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23/12/21

La masacre de un millón de comunistas en Indonesia entre 1965 y 1966 se convirtió en un modelo para EE UU y sus aliados el Sur global... un referente para planes de exterminio similares desarrollados por otros regímenes autoritarios capitalistas, también monitorizados o asistidos por Estados Unidos... un genocidio que marcó una época y sigue influyendo en el presente

"Vincent Bevins es un periodista y escritor estadounidense que trabajó como corresponsal para Los Angeles Times en Brasil de 2011 a 2016. En 2017 se fue a cubrir el sudeste asiático para el Washington Post desde Yakarta, y entonces comenzó a investigar y escribir sobre la violencia experimentada en Indonesia y América Latina durante la Guerra Fría. Fue así como surgió su libro El método Yakarta. La cruzada anticomunista de Washington y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo, que ahora publica la editorial Capitán Swing con traducción de Enrique Maldonado Roldán.


El trabajo, que combina la rigurosa investigación histórica con el testimonio vivo de algunos supervivientes, se centra en la intervención y complicidad de Estados Unidos en las matanzas de alrededor de un millón de personas acusadas de ser comunistas en Indonesia entre 1965 y 1966, bajo la dirección del general Haji Mohammad Suharto, cuando el Partido Comunista de Indonesia (PKI) era el tercer partido comunista más grande del mundo.

Aquella masacre sirvió de modelo a seguir en años sucesivos para la relación que Estados Unidos establecería con el Tercer Mundo, con especial énfasis en América Latina. No en vano, durante los años previos al golpe de Augusto Pinochet en Chile, los grupos de la derecha escribían “Yakarta ya viene” o simplemente “Yakarta” en las paredes de Santiago de Chile. Como describe de manera brillante Bevins en su libro, el éxito para la eliminación del comunismo de aquellos asesinatos masivos en Indonesia respaldados por Estados Unidos, se convertiría en un referente para planes de exterminio similares desarrollados por otros regímenes autoritarios capitalistas, también monitorizados o asistidos por Estados Unidos. Así, la historia de El método Yakarta es también la historia del mundo globalizado que hoy tenemos.

La premisa de tu libro, como indica su subtítulo, es que la cruzada anticomunista de Estados Unidos, iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, dio forma al mundo en el que vivimos hoy. ¿Cómo era ese mundo y qué forma ha tomado?

En 1945, se podía dividir de manera razonable el mundo en tres partes. Algunas de ellas nos resultan familiares, como la terminología Primer Mundo y Tercer Mundo. El Segundo Mundo, por supuesto, estaba liderado desde Moscú. Pero lo que a menudo se olvida hoy en día, sobre todo en el Atlántico Norte, es que el Tercer Mundo no era un lugar, sino una idea y un proyecto político: un movimiento de futuro, muy optimista, que pretendía cambiar las reglas del sistema mundial tras el fin de la descolonización formal. La gran mayoría del planeta vivía en el Tercer Mundo, y muchos de sus líderes creían que, puesto que la era del control directo europeo estaba terminando, era natural que los países de Asia, África y América Latina ocuparan el lugar que les correspondía como iguales junto al Primer Mundo, es decir, los países que habían llevado a cabo el imperialismo en todo el globo.

En gran medida, creo que es justo decir que la Guerra Fría tuvo que ver más con las interacciones entre el Primer y el Tercer Mundo, que entre el Primer y el Segundo Mundo. Esto es ciertamente un hecho si se valoran todas las vidas humanas del planeta por igual, en lugar de dejarse llevar por las intrigas cortesanas en las capitales de las dos superpotencias. Y en este periodo de tiempo, de 1945 a 1990, un número realmente enorme de países del Sur Global se pusieron en el camino en el que todavía están hoy, y ese camino fue forjado por las circunstancias de la Guerra Fría.

Tú expones, como parte de esta cruzada estadounidense, la conexión que se dio en el tiempo entre el surgimiento del proyecto del Tercer Mundo y la creación de la CIA. ¿Cuál fue esta interrelación? ¿Qué métodos utilizó la CIA en relación con el Tercer Mundo?

Justo después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como el Estado más poderoso que jamás había existido, con diferencia. La Unión Soviética, destruida por la guerra, no estaba ni siquiera cerca. Los dirigentes estadounidenses contemplaban ahora todo el planeta. Pero Estados Unidos, un país joven y teóricamente comprometido con los ideales democráticos y anticoloniales, no tenía la experiencia que tenían los británicos en la gestión de un imperio mundial. No contaban con la capacidad de espionaje del MI6 y, además, los funcionarios estadounidenses eran bastante provincianos. No sabían mucho sobre el resto del mundo, salvo algunas ideas románticas sobre Europa Occidental.

Este fue el contexto en el que se creó la CIA, al principio de la Guerra Fría. Suministraría información al presidente, pero también se le encomendó rápidamente la tarea de cambiar los acontecimientos en todo el mundo. Llevar a cabo operaciones encubiertas para favorecer los intereses de Estados Unidos. Incluso los historiadores más generosos de la CIA admiten de buen grado que estos hombres no tenían ni idea del Tercer Mundo.

Ahora bien, los líderes de los países del Tercer Mundo, e incluso los movimientos explícitamente comunistas del Sur Global, no sabían cómo los trataría el nuevo hegemón. Incluso hombres como Ho Chi Minh y Mao Zedong esperaban poder mantener términos amistosos con Estados Unidos. Por supuesto, esto no ocurrió. En gran medida, la Guerra Fría es la historia de cómo Estados Unidos aprendió a utilizar sus nuevas herramientas y sus nuevos poderes para dar forma a los acontecimientos en el Sur Global, a menudo con consecuencias devastadoras.

La caja de herramientas es muy grande y variada, desde una ligera presión económica hasta la financiación encubierta de ciertos partidos políticos, pasando por el estrangulamiento financiero, la invasión directa, e incluye el uso frecuente del golpe militar para establecer dictaduras y mantener los países abiertos al capital internacional. La única herramienta, el único método, sobre el que escribo principalmente en este libro es el asesinato en masa intencionado de izquierdistas o de personas acusadas de serlo. Esto no se hizo por venganza u odio ciego, sino que se llevó a cabo al servicio de la construcción de regímenes capitalistas autoritarios.

¿Qué hace que el caso de Indonesia sea especialmente relevante a este respecto?
El presidente Sukarno fue uno de los líderes que realmente encabezó el Movimiento del Tercer Mundo, si no su más elocuente defensor. Era un presidente anticolonialista de izquierdas, pero no comunista, y una fuerza unificadora no sólo en Indonesia, sino en toda África y Asia. La Conferencia de Bandung (1955) fue el momento en que el Tercer Mundo se unió realmente.

Así pues, tenemos un país que ahora es el cuarto más grande del mundo por población, y que estuvo a la vanguardia de un intento de rehacer las reglas de la economía global. Y para poner fin a su visión, para hacer posible la dictadura que le sucedió, tienes una de las peores atrocidades de la Guerra Fría: el asesinato en masa, respaldado por Estados Unidos, de aproximadamente un millón de civiles inocentes.

¿Cómo se implementó y desarrolló la política estadounidense hacia Indonesia?

La política estadounidense hacia Indonesia cambió en varias ocasiones. Al principio, el liderazgo de Sukarno se consideraba aceptable. Esto cambió en 1955, cuando ocurrieron dos cosas: el presidente Sukarno acogió la Conferencia Afroasiática de Bandung, que fue el acontecimiento que realmente dio un impulso histórico concreto al Movimiento del Tercer Mundo, y el pacífico Partido Comunista de Indonesia (PKI) comenzó a obtener resultados cada vez mejores en las elecciones democráticas. La CIA y el MI6 admitieron que se estaban ganando la lealtad de la población mediante una hábil labor de divulgación. Entonces se intentaron un par de cosas para detenerlos: la canalización de fondos a una parte musulmana conservadora, lo cual fracasó; y luego la CIA fomentó y participó en una guerra civil, tratando de romper el país, y fueron descubiertos. Así que entonces la estrategia de Washington pasó a ser la de construir una hegemonía dentro de las Fuerzas Armadas, trayendo a miles de oficiales a Estados Unidos para su entrenamiento.

¿Qué es entonces lo que llamas el ‘método Yakarta’? ¿Qué diferentes formas adoptó alrededor del mundo?

