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6/11/23

Las vejaciones a las mujeres en el reformatorio de Peñagrande... Las privaciones de comida y de descanso nocturno impuestas a jóvenes madres gestantes y lactantes que trabajan todo el día no están indicadas... otro de los castigos consistía en no poder atender a los bebés ni darles el pecho aunque lloraran a rabiar hasta que no se hubiera concluido la tarea asignada, por ejemplo, coser pantalones vaqueros, que luego las monjas vendían en el exterior... llama la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”... las presiones a las jóvenes madres para que dieran a sus bebés en adopción, sin que conste en numerosos casos algún certificado oficial que recoja la renuncia de la madre, fue la tónica general en Peñagrande

 "Una de las primera cosas que hizo el régimen franquista fue oficializar la represión hacia las mujeres, creando en 1941 el Patronato de Protección de la Mu-
jer
, ideado por la esposa de Franco, Carmen Polo, que fue presidenta de honor de la institución, inspirada por el nacionalcatolicismo.

Con aquel organismo, que dependía orgánicamente del Ministerio de Justicia y que tuvo delegaciones en todas las provincias, se pretendía reeducar a las jóvenes descarriadas de la rígida moral católica. Las congregaciones religiosas estuvieron al frente de los centros del patronato, donde miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas fueron internadas, entre 1941 y 1985, enviadas por sus padres y hermanos normalmente, o conducidas allí por la Policía, por el simple hecho de mostrar un comportamiento poco recatado. El destino de las jóvenes embarazadas solteras fue, en su mayoría, los centros de reeducación del patronato.

Uno de aquellos centros fue el de Nuestra Señora de la Almudena, más conocido como Peñagrande por el barrio madrileño donde se ubicaba. Abierto en 1955, fue uno de los reformatorios femeninos más grandes de toda España, especializado en jóvenes embarazadas y madres solteras. También se le conoció como la maternidad de Peñagrande, porque había un paritorio donde daban a luz las internas y que estuvo atendido, entre otros, por el ginecólogo Eduardo Vela, vinculado, como se ha demostrado, con las adopciones irregulares durante la dictadura.

Los testimonios de las mujeres internadas allí, recogidos en los últimos años en documentales y reportajes, apoyados, sobre todo, por la memoria histórica del colectivo ‘Las desterradas hijas de Eva’, de Consuelo García del Cid, dan fe de las penalidades y vejaciones sufridas por las internas a manos de las religiosas.

Pero más allá de los testimonios en primera persona de las víctimas, existen pruebas documentales que los corroboran. Público ha podido acceder a un informe oficial, de 1968, que reseña todas las deficiencias de la vida en el reformatorio de Peñagrande, desde la escasa comida e higiene hasta los castigos físicos y emocionales que recibieron las internas.

Castigos físicos y trabajo esclavo

“Las internas pasan mucho tiempo dedicándose a la limpieza del centro
en detrimento de tareas educativas (…) Se dedican a la limpieza de suelos y cristales, cocinan, friegan, lavan, planchan, repasan la ropa, son niñeras, cuidan de los animales de la granja, y tienen que hacer guardias por la noche”, consta en el informe, que denuncia, en definitiva: “Trabajo excesivo sin remuneración por parte de mujeres embarazadas”.

El Ministerio de Justicia, cuyos fondos nutrían al Patronato, quien a su vez financiaba los reformatorios, con partidas anuales a las congregaciones de monjas, encargó un estudio sobre el centro de Peñagrande. Hasta 1968 ya habían pasado por allí miles de mujeres. Varias funcionarias se personaron en el reformatorio, en el que en aquellos momentos estaban internadas 250 mujeres y niñas, con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años, y 200 niños, de hasta cuatro años de edad. Estaba gestionado por 36 religiosas Esclavas de la Virgen Dolorosa. Dos años después, serían las Cruzadas Evangélicas las que se encargarían del centro hasta su clausura, a principios de 1984.

Llama la atención el apartado destinado a los castigos. Las funcionarias constataron que “estos más que castigos son vejaciones que no parecen estar conformes con el respeto debido a la dignidad de la persona humana. Las privaciones de comida y de descanso nocturno impuestas a jóvenes madres gestantes y lactantes que trabajan todo el día no están indicadas”, dice el informe.

El estudio no explicita más castigos, además de las privaciones de alimento y sueño. Para las funcionarias, que son citadas en el informe como ‘visitadoras’, aquellos castigos “deberían desecharse totalmente. Son peligrosos, ‘ineducativos’, anti legales y contrarios al espíritu cristiano”.

Por algunas de las mujeres que fueron recluidas en aquel centro, este diario sabe que otro de los castigos consistía en no poder atender a los bebés ni darles el pecho aunque lloraran a rabiar hasta que no se hubiera concluido la tarea asignada, por ejemplo, coser pantalones vaqueros, que luego las monjas vendían en el exterior.

Las autoras del trabajo sobre Peñagrande criticaron el régimen de vida “severo y carcelario de las internas, la censura en la correspondencia, el poco tiempo que las madres podían pasar con sus hijos y lo deficitariamente vestidas que iban
las chicas: “Llevan unas batas mal confeccionadas, desteñidas y en ocasiones no muy limpias”.

En cuanto a la alimentación, las funcionarias constataron lo deficiente que era: pocas proteínas y mucho pan. “Comida insuficiente, abundancia de pan y escasez de carne y pescado (…) Al mediodía, judías estofadas, sin chorizo ni tocino (…) Para cenar, figura chorizo con pan frito (…) que no fue del gusto de las jóvenes”.

Las cuentas de las monjas no cuadran

A las visitadoras les llamó la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”, decían.

En el capítulo económico, la congregación religiosa no salía bien parada. “Los datos que nos proporcionó la reverenda madre sobre subvención por acogida y día, dotación de ropa para los niños, etc. no concordaron con los que teníamos
del patronato”.

Como conclusión, las visitadoras pidieron que el centro cerrara, “se disolviera, y se reorganizara totalmente con un espíritu nuevo”. Pero nada más lejos de la realidad. El informe se guardó en un cajón, no tuvo efecto alguno pese a las graves irregularidades que denunciaba. Las vejaciones a las jóvenes no solo quedaron impunes, continuaron produciéndose 16 años más, como una marca indeleble de la represión franquista hacia las mujeres.

Niños robados y adopciones irregulares

El objetivo del reformatorio de Peñagrande era, sobre el papel: “Acoger a la joven soltera que va a tener un hijo y proporcionarle un ambiente discreto, hogareño, seguro, donde pueda prepararse para ser madre (…) Además prestarle una ayuda que le permita quedarse con el niño si así lo desea”, recordaba el informe, en 1968.

Sin embargo, las presiones a las jóvenes madres para que dieran a sus bebés en adopción, sin que conste en numerosos casos algún certificado oficial que recoja la renuncia de la madre, fue la tónica general en Peñagrande. Las visitadoras proponían que “se organicen urgentemente servicios de adopción, ya que está demostrado que en numerosos casos, esa medida es la mejor solución para el niño y para su madre”.

De aquellas presiones de las monjas a las jóvenes gestantes no hay, al parecer, prueba escrita. Pero los testimonios de muchas de las mujeres que dejaron en el centro a sus recién nacidos, ya fuera porque nacieron muertos, como les aseguraron, o porque no tuvieron más remedio que sucumbir a las amenazas de las religiosas, coinciden en señalar el modus operandi que ya apuntaban las funcionarias del Ministerio de Justicia: “No se trata de sugerirles y menos de imponerles el abandono del hijo, sino de orientarlas para tomar respecto a su hijo la mejor decisión”.

El extraño viaje de los ‘papeles’ de Peñagrande

El reformatorio de Peñagrande funcionó 29 años, hasta principios de 1984. Toda la documentación que generó su actividad, así como los archivos del Patronato de Protección a la Mujer y de Menor de Madrid, fueron trasladados a la recién creada Comunidad de Madrid. Así lo indicaba el Boletín Oficial madrileño en marzo de 1984.

Sin embargo, nunca llegó a producirse ese traspaso, como desveló una investigación de la revista Interviú en 2016. Esos archivos pasaron a la Dirección General de Protección Jurídica al Menor del Ministerio de Justicia, que en 1988 pasó a depender del Ministerio de Asuntos Sociales. Cuando este gabinete se fusionó, en 1998, con el de Trabajo, los papeles del Patronato en Madrid, incluidos los del reformatorio de Peñagrande, fueron enviados a la sede del Ministerio de Empleo, en la madrileña calle Agustín de Betancourt, donde permanecen.

De las 3.000 cajas de documentación que fueron transferidas al Ministerio de Empleo, solo se conservan 1.500. El resto fueron destruidas en 1996 debido a una inundación de los sótanos del ministerio, como confirmó a la citada revista Luis Casado de Otaola, jefe del Área de Documentación Administrativa del Ministerio de Empleo.

