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7/6/24

La memoria histórica nació con nombre de mujer en un lugar de España en el que no hubo frente de guerra... Las Mujeres de Negro de La Barranca fueron las viudas repudiadas, agredidas y azotadas por el franquismo que con su lucha pusieron la semilla de dignidad que dio origen a la memoria democrática... Con un atadillo de comida para el día y unas flores, viudas, madres, hijas y hermanas recorrían kilómetros a pie cada primero de noviembre hasta la fosa común en la que yacían sus familiares... Aguantaron vejaciones, insultos e incluso violencia, les raparon la cabeza y les hicieron purgas de ricino pero ellas respondieron con dignidad, luciendo el luto negro que el régimen les impedía... Hasta 64 mujeres de Villamediana de Iregua perdieron a sus maridos a manos de la barbarie franquista

 "El 2 de noviembre de 1939 un grupo de mujeres de Villamediana iniciaron sin saberlo el camino hacia la memoria y la dignidad en la historia de España. Lo hicieron con las faldas remangadas, atravesando descalzas el río Iregua, mojadas hasta la cintura y rasgándose las vestiduras con los alambres de espino al pasar en silencio por delante de la garita donde custodiaba la Guardia Civil. “Ustedes no pueden estar aquí, tengo orden de echarlas”, les dijo un agente cuando ya estaban dentro. “Rechorra, usted tendrá orden de que nosotras no estemos aquí pero yo tengo a mi marido enterrado porque me lo han matado ustedes y de aquí no me saca ni a rastras”, contestó Catalina con los brazos en jarras. 

Catalina, ‘la Rici', acababa de salir de la cárcel después de tres años encerrada. Allí, entre rejas, se despidió de su marido, Martín Mena Vicente, una noche de 1936 para no volver a verle más. Su historia es la de muchas. Para ellos la vida acababa de repente, con un disparo en lo alto de un cerro. Para ellas, la condena duraría toda la vida.

Algunas la sufrieron en silencio, apartadas y envueltas en miedo. Otras decidieron luchar por la memoria y la dignidad de sus muertos. Unas y otras hicieron historia. Son las Mujeres de Negro de La Barranca, las que consiguieron erigir sobre una fosa común en la que yacen más de 400 cuerpos uno de los principales memoriales a los represaliados del franquismo que existe en España.

Aquel primer año, 1939, fueron unas cuantas mujeres de Villamediana. Con el tiempo empezaron a ser muchas más; cada vez venían de más lejos. Con un atadillo de comida para el día y unas flores, viudas, madres, hijas y hermanas recorrían kilómetros a pie cada primero de noviembre hasta la fosa común en la que yacían sus familiares. Las trataron de locas, les dijeron que allí no había nada. Pero persistieron. Y resistieron. Aguantaron vejaciones, insultos e incluso violencia, les raparon la cabeza y les hicieron purgas de ricino pero ellas respondieron con dignidad, luciendo el luto negro que el régimen les impedía. 

La guerra apenas llegó a La Rioja pero sí se instaló el horror

En La Rioja no hubo guerra pero sí represión. Tras el golpe militar de julio de 1936, el nuevo poder se estableció con fuerza sin encontrar apenas resistencia. No hubo campo de batalla pero sí detenciones y camiones con “sacas” de presos circulando por las noches hacia el peor destino: la muerte en tapias de cementerios, cunetas o descampados. En La Rioja fueron más de dos mil personas ejecutadas, una quinta parte de ellos, en La Barranca. El primer camión llegó allí desde Navarrete el 10 de septiembre de 1936 a plena luz del día. Seis personas fueron ejecutadas y trasladadas al cementerio de Lardero. Dos días después serían ocho más, todos ellos campesinos y esta vez de madrugada. Fueron los primeros que quedaron en aquella zanja en mitad de ninguna parte.

La zanja en la que acabó su vida Pedro Bretón Jaén. Su nieto, Pedro Navarro, recuerda su primera visita a La Barranca con apenas cinco años. Hoy, con más de 80, pasa allí muchas horas sentado en una silla de madera. “Aquel asesinato de mi abuelo acabó con su vida y condenó la nuestra para siempre”, recuerda, “siempre fuimos señalados en el pueblo y con 18 años tuve que irme una temporada a Francia porque cada vez que pasaba algo en Villamediana, la Guardia Civil venía a por mí a casa”. 

