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5/4/22

Putumayo: Siguen vigentes los falsos positivos... Demencial masacre de 11 indígenas por el Ejercito en alianza con dos poderosos narcotraficantes: la Araña (Giovany Andrés Rojas) y el Alacrán (Víctor Patiño Fomeque)

 "Durante el año 2021, Colombia contabilizó 114 masacres y al menos 198 líderes sociales asesinados, para un total de 1.284 dirigentes asesinados tras la firma de los Acuerdos de Paz en 2016”.

Terrible lo que acaba de suceder en la vereda el Remanso del municipio de Puerto Leguízamo, departamento del Putumayo.  

El Ejército nacional en esa región a cuya cabeza se encuentra un alto oficial con graves y criminales antecedentes, el mayor general Edgar Alberto Rodriguez, ha ejecutado una masacre del presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Remanso, Didier Hernández Rojas, de Ana María Sarria Barrera (esposa del presidente de la Junta), de Pablo Panduro Coquinche (gobernador del cabildo Kichwa, Brayan Santiago Pama), de un menor de edad de 16 años, Oscar Olivo Yela, de dos personas más conocidas como Pequeño y Cuéllar, resultando heridos Willinton Galíndez, Vanesa Rivadeneira Reyes y Nora Andrade, todos estos habitantes ampliamente reconocidos en esta comunidad, que participaban de un bazar comunitario. 

Todo indica que este operativo fue financiado por las mafias del narcotráfico de reconocidos criminales como la Araña (Giovany Andrés Rojas) y el Alacrán (Víctor Patiño Fomeque) con fluidas y abundantes relaciones con oficiales, sub oficiales y soldados profesionales de las diversas ramas de las Fuerzas Armadas a quienes aportan millonarias cifras de dinero y lujosas propiedades en Bogota y Medellín. Recientemente un hermano de la Araña fue sorprendido en Bogota en un vehículo del Ministerio de Defensa asignado a un alto general del Ejercito 

La demencial acción fue ejecutada por el Comando Contra el Narcotráfico y Amenazas Transnacionales en el Putumayo; esta operación ha sido presentada como un combate contra un grupo de las Farc organizado en el Frente 48.  

La Defensoría del pueblo, la población del municipio y la vereda, y las organizaciones de los Derechos humanos están indicando que se trata de un “falso positivo” de civiles inermes presentados como guerrilleros muertos en combate. 

Es una masacre cometida por el ejército y su Sexta Brigada encadenada al sistema de masacres y exterminio de líderes ejecutado por el régimen neonazi de Ivan Duque y del uribismo (en los últimos 4 años), tan amigo de este tipo de limpiezas contra los campesinos y los indígenas. 

El responsable de este operativo, Mayor Edgar Alberto Rodriguez, tiene acusaciones por su participación en 73 ejecuciones extrajudiciales o “falsos positivos”, y aun así siempre ha tenido el apoyo de toda la camarilla política del régimen genocida para ocupar altos cargos en las Fuerzas Armadas como encargado de Educación y Doctrina del Ejército Nacional; como  comandante de la IX Brigada en Neiva (Huila), donde su deporte preferido eran las ejecuciones extrajudiciales de campesinos; y como integrante de la Fuerza de Tarea Conjunta Aquiles que opera en el Bajo Cauca y el Nudo del Paramillo, que fue duramente cuestionado por las organizaciones sociales debido a la presunta participación de Rodriguez en ejecuciones extrajudiciales. 

En el Bajo Cauca Antioqueño los campesinos denunciaron el sitio exacto donde se encontraban mandos del frente neoparamilitar Virgilio Peralta Arenas, más conocida como los Caparrapos, alias Caín y alias Flechas, quienes se encontraban bajo los efectos del licor en un billar en el corregimiento de El Guaimaro del municipio de Taraza, tropas de la Operación Aquiles al mando del general Rodriguez extrañamente nunca buscaron capturarlos. Situación que aún no es aclarada por la Inspección general del Ejército. 

La duda sobre las actuaciones del General Rodriguez son permanente en su sangriento recorrido como militar, y por esa razón esta nueva masacre ocurrida en el Putumayo en la cual el Ejército quiere hacer pasar a varios civiles como “guerrilleros muertos en combate” debe ser no solo verificada, sino que la rápida investigación de los entes del Estado debe surtir por fin una acción efectiva contra la impunidad. 

A pesar de la grave denuncia, que vuelve a poner el foco sobre el dantesco capítulo de los “falsos positivos”, el Gobierno uribista de Duque descartó de inmediato cualquier irregularidad criminal. El irresponsable ministro de Defensa, el uribista Diego Molano, respondió en sus redes sociales: “Operativo no fue contra campesinos, sino disidencias Farc. No fue contra inocentes indígenas, sino narcococaleros”. Pero crecen las dudas sobre la versión que ha entregado la Fuerza Pública del oficial Rodriguez. 

La Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombiana (Opiac), denuncio que eran “Eran civiles, no guerrilleros”, sobre la muerte de 11 personas en un operativo militar en Puerto Leguízamo (Putumayo).  La comunidad dice que el Ejército irrumpió en un bazar comunitario de indígenas y campesinos asesinando a dos reconocidos líderes de la región.  

La OPIAC recupero los relatos de la comunidad, los cuales apuntan a que no hubo ningún tipo de enfrentamiento armado. “El Ejército llegó a la vereda donde se encontraban unos habitantes de la zona, realizando un bazar en una caseta comunal, adyacente a una cancha de fútbol de uso de los vecinos”, señaló un indígena de la región a una emisora comunitaria. Aseguraron que “dicha actividad era para recolectar fondos para atender necesidades de la misma vereda. En este espacio se encontraban el señor Divier Hernández y su mujer, padres de dos menores de edad de 6 y 2 años”. Eran personas que estaban en una reunión con la comunidad para reunir dinero y así construir unas ‘placas huellas’ que les sirvieran a los campesinos. 

La comunidad señaló que el bazar era para recolectar fondos para atender necesidades de la misma vereda y que se recolectaron once millones de pesos, los cuales desaparecieron en manos de los soldados durante los hechos. En el pronunciamiento, la organización señaló que estos ataques contra las comunidades indígenas en esta zona del país no son hechos aislados y que en meses pasados también se han presentado asesinatos de sus integrantes. 

Ni desde el Ejército ni en el Gobierno han explicado por qué los campesinos y los indígenas fueron masacrados en este operativo de Rodriguez. 

La Opiac (organización indígena) ha dicho que fue el Ejército el que hizo el levantamiento y que no tienen claro su paradero. Sin embargo, el secretario de Gobierno de Putumayo dijo a las emisoras comunitaria que los 13 cuerpos están en Mocoa, en poder de Medicina Legal, con una frágil cadena de custodia por el interés del Ejercito en alterar la escena del crimen.  

Una fuente indicó que quienes hicieron el levantamiento de los cuerpos fueron agentes del CTI de la Fiscalía que acompañaban el operativo militar que buscaba capturar a alias Bruno. El lío sería que esos investigadores no estarían autorizados para hacerlo. 

De acuerdo con Opiac, el Ministerio Público debe dirigirse de manera inmediata al lugar de los hechos y garantizar la protección de la escena de los hechos. La comisión de derechos indígenas solicitó que fuerzas como el Ejército Nacional frenen el asesinato por mediación de la modalidad de falsos positivos, contra la población de Puerto Leguízamo. 

La Opiac enfatizo que es deber del Ministerio de Defensa de Colombia retirar las declaraciones estigmatizadoras, donde justificaron el asesinato de civiles a manos de militares aludiendo que «pertenecían a grupos guerrilleros» sin evidenciar ninguna prueba de tal acusación. 

La Opiac solicita a la Procuraduría General de la Nación para que, en el marco de sus funciones legales, haga uso del poder preferente e investigue disciplinariamente a todos los funcionarios que participaron en este falso positivo, incluyendo al ministro de Defensa, Diego Molano. 

Ante los nefastos acontecimientos, la organización indígena instó a los organismos internacionales, defensores de los derechos humanos, incluir los homicidios denunciados en el Putumayo en los informes sobre la crítica situación que atraviesa Colombia en cuestión de derechos humanos e internacional humanitario. 

La Opiac exigió el desarrollo de una investigación con el objetivo de que se analicen judicialmente los sucesos reportados en el área, además del enjuiciamiento de los autores de estos hechos criminales.  

Un actor de Derechos Humanos de entidades extranjeras ha dicho que es urgente que las autoridades aclaren estos hechos y que desempeñen su tarea con profesionalismo. No es responsable, a cuatro días de los hechos, estar llegando a conclusiones de estar asumiendo que se trataba de miembros de las disidencias o que se trató de falsos positivos. Se debe investigar, y si hubo irregularidades o crímenes, los responsables deben ser llevados ante la justicia. 

