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9/1/19

Hoy en día, en República Checa, ocurre precisamente lo mismo que Hitler hizo en 1939. Nuevas leyes de ciudadanía, apaleamientos, asesinatos, mutilaciones, skinheads. Solíamos llamarlos Juventud Hitleriana. En el mercado de Brno he visto a los skinheads agredir a los romaníes que vendían fruta... A veces desearía no haber sobrevivido a Lety. ¿Por qué Dios me obliga a vivirlo dos veces?... Lety era campo de concentración para los gitanos en el protectorado nazi de Bohemia y Moravia

"En el lugar donde entre agosto de 1942 y mayo de 1943 se encontraba el campo de concentración de Lety, a 70 kilómetros al sur de Praga, en el que fueron recluidas 1.309 personas de las cuales 327 murieron, hoy encontramos un enorme criadero de cerdos. Fue construido por el gobierno checoeslovaco en los años setenta —cuando la memoria del campo ya se había difuminado— y privatizado tras la caída del régimen en 1989. Desde los años setenta hasta hoy la granja ha estado activa y ha recibido fondos de la Unión Europea.


La razón del rápido difuminarse de la memoria del genocidio es debida a que en Lety se asesinaron a personas de etnia romaní, el pueblo que siempre ha ocupado y sigue ocupando el último escalón de la pirámide social, los márgenes invisibles de la historia.

Tras más de cuatro décadas de funcionamiento, una resolución del Parlamento Europeo de 2005 que imponía el traslado de la granja a otro lugar y años de trabajo por parte de varios activistas para convertir Lety en un lugar de conmemoración, el 24 de junio de 2017 organizaciones de 15 países europeos participaron en Dignity For Lety, una campaña europea lanzada por EGAM —European Grassroots Antiracist Movement— en 2014 para conmemorar a las víctimas del Porrajmos, el Holocausto del pueblo romaní. 

Con la ayuda de la presión de las organizaciones internacionales, en agosto de 2017 el gobierno checo decidió finalmente, tras décadas de debates e infructuosas declaraciones en ocasión de las elecciones, comprar la granja, de propiedad de AGPI, para trasladarla a un lugar más oportuno. En la actualidad el único elemento que recuerda el genocidio es un monumento insignificante construido en 1995 en un lugar cercano pero distinto al de la ubicación del campo y del cementerio.


Mientras que en años recientes el estudio de la materialidad de la Shoah ha despertado el interés de numerosos estudiosos internacionales, muy raramente eso ha ocurrido con el estudio del Porrajmos. 

El primer estudio arqueológico sobre un campo de concentración gitano está siendo realizado en Lety por la Universidad de Bohemia Occidental, que está midiendo los límites del campo y del cementerio, relacionándolos con la ubicación del criadero de cerdos.

Genocidio gitano


Antes de convertirse en 1942 en uno de los dos campos de concentración para romaníes del Protectorado de Bohemia y Moravia —siendo el otro el campo de Hodonín en Moravia, cuyo terreno está hoy ocupado por un hotel— Lety fue un campo de trabajo, construido por el gobierno checoeslovaco en 1939 antes de la ocupación de Checoeslovaquia, el mismo año, por parte de los alemanes y el nacimiento del Protectorado de Bohemia y Moravia. 

De las personas que no murieron en Lety más de 500 fueron enviadas —tras el cierre del campo en 1943— al campo de concentración de Terezín, en Bohemia del Norte, para luego ser transferidas a Auschwitz, donde la mayoría murieron. Alrededor del 90% de la población gitana de Checoeslovaquia no sobrevivió al Holocausto.


Al inicio de los años noventa el escritor estadounidense Paul Polansky halló en el archivo de estado de Třeboň, en el curso de una investigación para conocer sus propios orígenes familiares, unos 40.000 documentos relativos al olvidado campo de Lety. En la época de su construcción el campo se encontraba en terrenos de propiedad de la familia Schwartzenberg, una de las más antiguas y poderosas familias aristocráticas centroeuropeas, cuyos orígenes remontan a la época medieval.

