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16/2/22

Alejandro Viana: el 'Schindler' gallego que ayudó a huir del fascismo a 17.000 españoles, primero de Franco y después de Hitler

 "Diecisiete mil republicanos españoles que huyeron del fascismo, primero de Franco y después de Hitler, le deben parte de su vida a un gallego: Alejandro Viana. Natural de Ponteareas (Pontevedra), este diputado del Frente Popular, militante de Izquierda Republicana, fue pieza clave en la organización de más de 30 barcos, entre ellos el famoso Winnipeg rumbo a Chile, que sirvieron de vía de escape a los demócratas derrotados en la Guerra del 36. 

Y aunque su imagen aparecía en orla fotográfica al lado de otros célebres parlamentarios gallegos elegidos por la coalición de izquierdas en las últimas elecciones previas al golpe franquista –Castelao, Casares Quiroga, Osorio Tafall, Suárez Picallo–, Viana era prácticamente desconocido. Roberto Mera Covas lo ha remediado con el libro Alejandro Viana, un galego á fronte do rescate dos refuxiados republicanos (Ediciones Belagua, 2022), en el que Covas condensa más de veinte años de investigaciones sobre la biografía de este Schindler gallego, político y empresario. "Ha sido apasionante trabajar en encajar las piezas del puzle de su vida", afirma Mera. 

 La vida de Alejandro Viana Esperón es un puzle con muchas piezas que encajar. Nacido en 1877 en Ponteareas, en el seno de una familia sin recursos, fue primero un empresario emprendedor y después diputado en las Cortes españolas por la coalición de izquierdas del Frente Popular, victoriosa en los comicios del 36. Estalla la Guerra Civil y huye hacia Francia, donde se convierte en el responsable del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE). 

Y allí se erige en la persona clave en la organización de más de treinta barcos que parten hacia el exilio desde Burdeos. Su papel es clave en la evacuación de más de 17.000 republicanos españoles hacinados. Él, sin embargo, decide ser de los últimos en marcharse de Francia. "Viana podría haberse marchado cuando quisiese, pero que se quedase demuestra la altura de su dignidad moral", reflexiona el autor del libro, que es abogado y también se dedica a la política, como teniente de alcalde del gobierno del BNG en Ponteareas.

 El intento de huida de Alejandro Viana hacia América, con la Segunda Guerra Mundial de fondo y la Gestapo y la falange intentando boicotear el viaje, deriva en una angustiosa travesía de más de un año por las costas de África. Junto a él navegaban más de 600 refugiados, entre ellos el ya anciano expresidente de la República Niceto Alcalá–Zamora. "Viana era un señor de casi 60 años cuando estalla la Guerra, pertenecía a una burguesía viguesa progresista y con cierto compromiso social, y tenía una vida social intensa", explica el autor Roberto Mera, cuyo parentesco con Alejandro Viana –es su tío bisabuelo– lo condujo a adentrarse en esta apasionante investigación.

Exportador de huevos y burgués progresista

Muchos años antes de que Franco encabezase la rebelión fascista contra la democracia en España, Viana había llegado a Vigo desde Ponteareas muy joven. Su objetivo, trabajar y formarse en casa de unos parientes pudientes. Allí prospera y se convierte en un empresario audaz, montando una empresa pionera con la que se enriquece: la exportación de huevos a toda Europa. Su posterior matrimonio con Josefina Dotras lo emparenta con una familia de conserveros y lo introduce también en este negocio. "Según mis cálculos podría tener un patrimonio equivalente a unos tres o cuatro millones de euros actuales", calcula Mera.

Alcalde de Vigo durante unos meses, impulsor del periódico El Pueblo Gallego de su gran amigo Portela Valladares, promotor del estadio de Balaídos en donde todavía hoy juega el Celta, su nombre se hizo habitual en las páginas de sociedad de la prensa local. Sus negocios se expanden también a Portugal, donde teje una red de sólidas amistades, entre las que está Bernardino Machado, que sería presidente de Portugal y se exiliaría en A Guarda (Pontevedra) a principios de los años 30. 

Esta relación epistolar se conserva en treinta cartas. En febrero de 1936 sale elegido diputado en las Cortes españolas de la Segunda República. Fueron las últimas elecciones democráticas en España hasta 1977. "De esa época [la II República] se conservan varias cartas ente el y Alexandre Bóveda, que era un buen amigo suyo", explica Roberto Mera. Bóveda, secretario general del Partido Galeguista –también integrado en el Frente Popular– acabaría asesinado en agosto de 1936. 

 El 28 de junio de 1936, Alejandro Viana vota en Vigo a favor del Estatuto de Autonomía. Difícilmente podía imaginar que sería la última vez en su vida que iba a pisar la ciudad. El 18 de julio, el golpe franquista pone en jaque la legalidad republicana y Viana, se exilia en París. El Gobierno de la República en el exilio lo nombra responsable del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) y desde su oficina en París comienza a gestionar la salida de decenas de barcos desde Burdeos hacia América. 

Miles de refugiados republicanos suplican por un pasaje. "Por la documentación que existe, sumarían unas 17.000 personas, todas en barcos fletados por Viana, pero también consta un gran número de personas a las que gestionó visados y pasaje en líneas regulares, con lo cual el número sería muchísimo mayor", calcula Roberto Mera. Todo pagado con la red de financiación de los fondos que custodia el Gobierno republicano. "Resulta asombroso como un gobierno derrotado hace llegar en el exilio subsidios a mutilados o viudas, pagos a médicos en campos de concentración, localiza familiares dispersos o financia el dispositivo del SERE", señala el autor del libro.

Viana está en el centro de las operaciones que habilitan la ruta de escape de los derrotados. Son buques cuyos nombres evocan la conquista de un horizonte en libertad: Ipanema, Mexique, Sinaia o Winnipeg. En este último partieron hacia Chile apiñados 2.000 refugiados, en el que fue el mayor desplazamiento de pasajeros del exilio republicano y en el que participó Pablo Neruda, cónsul chileno en Madrid. 

Mera ha documentado que Viana también conoció al poeta. A bordo de estos barcos, multitud de artistas e intelectuales, de León Felipe a Luis Buñuel, de Max Aub a Luis Cernuda o María Zambrano. También gallegos como el político Luís Soto, el pintor Arturo Souto o el cineasta Carlos Velo. Todos continuarían su vida en México, país que nunca reconocería al Gobierno de Franco, solo al Gobierno de la República en el exilio.

Con el SERE funcionando a pleno rendimiento, los nazis toman París y, acosado por la Francia colaboracionista, Viana y su red de apoyo huyen hacia Burdeos, preparando su propia salida hacia América. Pero Viana decide que todavía hay mucha gente a la que antes debe dejar lista para embarcar. Los barcos zarpan, la Gestapo le pisa los talones y evita que Viana embarque. Inicia entonces una vida clandestina por toda Francia, y se refugia cerca de Suiza. Hasta que por fin surge la oportunidad en un barco que partirá de Marsella rumbo a América: el Alsina. En él se embarca, no sin antes sortear numerosas trabas. También lo hace el expresidente republicano Niceto Alcalá-Zamora, viudo con sus siete hijos.

Lo que parecía que iba a ser la travesía definitiva no acabó de serlo. En plena Segunda Guerra mundial el Atlántico era un avispero: submarinos, aviación desafiante y barcos de guerra expectantes. El Alsina, de bandera francesa, fondea en Dakar, capital de Senegal, pero no puede continuar porque necesita el Navicert, el documento de los ingleses que certifique que el barco es neutro y no transporta material bélico. La estancia acaba prolongándose durante cinco penosos meses, en pésimas condiciones, metidos en la nave fondeada. Hasta que los obligan a regresar a Casablanca, en Marruecos. Los republicanos huidos son entonces abandonados a su suerte.

La Gestapo y la policía franquista están al acecho e intentan por todos los medios evitar que puedan conseguir otro barco. Emerge una vez más la capacidad de gestión de Viana, de sus contactos con Portugal y de la estructura del Gobierno republicano en el exilio. "Logran recolocar a los pasajeros en el Quanza, un barco que sí tiene el Navicert y que viene de Lisboa. Cargado de judíos de toda Europa, escapan del nazismo hacia América", explica Roberto Mera. ¿Cómo consiguen el dinero en África para pagar otro barco? "Hay una carta en la que Viana agradece los 100.000 francos que pidió y le enviaron. Desconozco como en poco tiempo ese dinero podía estar en Dakar, pero me asombra su red y su habilidad para financiarse", indica Mera. El Quanza logra surcar el Atlántico y finalmente arriba a México en noviembre de 1941.  

