Mostrando entradas con la etiqueta verdugos: Monjas católicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta verdugos: Monjas católicas. Mostrar todas las entradas

6/11/23

Las vejaciones a las mujeres en el reformatorio de Peñagrande... Las privaciones de comida y de descanso nocturno impuestas a jóvenes madres gestantes y lactantes que trabajan todo el día no están indicadas... otro de los castigos consistía en no poder atender a los bebés ni darles el pecho aunque lloraran a rabiar hasta que no se hubiera concluido la tarea asignada, por ejemplo, coser pantalones vaqueros, que luego las monjas vendían en el exterior... llama la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”... las presiones a las jóvenes madres para que dieran a sus bebés en adopción, sin que conste en numerosos casos algún certificado oficial que recoja la renuncia de la madre, fue la tónica general en Peñagrande

 "Una de las primera cosas que hizo el régimen franquista fue oficializar la represión hacia las mujeres, creando en 1941 el Patronato de Protección de la Mu-
jer
, ideado por la esposa de Franco, Carmen Polo, que fue presidenta de honor de la institución, inspirada por el nacionalcatolicismo.

Con aquel organismo, que dependía orgánicamente del Ministerio de Justicia y que tuvo delegaciones en todas las provincias, se pretendía reeducar a las jóvenes descarriadas de la rígida moral católica. Las congregaciones religiosas estuvieron al frente de los centros del patronato, donde miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas fueron internadas, entre 1941 y 1985, enviadas por sus padres y hermanos normalmente, o conducidas allí por la Policía, por el simple hecho de mostrar un comportamiento poco recatado. El destino de las jóvenes embarazadas solteras fue, en su mayoría, los centros de reeducación del patronato.

Uno de aquellos centros fue el de Nuestra Señora de la Almudena, más conocido como Peñagrande por el barrio madrileño donde se ubicaba. Abierto en 1955, fue uno de los reformatorios femeninos más grandes de toda España, especializado en jóvenes embarazadas y madres solteras. También se le conoció como la maternidad de Peñagrande, porque había un paritorio donde daban a luz las internas y que estuvo atendido, entre otros, por el ginecólogo Eduardo Vela, vinculado, como se ha demostrado, con las adopciones irregulares durante la dictadura.

Los testimonios de las mujeres internadas allí, recogidos en los últimos años en documentales y reportajes, apoyados, sobre todo, por la memoria histórica del colectivo ‘Las desterradas hijas de Eva’, de Consuelo García del Cid, dan fe de las penalidades y vejaciones sufridas por las internas a manos de las religiosas.

Pero más allá de los testimonios en primera persona de las víctimas, existen pruebas documentales que los corroboran. Público ha podido acceder a un informe oficial, de 1968, que reseña todas las deficiencias de la vida en el reformatorio de Peñagrande, desde la escasa comida e higiene hasta los castigos físicos y emocionales que recibieron las internas.

Castigos físicos y trabajo esclavo

“Las internas pasan mucho tiempo dedicándose a la limpieza del centro
en detrimento de tareas educativas (…) Se dedican a la limpieza de suelos y cristales, cocinan, friegan, lavan, planchan, repasan la ropa, son niñeras, cuidan de los animales de la granja, y tienen que hacer guardias por la noche”, consta en el informe, que denuncia, en definitiva: “Trabajo excesivo sin remuneración por parte de mujeres embarazadas”.

El Ministerio de Justicia, cuyos fondos nutrían al Patronato, quien a su vez financiaba los reformatorios, con partidas anuales a las congregaciones de monjas, encargó un estudio sobre el centro de Peñagrande. Hasta 1968 ya habían pasado por allí miles de mujeres. Varias funcionarias se personaron en el reformatorio, en el que en aquellos momentos estaban internadas 250 mujeres y niñas, con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años, y 200 niños, de hasta cuatro años de edad. Estaba gestionado por 36 religiosas Esclavas de la Virgen Dolorosa. Dos años después, serían las Cruzadas Evangélicas las que se encargarían del centro hasta su clausura, a principios de 1984.

Llama la atención el apartado destinado a los castigos. Las funcionarias constataron que “estos más que castigos son vejaciones que no parecen estar conformes con el respeto debido a la dignidad de la persona humana. Las privaciones de comida y de descanso nocturno impuestas a jóvenes madres gestantes y lactantes que trabajan todo el día no están indicadas”, dice el informe.

El estudio no explicita más castigos, además de las privaciones de alimento y sueño. Para las funcionarias, que son citadas en el informe como ‘visitadoras’, aquellos castigos “deberían desecharse totalmente. Son peligrosos, ‘ineducativos’, anti legales y contrarios al espíritu cristiano”.

Por algunas de las mujeres que fueron recluidas en aquel centro, este diario sabe que otro de los castigos consistía en no poder atender a los bebés ni darles el pecho aunque lloraran a rabiar hasta que no se hubiera concluido la tarea asignada, por ejemplo, coser pantalones vaqueros, que luego las monjas vendían en el exterior.

Las autoras del trabajo sobre Peñagrande criticaron el régimen de vida “severo y carcelario de las internas, la censura en la correspondencia, el poco tiempo que las madres podían pasar con sus hijos y lo deficitariamente vestidas que iban
las chicas: “Llevan unas batas mal confeccionadas, desteñidas y en ocasiones no muy limpias”.

En cuanto a la alimentación, las funcionarias constataron lo deficiente que era: pocas proteínas y mucho pan. “Comida insuficiente, abundancia de pan y escasez de carne y pescado (…) Al mediodía, judías estofadas, sin chorizo ni tocino (…) Para cenar, figura chorizo con pan frito (…) que no fue del gusto de las jóvenes”.

Las cuentas de las monjas no cuadran

A las visitadoras les llamó la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”, decían.

En el capítulo económico, la congregación religiosa no salía bien parada. “Los datos que nos proporcionó la reverenda madre sobre subvención por acogida y día, dotación de ropa para los niños, etc. no concordaron con los que teníamos
del patronato”.

Como conclusión, las visitadoras pidieron que el centro cerrara, “se disolviera, y se reorganizara totalmente con un espíritu nuevo”. Pero nada más lejos de la realidad. El informe se guardó en un cajón, no tuvo efecto alguno pese a las graves irregularidades que denunciaba. Las vejaciones a las jóvenes no solo quedaron impunes, continuaron produciéndose 16 años más, como una marca indeleble de la represión franquista hacia las mujeres.

Niños robados y adopciones irregulares

El objetivo del reformatorio de Peñagrande era, sobre el papel: “Acoger a la joven soltera que va a tener un hijo y proporcionarle un ambiente discreto, hogareño, seguro, donde pueda prepararse para ser madre (…) Además prestarle una ayuda que le permita quedarse con el niño si así lo desea”, recordaba el informe, en 1968.

Sin embargo, las presiones a las jóvenes madres para que dieran a sus bebés en adopción, sin que conste en numerosos casos algún certificado oficial que recoja la renuncia de la madre, fue la tónica general en Peñagrande. Las visitadoras proponían que “se organicen urgentemente servicios de adopción, ya que está demostrado que en numerosos casos, esa medida es la mejor solución para el niño y para su madre”.

De aquellas presiones de las monjas a las jóvenes gestantes no hay, al parecer, prueba escrita. Pero los testimonios de muchas de las mujeres que dejaron en el centro a sus recién nacidos, ya fuera porque nacieron muertos, como les aseguraron, o porque no tuvieron más remedio que sucumbir a las amenazas de las religiosas, coinciden en señalar el modus operandi que ya apuntaban las funcionarias del Ministerio de Justicia: “No se trata de sugerirles y menos de imponerles el abandono del hijo, sino de orientarlas para tomar respecto a su hijo la mejor decisión”.