Según la investigación de Polansky, quien me confirmó recientemente sus afirmaciones, fue a petición de la propia familia Schwartzenberg que el campo fue construido, en 1939, en sus terrenos, para poder disponer de mano de obra gratuita. 

A partir de 1942 la familia aristocrática solicitó el envío al campo de personas gitanas, ya que los judíos no eran muy eficientes en los trabajos físicos. Se convirtió, pues, en un campo de concentración de personas de etnias romaní y sinti, consideradas más fuertes y aptas para trabajos pesados.


El campo era gestionado por un comandante y guardias checos —bajo supervisión del régimen nazi— cuya crueldad y brutalidad son descritas por Polansky en su libro de poesía Living Through It Twice: Poems Of The Romany Holocaust [1940-1997] y en el libro de entrevistas a los supervivientes de Lety que Polansky buscó a lo largo de los años noventa Black Silence: The Lety Survivors Speak. 

La historia de la relación entre la familia Schwartzenberg y el campo de concentración es el tema de la novela The Storm [libros no traducidos al castellano].


Las razones por las que después de la guerra las atrocidades perpetradas en el campo cayeron en el olvido fueron principalmente dos: la primera es la etnia de las víctimas, como decíamos, la segunda la corresponsabilidad de los checos en la gestión extremadamente cruel del campo, un hecho que todavía no ha sido ni asumido ni reconocido.


Tras la caída del régimen comunista, al príncipe Karl VII von Schwarzenberg —hijo del beneficiario de la fuerza de trabajo del campo y director entre 1990 y 1992 de la oficina presidencial del presidente Vaclav Havel— se le devolvieron muchas de las tierras y casas que el régimen comunista le había confiscado, convirtiéndolo en la persona más rica de República Checa.

 En la década siguiente será dos veces ministro de relaciones exteriores y en 2013 fue candidato a presidente de República Checa. En la actualidad es diputado del Parlamento checo.


Al trasladar la granja a otro lugar, es indudable que se podrá finalmente honrar la memoria del genocidio en el lugar en el que ocurrió. Sin embargo, el desplazamiento físico del edificio debería ser acompañado por una transformación sustancial, infinitamente más difícil y laboriosa, de la manera de pensar y vivir las relaciones entre culturas distintas.


El racismo hacia los romaníes en República Checa sigue estando hoy en día muy presente, su discriminación es un sentimiento muy frecuente en la sociedad, desde el ámbito educativo hasta el ámbito laboral. Las poesías de Polansky, escritas en los años noventa —en la época del presidente Havel— ofrecen una imagen de los niveles dramáticos a los que llegó la discriminación. 

En junio de 2018 el monumento de Lety, el simulacro de memoria construido en 1995 en una zona distinta a la del campo, fue atacado por grupos de extrema derecha. Algunos políticos han recientemente negado la existencia del Holocausto romaní.

El traslado del criadero y la organización de un lugar de conmemoración representará un maquillaje de la realidad, una operación de estética política. Sólo un cambio profundo en las relaciones humanas junto con un cambio radical a nivel educativo que alimente el diálogo y la cooperación en lugar de la discriminación y la competición, representaría un verdadero cambio hacia otra forma de relacionarse, más allá de (y olvidando) las etnias. 

Una vez realizada esta transformación profunda se podrá realmente honrar la memoria del holocausto romaní. Al contrario, la presencia del criadero de cerdos en el lugar donde ocurrió el genocidio es la representación material de las actuales relaciones entre checos y romaníes.

Vivirlo dos veces


Hoy en día en República Checa
ocurre precisamente lo mismo
que Hitler hizo en 1939.
Nuevas leyes de ciudadanía, apaleamientos,
asesinatos, mutilaciones, skinheads.
Solíamos llamarlos Juventud Hitleriana.

En el mercado de Brno
he visto a los skinheads agredir
a los romaníes que vendían fruta.