 Alejandro Viana se reencontrará allí con su esposa Josefina, tras varios y convulsos años sin poder verse. El tenaz Viana no arroja la toalla. Participa del Gobierno de la República en el exilio y, con 64 años, vuelve a comenzar de cero. Logra la gestión de una farmacia y consigue la representación de varios medicamentos en todo el país. En 1952, con 75 años, muere en México D.F. Su memoria y su legado se había perdido. "Se diluyó por dos vías, la política y la familiar. No tuvo descendencia y pertenecía a Izquierda Republicana, un partido que se extinguió y no tuvo continuidad en democracia", concluye su sobrino–bisnieto Roberto Mera, que ahora busca rehabilitar a Alejandro Viana."            (Alfonso Pato, eldiario.es, 15/02/22)

25/1/22

'Illote P, Barraca 16': las memorias del gallego que dibujó el horror en los campos de concentración franceses: "Cada mañana retiraban varios cuerpos rígidos envueltos en sábanas. Eran los cadáveres de los más débiles, ancianos o enfermos"... muchos de estos ancianos y enfermos "habían sido separados de sus familias al cruzar a Francia, abandonados a su suerte"... "Fuimos pioneros de ese turismo actual trashumante de playa"... "Se repartía una bolla de pan para cada 25 personas", relata

 "La vida de Santiago Rodríguez Salinas podría ser una historia más nacida de la Guerra Civil, pero en realidad es otra cosa. Santiago vivía con su madre Antonia en Madrid en1936 cuando se alistó al Frente del Ejército Popular. Las cosas no salieron como esperaba y, tras la caída de Barcelona, tuvo que cruzar la frontera francesa en un periplo que le arrastró por tres campos de concentración. Fue una experiencia tan amarga para él, que hasta más de cuatro décadas después, en 1985, poco antes de fallecer en Redondela (Pontevedra), no la plasmaría en unas memorias. 

 En el libro 'Illote P, Barraca 16' (editorial Galaxia), que acaba de publicarse de forma póstuma, Rodríguez Salinas relata las condiciones de vida deplorables de los exiliados en los improvisados campos de concentración franceses. Hacinados en barracones, carentes de ropa de abrigo y sin apenas alimentos ni agua potable, cada amanecer son testigos de escenas desoladoras. "Cada mañana retiraban varios cuerpos rígidos envueltos en sábanas. Eran los cadáveres de los más débiles, ancianos o enfermos ", describe con amargura en una parte de sus escritos, donde relata como muchos de estos ancianos y enfermos "habían sido separados de sus familias al cruzar a Francia, abandonados a su suerte". Algunos de ellos aparecen en los dibujos que Santiago realizaba en su encierro. Y entrelaza entre los recuerdos los dibujos que su autor fue haciendo desde su cautiverio. 

 Su historia y la de su familia abarca todo el siglo XX, pero es una historia casi desconocida, salvo para las personas más cercanas. "Mi padre mantenía en casa un silencio absoluto sobre esta cuestión", explica a elDiario.es su hijo Eduardo Rodríguez 'Tatán', un actor que es una institución en el teatro en Galicia, sobre todo como fundador del histórico grupo de títeres 'Tanxarina'. 

 Nacido en Madrid en 1917, Santiago Rodríguez Salinas era hijo de una maestra republicana que lo tuvo de soltera y decidió darle sus mismos apellidos. Antonia, persona clave en el devenir de esta familia, decidió educar a Santiago en un ambiente de una clase media- alta de la época, estudiando en el Liceo Francés y en la Escuela de Artes y Oficios. Antonia convivía en Madrid con su compañero Alberto Marín Alcalde, intelectual de izquierdas y prestigioso crítico teatral de periódicos como 'La Vanguardia'. El golpe militar de julio de 1936 lo torció todo.

Integrado en el Frente del Ejército Popular en las batallas de Teruel y del Ebro, Santiago tiene que marcharse a Francia cuando Barcelona cae ante los fascistas. Allí comienza su nueva vida como refugiado en diversas playas francesas, convertidas en campos de concentración: "Fuimos pioneros de ese turismo actual trashumante de playa", escribe con ironía en su libro. El número de refugiados que llega en esos días desborda a las autoridades francesas, desconcertadas ante la avalancha de personas. Preveían 4.000 exiliados, y se calcula que llegan cerca de 500.000. 

 En sus memorias, Rodríguez Salinas cuenta el paso por los Pirineos en febrero de 1939, en pleno invierno, y su llegada a los campos de concentración de Saint Cyprien, Le Barcarès y, finalmente, Argelès-Sur-Mer, por el que se calcula que pasaron 100.000 refugiados españoles. Con humor a pesar de la debacle, Santiago describe la situación de estar tras una alambrada, sintiéndose "como animales en un zoológico, delgados debido al riguroso régimen dietético", ironiza en relación al hambre que pasaban. "Se repartía una bolla de pan para cada 25 personas", relata.

 Su encierro se desarrollaba a la par que el nubarrón político era cada vez más negro. Franco se asentaba en España, Francia declaraba la guerra a Alemania y posteriormente Hitler ocupa Francia. Cada día, el futuro se derrumbaba un poco más para todos los ex-combatientes.

"Éramos la masa del éxodo, sin depender de ningún partido ni sus asociados", se queja amargamente en sus memorias Santiago Rodríguez Salinas. "Mi padre no confiaba mucho en los comunistas, pues a muchos de ellos los veía con dudosos sentimientos de adhesión a la República", rememora su hijo Tatán, encargado con su hermana Carmen de custodiar la memoria familiar.

Muiñeiras y cante jondo en el campo de concentración

Rodríguez Salinas describe Argelès-sur-Mer como una gran ciudad donde "todo tiene sensación de provisionalidad". Los refugiados esquivan las penurias disputando partidos de fútbol o con actuaciones musicales "donde se escuchan desde cante jondo a muiñeiras", y en la que ofrecen sus servicios desde sastres, fotógrafos o barberos, "que utilizaban la navaja como si fuese una guadaña".

Su conocimientos de lengua francesa le permitieron conseguir un trabajo como ayudante de correos, clasificando las cartas entre los exiliados y sus familias. En el correo recibe una carta de su madre Antonia, donde le cuenta que su compañero Alberto Marín Alcalde ha sido hecho prisionero en Madrid, condenado a muerte y enviado al presidio de San Simón, en el fondo de la Ría de Vigo. Antonia decide entonces trasladarse a vivir a Redondela, para estar cerca de Alberto Marín.

 Las cartas de Antonia llegan a su hijo, pero otras no corren la misma suerte en el campo de concentración. "No encontrábamos al destinatario y no podíamos reenviarlas de vuelta a sus familias, porque podíamos ponerlos en peligro, por lo tanto las quemamos", escribe Santiago. Una decisión dolorosa, marcada por el temor y la prudencia. Allí comprueba también los donativos generosos de ayuda solidaria a los exiliados, como los enviados por el ilustre violonchelista Pau Casals, reconocido militante antifranquista.

De vuelta a España

Después de 16 meses de exilio itinerante por Francia, en 1940 los exiliados son metidos en un tren y entregados de nuevo a las autoridades franquistas. De regreso, acaba en otro campo de concentración en Reus, dos campos de batallones disciplinarios y una mili forzosa en Canarias. En total, casi siete años de castigo que el autor va desgranando en su libro 'Illote P, Barraca 16'.

 Hasta que Santiago Rodríguez Salinas llega a Redondela, para instalarse en esta localidad y estar al lado de su madre Antonia, la maestra republicana que vino para cuidar a su compañero Alberto, condenado a muerte y prisionero en San Simón. "Alberto Marín Alcalde era un intelectual de prestigio en la República y, como no tenía delitos de sangre, el Gobierno de Franco recibió un listado de firmas para liberarlo, incluso firmado por Antonio Machado", explica el actor Eduardo Rodríguez, 'Tatán'.

A Marín finalmente le conmutan la pena de muerte, es liberado y retoma su núcleo familiar en Redondela con Antonia y Santiago. Pero poco después se produce un amargo desencuentro entre la pareja que hará que sus caminos se separen. "Probablemente Alberto no se adaptaba a la vida del pueblo y necesitaba estar con sus trabajos en Madrid", resume Tatán.

 Antonia se queda en Redondela, y vive de impartir clases particulares en su casa, "puesto que jamás aceptó convalidar su título de maestra de la República e integrarse en el sistema de enseñanza franquista ", explica su nieto, con el que tuvo una relación muy cercana. Antonia imparte clases a muchos hijos de represaliados, con una metodología muy particular, "les recitaba a Lorca y arrancaba todas las hojas de los himnos franquistas y de la Falange que tenían las enciclopedias", explica Tatán.

Era una presunta vida apacible en el pueblo, pero en la que en el fondo todos tienen heridas internas que todavía supuran, y que llevan con resignado silencio. Santiago convive con su condición de vencido humillado y Antonia con la amargura de su ruptura con Alberto Marín Alcalde. Hasta que que en 1959 recibe la noticia de su muerte, que le afecta profundamente. "La abuela siempre mantuvo un enorme amor por Alberto. Él para nosotros seguía siendo de la familia", explica Tatán, que fue inscrito al nacer con los nombres de Eduardo Alberto, el segundo en homenaje a Marín Alcalde. 

 Santiago se asienta en Redondela, se casa y tiene tres hijos, uno ya fallecido. "Tuvo una fábrica de cepillos y varios oficios, era un buscavidas que hacía lo que podía para mantenernos", rememora su hijo Tatán. Mientras, seguía en contacto con los exiliados de ARDE ( Acción Republicana Democrática Española) en México, quienes le habían enviado una bandera republicana que guardaba oculta, quizá con la esperanza de volver a sacarla algún día y lucirla con orgullo en el balcón. Algunos de ellos eran también ex-combatientes que pasaran por los campos de concentración.

Cuando se jubila, y tras décadas de silencio, Santiago siente que no le queda mucho tiempo y en 1981 comienza a teclear sin desmayo su vieja máquina Olivetti. Fallece poco después, en 1985, a la edad de 68 años, tras dejar concluido el libro que ahora ve la luz. Su familia usó la bandera republicana que durante décadas ocultó en un cajón para envolver el féretro en el que lo llevaron a hombros camino del cementerio.