Y ahí, entre las cajas que se han conservado –apenas 30 de ellas contienen material sobre la delegación madrileña del Patronato de la Mujer, el resto versan sobre los servicios de protección al menor del franquismo en Madrid–, se halla el informe de 1968 sobre el reformatorio de Peñagrande. La periodista que firma este artículo descubrió el documento en 2017.

Este diario ha podido saber de antiguas fuentes de la Secretaria de Estado de Justicia que entre el material documental del Patronato de la Mujer en Madrid constan expedientes de mujeres internadas en Peñagrande, del nacimiento de sus hijos y de las posteriores adopciones llevadas a cabo por mediación de los servicios sociales de la dictadura, en manos de religiosas –por ejemplo, en Madrid, era la conocida sor María la encargada de las adopciones, muchas de ellas, irregulares, por lo que llegó a ser investigada–.

Pero esos expedientes, vitales para las personas que buscan sus orígenes biológicos, no aparecen. Puede que la mala fortuna provocó que desaparecieran entre las 1.500 cajas destrozadas por la inundación en 1996."                 (Ana María Pascual, Público, 05/11/23)

20/7/23

Había salido a dar un paseo por el huerto con su familia, cuando vio llegar un camión lleno de guardias civiles y de chicas de la Falange. Entraron en la casa, destrozaron y robaron. Se abalanzaron sobre Rafael, le arrancaron el brazalete militar que llevaba en la camisa y le amenazaron con pegarle un tiro si no subía al camión. Esa misma tarde, Eusebia se puso de parto y perdió al hijo

 "(...)A su caseta de ferroviario fueron a buscarle el 7 de septiembre del primer año de Guerra Civil. Había salido a dar un paseo por el huerto con su familia, cuando vio llegar un camión lleno de guardias civiles y de chicas de la Falange. Entraron en la casa, destrozaron y robaron. Se abalanzaron sobre Rafael, le arrancaron el brazalete militar que llevaba en la camisa y le amenazaron con pegarle un tiro si no subía al camión. Esa misma tarde, Eusebia se puso de parto y perdió al hijo.

Rafael pasó quince días detenido en el Mercado de Abastos de Calatayud, que se había convertido en un centro de detención masiva. Desde allí, Rafael envió una carta a Eusebia, donde le pedía que le enviara dinero y ropa. Así lo hizo por mediación de unos amigos de Calatayud. Eusebia escribió una carta a diario, hasta que una de ellas le fue devuelta con el sello “Salió”. (...)"         (Elena Cabrera, eldiario.es, 12/06/23)

22/6/23

Domingo huyó de su casa antes de que le pudieran detener y se escondió en la orilla del río Caraván. Cuando supo que habían apresado a su esposa, que estaba embarazada, salió de su escondite. Al llegar a casa, la Guardia Civil le estaba esperando

 "(...) Al menos 29 habitantes del pueblo zaragozano Torrijo de la Cañada fueron asesinados en una masacre acometida en varios días en diferentes escenarios. Casi todos eran labradores. En el cementerio del pueblo hay un monumento funerario con sus nombres que les rinde homenaje. (...) 

Domingo huyó de su casa antes de que le pudieran detener y se escondió en la orilla del río Caraván. Cuando supo que habían apresado a su esposa, que estaba embarazada, salió de su escondite. Al llegar a casa, la Guardia Civil le estaba esperando. (...)

A pesar de que Jacinto no sabía leer ni escribir, tenía formación política y ocupó el cargo de vocal en la UGT local. Fue denunciado y dos jóvenes del pueblo fueron a buscarle a su casa, pero él estaba visitando a su madre. Su esposa corrió a avisarle para que se escondiera pero Jacinto dijo que no tenía nada que temer pues no había cometido ningún delito. Fue al encuentro de los jóvenes y estos le metieron en un camión. (...)"            (Elena Cabrera, eldiario.es, 12/06/23)

24/2/23

Jerónima Blanco (22 años) fue asesinada junto a su hijo Fernando (3 años) por un grupo de pistoleros falangistas del Bierzo. A ella le dispararon embarazada y cuentan que a su hijo lo estamparon contra un árbol. Los pistoleros falangistas los asesinaron por no poder capturar a su padre y marido, Isaac Blanco. Los cadáveres estuvieron unos días en la calle... Los falangistas no tuvieron suficiente con esos dos crímenes y para seguir dañando a Isaac asesinaron a sus padres, a sus dos hermanos y un cuñado

Emilio Silva Barrera @Emilio_Silva_

Jerónima Blanco (22 años) fue asesinada junto a su hijo Fernando (3 años) por un grupo de pistoleros falangistas del Bierzo. A ella le dispararon embarazada y cuentan que a su hijo lo estamparon contra un árbol. A partir de hoy su memoria tendrá un espacio público.

Los pistoleros falangistas los asesinaron por no poder capturar a su padre y marido, Isaac Blanco. Los cadáveres estuvieron unos días en la calle e Isaac los vio en una visita clandestina a su casa. Tras ser detenido tiempo después escribió una carta al Tribunal de Santander.

Los falangistas no tuvieron suficiente con esos dos crímenes y para seguir dañando a Isaac asesinaron a sus padres, a sus dos hermanos y un cuñado.

En el año 2008 la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica exhumó sus restos. Estaban muy deteriorados por la construcción de un colector y una caseta.

Esta mañana, en un solar junto a la que fue la casa de Jerónima Blanco y de Fernando, se ha inaugurado un monumento que recuerda lo que les hicieron. La violencia atroz de los golpistas Jamás el olvido.

7:40 p. m. · 30 ago. 2022
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23/9/22

Si la presa era llamada a diligencias, para volver a ser interrogada, la tortura comenzaba de nuevo. Las violaciones no solo se llevaron a cabo en las salas de interrogatorio, entre los guardias existía la costumbre de seleccionar y sacar del recinto carcelario a reclusas de su gusto para violarlas durante días hasta que se cansaban y las devolvían a prisión

 "(...) se hace más necesario que nunca nombrarla porque al ponerle palabras cuenta episodios vergonzosos que nunca debieron suceder. Uno de ellos es el encarcelamiento de mujeres. Eso es justamente lo que hace Isabel Ruiz Ruiz con su última novela ilustrada (...)

Las violaciones estaban a la orden del día: antes de entrar en la cárcel o ya estando allí ¿Cómo se las elegía?

 Durante la guerra, el abuso sistemático de la mujer como manifestación de poder fue habitual. Numerosas mujeres, entre ellas ancianas y niñas, fueron violadas y vejadas por las tropas sublevadas en el transcurso de la contienda. Pero las violaciones no acabaron con la guerra, prosiguieron tras los muros de las comisarias, en los interrogatorios, y constituyeron otro procedimiento de tortura. Estos abusos no concluían cuando la prisionera ingresaba en la cárcel: si la presa era llamada a diligencias, para volver a ser interrogada, la tortura comenzaba de nuevo. Las violaciones no solo se llevaron a cabo en las salas de interrogatorio, entre los guardias existía la costumbre de seleccionar y sacar del recinto carcelario a reclusas de su gusto para violarlas durante días hasta que se cansaban y las devolvían a prisión. 

¿Las embarazadas que sabían cuál era su final y el de sus criaturas era un dolor mayor?

 Las condenadas a muerte que estaban embarazadas, a veces como consecuencia de las violaciones llevadas a cabo en los interrogatorios, permanecían en prisión hasta dar a luz, momento en el que eran fusiladas. Unas veces, se respetaban los meses de lactancia, y otras, su ejecución se realizaba de forma inmediata. No puedo ni imaginarme el dolor de estas mujeres, que no solo sabían que iban a morir, sino que lo hacían con la incertidumbre del destino que correría su bebé. 

 Si la fusilada tenía familia, el bebé debía pasar a manos de esta, pero era frecuente que, cuando los familiares acudían a reclamar al recién nacido, no recibiesen información sobre el mismo y terminaran marchándose con las manos vacías. El robo de bebés era una práctica generalizada. Estos niños y niñas eran acogidos por familias afines al régimen o bien eran entregados al Auxilio Social o a instituciones religiosas. De una forma o de otra, el sistema de represión franquista se encargaría de que no conocieran su verdadero origen y crecieran en la ideología de esa “nueva España” que rechazaba los ideales por los que sus madres dieron la vida. 

El relato visual de cadáveres amontonados de los niños y niñas, era un mensaje de control, humillación y vejación. ¿La psicopatía del régimen no podía ser más brutal?

 El episodio de los niños y niñas en prisión es sin duda uno de los más aterradores. Las presas que ya eran madres podían ingresar en prisión junto con sus hijos menores de tres años y estos soportaban las mismas condiciones inhumanas que padecían ellas. La escasez de agua, y por tanto la falta de higiene, unida al hacinamiento al que se vieron sometidos, provocó que las enfermedades se extendiesen con facilidad y acabasen con la vida de los más frágiles. Los testimonios de las supervivientes cuentan que, en el periodo inicial, en la cárcel de Ventas, la mortalidad infantil alcanzó tal volumen que los cadáveres se amontonaban en salas donde las madres hacían guardia para que no fueran devorados por las ratas. 