La Defensoría del Pueblo acompaño ese llamado. El organismo informo que ha venido asistiendo a las familias afectadas y que les brindará la asesoría necesaria. En concreto, se brindará el servicio de representación judicial a través de un defensor público de víctimas en todos los procesos que se deriven de los hechos, que ojalá sea cierto dada la politiquería uribista de la Defensoría de Camargo, la ficha de las mafias de Montería.  

Las familias de Divier Hernández y Ana María Sarria anunciaron que demandarán al Estado, pues sostienen que no eran “bandidos”, como ha asegurado el ministro Molano. Recién inicia este episodio que vuelve a enlodar el actuar del Ejército en una región profundamente afectada por el conflicto y los cultivos de uso ilícito. 

Exigimos el castigo de los funcionarios comprometidos en este genocidio contra las comunidades indígenas y campesinas del Putumayo. "                      (Horacio Duque , Rebelión, 01/04/2022)

23/3/22

Los 'falsos positivos' colombianos... fueron 6.402 las personas asesinadas ajenas al conflicto armado y presentadas como dados de baja en combate, como “positivos” operacionales de las fuerzas militares... el fenómeno mismo del “Falso Positivo” como tal, lamentablemente, como hecho sociológico y político, se configura como todo un entramado perverso que se alimenta del crimen, la mentira, la componenda, como una forma de gobernar, de relacionarse, de lograr objetivos casi siempre asociados al acaparamiento de riquezas, prestigio y poder. Se constituyó en una forma de tomar decisiones, en un modelo, en un macro-ejercicio criminal de manipulación y muerte que se aferra del poder institucional y vive de él. Lo peor, se eleva como modus operandi del poder, como un estilo de Gobierno que hoy caracteriza una clase política que se aferra al poder en Colombia

 "Alix Fabián Vargas; Omar Leonardo Triana; Jorge Vargas; Óscar Alexander Morales y Yonny Duvián Soto. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA admitió a trámite, el pasado 29 de noviembre, el estudio de la posible ejecución extrajudicial de los cinco jóvenes. Los presuntos crímenes ocurrieron entre 2007 y 2008, durante la presidencia del derechista José Uribe Vélez.

La petición de análisis fue presentada por la Comisión Colombiana de Juristas, ante la presunta responsabilidad el Estado de Colombia en los siguientes hechos: secuestro, desaparición forzada y asesinato de los jóvenes, perpetrada por miembros del Ejército Nacional “para ser presentados públicamente como guerrilleros o miembros de bandas criminales dados de baja en combate, dentro del llamado patrón de los ‘falsos positivos`”.

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) -sistema de justicia transicional creado en los Acuerdos de Paz de 2016 entre el Gobierno y las FARC-EP- informó en febrero de 2021 de que al menos 6.402 personas “fueron víctimas de muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate”, durante el periodo 2002-2008.

Los investigadores Omar Rojas Bolaños, Norela Mesa Duque y Alfonso Insuasty Rodríguez analizan el fenómeno de los falsos positivos en la siguiente entrevista -realizada por correo electrónico- en torno al libro Teoría Social del falso positivo. Manipulación y guerra, editado por la Universidad Autónoma Latinoamericana (UNAULA).

Investigador principal y autor del libro, Omar Rojas es coronel retirado de la Policía de Colombia, sociólogo e integrante de la Red Interuniversitaria por la Paz (REDIPAZ); Norela Mesa, coautora del volumen, es socióloga, docente e investigadora en la Universidad de San Buenaventura y miembro del Grupo Autónomo Kavilando. Asimismo ha participado como coautor Alfonso Insuasty, docente e investigador en la Universidad de San Buenaventura, integrante del grupo GIDAPD-CIDEH, miembro del equipo coordinador Red Interuniversitaria por la Paz (REDIPAZ) y del  Grupo Autónomo Kavilando.

P-El libro https://bit.ly/3icu5Lo fue publicado en septiembre de 2020; actualmente estáis trabajando en la segunda parte. ¿Qué líneas de investigación/novedades aportará?

Alfonso Insuasty (AI): Este libro es la continuidad del texto publicado en el 2017 titulado: “Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002–2010. Obediencia Ciega en campos de batalla ficticios” (ver: https://bit.ly/3wgnsQn); apoyamos la divulgación de esta producción y articulamos esfuerzos investigativos con el Coronel Omar Rojas, para dar vida al libro del cual estamos conversando y que fue publicado por la Universidad Autónoma Latinoamericana en el año 2020 “Teoría Social del Falso Positivo Manipulación y muerte” (ver: https://bit.ly/3icu5Lo).

Luego de la publicación, mucho material quedó pendiente por procesar y nuevos interrogantes han surgido como reacciones al libro y más con los importantes avances de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en tanto se han logrado reveladoras declaraciones y confesiones de militares con alto rango de responsabilidad.

Así, fuimos encontrando nuevas preguntas que nos llevan a una nueva investigación que esperamos publicar este 2022, ¿cuál es la real dimensión de este fenómeno? ¿Quiénes se beneficiaron? ¿De cuantas víctimas en sí estamos hablando? ¿Qué debe pasar por el proceso formativo de un militar colombiano para que no sienta empatía alguna y permita que la misma estructura lo penetre para que acciones abiertamente criminales no lo cuestionen en lo personal? ¿Cómo se logra que acciones criminales se cataloguen como actos heroicos y que un criminal se vea como un patriota?

P- Numerosas preguntas…

AI: ¿Qué debe pasar en el sistema de poder, en esa arquitectura institucional para que este tipo de crímenes se sostengan en el tiempo y gocen de una abierta impunidad? ¿Qué debe pasar en la sociedad, sus sistema educativos, medios masivos de comunicación, para que estas acciones se avalen, acepten o in-visibilicen funcionalmente?, ¿qué debe pasar en el sistema de valores de una sociedad para que pasen de largo estas aberrantes conductas criminales y de manera sostenida?, son muchas preguntas para las cuales ya contamos con material, esperando aportar insumos para mejor comprender un fenómeno que desdice de una sociedad que se dice Democrática, que se jacta en ser defensora de vida, la libertad y que además, es mayoritariamente cristiana, católica, creyente, entre otras.

P-¿En qué consiste el fenómeno de los falsos positivos? ¿Quiénes apretaban el gatillo y qué obtenían a cambio?

AI: En sí, el fenómeno deviene del crimen tipificado como Ejecución Extrajudicial, en tanto se trata de la privación arbitraria de la vida por parte de agentes del Estado, o con la complicidad, tolerancia o aquiescencia de éstos sin un debido proceso previo, en este punto es importante recalcar que en Colombia no existe la pena de muerte y que el 15 de diciembre de 1989 la Asamblea General de la ONU bajo Resolución 44/162.2 estableció, además para las partes, la responsabilidad que cabe al Estado en prevenir estos hechos.

Vale recalcar como lo sostiene el CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular), que el grado de implicación de fuerzas oficiales en este delito de lesa humanidad, compromete de manera seria la legitimidad del aparato militar y policivo del país.

Ahora bien, este crimen ya se venía registrando en Colombia, pero durante el período 2000-2010 registró su pico más alto y en un intento de desviar la atención sobre el incremento de las denuncias, se le denominó “Falsos Positivos”, asimilando al lenguaje militar, en tanto muchos civiles no combatientes fueron presentados falsamente como resultados operacionales (“Positivos”) en el desarrollo de acciones de las Fuerzas Militares y ajunto se intentó argumentar que se trataba de hechos aislados, de “manzanas podridas”.

Esta denominación tuvo una apropiación social particular ampliando su connotación y significado como fenómeno que marca ya, desafortunadamente, la historia del país.

En este punto es procedente retomar el concepto de falso positivo que desarrolla Aponte (2011) en el libro “Persecución penal de crímenes internacionales”: (…) se trata de personas muertas sin piedad fuera de combate, ajenas al conflicto armado, pero que son puestas en escenas como ―positivos; es decir, como logros de las fuerzas armadas frente a las guerrillas, todo con el propósito de obtener beneficios en la guerra.

P-¿Qué estadísticas consideráis más veraces sobre estos asesinatos de civiles?

AI: En Colombia se han difundido varias cifras en torno a la dimensión de este crimen, de manera reciente fue la Justicia Especial para la Paz quien hizo pública la cifra que hoy se maneja y que puede seguir creciendo en la medida que avanzan las investigaciones, declaraciones en esta jurisdicción que nació gracias al acuerdo de Paz firmado entre el Estado y las extintas Farc-EP en el año 2016, la cifra comunicada asciende a 6.402 personas asesinadas ajenas al conflicto armado y presentadas como dados de baja en combate, como “positivos” operacionales de las fuerzas militares.