 Su madre Antonia todavía lo sobreviviría unos años más. Fue homenajeada por sus alumnas y alumnos, antes de fallecer en 1995 con 101 años en Redondela, el lugar en el mundo al que había llegado para cuidar a su compañero preso en la isla de San Simón, el represaliado Alberto Marín Alcalde.

Siempre, hasta que tuvo fuerzas y le dejaron, Antonia encendió cada noche una mariposa de luz flotando en aceite para recordar a quien fuera su pareja. Esa luz tenue con la que en los últimos años también recordaría a su hijo Santiago y que, seguramente, también representaba la nostalgia de lo que pudo haber sido y Franco y la Guerra Civil no dejaron que fuese."           (Alfonso Pato, eldiario.es, 21/01/22)

 

 

10/9/21

El reloj de Pamplona que salvó la vida de Enrique Cayuela en julio de 1936... mientras sus dos hermanos eran asesinados

 "Enrique Cayuela Medina sabía que en Pamplona no habría guerra. Allí triunfó el levantamiento militar desde el 19 de julio, un fatídico día que tan solo fue el inicio de cuatro décadas de represión. Conocido en la sociedad pamplonica por su militancia primero en Acción Republicana y después en Izquierda Republicana, además de pertenecer a una familia liberal y pequeñoburguesa, tenía que escapar de la represión franquista que al poco tiempo de iniciarse la contienda le acabaría arrebatando a sus dos hermanos, Natalio y Santiago. Tuvo una idea que le salvó la vida: se escondió durante tres meses en el hueco del reloj de la estación de autobuses de la ciudad que le vio crecer, pero también marcharse para nunca regresar.

La noche era peligrosa. Las sacas de madrugada o los paseos al alba no pasaban desapercibidos para alguien tan significado. Enrique encontró su refugio en apenas un metro de ancho, largo y alto, ya ocupado por una maquinaria de relojería. Cuentan que solo subía cuando caía la noche, y que se tumbaba en el suelo para evitar que se viera su silueta tras el cristal del reloj. Las manecillas seguían girando noche tras noche, día tras día, hasta que llegó el indicado para cruzar la frontera hacia Francia. Huía de Navarra, donde el levantamiento no obtuvo resistencia, pero no de España. Regresó. Primero a Catalunya y después a Valencia; un tiempo en el que prestó sus servicios como abogado primero y después como juez al Gobierno republicano. Cuando las cosas empeoraron y el levante estaba a punto de caer, se fue. Se exilió con su mujer, María Luisa Arzac, y sus tres hijos. Retornaron a Francia. Siguiente parada: Chile.

 "Enrique Cayuela llegó a ser secretario interino en el Ayuntamiento de Pamplona durante toda la Segunda República. El mismo 19 de julio, estando Mola en la capitanía general de Pamplona, se instaura el estado de guerra y detienen a más de cien personas, entre ellos a Santiago, su hermano pequeño", introduce Eduardo Martínez, historiador y autor del libro Y el tiempo se detuvo. Natalio Cayuela. Osasuna y justicia (Txalaparta, 2021). Natalio, el otro hermano, permaneció en su casa. Pensaba que no había hecho nada malo, y que pronto liberarían a Santiago. Craso error por su parte. Enrique fue algo más avispado y aunque también se quedó en casa se percató pronto de que no solo eran detenciones, sino también disparos no muy lejos de su casa.

 Según Martínez, existen dos versiones sobre lo ocurrido: que se escondiera tres o seis meses en el reloj para evitar la misma suerte que sus hermanos. El historiador se decanta por la primera opción, pues eso significaría superar "los peores meses de la Guerra en Navarra, cuando se llevan a cabo la mayor parte de los fusilamientos, entre julio y septiembre de 1936", en sus propias palabras. Pero su familia no era la única que vivía en ese edificio reservado para el funcionariado de la Administración. "Creemos que algún vecino lo sabría porque él sí que subía y bajaba las escaleras. O hubo buena gente en el vecindario o no se querían meter en líos", agrega el escritor.

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La derecha le persigue

Él sabía que sus hermanos ya habían sido fusilados por el bando sublevado. Santiago, detenido el 19 de julio con 25 años, y Natalio, detenido el 3 de agosto con 46: los dos liquidados el 26 de agosto junto con otro medio centenar de personas. "Esto impresiona en Pamplona porque han matado a los Cayuela, gente con cierto nivel adquisitivo, político y cultural", comenta Martínez. Pero no todos los Cayuela estaban muertos. Una cuarta hermana, llamada Josefina, y el protagonista de esta historia seguían con vida.

Tal y como afirma Martínez, los Cayuela aparecen en la prensa con el "Don" delante hasta mediados de julio. Eran una familia respetada, que participaba de forma activa de las organizaciones y asociaciones de la ciudad. Nadie se esperaba su final. Joseba Asiron, historiador y actual concejal en el Consistorio de Pamplona por EH Bildu, y antiguo alcalde de la ciudad, apunta que en las actas municipales del 8 de agosto de 1936, cuando Natalio y Santiago están detenidos y Enrique escondido, dos concejales de derechas preguntan al alcalde de aquél momento por la ausencia de Enrique. La cita textual es: "Están faltando al trabajo mientras otros derraman su sangre en defensa de la patria". Asiron termina la historia: "El alcalde les dice que tiene un certificado médico que exculpa las ausencias de Enrique, lo que es mentira, y al final aprueban la propuesta de estos señores, Beriain y Arribillaga, y se elabora una lista de quién está faltando al trabajo esos días, lo que se convertiría en una lista negra".

 El propio Asiron remarca que cada uno de los cuatro hermanos Cayuela Medina tuvo su importancia y relevancia. Natalio, el mayor, fue abogado y llegó a ser uno de los dos secretarios de sala en la Audiencia Provincial de Pamplona. "Su relevancia social también procede de su actividad en el equipo de fútbol del Osasuna, que consiguió llevarlo de tercera a segunda y después a primera división", completa el concejal. De hecho, esta historia se conoce ahora por el cumplimiento de los 100 años del mencionado club, creado en 1920. Martínez, el autor del libro, confirma que "al empezar a trabajar sobre el centenario vimos que había muchos represaliados entre los fundadores e integrantes de las juntas por sus ideas republicanas, socialistas o nacionalistas vascas". En realidad, toda la familia estaba muy vinculada al fútbol, con su nacimiento y desarrollo en Navarra desde primeros de siglo; y también en Gipuzkoa, con Pepe Arzac, cuñado de Enrique, jugador referencia del Real Unión, que también marchó al exilio con ellos.

Francia-Catalunya-València-Francia-Chile

Es difícil estar más cerca del tiempo de lo que lo estuvo Enrique, pero llegó la hora. Un coche le ayudó a pasar la frontera hacia Francia, aunque no está claro si un mugalari o un taxista, de las pocas personas que mantenían sus vehículos propios tras el estallido de la contienda y la requisa de los bandos. Con sus pies seguros en Biarritz, contactó con el resto de compañeros y esperó con su familia a ver cómo se sucedían los. Decidieron volver a España, pues la Guerra se alargaba. Entraron por Catalunya y se establecieron en Valencia. Esta capital mediterránea fue el enclave en el que los cinco, la familia al completo, pasaron sus últimos días. De ella marcharían a América, en concreto Chile, donde nacerían las siguientes generaciones que también tendrían que hacer frente a otros golpes de estado militares con tintes fascistas.

Luis Wenstein Cayuela es nieto de Enrique. Chileno de nacimiento, hace unos días por fin pudo ver dónde se escondió su antepasado de la barbarie fascista. "Él murió de tuberculosis en Chile y no lo conocí, pero la historia del reloj ha sido la historia de mi casa. Ahora he podido ponerle volumen a todos estos recuerdos que se me agolpan en el tiempo", relata el nieto a Público. Su biografía tampoco está exenta de exilios: "Mi madre, al igual que sus hermanos, los hijos de Enrique, eran gente muy comprometida con la política. Cuando llegó el golpe de Estado a Chile tuvimos que huir a Argentina, y allí tuvimos que vivir un nuevo golpe de Estado. Mi abuelo no lo llegó a ver, pero mi abuela, María Luisa Arzac, sí, y dice que se le venía todo encima porque recordaba lo ocurrido en España".

 "Ver el reloj es hacer carne de todo lo que te han contado. Tener la evidencia de que todo era tal cual lo contaba la abuela ha sido muy fuerte", se explaya el nieto de Enrique, que también visitó el Ayuntamiento, el lugar de trabajo de su antepasado, junto con otro de sus hermanos. "Se tiene que saber lo dura que fue la guerra para que la gente vea que aquello no fue un juego, y que, en el fondo, la democracia es algo a cuidar y tarea de todos mantenerla", en palabras del propio Luis Wenstein. Del Ayuntamiento se desplazaron al Palacio de Navarra donde fueron recibidos por el equipo del Consejero de Justicia y después al Parlamento, el lugar de trabajo de su tío abuelo Natalio.

Desplante en el Ayuntamiento

La parada en la Casa Consistorial no fue todo lo agradable que podría haber sido, según manifiestan los concejales allí presentes. Navarra Suma, en la alcaldía, no realizó una recepción oficial, ni siquiera dispuso a alguien de protocolo para enseñar el edificio a los familiares de Enrique Cayuela. Se limitaron a conversar con ellos a puerta cerrada durante 45 minutos, tiempo en el que más de una decena de concejales y profesionales de la prensa tuvieron que esperar.

