Durante
mucho tiempo, Pintado creyó que la pareja que la crio eran sus padres
biológicos, pero había algunos aspectos desconcertantes sobre su
familia. No tenía hermanos, lo que era raro en un pueblo católico como
Campo de Criptana; la propia Pintado, que entonces tenía 44 años, tenía
tres hijos. También hubo un extraño incidente que ocurrió después de la
muerte de su padre: un abogado que se ocupaba de la herencia encontró
unos papeles que demostraban que ella había nacido con un apellido
diferente, pero antes de que nadie de la familia pudiera examinarlos con
detenimiento, su madre le arrebató los documentos y se negó a volver a
hablar de ellos.
Mientras Pintado
estaba sentada en su garaje, escudriñando los papeles, encontró otro
documento tan confuso como la nota del médico. Era un certificado de
nacimiento, que indicaba que su madre había dado a luz a una niña en la
maternidad Santa Cristina de Madrid. “Buen aspecto y vitalidad, buena
coloración”, escribió un empleado del hospital. El papel tenía la fecha
del cumpleaños de Pintado, el 10 de julio de 1973. Incluso había un
número de habitación: el 22.
Pintado
miró de cerca la partida de nacimiento. Pudo ver que alguien había
arrancado el tercio superior del papel, dejando un borde irregular. Su
partida de nacimiento había sido manipulada; aquí había algo que alguien
quería ocultar. “No puede ser mi madre”, me dijo. “Y es cuando pensé
que yo era un bebé robado”.
Pintado conocía
desde hacía tiempo el fenómeno de los bebés robados en los hospitales
de España. Los robos se produjeron durante el final del régimen de
Francisco Franco, el dictador de derecha que gobernó el país hasta 1975,
y aún hoy las desapariciones siguen siendo objeto de misterio y debate
entre los estudiosos. Según las madres biológicas, las monjas que
trabajaban en las maternidades se llevaban a los bebés poco después de
dar a luz y les decían a las mujeres, a menudo solteras o pobres, que
sus hijos habían nacido muertos. Pero los bebés no estaban muertos:
habían sido vendidos, discretamente, a padres católicos acomodados,
muchos de los cuales no podían tener familia propia. Bajo un montón de
papeles falsificados, las familias adoptivas enterraron el secreto del
delito que habían cometido. Los niños secuestrados fueron conocidos en
España simplemente como los “bebés robados”. Nadie sabe exactamente
cuántos fueron secuestrados, pero las estimaciones apuntan a decenas de
miles.
El fenómeno de los bebés robados fue solo una parte de una pesadilla
nacional que comenzó en España con la llegada de Franco al poder.
Franco, comandante del ejército de derecha, formaba parte de un grupo de
oficiales militares que conspiraron para derrocar al gobierno español
en una rebelión del ejército en 1936, lo que desencadenó la Guerra Civil
española. De la noche a la mañana, España pasó de ser una democracia a
un país en el que los escuadrones de la muerte acorralaban y ejecutaban
a izquierdistas e intelectuales. Cuando los nacionalistas franquistas
no pudieron someter al País Vasco, recurrieron a los aviones de guerra
de la Alemania nazi que arrasaron la ciudad de Guernica, lo que inspiró
el famoso cuadro de Pablo Picasso que lleva su nombre. La crueldad era
típica de un nuevo tipo de autoritarismo que comenzó a derribar las
democracias una por una en Europa en la década de 1930. Pero a
diferencia de Adolf Hitler, Franco sobrevivió a la Segunda Guerra
Mundial. El régimen español perduró como un estado fascista en el
corazón de la Europa moderna.
Como líder supremo de España, Franco
adoptó el título de Caudillo, y pronto comenzó a eliminar las libertades
sociales dentro del país. Hasta principios de la década de 1930, España
había sido uno de los países más progresistas de Europa, al permitir el
divorcio de las parejas casadas y que las mujeres solicitaran abortos.
Bajo el régimen de Franco, esos derechos fueron rápidamente anulados. Se
prohibió la anticoncepción, se penalizó el adulterio y las mujeres
perdieron el derecho al voto. Se censuraron los periódicos y se
prohibieron muchos libros, incluidos los de Federico García Lorca, el
poeta y dramaturgo más famoso de España. (García Lorca ya había sido
asesinado por los nacionalistas durante la guerra civil). El movimiento
político de Franco, la Falange, llegó a publicar un horario para las
amas de casa en el que se indicaban los horarios para llevar a los niños
al colegio, blanquear la ropa y preparar las cenas.
Pero
uno de los abusos más duraderos de la época lo sufrieron los niños. A
finales de los años treinta y cuarenta, Antonio Vallejo-Nájera, un
destacado psiquiatra del régimen que se formó en la Alemania nazi,
promovió la idea de un “gen rojo” marxista que portaban los hijos de los
opositores izquierdistas de Franco. El gen, decía, podía suprimirse al
separar a los niños de sus madres y ubicarlos en familias conservadoras.
Los hombres de Franco pronto comenzaron los secuestros a gran escala.
Se centraron en los niños huérfanos de los pelotones de fusilamiento de
Franco y se llevaron a los recién nacidos de las mujeres que habían dado
a luz en la cárcel como presas políticas. Todos fueron enviados a que
los criaran personas leales al régimen. Fue el inicio de la era de los
“bebés robados”.
El
gobierno de Franco también marcó un giro dramático para la Iglesia
católica, que permitió que sus monjas y sacerdotes se convirtieran en
socios del régimen de derecha. Dirigían el sistema educativo, donde los
niños debían ser instruidos en los valores católicos y aprendían a leer
con la Biblia. Franco también cedió al clero la supervisión de algunos
sectores del sistema hospitalario estatal. A menudo, las monjas se
encargaban de la alta dirección de los hospitales, ayudaban a
seleccionar el personal y supervisaban el presupuesto. Pero su
influencia era tal vez mayor en las secciones de caridad de los
hospitales que acogían a los pobres. Allí, las monjas solían animar a
las madres solteras a dar sus bebés en adopción a parejas casadas.
“Las madres ya no eran presas, rojas o esposas de rojos”, escribieron los periodistas Jesús Duva y Natalia Junquera en Vidas robadas,
un libro de 2011 sobre los secuestros. “Ya no se trataba de una
represión política, aunque, de alguna manera, las víctimas seguían
perteneciendo a la clase social de los vencidos: matrimonios humildes”.