 Así la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) abrió el macro-caso número 03 titulado: ‘Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado’. El punto de partida fue la cifra hallada en el quinto informe que entregó la Fiscalía General de la Nación a la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad (SRVR) y los 10 listados que aportó el Ministerio de Defensa en los que incluyó 1.944 miembros de la fuerza pública interesados en llevar sus procesos judiciales ante la JEP.

P-¿Podría darse un incremento en la cifra de víctimas?

AI: Omar Rojas dice que este número seguirá creciendo en la medida que avance la JEP, cree que se supera la cifra de 10 mil víctimas, sin embargo, con los datos ya recabados, hoy se estima que este lamentable suceso puede ser aún más grave de lo que ya advierte Rojas, datos que se recogerán para el siguiente libro a publicar.

P-¿Han existido complicidades y “cooperadores necesarios” en estas ejecuciones extrajudiciales?

AI: Para que esta orgía de sangre y muerte fuese posible, se tejió toda una red de corrupción institucional que incluía fiscales, jueces, medios de comunicación, todo un entramado y estrategia de control y manipulación del relato, de la información, que incluyó incluso toda una lógica comunicativa para posicionar como héroes a las fuerzas militares ante la amenaza que significaría que esta información saliera a la luz pública.

Es así que el fenómeno mismo del “Falso Positivo” como tal, lamentablemente, como hecho sociológico y político, se configura como todo un entramado perverso que se alimenta del crimen, la mentira, la componenda, como una forma de gobernar, de relacionarse, de lograr objetivos casi siempre asociados al acaparamiento de riquezas, prestigio y poder.

Se constituyó en una forma de tomar decisiones, en un modelo, en un macro-ejercicio criminal de manipulación y muerte que se aferra del poder institucional y vive de él.

Lo peor, se eleva como modus operandi del poder, como un estilo de Gobierno que hoy caracteriza una clase política que se aferra al poder en Colombia, lo cual, de suyo, compromete de manera esencial la llamada “Democracia”, “Libertad”, “Justicia”, “Salvaguarda de los Derechos Humanos” del país.

P-¿Cuándo empezaron a conocerse estos casos? ¿Cómo reaccionaron la opinión pública y los medios de comunicación colombianos?

Norela Mesa (NM): Los casos empezaron a conocerse a partir del año 2008, pero reconociendo que obedece a una política institucional (por no decir que de Estado), los hechos en concreto se documentan desde el año 2002. Ahora bien, con respecto a la reacción de la opinión pública y los medios de comunicación, tal y como afirmábamos en el libro “Teoría Social del Falso Positivo: manipulación y guerra”, la gente tendía a validar los crímenes en función de la vieja perspectiva en la que, si usted no debe nada, no teme nada y que solo a la gente vaga, los “viciosos”, los malos, los improductivos o delincuentes le suceden este tipo de cosas.

Claro, no es de extrañar porque en un país que otrora fuera muy seguidor de Alvaro Uribe Vélez y sus políticas, sobre todo en el plano de la seguridad (la seguridad democráInvestigador principal y autor del libro, Omar Rojas es coronel retirado de la Policía de Colombia, sociólogo e integrante de la Red Interuniversitaria por la Paz (REDIPAZ); Norela Mesa, coautora del volumen, es socióloga, docente e investigadora en la Universidad de San Buenaventura y miembro del Grupo Autónomo Kavilando. Asimismo ha participado como coautor Alfonso Insuasty, docente e investigador en la Universidad de San Buenaventura, integrante del grupo GIDAPD-CIDEH, miembro del equipo coordinador Red Interuniversitaria por la Paz (REDIPAZ) y del  Grupo Autónomo Kavilando.tica) y donde este mismo personaje llegó a afirmar (y todavía lo sostiene a pesar de las mil evidencias), en el caso de los jóvenes de Soacha, que si los asesinaron no era porque estaban haciendo algo bueno como trabajar y “recoger café”, dando lugar a la legitimación de la llamada “limpieza social”.

La gente siempre piensa primero en que la víctima es un bandido en lugar de pensar que los militares con el afán de conseguir ascensos, bonificaciones, días de descanso y otros beneficios, habían orquestado toda una estrategia que les permitiera reportar bajas en combate y, por tanto, efectividad en la lucha contra la insurgencia.

P-¿Qué mentalidad operaba en los militares implicados en el fenómeno de los falsos positivos?

NM: Nunca a nadie se le ocurrió pensar que los militares colombianos tenían una estructura psicológica asociada a la psicopatía, porque cuando uno lee las resoluciones de la JEP sobre las solicitudes de sometimiento a la jurisdicción y posa atentamente la vista sobre la narrativa de los hechos, una logra quedarse estupefacta ante la frialdad, la sevicia, la inexistente empatía y respeto mínimo por la vida del otro, el pensamiento criminal en cuanto a la forma de “cranearse” (planear) los asesinatos, encubrir pruebas, simular combates u operaciones militares, “uniformar” las víctimas, conseguir armamento asociado a la insurgencia para ponerlo al lado de los cuerpos, en fin…el modus operandi completo es monstruoso.

Pero pienso que más fría queda una con la indiferencia de la gente frente a los hechos y en parte con la complicidad mediática al no darle el lugar que merece en cuanto a difusión, rechazo y condena, tanto de los hechos, como de los perpetradores directos e indirectos, empezando por la política de seguridad que la propició y su autor intelectual.

P-¿Cuáles fueron las características sociológicas y estrato social de las víctimas?

Omar Rojas (OR): La selección de las víctimas para los Falsos Positivos tenía la intención de que, en caso de denuncia por parte de sus familiares, no existiera posibilidad de que estos fueran escuchados o que autoridades no complacientes con la estrategia diera importancia al evento e investigara. Se identifican dos grupos de perfiles en las víctimas del Falso Positivo, aunque el número de las víctimas no se encuentran en la misma proporción. El primer grupo aportó alrededor del 92% de los asesinados en especial en los registrados durante el periodo 2002 – 2006.

En este caso, las víctimas se seleccionan de sectores populares de bajo nivel cultural, de comunidades campesinas e indígenas, residentes de la calle, consumidores de drogas, desempleados y jóvenes con trabajos paupérrimos que se dejaran cautivar fácilmente con propuestas de mejores trabajos. “Escogíamos a los más chirretes, a los que estuvieran vagando por la calle y dispuestos a irse a otras regiones a ganar plata en trabajos raros”, confesó Carretero, uno de los reclutadores que surtía de víctimas a los militares (El País, 2014).

El segundo grupo, al que pertenece el 0.8% de las víctimas gracias a la alianza entre militares y grupos de extrema derecha, corresponde a paramilitares indisciplinados quienes eran entregados por los comandantes de las autodefensas a los militares a fin de generar disciplina entre la tropa comandada. A este grupo se le suma, primero, los antiguos paramilitares y guerrilleros que hubieran entregado las armas ubicadas fácilmente por las anotaciones y registros que de ellos se llevan en agencias del Estado.  Segundo, integrantes de bandas criminales a quienes se les ofrecía realizar actividades ilícitas y quienes eran asesinados posteriormente. Tercero, integrantes de la guerrilla y señalados por los paramilitares de ser colaboradores de ella.

P-¿Hasta qué escalón de los poderes del Estado y las Fuerzas Armadas alcanza la responsabilidad por estas ejecuciones extrajudiciales?

OR: El alcance de las investigaciones alrededor de las ejecuciones extrajudiciales durante el periodo de la política de seguridad ciudadana, conocido bajo el eufemismo Falso Positivo, evidencia un engranaje delictivo que no solamente involucra las fuerzas armadas. El Departamento Administrativo de Seguridad DAS, policía secreta del palacio de Nariño de la época, no solamente coordinó, al igual que unidades tácticas militares, con grupos paramilitares el desarrollo de la estratagema. Directivos y agentes de la dependencia participaron en las operaciones en dónde más de 10.000 personas fueron asesinadas a sangre fría, en campos de batalla ficticios.

Solamente en el periodo 2002 – 2006 la Jurisdicción Especial para la Paz ha determinado que se registraron 6.402 asesinatos. Si bien es cierto que más de 6.000 militares son responsables operativamente por la ejecución de personas, también es cierto que grupos operativos, unidades especializadas, batallones, brigadas y divisiones, tienen responsabilidad puesto que se realizaban reuniones previas al Falso Positivo en las que además de diseñar el falso enfrentamiento se impartían instrucciones de coordinación tanto a nivel interno como a nivel externo.