En 1965, Estados Unidos y Gran Bretaña empezaron a trabajar entre bastidores con el objetivo de fomentar un enfrentamiento entre el desarmado PKI y los muy bien armados militares indonesios. Bajo circunstancias misteriosas, este enfrentamiento se produjo, y entonces los militares, con el apoyo activo de Estados Unidos, mataron a aproximadamente un millón de civiles inocentes. O más, tal vez menos: no lo sabemos con precisión, porque nunca se llevó a cabo ningún tipo de comisión de la verdad. Y otro millón permaneció en campos de concentración, simplemente por sus creencias políticas, mientras Indonesia se convertía en uno de los más importantes aliados de Occidente en la Guerra Fría.

Este fue un éxito tan evidente para Estados Unidos y sus aliados, que otros grupos de derecha, anticomunistas, aliados de Estados Unidos y potenciales aliados de Estados Unidos, tomaron nota. Algunos de estos grupos se inspiraron en la masacre de Indonesia, utilizándola como modelo o como amenaza en sus propios países.

¿Logró Estados Unidos extender la aplicación de este método? ¿Cuáles fueron sus resultados?

No es tanto que Estados Unidos lo “aplicara”, sino que lo que yo llamo el ‘método Yakarta’, el asesinato en masa intencionado de izquierdistas o acusados de serlo, se empleó en al menos 23 países durante la Guerra Fría, antes y después de 1965. Esto se hizo generalmente para crear regímenes capitalistas autoritarios aliados con las potencias del Atlántico Norte, a menudo con gran éxito.

En muchos, muchos países hoy en día, especialmente en el Sur Global, el sistema político-económico que todavía está en vigor, es uno que fue profundamente moldeado por este momento de la historia. Se pueden ver efectos profundos en varios continentes. Creo que se puede afirmar con absoluta seguridad que no habríamos recibido el tipo específico de globalización que hemos recibido en los últimos 30 años sin el ‘método Yakarta’.

¿Hasta qué punto ese método se aplicó también dentro de los Estados Unidos? ¿Nos dice aún algo sobre las políticas actuales contra las comunidades pobres, marginadas y racializadas?

Me gusta trazar siempre una línea entre lo que ocurrió en el Primer Mundo y lo que ocurrió en el Tercer Mundo, porque esa división es real. Los izquierdistas, incluso cuando fueron perseguidos o marginados de la vida pública, fueron tratados de forma muy diferente en el Norte Global y en el Sur Global. A una de las protagonistas de mi libro, Francisca, le impactó llegar a Europa a finales de los años 60 y darse cuenta de que a los partidos de izquierda, socialistas y comunistas, simplemente se les permitía participar en la política, haciendo posible la interacción natural entre las diversas fuerzas sociales que dan forma a los acontecimientos en una democracia capitalista.

Ahora bien, en Estados Unidos, por supuesto, no había partidos socialistas significativamente activos en la Guerra Fría, y aún hoy no los hay. Pero incluso durante el macartismo, si eras un socialista blanco, a menudo perdías tu trabajo o te hacían socialmente invisible, pero no te acorralaban y asesinaban. Ahora bien, los grupos que más cerca están de recibir el mismo trato que recibieron los izquierdistas del Tercer Mundo son los movimientos revolucionarios negros organizados, como por ejemplo fue el caso con las Panteras Negras. Por supuesto, siempre ha habido grupos dentro de Estados Unidos que han sido racializados y marginados, especialmente los descendientes de pueblos indígenas o africanos, y por tanto han sido tratados como si estuvieran por debajo de la nación, como si estuvieran realmente en el Tercer Mundo. Esto resulta natural para una colonia de colonos blancos constituida a través de la dominación imperialista de América del Norte.

¿Qué continuidades y diferencias podemos encontrar en la actual política exterior estadounidense y en sus intervenciones? Si las hay, ¿cuándo empezaron a producirse estas diferencias?

Aquí suelo decir dos cosas. En primer lugar, cuando terminó la Guerra Fría, todas las entidades comunistas oficiales, las entidades secretas o públicas que giraban en torno a Moscú en el Segundo Mundo, desaparecieron; la CIA y el MI6 no. Así que tienes agencias públicas muy activas, muy reales, en Estados Unidos y Europa Occidental que operan con la misma estructura, y creo que en gran medida con los mismos objetivos, que tenían en el siglo XX. ¿Cuándo fue el año en el que se supone que la CIA cambió su misión o rompió con la práctica de llevar a cabo insanas operaciones encubiertas para dar forma a la historia del mundo? Si eso ocurrió, no he oído hablar de ello, ni he visto ninguna prueba. Incluso si creyéramos que, de alguna manera, la KGB se reconstituyó dentro del actual estado ruso, no hay comparación con la continuidad y el poder continuo ejercido por las agencias de las que escribí en mi libro.

Pero en segundo lugar, la Guerra Fría terminó y Occidente esencialmente ganó. Así que la hegemonía de Estados Unidos y la aplicación de las reglas del orden capitalista global pueden ser, y a menudo son, aplicadas de forma más sutil (y creo que efectiva) que el tipo de intervenciones obvias de, digamos, 1953 en Irán o 1954 en Guatemala. Es útil recordar que la violencia directa, como la invasión o el asesinato en masa, no suelen ser lo primero. Suelen ser el último recurso, tras la adopción de una serie de medidas coercitivas que pueden fracasar o sentar las bases para intervenciones más abiertas. A menudo se consideran formas aceptables, pero no óptimas, de resolver los problemas percibidos. Las invasiones siguen produciéndose, pero si se pueden aplicar las normas del orden mundial, por ejemplo, mediante negociaciones a puerta cerrada, sanciones económicas, acciones judiciales (“lawfare”) o golpes parlamentarios, suele ser preferible eso a enviar tanques al palacio presidencial o escuadrones de la muerte al campo. Estas opciones siguen estando sobre la mesa, sin duda, pero en el momento unipolar que se vive desde la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos dispone de un mayor conjunto de trucos en su caja de herramientas que los que tenía en la década de 1950.

Por supuesto, el momento unipolar parece que está llegando a su fin o que debe hacerlo en algún momento en el futuro. Y creo que es útil decir dos cosas a ese respecto. Estados Unidos sigue siendo, con diferencia, el país más poderoso de la Tierra. Económicamente, políticamente, militarmente, China no está ni siquiera cerca. Pero por otro lado, en segundo lugar, Estados Unidos es relativamente menos poderoso de lo que era en 2010, e incluso aún menos de lo que era en 2000.

Tu libro combina tanto la investigación historiográfica como las técnicas testimoniales, pasando constantemente de lo macro a lo micro y viceversa. ¿Cómo fue el proceso y la metodología de tu investigación y escritura?

Para mí era muy importante asegurarme de que los funcionarios estadounidenses no fueran los únicos actores de esta historia. Era crucial que los indonesios, los brasileños, los chilenos, los guatemaltecos, etc., estuvieran en el centro de la narración, y que los lectores entendieran cómo vivieron estos acontecimientos. Soy estadounidense, por supuesto, decidí concentrarme en la formación de la hegemonía global de Estados Unidos y presté especial atención a los funcionarios de la política exterior estadounidense, pero hay demasiados libros en los que los únicos personajes son norteamericanos, en los que los pueblos del Sur Global son receptores pasivos de la historia, en los que son simplemente víctimas sin nombre. Así que me aseguré de poder integrar testimonios en primera persona y detalles biográficos de la gente que impulsó el Movimiento del Tercer Mundo en las calles, así como de la gente que sufrió la cruzada anticomunista. Hacerlo de esta manera supuso mucho trabajo extra: añadió unos dos años más a la investigación, porque realmente se necesita tiempo para conocer lentamente a todas las personas adecuadas, explicar tu proyecto y esperar pacientemente a que la gente confíe en ti y crea que le gustaría participar. Además, es esencial realizar las entrevistas de forma que no se vuelva a traumatizar a las víctimas y que se pueda reconstruir una historia que tenga eco en las personas que lean el libro.

Después de recopilar muchas entrevistas en 12 países, elegí una cantidad muy pequeña de ese material —tal vez un 5% o menos— y opté por tejerlo dentro de una historia global de muy amplio alcance, que construí utilizando investigaciones académicas, archivos desclasificados y el trabajo de activistas y supervivientes realizado por otros en las últimas décadas. Esperaba conseguir una historia que pudiera pasar del supermacro al micro encuadre más íntimo y, para ser sincero, no tenía ni idea de si iba a funcionar. Fue difícil y tenía poca experiencia en ese tipo de escritura. Me ha resultado increíblemente gratificante escuchar de los lectores que este enfoque ha tocado la fibra sensible de muchas personas. Pero todo el trabajo real lo hicieron los propios entrevistados y los verdaderos expertos que trabajaron en estos temas durante muchos años antes de que yo llegara."                                     (Alejandro Pedregal, El Salto, 22/12/21)

16/11/21

Partido comunista indonesio: el exterminio olvidado

 "En octubre de 1965 se inició en Indonesia una masacre masiva de proporciones genocidas. Después de un intento fallido de arresto de altos oficiales hostiles al presidente Sukarno –principal artífice de la Conferencia de Bandung de 1955 y gran figura del anti-imperialismo tercermundista– las fuerzas militares, con el general Suharto a la cabeza, emprendieron la eliminación sistemática del partido comunista indonesio: los miembros del PKI, apoyo de Sukarno, y toda organización, familia o persona sospechosa de ser cercana al mismo, fueron exterminados por centenares de miles.

