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8/6/24

Alcázar de San Juan estrena un documental sobre los ferroviarios represaliados por el franquismo... fueron 31 los fusilados, con lo que la historia ferroviaria y su lucha siempre han acompañado a muchas familias

 

 "Alcázar de San Juan ha acogido la proyección del documental 'Los hijos del hierro' en la antigua Fonda de la Estación. Dirigido por Miguel Muñoz cuenta, entre otras, con la intervención de Francisco Polo, historiador y responsable del Museo del Ferrocarril de Madrid, residente en esta localidad de Ciudad Real. Es un reportaje sobre los ferroviarios represaliados por el franquismo.

La alcaldesa Rosa Melchor, acompañaba a los autores el trabajo en la proyección acompañada de los concejales Cristina Perea y Javier Castellanos. El documental está disponible en YouTube y refleja la lucha obrera protagonizada por los ferroviarios, la persecución del régimen franquista a estos trabajadores que se organizaron para plantar cara al franquismo en el momento del golpe de Estado y siguieron luchando por sus derechos desde los sindicatos a los que legalmente pertenecían hasta que fueron prohibidos, según explica el Consistorio.

El hilo del documental transcurre a través de entrevistas a familiares de trabajadores represaliados, y con la colaboración de historiadores para establecer el marco temporal histórico.

Alcázar de San Juan es un lugar emblemático para la proyección del documental ya que fue un sitio donde fueron muchos los perseguidos y donde trasladaron a muchos otros que venían ya represaliados. Una ciudad ferroviaria en la que se cebó la persecución, explicaba Francisco Polo.

Se cree que solo en esta ciudad al menos fueron 31 los fusilados, con lo que la historia ferroviaria y su lucha siempre han acompañado a muchas familias y amigos de las víctimas.

“Alcázar siempre ha sido una ciudad marcada por el ferrocarril y la forma de vida distinta que nos trajo, la sociedad pasó a tener un sustrato de trabajadores ferroviarios, que siempre fueron activos en la defensa de los derechos de los trabajadores y la democracia”, explican desde el ayuntamiento.

En este acto la alcaldesa se atrevió a relatar su historia en primera persona. La detención de su abuelo, que nunca volvió a regresar. Su plato, decía, se quedó esperando en la mesa."           (eldiario.es, 03/05/24)

26/3/24

«Todas las víctimas de la represión han sido olvidadas. Y son a ellas a quienes debemos la democracia»

 "El 23 de enero de 1977 asesinaron a Arturo Ruiz en una manifestación proamnistía en Madrid. Le tocó a él pero podía haber sido cualquier otro. Tenía 19 años, trabajaba y estudiaba. Un adiestrado pistolero de la ultraderecha le pegó dos tiros por la espalda. El asesino, José Ignacio Fernández Guaza, no era un verso suelto, era un miembro de los servicios de información de la Guardia Civil, según él mismo confesó desde una población argentina donde vive con falsa identidad. Lo relata con detalle Carlos Portomeñe, en el artículo que acompaña a esta entrevista.

El hermano de Arturo, Manuel Ruiz, dedicó sus últimos años de vida a reivindicar verdad, justicia y reparación. Quería que se supiera lo que pasó y que se investigara a los culpables. La búsqueda le unió por el camino a los familiares de otras víctimas de aquellos años de brutal represión de las fuerzas del Estado que confabulados con la extrema derecha intentaban enterrar las ansias de libertades. Así conoció al hermano de Ángel Almazán, otro joven a quien la policía mató de una paliza en 1976, y a otros tantos que fueron surgiendo del frío de soledad y olvido. Juntos formaron el Colectivo de Olvidados por la Transición que, junto a Atrapasueños Cinema, ha hecho posible el documental Las armas no borrarán tu sonrisa. El título reproduce la frase que el padre de Arturo dejó escrita a mano en el dorso de una foto de su hijo.

La tenacidad de Manuel consiguió que Adolfo Dufour transformara la denuncia en documental. Y que en esa denuncia se reconocieran las más de 200 personas asesinadas por las balas de quienes desde la impunidad detentaban el patrimonio de las armas. Manuel, que es el motor e hilo conductor de este documental, falleció pocos días antes del montaje final de la película, pero sabiendo que estaba hecha. Compartió la satisfacción con su oncólogo: “La película está acabada”.

