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13/3/24

La historia de los ocho de Vernet... militares republicanos exiliados en Francia y que acabaron en un campo de concentración nazi... Gámir sufre un ataque y pierde la vista y el sentido. El médico que le atiende extiende un certificado para ingresarlo en el hospital y ofrece a sus compañeros tramitar un documento parecido. El grupo debate si aceptar o no la oferta y finalmente, el coronel Velasco decide que es demasiado arriesgado porque si los alemanes sospechan pueden obligar al delicado Gámir a abandonar el hospital y hacer el viaje con ellos. Siete se sacrifican por uno. La decisión marca un antes y un después: solo uno de ellos salvará la vida. El 30 de junio de 1944, el grupo, ahora de siete, es trasladado a Dachau

 "El Ministerio de Defensa recupera las vivencias del grupo de militares republicanos exiliados en Francia y que acabaron en un campo de concentración nazi. Los hijos de dos de ellos murieron asesinados por el bando en el que luchaban sus padres.

Velasco se puso muy enfermo al poco tiempo de llegar, lo sacaron del campo y no hemos vuelto a saber de él, lo más probable es que lo gasearan. Blasco murió el 18 diciembre y Amer, en febrero, los dos porque perdieron la moral y el ánimo y esa fue su perdición; Salavera murió en enero consumido por la diarrea, los piojos y los malos tratos; Marín murió en febrero del tifus, y Redondo, en la noche del 8 al 9 de marzo de fiebre, piojos y sobre todo, hambre; dormíamos juntos y murió abrazado a mí, hablándome de sus hijos. Toda la noche desde las 11 la pasé con el pobre cadáver y a la madrugada, ayudado por otro español, pudimos lavarlo y arreglarlo un poco antes de que se lo llevaran. Yo vivo de milagro, pero vivo…”.

El Teniente coronel José María García-Miranda, de 48 años, escribe a su esposa, Lucía, el 2 de mayo de 1945 tras ser liberado por los americanos del campo de concentración nazi de Dachau (Alemania). Pesa 39 kilos y aún tardará en reencontrarse con ella porque los supervivientes están tan débiles y enfermos que han de pasar una cuarentena. La carta resume el final del trágico destino de un grupo de jefes y oficiales del Ejército republicano que, en 1939, una vez perdida la Guerra Civil, cruzó a Francia y, al igual que miles de civiles, fue dando tumbos por centros de detención hasta recalar en una de las sucursales del infierno, las crueles sedes del holocausto. El sobrino nieto de García-Miranda, Rafael Pañeda Reinlein, encontró hace años, en un altillo de un desván, dentro de una maleta, los textos de su tío abuelo y, con su hermana Iciar, empezó a tirar del hilo para averigüar quiénes eran esos hombres de los que hablaba en su carta. Rafael recuerda la emoción cuando abrió aquellos “cuadernos de tapas marrones que llevaban tanto tiempo callados. Las cartas recién liberado de Dachau son un monumento”, afirma. El resultado es una emocionante historia de lealtad, honor y compañerismo en las circunstancias más difíciles, recogidas en el libro Los ocho de Vernet, por ser este pueblo francés la primera parada de su periplo tras perder la guerra. Publicado por el Ministerio de Defensa, la obra sirve de merecido homenaje. La iniciativa, como la de la Fiscalía General del Estado, que recientemente ha publicado En memoria de Javier Elola, fiscal fusilado, pretende recuperar un relato olvidado: el de los servidores públicos que pagaron con todo su defensa de la democracia, incluida la propia sangre. Dos de los hijos de estos militares fueron asesinados por hombres que decían apoyar al bando en el que luchaban sus padres, el de la República.

Iciar y Rafael Peñada son sobrinos de otro de los grandes nombres de la democracia, Fernando Reinlein, miembro de la Unión Militar Democrática (UMD), el grupo clandestino de militares que vigiló, desde dentro del Ejército, para que la dictadura no se perpetuase. “Yo trabajo en el Ministerio de Defensa”, explica Iciar, “y cuando digo el apellido Reinlein, unos tuercen el gesto por la UMD, y otros dicen: ‘Ah, pero también eres nieta de medalla militar’, porque mi abuelo estuvo en la División Azul [unidad española de apoyo a los alemanes en la II Guerra Mundial]. Esa situación, de parientes en ambos bandos, se da en muchas familias militares”.

La detención

El 8 de diciembre de 1943, la Gestapo detiene en el Hotel Alexandra del pueblo francés de Vernet les Bains a ocho militares republicanos: el general Mariano Gámir Ulibarri, de 66 años; los coroneles Jesús Velasco Echave (65); Carlos Redondo Flores (64 ) y César Blasco Sasera (66); los tenientes coroneles Fernando Salavera Camps (60) y José Mª García-Miranda Esteban-Infantes (46) y los comandantes Joan Amer Vadell (46) y Teodoro Marín Masdemont (66). Como el resto del Ejército Republicano, tienen distintas ideas y orígenes. Gámir ha nacido en una familia militar, católica y monárquica. 

El 14 de abril de 1931, al proclamarse la República, según recoge una biografía escrita por Manuel Amores Torrijos en colaboración con la familia, expresa su “congoja al arriarse por última vez la enseña rojigualda”. El golpe del 18 de julio de 1936 le pilla en Valencia. Al día siguiente envía un telegrama al presidente Azaña para manifestarle su lealtad. “La decisión no fue fácil por la militancia en Falange de tres de mis hijos”, se recuerda en el libro. Uno de ellos, Pepe, de 26 años, es asesinado en agosto de 1936 por un “grupo de izquierdistas” que lo saca de la cárcel de Huete (Cuenca) para matarlo “tomándose la justicia por su mano”. 

El general Gámir afirma entonces: “La tragedia familiar hizo que un sentimiento de culpa se apoderase de mí en los primeros días de luto, asaltándome la duda de si acaso habría optado por el bando equivocado”. En noviembre de 1936 también es asesinado en Paracuellos su sobrino José María: “Mi desesperación llegó al límite…”.

Mi abuelo”, relata a EL PAÍS Alfonso Gámir, nieto del general, “había sido gentilhombre del Rey [caballero al servicio del Monarca]. También era muy, muy religioso, lo que chocaba con el anticlericalismo del bando republicano. Pero defendió hasta sus últimas consecuencias el poder establecido y la palabra dada: había jurado lealtad a la República. Puso su deber por encima de todo, hasta de la familia. Y por eso estoy muy orgulloso de él”.

El coronel Velasco era hijo y nieto de militares y había dado clases, en la Academia de Toledo, como recoge Los ocho de Vernet, “a un joven cadete llamado Francisco Franco Bahamonde”. En noviembre de 1936, su hijo Antonio también fue asesinado en Paracuellos. Los padres de Redondo eran maestros.

Tras la detención en el Hotel Alexandra, el grupo es llevado a una cárcel en Perpiñán, acusado de “resistencia clandestina, colaboración con los maquis, ayuda y alojamiento a los resistentes y difusión de diarios clandestinos”, según expone en una carta el jefe de la resistencia de Vernet les Bains, Pierre Vidal, registrada en el Servicio Histórico de la Defensa francés. Dos meses después, los entregan a la policía francesa y sus condiciones mejoran notablemente. La víspera de que los trasladen al campo de concentración de Vernet d’Ariege, a 20 kilómetros de Toulouse, Gámir sufre un ataque y pierde la vista y el sentido.

 El médico que le atiende extiende un certificado para ingresarlo en el hospital y ofrece a sus compañeros tramitar un documento parecido. El grupo debate si aceptar o no la oferta y finalmente, el coronel Velasco decide que es demasiado arriesgado porque si los alemanes sospechan pueden obligar al delicado Gámir a abandonar el hospital y hacer el viaje con ellos. Siete se sacrifican por uno. La decisión marca un antes y un después: solo uno de ellos salvará la vida.

El 30 de junio de 1944, el grupo, ahora de siete, es trasladado a Dachau. El trayecto lo hacen en vagones de ganado donde los prisioneros están tan apiñados que tienen que hacer turnos para sentarse. El convoy transporta a unos 700 deportados, entre ellos, 70 españoles. García-Miranda cuenta en sus diarios cómo algunos logran escapar: “Lo consiguen de forma alucinante, levantando el suelo, descolgándose y dejando encogidos que el tren pasara sobre ellos”. El 28 de agosto, casi dos meses después, llegan al campo de trabajo, ya convertido en centro de exterminio.

Velasco, al contrario de lo que García-Miranda explicaba en la carta a su mujer, no fue gaseado. Como había llegado a Dachau muy enfermo, lo enviaron al campo de Bergen-Belsen, donde coincidió con Ana Frank, y allí murió, como la niña del célebre y triste diario. Mientras, el resto del grupo, ahora de seis, trata de sobrevivir en Dachau, donde cada mañana los guardias colocan en fila a sus prisioneros para seleccionar a los que pueden seguir trabajando y enviar a la cámara de gas a los que ya están demasiado débiles. El coronel García-Miranda llega a hacer de conejillo de indias en un experimento médico. Solo él y Gámir, que se había quedado en el hospital, podrán contar lo que pasó.