Con el aliento y la asistencia de Gran Bretaña y Estados Unidos, fue borrado del mapa el tercer mayor partido comunista, tras los de la URSS y de China. Desapareció así la eventualidad de un desarrollo suplementario del socialismo en el sudeste asiático, en uno de los mayores países del mundo. Con el exterminio del PKI y el comienzo del largo reinado de Suharto (hasta 1998), las potencias imperialistas completaron y reforzaron una pieza clave en su mecanismo de contención (Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, Filipinas) del Asia comunista.

Tras la aparición del libro Pretext for Mass Murder, en 2006, los trabajos de John Roosa sobre este episodio han servido de referencia en la casi totalidad de investigaciones sobre este país y sobre el Sudeste asíatico de los años 1960. Con ocasión de la aparición de su obra Buried Histories : The Anticommunist Massacres in 1965-66 in Indonesia (The University of Wisconsin Press, 2020), John Roosa ha aceptado responder a las preguntas de Contretemps.

Contretemps : Quiero comenzar por las circunstancias en que has realizado tu investigación y escrito tu trabajo sobre Indonesia en los últimos veinte años. El libro del que vamos a hablar, como se entiende, es la tercera entrega de lo que es ya una trilogía[1]. ¿Puedes hablarnos de la trayectoria de conjunto de este trabajo de larga duración, desde la primera publicación (en indonesio) en 2004?

John Roosa: Me dirigí por primera vez a Indonesia, por razones personales, a mediados de los años 1990 y las movilizaciones que se estaban dando contra el régimen de Suharto[2] y también, al mismo tiempo, por la independencia del Timor oriental despertaron mi interés por este país, empujándome a dedicar mi trabajo a ello. Ocurrió después una sucesión de grandes acontecimientos: la caída de Suharto en 1998, más tarde el referéndum por la independencia del Timor oriental en 1999. Me sentí íntimamente ligado a estos acontecimientos, que analicé de cerca, haciendo amistad con diversas personas comprometidas en los mismos, y en solidaridad con ellas.

Sin embargo, dada mi formación de historiador, quise abordar un proyecto sobre la historia indonesia. Me sorprendió el hecho de que los acontecimientos de 1965-66, cuando Suharto tomó el poder y miles de personas fueron masacradas,  siguiesen siendo tan mal comprendidos. Por tanto, desde 2000, junto a un grupo de investigadores indonesios, entrevisté a antiguos prisioneros políticos. Nuestra prioridad era simplemente entrevistar a todos los prisioneros que pudiéramos encontrar, a fin de cuentas unos cuatrocientos, así como a miembros de sus familias en las distintas regiones de Indonesia: en Java, en Bali y en otros sitios. En el origen de mi investigación y de mi trabajo, hasta mi libro más reciente, se encuentra lo que inicié en 2000: entrevistas orales con antiguos prisioneros políticos.

CT: ¿Cómo han ido cambiando durante estos veinte años, en la propia Indonesia, las condiciones de la investigación? En tu libro te refieres a varios acontecimientos que parecen haber abierto posibilidades nuevas de discusión sobre lo que ocurrió en 1965 y posterior. Por ejemplo, el libro acaba con una discusión del “simposium” que tuvo lugar en Indonesia en 2016[3]. Su resultado final no fue desde luego muy novedoso, pero su mérito estuvo en haber tenido lugar, y pareces sugerir que permitió una forma de palabra pública sobre estos acontecimientos. Pienso también en tu alusión a la apertura de una colección en los archivos nacionales en 2013, o incluso en el  fin de la censura contra tu libro de 2006 (Pretext for Mass Murder[4]). A pesar de todas las dificultades persistentes, ¿el entorno de investigación se ha vuelto un poco más favorable en general?

John Roosa: A veces se tiene la sensación de asistir a grandes retrocesos en cuanto a la posibilidad misma de la palabra pública, o de cualquier tipo de movilización política sobre los derechos de las víctimas de 1965-66. Después de la caída de Suharto, en 1998, hubo un gran viento de libertad y la gente tenía la sensación que las cosas ya eran posibles. A las élites del país les entró el pánico. Su posición dominante seguía siendo frágil. Además, con la salida del poder de uno de los suyos –el general Suharto-, hasta el ejército se preocupaba por su futuro (¡Suharto estuvo en el poder durante treinta y dos años!). Todo estaba centrado en su persona y, de pronto, resulta que abandona el poder. Hubo manifestaciones, aparecieron nuevos medios de comunicación, todo tipo de organizaciones, y las propias víctimas, detenidas como prisioneros políticos, indefinidamente, sin motivo, que habían sido despedidas de su trabajo, que habían visto a sus amigos, a los miembros de su familia, a sus camaradas asesinados o desaparecidos, también comenzaron a organizarse. Buen número de organizaciones se encargaron entonces de representar los intereses de las víctimas, que se expresaban ahora en tanto que víctimas y así lo reivindicaban: “¡somos víctimas!” Había desacuerdos entre unos y otros sobre la estrategia a adoptar y se formaron diversos grupos, publicando cada cual sus propios periódicos.

Cuando comencé mis investigaciones en 2000 existía este tipo de apertura, pero en todo caso había que ser discreto. No se podía actuar a plena luz. El ejército seguía estando ahí. Está presente por todas partes en la sociedad indonesia, donde hace de super-policía. El ambiente de miedo y de represión no se había disipado, pero a veces aparecían verdaderas fallas, en esta época caracterizada por el dominio de Suharto en el poder. Por eso pude llevar a cabo estas investigaciones, y mis colegas también. Las víctimas salían de la sombra, estaban dispuestas a aparecer en público y a dar su testimonio. Algunas seguían todavía aterrorizadas y se negaban a participar en entrevistas. Pero muchas se manifestaban. Después hubo, en cierta medida, un retroceso de las libertades y una reafirmación del poder militar. Aunque al mismo tiempo, se ha visto a una nueva generación, cuyo adoctrinamiento no es el mismo que sufrieron quienes crecieron bajo el régimen de Suharto. Todavía la semana pasada (al acercarse este período del año –final de setiembre, comienzos de octubre– en que se han organizado muchos acontecimientos en Indonesia), un periódico de gran audiencia, una especie de revista generalista, dedicó su portada a “La tragedia de 1965”. Eso no tiene precedentes, de hecho. De alguna manera, las cosas están más abiertas porque se habla de un pasado ya muy lejano. Pero el ejército continúa dando su propia versión de los acontecimientos, dentro del proceso de legitimación de sus exorbitantes poderes sobre la sociedad.

CT: Insistes también, hacia el final del libro, en el hecho de que hay también intereses económicos en juego, y que algunas revelaciones podrían llegar a cuestionar la manera en que fueron acaparados algunos recursos, durante o a consecuencia de los acontecimientos de 1965.

John Roosa: Desde fuera de Indonesia, es muy difícil comprender las particularidades del lugar del ejército en el seno de esta sociedad. Es una situación poco habitual. El ejército funciona por niveles imbricados, como muñecas rusas, abarcando el país entero. Hasta el punto de que hay personal militar en cada pueblo. Comienza por tanto a nivel de pueblo, con simples soldados o cabos apostados. Después se va remontando al nivel superior, hasta el nivel nacional. Hay una especie de red de oficiales en funciones estacionados por toda la sociedad, sin un papel muy definido. Dada la ambiguedad de su condición, no se puede verdaderamente decir que sirvan a los intereses del crecimiento económico o del crecimiento capitalista. Pero por lo general cumplen una especie de función de policía, o de fuerza de policía suplementaria añadida a la policía propiamente dicha, al servicio de los intereses patronales, para evacuar terrenos, requisar tierras por cuenta de una explotación hullera, o requisar tierras para nuevas superficies agrícolas. Este es su papel: servir a este tipo de intereses patronales. Pero de paso se aprovechan de  esas mismas empresas.

