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18/2/25

Rosario Migoya Espinilla, fusilada el 27 de agosto de 1940, a la edad de 37 años... Rosario tenía seis hijos que fueron repartidos en instituciones religiosas y “alguno regalado a familias del régimen” (Eva Máñez, CTXT)

 "85 años después, hijos, nietos y bisnietos de once de las víctimas de la fosa 126 pueden por fin cerrar la herida abierta en el lugar donde yacían sus familiares. Diez hombres y una mujer comprometidos con la defensa de los valores que representaba la II República; valores de libertad, igualdad, progreso, solidaridad y ciudadanía, que hallaron en Paterna el pelotón de fusilamiento franquista y una fosa común. El de la 126 es el relato de las últimas fosas exhumadas en la localidad valenciana, la intrahistoria silenciada de la represión franquista que ahora por fin puede hacer su duelo y reconstruir las historias familiares ocultas por el terror institucionalizado. Familiares y militantes memorialistas se dieron cita el domingo 16 de febrero en el Memorial 2228 del cementerio de Paterna en una emotiva ceremonia organizada por las propias familias. En ella, se nombraron a todas las víctimas de la fosa 126, y los cuerpos identificados pudieron ser entregados a sus seres queridos.

Rosa Navarro Damiá, de 92 años, abrazaba la pequeña caja con los restos óseos y suspiraba “mon pare”. Cuenta Rosa que se acuerda de que su padre le enseñó a leer y que su madre “lo pasó muy mal” al quedarse viuda con tres criaturas. “En casa había mucho silencio y mucha pena, mi madre lloraba mucho, pero nunca nos inculcó ningún odio”, rememora. “Tuvimos que irnos a casa de una tía para poder comer y yo a los quince años a servir a Barcelona y luego a Francia. En aquel tiempo no teníamos derecho ni a hablar ni a respirar”. Rosa cuenta que la alegría no le cabe en el cuerpo. “Mi padre dio la vida para que todos viviéramos bien y eso nunca lo hemos olvidado en mi familia”, concluye rodeada de sus hijos y nietos que ahora la acompañarán al cementerio de su pueblo Benicull, para inhumar los restos óseos junto a los de su madre.

Entre el 27 de agosto y el 14 de septiembre de 1940 fueron fusiladas 243 personas en Paterna, en cinco sacas –se llama saca a cada una de las veces que fusilaban a un grupo de republicanos en el Terrer–. De ellas, al menos 170 (algunas fuentes hablan de 200) fueron volcadas a una fosa de dos por dos metros y cinco de profundidad.

A la 126 se la llama la “fosa de la terra” porque muchos de ellos eran agricultores y jornaleros que, junto con chóferes, obreros, agentes de seguros y guardias civiles fieles a la República, provenían de diferentes lugares del País Valencià: Torrent, Beniparrell, Picanya, Villar del Arzobispo, Massanassa, Alcàsser, Benaguasil, Massamagrell... y un largo etcétera que incluye otras partes de España como Murcia, Ciudad Real, Girona o Teruel. También es conocida como la fosa ‘de les rajoles’, ya que un modesto memorial, realizado en los años ochenta por parte de los familiares a modo de protección y recuerdo de sus seres queridos, cubrió la fosa con azulejos con el nombre y profesión de algunos de los que allí yacían.

Entre los once republicanos que fueron entregados a sus familias se encuentra una mujer, Rosario Migoya Espinilla, fusilada el 27 de agosto de 1940, a la edad de 37 años. Rosario tenía seis hijos que fueron repartidos en instituciones religiosas y “alguno regalado a familias del régimen”, relata Carlos Bleda Gregori, el nieto que comenzó en 2017 a intentar reconstruir una historia familiar llena de silencios. “No se nos hablaba de ella en absoluto y si preguntábamos, mi madre decía: ‘callaros que las paredes oyen’. Solo sabíamos que había sido fusilada y que estaba en Paterna”. Otra de sus nietas, Amparo Gregori, añade que el silencio era “una manera de protegernos”. Para Carlos “ha sido un proceso muy largo con muchas zancadillas y muchas trabas. Pero todas estas dificultades nos han hecho más fuertes y no vamos a acabar aquí, vamos a seguir buscando. Recuperar el cuerpo de Rosario es justicia, ahora falta la reparación”.

En el año 2012, Pepita Celda consiguió el permiso y la subvención para poder localizar los restos de su padre, José Celda Beneyt. Fue la lucha titánica y pionera de una anciana ante todas las trabas burocráticas. Ella recordaba que su padre, junto a 15 republicanos de Massanassa, fue enterrado en una fosa muy grande y que su familia consiguió, tras pagar 25 pesetas al enterrador, poder ponerle en un ataúd con una botellita de cristal con su nombre. Su padre era quien cerraba la fosa: debajo de él había doscientas personas más. El equipo de arqueólogos de Paleolab halló al padre de Pepita y a otros once fusilados en ataúdes y con sus botellitas. El suelo de cal evidenciaba que había más gente debajo de ellos, pero la normativa de entonces no les permitió seguir excavando y exhumando. Así que la fosa se cerró y se volvieron a poner los azulejos encima.

En 2017, María Navarro buscaba el cuerpo de su abuelo: el concejal de Picanya José Navarro Ángel, fusilado el 12 de septiembre de 1940. Para ello montó la Asociación de Familiares de Víctimas del Franquismo de la Fosa 126 de Paterna con un puñado de descendientes de fusilados. “Éramos los imprescindibles para poder constituir una junta directiva”, cuenta. “Para exhumar había que crear una asociación, no nos quedaba otra que seguir para adelante y a partir de ahí la tarea era buscar a las familias. Pero la cosa fluyó muy rápido y empezamos a encontrar gente, familias, hasta llegar a los más de cien que somos actualmente”, continúa María. Uno de los primeros actos de esta asociación fue nombrar a Pepica Celda presidenta honorífica. 

En el memorial, María agradeció a las familias su “resiliencia y perseverancia” y recordó “el sufrimiento, humillaciones, abusos y muerte de las víctimas” que han sido afectadas “de manera transversal en diferentes generaciones”. “Aquí estamos, en pie de lucha, pero una lucha pacífica, firme y constante, reclamando verdad y justicia”. “Estas once personas fueron juzgadas sin posibilidad de defensa por consejos militares y asesinadas por fascistas golpistas una vez finalizada la guerra, en tiempo de paz”. 

Esta ha sido la tercera ceremonia desde que finalizó la exhumación en 2022. La Asociación de Familiares de Víctimas del Franquismo de la Fosa 126 de Paterna (Valencia) las organiza conforme avanzan los resultados de las pruebas de ADN.  Aún están a la espera de que se pueda identificar a más víctimas. A pesar de que la fosa está exhumada, todavía queda un largo camino para identificar todos los restos, por eso siguen buscando a personas que crean que sus familiares pudieron ser fusilados en Paterna los días 27, 29 de agosto o el 11,12 y 14 de septiembre de 1940 [la asociación pide que se pongan en contacto con ellos al mail Familiarsfossa126paterna@gmail.com para poder informarse y cotejar los datos genéticos].

El domingo 16 de febrero fue un día de alegría en un largo recorrido iniciado en diciembre de 2021, cuando comenzaron los trabajos de exhumación gracias al empeño de los familiares y una subvención de la Generalitat Valenciana. Tras siete meses de intervención, los arqueólogos de Atics localizaron los restos de 141 víctimas de la represión franquista. Para esta empresa de arqueología, con amplia experiencia en fosas en todo el territorio, este trabajo supuso un reto por varios motivos. La principal dificultad según el coordinador de la exhumación, Frances Xavier Florensa, fue la saponificación (proceso por el que la grasa se convierte en una masa parecida al jabón). Otra dificultad fue la de tener que trabajar a cinco metros bajo tierra, lo que según el arqueólogo implica “una gran dificultad logística”. “No se trata solo de sacar cuerpos”, insiste Florensa, “todo se hace manualmente por un equipo multidisciplinar muy cualificado”. 

El Terrer de Paterna (València) –un muro, todavía en pie y sin significar cercano al cementerio– es el lugar donde se constata el mayor número de crímenes contra la humanidad una vez acabada la Guerra. En España, solo el cementerio del Este de Madrid lo supera en número. Aquí fueron asesinadas 2.238 personas provenientes de diferentes municipios valencianos y de otras localidades del territorio español, sepultadas en 130 fosas. Este genocidio comenzó dos días después de finalizar la guerra y continuó hasta el año 1956. En los últimos 20 años más de 1.600 cuerpos han sido recuperados en exhumaciones científicas realizadas en 84 fosas. 240 víctimas han podido ser identificadas gracias a las técnicas de secuenciación masiva de ADN que permiten una alta fiabilidad con muestras de familiares de segundo y tercer grado."         (Eva Máñez, CTXT, 18/02/25)

21/8/23

Desde 1936 hasta finales de 1990, que se tenga constancia, en España se produjo la desaparición forzada y sistemática de niñas y niños en cárceles, maternidades y hospitales para ser dados a familias adeptas al régimen y ‘de bien’... Las mujeres anarquistas y republicanas enjauladas fueron las primeras sobre las que se aplicó las tesis eugenésicas de ‘ruptura familiar’ para ‘descontaminar’ a sus hijos/as de la peor de las pestes: el comunismo. Al contrario que sus grandes colegas nazis, el fascismo español no apostó por la exterminación directa de la infancia de los vencidos, sino por su reeducación en familias de bien, estas son: muy mucho españolas, de pura raza, adeptas al régimen, con ‘posibles’ y, por supuesto, católicas

"(...) Todo un reguero de engaños y falsos “su hija/o ha muerto”, “márchese a casa, mejor que no la vea” y “ya la hemos enterrado (y bautizado)” cayeron como losas durante décadas por toda la geografía en hogares obreros. A otras les dejaron ver el cadáver de un ser humano que más tarde supieron que no salió de sus entrañas, en un inhumano reciclaje de pequeños cuerpos muertos. De seres humanos. Y a muchas de las más jóvenes y quizá menos domesticadas, se los quitaron abiertamente por putas y requeteputas en el cerramiento misógino por excelencia: el Patronato de la Mujer. Este siniestro modus operandi, hoy en día, todavía no ha podido ser cuantificado, pero se intuye inmenso. Mientras tanto, el Estado y la santa Iglesia católica, apostólica y romana, brazos ejecutores (o si la Audiencia Nacional prefiere, presuntos siempre), se yerguen y saben impunes. Siempre lo fueron. La cuestión es hasta cuándo.    

Arqueología del robo de bebés: misoginia en vena por la gracia de Dios

Si algo significó la II República, fue, entre otros ejes, un intento liberal de separación Iglesia-Estado y una incipiente institucionalización de la emancipación social de las mujeres que ya se respiraba. No fue casual, por tanto, el brutal enviste nacionalcatólico misógino. Durante la guerra y dura posguerra de hambre y muerte al gen rojo, alardeaban, con su dios en la mano, de una represión política sistemática y de exterminio en sus cruzadas.

Así pues, la década de los 40, envalentonados por el contexto europeo de los fascismos y las tesis eugenésicas, supuso para miles de presas políticas la brutalidad de la desaparición de sus hijas/os y la certeza o la intuición de dónde iban a parar, sin olvidar que muchos de los embarazos en las cárceles franquistas fueron producto de la atroz violencia sexual que desde bien temprano Queipó de Llano berreaba desde las ondas como arma de guerra y de terror contra las mujeres antifascistas. Se inicia así el proceso de institucionalización y apuntalamiento de una única forma de ser mujer, amputada, sumisa, devota y franquista, desempolvando cilicios y brutales disciplinamientos, así como la puesta en marcha de toda la maquinaria burócrata fascista para ocultar y ‘legalizar’ la apropiación forzada de todos estos niños/as.

Con todo, se aprobó una serie de normativas clave. La primera fue la Orden del 30 de marzo de 1940 donde se dicta las normas sobre la permanencia en las prisiones de las hijas e hijos de las presas políticas, de tal forma que permite a las autoridades franquistas separar a las niñas y niños de éstas para su internamiento en otras instituciones. La segunda fue el Decreto Ley de 23 de noviembre de 1940 sobre protección del Estado a los huérfanos de la Revolución Nacional y de la Guerra, a través del cual el Estado se podía apropiar de estas niñas y niños sin necesidad del permiso de los padres biológicos. Por último, la Ley de 4 de diciembre de 1941 sobre “Registro Civil. Inscripción de niños repatriados y abandonados”, permitía cambiar el nombre y apellidos de los menores, de forma que se producía un cambio de identidad, haciendo imposible su localización. (...)