En 1948, Gámir se reencuentra en París con su hijo Alfonso, falangista, que le recrimina haber luchado “con los comunistas”, según recoge el libro. El general le responde que no puede entender “lo que significa para un militar una promesa de fidelidad, el concepto del honor”. “Mi padre”, relata Alfonso Gámir, “era muy cercano a José Antonio Primo de Rivera. Tenía unas ideas distintas a las de mi abuelo, pero nunca se perdieron el cariño, por eso fue a buscarlo a Francia”. El general había sido condenado en España, en ausencia, por rebelión militar. “Era justo al revés: los que se habían rebelado eran los franquistas, pero ganaron la guerra”. “Fueron de derrota en derrota”, añade Iciar Pañeda, “hasta la derrota final”.

En 2015, el entonces primer ministro francés, Manuel Valls, dedicó un perdón de Estado a los españoles que, como los ocho de Vernet, tras la victoria franquista recalaron en su país y en muchos casos, ayudaron a liberarla de los nazis: “Fueron humillados. Se les quiso arrebatar la dignidad. Los que huían en busca de la libertad esperaban otro tipo de acogida. Eso no es Francia”, dijo. García-Miranda y Redondo disponían de un certificado de actividades de la Resistencia. Tanto en España como en Francia luchaban contra el mismo enemigo."                       (Natalia Junquera, El País, 10/03/24)

14/7/23

‘Órdenes del general Franco. Las familias de los marinos amotinados de la flota republicana pirata serán arrestadas en Cádiz y retenidas como rehenes, y si se bombardea alguno de nuestros puertos, serán ejecutadas. Nuestras gloriosas tropas avanzan hacia Málaga’

 "(...) Veamos cuándo empezó tamaña aberración. En abril de 1936, el general Mola (según algunos autores, el verdadero cerebro de los golpistas) dictó unas directrices secretas en las que dejaba clara la estrategia que desarrollarían tras el golpe de Estado: «Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado». Ordenaba “eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones…”. El objetivo era “el exterminio de los enemigos de España”.

Posteriormente el 27 de julio de 1936, en Tánger, el periodista norteamericano Jay Allen entrevistó a Franco. Aquí recojo un par de preguntas con las respuestas dadas por el golpista:

– “ Entonces, ¿ninguna tregua, ningún acuerdo es posible?

-No, decididamente, no. Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Seguiremos cueste lo que cueste

– Tendrá que fusilar a media España.

Negó con la cabeza, sonrió y luego, mirándome fijamente, dijo: ‘He dicho cueste lo que cueste’.

Mientras hablábamos, la radio sonaba monótona:

‘Órdenes del general Franco. Las familias de los marinos amotinados de la flota republicana pirata serán arrestadas en Cádiz y retenidas como rehenes, y si se bombardea alguno de nuestros puertos, serán ejecutadas. Nuestras gloriosas tropas avanzan hacia Málaga’.

-¿Qué les pasará a los políticos de la República?

-Tendrán que ponerse a trabajar –dijo sencillamente”.

A esta respuesta, Jay Allan apostilla lo siguiente: “Esta noche, en Tetuán, me he enterado de que todos los partidarios principales del Frente Popular en Ceuta, Tetuán y Melilla están encadenados y trabajando en las carreteras bajo el sol abrasador del verano.

A los pocos días de empezar la contienda, el general Emilio Mola insistía en la necesidad de una intervención por la vía de la violencia en Radio Pamplona: “¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España […]. Quiero derrotarlos para imponerles mi voluntad, que es la vuestra, y para aniquilarlos”

Según el oficial de prensa de Franco, Gonzalo de Aguilera, había que “matar, matar y matar hasta terminar con un tercio de la población masculina de España”. (...)"               (Esperanza Negueroles, Rivasactual, 02/07/23)

23/11/22

José Aranguren, el general gallego de la Guardia Civil que Franco fusiló por no apoyarle... Todos los jefes de la Guardia Civil en Cataluña durante aquel verano de 1936 fueron exterminados sin piedad por Franco...

 "La poco conocida historia de un general gallego que se mantuvo fiel a la República y fue represaliado tras la Guerra Civil: "A Aranguren que lo fusilen, aunque sea en camilla", habría dicho Franco.

 Si algo hemos aprendido de las grandes historias de superhéroes es que estos nacen siempre en los momentos más difíciles. Justo cuando la adversidad parece invencible, cuando la desesperación llega hasta al más fuerte, cuando todo parece perdido, es ahí, sólo en ese momento, cuando los verdaderos héroes nacen. Porque, cuando todo va bien, nadie necesita un superhéroe, pero cuando todo está mal, su valentía y ejemplo pueden cambiarlo todo. Y no sólo por sus acciones, sino por la esperanza que representan. Uno de esos héroes nacía el 19 de julio de 1936, tras una llamada recibida en su despacho de la Consejería de Gobernación de la Generalitat de Catalunya en Barcelona.

 En esa conversación, le pedían que se uniera a la sublevación franquista que acababa de estallar. Este general de la Guardia Civil contestaba que no con la siguiente frase: “Si mañana me fusilan, fusilarán a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares”. Este gallego sería fusilado tiempo después, no sin antes haber cambiado la historia. Este es el relato de un héroe olvidado que se enfrentó a Franco para defender a su país: José Aranguren Roldán.

Gracias a la extraordinaria investigación del escritor Lorenzo Silva, que publicó en su no menos magnífico libro “Recordarán tu nombre”, podemos conocer este oculto y escondido relato de la historia de nuestro país, una parte olvidada que es esencial para el conocimiento de lo ocurrido durante una oscura época de España.

José Aranguren Roldán nacía en Ferrol en 1875 y era hijo de un comandante de artillería retirado que falleció cuando tan solo contaba con ocho años de edad, dejándole junto a su madre sumido en la pobreza. La tradición familiar le hizo decantarse por la carrera militar y, tras entrar en el colegio preparatorio de As Pedreiras, en Lugo, ingresa en la Academia de Toledo, con dieciséis años. Tras convertirse en oficial solicita el ingreso en la Guardia Civil con veinte años.

En 1929 era ascendido a coronel y con cuarenta y siete años asume la jefatura de la comandancia de Lugo. Tan solo dos años después, en 1924, marcha a Ceuta como voluntario de la guerra en Marruecos, donde entra en combate y participa en distintas operaciones militares.

Finalizada la guerra comienza a ejercer, en 1932, la jefatura de la Guardia Civil en Galicia, durante año y medio, momento en el que coincide con el que se convertirá, años después en su verdugo: Francisco Franco.

Franco era el general al mando de la 15ª brigada de Infantería de Galicia y las dos familias se visitaban asiduamente en sus residencias de A Coruña para tomar café o charlar sobre su Ferrol natal. Aunque la relación es de respeto y protocolaria debido a los cargos que ostentan, los dos se conocen perfectamente tras haber coincidido en la Academia de Toledo y en Marruecos. Lo que nadie podía saber era lo que ocurriría años más tarde entre aquellos antagónicos hombres.

Aranguren fue ascendido a general de brigada el 31 de marzo de 1936, al frente de la 5ª zona de la Guardia Civil en Cataluña, compuesta por dos tercios y cuatro escuadrones de caballería, que sumaban casi 4.000 guardias civiles. Pero el 19 de julio de 1936 estallaba el alzamiento en Barcelona por parte de las fuerzas franquistas y todo cambió. Aranguren decidió mantenerse leal al gobierno legal de la República y se limitó a seguir órdenes de sus cadenas de mando, que le ordenaron defender la constitución, representada en Cataluña por la Generalitat, frente a los rebeldes que querían acabar con ella. 

Pero alguien quiso cambiar sus convicciones y su lealtad, el general del ejército Manuel Goded Llopis, al que también conocía de su paso por la guerra de Marruecos. Al mediodía del 19 de julio Goded llamó a Aranguren para exigirle que se uniera a la sublevación, ya que los rebeldes necesitaban desesperadamente a la Guardia Civil en su causa. Llegó a amenazar con fusilarle, a lo que el gallego contestó: “Si mañana me fusilan, fusilarán a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares. Si le fusilan a usted, fusilarán a un general que ha faltado a su palabra y su honor”.

Goded siguió insistiendo y amenazando a Aranguren de que tenía que unirse al ejército para combatir a los rebeldes. Aranguren dejó clara de nuevo su postura: “Aquí no hay más rebeldes que ustedes”. Y colgó.

La decisión del gallego selló la suerte de la rebelión en Cataluña. Dio órdenes de intentar disuadir a los militares, pero éstos no desistieron, así que decidió sacar a sus casi 4.000 guardias civiles para reponer el orden constitucional. Aranguren se puso al frente de una fabulosa fuerza bien armada, preparada y organizada que, junto a miles de personas conmunes, provocaron la rendición y huida de los rebeldes. Su defensa de la República fue clave en el fracaso del golpe en Barcelona y, aunque la ciudad caería en 1939, fue uno de los últimos refugios constitucionales en ser conquistados por Franco.