Durante un tiempo, el acuerdo funcionó sin problemas. Pero en los años
sesenta, Franco abrió España al turismo y a las industrias
multinacionales, que trajeron a extranjeros con ideologías más
liberales. La economía también se disparó, dando a las mujeres más
independencia. Ser madre soltera ya no era tan imposible como parecía.
“Se reduce la oferta de bebés”, me dijo Soledad Arroyo, una periodista
que investigó las primeras acusaciones. “Pero ya se ha generado un
mercado de tráfico de bebés ilegal. ¿Qué vas a hacer entonces?”.
Algunas
monjas —con la ayuda de médicos, enfermeras y matronas— empezaron a
secuestrar bebés para satisfacer la demanda. En algunos casos, las
monjas consiguieron convencer a las madres de que entregaran a sus hijos
por voluntad propia, aunque muchas dicen que fueron coaccionadas para
que entregaran a sus recién nacidos. Otras dicen que las sedaron en la
sala de partos y luego les dijeron, cuando despertaron, que sus bebés
habían muerto. En realidad, los niños habían sido vendidos a otras
familias.
El
régimen de Franco no fue el único que utilizó el robo de niños como
arma política. En Argentina, hasta 30.000 personas fueron
“desaparecidas” por una junta militar que gobernó de 1976 a 1983 y
entregó a sus hijos huérfanos a familias de derecha, lo que provocó
décadas de protestas y exigencias de que el gobierno investigara. En
España, la gente suele referirse a los casos argentinos como si
ofrecieran un precedente. Pero a diferencia de Argentina, España nunca
estableció una comisión de la verdad y la reconciliación. De hecho, el
país hizo lo contrario, al aprobar una amplia ley de amnistía en los
años posteriores a la muerte de Franco que absolvió a los miembros del
régimen de la mayoría de sus crímenes pasados. Aunque no se concedió
explícitamente la amnistía a los responsables de los secuestros, la
política reflejó un consenso que había surgido en la España
posfranquista: evitar enfrentarse al oscuro legado de la dictadura. El
acuerdo tenía incluso un nombre: el Pacto del Olvido. Los líderes
españoles, tanto de la derecha como de la izquierda, defendieron la
necesidad de una democracia pacífica, aunque ello conllevara sacrificar
los pedidos populares de justicia. “No perturbemos las tumbas ni nos
arrojemos los huesos unos a otros: dejemos que los historiadores hagan
su trabajo”, dijo José María Aznar, expresidente del Gobierno, en un
discurso pronunciado años después.
Es un sentimiento que ha perdurado hasta
hoy. Muchas fosas comunes pertenecientes a víctimas de los nacionalistas
que fueron asesinadas durante la guerra civil siguen intactas, a pesar
de los pedidos de los familiares para exhumar e identificar los cuerpos.
El Valle de los Caídos, basílica católica y monumento a la dictadura
fascista, sigue dominando la capital. Y para los bebés robados de la
época, ahora adultos de mediana edad como Pintado, no ha habido ningún
reconocimiento oficial de lo ocurrido en los hospitales. Ni una disculpa
del gobierno o de la Iglesia por los secuestros. Y ningún punto de
partida claro para encontrar respuestas. Pintado, como muchos otros,
tendría que convertirse en detective del caso de su propio secuestro,
encargada de buscar a los padres que no conoció.
Campo de Criptana
ofrecía lo que parecía una infancia ideal para Pintado. El pueblo está
situado junto a una carretera que sale de Madrid hacia el sur, donde el
paisaje urbano de la capital va dando paso a los viñedos y los campos de
trigo. En la colina que domina el pueblo se encuentran gigantescos
molinos de viento blancos del siglo XVI, que, según los habitantes,
inspiraron los de Don Quijote.
Pintado atesora recuerdos de las sinuosas calles, de sus padres, de la
tienda que su padre había regentado, la Panadería Manuel Pintado. De
pequeña, le gustaba jugar entre las cajas de huevos que él descargaba
mientras su madre vendía cruasanes y magdalenas a los clientes. Ahora,
de adulta, se daba cuenta de que quizá nunca había conocido a sus
padres. Le habían ocultado un secreto y estaba decidida a averiguar
quién más lo había sabido.
Comenzó por
acercarse a una vecina que había sido muy amiga de sus padres. Armada
con los papeles del garaje, ella y su esposo, Jesús Ignacio Monreal,
llamaron a su puerta. “Vengo a enterarme”, dijo Pintado sin rodeos tras
entrar. “Explícame qué pasa. Explícame cómo fue mi nacimiento”.
La
amiga de la familia admitió que siempre había estado enterada de la
adopción, pero dijo que no sabía mucho más. Pintado le pidió a la vecina
que hiciera memoria, que recordara todo lo que pudiera, incluso los
detalles que no parecían importantes. La vecina recordó que estaba con
los padres de Pintado la noche en que la trajeron a casa desde el
hospital. Estaban en la calle y la pareja le mostró la cara de la bebé,
que parecía la de un angelito. Pero también había habido algo extraño en
el encuentro. El padre de Pintado había insistido —su cuerpo temblando
de rabia— en que nadie debía decir nunca a su nueva hija que era
adoptada. Tenía permanecer en secreto. Así que la vecina no volvió a
sacar el tema hasta que Pintado y Monreal le preguntaron aquella noche.
Mientras
el esposo de Pintado escuchaba, no le sorprendió del todo la historia.
Muchos años atrás, Monreal había oído rumores de que su esposa había
sido adoptada, pero nunca los mencionó, ni cuando eran jóvenes y se
contaban sus vidas, ni durante los años de matrimonio en los que
tuvieron tres hijos. “Mi marido”, me dijo, “también lo sabía, pues no me
lo ha dicho nunca porque ha pensado que yo lo sabía, como que era una
intimidad mía, que yo no quería sacarlo, que no quería yo decirlo”.
Monreal
cree que sí se lo comentó al menos una vez a su esposa, después de que
Petra le arrebatara los papeles de la herencia. Pero no presionó a
Pintado al respecto. Monreal tendía a evitar los enfrentamientos: él
también había crecido en el pueblo y sabía que el tema de las adopciones
podía ser difícil. Pocos lugares eran más tradicionales que Campo de
Criptana, donde la vida se centraba en las cofradías, cada una con su
propia sala de reuniones dedicada a una figura diferente de la Biblia.
