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3/3/24

Pepi, el superviviente del Holocausto que encontró en el flamenco una forma de “aliviar el corazón”... Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse

 "Peter Pérez tiene 87 años y nació en Viena. Sin embargo, todos le conocen como Pepi. La directora de cine Lucija Stojević le conoció cuando preparaba su anterior documental, La Chana y buscaba financiación para poder realizar aquella película sobre la bailaora flamenca anulada por su condición de mujer y gitana. La primera vez que quedó con Peter, este sacó un CD del cantaor de flamenco Niño de la Cava y lo puso.

“Mientras nos llegaba el cante profundo y áspero, el rostro de Pepi se contraía de dolor. Empezó a llorar”, recuerda la cineasta. Al escuchar aquellos acordes, aquella voz, algo se le removió por dentro de tal forma que no pudo contener su emoción. Stojevic se interesó por su historia, por lo que había dentro de él para haber reaccionado así y encontró una de esas vidas que merecen ser contadas. Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse.

Peter quedó marcado por aquella música. Se estableció con ella una relación complicada. Escucharla le hacía retraerse a aquellos momentos duros. Aunque escapara del campo, siempre quedó marcado por la herida del Holocausto. La música le hace volver al peor momento de su vida, pero también es lo que le hizo avanzar. Su amor por el flamenco, y por el fandango, le han hecho querer buscar el flamenco más auténtico por toda España. Junto a su amigo Alfred recorre Europa, y la cámara de Stojevic les acompaña en el documental Pepi Fandango, que termina convirtiendo aquel encuentro casual en una película sobre el poder sanador del arte y en un relato de Memoria Histórica que une la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

 Como Quijote y Sancho Panza ambos recorren España. Pepi ha decidido que para terminar de exorcizar y sanar tiene que crear su propio fandango. Un trayecto hasta Paterna de Rivera en Andalucía donde Pepi intenta escribir su fandango, y que termina con un trayecto de vuelta a Rivesaltes, el campo donde estuvo internado y que visita por primera vez para enfrentarse directamente a su dolor.

“Los primeros sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre - vata, quiero - camelo, pan - manró, comer - jalar, cagar - jiñar, penas y duquelas”, rememora Pepi. En el flamenco, y más concretamente el fandango, encontró la forma de “aliviar el corazón”, aunque sus sonidos le llevaran de nuevo dentro de aquel campo.

“Al principio no podía escuchar flamenco. Pensaba que me arrancaría todo, pero siempre lo tengo en la cabeza. Siempre lo busco”, dice Pepi en un momento del documental. Para él “los fandangos son eternos”, y tienen algo de aquella frase que le dijo su padre y que le sirvió para sobrevivir. “Me decía que nunca perdiera la esperanza, pero allí era imposible tener esperanza. Yo uní la esperanza con la idea de soñar. Así que soñé con salir de allí”, lo logró y convirtió aquellos sonidos que escuchaba a “los gitanillos” a su lado en la banda sonora de su vida.

Un superviviente en Málaga

Igual que se emociona en el documental, Peter Pérez se emociona en Málaga recordando cómo el flamenco le cambió la vida. Detrás de sus gafas de sol caen un par de lágrimas mientras cuenta que él conoció “el flamenco de un modo un poco especial y un poco duro en un campo de concentración”. “Tenía cinco años y de un día a otro nos separaron a mi padre, a mi madre y a mi. Me quedé solo con otros niños de más o menos mi misma edad. Afortunadamente para mí eran ‘gitanitos’, y ellos cuando estaban aterrorizados cantaban. Cantando se podían mirar. Y eso se me quedó en la entraña, como se dice aquí en Andalucía. Se me quedó esta idea de que el arte es un sistema de comunicación. Ellos hablaban a través de la música. Decían tengo hambre, tengo sed. Para mí el flamenco es vida y nada más”, expone antes de presentar su película en el Festival de Cine.

Un filme con estructura de road movie porque funciona como propia metáfora de la historia de Pepi. “Está el viaje físico que hacemos de Viena a Andalucía, también el viaje hacia el pasado, y de alguna manera hay un viaje psicológico y emocional que está pasando durante todo este proceso de búsqueda de enfrentarse con su propio trauma. Es, además, un viaje por la Europa de hoy, una reflexión sobre el olvido y sobre la banalidad de estos espacios que para alguien significa algo. Nos preguntamos cómo conectamos con nuestra historia, con nuestra memoria”, cuenta la cineasta al lado de su protagonista.

Una película, que además, llega en un momento donde parece que nadie aprende de los errores del pasado. Para Peter Pérez “es triste ver que esto continúa”. “Estaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero sigue y sigue. Nosotros ya fuimos ‘indeseables’ en la península ibérica. Tuvimos, junto a los musulmanes, que dejar esta tierra que era nuestra. Mi padre hablaba de nuestra tierra sin saber de dónde venía la familia Pérez. Sus amigos republicanos refugiados en Francia le preguntaban, de dónde vienes tú, y mi padre decía que de Zaragoza. No tenía ningún documento, y probablemente sería Toledo, pero él decía eso·”, recuerda Pérez.

Lucija Stojević tiene claro que está película habla “del presente”. “La hicimos antes de todo lo que estaba pasando, y ahora es más importante, porque habla de lo que pasa cuando nos olvidamos. Volvemos a repetir estos sufrimientos y los mismos patrones. Es importante que alguien como Pepi pueda hablar de lo que significa ser una víctima de odio, y como eso se lleva toda la vida dentro. Hablamos de víctimas mortales en Gaza, en Israel, en Rusia, en Ucrania… pero hay mucha gente que va a sobrevivir y va a tener que vivir con esto. Un trauma durante toda la vida y de esto no se habla”, apunta y Pepi toma la voz para añadir algo: “Esto es un problema para los hijos y los nietos. Tengo dos hijos, y nunca hemos hablado de aquellos tiempos. Hay una distancia que creo que con esta película ha cambiado un poco”. El arte como forma de tender puentes y hasta de sanar un trauma inimaginable."            (javier Zurro, eldiairo.es, 02/03/24)

25/1/22

'Illote P, Barraca 16': las memorias del gallego que dibujó el horror en los campos de concentración franceses: "Cada mañana retiraban varios cuerpos rígidos envueltos en sábanas. Eran los cadáveres de los más débiles, ancianos o enfermos"... muchos de estos ancianos y enfermos "habían sido separados de sus familias al cruzar a Francia, abandonados a su suerte"... "Fuimos pioneros de ese turismo actual trashumante de playa"... "Se repartía una bolla de pan para cada 25 personas", relata

 "La vida de Santiago Rodríguez Salinas podría ser una historia más nacida de la Guerra Civil, pero en realidad es otra cosa. Santiago vivía con su madre Antonia en Madrid en1936 cuando se alistó al Frente del Ejército Popular. Las cosas no salieron como esperaba y, tras la caída de Barcelona, tuvo que cruzar la frontera francesa en un periplo que le arrastró por tres campos de concentración. Fue una experiencia tan amarga para él, que hasta más de cuatro décadas después, en 1985, poco antes de fallecer en Redondela (Pontevedra), no la plasmaría en unas memorias. 

 En el libro 'Illote P, Barraca 16' (editorial Galaxia), que acaba de publicarse de forma póstuma, Rodríguez Salinas relata las condiciones de vida deplorables de los exiliados en los improvisados campos de concentración franceses. Hacinados en barracones, carentes de ropa de abrigo y sin apenas alimentos ni agua potable, cada amanecer son testigos de escenas desoladoras. "Cada mañana retiraban varios cuerpos rígidos envueltos en sábanas. Eran los cadáveres de los más débiles, ancianos o enfermos ", describe con amargura en una parte de sus escritos, donde relata como muchos de estos ancianos y enfermos "habían sido separados de sus familias al cruzar a Francia, abandonados a su suerte". Algunos de ellos aparecen en los dibujos que Santiago realizaba en su encierro. Y entrelaza entre los recuerdos los dibujos que su autor fue haciendo desde su cautiverio. 

 Su historia y la de su familia abarca todo el siglo XX, pero es una historia casi desconocida, salvo para las personas más cercanas. "Mi padre mantenía en casa un silencio absoluto sobre esta cuestión", explica a elDiario.es su hijo Eduardo Rodríguez 'Tatán', un actor que es una institución en el teatro en Galicia, sobre todo como fundador del histórico grupo de títeres 'Tanxarina'. 

 Nacido en Madrid en 1917, Santiago Rodríguez Salinas era hijo de una maestra republicana que lo tuvo de soltera y decidió darle sus mismos apellidos. Antonia, persona clave en el devenir de esta familia, decidió educar a Santiago en un ambiente de una clase media- alta de la época, estudiando en el Liceo Francés y en la Escuela de Artes y Oficios. Antonia convivía en Madrid con su compañero Alberto Marín Alcalde, intelectual de izquierdas y prestigioso crítico teatral de periódicos como 'La Vanguardia'. El golpe militar de julio de 1936 lo torció todo.

