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15/6/21

Un párroco culpa del asesinato de Anna y Olivia a la "infidelidad" de la madre

 "Fernando Báez Santana, conocido como el 'padre Báez', ha asegurado que el asesinato de Anna y Olivia se debe a la "infidelidad" de la madre de las niñas, Beatriz Zimmermann. 

Tanto en radio como en redes sociales, el sacerdote ha realizado diversas manifestaciones en las que considera que el presunto asesino es otra víctima, por el divorcio y "la infidelidad", afirmando que las niñas estarían vivas si la madre no hubiera roto el matrimonio. Llega a decir que "antes el hombre aguantaba a las mujeres aunque se volvieran locas" y que la madre "recoge lo que sembró", considerando que la relación de la madre de las niñas con otra pareja es "robar hijos".

La publicación que realizó el párroco en una red social ya ha sido borrada de su cuenta, pero se planteará solicitar por vía judicial la recuperación de ese texto. El Cabildo de Gran Canaria, junto a la Consejería de Igualdad, ya ha anunciado que está recabando la documentación necesaria para presentar una denuncia ante la Fiscalía contra el religioso para que investigue y califique estos hechos. Asimismo, el presidente del Cabildo, Antonio Morales, ha trasladado su preocupación por este asunto a las autoridades eclesiásticas. (...)"                (El Plural, 13/06/21)

16/3/15

Las prohibiciones yihadistas me recuerdan escenas de la Semana Santa en Oviedo, allá por los años cincuenta

"(...) Tombuctú -aquí exhibido aún en los cines como Timbuktu por razones que se me escapan y que deben estar ligados a la pronunciación anglosajona- es uno de esos filmes ante los que el espectador no sabe muy bien si ha visto la película más bella jamás imaginada o la más brutal historia de un pueblo sometido a la intemperancia del fanatismo en nombre de Alá-Dios.

 Todo es hermoso; la naturaleza, las gentes, los colores del desierto, el ritmo tranquilo de quien no tiene prisa porque todo lo fía al destino. Y sin embargo no hay nada en esta espectacular narración cinematográfica que no produzca desasosiego, dolor, angustia, y hasta esas dosis de desesperación ante lo inevitable de ese destino; un cabrón que al final siempre se sale con la suya. (...)

Llegan los yihadistas para imponer la prohibición de aquellos placeres que hacían de una ciudad un lugar difícil pero grato. Vivir y dejar vivir se ha convertido en una tarea cada vez más ardua desde que un puñado de descerebrados, aquí y allá, decidieron que para que ellos sobrevivieran henchidos de orgullo y superadas sus humillaciones, fuera menester cumplir con el dogma.

 Dios, que siempre fue mudo desde que lo inventaron, necesita intermediarios que sepan interpretar sus gestos. Nacieron los brujos y luego los sumos sacerdotes y por fin los augures, los rabinos, los imanes, los curas, los pastores luteranos… Mientras ellos aseguren tener la llave de la eternidad siempre habrá quien piense que lo mejor es creer en el por-si-acaso. (...)

Hace cincuenta años nosotros vivíamos situaciones similares, aunque sin desierto, ni jaimas, ni turbantes, ni apelaciones a Alá y a su Profeta.

Sinceramente hablando, sin acritud pero con memoria, hay secuencias de Tombuctú que evocaban mi infancia durante la Semana Santa en Oviedo, allá por los años cincuenta del pasado siglo, cuando se suspendía todo lo que no fuera ir a las iglesias a rezar, arrodillarse en las procesiones y estar atento a que el vecino o vecina no te denunciara por no asistir a los rituales de la fe. Nuestro alivio es la distancia, que según la canción es el olvido.

Una sociedad radiante de luz, tranquila, sin pretensión alguna que no sea vivir conforme a sus creencias, que incluyen no fastidiar al vecino y respetar las tradiciones, ha de enfrentarse a un cambio radical. La aparición del pecado en todas las formas de que son capaces los que tiene sed de mal: las mujeres en primer lugar, la música, la alegría, la danza, el arte.