Tanto Monreal como Pintado sabían que para su madre, católica, no poder
tener una familia propia habría sido un motivo de vergüenza, un secreto
más en un pueblo lleno de ellos. Pero al oír a la vecina describir el
enfado de su padre, se dieron cuenta de que la verdad podía ser aún más
oscura. Sus padres no actuaban por vergüenza. Puede que estuvieran
intentando encubrir un delito.
Pintado decidió ir al ayuntamiento de Campo de Criptana para pedir una
copia de su documento del registro civil, que incluiría algunos datos
más sobre su nacimiento. Un trabajador entró en el archivo y sacó un
papel, marcado con un escudo de España, que decía que Pintado había sido
inscrita con un apellido diferente al de sus padres: Pardo López, el
mismo apellido que creyó ver en los documentos de la herencia que le
había quitado su madre. El documento, con una letra borrosa y difícil de
entender, decía que los nombres de los padres eran Miguel y María.
Pintado tenía ahora documentos que esencialmente decían que había nacido
dos veces: de la mujer que la crio, y de esta pareja de la que no sabía
nada.
Pintado continuó su búsqueda, llamando a todas las puertas de su pueblo,
con la esperanza de que otras personas estuvieran finalmente dispuestas
a compartir lo que sabían ahora que sus padres ya no estaban. Algunos
de los amigos de sus padres habían muerto en los últimos años, y otros
decían desconocerlo. Pero una vecina contó una historia que Pintado
nunca había oído. Cuando su madre vivía, ella y su grupo de amigas se
reunían los sábados. Después de unas horas, a Petra “se le escapó unas
cosas”, dijo la vecina, incluyendo una historia sobre la noche en que
Pintado fue traída a casa desde Madrid. Petra contó al grupo, casi con
jactancia, que los implicados en la adopción le habían pedido que
llevara una almohada bajo el vestido para parecer embarazada cuando
fuera al hospital. También dijo que había pagado una gran suma de dinero
por la adopción.
Pintado apenas podía procesar lo que estaba escuchando. Si su madre
había fingido estar embarazada, si su partida de nacimiento era falsa,
si sus padres habían ofrecido un gran pago por ella, entonces debían
saber exactamente en qué estaban metidos: habían participado activamente
en su secuestro. Su amor por ellos se había construido sobre una
historia compartida que ahora sabía que no era cierta. Podía sentir que
su sensación de engaño se convertía en ira. “Quería preguntarles: ‘¿Por
qué? ¿Por qué han hecho esto?’”, me dijo Pintado. “Yo no soy una persona
que puede robar a una hija a otra madre”.
De
vuelta en su garaje, entre los papeles de su difunta madre, Pintado
encontró una pista más. Su madre había guardado un juego de tarjetas de
felicitación de una monja católica de Madrid. Una de ellas mostraba a
José y María en un nacimiento; la segunda representaba a una mujer con
un hábito, sosteniendo a un niño. “Que su hija a quien recuerdo sea un
estímulo para seguir viviendo lleno de ilusión”, decía.
Pintado
recordaba haber visitado a una monja en Madrid cuando era niña.
Recordaba el tren a la capital, y a su madre dejándola afuera mientras
entregaba un sobre con dinero. No recordaba el nombre de la monja. Pero
allí estaba, firmado en la parte inferior de la tarjeta: sor María Gómez
Valbuena. Pintado buscó el nombre en internet y encontró decenas de
denuncias de secuestros, muchas de las cuales se parecían a la suya. Un
caso tras otro la llevó al hospital donde había nacido.
Las primeras acusaciones
públicas de que se vendían bebés en España llegaron ya en los años
ochenta. Una portada de una popular revista femenina publicó un titular
en 1989 que decía: “Tráfico de niños en Madrid — ‘Me quitaron a mi hija
sin llegar a verla’”. En las páginas siguientes, una madre desesperada
contaba la historia de cómo un médico llamado Eduardo Vela
trató de hacerle firmar los papeles de adopción tras salir de la
anestesia durante el parto. Su bebé, dijo, fue vendida por 380.000
pesetas, el equivalente a varios miles de dólares.
Sin
embargo, el Pacto del Olvido de España se mantuvo. A medida que surgían
más acusaciones de robo de bebés, los relatos eran en su mayoría
ignorados. Los jueces del país, muchos de ellos remanentes del
franquismo, se negaron a aceptar los casos. Y aunque el régimen de
Franco cayó en la década de 1970, el sistema hospitalario siguió siendo
dirigido por las mismas monjas durante años.
Tuvo
que llegar un nuevo presidente del gobierno para que algo cambiara
finalmente. En 2004, el gobierno conservador fue derrotado por José Luis
Rodríguez Zapatero, un socialista que llegó al cargo con planes para
abordar los tabúes del pasado. Rodríguez Zapatero ordenó retirar la
última estatua de Franco que quedaba en Madrid. Luego, a instancias de
Rodríguez Zapatero, España aprobó su ley de memoria histórica en 2007,
que condenaba los crímenes del franquismo y reconocía por primera vez a
sus víctimas.
Empezó a surgir una
nueva generación de víctimas, esta vez liderada no por las madres que
habían perdido a sus bebés, sino por sus hijos, ya adultos, que buscaban
a sus padres biológicos. Formaron organizaciones de base como la
Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares, que calculó
que hasta el 15 por ciento de las adopciones en España entre 1965 y
1990 se realizaron sin el consentimiento de los padres biológicos. En
2011, el grupo presentó su primera demanda en nombre de 261 personas que
decían ser víctimas de los secuestros. La presentación causó sensación
en el país, lo que hizo que se presentaran más casos. En un mes, el
número de casos había aumentado a 747.
A
medida que aumentaba la presión, el fiscal general de Rodríguez
Zapatero, Cándido Conde-Pumpido Tourón, inició su propia indagatoria.
Pronto descubrió un patrón: aunque las víctimas habían presentado muchas
denuncias a lo largo de las décadas, los jueces se habían limitado a
archivar un caso tras otro, alegando el plazo de prescripción.
Conde-Pumpido no estaba de acuerdo con estas desestimaciones y me dijo
hace poco que el Estado tenía que llegar al fondo de lo sucedido, y
luego resolver las cuestiones de quién era el culpable. Los funcionarios
comenzaron a investigar activamente los secuestros, y el número de
casos se disparó a más de 2000.