Adolfo Dufour, guionista y realizador, ha dirigido cerca de un centenar de documentales históricos, muchos de ellos para la serie de TVE, Memoria de España. Aquel 23 de enero de hace 47 años, Adolfo participaba en la manifestación proamnistía en la que asesinaron a Arturo Ruiz y en las muchas que le sucedieron. “Te manifestabas pacíficamente y te jugabas la vida. Tenías miedo, pero aún así ibas adelante; era necesario luchar por las libertades y la justicia social para acabar con la dictadura cruel que oprimía”. Por todo esto, cuando Manuel le pidió realizar este documental se sintió en la obligación moral de hacerlo “porque Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera, los abogados de Atocha, Ángel Almazán… son un referente ético y de compromiso para mi generación”. Considera que es importante que el cine cuente estas historias reales para la profundización democrática, para que la conciliación sea auténtica, para que la sociedad española y las nuevas generaciones conozcan su historia reciente para evitar que situaciones tan trágicas se repitan.

En esa línea, en 2009 rodó Septiembre del 75, sobre los consejos de guerra sumarísimos que concluyeron en los últimos fusilamientos del franquismo, y también sus dos últimos trabajos Lo posible y lo necesario, sobre Marcelino Camacho, Josefina Samper y el movimiento obrero en el franquismo y la Transición, y Luis Cernuda, el habitante del olvido.

También escribió un libro que, con raíces en la República, habla de los jóvenes y no tan jóvenes que luchaban por acabar con la dictadura, que se organizaban, que militaban, que devoraban libros, que se instruían, que debatían, que se divertían y se amaban, que arriesgaban sus vidas y se las arrancaban de cuajo, que trabajaban por un mundo libre justo y mejor. El libro se llama El vuelo de las hormigas aladas. Aquellos jóvenes era las pocas hormigas que eran capaces de volar. Enfrente tenían a quienes se resistían a la democracia y a quienes se iban tejiendo trajes de corte aperturista con los que seguir controlando el régimen. El libro acaba con el asesinato de Arturo y Mari Luz. Justo donde empieza este documental. A menos de 100 metros de donde mataron a Arturo, el pasado 23 de enero se proyectó la premier de Las armas no borrarán tu sonrisa, una película que inicia su recorrido por las salas de cine.

GEMA DELGADO: Han pasado ya 47 años de aquella semana negra en la que se llegó a amenazar con una noche de los cuchillos largos. ¿Por qué esta película ahora?

ADOLFO DUFOUR: Esta película es de Manuel Ruiz. Quería que hiciera un documental acerca de la semana negra y de todas aquellas personas, mayoritariamente jóvenes, que creyeron que había que conquistar las libertades democráticas y lucharon por la democracia en la Transición. Acerca de quienes perdieron la vida víctimas de aquella represión tremenda dirigida desde el Ministerio de Gobernación de la época y secundada por la policía, por los agentes de la Brigada Político Social, pistola en mano, y por los miembros de la ultraderecha que estaban, si no infiltrados completamente en la policía, sí ligados a ella.

Todas aquellas víctimas de la represión han sido olvidadas. Y son a ellas a quienes debemos la democracia. Desde los cenáculos del poder es fácil hacer concesiones, en teoría democráticas, pero los que lucharon por la democracia lo hicieron en las calles, en las fábricas y en la aulas. Y a esa gente se le debe rendir homenaje.

El discurso oficial de la Transición no reconoce a esas víctimas, que fueron muchas. Hay un entramado de diferentes poderes que han impedido que personas como Manuel Ruiz o Ángel Almazán, entre otras muchas, encuentren respuestas a su petición de verdad y de justicia. La película habla por sí misma respecto a todo lo ocurrido.

G.D.: Es una película sobre la memoria robada y la lucha contra el olvido. ¿A qué público va dirigida?

A.D.: Cuando Manuel me pidió hacer esta película yo le dije que sí, pero que tenía que ser una película dirigida al más amplio público posible, a todos los públicos. En este país hay una historia oficial, pero también hay una historia complementaria, tan verdadera o más, que está basada en documentos contrastados. Es la memoria que se ha querido ocultar y que contradice esa edulcorada versión de lo que ocurrió. Es más cómodo pensar que desde arriba, desde el poder, se hicieron unas concesiones al pueblo para instaurar la democracia cuando la realidad es que hubo mucho sufrimiento para conquistarla.

Y eso también se aplica a las nuevas generaciones, incluso en política, que muchas veces no valoran lo que costó conquistar las libertades democráticas. Y eso lo consiguió la gente de abajo, que salió a la calle, que se movilizó en sus centros de trabajo y de estudios, y que son los grandes olvidados y se merecen el derecho a un reconocimiento. Tienen derecho a que la justicia castigue a los asesinos y a que la sociedad española les reconozca que gracias a ellos tuvimos las libertades políticas, más o menos restringidas, de las que gozamos ahora.