El suyo era conocido como el pueblo de las viudas. Hasta 64 mujeres de Villamediana de Iregua perdieron a sus maridos a manos de la barbarie franquista. “La Carmona se quedó viuda con 17 años, estando embarazada, le mataron al novio, Cándido Lasanta Pascual, que tenía 19”, cuenta Pedro mirando hacia el rincón en el que una rosa roja marca el lugar en el que está enterrada, “él, desde la cárcel y sabiendo cuál sería su final, escribió una carta a sus padres para decirles que ese bebé era suyo, que le atendiesen. Y así fue; la niña tuvo familia materna y paterna. Ahora la Carmona está aquí, en la misma tierra que Cándido”.

Pedro cuenta hoy emocionado aquellas historias que le han acompañado toda la vida. Junto a él se sienta Ricardo Blanco, su amigo y presidente de la Asociación para la Preservación de la Memoria Histórica en La Rioja. Tiene 88 años y lleva 84 acudiendo a La Barranca. “La primera vez que viene fue en borriquilla con cuatro añitos, me montó mi abuela y me trajo a ver a mi abuelo”. Desde entonces no se ha separado de este lugar que en el 39 era un trozo de monte con maleza y hoy es un cementerio civil y un memorial de referencia en España. “Ahora cuando vienen visitas a La Barranca, sobre todo cuando vienen chavales de los institutos, les digo que miren lo hermosas que están aquí las rosas rojas, parecen de terciopelo, y es porque están abonadas con la sangre de nuestros familiares y regadas con las lágrimas de las Mujeres de Negro”, explica Ricardo con una sonrisa que va desapareciendo mientras echa la vista atrás y recorre las historias.

Ricardo y Pedro hojean un libro de fotografías editado por la asociación a la que ambos pertenecen. Se detienen en una, la de Pilar, viuda de Fernando Esquete. La imagen muestra a la mujer vestida de negro, totalmente derrotada y rodeada de sus cinco hijas y su hijo. 

A Pilar le arrebataron a su marido y todo lo que tenía, cuentan. Se quedó con las niñas viviendo debajo del Puente de Piedra de Logroño, les cortaron el pelo, les dieron aceite de ricino y le dejaron en la calle porque “además de matarlos por rojos, les ponían multa a sus familias, no se trataba de destrozar una vida sino todas las que la rodeaban”. 

La historia se repite una y otra vez. Ricardo cuenta la de su abuelo, Mauricio Blanco, “el hombre que murió dos veces”. A Mauricio le metieron en un furgón con otras seis personas en agosto del 36. Al llegar al lugar en el que iban a fusilarles, Mauricio le dijo al cargo falangista que dirigía la ejecución que su primo era Emilio Blanco, comandante del ejército de Franco. Sin mediar más palabra, fusilaron a sus seis compañeros y a él le dejaron marchar. Pero apenas le dieron un mes más de vida. En septiembre de ese mismo año le cogieron cuando fue a dar el pésame a la familia de Román Zaldivar, recién fusilado. El 12 de septiembre fue uno de los que “estrenó” La Barranca, quedando viuda su mujer con nueve hijos y condenada para siempre. 

La Barranca, el consuelo para quienes ni siquiera estuvieron allí

Aquel verano del 36 fue el verano del horror en La Rioja. Ese mismo mes de agosto mataron al abuelo de Marisa Martínez. Era el secretario de UGT y le llamaron para convocarle a un encuentro. “Mi abuela le avisó de que no subiera, sabía que estaban matando a gente. Pero él tenía claro que no había hecho nada y fue. Le acompañó a su hermano. Esa noche les mataron a los dos”, relata. Sólo supieron entonces que se los habían llevado en un camión. La abuela de Marisa nunca volvió a hablar de ello. “Con los años tratamos de conseguirle una pensión pero no podíamos demostrar que era viuda, nos decían que seguro que mi abuelo se había ido a Francia con una puta. Pero nunca nos rendimos”. En 2010 consiguieron encontrar su ADN en la exhumación de La Pedraja, en Burgos. Para entonces llevaban años acudiendo a La Barranca pensando que podría estar allí. Toda la familia de Marisa se tuvo que ir poco a poco a vivir fuera del pueblo, de Castañares. “Cuando empezamos a buscar a mi abuelo hubo quien nos dijo en el pueblo que nos tenían que haber matado a todos, llegaron incluso a amenazarnos de muerte. Mi abuela no quería que hiciéramos nada, tenía demasiado miedo”, relata Marisa. 

Otra mujer que vivió el terror fue Teresa Lumbreras, abuela del actual alcalde de Casalarreina, Félix Caperos. Su marido, concejal del pueblo, fue asesinado y ella tuvo que dejar a sus hijos con un familiar en Bilbao bajo los bombardeos. Fueron evacuados a Francia y, cuando consiguieron reunirse de nuevo, apenas la conocían. Tenía la cabeza rapada y el miedo en el cuerpo pero nunca dejó que su historia se olvidase. 