Inferioridad mental, maldad, psiquismo irracional, incapacidad maternal. Estas perlas encarnadas en las mujeres antifascistas como el mismísimo ‘anticristo’ fueron las que justificaron la desaparición forzada de sus hijas e hijos bajo la tesis del gen rojo, tesis defendida por el psiquiatra fascista Antonio Vallejo-Nájera, el ilustre Mengele español. Esas mismas perlas seguirán ejerciendo de faro guía, pero ahora acaparando también a toda aquella mujer que no cupiera dentro de la diminuta caja del ideal de la feminidad falangista creada por la Sección Femenina: esencialmente, ser una calladita y recatada máquina de parir con patas para la patria. Sus referentes: Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús. Su objetivo: producir a granel buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas, en un estado de minoría de edad sempiterno.

Para el franquismo ser mujer era ser madre, en un brutal utilitarismo reproductivo, pero no cualquier madre era digna, aun estando más o menos domesticada. Una vez esquilmadas las rojas, las siguientes que había que disciplinar fueron, en primer término, las adolescentes ‘descarriadas’, pero pronto le siguieron también las madres solteras, las viudas, muchas primerizas, las que tenían escasa alfabetización o las más pobres (muchas de las cuales sufrieron el expolio económico durante la guerra y el sambenito correspondiente). Las mujeres de la clase obrera fueron las nuevas candidatas para sufrir en sus carnes la brutal experiencia de la pura indefensión ante un todopoderoso Estado totalitario (con sedaciones en pleno parto, insultos o violencia obstétrica mediante), y el odioso anuncio de la muerte de un hijo recién parido, para saber años más tarde que fue todo un engaño para dárselo por la trastienda a otras familias que encarnaban, con infinitamente más pedigrí, el ideal franquista.

Contra ese cínico y supuesto ideal de disolución de clases con su ‘todos españoles, todos hijos del mismo dios’, la realidad es que el pedigrí y la clase social fue siempre puro tuétano. Qué fue el golpe de estado (y todo lo que vino después) sino la máxima expresión de puro odio de las clases acomodadas agitando el espantajo del fascismo. Su empeño fue, primero, la exterminación; posteriormente, el sometimiento, el desprecio y la despolitización de la clase obrera, para borrar de la faz de la tierra cualquier atisbo de potencial revolucionario que osara poner de nuevo en cuestión sus ingentes privilegios.

Si el cerramiento disciplinario por excelencia en la guerra y posguerra para las ‘malas mujeres y malas madres’ antifascistas fue la cárcel, durante el franquismo (y nada menos que hasta 1984) fue el Patronato de Protección de la Mujer, pero no únicamente. Lo que es peor, se instauró un cerramiento a cielo abierto, ampliándose y normalizando un omnipresente ojo patriarcal nacionalcatólico que impregnó hasta el último rincón de las instituciones del Estado fascista, gestionadas mayoritariamente en el ámbito de lo ‘social’ por multitud de congregaciones religiosas, cada cuál más integrista, y con la capacidad de valorar y el poder de decidir directamente sobre la vida de tantas mujeres subalternas y la de sus hijas. Esta es la razón por la que la desaparición forzada de niños en el Estado español fue tan masiva e institucionalizada. (...)

Y con ella, ‘sorprendentemente’, continuaron las irregularidades y desapareciendo niñas y niños hasta al menos 1999, año en el que se derogó la ley de parto anónimo vigente desde 1948 y que permitía dar ‘supuestamente’ en adopción a un niño/a sin que constara en ningún documento la identidad de la madre. A partir de 2011 comenzaron a hacerse públicas las primeras denuncias. Y comenzó a salir de la casquería el nombre del Dr. Vela o Sor María, y alguna de esas valientes mujeres acabó denunciada por injurias, su caso fue archivado (como todas las denuncias presentadas, excepto una que prosperó en 2018, con condena, pero prescrita), sin resolver, y con un pie en la cárcel.

Vete a casa con un esperpento de incongruencias y falsificaciones en tu partida de nacimiento y sostén de por vida, y sin romperte, la duda y la rabia que carcomen de un “quién demonios soy, qué han hecho conmigo y quién es y dónde está mi madre”. Y a miles de mujeres se les cayó el mundo encima ante el televisor al darse cuenta de que ellas también conocieron a Sor María, y a otras tantas Sores y Doctores de calaña similar o peor, y que les pasó lo mismo y les dijeron lo mismo. Decidieron poner el cuerpo, juntarse y atarse al cuello una pancartita bien visible con una fecha y un lugar grabados a fuego, con toneladas de esperanza en una búsqueda en mar abierto. Y el resto contemplamos atónitas, pero desde la distancia, a lo sumo buscando en el espejo una escueta confirmación genética de una nariz aguileña o chata. Y desde entonces, se ha generado todo un aplastante discurso hegemónico de que todo este engendro fue por pura avaricia económica de cuatro manzanas podridas, con escasa disciplina con eso de los pecados capitales y los votos de pobreza. No fue dinero, fue pura inquina franquista y su pesada impunidad que aún nos lleva a rastras. (...)

Si han robado niñas/os en su modélica democracia es por el mismo motivo por el que se ha seguido torturando en los calabozos o sigue habiendo presos políticos o por qué nuestras viejas y viejos siguen tirados en cunetas. Jamás hubo ni una depuración ni una ruptura en ese artificio sonrojante que llaman Transición. No se fueron, son los mismos, por donde pasan esquilman: fascistas, clasistas, misóginos, de mil sectas nacionalcatólicas y profundamente anticomunistas, en todo el amplio espectro ideológico que jamás han sido capaces ni de comprender. Los del atado, bien atado y, cómo no, los de las imprescindibles connivencias.

Todo intercambio económico de mercancías dentro del capitalismo oculta las relaciones sociales de dominación que las producen. Repetimos. Todo intercambio económico de mercancías dentro del capitalismo oculta las relaciones sociales de dominación que las producen. Que no nos distraigan con dineros. Las relaciones de dominación atravesadas por ideología, clase y género, que son las condiciones de posibilidad para que se haya podido disciplinar de esta manera a determinadas mujeres y traficar con sus hijos de manera sistemática durante décadas, es lo importante y es lo que justamente quieren ocultar. (...)

Apelar al móvil económico y la anecdótica desgracia individual de toparse con un puñado de ginecólogos y monjitas podridas es el discurso profundamente funcional para seguir manteniendo su impunidad. Esto ha sido sistemático, institucionalizado e ideológico, pura lesa humanidad, y si no que abran de una vez los archivos, principalmente los de la intocable sacrosanta Iglesia católica, que durante siglos ha monopolizado la biopolítica de las poblaciones, para que lo podamos comprobar.

Desde hace seis años y dos legislaturas, estas mujeres, organizadas, se hayan en plena batalla para que se apruebe una ley que les permita empuñar una serie de herramientas absolutamente imprescindibles y hasta ahora negadas para iniciar sus búsquedas, obtener respuestas: apertura y acceso a los archivos del Estado y de la Iglesia, o la creación de un banco estatal de ADN entre otros ejes fundamentales.

El último adelanto electoral ha tirado por el sumidero años de arduo trabajo para, al menos, poder iniciar un largo camino y comenzar a romper esta situación de brutal impunidad que sufren, estirando una etapa de incomprensibles e interminables enmiendas. A pesar de la evidente incertidumbre política con la conformación del nuevo Gobierno y la aprobación de esta ley, con lo que no cuentan sus ilustres ‘señorías’ es con la increíblemente bella terquedad que da luchar por una causa digna. A la tercera, será la vencida, si es que tienen ustedes un mínimo de decencia. (...)

Quizá ha llegado el momento de una reflexión seria al respecto, porque la herida sangrante de impunidad que lleva 80 años atravesando la vida de miles de nuestras viejas es urgente atenderla. Por puro antifascismo, que no se nos olvide que esta lucha también es nuestra. La próxima vez que queden (que lo harán, que no han parado de hacerlo), seamos millones. Mientras tanto, que corra la voz."


(María José Cabedo es colaboradora de la asociación Todos los niños robados son también mis niños”, El Salto, 20/08/23)

18/1/23

El experimento de Franco con 50 mujeres en Málaga: en busca del «gen rojo»... gen que conduciría a la perversión moral... con esta teoría, el régimen justificaría el secuestro de niños republicanos... Los resultados fueron utilizados posteriormente por Vallejo-Nájera para reclamar «una Inquisición modernizada» que permitiera «higienizar nuestra raza»

 "Mayo de 1939. El bando franquista acababa de declarar su victoria en la Guerra Civil, que daría paso a más de treinta años de dictadura. El nuevo régimen necesitaba coser la herida por la que sangraba España, fracturada en dos, y utilizó la pseudociencia como hilo. El médico Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos militares, había planteado una disparatada tesis basada en la creencia de que existía un «gen rojo» que conducía a la perversión moral, sexual e ideológica. 

Franco había creado meses antes un gabinete de investigaciones psicológicas para buscar una explicación biológica al comunismo, en sintonía con las teorías nazis sobre la superioridad de la raza aria. El ideal franquista descansaba en el militarismo y el nacionalcatolicismo, un espíritu amenazado por la inferioridad mental que, según Vallejo-Nájera, arrastraba el marxismo.

Para tratar de demostrar su absurda hipótesis, el psiquiatra palentino se rodeó de criminólogos y asesores alemanes y sometió a prisioneros de guerra republicanos, y también a voluntarios procedentes de las Brigadas Internacionales, a pruebas macabras que los llevaron al borde del colapso. Estaba convencido de que «la perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales». A través de mediciones antropomórficas y encuestas, con preguntas sobre sexualidad o religión, la dictadura intentaba justificar su represión. La investigación concluyó que los 'rojos' mostraban un «carácter degenerativo» marcado por su tendencia al alcoholismo, el libertinaje y la promiscuidad, además de una inteligencia inferior a la media.

El régimen franquista detectó una laguna en su propio estudio, manipulado hasta la caricatura: no habían estudiado a ninguna mujer. Para remediarlo, Vallejo-Nájera contactó con el director de la clínica psiquiátrica de la prisión de mujeres de Málaga, Eduardo Martínez. Juntos analizaron a cincuenta reclusas, aunque renunciaron a las evaluaciones físicas al considerar que los contornos femeninos resultaban «impuros». Los resultados, que incluían detalles sobre la vida sexual de las presas, como la edad en que perdieron la virginidad, a lo que se referían como «desfloración», desvelaron que predominaban las reacciones temperamentales y primarias, algo que les permitió afirmar que las mujeres republicanas tenían «muchos puntos en común» con animales y niños. También aseguraron localizar comportamientos esquizoides, debilidad mental e introversión.

El franquismo difundió la idea de que existía un gen rojo que conducía a la perversión moral

Los psiquiatras del franquismo defendían que las mujeres participaban en política para satisfacer sus apetencias sexuales. El argumentario permitía que la religión católica impusiera sus estrictas normas, por entonces canalizadas por la tenebrosa Sección Femenina, dirigida por Pilar Primo de Rivera, con el objetivo de promulgar la sumisión ante los deseos masculinos: «Cuando tu marido regrese del trabajo, ofrécete a quitarle los zapatos. Minimiza cualquier ruido. Si tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ella. Si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que esté dormido. Si siente la necesidad de dormir, que así sea. Si sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la tuya».

A la represión franquista, en el caso de las mujeres, se sumaba la misoginia del régimen. La discriminación que sufrían era doble. Pero el lado más tétrico de las investigaciones psiquiátricas ordenadas por Franco en Málaga estaba aún por conocerse; los estudios, cuyas hipótesis se dieron por comprobadas pese a la falta de rigor y la inconsistencia de todo el proceso, escondían un plan para justificar «la segregación de estos sujetos desde la infancia» al entender que esta separación «podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible». En otras palabras: al dar por válida la existencia de un «gen rojo» causante de psicopatías y criminalidad, la dictadura creía poder justificar el secuestro de niños republicanos. Se estima que el número de menores robados por el franquismo durante la contienda y en la posguerra, uno de los episodios más crueles y desconocidos de la historia reciente de España, ascendió a 30.000.