Tras su incontestable victoria, Aranguren se integró en la Guardia Nacional Republicana y asumió la comandancia militar de Valencia, en cuyo cargo continuó hasta el final de la guerra. Durante los últimos días se negó a abandonar la España republicana, ya que consideraba que no había cometido ningún delito, sino que se había limitado a cumplir con su deber defendiendo el gobierno legítimo de la República.

Pero tras la entrada de los franquistas en dicha ciudad, en marzo de 1939, se refugia en el Consulado de Panamá, donde es detenido el 10 de abril. Y es conducido a Barcelona para ser sometido a un consejo de guerra, una pantomima para condenar a un hombre cuyo único delito había sido defender a su país.

El juicio se despachó en pocos días con testigos falsos y sin permitir al acusado presentar pruebas con las que defenderse. De nada sirvió que su hermano fuera coronel del bando vencedor o que dos de sus hijos hubieran luchado bajo las órdenes de Franco. Fue declarado culpable y condenado a muerte.

A Aranguren le costaba mantenerse en pie y caminar por las lesiones sufridas en un accidente, motivo por el que tenía que permanecer siempre sentado. Cuando le comunican a Franco su detención y su estado de salud, este contesta: “A Aranguren que lo fusilen, aunque sea en camilla”.

Y así fue. A las 5 de la mañana del 21 de abril de 1939, un pelotón de fusilamiento acababa con su vida en el conocido como Campo de la Bota, en Barcelona. Su valentía y entereza se muestra en la última frase que pronunció ante sus verdugos: “Disparad sin temor porque es ya poca la vida que a mí me quitáis”.

Todos los jefes de la Guardia Civil en Cataluña durante aquel verano de 1936 fueron exterminados sin piedad por Franco. Y el motivo estaba muy claro. Estos inesperados e imprevistos héroes habían alterado el guion de una sublevación que querían que fuese épica, rápida e histórica. Pero, sobre todo, aquel general gallego que llevaba 40 años en la Guardia Civil, un hombre ejemplar con una hoja de servicios impoluta y llena de condecoraciones, y todos los que le habían secundado y apoyado en su lucha por el gobierno constitucional, demostraban al mundo, con sus actos, que todavía quedaban hombres buenos."               (Iván Fernández Amil, Quincemil, 20/11/22)

18/11/22

Vicente Lafuente Baleztena fue quien siendo coronel en 1936 encabezó la salida de los cuarteles para imponer la asonada, tomó las riendas de la sublevación y firmó de su puño y letra la mayoría de las órdenes de detención... sobre su conciencia y de cara a la historia pesaría aún más la ejecución de quien durante años fuera su subordinado directo y mano derecha, su ayudante: El capitán de Infantería Juan Rodríguez Lozano, socialista y masón, tan ferviente creyente cristiano como republicano, que horas antes de recibir los disparos de un pelotón militar declaró por escrito en su testamento que “muere inocente y perdona. Pide a su esposa e hijos que perdonen también”... Su nieto José Luis Rodríguez Zapaterosocialista como él, fue elegido presidente del Gobierno de España... y aprobó la Ley de Memoria Histórica

 "Hay una calle en León que va camino de cumplir 75 años de su nomenclatura y que suma ya 15 incumpliendo la Ley de Memoria Histórica de carácter nacional. No es una vía pública cualquiera. Es la que alberga la sede de la Subdelegación de Defensa -antiguo Gobierno Militar- en la capital leonesa, y fue inaugurada a bombo y platillo un 18 de julio de 1948 por Carlos Arias Navarro, que antes de ser ministro de la Presidencia del Gobierno de Francisco Franco o alcalde de Madrid había ejercido como Gobernador Civil en el viejo reino leonés.

Esa calle fue bautizada “General Lafuente” y en pleno año 2022 todavía conserva ese nombre. Se trata del nombre de la represión franquista en León, la persona que encabezó e hizo triunfar el golpe de estado en la capital y por ende en casi toda la provincia, responsable último de toda la violenta represión posterior. 

 Vicente Lafuente Baleztena fue quien siendo coronel en 1936 encabezó la salida de los cuarteles para imponer la asonada, tomó las riendas de la sublevación y firmó de su puño y letra la mayoría de las órdenes de detención de decenas de políticos, militares, sindicalistas, maestros, catedráticos, periodistas, guardias civiles, empresarios o funcionarios que en muchos casos acabaron siendo fusilados.

 Su rúbrica, apreciable sobre estas líneas, no deja dudas bajo el documento oficial de la Comandancia Militar ordenando al capitán jefe de la Guardia Civil, Bernardo Venta, la detención del exalcalde socialista y republicano Miguel Castaño Quiñones, director y propietario del periódico La Democracia.

El 'líder' del “alzamiento” leonés firmó en aquellas semanas decenas, quizá cientos, de órdenes de detención que acabaron en consejos de guerra y condenas de muerte, irónicamente, por “traición”, bajo el más puro espíritu del general Mola de “sembrar el terror”.

Tan sólo junto a Castaño perecieron a tiros contra un muro una veintena de personas más en la madrugada del 21 de noviembre de 1936, entre ellos toda cabeza política visible, como el propio gobernador civil Emilio Francés; el presidente de la Diputación, Ramiro Armesto; el presidente del Frente Popular en León, Félix San Pedro; el pintor Modesto Sánchez 'Cadenas', socialista y secretario del Ateneo Obrero; o los periodistas Atanasio García Campomanes y Onofre García.

Un 'dos veces Grande de España' entra la escena

Al frente del pelotón, en un 'duelo' desigual contra Castaño y los demás, la orden de disparo la dio Tristán Falcó y Álvarez de Toledo, un jovencísimo alférez provisional de 23 años del que casi nadie sabía que uno de los hombres más poderosos de España, conde de Barajas y dos veces Grande de España, hijo de una de las familias nobles más antiguas e influyentes de Europa, los duques de Fernán-Núñez, cuya figura desveló el libro 'Asesinaron La Democracia'.

Pero por más relevante que fuera el grupo 'señalado' hasta la muerte por el coronel Lafuente, sobre su conciencia y de cara a la historia pesaría aún más la ejecución de quien durante años fuera su subordinado directo y mano derecha, su ayudante: El capitán de Infantería Juan Rodríguez Lozano.

Bajo responsabilidad del líder de la revuelta golpista, éste fue apresado en el durísimo Campo de Concentración de San Marcos, hoy Parador Nacional, y después fulminantemente condenado y fusilado también en el campo de tiro de Puente Castro, cerca del actual cementerio de León.

“Que se proclame que no fue traidor a su patria”

Era el capitán Lozano, socialista y masón, tan ferviente creyente cristiano como republicano, que horas antes de recibir los disparos de un pelotón militar declaró por escrito en su testamento que “muere inocente y perdona. Pide a su esposa e hijos que perdonen también”. Y “en este momento de abominables pasiones” concluía el escrito proclamando que “cuando sea necesario se vindique su nombre y se proclame que no fue traidor a su patria y que su credo consistió siempre en su ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes”.

La víctima de Lafuente: el abuelo de un presidente de Gobierno

Rodríguez Lozano no era tampoco una persona cualquiera. Su nieto, socialista como él, fue elegido presidente del Gobierno de España. De hecho, bajo el mandato del leonés José Luis Rodríguez Zapatero se aprobó la Ley de Memoria Histórica que obligaba a eliminar de todo lugar público los homenajes al franquismo y a los ejecutores de su violenta represión. 

 Y sin embargo, en la ciudad de León, tres lustros después de aquella Ley, todavía una calle principal lleva el nombre de quien promoviera la muerte del capitán, fruto de una traición. Y del capitán Lozano, ni una calle ni una placa. Nadie ni nada vindica su nombre en público, como fue su última voluntad.

Máxima repercusión internacional

Ya en 2009, bajo otro gobierno municipal del PSOE, saltó la polémica del cambio de nombre de la calle del general franquista sin que la misma surtiera efecto alguno. El asunto por entonces había adquirido relevancia internacional al publicarse en el periódico británico The Times, que sugería que se trataba de una “tardía venganza del primer ministro español contra el general franquista que traicionó a su abuelo”.

Se le atribuía a Rodríguez Zapatero un afán que el entonces portavoz municipal, Ibán García del Blanco, desmintió aclarando que quitarle el nombre a la calle de Lafuente había sido una propuesta anónima. Y efectivamente, la familia del expresidente Zapatero certificó que no era iniciativa suya. Tampoco ha vuelto a promoverlo desde entonces.