 ¡Qué hermosas ropas llevan las mujeres en Tombuctú! Y es obvio que son ellas las que asumen el peso de la vida dura. La revolución que transformará el islam, como la que sembrará el cristianismo de otra cosa que no sean los rituales, será la mujer. O será ella o habrá que esperar tanto tiempo que algunos nos quedaremos con esos machos cabríos dedicados a cortar cuellos, inmolar inocentes o sacar pecho ante ciudadanos desarmados.

Es tan rico en secuencias Tombuctú que algunas no puedo quitármelas de la cabeza porque son como lecciones de sensibilidad. Inolvidable el encuentro entre el imán tradicional de Tombuctú, indignado porque una doncella ha sido tomada por la fuerza por un yihadista arrogante, que trata de explicar lo indigno del acto ante el jefe militar de los ocupantes y el juez musulmán estricto conocedor de la charia y del crimen en nombre de Dios. Donde hay un arma cargada, allá está el poder.

 No existen argumentos que puedan detener la máquina de la opresión, porque el miedo hace a los jueces de la charia humildes sicarios y convierte a los depositarios del saber antiguo en modestos representantes de un pasado que se ha barrido con la evidencia de una kaláshnikov. 

Quizá lo que más llame la atención de este filme inolvidable es la dignidad de las víctimas. (...)

Como una plaga inquisitorial que de pronto hubiera decidido: todo lo que para ustedes era gratificante, desde la vida en común hasta el arte, queda a partir de ahora absolutamente prohibido. Esas manos de mujer que servían para vender pescado o acariciar a sus maridos deberán estar cubiertas de guantes de lana. ¡Guantes de lana en el desierto africano! 

 Lo atrabiliario de la barbarie siempre está dominado por la ignorancia. Una decisión arbitraria e irresponsable convertida en ley ejecutiva se transforma en algo cómico, de un surrealismo entre criminal y exótico. Recuerdo, porque ya nadie lo recuerda, aquella decisión de Mao, allá por los años cincuenta, de liquidar todos los gorriones que se comían gran parte de la cosecha.

 Guardo las fotos de los camiones llenos de pajarillos y los gestos ufanos de los campesinos ante aquella estupidez de consecuencias incalculables. Los años siguientes, los mosquitos y las larvas destrozaron más cosechas que los pajarillos. Se anuló la orden y a otra cosa.

Pues algo así está presente en este filme feliz y doloroso que se abre y se cierra con una gacela que corre desesperada ante unos ansiosos soldados dispuestos a liquidarla. No se sabe si para comerla o porque es lo único ser vivo y hermoso y rebelde entre el secarral inhóspito de las dunas. Esa gacela, como la libertad, corre y corre para que no la atrapen ni la agujereen.  (...)

Europa entera se mató en millones de vidas humanas y no respetó ni la belleza nada agresiva de sus obras de arte -¿cabría recordar Dresde, arrasada tras una frivolidad criminal del futuro premio Nobel de Literatura Winston Churchill?- por algo que no era Dios, ni su variante musulmana de Alá, sino por la Patria, así con mayúscula. Dos guerras mundiales y otras tantas parciales arrasaron poblaciones enteras porque Dios había escogido su Patria como inspiración definitiva de la humanidad presente y futura.

Ni Dios, ni Patria, ni Rey. Las guerras las montan los intereses de quienes fabrican las armas y los idiotas que se lo creen. Nínive, la inimaginable capital del imperio asirio, hace nada menos que tropecientos siglos, en el IX antes de nuestra Era Cristiana -tan rigurosa en matar en nombre de Dios- ha sido arrasada por otros bárbaros. La lección es avasalladora. Como en Tombuctú: siempre ganan los bárbaros, y la civilización sobrevive como un hilillo."                (Matar en nombre de Dios, de Gregorio Morán en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 14/03/2015)

12/3/15

Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror para mantener a raya a sus fieles. Los franquistas, o los yihadistas, por ejemplo...

"Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. 

Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.


Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. 

No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. 

Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.

Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. 

Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.

De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. 

Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. 

Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.

Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad.

 En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo.

Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer. 

Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. 

Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.

La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias."             (   , El País 1 MAR 2015)

27/9/11

El Obispado de Ciudad Real desahucia de su piso a una familia por impago. La familia, con cinco niños, vive en el portal del edificio desde este miércoles

"El Obispado de Ciudad Real ha desahuciado de su piso a una familia de nueve miembros, incluidos cinco menores. Desde este miércoles viven en el portal del edificio, en la calle Libertad, con el temor de que los servicios sociales se lleven a los niños, de entre cinco y 13 años.

Purificación Flores, la abuela, explica que la familia dispone de escasos ingresos, procedentes de dos pensiones de invalidez, y se queja de que el administrador de la propiedad, sacerdote, no ha tenido piedad de su mala situación económica, a pesar de que le propusieron pagar "poco a poco" la renta, de 450 euros mensuales por un piso de cuatro habitaciones.(...)

"En enero empezaron a irnos las cosas mal. Escribí una carta al obispo, estaba confiada en que iba a hacer algo. Cuando fuimos a ver al administrador de la vivienda, el cura nos recibió en la puerta", recuerda Flores, que vivía en el piso desde el noviembre pasado con su marido, jubilado, dos hijos y cinco nietos.

La mujer, de 59 años, llora al teléfono mientras explica que se ha hecho cargo de los niños desde que nacieron. "No tengo ni para pagarme una pensión", asegura. Según Flores, los únicos ingresos que entran en la casa son los 300 euros mensuales que cobra uno de sus hijos por invalidez y los 800 por otra pensión de su esposo, de los que les retienen 200 por un antiguo crédito.

Niega haber recibido ayudas de Cáritas, como dice la Diócesis, aunque sí alguna ayuda puntual de la Concejalía de Asuntos Sociales.

El Obispado da una versión muy diferente. Argumenta que ha actuado de buena fe, haciéndose cargo incluso de los gastos de luz, agua y cuota de comunidad durante estos meses. En estos momentos, la deuda acumulada ya supera los 5.000 euros.(...)

Después de ser requeridos a un acto de conciliación al que no acuden, el Juez dictó sentencia firme en el mes de junio instándoles a que abandonasen el piso", ha apuntado la Diócesis en un comunicado.

"Lamentamos que la familia Pardo haya agotado los plazos hasta llegar a esta situación y no haya querido buscar soluciones en ningún momento", ha comentado. "Hemos agotado todos los recursos a nuestro alcance", recalcan."         (El País, ed. Galicia, 24/09/2011, p. 36)
 

19/6/11

"Los motivos de Bahati son religiosos. Él es evangelista y ellos están impulsando el odio"

"El activista tiene muy reciente la sensación de peligro. "El parlamentario que lidera la propuesta de pedir la pena de muerte para las relaciones gais [David Bahati] volverá a discutirse en el Parlamento", afirma convencido.

La vez anterior que se debatió, hace un mes, "la presión internacional consiguió detenerla". La internacional, y la local. "Pasamos dos días acampados delante del Congreso", relata. "Para el presidente [Yoveri Museveni] el apoyo internacional es muy importante, él es nuestra esperanza, porque si el Congreso aprueba la ley, él tiene que ratificarla, y confiamos en que no lo haga", cuenta.

Donde no espera tener mucho apoyo es en las organizaciones religiosas. "Los motivos de Bahati son religiosos. Él es evangelista y ellos están impulsando el odio", dice. De otras confesiones, como la católica, lo mejor que puede decir es que "se han quedado al margen". "Tienen otra estructura, son más jerárquicos, no nos apoyan, pero no han activado la persecución", afirma.