El extraño viaje de los ‘papeles’ de Peñagrande

El reformatorio de Peñagrande funcionó 29 años, hasta principios de 1984. Toda la documentación que generó su actividad, así como los archivos del Patronato de Protección a la Mujer y de Menor de Madrid, fueron trasladados a la recién creada Comunidad de Madrid. Así lo indicaba el Boletín Oficial madrileño en marzo de 1984.

Sin embargo, nunca llegó a producirse ese traspaso, como desveló una investigación de la revista Interviú en 2016. Esos archivos pasaron a la Dirección General de Protección Jurídica al Menor del Ministerio de Justicia, que en 1988 pasó a depender del Ministerio de Asuntos Sociales. Cuando este gabinete se fusionó, en 1998, con el de Trabajo, los papeles del Patronato en Madrid, incluidos los del reformatorio de Peñagrande, fueron enviados a la sede del Ministerio de Empleo, en la madrileña calle Agustín de Betancourt, donde permanecen.

De las 3.000 cajas de documentación que fueron transferidas al Ministerio de Empleo, solo se conservan 1.500. El resto fueron destruidas en 1996 debido a una inundación de los sótanos del ministerio, como confirmó a la citada revista Luis Casado de Otaola, jefe del Área de Documentación Administrativa del Ministerio de Empleo.

Y ahí, entre las cajas que se han conservado –apenas 30 de ellas contienen material sobre la delegación madrileña del Patronato de la Mujer, el resto versan sobre los servicios de protección al menor del franquismo en Madrid–, se halla el informe de 1968 sobre el reformatorio de Peñagrande. La periodista que firma este artículo descubrió el documento en 2017.

Este diario ha podido saber de antiguas fuentes de la Secretaria de Estado de Justicia que entre el material documental del Patronato de la Mujer en Madrid constan expedientes de mujeres internadas en Peñagrande, del nacimiento de sus hijos y de las posteriores adopciones llevadas a cabo por mediación de los servicios sociales de la dictadura, en manos de religiosas –por ejemplo, en Madrid, era la conocida sor María la encargada de las adopciones, muchas de ellas, irregulares, por lo que llegó a ser investigada–.

Pero esos expedientes, vitales para las personas que buscan sus orígenes biológicos, no aparecen. Puede que la mala fortuna provocó que desaparecieran entre las 1.500 cajas destrozadas por la inundación en 1996."                 (Ana María Pascual, Público, 05/11/23)

16/12/22

Las instituciones religiosas ejercieron un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Las monjas obligaban a las mujeres a bautizarse, y también las chantajeaban practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación

 "(...) El chantaje de las instituciones religiosas

Las instituciones religiosas ejercieron, además, un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Como apunta Ginard, las mujeres constituyeron un colectivo clave desde el punto de vista de la recatolización de España tras la experiencia laicista de la II República, lo que llevó a las mujeres a ser obligadas a bautizarse, como sucedió en el caso de Matilde Landa, y llevaran a cabo prácticas religiosas. Asimismo, las mujeres eran chantajeadas a practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación. 

 En este contexto apela Ginard a entender la recuperación de las funciones atribuidas tradicionalmente a las monjas dentro de los centros de reclutamiento femenino de la posguerra, inspiradas en las tradicionales casas correccionales que tuvieron una notable presencia durante la Restauración borbónica.

Como apunta el historiador en su libro, la represión constituye un ejemplo paradigmático del “sempiterno problema” de la invisibilidad de la mujer como sujeto histórico. “Se trata de un fenómeno en que las formas específicas de violencia física y moral que afectaron de manera más singular a las mujeres fueron precisamente las que dejaron menos vestigios documentales aptos para ser usados por los historiadores”, incide. (...)

Represión en los barrios obreros

Esta represión tuvo una relevancia importante en barrios populares como La Soledat (Palma), con una tradición obrerista y de izquierdas muy marcada. A través del testimonio de una vecina anarquista del barrio, Julia Palazón, se conoce que la represión hacia las mujeres en La Soledat tuvo, sobre todo, esa dimensión: había listas de mujeres “rojas” a las que les rapaban la cabeza, las sacaban a “pasear” por el barrio y les hacían beber aceite de ricino en la antigua Casa del Pueblo de Palma, reconvertida posteriormente en un local de la Falange.

Por otro lado –y por los mismos motivos, a saber, por esta conducta patriarcal–, era poco frecuente que les aplicaran la tipología de delitos más graves –con sus consiguientes penas máximas–, como rebelión militar: se las condenaba, en cambio, por penas tipo “auxilio” o “seducción” a la rebelión. “Es esta consideración de la mujer como menor de edad, como una persona incapaz de tener una mínima solvencia ideológica”, afirma Ginard.(...)"                    (Esther Ballesteros / Nicolás Ribas, eldiario.es, 9 de diciembre de 2022)

4/3/20

Topos: la vida de cinco hombres escondidos y ocultos en la España franquista... un hombre que había estado escondido durante décadas en un pozo, fue delatado por las montas de la Caridad y cruelmente asesinado por los falangistas... que pusieron su cadáver en la carretera con un mensaje "Para que tires tachuelas en la carretera"

"Los "topos" se ocultaron durante la Guerra civil y la dictadura de Franco por miedo a las fuertes represalias del otro bando. Hubo "topos", huidos y desaparecidos por toda la geografía española. Algunos estuvieron ocultos durante pocas semanas o meses, otros hasta el final de la guerra, pero también hubo quienes continuaron recluidos en sus "toperas" hasta casi el final del régimen.

Desde Público sacamos a la luz cinco historias, narradas por los periodistas Jesús Torbado y Manuel Leguineche. En 1977, ambos autores fueron capaces de sacar testimonios inéditos de aquellos escondidos. Una realidad oculta que ha sido reeditada en su libro Los Topos (editorial capitán Swing), que trae de nuevo sus testimonios a la memoria colectiva.


Torbado y Leguineche se lanzaron en plena Transición Democrática a rescatar esta figura del huido. "Junto a los seiscientos mil muertos y a los quinientos mil que lograron escapar por las fronteras, miles y miles de españoles vivieron algún tiempo huidos por el miedo a lo que estaba ocurriendo en aquella feroz represión". 

En el libro, estos periodistas veteranos recorren historias amargas, como la de un topo encontrado en Felanitx, Mallorca, que había estado escondido durante décadas en un pozo. Delatado por las montas de la orden de la Caridad, que frecuentaban el lugar, aquel hombre fue cruelmente asesinado por los falangistas cuando encontraron su guarida. 

La atrocidad y la venganza llevaron a poner su cadáver en plena carretera con un mensaje "Para que tires tachuelas en la carretera". El topo conocido como el Torero no tenía más de 40 años de edad y llevaba años borrado del mundo.

Juan y Manuel: 28 años escondidos en Benaque, Málaga

La historia de Juan y Manuel Hidalgo comienza con la caída del frente de Málaga en febrero de 1937. En la entrevista con los periodistas Torbado y Leguineche, ambos recuerdan cómo aquellos días de terror estuvieron cubiertos de fuertes lluvias.

Manuel tenía 27 años y Juan 31 años. "Nos dijeron que Málaga había caído y que había que irse para Almería". Recordaban el camino de la carretera, la famosa Desbandá, los disparos incesantes de los barcos y la aviación hacia una población indefensa.

Tras su llegada a Almería, lograron pasar con un salvoconducto hasta Alicante, donde vivieron las peores atrocidades en campos de concentración y pasaron por brigadas militares para continuar una guerra ya perdida. Finalmente ambos hermanos volvieron a Benaque, Málaga, para vivir la mitad de su vida como topos.