No es un caso aislado: Franco, Millán Astray o José Antonio 'sobreviven'

Pero no es la calle General Lafuente, ni mucho menos, la única que sobrevive en la guía del callejero franquista leonés. Tras años de dilación de dos alcaldes del Partido Popular, el nuevo equipo de Gobierno del PSOE asumió en 2020 un informe de expertos identificando 26 viales 'ilegales' en este sentido. Entre ellas, el general Millán Astray permanece aún veladamente, ya que se le 'quitó' una plaza para darsela al padre de Café Quijano, pero permanece una calle aledaña. Pero también sin empacho alguno le secundan calles Generalísimo Franco (en el barrio de Trobajo del Cerecedo), otra General Sanjurjo, General Yagüe o José Antonio, por Primo de Rivera, fundador de la Falange.

El alcalde de León, el socialista José Antonio Diez, asume que se le acaba el actual mandato sin que se haya podido afrontar el 'destierro' del callejero del general Lafuente y el resto, algo a lo que obliga por otra parte ahora aún más la recién aprobada Ley de Memoria Democrática.

 En su descargo, aduce la situación la mayoría absoluta de la que no ha gozado, poniendo “difícil adoptar determinados acuerdos” en la Corporación. También se ampara en que su equipo de Gobierno, del que forma parte el concejal expulsado de Podemos Nicanor Pastrana, busca cambiar los nombres de las calles “sin causar problemas administrativos” con la nueva dirección.

El alcalde Diez: “Tan pronto como sea posible”

Lo cierto es que en General Lafuente son tres los portales de viviendas los únicos que se verían afectados, así como también la sede administrativa del Ejército en la provincia. Del otro lado hay sólo negocios de hostelería, entre ellos el Casino de León. Había más en la otra calle 'rebautizada' por ahora en el centro de León, la de Capitán Cortés, que pasó a ser en 2022 calle Guardia Civil. En todo caso, Diez asegura con firmeza que “tan pronto como sea posible impulsaremos los cambios que quedan, en ésta y en otras calles” de León. (...)"                   (Carlos J. Domínguez, iLeón, 13/11/22)

1/7/22

El héroe anónimo de ‘la desbandá’, una de las mayores matanzas de la Guerra Civil... No pudo evitar la cruel y aún inexplicada matanza de civiles (niños y mujeres, sobre todo), pero su comportamiento heroico sirvió para aminorar los daños

 "Un jubilado de Jaén recupera la figura de su tío abuelo, el carabinero Lucas Millán, cuya “feroz resistencia” aminoró el ataque fascista a las 300.000 personas que en 1937 huyeron de Málaga a Almería.

 A Lucas Millán Gómez, un oficial del cuerpo de carabineros que permaneció fiel a la II República hasta el último día de su vida, lo sentenció un tribunal militar en un consejo de guerra sumarísimo donde, a falta de otras pruebas más evidentes, se le acusó de “ser persona republicana y muy de izquierdas”. Fue condenado a muerte por un delito de rebelión militar “por oponer feroz resistencia” con su unidad al avance de las tropas franquistas durante la desbandá, uno de los pasajes más cruentos de la Guerra Civil. En febrero de 1937, unas 300.000 personas emprendieron la huida a pie por la carretera de la costa que une Málaga con Almería y se calcula que 6.000 civiles murieron en el ataque, por tierra, mar y aire, de las tropas franquistas y sus aliados internacionales. Un sobrino nieto de Millán, Miguel López Martínez, ha recuperado la figura de su tío abuelo tras sumergirse durante miles de horas en archivos civiles y militares.

Miguel López, que también fue militar, quiso durante muchos años tener un conocimiento más exhaustivo de su pariente, que fue fusilado el 31 de agosto de 1937 cuando tenía 51 años. Tras su jubilación, López ha rastreado los archivos y ha conseguido sacar a la luz documentos que revelan el heroísmo de este fiel carabinero republicano. Destaca sobremanera el fallo del consejo de guerra constituido en la plaza militar de Granada y que lo condenó a la pena de muerte. A Lucas Millán se le acusó de “oponer feroz resistencia con su unidad al avance de las tropas del Ejército nacional”, “mantener la disciplina de su unidad, alentando el espíritu de resistencia y combate de sus compañeros, los cuales permanecieron junto a él luchando en primera línea de fuego, cuando ya el grueso de combatientes republicanos se habían declarado en retirada”, “no pasarse al bando nacional ni hacer gestiones para pasarse cuando tuvo ocasión de hacerlo” así como “negarse a cooperar en las filas franquistas, alegando que había jurado lealtad a un gobierno republicano legalmente constituido”.

 Lucas Millán, que tras el alzamiento del 36 participó activamente para sofocar a las facciones sublevadas en varias poblaciones de la costa granadina, lideró las tropas del llamado frente sur republicano que acabó sucumbiendo la tarde del 10 de febrero de 1937 tras la entrada de la vanguardia franquista en Motril (Granada). No pudo evitar la cruel y aún inexplicada matanza de civiles (niños y mujeres, sobre todo), pero su comportamiento heroico sirvió para aminorar el parte de daños. De hecho, fue señalado por las tropas fascistas como uno de los principales iconos de la resistencia republicana. “Su sacrificio o heroísmo, junto al de los demás combatientes que permanecieron junto a él, no fue inútil. La resistencia de estos hombres no solo sirvió de una gran ayuda a los heridos y extenuados que, ametrallados por tierra y mar, iban llegando por la caída de Málaga, sino que además se ganó un tiempo esencial y muy necesario desde el punto de vista estratégico militar, que permitió al Estado Mayor del Ejército Popular Republicano desplazar al lugar a la 6ª Brigada Mixta.

Esto permitió taponar la brecha fascista e hizo que Almería fuera una de las últimas capitales españolas en rendirse al ejército sublevado”, comenta López Martínez, originario, como Millán, de una pequeña aldea de Segura de la Sierra (Jaén).

 Tras la caída de la capital de Málaga, Millán se encontraba con sus tropas en Motril. Apenas tenían armamento ligero y algunas ametralladoras y no llegaban los refuerzos militares que habían reclamado desesperadamente. “A pesar de todo, estos carabineros permanecieron disciplinadamente en sus posiciones resistiendo los bombardeos que recibían por mar y aire y ayudando a la riada de personas que llegaban despavoridas por la carretera de la muerte”, indica López. Y añade: “Para empeorar las cosas, el río Guadalfeo había aumentado considerablemente su caudal y esto, unido a que el puente que lo cruza está inservible por el efecto de los bombardeos, hace que la ciudad se convierta en una ratonera para el personal que viene huyendo, teniendo que cruzar el río en muchos casos a nado y a costa de perderse muchas vidas”.

Finalmente, y ante la superioridad militar del bien equipado ejército fascista liderado por el oficial italiano Mario Roatta y del ejército expedicionario africano al frente del cual estaba Francisco de Borbón, duque de Sevilla, el frente sur republicano comandado por Lucas Millán acabó cediendo el 10 de febrero de 1937. Hubo muchas bajas y muchos prisioneros. López interpreta que el hecho de que su tío abuelo no fuera fusilado in situ sino seis meses más tarde se debió, posiblemente, a que las primeras tropas que tomaron Motril eran de italianos “y estos siempre fueron más respetuosos con la vida de los prisioneros de guerra que los propios españoles llamados nacionales”.

 Sostiene López que la conducta del militar jiennense hace honor al lema del cuerpo de carabineros al que pertenecía: “Moralidad, lealtad, valor y disciplina”. Su hoja de servicios, tanto en el Ejército como en los carabineros, fue impecable y le fueron concedidos varios premios a lo largo de su carrera militar, entre ellos la Medalla del Homenaje en atención a sus méritos, conducta y constancia en el servicio que le concedió el Gobierno de Miguel Primo de Rivera.

En cuanto a su vida civil, López destaca el compromiso de Millán con los más necesitados. Junto a su hermano Ramón, que ostentó un cargo político durante la II República, promovió la construcción en la aldea de Río Madera del edificio conocido como El Centro, donde se daban charlas culturales, se representaban obras de teatro, se enseñaba a los vecinos de Sierra de Segura a leer y a escribir, se organizaban y fomentaban los trabajos agrícolas colectivos. Además, de las fuentes de tradición oral (en especial los recuerdos de su abuela Juana, que era hermana de Lucas) destaca una frase de Millán que siempre recalcaba a sus paisanos: “El saber leer y escribir no quita el hambre, pero os ayudará a encontrar el pan y os hará más libres”. También los más pequeños celebraban la llegada del “hermano Lucas” (así lo llamaban) porque en su equipaje siempre traía palos de caña de azúcar de la costa tropical granadina que cortaba en trozos con la navaja y repartía entre los niños.

Miguel López, que prepara la publicación de un libro sobre la memoria de Lucas Millán, considera que episodios como la desbandá no pueden, ni deben, caer en el olvido. “La tierra que ignora a sus hombres o mujeres, cuando estos han luchado con nobleza y honor y además lo han hecho por una causa democrática, es una tierra estéril y malamente cultivada”, defiende. Por eso, dice no entender la postura de PP y Vox que, el pasado mes de marzo, rechazaron en el Congreso declarar este itinerario mortal como Lugar de Memoria. Vox no solo votó en contra sino que puso en duda que la carnicería fuese cometida por las fuerzas sublevadas contra la República.