Cuando muchas de ellas logaron salir fuera vivieron en otra prisión no solo porque la vida siguió sin ellas sino porque fueron estigmatizadas hasta el punto de exiliarse. ¿Ese otro dolor cómo lo aceptaron?  

Es difícil ponerse en la piel de estas mujeres. Para ninguna fue fácil la existencia fuera de los muros, estigmatizadas por sus ideas fueron rechazadas por la sociedad y encontraron grandes dificultades para trabajar por lo que, muchas de ellas, se vieron abocadas a la pobreza. Lo que deduzco de la lectura de sus testimonios es que tuvieron tres formas de adaptarse a esta nueva realidad. Algunas se resignaron y trataron de sobrevivir pasando desapercibidas para proteger su vida y las de sus seres queridos. La persecución y el aislamiento hizo de otras se vieran obligadas a exiliarse. Pero muchas continuaron su lucha fuera de los muros, se organizaron para ayudar a las personas que continuaban en prisión, trabajaron en la clandestinidad y lucharon por sus ideas hasta el fin de la dictadura y más allá de ella. (...)"                (Nuria Coronado, La Hora Digital, 27/03/22)

5/5/22

Eugenesia franquista: de la ‘raza hispana’ de Vallejo-Nájera a administrar arsénico a embarazadas para “mejorar la calidad” de los niños españoles

 "Desde las primeras aproximaciones que Antonio Vallejo-Nájera, el conocido psiquiatra, ideólogo del franquismo y abuelo de cierta cocinera televisiva, hiciera hacia el final de la guerra civil sobre el “psiquismo del fanatismo marxista”, y en concreto en sus “investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes”, ya quedaba claro el cariz que tomaría el régimen posterior en cuanto al trato que dispensaría a las mujeres, de quienes el psiquiatra de cabecera del régimen consideraba que no procedía el “estudio antropológico, necesario para establecer las relaciones entre la figura corporal y el temperamento, que en el sexo femenino carece de finalidad por la impureza de sus contornos”. 

De esta manera, convirtiendo a la mujer en poco más que un recipiente “impuro” cuya “mentalidad inferior” ya terminaba de quedar patente si además resultaba ser de izquierdas, Vallejo-Nájera desarrolló una teoría psicológica que contribuyó a sentar las bases de la doctrina nacional-católica impuesta posteriormente por la dictadura.

Una doctrina que inspiró la acción de instituciones como Auxilio Social, organización fundada en 1936 en Valladolid para proporcionar ayuda humanitaria, posteriormente integrada en Falange y devenida tras la guerra en órgano represivo y de propaganda camuflado de institución de asistencia social, siendo responsable de la sustracción de miles de hijos e hijas de las mujeres republicanas encarceladas, el acto más inefable de los muchos que cometió esta institución, pero no el único, tal como se desprende de un artículo publicado recientemente por María Teresa Riquelme-Quiñonero y Ramón Castejón-Bolea en la revista História, Ciências, Saúde – Manguinhos, Rio de Janeiro, con el título Maternología, eugenesia y sífilis en España durante el primer franquismo, 1939-1950, sobre la administración sin control clínico de medicamentos con arsénico y bismuto a mujeres embarazadas con el único fin de “evitar la reproducción de degenerados” y producir “una descendencia de niños sanos y robustos” para el Nuevo Estado.

Los investigadores de las universidades alicantinas han analizado las acciones llevadas a cabo durante la primera década de la dictadura en el seno de Auxilio Social respecto al tratamiento de la sífilis en las mujeres gestantes que pasaban por los centros que tenían repartidos por todo el país, así como las motivaciones, más ideológicas que bioéticas, tras estos abordajes terapéuticos. Según las autoras del informe, tras la guerra civil los vencedores acusaron el déficit demográfico no solo derivado de la guerra sino de varios decenios de baja natalidad, por lo que la intervención del Estado se dirigió a combatir esta situación. No obstante “en el proyecto demográfico franquista se constata un interés tanto por la cantidad como por la calidad”, según indican Riquelme-Quiñonero y Castejón-Bolea en su estudio, unas “preocupaciones eugenésicas” que se “camuflaban” en “el interés por la puericultura y la maternología” mostrado por Falange a través de Auxilio Social. 

Eugenesia latina

Así, según recoge el estudio, la Falange, a través de su revista Ser, su órgano de expresión en temas de salud, “apoyó la práctica de una eugenesia en consonancia con la moral católica”, es decir, “prescindiendo de elementos que entraban en contradicción con la norma católica” tales como las prácticas contraceptivas, de manera que el rol de la Iglesia en los países latinos donde tuvo mayor influencia contribuyó a “afianzar mecanismos de coerción menos explícitos y más sutiles que los desarrollados en los países anglosajones”, mediante la adopción de “medidas perfectamente válidas dentro del Estado español: la intervención higiénico-sanitaria y biológica y las medidas de contenido espiritual ”, según se detalla en el ensayo.

De este modo, “el cuerpo era propiedad de la patria y el médico y la medicina social tenían que ponerse al servicio de la nación, pues todos los engranajes del Estado debían colaborar en el objetivo común de la grandeza de España”. Esta concepción de la reproducción humana se basaba en las ideas de raza diseñadas por teóricos fascistas como el psiquiatra Vallejo-Nájera, quien no entendía la raza española en términos biologicistas sino etnicistas y culturales, pues amontonaba en su pretendida identidad española una serie de tópicos e ideas desenterradas de los siglos anteriores con los que conforma su ideal de 'hombre hispano' portador del “espíritu colectivo que los fusiona en Dios, en la Patria y en el Caudillo”.

Al respecto, tal como recogieron en un artículo publicado en 2012 en la Revista de Bioética y Derecho por los investigadores Claudio Francisco Capuano y Alberto J. Carli bajo el título Antonio Vallejo-Nájera (1889-1960) y la eugenesia en la España Franquista. Cuando la ciencia fue el argumento para la apropiación de la descendencia, el psiquiatra del franquismo se basaba en las teorías de la evolución de Lamarck para justificar la sustracción de los hijos e hijas de republicanos de su “medio ambiente amoral” para integrarlos en ambientes nacional-católicos, lo cual “propiciaría una mejora en la sociedad y, por consiguiente, una regeneración de la raza”, según señalan los historiadores.

En un sentido similar, el estudio de Riquelme-Quiñonero y Castejón-Bolea incide en que durante el franquismo “la maternidad no era solamente un deber de la mujer ante la religión y la familia, sino también frente a la patria”, ya que para las casadas “la maternidad constituía un deber, a la vez, biológico, moral y social”, al punto que la maternología dentro de Auxilio Social se convirtió en “una herramienta para fomentar la reproducción en 'calidad', evitando que taras como la sífilis pasaran a la descendencia”, recogiendo al respecto las palabras del jefe de Servicio de Maternología de Auxilio Social, José Botella, quien en 1944 definía la maternología como una disciplina con una doble finalidad; “debe conseguir el mayor número de hijos para la Patria y debe al mismo tiempo procurar que éstos sean lo más sanos y robustos posible (…) Nada de extraño tiene, por tanto, que nuestro insigne Caudillo quiera que la natalidad española aumente en 'cantidad' y 'calidad'”.

Como se puede apreciar, el mismo jefe de maternología de Auxilio Social dejaba la salud, el bienestar y los derechos de las madres gestantes fuera de la ecuación, su único objetivo al frente de la institución era proporcionar a España niños sanos, fuertes y de derechas, al gusto del Caudillo. Es por ello que en sus ponderaciones Botella se preguntaba si “sería exagerado decir que la sífilis de las embarazadas nos causa treinta mil bajas al año”, en referencia a los neonatos fallecidos a causa de la sífilis congénita, “en un lenguaje impregnado de terminología militar”, tal como observan los autores del estudio. 

Diagnósticos poco eficientes y tratamiento peligroso

En ese sentido, los investigadores alicantinos destacan que la lucha contra la sífilis debía organizarse llegando al diagnóstico “preciso y precoz de la gestación luética” a través de una estrategia de análisis y detección “basada en la realización sistemática de la reacción de Wasserman” en todas las embarazadas, una prueba que “no era viable”, pues “exige un montaje solo posible de llevar a cabo en las capitales y, aun así, con ciertas dificultades, a causa del escaso rendimiento de los laboratorios”, según se cita en el estudio, una situación que “imposibilitaba un diagnóstico exacto (tanto clínico como de laboratorio) de la sífilis en la embarazada dada la inexistencia de laboratorios con capacidad para realizar las pruebas con fiabilidad”, subrayan. 

Así mismo, respecto a los tratamientos disponibles, las investigadoras señalan que la situación “no era mucho más halagüeña”, pues estos consistían en Neoarsenobenzol, un tratamiento basado en arsénico, combinado con preparados de bismuto, cuyos resultados se resumen en que “de 149 gestantes presumiblemente sifilíticas, en ocho casos hubo de suspenderse el tratamiento por intolerancia, con dos casos mortales. En un 16% hubo fracaso del tratamiento con partos prematuros, muertes fetales y fetos sifilíticos”, cifras que les situaban en una tasa de fracasos “bastante similar a las estadísticas europeas y norteamericanas”, destaca el estudio.