 Según ha manifestado Xabier Sagardoy a Público, "este personaje fue un secretario del Ayuntamiento que tuvo que exiliarse con motivo de la Guerra, procedente de una familia con mucho arraigo en la ciudad, y su figura debe ser reconocida y reparada por las instituciones". En la misma sintonía se muestra y finaliza Asiron al afirmar que "la recepción fue una auténtica vergüenza, falta de consideración y respeto".

 En un trabajo pionero en el Estado, el colectivo Osasuna Memoria organizó la visita de los Cayuela al Ayuntamiento en una jornada que incluía visitas al Archivo General de Navarra, Palacio, Parlamento y la casa del reloj. Por otro lado, este colectivo ha impulsado la publicación de otros dos libros más y, gracias a su investigación, el Gobierno de Navarra pudo organizar un homenaje institucional el pasado mayo a las familias de los osasunistas represaliados por el golpe de Estado de 1936."              (Guillermo Martínez, Público, 21/08/21)

18/6/21

Ramona Domínguez, la última víctima del horror nazi de Oradour

 "Ramona Domínguez Gil ya está con los suyos. La exiliada republicana cuyo rastro estuvo perdido más de siete décadas ha sido oficialmente reconocida este martes como la víctima 643 de la matanza de civiles que las tropas nazis perpetraron en la localidad francesa de Oradour-sur-Glane el 10 de junio de 1944.

 En vísperas del 77º aniversario de uno de los episodios más siniestros de la ocupación nazi en Francia, el nombre de Ramona, cuya identidad descubrió un profesor catalán aficionado a la historia que alertó a las autoridades locales de la existencia de una víctima española más —en total fallecieron 19 españoles en Oradour, 11 de ellos niños—, ha sido incluido, este martes, en las placas conmemorativas del “pueblo mártir” cuyas ruinas calcinadas el general Charles de Gaulle ordenó no reconstruir para “conservar el recuerdo, para que nunca más se produzca una desgracia semejante”.

 “Se llamaba Ramona Domínguez Gil, tenía 73 años y había huido del franquismo con los suyos, como tantos otros españoles que intentaron, arriesgando sus vidas, combatir la opresión. Encontró refugio aquí, en Oradour (…) y murió aquí, en Oradour, con los suyos, víctima de la furia loca, de la ignominia de los hombres, víctima del mayor ultraje de la humanidad y de los valores de la república”, dijo el presidente del consejo departamental de Haute-Vienne, Jean-Claude Leblois, en la ceremonia en la que fue incorporada la foto de Domínguez a la Galería de los Retratos del Centro de la Memoria de Oradour.

 “Madame, su recuerdo ya no se borrará”, prometió ante representantes locales y del cónsul general español en Burdeos, Rafael Tormo Pérez, que depositó una corona de flores ante el memorial a las víctimas del cementerio de Oradour, hermanado desde 2017 con el pueblo español de Belchite.

El gran ausente al acto fue, paradójicamente, el principal responsable de que Ramona haya sido reconocida: David Ferrer Revull. Este profesor de Inglés de Sabadell, de 51 años, ha sido el que, mediante una exhaustiva investigación, motivada únicamente por un gusto por la historia y un deseo de que no se perdiera la memoria del exilio republicano, especialmente en el episodio tan olvidado de Oradour, descubrió no solamente que muchos de los españoles reconocidos como víctimas de la matanza nazi estaban mal identificados —apellidos confundidos o mal escritos, igual que fechas de nacimiento u otros datos incorrectos—, sino que en los registros franceses faltaba una víctima, Ramona Domínguez.

 Para Ferrer, que no pudo acudir a Oradour por motivos de trabajo, con esta ceremonia “las autoridades francesas muestran una voluntad manifiesta de poner a Ramona en el lugar de la historia que le corresponde”, dice por teléfono. Supone también una “voluntad de homenajear a las víctimas del fascismo, tengan la procedencia que tengan”, algo que dice que falta todavía en España, país de origen de Ramona y sus compatriotas fallecidos en Oradour, aunque empieza a haber algunos gestos, como la inauguración este jueves en Barberà del Vallès (Barcelona) de unos jardines dedicados a las hermanas Angelina y Emilia Masachs, dos de las víctimas españolas más jóvenes de Oradour (7 y 11 años).

Una matanza hasta hoy incomprensible

La pesadilla de Oradour sorprendió a los españoles como Ramona, una aragonesa asentada en Cataluña, en el que quizás fuera el primer momento de esperanza y tranquilidad tras largos años de guerra, primero en su país y luego en la Francia que los acogió —no en las mejores condiciones en muchos casos— tras la victoria del franquismo. Cuatro días antes del fatídico 10 de junio, se había producido el desembarco de Normandía, que abrió la esperanza de que la pesadilla de la guerra estaba por fin a punto de terminar. Con lo que no contaban los habitantes de Oradour, entonces una próspera población de 1.574 habitantes cercana a Limoges, era con la furia que la amenaza de derrota llevó a las tropas nazis enviadas como refuerzo al frente normando a realizar una “acción ejemplarizante” a su paso —y Oradour les quedaba de camino— para que los franceses no se envalentonaran con las noticias de la llegada de las fuerzas aliadas.

En junio de 1944, Ramona llevaba ya cuatro años viviendo en Oradour, adonde había llegado siguiendo a su hijo, Joan Téllez Domínguez, un anarcosindicalista de Barcelona que, ante el avance de las tropas franquistas sobre Cataluña, emprendió la huida a Francia en febrero de 1939, durante la Retirada, junto a su madre y su mujer, Marina Domènech, así como con los dos hijos de la pareja, Miquel y Harmonia. El último miembro de la familia Téllez Domènech, Llibert, nació en el hospital de Limoges del que dependía la vecina Oradour, en 1942.

 Todos perdieron la vida el 10 de junio de 1944, cuando llegaron a Oradour los soldados de las tres secciones de la tercera compañía del regimiento blindado Der Führer de la división Waffen SS Das Reich. Rápidamente, los efectivos nazis cercaron el pueblo y separaron a los hombres de las mujeres y los niños, que obligaron a entrar en la iglesia. Mientras los hombres eran ametrallados en varias partes de Oradour, en cuyas ruinas se multiplican las placas recordando los lugares de las ejecuciones, las mujeres y niños sufrían un destino más horrible si cabe aún, ya que la iglesia fue incendiada con las puertas cerradas. Quienes no murieron asfixiados o quemados, lo hicieron abatidos por las balas de los soldados apostados fuera. Se salvaron apenas un puñado de habitantes. De ellos, solo Robert Hébras, que tenía 19 años el día de la matanza, sigue vivo. Este martes, asistió emocionado a una ceremonia que “significa que la memoria existe”, celebró.

El saldo siniestro de esa jornada fatídica fue, durante décadas, de 642 víctimas, recordadas cada año, el 10 de junio, en una ceremonia. La próxima conmemoración ya honrará a los 643 muertos, tras la inclusión de Ramona Domínguez por el trabajo casi detectivesco de Ferrer Revull. Gracias a él, los españoles de Oradour “ya no son anónimos”, dice Amada Pedrola Rosseaud, vicepresidenta del Ateneo Republicano de Limoges.

“Ramona ha permitido que se conozca a los otros”, reflexiona Ferrer Revull. “De ser la desconocida, la que no figuraba en las listas, ha sido la que pone un poco de luz sobre todos los demás”, insiste."                  (Silvia Ayuso, El País, 08/06/21)

11/6/21

Alemania recuerda a los “españoles rojos” y su trabajo esclavo durante el nazismo

"La historia de Celestino Alfonso Matos no es muy conocida, y eso que asesinó a Julius Ritter, el responsable para el Servicio de Trabajo Obligatorio de las temidas Schutzstaffel (SS) alemanas en toda Francia. Pierrot, que era el apodo de Matos, era carpintero y había sido Comisario político de la segunda Brigada Internacional. Tras la guerra civil española, se había refugiado en Francia, donde fue internado en un campo en Saint-Cyprien y más tarde deportado a Berlín. Consiguió huir pero para acabar siendo fusilado en Francia.

La historia de este comunista y la de otros 140.000 refugiados republicanos es recogida por una exposición bajo el título de “Rotspanier”, que es el nombre que los Nazis dieron a los republicanos y significa “españoles rojos”. La muestra está abierta en Berlín desde el jueves 3 de junio en el Centro de Documentación para el Trabajo Forzado durante el Nacionalsocialismo.

Junto con la asociación francesa Ay Carmela, fundada por un antiguo trabajador forzado y otros familiares de víctimas en Burdeos, los historiadores Peter Gaida y Antonio Muñoz Sánchez han querido contar la historia de los huidos tras la guerra. Personas que padecieron, en especial en Francia y en Alemania, así como en las colonias francesas del norte de África, el internamiento en campos de trabajo forzado. “Con el argumento de no abrir viejas heridas en la sociedad española, la democracia restaurada después de 1975 no acomete una revisión crítica de la guerra civil”, asegura el texto de una de las columnas iluminadas que componen la exhibición.

“Tenemos una ley de memoria histórica desde 2007”, decía el embajador español Ricardo Martínez Vázquez en la apertura de la exposición el jueves... y poco más. Porque sabe que los trabajos forzados durante el franquismo ni han sido investigados en profundidad ni sus víctimas han sido compensadas. Martínez Vázquez aseguró, sin embargo, que la exposición berlinesa “para un español es muy importante”, recordó que “Franco no tuvo ningún interés” en la memoria de estas personas y que ello fue “uno de los motivos” por los que cayeron en el olvido.