El
primer sospechoso que surgió fue Vela, el ginecólogo nombrado en el
artículo de 1989. Los funcionarios habían entrevistado a una mujer que
acusaba a Vela de falsificar su certificado de nacimiento y que creía
que el médico la había vendido ilegalmente sin el consentimiento de su
madre biológica. Los funcionarios también estaban siguiendo un caso en
torno a sor María Gómez Valbuena, la monja que Pintado recordaba haber
visitado cuando era niña y que también había trabajado estrechamente con
Vela.
Entre
los posibles testigos que se presentaron en el caso contra sor María
había una conserje que había trabajado en el hospital. Cuando hablé con
la conserje, I. M., esta primavera, pidió que sólo se publicaran sus
iniciales porque temía represalias por haber trabajado en la clínica. Me
dijo que el despacho de sor María en Santa Cristina estaba situado en
la segunda planta, abajo de la guardería para los recién nacidos, donde
había cunas rojas y azules a lo largo de la pared. En el quinto piso
había camas de caridad donde las madres solteras y pobres que requerían
asistencia estatal se recuperaban después de dar a luz. “Yo limpiaba su
despacho”, dijo. “Yo he visto de todo”.
I.
M. empezó a trabajar en la clínica cuando era adolescente y recordaba a
sor María como una persona severa e implacable. Pero lo que más le
sorprendía era el comportamiento de la monja con las mujeres solteras
del piso de caridad. Sor María se refería a ellas como “descarriadas” y
“subversivas”, a veces en su cara. Muchos de los bebés habían sido
declarados muertos, dijo I. M., incluyendo algunos que había visto vivos
en sus incubadoras horas antes. Había rumores de que el cuerpo de al
menos un recién nacido fue conservado en una nevera, aunque I. M. nunca
supo por qué. (Algunas de las personas que entrevisté dijeron que a las
madres que exigían ver los restos de sus hijos se les mostraban
cadáveres de otros bebés).
También
recordaba un cuaderno azul que estaba sobre el escritorio de sor María
en la clínica. En su interior había listas de nombres, muchos de los
cuales I. M. reconoció como posibles padres que había visto visitar a la
monja. Venían a la clínica por la mañana, siempre con un cheque. La
hermana María los entrevistaba durante varias horas y, si las cosas iban
bien, las familias se iban con un bebé esa misma tarde. En otra columna
del cuaderno, I.M. también había visto números marcados en pesetas. Las
cantidades no le parecían donaciones; algunas de las cifras equivalían a
semanas de sueldo.
I. M. nunca contó a
nadie lo que vio durante esos años. No lo hizo, dijo, porque habría
sido su palabra contra la del hospital. “Las mujeres éramos poco que
nada”, me dijo. “Tú te tenías que someter primero a tu padre y luego a
tu marido y luego al Estado”.
La
versión de la conserje fue uno de los varios relatos similares que
fueron apareciendo en los medios de comunicación a medida que se
desarrollaban las investigaciones de Rodríguez Zapatero. David
Rodríguez, entonces estudiante en Madrid que llevó su historia a los
periodistas locales, dijo que su madre le había dicho que pagó 60.000
pesetas a sor María cuando lo adoptó. Rodríguez llegó a reunirse con sor
María, que negó las afirmaciones y dijo que no podía ofrecerle más
información sobre su adopción debido a que le fallaba la memoria. En
2011, la monja hizo declaraciones similares durante una entrevista con
Arroyo, la periodista de investigación, y dijo: “Los adoptados no deben
buscar a sus padres biológicos, porque no los van a encontrar”.
A medida que la búsqueda
de su madre continuaba, Pintado se dio cuenta de que tenía que mirar
más allá de sus vecinos de Campo de Criptana si quería más respuestas.
En el otoño de 2017, se encontró con una organización llamada SOS Bebés
Robados, un grupo de base de víctimas que buscan a sus familiares, con
capítulos en toda España. Pintado se reunió con una fundadora del grupo,
Mari Cruz Rodrigo, que dio a luz a su segundo hijo en 1980. Cinco días
después, un médico le dijo que el bebé había muerto de un ataque al
corazón en una incubadora y se negó a dejar que Rodrigo viera el cuerpo.
Con el paso de los años, Rodrigo empezó a dudar de la historia.
Ella
le advirtió a Pintado que el camino que le esperaba sería difícil: solo
una decena de los casi 400 miembros del SOS habían encontrado a sus
familias. Rodrigo aún no sabía si su propio hijo estaba vivo ni cuál
sería su reacción al conocer la verdad. “Si lo encuentro, no va a ser mi
hijo, va a ser un hombre que yo he parido”, me dijo Rodrigo. Pero
Rodrigo animó a Pintado a continuar su búsqueda, indicándole una oficina
del gobierno de Madrid que había ayudado a los miembros de S.O.S. a
obtener información sobre las madres biológicas mediante solicitudes de
registros. Pintado estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, así que,
aunque se dirigió a esa oficina, también optó por algo más arriesgado:
escribir cartas a las familias que pudiera encontrar con los apellidos
Pardo y López.
López es un
apellido común en España (casi una de cada 50 personas se apellida así),
por lo que Pintado tendría que escribir cientos de miles de cartas si
quería tener alguna posibilidad de encontrar a su madre. Pero había
vendido la panadería familiar donde había trabajado gran parte de su
vida. Sus hijos ya estaban grandes y, de repente, había muchas más horas
del día que llenar. Ninguna tarea parecía demasiado inútil o
intrascendente. ¿Y si su madre abría una de las cartas? Cogió el
bolígrafo y escribió a una familia cualquiera con su letra redonda y
cursiva:
Soy
Ana Belén, el motivo de esta carta es que estoy buscando a mi familia
biológica. Por casualidad, he encontrado su nombre y su dirección. Soy
bebé robada… En mi desesperación por buscar a mi familia te pregunto si
por casualidad en tu familia hubiera sospechas de algo de este tema. Por
favor contéstame aunque sea negativo para ir descartando personas, pues
esto es muy laborioso y me está costando mucho trabajo buscar. Perdón
por las molestias y la forma de hacerlo pero en estos momentos no tengo
otros caminos. Un saludo: Ana Belén
“Ella
era Don Quijote, y yo, Sancho Panza”, dice Monreal sobre su esposa. Él
quería hacer lo que pudiera, y empezó a leer borradores y a ayudarla a
escribir cartas. Escribió a decenas de familias, desde los suburbios de
Madrid hasta Murcia, una pequeña región de la costa mediterránea.