Integrado en el Frente del Ejército Popular en las batallas de Teruel y del Ebro, Santiago tiene que marcharse a Francia cuando Barcelona cae ante los fascistas. Allí comienza su nueva vida como refugiado en diversas playas francesas, convertidas en campos de concentración: "Fuimos pioneros de ese turismo actual trashumante de playa", escribe con ironía en su libro. El número de refugiados que llega en esos días desborda a las autoridades francesas, desconcertadas ante la avalancha de personas. Preveían 4.000 exiliados, y se calcula que llegan cerca de 500.000. 

 En sus memorias, Rodríguez Salinas cuenta el paso por los Pirineos en febrero de 1939, en pleno invierno, y su llegada a los campos de concentración de Saint Cyprien, Le Barcarès y, finalmente, Argelès-Sur-Mer, por el que se calcula que pasaron 100.000 refugiados españoles. Con humor a pesar de la debacle, Santiago describe la situación de estar tras una alambrada, sintiéndose "como animales en un zoológico, delgados debido al riguroso régimen dietético", ironiza en relación al hambre que pasaban. "Se repartía una bolla de pan para cada 25 personas", relata.

 Su encierro se desarrollaba a la par que el nubarrón político era cada vez más negro. Franco se asentaba en España, Francia declaraba la guerra a Alemania y posteriormente Hitler ocupa Francia. Cada día, el futuro se derrumbaba un poco más para todos los ex-combatientes.

"Éramos la masa del éxodo, sin depender de ningún partido ni sus asociados", se queja amargamente en sus memorias Santiago Rodríguez Salinas. "Mi padre no confiaba mucho en los comunistas, pues a muchos de ellos los veía con dudosos sentimientos de adhesión a la República", rememora su hijo Tatán, encargado con su hermana Carmen de custodiar la memoria familiar.

Muiñeiras y cante jondo en el campo de concentración

Rodríguez Salinas describe Argelès-sur-Mer como una gran ciudad donde "todo tiene sensación de provisionalidad". Los refugiados esquivan las penurias disputando partidos de fútbol o con actuaciones musicales "donde se escuchan desde cante jondo a muiñeiras", y en la que ofrecen sus servicios desde sastres, fotógrafos o barberos, "que utilizaban la navaja como si fuese una guadaña".

Su conocimientos de lengua francesa le permitieron conseguir un trabajo como ayudante de correos, clasificando las cartas entre los exiliados y sus familias. En el correo recibe una carta de su madre Antonia, donde le cuenta que su compañero Alberto Marín Alcalde ha sido hecho prisionero en Madrid, condenado a muerte y enviado al presidio de San Simón, en el fondo de la Ría de Vigo. Antonia decide entonces trasladarse a vivir a Redondela, para estar cerca de Alberto Marín.

 Las cartas de Antonia llegan a su hijo, pero otras no corren la misma suerte en el campo de concentración. "No encontrábamos al destinatario y no podíamos reenviarlas de vuelta a sus familias, porque podíamos ponerlos en peligro, por lo tanto las quemamos", escribe Santiago. Una decisión dolorosa, marcada por el temor y la prudencia. Allí comprueba también los donativos generosos de ayuda solidaria a los exiliados, como los enviados por el ilustre violonchelista Pau Casals, reconocido militante antifranquista.

De vuelta a España

Después de 16 meses de exilio itinerante por Francia, en 1940 los exiliados son metidos en un tren y entregados de nuevo a las autoridades franquistas. De regreso, acaba en otro campo de concentración en Reus, dos campos de batallones disciplinarios y una mili forzosa en Canarias. En total, casi siete años de castigo que el autor va desgranando en su libro 'Illote P, Barraca 16'.

 Hasta que Santiago Rodríguez Salinas llega a Redondela, para instalarse en esta localidad y estar al lado de su madre Antonia, la maestra republicana que vino para cuidar a su compañero Alberto, condenado a muerte y prisionero en San Simón. "Alberto Marín Alcalde era un intelectual de prestigio en la República y, como no tenía delitos de sangre, el Gobierno de Franco recibió un listado de firmas para liberarlo, incluso firmado por Antonio Machado", explica el actor Eduardo Rodríguez, 'Tatán'.

A Marín finalmente le conmutan la pena de muerte, es liberado y retoma su núcleo familiar en Redondela con Antonia y Santiago. Pero poco después se produce un amargo desencuentro entre la pareja que hará que sus caminos se separen. "Probablemente Alberto no se adaptaba a la vida del pueblo y necesitaba estar con sus trabajos en Madrid", resume Tatán.

 Antonia se queda en Redondela, y vive de impartir clases particulares en su casa, "puesto que jamás aceptó convalidar su título de maestra de la República e integrarse en el sistema de enseñanza franquista ", explica su nieto, con el que tuvo una relación muy cercana. Antonia imparte clases a muchos hijos de represaliados, con una metodología muy particular, "les recitaba a Lorca y arrancaba todas las hojas de los himnos franquistas y de la Falange que tenían las enciclopedias", explica Tatán.

Era una presunta vida apacible en el pueblo, pero en la que en el fondo todos tienen heridas internas que todavía supuran, y que llevan con resignado silencio. Santiago convive con su condición de vencido humillado y Antonia con la amargura de su ruptura con Alberto Marín Alcalde. Hasta que que en 1959 recibe la noticia de su muerte, que le afecta profundamente. "La abuela siempre mantuvo un enorme amor por Alberto. Él para nosotros seguía siendo de la familia", explica Tatán, que fue inscrito al nacer con los nombres de Eduardo Alberto, el segundo en homenaje a Marín Alcalde. 

 Santiago se asienta en Redondela, se casa y tiene tres hijos, uno ya fallecido. "Tuvo una fábrica de cepillos y varios oficios, era un buscavidas que hacía lo que podía para mantenernos", rememora su hijo Tatán. Mientras, seguía en contacto con los exiliados de ARDE ( Acción Republicana Democrática Española) en México, quienes le habían enviado una bandera republicana que guardaba oculta, quizá con la esperanza de volver a sacarla algún día y lucirla con orgullo en el balcón. Algunos de ellos eran también ex-combatientes que pasaran por los campos de concentración.

Cuando se jubila, y tras décadas de silencio, Santiago siente que no le queda mucho tiempo y en 1981 comienza a teclear sin desmayo su vieja máquina Olivetti. Fallece poco después, en 1985, a la edad de 68 años, tras dejar concluido el libro que ahora ve la luz. Su familia usó la bandera republicana que durante décadas ocultó en un cajón para envolver el féretro en el que lo llevaron a hombros camino del cementerio.

 Su madre Antonia todavía lo sobreviviría unos años más. Fue homenajeada por sus alumnas y alumnos, antes de fallecer en 1995 con 101 años en Redondela, el lugar en el mundo al que había llegado para cuidar a su compañero preso en la isla de San Simón, el represaliado Alberto Marín Alcalde.

Siempre, hasta que tuvo fuerzas y le dejaron, Antonia encendió cada noche una mariposa de luz flotando en aceite para recordar a quien fuera su pareja. Esa luz tenue con la que en los últimos años también recordaría a su hijo Santiago y que, seguramente, también representaba la nostalgia de lo que pudo haber sido y Franco y la Guerra Civil no dejaron que fuese."           (Alfonso Pato, eldiario.es, 21/01/22)

 

 

11/6/21

Alemania recuerda a los “españoles rojos” y su trabajo esclavo durante el nazismo

"La historia de Celestino Alfonso Matos no es muy conocida, y eso que asesinó a Julius Ritter, el responsable para el Servicio de Trabajo Obligatorio de las temidas Schutzstaffel (SS) alemanas en toda Francia. Pierrot, que era el apodo de Matos, era carpintero y había sido Comisario político de la segunda Brigada Internacional. Tras la guerra civil española, se había refugiado en Francia, donde fue internado en un campo en Saint-Cyprien y más tarde deportado a Berlín. Consiguió huir pero para acabar siendo fusilado en Francia.

La historia de este comunista y la de otros 140.000 refugiados republicanos es recogida por una exposición bajo el título de “Rotspanier”, que es el nombre que los Nazis dieron a los republicanos y significa “españoles rojos”. La muestra está abierta en Berlín desde el jueves 3 de junio en el Centro de Documentación para el Trabajo Forzado durante el Nacionalsocialismo.

Junto con la asociación francesa Ay Carmela, fundada por un antiguo trabajador forzado y otros familiares de víctimas en Burdeos, los historiadores Peter Gaida y Antonio Muñoz Sánchez han querido contar la historia de los huidos tras la guerra. Personas que padecieron, en especial en Francia y en Alemania, así como en las colonias francesas del norte de África, el internamiento en campos de trabajo forzado. “Con el argumento de no abrir viejas heridas en la sociedad española, la democracia restaurada después de 1975 no acomete una revisión crítica de la guerra civil”, asegura el texto de una de las columnas iluminadas que componen la exhibición.