Juan fue el primero en llegar al pueblo tras 16 días y 16 noches caminando sin parar. Logró alcanzar su objetivo a finales del mes de abril, poco después de acabar la guerra. No tuvo apenas descanso para comer ni dormir.  Por otro lado, Manuel Hidalgo, que se encontraba en Motilla del Palancar, Cuenca, cuando acabó la guerra, logró llegar a Benaque el 4 de mayo de 1939. Recuerda que tardó casi un mes en llegar y como en su periplo "no se atrevía uno más que a andar de noche sin ver a nadie, andando y andando…"


Estuvieron escondidos muy cerca uno del otro, sin saberlo. Solo la comunicación entre sus dos mujeres logró destapar aquella verdad. "Tengo que decirte que mi marido está en casa", le confesó Ana Cisneros, esposa de Manuel, a Ana Gutiérrez, mujer de Juan, la noche del 4 de mayo de 1939. "Pues mi marido también vino".

Ambas, primas, celebraban que los hermanos habían vuelto a casa. Estaban vivos y eso de por sí era una victoria. En aquel pequeño municipio de la Axarquía, Juan y Manuel no pudieron verse hasta 1967.


Juan Hidalgo narra que vivió su vejez sin pensión alguna, por haber sido un topo durante toda la mitad de su vida. "No quería escuchar más de la guerra. Ni la palabra. Fue mucho lo que se sufrió. Mucho lo que padecimos". Y es que Juan y Manuel pasaron 29 años de guerra, una huella que marcó para siempre sus vidas.

Manuel Serrano Ruiz: 13 años oculto en Almodóvar del Campo

Manuel acabó siendo apodado en su pueblo, Almodóvar del Campo, (Ciudad real), como el anarquista solitario, al organizar una célula del sindicato CNT, que le llevó a ser presidente del Comité Local antes de 1936. Al acabar la guerra, por miedo a las represalias, decidió esconderse en el desván de la casa de su madre, sin saber que aquella guarida iba a ser su topera demasiados años.
Esperanza, su hermana, contaría a Leguineche y Torbado como "el techo de una de las habitaciones tenía una trampilla, en medio de dos vigas, que podía llegar hasta el desván". Era tal la estrechez de aquel espacio que Manuel nunca pudo ponerse de pie y se encontró hacinado más de una década en aquel espacio, sufriendo una grave cojera.

Su encierro fue aterrador. Su hermana contaba cómo "estaba cansado de la vida, furioso. Estaba muy arrepentido con lo que le había pasado y gritaba constantemente a su madre", Bernardina, que le daba de comer gracias a las limosna que pedía en la calle. Ella lograba llevarse a la boca lo que le daban desde el Auxilio Social.

Su mujer Ana y sus hijos solo lo veían en una ocasión cada dos meses. Su hermana Esperanza contaría que Manuel no logró salir de su agujero hasta trace años después, en 1953 cuando ya no pudo más. A pesar del drama, le hicieron Consejo de Guerra, y estuvo en la cárcel casi una década. Logró que lo indultaran a finales de la dictadura y fue desterrado a Orihuela. Allí pudo reencontrarse de nuevo con Ana, la que fuera su mujer y sus hijos, mientras trabajaba como aparcacoches y en una sala de futbolines.

Miguel Villarejo: 30 años escondido en Bailén

Miguelico. Así le llamaban en el pueblo y le apodaron El perdiz por su profesión como cazador furtivo. Huyó hacia la sierra días antes de terminar la guerra. "Con la victoria de Franco nos van a moler las costillas". Tal y como le ocurrió a su cuñado, que pasó veinte años en prisión con dos penas de muerte.

Miguel decidió irse unos días antes de salir a la huerta y esperar a ver qué ocurría. Afiliado a UGT, nunca dejó de trabajar como cazador furtivo y tenía buen manejo de los caminos en el monte. Sus compañeros del Frente Popular iban cayendo fusilados mientras él permanecía escondido. Decidió seguir su periplo por Sierra Morena, antes que entregarse a la Guardia Civil para una muerte segura.

Sin embargo, durante toda la posguerra, los falangistas y guardias no daban tregua en su búsqueda. El Perdiz iba eligiendo al azar los refugios. En una ocasión, logró llegar a un refugio que cuenta, un lugar llamado las cárceles donde estuvo "siete días metido bajo tierra". La única comida que podía ingerir en aquel hacinamiento extremo eran garbanzos tostados.

Miguelico, como lo llevaban los suyos, estuvo en el punto de mira de la policía franquista hasta poco antes de 1950 cuando cesaron las exploraciones. El propio Miguel recordaba como después de aquellos años en la sierra pasó todo tipo de calamidades: "Tienes que acostarte una noche a dormir encima de un peñón, no puedes dejar rastro, resistir el frío, y el calor y solo a veces podías cobijarte en un cortijo donde cuentas con amistades".

¿Cómo aguantó treinta años de lástima? Rememoraba. Miguel confesó que siempre pensó que "mientras hay vida, había esperanzar porque si hubiera sabido que iba a estar así años me hubiera pegado un tiro en la cabeza".

No fue hasta el conocimiento del decreto de Franco en marzo de 1969 de la prescripción de los delitos de guerra, cuando Miguel preparó su salida y pudo respirar el aire de la libertad. El Perdiz salió a la plaza del pueblo a ver a sus amigos. Y fue el mismo cura de Bailén, Don Francisco quien fue expresamente a su casa a decir: "abra la puerta y que entre el aire y que por fin respire este hombre", recordarían siempre los hijos de Miguelico de aquellos terribles años.

Manuel Cortés Quero:  30 años escondido en Mijas

Manuel Cortés salió del agujero en el que había estado desde finales de la guerra, el 11 de abril de 1969, después de treinta años recluido. El que fuera el último alcalde republicano del municipio de Mijas, también esperó la amnistía proclamada por Franco para todos los delitos anteriores al 1 de abril de 1939.

Cortés estuvo casi cuatro décadas oculto en en su propia casa, en una habitación interior, con la única compañía de la radio y la lectura. No fue hasta el final de la guerra cuando se atrevió a volver al pueblo, viendo el fatal destino que tenían sus otros compañeros cuando eran apresados por las autoridades golpistas.
El alcalde republicano tuvo muchas reservas a la hora de esconderse en aquella pared ciega de su vivienda y quería entregarse a las autoridades, pero su mujer Juliana, sabía la suerte que corrían sus vecinos fusilados cada noche en pleno campo.

De hecho, la reciente producción de La Trinchera Infinita está inspirada en su historia y narra las terribles vivencias que tuvo que vivir como topo para pasar desapercibido por la policía. Por ejemplo narra como se vistió de anciana para cambiar de topera cuando su mujer compró una casa definitiva donde estuvo recluido 18 años.

Finalmente, aquel 11 de abril supo que era de nuevo ciudadano al inscribirse al registro. "Quedó inscrito un recién nacido de 64 años y ojos azul verdosos", los mismo ojos, tal y como cuentan Torbado y Leguineche, que veían su pueblo de Mijas, "transformado por una invasión turística, por la irrupción de los coches, los autocares los burro-taxis que desplazaban a todos los extranjeros". Una vida que Manuel había perdido entre aquellos muros y que tardó tres décadas en desenterrar y sacar de nuevo a la luz."                (María Serrano, Público, 21/02/20)

14/10/19

El "cementerio de las vivas": así funcionó la tenebrosa cárcel de mujeres de Amorebieta

"La connivencia de Palmira Marcos con “el enemigo marxista” tenía olor a comida. A sus 24 años, aquella joven del pequeño pueblo de Cabárceno, en Cantabria, acabó en la cárcel por llevarle alimentos a su hermano, que se encontraba en el frente. Por eso fue condenada a cadena perpetua y por eso fue enviada a la cárcel de mujeres de Amorebieta, también conocida entre las presas por un nombre aterrador: “el cementerio de las vivas”.

La historiadora Ascensión Badiola acaba de escribir un libro que relata esos horrores. Bajo el título “Individuas peligrosas” (Editorial Txertoa), esta investigadora describe los padecimientos que sufrieron entre 1939 y 1947 las presas de la Prisión Central de Mujeres de Amorebieta, un lugar que, en efecto, tenía más de cementerio que de cárcel. Hoy funciona allí un colegio católico. 

