobre las nueve de la noche de ayer, una unidad del ejército de EE UU que tiene su cuartel cerca de Ashraf se retiró. Se da la circunstancia, además, que el jefe del Pentágono, Robert Gates, se encuentra en Irak. (...)

En un comunicado, la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán, asegura que son 19 los muertos por el ataque, del que acusa directamente al "teniente general iraquí Ali Gheidan, reponsable de Infantería, que dirige personalmente el ataque criminal de fuerzas bajo el mando de [el primer ministro iraquí, Nuri Al] Maliki.

A las 7.30 locales, ordenó disparar contra hombre y mujeres desarmados e indefensos reunidos en la plaza Laleh de Ashraf". "Algunos de los muertos fueron disparados directamente y otros atropellados por vehículos blindados Humvee", añade la nota." (El País, 08/04/2011)

26/11/10

La represión franquista en Valencia (II)

"En Valencia habíamos hecho un trabajo de documentación en el que habíamos descubierto seis inmensas fosas comunes de la época franquista. Entre todas tienen una superficie de 41.000 m². Además, habíamos documentado los nombres de 23.661 personas tiradas a esas fosas durante la época de la represión, hasta el año 1945”.

¿Qué significó para ustedes esta investigación?

“Fue una conmoción. Primero, encontrar unos espacios de represión tan inmensos, y con una estructura espeluznante. El cementerio contiene los cadáveres apilados y numerados. Las fosas fueron diseñadas porque había que enterrar a miles de personas, y tenían que saber quiénes eran y dónde estaba cada uno.

Encontrarte con una estructura semejante es espeluznante. También encontramos la documentación escrita por los propios fascistas, y ves que hay niños, niñas, personas mayores, mujeres. Hay todo tipo de personas. Las causas de muerte que los propios fascistas escriben son casi todas muertes violentas, fracturas de cráneo, asfixia por suspensión.

En los adultos caquexia, que es morir de hambre, y en los niños y niñas atrepsia, que es morir por carencia de nutrientes. Esto pone de manifiesto lo que fue el genocidio franquista”. (Revolución o mueerte, 'España bajo el franquismo, 24/11/2010)

22/1/10

El bombardeo de la carretera de Almería

"Cuando se hizo evidente la caída de Málaga, milicianos, población civil y refugiados salieron en desbandada por la Carretera de Almería, el camino que parecía más expedito, con el objetivo de alcanzar Almería y la zona republicana. ¿Cuántos huyeron? Muchos miles. El Socorro Rojo Internacional que operaba en aquellos momentos en Almería apuntaba que 150.000.

Encarnación Barranquero calcula que un tercio de la población malagueña intentó la huida, junto a otros 60.000 refugiados procedentes de Cádiz, Sevilla, Ronda y Antequera que se habían apilado en Málaga desde 1936. Esta historiadora de la UMA, que en la actualidad estudia la represión patronal en la posguerra, subraya entre los indicios en los que se sustentan estas estimaciones cómo tras la caída de la capital la mitad del medio millar de obreros de la fábrica textil de Los Guindos no acudió a su puesto de trabajo.

Bombardeos indiscriminados desde el aire y el mar sobre esta población que huía se cobraron miles de vidas en uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil. Algunos supervivientes de los bombardeos, ante la imposibilidad de alcanzar el frente a través de Motril, ya en manos de las tropas italianas, trataron de evitar las bombas alejándose de la línea de costa y atravesar las Alpujarras para llegar a Almería. La Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica tiene testimonios orales de vecinos del Valle de Lecrín, Órgiva y Vélez de Benaudalla que señalan cómo estos milicianos eran sorprendidos por grupos falangistas y de tropas hispanomoras que iban limpiando las zonas tomadas por la columna italiana que bajaba hacia Motril.

Esta asociación excavó la pasada primavera una fosa de más de 10 metros de longitud y entre 1,50 y 1,75 de profundidad, en Melegís, en el Valle de Lecrín (Granada), donde fueron enterrados 18 milicianos, casi todos menores de 30 años y casi todos ellos con un tiro de gracia recibido cuando ya habían caído en el enterramiento." (Memòria Repressió Franquista., / Memoria, huida y muerte.)