“Tenemos una ley de memoria histórica desde 2007”, decía el embajador español Ricardo Martínez Vázquez en la apertura de la exposición el jueves... y poco más. Porque sabe que los trabajos forzados durante el franquismo ni han sido investigados en profundidad ni sus víctimas han sido compensadas. Martínez Vázquez aseguró, sin embargo, que la exposición berlinesa “para un español es muy importante”, recordó que “Franco no tuvo ningún interés” en la memoria de estas personas y que ello fue “uno de los motivos” por los que cayeron en el olvido.

Martínez escogió muy bien las palabras, evitando hablar de la guerra civil, término discutido en Alemania, donde hay historiadores que la llaman “Guerra Española”, por la evidente intromisión extranjera. También omitió el decisivo papel de Alemania, que sí se menciona en la exposición. El régimen nazi fue responsable directo de la victoria de Franco y, por tanto, de la propia existencia de los refugiados, a los que la Legión Cóndor incluso llegó a bombardear. Hoy aún hay una avenida dedicada a la Legión Cóndor en la capital alemana, el Spanische Allee.

El embajador está acostumbrado a esos malabares diplomáticos. En septiembre participó en el homenaje anual a las Brigadas Internacionales.

Los republicanos huyeron de la muerte y la cárcel, también del trabajo forzado durante la dictadura de Franco. Decenas de miles pasarían por el sistema de campos de trabajo alemanes y franceses. Esto fue objeto de discusión en Berlín el pasado mes de marzo en el Instituto Cervantes en un programa hecho en cooperación con el Museo que ahora expone la muestra. Con una charla en la que participó el historiador Nicolás Sánchez Albornoz, que estuvo preso y tuvo que participar en la construcción del Valle de los Caídos, dieron un repaso a la impunidad de los crímenes franquistas en ese terreno.

Republicanos españoles en las colonias francesas

“Abandonamos a los refugiados españoles frente al fascismo italiano, portugués y alemán”, explicaba el presidente de la asociación Ay Carmela Emmanuel Dorronsoro en la presentación de esta exposición en Burdeos. Y eso, a pesar de que “muchos españoles fueron actores y no solo víctimas”, ya que participarían más tarde en la liberación de Francia del fascismo, como explica Gaida.

Pero se conoce poco que el régimen colaboracionista de Vichy empleó a los refugiados republicanos para construir grandes proyectos arquitectónicos, no solo en Francia, sino también en Túnez, Marruecos o Argelia. “Deseamos que nuestra exposición contribuya a que el gobierno francés reconozca a los españoles que fueron utilizados mediante el trabajo esclavo”, explica.

Ya en 1939, Francia decidió que los refugiados tenían que contribuir a defender el país o aceptar un servicio de trabajo obligatorio. 90.000 republicanos fueron destinados a diferentes destinos para la economía de guerra, de los cuales 50.000 trabajaron en las Compañías de Trabajo Extranjero (CTE), unidades de trabajo militarizadas.

Los enviaron a reforzar la línea de combate construyendo fortificaciones. Cuando la Wehrmacht ocupó Francia, se produjeron las primeras deportaciones y miles de españoles terminaron en Alemania en trabajos forzados o en campos de exterminio como el de Mauthausen.

Poco después el régimen autoritario de la parte francesa no ocupada por los nazis y dirigida por el mariscal Phillipe Pétain envió 76.000 judíos y 86.000 franceses y extranjeros a los campos de concentración nazis, además de imponer un Servicio de Trabajo Obligatorio. “Durante cuatro años más de 30.000 españoles (…) son obligados a trabajar sin sueldo y bajo condiciones extremas en la agricultura o en la industria”, detalla la exposición, que recoge cartas, comunicados oficiales, informes y fotos poco conocidas de este capítulo del exilio español.

El internamiento en campos de trabajo en Argelia, así como el empleo de mano de obra forzada republicana en la construcción del proyecto colonial del tren “Trans-sahariano” por el norte de África son otros de los aspectos centrales de la exposición. El trabajo forzado en la organización alemana Todt, que construyó autopistas y fortificaciones gracias a los reclusos en sus campos de trabajo, pero también la construcción de búnkers forman parte del repaso que los historiadores Gaida y Muñoz Sánchez hacen al periplo penoso de miseria, abusos y malos tratos recibidos por los republicanos. Ambos llevan décadas trabajando sobre el tema que les ocupa.

Gaida es el experto por excelencia de los campos de trabajos forzados en la Francia de Vichy y tiene una cercanía a las asociaciones de familiares de las víctimas que le ha permitido conocer historias personales que han enriquecido esta y otras exposiciones, así como sus libros monográficos sobre el trabajo forzado en las colonias francesas o sobre el Muro del Atlántico, el gigantesco proyecto con el que Adolf Hitler trató de evitar la invasión marítima en las costas francesas.

Muñoz Sánchez ha investigado la historia de las indemnizaciones a los republicanos en Alemania y el trabajo forzado de portugueses en el régimen nazi. Su trabajo conjunto en la exposición “Rotspanier” muestra el recorrido penoso del exilio republicano en el Tercer Reich y en Francia.
Una exposición con vocación educativa muy exigente

Uno de los dos historiadores que han elaborado la exposición, el doctor Peter Gaida, explica a El Salto que la intención de la exposición es dar a conocer la historia de los miles de republicanos que no eran destacados comunistas y que acabaron como trabajadores forzados no solo en Alemania, sino también en Francia. Y que, además, este último país nunca les ha reconocido oficialmente ni compensado, algo que sus familiares reclaman desde hace décadas.

Lo cierto es que la vocación inequívocamente educativa de la exposición, que cuenta con una página web en tres idiomas en la que hay también actividades escolares para trabajar la materia en clase, vídeos y fotografías, es muy exigente con el visitante. Se presuponen conocimientos, como en el caso de Mauthausen, en el que el historiador no ha querido hacer hincapié por ser algo más conocido y estudiado y, por ello, asegura, habría sido redundante. No se menciona a Francesc Boix, que aunque es muy conocido en España, no lo es tanto en Alemania y ello a pesar de que sus fotos fueron usadas en el juicio de Núremberg para poder condenar a algunos de los responsables.

Además, hoy día da la impresión de que las cuatro décadas de existencia de la República Democrática Alemana (RDA) han desaparecido de la historia. A veces los historiadores no se molestan en nombrar lo que ocurrió durante este periodo en la mitad de Alemania, ni siquiera para criticarlo, como podría haber sido el caso en esta exposición. Tan solo se menciona que “en el este de Alemania se recuerda la memoria de las Brigadas Internacionales”.


En el caso de la RDA, las Brigadas Internacionales fueron uno de sus mitos fundacionales, y el país, autodeclarado como antifascista, a diferencia de la República Federal, no se consideraba a nivel legal como sucesora del tercer reich, por lo que en un primer momento se negó a pagar reparaciones de guerra. Los participantes en las Brigadas eran considerados héroes nacionales y algunos de ellos compartieron destino con los republicanos en los campos franceses y alemanes y después recibieron pensiones por ser víctimas del nazismo. Hubo algunos españoles que consiguieron asilo político en la RDA por haber combatido contra el fascismo, pero la admisión de solicitudes estaba condicionada, eso sí, al parecer, por su filiación política y el visto bueno del Partido Comunista de España.

La exposición itinerante, que ya había sido mostrada en Francia, ha sido financiada por un organismo público alemán, la Fundación “Recuerdo, responsabilidad y futuro”, que se fundó en 2000 para compensar a los trabajadores forzados del Nacionalsocialismo alemán y para “promover proyectos de reconciliación”. Después de que las víctimas de trabajos forzados del nazismo se pasasen décadas reclamando una compensación y de que el estado alemán rechazase sus peticiones una y otra vez, éstas fueron reconocidas cuando buena parte de los afectados ya había fallecido. Ahora Alemania da lecciones de memoria a Francia con esta exposición.

La investigación puede visitarse hasta el 31 de noviembre en el Centro de Documentación para el Trabajo Forzado durante el Nacionalsocialismo (Dokumentationszentrum NS-Zwangsarbeit), en el barrio de Treptow-Köpenick en la calle Britzer Straße número 5. La entrada es gratuita y el museo está adaptado para personas con diversidad funcional.

El museo es el único campo de trabajo forzado que se conserva en Berlín y dispone de dos exposiciones permanentes muy recomendables en las que se puede conocer las historias de los italianos encarcelados allí como presos de guerra, así como sobre el fenómeno del trabajo forzado durante el nazismo. Después de su paso por Berlín se espera que, si la pandemia lo permite, dicha exposición vuelva a Francia para ser expuesta después en Barcelona y, con suerte, en otras ciudades españolas."        (Carmela Negrete, El Salto, 08/06/21)

20/4/21

El infierno de los republicanos españoles exiliados en el norte de África

 "Marzo de 1939. Hace más de un mes que Cataluña cayó en manos de las fuerzas franquistas. Cerca de medio millón de refugiados republicanos españoles huyen por el Norte, en lo que aún hoy sigue siendo la migración más importante de la historia en una frontera francesa. 