Una investigación de las profesoras Encarnación Barranquero, Matilde Eiroa y Paloma Navarro sobre la prisión de mujeres de Málaga revela que los hijos de reclusas, a menudo encarceladas por delitos tan ambiguos como «rebelión» o «atentados contra la moral pública», permanecían con sus madres, en caso de no poder quedarse con otro familiar, hasta que cumplían tres o seis años, en función de la legislación vigente. Entonces pasaban a ser tutelados por las instituciones estatales y religiosas. La presencia de los menores en las cárceles no consta en los expedientes, algo que ha dificultado los estudios posteriores, aunque de los testimonios recogidos se desprende que la mayoría de niños eran dados en adopción o emprendían carrera como seminaristas, siempre con el objetivo de pulverizar cualquier relación con el pasado.

Con su teoría, el régimen creía poder justificar el secuestro de niños republicanos

Los servicios psiquiátricos dirigidos por Vallejo-Nájera y Martínez retrataron a las reclusas de la prisión de Málaga en informes detallados. De las cincuenta mujeres analizadas, más de la mitad habían sido condenadas a muerte, aunque las penas fueran finalmente conmutadas. Otra de las conclusiones dejaba al descubierto la paupérrima consideración que el sistema tenía de las mujeres, a quienes reducía a su papel de madres: «A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la descendencia de quien tiene que luchar por ella». 

Los resultados fueron utilizados posteriormente por Vallejo-Nájera para reclamar «una Inquisición modernizada» que permitiera «higienizar nuestra raza». Murió en 1960 tras publicar cerca de treinta libros, aunque su obra, en un histórico ajuste de cuentas, ha quedado por suerte enterrada bajo polvo y olvido."                      (Alberto Gómez, La Verdad, 14/09/22)

7/10/22

The New York Times: Durante el régimen de Francisco Franco, miles de recién nacidos fueron sacados en secreto de los hospitales y vendidos a familias católicas ricas... Vallejo-Nájera, un destacado psiquiatra del régimen que se formó en la Alemania nazi, promovió la idea de un “gen rojo” marxista que portaban los hijos de los opositores izquierdistas de Franco. El gen, decía, podía suprimirse al separar a los niños de sus madres y ubicarlos en familias conservadoras. Los hombres de Franco pronto comenzaron los secuestros a gran escala. Se centraron en los niños huérfanos de los pelotones de fusilamiento de Franco y se llevaron a los recién nacidos de las mujeres que habían dado a luz en la cárcel como presas políticas. Todos fueron enviados a que los criaran personas leales al régimen. Fue el inicio de la era de los “bebés robados”... Ahora están empezando a descubrir sus propias historias

 "En un cálido día de octubre de 2017, Ana Belén Pintado decidió despejar un poco de espacio en su garaje. Su padre, Manuel, había muerto en 2010, seguido por su madre, Petra, cuatro años después. Sus pertenencias estaban acumulando polvo en su casa de Campo de Criptana, un pequeño pueblo del sur de Madrid. Mientras abría las cajas con cuidado, se maravillaba con los objetos que había adentro —vestidos de su infancia, una muñeca, un viejo diccionario—, cada uno de ellos era tan familiar, que le recordaba la vida que los tres compartieron.

Pero entonces se encontró con unos papeles que nunca había visto: historiales médicos de hace décadas, incluida una nota del médico de su madre. La nota decía que Petra Lucas-Torres llevaba ocho años casada. Tenía 31 años y había intentado tener una familia. Pero unas radiografías indicaban que tenía una anomalía uterina y las trompas de Falopio obstruidas.

En otras palabras, la madre de Pintado había sido estéril. La fecha del diagnóstico era abril de 1967, seis años antes de que naciera Pintado.

Durante mucho tiempo, Pintado creyó que la pareja que la crio eran sus padres biológicos, pero había algunos aspectos desconcertantes sobre su familia. No tenía hermanos, lo que era raro en un pueblo católico como Campo de Criptana; la propia Pintado, que entonces tenía 44 años, tenía tres hijos. También hubo un extraño incidente que ocurrió después de la muerte de su padre: un abogado que se ocupaba de la herencia encontró unos papeles que demostraban que ella había nacido con un apellido diferente, pero antes de que nadie de la familia pudiera examinarlos con detenimiento, su madre le arrebató los documentos y se negó a volver a hablar de ellos.

 Mientras Pintado estaba sentada en su garaje, escudriñando los papeles, encontró otro documento tan confuso como la nota del médico. Era un certificado de nacimiento, que indicaba que su madre había dado a luz a una niña en la maternidad Santa Cristina de Madrid. “Buen aspecto y vitalidad, buena coloración”, escribió un empleado del hospital. El papel tenía la fecha del cumpleaños de Pintado, el 10 de julio de 1973. Incluso había un número de habitación: el 22.

Pintado miró de cerca la partida de nacimiento. Pudo ver que alguien había arrancado el tercio superior del papel, dejando un borde irregular. Su partida de nacimiento había sido manipulada; aquí había algo que alguien quería ocultar. “No puede ser mi madre”, me dijo. “Y es cuando pensé que yo era un bebé robado”.

Pintado conocía desde hacía tiempo el fenómeno de los bebés robados en los hospitales de España. Los robos se produjeron durante el final del régimen de Francisco Franco, el dictador de derecha que gobernó el país hasta 1975, y aún hoy las desapariciones siguen siendo objeto de misterio y debate entre los estudiosos. Según las madres biológicas, las monjas que trabajaban en las maternidades se llevaban a los bebés poco después de dar a luz y les decían a las mujeres, a menudo solteras o pobres, que sus hijos habían nacido muertos. Pero los bebés no estaban muertos: habían sido vendidos, discretamente, a padres católicos acomodados, muchos de los cuales no podían tener familia propia. Bajo un montón de papeles falsificados, las familias adoptivas enterraron el secreto del delito que habían cometido. Los niños secuestrados fueron conocidos en España simplemente como los “bebés robados”. Nadie sabe exactamente cuántos fueron secuestrados, pero las estimaciones apuntan a decenas de miles.

 El fenómeno de los bebés robados fue solo una parte de una pesadilla nacional que comenzó en España con la llegada de Franco al poder. Franco, comandante del ejército de derecha, formaba parte de un grupo de oficiales militares que conspiraron para derrocar al gobierno español en una rebelión del ejército en 1936, lo que desencadenó la Guerra Civil española. De la noche a la mañana, España pasó de ser una democracia a un país en el que los escuadrones de la muerte acorralaban y ejecutaban a izquierdistas e intelectuales. Cuando los nacionalistas franquistas no pudieron someter al País Vasco, recurrieron a los aviones de guerra de la Alemania nazi que arrasaron la ciudad de Guernica, lo que inspiró el famoso cuadro de Pablo Picasso que lleva su nombre. La crueldad era típica de un nuevo tipo de autoritarismo que comenzó a derribar las democracias una por una en Europa en la década de 1930. Pero a diferencia de Adolf Hitler, Franco sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. El régimen español perduró como un estado fascista en el corazón de la Europa moderna.

 Como líder supremo de España, Franco adoptó el título de Caudillo, y pronto comenzó a eliminar las libertades sociales dentro del país. Hasta principios de la década de 1930, España había sido uno de los países más progresistas de Europa, al permitir el divorcio de las parejas casadas y que las mujeres solicitaran abortos. Bajo el régimen de Franco, esos derechos fueron rápidamente anulados. Se prohibió la anticoncepción, se penalizó el adulterio y las mujeres perdieron el derecho al voto. Se censuraron los periódicos y se prohibieron muchos libros, incluidos los de Federico García Lorca, el poeta y dramaturgo más famoso de España. (García Lorca ya había sido asesinado por los nacionalistas durante la guerra civil). El movimiento político de Franco, la Falange, llegó a publicar un horario para las amas de casa en el que se indicaban los horarios para llevar a los niños al colegio, blanquear la ropa y preparar las cenas.

Pero uno de los abusos más duraderos de la época lo sufrieron los niños. A finales de los años treinta y cuarenta, Antonio Vallejo-Nájera, un destacado psiquiatra del régimen que se formó en la Alemania nazi, promovió la idea de un “gen rojo” marxista que portaban los hijos de los opositores izquierdistas de Franco. El gen, decía, podía suprimirse al separar a los niños de sus madres y ubicarlos en familias conservadoras. Los hombres de Franco pronto comenzaron los secuestros a gran escala. Se centraron en los niños huérfanos de los pelotones de fusilamiento de Franco y se llevaron a los recién nacidos de las mujeres que habían dado a luz en la cárcel como presas políticas. Todos fueron enviados a que los criaran personas leales al régimen. Fue el inicio de la era de los “bebés robados”.

 El gobierno de Franco también marcó un giro dramático para la Iglesia católica, que permitió que sus monjas y sacerdotes se convirtieran en socios del régimen de derecha. Dirigían el sistema educativo, donde los niños debían ser instruidos en los valores católicos y aprendían a leer con la Biblia. Franco también cedió al clero la supervisión de algunos sectores del sistema hospitalario estatal. A menudo, las monjas se encargaban de la alta dirección de los hospitales, ayudaban a seleccionar el personal y supervisaban el presupuesto. Pero su influencia era tal vez mayor en las secciones de caridad de los hospitales que acogían a los pobres. Allí, las monjas solían animar a las madres solteras a dar sus bebés en adopción a parejas casadas.

“Las madres ya no eran presas, rojas o esposas de rojos”, escribieron los periodistas Jesús Duva y Natalia Junquera en Vidas robadas, un libro de 2011 sobre los secuestros. “Ya no se trataba de una represión política, aunque, de alguna manera, las víctimas seguían perteneciendo a la clase social de los vencidos: matrimonios humildes”. Durante un tiempo, el acuerdo funcionó sin problemas. Pero en los años sesenta, Franco abrió España al turismo y a las industrias multinacionales, que trajeron a extranjeros con ideologías más liberales. La economía también se disparó, dando a las mujeres más independencia. Ser madre soltera ya no era tan imposible como parecía. “Se reduce la oferta de bebés”, me dijo Soledad Arroyo, una periodista que investigó las primeras acusaciones. “Pero ya se ha generado un mercado de tráfico de bebés ilegal. ¿Qué vas a hacer entonces?”.

Algunas monjas —con la ayuda de médicos, enfermeras y matronas— empezaron a secuestrar bebés para satisfacer la demanda. En algunos casos, las monjas consiguieron convencer a las madres de que entregaran a sus hijos por voluntad propia, aunque muchas dicen que fueron coaccionadas para que entregaran a sus recién nacidos. Otras dicen que las sedaron en la sala de partos y luego les dijeron, cuando despertaron, que sus bebés habían muerto. En realidad, los niños habían sido vendidos a otras familias.

El régimen de Franco no fue el único que utilizó el robo de niños como arma política. En Argentina, hasta 30.000 personas fueron “desaparecidas” por una junta militar que gobernó de 1976 a 1983 y entregó a sus hijos huérfanos a familias de derecha, lo que provocó décadas de protestas y exigencias de que el gobierno investigara. En España, la gente suele referirse a los casos argentinos como si ofrecieran un precedente. Pero a diferencia de Argentina, España nunca estableció una comisión de la verdad y la reconciliación. De hecho, el país hizo lo contrario, al aprobar una amplia ley de amnistía en los años posteriores a la muerte de Franco que absolvió a los miembros del régimen de la mayoría de sus crímenes pasados. Aunque no se concedió explícitamente la amnistía a los responsables de los secuestros, la política reflejó un consenso que había surgido en la España posfranquista: evitar enfrentarse al oscuro legado de la dictadura. El acuerdo tenía incluso un nombre: el Pacto del Olvido. Los líderes españoles, tanto de la derecha como de la izquierda, defendieron la necesidad de una democracia pacífica, aunque ello conllevara sacrificar los pedidos populares de justicia. “No perturbemos las tumbas ni nos arrojemos los huesos unos a otros: dejemos que los historiadores hagan su trabajo”, dijo José María Aznar, expresidente del Gobierno, en un discurso pronunciado años después.