Martínez escogió muy bien las palabras, evitando hablar de la guerra civil, término discutido en Alemania, donde hay historiadores que la llaman “Guerra Española”, por la evidente intromisión extranjera. También omitió el decisivo papel de Alemania, que sí se menciona en la exposición. El régimen nazi fue responsable directo de la victoria de Franco y, por tanto, de la propia existencia de los refugiados, a los que la Legión Cóndor incluso llegó a bombardear. Hoy aún hay una avenida dedicada a la Legión Cóndor en la capital alemana, el Spanische Allee.

El embajador está acostumbrado a esos malabares diplomáticos. En septiembre participó en el homenaje anual a las Brigadas Internacionales.

Los republicanos huyeron de la muerte y la cárcel, también del trabajo forzado durante la dictadura de Franco. Decenas de miles pasarían por el sistema de campos de trabajo alemanes y franceses. Esto fue objeto de discusión en Berlín el pasado mes de marzo en el Instituto Cervantes en un programa hecho en cooperación con el Museo que ahora expone la muestra. Con una charla en la que participó el historiador Nicolás Sánchez Albornoz, que estuvo preso y tuvo que participar en la construcción del Valle de los Caídos, dieron un repaso a la impunidad de los crímenes franquistas en ese terreno.

Republicanos españoles en las colonias francesas

“Abandonamos a los refugiados españoles frente al fascismo italiano, portugués y alemán”, explicaba el presidente de la asociación Ay Carmela Emmanuel Dorronsoro en la presentación de esta exposición en Burdeos. Y eso, a pesar de que “muchos españoles fueron actores y no solo víctimas”, ya que participarían más tarde en la liberación de Francia del fascismo, como explica Gaida.

Pero se conoce poco que el régimen colaboracionista de Vichy empleó a los refugiados republicanos para construir grandes proyectos arquitectónicos, no solo en Francia, sino también en Túnez, Marruecos o Argelia. “Deseamos que nuestra exposición contribuya a que el gobierno francés reconozca a los españoles que fueron utilizados mediante el trabajo esclavo”, explica.

Ya en 1939, Francia decidió que los refugiados tenían que contribuir a defender el país o aceptar un servicio de trabajo obligatorio. 90.000 republicanos fueron destinados a diferentes destinos para la economía de guerra, de los cuales 50.000 trabajaron en las Compañías de Trabajo Extranjero (CTE), unidades de trabajo militarizadas.

Los enviaron a reforzar la línea de combate construyendo fortificaciones. Cuando la Wehrmacht ocupó Francia, se produjeron las primeras deportaciones y miles de españoles terminaron en Alemania en trabajos forzados o en campos de exterminio como el de Mauthausen.

Poco después el régimen autoritario de la parte francesa no ocupada por los nazis y dirigida por el mariscal Phillipe Pétain envió 76.000 judíos y 86.000 franceses y extranjeros a los campos de concentración nazis, además de imponer un Servicio de Trabajo Obligatorio. “Durante cuatro años más de 30.000 españoles (…) son obligados a trabajar sin sueldo y bajo condiciones extremas en la agricultura o en la industria”, detalla la exposición, que recoge cartas, comunicados oficiales, informes y fotos poco conocidas de este capítulo del exilio español.

El internamiento en campos de trabajo en Argelia, así como el empleo de mano de obra forzada republicana en la construcción del proyecto colonial del tren “Trans-sahariano” por el norte de África son otros de los aspectos centrales de la exposición. El trabajo forzado en la organización alemana Todt, que construyó autopistas y fortificaciones gracias a los reclusos en sus campos de trabajo, pero también la construcción de búnkers forman parte del repaso que los historiadores Gaida y Muñoz Sánchez hacen al periplo penoso de miseria, abusos y malos tratos recibidos por los republicanos. Ambos llevan décadas trabajando sobre el tema que les ocupa.

Gaida es el experto por excelencia de los campos de trabajos forzados en la Francia de Vichy y tiene una cercanía a las asociaciones de familiares de las víctimas que le ha permitido conocer historias personales que han enriquecido esta y otras exposiciones, así como sus libros monográficos sobre el trabajo forzado en las colonias francesas o sobre el Muro del Atlántico, el gigantesco proyecto con el que Adolf Hitler trató de evitar la invasión marítima en las costas francesas.

Muñoz Sánchez ha investigado la historia de las indemnizaciones a los republicanos en Alemania y el trabajo forzado de portugueses en el régimen nazi. Su trabajo conjunto en la exposición “Rotspanier” muestra el recorrido penoso del exilio republicano en el Tercer Reich y en Francia.
Una exposición con vocación educativa muy exigente

Uno de los dos historiadores que han elaborado la exposición, el doctor Peter Gaida, explica a El Salto que la intención de la exposición es dar a conocer la historia de los miles de republicanos que no eran destacados comunistas y que acabaron como trabajadores forzados no solo en Alemania, sino también en Francia. Y que, además, este último país nunca les ha reconocido oficialmente ni compensado, algo que sus familiares reclaman desde hace décadas.

Lo cierto es que la vocación inequívocamente educativa de la exposición, que cuenta con una página web en tres idiomas en la que hay también actividades escolares para trabajar la materia en clase, vídeos y fotografías, es muy exigente con el visitante. Se presuponen conocimientos, como en el caso de Mauthausen, en el que el historiador no ha querido hacer hincapié por ser algo más conocido y estudiado y, por ello, asegura, habría sido redundante. No se menciona a Francesc Boix, que aunque es muy conocido en España, no lo es tanto en Alemania y ello a pesar de que sus fotos fueron usadas en el juicio de Núremberg para poder condenar a algunos de los responsables.

Además, hoy día da la impresión de que las cuatro décadas de existencia de la República Democrática Alemana (RDA) han desaparecido de la historia. A veces los historiadores no se molestan en nombrar lo que ocurrió durante este periodo en la mitad de Alemania, ni siquiera para criticarlo, como podría haber sido el caso en esta exposición. Tan solo se menciona que “en el este de Alemania se recuerda la memoria de las Brigadas Internacionales”.


En el caso de la RDA, las Brigadas Internacionales fueron uno de sus mitos fundacionales, y el país, autodeclarado como antifascista, a diferencia de la República Federal, no se consideraba a nivel legal como sucesora del tercer reich, por lo que en un primer momento se negó a pagar reparaciones de guerra. Los participantes en las Brigadas eran considerados héroes nacionales y algunos de ellos compartieron destino con los republicanos en los campos franceses y alemanes y después recibieron pensiones por ser víctimas del nazismo. Hubo algunos españoles que consiguieron asilo político en la RDA por haber combatido contra el fascismo, pero la admisión de solicitudes estaba condicionada, eso sí, al parecer, por su filiación política y el visto bueno del Partido Comunista de España.

La exposición itinerante, que ya había sido mostrada en Francia, ha sido financiada por un organismo público alemán, la Fundación “Recuerdo, responsabilidad y futuro”, que se fundó en 2000 para compensar a los trabajadores forzados del Nacionalsocialismo alemán y para “promover proyectos de reconciliación”. Después de que las víctimas de trabajos forzados del nazismo se pasasen décadas reclamando una compensación y de que el estado alemán rechazase sus peticiones una y otra vez, éstas fueron reconocidas cuando buena parte de los afectados ya había fallecido. Ahora Alemania da lecciones de memoria a Francia con esta exposición.

La investigación puede visitarse hasta el 31 de noviembre en el Centro de Documentación para el Trabajo Forzado durante el Nacionalsocialismo (Dokumentationszentrum NS-Zwangsarbeit), en el barrio de Treptow-Köpenick en la calle Britzer Straße número 5. La entrada es gratuita y el museo está adaptado para personas con diversidad funcional.

El museo es el único campo de trabajo forzado que se conserva en Berlín y dispone de dos exposiciones permanentes muy recomendables en las que se puede conocer las historias de los italianos encarcelados allí como presos de guerra, así como sobre el fenómeno del trabajo forzado durante el nazismo. Después de su paso por Berlín se espera que, si la pandemia lo permite, dicha exposición vuelva a Francia para ser expuesta después en Barcelona y, con suerte, en otras ciudades españolas."        (Carmela Negrete, El Salto, 08/06/21)

3/6/21

“A papá lo buscaron hasta matarlo”

 "Para María Fernández-Grandizo, los dos años que pasó en la cárcel fueron los más felices de su vida tras la guerra. Se lo confesó no una, sino mil veces a su familia. “Allí estuvo rodeada de gente que también era antifranquista y con la que podía charlar a gusto”, cuenta su hijo Manuel Laguna. 

Fuera, la represión de la dictadura la fue dejando cada vez más sola: en agosto de 1936 fusilaron a su padre, en noviembre a su marido y cuando ella salió de la prisión, mediados los años cincuenta, Manuel pasó clandestinamente la frontera con Francia y acabó exiliado en México.

“Soy consciente de que la vida de mi madre fue una auténtica tragedia”, señala Manuel Laguna en una entrevista realizada en Ciudad de México. En 1954, Manuel se metió en el maletero de un coche en San Sebastián y no salió de él hasta dejar atrás Irún. A partir de entonces madre e hijo no pararon de escribirse. María le envió, al menos, las 1.547 cartas que este exiliado de 87 años todavía conserva en su casa de San Luis Potosí (a 400 kilómetros al norte de Ciudad de México). Cada semana recibía una y él mandaba otra de vuelta. Así durante más de 30 años, hasta que María se quedó prácticamente ciega.