Pero la retirada no es el último capítulo de la Guerra Civil española: en el sudeste de la península ibérica, los últimos bastiones republicanos caen uno tras otro. Las hostilidades culminan en el “cuello de botella de Alicante”. Sin poder huir por Valencia ni por el sur de España, que ya estaba en manos de los franquistas, los milicianos y civiles republicanos se ven obligados a tomar el mar.

Desde Alicante, varios miles de personas embarcan de emergencia rumbo al puerto más cercano, Orán. La flota republicana proveniente de Cartagena llega a puerto en Argel, antes de ser desviada, con 4.000 personas a bordo, hacia Bizerta, en Túnez. En total, en pocos días probablemente hayan llegado a las costas de África del Norte entre 10.000 y 12.000 españoles, tal vez más, según algunos testimonios. 

 Recluidos por la Tercera República Francesa

Si bien un puñado de republicanos son recibidos por sus allegados en Orán, que posee una fuerte comunidad hispánica, a partir del 10 de marzo de 1939 el gobierno de la Tercera República Francesa que administra África del Norte le pone un freno a su llegada. Desde hace un año, los decretos-leyes Daladier regulan la entrada de refugiados: clasifican entre “la parte sana y dedicada al trabajo, y los indeseables de la población extranjera”, imponen arrestos domiciliarios y reclusiones en centros de internamiento… El mismo esquema será retomado en Argelia, Marruecos y Túnez.

Mientras el alcalde de Orán celebra con gran pompa la victoria franquista, una parte de los republicanos son mantenidos por la fuerza en embarcaciones convertidas en barcos-prisiones. Quienes logran desembarcar permanecen en carpas, sobre todo en el muelle distante de Barranco Blanco. Eliane Ortega Bernabeu, cuyo abuelo estaba a bordo de uno de esos barcos, el Ronwyn, relata:

Estaban totalmente aislados, apartados de los habitantes. Sin embargo, algunos oraneses venían a ayudarlos, les traían comida, que subían a bordo de los navíos utilizando cuerdas. En cambio, otra parte de la población no quería recibir a esos españoles, porque les preocupaba la enorme cantidad que eran. El alcalde de la ciudad, el padre Lambert, era amigo de Franco. Contribuyó enormemente a crear un clima de temor en la población.

En el puerto de Orán, la situación se eterniza: miles de republicanos permanecerán allí más de un mes, en condiciones de insalubridad y subalimentación total.

 Trabajos forzados

En Túnez, los marinos y los civiles de la flota republicana también son apartados de la población. Rápidamente son enviados en tren hacia el centro del país y a campos de internamiento, sobre todo el de Meheri Zebbeus. En Argelia, luego de desembarcar, los refugiados también son llevados a campos de internamiento: “Había civiles, obreros, sindicalistas encerrados detrás de alambre de púa, y bajo la amenaza constante de las bayonetas”, señala Eliane Ortega Bernabeu.

En los numerosos campos, la mayoría de los cuales se encuentra en territorio argelino, se aplica la misma legislación que en la metrópoli. Peter Gaida, historiador alemán y autor de varias obras sobre los campos de trabajos forzados y los republicanos, explica:

Los exiliados son considerados como peligrosos para la defensa nacional, están obligados a ofrecer prestaciones a cambio del asilo: una parte de ellos va a los campos de internamiento, la otra a las Compañías Trabajadores Extranjeros (o CTE).

 Se trataba de prestaciones legales, ya que Francia estaba en guerra y los franceses también eran requisados.

En Argelia, las mujeres, los niños y también los inválidos fueron enviados a varios campos: Carnot (Orleansville) o Molière eran los más conocidos. Los combatientes iban a Boghar y Boghari, donde eran alistados para satisfacer las necesidades de mano de obra de la potencia ocupante. Su fuerza de trabajo fue utilizada principalmente para renovar caminos en la región de Constantina y para explotar las minas de carbón y de manganeso en el sur de Orán.

El transahariano, un viejo sueño colonial

Los dirigentes de la Tercera República Francesa deciden entonces conectar las minas de Kenadsa, situadas al sur de Orán, con los ferrocarriles marroquíes. Dos mil republicanos españoles y miembros de las Brigadas Internacionales integran la Compañía General Transahariana para construir las vías en el desierto. En su libro Camps de travail sous Vichy (Campos de trabajo bajo el gobierno de Vichy, editorial Les Indes Savantes, que se publicará en francés en junio de 2021), Peter Gaida publica el testimonio de uno de ellos, internado en el campo de Colomb-Béchard, en Argelia:

Nos enviaron a cuatro kilómetros del oasis para quitar la arena de una enorme duna petrificada de más de 2.000 metros de largo. La temperatura era asfixiante, más de 40º a la sombra, el agua era escasa y estaba caliente. Así comenzaron las disenterías, las crisis de paludismo, los vómitos y los fuertes dolores de cabeza.

 Luego del armisticio del 22 de junio de 1940, el gobierno de Vichy en el poder pone en marcha un viejo sueño colonial: la edificación de un ferrocarril estratégico, el transahariano, también llamado Mediterráneo-Níger. La idea es conectar las colonias de África del Norte con las de África occidental, o más bien, las capitales de ambos imperios coloniales, Argel y Dakar. Vichy emprende entonces la construcción de un enlace ferroviario de 3.000 kilómetros en pleno desierto. Pero los objetivos son múltiples: la cuestión también es transportar tropas militares, materiales y carbón explotado en Marruecos. Además, existe un proyecto en África Occidental para irrigar el río Níger y crear un cultivo de algodón gigantesco, para que Francia pudiera independizarse de los británicos. Para ello se necesitaba un ferrocarril que llegara hasta Argel.

Se trataba de una obra colosal, y estaba dividida en tres fases: la construcción de un eje Orán-Gao, bordeando el Níger; un segundo eje de Gao a Bamako, y un tercero que llevaría la línea ferroviaria hasta Dakar.

El horror de los campos

La mano de obra es ideal: las Agrupaciones de Trabajadores Extranjeros (Groupements de Travailleurs Étrangers, GTE, sucesores de los CTE) disponen de un marco legislativo represivo, una sutil alianza entre el colonialismo y el fascismo. En Marruecos, Túnez y Argelia se crean campos de internamiento. Pero los republicanos españoles no son los únicos que serán enviados a las diferentes construcciones: “Desde los campos franceses, como el de Vernet, serán deportados a los de África del Norte, en barco, anarquistas y comunistas franceses, miembros de las Brigadas Internacionales y personas con perfiles muy diversos. Para Vichy, ‘se trata de boca inútiles y de brazos necesarios’”, explica Peter Gaida.

 Además, varios miles de judíos son excluidos del ejército francés y asignados a las Agrupaciones de Trabajadores Israelitas (Groupements de travailleurs israélites, GTI). “En los campos también hay norafricanos, principalmente líderes de movimientos nacionalistas en Túnez y en Argelia. Así que hay una población bastante mixta, e incluso hay rastros de judíos alemanes y de yugoslavos”, comenta Gaida.

En la región de Orán, los detenidos políticos considerados como peligrosos son internados en los campos de Djelfa, Djeniene Bourezg o Hadjerat M’Guil. “En total hay seis campos dedicados a la represión”, comenta Eliane Ortega Bernabeu. “Son campos de la muerte, como los llamaban los republicanos internados. Entre 1940 y 1942, en Berrouaghia, todos los indicadores que hemos podido registrar demuestran que fallecieron al menos 750 personas de hambre, de frío o de las sevicias”.

Los reclusos sufren castigos, vejámenes y torturas. “El campo de Meridja [en Argelia] cerró después de que los republicanos hicieran una huelga de hambre para protestar contra los actos de tortura. En realidad, fue reabierto por Vichy un poco más al norte, con el nombre de Ain el-Ourak”, continúa Eliane Ortega Bernabeu. La construcción del transahariano, por su parte, se interrumpe: solo se construirán 62 kilómetros de vías.

En Túnez, las condiciones en los campos parecen apenas más clementes que en Argelia o en Marruecos. La mitad de las 4.000 personas que llegaron en 1939 volvieron a España, luego de una promesa de amnistía formulada por Franco. Victoria Fernández, hija de un republicano español exiliado en Túnez, relata:

“Según mis investigaciones, luego de su vuelta a España, fusilaron por lo menos a 25, y los otros vivieron en condiciones extremadamente difíciles. De los 2.000 que permanecieron en Túnez, una parte importante fue enviada a campos en la región de Kasserine, donde trabajaron en plantaciones hortícolas y de árboles frutales, o para diversas empresas.

 En numerosas ocasiones se han reportado maltratos, sobre todo en la región de Gabès. “Además, enviaron a 300 marinos republicanos al desierto, al sur del país. Politizados y refractarios, eran aún más indeseables que los otros”, continúa Victoria Fernández. Paralelamente, unos 5.000 hombres tunecinos de confesión judía serán asignados a trabajos forzados, en distintos campos, cerca de las primeras líneas.