 Es un sentimiento que ha perdurado hasta hoy. Muchas fosas comunes pertenecientes a víctimas de los nacionalistas que fueron asesinadas durante la guerra civil siguen intactas, a pesar de los pedidos de los familiares para exhumar e identificar los cuerpos. El Valle de los Caídos, basílica católica y monumento a la dictadura fascista, sigue dominando la capital. Y para los bebés robados de la época, ahora adultos de mediana edad como Pintado, no ha habido ningún reconocimiento oficial de lo ocurrido en los hospitales. Ni una disculpa del gobierno o de la Iglesia por los secuestros. Y ningún punto de partida claro para encontrar respuestas. Pintado, como muchos otros, tendría que convertirse en detective del caso de su propio secuestro, encargada de buscar a los padres que no conoció.

Campo de Criptana ofrecía lo que parecía una infancia ideal para Pintado. El pueblo está situado junto a una carretera que sale de Madrid hacia el sur, donde el paisaje urbano de la capital va dando paso a los viñedos y los campos de trigo. En la colina que domina el pueblo se encuentran gigantescos molinos de viento blancos del siglo XVI, que, según los habitantes, inspiraron los de Don Quijote. Pintado atesora recuerdos de las sinuosas calles, de sus padres, de la tienda que su padre había regentado, la Panadería Manuel Pintado. De pequeña, le gustaba jugar entre las cajas de huevos que él descargaba mientras su madre vendía cruasanes y magdalenas a los clientes. Ahora, de adulta, se daba cuenta de que quizá nunca había conocido a sus padres. Le habían ocultado un secreto y estaba decidida a averiguar quién más lo había sabido.

Comenzó por acercarse a una vecina que había sido muy amiga de sus padres. Armada con los papeles del garaje, ella y su esposo, Jesús Ignacio Monreal, llamaron a su puerta. “Vengo a enterarme”, dijo Pintado sin rodeos tras entrar. “Explícame qué pasa. Explícame cómo fue mi nacimiento”.

 La amiga de la familia admitió que siempre había estado enterada de la adopción, pero dijo que no sabía mucho más. Pintado le pidió a la vecina que hiciera memoria, que recordara todo lo que pudiera, incluso los detalles que no parecían importantes. La vecina recordó que estaba con los padres de Pintado la noche en que la trajeron a casa desde el hospital. Estaban en la calle y la pareja le mostró la cara de la bebé, que parecía la de un angelito. Pero también había habido algo extraño en el encuentro. El padre de Pintado había insistido —su cuerpo temblando de rabia— en que nadie debía decir nunca a su nueva hija que era adoptada. Tenía permanecer en secreto. Así que la vecina no volvió a sacar el tema hasta que Pintado y Monreal le preguntaron aquella noche.

Mientras el esposo de Pintado escuchaba, no le sorprendió del todo la historia. Muchos años atrás, Monreal había oído rumores de que su esposa había sido adoptada, pero nunca los mencionó, ni cuando eran jóvenes y se contaban sus vidas, ni durante los años de matrimonio en los que tuvieron tres hijos. “Mi marido”, me dijo, “también lo sabía, pues no me lo ha dicho nunca porque ha pensado que yo lo sabía, como que era una intimidad mía, que yo no quería sacarlo, que no quería yo decirlo”.

Monreal cree que sí se lo comentó al menos una vez a su esposa, después de que Petra le arrebatara los papeles de la herencia. Pero no presionó a Pintado al respecto. Monreal tendía a evitar los enfrentamientos: él también había crecido en el pueblo y sabía que el tema de las adopciones podía ser difícil. Pocos lugares eran más tradicionales que Campo de Criptana, donde la vida se centraba en las cofradías, cada una con su propia sala de reuniones dedicada a una figura diferente de la Biblia. Tanto Monreal como Pintado sabían que para su madre, católica, no poder tener una familia propia habría sido un motivo de vergüenza, un secreto más en un pueblo lleno de ellos. Pero al oír a la vecina describir el enfado de su padre, se dieron cuenta de que la verdad podía ser aún más oscura. Sus padres no actuaban por vergüenza. Puede que estuvieran intentando encubrir un delito.

 Pintado decidió ir al ayuntamiento de Campo de Criptana para pedir una copia de su documento del registro civil, que incluiría algunos datos más sobre su nacimiento. Un trabajador entró en el archivo y sacó un papel, marcado con un escudo de España, que decía que Pintado había sido inscrita con un apellido diferente al de sus padres: Pardo López, el mismo apellido que creyó ver en los documentos de la herencia que le había quitado su madre. El documento, con una letra borrosa y difícil de entender, decía que los nombres de los padres eran Miguel y María. Pintado tenía ahora documentos que esencialmente decían que había nacido dos veces: de la mujer que la crio, y de esta pareja de la que no sabía nada.

 Pintado continuó su búsqueda, llamando a todas las puertas de su pueblo, con la esperanza de que otras personas estuvieran finalmente dispuestas a compartir lo que sabían ahora que sus padres ya no estaban. Algunos de los amigos de sus padres habían muerto en los últimos años, y otros decían desconocerlo. Pero una vecina contó una historia que Pintado nunca había oído. Cuando su madre vivía, ella y su grupo de amigas se reunían los sábados. Después de unas horas, a Petra “se le escapó unas cosas”, dijo la vecina, incluyendo una historia sobre la noche en que Pintado fue traída a casa desde Madrid. Petra contó al grupo, casi con jactancia, que los implicados en la adopción le habían pedido que llevara una almohada bajo el vestido para parecer embarazada cuando fuera al hospital. También dijo que había pagado una gran suma de dinero por la adopción.

 Pintado apenas podía procesar lo que estaba escuchando. Si su madre había fingido estar embarazada, si su partida de nacimiento era falsa, si sus padres habían ofrecido un gran pago por ella, entonces debían saber exactamente en qué estaban metidos: habían participado activamente en su secuestro. Su amor por ellos se había construido sobre una historia compartida que ahora sabía que no era cierta. Podía sentir que su sensación de engaño se convertía en ira. “Quería preguntarles: ‘¿Por qué? ¿Por qué han hecho esto?’”, me dijo Pintado. “Yo no soy una persona que puede robar a una hija a otra madre”.

 De vuelta en su garaje, entre los papeles de su difunta madre, Pintado encontró una pista más. Su madre había guardado un juego de tarjetas de felicitación de una monja católica de Madrid. Una de ellas mostraba a José y María en un nacimiento; la segunda representaba a una mujer con un hábito, sosteniendo a un niño. “Que su hija a quien recuerdo sea un estímulo para seguir viviendo lleno de ilusión”, decía.

Pintado recordaba haber visitado a una monja en Madrid cuando era niña. Recordaba el tren a la capital, y a su madre dejándola afuera mientras entregaba un sobre con dinero. No recordaba el nombre de la monja. Pero allí estaba, firmado en la parte inferior de la tarjeta: sor María Gómez Valbuena. Pintado buscó el nombre en internet y encontró decenas de denuncias de secuestros, muchas de las cuales se parecían a la suya. Un caso tras otro la llevó al hospital donde había nacido.

Las primeras acusaciones públicas de que se vendían bebés en España llegaron ya en los años ochenta. Una portada de una popular revista femenina publicó un titular en 1989 que decía: “Tráfico de niños en Madrid — ‘Me quitaron a mi hija sin llegar a verla’”. En las páginas siguientes, una madre desesperada contaba la historia de cómo un médico llamado Eduardo Vela trató de hacerle firmar los papeles de adopción tras salir de la anestesia durante el parto. Su bebé, dijo, fue vendida por 380.000 pesetas, el equivalente a varios miles de dólares.

Sin embargo, el Pacto del Olvido de España se mantuvo. A medida que surgían más acusaciones de robo de bebés, los relatos eran en su mayoría ignorados. Los jueces del país, muchos de ellos remanentes del franquismo, se negaron a aceptar los casos. Y aunque el régimen de Franco cayó en la década de 1970, el sistema hospitalario siguió siendo dirigido por las mismas monjas durante años.

Tuvo que llegar un nuevo presidente del gobierno para que algo cambiara finalmente. En 2004, el gobierno conservador fue derrotado por José Luis Rodríguez Zapatero, un socialista que llegó al cargo con planes para abordar los tabúes del pasado. Rodríguez Zapatero ordenó retirar la última estatua de Franco que quedaba en Madrid. Luego, a instancias de Rodríguez Zapatero, España aprobó su ley de memoria histórica en 2007, que condenaba los crímenes del franquismo y reconocía por primera vez a sus víctimas.

Empezó a surgir una nueva generación de víctimas, esta vez liderada no por las madres que habían perdido a sus bebés, sino por sus hijos, ya adultos, que buscaban a sus padres biológicos. Formaron organizaciones de base como la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares, que calculó que hasta el 15 por ciento de las adopciones en España entre 1965 y 1990 se realizaron sin el consentimiento de los padres biológicos. En 2011, el grupo presentó su primera demanda en nombre de 261 personas que decían ser víctimas de los secuestros. La presentación causó sensación en el país, lo que hizo que se presentaran más casos. En un mes, el número de casos había aumentado a 747.

A medida que aumentaba la presión, el fiscal general de Rodríguez Zapatero, Cándido Conde-Pumpido Tourón, inició su propia indagatoria. Pronto descubrió un patrón: aunque las víctimas habían presentado muchas denuncias a lo largo de las décadas, los jueces se habían limitado a archivar un caso tras otro, alegando el plazo de prescripción. Conde-Pumpido no estaba de acuerdo con estas desestimaciones y me dijo hace poco que el Estado tenía que llegar al fondo de lo sucedido, y luego resolver las cuestiones de quién era el culpable. Los funcionarios comenzaron a investigar activamente los secuestros, y el número de casos se disparó a más de 2000.

 El primer sospechoso que surgió fue Vela, el ginecólogo nombrado en el artículo de 1989. Los funcionarios habían entrevistado a una mujer que acusaba a Vela de falsificar su certificado de nacimiento y que creía que el médico la había vendido ilegalmente sin el consentimiento de su madre biológica. Los funcionarios también estaban siguiendo un caso en torno a sor María Gómez Valbuena, la monja que Pintado recordaba haber visitado cuando era niña y que también había trabajado estrechamente con Vela.

Entre los posibles testigos que se presentaron en el caso contra sor María había una conserje que había trabajado en el hospital. Cuando hablé con la conserje, I. M., esta primavera, pidió que sólo se publicaran sus iniciales porque temía represalias por haber trabajado en la clínica. Me dijo que el despacho de sor María en Santa Cristina estaba situado en la segunda planta, abajo de la guardería para los recién nacidos, donde había cunas rojas y azules a lo largo de la pared. En el quinto piso había camas de caridad donde las madres solteras y pobres que requerían asistencia estatal se recuperaban después de dar a luz. “Yo limpiaba su despacho”, dijo. “Yo he visto de todo”.

I. M. empezó a trabajar en la clínica cuando era adolescente y recordaba a sor María como una persona severa e implacable. Pero lo que más le sorprendía era el comportamiento de la monja con las mujeres solteras del piso de caridad. Sor María se refería a ellas como “descarriadas” y “subversivas”, a veces en su cara. Muchos de los bebés habían sido declarados muertos, dijo I. M., incluyendo algunos que había visto vivos en sus incubadoras horas antes. Había rumores de que el cuerpo de al menos un recién nacido fue conservado en una nevera, aunque I. M. nunca supo por qué. (Algunas de las personas que entrevisté dijeron que a las madres que exigían ver los restos de sus hijos se les mostraban cadáveres de otros bebés).

 También recordaba un cuaderno azul que estaba sobre el escritorio de sor María en la clínica. En su interior había listas de nombres, muchos de los cuales I. M. reconoció como posibles padres que había visto visitar a la monja. Venían a la clínica por la mañana, siempre con un cheque. La hermana María los entrevistaba durante varias horas y, si las cosas iban bien, las familias se iban con un bebé esa misma tarde. En otra columna del cuaderno, I.M. también había visto números marcados en pesetas. Las cantidades no le parecían donaciones; algunas de las cifras equivalían a semanas de sueldo.

I. M. nunca contó a nadie lo que vio durante esos años. No lo hizo, dijo, porque habría sido su palabra contra la del hospital. “Las mujeres éramos poco que nada”, me dijo. “Tú te tenías que someter primero a tu padre y luego a tu marido y luego al Estado”.