P-Dotaciones presupuestarias, estrategias, objetivos, controles y evaluaciones en relación con las víctimas…

-OR: Durante la planeación del evento se asignaban tareas administrativas para el transporte de las víctimas y se asignaba presupuesto para la consecución de uniformes y armamento, entre otros. Los comandantes de las fuerzas, ejército, fuerza aérea, armada y policía, tienen responsabilidad puesto que, en el plan estratégico institucional, elaborado cada año, se leía en uno de sus indicadores “número de terroristas a dar de baja en el año”.

Cada trimestre y cada semestre las unidades militares y de policía evaluaban la estrategia y al inicio de cada año los comandantes debían comprometerse con sus superiores y el Ministerio de Defensa Nacional con un número de terroristas a dar de baja en el año. Operadores de la justicia penal militar, incluyendo jueces militares, tienen responsabilidad dado que se encargaban de orientar a los soldados de cómo rendir las versiones en los tribunales, al igual que engavetar las investigaciones y cerraban los casos alegando falta de pruebas. Constitucionalmente el jefe de las fuerzas armadas en el país es el presidente de la república.

-P:¿Qué otros ejemplos destacarías de Estados, además de Colombia, que hayan utilizado los falsos positivos militares como estrategia de guerra sucia?

-OR: Existe la tendencia global del Falso Positivo, estrategia de guerra sucia, psicológica, militar, policial y política. En Kashimir el Estado recurre constantemente a la estratagema en donde, mediante falsos encuentros militares y de policía se asesina a personas alegando que mueren en enfrentamientos contra las fuerzas regulares y que ellas pertenecen a la insurgencia. Militares y agentes del Estado reciben prebendas por parte del Estado por los resultados de sus acciones. El término acuñado es el de “falsos encuentros”.

En Filipinas la estrategia es mostrar resultados contra las drogas donde fuerzas del Estado, bajo la dirección del presidente Rodrigo Duterte, han asesinado a miles de personas incluyendo niños. La Corte Penal Internacional ha anunciado la apertura de una investigación por posibles crímenes de lesa humanidad, pero el Estado no ha permitido que los investigadores ingresen al país.

En Ucrania el Estado ha recurrido a grupos ultranacionalistas de extrema derecha y neonazis conformando batallones especiales como el Azov especializado en antidisturbios y control de actos violentos en la calle los que, en compañía de otros sectores del gobierno, han asesinado más de 14.000 personas señalandolos de comunistas. Fascistas europeos no solamente apoyan el grupo, sino que han asistido a formaciones en sus instalaciones. Existen innumerables eventos de Falsos Positivos en el mundo, no solamente utilizando fuerzas regulares de combate.

P-¿Y en cuanto a América Latina?

Se ha incrementado el Falso Positivo Judicial en el que se han construido expedientes judiciales con sustentos falsos e inventados para opacar movimientos que buscan mejores condiciones para colectivos marginados. El expresidente Lula en Brasil fue objeto de uno de ellos.

P-Por último, ¿ha supuesto algún avance la Jurisdicción Especial para la PAZ (JEP), en vigor desde 2017? ¿Se han sustanciado responsabilidades penales en los tribunales civiles y militares colombianos?

-NM: Es de recordar que para la JEP todo lo relacionado con los Falsos Positivos se agrupan en el caso 003 denominado «Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado». Para el estudio de estos casos se priorizaron seis zonas del país (Antioquia, Costa Caribe, Norte de Santander, Huila, Casanare y Meta) y a 2019, por ejemplo, dos años después de instaurada la JEP y un año y medio después de abierto el caso (que se abrió en julio de 2018), ya 55 militares habían rendido versión sobre los casos en los que se presumía su participación, aportando con ello al compromiso de verdad, no repetición y reparación de las víctimas. A la fecha, se han realizado 388 versiones en 442 sesiones, según el reporte de la misma JEP.

También es relevante que 2.963 miembros de la Fuerza Pública han suscrito actas de sometimiento a la jurisdicción, entre los más destacados está el general retirado Paulino Coronado, el general retirado Mario Montoya y el general retirado Henry Torres Escalante. Adicionalmente, el papel de las víctimas ha sido crucial para documentar el caso y los hechos relacionados con este; a la fecha, según el mismo reporte de la JEP, 984 víctimas se han acreditado y participan de manera activa en el proceso judicial.

De hecho, a partir de las declaraciones dadas por los miliares se logró que, por ejemplo, en el municipio de Dabeiba en Antioquia, se logran exhumar 80 cuerpos que podrían pertenecer a personas desaparecidas en el marco del conflicto armado colombiano, de los cuales varios de ellos se habrían hecho pasar como adversarios dados de baja en combate.

Adicionalmente, la JEP ha logrado imputar crímenes de guerra y de lesa humanidad contra al menos 15 miembros del Ejército. A febrero de 2022 la JEP había reconocido en 6.402 el total de hechos victimizantes asociados al caso (ya sabemos que la cifra se supera en miles), pero lo importante es que 508 militares han comparecido ante la jurisdicción para rendir versión, aportar verdad y esclarecer en cierta medida los motivantes que tuvieron para cometer estos delitos.

No obstante, si hay una inconformidad con respecto a los casos de falsos positivos cometidos en zonas no priorizadas y ello implica reconocer que, a pesar de los esfuerzos de la JEP, su alcance es limitado para poder atender y dar respuesta a todos los crímenes cometidos por la Fuerza Pública, agentes del Estado y en general, todos los actores involucrados, por lo que termina reiterándose su valor más en el plano de los simbólico que en el plano de justicia efectiva, en la manera como la reclaman muchas víctimas."                     ( Enric Llopis , Rebelión, 22/03/2022)

23/6/21

El Tribunal Permanente de los Pueblos falla que el Estado colombiano realizó un “genocidio continuado”

 "El Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) ha publicado este jueves 17 de junio el fallo de la que ha sido su 48ª sesión por genocidio político y crímenes contra la paz por parte del Estado colombiano. 

En el documento, leído por el jurado pero aún no divulgado públicamente, el TPP condena “a los sucesivos gobiernos de Colombia desde 1946 por su participación directa e indirecta en la comisión de un genocidio continuado dirigido a la destrucción parcial del grupo nacional colombiano (…) en particular a los movimientos sindicales y campesinos, las comunidades indígenas y afrodescendientes”. Así lo declaraba Philippe Texier, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia de Francia, miembro del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR) de las Naciones Unidas y jurado de este Tribunal popular. 

El Tribunal Permanente de los Pueblos, heredero del Tribunal Russell que en el año 1967 investigó y juzgó la intervención militar de Estados Unidos en Vietnam, es un tribunal en parte simbólico sin ningún poder vinculante, como han reiterado varios de sus miembros en esta sesión. Sin embargo, la sentencia leída ayer, se convierte en un importante “instrumento pedagógico” que más adelante, según afirmaba Gianni Tognoni, filósofo italiano miembro del TPP, llegará a manos de las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la Unión Europea y otras instancias internacionales. Además, lo primero y más urgente que se hará con el fallo, será su entrega a la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz, ambos mecanismos del Acuerdo de Paz firmado el 2016 entre el estado colombiano y las FARC sistemáticamente incumplido por el actual gobierno de Iván Duque.

Antoni Pigrau, doctor en derecho y profesor de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona y miembro del jurado del TPP, explica que “el aspecto central de la sentencia del TPP es la caracterización del conjunto de hechos analizados durante el largo período histórico que ha sido objeto de esta sesión, como un genocidio continuado cometido contra una parte del grupo nacional colombiano”. Pigrau denuncia que “la construcción de un proyecto de reorganización social a través del terror, en el que la comisión de muchos de los crímenes concretos denunciados, que pueden ser calificados en sí mismos como crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad, se subsume en el crimen, central en este análisis, de genocidio”.

50 casos documentados de exterminio

Entre el 25 y el 27 de marzo de este mismo año el jurado del TPP, compuesto principalmente por activistas, juristas y académicos de distintas nacionalidades entre los que resaltaban la activista francesa Mireille Fanon-Mendès o la periodista italiana Luciana Castellina, escuchó 50 casos extensamente documentados sobre genocidio político y crímenes contra la paz en Colombia. Las audiencias se celebraron en Bucaramanga, Bogotá y Medellín con numerosos momentos de tensión emocional por la gravedad de los hechos relatados por representantes de organizaciones sociales y comunidades tradicionales, desde la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) hasta el Consejo Regional Indígena o el Proceso de Comunidades Negras. Se relataron masacres y exterminios ya destacados y ampliamente conocidos de la historia colombiana como la Masacre de las Bananeras de 1928, relatado por García Márquez en Cien años de Soledad, o el genocidio contra la Unión Patriótica de los años 80 y 90.