CT : Esos son aspectos centrales de tu libro, sobre todo cuando insistes en que “el ejército debe ser definido de manera más precisa”. Pero esto te lleva también a formular un argumento más teórico, en el que cuestionas las lecturas de Gramsci que se han mantenido ciegas ante el papel de ese poder militar concreto, y lamentas también que las discusiones sobre Gramsci hayan dejado de lado aquello que la trayectoria del PKI podía aportar para una comprensión más completa y profunda de los conceptos gramscianos de “guerra de posiciones / guerra de movimientos”. Hablaremos de este tema, pero antes que nada, la comprensión más ajustada de la cuestión del ejército te permite ofrecer un marco analítico de la dinámica de las masacres, distinguiendo las diversas categorías de responsables, reconociendo el papel de quienes se opusieron a ellas, contrastando lugares y fases (cuando ha prevalecido cierta confusión, a veces un orientalismo burdo, y sobre todo, las deformaciones y evasiones falaces del anticomunismo oficial). ¿Puedes decirnos algo más sobre este papel y este poder del ejército, como fuerza social y política, a comienzos de los años 1960, esto es en vísperas de la catástrofe?

John Roosa: El ejército, tal como existe hoy día, es una criatura de los acontecimientos de 1965-66. No fue simplemente la dictatura del General Suharto quien tomó el poder. Fue todo el ejército, todo el alto mando del ejército, que se apoderó del Estado. Los militares no se contentaron con emplear a la burocracia civil para controlar el Estado. No sólo controlaban esta dimensión del Estado, sino que disponían también de un gobierno paralelo bajo la forma de mando territorial, que extendieron después de 1965, consolidando su posición de fuerza. Todo esto continúa hoy día y representa un obstáculo permanente a cualquier forma de democratización del país. Muchos dirigentes políticos parecen aceptarlo como el orden natural de las cosas y no intentan cambiarlo, en lo más mínimo. No se oye a mucha gente reivindicar el fin de este mando territorial, aparte de algunos oficiales, muy minoritarios, para quienes “debemos ser un ejército profesional: el hecho de estar tan íntimamente mezclados con la economía política de Indonesia nos impide funcionar como un ejército digno de este nombre”. Los generales se hicieron muy, muy ricos, y se lanzaron después a la política. Se asiste por tanto a una especie de politización del ejército desde el post-1965.

Hay que recordar en todo caso que este mando territorial era anterior al año 1965 y tomó forma a final de los años 1950 y comienzos de los 1960. Al principio, permitió a las componentes conservadoras en la sociedad hacer frente al partido comunista. Entre final de los años 1950 y 1965, el partido vivía un crecimiento muy rápido y los elementos anticomunistas en la sociedad se inquietaron y se reagruparon tras el ejército. La élite de los generales era anticomunista en su mayor parte. Pero era un ejército cuyos orígenes se remontaban a la revolución de final de los años 1940, la “Revolución Indonesia”, que está bien considerada. Dicho esto, queda por saber de qué tipo de revolución se habla exactamente: la palabra se refiere, en este caso, a la lucha contra los holandeses que intentaron, a final de los años 1940, recolonizar las Indias holandesas. Fue una lucha armada. Los holandeses acabaron por renunciar en 1949, cuando Estados Unidos decidió cesar su apoyo financiero a la represión de lo que parecía ser, según ellos, un movimiento no comunista de nacionalistas indonesios.

Es una historia interesante. En 1949, Estados Unidos constató que los nacionalistas indonesios eran anticomunistas porque a finales de 1948 habían reprimido un levantamiento comunista de escasa amplitud. Se podía contar por tanto con su anticomunismo. ¡Para Estados Unidos ya no había objeción a que esa gente accediera a su independencia! En Vietnam, en cambio, Estados Unidos continuó ayudando a los franceses, hasta la derrota del ejército francés en 1954. Pero los nacionalistas indonesios levantaron el vuelo, apoyados en su propio Estado, en 1950.

Los holandeses se habían ido y el ejército era el producto de esta lucha. La situación era muy diferente a la del ejército vietnamita, lo bastante poderoso para mantener batallas ordenadas contra un ejército europeo. Este ejército indonesio era sin embargo muy grande y estaba atravesado por diversas tendencias políticas; un ejército muy politizado en la que se formaban alianzas con partidos políticos. Una componente del ejército apoyaba al PKI. El PKI se ocupaba de organizar la educación política, clases para soldados y oficiales, a finales de los años 1940. Y una vez adquirida la independencia, después de 1950, el partido comunista siguió teniendo contacto con soldados y oficiales favorables al PKI, que prestaban servicios al PKI, transmitían informaciones al PKI para facilitarle el trabajo, contribuyendo a una mejor comprensión de la situación política.

 

Sukarno era entonces presidente y se había puesto a la cabeza de una campaña anti-imperialista internacional. Hay que señalar de paso que en la Conferencia de Bandung en 1955 se trataron muchas cosas, pero no casi del contexto indonesio. ¡Esta conferencia estaba organizada en Indonesia! ¡Y por Sukarno! Pero la cuestión de quién era Sukarno y de lo que hacía, quedó en silencio. El hecho de que diez años más tarde Sukarno fuese derrocado y de que fuese masacrada toda esta generación de anti-imperialistas ligada a Bandung, eso no aparece en la literatura reciente sobre la Conferencia de Bandung… Pero sigamos.

A partir de este período 1950-65, se observaron fortísimas tensiones entre comunistas, anticomunistas, diversas componentes no comunistas, no abiertamente hostiles al PKI pero tampoco favorables. Era una coyuntura complicada y el ejército era parte actuante.

CT: Entre las escasas cosas que se conoce sobre el PKI está el hecho de que este partido era el tercer mayor partido comunista del mundo, después de los de la URSS y China. Presumo que debe haber cierta tendencia a imaginar que la referencia genérica al maoísmo basta para hacerse una idea general de lo que era el PKI. Leyendo tu libro se comprende que las cosas son mucho menos simples y mucho más específicas, sobre todo si se quiere comprender la extrema vulnerabilidad de esta organización aparentemente tan poderosa y cuyos miembros fueron exterminados de manera tan despiadada y por lo general sin defensa. ¿Qué puedes decirnos del comunismo indonesio, de su singularidad, a comienzos de los años 1960, en vísperas de estos acontecimientos?

John Roosa: No creo que la literatura sobre el PKI, por lo general escrita por universitarios extranjeros, haya comprendido la naturaleza tanto de la actividad por la base de este partido como de las posiciones teóricas más precisas del partido. En cuanto a la actividad por la base, los análisis existentes no consiguen explicar verdaderamente el enorme crecimiento del partido. Se encuentran explicaciones de tipo cultural, que asocian al partido con rasgos de la cultura javanesa (el partido estaba centrado en Java, que es la isla más poblada de Indonesia). Hay también explicaciones malthusianas, bastante burdas: la presión demográfica sobre la tierra causa pobreza, y los pobres apoyaban al PKI… Bueno, no escasean explicaciones culturales o demográficas de este tipo.

Pero yo he preferido observar estos acontecimientos remontando a los años 1920, cuando el partido comenzó a organizarse, con sus militantes de base construyendo movilizaciones populares, en los pueblos, en las fábricas y lugares de trabajo, verdaderos héroes, muy apreciados, respetados por los pabres, y con una red que se extendía a toda Indonesia. ¡Para comprender el origen del partido y su creciente audiencia hay que mirar por este lado!

En 1955, en las primeras elecciones legislativas, el PKI consiguió el cuarto puesto, muy cerca de los partidos en cabeza, y era por tanto una de las cuatro formaciones principales. Éstas apenas superaban el veinte por ciento y ningún partido tenía una ventaja clara sobre los otros. El PKI estaba ahí y era ahora muy importante. Muchos se quedaron sorprendidos, y los anticomunistas impactados: ¡¿pero de dónde ha salido toda esta gente?! Muchos no sabían nada de esta intervención entre las masas desde los años 1920, con todos esos militantes respetados por los pobres que veían en ellos su apoyo, a sus protectores, a los defensores de sus intereses.

El PKI se construyó sobre esta base, bien colocada al comienzo de los años 1950, apoyándose en la reputación de sus militantes comprometidos en la lucha por la independencia. Fortalecido por la protección de Sukarno contra la represión ejercida por las diversas élites que querían atacarlo, el partido estuvo en condiciones de desarrollarse más. Este acuerdo con Sukarno se remonta a 1959, cuando éste lanzó la política de Democracia guiada[5], apoyada por el PKI que erigió entonces a Sukarno como dirigente del partido fuera del partido. Había que seguirle y protegerle. A cambio, había que moderar algunas intervenciones y volcarse más hacia la construcción del partido, el reclutamiento de un número cada más importante de militantes. Durante estos seis años de la Democracia guiada, les fue posible actuar más a la luz del día, sin temor a la represión. El partido sacó ventaja de esta coyuntura y atrajo a mucha gente a sus filas (no se sabe exactemente cuánta: el partido hinchaba siempre sus cifras para anunciar millones de miembros, pero es cierto que este apoyo era masivo). Contaba con toda seguridad con millones –cuántos, en concreto, no se sabe– de miembros, de simpatizantes bajo una u otra forma, en tales o cuales organizaciones de masas. El partido creó un gran número de ellas, que le servían de vitrina, y permitían a cualquier persona apoyar al partido sin convertirse en miembro por completo. Campesinos, mujeres, trabajadores, artistas, y así sucesivamente (siendo por lo demás la organización de juventud la del partido mismo).