Las cartas las transformaron entonces en una correspondencia hablada. Cambiaron la tinta por la voz y pasaron a grabarse casetes que luego enviaban por correo. Empezaron a finales de los ochenta y no dejaron de hacerlo hasta 2003, cuando esta farmacéutica extremeña murió a los 101 años en una residencia de ancianos de Madrid, pese a la enorme resistencia que opuso a acabar en un asilo.

La vida de María (1901-2003) estuvo marcada por 1936 y por su profesión. Sus días pasaron tras el mostrador de la farmacia que regentaba en la calle del Príncipe en Madrid y, antes, en la de Llerena (Badajoz), de la que todavía se conservan carteles en los que se ofrecen “análisis gratuitos para enfermos pobres”. Incluso en la cárcel, se vistió la bata blanca y trabajó en la enfermería, lo que también puede explicar que no se le hicieran tan duros los años tras las rejas.

La crueldad de la guerra, la obsesión por evitar ir a la residencia y las historias de aquellas farmacias aparecen recurrentemente en los cientos de cintas que cruzaron el Atlántico. Muchas fueron reutilizadas, pero Manuel guarda intactas 61 horas de grabación, que acaban de ser digitalizadas y en las que María echaba irremediablemente la vista atrás. “De las cosas que he vivido en el último año no encuentro nada que merezca la pena recordar. No queda otra solución que recurrir a historias pasadas”, cuenta en una de ellas, grabada en 1995. Se traslada hasta los últimos recuerdos que conservaba de su padre y su marido y relata con claridad cómo cambió su carácter el 13 de julio de 1936, con el asesinato de José Calvo Sotelo, diputado y ministro de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Como señala María en esta cinta de 1997, conocieron la noticia en Rota (Cádiz), donde veraneaban, y en ese momento supieron que la reconciliación en España era imposible: cinco días después empezó la guerra.

A partir de entonces, la vida de María Fernández-Grandizo poco tuvo que ver con la que había tenido hasta ese momento. Su padre, abogado y alcalde republicano de Llerena, fue fusilado en esta localidad el 16 de agosto, un día después de que los militares le dieran el paseíllo en la plaza aprovechando que todo el municipio se había reunido para celebrar la fiesta de su patrona, la Virgen de la Granada. Meses después, el 7 de noviembre, el disparo a sangre fría de un militar iba dirigido contra su marido, Zacarías Laguna, también abogado y gobernador civil de Badajoz, que murió en Ronda (Málaga). Lo mataron a pesar de que poco antes se había unido a las filas franquistas para redimir su militancia republicana. “Esto lo hago por nuestros hijos”, le dijo en una carta a María 

“De un solo disparo en las sienes cayó a tierra”

Cuarenta y tres años después, el cura que presenció el fusilamiento de Zacarías Laguna recordó el instante en el que recibió “un disparo en las sienes y cayó a tierra”. Se lo contó a Manuel en una carta en 1980 que daba respuesta a la petición que le había hecho este desde México. Aquel 7 de noviembre, recién ordenado sacerdote, acudió a la cárcel para asistir a los detenidos y encontró a Zacarías “muy abatido y ensimismado”. Se subió al camión que trasladó a los presos a la puerta del cementerio de Ronda (Málaga), le prestó a Zacarías una silla y un crucifijo e hicieron la comunión espiritual. Poco después alguien tiró de su brazo para apartarlo y dispararon.

Años antes de aquella carta, el sacerdote le comunicó a María Fernández-Grandizo la muerte de su esposo y los enseres que les había dejado: una maleta con las cartas que durante meses no pudo enviar a su mujer, una pluma estilográfica y un texto “para los peques cuando sepan leer”. Tras conocer la noticia, María fue a verlo a Sevilla empeñada en conocer los detalles de la muerte de su esposo y las horas previas a su asesinato frente a aquella tapia.

A María Fernández-Grandizo le atormentaba no haber encontrado la forma de que su marido escapara. Se preguntaba una y otra vez si no hubieran podido trasladarse a Madrid en los primeros días de la guerra o si su esposo debería no haberse movido de Cádiz donde su amistad con el gobernador civil podría haberle servido de protección. También guardaba intacto en su memoria aquel “no se descuide” que les espetó a ella y a su marido un desconocido cuando paseaban por la calle poco después de comenzar la contienda.

En las grabaciones no deja de darle vueltas a esa frase y a las decisiones que tomaron cuando empezó la guerra, pero al mismo tiempo justifica el camino que tomó su esposo. En su relato, se empeña en preservar la memoria de Zacarías ante Manuel y su otro hijo, Emilio, con quien María vivió casi toda su vida en Madrid. “Vivía confiado y no por inconsciencia y comodidad sino porque probablemente se atenía estrictamente a lo que la vida le fuera ofreciendo”, le dice a su hijo en una grabación de enero de 1997.

Tras la muerte de su padre y su marido, María tuvo que seguir despidiéndose de los suyos. Poco tiempo después del comienzo de la guerra, envió a Manuel y a su hermano gemelo Emilio al internado Ramiro de Maeztu, en Madrid, ante el ambiente de represión y rencor que asfixió Llerena. La vida les dio un respiro a partir de 1945, aunque no por mucho tiempo. Ese año los tres lograron reunirse de nuevo en Madrid, pero siete años después la policía llamó un día a la puerta de su casa. María, Manuel y Emilio fueron detenidos el 7 de diciembre de 1952 y trasladados a la Dirección General de Seguridad (DGS) por dar cobijo y acudir a algunas de las reuniones de su primo Manuel Fernández-Grandizo, Munis, y sus compañeros trotskistas. En la sede de la DGS, en la Puerta del Sol de Madrid, permanecieron semanas incomunicados. “No volví a saber nada ni de mi hermano ni de mi madre hasta el 1 de enero”, cuenta Manuel.

Emilio Laguna quedó en libertad poco después, a María la condenaron a dos años de cárcel y Manuel huyó de España y fue declarado en paradero desconocido. Aprovechó un permiso para escapar y a partir de entonces, además de la muerte, a María la rodeó el exilio.

“Para que los policías de la frontera no se dieran cuenta de que había mucho peso en la cajuela [maletero], hinchamos las llantas [ruedas] de la parte de atrás un poco más de lo normal. Decidimos pasar un domingo porque pensamos que los guardias iban a estar preocupados por el resultado de la Real Sociedad-Atlético de Madrid. Nosotros solo escuchábamos el griterío de los que estaban siguiendo el partido por la radio”, rememora Manuel Laguna.

Así, con 20 años y sin haber podido acabar la carrera de Letras, cruzó la frontera en el maletero de un coche. Pasó una temporada en Francia, otra en Ciudad de México y acabó en una fábrica de ron de Ciudad Valles, una localidad del Estado de San Luis Potosí de la que apenas sabía nada antes de llegar. Ahora, con 87 años, cuatro hijos, seis nietos y dos bisnietos rebobina en su memoria y repite varias veces durante la entrevista: “Realmente no sé si mi historia tiene algo de particular y le va a resultar útil”. Han pasado 67 años desde que tomó un avión de hélices para poner un pie en el continente americano y ya no queda casi rastro madrileño o extremeño en su acento. Aunque España quedó muy atrás en el tiempo, todavía es capaz de viajar ocho horas de autobús para asistir al concierto que el pasado diciembre dio Joan Manuel Serrat en Ciudad de México.

El último cumpleaños de Manuel Laguna

El de 1936 fue el tercer y último cumpleaños que celebró Manuel sin volver la vista al pasado. Al día siguiente de esa celebración comenzó la guerra en España y la persecución a su familia. Estuvo mucho tiempo sin ni siquiera festejarlo y no volvió a soplar unas velas hasta que pasaron bastantes años desde su llegada como exiliado a México.

Sorteaba los 9.000 kilómetros que le separaban de su madre gracias a estos casetes que hubieran quedado almacenados en una estantería de no ser por la digitalización de las cintas con las que la hija de Manuel, Alicia Laguna, junto a la compañía Teatro Línea de Sombra, están montando una exposición en Llerena. Desde Ciudad de México preparan una muestra y una pieza escénica para recuperar la memoria y hablar de “la palabra en tránsito y el exilio”, cuenta.

Las grabaciones permiten colarse en la intimidad de una familia y advertir solo por el cambio en el registro de la voz, la evolución de la vejez en María. En ellas, el día a día de una madre y un hijo se mezcla con las historias de represión del franquismo, cuyas consecuencias María sufrió, no solo hasta 1975, sino hasta el final de sus días: la separación de su hijo se alargó durante medio siglo, aunque se vieron varias veces desde que Manuel llegó a México.

Ese sufrimiento de toda una vida queda reflejado en los casetes que María enviaba hasta San Luis Potosí. La tristeza inundó las grabaciones que luego Manuel devolvía rodeadas de anécdotas y vitalidad. Trataba de tirar del hilo de la felicidad. A pesar del exilio, la cárcel y los fusilamientos. A pesar de que, a partir de 1936, María se fue quedando cada vez más sola. Y estas cintas fueron durante más de 15 años el asidero para tratar de sobrellevar el dolor y tomar impulso para mirar de frente al futuro."                (Víctor Usón, El País, 27/12/20)

20/4/21

El infierno de los republicanos españoles exiliados en el norte de África

 "Marzo de 1939. Hace más de un mes que Cataluña cayó en manos de las fuerzas franquistas. Cerca de medio millón de refugiados republicanos españoles huyen por el Norte, en lo que aún hoy sigue siendo la migración más importante de la historia en una frontera francesa. 