Testimonios, líderes sociales, investigadores universitarios, estudiantes, madres de víctimas de ejecuciones extrajudiciales conocidas como “falsos positivos”, víctimas de desaparición forzada, de desplazamiento forzado… Fueron tres días de un ejercicio imprescindible de memoria histórica y reparación simbólica. En entrevista para El Salto al acabar las tres jornadas de la sesión, Philippe Texier aseguró que “el Tribunal es una herramienta que crea puentes dialécticos entre lo existente y lo que debería ser para efectivamente respetar los derechos de los pueblos, es una pelea de largo plazo ante una crisis del derecho internacional”. Por su lado Mireille Fanon-Mendès, hija del pensador Franz Fanon, aseguró que “si decimos que hay crímenes contra la humanidad lo tenemos que justificar con argumentos legales, por eso este proceso no es exactamente simbólico”.

Fanon-Mendes, quién ya participó como jurado del TPP en dos casos sobre guerra sucia y presencia de multinacionales en México, uno en Canadá que condenó la violación de derechos humanos vinculada a la minería, y el proceso que juzgó las políticas migratorias europeas, aseguró para el caso de Colombia que “los documentos presentados son muy fuertes, con mucha información, nada de lo que se ha dicho no es verdad, estoy muy impresionada por la calidad de los casos, de los archivos, el contenido que nos han dado, ha habido un muy buen trabajo de los estudiantes, sindicalistas, comunidad LGTBI, indígenas, comunidades negras etc.”.  

Un fallo para la memoria histórica

“La población civil es blanco prioritario de la guerra contra-insurgente estatal bajo la estrategia de “quitarle el agua al pez” traducida en acciones sistemáticas de destrucción al pueblo”, dijo el jurado. En el fallo se nombran las prácticas cómplices entre fuerzas armadas y grupos paramilitares, el desplazamiento de más de ocho millones de personas de sus territorios y se destaca la figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez que, según narraba Philippe Texier, “es la figura que mejor representa lo que se ha venido narrando hasta ahora”. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 2002 y 2010 hubo 24.072 desaparecidos, 6.530 asesinatos selectivos, 403 masacres, más un mínimo de 6.042 falsos positivos, de los que puede ser responsabilizado directamente Álvaro Uribe, según el fallo del TPP, quién era presidente en ese periodo.

Se señaló también, como remarcó la abogada y activista de los derechos de los pueblos indígenas de Nicaragua Lottie Cunningham, que “este fallo visibiliza la violencia contra mujeres, niñas, periodistas y defensoras de derechos humanos y es que las mujeres defensoras enfrentan riesgos y obstáculos adicionales por el estereotipo de género”. Entre 2017 y 2019, 107 mujeres lideresas sociales y defensoras del territorio han sido asesinadas y por lo menos 37 sufrieron tortura y violencia sexual. En estos dos últimos meses han sido asesinadas dos autoridades tradicionales del pueblo originario nasa en el Cauca y una comunicadora comunitaria a manos de las disidencias de las FARC u otras guerrillas que funcionan bajo los intereses del narcotráfico.

El fallo del TPP busca en sus preámbulos contextualizar la guerra sufrida en Colombia desde hace tantas décadas. Andrés Barreda Marín, maestro en Sociología y doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, leía como “en los años 40 se abrió un nuevo horizonte de dominación política sobre Colombia por parte de los Estados Unidos. Desde entonces EE UU define Colombia como el principal territorio de acceso al control biooceánico de América del Sur”. Desde estos términos el fallo denuncia la “convergencia entre los intereses extractivistas de las élites colombianas y los intereses geoestratégicos estadounidenses que desde los 50 comienzan a escalar década tras década la naturaleza y los niveles de la violencia que ejerce la oligarquía colombiana y su Estado en contra del pueblo de Colombia y es a partir de esta complicidad que propiamente inicia lo que hoy reconocemos como un genocidio continuado.”

El fallo también destaca en numerosas ocasiones la gravedad de la impunidad con la que todas estas vulneraciones permanecen. “Se ha construido una cultura en la que no solamente la vida de los vivos se desprecia, sino que se ha llegado a pagar recompensas monetarias o en especie de acuerdo con el número de personas muertas entregadas. Y se ha garantizado la impunidad a instigadores, financiadores, autores y cómplices de los crímenes”, detalla Antoni Pigrau. 

Así mismo, destaca la pobreza estructural y la concentración de la riqueza que causan y siguen perpetuando el conflicto. Y las por lo menos 76 personas asesinadas y cientos de desaparecidas durante las masivas movilizaciones del Paro Nacional desde el 28 de abril que pueden entenderse solamente teniendo en cuenta la tradición de violencias estatal que caracteriza a Colombia. Simbólico o no, ver escrita y sentenciada una condena al Estado colombiano es para muchos y muchas reparador. Y, como herramienta de los pueblos, ayudará a construir el relato de la guerra vivida y aun presente, nombrar y señalar responsables y afectados y caminar en dirección a que un día la justicia ordinaria pueda celebrar un proceso sino igual, que se le parezca."                (Berta Camprubí, El Salto, 22/06/21)

21/4/21

6,402 'falsos positivos' en Colombia: ¿Quién dio la orden? Entre el 2002 y el 2008, al menos 6,402 civiles colombianos/as, fueron víctimas de asesinatos ilegítimamente presentados como bajas en combate. El gobierno de Álvaro Uribe incentivó esta práctica atroz

 "Las botas de caucho negro - o botas Macha o Venus, como se las conoce en Colombia - se volvieron un símbolo de uno de los capítulos más oscuros de la historia del país: los denominados “falsos positivos.”

El pasado 12 de febrero, la JEP, mediante su Auto 033 de 2021, dio a conocer que en Colombia, entre el 2002 y el 2008, 6,402 civiles colombianos/as fueron víctimas de este crimen. Esto significa que hubo cerca de 1,000 asesinatos al año, durante 7 años. Una cifra escalofriante.

Pero, ¿qué es realmente un “falso positivo”, o, en su descripción jurídica, una “muerte ilegítimamente presentada como baja en combate por el Estado”? Aunque para los colombianos/as es un concepto, infortunadamente, muy familiar, conviene aclarar de qué se trata.

Aunque el Auto tiene como propósito hacer pública su estrategia de priorización para el Caso 03 de la Jurisdicción: “muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado”, lo que más llamó la atención de la ciudadanía fue la cifra de las víctimas: el número consolidado por la JEP es tres veces mayor que el consolidado por la Fiscalía del país.

Aunque un solo caso ya sería suficiente para causar alarma, en democraciaAbierta les explicamos por qué la cifra de 6,402 casos sitúa a los “falsos positivos” en el centro del debate sobre las atrocidades cometidas por el Ejército colombiano durante la guerra contra las FARC.

La gran mayoría de “falsos positivos” se dio bajo el ex-presidente Uribe

Un “falso positivo” ocurre cuando un/a civil es asesinado por las fuerzas militares de un Estado, en este caso el colombiano, y pasa a ser presentado como una muerte “legítima” en combate. También conocido como ejecuciones extrajudiciales, este crimen representa una violación flagrante del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

Aunque la JEP reconoce que estas muertes perpetradas por el Estado, ocurren en Colombia hace más de 40 años, también identificó que el 78% de la victimización ocurrió entre los años 2002 y 2008, es decir, durante el mandato del ex-presidente Álvaro Úribe Vélez. Además, la Jurisdicción priorizó 10 departamentos de Colombia donde se concentraron el 66% de las víctimas de este crimen, durante ese mismo periodo: Antioquia, con el 25%; Meta; Caquetá; Cesar; Norte de Santander; Tolima; Huila; Casanare; La Guajira; y Cauca; de mayor a menor representatividad, respectivamente.

 ¿Qué podría explicar que la gran mayoría de casos se dieran durante la presidencia de Uribe Vélez? Durante su mandato, se puso en marcha la política de Seguridad Democrática, con la que el presidente buscaba volver a tener el control del territorio nacional. La política, entonces, denominó oficialmente a los grupos armados ilegales del país como “terroristas” - lo que permitía acciones bélicas en su contra - y fortaleció a las fuerzas armadas del país para enfrentarlos.