“Se trata de una prisión de carácter estatal que formó parte del circuito carcelario creado por el régimen franquista para las mujeres republicanas”, afirma Badiola a Público. La investigadora logró sacar adelante este trabajo a pesar del manto de silencio que quiso imponer la dictadura: “los registros de la cárcel han desaparecido o están ocultos. Ha sido imposible localizarlos, al menos de momento”, relata.

Esos aspectos son resaltados por la autora en su trabajo. “En realidad, si hay algo que sabemos con certeza sobre la cárcel de mujeres de Amorebieta es precisamente que no sabemos casi nada –escribe en su libro–. Tanto las fichas como los expedientes, los libros de filiación o las actas del Patronato y la Junta de Disciplina han desaparecido o están ocultos. Quizá algún día aparezcan en un archivo olvidado o aún no desclasificado, pero, mientras tanto, ni siquiera sabemos aproximadamente cuántas mujeres pasaron por Amorebieta”.

En ese contexto, Badiola busca reconstruir “cuál fue más o menos el día a día” de esa prisión, valiéndose para ello de “los pocos testimonios recopilados de expresas, de las publicaciones realizadas por los propios represores y de los rastros dejados en los archivos de distintas cárceles”. “También podemos hacernos una idea a partir de la extrapolación de lo que sucedía en esas otras prisiones”, añade en la introducción.

No hay una cifra exacta del número total de mujeres que pasaron por esa cárcel. En el libro aparecen los nombres de las 958 prisioneras que alcanzaron la libertad condicional, así como los datos del censo de las mujeres que se encontraban encarceladas en Amorebieta en 1945”. De esta manera, la autora ha conseguido establecer la identidad de “por lo menos 1.239 mujeres que pasaron por Amorebieta”.

“También conocemos los nombres de los directores, funcionarios y personal religioso al cargo. A este respecto, sabemos, por ejemplo, que hubo una monja ‘mala’, a quien las presas apodaban 'La Guadaña', y otra monja 'buena', la hermana María, que incluso hizo poco menos que de Celestina entre los militares que custodiaban el exterior y las reclusas. Y conocemos la identidad del capellán, Leandro Echevarría, a quien tachan algunas de 'demonio lujurioso', y el nombre de la superiora, Simona Azpiroz, que dirigió la cárcel con mano de hierro”, describe Badiola. 

Miseria, hambre y frío

En aquel infierno hubo “dos períodos claramente diferenciados”. “Entre 1939 y 1940 fue Hospital Prisión, un centro de reclusión provisional, para mujeres que no tenían cabida en las sobresaturadas prisiones oficiales”, mientras que entre 1940 y 1947 “se convirtió oficialmente en Prisión Central de Mujeres de Amorebieta, un centro de cumplimiento al que fueron trasladadas reclusas de todo el Estado”.

“Este segundo período fue especialmente terrible, por el hambre y los fallecimientos. Es verdad que en todas las prisiones de Franco se vivieron experiencias similares, de miseria, hambre, frío y hacinamiento, pero he creído necesario volcar en este texto la experiencia propia de las reclusas que estuvieron en Amorebieta y, en la medida de lo posible, poner nombre y apellidos a esa miseria, ese hambre, ese frío y ese hacinamiento”, señala la autora.

El libro refleja el testimonio de Tomasa Cuevas, una histórica militante comunista que sobrevivió al horror de aquella prisión. “Cuando amaneció empezamos a vernos las caras y era de verdadera pena el ver a aquellas mujeres de Amorebieta –señaló–. Estaban consumidas y tenían la piel amarillenta hasta tal extremo que empezamos a llamarlas ‘las de raza amarilla’. Unas semanas más tarde teníamos el mismo color que ellas, causado por el hacinamiento, la suciedad y la escasa comida”.

"Murieron sin nombre"

Badiola tiene esos testimonios grabados en la memoria. “Si en todas las cárceles de mujeres se pasaba hambre, la de Amorebieta se llevó la palma”, sostiene. Teopista Bárcena, otra de las ex presas que aparece citada en el libro, incidió precisamente en ese aspecto. “Las condiciones de vida eran similares en todas las prisiones; poca comida, mucho frío, a veces insoportable al ser el suelo de cemento y sin ninguna calefacción. Hasta el punto de que el frío del propio cuerpo se sentía más que el hambre y la comida era mala y escasa. Los castigos eran habituales por cosas nimias”, contó.

La vida se confundía allí con la muerte, tal como se describe en distintos pasajes de la obra de Badiola. “Las mujeres tuvieron que ver morir a sus hijos o sufrir su separación forzosa. Porque los niños, al cumplir tres años, eran separados de sus madres por imperativo legal. Ellos, aquellos niños, son, a día de hoy, los grandes desconocidos de nuestra historia reciente, ya que nunca figuraron en ningún registro penal, ni en Amorebieta ni en ninguna otra cárcel. Tampoco los partes oficiales que informan de su fallecimiento hacen referencia a identidad alguna. Murieron sin nombre y sin que se conociese su tragedia”, reflexiona la historiadora."                      (Danilo Albín, Público, 06/10/19)

11/9/18

Visto para sentencia... se piden once años para Eduardo Vela en el primer juicio por robo de bebés en España

"La jueza María Luisa Aparicio, siguiendo el protocolo y antes de dejar listo para sentencia el juicio, preguntó a Eduardo Vela, acusado de robo de bebés, si tenía algo más que añadir: "Nada, nada más —dudó unos segundos el ginecólogo—. Vámonos". 

Eran ya más de las tres de la tarde de ayer, 4 de septiembre, cuando acabó la última vista de primer juicio celebrado por robo de bebés en España.

El juicio contra el ginecólogo de 85 años Eduardo Vela Vela, que dirigió la clínica San Ramón de Madrid durante más de 30 años, quedó ayer listo para sentencia después de más de cinco horas de declaraciones. Un juicio histórico, ya que es la primera vez en el Estado español que se sienta en el banquillo a un médico acusado de robo de bebés. 

Vela, además, cuenta con decenas de acusaciones de robo de niños y es considerado uno los principales cabecillas de la trama de robo de bebés que actuó entre finales de los años 50 y los 90, junto con la monja, ya fallecida, María Gómez Valbuena.

La clínica San Ramón, situada en el Paseo de la Habana, número 143 de Madrid, dejó de funcionar cuando se destapó el caso de tráfico de niños en este hospital tras una investigación policial. Aunque entonces se pensaba que esto afectaba solamente a esta clínica, que funcionó entre 1961 y 1981, y se cerró definitivamente en febrero de 1982. Hoy sabemos que esta ha sido una práctica generalizada de secuestro y venta de recién nacidos.

La fiscal solicita para el ginecólogo Eduardo Vela una condena total de once años y diez meses. Ocho años de prisión por los delitos de suposición de parto y detención ilegal, más tres años y 10 meses por falsedad documental, ya que firmó que asistió al parto de la madre adoptiva (infértil) de la denunciante. 

Además, solicita una indemnización por daños morales de 350.000 euros a la bebé robada Inés Madrigal, hoy de 49 años de edad. El abogado de Inés Madrigal, Guillermo Peña, eleva la petición a 13 años de cárcel.

Mientras, Inés Madrigal Pérez sigue sin conocer sus orígenes biológicos y sigue buscando a su madre. A la salida de la Audiencia provincial de Madrid ayer declaró que estaba contenta: "Por haber podido acabar el juicio, el primer juicio por bebés robados que debe abrir los miles de casos cerrados — reiteró— en los tribunales de este país", dijo ayer Madrigal a la salida de del juicio. 