Liberación de Francia, asistencia al frente de liberación nacional

El desembarco de los aliados en África del Norte en noviembre de 1942, conocido con el nombre de Operación Torch, reconfigura la situación: la incertidumbre se instala en el gobierno francés, y los generales Henri Giraud y Charles de Gaulle se disputan el control de Argelia y de Marruecos. En Túnez ingresa la Wehrmacht, que permanecerá seis meses: “Durante ese período de ocupación alemana, una parte de los republicanos españoles huyeron hacia Argelia, los otros intentaron disimular su identidad. Los que fueron atrapados fueron enviados a los GTE, en la región de Kasserine”, explica Victoria Fernández.

Otros republicanos hacen el camino inverso desde Argelia y Marruecos. Peter Gaida escribe:

Les proponen firmar un contrato de trabajo, volver, o tomar las armas. Así que muchos se alistan en las fuerzas vinculadas a la Francia Libre, y atacan a las fuerzas alemanas en Túnez. Luego de la partida de la Wehrmacht del país, algunos desembarcan en Sicilia, y volvemos a encontrar rastros suyos en las fuerzas de la Francia Libre en Provenza. De modo que, luego de ser refugiados de la Guerra Civil Española, de haber sido internados por la Tercera República y de haber sido trabajadores forzados bajo el gobierno de Vichy, terminan combatiendo por la liberación de Francia. Un destino pocas veces valorado, del que son víctimas y a la vez héroes.

 En 1943, una parte de los republicanos españoles partió hacia Casablanca, antes de embarcar para México o América del Sur. “Otros se quedaron, como mi familia. En realidad, pensaban que Franco terminaría siendo depuesto, dormían con la valija debajo del colchón”, recuerda Eliane Ortega Bernabeu. Su nacimiento en Orán en 1954 coincide con el comienzo de la guerra de liberación nacional en Argelia:

No soy una pied-noir, en primer lugar porque es un término colonial, pero también porque no soy francesa. Soy una española de Orán. Los republicanos llevaban consigo los valores democráticos, así que se oponían firmemente al colonialismo. Para ellos, la explotación de un pueblo por otro era un horror. Mucho más tarde, me di cuenta de que mi padre pagaba su cuota en el Frente Nacional de Liberación. Él y los otros veían la pobreza de los indígenas, la explotación, la tortura. Automáticamente se adhirieron a su combate.

 Los españoles que quedaron en Túnez terminaron yéndose, principalmente debido a problemas económicos. La última ola dejará el país tras la muerte de Franco, cuando España reconoció su servicio en la Marina.

Del paso de los republicanos en el Magreb subsisten lápidas, muy pocos textos, muchas zonas de sombra por iluminar. Peter Gaida, Eliane Ortega Bernabeu, Victoria Fernández y muchos otros siguen juntando incansablemente los fragmentos de esa historia. Una manera de darles a las víctimas de los campos un reconocimiento que, 80 años más tarde, todavía se hace esperar."           (Laurent Perpigna Iban, InfoLibre, 16/04/21)

19/6/20

Josep Bartoli perdió la Guerra Civil. Huyó a Francia, pero allí, como a miles de republicanos, le esperaba el horror. Cambió el fusil por el lápiz y lo contó todo. El resultado: 'La retirada'.




"En los campos de concentración de la Cataluña francesa —Bram, Argelès-sur-Mer, Barcarès, Saint-Cyprien, Agde, Rivesaltes…—, en el feroz 1939, se cumplió a la perfección el triple lema de la République: libertad, igualdad, fraternidad. La teórica libertad, para los refugiados republicanos españoles que así lo desearan, de volver a su país (donde les esperaría, eso sí, un difícil contexto de persecución y desprecio, y quién sabe qué más). 

La igualdad de condiciones entre todos aquellos prisioneros en aquellas playas rodeadas de alambre de espino: hambre, miseria, enfermedad y muerte. Y la fraternidad obligada entre quienes compartían semejante horizonte. Así que en la Francia de 1939, que el 25 de febrero ya había reconocido el Gobierno de Franco y el 2 de marzo había nombrado a Pétain embajador en España, todo era de una coherencia absoluta y no había nada que objetar.

Pero un joven dibujante catalán que se había pasado la Guerra Civil batallando en el bando republicano desde las filas comunistas iba a tomar una decisión. Abandonado el fusil por causa de fuerza mayor, cogería el lápiz y reanudaría la lucha. De pegar tiros en la batalla del Ebro, Josep Bartoli (Barcelona, 1910) pasaba a plasmar en un cuaderno lo que tenía delante de sus ojos: la forma en que la República francesa del presidente Lebrun y el primer ministro Daladier, absolutamente desbordada por los acontecimientos, había acogido a los más de 400.000 españoles, entre ellos él mismo: encerrando a muchos de ellos entre alambradas. Gran parte de esos dibujos integran La retirada. Éxodo y exilio de los republicanos españoles (editorial El Mono Libre), el libro en el que su sobrino el fotógrafo Georges Bartoli y la periodista Laurence Garcia relatan aquel vía crucis de los exiliados republicanos en la Francia de las libertades, una Francia que ya estaba más cerca de la colaboración con los nazis que del Frente Popular. Esta edición en español, con 85 ilustraciones y 30 fotografías del propio Georges Bartoli reconstruyendo el periplo de su tío, llega a las librerías con un retraso de 11 años con respecto a la edición francesa (La retirada; editorial Actes Sud, 2009).

Tras la caída de Barcelona a manos de las tropas franquistas, Josep Bartoli, un catalanista de izquierdas, simpatías libertarias y vocación anticlerical que nunca llegó a militar en nada, cruzó a pie la frontera el 14 de febrero de 1939. Fue enviado directamente al campo de concentración de Barcarès, cerca de Perpiñán. Allí, como tantos otros dadas las condiciones sanitarias, contrajo el tifus. Fue enviado a otro campo, el de Bram, donde empezaría a plasmar el horror: los niños muertos, las madres desesperadas, los combatientes derrotados y enfermos, la miseria y la crueldad de los gendarmes franceses y los tiradores senegaleses que vigilaban el recinto (los gendarmes son retratados con cara y rabo de cerdo o como perros de presa).

Bartoli acabó fugándose y ahí empezó una auténtica vida de película. Primero en París, donde trabajó como escenarista en clubes como el Moulin Rouge y el Folies Bergère. Después, sucesivamente, en Chartres, Burdeos y Vichy, donde fue apresado por los nazis, que ya habían ocupado Francia. 

A punto de ser trasladado a Dachau rumbo a una muerte segura, logró evadirse de nuevo con la colaboración de una red de ayuda a refugiados judíos y llegar a Marsella, donde embarcó en el buque Lyautey rumbo a Túnez. Desde allí viajó a Orán y luego a Casablanca, desde donde zarpó en otro barco rumbo a México, reuniéndose con los cerca de 20.000 exiliados españoles que se habían instalado allí bajo la protección del presidente Lázaro Cárdenas.

En el DF,

Bartoli entabló relación con los círculos artísticos y se hizo amigo de Diego Rivera y Frida Kahlo, con quien llegó a mantener una intensa relación sentimental (las cartas de amor entre ambos fueron subastadas en 2015 por la galería Doyle de Nueva York). Fue en México donde, en 1944, publicó su primera recopilación de dibujos bajo el título Campos de concentración 1939-19… 

Dos años más tarde, el dibujante se instaló en Nueva York, donde se relacionó con artistas como Rothko, Pollock o De Kooning. Lo cierto es que llegó a ser algo parecido a una estrella en su faceta de escenarista y de colaborador de publicaciones como la revista Holiday o el suplemento ‘Reporter’ de The Saturday Evening Post. Hasta 1977 no volvió a pisar España, con motivo de un viaje a Barcelona. Josep Bartoli murió en Nueva York en 1995.

Lo de “una vida de película” no es en sentido figurado. El ilustrador francés Aurélien Froment, Aurel, una de las estrellas de la tira cómica y la sátira política en publicaciones como Le Monde, Politis o Le Canard Enchaîné, tiene ya terminado Josep, su largometraje de animación sobre el apasionante viaje vital de Bartoli. La película es una coproducción francoespañola (Les Films d’Ici Méditerranée / Imagic TV) y cuenta con las voces de Sergi López y Sílvia Pérez Cruz (que también ha compuesto la banda sonora).

 Su estreno comercial está previsto para finales de septiembre, pero Aurel y el productor Jordi Oliva recibieron el pasado día 3 una gran noticia: los responsables del Festival de Cannes les informaron de que la acababan de seleccionar para su edición de este año, que se celebrará muy probablemente mediante la fórmula de filmes con el sello “Cannes 2020”, pero proyectados en otros certámenes (ya que el propio Festival de Cannes fue suspendido por la covid-19). “En cierto modo es una biografía de Josep Bartoli, pero en realidad es una ficción contada a partir de esa vida, y en el fondo es un homenaje a los dibujantes y al dibujo en general. Es mi forma de relacionarme con él, alguien a quien no conocí y que podría ser mi abuelo, pero de quien creo que puedo entender lo que se le pasaba por la cabeza”, explica Aurel.