Más de 400 cuerpos yacen amontonados hasta en siete alturas en tres zanjas en La Barranca entre capas de cal a poco más de 5 kilómetros de Logroño. Sus familias siguen honrando su memoria. La dignidad y resistencia de aquellas viudas hizo que sus historias no se olvidasen y que aquel trozo de monte se convirtiese en lo que es hoy. El 1 de noviembre del 77 se empezó a fraguar la idea. “No sabíamos cómo hacerlo pero todos los familiares sentíamos que teníamos que dignificar La Barranca”, relata Pedro, “entonces uno que venía de vendimiar cogió un cunacho del tractor y dijo a los presentes que echase cada uno lo que pudiese para empezar a recaudar dinero”. En aquella primera colecta se consiguieron 178.000 pesetas. El 1 de mayo de 1979 se inauguró La Barranca, el lugar en el que La Rioja recuerda su historia para no volver a repetirla.  

 En La Barranca no se habla de política sino de convivencia y recuerdo

A las puertas de La Barranca se encuentra un cartel con varios números de teléfono. Son los de los nietos de los represaliados que todavía hoy, ya ancianos, se ofrecen a enseñar el lugar y su historia a cualquier persona que les llame. Saben que el olvido sería la derrota. Sólo hay una condición: en La Barranca no se habla de política. Entre los más de 400 socios que hoy componen la asociación hay personas de toda ideología, “incluso dos curas del Opus Dei”, dicen orgullosos. 

Esa es la naturaleza de la recuperación democrática que simboliza este lugar. “En las fotos de la inauguración aparecen concejales de la UCD, del PSOE y del Partido Comunista, todos de acuerdo para honrar la memoria de la historia”, apuntan. 

La realidad les ha golpeado varias veces. El 14 de abril de 2016 La Barranca amaneció repleta de pintadas franquistas y volvió a ocurrir el mismo día de 2018. En marzo de 2024 Vox pidió en el Parlamento de La Rioja la derogación de la Ley de Memoria Histórica y llamó “chiringuito” a la Asociación La Barranca. En los últimos tiempos hay chavales que hacen comentarios de odio en las visitas de los institutos a La Barranca. Pero nada de esto puede con ellos. “Ni unos ni otros saben lo que dicen. Son hijos, nietos y bisnietos de la ultraderecha y sólo conocen lo que les han contado”, responden los octogenarios de La Barranca, “lo que tratamos de explicarles es que igual de mal muertos son los de aquí que los de Paracuellos, los de un lado y los del otro, pero todos son culpa de un señor que se levantó en armas y se cobró más de un millón de vidas entre la guerra y los muertos de cada bando. Ojalá donde esté no tenga descanso. La diferencia es que unas viudas fueron reconocidas y a otras se les arrebató todo, no se les concedió la condición de viudas, ni tuvieron féretros, ni muerte digna para sus maridos, ni les concedieron pensiones, ni les pusieron estancos ni administraciones de lotería”. 

La memoria no devuelve a los muertos la vida ni restituye el daño a sus viudas, pero sí les devuelve a todos ellos la humanidad que les fue arrebatada."               (Olivia García Pérez , eldiario.es, 02/05/24)

16/7/19

Las mujeres de negro velaron los cadáveres de 400 personas asesinadas por los franquistas. Muchos eran sus maridos. Custodiaron la memoria de los suyos durante 40 años de dictadura, logrando que nadie tocara las tres fosas comunes de Lardero (La Rioja) donde fueron arrojados...

"Las mujeres de negro velaron los cadáveres de 400 personas asesinadas por los franquistas. Muchos eran sus maridos. Custodiaron la memoria de los suyos durante 40 años de dictadura, logrando que nadie tocara las tres fosas comunes de Lardero (La Rioja) donde fueron arrojados.

 Y en 1979 convirtieron el lugar en cementerio civil. Hoy es el Memorial La Barranca.
El conjunto monumental es uno de los mayores memoriales de España dedicado a las víctimas de los golpistas en la guerra civil. Cumple cuatro décadas como camposanto y forma parte del patrimonio de la Comunidad Autónoma desde 1980, gestionado por el Gobierno de La Rioja en colaboración con la Asociación para la preservación de la Memoria Histórica en La Rioja 'La Barranca', que custodia el memorial.

El barranco de Barrigüelo, a unos cinco kilómetros de Logroño, fue usado por los golpistas para enterrar los cuerpos de una quinta parte de las 2.000 que ejecutaron en la región. Aunque en La Rioja no hubo guerra. Apenas resistencia al fracasado golpe de Estado que provocó la guerra civil.