También manifestó que no espera ver a Vela en la cárcel, pero sí que exista "verdad, justicia y reparación en el caso de los bebés robados, como yo miles de personas tienen sus datos en el registro civil con una madre falsa".

Madrigal presentó una denuncia ante la Fiscalía el 27 de enero de 2011, pero fue archivada. Un año después, con la ayuda de la Asociación SOS Bebés Robados de Madrid, presentó otra denuncia, hoy en espera de sentencia.

La de ayer fue la segunda sesión del juicio que se inició el 26 de junio pasado tras varios años de espera. La anterior vista se suspendió el pasado 27 de junio, cuando el médico acusado no acudió al juicio y su abogado, el letrado Rafael Casas Hérranz —casado con la hija mayor de Vela—, comunicó a la sala que la familia del ginecólogo había decidido ingresarlo en el hospital debido a que sufría mareos.

Un mes después, el juicio se reanudó y la apariencia del acusado ayer era otra. Sentado en un silla de ruedas, su aspecto durante toda la mañana era muy distinto. Seguía con atención el juicio, con gafas y escuchando atento el desarrollo del mismo e incluso se permitía sonreír con ironía y hacer algún comentario en voz baja. 

Escoltado por su mujer, Adela Bermejo, y su hija mayor, Adela Vela Bermejo, reaccionó en varias ocasiones sonriendo y girándose hacia su mujer para buscar la mirada cómplice de esta, que también sonreía a algunas frases de la fiscal y del abogado de la acusación.

En esta sesión tuvo lugar el testimonio de una periodista francesa, uno de los más esperados, clave, según el abogado Guillermo Peña. Emile Delphine Helmbamchel es una de las dos periodistas de la televisión pública francesa que en diciembre de 2010 consiguieron entrevistarse con Eduardo Vela y su mujer Adela Bermejo.

 La reportera explicó ayer por videoconferencia que el médico las citó en su domicilio, donde mantuvieron una la charla que las periodistas grabaron con cámara oculta. Durante la entrevista, ellas preguntaron sobre la entrega de la niña Inés Madrigal. El matrimonio recordaba perfectamente el caso y ambos reafirmaron que esa niña fue un regalo, que no se cobró por ella, explicó Delphine.

Este testimonio aportado por la acusación y la Fiscalía es fundamental. La reportera contó que inicialmente se identificaron como pacientes y después confesaron al médico y su mujer que eran periodistas.

El abogado de Vela preguntó a la periodista si esa entrevista se hizo por encargo de la denunciante Inés Madrigal, a lo que la periodista respondió que no y afirmó que consideraron importante para su reportaje entrevistar al ginecólogo en un reportaje sobre los bebés robados en España. El vídeo, de más de media hora de duración, está incluido entre los documentos aportados contra el ginecólogo entre los 862 folios que consta el caso, recogidos en dos tomos.

También declararon ayer, a petición de la Fiscalía, los padrinos de Inés Madrigal y un policía nacional. El policía nacional contó como se hizo la investigación a petición de la fiscalía y el juzgado. El declarante dijo que consiguió hablar con Vela, pero fue imposible quedar con él. Sobre los documentos de las familias y los bebés el policía dijo que Vela le manifestó que se quemaron.

El policía manifestó que las investigaciones demostraban que había una trama alrededor de los recién nacidos, por los que se pagaban distintas cantidades. Al frente de esa trama se encontraba el doctor Vela. 

Los bebés venían de lugares de acogida de chicas embarazadas que teóricamente no querían a sus hijos y Vela se encarga de entregarlos. El abogado de Vela mantuvo que este no se llevó ninguna documentación de la clínica San Ramón, que eso fue cosa de los encargados de la administración que allí trabajaron.

Para la fiscal, lo que hizo la clínica San Ramón fue "borrar cada paso que se dio". "Una persona entra a dar a luz a una niña y una hora después otra mujer se lleva a una niña, pero nadie sabe nada", dijo la fiscal.

 En esta misma línea, una enfermera que trabajó con Eduardo Vela en 1978 reconoció en una entrevista realizada en Diagonal que, cuando los bebés iban a ser entregados a otros padres que no eran los biológicos, "ingresaban muchas mujeres sobre las que había una especie de pacto para que no se registrasen en ningún documento. Ni en el libro de entrada de la clínica, ni en el de salida. No había historia médica, nada".

Todo hace indicar, dijo la fiscal, que Inés pueda ser hija de "una mujer adúltera que quedó embarazada fuera del matrimonio". En este sentido Guillermo Peña manifestó que una cosa es no poner quien es la madre en el certificado de nacimiento, ya que la ley lo permitía por salvaguardar su identidad en el caso de que entregaran el bebé, y otra bien distinta es "no anotarla en los libros de entrada de la clínica", mantiene. 

"Ni entonces ni ahora la ley permitía ser una cliente anónima", incide tras señalar que también llama la atención que no exista "ni consentimiento ni asentimiento de la madre", ni ningún papel que indique que esa niña fue dada por la madre, "tampoco una factura", como en otros casos, por los gastos de la clínica.

 LA fiscal señaló que estas y otras evidencias indican que Inés era una niña robada y había que darla, y pronto. Por eso la entrega fue rápida, en unos días.

La fiscal hizo ayer una extensa y detallada exposición de cómo ocurrieron los hechos y citó diversas sentencias que apoyaban sus argumentos.

También se proyectó en la sala un careo grabado a finales de 2013, durante la instrucción de este caso, entre la madre adoptiva de Inés, Inés Pérez Pérez (fallecida en 2016), y el doctor. Vela negó conocerla a pesar de que ella insistía y había manifestado que en las dos visitas iniciales para la entrega de la niña la trataba como de la familia. La madre de Inés también manifestó que creía entonces que se trataba de "una adopción legal".
Esas dos visitas iniciales referidas por Pérez Pérez cerraron la entrega de la niña, que se produjo en unos días. "Todo fue muy rápido y el objeto era entregar esa niña", sustenta la Fiscalía, que mantiene que, si todo se hubiera hecho de forma legal, habría algún documento y renuncia de la madre a esa criatura. Pero no lo hay .

"Entonces, en 1969, como ahora, era un delito el rapto de bebés. Esa niña había que entregarla". Por ello el 6 de junio los padres la recogieron en la clínica San Ramón y el 7 de junio la inscribieron en el Registro Civil. "La inscripción se produce un sábado, eso ayuda a la impunidad, que hubiera menos gente", sostiene la fiscal.

La fiscal también explicó cómo, según los testimonios, los padres de Inés Madrigal, al llegar a la clínica el 6 de junio de 1969 a recoger la niña prometida —el "regalo", le dijo Vela—, con la ropita para la bebé, quisieron subir a la habitación para vestirla. Pero Adela Bermejo [mujer de Vela] se puso como una furia y dijo que eso no podía ser porque "se descubriría el ajo".

El vídeo de las periodistas francesas refuerza que la mujer de Vela conocía el caso de la niña Inés Madrigal que se regaló. Por ello, la fiscal pide también que se condene a Bermejo por faltar a la verdad en el juicio.

La fiscal explicó que la entrega de la niña se hizo siguiendo la práctica de Vela: se entrega a los bebés muchas veces en agradecimiento a las mujeres que no podían tener hijos y que trabajaban en las congregaciones de monjas de la caridad haciendo tareas. Ese fue el caso de la madre de Inés Madrigal, que antes tuvo a un niño llamado Paquito pero que le fue retirado.

 Como explicó ayer Guillermo Peña, la ley permitía que las madres se pudieran arrepentir de entregar a su hijo en el plazo de tres años y podían recuperarlo, como fue el caso de Paquito. Por ello, querían compensar a Inés Pérez con otro niño o niña y en menos de una semana se preparó todo.