 Otra de las presencias en esta película es la de Berenice Bromberg, la viuda de Josep Bartoli. Se conocieron en 1958, durante una fiesta de cumpleaños. Nacía una historia de amor que duraría casi 40 años. Desde su casa de Nueva York, Berenice Bromberg evoca así al dibujante: “Cuando vi la primera vez los dibujos del libro Campos de concentración me sentí conmovida. Estaba claro en aquellas páginas el grado de sufrimiento que Josep había vivido durante la guerra y el exilio, aunque jamás habló ni se comportó como víctima. 

En lugar de eso, canalizó su energía en la creación de un documento perdurable sobre los horrores y actos inhumanos cometidos por el fascismo”. Bromberg enjuicia así aquellos dibujos de los campos de concentración: “Retratan los vicios, las aflicciones, la arrogancia, la corrupción, la pomposidad y el sufrimiento del ser humano. Son imágenes hermosas, porque tratan de contar la verdad por dolorosa que sea contemplarla”.

 Otro comentario sobre los dibujos que salpican las páginas de La retirada: “En ellos no hay lugar para la ternura, sencillamente porque no lo había en aquella época, aunque sí hay espacio para el humor, un humor muy ácido, incluso en las cosas más terribles, porque mi tío se reía de todo y de todos…, hasta de él mismo”. Son palabras de Georges Bartoli, el sobrino del dibujante y coautor del libro. Curtido en mil batallas periodísticas en lugares como Bosnia, Yemen, América Latina, Palestina o Kurdistán, este fotorreportero nacido en Francia (Béziers, 1957) es hijo de exiliados en el seno de una familia con componentes comunistas, socialistas y anarquistas.

 Tiene especial interés en defender el compromiso moral y artístico del tío Josep, pero también su absoluta independencia: “Combatió toda la Guerra Civil en las filas del Partido Comunista, pero era un electrón libre, un libertario, un catalanista nada antiespañolista y a la vez un universalista al que no le gustaban ni las naciones ni las fronteras. Y sobre todo, un hombre de izquierdas. Pero siempre libre”.

Georges Bartoli explica las razones por las que quiso evocar en un libro la figura de su tío: “Lo que quise reflejar fue, a partir de la personalidad novelesca de mi tío, hablar de nosotros, de los hijos y nietos del exilio”. Nunca quiso adquirir la doble nacionalidad. No lo hizo por razones políticas y sobre todo, dice, morales: “Yo antes que francés, español o catalán soy republicano, y para mí la idea de ser sujeto de una monarquía heredada del franquismo es insoportable. Y también porque España ha borrado de su historia a toda una generación, que era la de mis padres, no ha saldado las cuentas con sus antepasados”.

 Sus textos en el libro rezuman un sentimiento ambivalente hacia su país de nacimiento: “Por una parte, Francia protegió a mis padres y me ha protegido a mí. Pero, por otro lado, en Francia hubo una larga conspiración de silencio sobre este tema de los refugiados españoles, que no se rompió hasta los años noventa. Cómo se comportó Francia con los republicanos españoles refugiados que cruzaron la frontera es una mancha terrible para la historia de mi país. 

Fue una amnesia colectiva y consciente, un revisionismo por omisión”. Él lo llama “la gran tragedia de Francia con España” y consiste en tres traiciones: “La primera, los acuerdos de no intervención en la Guerra Civil; la segunda, cómo se acogió a los refugiados metiéndolos en campos de concentración, como pasó con mi tío; y tercero, Francia se olvidó de los españoles que formaron los primeros maquis de la Resistencia contra los nazis”.

 En España eran rojos de mierda, y en Francia, españoles de mierda. “Si no hubieran sido rojos, la cosa habría sido más fácil… Pero no. Muchos franceses pensaban que los republicanos españoles se comían a los niños crudos. Ahora bien, también hubo muchos franceses que fueron a los campos de concentración donde estaban los refugiados españoles para llevar mantas y comida, incluso se inventaban historias para poder sacar a algunos de allí… Sí, también existió esa Francia”.     (Borja Hermoso, El País Semanal, 14/06/20)

23/10/18

Campo de concentración francés de Rivesaltes: en el mes de junio de 1941 los trabajadores republicanos españoles se mueren de hambre, pesan veinte kilos menos de lo que deberían. No hay comida. Las aguas estancadas de los pantanos cercanos provocan numerosas epidemias... Muchos optan por fugarse y/o incorporarse a la Resistencia...

"Desolación. Desolación es lo que se siente al contemplar lo que queda del campo de concentración de Rivesaltes. No debemos permanecer indiferentes ante el drama humano que albergaron estas ruinas, que hasta no hace muchos años, fueron el campo de internamiento más grande de Europa Occidental.

 Una gran torre de babel en un árido páramo repleto de esqueletos de barracones y letrinas, azotado por la tramontana, cuya fuerza es aprovechada en la actualidad por un moderno parque eólico situado a espaldas del campo. 

En los Pirineos Orientales, en la región de Languedoc-Rosellón, a treinta  kilómetros de la frontera española se encuentra el municipio de Rivesaltes, donde fue construido en 1935 un campamento militar de 600 hectáreas. Tres años después sería bautizado con el nombre de Camp Joffre en homenaje al general francés Joseph Jacques Césaire Joffre  (Rivesaltes 1852 - París 1931), comandante en jefe del ejército francés en la Primera Guerra Mundial. En 1939 el campo es ocupado por tropas coloniales.

 Un año antes las autoridades francesas habían promulgado una Ley estableciendo el internamiento administrativo para los «enemigos, extranjeros, sospechosos o indeseables para la seguridad nacional y el orden público».

 Las primeras víctimas de esta Ley fueron los republicanos españoles. Alrededor de mil que se encontraban en el campo de Vernet fueron enviados a Rivesaltes a finales de julio de 1939. Hombres, mujeres y niños cuyo único delito era ser "extranjeros".
En 1940, tras la firma del armisticio, Rivesaltes es controlado por el Gobierno de Vichy con la colaboración de las fuerzas alemanas de ocupación y se decide utilizarlo como centro de internamiento para familias extranjeras, siendo los prisioneros españoles los encargados de levantar mediante trabajos forzados las barracas que habrían de "alojar" a los indeseables. 

Nueve islas rodeadas de alambradas y en cada una de ellas una docena de barracones de endebles paredes de 30 metros de largo, seis de ancho y cinco de alto.

 En enero de 1941 llegan las primeras familias españolas, seguidas de las judías, desconocedoras estas últimas que sel lugar que las acogía era un tránsito hacia las cámaras de gas del campo de Auschwitz. Después vendrían las gitanas, evacuadas hacía meses de Alsacia-Lorena, un territorio incorporado de facto al Tercer Reich. A excepción de las familias gitanas, el resto es obligado a permanecer en barracas separadas: hombres por un lado, y mujeres y niños por otro.

Un informe médico constata que en el mes de junio de 1941 los trabajadores españoles se mueren de hambre, que pesan veinte kilos menos de lo que deberían. No hay comida. El agua escasea y sólo pueden ducharse de forma colectiva cada dos semanas. Las aguas estancadas de los pantanos cercanos provocan numerosas epidemias. También la mala planificación, como la colocación de los váteres al lado de las fuentes de agua potable, causa de una terrible epidemia de tifus en 1941.

Vigilados por soldados marroquíes y senegaleses, están rodeados de parásitos y de ratas. Las condiciones climáticas son extremas. Lluvias torrenciales, fuertes vientos, humedad, temperaturas bajo cero en invierno y un calor abrasador en verano. En invierno, tan solo la guardería infantil y los despachos administrativos cuentan con estufas. 

Cada día tienen que batallar por la supervivencia, y el mayor problema es la desnutrición extrema, a la vez que la primera causa de mortalidad.

Algunos españoles salen del campo a diario para trabajar en el exterior. Muchos no regresan y optar por fugarse y/o incorporarse a la Resistencia.

Cerca de veinte mil personas fueron recluidas en Rivesaltes, de las cuales el 53% eran españoles, el 40% judíos  y el 7% gitanos.

Tal vez la única forma de lograr visualizar toda esta injusticia sea recuperar las palabras de Friedel Bohny-Reiter, enfermera de  La Swiss Children's Aid, dependiente de la Cruz Roja Suiza. Esta organización se estableció en el campamento de Rivesaltes en agosto de 1941. Proporcionaba cuidado y alimentos a los niños y madres lactantes. 

«Me parece, y eso se ha producido varias veces esta semana, que no podré soportar mucho tiempo todo esto, que acabaré aplastada por todo este sufrimiento, toda este injusticia, toda esta tormenta. Me pesa terriblemente  tener que estar aquí, escuchar, y a menudo, al final, tener que decir que no. (...)  Ocurre que algunas de nosotras no pueda ya más. Una pone los brazos sobre la mesa y solo puede llorar. ¿Por qué, por qué todo este sufrimiento. Y nosotras sin poder hacer nada?»