La versión de la conserje fue uno de los varios relatos similares que fueron apareciendo en los medios de comunicación a medida que se desarrollaban las investigaciones de Rodríguez Zapatero. David Rodríguez, entonces estudiante en Madrid que llevó su historia a los periodistas locales, dijo que su madre le había dicho que pagó 60.000 pesetas a sor María cuando lo adoptó. Rodríguez llegó a reunirse con sor María, que negó las afirmaciones y dijo que no podía ofrecerle más información sobre su adopción debido a que le fallaba la memoria. En 2011, la monja hizo declaraciones similares durante una entrevista con Arroyo, la periodista de investigación, y dijo: “Los adoptados no deben buscar a sus padres biológicos, porque no los van a encontrar”.

A medida que la búsqueda de su madre continuaba, Pintado se dio cuenta de que tenía que mirar más allá de sus vecinos de Campo de Criptana si quería más respuestas. En el otoño de 2017, se encontró con una organización llamada SOS Bebés Robados, un grupo de base de víctimas que buscan a sus familiares, con capítulos en toda España. Pintado se reunió con una fundadora del grupo, Mari Cruz Rodrigo, que dio a luz a su segundo hijo en 1980. Cinco días después, un médico le dijo que el bebé había muerto de un ataque al corazón en una incubadora y se negó a dejar que Rodrigo viera el cuerpo. Con el paso de los años, Rodrigo empezó a dudar de la historia.

Ella le advirtió a Pintado que el camino que le esperaba sería difícil: solo una decena de los casi 400 miembros del SOS habían encontrado a sus familias. Rodrigo aún no sabía si su propio hijo estaba vivo ni cuál sería su reacción al conocer la verdad. “Si lo encuentro, no va a ser mi hijo, va a ser un hombre que yo he parido”, me dijo Rodrigo. Pero Rodrigo animó a Pintado a continuar su búsqueda, indicándole una oficina del gobierno de Madrid que había ayudado a los miembros de S.O.S. a obtener información sobre las madres biológicas mediante solicitudes de registros. Pintado estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, así que, aunque se dirigió a esa oficina, también optó por algo más arriesgado: escribir cartas a las familias que pudiera encontrar con los apellidos Pardo y López.

 López es un apellido común en España (casi una de cada 50 personas se apellida así), por lo que Pintado tendría que escribir cientos de miles de cartas si quería tener alguna posibilidad de encontrar a su madre. Pero había vendido la panadería familiar donde había trabajado gran parte de su vida. Sus hijos ya estaban grandes y, de repente, había muchas más horas del día que llenar. Ninguna tarea parecía demasiado inútil o intrascendente. ¿Y si su madre abría una de las cartas? Cogió el bolígrafo y escribió a una familia cualquiera con su letra redonda y cursiva:

Soy Ana Belén, el motivo de esta carta es que estoy buscando a mi familia biológica. Por casualidad, he encontrado su nombre y su dirección. Soy bebé robada… En mi desesperación por buscar a mi familia te pregunto si por casualidad en tu familia hubiera sospechas de algo de este tema. Por favor contéstame aunque sea negativo para ir descartando personas, pues esto es muy laborioso y me está costando mucho trabajo buscar. Perdón por las molestias y la forma de hacerlo pero en estos momentos no tengo otros caminos. Un saludo: Ana Belén

“Ella era Don Quijote, y yo, Sancho Panza”, dice Monreal sobre su esposa. Él quería hacer lo que pudiera, y empezó a leer borradores y a ayudarla a escribir cartas. Escribió a decenas de familias, desde los suburbios de Madrid hasta Murcia, una pequeña región de la costa mediterránea. Incluso recibieron algunas respuestas. “Me dijeron: ‘Mira, nosotros no somos, pero te apoyamos en todo. Y si los encuentras, escríbenos’”, cuenta Pintado. Pero nadie respondió afirmando ser su madre.

Un tiempo después de enviar la primera tanda de cartas, recibió una llamada de alguien de la oficina del gobierno de Madrid con la que Rodrigo le había sugerido que se pusiera en contacto para obtener posibles pistas. La funcionaria le dijo que había podido encontrar un nombre de pila de su madre en los registros del hospital. Pero el nombre no era María, que figuraba en su documento del registro civil. Ese nombre, al parecer, había sido falsificado. El verdadero nombre de su madre era Pilar.

La funcionaria dijo a Pintado que en la búsqueda también apareció un lugar de nacimiento de la madre, una provincia llamada Ávila, a poca distancia al oeste de Madrid. La madre tenía 23 años cuando nació Pintado. No era mucho, pero Pintado volvió a tener esperanzas.

Ahora buscaría a Pilar.

Uno de los casos más publicitados en el sistema judicial contra sor María fue el de Purificación Betegón, cuya historia sobre la desaparición de sus hijos en 1981 conmocionó a muchos en todo el país. Cuando conocí a Betegón, me contó que en aquellos años vivía con su novio y estaba embarazada de su segundo hijo. Antes de ir a la clínica, Betegón esperaba que su hijo de 2 años tuviera pronto un hermano pequeño o una hermana que le hiciera compañía.

Pero cuando comenzó el trabajo de parto, se llevó una sorpresa: el médico le informó que iba a dar a luz a gemelos. Las dos bebés estaban sanos, le dijeron. “El camillero me dijo: ‘Puri, has tenido dos niñas preciosas’”. Las gemelas fueron llevados rápidamente a otro lugar, y Betegón fue trasladada en silla de ruedas a una habitación oscura. Cuando entró una enfermera, Betegón le preguntó “que qué hacía allí, que no estaba en mi habitación”. La enfermera no contestó, sino que le dijo que sor María le había dicho que preparara a las gemelas para la adopción. “Y le digo: ‘¿Quién coño es sor María?’”.

 Al día siguiente, una amiga llegó para ver cómo estaba, y Betegón exigió inmediatamente ver a las bebés en sus incubadoras, apoyándose en el hombro de su amiga mientras iban al tercer piso. Era la primera vez que veía a sus hijas: eran tan pequeñas, pensó, y compartían su piel blanca. Eran niñas, idénticas, por lo que Betegón pudo ver. Pero de nuevo le dijeron a Betegón que las bebés estaban en adopción. Se enojó y se lanzó contra el cristal que la separaba de las incubadoras.

 Betegón exigió ver a sor María y la encontró sola en su oficina. Le preguntó por qué le habían dicho que sus hijas iban a ser adoptadas. “Y me dijo: ‘Bueno, es que como eres joven y ya tienes un niño, no te has casado todavía’. Le dije: ‘Ese problema no es de usted, y mis hijas son mis hijas’. Y me dijo: ‘Ya, pero es que pueden estar con una familia’”. Betegón siguió insistiendo. Finalmente, sor María cedió, diciendo que había habido un malentendido y que la adopción se cancelaría.

Esa tarde, un médico llegó a la habitación de Betegón para decirle que una de las gemelas había muerto. Betegón se quedó en shock. “Acá yo me quedo llorando porque yo en el primer momento pensé que era verdad”, dice. “Al cabo de un rato vuelve otra vez el mismo médico y me dice que ha muerto la otra”. Betegón, que ya no le creía, entró a la fuerza en la sala de neonatos con las incubadoras y volvió a ver a sus dos hijas. Preguntó a los médicos por qué le habían dicho que estaban muertas cuando aún estaban claramente vivas. Un médico le dijo que tenían muerte cerebral. “Le dije: ‘Mira, yo no entiendo de medicina, pero hasta donde yo sé, una persona muerta cerebralmente no se mueve”, cuenta Betegón.

Fue a la oficina de sor María por última vez. La monja le preguntó qué nombres había elegido para sus hijas. Betegón dijo que quería llamarlas Sherezade y Desiré. “Me dijo: ‘Esos no son nombres católicos’”.

Cuando Betegón volvió a las incubadoras, las bebés ya no estaban. Esta vez, cuando pidió ver a sus hijas, la llevaron a la morgue. Un médico sacó dos pequeños cuerpos. Envueltos en blanco, parecían mucho más grandes que sus hijas. Betegón miró de cerca sus rostros. “No eran mis hijas”, dijo. Nunca volvió a ver a sor María.

Durante años, Betegón pensó que aunque la gente creyera su historia, nadie se haría responsable. Pero décadas más tarde, en 2011, se enteró de una protesta que tenía lugar en Madrid, una de las primeras concentraciones de bebés robados, y decidió asistir. Un representante de uno de los grupos de víctimas anotó sus datos, y un fiscal de Madrid se puso en contacto con Betegón y le pidió que declarara. El fiscal dijo que estaban construyendo un caso contra la hermana María. “Estoy deseando que se celebre el juicio para poder verle la cara a sor María”, dijo Betegón a los periodistas en 2012. Poco después presentó su propia denuncia contra sor María.

Betégon nunca vería a sor María en el juicio. Nadie lo haría. En 2013, las monjas de su convento se despertaron para encontrar a sor María muerta a los 87 años. Nunca fue acusada formalmente y nunca admitió haber vendido bebés. La Iglesia católica tampoco reconoció nunca públicamente el papel que desempeñó en los secuestros. Pero se sabe que, durante décadas, algunas monjas —con el poder de una dictadura que les permitía actuar con impunidad— se encargaron de decidir quién tenía derecho a criar a un niño y quién no.

El caso de Eduardo Vela, el médico que enfrentó acusaciones en los años ochenta, se desmoronaría años más tarde, después de que el tribunal desestimara los cargos contra él, alegando la prescripción. (Para complicar aún más las cosas, la víctima dijo más tarde que se había enterado de que su madre la había dado voluntariamente en adopción. El primer bebé robado reconocido en España no era tal). De los 2186 casos investigados, ninguno acabó en condena. Los fiscales me dijeron que el problema no era que dudaran que las víctimas dijeran la verdad, sino que los casos carecían de pruebas. Los crímenes tuvieron lugar hace décadas. Enfrentaban la palabra de una madre con la de una monja o un médico de edad avanzada. “Un señor que tiene ahora 80 años, si se le va a condenar por lo que hizo cuando tenía 40, ya no es la misma persona, se está metiendo en la cárcel a alguien que no es la misma”, me dijo Conde-Pumpido, el ex fiscal general.

Y así, por desesperación, algunas víctimas recurrieron a otra salida, una que les daba la esperanza, aunque fuera escasa, de reunirse con sus familias biológicas. En la década de 2010, los programas de entrevistas diurnas empezaron a dedicar gran parte de su tiempo de emisión al escándalo de los bebés robados. Los productores reunían equipos de calle, entrevistaban a los testigos de forma anónima con alteración de la voz, o llevaban cámaras ocultas mientras se enfrentaban a médicos y enfermeras en sus departamentos.

En muchos sentidos, estos programas estaban haciendo lo que antes era impensable: abordar públicamente los horrores del franquismo. Pero también estaban haciendo sensacionalismo de esos horrores, para los millones de espectadores en casa. En un episodio de principios de 2011 de El Diario, un programa de entrevistas por la tarde en el que los invitados ventilaban sus conflictos familiares, un conductor presentó a Alejandro Alcalde, un padre de mediana edad que intentaba encontrar a la madre de su hija adoptiva. Mientras Alcalde compartía los detalles de su vida, la cámara cortó a una mujer no identificada entre bastidores, sentada en un sofá blanco, de espaldas a la cámara. En la parte inferior de la pantalla aparecían las palabras: “Busco a mi hija, me la robaron nada más nacer”. A continuación, se muestra al padre en una pantalla dividida junto a las dramáticas imágenes de un auto que se acerca al estudio. Una mujer con bata blanca salió del coche y sacó un gran sobre con pruebas de ADN que demostraban que la misteriosa mujer del sofá era en realidad la madre de la niña. La familia se reunió mientras el público aplaudía.

La ola de atención mediática también tuvo algunas consecuencias inesperadas: cualquier madre que tuviera un hijo nacido muerto tenía ahora motivos para creer que el bebé podía estar vivo y sano, y simplemente vivir con otra familia. Un segmento de 2013 de La Mañana, un programa matutino español, abría con una escena en un cementerio mientras hombres con cascos y martillos abrían una tumba. Dentro había un pequeño ataúd blanco, claramente hecho para un bebé. El reportero, que se encontraba justo fuera de la tumba, se dirigió a la madre, que iba vestida de negro. Dijo que, tras dar a luz, en el hospital le dijeron que su hijo había nacido muerto, pero que ahora sospechaba que su hijo había sido robado, aunque el bebé había nacido en 1992, casi una década después de los últimos secuestros documentados. El ataúd no estaba vacío, como ella esperaba. Una prueba de ADN de los restos confirmó posteriormente que el bebé era su hijo.