Tampoco comprende López la decisión del Ayuntamiento de Madrid de recuperar el nombre de Crucero Baleares en una de sus calles. El crucero Baleares fue uno de los barcos que bombardearon a los civiles durante la desbandá. “Es una burla para las víctimas”, señaló en su día Rafael Morales, presidente de la asociación La Desbandá, un colectivo que lleva desde 2017 repitiendo la ruta para homenajear a los supervivientes y a las víctimas, rescatar del olvido una de las mayores tragedias de la Guerra Civil y exigir reparación."                    (Ginés Donaire , El País, 30/06/22)

19/5/22

El Teniente Coronel Maquinista de la Armada republicana Benito Sacaluga Rodríguez no partió con la Flota hacia África a primeros de marzo. Su conciencia estaba tranquila, solo había cumplido con su juramento de lealtad a la República y su mujer junto a sus nueve hijos estaban con él en Cartagena... su único "delito" fue permanecer en su puesto y luchar contra los sublevados desde el primer día de la guerra hasta el último, más que suficiente para que los facciosos le condenasen a muerte... El 29 de abril de 1939 Benito Sacaluga, a la edad de 56 años, fue pasado por las armas, convirtiéndose así en el primer ejecutado en el Arsenal de Cartagena una vez acabada la guerra... Por indicación del Cuartel General de Franco, (Burgos Orden 4118-2797), se obligó a todo el personal militar y civil del Arsenal a presenciar la ejecución y desfilar ante el cadáver cantando el "cara al sol" y dando vítores a Franco...., según testigos presenciales fue un momento terrible

 "Según los cronistas, el 29 de abril de 1939, hace 83 años, en Cartagena lucia el sol primaveral, sin embargo la oscuridad y el miedo se habían hecho dueños de su ciudad....y de todas las ciudades españolas. Cartagena había sido oficialmente ocupada por las tropas franquistas el último 30 de marzo.

 Desde ese mismo día la maquinaria de la represión se puso en marcha, principalmente soportada en el contenido del  Bando emitido por la Junta de Defensa Nacional (28/07/1936) declarando el Estado de Guerra. En dicho Bando se indicaba que todos aquellos que se opusieran a las nuevas autoridades serían juzgados. Ni que decir tiene que aquellos que prestaron sus servicios en los ejércitos de la República se convirtieron en objetivos preferentes, objetivos que en Cartagena estaban especialmente representados por los marinos de la Flota Republicana que no habían partido hacia Bizerta a primeros de marzo, también la sufrieron aquellos marinos republicanos que volvieron a la Península confiados en las promesas de justicia y benevolencia  llevadas a cabo por los marinos franquistas desplazados a Túnez para hacerse cargo de la Escuadra republicana allí fondeada. Los que no volvieron se libraron de la represión, pero les esperaba un terrible e interminable exilio, lejos de su familia y de España.

Dada la ingente cantidad de personas a procesar, se hizo necesaria la creación de consejos de guerra permanentes. Tan solo en tres semanas se habían elevado a sumario 150 Causas e informado de más de 450 sumarios de jefes, oficiales y auxiliares de la Armada. Tras los consejos de guerra, una total farsa para justificar los asesinatos, venían las penas, muchas de ellas de muerte, otras de reclusión perpetua y todas ellas por el delito de "rebelión militar", un delito instruido y juzgado precisamente por aquellos militares que fueron los únicos que diseñaron y participaron en una rebelión militar contra el legítimo Gobierno de la II República. Todo ello amparado por un Código de Justicia Militar que modificaba sustancialmente el vigente antes de la sublevación de 1936. (ver Código de Justicia Militar. José María Dávila. Teniente Auditor de Guerra de 1ª Clase. Imprenta Aldecoa. 3ª Edición. Burgos 1938).

Consejos de guerra cuyos integrantes, todos sin excepción e incluidos los abogados defensores, se habían sublevado aquel fatídico mes de julio de 1936. En el caso de haber testigos todos ellos eran de la acusación y sus testimonios ya habían sido previamente dirigidos y pactados con el fiscal.

Como he dicho antes, el delito de Rebelón Militar nunca faltaba de entre los cargos, pero también, y a modo de remate, se imputaban a los reos cargos como los de asesinato, comunismo, masonería....además de lo explicitado en la nefasta Ley de Responsabilidades Políticas, recién firmada por Franco en febrero de 1939,

El Teniente Coronel Maquinista de la Armada republicana Benito Sacaluga Rodríguez no partió con la Flota hacia África a primeros de marzo. Su conciencia estaba tranquila, solo había cumplido con su juramento de lealtad a la República y su mujer junto a sus  nueve hijos estaban con él en Cartagena. El mismo día 30 de marzo fue detenido e ingresado en prisión. Se le abrió la Causa 4/39, tras la instrucción se dispuso la celebración de un Consejo de Guerra Sumarísimo. Además de la acusación de Rebelión Militar, al no haberse pasado a la Armada franquista y permanecer en su puesto en el seno de la Flota Republicana, se le imputaron varios crímenes, sin que en ninguno de ellos hubiese participado. En verdad, su único "delito" fue permanecer en su puesto y luchar contra los sublevados desde el primer día de la guerra hasta el último, más que suficiente para que los facciosos le condenasen a muerte.

El 29 de abril de 1939 Benito Sacaluga, a la edad de 56 años, fue pasado por las armas, convirtiéndose así en el primer ejecutado en el Arsenal de Cartagena una vez acabada la guerra. Por indicación del Cuartel General de Franco, (Burgos Orden 4118-2797), se obligó a todo el personal militar y civil del Arsenal a presenciar la ejecución y desfilar ante el cadáver cantando el "cara al sol" y dando vítores a Franco...., según testigos presenciales fue un momento terrible...

La familia, esposa y nueve hijos, no fue informada de la ejecución, no pudieron despedirse de él. Su cuerpo fue trasladado al Cementerio Municipal de Cartagena y sepultado en la tristemente famosa "Parcela X".

Sus servicios a la causa republicana fueron innumerables. El 18 de julio de 1936, siendo Comandante de Máquinas del acorazado “Jaime I”, colaboró decididamente en evitar que la sublevación a bordo triunfase. Se mantuvo en ese cargo hasta junio de 1937, fecha en la que el acorazado fue hundido en el puerto de Cartagena a causa de un sabotaje. Ascendido a Teniente Coronel fue nombrado Jefe de los Servicios de  Inspección de Maquinas de la Flota, cargo que ejerció hasta finalizada la guerra.

Decidido firmemente a que el espíritu democrático y la igualdad fueran instaurados en la Armada, diseñó lo que más tarde sería la Escuela Naval Popular, de la cual fue Director. Según sus propias palabras:

"No olvidemos en la nueva organización de la Marina de Guerra, que ésta ha de estar exclusivamente al servicio del Pueblo"
“Que el día de mañana podamos decir aquí tenemos una Marina de guerra eficiente, dotada con hijos del pueblo al servicio del mismo, y no una deficiente que sea la preocupación de él, como sucedía con la mayoría de los organismos militares, con anterioridad al 18 de Julio de 1936”. (Semanario “La Armada” 02-04-1938).

Con la llegada de la dictadura, la Escuela Naval Popular, el gran proyecto de Sacaluga para democratizar la Armada, dejó de existir. Un proyecto hecho realidad en 1938 que,  a buen seguro, hoy en día sería un gran avance que la Armada lo retomase y pusiese en práctica.

Colaboró asiduamente en la prensa cartagenera y en los diarios oficiales editados a bordo de los buques, también en el Semanario “La Armada”. El contenido de sus artículos, siempre defendiendo la causa republicana, fue utilizado en su contra como prueba de cargo durante el Consejo de Guerra. Su republicanismo nunca estuvo en duda, hasta un destacado historiados franquista especializado en la Armada le llega a calificar como “republicano fiel” cuando a él se refiere.

Gracias a la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, desde el año 2010 los restos del Tcol. Benito Sacaluga Rodríguez, arrojados por el franquismo a una fosa común, reposan en una digna sepultura junto a los de otros 50 asesinados más, en el Cartagenero Cementerio de los Remedios.

En su lápida se puede leer:  CAÍDOS POR LA LIBERTAD / FUSILADOS POR EL RÉGIMEN FRANQUISTA POR SU LEALTAD A LA REPÚBLICA ESPAÑOLA / 1939 – 1940

Desde aquí, una vez más, reitero mi agradecimiento a la Asociación Memoria Histórica de Cartagena."                  (Memoria Militar Democrática  , Nueva Tribuna, 01/05/22) 

13/5/22

El tricornio que restituye el honor del cabo Godoy, de la Guardia Civil, el primer fusilado en Riotinto de la Guerra Civil... Estaba vestido y con los botones abrochados desde el primero hasta el último y con su tricornio puesto. Los esperó vestido, como lo enterraron... a su mujer la obligaron a beber aceite de ricino, le bajaron las bragas, le levantaron las faldas y le dieron el paseíllo... A Luis, el mayor de sus hijos, le hicieron un simulacro de fusilamiento y luego se lo llevaron a un campo de concentración... la familia huyó a Marruecos

 "Finales de abril de 2022. Fosa número 86 de la cuartelada 21 del cementerio de Riotinto (Huelva). El equipo que dirige el arqueólogo Andrés Fernández localiza junto a los restos de un represaliado de la Guerra Civil el botón de una solapa y uno de los tres de la manga izquierda de un uniforme de la Guardia Civil. 