CT: ¿Las organizaciones de mujeres (Gerwani) y de artistas (Lekra) estaban por tanto afiliadas aunque sin ser formalmente organizaciones del partido?

John Roosa: Exactamente. El partido tampoco lo deseaba. Los dirigentes del partido tenían todavía la idea de que para ser miembro del partido hacía falta haber recibido una formación política; también había que haber realizado un trabajo organizativo importante, como una huelga u otra intervención que permitiera probarse. Querían por tanto disponer de ese tipo de estructuras intermedias para simpatizantes que no podían adherirse todavía al partido. En algunos casos, el partido llegaba incluso a explicar a algunas personas deseosas de adherirse que serían más útiles apareciendo como no comunistas.

El PKI hablaba de “lucha por la hegemonía”. Trataba de construir esta hegemonía a través de estas organizaciones políticas civiles, no armadas, e interviniendo en las instituciones políticas existentes, a saber, esas extrañas instituciones de la “Democracia guiada”. Conocieron un éxito considerable en este sentido.

El partido no tenía a nadie para teorizar su práctica, al contrario de lo que podía existir en otras organizaciones comunistas en otras partes del mundo. Su literatura se resumía más bien en fórmulas, siguiendo orientaciones soviéticas y chinas. Pero en su trabajo de masas, había recurrido a sus propios esbozos teóricos, que merecen ser reconocidos. Me refiero a que se le ha solido relacionar con una especie de marco gramsciano, a pesar del hecho de que el partido no había oído hablar de Gramsci, quien había formulado sus ideas en prisión. El PKI las practicaba en los hechos. Pero si se está interesado en Gramsci, hay que interesarse en la acción del PKI, en la medida en que fue a la vez la versión más acabada de una práctica gramsciana, y también su mayor fracaso.

CT: ¿Puedes decirnos algo más sobre este tema? En el libro, tu crítica de algunas lecturas expertas de Gramsci es bastante severa, por su olvido de la cuestión central del poder militar como componente determinante en este contexto.

John Roosa: Me haría falta escribir más extensamente y desarrollar este argumento que se cita en este libro, en el que me esfuerzo por realizar varias cosas al mismo tiempo. No pienso que se haya comprendido la estrategia militar del PKI. A la vez que movilizaba a gran cantidad de civiles, mantenía relaciones con miembros del ejército. Los utilizaba, y al revés. Después, en 1965, el dirigente nacional del PKI, D. N. Aidit (objeto de mi libro de 2006, Pretext for Mass Murder), quería utilizar esta presencia clandestina del partido en el seno del ejército para llevar a cabo una acción destinada a purgar la dirección. Aidit recurría por tanto a esta dimensión clandestina, no oficial, del partido, a esta red de simpatizantes en el ejército para pasar a la acción. Fue un fracaso que se atribuyó a todo el partido, cuyos militantes fueron perseguidos y asesinados. El libro Buried Lives se concentra sobre todo en esta violencia dirigida contra los militantes del partido.

Pero yo he querido mostrar que el PKI no se contentaba con ser sólo una organización civil. Eso estaba desde luego en primer lugar, y luchaba por la hegemonía en la sociedad civil. Pero había también esta otra dimensión y disponía de una estrategia para hacer frente a la amenaza permanente de represión. El partido había sido constantemente objeto de ataques desde su creación en los años 1920 y había aprendido a vivir con esta hostilidad. Después de 1950, la táctica consistió en apoyarse en el ala clandestina del partido para desbaratar la represión militar. Después de 1959, mientras movilizaba a más gente todavía, el partido se apoyó en Sukarno, comandante en jefe de las fuerzas armadas, y se encontró al abrigo mientras Sukarno siguió en el poder.

El número de gente que se unió al PKI antes de 1965 señala el mayor éxito de esta estrategia. Pero después su fracaso estuvo ligado a la decisión, hacia 1965, sobre lo que tenía que hacer para precaverse contra el aumento de las amenazas procedentes de los generales de derecha y proestadounidenses. El partido pensó poder sobrevivir a la represión que, se decía, sería comparable al episodio de 1951, que supuso gran número de detenciones de militantes. Pensaba poder aguantar el golpe ante los arrestos y las detenciones. Pero éste fue mucho peor y nadie había imaginado siquiera lo que finalmente iba a pasar, entre masacres y desapariciones, en particular de personas detenidas.

 Entonces, volviendo a la cuestión de Gramsci: tenemos esta institución del PKI, un partido comunista cuya dimensión gramsciana no ha sido tomada en cuenta. Esta dimensión, o este vínculo, deben ser reconocidos. Pero cuando se dirige hacia Gramsci, hay que cambiar de mirada y pensar la manera como el partido comunista integra la cuestión de la coerción. ¿Se trataba simplemente de un gran partido orientado hacia la legalidad y a los métodos pacíficos? No. El PKI tenía una estrategia militar. Todo partido que moviliza masas debe tener una estrategia que incluya una visión militar, de una u otra forma. No se trata sólo de tener un ala militar. Me parece que uno de los elementos más juiciosos que se derivan de la literatura sobre Gramsci se refiere al carácter mutuamente no exclusivo de la relación entre “guerra de posiones” y “guerra de movimientos”, o al hecho de que cuando una organización de izquierda organiza una huelga, por ejemplo, esta huelga integra elementos de coerción para impedir la aparición de rompehuelgas, para protegerse contra la policía.

CT: ¿Cuál fue el lugar y el papel del Islam dentro del comunismo indonesio?

John Roosa: Cuando la creación del partido en 1920, una de sus principales estrategias organizativas consistió en apoyarse en una organización ya existente y muy popular en la provincia central de Java: la Asociación islámica (Sarekat Islam). El PKI organizaba también a obreros industriales, dockers y empleados de ferrocarril. Pero para ganar en extensión se integró en la Asociación islámica y con ello reconoció al Islam como una religión de justicia social.

Había muchos eruditos del Islam en los años 1920 en Java (Kyais) que apreciaban al partido comunista y veían en su ideal de justicia social el objeto mismo del Islam. El principio director para todo buen musulmán era luchar por la justicia social. Para esta generación de los años 1920-1930, la alianza entre comunismo e Islam tenía una gran importancia. Las cosas cambiaron en los años 1940 con el ascenso del nacionalismo, y después de 1945, cuando la naturaleza de la movilización política se diversificó; las organizaciones islámicas no eran las únicas en luchar por la independencia indonesia y el partido perdió este estrecho lazo con esta especie de teología de la liberación propia del Islam. Sin embargo, después de 1945 todavía quedaba algo e incluso muchos seguían pensando que esta relación seguía vigente.

Con la independencia y después de 1950, la actitud del partido fue simplemente evitar la cuestión religiosa. La religión es asunto personal de cada cual: “no somos anti-religiosos, es una cuestión privada, un derecho que cada cual tiene de escoger la religión que quiera, o de no tener ninguna religión”. Muchos simpatizantes del PKI eran musulmanes y se quedaron. Los dirigentes nacionales del partido solían ser presentados como ateos, pero no intentaban promover el ateismo entre los militantes de base del partido. Una vez más, correspondía a cada cual determinar la religión que quería seguir, ya fuese budismo, hinduismo, cristianismo… Eso no correspondía al partido. En 1965, había todavía cierto número de personas en el partido para quienes esta cuestión seguía siendo importante, que escribían sobre el tema, estimaban que según “la interpretación correcta del Islam”, la prioridad era la justicia social.