Sin embargo, y aunque la política de Seguridad Democrática mencionaba la protección de los derechos humanos, en realidad generó un incentivo perverso. En el 2005, el ministro de Defensa, Camilo Ospina Bernal, firmó la Directiva Ministerial 029, donde se oficializaron los lineamientos para pagos de recompensas por cada homicidio presentado como baja en combate por miembros de la fuerza pública. Es decir: se exigían muertes de guerrilleros como prueba de efectividad al Ejército colombiano y, además, se les incentivaba con recompensas monetarias.

Fue este incentivo perverso, acompañado del discurso de la política de Seguridad Democrática, el que llevó a los miembros de la fuerza pública del país a asesinar a civiles - campesinos, en su inmensa mayoría - para luego disfrazarlos de guerrilleros, montar una “escena de combate” y presentarlos como bajas legítimas de combate.

Botas de caucho: la evidencia

Es aquí es donde entran las botas de caucho como símbolo de estas atrocidades. Como en Colombia existía el cliché que la mayoría de guerrilleros calzaban estas botas, los militares vestían a los cadáveres de los/as civiles que asesinaban con las botas en el momento de montar la falsa escena de combate. Pero hubo casos donde las botas fueron puestas con el pie cambiado, lo que proporcionó a los familiares la evidencia que en realidad se trataba de asesinatos.

Aunque la JEP determinará más adelante, en su Auto de Determinación de Hechos y Conductas, los responsables y la lógica de estas muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado, las cifras publicadas ahora son muy explícitas: durante la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, se concentraron la mayoría de los casos de estas ejecuciones extrajudiciales. Durante su presidencia, se puso en marcha una política que incentivó a los militares a presentar resultados de efectividad basados en número de muertes, lo que los llevó a asesinar sistemáticamente a civiles para presentarlos como guerrilleros muertos en combate y a cobrar una recompensa por ello.

Más allá de las consideraciones legales, el sufrimiento infligido a las víctimas y a sus familiares por un comportamiento atroz por parte de aquellos que debían defenderlos, exige una reparación.

Como reportamos recientemente en democraciaAbierta, las madres de “falsos positivos” han sido perseguidas y silenciadas por un Estado que, hasta la fecha, se ha negado a aceptar su responsabilidad. Muchas voces se unieron para decir que, aunque la cifra de 6,402 es ya de por sí insoportable, el número de víctimas de esta práctica perversa del Ejército colombiano es muchísimo mayor. Y se siguen preguntando: ¿quién es el último responsable? ¿quién dio la orden de asesinar a sangre fría a sus hijos y familiares, civiles, campesinos, personas trabajadoras, para ser presentados como “guerrilleros muertos en combate” y así recibir una recompensa?

¿Quién dio la orden? El país espera todavía la respuesta. Ante los hechos presentados por la JEP, el Estado colombiano ya no puede seguir haciendo la vista gorda o mirar hacia otro lado. En el reconocimiento que las atrocidades se cometieron en ambos bandos, sean quienes sean, está la semilla de la reconciliación."                   (Democracia abierta, 24/02/21)

16/3/20

Radiografía de la violencia contra líderes sociales en Colombia

"El continuo aumento de los asesinatos de líderes sociales en Colombia ha puesto en evidencia los desafíos que al menos cínco departamentos del país enfrentan a la hora de abordar la creciente violencia y asegurar la gobernanza efectiva.

A continuación InSight Crime analiza el panorama criminal en Putumayo, Nariño, Antioquia, Cauca y Norte de Santander para entender el crecimiento de la violencia en estas zonas y analizar la dificultad que existe a la hora de identificar el número de líderes que han sido blanco de ataques.

Incertidumbre frente a las cifras

A lo largo de los años diferentes organizaciones de la sociedad civil, las Naciones Unidas y el Ministerio Público han monitoreado y denunciado el problema. Sin embargo, debido a la dificultad para recolectar información en los lugares donde ocurren estos asesinatos, las cifras presentadas hasta el momento difieren bastante.

De acuerdo con el Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (INDEPAZ) entre el 01 de enero de 2016 y el 08 de septiembre de 2019, 872 líderes sociales y defensoras de Derechos Humanos han sido asesinados en Colombia. 132 casos ocurrieron en el año 2016, 208 en el año 2017 y 282 en el año 2018. El 2019 cerró con 250 casos registrados.

Según Diana Sánchez, directora del Programa Somos Defensores, existe incluso un subregistro de este fenómeno en el país. “Detectamos una tendencia a desestimar los asesinatos. Hace unos años se explicaban por problemas pasionales o de linderos. Luego fueron los cultivos de coca y el narcotráfico. Ahora dicen que no eran líderes sociales ni defensores de derechos humanos” comentó Sánchez para el portal DW.

Como consecuencia de la disparidad en las cifras, la discusión en el país se ha centrado alrededor de la legitimidad de los números y no en la masacre que vive Colombia actualmente. La polémica ha girado en torno a cuál de todos es el listado correcto, o a quién califica como líder social o defensor de derechos humanos, más no realmente en el disparado aumento de la violencia luego de la firma del acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las FARC en 2016.

 Un gran número de los líderes sociales son atacados por la labor que realizan para promover la implementación de los acuerdos de paz. Particularmente, por su trabajo para crear nuevos espacios de participación comunitaria y para frenar la incidencia de las economías ilegales en sus tierras.
 
Algunos han estado involucrados en actividades relacionadas con la sustitución de cultivos ilícitos, la creación de proyectos productivos y la repartición de tierras, todas actividades encaminadas a dejar de producir droga y encontrar una alternativa para su subsistencia.
También son atacados por defender los recursos naturales de sus territorios, particularmente por detener el uso del fracking, la minería y tala ilegal de árboles, y defender el uso de sus fuentes hídricas.

Muchos excombatientes de las FARC también se han convertido en blanco de amenazas, asesinatos y otras formas de violencia por parte de distintos grupos armados y fuerzas estatales.

Entre las razones detrás de estos ataques se encuentran el negarse a volver a la ilegalidad, promover la sustitución de cultivos de uso ilcíto y la desconfianza de los actores armados que operan en el territorio.

Martha Mancera, directora de la Unidad de Desmantelamiento de Bandas Criminales de la Fiscalía General, aseguró a El País, que su unidad investiga los casos de por lo menos 132 excombatientes de las FARC que fueron asesinados. Mancera afirmó que nueve de estos fueron víctimas de desaparición forzada, 107 fueron víctimas de homicidio y 16 están tipificados como tentativa de homicidio.

A esto se suma que por lo menos 41 familiares de desmovilizados de las FARC también fueron asesinados en el mismo periodo.

Si bien esta violencia ha alcanzados diferentes rincones de Colombia, las dinámicas criminales en las siguientes cinco regiones son las que más se han agudizado en el último año:
 Bajo Cauca: Una zona de guerra

En está subregión del departamento de Antioquia, compuesta por los municipios de Zaragoza, Nechí, Cáceres, Tarazá, El Bagre y Caucasia la guerra no da tregua. Incluso antes desde la firma del Acuerdo de Paz ha sido uno de los lugares más convulsionados en Colombia.

Allí no han cesado los homicidios ni los desplazamientos a manos de, principalmente, dos grupos: El Bloque Virgilio Peralta Arenas o Caparrapos, y los Urabeños. También se registra presencia de disidencias del frente 18 y 36 de las FARC así como del Ejército de Liberación Nacional (ELN)

Actualmente, la disputa la libran los Urabeños y los Caparrapos — franquicia que se separó de los Urabeños a finales de 2017 — para asegurar el control de rentas ilícitas como la minería ilegal, el narcotráfico y la extorsión, en zonas como Tarazá, consideradas uno de los enclaves criminales de estos grupos.

La militarización de la zona del Bajo Cauca no ha impedido que se sigan llevando a cabo numerosos asesinatos y masacres, no únicamente contra líderes sociales. En los primeros 20 días de enero de 2020 tuvieron lugar alrededor de 30 homicidios, según reportó El Tiempo.

Aunque muchos de estos casos no obedecen exclusivamente a liderazgos sociales, en una reciente masacre en la vereda Guáimaro de Tarazá dos de las víctimas eran líderes comunales. Pedro Alexander San Pedro y Carlos Andrés Chavarria hacían parte de la Junta de Acción Comunal (JAC) del municipio y pertenecían al Programa Nacional Integral de Sustitución de cultivos ilícitos (PNIS).

La crisis que vive la subregión se agudiza debido a que es una zona rica en cultivos de coca, cristalizaderos de droga, rutas de narcotráfico y minería ilegal. Así como un corredor estratégico con salida al sur de los departamentos de Bolívar y Santander, además a la región del Urabá antioqueño y el Pacifico colombiano.