El pulso de los técnicos empieza a acelerarse y se desboca cuando a los pies encuentran un tricornio en muy mal estado. Los indicios son claros. Se trata del cabo Luis Ortega Godoy, más conocido como cabo Godoy, el primer fusilado por las tropas sublevadas de la localidad de la cuenca minera onubense por cumplir con su deber y mantenerse leal al Gobierno de la II República, negándose al mandato de Queipo de Llano de que todos los cuarteles andaluces depusieran las armas.

Fue ejecutado el 26 de agosto de 1936. 86 años después, dos de sus nietos, Luis Méndez Ortega y María Itatí Palacio Ortega, se encontraron con sus restos este lunes en una ceremonia de exhumación en la que estuvieron presentes la directora de la Guardia Civil, María Gámez, y el secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez. Un acto que servía para empezar a restañar el dolor de una familia larga y rota, y para reparar el honor de un héroe, cuya muerte sumió a su viuda y sus siete hijos en una espiral de “humillación, hambre y pobreza extrema”, como relata Itatí.

“Haberlo encontrado es maravilloso, es un sueño cumplido”, explica su nieta desde Murcia, donde reside, un día después del emotivo reencuentro con su abuelo. Su acento argentino delata una vida marcada por el exilio, una de las muchas consecuencias del fusilamiento del cabo Godoy. “Ha estado muy presente en nuestra familia. Nuestra abuela Magdalena siempre nos habló de él como lo que fue, un héroe. Sus hijos nunca le echaron la culpa de lo que les sucedió después”, abunda.

Porque tras el alzamiento militar, el cabo Godoy, destinado en el puesto de Alto de la Mesa, entrenó a los mineros de Riotinto que se presentaron voluntarios, para frenar el avance de los sublevados. Al frente de medio millar de estos milicianos mineros, el guardia civil se enfrentó a las tropas franquistas el 7 de agosto en El Empalme, cerca de Valverde del Camino. Después volvió al cuartel y de allí lo sacaron para fusilarlo. El diario ABC de Sevilla daba una versión de su ejecución el 29 de agosto de 1936. “Alto, grueso, con gafas, fue un inducido por la lectura de ciertos periódicos burgueses al servicio del marxismo, que, no obstante, los despreciaban. Al tenerse noticias en la Cuenca Minera de la llegada de las fuerzas militares, algunos cabecillas, como Molina, huyeron… Pero el cabo Godoy, alentando no sabemos qué esperanzas de perdón, se metió en la cama, fingiendo enfermedad. Así fue detenido. Y hasta el último momento alentó esperanzas de salvaciónNo dio la cara al pelotón, ni la espalda. De costado, mirando hacia la parte de Nerva, escuchó la breve arenga del comandante, que le acusaba de traidor a sus hermanos y a la Patria. ¡Carguen! ¡Fuego! Fueron las voces que se dieron casi al mismo tiempo”.

“No es verdad que se escondiera en la cama. Estaba vestido y con los botones abrochados desde el primero hasta el último y con su tricornio puesto. Los esperó vestido, como lo enterraron. Como se ha podido ver en la exhumación”, señala Iratí. El cabo Godoy tenía 44 años y dejaba una viuda de 36 y siete hijos, el más pequeño, Enrique, de un año. “A mi abuela la obligaron a beber aceite de ricino, le bajaron las bragas, le levantaron las faldas y le dieron el paseíllo”, cuenta entre lágrimas su nieta. A Luis, el mayor de sus hijos, le hicieron un simulacro de fusilamiento y luego se lo llevaron a un campo de concentración. Por eso falta de la foto que Magdalena se tomó con el resto de sus hijos en Casablanca (Marruecos), donde se refugiaron. Allí se casaron algunos de los hijos del cabo Godoy. Pepita, la mayor, se fue Córcega, donde nació Luis Méndez. Otros cuatro, entre ellos Rosario, la madre de Itatí, marcharon a Argentina. “Mi familia es un rompecabezas, todo desarmado, y encontrar a mi abuelo es la pieza que lo une todo”, reconoció Luis durante la ceremonia.

El valor del sepulturero

El ABC dejó constancia del fusilamiento de su abuelo, pero la familia ignoraba dónde estaba enterrado. Los tres nietos que regresaron a España empezaron a buscar más en serio cuando tomó brío el movimiento memorialista. “Me puse en contacto con la Guardia Civil, para conseguirle una pensión de viudedad a mi abuela, pero no teníamos certificado de defunción”, cuenta Itatí. La indagación los llevó hasta el libro Memoria Vindicada 1936-1939, sobre los fusilados en la comarca minera de Huelva, escrito por dos de sus vecinos, Alfredo Moreno y Gilberto Hernández.

En él se recogen las anotaciones que hizo el sepulturero del cementerio de Riotinto en las que escribió las iniciales C. G., la fecha del fusilamiento y dónde se enterró. “Con esas iniciales se conocía al cabo Godoy y son las que se utilizan en el sumario del desarme de los cuarteles de la cuenca minera, donde aparece como uno de los defensores ya fallecido”, relata Moreno. “Si no hubiera sido por la valentía del sepulturero, no hubiéramos dado con el cabo Godoy”, explica emocionado.

Son sus exhaustivos trabajos de documentación con los que el equipo de Fernández trabaja en la primera fase de las exhumaciones de Riotinto. El cruce de datos de Moreno y Hernández determina que en el cementerio podrían estar enterrados hasta 211 represaliados. “Con las anotaciones del sepulturero podrían identificarse hasta 10 más”, apunta el investigador, trabajador de la mina jubilado, como su colega. “Si nuestras investigaciones han servido para que una familia haya encontrado a su abuelo, para que se haga justicia, todo lo demás huelga”, cuenta. El cabo Godoy fue el primero en ser ejecutado en Riotinto y el primero de los exhumados —tres hasta el momento― en ser identificado.

Cuando comenzaron los trabajos de exhumación, el 24 de marzo de este año, Moreno cuenta que le dijo a uno de los arqueólogos que tenía que sacarle un tricornio de la fosa porque lo había soñado mientras escribía el libro. “Tu sueño se ha hecho realidad”, le dijo Fernández cuando lo llamó a finales de abril, tras recuperar el sombrero. “Lo más gratificante de este trabajo es darle respuesta a las familias”, afirma el arqueológo. “La sensación cuando localizamos los indicios que apuntaban al cabo Godoy es indescriptible”, abunda.

Rosario, la madre de Itatí, era la menor de las hijas del cabo Godoy y tenía tres años cuando lo fusilaron. Fue también la última en fallecer. Lo hizo hace seis meses, con 88 años —casi coincidiendo con los trabajos de cata del cementerio—. “En 2006 estuvo con su hermana Pepita junto al monolito del cementerio de Riotinto que recuerda a los fusilados. No sabían que a 20 metros estaba su padre”, cuenta su hija. “Llegamos tarde”, se lamenta Fernández, pero Itatí sabe que, 86 años después, lo que menos importa es el cuándo. Lo que cuenta es que el honor violentado de su abuelo se ha restituido y que las piezas del puzle familiar que su asesinato desbarató empiezan a juntarse. “Mi abuelo descansará en el cementerio de Marbella, donde está enterrada mi abuela”, cuenta.

Una de las fosas rurales más grandes de España

No es la primera vez que el arqueólogo Andrés Fernández ha encontrado a guardiaciviles en fosas del franquismo, pero en el caso del cabo Godoy  sí que es la primera en la que las insignias de la Guardia Civil no están arrancadas. “Es una muestra de cierto reconocimiento”, explica. Su cuerpo está también en una mejor disposición que el resto de los que han exhumado, dos de ellos sobre el cadáver de Luis Ortega, lo que corrobora las sospechas de que fue el primer fusilado de Riotinto. El resto de los nueve que han localizado tienen signos de violencia -alguno con disparos en la espalda- y han sido enterrados en cal viva.

La de Riotinto es una de las fosas rurales del franquismo más grandes de España –“la segunda después de la de Nerva”, apunta Fernández-. Los trabajos de cata empezaron en mayo del año pasado. La primera fase de las tareas de exhumación -con un coste de 50.000 euros financiados exclusivamente por el Gobierno de España- está previsto que termine en junio (hay cinco fases correspondientes a las cinco zanjas o fosas que se han señalado). El equipo de Fernández, formado por dos arqueólogos y una antropóloga forense, calcula que recuperarán entre 40 y 50 cuerpos.  "                (Eva Saiz, El País, 11/05/22)

1/4/22

Contraalmirante Antonio Azarola Gresillón, fusilado por los fascistas en 1936

 "A las tres y cuarto de la tarde del 20 de julio de 1936, un comandante de artillería, enviado por el comandante militar del Ferrol, se presentó al segundo jefe Arsenal, contraalmirante don Antonio Azarola Gresillón, comunicándole que iba a declarar el estado de guerra en la plaza, y quería saber qué actitud iba a tomar la Marina.