En aquel campo trazaron las fosas comunes plagadas de muerte. De la pedagogía del terror aplicada en masa por los rebeldes hasta finales de 1936. Ahora, La Barranca es un paraje de recogimiento familiar. De recuerdo íntimo. De Memoria colectiva con mayúsculas. Una tierra que guarda la victoria de las 'mujeres de negro' sobre 40 años de franquismo.

Todos los nombres de La Barranca

Varios carteles cuentan en las paredes de La Barranca cada uno de los nombres de las víctimas riojanas. 'A las Mujeres de Negro, 75 años después', reza la placa del monumento de homenaje a las viudas de los republicanos asesinados por los fascistas. Fue inaugurado el uno de noviembre de 2011. Un Día de Todos los Santos.

'Los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla', señala otro póster. Todo es recuerdo. Memoria. 'No hay nada en el mundo que haga olvidar una injusticia', dice una frase escrita sobre una bandera republicana.

El memorial también muestra un enorme mapa de España. Es el original que los golpistas colocaron en la plaza de toros de Logroño –usada como cárcel– para restregar a los presos republicanos el avance de las tropas fascistas. Ahora, vencer la cartografía del olvido es una de las tareas de las familias de La Barranca.

"No se puede estar", decían los franquistas

"Aquí no se puede estar", afeaban las autoridades franquistas a las 'mujeres de negro'. "Pues estamos", respondían ellas. Las viudas acudían "casi a diario" a custodiar las fosas comunes donde yacen 400 víctimas. De esta forma, a pie de fosas, empieza a narrar la historia Jesús Vicente Aguirre.
"Que no se puede estar", reprendían los uniformados. "Estamos", sostenían las mujeres. Y así un día tras otro. Un año tras otro. Hasta que las dejaron por imposibles. Por conseguidoras de lo improbable.

"Estas familias se dedicaron a cuidar este lugar", continúa Aguirre, autor de varios libros sobre la represión en La Rioja, como Aquí nunca pasó nada –con mil páginas y la historia de dos mil represaliados– y la novela Lo que pasó.

Las 'mujeres de negro' guardaron la tierra que da cobijo a sus seres queridos y esa parcela de la finca, desde entonces, nunca se sembró. Las tumbas quedaron intactas. La Barranca nació así como recuerdo "digno" a las víctimas del terror franquista. "Un espacio de convivencia y esperanza" destinado "a que estas cosas no vuelvan a ocurrir".
Las 300 llaves de La Barranca

Un cartel en la entrada indica: "Si quiere conocer esta fosa común llame a los teléfonos...". Y ahí están los números en los que responden Paco, Ángel o Ricardo. "Siempre hay alguno de guardia", tercia el presidente de la asociación, Ricardo Blanco. "Sea a la hora que sea y el día que sea", certifica.

"Y eso que tenemos repartidas más de 300 llaves", continúa. Porque La Barranca "está abierta a todo el mundo". Incluso hay descendientes de las víctimas que depositan las cenizas de sus familiares cerca de las fosas. Quizás en las zonas ajardinadas. Algunas pequeñas placas, alguna banderas republicanas chiquitas, marcan nuevos lugares de reposo eterno. Quizás.

"No sabemos si es legal", cuestiona un integrante del colectivo. "Claro, nadie los ve", sonríe otra voz. Y quién podría decir que no. Con qué legitimidad, asienten. "¿A alguien le gustaría estar aquí cuando le toque?", pregunta una mujer. Muchos alzan la mano, voluntarios.

Como una chica joven, ataviada con un bolso rojo, alumna de los Cursos de Verano de la Universidad de La Rioja. El seminario está organizado por la Asociación La Barranca y cumple su tercera edición con el título 'Historia, Medios de comunicación y Legislación después de la Transición. 2019: 80 años del exilio'. La cita incluye una visita al memorial.

El espacio acoge, además, diversos homenajes a lo largo del año, como cada 14 de abril con motivo del aniversario de la Segunda República. O visitas de centros educativos. Hacer pedagogía de los Derechos Humanos con el alumnado, dicen, es sembrar cultura de paz. Y La Barranca se ha convertido en una plaza para la verdad, la justicia, la reparación y garantías de no repetición. Todo, con el recuerdo latente de la victoria de las 'mujeres de negro' sobre 40 años de franquismo.

Ataques nazis a la Memoria

El Memorial La Barranca ha sufrido la embestida de la extrema derecha. El cementerio civil apareció dos veces con pintadas nazis y fascistas. Sendos ataques fueron un 14 de abril, el día que se celebra la proclamación de la Segunda República española.