CT: Tu libro se centra en las dinámicas internas específicas de la propia sociedad indonesia, en la que se dieron las formas más extremas de violencia sistemática. Pero sólo haces una rápida referencia a una dimensión que para muchos lectores, supongo, sería más familiar o al menos más previsible, a saber, el papel de Estados Unidos y Gran Bretaña y su grado de implicación en esta historia. Sin quitar nada a las fuerzas en juego propias de la sociedad indonesa e implicadas en estos terribles acontecimientos, ¿qué importancia hay que conceder aquí a la política británica y estadounidense? Pienso, en concreto, en el hecho de que dos años antes, en 1963, había comenzado la Confrontación (Konfrontasi[6]) militar entre Indonesia y Gran Bretaña que intentaba mantener su base imperialista en la región (ya descolonizada) con la creación de una nueva entidad nacional-territorial, Malasia, tras haber combatido durante cerca de una decena de años a una potente insurrección comunista e independentista en Malaya (1948-1957). Los británicos se habían vuelto muy hostiles a Sukarno que se oponía a este proyecto. ¿Qué pensar, por tanto, de estas potencias exteriores y qué importancia concederles en este aspecto?

John Roosa: No he abordado mucho la cuestión de los actores externos, Estados Unidos y Gran Bretaña en particular, porque otros historiadores y escritores ya se han encargado de hacerlo. He utilizado aquí y allá documentos estadounidenses y he escrito con más amplitud en otros sitios. Pero creo que esto puede inducir a una sobrestimación del papel de Estados Unidos, sugiriendo que Suharto y su ejército habrían actuado sólo según lo que Estados Unidos les decía. Creo que las dinámicas en marcha eran más complicadas, en la medida en que Estados Unidos, desde final de los años 1940, hicieron saber a los anti-comunistas en Indonesia que veían muy favorablemente las agresiones dirigidas contra los comunistas. Pero Estados Unidos dejaba a las fuerzas locales, en diversos lugares del mundo, que se ocupasen de decidir la mejor forma de hacerlo. Intervenían directamente en algunos casos, cuando estas fuerzas locales no estaban en condiciones de llevar a cabo la represión. Pero en Indonesia, la señal enviada constantemente por Estados Unidos era clara: “Somos anti-comunistas. La violencia contra los comunistas nos conviene. Estimulamos esta violencia “.

 La política estadounidense fue muy coherente desde ese punto de vista, y los generales del ejército comprendieron, a partir de finales de los años 1940, que la represión de los comunistas sería recompensada por Estados Unidos con un apoyo por su lado. Esta dinámica de violencia contra el PKI tenía que ver en parte con la manera como los generales indonesios querían presentar a los americanos sus hojas de servicio anti-comunista, con un mensaje del tipo: “Mirad, todos esos cadáveres de comunistas; ¿ahora qué nos dáis?”. Y ellos querían muchas cosas. Se iban a apoderar del poder de Estado en 1965 y les hacían falta muchas inversiones extranjeras, ayudas extranjeras, ayudas militares, y todos esos comunistas muertos servían al ejército indonesio para enviar el mensaje a Estados Unidos, a Gran Bretaña y al resto del mundo: “Somos anticomunistas y hemos eliminado al partido comunista. Es lo que queríais. ¿Dónde están las monedas?” ¡Era algo así!

Eso me llevó a utilizar esas imágenes de comunistas asesinados en Palembang, arrojados al río Musi, tragados al paso de los petroleros.

CT: En su reciente libro The Jakarta Method, también publicado en 2020, el periodista Vincent Bevins[7] se dedica a demostrar que el exterminio del PKI sirvió de modelo en el contexto más amplio de la guerra fría –y en particular en América Latina– de lucha contra el comunismo y todo lo que podía estar relacionado, aunque fuese de forma imaginaria, con el comunismo. ¿Es convincente su demostración? Y de paso, Bevins, que basa directamente su referencia a Indonesia en tu libro Pretext for Mass Murder, dice haber dejado de lado algunos de tus análisis que algunos consideran “controvertidos”[8]. ¿De qué controversia se trata?

John Roosa: En cuanto a la tesis de The Jakarta Method, creo que Bevins tiene razón, y es un elemento que en mi opinión no ha sido apreciado o reconocido en todos estos años. Respecto a la violencia en los años 1970 contra Allende, la junta en Argentina, y en América central, los especialistas de América Latina que se han interesado en la cuestión no han llegado a ver cómo estas fuerzas militares del continente sudamericano, formadas en Estados Unidos, lo fueron a partir de esta lección indonesia.

 Todo el mundo sabe que habían sido entrenadas en Estados Unidos, en la Escuela de las Américas[9]. Pero había también este mensaje llegado de Estados Unidos, a la vista de la eliminación definitiva del PKI:”podéis llegar hasta ahí; mirad lo que ha pasado en Indonesia. No se han contentado con detener a algunos dirigentes del PKI; ¡han matado a quienes formaban parte del movimiento! ¡Los han matado en masa! Y ahora ya no hay amenaza del partido comunista en Indonesia”. Lo que Bevins revela por primera vez de manera muy documentada es el conocimiento que tenían los dirigentes militares de América Latina de lo que había ocurrido en Indonesia y su manera de reproducir ese modelo…

CT: ¡”Yakarta viene”, “Jakarta se acerca”! [En castellano en el original: slogans que cuya aparición en América Latina en esa época recuerda Bevins]

John Roosa: … En cuanto a la “controversia” citada por Bevins, creo que algunas personas son reticentes a la idea de implicar a la dirección del partido con el Movimiento del 30 de setiembre [en el curso del cual seis generales derechistas fueron asesinados], como yo lo hago. La línea del partido después de 1965 consistía en decir que el partido no tenía nada que ver con este asunto. Yo expongo por el contrario que el partido estaba completamente implicado. Los detalles son bastante complejos porque afectan a las relaciones entre Aidit, la Oficina Especial[10] y estos oficiales militares. Pero no poca gente ha preferido abstenerse de cuestionar el desmentido, ya antiguo, de toda responsabilidad en el Movimiento del 30 de setiembre…

CT : Diez años más tarde, en 1975, el ejército indonesio sembró la devastación y la muerte a gran escala en Timor oriental. ¿En qué medida se trataba de una repetición de los acontecimientos de 1965-66? ¿Qué relación se puede establecer entre los dos episodios?

John Roosa: Si Indonesia hubiese estado en 1975 bajo otro tipo de gobierno, no dominado por el ejército, la política adoptada en Timor oriental habría sido probablemente diferente. Tal vez no habría habido invasión. Pero el ejército indonesio, con su operación masiva contra el PKI, había conseguido la certidumbre de que podía recurrir a una fuerza aplastante para someter a los timorenses orientales. Los militares se esperaban una sumisión total al cabo de tres semanas de invasión. Se auto-alimentó una especie dinámica en el seno del ejército hasta 1999: el ejército continuó dando por hecho que más violencia llevaría a los timorenses a renunciar a su independencia. Pienso que ésa es la relación: si Indonesia no hubiera sido un estado militar, dominado por el ejército, en 1975, habría podido haber otro enfoque.

CT: Para acabar, ahora que has escrito la tercera parte de esta trilogía iniciada hace veinte años, ¿cuál es la próxima etapa de tu trabajo?

John Roosa: ¡Vaya… estoy agobiado por tantas tareas administrativas! En primer lugar, quiero desarrollar ese argumento gramsciano abordado en el libro. Debo aportar clarificaciones suplementarias sobre el Movimiento del 30 de setiembre a la luz de algunas de las críticas que se me han hecho después de mi libro de 2006. En estos momentos, escribo un poco sobre las obras de ficción literaria que tratan de la violencia de 1965-66. Pero más allá de todo esto, mi proyecto más importante es escribir sobre las ideas de constitución en los años 1950: hubo una asamblea constituyente de 1956 a 1959 y ésta fue un fórum en el que una gran diversidad de gentes expresaron sus ideales políticos e imaginaron las formas jurídicas que estos ideales podían tomar. Me gustaría escribir más sobre estas cuestiones, sobre estas ideas relativas al derecho, a la constitución, y menos sobre la violencia, a la que me he dedicado mucho, aunque también mirar desde el lado de la violencia legitima, cómo basar un Estado en el derecho y ejercer una violencia legítima; algo, por tanto, sobre ese momento, en los años 1950 en Indonesia, en que se formula la posibilidad de un marco constitucional a la vez de reducir el ejercicio de la violencia."               (Entrevista de Thierry M. Labica, Viento Sur, 2 de noviembre de 2021)

22/11/19

Recordé unas confusas imágenes de la segunda mitad de los cuarenta, cuando mi padre se dirigía hacia el armario grande de mi habitación para esconderse. Luego supe que era porque la policía había llamado a la puerta.

"Al asistir a la proyección de La trinchera infinita, recordé unas confusas imágenes de la segunda mitad de los cuarenta, cuando mi padre se dirigía hacia el armario grande de mi habitación para esconderse. Luego supe que era porque la policía había llamado a la puerta. Al día siguiente fue mi madre a la DGS, y comprobó que habían ido efectivamente en busca de alguien acusado de haber sido rojo durante la guerra civil. 