 Mucho se ha escrito sobre el violento combate desatado poco después dentro del Arsenal, prolongándose dos días más, entre la marinería y los suboficiales leales a la República y los oficiales del Cuerpo General y la Infantería de Marina, que se sumaron al golpe de estado de naturaleza fascista.

La presencia en el Arsenal de una fuerza numerosa de Infantería de Marina, más preparada para el combate terrestre que las fuerzas de marinería, así como el auxilio externo del Regimiento de Artillería y de la Guardia de Asalto, a las órdenes del general gobernador sublevado, decidió el repliegue de la marinería hacia los buques leales, rindiéndose finalmente ante la manifiesta superioridad de las fuerzas golpistas.

 La represión inmediatamente posterior fue feroz llevando al paredón, en primer lugar, al contralmirante Azarola, y a cuantos como él se negaron a sumarse al golpe de estado, defendiendo la República con las armas en la mano. 

Algún comentario he tenido la oportunidad de leer y alguna vez lo he escuchado en algún debate, poniendo en duda el honor y la ética profesional del contralmirante republicano, exhibiendo el atrevido argumento de su indefinición, intentando ponerse de perfil en aquellos primeros momentos para no comprometerse, hasta que se vio prisionero de los acontecimientos. Eso decían. 

Esta tarde, examinando en casa el imponente expediente de la Causa 11/1936 del Departamento de El Ferrol, he tenido la oportunidad de leer la declaración manuscrita que con fecha 24 de julio de 1936, hace el contralmirante Azarola ante el juez de instrucción.

Juzguen ustedes mismos si hay espacio para dudar de la honestidad republicana en las manifestaciones del contralmirante, teniendo plena convicción de que las mismas le iban a comprometer con grave riesgo para su vida. Como así resultó ser.

Declaración (textual) del contralmirante Antonio Azarola Gresillón, de 61 años, natural de Tafalla (Navarra), 2º jefe del Arsenal de El Ferrol. 

Declara:

"Aproximadamente hacia las 15:15 h. recibo aviso de que un señor comandante de artillería del Ejército deseaba verle de parte del general gobernador militar de la plaza, en una misión confidencial. Recibido al momento, hubo de manifestarle que el dicho señor Gobernador iba a proceder a declarar el estado de guerra, en vista del giro que tomaban las cosas, como consecuencia de la reciente declaración de huelga general y que deseaba conocer por mi actitud que en este caso seguiría la marina. 

Con la natural extrañeza, hube de confirmarle que yo no era la autoridad superior de la Base y que, en su vista, me parecía lógico el que a ella se dirigiera con la consulta. Insistió sin embargo el referido señor comandante, creyendo oportuno el extenderse en consideraciones (por cierto, con gran elocuencia) para justificar la oportunidad de tal medida. Al oírle, vivamente impresionado por sus argumentos y con la posible calma en momento tan decisivo, pude reflexionar que de lo que se trataba era de convencerme a mí, así se lo expuse y así lo reconoció. 

Estimando que consideraciones de carácter militar me impedía en absoluto el sumarme a un acto que consideraba sedicioso, si bien inspirado en las más nobles intenciones, teniendo en cuenta que estaba ligado a los elementos del Ejército y la Marina que iban a actuar en este caso por vivos sentimientos de amistad y compañerismo, reconociendo que tampoco podía igualmente actuar de un modo persuasivo dado el ambiente, decidí  declararle, para que así se lo transmitiera al señor gobernador, que yo en vista las razones expuestas, me consideraba abstenido del movimiento y que desde aquel momento me constituía a su disposición en mi residencia sin tomar parte en absoluto en las disposiciones que ulteriormente se adoptaran por la Jefatura del Arsenal, que abandonaba.

Poco después se observaba un tiroteo que se cruzaba entre el acorazado España y destructor Velasco fondeados en la dársena. Me retiré a mis habitaciones considerándome detenido, en cuya situación continúo en el día de la fecha, confiado a la caballerosidad y al afecto del vicealmirante Núñez, jefe del Arsenal, que ha tenido la amabilidad de alojarme en compañía de mi mujer en estado delicado de salud, en un departamento independiente de la propia jefatura, sometidos a fraternales atenciones. 

Ferrol 23 de julio de 1936"

Antonio Azarola fue fusilado a las 6 de la mañana del 4 de agosto de 1936 en el cuartel de Dolores. Sus restos descansan en el cementerio de Villagarcía de Arousa. 

Colectivos de militares demócratas, entre ellos miembros de la joven asociación Memoria Militar Democrática, en escrito dirigido a las autoridades de la Armada y a la ministra de Defensa, exigieron el cambio de denominación del callejero franquista del interior del Arsenal, compuesto por diez vías dedicadas a la exaltación de miembros de la Marina franquista.

 En dicho escrito sugerían su sustitución por una lista de denominaciones encabezados por el contraalmirante Azarola, en homenaje a los marinos leales al estado legal y legítimo representado por la II República.

Hace unos días se ha anunciado la eliminación de las denominaciones franquistas, pero ni uno solo de los marinos leales a la República ha merecido su reconocimiento oficial en ninguna de las vías del Arsenal."

(Floren Dimas, oficial del Ejército del Aire (Retirado) | Miembro de Anemoi, ACMYR y Memoria Militar Democrática. Nueva Tribuna.es, 31/03/22)

3/12/21

Domingo Camacho López arribó al puerto tunecino de Bizerta en marzo de 1939 con la flota republicana, y aceptó regresar en el Marqués de Comillas creyendo las promesas de redención del almirante Salvador Moreno… ¡Craso error! Fue sometido a Consejo de Guerra, condenado y ejecutado

 "El 3 de junio del año 1941, el capitán de Infantería de Marina don Genaro Arias Baltar, en funciones de Juez Instructor Permanente del Departamento Marítimo de Cádiz, comunica al alcalde de San Fernando que al día siguiente, a las seis de la mañana, "…será pasado por las armas en la tapia del cementerio de esta ciudad el cabo de artillería de la Armada Domingo Camacho López…". 

Continua la nota informando que "recibirá sepultura en el expresado cementerio una vez ejecutado". Lo cual —que sea enterrado después de la ejecución, y no antes— era de agradecer. Finalmente el juez instructor ruega al alcalde que cite en el cementerio "a quien corresponda" para dar sepultura al cabo de la Armada, que dejó viuda y tres hijos. Con los datos que hoy disponemos, don Domingo Camacho López fue el penúltimo militar vinculado a San Fernando ejecutado en esta ciudad por la represión franquista.

 Este joven marino de 25 años arribó al puerto tunecino de Bizerta en marzo de 1939 con la flota republicana, y aceptó regresar en el Marqués de Comillas creyendo las promesas de redención del almirante Salvador Moreno… ¡Craso error! Fue sometido a Consejo de Guerra, condenado y ejecutado. Forma parte de una lista de más de 100 militares ejecutados durante la barbarie militar y fascista que siguió al 18 de julio de 1936 en San Fernando. 

Comenzaron justamente una semana más tarde, el 25 de julio. Ese día, tras un Consejo de Guerra Sumarísimo y ejemplarizante, son ejecutados don Joaquín Ferreiro Barreiro, don Luis M. Rodríguez Otero (auxiliares 1º de radio y artillería de los cañoneros Lauria y Cánovas del Castillo) y el contramaestre señor Muñoz. Los militares que se rebelaron contra la II República y alzaron sus armas contra los españoles, se asumieron al derecho de acusar de rebelión —y juzgar, condenar y matar— a los compañeros de armas que permanecieron leales al gobierno que habían jurado defender. Los historiadores llaman a esta aberración jurídica La Justicia al Revés

 A las 15:00 horas del 18 de julio de 1936, el Jefe del Departamento Marítimo de Cádiz, almirante golpista José Gámez Fossi, ordenó al comandante don Manuel de Sancha Morales, jefe del batallón de Infantería de Marina de San Fernando, sacar a la calle tres compañías de infantes para declarar el estado de guerra y tomar militarmente la ciudad. De Sancha se niega a hacerlo y pide la orden por escrito. Seguidamente es detenido por sus propios compañeros, encarcelado en el Penal de la Casería de Osio y fusilado un mes más tarde. 

No hubo causa judicial contra Manuel de Sancha, músico, compositor, director de orquesta y hombre de probada empatía con el pueblo necesitado. Su ejecución fue un asesinato extrajudicial. Sus restos anónimos, fueron arrojados en una fosa común abierta en lo que fue Cementerio para Disidentes de San Fernando. Al día siguiente, el sepulturero indicó a uno de sus hijos el lugar exacto donde yacía el leal militar. 