El primero, en 2016. Esvásticas y simbología neonazi cubrían lápidas y el mapa de los presos republicanos. La pintura blanca alcanzó también el monumento a las damas de negro. Las pintadas de apología franquista rezaban "Pasamos y pasaremos", en réplica al lema antifascista "¡No pasarán!". La Asociación La Barranca denunció los hechos ante la justicia como un "doble ataque contra el patrimonio y contra la memoria de las víctimas, así como enaltecimiento del terrorismo".

Dos años después, volvió a suceder. El 87 aniversario de la II República quedó teñido con más ignominia. Sobre un pequeño tejado de los que tapa las fosas comunes podía leerse "Arriba España". Los carteles con los nombres de los más de 2.000 riojanos asesinados estaban mancillados con cruces celtas, símbolo usado por organizaciones ultraderechistas y frases nazis. Y, en la diana, siempre las Mujeres de negro."                   (Juan Miguel Baquero, eldiario.es, 15/07/19)

8/3/19

Josette Audin y los “justos” de Argelia. La militante anticolonialista durante 60 años denunció torturas y ejecuciones del ejército francés en la guerra de Argelia...

"¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

El sábado 2 de febrero, a los 87 años, falleció en París Josette Audin, la anciana de blancos cabellos, frágil aspecto y tierna mirada que saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, reconoció la responsabilidad del Estado en la tortura y el asesinato de su marido, Maurice Audin, en la guerra de Argelia, y le pidió perdón en persona.

Josette Audin había exigido justicia a todos los presidentes de Francia desde que a su marido lo detuvieron paracaidistas franceses el 11 de junio de 1957, en la batalla de Argel, y nunca más supo de él. Maurice tenía veinticinco años; era profesor universitario, militante comunista y anticolonialista y padre de tres hijos. Según Pierre Vidal-Naquet (autor del informe L’affaire Audin, que destapó el caso en 1958), los paracaidistas, sospechando que Maurice ayudaba a la guerrilla independentista FLN, lo torturaron para sonsacarle información y lo ejecutaron.

Según la versión oficial, Maurice se escapó durante un traslado, lo que nunca creyeron sus allegados. No obstante, ni sus compañeros de profesión ni sus camaradas (en situación clandestina) pudieron movilizarse para liberarlo, y Josette tuvo que emprender sola la lucha contra el Estado, que durante seis décadas dictaminó que no había lugar para investigaciones. Ni la campaña en memoria de Maurice Audin que organizó el diario L’Humanité ni las cartas que Josette dirigió a Nicolas Sarkozy y a François Hollande en medios de comunicación obtuvieron respuesta.

Macron rompió, pues, el silencio oficial, y al anunciar la apertura de archivos de la guerra de Argelia (aunque no dio fechas) y pedir que los testigos pongan sus documentos a disposición de los historiadores, reabrió el debate sobre los desmanes del ejército francés en Argelia: durante los meses posteriores a su declaración, los medios de comunicación recordaron a quienes, como Maurice Audin, sufrieron torturas y aún están desaparecidos, así como la matanza de manifestantes musulmanes del 8 de mayo de 1945, mientras en la metrópoli se celebraba la victoria frente al nazismo.

El debate sobre lo ocurrido en Argelia está, por tanto, lejos de terminar. La apertura de archivos probablemente desvelará más atropellos del ejército francés, así como otros episodios del conflicto aún desconocidos; sin embargo, un importante capítulo permanece olvidado: la participación de pieds noirs (franceses de origen europeo nacidos en territorio argelino) en la causa independentista. El que la noticia de la muerte de Josette Audin —acaecida solo seis meses después de la declaración de Macron— apenas haya trascendido las fronteras galas es síntoma de la amnesia.

 Ni siquiera hay rastro cinematográfico ni literario de estos “justos” —diría Albert Camus, otro pied noir— que, arriesgando sus vidas, antepusieron sus ideales a su filiación nacional, étnica, lingüística y religiosa.

El olvido se debe fundamentalmente a tres motivos: el primero, que a la ex potencia colonial nunca le ha interesado producir ficciones sobre su derrota ni sobre sus hijos díscolos (para los franceses de Argelia, el peor traidor era un compatriota independentista); el segundo, que la historia oficial ha silenciado a los pieds noirs anticolonialistas, la mayoría ya fallecidos; y el tercero, que habiendo vivido mayoritariamente en Francia desde 1962, año de la emancipación, estos activistas mantuvieron perfil bajo por miedo a sufrir represalias de partidarios de la “Argelia francesa”, que impusieron su relato del episodio histórico.