Pintado, como millones de espectadores, había visto los programas de entrevistas e incluso había sido contactado por uno de ellos. Tras la muerte de su padre, un productor de El Diario la llamó a su casa, afirmando que podría haber tenido una gemela idéntica. Pintado colgó la llamada. Pero años más tarde, mientras buscaba a su madre y seguía cualquier pista que aparecía, fue al estudio en persona. Los productores no pudieron encontrar ningún archivo sobre su caso. Quizás ese día habían estado pescando, siguiendo una pista sin salida. Así que Pintado decidió ir ella misma a un programa de entrevistas.

 “Os presento a Ana Belén”, comenzó la conductora de Viva la Vida en enero de 2018. La cámara enfocó a Pintado, que estaba visiblemente nerviosa. La presentadora continuó: “Esto es para lo que yo considero que sirve la tele. Esta niña está buscando a su familia biológica y algunos de vosotros, si nos estáis viendo en casa, necesitamos que nos deis todas las pistas para que ella pueda cumplir el sueño de encontrar a su familia”.

Pintado comenzó a contar su historia. Estaba la documentación falsificada de después de nacer. Las visitas a Madrid con sobres de dinero. Pintado explicó que se había enterado de que la iglesia local probablemente había ayudado a relacionar a sus padres con sor María. Alguien, dijo, incluso le había contado que su madre adoptiva había fingido entrar de casualidad en la habitación donde su madre biológica había dado a luz, para ver cómo era, y encontró a la madre afligida. “Si alguien me está viendo y me reconoce, pues la verdad es que me gustaría mucho conocerlos, porque siempre he estado sola”, dice Pintado, mientras la pantalla se desvanece.

Pintado tenía la esperanza de que alguien llamara con información; con el paso del tiempo, nadie lo hizo. Pero no se dejó desanimar. Después de hacer público el daño que le habían hecho, fue como si se hubiera encendido un interruptor. Nunca dejaría de buscar a su madre. Así que decidió llamar a todos los periodistas que pudo encontrar.

En los meses siguientes, la historia de la búsqueda de Pintado apareció en numerosos medios de comunicación, desde La Vanguardia, uno de los periódicos más importantes de España, hasta La Tribuna de Ciudad Real, la provincia donde se encuentra su pueblo. “Era una mentira muy gorda”, dijo sobre su infancia a la reportera de la sección de sociedad de El Economista, una publicación financiera popular entre las élites españolas. Pintado también apareció en pódcast, programas de radio y canales de televisión, incluido uno en el que un equipo de noticias se desplazó a su casa y preguntó a los residentes qué sabían.

Las apariciones en los medios de comunicación empezaban a hacer mella en sus relaciones dentro de Campo de Criptana. Sus padres tenían muchos amigos leales, especialmente su madre, que perteneció a varias asociaciones católicas hasta que murió. Un día, Pintado estaba en una tienda de comestibles con su hija cuando una amiga de su madre se le acercó. Al principio, las dos intercambiaron bromas, pero luego la amiga adoptó un tono más agresivo: “¿Qué necesidad tienes tú de buscar si ya tienes tu familia?”. La pregunta molestó a Pintado. Sí, su madre y su padre le habían dado una buena educación. “Pero a mí me han robado una madre”, le dijo a la vecina antes de marcharse, “y eso no lo veo bien”.

Una noche, tras volver de otra aparición en televisión, Pintado decidió escribir a un grupo de WhatsApp de la familia de su madre para saber cómo se sentían con su búsqueda. “Todo lo sabéis en el lío que estoy metida ahora, y en todos los medios me preguntan qué piensa de esto la familia”, escribió. “¿Qué tengo que decir?”.

Una prima fue de las primeras en responder: “Buenas noches, yo siempre te he querido como prima. (…) Me parece bien que quieras encontrar a tus padres biológicos, pero creo que se merecen un respeto tus padres adoptivos. No sé si serías niña robada o no, pero creo que mi familia no supiese si eras niña robada o no”.

“Yo pienso lo mismo”, escribió otro familiar en el grupo.

“Creo que igual que lo has comentado en todas partes también y nos podrías haber dicho a nosotros”, escribió la prima.

Otro familiar le contestó asegurando que Pintado sabía desde el principio lo de la adopción y que incluso había preguntado a sus padres biológicos cuando tenía 12 años. Era una acusación sin fundamento, dijo Pintado. Pero el mensaje era claro: algunos miembros de su familia preferían creer que era Pintado quien mentía, no sus padres.

 Parecía que nada funcionaba en el caso de Pintado. Las apariciones en la prensa no parecían sacar a la luz ninguna pista. Sus familiares se habían puesto aparentemente en su contra. Entonces, una noche de julio de 2018, recibió una llamada telefónica que lo cambió todo.

El hombre en la línea deseaba permanecer en el anonimato, le dijo a Pintado. Había leído su historia en un periódico local y era “amigo íntimo” de una mujer llamada Pilar Villora García, alguien que había perdido una hija más o menos al mismo tiempo que Pintado. ¿Le gustaría anotar el número de Pilar?

Pintado la llamó enseguida. “Entonces yo que ella me descuelga, le digo: ‘Mira, soy bebé robada, estoy buscando a mi madre biológica, y me ha transmitido una persona anónima y me ha dicho que tú puedes ser mi madre’”. Hubo una pausa al otro lado de la línea, y pudo oír una conmoción de fondo, el sonido de mucha gente.

La mujer dijo que le devolvería la llamada. La línea se cortó.

Por un momento, Pintado no supo qué hacer. Tal vez la mujer se sintió emboscada. Pasaron cinco minutos. Entonces sonó el teléfono.

“OK”, dijo la mujer, después de que Pintado descolgara. “¿Cuándo es la fecha?”.

Las dos mujeres compararon notas. Las fechas de parto y nacimiento coincidían. La ciudad coincidía. Y la clínica de maternidad, Santa Cristina, también coincidía. Solo había una cosa que no coincidía: la oficina gubernamental le dijo a Pintado que su madre la había dado a luz cuando tenía 23 años, no 24, la edad que Pilar recordaba. Pero la primera vez que la había visto un ginecólogo fue el año anterior, lo que podría haber sido el origen del error. “Entonces claro, mi madre, o la que yo creo que es mi madre, me dice que lo único que falla es eso, pero que en cuanto tenga más datos, a la primera que llame es a ella”, dijo Pintado.

Pintado podía sentir que estaba cerca de resolver su caso. Meses antes, cuando se puso en contacto con el gobierno de Madrid, le dijeron que solamente habían encontrado un nombre de pila de su madre biológica. Ahora los llamó de nuevo para ver si tenían más información. Le dijeron que sí, incluido el nombre completo. El nombre coincidía con el de la mujer con la que había hablado.

Pintado volvió a llamar a Pilar de inmediato. “Ya sé quién es mi madre”, le dijo. “Y eres tú”.

Pintado vio a su madre por primera vez en septiembre de 2018, tres meses después de su primera llamada. Las mujeres decidieron encontrarse para cenar en Aranjuez, una ciudad que se encuentra más o menos a mitad de camino entre sus casas, a una hora de distancia en auto. Pintado llegó con su esposo y sus hijos; Pilar, con una amiga. “Y me acuerdo que iba muy nerviosa”. Pintado me dijo que sabía que podía ser bueno, que podía ser malo, que no sabía lo que iba a encontrar.

Pero cuando los dos grupos se acercaron, Pilar empezó a correr hacia Pintado. “¿A qué no sabes quién es tu madre?”, le preguntó Pilar a Pintado, bromeando. Las dos mujeres se abrazaron y comenzaron a llorar. Pilar miró a los hijos de Pintado —sus nietos— y los abrazó a todos.

Durante la cena, Pilar le contó a Pintado la historia de su vida. Nació en un pequeño pueblo de montaña llamado Lanzahíta, y sus padres la llevaron a vivir a Madrid a los 12 años. Conoció a su esposo y se casó joven. Pilar tuvo dos hijos: José Luis, al que puso el nombre de su esposo, en 1968, y Francisco, en 1972. Al año siguiente, se quedó embarazada por tercera vez y se preguntó si sería una niña. Tal vez le pondrían el nombre de su madre, Ángela.

Pilar fue por primera vez a la clínica en abril de ese año para ver a un obstetra. No recordaba haber visto a una monja allí, pero su expediente del hospital indica que sor María probablemente se fijó en Pilar: en una letra que coincide con las cartas que la monja envió a la familia de Pintado, aparece la palabra “beneficencia”, en referencia a la zona del hospital donde la monja supuestamente seleccionaba sus objetivos.

El 9 de julio de 1973, Pilar sintió contracciones y volvió a Santa Cristina. Fue un parto fácil y sin complicaciones. Incluso recuerda haber tenido a su bebé en brazos durante un breve momento. Pero entonces se llevaron a la bebé y alguien vino a poner una máscara de anestesia en la cara de Pilar. Lloró cuando esto ocurrió; era como si supiera que algo terrible iba a ocurrir. Cuando se despertó de nuevo, un médico y una enfermera le dijeron que la bebé había nacido muerta. El hospital se encargaría de los trámites y del entierro. Nunca se le ocurrió pensar que habían mentido.

Pilar nunca había ido a buscar a su hija porque había pensado que no había ninguna hija que buscar. Ahora, estaba sentada allí mismo, una mujer adulta con una familia y toda una historia de vida que Pilar estaba empezando a conocer.

Mientras Pilar hablaba, Pintado se dio cuenta de lo parecidas que eran. Las dos tenían los ojos verdes. Pilar también era animada como Pintado, saltando de una historia a otra. Mientras dejaba que su madre recuperara el aliento, Pintado comenzó a contar su propia historia, sobre Campo de Criptana y la pareja que la había criado. Habló de la búsqueda que comenzó en su garaje y que llevó a sus vecinos y a los estudios de televisión, un viaje que ahora parecía haber llegado a su conclusión, aquella noche, en aquella mesa.

 Las visitas continuaron. Pilar fue a Campo de Criptana para celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar, que le da nombre. Pintado viajó a Madrid para conocer a su padre biológico, del que supo que estaba luchando contra el cáncer. Las dos mujeres acabaron haciéndose una prueba de ADN que confirmó lo que ya sabían. Pintado, que una vez dijo a los telespectadores que siempre se había sentido sola, tenía ahora dos hermanos. Uno de ellos trabajaba en el sur de España durante los días laborables, y cuando él y Pintado se dieron cuenta de que su pueblo estaba a un corto desvío de su viaje de fin de semana a casa, empezó a parar en Campo de Criptana. Pintado le preparaba sánduches y se los comían juntos, intercambiando historias sobre su infancia.

Pintado logró lo que casi nadie en su situación había conseguido: encontró a su familia. Su felicidad era palpable. En una época en la que tanta gente que conocía perdía a sus padres por la vejez —cuando ella misma había perdido a las personas que la habían criado—, había conseguido dos padres.

Sin embargo, a pesar de su alivio, una pequeña parte de Pintado no podía evitar la sensación de que le faltaba algo. Que a pesar de todo lo que había ganado, a pesar de todos los vacíos que se habían llenado, todavía había algo que necesitaba. Es como si la energía que había puesto en la búsqueda —las cartas que escribió a mano, las llamadas que hizo a los periodistas, las horas que pasó contando su historia a la gente, las puertas a las que llamó y las conversaciones incómodas que mantuvo— necesitara ser redirigida hacia algo más: un reconocimiento de que le habían robado a sus padres biológicos. Necesitaba que alguien le dijera que lo que había pasado estaba mal. Necesitaba una disculpa. Necesitaba, se dio cuenta, que alguien fuera castigado.

Pintado siguió buscando. Esta vez buscaba a un hombre llamado José María Castillo Díaz, el médico que la trajo al mundo y firmó los papeles. Pintado contrató a una abogada y, en enero de 2019, presentó una demanda contra Castillo Díaz en un juzgado de lo penal de Madrid. Un juez aceptó el caso, y Castillo Díaz fue ordenado a comparecer en una audiencia donde confirmó que su nombre estaba en el papeleo. Pero en marzo del año pasado, Castillo Díaz murió. La noticia dejó a Pintado desolada. “Que se sepa en todo el mundo lo que han hecho”, me dijo. “Yo he encontrado a mi madre, a mi padre, a mis hermanos —en un tiempo récord— y vamos fenomenal, hablamos todos los días de la semana, pero tengo que hacer justicia”.