Incluso recibieron algunas respuestas. “Me dijeron: ‘Mira, nosotros no
somos, pero te apoyamos en todo. Y si los encuentras, escríbenos’”,
cuenta Pintado. Pero nadie respondió afirmando ser su madre.
Un
tiempo después de enviar la primera tanda de cartas, recibió una
llamada de alguien de la oficina del gobierno de Madrid con la que
Rodrigo le había sugerido que se pusiera en contacto para obtener
posibles pistas. La funcionaria le dijo que había podido encontrar un
nombre de pila de su madre en los registros del hospital. Pero el nombre
no era María, que figuraba en su documento del registro civil. Ese
nombre, al parecer, había sido falsificado. El verdadero nombre de su
madre era Pilar.
La funcionaria dijo a
Pintado que en la búsqueda también apareció un lugar de nacimiento de
la madre, una provincia llamada Ávila, a poca distancia al oeste de
Madrid. La madre tenía 23 años cuando nació Pintado. No era mucho, pero
Pintado volvió a tener esperanzas.
Ahora buscaría a Pilar.
Uno de los
casos más publicitados en el sistema judicial contra sor María fue el
de Purificación Betegón, cuya historia sobre la desaparición de sus
hijos en 1981 conmocionó a muchos en todo el país. Cuando conocí a
Betegón, me contó que en aquellos años vivía con su novio y estaba
embarazada de su segundo hijo. Antes de ir a la clínica, Betegón
esperaba que su hijo de 2 años tuviera pronto un hermano pequeño o una
hermana que le hiciera compañía.
Pero
cuando comenzó el trabajo de parto, se llevó una sorpresa: el médico le
informó que iba a dar a luz a gemelos. Las dos bebés estaban sanos, le
dijeron. “El camillero me dijo: ‘Puri, has tenido dos niñas preciosas’”.
Las gemelas fueron llevados rápidamente a otro lugar, y Betegón fue
trasladada en silla de ruedas a una habitación oscura. Cuando entró una
enfermera, Betegón le preguntó “que qué hacía allí, que no estaba en mi
habitación”. La enfermera no contestó, sino que le dijo que sor María le
había dicho que preparara a las gemelas para la adopción. “Y le digo:
‘¿Quién coño es sor María?’”.
Al día siguiente, una amiga llegó para ver cómo estaba, y Betegón exigió
inmediatamente ver a las bebés en sus incubadoras, apoyándose en el
hombro de su amiga mientras iban al tercer piso. Era la primera vez que
veía a sus hijas: eran tan pequeñas, pensó, y compartían su piel blanca.
Eran niñas, idénticas, por lo que Betegón pudo ver. Pero de nuevo le
dijeron a Betegón que las bebés estaban en adopción. Se enojó y se lanzó
contra el cristal que la separaba de las incubadoras.
Betegón
exigió ver a sor María y la encontró sola en su oficina. Le preguntó
por qué le habían dicho que sus hijas iban a ser adoptadas. “Y me dijo:
‘Bueno, es que como eres joven y ya tienes un niño, no te has casado
todavía’. Le dije: ‘Ese problema no es de usted, y mis hijas son mis
hijas’. Y me dijo: ‘Ya, pero es que pueden estar con una familia’”.
Betegón siguió insistiendo. Finalmente, sor María cedió, diciendo que
había habido un malentendido y que la adopción se cancelaría.
Esa
tarde, un médico llegó a la habitación de Betegón para decirle que una
de las gemelas había muerto. Betegón se quedó en shock. “Acá yo me quedo
llorando porque yo en el primer momento pensé que era verdad”, dice.
“Al cabo de un rato vuelve otra vez el mismo médico y me dice que ha
muerto la otra”. Betegón, que ya no le creía, entró a la fuerza en la
sala de neonatos con las incubadoras y volvió a ver a sus dos hijas.
Preguntó a los médicos por qué le habían dicho que estaban muertas
cuando aún estaban claramente vivas. Un médico le dijo que tenían muerte
cerebral. “Le dije: ‘Mira, yo no entiendo de medicina, pero hasta donde
yo sé, una persona muerta cerebralmente no se mueve”, cuenta Betegón.
Fue
a la oficina de sor María por última vez. La monja le preguntó qué
nombres había elegido para sus hijas. Betegón dijo que quería llamarlas
Sherezade y Desiré. “Me dijo: ‘Esos no son nombres católicos’”.
Cuando
Betegón volvió a las incubadoras, las bebés ya no estaban. Esta vez,
cuando pidió ver a sus hijas, la llevaron a la morgue. Un médico sacó
dos pequeños cuerpos. Envueltos en blanco, parecían mucho más grandes
que sus hijas. Betegón miró de cerca sus rostros. “No eran mis hijas”,
dijo. Nunca volvió a ver a sor María.
Durante
años, Betegón pensó que aunque la gente creyera su historia, nadie se
haría responsable. Pero décadas más tarde, en 2011, se enteró de una
protesta que tenía lugar en Madrid, una de las primeras concentraciones
de bebés robados, y decidió asistir. Un representante de uno de los
grupos de víctimas anotó sus datos, y un fiscal de Madrid se puso en
contacto con Betegón y le pidió que declarara. El fiscal dijo que
estaban construyendo un caso contra la hermana María. “Estoy deseando
que se celebre el juicio para poder verle la cara a sor María”, dijo
Betegón a los periodistas en 2012. Poco después presentó su propia
denuncia contra sor María.
Betégon nunca vería
a sor María en el juicio. Nadie lo haría. En 2013, las monjas de su
convento se despertaron para encontrar a sor María muerta a los 87 años.
Nunca fue acusada formalmente y nunca admitió haber vendido bebés. La
Iglesia católica tampoco reconoció nunca públicamente el papel que
desempeñó en los secuestros. Pero se sabe que, durante décadas, algunas
monjas —con el poder de una dictadura que les permitía actuar con
impunidad— se encargaron de decidir quién tenía derecho a criar a un
niño y quién no.
El caso de Eduardo
Vela, el médico que enfrentó acusaciones en los años ochenta, se
desmoronaría años más tarde, después de que el tribunal desestimara los
cargos contra él, alegando la prescripción. (Para complicar aún más las
cosas, la víctima dijo más tarde que se había enterado de que su madre la había dado voluntariamente en adopción.