Por otra parte, los pieds noirs anticolonialistas formaban un conjunto heterogéneo —y mal avenido—, unido solo por un fin. La mayoría, como el matrimonio Audin, eran comunistas que, ante la ambigüedad del Partido Comunista Argelino en el conflicto, ayudaron al FLN (los “portadores de maletas” repartían dinero, víveres y armas a los guerrilleros) y/o se unieron a él. El más conocido fue Henri Alleg, director de Alger Républicain (donde Albert Camus publicó artículos) y una de las últimas personas que vieron vivo —aunque moribundo— a Maurice Audin. Alleg pasaría a la historia por escribir La question, relato de las torturas que le infligieron militares franceses y que redactó sobre papel higiénico del campo de internamiento de Lodi.

Un colectivo menos numeroso pero tan implicado en la independencia argelina como los comunistas fueron los anarquistas. La Fédération Communiste Libertaire (FCL) y el Mouvement Libertaire Nord-Africain (MLNA) formaron en 1954 (año en que comenzó la guerra) la primera red de portadores de maletas. Los activistas Georges Fontenis, Line Caminade, Paul Philippe, Pierre Morain, Suzanne Morain y Léandre Valéro pasaron años recluidos en Lodi y en prisiones de Francia, donde también recababan apoyos para el FLN. Paradójicamente, los libertarios que ayudaron al primer movimiento independentista argelino, el MNA, de Messali Hadj, recibieron ataques del FLN, que acusaba a los mesalistas de inmovilismo.

Capítulo aparte merecen los pieds noirs judíos anticolonialistas. Presentes en Argelia antes que los árabes, los judíos habían sufrido discriminación bajo mandatos otomano y francés, hasta que el decreto Crémieux (1870) les convirtió en franceses de pleno derecho, estatus que perdieron durante el régimen de Vichy y recuperaron tras la Segunda Guerra Mundial. La memoria de las injusticias sufridas incitó a algunos hebreos a apoyar la independencia pese al recelo existente entre musulmanes y judíos, cuenta Nathalie Funès en Mon oncle d’Algérie, cuyo protagonista, el ex resistente antifascista y militante libertario (además de tío de la autora) Fernand Doukhan, no soportaba que Francia humillara a los indigènes, algo que los nazis ya habían hecho con los franceses —judíos en especial— durante la ocupación.

Ningún colectivo de pieds noirs anticolonialistas ha permanecido sin embargo tan olvidado como el de las mujeres, cuyo afán por conseguir justicia social incluía la igualdad entre sexos. Si bien algunas activistas musulmanas —las famosas moudjahidate— tuvieron reconocimiento y popularidad (Djamila Boupacha recibió apoyo de Simone de Beauvoir y de Pablo Picasso), de las activistas HG Esmeralda, judía comunista torturada con picana eléctrica, así como de Jacqueline Guerroudj y Monique Hervo, por citar solo tres ejemplos, apenas sabemos nada, y merecerían un artículo para ellas solas.

Más atención merecería también el devenir de los pieds noirs anticolonialistas tras la independencia, a la que, según Pierre Daum, siguió una euforia que se convirtió en sensación agridulce, o incluso, en desengaño: durante la guerra, algunos militantes —por ejemplo, Fernand Doukhan— fueron deportados a Francia, país del que no sentían formar parte, con la prohibición de retornar a Argelia bajo riesgo de sufrir durísimas condenas; otros, tras haber pasado años en cárceles francesas, consideraban la Argelia libre como un país lejano, extranjero; la mayoría, cumplido el objetivo de la independencia, se instalaron en Francia, donde siguieron discretamente la vida política argelina y militaron en otras causas.

En cambio, una minoría permaneció en Argelia desdeñando “la maleta o el ataúd”, creencia según la cual los musulmanes ejecutarían a todo francés que no abandonase el país tras la independencia. Fue el caso, por ejemplo, de Josette Audin, que se convirtió en funcionaria argelina pese a que ello implicaba una notable reducción de salario. Al igual que otros camaradas, Josette tuvo que abandonar Argelia tras el golpe militar de Boumedienne, en 1966, y se instaló en Francia. Los resistentes fueron marchándose durante las décadas de 1970 y 1980 por la penuria económica, el autoritarismo de los sucesivos gobiernos —que, para ellos, traicionaba la revolución— y la islamización social, hasta que la guerra civil de los años noventa empujó al éxodo a los últimos irreductibles.