El mediador tanto en el caso de Paquito como de Inés Madrigal, y todo apunta que en muchos más casos, fue el cura jesuita Félix Sánchez Blanco, supuesto íntimo colaborador y amigo del ginecólogo Vela. El abogado Casas dice que su defendido conocía al jesuita porque fue su profesor de matemáticas cuando tenía 10 años y que "el cura solo le pedía medicamentos" y otros favores "para ayudar a los más desfavorecidos".

 Sin embargo, la fiscal mantiene que el ginecólogo y el cura tenían una estrecha relación y por eso, y por el compromiso con este cura, explicó ayer la Fiscal, había que regalar a esa niña a la conocida del cura, Inés Pérez, madre no biológica de la niña robada Inés Madrigal que confesó a esta todo al final de sus días.

Inés Pérez cuidaba niños en el convento de las Misioneras de Jesús María y José en la localidad madrileña de Los Molinos y, como no podía tener hijos, el sacerdote la recomendó a Vela. Y todo fue rápido para buscar una niña. El médico Vela llamó a la lechería del pueblo de Los Molinos, Madrid, contigua a la casa de Inés Pérez, porque entonces —1969— no tenían teléfono, y al día siguiente recibió a la madre en su clínica como si la conociera de toda la vida. 

Dos encuentros: el primero para "facilitar el bebé", explica la fiscal, y ahí es donde le indica que simule un parto con un cojín, poniendo cara de sentirse mal, ante a sus vecinos". En el segundo encuentro le entregaron a la bebé.

Todo indica, según argumentó en el juicio la Fiscalía, que esto tuvo lugar el viernes 6 de junio de 1969 y al día siguiente, el 7 de junio, se inscribió a la niña en el Registro Civil.

En el vídeo de las periodistas francesas, Vela argumenta que está bien lo que se hacía porque "eso lo han hecho los médicos durante 40 o 50 años para evitar abortos". Esto, según explico el abogado de la niña robada, demuestra cual es el móvil ideológico. "El decidía como si fuera dios qué hacer con nuestros orígenes", insistió después Madrigal.
El abogado de Vela, por su parte, señaló que el fin era "ayudar", porque antes, sin estar casada, quedarse embarazada "estaba mal visto". Por ello pide absolver a su defendido. Y mantiene que, además, los hechos "ya han prescrito". Sobre la prescripción del delito, la fiscal explicó en su escrito de conclusiones que el plazo de prescripción computa cuando cesa la conducta. 

Y hace referencia a que la Fiscalía General del Estado envió una circular en 2012 dando órdenes para unificar criterios en las fiscalías territoriales en el caso de los bebés robados. Indica esa circular que se siga el criterio de que los niños robados entre 1959 y 1990 en todo el Estado español no prescriben hasta que han transcurrido 10 años desde la fecha en la que víctima tiene la certeza de que lo es.

 Inés supo con 18 años que era adoptada, "pero no es lo mismo saberse adoptada que robada", señala la fiscal. Madrigal supo que su madre no era la biológica cuando denunció en 2011, tras hacerse la prueba de ADN con un 0% de coincidencia, dice el Ministerio Público.

En la prescripción del delito la fiscal también citó a Justicia argentina en el caso del robo de bebés durante la dictadura de este país, explicando que debemos de aprender del proceso seguido allí, donde también la prescripción empieza a contar cuando la persona tiene la certeza de lo ocurrido.
Guillermo Peña a la salida del juicio se mostró optimista, aunque dijo que "el juicio llega muy tarde". 

Mientras, decenas de afectadas por el robo de bebés a las puertas de la Audiencia Provincial abrazaban y aplaudían al abogado. Para Inés Madrigal, en este país "nadie puede quedar impune jugando a ser dios, falsificando las partidas de nacimiento y cercenando el derecho a conocer nuestros orígenes", dijo.

 Y anunció que va a llegar hasta "el Tribunal Supremo para que se pronuncie sobre la prescripción y se puedan abrir las miles de denuncias de bebés robados cerradas".            (María José Esteso, El Salto, 05/09/18)

13/6/18

Las 15.000 esclavas holandesas de las Hermanas del Buen Pastor

"Mi tutora, la señorita Van de Biggelaar, me llevó en tren hasta Almelo [en el este de Holanda]. En Tilburgo, al menos tenía un nombre que coser en la etiqueta de mi ropa, pero al llegar a Almelo me convertí en un número más", cuenta Jo Keepers, de 76 años. Hija de un padre alcohólico y maltratador, ella es una de las miles de víctimas holandesas de los trabajos forzados no remunerados de la orden católica Hermanas del Buen Pastor.

Al menos 15.000 niñas y mujeres, en su mayoría prostitutas, madres solteras o discapacitadas, trabajaron en condiciones de esclavitud entre 1860 y 1973 en las lavanderías y talleres de costura de esta congregación en Holanda, según una investigación de años realizada por el medio holandés NRC.

Las monjas, establecidas en los llamados "refugios del amor" en las ciudades de Almelo, Tilburgo, Zoeterwoude y Gelderland, vivían de tareas de la costura comercial. Todas las esclavas que tenían a su disposición elaboraron durante décadas todo tipo de indumentarias. Desde ropa de bebé hasta prendas para los militares, pasando por chalecos de fuerza para instituciones psiquiátricas o camisas especiales para compañías determinadas.

Esta orden religiosa ya se vio implicada en un escándalo semejante en Irlanda, donde participaban en la gestión de las llamadas "lavanderías de las Magdalenas". Allí, unas 10.000 mujeres jóvenes, muchas de ellas madres solteras, fueron detenidas y forzadas a trabajar en las lavanderías que comenzaron a operar en la década de 1920 e incluso seguían vigentes hasta 1996, según un informe del Gobierno de Dublín.

A los trabajos de lavandería se sumaba el bordado. Según el Archivo holandés de la Vida Conventual, que guarda también objetos, en El Buen Pastor se bordaba para la Casa Real. “Se presume que para la entonces princesa Juliana (abuela del actual rey Guillermo)”. Parte del lavado y almidonado de manteles del Palacio het Loo, residencia oficial de Juliana, también se hizo en los conventos de la orden.

En el caso holandés, las monjas proveían con sus productos a las fábricas textiles, empresas de moda, hoteles, hospitales, particulares, la Iglesia y el propio Gobierno. La investigación de NRC incluye testimonios de varias víctimas y eleva su cifra a al menos 15.000 personas. Contactas por Efe, algunas de estas personas explican que por su estado de salud y edad prefieren no rememorar aquella época de nuevo hasta el día que tengan que dar testimonio ante un tribunal.

Una de ellas es Margot Verhagen, de 85 años. Su padre murió en la Segunda Guerra Mundial y su madre falleció en 1950, cuando ella tenía 17 años y seis hermanos. Verhagen se quedó con una de sus tías, pero pocos días después, dos policías y una mujer de protección de menores la trasladaron a la institución del Buen Pastor en Velp, donde las hermanas la pusieron a trabajar desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, recuerda.

Verhagen, nacida en La Haya, asegura en el medio holandés que no solo fue sometida a los trabajos forzados en las lavanderías "una cultura normal de esa época", apostilla sino que dice haber sido violada por el rector de la institución. El episodio, según ella, quedó impune porque las esclavas no tenían voz, ni voto, ni derecho a quejarse.

Se les consideraba niñas y mujeres "perdidas" cuando quedaban embarazadas fuera del matrimonio, huérfanas, abandonadas, maltratadas, discapacitadas o condenadas por un delito menor. En esos casos, su ingreso en la Hermandad era considerada "la única solución", refiere Verhagen. Nunca recibieron un salario por esas labores, aunque una vez al año las monjas les entregaban un billete de cartón, una especie de moneda ficticia con la que podían comprar dulces o comida en los puestos del mercado de la Hermandad.