La película recuerda oportunamente que la prescripción de los supuestos delitos cometidos en el curso de la "guerra de Liberación" solo llegó el 1 de abril de 1969, treinta años después de finalizar la por fin denominada "lucha entre hermanos". La tortura y ejecución ilegal de Julián Grimau en 1963 demostraba que el peligro no desaparecía para quienes podían ser acusados de "crímenes". Proseguir la infravida como topo tenía entonces justificación.

La vocación represiva de la dictadura, y a título personal de Franco, fue tal que hasta cierto punto convirtió la tragedia del exilio republicano en un triste privilegio. Una vez pasados los malos tragos de los campos de concentración y de la ocupación nazi de Francia, muchos exiliados soportaron una vida de frustración y penuria, pero sin encontrarse en la condición de conejos a punto de ser cazados que caracterizó a los supervivientes del Frente Popular en la Zona Centro.

Recuperamos aquí los recuerdos familiares. Mi padre lo tenía claro en 1939, habiendo sido oficial del Ejército Popular y miembro del Comité de la UGT que socializó la Bolsa de Madrid. Así que aprovechó que su hermano Eusebio formaba parte de las tropas de Franco que entraron en Madrid, para realizar con él un rocambolesco y casi suicida viaje en tren a su pueblo natal, Azkoitia, Antonio con uniforme franquista y Eusebio con su documentación. 

Una vez allí, pasó tres años como topo anómalo, de noche encerrado en la casa paterna del barrio de San Martín, entonces junto al monte, y del alba al crepúsculo en montañero hambriento. Y como el Izarraitz no es el Himalaya, debió pensar finalmente que Madrid ofrecía menos riesgos de ser detenido, y regresó. Siempre con miedo y sin ser readmitido en su empleo de 1936 hasta la muerte de Franco. Vida rota. Una historia menor entre muchas tristes o trágicas.

Con el espíritu conciliador propio del retorno, Manuel Tuñón de Lara declaró que todos habían perdido la guerra. No fue así. Unos la ganaron y obtuvieron sosiego y beneficios, a veces venganzas, lo cual explica la airada reacción de la derecha a la Ley de Memoria Histórica, y otros la perdieron, y con ella la vida, o por lo menos buena parte de la misma.
No es algo irrelevante. 

Hasta represiones famosas del siglo XX, como la de Pinochet en Chile, resultan minúsculas en comparación con la de su admirado Franco. La excepcional duración de la caza del rojo en buena parte de la dictadura constituye un dato esencial para explicar la naturaleza del levantamiento militar en julio de 1936; no se trataba de la habitual aplicación con dureza del vae victis, sino de un programa sistemático de aniquilamiento, al que solo le faltó la informatización para sacar fruto de los dos millones ochocientas mil fichas reunidas al efecto en el Archivo de Salamanca.

La definición de genocidio por el inventor del concepto, Raphaël Lemkin, parte de la existencia de acciones coordinadas para destruir la vida de grupos nacionales, lo cual comprende a sus miembros, y una vez aniquilados los mismos, en los órdenes étnico, religioso, cultural y social, verse sustituidos en todos ellos por el grupo exterminador. Trátese de armenios y judíos, los dos grupos-víctima en quien piensa Lemkin de partida, conviene recordar que ambos formaban parte de Estados y sociedades determinados, el Imperio Otomano y el Reich alemán, por lo cual es lícito extender la calificación a los colectivos singularizados que tanto en la Rusia revolucionaria como en España, fueron objeto de planes de aniquilamiento puestos en práctica. Definida por Franco desde 1935 como "operación quirúrgica" , esa extirpación tenía por objeto y víctima necesaria la Antiespaña, es decir, todas las agrupaciones políticas, intelectuales, laicas que encarnaba la Segunda República.

El levantamiento de julio del 36 no tuvo así como primera finalidad una guerra civil, sino un proyecto de exterminio, ideado y preparado de modo conspirativo, para acabar desde el primer día con medio país. Por eso mismo, la eliminación total como objetivo fue más allá del 1 de abril, con los consejos de guerra y la ley de Responsabilidades Políticas de marzo del 39. 

Querían solo vencer, sino destruir totalmente e imponer sin excepciones la concepción nacionalcatólica y corporativo-militar de España. Liquidar las culpas, para todo español de catorce años en adelante (sic) y consumar "la reconstrucción española". Franco fue mucho más que un dictador especialmente cruel, practicante como sus colaboradores golpistas, de la barbarie represiva que aprendieron en África. Sin conocer el término, fue un perfecto genocida.

De ahí el alcance del viraje propuesto en 1956 por el PCE hacia la "reconciliación nacional", algo que últimamente viene siendo cuestionado bajo distintos pretextos, desde falta de originalidad a ser asumido por otras organizaciones aun sin ese nombre. La originalidad está fuera de dudas: Manuel Azcárate contaba que cuando la idea fue presentada en Moscú, los soviéticos no entendieron una sola palabra. Además, el Partido Comunista fue el mal absoluto para el franquismo y también quien había tratado sin éxito de sostener una resistencia.

El gran viraje surgió al constatar que nada podía hacerse mirando a la guerra civil, y que en cambio experiencias como la del movimiento universitario de febrero del 56, impulsado por Jorge Semprún, probaban que la segunda generación podía integrarse en la oposición al régimen: "por una solución democrática", Aun cuando el PCE siguiera preso del estalinismo y soñase en vano con derribar al franquismo mediante una huelga nacional pacífica, la iniciativa de la reconciliación nacional avanzó hasta constituir un denominador común de la oposición. El tránsito a la democracia, apoyado en la Ley de Amnistía -ellos seguían teniendo las armas-, fue su resultado.

Hoy nadie duda de que ese consenso democrático debe ser recuperado. No es que masas franquistas invadieran las calles contra la exhumación —la cual, según la BBC stirs fury in a divided Spain—, pero sí que la intensidad de la división entre derecha e izquierda, cuyas referencias simbólicas arrancan de la guerra civil, dificulta un entendimiento democrático. Impide afrontar desde un consenso el problema catalán.

La fórmula para la reconciliación fue precisada por Ian Gibson: "Se puede olvidar cuando se conoce la verdad" : lo cual requiere, no equidistancia, sino ponderación. La caracterización de genocidio marca eficazmente la separación entre el exterminio dictado y materializado contra la Antiespaña por Franco y la "guerra entre hermanos", en cuyo nombre el honor de los muertos republicanos constituye una exigencia imprescindible. Ello requiere también asumir que, no por la República, pero si en el bando republicano, fueron cometidos reiteradamente actos de barbarie y crímenes contra la humanidad. Paracuellos existió. Dejar todas las cosas claras es la única garantía del reencuentro."                  (Antonio Elorza, El País, 20/11/19)

31/7/15

Grimau, la primera víctima de Fraga

"Julián Grimau fue llevado al paredón la madrugada del 20 de abril de 1963. Tenía 52 años. En un plan vertiginoso del régimen fue condenado por un delito de “rebelión militar continuada” y fusilado en menos de 72 horas. Jueves por la mañana, Consejo de Guerra; viernes, Consejo de Ministros y no-conmutación; sábado en la madrugada, ejecución. 

“Fue ejecutado a las cinco de la madrugada, ante los faros de unas camionetas. Los reclutas del pelotón de fusilamiento estaban muy nerviosos. Dispararon 27 balas, pero el oficial al mando tuvo que rematarle con tres tiros de gracia. Nunca lo olvidaré", explicó el abogado defensor de Grimau Alejandro Rebollo. (...)

Pero, ¿quién fue Grimau? ¿Por qué fue asesinado sin piedad por el régimen de Franco? ¿Por qué la dictadura, en pleno proceso de apertura, ignoró los más de 800.000 telegramas que llegaron a Madrid pidiendo clemencia, entre ellos los del papa Juan XXIII, J.F. Kennedy, Willy Brandt, Harold Wilson, Aldo Moro, Jean Paul Sartre o Nikita Jruschov?

Las acusaciones del régimen nunca fueron probadas. "Fue una burla a la verdad", dijo su abogado defensorEl día de su ejecución, el 20 de abril de 1953, ABC publicó su supuesto expediente policial. Grimau, según el régimen, había sido jefe de una checa situada en el número 1 de la Plaza de Berenguer el Grande, de Barcelona, donde se había procedido a la detención y tortura de diversas personas. 

“Fraga diseñó una campaña de propaganda bestial para convencer a los españoles. De hecho, se entregaba un folleto explicativo sobre las acusaciones de Grimau a todas las personas que entraban y salían de España”, asegura Antonio Ortiz, historiador. 