A don Manuel de Sancha le cabe el dudoso honor de haber sido el primer militar que se opuso abiertamente en San Fernando a Glorioso Movimiento Nacional. Por otro lado, a doña Adelaida Blanco Silva la dejaron viuda a las cinco de la mañana del 10 de septiembre de 1936. Ese día asesinaron a su marido, don Leocadio Castaño Álamo, un ex carabinero de 41 años que no demostró demasiado entusiasmo por adherirse al Glorioso Movimiento Nacional. Nadie asumió la responsabilidad de su muerte.

 Nadie ordenó inscribir el crimen en el registro Civil de la ciudad y, por tanto, para que su fallecimiento fuese reconocido, doña Adelaida tuvo que recurrir a conocidos de sobrada influencia entre los jerarcas del nuevo régimen. 

 Gracias a esas influencias logró que el Vicario Capitular del obispado de Cádiz accediera a concederle la gracia de certificar la muerte de su marido… "Vista la instancia que nos dirige doña Adelaida Blanco Silva solicitando nuestra autorización para que por el señor cura párroco de la de San Pedro y San Pablo de San Fernando sea expedida copia de la defunción del marido de la solicitante, por el presente venimos a conceder y concedemos la gracia solicitada". No fue un derecho, fue una gracia. Eso ocurrió en marzo de 1941, y supuso una excepción porque estaban certificando sobre el contenido del libro en el que los curas inscribieron los fusilamientos que presenciaron.

 La mera existencia de ese libro era —y sigue siendo— la única prueba documental de los asesinatos extrajudiciales que se cometieron en San Fernando después de Glorioso Movimiento Nacional Salvador de la Patria. Certificar el contenido de un libro secreto era reconocer su existencia y, en consecuencia, reconocer complicidades. Sin embargo, a pesar de la gracia excepcional que consiguió del señor Vicario, doña Adelaida no logró inscribir la muerte de su marido hasta junio de 1946. 

 Los represores, militares y fascistas, no sólo asesinaron al padre de sus tres hijos (el último de ellos, póstumo), además le negaron durante diez años su condición de viuda. Y también asesinaron judicial o extrajudicialmente a oficiales, auxiliares y marineros; fogoneros, telemetristas, condestables, artilleros, barberos, telegrafistas, oficinistas, trabajadores del Arsenal de la Carraca, sanitarios, contramaestres, intendentes, náufragos, etc., etc., etc. Hasta un total de 106 militares y algunos asimilados. 

De ellos, 56 fueron ejecutados tras esos consejos de guerra propios de la Justicia al Revés; 46 fueron asesinatos extrajudiciales, ordenados por los distintos jerarcas de San Fernando con poder sobre la vida y la muerte de los rojos; y cuatro murieron en circunstancias extrañas… todos ellos fueron enterrados de forma anónima en un claro intento de extinguir su memoria, su ejemplo y su dignidad. 

Estuvieron frente a un pelotón de fusilamiento, pero los criminales fueron los que daban las órdenes desde el otro lado. Hoy, un 14 de junio de 2018, día de la Memoria Democrática en Andalucía, es buena ocasión para conocer los nombres de esos militares muertos y silenciados. 

Sería un primer paso para recuperar su memoria y su dignidad, y para que todos podamos mirarlos como hombres leales a su palabra y no como a criminales y también sería buena ocasión para que sus compañeros de armas, miembros de una Armada Española superadora de conflictos pasados, se sumaran a un homenaje póstumo y necesario. Porque lo necesitamos todos.(...)"              (Miguel A. López Moreno, La Voz del Sur, 11/06/18)

20/5/19

Por su lealtad a la República los generales Rogelio Caridad Pita y Enrique Salcedo Molinuevo fueron fusilados en Ferrol en 1936 por militares franquistas

"Rogelio Caridad Pita (La Coruña, 1875) ingresó en la Academia de Infantería a los 17 años. Participó en la guerra de Cuba; fue condecorado varias veces, 3 cruces de 1ª clase al mérito militar con distintivo rojo. Se cree que era masón. Al proclamarse la República, el gobernador militar de La Coruña ordenó al entonces coronel Caridad Pita, sacar las tropas a la calle. 

Sin embargo, el coronel salió solo y en coche descubierto, acatando la voluntad popular. Tras ser sofocada la revolución de 1934 en Asturias, fue enviado a Gijón, caracterizándose por una posición conciliadora. Rogelio Caridad Pita era uno de los generales más nítidamente leales al régimen Republicano.

Enrique Salcedo Molinuevo nació en Salamanca en 1871, de padre español y madre filipina. Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1888. Participó en la guerra de Cuba. En 1915 era comandante. En 1919 fue ascendido a coronel del regimiento y presenció el desastre de Annual. Obtuvo la medalla militar individual. 

Ascendió a general de división en 1928. Se casó con una joven gallega, Amalia Portela. A pesar de su amistad con el general José Sanjurjo, no participó en su frustrado intento de golpe de Estado en agosto de 1932. Poco antes de las elecciones de 1936 fue nombrado general jefe de la VIII División Orgánica, con sede en La Coruña, por el ministro de la Guerra, el también militar Nicolás Molero Lobo. Tras acceder al poder el Frente Popular, fue confirmado por el nuevo ministro, Carlos Masquelet.

En La Coruña, el germen de la sublevación militar prendió en un grupo de jefes y oficiales que asqueaban de la República y no podían soportar que el Frente Popular hubiera ganado las elecciones de Febrero de 1936, tras las cuales, comenzaron a celebrar reuniones en la biblioteca de la Capitanía. Estos oficiales conectaron con otros jefes y oficiales, extendiendo sus gestiones a las respectivas unidades agrupadas en las plazas de la División. Se consiguió una gran unión entre muchos mandos militares golpistas. 

En La Coruña contaban con la adhesión de todas las unidades, guardia civil, asalto y carabineros.

En julio de 1936, Caridad Pita estaba destinado en La Coruña, como gobernador militar y jefe de la 15ª Brigada de Infantería, a las órdenes del general Salcedo. En la tarde del viernes 17de julio de 1936 llegaron a Galicia noticias de la sublevación en Marruecos. 

El general Salcedo, conservador pero leal, y el general Caridad Pita le aseguraron al gobernador civil, Pérez Carballo su lealtad a la República, a pesar de que Salcedo estaba al tanto de la conspiración, había recibido en la noche del 18 de julio un telegrama de Queipo de Llano conminándole a que se uniera a la sublevación y luego una llamada telefónica, el día 19, del general Mola.

El día 20 Salcedo se reunió en la Capitanía General con el general Rogelio Caridad Pita, el cual le advirtió de que el coronel Pablo Martín Alonso, al mando del Regimiento de infantería «Zamora» n.º 29, y el teniente coronel Montel, secundados por el jefe de Estado Mayor provisional de Capitanía, el teniente coronel Luis Tovar Figueras, pretendían sublevarse. 

Salcedo destituyó a Tovar, sin embargo, los sublevados redujeron a Salcedo en su despacho de Capitanía, le conminaron a que se uniese a la sublevación, Salcedo decidió no unirse al levantamiento y fue detenido y trasladado a Ferrol.

El general Caridad dirigió la palabra a los sublevados para desactivar la rebelión, presentándose en el cuarto de banderas del Regimiento de Infantería de Zamora número 54: “..invocando a la Patria, al orden, a la Ley, a la obediencia al poder constituido, a la disciplina y demás virtudes militares, al afecto, todos eran queridos compañeros, exigiendo su palabra de honor de mantenerse quietos y a las órdenes del mando..” Pero los oficiales presentes contestaron en “vivas” a franco y gritos de “abajo los traidores”. 

El coronel Martín Alonso y demás jefes y oficiales rodearon al general Caridad impidiendo su salida. Caridad fue conducido prisionero al mando del regimiento de Zamora, participante en la sanjurjada de 1932. Tras 2 días fue trasladado al castillo de San Diego de La Coruña.

El domingo 26, un día después de que hubiesen sido fusilados el gobernador civil Pérez Carballo y los 2 oficiales de Asalto Manuel Quesada y Gonzalo Tejero, los generales Salcedo y Caridad fueron conducidos al vapor prisión “Plus Ultra”, y de allí al castillo de San Felipe de Ferrol. 

Ambos fueron encausados por un consejo de guerra celebrado el 24 de octubre de 1936, y acusados de traición fueron condenados a muerte y fusilados el 9 de noviembre en el castillo de San Felipe de Ferrol. Murieron entonando vivas a España y a la República. 

Ambos habían declarado que no poseían bienes. Sus restos reposan en el cementerio de San Amaro de La Coruña. Tras combatir con el ejército de la República, los hijos de Caridad Pita, Carlos, Francisco, José, Rogelio y Vicente, fueron al exilio tras el fin de la Guerra."                 (Tulio Riomesta, 16/05/19)