Jo Keepers  también intentó escapar varias veces del centro de Almelo, pero siempre acababa detenida por la policía y castigada luego por las monjas, hasta que finalmente lo logró el 20 de marzo de 1960, fecha que marca en el calendario como el día de su liberación. Hasta la década de 1970, las niñas, generalmente en contra de su voluntad, fueron colocadas en las instituciones por el Gobierno (como en el caso irlandés), las asociaciones de tutela, protección infantil o los propios padres.

Algunas víctimas recurrieron la semana pasada a los juzgados para exigirle al propio Ejecutivo que reconozca el daño causado por esta Hermandad y les pague los salarios pendientes porque consideran que el Estado es en parte responsable de la falta de humanidad en la que fueron obligadas a trabajar.
Las denuncias efectuadas ahora son formales, pero las críticas contra las prácticas de las Hermanas del Buen Pastor ha aparecido en Holanda en libros y documentales a lo largo del tiempo.

El goteo con declaraciones de las afectadas se remonta a 1930, cuando dos de las antiguas esclavas contaron su doloroso pasado. Una decena se animaron luego a hacerlo en diarios, semanarios y libros, pero no hubo reacción oficial por considerarse “propaganda anticatólica”. La Real Biblioteca Nacional guarda todos estos documentos, que constituyen una de las principales fuentes de información histórica de lo ocurrido, Sin embargo, como las autoridades se inhibieron, la situación se prolongó hasta los años setenta. 

Las monjas se apartaron entonces de los centros que dirigían. Las últimas, ya ancianas, viven en residencias, pero la congregación vendió en el país sus inmuebles y posesiones por millones de euros. Uno de los edificios de su propiedad tenía 14 hectáreas, y en 2004, cerraron un trato con una inmobiliaria dispuesta a construir al menos 83 apartamentos.

Este caso judicial está apoyado por la plataforma holandesa de niños víctimas de abusos religiosos (VPKK, en sus siglas en neerlandés), que también exige al Gobierno que realice una investigación independiente sobre aquella explotación y determine el papel que tuve el Ejecutivo durante esa etapa. En una carta publicada el año pasado, las Hermanas se disculparon ante sus víctimas pero se niegan a pagar las indemnizaciones porque consideran que todo ha prescrito y señalan que han pasado "muchos años".

El trabajo en los talleres de lavanderías y de costura, un modelo de ingreso que enriqueció a la congregación religiosa, era considerado por las autoridades como un 'trabajo de terapia' y penitencia. El jardín del edificio de la Hermandad estaba cercado con alambre para evitar que las chicas escapasen de manos de las religiosas.

El Buen Pastor, llegó a tener cuatro residencias en Holanda y aparece asimismo entre las 800 denuncias estudiadas desde 2016 por la comisión que investiga la violencia en centros de menores. Los casos incluyen abusos, físicos, psíquicos y sexuales desde 1945, y cuatro víctimas de los trabajos forzosos impuestos por las monjas han remitido sus biografías. Como los afectados pueden acudir a la comisión hasta enero de 2019, la orden religiosa ha asegurado que “está dispuesta a ponerse en contacto con los investigadores”.

 Micha de Winter, catedrático de Pedagogía, dirige ese equipo de expertos y ha reconocido ya el carácter “estructural del abuso”. “Si nos dan su permiso, aprovecharemos sus historias para investigar a fondo la época y lo ocurrido. Si una vez puesta la denuncia precisan ayuda, pueden acudir a la asociación que presta ayuda a víctimas de abusos en el país”, añade.

La VPKK, que apoya a las cinco denunciantes, está compuesta por un grupo de cinco juristas, expertas en ética y pedagogía que dan voz “a las mujeres sometidas también por otras mujeres, además de sacerdotes o capellanes, en internados, congregaciones y otras instancias religiosas”.

 A través de su cuenta de Facebook anima a las víctimas a ponerse en contacto, “porque algo así puede pasarle a cualquier chica y es preciso contar la verdad de unos hechos bochornosos”. Se ocupan a su vez de los afectados varones porque, según explican “lo peor es que nadie te crea o reconozca lo ocurrido”.            (Imane Rachidi, Isabel Ferrer, El País, 12/06/18)

20/3/17

Amenacé con rajar el cuello a la monja si no traían pronto a mi hija

"La niña se criaba de maravilla, a pesar de las duras condiciones de la prisión. Nos ayudábamos mucho entre las reclusas del pabellón de lactantes, cuando alguna niña estaba enferma tratábamos de curarlas por nuestros medios sin recurrir a las monjas, nos daba asco que tocaran a nuestros hijos. 

Una noche la nena empezó a llorar, acababa de cumplir cuatro mesecitos, traté de silenciarla por todos los medios; paseándola, dándola el pecho, pero nada, no paraba de llorar y se retorcía como si algo la incomodara. Comenzó a subirla la fiebre, la pusimos paños húmedos para que la bajara, pero la niña no se calmaba con nada. 

Durante cinco largas horas me resistí a avisar a las monjas, pero el estado de mi hija me asustó y finalmente accedí a llamarlas. La funcionaria de guardia las avisó, éstas tardaron un buen rato en llegar. Una vez en la galería me preguntaron por el tiempo que llevaba la niña en ese estado, contesté que lo desconocía, que me habían despojado hasta del reloj que llevaba al ser detenida. 

La monja se ofendió y me cruzó la cara de una bofetada, llamándome soberbia y llevándose a la niña. Quedé rota, las compañeras se pasaron toda la noche consolándome. A la mañana siguiente nos trasladaron a los servicios religiosos, pregunté a varias monjas por mi hija, y la única respuesta que recibí fue que no me preocupase; pronto estaría de vuelta. 

Pasó una semana y seguía sin saber nada de mi hija, ya no pude más y me rebelé. Partí la cabeza a una cuchara y limándola con la aspereza del suelo conseguí que cortara como una navaja. Cuando la monja vino a darnos el servicio religioso la agarré del cuello y puse el filo de la cuchara apretando con fuerza sobre su garganta. 

Llamé a la funcionaria, cuando ésta entró, dio un grito y la voz de alarma. Amenacé con rajar el cuello a la monja si no traían pronto a mi hija. El pabellón se llenó de guardias, obligaron a salir a empujones de la galería a todas mis compañeras quedándome sola con la jauría uniformada. Hizo su aparición la monja que se llevó a mi hija, me comunicó que estaba enferma de meningitis y que luchaban y rezaban por su vida.

 La dije que quería verla, no les creía, me contestó que eso no podía ser, estaba en cuidados intensivos y que cualquier contacto con el exterior podía matarla. Me juró que si soltaba al rehén, no habría represalias contra mi porque entendían mi desesperación, y que en el momento que lo autorizara el médico me dejarían ver a la niña.

 Caí en su trampa; me chantajeó emocionalmente y accedí. Solté a la monja y a continuación cuatro guardias se abalanzaron sobre mi, moliéndome a garrotazos y patadas hasta que perdí el conocimiento. Pasé un mes en aislamiento creyendo que me volvía loca, lo único que me mantenía con vida era la esperanza de ver a mi hija de nuevo.

 Salí del hoyo, las compañeras me esperaban con impaciencia, a mi regreso me dieron un muñeco de trapo que habían realizado a mano entre todas, aún lo conservo con mucho cariño. Una semana después, vino una monja a comunicarme que mi hija había fallecido, habían hecho todo lo que habían podido pero que al ser tan pequeña no resistió. No me hundí, el fondo de mi corazón me decía que estaban mintiendo, y que mi hija vivía en alguna parte. "                 (Búscame en el ciclo de la vida, 15/03/17)

1/4/16

"No puedo mirar sin llorar los rostros de esos niños a los que amenazan con dejar sin leche si yo no me convierto"

"(...) Míriam Iscla se coloca frente al anfiteatro. Ya no se dirige al público, sino a las monjas de la caridad que custodiaban el hospital de Can Sales, en Mallorca. Y de repente su boca habla en nombre de Matilde Landa, militante del Partido Comunista y trasladada en 1939 desde la cárcel de Las Ventas. 