Las investigadoras alicantinas refieren que esta situación “perduró durante toda la década de los 1940 y no había cambiado, a pesar de los avances en el diagnóstico y el tratamiento, para principios de la década de 1950”, y al respecto remiten al informe elaborado por el especialista del servicio de Enfermedades Venéreas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), F.W. Reynolds, quien tras visitar España en octubre de 1951 aseguró que la sífilis suponía “un problema de salud pública de gran envergadura en España” por la ausencia tanto de pruebas diagnósticas como de suministro de penicilina, el fármaco milagroso contra las infecciones que empezó a producirse en masa a finales de la década de los cuarenta y que tampoco está exento prácticas cuestionables y debates biotéticos. 

En estas circunstancias, el estudio de los investigadores de la UMH y la UA remarca que “el dilema que se presentaba” ante la situación planteada por la sífilis en las embarazadas, “tratar o no tratar ante la sospecha de sífilis, aunque el diagnóstico no fuera posible de manera fiable y por tanto no hubiera seguridad de este, era resuelto con un marcado carácter eugenésico”, pues siempre se resolvía tratando el cuerpo de la madre “para asegurar un 'producto' de calidad aunque ello significara un peligro para la salud de la madre y, en algunos casos, la posibilidad de muerte para ella”, sentencian.  

Los investigadores concluyen que el régimen franquista aplicó activamente políticas pronatalistas “receptivas a los planteamientos eugenésicos” acorde a la moral católica que, en el caso de la sífilis en embarazadas y la sífilis congénita, “muestran una voluntad de intervención de la reproducción” focalizada en las mujeres que “naturalizaba la desigualdad” al dejar de dar importancia al tratamiento de los varones para convertirlas “en el centro del control de la sífilis congénita” con el único fin de “mejorar la calidad de los recién nacidos”, según indica el estudio, que en lo relativo a la mejora cuantitativa concluye que “no alcanzó sus objetivos poblacionistas de aumento de la natalidad”, algo que los autores convienen en explicar por “las estrategias de supervivencia socioeconómicas por parte de las familias”. Pese al delirio patriótico, el hambre de posguerra impuso el neomalthusianismo ante las aspiraciones demográficas de los fascistas."               (Miguel Ángel Valero   , El Salto, 03/05/22)

7/7/20

En venganza por la fuga y para evitar que se reuniesen con sus maridos, las mujeres fueron fusiladas. Cecilia estaba embarazada. El castigo impuesto a los familiares era doble: se les impedía hacer el duelo formalmente y se borraba el recuerdo de los muertos del espacio público, como si las víctimas no hubieran existido

"Siempre pensé que la mujer de la foto era mi madre. Lo daba por hecho, vamos. Y un día, una mujer que estaba mirando la fotografía, dice: ¡Qué guapa era Cecilia!". Sí que lo era. Se observa en la fotografía que ilustra este artículo, utilizada con el permiso de Petra Mijarra, de 62 años, hija de la segunda esposa de Santiago Mijarra, cuya primera mujer, Cecilia, embarazada, fue asesinada en 1939 por los franquistas. 

 De ahí la confusión. Petra siempre dio por hecho que la mujer de la foto era su madre, Granada. Pero no. Se tuvo que enterar casualmente. No son temas fáciles de hablar. Los vivos no recordaban a los muertos como querían, porque incluso el duelo estaba limitado y perseguido.


Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política y destacada investigadora sobre memoria histórica, se ha sumergido en ese mundo, o submundo, de estrategias privadas y secretas de duelo, a menudo forjadas en una creatividad obligada por la necesidad. Aguilar ha puesto la lupa en el pueblo de Casas de Don Pedro, en Badajoz, el primero en el que fueron exhumados restos de republicanos en Extremadura, en 1978.

 ¿Cómo lo hicieron?, se preguntaba Aguilar. ¿Cómo lograron los deudos reunir la fuerza para, con una democracia aún tambaleante, emerger de la prisión interior en que habían sido confinados junto con sus recuerdos y forzar aquellas exhumaciones? ¿Cómo habían mantenido vivos los recuerdos, a pesar del castigo de silencio impuesto?
 

El resultado de la búsqueda de respuestas es el artículo Del luto cercenado al luto recuperado: Estrategias de homenaje y recuerdo de las familias de las víctimas de la represión franquista, publicado en la revista estadounidense Memory Studies [ver aquí en inglés]. Es una intrahistoria del dolor íntimo de los derrotados. 

También el negativo de la fotografía de las cunetas, porque estas historias funcionan como recuerdo de la injusticia radical que suponen las fosas aún sin excavar. Como recuerda Aguilar, "en la mayoría de los casos, la dictadura no permitió que los supervivientes enterraran a sus familiares en cementerios y menos aún que les rindieran homenaje fuera del hogar".

Doble castigo
 

"El castigo impuesto a los familiares era doble: se les impedía hacer el duelo formalmente y se borraba el recuerdo de los muertos del espacio público, como si las víctimas no hubieran existido", anota Aguilar. Se prohibió toda mención pública a enterrados en tumbas sin marcas. "Sus familias vivían con el tormento de que al no poder dar a sus seres queridos un entierro digno, no garantizaban su descanso eterno", explica Aguilar. No es raro que los muertos adoptaran entonces, en unas mentes sacudidas por el dolor, "una forma espectral".


Se producía un conflicto entre la "ley del Estado", con sus humillantes restricciones al duelo de los enemigos vencidos, y la "ley del parentesco", que mueve inevitablemente al tributo. Esa tensión se desbordaba en los estrechos márgenes de maniobra de las familias de los muertos. Ahí se manifestaban lo que Aguilar llama "mecanismos de duelo alternativos", sustitutivos de las ceremonias funerarias convencionales. 

"El recuerdo de los 'desaparecidos' era cultivado en privado por sus familiares y, a veces, los lugares de las fosas comunes se marcaban con cruces, piedras u otros signos para evitar que fueran ocultados por la naturaleza y cayesen en el olvido. Esto fue de gran ayuda para localizarlos cuando, cuarenta años después de la guerra, comenzó la búsqueda de los restos de los ejecutados", expone Aguilar. 


Tres familias

La autora centra su investigación en las estrategias de duelo durante la dictadura de los familiares de seis asesinados: los hermanos Casatejada López (Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17), los hermanos Talaverano Soto (Petra, aunque todos la conocían como Eloísa, de 23, y Pedro, de 18) y los hermanos García Rubio (Cecilia, de 23 y embarazada, y Dionisio, de 25). 

Todos fueron asesinados en Casas de Don Pedro, excepto Dionisio, muerto a manos de los nazis en Francia en 1944. Cecilia y Eloísa fueron asesinadas porque sus respectivos maridos, Santiago Mijarra y Julián Arroba, se habían escapado de la ejecución y huyeron a las montañas, donde acabaron uniéndose a la guerrilla antifranquista. En venganza por esa fuga y para evitar que se reuniesen con sus maridos, las mujeres fueron sacadas de la capilla de la Virgen de los Remedios, donde estaban encarceladas, y fusiladas. Cecilia presentaba un embarazo avanzado.


Santiago Mijarra se entregó en el 41. Fue encarcelado, sentenciado a muerte y desterrado, pero no llegó a ser ejecutado. En el 44, volvió a casarse con otra mujer, Granada. Se instalaron en Casas de Don Pedro. Y cuando nació su primera hija, la llamaron Cecilia, como la primera esposa de Santiago, asesinada. Según la investigación de Aguilar, es un frecuente recurso de homenaje usar los nombres de los asesinados para mantener viva su memoria. Petra, la menor de los cuatro hermanos que acabaron teniendo, se muestra ahora fascinada por la discreta "generosidad" de su madre, también represaliada y que pasó cárcel.

 No sólo no quiso rivalizar con el recuerdo de Cecilia, sino que llegó a tejer una estrecha relación con la familia de esta, hasta formar parte de ella. Es lo que Aguilar identifica en el artículo como una "comunidad de memoria", tejida entre susurros por los familiares de las víctimas. "Siendo niña, yo pensaba que todos éramos familia, claro. Manoli, la sobrina de Cecilia, llamaba a mi padre tito Santiago y a mi madre tita Granada. Íbamos a sus bodas, a sus bautizos...", explica Petra. El vínculo era la memoria de Cecilia, la ausente.


Fotografías

La imagen de aquella mujer en la fotografía junto a su padre tardó tiempo en adquirir la identidad de Cecilia. Petra había oído toda la vida ese nombre, "Cecilia", pero no le había asignado aquellos rasgos. Hasta que oyó aquel comentario al vuelo: "¡Qué guapa era Cecilia!". "Se hablaba poco de ella en casa, supongo que para que yo no me hiciera cábalas raras. Se hablaba algo más de Gregorio, un hermano de mi padre que también fue asesinado. Yo me iba enterando de cosas, ya adolescente, por una hermana de mi padre que era muy parlanchina. 