La historia de la Argelia independiente, que los pieds noirs contribuyeron a construir, quizá presenta menos luces que sombras. Las desigualdades sociales de un país rico en recursos, el déficit democrático y la falta de libertades de las mujeres, entre otros, son problemas que algunos militantes anticolonialistas ya presagiaban antes de la emancipación. No obstante, lucharon por una causa legítima y no son responsables del devenir del país después de 1962 (a menudo han criticado la evolución sociopolítica de Argelia). Por tanto, antes de que el último de ellos muera, merecerían salir del olvido y que se reconociera su esfuerzo."                    (Gonzalo Gómez Montoro, CTXT, 27/02/19)

2/10/17

O terror en Lugo xa ten nomes

"Eis o operativo represivo. Un cartel do terror a cuxa cabeza se situaba a institución militar e do que facían parte sectores da igrexa católica, dirixentes patronais e as milicias paramilitares, formadas maiormente por falanxistas. 

As escadras negras moi activas na comarca de Sarria e Lemos, entre elas a de Sarria e Eirexalba, responsábeis entre outras das mortes, de Manuel Díaz González, o médico dos pobre do Incio, ou Xesús Casas “O Inverno”, aquel libertario do Incio que só pedía ver as fillas antes de morrer. 

As xentes da Falanxe de Ribadeo e Viveiro, co seu particular coche da morte, o “Coche do cangrexo”, que levou o terror parroquia a parroquia e vila a vila pola terras da Mariña e do Eo Navia e que un día cargou a Mendezona, aquel vista de alfándegas de Viveiro amigo de verdade de Gordón Ordax

O “Tercio da Falange de Becerreá”, a sementar a morte polas terras dos Áncares e de cuxa feitura fican aínda perdidos no Cereixedo en Cervantes os corpos sen vida de Eduardo Amigo, Pedro Gómez, Manuel Méndez, Teolindo Digón e Xoán Gutiérrez.

Aquí os nomes. Alá no norte, nas beiras salgadas da Mariña, Manuel Trobo Rivera, fundador da Falanxe en Viveiro, Manuel Galende, xefe de posto da Garda Civil en Mondoñedo e tamén, testemuña Nova Galiza, “Condín”, Leonardo Cuervo Cortés (a) “Tito” –frade perjuro-, un irmán seu chamado Rafael, médico; o secretario de Falange Manuel Cortés, o seu fillo Pepe, e o cura de Ribadeo Enrique López Galuá”. Xa na comarca de Sarria “O Zaera”, “O Requejo”, “O Carrozas”, “O Mao”, “ O Poleta” “O Eirexalba”, “O Arturo”, “ O Blanco”, “O Redondo”,“O Chaquetón”, e tamén “ O Garbito”, “O Rubio de Vilamaior”, “O Edra de Santalla”, “Pepe das Bustaregas” ou “David de Villamayor”. Aló nas terras de Lemos, ricas en viño e románico, “O Mosquito”, Villalobos, “O Cuadrado”, o “O Recaldado” ou o Marcial Vide, todos eles para manchar o nome da cidade dos Castro, “Servando de Buime”, o mineiro desclasado de Canabal, Louredo, o ferroviario de Bóveda, e tamén no Saviñao “Xaime de Agroxoi”, “Amieira de Villaesteba”, “O Bombas de Ousende” ou “O Rapelo de Freán”. 

Os nomes do terror. Galiza 1936: os verdugos que nunca existiron, volume editado por Sermos Galiza, recolle, ao fin, entre outras moitas cousas, estes nomes e estes feitos, sacando á luz o operativo represor pero tamén a identidade dos verdugos nas comarcas de Lugo. 

Estábano agardando, e así se explica o éxito colleitado nas diversas presentacións organizadas ao longo da provincia, onde se converteu no libro en galego máis vendido das feiras do libro de Viveiro e Foz. E chega a Lugo, a quinta feira 28 de Setembro ás 19:30 preséntase na libraría Trama, nun acto no que participaran a escritora Marica Campo, o activista da memoria e sobriño neto de Manuel Díaz, o médico do Incio, Xosé Manuel Díaz, o presidente de Sermos Galiza Xoán Costa e os autores que dentro do mesmo lle teñen dedicado os seus traballos á Lugo, Carlos Nuevo Cal e Xosé Ramón Ermida Meilán

A bo seguro, o acto organizado na libraría Trama, non só servira para coñecer e divulgar aqueles aspectos da represión referidos á cidade amurallada e a súa comarca senón que fornecerá máis información sobre os seus verdugos.

A publicación de Sermos Galiza fai un percorrido exhaustivo polos diversos capítulos do terror en Lugo parándose naqueles actores que máis significaron na represión paralegal, pero tamén na legal. O entramado que dirixiu os consellos de guerra, o estado de dereito do franquismo, entre outros Velayos Pérez-Cardenal, Otero Goyanes, Manuel María Puga, ou Azpiazu Tato, a ditar sentenzas de morte contra inocentes nos xuízos farsa, tamén daquela, celebrados no Pazo de San Marcos. 