Con una voz sosegada, se ríe de la misericordia de Dios y culpa a las católicas de haber asesinado a 13 niños. "Hermanas, aunque me amenacéis y torturéis, no me voy a bautizar. He nacido libre". 

Como castigo, las monjas impusieron un régimen de horarios imposible para amamantar a los bebés, que morían de hambre en pabellones contiguos a los de sus madres. "No puedo mirar sin llorar los rostros de esos niños a los que amenazan con dejar sin leche si yo no me convierto", escribía Landa en una carta.

 Las órdenes religiosas se hicieron cargo de estos almacenes donde hacinaban a las reclusas para "limpiar el futuro de España". Allí, los infanticidios se convirtieron en una práctica heredada del nazismo para coaccionar a las mujeres. "Vallejo Nájera defendía que ser roja era una enfermedad hereditaria y que se debía matar a la criatura o separarla de su madre", nos cuenta Domingo. (...)

Amparo Bayón procedía de una familia de derechas y se declaraba abiertamente católica. Durante el golpe de Estado, su marido se refugió en Madrid y le aconsejó que huyera a Zaragoza con su familia. 

La mujer quemó todas las fotografías, cartas y documentos que le pudiesen vincular con el bando republicano. Pero no fue suficiente. Su familia política la delató para quedarse con las tierras y el dinero de la herencia. "           (Mónica Zas Marcos, eldiario.es, 31/03/16)

12/2/15

Así era la vida de las 'caídas' del franquismo en los reformatorios de Carmen Polo... y el robo organizado de niños

"Tiene 66 años y estuvo diez encerrada en reformatorios franquistas, gran parte de su niñez y toda su adolescencia. Asegura que las heridas siguen abiertas y que las cicatrices no se las quita nadie porque las tiene “en el alma”. 

El franquismo le quitó a Encarnación —y a otras miles de mujeres— la juventud, la frescura de esos años en los que las condenaron a encierros eternos, vejaciones y todo tipo de malos tratos. La Transición las olvidó, España estaba demasiado ocupada e ignoró “por completo a las menores encerradas, ajena a una realidad oculta bajo los muros de su propia vergüenza”. 

Así lo cuenta Consuelo García del Cid en su obra de investigación Las desterradas hijas de Eva. Ellas son las verdaderas desterradas. Caídas, así las llamaban, unas por rebeldes, otras por rojas, pero todas condenadas a ser salvadas de caer en el pecado.

Monjas Trinitarias, Oblatas, Adoratrices y de las Cruzadas Evangélicas estaban al mando de estos centros del horror que dependían de la institución dirigida por Carmen Polo de Franco, el Patronato de Protección a la Mujer

 A él se llegaba a través de redadas callejeras, denuncias de familiares, de curas del barrio o de vecinos. Entrar era sencillo. Salir, misión imposible. Una vez que las menores entraban en los centros, su patria potestad pertenecía al Patronato y ni siquiera los progenitores podían hacer mucho al respecto.

Disciplina militar y horas de trabajo interminables y sin remuneración alguna centraban el proceso de reforma de estos centros en los que se mezclaba a todo tipos de chicas, desde prostitutas hasta jóvenes cuyo único pecado era rebelarse contra lo establecido. 

Hay veces que la realidad supera la ficción. El relato de Encarnación es, como ella misma destaca, una copia de la película Los niños de San Judas: estuvo diez años encerrada. Primero entró en el reformatorio de las monjas josefinas (Lleida) porque “no tenía a nadie, sin más” y luego cayó en manos del Patronato. 

Su madre la abandonó con tan solo ocho años, su abuelo republicano estaba preso y su abuela a duras penas se podía hacer cargo de ella. Entró en 1959, con 11 años, en un centro dependiente del Tribunal Titular de menores, que describe como “una pesadilla”. “Lo pasé fatal, recibíamos palizas día sí y día también”, asegura aún, a pesar de los años, con la voz entrecortada.

Después, Encarnación llegó a Madrid y pasó cinco años encerrada en el temido y polémico reformatorio de San Fernando, el mismo que en 1984 cerró sus puertas debido a la controvertida muerte de una interna menor, acabando con décadas de injusticias.

 Episodio lleno de claroscuros del que se hizo eco la prensa más progresista de la época. “Muchas veces veíamos que se fugaban y dejábamos de verlas, los suicidios se tapaban”. Aunque la experiencia fue dura, Encarnación aclara que “aunque suene fuerte” en Lleida lo pasó mucho peor.

 La suma de los días de Encarnación Hernández Cotet hasta sus 21 años se resumen en la realidad común que comparten las desterradas, la anulación continua. “A mí como sabían que mi abuelo estaba preso por republicano, me llamaban despectivamente la roja” y asegura además que su nombre desapareció en sus años de encierro siendo sustituido por un número que seguramente nunca olvide, el 90.

Marian tiene el pack completo de desdichas. El franquismo le robó su juventud y un hijo. Pasó por el preventorio Doctor Murillo de Guadarrama —centro antituberculoso para niños sobre el que pesan multitud de testimonios sobre el trato inhumano bajo sus muros— y luego, en el centro de Las Oblatas le robaron a su niña. Algo que, asegura, no es casual.

En el Preventorio de Guadarrama estuvo sólo unos meses, y asegura que allí sufrió todo tipo de malos tratos y vejaciones con tan solo siete años. Si su paso por el preventorio antituberculoso fue algo para olvidar, su estancia en el reformatorio de Las Oblatas, es digno de una obra de Dickens. Era rebelde, le gustaba salir y tomarse algo en una terraza con amigos: una aberración para la moral de la época.

 Fue su propio hermano, perteneciente al grupo Acción Católica, quien, como consideraba inapropiada la actitud de su hermana, decidió ponerla en manos del Patronato y confinarla al destierro. “Mi hermano comió la cabeza a mis padres, alegó ante las autoridades que era nada más y nada menos que una prostituta y me encerraron”. 

Aún le cuesta hablar del tema, asegura que lo vivido allí es casi surrealista, asegura que una vez estuvo un mes encerrada en una celda de castigo por defender a otra interna. Sus padres, al percatarse de la situación en la que vivía, intentaron en varias ocasiones rescatarla. No tuvieron éxito. Una vez que la menor entraba a formar parte del Patronato la custodia dejaba de ser de los progenitores. Acabaría escapándose para no volver, con 18 años.

 Encarnación recuerda con claridad a las chicas que llegaban a San Fernando de la maternidad de Peña Grande con los pechos vendados asegurando que les habían quitado allí a sus hijos. “Cuando salió a la luz tema de los niños robados até cabos y entendí muchas cosas”.

 Marian puede hablar del tema con conocimiento de causa. A ella le dijeron que su bebé estaba muerto, en la clínica San Cristina en la calle O’ Donnel. No cree que sea algo casual. Considera que el robo de su hijo está íntimamente relacionado con el hecho de haberse fugado del reformatorio. Lo sigue buscando.

Ambas están aún en tratamiento psiquiátrico, las heridas no cicatrizan a pesar de los años. “El médico ya me ha dicho que no me voy a curar, tengo 61 años y no he podido superarlo”, afirma resignada. “Tenía muchas ganas de contarlo, aún no lo he superado. Me marcó de por vida” sentencia Encarna.

 Consuelo García del Cid escribió Las desterradas hijas de Eva por la promesa que hizo cuando se despidió de todas sus compañeras de destierro en el patio del reformatorio de Las Adoratrices, en el que estuvo encerrada durante dos años. Un juramento de la autora catalana que ha logrado sacar a la luz el horror que ella misma vivió en carne propia. “Consuelo ha sido un ángel para nosotras, ha luchado mucho para sacar todo esto a la luz”, aseguran muchas de las afectadas. (...)"              (Público, 09/02/2015)