Pero la retirada no es el último capítulo de la Guerra Civil española: en el sudeste de la península ibérica, los últimos bastiones republicanos caen uno tras otro. Las hostilidades culminan en el “cuello de botella de Alicante”. Sin poder huir por Valencia ni por el sur de España, que ya estaba en manos de los franquistas, los milicianos y civiles republicanos se ven obligados a tomar el mar.

Desde Alicante, varios miles de personas embarcan de emergencia rumbo al puerto más cercano, Orán. La flota republicana proveniente de Cartagena llega a puerto en Argel, antes de ser desviada, con 4.000 personas a bordo, hacia Bizerta, en Túnez. En total, en pocos días probablemente hayan llegado a las costas de África del Norte entre 10.000 y 12.000 españoles, tal vez más, según algunos testimonios. 

 Recluidos por la Tercera República Francesa

Si bien un puñado de republicanos son recibidos por sus allegados en Orán, que posee una fuerte comunidad hispánica, a partir del 10 de marzo de 1939 el gobierno de la Tercera República Francesa que administra África del Norte le pone un freno a su llegada. Desde hace un año, los decretos-leyes Daladier regulan la entrada de refugiados: clasifican entre “la parte sana y dedicada al trabajo, y los indeseables de la población extranjera”, imponen arrestos domiciliarios y reclusiones en centros de internamiento… El mismo esquema será retomado en Argelia, Marruecos y Túnez.

Mientras el alcalde de Orán celebra con gran pompa la victoria franquista, una parte de los republicanos son mantenidos por la fuerza en embarcaciones convertidas en barcos-prisiones. Quienes logran desembarcar permanecen en carpas, sobre todo en el muelle distante de Barranco Blanco. Eliane Ortega Bernabeu, cuyo abuelo estaba a bordo de uno de esos barcos, el Ronwyn, relata:

Estaban totalmente aislados, apartados de los habitantes. Sin embargo, algunos oraneses venían a ayudarlos, les traían comida, que subían a bordo de los navíos utilizando cuerdas. En cambio, otra parte de la población no quería recibir a esos españoles, porque les preocupaba la enorme cantidad que eran. El alcalde de la ciudad, el padre Lambert, era amigo de Franco. Contribuyó enormemente a crear un clima de temor en la población.

En el puerto de Orán, la situación se eterniza: miles de republicanos permanecerán allí más de un mes, en condiciones de insalubridad y subalimentación total.

 Trabajos forzados

En Túnez, los marinos y los civiles de la flota republicana también son apartados de la población. Rápidamente son enviados en tren hacia el centro del país y a campos de internamiento, sobre todo el de Meheri Zebbeus. En Argelia, luego de desembarcar, los refugiados también son llevados a campos de internamiento: “Había civiles, obreros, sindicalistas encerrados detrás de alambre de púa, y bajo la amenaza constante de las bayonetas”, señala Eliane Ortega Bernabeu.

En los numerosos campos, la mayoría de los cuales se encuentra en territorio argelino, se aplica la misma legislación que en la metrópoli. Peter Gaida, historiador alemán y autor de varias obras sobre los campos de trabajos forzados y los republicanos, explica:

Los exiliados son considerados como peligrosos para la defensa nacional, están obligados a ofrecer prestaciones a cambio del asilo: una parte de ellos va a los campos de internamiento, la otra a las Compañías Trabajadores Extranjeros (o CTE).

 Se trataba de prestaciones legales, ya que Francia estaba en guerra y los franceses también eran requisados.

En Argelia, las mujeres, los niños y también los inválidos fueron enviados a varios campos: Carnot (Orleansville) o Molière eran los más conocidos. Los combatientes iban a Boghar y Boghari, donde eran alistados para satisfacer las necesidades de mano de obra de la potencia ocupante. Su fuerza de trabajo fue utilizada principalmente para renovar caminos en la región de Constantina y para explotar las minas de carbón y de manganeso en el sur de Orán.

El transahariano, un viejo sueño colonial

Los dirigentes de la Tercera República Francesa deciden entonces conectar las minas de Kenadsa, situadas al sur de Orán, con los ferrocarriles marroquíes. Dos mil republicanos españoles y miembros de las Brigadas Internacionales integran la Compañía General Transahariana para construir las vías en el desierto. En su libro Camps de travail sous Vichy (Campos de trabajo bajo el gobierno de Vichy, editorial Les Indes Savantes, que se publicará en francés en junio de 2021), Peter Gaida publica el testimonio de uno de ellos, internado en el campo de Colomb-Béchard, en Argelia:

Nos enviaron a cuatro kilómetros del oasis para quitar la arena de una enorme duna petrificada de más de 2.000 metros de largo. La temperatura era asfixiante, más de 40º a la sombra, el agua era escasa y estaba caliente. Así comenzaron las disenterías, las crisis de paludismo, los vómitos y los fuertes dolores de cabeza.

 Luego del armisticio del 22 de junio de 1940, el gobierno de Vichy en el poder pone en marcha un viejo sueño colonial: la edificación de un ferrocarril estratégico, el transahariano, también llamado Mediterráneo-Níger. La idea es conectar las colonias de África del Norte con las de África occidental, o más bien, las capitales de ambos imperios coloniales, Argel y Dakar. Vichy emprende entonces la construcción de un enlace ferroviario de 3.000 kilómetros en pleno desierto. Pero los objetivos son múltiples: la cuestión también es transportar tropas militares, materiales y carbón explotado en Marruecos. Además, existe un proyecto en África Occidental para irrigar el río Níger y crear un cultivo de algodón gigantesco, para que Francia pudiera independizarse de los británicos. Para ello se necesitaba un ferrocarril que llegara hasta Argel.

Se trataba de una obra colosal, y estaba dividida en tres fases: la construcción de un eje Orán-Gao, bordeando el Níger; un segundo eje de Gao a Bamako, y un tercero que llevaría la línea ferroviaria hasta Dakar.

El horror de los campos

La mano de obra es ideal: las Agrupaciones de Trabajadores Extranjeros (Groupements de Travailleurs Étrangers, GTE, sucesores de los CTE) disponen de un marco legislativo represivo, una sutil alianza entre el colonialismo y el fascismo. En Marruecos, Túnez y Argelia se crean campos de internamiento. Pero los republicanos españoles no son los únicos que serán enviados a las diferentes construcciones: “Desde los campos franceses, como el de Vernet, serán deportados a los de África del Norte, en barco, anarquistas y comunistas franceses, miembros de las Brigadas Internacionales y personas con perfiles muy diversos. Para Vichy, ‘se trata de boca inútiles y de brazos necesarios’”, explica Peter Gaida.

 Además, varios miles de judíos son excluidos del ejército francés y asignados a las Agrupaciones de Trabajadores Israelitas (Groupements de travailleurs israélites, GTI). “En los campos también hay norafricanos, principalmente líderes de movimientos nacionalistas en Túnez y en Argelia. Así que hay una población bastante mixta, e incluso hay rastros de judíos alemanes y de yugoslavos”, comenta Gaida.

En la región de Orán, los detenidos políticos considerados como peligrosos son internados en los campos de Djelfa, Djeniene Bourezg o Hadjerat M’Guil. “En total hay seis campos dedicados a la represión”, comenta Eliane Ortega Bernabeu. “Son campos de la muerte, como los llamaban los republicanos internados. Entre 1940 y 1942, en Berrouaghia, todos los indicadores que hemos podido registrar demuestran que fallecieron al menos 750 personas de hambre, de frío o de las sevicias”.

Los reclusos sufren castigos, vejámenes y torturas. “El campo de Meridja [en Argelia] cerró después de que los republicanos hicieran una huelga de hambre para protestar contra los actos de tortura. En realidad, fue reabierto por Vichy un poco más al norte, con el nombre de Ain el-Ourak”, continúa Eliane Ortega Bernabeu. La construcción del transahariano, por su parte, se interrumpe: solo se construirán 62 kilómetros de vías.

En Túnez, las condiciones en los campos parecen apenas más clementes que en Argelia o en Marruecos. La mitad de las 4.000 personas que llegaron en 1939 volvieron a España, luego de una promesa de amnistía formulada por Franco. Victoria Fernández, hija de un republicano español exiliado en Túnez, relata:

“Según mis investigaciones, luego de su vuelta a España, fusilaron por lo menos a 25, y los otros vivieron en condiciones extremadamente difíciles. De los 2.000 que permanecieron en Túnez, una parte importante fue enviada a campos en la región de Kasserine, donde trabajaron en plantaciones hortícolas y de árboles frutales, o para diversas empresas.

 En numerosas ocasiones se han reportado maltratos, sobre todo en la región de Gabès. “Además, enviaron a 300 marinos republicanos al desierto, al sur del país. Politizados y refractarios, eran aún más indeseables que los otros”, continúa Victoria Fernández. Paralelamente, unos 5.000 hombres tunecinos de confesión judía serán asignados a trabajos forzados, en distintos campos, cerca de las primeras líneas.

Liberación de Francia, asistencia al frente de liberación nacional

El desembarco de los aliados en África del Norte en noviembre de 1942, conocido con el nombre de Operación Torch, reconfigura la situación: la incertidumbre se instala en el gobierno francés, y los generales Henri Giraud y Charles de Gaulle se disputan el control de Argelia y de Marruecos. En Túnez ingresa la Wehrmacht, que permanecerá seis meses: “Durante ese período de ocupación alemana, una parte de los republicanos españoles huyeron hacia Argelia, los otros intentaron disimular su identidad. Los que fueron atrapados fueron enviados a los GTE, en la región de Kasserine”, explica Victoria Fernández.