El primer bebé robado reconocido en España no era tal). De los 2186
casos investigados, ninguno acabó en condena. Los fiscales me dijeron
que el problema no era que dudaran que las víctimas dijeran la verdad,
sino que los casos carecían de pruebas. Los crímenes tuvieron lugar hace
décadas. Enfrentaban la palabra de una madre con la de una monja o un
médico de edad avanzada. “Un señor que tiene ahora 80 años, si se le va a
condenar por lo que hizo cuando tenía 40, ya no es la misma persona, se
está metiendo en la cárcel a alguien que no es la misma”, me dijo
Conde-Pumpido, el ex fiscal general.
Y
así, por desesperación, algunas víctimas recurrieron a otra salida, una
que les daba la esperanza, aunque fuera escasa, de reunirse con sus
familias biológicas. En la década de 2010, los programas de entrevistas
diurnas empezaron a dedicar gran parte de su tiempo de emisión al
escándalo de los bebés robados. Los productores reunían equipos de
calle, entrevistaban a los testigos de forma anónima con alteración de
la voz, o llevaban cámaras ocultas mientras se enfrentaban a médicos y
enfermeras en sus departamentos.
En
muchos sentidos, estos programas estaban haciendo lo que antes era
impensable: abordar públicamente los horrores del franquismo. Pero
también estaban haciendo sensacionalismo de esos horrores, para los
millones de espectadores en casa. En un episodio de principios de 2011
de El Diario, un programa de
entrevistas por la tarde en el que los invitados ventilaban sus
conflictos familiares, un conductor presentó a Alejandro Alcalde, un
padre de mediana edad que intentaba encontrar a la madre de su hija
adoptiva. Mientras Alcalde compartía los detalles de su vida, la cámara
cortó a una mujer no identificada entre bastidores, sentada en un sofá
blanco, de espaldas a la cámara. En la parte inferior de la pantalla
aparecían las palabras: “Busco a mi hija, me la robaron nada más nacer”.
A continuación, se muestra al padre en una pantalla dividida junto a
las dramáticas imágenes de un auto que se acerca al estudio. Una mujer
con bata blanca salió del coche y sacó un gran sobre con pruebas de ADN
que demostraban que la misteriosa mujer del sofá era en realidad la
madre de la niña. La familia se reunió mientras el público aplaudía.
La
ola de atención mediática también tuvo algunas consecuencias
inesperadas: cualquier madre que tuviera un hijo nacido muerto tenía
ahora motivos para creer que el bebé podía estar vivo y sano, y
simplemente vivir con otra familia. Un segmento de 2013 de La Mañana,
un programa matutino español, abría con una escena en un cementerio
mientras hombres con cascos y martillos abrían una tumba. Dentro había
un pequeño ataúd blanco, claramente hecho para un bebé. El reportero,
que se encontraba justo fuera de la tumba, se dirigió a la madre, que
iba vestida de negro. Dijo que, tras dar a luz, en el hospital le
dijeron que su hijo había nacido muerto, pero que ahora sospechaba que
su hijo había sido robado, aunque el bebé había nacido en 1992, casi una
década después de los últimos secuestros documentados. El ataúd no
estaba vacío, como ella esperaba. Una prueba de ADN de los restos
confirmó posteriormente que el bebé era su hijo.
Pintado,
como millones de espectadores, había visto los programas de entrevistas
e incluso había sido contactado por uno de ellos. Tras la muerte de su
padre, un productor de El Diario
la llamó a su casa, afirmando que podría haber tenido una gemela
idéntica. Pintado colgó la llamada. Pero años más tarde, mientras
buscaba a su madre y seguía cualquier pista que aparecía, fue al estudio
en persona. Los productores no pudieron encontrar ningún archivo sobre
su caso. Quizás ese día habían estado pescando, siguiendo una pista sin
salida. Así que Pintado decidió ir ella misma a un programa de
entrevistas.
“Os presento a Ana Belén”, comenzó la conductora de Viva la Vida
en enero de 2018. La cámara enfocó a Pintado, que estaba visiblemente
nerviosa. La presentadora continuó: “Esto es para lo que yo considero
que sirve la tele. Esta niña está buscando a su familia biológica y
algunos de vosotros, si nos estáis viendo en casa, necesitamos que nos
deis todas las pistas para que ella pueda cumplir el sueño de encontrar a
su familia”.
Pintado
comenzó a contar su historia. Estaba la documentación falsificada de
después de nacer. Las visitas a Madrid con sobres de dinero. Pintado
explicó que se había enterado de que la iglesia local probablemente
había ayudado a relacionar a sus padres con sor María. Alguien, dijo,
incluso le había contado que su madre adoptiva había fingido entrar de
casualidad en la habitación donde su madre biológica había dado a luz,
para ver cómo era, y encontró a la madre afligida. “Si alguien me está
viendo y me reconoce, pues la verdad es que me gustaría mucho
conocerlos, porque siempre he estado sola”, dice Pintado, mientras la
pantalla se desvanece.
Pintado tenía
la esperanza de que alguien llamara con información; con el paso del
tiempo, nadie lo hizo. Pero no se dejó desanimar. Después de hacer
público el daño que le habían hecho, fue como si se hubiera encendido un
interruptor. Nunca dejaría de buscar a su madre. Así que decidió llamar
a todos los periodistas que pudo encontrar.
En
los meses siguientes, la historia de la búsqueda de Pintado apareció en
numerosos medios de comunicación, desde La Vanguardia, uno de los
periódicos más importantes de España, hasta La Tribuna de Ciudad Real,
la provincia donde se encuentra su pueblo. “Era una mentira muy gorda”,
dijo sobre su infancia a la reportera de la sección de sociedad de El
Economista, una publicación financiera popular entre las élites
españolas. Pintado también apareció en pódcast, programas de radio y
canales de televisión, incluido uno en el que un equipo de noticias se
desplazó a su casa y preguntó a los residentes qué sabían.
Las
apariciones en los medios de comunicación empezaban a hacer mella en
sus relaciones dentro de Campo de Criptana. Sus padres tenían muchos
amigos leales, especialmente su madre, que perteneció a varias
asociaciones católicas hasta que murió. Un día, Pintado estaba en una
tienda de comestibles con su hija cuando una amiga de su madre se le
acercó. Al principio, las dos intercambiaron bromas, pero luego la amiga
adoptó un tono más agresivo: “¿Qué necesidad tienes tú de buscar si ya
tienes tu familia?”. La pregunta molestó a Pintado. Sí, su madre y su
padre le habían dado una buena educación. “Pero a mí me han robado una
madre”, le dijo a la vecina antes de marcharse, “y eso no lo veo bien”.