Norte de Santander: El fortín de la coca

Con 33.598 hectáreas de cultivos de coca según el más reciente informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), Norte de Santander es el segundo departamentos con más cultivos ilícitos después de Nariño. Esto lo hace un lugar codiciado por varios grupos ilegales debido a que es a la vez un corredores estratégico para la entrada y salida de mercancías ilícitas por la frontera con Venezuela.

En la región del Catatumbo, al norte del departamento, confluyen con presencia armada el ELN por medio del Frente de Guerra Nororiental, el Frente 33 de las disidencias de las FARC, el Ejército Popular de Liberación (EPL), los Rastrojos, y existen denuncias sobre presencia de emisarios de carteles mexicanos.

Tras la firma del acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC en 2016 han sido asesinados en esa zona 42 líderes sociales y defensores de derechos humanos, según cifras de INDEPAZ. La razón detrás de estos asesinatos se concentra en el reacomodo que desde entonces han tenido todos estos grupos en el territorio con el propósito de hacerse con los réditos de la coca, el contrabando, la extorsión y el tráfico de armas.

A pesar de que desde 2018 el gobierno nacional ha reforzado el pie de fuerza militar en esa región con 5.000 hombres del Ejército, no hay señales de que la violencia disminuya. Solo en 2020, ha sido asesinados dos líderes, César Tulio Sandoval Chía en el municipio de Tibú y Fernando Quintero Mena en Convención.

Cauca: el epicentro de los asesinatos

El departamento del Cauca fue el más golpeado por el asesinato de líderes sociales durante el 2019 con 36 casos registrados solo hasta octubre de ese año por INDEPAZ. En las primeras tres semanas del 2020 se han documentado al menos cinco nuevas víctimas, la más reciente en el municipio de Guapi.

Si bien la situación es crítica en todo el departamento, el flujo de la violencia es distinto en cada zona. En el norte del Cauca el control lo tienen mayoritariamente las disidencias de las FARC, específicamente la Columna Dagoberto Ramos a cargo de alias “El Indio” y la Columna Jaime Martínez al mando de alias “Mayimbú”. Este es el presunto responsable de al menos dos masacres ocurridas en noviembre de 2019, incluyendo el asesinato de Karina García, candidata a la alcaldía del municipio de Suarez en Cauca.

 Ambos grupos mantiene una alianza en el territorio, donde controlan el negocio de la minería ilegal y el narcotráfico, incluyendo rutas importantes como la que baja desde Jamundí en el Valle del Cauca hacia el norte del Cauca por la vía Panamericana y luego al corredor del río Naya hacía el Océano Pacífico.
 
A diferencia de los municipios cerca al Pacífico, la situación del norte se ha agudizado por la oposición de las comunidades indígenas y afrodecendientes al uso de sus territorios para cultivos de uso ilícito y minería ilegal .

La Guardia Indígena en municipios como Toribio, Corinto y Caloto  ha realizado varias capturas de disidentes y les han incautado y destruido gran cantidad de armas y estupefacientes. En lugares como Suárez, Buenos Aires y Santander de Quilichao las comunidades afro se oponen al uso de mercurio y maquinaria pesada para proteger los ríos que atraviesan su territorio.

Pero la violencia que vive actualmente el Cauca no es exclusiva de las disidencias. Hacia el centro y sur del departamento se registra presencia del Frente José María Becerra del ELN en municipios como El Tambo, Sucre y Mercaderes. En lugares como Argelia se ha responsabilizado a este grupo de ataques contra la población civil.

En zonas de frontera con Nariño como Guapi y Mercaderes, hace presencia el Frente Manuel Vásquez del ELN y el frente 30 de las disidencias de las FARC.

Nariño: Una tierra sumida en el conflicto

Como el mayor productor de droga en el país, que además cuenta con explotación ilegal minera y salida hacia el sur del continente por la frontera con Ecuador, Nariño es sin duda una de las regiones de Colombia más apetecidas por grupos criminales.
Su condición estratégica y la constante reorganización de los grupos armados que allí operan en un intento por quedarse con los réditos de la ilegalidad se ve reflejada en las constantes disputas por el control del territorio y la fragmentación de estas organizaciones que impacta profundamente a las comunidades.

Desde el 2016 hasta octubre de 2019, fueron asesinados en ese departamento 75 líderes sociales, comunales, campesinos y defensores de derechos humanos.
En los municipios que se desprenden desde el océano Pacífico hacia el interior del departamento, la violencia ha estado a cargo de los enfrentamientos entre reductos de las disidencias de las FARC, particularmente entre las Guerrillas Unidas del Pacífico (GUP) y el Frente Oliver Sinisterra (FOS), además de la presencia de mafias narcotraficantes como el grupo de Los Contadores.

Si bien en zonas como el área rural de Tumaco existe información sobre un pacto de no agresión entre el FOS y las GUP, en el resto de la región se viven fuertes confrontaciones. El FOS continua enfrentado por un lado con Los Contadores y recientemente se han presentado varios desplazamientos por su pelea con un grupo que se desprendió del FOS y se hace llamar el Bloque Oriental Alfonso Cano.

Hacia la zona de la cordillera, en el nororiente del departamento hacen presencia el ELN con el Frente Manuel Vásquez, el Frente Estiven Gonzales de las disidencias y los Urabeños a través del grupo Héroes de la Cordillera.

Putumayo: Una violencia silenciosa

Putumayo, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), es el tercer territorio con más coca sembrada en Colombia, con un total de 26.408 hectáreas. Es un territorio estratégico por sus salidas fronterizas con Ecuador y Perú y los ríos Caquetá y Putumayo que conectan con el oriente del país y por donde pasan armas, narcotráfico y ocurren extorsiones, homicidios selectivos y desplazamientos forzados.

En este departamento el narcotráfico sigue siendo el motor de la guerra. La criminalidad sigue creciendo a manos de las disidencias del Frente primero de las FARC que delinquen en el municipio de Puerto Asís. En esta zona, así como en Puerto Guzmán, se libra una guerra entre el Frente Carolina Ramírez de las disidencias y la alianza criminal autodenominada la mafia Sinaloa.

 Este último grupo tendría una alianza criminal con la estructura de La Constru que mantiene el control del microtráfico en los municipios de Puerto Asís, Orito, La Hormiga, San Miguel y Valle del Guamuez .
 
Pero lo que más ha llamado la atención de autoridades y comunidades es el desenfreno con el que la muerte se ha ensañado con el municipio de Puerto Guzmán, particularmente en lo que va corrido del 2020.

A pocos días de que comenzara el año, este municipio del departamento de Putumayo al sur occidente de Colombia, amaneció con visos de tragedia. En la noche del 6 de enero, sicarios en moto asesinaron a Gloria Ocampo, una reconocida líder de 37 años que apoyaba programas de sustitución de cultivos ilícito en la zona, según reportó El Espectador.

Dos días después, otros dos líderes, Gentil Hernández y Óscar Quintero, fueron asesinados de la misma forma en las veredas de El Mango y Caño Zabala, reportó El Tiempo.

Una semana más tarde fue el turno de Yordan Tovar, directivo del Sindicato de Trabajadores Campesinos Fronterizos del Putumayo, quien fue asesinado en el municipio de Puerto Asís, según informó El Espectador.

La muerte de líderes como Ocampo, Hernández, Quintero, y Tovar se enmarcan todos dentro de una caravana de la muerte de asesinos que atraviesan las trochas del municipio en las noches, se bajan de sus motos, tocan a la puerta de sus víctimas y luego de llamarlos por nombre propio los asesinan sin contemplación.
Un modus operandi que se repite a lo largo de Colombia."

7/1/20

"Cuando este militar daba la declaración me asombró el detalle y la perfección de cómo desarrollaban esos crímenes. Era el encargado de borrar todas las pruebas, garantizar que no hubiera ningún indicio". “Me asombra el detalle de esos crímenes. No fueron soldados locos, había una directriz”

"El exmilitar volvió al lugar de los hechos, en esta ocasión acompañado de funcionarios de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal colombiano encargado de investigar y juzgar las atrocidades del conflicto armado. El crimen fue perpetrado por miembros de las Fuerzas Armadas a mediados de la pasada década y es el último capítulo de un sistema de incentivos perversos por el que fueron asesinadas miles de personas. 

Ejecuciones extrajudiciales de civiles, conocidas como falsos positivos, presentados después por las autoridades como guerrilleros caídos en combate a cambio de algún beneficio. Adriana Arboleda, hoy portavoz del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes del Estado, estuvo en las diligencias que llevaron hasta el cementerio de Dabeiba, en el departamento de Antioquia, donde la JEP localizó una fosa común con al menos 50 cuerpos.