«El silencio reina en el campo. Ya no se oyen cantos, ni gemidos. La noche ha cubierto con su velo todos los sufrimientos y sin embargo es sobre todo por las noches cuando una se siente presa de abatimiento. El desánimo de sentirse tan impotente y tanto desamparo. Tener que atravesar cada día la enfermería sin poder ayudar. Cada día ojos suplicantes. 

Por las noches cuando estamos las dos juntas sentadas para hablar, no puedo hacer otra cosa que poner los brazos sobre la mesa y llorar. ¿Por qué? ¿Por qué todo eso?» (BOHNY-REITER, F., Journal de Rivesaltes, 1941-1942, Genève, Editions Zoé, 1993)

 Friedel llegó a Rivesaltes en noviembre de 1941 y permaneció allí hasta el 26 de noviembre de 1942. Salvó a varias niños de la deportación, infringiendo las directrices de neutralidad impuestas por la Cruz Roja Suiza.

En 1942 los islotes K y F del campo se convirtieron en un centro de selección de judíos para su posterior deportación denominado Centro Nacional de Concentración de Judíos de Rivesaltes. De los cerca de cinco mil judíos recluidos entre agosto y noviembre de 1942, más de la mitad escapó de la deportación gracias a la labor de diversas organizaciones de asistencia y la intervención de Paul Corazzi, enviado del Prefecto.

Un total de 2.313 judíos, entre ellos 110 niños, fueron deportados -con la colaboración del gobierno de Vichy- de Rivesaltes al campo de exterminio de Auschwitz entre agosto y octubre de 1942 en nueve convoyes. El primero de estos salió de Rivesaltes el 11 de agosto de 1942 (400 personas) en dirección a Drancy, centro de tránsito de la deportación de los judíos de Francia.

Los siguientes serían el 23 de agosto (175 personas), el 1 de septiembre (173 personas), el 4 de septiembre (621 personas), el 14 de septiembre (594 personas), el día veintiuno Septiembre (72 personas), 28 de septiembre (70 personas), 5 de octubre (101 personas) y 20 de octubre (107 personas).

Friedel Bohny-Reiter recoge en su diario:

«19 de agosto de 1942. Un calor abrumador en el campamento. El alambre de púas apretado alrededor de las islas K y F es opresivo. Las quejas de las personas atormentadas todavía flotan en el aire. Los veo salir en largas colas desde sus cuarteles jadeando bajo el peso de sus pertenencias. Los guardias a su lado. Alineación para la llamada. Espere durante horas en un campo expuesto al sol. Luego llegan los camiones que los llevan a las vías del tren. 

Dejan los camiones entre dos filas de guardias y entran, algunos vacilantes, otros apáticos, algunos con una mirada desafiante, con la cabeza alta, en los vagones de ganado. Dura varias horas hasta que todos se amontonan en los autos donde es sofocante. Veo caras conocidas a través de los barrotes. Haciendo otra petición, gritando gracias. En cada apertura, dos guardias. Miro las caras. Incluso la desesperación ya no existe en estas caras, vieja, destartalada y sombría.

 Desde el último automóvil escuchamos un "adiós". Vamos al campamento. A la mañana siguiente, todavía está oscuro cuando vamos a la vía del tren. El tren comienza lentamente; escapan a un destino para ir a otro. Todo sucedió en una semana.»«26 de agosto de 1942 . En lugar de 200, 600 personas han sido traídas aquí. Los camiones llegan uno después del otro. La Isla K se llena de nuevo. 

Cuando lo hice, conocí muchas caras conocidas, personas para las que obtuvimos lanzamientos, que vivieron unos meses felices en libertad. Gente que morimos de hambre este invierno, que vimos saliendo del campamento con felicidad. El mismo destino les espera a todos. Esta noche ha llegado un tren entero. Dieciséis autos. Llevamos a la gente en camillas. Hay algunos que tienen muletas. Una larga procesión de desafortunados, de excluidos. A medianoche, se espera un segundo tren, a las 5 a.m.»

Tras deshacerse de los judíos, la población gitana fue enviada al campo de Saliers y el resto, casi la mayoría españoles, al de Gurs.

A partir del 22 de noviembre de 1942, los alemanes recuperan y vacían el campo para devolverle su cometido original como cuartel para las tropas que intervenían en la defensa de las costas, hasta el 19 de agosto de 1944, fecha en que el ejército alemán abandona Rivesaltes.

De 1944 a 1948 se convierte en Centro de residencia vigilada, ocupado por colaboracionistas franceses y en cárcel para prisioneros de guerra alemanes e italianos. También sigue recibiendo españoles que son detenidos por paso clandestino de frontera, a los que las autoridades usarán como mano de obra esclava.

 De 1957 a 1962 se utiliza para formar a las tropas que tomarán parte en la guerra de Argelia, a la vez que sirve de prisión para los partidarios de la independencia de ese país. De 1962 a 1964 un total de 22.000 harkis repatriados de Argelia son confinados en Rivesaltes. Las últimas familias de harkis saldrán del campo en 1977. De 1986 al 2007 el campo funciona como Centro de Detención Administrativa para inmigrantes irregulares.

A pesar de los numerosos intentos gubernamentales para derruir y enterrar esta negra página de la historia de Francia, la aparición en 1998 en un basurero de miles de archivos del campo de Rivesaltes, fue el detonante para empujar la lucha emprendida por asociaciones civiles, hijos de exiliados españoles y algunos políticos franceses, que no se dieron por vencidos.

En 1994, se erigió un monumento en memoria de los judíos deportados de Rivesaltes campo de Auschwitz: «Miles de judíos extranjeros que estaban refugiados en Francia fueron arrestados e internados en 1940 en el Campo de Rivesaltes, en la zona libre. De agosto a octubre de 1942, más de 2.250, entre ellos 110 niños, fueron entregados a los nazis en la zona ocupada por las autoridades  denominadas "Gobierno del Estado francés". Deportados al campo de exterminio de Auschwitz, todos fueron asesinados. No olvidamos jamás a aquellas víctimas del odio racial y la xenofobia". Fue profanado en octubre de 2002 y reconstruida en junio de 2003.»

En 1995 se inauguró un monumento en honor a las víctimas de la Guerra de Argelia y en 1999 en homenaje a los republicanos españoles.

Memorial de Rivesaltes
En el año 2015 se levantó el Memorial de Rivesaltes. Manuel Valls, primer ministro en aquella época, reconoció públicamente el maltrato que Francia había dado a los refugiados.
Construido en el antiguo Bloque F del campamento, el Memorial de 4.000 metros cuadrados, obra del arquitecto francés Rudy Ricciotti, es un enorme edificio de cemento sin ventanas, enterrado bajo el suelo, que simboliza el encierro forzado. 

El museo que alberga en su interior recorre la historia del siglo XX, desde la Guerra de España y la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de Argelia. "                      (Búscame en el ciclo de la vida, 16/10/18)

7/6/18

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre... ¿Ha sido inútil el sufrimiento de nuestros exiliados durante la dictadura?

"Felisa Bailo Mata, fallecida el pasado 13 de marzo en Madrid a los 98 años, fue una víctima más del golpe de Estado de 1936 y de la monstruosa represión franquista posterior. Forma parte por derecho de la Memoria Histórica de nuestro país (...) 

Felisa nació en Leciñena (Zaragoza) y cuando tenía 16 años se vio obligada a huir acompañada de su madre y de su hermano José, que tenía tan solo 10 años, dado que las fuerzas golpistas estaban próximas a invadir su pueblo. El miedo a los episodios de violencia sistemática y represión contra la población civil no era en absoluto infundado: una prima de nuestra protagonista que se encontraba en avanzado estado de gestación prefirió quedarse. Fue violada y finalmente arrojada con vida a un pozo. 

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre. Tras múltiples vicisitudes pudieron llegar en octubre de 1936 a Fraga (Huesca), donde unos milicianos les condujeron en camión camino a Barcelona. 
Recordaba Felisa su asistencia, impresionada, al entierro del líder anarquista Buenaventura Durruti, el día 22 de noviembre.

 Más tarde marcharían a Tárrega (Lleida), donde fueron generosamente acogidos por una familia catalana. Allí trabajarían en una empresa textil hasta enero de 1939, cuando el avance del ejército franquista tras la caída de Barcelona les obligó a iniciar el camino del exilio francés, formando parte del masivo éxodo de españoles que se vieron salvajemente hostigados por el continuo bombardeo de los Savoias de la aviación italiana. Este acontecimiento, tristemente conocido como la Retirada, dejó 15.000 muertos en el recorrido.

En marzo de 1939, el número de refugiados españoles en Francia, según el Informe Valiére realizado a petición del gobierno francés, se estima en 440.000 personas, las cuales tuvieron que afrontar unas desoladoras condiciones de vida, que se agravaron como resultado del estallido de la II Guerra Mundial. 

Entre aquellas personas se encontraban Felisa, ahora con 19 años, su madre y su hermano con 13. Las desbordadas autoridades francesas seleccionaron y separaron a los refugiados en centros de “internamiento” como el de Saint-Cyprien, al que fue conducido el niño José, y el de Argelès-sur-Mer, en el que permanecerían Felisa y su madre durante 15 penosos meses. 