Con nueve años me había ido con familia a Madrid. Procuraba no preguntar mucho. Más tarde, cuando me puse a currar, fui representante sindical de aprendizas. Tenía 16 años, siempre he sido muy precoz. No les decía nada a mis padres. Piensa que a mi padre le habían dicho: 'Si te metes otra vez en política, vas al talego'. Nos habían inculcado a todos mucho miedo a hablar o a decir".


Las historias de los familiares de víctimas de Casas de Don Pedro están hechas de mucha contención y silencio. Las exteriorizaciones del duelo adoptaban formas escuetas y doloridas. Aguilar detecta un frecuente uso de montajes fotográficos. "Una de las formas íntimas de rendir homenaje consistía en exponer sus fotografías en la casa. Esta manifestación de duelo privado, que ha sido investigada en detalle por [Jorge] Moreno [autor de El duelo revelado] en el caso de España, suele consistir en 'collages fotográficos en los que los desaparecidos se insertan junto a los miembros de la familia en una composición imposible'". 

 Según Moreno, "la imagen no sólo opera como prueba evidente de la existencia de la persona, sino sobre todo como un lugar de memoria". Añade Aguilar que las fotografías eran a menudo procesadas para que los muertos aparecieran bajo la luz más favorable posible (cuidadosamente arreglados, elegantemente vestidos, con expresiones seguras de sí mismos). "Una forma de borrar de la memoria el dolor que su muerte violenta debió causarles", indica. 


¿Quién no ha experimentado un punto de extrañeza en esas humildes casas de pueblo, donde habitan derrotados de la guerra, en cuyas paredes, de repente, emerge la fotografía de un hombre del que sabemos que vestía con la máxima sencillez y que se presenta vestido de traje y corbata? Petra duda que se padre se pusiera alguna vez una corbata como la que luce en la foto junto a su primera esposa. 

 El duelo de los hermanos Talaverano Soto, Eloísa y Pedro, también está hecho parcialmente de fotografías. Ambos aparecen juntos en un montaje fotográfico en color que indignó a su madre, ya que el fotógrafo se tomó la libertad de poner un cigarro en los labios de Pedro, que nunca fumó. Parecen mayores de lo que eran cuando murieron, 23 y 18 años. "Es como si hubieran intentado representarlos a la edad que tendrían si la muerte no se los hubiera llevado tan pronto", apunta Aguilar en su artículo. El fallido collage fue sustituido por otro más austero en blanco y negro, que servía como recuerdo de los ausentes.

Una camisa agujereada


Josefa Miranda, conocida como Juli, de 67 años, es nieta de aquella abuela que se indignó con la fotografía de su hijo fumando. También su vida está rodeada de víctimas y recuerdos. Su hermano se llamó Celestino, en recuerdo de su abuelo, asesinado. No es el único caso. La saga se extiende entre nombres repetidos, en memoria de los muertos. "Fíjate. Mi hermano se llama Celestino no por iniciativa de mi madre, sino de mi padre, que no lo llegó a conocer. Mi abuela, que murió con 100 años, empezó a perder la cabeza ya con noventa y tantos. Pero era oír el nombre de 'Celestino' y su memoria se ponía de repente en marcha y empezaba a hablar", explica. Su abuela, la madre de la asesinada Eloísa, guardó toda su vida la camisa con la que murió su hija. 

Es una camisa con historia. Según un testimonio recabado por Aguilar, cuando mataron a las mujeres, las arrojaron a una zanja casi sin nada que las cubriera. "Los perros las desenterraron y se las comían", según dicho testimonio. Un pastor se compadeció y puso tierra encima de ellas, en un gesto de humanidad. Luego asumió el riesgo de llevar la camisa de Eloísa, ensangrentada y agujereada, a su madre. "Mi abuela viajaba con la mortaja y llevaba siempre ahí la camisa", recuerda ahora Juli. Cuando Escolástica, así se llamaba, falleció, vivido un siglo, la enterraron junto a la camisa de su hija. 


Aguilar detecta en su artículo un "culto a los objetos de los seres queridos como forma de duelo, sobre todo si se les había arrebatado violentamente la vida en la plenitud de la juventud". Un ejemplo es un patrón de colcha que Eloísa había diseñado y que sus hermanas y sobrinas reprodujeron en varias ocasiones a lo largo de los años, expone Aguilar. Su madre usó la que Eloísa misma había bordado para cubrir a sus hijos cuando estaban enfermos, "como si tuviera poderes protectores o incluso curativos", y también la mostraron en la fiesta del pueblo en honor a la Virgen en agosto.

 "La forma sincera y respetuosa en que los familiares hablan de los objetos casi sugiere una especie de culto, porque les permite, en cierto modo, forjar una conexión con sus seres queridos", explica la autora en su artículo, que por momentos corta el aliento. La familia también guardó un bordado de la asesinada, con el que envolvieron los huesos de Escolástica cuando abrieron su nicho en el cementerio para añadir el cuerpo de uno de sus hijos. Más dudas tiene ahora Juli, que se emociona mientras habla, sobre el paradero de un laúd con el que Eloísa, que sabía cantar y bailar, amenizaba los bailes.


"Mi madre y mi abuela, que eran uña y carne, nos lo tenían dicho: 'Nada de llorar en la calle'. No se podía. Estábamos vigilados. Se hablaba poco. Porque cuando surgía el tema, ya se ponían a llorar. Y lo único que decíamos los hermanos era 'ya está, no pasa nada, no se puede hacer nada'. Ahora me arrepiento de no haber preguntado más", explica Juli, que recuerda cómo su madre y su abuela siempre evitaron que le pusiera cara a los nombres de victimarios que había escuchado. "Yo le decía a mi madre: 'Cuando los veamos, señálamelos, por favor, quiero saber quiénes son'. Pero ella nunca lo hizo".


Felisa Casatejada

En el artículo de Aguilar emerge la imponente figura de Felisa Casatejada, hermana de Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17, ambos asesinados. En su familia "el trauma fue tan profundo que dejaron de celebrar los cumpleaños o cualquier otro tipo de fiesta como la Navidad, como si vivieran en una especie de duelo perpetuo, aunque estrictamente privado, ante la imposibilidad de hacerlo públicamente", expone Aguilar. El padre, que tenía que pasar todos los días por la finca donde estaban enterrados de camino al trabajo, miraba siempre hacia el lugar y decía en voz baja: "Pensar que tenéis que estar ahí, enterrados como perros". Felisa guarda los cables con los que cree que sus hermanos fueron atados para matarlos "como si fueran una especie de tesoro", explica la autora.

 "Para ella, son una prueba evidente de los crímenes que se negaron en su momento y también un objeto muy querido porque, según ella, estuvieron en contacto con sus hermanos", se lee en el artículo publicado en Memory Studies. Celedonio, hijo de Felisa, explica a Aguilar cómo se transmitía la importancia del lugar del enterramiento, aun sin el menor reconocimiento oficial de este: "Se nos inculcó a mis hermanos y a mí desde que éramos pequeños; y [mi madre] nos lo enseñaba siempre que salíamos al campo [...]. Estaba grabado en su mente a sangre y fuego [...]. Conocía la finca y cuando íbamos por ahí, siempre decía: ahí es donde mataron a mis hermanos". 

 Tres de los hermanos de Felisa dieron a uno de sus hijos el nombre de un hermano asesinado: o Julián o Alfonso.


Felisa fue la líder de esa "comunidad de memoria", forjada clandestinamente, que afloró tras la muerte de Franco. Las víctimas pasan entonces de "fantasmas políticos" a "ciudadanos póstumos", apunta Aguilar. Abandonan su "forma espectral" y comienzan a ser objeto de derechos, añade. En la Transición, la resistencia adquirida por las familias se convierte en acción cohesionada. Los herederos de las víctimas logran atención mediática, a través de la revista Interviú, e impulsan la recuperación de los restos. 

 "Solicitaron los permisos necesarios. También recaudaron fondos para pagar una excavadora, comprar un terreno en el cementerio de la Iglesia, construir una bóveda y comprar flores", señala Aguilar. La primera exhumación tuvo lugar en la finca de Casa La Boticaria el 13 de mayo de 1978. Después de vigilar los restos en el campo durante dos noches, se celebró un multitudinario funeral y los restos fueron colocados en el mausoleo colectivo del cementerio del pueblo, y en el lugar de la exhumación incluso fueron colocadas banderas republicanas, socialistas y comunistas. 

El reportaje publicado por Interviú también tuvo para las familias, observa la autora, la forma de un "homenaje póstumo". "Los familiares pudieron trascender el ámbito local. Se avivó el deseo de acciones similares, mostrando a todo el país que estas iniciativas tan anheladas empezaban por fin a ser factibles", añade.