Esos skinheads llegan en silencio
con cadenas y bolas
con púas y los golpean.

He visto a un romaní perder
tres o cuatro dientes por culpa de esta nueva
Juventud Hitleriana este verano en Brno.

A veces desearía no haber
sobrevivido a Lety. ¿Por qué Dios
me obliga a vivirlo dos veces?


Paul Polansky | Living through it twice [1997] traducción del inglés de Massimo Paolini


En Modernidad y Holocausto Zygmunt Bauman expone con claridad la conciencia de la urgencia de ver en el Holocausto una de las posibilidades de nuestra época, debido a que existe una relación no sólo superficial entre la tecnología de producción de masas y la ‘visión serial de la muerte’ del campo de concentración.

 “La máquina de la destrucción ‘era’ la comunidad organizada en uno de sus roles específicos”. “Buchenwald pertenece a Occidente tanto como Detroit: resulta imposible rechazar Buchenwald en cuanto aberración casual de un mundo occidental fundamentalmente sano”. 

 Honrar la memoria del campo de concentración de Lety significa también recordar que el Holocausto es una posibilidad, presente y futura, de nuestra modernidad."             (Massimo Paolini, El Salto, 30/12/18)       

25/4/13

El secreto de Hitler era el odio. El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta

 "Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes.

A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi...  ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler "su ilimitada capacidad de odio". Y advierte: "El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva".

 Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. 

 "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". 

Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él". 

Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. "Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933". Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán.

 "Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales".
 
Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. 

“Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.

¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? "Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables.

 Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS".

Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? "Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático".

Hitler cultivaba su carisma. "Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.

Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. "Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio".  (...)

Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: 

"Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo'”.    ( , El País, Madrid 21 ABR 2013)

21/2/11

¿Qué hacemos con los genios infames? Con los grandes artistas han defendido ideas que promueven el odio

"En sus memorias, la señora Destouches recordaba la actitud de su marido hacia unos textos a los que, decía, algunos atribuyen "un poder maléfico": "Cuando supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración se quedó horrorizado, pero nunca fue capaz de decir: 'Lo lamento'.

No se le perdonó el no haber reconocido sus culpas y él jamás dijo: 'Me equivoqué'. Siempre aseguró que había escrito sus panfletos con una finalidad pacifista, nada más. En su opinión, los judíos incitaban a la guerra [él había sido herido en la del 14] y quería evitarla. Eso era todo".

Aunque nunca han faltado pacifistas empeñados en apagar el fuego con una lata de gasolina, Céline ha alcanzado una categoría de icono que no tienen reaccionarios tan citados como Robert Brasillach o Drieu La Rochelle.

La razón es simple: como novelista es uno de los más grandes. Lo que no es tan simple es cómo reconocer esa grandeza sin mancharse las manos. La equivocación sería, para muchos expertos, seguir barriendo las vergüenzas debajo de la alfombra.

Bernard-Henri Lévy lo dijo así el mismo día que se anunció la decisión del ministerio de Cultura de su país: "Aunque la conmemoración sirviese solo para eso, para empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir entre el genio y la infamia, habría sido no solo legítima, sino útil y necesaria".

Para Esther Bendahan, escritora y directora de cultura de Casa Sefarad-Israel en Madrid, es un error suspender la conmemoración una vez programada: "Era una oportunidad de reflexión. No digo que esté de acuerdo con el planteamiento, pero una vez planteado, hay que defenderlo y aprovecharlo".

La polémica, según Bendahan, surge por la cercanía del horror que alimentó el racismo de muchos intelectuales: "Hablamos de algo muy cercano y, diría, de gran actualidad todavía. Eso hace difícil separar la persona de su obra".

Algo perfectamente fácil de hacer, sin embargo, en el caso de autores como Quevedo, cuyo antisemitismo no hace ya tanto daño como el de un contemporáneo. Por no hablar de la misoginia o la defensa de la esclavitud de no pocos de sus vecinos en los barrios bajos de la historia del arte.