Una
noche, tras volver de otra aparición en televisión, Pintado decidió
escribir a un grupo de WhatsApp de la familia de su madre para saber
cómo se sentían con su búsqueda. “Todo lo sabéis en el lío que estoy
metida ahora, y en todos los medios me preguntan qué piensa de esto la
familia”, escribió. “¿Qué tengo que decir?”.
Una
prima fue de las primeras en responder: “Buenas noches, yo siempre te
he querido como prima. (…) Me parece bien que quieras encontrar a tus
padres biológicos, pero creo que se merecen un respeto tus padres
adoptivos. No sé si serías niña robada o no, pero creo que mi familia no
supiese si eras niña robada o no”.
“Yo pienso lo mismo”, escribió otro familiar en el grupo.
“Creo que igual que lo has comentado en todas partes también y nos podrías haber dicho a nosotros”, escribió la prima.
Otro
familiar le contestó asegurando que Pintado sabía desde el principio lo
de la adopción y que incluso había preguntado a sus padres biológicos
cuando tenía 12 años. Era una acusación sin fundamento, dijo Pintado.
Pero el mensaje era claro: algunos miembros de su familia preferían
creer que era Pintado quien mentía, no sus padres.
Parecía
que nada funcionaba en el caso de Pintado. Las apariciones en la prensa
no parecían sacar a la luz ninguna pista. Sus familiares se habían
puesto aparentemente en su contra. Entonces, una noche de julio de 2018,
recibió una llamada telefónica que lo cambió todo.
El hombre en la línea
deseaba permanecer en el anonimato, le dijo a Pintado. Había leído su
historia en un periódico local y era “amigo íntimo” de una mujer llamada
Pilar Villora García, alguien que había perdido una hija más o menos al
mismo tiempo que Pintado. ¿Le gustaría anotar el número de Pilar?
Pintado
la llamó enseguida. “Entonces yo que ella me descuelga, le digo: ‘Mira,
soy bebé robada, estoy buscando a mi madre biológica, y me ha
transmitido una persona anónima y me ha dicho que tú puedes ser mi
madre’”. Hubo una pausa al otro lado de la línea, y pudo oír una
conmoción de fondo, el sonido de mucha gente.
La mujer dijo que le devolvería la llamada. La línea se cortó.
Por
un momento, Pintado no supo qué hacer. Tal vez la mujer se sintió
emboscada. Pasaron cinco minutos. Entonces sonó el teléfono.
“OK”, dijo la mujer, después de que Pintado descolgara. “¿Cuándo es la fecha?”.
Las
dos mujeres compararon notas. Las fechas de parto y nacimiento
coincidían. La ciudad coincidía. Y la clínica de maternidad, Santa
Cristina, también coincidía. Solo había una cosa que no coincidía: la
oficina gubernamental le dijo a Pintado que su madre la había dado a luz
cuando tenía 23 años, no 24, la edad que Pilar recordaba. Pero la
primera vez que la había visto un ginecólogo fue el año anterior, lo que
podría haber sido el origen del error. “Entonces claro, mi madre, o la
que yo creo que es mi madre, me dice que lo único que falla es eso, pero
que en cuanto tenga más datos, a la primera que llame es a ella”, dijo
Pintado.
Pintado podía sentir que
estaba cerca de resolver su caso. Meses antes, cuando se puso en
contacto con el gobierno de Madrid, le dijeron que solamente habían
encontrado un nombre de pila de su madre biológica. Ahora los llamó de
nuevo para ver si tenían más información. Le dijeron que sí, incluido el
nombre completo. El nombre coincidía con el de la mujer con la que
había hablado.
Pintado volvió a llamar a Pilar de inmediato. “Ya sé quién es mi madre”, le dijo. “Y eres tú”.
Pintado vio a su
madre por primera vez en septiembre de 2018, tres meses después de su
primera llamada. Las mujeres decidieron encontrarse para cenar en
Aranjuez, una ciudad que se encuentra más o menos a mitad de camino
entre sus casas, a una hora de distancia en auto. Pintado llegó con su
esposo y sus hijos; Pilar, con una amiga. “Y me acuerdo que iba muy
nerviosa”. Pintado me dijo que sabía que podía ser bueno, que podía ser
malo, que no sabía lo que iba a encontrar.
Pero
cuando los dos grupos se acercaron, Pilar empezó a correr hacia
Pintado. “¿A qué no sabes quién es tu madre?”, le preguntó Pilar a
Pintado, bromeando. Las dos mujeres se abrazaron y comenzaron a llorar.
Pilar miró a los hijos de Pintado —sus nietos— y los abrazó a todos.
Durante
la cena, Pilar le contó a Pintado la historia de su vida. Nació en un
pequeño pueblo de montaña llamado Lanzahíta, y sus padres la llevaron a
vivir a Madrid a los 12 años. Conoció a su esposo y se casó joven. Pilar
tuvo dos hijos: José Luis, al que puso el nombre de su esposo, en 1968,
y Francisco, en 1972. Al año siguiente, se quedó embarazada por tercera
vez y se preguntó si sería una niña. Tal vez le pondrían el nombre de
su madre, Ángela.
Pilar fue por
primera vez a la clínica en abril de ese año para ver a un obstetra. No
recordaba haber visto a una monja allí, pero su expediente del hospital
indica que sor María probablemente se fijó en Pilar: en una letra que
coincide con las cartas que la monja envió a la familia de Pintado,
aparece la palabra “beneficencia”, en referencia a la zona del hospital
donde la monja supuestamente seleccionaba sus objetivos.
El
9 de julio de 1973, Pilar sintió contracciones y volvió a Santa
Cristina. Fue un parto fácil y sin complicaciones. Incluso recuerda
haber tenido a su bebé en brazos durante un breve momento. Pero entonces
se llevaron a la bebé y alguien vino a poner una máscara de anestesia
en la cara de Pilar. Lloró cuando esto ocurrió; era como si supiera que
algo terrible iba a ocurrir. Cuando se despertó de nuevo, un médico y
una enfermera le dijeron que la bebé había nacido muerta. El hospital se
encargaría de los trámites y del entierro. Nunca se le ocurrió pensar
que habían mentido.