Laura Figueiredo, una de las amigas más cercanas de Pintado, dijo que comprendía su dilema e incluso ha hablado con ella sobre el tema. “Yo misma le digo: ‘¿Por qué quieres seguir? Ya tienes a tu madre y a tu padre, ¿por qué quieres seguir a estas personas?, me refiero al tema de los juicios?’”, dijo Figueiredo. “‘Olvídate ya, disfruta. Que cierre el capítulo. Que cierre la novela”.

Este verano, Pintado estaba de vuelta en su casa de Campo de Criptana. Era una calurosa mañana de sábado, y ella y Monreal se preparaban para un gran almuerzo familiar. Sus hijos cortaban verduras y Monreal encendía la parrilla en la planta baja. Si había un distanciamiento entre Pintado y sus vecinos, parecía que se estaba arreglando, aunque fuera lentamente; un panadero local que hacía la ronda por el pueblo se detuvo para entregar pan y charlar rápidamente, y lo mismo hicieron varias mujeres que vivían al frente.

Cuando el almuerzo estuvo listo, Pintado y Monreal se sentaron a la mesa mientras sus hijos servían la comida. La pareja habló de cuando eran jóvenes y pasaban largas veladas bajo los molinos de viento que se asientan sobre el pueblo. En un momento dado, había un bar en uno de ellos. Incluso en un lugar tan tradicional como Campo de Criptana, las cosas pueden cambiar, dijo Monreal.

Pintado volvió a pensar en su madre. Había contratado a una nueva abogada, dijo, que estaba pidiendo más documentos en el caso, que ahora está en el Juzgado de Primera Instancia Número 3 de Madrid. “Va a haber algunos nombres en esos papeles que estamos consiguiendo”, le dijo a Monreal. “Estoy segura”.

“Pero, ¿y si esas personas tienen 100 años?”, preguntó su esposo.

“Ahora tenemos el nombre de una matrona”, dijo ella.

“¿Pero es ella la responsable de algo?”, dijo Monreal.

Él intentó cambiar de tema. Se acercaba el cumpleaños de Pintado y Pilar tomaría el tren para pasar el fin de semana con ellos. Durante la búsqueda de su madre, el cumpleaños de Pintado se parecía más al aniversario de su secuestro. Pero ahora había motivo de celebración. Monreal dijo que estaba planeando una sorpresa.

Pintado sonrió, pensando en su madre. “Hemos perdido 45 años. Claro, eso es muy difícil recuperarlo”, dijo. “Pero cuando veo a mi madre ahora, es como mirar a una niña con zapatos nuevos. A todo el mundo donde va por la calle, y aunque no lo conozca, le va contando: ‘Mi hija, mi hija y mi hija, la que me habían robado, me ha encontrado’”.                           (

23/9/22

Si la presa era llamada a diligencias, para volver a ser interrogada, la tortura comenzaba de nuevo. Las violaciones no solo se llevaron a cabo en las salas de interrogatorio, entre los guardias existía la costumbre de seleccionar y sacar del recinto carcelario a reclusas de su gusto para violarlas durante días hasta que se cansaban y las devolvían a prisión

 "(...) se hace más necesario que nunca nombrarla porque al ponerle palabras cuenta episodios vergonzosos que nunca debieron suceder. Uno de ellos es el encarcelamiento de mujeres. Eso es justamente lo que hace Isabel Ruiz Ruiz con su última novela ilustrada (...)

Las violaciones estaban a la orden del día: antes de entrar en la cárcel o ya estando allí ¿Cómo se las elegía?

 Durante la guerra, el abuso sistemático de la mujer como manifestación de poder fue habitual. Numerosas mujeres, entre ellas ancianas y niñas, fueron violadas y vejadas por las tropas sublevadas en el transcurso de la contienda. Pero las violaciones no acabaron con la guerra, prosiguieron tras los muros de las comisarias, en los interrogatorios, y constituyeron otro procedimiento de tortura. Estos abusos no concluían cuando la prisionera ingresaba en la cárcel: si la presa era llamada a diligencias, para volver a ser interrogada, la tortura comenzaba de nuevo. Las violaciones no solo se llevaron a cabo en las salas de interrogatorio, entre los guardias existía la costumbre de seleccionar y sacar del recinto carcelario a reclusas de su gusto para violarlas durante días hasta que se cansaban y las devolvían a prisión. 

¿Las embarazadas que sabían cuál era su final y el de sus criaturas era un dolor mayor?

 Las condenadas a muerte que estaban embarazadas, a veces como consecuencia de las violaciones llevadas a cabo en los interrogatorios, permanecían en prisión hasta dar a luz, momento en el que eran fusiladas. Unas veces, se respetaban los meses de lactancia, y otras, su ejecución se realizaba de forma inmediata. No puedo ni imaginarme el dolor de estas mujeres, que no solo sabían que iban a morir, sino que lo hacían con la incertidumbre del destino que correría su bebé. 

 Si la fusilada tenía familia, el bebé debía pasar a manos de esta, pero era frecuente que, cuando los familiares acudían a reclamar al recién nacido, no recibiesen información sobre el mismo y terminaran marchándose con las manos vacías. El robo de bebés era una práctica generalizada. Estos niños y niñas eran acogidos por familias afines al régimen o bien eran entregados al Auxilio Social o a instituciones religiosas. De una forma o de otra, el sistema de represión franquista se encargaría de que no conocieran su verdadero origen y crecieran en la ideología de esa “nueva España” que rechazaba los ideales por los que sus madres dieron la vida. 

El relato visual de cadáveres amontonados de los niños y niñas, era un mensaje de control, humillación y vejación. ¿La psicopatía del régimen no podía ser más brutal?

 El episodio de los niños y niñas en prisión es sin duda uno de los más aterradores. Las presas que ya eran madres podían ingresar en prisión junto con sus hijos menores de tres años y estos soportaban las mismas condiciones inhumanas que padecían ellas. La escasez de agua, y por tanto la falta de higiene, unida al hacinamiento al que se vieron sometidos, provocó que las enfermedades se extendiesen con facilidad y acabasen con la vida de los más frágiles. Los testimonios de las supervivientes cuentan que, en el periodo inicial, en la cárcel de Ventas, la mortalidad infantil alcanzó tal volumen que los cadáveres se amontonaban en salas donde las madres hacían guardia para que no fueran devorados por las ratas. 

Cuando muchas de ellas logaron salir fuera vivieron en otra prisión no solo porque la vida siguió sin ellas sino porque fueron estigmatizadas hasta el punto de exiliarse. ¿Ese otro dolor cómo lo aceptaron?  

Es difícil ponerse en la piel de estas mujeres. Para ninguna fue fácil la existencia fuera de los muros, estigmatizadas por sus ideas fueron rechazadas por la sociedad y encontraron grandes dificultades para trabajar por lo que, muchas de ellas, se vieron abocadas a la pobreza. Lo que deduzco de la lectura de sus testimonios es que tuvieron tres formas de adaptarse a esta nueva realidad. Algunas se resignaron y trataron de sobrevivir pasando desapercibidas para proteger su vida y las de sus seres queridos. La persecución y el aislamiento hizo de otras se vieran obligadas a exiliarse. Pero muchas continuaron su lucha fuera de los muros, se organizaron para ayudar a las personas que continuaban en prisión, trabajaron en la clandestinidad y lucharon por sus ideas hasta el fin de la dictadura y más allá de ella. (...)"                (Nuria Coronado, La Hora Digital, 27/03/22)

7/7/22

Las casas-cuna tenían un régimen absolutamente carcelario. No les dajaban salir, les cambiaban el nombre para que entre ellas no hicieran amistad, les hacían trabajar de forma forzada o lavar, coser…las sacaban a veces, acompañadas por monjas, para pedir limosna por las casas. Y una vez que daban a luz, se iban a sus casas, y el bebé se quedaba allí y se entregaba en adopción... detrás de esta moral tremendamente mala y nefasta hay también un negocio, porque por nosotros pagaban. Primero les quitaban a los niños en base a esa hipócrita moral reaccionaria, pero es que además cobraban. Por mi se pagó 1 millón de pesetas de 1965, que era muchísimo dinero. Y he escuchado cifras de hasta 3 millones de pesetas por un bebé. Entonces, ese dinero dónde está. Se ha movido una cantidad económica desmesurada por la venta de niños

 "Entrevista a Enrique J. Vila Torres, abogado. Lleva más de quince años como letrado dedicado exclusivamente a facilitar que hijos bastardos, y posteriormente abandonados, adoptados, acogidos, o inscritos como falsos hijos, encuentren a sus madres y padres. Es presidente de la Fundación Raíces y Derechos; Director en Europa de SIHRC (ONG Internacional en defensa de derechos humanos inscrita en la ONU); Presidente de SOS bebés robados España y Secretario de SOS Raíces España, y técnico asesor de Club UNESCO Heritage, en defensa del «Derecho a los Orígenes y al Vínculo Familiar». Entre sus libros destacan "Mientras duró tu ausencia", "Hijos de otros dioses", "Cartas de un bastardo al papa" o "El Expediente Samael" 

 ¿Qué le llevó a investigar la trama de los niños robados en España?

Soy adoptado. Me enteré cuando ya había acabado la carrera de Derecho. Entonces la convicción de abogado y enterarme de que soy adoptado a los 23 años me hizo empezar a buscar a mi madre biológica y ahí encontré, en 1988, los tremendos problemas que había para buscar. En 1999 tuvimos el derecho a poder encontrar a nuestras madres, fui resolviendo casos, he ayudado a mucha gente a encontrarse. Hay una eclosión a partir del momento en que se publicita el derecho de los adoptados a conocer sus orígenes biológicos. Cada vez más adoptados quieren conocer a sus madres. 

Y entonces empiezo a ver a mucha gente que me dice: Enrique, quiero conocer a mi familia biológica porque soy adoptado. Y descubro que me traen sus partidas literales de nacimiento y constan como hijos biológicos de padres que no lo son. Me empieza a extrañar. Y dije: ¡Caramba!, cuántos casos hay en los que había falsas adopciones. Esto lo voy descubriendo poco a poco en mi despacho. Un 10% o un 15% de los adoptados son hijos biológicos falsos. Y junto con dos clientes, aproximadamente en 2008 o 2009, Antonio Barroso y Juan Luis Moreno, decidimos denunciar. 

La primera experiencia es la que se podía esperar. Archivo del acaso por prescripción en primera instancia, la Audiencia Provincial lo archiva, el Tribunal Constitucional lo archiva también. Entonces, como había muchos casos, nos planteamos denunciar todos los casos conjuntamente, porque yo estoy convencido de que denuncias individuales, que ya se habían producido, de hecho yo conozco una denuncia de 1968, nunca tienen éxito. Sobre todo por prescripción, los jueces no quieren entrar.

 A raíz de esos dos primeros casos empezamos a recopilar datos de personas que querían denunciar y el 27 enero de 2011 redacto una denuncia conjunta en la que incorporo 261 casos de madres y de hijos que creen que han sido víctimas de un robo o de una inscripción falsa de la filiación, y lo presentamos a la Fiscalía General del Estado. Se admite la denuncia y a partir de ahí obliga a todas las fiscalías provinciales de toda España a admitir e investigar todas las denuncias que le hemos presentado. Con lo cual, fue un descubrimiento poco a poco, de ver que en España existía esta mafia de promover adopciones falsas.

¿Con qué edad le adoptaron?

La adopción se tramitó cuando yo tenía seis meses, pero me acogieron en una casa cuna con un día. Era lo habitual entonces.

¿Cómo eran esas casas cuna?

Las casas cuna eran centros en un alto porcentaje privados y religiosos, estaban regidas por monjas, en mi caso por las Religiosas Siervas de la Pasión. Casas Cuna Santa Isabel hay en Barcelona, Valencia y Vigo, pero hay muchas más. Sos casas cuna que están pensadas para que las chicas, sobre todo las mujeres jóvenes, menores de edad y solteras, ingresasen allí y pasaran los meses en que se nota el embarazo, pues a partir del tercer mes que es cuando empieza a notarse la barriguita. Estaban allí para ocultar esa vergüenza -suena mal decirlo-, pero se ocultaban para dar a luz allí. 