¿Y cuándo queda el horror lo suficientemente lejos? Para responder, la autora de Déjalo, ya volveremos recurre a una serpiente que se muerde la cola: "Cuando no levanta polémica. Cuando se vive como un fenómeno ajeno a nosotros que ha formado parte de una locura histórica. Cuando es ya más historia que memoria".

El filósofo Reyes Mate, Premio Nacional de Ensayo en 2009 por La herencia del olvido, ha consagrado muchos de sus trabajos a la relación entre historia y memoria a la luz, sobre todo, del Holocausto, pero también de la Guerra Civil y de la dictadura argentina.

Para él, "la memoria decisiva no es la de los hechos felices sino la de los infelices, y esa memoria negativa es la que puede ser un elemento crítico importante para una construcción diferente del presente". Además, apunta, una cosa es conmemorar y otra, celebrar: "Se celebran los triunfos, se conmemoran las derrotas". (...)

Lo peor que se puede hacer con el pasado, dice Mate, es borrarlo o ignorarlo: "A autores como Céline, cuyas posiciones políticas contribuyeron al desastre, conviene recordarlos porque fueron muy significativos.

Si no los tienes en cuenta no te explicas lo que sucedió. Hay que leer críticamente a Céline, como a Heidegger o a Jünger, porque representa un momento del pasado que ha tenido una importancia enorme en la historia. Difícilmente se puede construir una historia diferente a lo que ellos significaron si no se tiene en cuenta que existieron".

En su opinión, ese argumento sirve tanto para un libro como para un monumento. De ahí su contrariedad al comprobar que en el edificio central de la institución en la que trabaja, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha desaparecido la inscripción en latín que "honraba" a Franco como presidente del patronato del Consejo: "Han quitado el fresco y han puesto unas baldosas neutras.

No hay rastro del pasado. Habría que haber dejado esa inscripción y, al lado, poner una explicación". Para el autor de Justicia de las víctimas, sin huellas se vuelve más difícil leer el pasado. Por eso, dice, "lo que hay que hacer no es eliminar el Valle de los Caídos, sino explicarlo".

Lo mismo cabría decir de los nombres de las calles: "La solución no es eliminarlas. No deberíamos olvidar que hubo una sociedad para la que los generales franquistas fueron personas ilustres. Si hay muchas, como en Madrid, habría que dosificarlas, pero no se puede borrar de la ciudad ese pasado. Ahí la Ley de la Memoria Histórica afinó poco".

En lo que se refiere a los escritores, la gran pregunta es, apunta Esther Bendahan, si la obra de un autor y sus opiniones tienen genes distintos, es decir, si el arte tiene "su propia verdad".

La cuestión es más espinosa en el caso de un filósofo -que trabaja con sistemas que a veces conllevan una ética- que, por ejemplo, en el de un arquitecto, pero parece que no hay duda de que se puede ser un amoral y un gran artista. "La experiencia nos dice que sí. Se ha dicho mil veces: los nazis se emocionaban con la música clásica".

Para Reyes Mate, el arte permite la contradicción de que una forma brillante albergue contenidos terroríficos. Eso sí, lo que ha cambiado es la mirada sobre el arte: "Después de Auschwitz no podríamos decir de ciertos poemas que sean malos, pero sí que son éticamente discutibles.

Lo que añade la experiencia de Auschwitz es el juicio ético, ya no te puedes detener solo en el nivel estético. Nuestra visión de una obra tiene algo que sin esa experiencia no tendría por qué tener. El deber de memoria pide que se incluya el juicio moral".

El día que Céline nos resulte tan lejano como Quevedo algo se habrá ganado pero algo se habrá perdido. Significará que el horror que contribuyó a encender se ha vuelto para nosotros más ajeno que la belleza que él mismo consiguió crear.

Entre tanto, habría que prescindir de la brocha gorda para asumir de una vez por todas que los buenos escritores son a veces malas personas. Y, de paso, asumir que para reconocer la grandeza de un artista no hace ir con flores a su tumba." (El País, 20/02/2011, p. 31)