Pilar nunca había
ido a buscar a su hija porque había pensado que no había ninguna hija
que buscar. Ahora, estaba sentada allí mismo, una mujer adulta con una
familia y toda una historia de vida que Pilar estaba empezando a
conocer.
Mientras Pilar hablaba,
Pintado se dio cuenta de lo parecidas que eran. Las dos tenían los ojos
verdes. Pilar también era animada como Pintado, saltando de una historia
a otra. Mientras dejaba que su madre recuperara el aliento, Pintado
comenzó a contar su propia historia, sobre Campo de Criptana y la pareja
que la había criado. Habló de la búsqueda que comenzó en su garaje y
que llevó a sus vecinos y a los estudios de televisión, un viaje que
ahora parecía haber llegado a su conclusión, aquella noche, en aquella
mesa.
Las
visitas continuaron. Pilar fue a Campo de Criptana para celebrar la
fiesta de la Virgen del Pilar, que le da nombre. Pintado viajó a Madrid
para conocer a su padre biológico, del que supo que estaba luchando
contra el cáncer. Las dos mujeres acabaron haciéndose una prueba de ADN
que confirmó lo que ya sabían. Pintado, que una vez dijo a los
telespectadores que siempre se había sentido sola, tenía ahora dos
hermanos. Uno de ellos trabajaba en el sur de España durante los días
laborables, y cuando él y Pintado se dieron cuenta de que su pueblo
estaba a un corto desvío de su viaje de fin de semana a casa, empezó a
parar en Campo de Criptana. Pintado le preparaba sánduches y se los
comían juntos, intercambiando historias sobre su infancia.
Pintado logró
lo que casi nadie en su situación había conseguido: encontró a su
familia. Su felicidad era palpable. En una época en la que tanta gente
que conocía perdía a sus padres por la vejez —cuando ella misma había
perdido a las personas que la habían criado—, había conseguido dos
padres.
Sin embargo, a pesar de su
alivio, una pequeña parte de Pintado no podía evitar la sensación de que
le faltaba algo. Que a pesar de todo lo que había ganado, a pesar de
todos los vacíos que se habían llenado, todavía había algo que
necesitaba. Es como si la energía que había puesto en la búsqueda —las
cartas que escribió a mano, las llamadas que hizo a los periodistas, las
horas que pasó contando su historia a la gente, las puertas a las que
llamó y las conversaciones incómodas que mantuvo— necesitara ser
redirigida hacia algo más: un reconocimiento de que le habían robado a
sus padres biológicos. Necesitaba que alguien le dijera que lo que había
pasado estaba mal. Necesitaba una disculpa. Necesitaba, se dio cuenta,
que alguien fuera castigado.
Pintado
siguió buscando. Esta vez buscaba a un hombre llamado José María
Castillo Díaz, el médico que la trajo al mundo y firmó los papeles.
Pintado contrató a una abogada y, en enero de 2019, presentó una demanda
contra Castillo Díaz en un juzgado de lo penal de Madrid. Un juez
aceptó el caso, y Castillo Díaz fue ordenado a comparecer en una
audiencia donde confirmó que su nombre estaba en el papeleo. Pero en
marzo del año pasado, Castillo Díaz murió. La noticia dejó a Pintado
desolada. “Que se sepa en todo el mundo lo que han hecho”, me dijo. “Yo
he encontrado a mi madre, a mi padre, a mis hermanos —en un tiempo
récord— y vamos fenomenal, hablamos todos los días de la semana, pero
tengo que hacer justicia”.
Laura
Figueiredo, una de las amigas más cercanas de Pintado, dijo que
comprendía su dilema e incluso ha hablado con ella sobre el tema. “Yo
misma le digo: ‘¿Por qué quieres seguir? Ya tienes a tu madre y a tu
padre, ¿por qué quieres seguir a estas personas?, me refiero al tema de
los juicios?’”, dijo Figueiredo. “‘Olvídate ya, disfruta. Que cierre el
capítulo. Que cierre la novela”.
Este
verano, Pintado estaba de vuelta en su casa de Campo de Criptana. Era
una calurosa mañana de sábado, y ella y Monreal se preparaban para un
gran almuerzo familiar. Sus hijos cortaban verduras y Monreal encendía
la parrilla en la planta baja. Si había un distanciamiento entre Pintado
y sus vecinos, parecía que se estaba arreglando, aunque fuera
lentamente; un panadero local que hacía la ronda por el pueblo se detuvo
para entregar pan y charlar rápidamente, y lo mismo hicieron varias
mujeres que vivían al frente.
Cuando
el almuerzo estuvo listo, Pintado y Monreal se sentaron a la mesa
mientras sus hijos servían la comida. La pareja habló de cuando eran
jóvenes y pasaban largas veladas bajo los molinos de viento que se
asientan sobre el pueblo. En un momento dado, había un bar en uno de
ellos. Incluso en un lugar tan tradicional como Campo de Criptana, las
cosas pueden cambiar, dijo Monreal.
Pintado
volvió a pensar en su madre. Había contratado a una nueva abogada,
dijo, que estaba pidiendo más documentos en el caso, que ahora está en
el Juzgado de Primera Instancia Número 3 de Madrid. “Va a haber algunos
nombres en esos papeles que estamos consiguiendo”, le dijo a Monreal.
“Estoy segura”.
“Pero, ¿y si esas personas tienen 100 años?”, preguntó su esposo.
“Ahora tenemos el nombre de una matrona”, dijo ella.
“¿Pero es ella la responsable de algo?”, dijo Monreal.
Él
intentó cambiar de tema. Se acercaba el cumpleaños de Pintado y Pilar
tomaría el tren para pasar el fin de semana con ellos. Durante la
búsqueda de su madre, el cumpleaños de Pintado se parecía más al
aniversario de su secuestro. Pero ahora había motivo de celebración.
Monreal dijo que estaba planeando una sorpresa.
Pintado
sonrió, pensando en su madre. “Hemos perdido 45 años. Claro, eso es muy
difícil recuperarlo”, dijo. “Pero cuando veo a mi madre ahora, es como
mirar a una niña con zapatos nuevos. A todo el mundo donde va por la
calle, y aunque no lo conozca, le va contando: ‘Mi hija, mi hija y mi
hija, la que me habían robado, me ha encontrado’”. (Nicholas Casey , The New York Times, 05/10/22)