Transcurrido ese tiempo, fueron destinadas a campos de trabajo en la región alpina de Savoya, donde en 1942 falleció la madre de Felisa en brazos de un compatriota excombatiente refugiado, que también se encontraba hospitalizado allí y que más tarde sería el marido de Felisa. 

Otros fueron encaminados hacia campos de concentración como el de Mauthausen, donde trasladaron a su hermano Francisco y también a sus primos Pascual y Mariano, que no saldrían con vida de allí.

En 1944, a punto de finalizar la contienda europea, Felisa y su pareja se trasladan a Grenoble, donde existía una numerosa colonia española y donde nace su hija Elsa. En 1947 la familia se traslada a Lyon. Tras completarse la liberación de Francia los españoles dejaron de ser apátridas, ya que el Gobierno francés les concedió la carta de ‘réfugiés politiques’, lo que facilitó sus publicaciones y permitió la actividad de sus organizaciones.

 Pero ese reconocimiento apenas duró unos años. A finales de los años 40, la psicosis de la Guerra Fría convirtió a los hasta entonces considerados héroes en supuestos agentes peligrosos de la URSS.

Así, en septiembre de 1950 el gobierno francés de René Pleven, claramente presionado por EEUU, puso en marcha la denominada Operación Bolero-Papprika, por la que cientos de militantes de la resistencia fueron deportados bajo la falsa acusación de colaborar en una presunta invasión soviética de Europa.
 
En ese contexto, dos hermanos de nuestra Felisa, militantes del Movimiento Libertario Español, son detenidos por su vinculación con el asalto al furgón de la PTT en Lyon, el 17 de enero de 1951. Uno de ellos, José, fue “suicidado” de un tiro en la espalda, mientras que Francisco fue condenado a 20 años de cárcel, tras haber pasado cuatro en el campo de Mauthausen. El objetivo de la operación era recaudar fondos para el alquiler de una avioneta, con el fin de perpetrar un atentado contra Franco. 

Finalmente, en el año 1959 Felisa y su familia retornaron a España. Su condición de exiliados hizo que durante su estancia en Ampuero (Cantabria) sufrieran el continuo, sigiloso, impertinente y deplorable acoso de la Guardia Civil, hasta el advenimiento del nuevo régimen del 78. El obvio y estremecedor padecimiento de Felisa Bailo durante los tristemente célebres “cuarenta años”, bien podrían enmarcarse en los episodios de innumerables mujeres anónimas, que lamentablemente no aparecen en ningún monumento conmemorativo. 

Uno de los mayores problemas de los refugiados españoles durante la guerra y en la etapa posterior -contaba Felisa- era la carencia de documentación personal, la cual era demandada continuamente tanto por la Gendarmería como por la Gestapo. 

El paralelismo con la situación actual de tantos inmigrantes en Europa resulta tan evidente que en más de una ocasión, ante el televisor, y a causa de las noticias que se emitían relacionadas con los refugiados sirios, lloraba y preguntaba de manera retórica: “¿Pero es que los gobernantes no han aprendido nada de nosotros? ¿Es que lo que hemos sufrido no ha servido para nada?”.

Toda su vida fue un testimonio de solidaridad. En Francia, con los españoles desamparados, y más tarde en España como muestra de resistencia, negándose a colaborar con el régimen franquista pese a las negativas consecuencias. 

Tras su reciente fallecimiento se puede afirmar que Felisa ha dejado de vivir entre nosotros para seguir viviendo en nosotros, muy especialmente en su hija Elsa, que hace tiempo recogió el testigo de las reivindicaciones de su madre para continuar en la lucha contra el fascismo que, según se nos muestra cada día con mayor evidencia, nunca nos ha abandonado. 

Su firme y valiosa colaboración en el Colectivo de la Querella Argentina, y más concretamente en la causa de Exilio y Deportación, avala esa continuidad en su afán diario en favor de las más nobles causas. Pero esa es ya otra historia."                 (Manuel Pastor, La Marea, 10/05/18)

20/4/17

Las 85 tumbas de Septfonds y la dignidad de España

"(...) Me descubrí a mi mismo queriendo escribirle a la Ministra de Defensa. Contarle que en marzo de 1939, en el plazo de 4 días, 16.000 soldados del ejército español, de la República Española, fueron sacados de las playas y la zonas de frontera y llegaron en tren a Montauban, Septfonds y Borredon; caminaron doce kilómetros y fueron encerrados en un campo de concentración; no era aquello una base del ejército francés, ni unos cuarteles, nada, era un campo embarrado, con unos pabellones de madera que apenas valían para un par de centenares. 

Los soldados tuvieron que construir un campo nuevo, nuevos contingentes llegaron en las semanas siguientes, sumaron más de 25.000 hombres en aquel campo, es decir el equivalente a 8 brigadas mixtas, 2 divisiones de infantería, recordemos que habían pasado la frontera tras la retirada de Catalunya casi 150.000 soldados del Ejército Popular. 

A Septfonds llegaron casi desde la misma frontera, marcharon por la pequeña carretera aquel día de invierno. Vistieron sus uniformes hasta que se destrozaron con el uso, con sus gorras y sus insignias, organizados interiormente por su propia disciplina y su dignidad. 

En España la lucha continuaba, pero Francia atomizó las tropas españolas que habían escapado a la derrota, separando las unidades y no tratándolos como soldados. El gobierno francés deseaba impedir a toda costa que pudieran regresar a la península y los dividió en multitud de campos.

En aquellos meses que pasaron allí algunos murieron. Enfermedad, viejas heridas, accidentes, desesperación. 85 soldados de la República Española, hijos del pueblo que habían jurado defender las libertades del pueblo español, murieron allí, lejos de su patria y de sus seres queridos.

 Les enterraron según fueron muriendo en un antiguo prado en una porción del campo, no hubo espacio para mucho más; hubo muchas lágrimas y mucha indignación, porque morían allí y eran enterrados en la oscuridad del olvido los valientes que habían sabido luchar y enfrentarse a la misma bestia que amenazaba ahora a la propia Francia. “Como a perros” les enterraron, al decir de muchos de sus compañeros.

Pasó el tiempo y muchos de aquellos soldados se alistaron en el ejército francés, unos en la Legíón, otros en unidades no combatientes, de apoyo y fortificación que les habían reservado, cuando vino la debacle francesa, todos ellos, allí donde estuvieron, mantuvieron la lucha en la medida de sus posibilidades, en Dunquerque, en Inglaterra con De Gaulle, en Noruega, en el Tchad, en Argelia,en Libia, marcharían unidos a sus hermanos franceses por la promesa que hicieron en un lejano oásis africano de poner la bandera de Francia en Estrasburgo liberada combatieron en Tobruk y Bir-Harkeim, en Siria, en Normandía, el Sena, París, Alsacia, Lorena, Alemania; pero también en la lucha en la propia Francia ocupada, afrontando la muerte y la deportación. 

No somos nosotros nadie para llevar dignidad a quienes tanta dignidad tuvieron, más bien somos nosotros los que estamos obligados por su ejemplo.

Pasados aquellos años, se construyó un pequeño cementerio donde reposan aún hoy los 85 soldados españoles muertos en el campo de Septfonds. Allí siguen. 

En todos estos años, y estamos en 2017, nunca acudió allí ningún representante del gobierno español de Madrid, jamás, como si no existiesen. No han sido olvidados, las organizaciones del exilio republicano de entonces y ahora, han sabido guardar su memoria, pero nunca ha habido un acto oficial con el embajador, el ministerio de Defensa, miembros del gobierno y una representación de las Fuerzas Armadas: la España oficial, la democrática España actual les desconoce e ignora.

 ¿Cómo es esto posible, nos preguntamos? Hay mil ejemplos más, no es una casualidad o un olvido. Hay una lógica detrás de todo este desprecio, pero de todas formas, me sigo diciendo que tal vez no sea así, que tal vez se trata de que desconocen algunos los hechos, que no saben cuanto dolor sigue habiendo.

 Se nos hace evidente a muchos que algo debemos hacer. Y no se trata de nosotros, de lo que como personas particulares hagamos. No. Se trata de exigir a los poderes públicos que asuman su responsabilidad, para saber así todos, cómo afrontan realmente nuestra propia historia y la profundidad de su defensa de los valores democráticos.

Creo que debemos exigir al Ministerio de Defensa Español un acto público de homenaje en Septfonds, que los soldados deben rendir honores a aquellos españoles que llevaron con tanta dignidad su uniforme, su bandera y su compromiso antifascista. 

Creo que debemos alzar nuestra voz y decir públicamente a las autoridades españolas que tienen una cita en Septfonds. Nuestra mano debe tenderse. Y debemos sacar consecuencias si hay una negativa, lo que desde luego no podemos hacer es seguir actuando como si nada pasara y todo estuviera solucionado con homenajes privados y acciones individuales."       (Pedro A. García Bilbao, Sociología crítica, 15/03/17)