No fue fácil. Felisa fue sometida a una fuerte presión por el gobernador civil durante todo el proceso, sobre todo cuando la reivindicación de reparación trascendió el ámbito del consuelo familiar y adoptó una forma más ideológica. Es una de las concreciones de esa "comunidad de memoria" fraguada durante la dictadura. Muchos familiares de los ejecutados mantuvieron un contacto regular entre sí, aunque ejerciendo la necesaria discreción y precaución, y esto se mantuvo así incluso cuando algunos emigraron a Madrid por razones económicas.

 Muchos de los miembros de las familias analizadas no sólo se vieron obligados a abandonar Casas de Don Pedro, sino que vivieron durante varios años en chabolas de las afueras de Madrid porque no podían pagar el alquiler. Más tarde se trasladaron a barrios populares como San Blas y Vallecas", señala Aguilar. Estas "comunidades informales" ayudaron a facilitar la coordinación necesaria para que, una vez que la situación política cambió, "pudieran recuperar los restos de los muertos y rendirles homenaje".


El logro y el precio

Las familias pagaron un precio. Celedonio, hijo de Felisa Casatejada, le cuenta a Aguilar: "Nos hicieron la vida prácticamente imposible [...].. Después de todo eso con los restos [...] fue una persecución". José, un sobrino de Felisa que ya entonces vivía en Madrid, añade: " Fue mi tía la que lo pasó peor […] porque fue ella la que se quedó en el pueblo". Felisa era carnicera. Aparecieron pintadas que decían que tenía "huesos de rojos" para "hacer cocido", como recuerda ahora Juli. No sabían que, a esas alturas, Felisa era ya indestructible. 

Había décadas de resistencia y de convicción a sus espaldas. Aún vive en Casas de Don Pedro, y Aguilar, que la ha entrevistado en dos ocasiones, se ha planteado en parte esta investigación como una forma de reconocimiento a aquellas mujeres, audaces y valientes como Felisa, que se atrevieron a llevar a cabo estas iniciativas de reparación y justicia nada más comenzar la Transición.


"Mi padre murió con 64 años, antes de la exhumación. Pero allí estuvo mi madre, Granada. Piensa que ella no tenía los restos de ningún familiar [directo]. Los que estaban enterrados eran la mujer de su marido y su cuñado. Pero ella estaba allí la primera. Es increíble lo de mi madre...", cuenta Petra. También recuerda cómo fue el empeño de los más jóvenes el que llevó a poner las banderas, a pesar de que el ambiente en el pueblo se cortaba con un cuchillo. 

"Los mayores no querían, había mucho miedo, claro". Juli, que fue la encargada de elaborar la primera lista de personas que se reunieron en Madrid para continuar la búsqueda de restos óseos, ya que en el verano de 1978 se produjo una segunda exhumación, relata cómo se paseaban por el pueblo los falangistas con sus camisas azules. "Sonaba por la calle el Cara al sol. En casa, mi padre cogió y puso La Internacional, lo recuerdo. Hace poco intenté poner la cinta cuando murió Anguita, pero ya no funcionaba". Como objeto de memoria, la cinta sí que funciona."                    (Ángel Munárriz, InfoLibre, 06/07/20)

4/7/19

Hallan una fosa común con una embarazada y su hijo de tres años. Eran la mujer y el hijo de un combatiente republicano. Fueron asesinados en represalia por la huída del padre...

"Los arqueólogos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) han localizado en Ponferrada (León) una fosa común con los restos mortales de una mujer embarazada y de su hijo, que data de la Guerra Civil.

La asociación ha explicado a través de un comunicado que en la fosa están sepultados Jerónima Blanco Oviedo, que tenía 22 años en el momento de su muerte y estaba en avanzado estado de gestación, y de su hijo Fernando Cobo Blanco, de 3 años.

Según la tesis de la ARMH, ambos fueron tiroteados por integrantes de la Falange el 23 de agosto de 1936 como represalia por la huida de Isaac Cabo Blanco, marido de Jerónima y padre de Fernando, que había dejado su domicilio desde el comienzo de la Guerra Civil.

La ARMH completó la información respecto a lo ocurrido con la documentación del proceso judicial al que fue sometido Isaac Blanco después de su detención por las tropas franquistas tras la caída del frente republicano en Asturias.

Las represalias contra Blanco no se limitaron a la muerte de su mujer y su hijo, sino que también fueron asesinados dos de sus hermanos, Demetrio y Victorino, y su cuñado, Salvador Blanco, según los datos aportados por la asociación.

La fosa está ubicada en el barrio ponferradino de Flores del Sil y el caso de Jerónima Blanco y su hijo es uno de los más recordados de la Guerra Civil en la ciudad, puesto que tras su asesinato fueron muchas las personas que pudieron ver los cuerpos de ambos antes de que fuesen sepultados."                   (RTVE.Es, 10/07/2008)

13/3/19

Al no localizarlos, los fascistas detuvieron a la madre de Teófilo, Regina Sanz Sebastián, y la mataron en los alrededores del Camino de Arroyo. Apalearon y apresaron a Leonor, la esposa de Saturnino, que estaba embarazada, y mataron al padre de Juan, Luis San José.

"(...) El 19 de Julio de 1936, piquetes de falangistas y requetés apostados en las entradas de Simancas, asesinaron a Honorato Manzano Rodríguez “Galano”, 34 años, casado, venía de cazar, le dieron el alto y le mataron por no gritar “vivaspaña”.
 
El día 20 comenzó la represión. El joven Teófilo Hernández Sanz, zapatero de 23 años, activista cultural de la casa de pueblo, Saturnino Zurro, activista e ideólogo, mecánico, y Juan San José, de la familia conocida como “Malones” huyeron al pinar de la Pimpollada.

 Al no localizarlos, los fascistas detuvieron a la madre de Teófilo, Regina Sanz Sebastián, y la mataron en los alrededores del Camino de Arroyo. Apalearon y apresaron a Leonor, la esposa de Saturnino, que estaba embarazada, y mataron al padre de Juan, Luis San José.

En el ayuntamiento, grupos de vecinos fueron detenidos interrogados y golpeados de manera brutal. Fueron conducidos a Valladolid en camión, y vistos por última vez, los Republicanos más relevantes. 

Encerrados en las Cocheras de Tranvías con otros miles de personas detenidos ese mes de julio, eran reclamados por los fascistas de los pueblos para asesinarlos sin ningún juicio. Durante julio y agosto exterminaron rápidamente sin posibilidad de defenderse, a la mayor parte de los representantes políticos y sindicales Republicanos de los pueblos y ciudad de Valladolid incluyendo a los simanquinos. Eran días de entierros de muchos cadáveres de personas “sin identificar”.

De las Cocheras, tras padecer tremendas palizas, “sacaron” a más de 20 personas de Simancas, entre ellos a Teófilo Hernández, a Francisco Gómez Rayón, 24 años, casado y con una hija, junto a su suegro Benito Gómez Del Pino, 50 años, casado, 5 hijos, responsable de la Casa del Pueblo de Simancas, era pastor y escribía en sus ratos libres.   

Luis San José, que aunque sobrevivió y se refugió en Ciguñuela, allí fue detenido de nuevo y esta vez asesinado. Felipe Aparicio García, 39 años, concejal republicano, casado, 5 hijos. Vidal Marinero Torres, 50 años, viudo, con 2 hijas, concejal republicano. Llevaron a los detenidos en camión al puente del Cabildo y en las orillas del Pisuerga, los tirotearon cayendo muchos de los cuerpos al agua, una masacre. 

Los cadáveres fueron apareciendo en el agua a lo largo de los días siguientes. Vidal Marinero apareció en las cercanías del Salto del Esgueva el 3 de agosto en avanzado estado de descomposición. Los cuerpos fueran enterrados en la fosa común 46 del cementerio de Valladolid.

Los vecinos de Simancas fueron testigos de crímenes cometidos en las inmediaciones del pueblo: “..Venían los camiones por la carretera general, con gente de los pueblos, entraban en los caminos, los bajaban y allí mataban a hombres y mujeres; los enterraban sin un solo nombre que poner..”. 

En una ocasión los cadáveres de 3 mujeres jóvenes aparecieron en las cercanías de la gasolinera de la carretera de Salamanca; la camioneta los había dejado allí. Varios hombres tiroteados en la Cuesta del Nueve fueron transportados hasta allí en una camioneta. Los caminos de Simancas estaban “llenos de cruces” que han ido desapareciendo con el tiempo.

El día 4 de agosto, un guardia civil y un falangista llamado Mario, sacaron de su casa a Francisco Gómez García, de 35 años, obrero, casado con Baudilia Bermejo con quien tenía un hijo. Francisco había denunciado anteriormente a Mario por un robo cometido en La Harinera. Después arrestaron a Juliana Agúndez Mato, de 18 años, prima de Francisco. Los llevaron a la “Pesqueruela”, entre los ríos Pisuerga y Duero. Ataron a Francisco a un árbol y le maltrataron, y después maltrataron, vejaron y torturaron a Juliana. Finalmente mataron a ambos.