Era un régimen absolutamente carcelario. No les dajaban salir, les cambiaban el nombre para que entre ellas no hicieran amistad, les hacían trabajar de forma forzada o lavar, coser…las sacaban a veces, acompañadas por monjas, para pedir limosna por las casas. Y una vez que daban a luz, se iban a sus casas, y el bebé se quedaba allí y se entregaba en adopción. Es algo parecido a lo que pasaba en Irlanda, y que se ve en la película de Stephen Frears, Philomena. Eran regímenes de internamiento de mujeres embarazadas para quitarles a sus hijos.

 Entre sus obras literarias sobresale «Cartas de un bastardo al papa» (Algaida, 2019), misivas que no recibieron respuesta. ¿Qué ocultan las instituciones religiosas en sus archivos para impedir, tantos años después, el encuentro entre madres e hijos robados al nacer?

Es la gran pregunta. En principio, llámeme ingenuo, pero yo pensaba que podía ser una promesa que habían hecho a las madres, porque algunas a lo mejor preferían ocultarse. Pero luego he conocido a tantas madres, que casi todas quieren conocer a sus hijos y casi todas fueron forzadas o engañadas para que entregaran a sus bebés. Por tanto, esa promesa es falsa. ¿Qué quieren ocultar? Precisamente esas coacciones. Sería muy duro que empecemos a encontrar a nuestras madres biológicas y el 80% o el 90% dijesen que nos entregaron en contra de su voluntad. Esto para el adoptado es muy duro. Yo, como adoptado, y otros adoptados también, hemos crecido en la creencia de que nuestra madre nos abandonó. Esto crea un pequeño o gran trauma. Pero, claro, luego hemos ido cambiando nuestra concepción y quizás pensamos que nuestra madre fue obligada a entregarnos o directamente se le engañó y se nos robó, ¿no?. Es muy diferente y para nosotros es muy importante saber eso. Creo que quieren ocultar esto porque sería un escándalo. Es decir, cómo es posible que la Iglesia Católica haya participado durante tantos años en esta presión brutal hacia las madres, castigándoles, quitándoles a sus hijos, simplemente porque eran menores de edad o porque no estaban casadas. Pero es que, además, detrás de esta moral tremendamente mala y nefasta hay también un negocio, porque por nosotros pagaban. Primero les quitaban a los niños en base a esa hipócrita moral reaccionaria, pero es que además cobraban. Por mi se pagó 1 millón de pesetas de 1965, que era muchísimo dinero. Y he escuchado cifras de hasta 3 millones de pesetas por un bebé. Entonces, ese dinero dónde está. Se ha movido una cantidad económica desmesurada por la venta de niños.

A estas alturas, ¿no resulta arcaica esa inviolabilidad de los archivos eclesiásticos cuando se trata de investigar una causa como la que le ocupa?

Es totalmente arcaico. Lo que sucede es que en su día hubo un secretario de la Conferencia Episcopal que alego los concordatos del Estado español con la Iglesia Católica que garantizan esa inviolabilidad de los archivos eclesiales. En cualquier caso, jurídicamente hablando, y como abogado, estoy convencido de que si se planteasen esos tratados internacionales frente a la Consitución Española, cualquier juez aplicaría la Constitución y el derecho de toda persona a conocer a sus familiares, Pero bueno, siguen acogiéndose a eso. Y cuando se ven acorralados, dicen que los han quemado, que los han perdido o que no los tienen directamente. Porque son archivos privados cuya custodia sólo está en sus manos. Y de ahí, la idea de acudir al papa. El Santo Padre es el jefe de la Iglesia Católica y pienso que lo que él decida podrá obligar a todos sus empleados, por llamarles de alguna manera, a que lo cumplan. Las cartas le llegaron, no contestó, se publicaron en Italia, en un libro, se lo entregué personalmente. Pero ese silencio no es un tema cerrado. No es un no final, sino un no de momento.

¿Logró encontrar a su madre biológica?

No, no. Hasta que no abramos los archivos eclesiales, como dice el refranero español: en casa del herrero, cuchillo de palo. Parece mentira. Yo he ayudado directamente con mi trabajo a más de 300 familias a reencontrase, indirectamente a muchísimas más. Pero yo, personalmente, no puedo, porque sé lo que hay que hacer, lo he hecho, pero si unas monjas tienen unos archivos y dicen que no los tienen, o los tienen escondidos o realmente los han destruido…pues no puedo saber quién es mi madre.

¿Hablamos de un periodo concreto del franquismo durante el que operó la trama o cree que ha habido una continuidad a lo largo del tiempo?

Yo hablaría de varias fases. Hay una fase muy clara, nada más acabar la Guerra Civil en la que el propio franquismo retira a los bebés recién nacidos de las mujeres comunistas y republicanas encarceladas. Esto es clarísimo. Ya Baltasar Garzón hablaba de unos 30.000 niños retirados de sus madres, pero bajo cobertura legal. Osea, aquí no se engañaba. Se decía: ¿quieres un bebé de una mujer que está encarcelada? Por el mero hecho de ser así, se le quita. Ya está. Esto acabó en 1952, porque España empezó una especie de apertura hacia el exterior e ingresó en las Naciones Unidas. Y en fin, estas prácticas de limpieza genocida o étnica pues no estaban bien vistas, evidentemente, y en el Estado español políticamente se acabó la retirada de niños.

 Y luego empezó una fase bajo la cobertura moral reaccionaria católica de compra-venta, de negocio. Se le decía a la mujer: yo te quito el bebé porque eres una pecadora, has tenido sexo, te has quedado embarazada fuera del matrimonio o siendo menor de edad y tu hijo no va a tener futuro porque es el fruto del pecado…en fin. Esto duró desde el franquismo hasta bien entrada la democracia, y se hizo porque hasta el año 1987 la adopción era privada. 

El Estado no controlaba el origen del niño ni la voluntad de la madre, por lo que era muy fácil convertir al bebé en una mercancía porque había necesidad de niños para adoptar. Se firmaba un contrato privado entre el adoptante y la persona que facilitaba el niño, y se hacía la adopción. De hecho, en 1987, se modifica la Ley de Adopción y en el propio preambulo de la modificación de la ley se dice que se cambia el sistema de adopción porque el sistema privado de adopción que existía hasta ese momento fomentaba el robo de niños. Es decir, todo lo que dejamos en manos privadas se convierte en un mercadeo.

¿Considera que el actual Sistema de Protección a la Infancia en España, hablando de otra problemática como la de los menores tutelados, es una extensión de lo que representó la trama de los niños robados?

Sí, sí. Yo creo que sí, y lo digo indudablemente. Pero que nadie se asuste. Es decir, ahora mismo los encargados de los Servicios Sociales son servicios públicos prestados por las Comunidades Autónomas y hay una intervención judicial. Desde ese punto de vista parece que todo es legal y desde luego no puede hablarse de robo de niños, ¿no?, pero hay una similitud. ¿Por qué? Yo lo diferenciaría en dos aspectos. Primero, hay unos Servicios Sociales que están integrados por funcionarios -muchos de ellos no son psicólogos, ni abogados-, son exclusivamente trabajadores sociales con una preparación inferior, que tienen la tremenda potestad de decidir sobre la vida de una familia.

 Esto es tremendamente peligroso, porque esta potestad la tienen unos funcionarios de la Administración de las Comunidades Autónomas que no están capacitados para interpretar la Ley. Pero, sin embargo, lo hacen. Ellos deciden con total libertad y poder cuándo un niño menor no está bien con su familia biológica y directamente retiran a ese menor de su familia. Esto es equipar el poder que tenían antes los Servicios Sociales durante el franquismo. Es decir, es un poder total bajo el paraguas o la explicación del «interés superior del menor». Pero esto no puede ser en un sistema democrático. Porque en un sistema democrático quien tiene que decidir si un niño tiene que ser retirado o no, porque está en peligro, es un juez. Solamente el juez puede interpretar la Ley. Lo contrario es un sistema dictatorial, absolutamente antidemocrático.

¡Es terrible que en los Servicios Sociales sin la intervención de un juez puedan retirarte al niño por una decisión absolutamente subjetiva! A veces hay que hacerlo, ¡cuidado!, es evidente, pero esto es un poder sucio, anticonstitucional. De hecho, en otros países, siempre quien retira un niño de los padres es desde el minuto uno, un juez, una autoridad judicial a la que se le presupone una objetividad y una capacidad de proteger al menor. Desde ese punto de vista yo sí podría equipar aquel poder que antaño tenía el Auxilio Social, normalmente formado por monjas, con el que se tiene ahora. Ahora me dirán muchos que en España también interviene un juez.

 Pero es que el juez interviene en la retirada del menor, de media, ocho meses o un año después de que se ha producido la retirada. Entonces, durante ese tiempo el niño no está en su familia. Y cuando le llega el asunto al juez ya ha pasado igual un año desde esa retirada. Entonces el juez se desayuna con un asunto nuevo. Todos los informes técnicos están hechos por la propia Administración y la intervención de la Justicia es muy tarde y muy influenciada por la presunción de veracidad que tienen esos funcionarios de Servicios Sociales. Este sistema tiene que cambiar.

¿Cuál sería el modelo?

El sistema que a mi me gustaría que se implantara en España es que cuando hay un menor en riesgo, existen unos jueces especializados de menores que cuando reciben la denuncia o la sospecha son ellos los que deciden, incluso ven al menor desde el primer momento. Y es el juez, con el apoyo del fiscal, el médico forense o el psiquiatra forense, quien decide si el menor se queda en su familia con unas medidas de protección o se retira directamente. Entonces, yo prefiero estar en manos de un juez especializado en menores, que conoce la Ley, que está apoyado por el equipo psicosocial de los juzgados, que decida si se me quita a mi hijo o no, porque por menos hay una presunción de objetividad. Y así se funciona en casi todos los países de Europa.

¿Qué posición mantienen los tribunales en relación a los casos de niños robados y de niños tutelados?

En el caso de los niños robados están, en algunos casos, más o menos investigando, pero por desgracia no hay una investigación suficientemente profunda. Se están produciendo muchísimos archivos de casos, incluso en situaciones tan sangrantes como haber una exhumación, no encontrarse el cuerpo del bebé que se está buscando y, sin embargo, por el paso de el tiempo, por prescripción o porque no hay ninguna persona a la que acusar del delito supuestamente, pues se archiva, ¿no?. Me duele decirlo, pero hay poco interés. Es como que quieren pasar página. Por desgracia, hay muchas madres que están falleciendo y está claro que dentro de dos o tres décadas, por la muerte de los culpables y de los buscadores, pues este tema se habrá cerrado y pasará a la Historia. Da pena.

Y en el caso de los menores tutelados, los jueces, por el propio sistema, están atados de pies y manos. Imagínese un juez al que le llega un caso de un expediente, a lo mejor de 500 folios, de la retirada de un menor, y él tiene que decidir si esa retirada se ha hecho bien o no. Y sólo le llegan los informes técnicos, psicosociales, de los propios Servicios Sociales que han retirado al menor. Y encima el juez presume que lo que dice un funcionario es cierto. Y presume que los Servicios Sociales tienen la intención real de proteger al menor. Entonces un juez está atado de pies y manos, como digo, porque no conoce el caso desde el principio. Normalmente, se tienen que creer lo que dicen los Servicios Sociales.

 Porque también si se pide un informe a los equipos psicosociales de los juzgados, estos informes se hacen por desgracia cuando han pasado meses desde esa retirada y las circunstancias han podido cambiar. Entonces, es complicada la labor de los jueces en España porque no suelen poder profundizar con elementos suficientes para saber si una retirada ha sido justa o no. Yo estoy convencido de que más del 50% o del 60% de las retiradas que se producen, si el juez hubiera intervenido desde el principio, no se harían. Porque no olvidemos que la Ley española e internacional pone como un interés fundamental del niño permanecer en su familia biológica. No podemos hacer que, al mínimo problema que aparezca en la familia, se retire al niño como forma de prevención. No. Si hay un riesgo, ayuden a la familia a superarlo. Esa es la obligación del Estado, no retirar al niño porque sí. (...)"        

(Entrevista a Enrique J. Vila Torres, abogado. Juan Carlos Ruiz ,  Diario16, 07/07/22)