Otros republicanos hacen el camino inverso desde Argelia y Marruecos. Peter Gaida escribe:

Les proponen firmar un contrato de trabajo, volver, o tomar las armas. Así que muchos se alistan en las fuerzas vinculadas a la Francia Libre, y atacan a las fuerzas alemanas en Túnez. Luego de la partida de la Wehrmacht del país, algunos desembarcan en Sicilia, y volvemos a encontrar rastros suyos en las fuerzas de la Francia Libre en Provenza. De modo que, luego de ser refugiados de la Guerra Civil Española, de haber sido internados por la Tercera República y de haber sido trabajadores forzados bajo el gobierno de Vichy, terminan combatiendo por la liberación de Francia. Un destino pocas veces valorado, del que son víctimas y a la vez héroes.

 En 1943, una parte de los republicanos españoles partió hacia Casablanca, antes de embarcar para México o América del Sur. “Otros se quedaron, como mi familia. En realidad, pensaban que Franco terminaría siendo depuesto, dormían con la valija debajo del colchón”, recuerda Eliane Ortega Bernabeu. Su nacimiento en Orán en 1954 coincide con el comienzo de la guerra de liberación nacional en Argelia:

No soy una pied-noir, en primer lugar porque es un término colonial, pero también porque no soy francesa. Soy una española de Orán. Los republicanos llevaban consigo los valores democráticos, así que se oponían firmemente al colonialismo. Para ellos, la explotación de un pueblo por otro era un horror. Mucho más tarde, me di cuenta de que mi padre pagaba su cuota en el Frente Nacional de Liberación. Él y los otros veían la pobreza de los indígenas, la explotación, la tortura. Automáticamente se adhirieron a su combate.

 Los españoles que quedaron en Túnez terminaron yéndose, principalmente debido a problemas económicos. La última ola dejará el país tras la muerte de Franco, cuando España reconoció su servicio en la Marina.

Del paso de los republicanos en el Magreb subsisten lápidas, muy pocos textos, muchas zonas de sombra por iluminar. Peter Gaida, Eliane Ortega Bernabeu, Victoria Fernández y muchos otros siguen juntando incansablemente los fragmentos de esa historia. Una manera de darles a las víctimas de los campos un reconocimiento que, 80 años más tarde, todavía se hace esperar."           (Laurent Perpigna Iban, InfoLibre, 16/04/21)

28/5/19

Los barcos del exilio español: las rutas marítimas que los republicanos usaron para escapar de Franco

"Medio millón de españoles protagonizaron uno de los mayores éxodos de la historia contemporánea. Los refugiados que escaparon de la guerra civil conformaron una migración desesperada que, a menudo, encontró el mar como única puerta de salida del país. La huida se hizo en muchas ocasiones a lomos de barcazas o a bordo de los grandes buques.

El proyecto Barcos del exilio republicano español ha recogido las experiencias de este éxodo para conformar un relato sobre la huida marítima de españoles. Una página web coordinada por la Asociación Hijos y Nietos del Exilio Republicano. El trabajo cuenta la vivencia de varias rutas que acaban en puertos de África, América y Europa. Y un apartado extra dedicado a los niños del exilio.
"Hemos sumado 268 barcos desde el año 1937 a 1943 y 168 listas de pasajeros", explica Sonia Subirats, del colectivo organizador. Aunque "no están todos los listados completos", advierte, han logrado recopilar datos de, al menos, 15.928 exiliados solo entre Argentina, Chile, Colombia, México, República Dominicana y Venezuela.

La idea es conformar una herramienta "de divulgación y recuerdo". Como "una web abierta" al aporte de descendientes e investigadores, "de documentos, imágenes y datos". El proyecto, que ha sido presentado en el Museu Marítim de Barcelona, coincide además con los homenajes al 80 aniversario del Exilio Republicano.


La diáspora española


La diáspora española esparció por el mundo miles de historias anónimas. Vidas labradas lejos de la guerra y la dictadura. Pero también dejó como legado los nombres de colaboradores necesarios, caso del poeta Pablo Neruda o el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas. O de navíos salvadores como el Stambrook o el Winnipeg.
Así lo cuenta‘Barcos del exilio republicano español. Un espacio digital que parte de las vías marítimas y las embarcaciones, de los puertos de salida y llegada, para explicar el éxodo en "tres tiempos". Uno, "los niños y niñas amenazados por los frentes de combate entre 1936-37". Dos, "la población en el norte peninsular en 1937". Y tres, la huida "masiva de la población tras la derrota y rendición del ejército republicano", desde 1939 a 1943.

 

América


En varios países del continente americano arribaron los barcos cargados de migrantes forzados por la guerra y la represión franquista.
En Chile atracó el Winnipeg cargado con 2.500 refugiados españoles. Son los primeros días de septiembre de 1939. La guerra terminó en abril, pero la represión sigue azotando con fuerza. Al puerto de Valparaíso llegaron otros buques como el Órbita, el Reina del Pacífico o el Santa Lucía.

Otro puerto predilecto fue el de Veracruz (México). El barco Mexique navegó desde Burdeos (Francia) en julio del 39 con 2.200 exiliados. El Sinaia llegaba dos meses antes, desde las playas galas de Sète, con 1.800. Y el Orinoco, el Ipanema… y un buen puñado de buques que usan puertos como Coatzacoalcos y Tampico.

Buenos Aires, Argentina. Al abrigo de la dársena porteña aparecen barcos como el Alsina, que transporta 262 personas en siete travesías. O el Aurigny (171 viajes, 5 refugiados), el Belle Isle, Highland Monarch, Kerguelen, Mendoza… Zarpan de España. Y también, a veces, desde otros países.

Como en el año 42, con el Herna Gorthon, que sale de La Habana (Cuba) y el Río de la Plata, desde Casablanca (Marruecos). O en el 39, con el Groix desde Lisboa (Portugal) y el Massilia desde La Rochelle (Francia). De la misma tierra gala sale el Alexandrine Eudoxia hasta Barranquilla (Colombia). O el Normandie, desde El Havre, y el Margaret Johnson desde Amberes (Bélgica) hasta Puerto Colombia.

Hay barcos que repiten puertos, caso del Magallanes y el Marqués de Comillas que igual llegan a La Habana que a Nueva York (EEUU), donde también atracan el Normandie, Presidente Harding, Saturnia, Washington… El reguero de migrantes salpica a Santo Domingo y Puerto Plata (República Dominicana) o La Guaira en Venezuela.

 

Europa



Francia centra el capítuo europeo. A Marsella llegan el Galatea-Maine desde Gandía, el HMS Devonshire de Menorca, y el Marionga de Alicante. Por La Rochelle aparecen el Alice Marie, Cabo Corona, Habana y Luchana, entre otros.

O un listado de decenas de naves con salida en Asturias y País Vasco. Buques como únicas escapatorias de los asfixiados territorios norteños que buscan puertos como Burdeos, Nantes, Lorient, Bayona o Pauillac.

 

África



Las tierras africana también representaron una vía de escape. Argelia ofrecía el muelle de Orán. Por ahí pasaron muchos buques atestados de republicanos. Como el Stambrook con 3.638 españoles que salieron el 28 de marzo de 1939 desde Alicante. El African Trade había depositado a 1.250 personas apenas diez días antes.

Al puerto de Mers El Kebir también llegaron refugiados. En la vecina Túnez lograron desembarcar unos 4.000 exiliados. El lugar elegido fue el embarcadero de Bizerta. Ahí atracaron numerosas naves. Caso de Almirante Antequera, Lepanto, Miguel de Cervantes o Libertad.

 

Los niños del exilio


El rastro de los menores de edad que dejaron España en el contexto de la guerra civil lleva a Rusia. Un puerto como el de Leningrado recibe barcos como el Sontay que parte desde Burdeos con 1.494 'niños de la guerra' el 13 de junio del 37. El Kooperatsia sale de El Musel (Gijón) en septiembre del mismo año. Otros zarpan de Le Havre, como el Felix Dzerzhisky y el Mayra Ulianova.

Pero los buques enfilan Inglaterra también. El Habana toca el muelle de Southampton el 23 de mayo del 37. Dos días antes partía desde Bilbao con 3.889 niñas y niños a bordo. México recibe al Morelia, con cientos de menores. Argelia a 84 que llegan a Orán en El Mansour desde Port Vendrés.

A Estados Unidos llegaría un grupo a Baltimore, en el Nyasa y en el Serpa Pinto. Las dos embarcaciones enfilan el Atlántico en 1942 desde Casablanca. Dinamarca recibió más de un centenar de jóvenes españoles. Saldrán en 1937 en dos expediciones desde Dunkerque hasta Esbjerg.


"Somos hijos de exiliados"


"Para nosotros que somos hijos de exiliados, ha sido muy importante hacer este reconocimiento", dice Sonia Subirats sobre el proyecto Barcos del exilio republicano español. Y más haciendo coincidir la puesta en marcha del espacio digital con el 80º aniversario de la diáspora republicana.
"Ahora queda una web abierta para que la gente la vea, nos escriba, nos recuerde, para que sirva para otras investigaciones y para que podamos recibir más información", dice la coordinadora de la Asociación Hijos y nietos del exilio republicano.

Para que las familias de las víctimas del franquismo, los descendientes de los exiliados, sigan aportando "fotografías", relatos, historias. "No todas las listas están completas, pero hemos sumado 268 barcos desde el 37 al 43, y 168 listas de pasajeros", subraya."                (Juan Miguel Baquero, eldiario.es, 23/05/19)