(...)  Su juicio, según las palabras de su abogado defensor Alejandro Rebollo, fue una “burla a la verdad” que “vulneró hasta las propias leyes ilegales del franquismo”. “Grimau fue asesinado porque era un alto dirigente del PCE y el régimen quería dar un golpe sobre la mesa. Eran tiempos revueltos. Acaban de producirse las huelgas mineras en Asturias y CCOO comenzaba a tener peso en las fábricas de Madrid.

 El asesinato de Grimau era un aviso a la oposición al régimen: No tenemos problema en volver a coger las armas”, asegura Victor Díaz-Cardiel, dirigente del PCE y compañero y amigo de Grimau.
 
Díaz-Cardiel fue la última persona que vio a Grimau en libertad. Fue el 7 de noviembre de 1962. Grimau, Díaz Cardiel y Valentín Andrés Álvarez, escritor de la Generación del 27 acudieron a una reunión junto a otro “camarada”. Tras finalizar el encuentro, Grimau y Díaz-Cardiel caminaron juntos hasta la calle Ibiza [en Madrid].

“Nos despedimos como cada día y él tiró hacia su casa, primero, y me dijo que luego iba a reunirse con algún contacto que le iban a facilitar papel y una máquina para hacer octavillas. En el autobús lo detuvieron”, relata Díaz-Cardiel a Público. Grimau fue detenido en un autobús de Madrid en el que sólo viajaban él y dos hombres más (dos agentes de la Brigada Político-Social). Después, se supo que le había delatado su contacto, Francisco Lara, quien poco antes había estado en prisión. “Nunca más supimos de Lara”, afirma Díaz-Cardiel. 

La noticia de la detención tardó en llegar a la cúpula del PCE varios días. Grimau había desaparecido, literalmente, de la faz de la tierra. Durante los interrogatorios a los que fue sometido llegó a ser lanzado por la ventana del primer piso de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol (hoy sede del Gobierno de Madrid) por sus torturadores.(...)

 Armando López Salinas formaba parte de la comité central del PCE durante aquellos años, junto a otros históricos dirigentes como Javier Pradera, Manolo López o Romero Marín, líder del partido en el interior. “Tres o cuatro días antes de su detención estuvo en mi casa. Le conocí en aquel tiempo. Complicado y difícil. Se acababa de producir la crisis de los misiles de Cuba. Había habido huelgas en la construcción y en las cuencas mineras. Todo indicaba que iban a por la dirección del PCE”, recuerda López Salinas. (...)

“Hay una anécdota -explica Díaz-Cardiel- que define la personalidad de Grimau. Una tarde, en plena crisis de los misiles de Cuba, yo paseaba con Julián por la calle de Atocha de Madrid. Entonces, vimos una cola enorme de gente en la entrada del cine Monumental. Julián me pregunto que de qué hablaría la gente un día como hoy y se puso en la cola para escuchar las conversaciones de los demás. Charlaba con mucha afabilidad con todo el mundo”.

Tras cinco meses detenido, el 18 de abril de 1963 llegó la hora del Consejo de Guerra. Los detalles, cuanto más profundos, más escabrosos son. El vocal ponente de la acusación, Manuel Fernández Martín, ni siquierda tenía la titulación en derecho. Como se demostró más adelante, había falsificado su título universitario durante la guerra. “Sólo había aprobado tres asignaturas”, asegura Antonio Ortiz. El Consejo lo condenó a muerte. 

“Julián no tenía salvación. Durante los cinco meses que estuvo detenido los miembros de la dirección del PCE nos reunimos casi todos los días para mover nuestros contactos e intentar que fuera liberado. Lo hacíamos en la Clínica de Medicina Preventiva de Armando Calva, un amigo del Partido”, asegura Armando López Salinas. “Romero Marín era el más pesimista de todos. Desde el primer día que estuvo desaparecido sostuvo que Grimau sería asesinado. Nos tenían ganas y a él es al que pillaron”, prosigue. 

El día después del Consejo de Guerra, se celebró un Consejo de Ministros extraordinario para atender las peticiones de indulto. Se reunieron 19 ministros más Franco. Entre ellos, Manuel Fraga, un recién llegado al Gobierno que se había encargado de vender a la sociedad española la verdad del régimen sobre Grimau. Todos votaron en contra de conceder el indulto. Como se pudo saber con el paso de los años, Fraga también. 

Manuel Fraga no se opuso a la condena a muerte de Grimau “La única oposición interior que tuvo el régimen fue la del ministro de Asuntos Exteriores,  Fernando María Castiella, que ya estaba trabajando por la integración europea y, posiblemente, los ministros del Opus encargados de los planes de desarrollo, que veían también como este asesinato ponía piedras en el camino”, asegura Ortiz, que asevera que Fraga no alzó la voz para evitar la condena. “Muy al contrario, trató de mantenerse a favor para ganar puntos como un adepto al régimen”, agrega. 

No hubo nada que hacer. La sentencia de muerte de Grimau estaba escrita antes de ser juzgado, torturado e incluso interrogado. "Me enteré de su muerte por la radio y me sumí en un llanto enorme. Era un año clave, la dictadura tenía miedo. El fusilamiento de Grimau quería amedrentarnos, pero no lo consiguió", recuerda Díaz-Cardiel. 

López Salinas se enteró del fusilamiento de la boca de José Antonio Novais, corresponal de 'Le Monde' en Madrid, cuando paseaba por el Paseo de la Castellana junto a Romero Marín. “Planteamos a Grimau, semanas antes de su detención, que debía abandonar el país por su seguridad. Él se negó en rotundo. Se veía a sí mismo como el capitán que no debía abandonar el barco cuando este estaba en peligro de hundimiento”, asegura López Salinas. 

En los archivos de la justicia española Grimau sigue apareciendo como un delincuente. Un asesino. Por contra, Manuel Fraga, uno de sus verdugos, recibió este lunes un homenaje en el Senado, donde fue inaugurado un busto que honra la memoria del ministro de Franco y posterior fundador de Alianza Popular. “No puede ser considerado un demócrata alguien que no luchó contra la dictadura de Franco”, sentencia Díaz-Cardiel."          (Alejandro Torrús, 19/01/2013)

4/1/11

La experiencia totalitaria

"Su propia experiencia de vida en un país comunista ¿en qué le marcó? Cuando vives en un país así, como era Bulgaria en mi juventud, debes ser consciente de que tu vida es una y que las oportunidades se te cierran. Cuando sabes que el Estado es el único agente que te va a emplear y te despiden, nadie te asistirá.

En eso, el capitalismo te abre muchas más puertas. El compromiso se planteaba como algo difícil. Si lo asumías, acababas en la cárcel y desde allí poco más podías hacer. Pero tampoco querías comprometerte mucho con el régimen. Para sobrevivir bastaba con respetar algunas reglas, quienes querían prosperar, lo tenían fácil, sencillamente mostrando mucho interés.

Si lo único que pretendías era pasar inadvertido, te limitabas a votar por el único candidato posible, acudir a algunas manifestaciones y mostrarte obediente y buen camarada para no correr el riesgo de ser tachado como oveja negra. Existía un código básico que todo el mundo aprendía muy rápido.

No protestabas, no pedías, no criticabas al Gobierno. Eran cosas inevitables, y no puedes culpar ni juzgar a nadie por haberlas hecho en su día. Es muy fácil tener la tentación hoy de echar en cara a los ciudadanos comunes del comunismo su cobardía, pero no está bien.

Pero es cierto que las actitudes heroicas, en esas circunstancias, se apreciaban más. ¿Qué sería de nosotros sin ciertos ejemplos? Era muy, muy raro encontrarlos. Solo al final surgieron. En los tiempos de Stalin, le aseguro, no hubo nadie. Podías morir como un héroe, nunca vivir como tal. A mí, todo esto no me ha hecho indulgente, pero sí muy comprensivo con quien padecía esos regímenes.

No les juzgo crudamente. Tuve la suerte de irme de Bulgaria a los 24 años. Si me hubiera quedado, me las habría tenido que apañar, como cualquiera, sin llegar a ser miembro del partido, sin denunciar a nadie, ni a tu hermano, ni a tu esposa, ni a tus hijos, ni a tus padres, como hizo mucha gente en esos tiempos.

¿Eso fue lo peor? ¿La degradación? La destrucción moral del individuo. Despojarte de la dignidad, algo de lo que todo un país se recupera muy lentamente. La falta de dignidad y ese cinismo al que estabas abocado. (TzvetanTodorov: "La UE ha quedado moralmente contaminada por la expulsión de los inmigrantes". El País Semanal, 10/12/2010, p. 28 y ss.)