No es que la situación en Uganda sea en estos momentos buena para gais y lesbianas. "Te pueden arrestar por una manifestación de cariño en público. A muchos les ha pasado, sobre todo a los jóvenes. Ellos no entienden que tienen que tener cuidado, que tienen que disimular", relata.

Como prueba de esa violencia, Dennis cuenta que su organización "tiene que cambiar de sede cada poco tiempo. Ya nos han atacado dos veces. Cuando se enteran de a qué nos dedicamos, nos asaltan y nos lo destrozan todo. La última vez se llevaron los ordenadores". (WAMALA DENNIS: "La pena de muerte para los gais volverá a discutirse en el Parlamento". El País, 18/06/2011, p. 42)

4/4/11

"El iluminado pastor Terry Jones finalmente quemó el Corán"

"Veinticuatro minutos y seis segundos dura la farsa del juicio que una mente desequilibrada parapetada tras la religión puso en práctica el pasado mes de marzo contra el islam. En esos 24 minutos y seis segundos se escucharon los argumentos de la defensa -un imán de Dallas defendió el Corán- y de la acusación -ejercida por un cristiano convertido del islam-, y un jurado de 12 personas dictó sentencia.

El islam era culpable de "crímenes contra la humanidad" -incluido el delito de promover el terrorismo- y de "la muerte, violación y tortura de todo aquel alrededor del mundo cuyo único crimen es no pertenecer a la fe islámica". (...)

El castigo se había decidido con anterioridad a través de un sondeo on line entre los miembros de la iglesia pentecostal denominada Dove World Outreach Center, en cuyo menú estaba la hoguera -el preferido por los votantes y el que se aplicó-, el ahogamiento, el descuartizamiento o el fusilamiento.

Si no fuera porque el acto -legal en EE UU, donde por ejemplo se puede quemar la bandera sin consecuencias jurídicas- ha provocado la muerte de 17 personas a 12.000 kilómetros de distancia a manos de turbas enloquecidas, la primera conclusión que podría extraerse de la cinta es que es una mala obra de ficción. Un teatrillo para aficionados que no tienen nada mejor que hacer un domingo por la mañana. No parece real.

El iluminado pastor Terry Jones finalmente quemó el Corán. "Arde bastante bien", se le oye decir en el pésimo vídeo grabado por los miembros de su iglesia. Lo quemó con premeditación y alevosía, pero sin la atención mundial.

"Con ese fuego se podían hacer unas buenas hamburguesas", exclama Wayne Sapp, el pastor que aplicó el fuego al libro sagrado de los musulmanes, ya que Jones solo ejerció de juez, no de verdugo.

Jones, 58 años, pasó de ser un personaje vulgar, de ridículos, frondosos y anticuados bigotes, de dirigir una diminuta iglesia de menos de 50 fieles en Gainesville (Florida), a alcanzar fama mundial después de que el año pasado en septiembre pretendiera llevar a cabo El Día Internacional de la Quema del Corán coincidiendo con el noveno aniversario de los ataques terroristas del 11-S y para protestar por el proyecto de construcción de una mezquita en el epicentro del atentado en Nueva York." (El País, 03/04/2011, p. 7)

"Al menos 10 personas resultaron muertas y otras 83 heridas ayer en Kandahar, al sur de Afganistán, durante una nueva manifestación contra la quema del Corán en una iglesia de EE UU.

El día anterior una marcha similar en Mazar i Sharif degeneró en un asalto a las oficinas de la ONU en esa ciudad que dejó 20 muertos, entre ellos 7 empleados extranjeros de dicha organización.

No está claro si la violencia, la peor en meses, está inducida por los insurgentes como afirman las autoridades. En cualquier caso, las protestas muestran la extremada sensibilidad de los afganos hacia cualquier insulto contra su religión y su creciente hartazgo con la presencia occidental en su país." (El País, 03/04/2011, p. 6)