"Cuando este militar daba la declaración me asombró el detalle y la perfección de cómo desarrollaban esos crímenes. Era el encargado de borrar todas las pruebas, garantizar que no hubiera ningún indicio", relata Arboleda a EL PAÍS. Al uniformado, agrega, le llamaba el comandante del batallón para darle instrucciones. "Es decir, esto no se trató de unos soldados locos que hacían estas cosas, había una directriz". Y el peso de la cadena de mando, junto a la tensión generada por la guerra con las FARC, relajó de alguna manera la fiscalización social.

"Lo que está pasando en Dabeiba representa una esperanza, porque ha habido poca disponibilidad y poca voluntad política. No son casos nuevos, por desgracia, de hecho la Fiscalía general ya tenía conocimiento [de ellos]. Es importante que esto salga a la luz pública y demuestre la magnitud de la violencia del Estado en este país", continúa la portavoz del movimiento. "Para que no nos quedemos a mitad de camino, es necesario que la investigación continúe".

El operativo puesto en marcha en los últimos meses por la JEP, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas y el Instituto de Medicina Legal no tiene precedentes en Colombia. En opinión de Arboleda "los procedimientos han sido hasta ahora muy arbitrarios y no han obedecido planes de búsqueda". "No tenemos registro total de víctimas", lamenta. "Apenas es un inicio muy pequeño". Sin embargo, algo se está moviendo en la sociedad colombiana y hoy, con las FARC desmovilizadas, es más viable un mayor control de las Fuerzas Armadas.

  "La imagen de los militares es la de héroes de la patria. Había una propaganda muy grande", asegura. "Pero es fundamental que la sociedad colombiana entienda que estos son crímenes atroces. No podemos tener una doctrina militar basada en la violación de los derechos humanos". Y en eso reside su esperanza, "en la medida de que haya una ciudadanía más crítica, más vigilante, más veedora".                (El País, 18/12/19)

10/6/19

El jefe del Ejército de Colombia dirigió una brigada acusada de matar a civiles

"El comandante en jefe del Ejército de Colombia, Nicacio de Jesús Martínez Espinel, estuvo a los mandos, entre octubre de 2004 y enero de 2006, de una brigada señalada por la Fiscalía por al menos 283 supuestas ejecuciones extrajudiciales en los departamentos caribeños de La Guajira y del Cesar. Al menos 23 casos se remontan a la mencionada etapa, cuando el general era segundo comandante y jefe del Estado Mayor de la brigada.

 Los documentos proporcionados a EL PAÍS por fuentes cercanas a las indagaciones de los llamados falsos positivos —asesinatos de civiles perpetrados por militares durante el conflicto armado y presentados después como guerrilleros de las FARC— describen episodios ya juzgados, algunos de ellos con sentencia firme, que ponen bajo la lupa las acciones de esa brigada, en la que Martínez asegura haberse dedicado a tareas administrativas.

El Senado tiene previsto avalar este miércoles el ascenso de Martínez Espinel, tras haber sido nombrado al frente del Ejército el pasado diciembre por el presidente Iván Duque, como general de cuatro soles, la máxima distinción militar en el país andino. A las informaciones publicadas en mayo por The New York Times, que informó sobre nuevas directrices del Ejército para presionar a sus miembros para mejorar los resultados de las operaciones —lo que ha causado inquietud entre algunos oficiales por el incremento del riesgo de bajas civiles— se suman ahora dudas sobre su labor de control en calidad de segundo comandante y jefe del Estado Mayor de la brigada. 

La Procuraduría (organismo que fiscaliza la función pública) abrió la semana pasada una investigación para determinar si las últimas decisiones del general han puesto en riesgo a la población civil.



Según los documentos a los que ha tenido acceso este diario, la Décima Brigada Blindada que dirigió el militar fue señalada en un informe del ex fiscal general Eduardo Montealegre Lynett (2012-2016) como “uno de los primeros lugares en el ranking de presuntas ejecuciones extrajudiciales”. 

Los casos reportados en 2005 —durante la presidencia de Álvaro Uribe (2002-2010)— involucran al menos a dos batallones en asesinatos al margen de la ley, la acusación de una masacre de indígenas y un episodio de violencia sexual. El primero se dio el 21 de febrero de ese año. Los soldados del batallón La Popa, según una sentencia condenatoria, colaboraron con paramilitares de las desaparecidas Autodefensas Unidas de Colombia en dos homicidios.

El 12 de mayo de 2005 dos soldados del mismo batallón asesinaron en el Cesar a una persona protegida, Dagoberto Cruz Cuadrados, que “luego fue presentado como muerto en combate”. Doce años después, en 2017, un fiscal de la Dirección Nacional de Derechos Humanos reabrió el caso y ordenó la detención de los responsables, que entonces ya habían dejado el Ejército.



El 14 de mayo, en el mismo departamento, una treintena de militares de La Popa, según la acusación, participaron en el asesinato de Claudino Manuel Olmedo Arlante y Frank Enrique Martínez Caviedes, un menor con discapacidad mental. El modus operandi no cambió. También en este caso, los fallecidos fueron reportados como muertos en enfrentamientos con la antigua guerrilla de las FARC. Siete soldados fueron condenados a 40 años. Unas semanas antes se había producido otro asesinato de características similares en el mismo municipio de La Paz.

“La mañana del 20 de noviembre de 2005 en el sitio Parcelas del Tocaimo, área rural de San Diego (Cesar)”, se lee en otra resolución judicial, “fueron abatidos por miembros del pelotón Bombarda 3 del Batallón de Artillería Número 2 La Popa de Valledupar, y reportados como muertos en combate (...) los señores Iván de Jesús Sierra de la Rosa, John Jairo Parejo Pérez, Alfredo Manuel Retamozzo y Waiberto Cohen Padilla”.

 Todos eran del departamento del Atlántico, “de donde habían salido la noche anterior con dos hombres que les ofrecieron trabajo en Valledupar”. Tras su muerte, la Fiscalía concluyó que “la presencia de la tropa militar en el lugar de los acontecimientos no tenía ninguna justificación real, es decir, no había sustento ilícito”.

"Sin sanciones ni impedimentos"

Este diario se ha puesto en contacto con el Gobierno y el equipo de Martínez Espinel, que de momento han declinado pronunciarse personalmente. El cuerpo recuerda, a través de un comunicado, que "el comandante del Ejército no tiene investigación, sanción o impedimento alguno por parte de Fiscalía, Procuraduría, Justicia Penal Militar ni Justicia Especial para la Paz por temas relacionados con derechos humanos que le impida ejercer cargos públicos".

El debate sobre su ascenso ha provocado una tormenta política en Colombia y a esa posibilidad se oponen varias organizaciones no gubernamentales. El general, que siempre ha defendido su respeto a los derechos humanos y que en la época señalada tenía funciones eminentemente administrativas, no tuvo según estos documentos vínculo en ninguna operación señalada. Sin embargo, todos ocurrieron cuando era segundo comandante. "Siempre he estado, estoy y estaré atento a cualquier llamado de las autoridades", manifiesta el militar.

Los documentos proporcionados a este periódico también muestran que el 5 de agosto de 2005 el actual jefe del Ejército firmó una orden de recompensa de un millón de pesos (unos 260 euros actuales) para obtener información que arrojó "excelentes resultados operacionales y proceder así contra supuestos guerrilleros". También suscribió la orden de entrega el entonces teniente coronel a cargo del batallón La Popa, que hoy es jefe de Estado Mayor de Planeación y Políticas. 

Tras obtener esa información, fueron “dados de baja” dos supuestos miembros de las FARC y otro fue capturado. Los documentos del caso señalan que “existen serias dudas sobre si los hechos materia de investigación se generaron con ocasión del servicio activo” de los militares involucrados.

Además, el 21 de enero de 2006, dos días antes de que Martínez Espinel dejara el cargo al frente de la Décima Brigada, soldados de los Grupos de Acción Unificada por la Libertad Personal de ese destacamento asesinaron, según la acusación, a los indígenas Javier Pushaina, Luis Ángel Fince Ipuana y a Gaspar Cambar Ramírez; hirieron a Gustavo Palmar Pushaina y Moisés Pushaina Pushaina; y agredieron física y sexualmente a Irene López Pushaina y a Ligia Cambar Ramírez. Este caso fue admitido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 

El Estado colombiano expuso durante ese trámite, que se realizó en 2014, “su política de cero tolerancia con las violaciones de derechos humanos por parte de la fuerza pública y su marco normativo para prevenir, garantizar la no repetición y sancionar las privaciones arbitrarias de la vida y las muertes de personas protegidas, así como el marco de reparación integral”.                  (Francesco Manetto, El País, 05/06/19)