Epifania Cuadrado Vaquero de 33 años, cuyo marido estaba encarcelado, tenía un niño de unos 4 años. Los falangistas de Simancas detuvieron a Epifanía en avanzado estado de gestación, y en el camino de Arroyo le propinaron una paliza fatal que acabó con su vida. El cadáver estaba desfigurado por la agresión, y el niño en trance de nacer, estaba ahogado.

 Igualmente interceptaron a una pareja joven y su hija, un matrimonio que venía escapando a través del monte de Puente Duero o de Arroyo. Mataron a los 2 y para remate a la niña. Félix García Matos, de 26 años, cabo en el Cuartel de San Quintín, Republicano, no se sumó al golpe; fue juzgado, ejecutado y enterrado en la fosa común 46 del cementerio de Valladolid en agosto de 1936.

En 1937 continuaron apareciendo cadáveres en el Pisuerga y en las cunetas de la carretera (...)"           

(Tulio Riomesta, 04/03/19. En el excelente artículo original, Represión franquista en Simancas, original de Orosia Castán, del que procede este resumen, se da cuenta también de la feroz represión carcelaria a la fueron sometidos numerosos Republicanos por los franquistas, originando numerosas muertes, abandono y desgracia a sus familias.)

25/9/18

Fue asesinado, alanceado con picas toreras en el camino de Villavendimio tras ir al encuentro de los falangistas, Jerónimo Sánchez

"(...) El 14 o 15 de Agosto de 1936 fue asesinado, alanceado con picas toreras en el camino de Villavendimio tras ir al encuentro de los falangistas, Jerónimo Sánchez Sánchez, jornalero corpulento de economía media, había estado en Cuba y vuelto con cierto dinero y vivía con su madre viuda. 

Sus restos posiblemente se encuentran en el cementerio de Villavendimio; por otra parte, los fascistas mataron y arrojaron al cementerio en agosto o septiembre de 1936 al señor Mendigo, un indigente empobrecido.  (...)

  Hay que recordar a Victoria G, La pólvora, esposa de Ignacio del P que fue arrojada al suelo, los falangistas se sentaron sobre su tripa lo que le ocasionó el aborto de la criatura en gestación. (...)"                 (Documentalista Memorialista y Republicano, 20/09/18)




7/6/18

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre... ¿Ha sido inútil el sufrimiento de nuestros exiliados durante la dictadura?

"Felisa Bailo Mata, fallecida el pasado 13 de marzo en Madrid a los 98 años, fue una víctima más del golpe de Estado de 1936 y de la monstruosa represión franquista posterior. Forma parte por derecho de la Memoria Histórica de nuestro país (...) 

Felisa nació en Leciñena (Zaragoza) y cuando tenía 16 años se vio obligada a huir acompañada de su madre y de su hermano José, que tenía tan solo 10 años, dado que las fuerzas golpistas estaban próximas a invadir su pueblo. El miedo a los episodios de violencia sistemática y represión contra la población civil no era en absoluto infundado: una prima de nuestra protagonista que se encontraba en avanzado estado de gestación prefirió quedarse. Fue violada y finalmente arrojada con vida a un pozo. 

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre. Tras múltiples vicisitudes pudieron llegar en octubre de 1936 a Fraga (Huesca), donde unos milicianos les condujeron en camión camino a Barcelona. 
Recordaba Felisa su asistencia, impresionada, al entierro del líder anarquista Buenaventura Durruti, el día 22 de noviembre.

 Más tarde marcharían a Tárrega (Lleida), donde fueron generosamente acogidos por una familia catalana. Allí trabajarían en una empresa textil hasta enero de 1939, cuando el avance del ejército franquista tras la caída de Barcelona les obligó a iniciar el camino del exilio francés, formando parte del masivo éxodo de españoles que se vieron salvajemente hostigados por el continuo bombardeo de los Savoias de la aviación italiana. Este acontecimiento, tristemente conocido como la Retirada, dejó 15.000 muertos en el recorrido.

En marzo de 1939, el número de refugiados españoles en Francia, según el Informe Valiére realizado a petición del gobierno francés, se estima en 440.000 personas, las cuales tuvieron que afrontar unas desoladoras condiciones de vida, que se agravaron como resultado del estallido de la II Guerra Mundial. 

Entre aquellas personas se encontraban Felisa, ahora con 19 años, su madre y su hermano con 13. Las desbordadas autoridades francesas seleccionaron y separaron a los refugiados en centros de “internamiento” como el de Saint-Cyprien, al que fue conducido el niño José, y el de Argelès-sur-Mer, en el que permanecerían Felisa y su madre durante 15 penosos meses. 

Transcurrido ese tiempo, fueron destinadas a campos de trabajo en la región alpina de Savoya, donde en 1942 falleció la madre de Felisa en brazos de un compatriota excombatiente refugiado, que también se encontraba hospitalizado allí y que más tarde sería el marido de Felisa. 

Otros fueron encaminados hacia campos de concentración como el de Mauthausen, donde trasladaron a su hermano Francisco y también a sus primos Pascual y Mariano, que no saldrían con vida de allí.

En 1944, a punto de finalizar la contienda europea, Felisa y su pareja se trasladan a Grenoble, donde existía una numerosa colonia española y donde nace su hija Elsa. En 1947 la familia se traslada a Lyon. Tras completarse la liberación de Francia los españoles dejaron de ser apátridas, ya que el Gobierno francés les concedió la carta de ‘réfugiés politiques’, lo que facilitó sus publicaciones y permitió la actividad de sus organizaciones.

 Pero ese reconocimiento apenas duró unos años. A finales de los años 40, la psicosis de la Guerra Fría convirtió a los hasta entonces considerados héroes en supuestos agentes peligrosos de la URSS.

Así, en septiembre de 1950 el gobierno francés de René Pleven, claramente presionado por EEUU, puso en marcha la denominada Operación Bolero-Papprika, por la que cientos de militantes de la resistencia fueron deportados bajo la falsa acusación de colaborar en una presunta invasión soviética de Europa.
 
En ese contexto, dos hermanos de nuestra Felisa, militantes del Movimiento Libertario Español, son detenidos por su vinculación con el asalto al furgón de la PTT en Lyon, el 17 de enero de 1951. Uno de ellos, José, fue “suicidado” de un tiro en la espalda, mientras que Francisco fue condenado a 20 años de cárcel, tras haber pasado cuatro en el campo de Mauthausen. El objetivo de la operación era recaudar fondos para el alquiler de una avioneta, con el fin de perpetrar un atentado contra Franco. 

Finalmente, en el año 1959 Felisa y su familia retornaron a España. Su condición de exiliados hizo que durante su estancia en Ampuero (Cantabria) sufrieran el continuo, sigiloso, impertinente y deplorable acoso de la Guardia Civil, hasta el advenimiento del nuevo régimen del 78. El obvio y estremecedor padecimiento de Felisa Bailo durante los tristemente célebres “cuarenta años”, bien podrían enmarcarse en los episodios de innumerables mujeres anónimas, que lamentablemente no aparecen en ningún monumento conmemorativo. 

Uno de los mayores problemas de los refugiados españoles durante la guerra y en la etapa posterior -contaba Felisa- era la carencia de documentación personal, la cual era demandada continuamente tanto por la Gendarmería como por la Gestapo. 

El paralelismo con la situación actual de tantos inmigrantes en Europa resulta tan evidente que en más de una ocasión, ante el televisor, y a causa de las noticias que se emitían relacionadas con los refugiados sirios, lloraba y preguntaba de manera retórica: “¿Pero es que los gobernantes no han aprendido nada de nosotros? ¿Es que lo que hemos sufrido no ha servido para nada?”.

Toda su vida fue un testimonio de solidaridad. En Francia, con los españoles desamparados, y más tarde en España como muestra de resistencia, negándose a colaborar con el régimen franquista pese a las negativas consecuencias. 

Tras su reciente fallecimiento se puede afirmar que Felisa ha dejado de vivir entre nosotros para seguir viviendo en nosotros, muy especialmente en su hija Elsa, que hace tiempo recogió el testigo de las reivindicaciones de su madre para continuar en la lucha contra el fascismo que, según se nos muestra cada día con mayor evidencia, nunca nos ha abandonado. 

Su firme y valiosa colaboración en el Colectivo de la Querella Argentina, y más concretamente en la causa de Exilio y Deportación, avala esa continuidad en su afán diario en favor de las más nobles causas. Pero esa es ya otra historia."                 (Manuel Pastor, La Marea, 10/05/18)

4/5/18

Mulleres que eran unha cadea de desamparo. Como Rosario Hernández, a Calesa, secuestrada, violada, torturada, mutilada e tras ser asasinada levaron o seu corpo preto das Cíes, onde foi fondeada baixo unha placa de ferro...

"Son herdeira dunha estirpe de mulleres que plantaron a semente do que son hoxe. Milicianas de bravura, guerrilleiras que facían de cada día unha vitoria, mestras que descubrían o mundo con horizontes preñados de luz. Mulleres que sabían que se non loitaban estaban perdidas. Mulleres capaces de vencer o mundo.
 