As “Milicias de España en Lugo”, aqueles burgueses con uniforme procedentes do máis selecto da dereita local comandados polo capitán Areñas Molina, o mesmo que encanou coa súa pistola o coronel Caso para selar a felonía. Os paramilitares da Falanxe, á cabeza deles Viador Traseira, segundo Ben-Cho-Shey  “o inmoral Viador, quen tiña da súa parte a todol-os criminales sedentos de sangue inocente e o que resulta aínda máis incompresíbel as nenas góticas que presumen de católicas ”, axustizado en boa hora por Luís Trigo “O Gardarrios” en Abadín.

 E tamén a igrexa, e a garda civil, dirixida por aquel carniceiro da Galiza enteira que foi González Vallés, a fabricar mortes, como en Montecubeiro, da mans dos falanxistas naquel agosto de 1937. E ao fin, o terror, en Lugo,  xa ten nomes. "                  (LUCÍA RODRÍGUEZ, Sermos Galiza, 27/09/17)

29/1/10

La primera víctima... una niña...

"Crónica de 857 hombres, mujeres y niños asesinados.

Begoña Urroz Ibarrola fue la primera víctima de ETA. Era el 27 de junio de 1960 y ella tenía sólo 22 meses. Murió alcanzada por una bomba en la estación de Amara de San Sebastián, aunque ETA nunca asumió la autoría de su asesinato. Con ella arrancó una lista de 857 hombres, mujeres y niños muertos en atentados cometidos por las diversas ramas de la organización terrorista y otras siglas nacidas de su entorno.

El enorme coste humano y político del terrorismo etarra desfila por las páginas de un libro que se publicará la semana próxima, Vidas rotas (Editorial Espasa). La crónica se abre con Begoña Urroz, la primera, también, de las 21 vidas de niños segadas por ETA. Los relatos se cierran con los guardias civiles Carlos Enrique Sáenz de Tejada y Diego Salvà, asesinados en Calvià (Islas Baleares) el 30 de julio de 2009. Se menciona igualmente la identidad de miles de heridos.

Los autores presentan el nombre de cada víctima y el relato del crimen uniéndolo a los nombres de sus asesinos, siempre que esto último haya podido clarificarse judicialmente. "Los victimarios, desprovistos de su confortable anonimato, deben mirarse en el espejo de esas víctimas de carne y hueso que con tanta crueldad han provocado", afirman los autores, Florencio Domínguez, Rogelio Alonso y Marcos García, que citan unas palabras de José María Múgica al cumplirse 13 años del asesinato de su padre, Fernando Múgica Herzog: "Hay que saber quién murió y quién mató". (...)

"La democracia española ha contraído una deuda de gratitud con los familiares y seres queridos de quienes han sufrido tanto dolor", afirman los autores, que piden "el reconocimiento del inmenso sufrimiento padecido por quienes vieron cómo sus allegados fueron vilmente asesinados por un grupo terrorista enemigo de la libertad". El drama de los afectados, "cuya ejemplar reacción cívica tanto ha contribuido al fortalecimiento de la democracia en nuestra nación", impone "obligaciones morales y políticas que una sociedad democrática como la española no puede eludir". (El País, ed. Galicia, España, 24/01/2010, p. 20)

"Vidas rotas es una rigurosa crónica de crímenes políticos, pero también un incentivo para preguntarse cómo es posible que en una sociedad, especialmente cuando acaba el franquismo y llega la democracia, y con especial intensidad justo entonces, se multiplicasen esos "patriotas de la muerte", por usar el término de Fernando Reinares, los cuales con toda frialdad asesinaron uno tras otro a cientos de ciudadanos que en la mayoría de los casos no podían tener responsabilidad personal alguna en la supuesta opresión sufrida por Euskadi.

Hubo arrepentimientos, incluso pagados con la vida como el de Yoyes, pero en general tropezamos con creyentes empapados en una religión del odio, algo que han vivido en sus hogares o en los círculos de socialización como adolescentes. Habida cuenta del tipo de reacción complementaria de tantos nacionalistas ajenos a ETA, por ejemplo la actitud de los miembros de PNV y de EA en Andoain con ocasión del asesinato de Pagaza, resulta lícito apuntar al efecto perverso de una mentalidad forjada en el tipo de nacionalismo totalitario de Sabino Arana, creador de una auténtica identidad asesina.

No es posible de otro modo explicar la conversión de tantos jóvenes, inicialmente de existencia normal, en criminales sanguinarios legitimados por la búsqueda de un objetivo político que nunca ha sido ni será real. Tal y como resume el autor del prólogo, Fernando García de Cortázar, "aquí se ha matado por un concepto aberrante de patria". (El País, 04/02/2010)