Tamén son herdeira daquelas mulleres que tiñan presente e quedaron sen futuro. Mulleres ás que lles borraron os privilexios da pel. Mulleres que administraron o silencio e a dor. Mulleres que pasaron os seus días de cárcere en cárcere como sementes que arrastra o vento. Mulleres entregadas ao sacrificio por ser unxidas coa primeira cor do espectro solar: o vermello.

Mulleres para as que a fraxilidade da vida era o seu único premio. Mulleres humilladas dobremente por ser mulleres. Nais cos seos secos que sorrían con dentes maltreitos. Nais que perderon os seus fillos nun bombardeo, camiño do exilio ou por fame e desnutrición. Nais ás que lles roubaron os fillos as mentes enfermas franquistas.

Mulleres que eran unha cadea de desamparo. Nais, irmás, esposas e noivas de presos que compartiron as consecuencias da represión, que teceron a rede da solidariedade. Mulleres que trazaron resistencias invisibles contra a ditadura.

Mulleres derrotadas, aprendidas en soidade, castigadas e mutiladas como a terra, que revestiron de loito ata o último pregue do seu corazón.

Mulleres republicanas. Fillas de vermellos, esposas de vermellos, nais de vermellos, irmás de vermellos. Mulleres coas que o franquismo non puido, que morreron en silencio e coa ferida aberta, porque o tempo non cura e a transición non tapa.
Ninguén lles pediu perdón.

A morna Lei da memoria histórica esqueceuse delas ao non incluílas como vítimas da represión. Esqueceuse de miles de mulleres que foron vexadas e represaliadas durante a guerra e a posguerra polos vencedores, que exerceron sobre elas múltiples violencias.
Ninguén lles pediu perdón.

Talvez porque a República foi das mulleres, moitas a defenderon como bandeira da súa propia dignidade. Loitaron para conquistar o sitio que lles correspondía nunha sociedade entre iguais e non dubidaron cando o golpe de estado fascista quixo arrebatarlles os logros conseguidos. Moitas deixaron a vida no intento.

As mulleres que defenderon a legalidade republicana foron perseguidas, torturadas, violadas, encarceladas, inhabilitadas, executadas, silenciadas.

Houbo mulleres que se uniron ás Milicias Galegas como Marciana Pimentel, Esperanza Rodríguez Gómez, Paulina Rodríguez, ou Enriqueta Otero Blanco.

Houbo mestras como Josefa García Segret, condenada á pena de morte, máis tarde conmutada; María Vázquez Suárez, fusilada nunha praia de Miño; Mercedes Romero Abella, violárona, cortáronlle os peitos e executárona na Costa do Sal; Concepción González-Mosquera, cuxo corpo foi atopado sen vida en Riazor; Ernestina Otero, depurada e inhabilitada; Elvira Bao Maceiras, encarcerada ao comezo da guerra e separada do ensino; Placeres Castellanos Pan, que ademais actuou como enfermeira do Socorro Vermello. 

Exiliouse en Francia e incorporouse á resistencia. O franquismo acabou coa vida do seu marido, Víctor Fraiz e o seu fillo.

A represión abarcou a toda a poboación feminina, desde intelectuais como Juana Capdevielle, asasinada cando estaba embarazada ou María Brey Mariño, a tía vermella de Rajoy. Tamén se estendeu a mulleres do ámbito rural como Pilar Fernández Seijas, Josefa Barreiro, Carmen Sarille, Virginia Meilán, Manuela Graña e Carmen Pesqueira Domínguez, a Capirota.

Os seus cadáveres eran expostos á vista pública en estradas, praias e camiños, como ocorreu con Anunciación Casado Antares, cuxo corpo sen vida foi trasladado polos veciños nun carro ata o cemiterio. Outras, ante o temor da represión fascista optaron polo suicidio, como Carmen de Miguel Agra, que formou parte do suicidio colectivo do bou Eva.

Todas permanecen no doloroso recordo, como Amada García, aferrada ao seu pequeno fillo de tres meses antes de ser fusilada; como Rosario Hernández, a Calesa, secuestrada, violada, torturada, mutilada e tras ser asasinada levaron o seu corpo preto das Cíes, onde foi fondeada baixo unha placa de ferro; como Ángela Igrexas Rebollar, asasinada xunto ao seu marido baixo a acusación de refuxiar fuxidos.

Houbo valentes mulleres que formaron parte da guerrilla, que non dubidaron en tomar as armas e outras que realizaron unha tarefa imprescindible como colaboradoras na clandestinidade dos maquis que habitaban os montes de Galicia, como Consuelo Rodríguez López, Chelo; a súa irmá Antonia, Clarisa Rodríguez, que cando a levaron para interrogala estaba embarazada e días despois o seu cadáver apareceu nunha cuneta con signos de ser violada; Carmen Jerez, que morreu tamén embarazada e tras violala durante meses déronlle morte a tiros; Enriqueta Otero Blanco, condenada á pena de morte, que conmutada, a fixo permanecer case vinte anos entre reixas; Carmen Fernández Seguín, muller e nai de guerrilleiro, encarcerada durante trece anos.
Houbo máis, moitas máis, como Urania Mella, María Teresa Alvajar, Joaquina Dorado, María Miramontes... nais, avoas, irmás, fillas...

Ninguén lles pediu perdón.

Son herdeira da súa historia, da súa loita e do seu imposto esquecemento. Por iso debo falar no seu nome, devolverlles a palabra, resgar o veo de indiferenza e impunidade que as cobre e procurar que algún día se lles pida perdón.

(María Torres, De Herdeiras, de Carmen Penim, 2017, Libro-CD, pág. 74-77, en Búscamen en el ciclo de la vida, 08/03/18)

31/10/17

Palos y corrientes eléctricas son las dos variantes más comunes de tortura en la cárcel de mujeres de Las Ventas. Muchas veces tienen un carácter gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura. Muchas veces tienen un carácter gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura

"Palos y corrientes eléctricas son las dos variantes más comunes de tortura. En general, las torturas están destinadas a “hacer cantar” a las victimas, a tratar de obligarles por estor procedimientos a denunciar a otros antifranquistas. 

Pero hay muchas veces en que las torturas tienen un carácter simplemente gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura.
He aquí algunos botones de muestra:

He estado hablando con Elena Cuartero. Elena, que tiene más de cincuenta años de edad, anda por la cárcel apoyándose penosamente en una silla que empuja ante si, ya que no posee las muletas que le serian indispensables. A cada paso que da, su rostro se crispa de sufrimiento y se muerde los labios para no gritar de dolor. Le rompieron la columna vertebral por tres sitios. Elena Cuartero, anarquista, está condenada a muerte.

- Varios policías me pegaron hasta cansarse – me explica. Destrozadita por los palos, me obligaron a subirme a una escalera de mano para limpiar una claraboya. Cuando estuve arriba, me quitaron la escalera. El resultado, ya lo ves. Los policías pretendieron que había intentado suicidarme. Sé que me matarán, que no me salva ni la Paz ni la Caridad, pero quiero que todo el mundo sepa lo que han hecho conmigo.

En otra galería se encuentra Nieves C. A esta mujer le hicieron numerosas incisiones en la vulva, con ayuda de una navajita le rociaron las heridas con vinagre y sal. Desnuda y a vergajazos, entre risotadas y obscenidades, la obligaron a correr, divirtiéndose al ver como andaba con las piernas muy abiertas. – Pareces una rana – le chillaban.

A una abuela de más de setenta años la obligaron a montar en bicicleta. La pobre anciana se caía una y otra vez, llenándose de contusiones. El suplicio continuó así hasta que le fracturaron un brazo.

A Maruja G. le pegaron sin cesar para que dijera el paradero de su marido, antifascista destacado. Hartos de pegarle sin resultado, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Uno de los policías, horrorizado, le echó encima una chaqueta y esto le salvó la vida, pero su cuerpo, sus manos y el cuello, no son más que costurones informes. Sus senos, sobre todo, no tienen forma humana. – Si algún día tengo un hijo – me dice con tristeza – jamás podré amamantarle. Maruja tiene veintitrés años.

Se han ensañado, sobre todo, con las mujeres embarazadas. A muchas de ellas las han hecho abortar a palos. “Lo echarás por la boca” – le gritaban a una mujer joven, en avanzado estado de gestación, mientras le propinaban numerosas patadas en el vientre. La mujer, Carmen P., abortó y desde entonces sufre de horribles dolores abdominales.

En cuanto a las corrientes eléctricas en las muñecas, en los dedos – “te vamos a regalar pulsera y anillos” acostumbran a anunciar a las victimas – en los órganos genitales o en los pezones, acompañadas de un buen cubo de agua para aumentar la potencia de la corriente, eso es cosa tan frecuente que seria imposible citar todos los casos.

Mercedes Núñez Targa

Cárcel de Ventas, 1967"             (Búscame en el ciclo de la vida, 26/10/17)