También hace falta rescatar de la historia olvidada la labor impagable que hicieron los abogados de Atocha, militantes del Partido Comunista de España y de CC. OO., y los abogados de otros despachos laboralistas de la ORT, de Bandera Roja, del MC… Hicieron una labor inconmensurable para defender los derechos de los trabajadores que no está reconocida.

G.D.: Hicieron que la Transición fuera más allá de lo que hubiera sido si no se hubiera peleado.

A.D.: Sí. Quisieron tutelar la Transición. Y ahí estaba Estados Unidos y Kissinger detrás. Querían un partido comunista proscrito. Y todas esas personas que lucharon en la calle lograron que la Transición fuera un poco más allá de lo que los poderes fácticos querían conceder pero también menos de lo que se pedía, que hubiera habido unas libertades democráticas reales en su totalidad, que se hubiera elegido la forma de Estado, que se hubiera permitido votar entre monarquía y república, y que de alguna manera se hubiera hecho un Estado acorde con aquel que fue suspendido porque no hay que olvidar que el Estado constitucional era la República y que fue un golpe de los militares al servicio de las jerarquías y de los grandes poderes económicos quien truncó la democracia. Se pedía una ruptura democrática en la que los derechos de los trabajadores fueran más allá, que hubiera más justicia social. De todas formas lo que se consiguió fue muy importante. No se puede infravalorar. Y costó muchas cosas, costó muchas vidas y mucho sufrimiento. Y es por eso que hay que reconocerlo.

G.D.: Imagino que entre el público que se sienta en las butacas habrá mucha gente del «yo estuve allí», pero también, con un gran salto generacional, jóvenes que nunca oyeron hablar de esto. ¿Cómo crees que la van a recibir?

A.D.: El problema de las últimas generaciones es que se les ha hurtado la realidad de lo que pasó. Creo que tienen que estar muy interesados porque sólo han recibido un discurso, el de que la democracia se gestó desde arriba, y no es cierto. Hay que conocer toda la historia. Eso hará de este país un país mejor. Cuando a las nuevas generaciones, como ya pasó con otras películas, les ofrece la información, la reciben y la analizan. El conocimiento siempre agranda.

Como dijo el documentalista norteamericano Ken Burns, la historia del presente es saber lo que ocurrió en el pasado; el pasado construye el presente y cimienta el futuro. Eso es fundamental para no ser atrapado directamente por las garras del sistema.

Sectores de la izquierda que desprecian la Transición tienen que conocer cómo fue, lo mucho que costó y lo mucho que se consiguió. Se quería haber logrado mucho más pero en ese momento no fue posible. Quizá el ejército, la judicatura, todos los poderes que sostenían el régimen anterior eran excesivamente potentes. Eran terribles. Alejando Ruiz Huerta, superviviente de Atocha, cuya vida es un ejemplo, tiene un discurso muy clarificador de todo lo que ocurrió.

Y también es cierto que mientras cierta gente peleaba otra era más acomodaticia y no se movía.

La reforma al final se instauró y silenció todo lo alternativo. Las clases dirigentes querían seguir controlando el poder. El resultado es que la judicatura es la misma, el Ejército ha seguido teniendo el poder, las jerarquías económicas y las grandes empresas fueron las mismas… No se pudo romper con el régimen. ¿Por qué? Esa es la gran pregunta. Conocer la historia es muy interesante porque se puede aplicar al momento actual.

G.D.: Hablas de las víctimas pero también de los responsables de aquella represión del régimen contra el que se luchaba. Tanto de las fuerzas del Estado como de esa internacional negra, con mercenarios ultraderechistas trasnacionales al servicio del Estado. ¿Qué pasó con aquellos responsables de todos estos asesinatos?

A.D.: La mayor parte de estos asesinos nunca fueron juzgadas. Todos se escaparon. Los policías que mataron a Ángel Almazán o a Mari Luz Nájera nunca fueron juzgados. Se reprimía cualquier tipo de reivindicación obrera y se mataba a los trabajadores que salían a manifestarse. Y se hacía desde la impunidad.

Todo eso quedó sin castigo. En las últimas declaraciones que publicaron los periodistas de El País, que han hecho una labor estupenda, el propio asesino de Arturo, José Ignacio Fernández Guaza confiesa que, tras el asesinato de Arturo, la propia Guardia Civil le dijo que se marchara de España. Y de hecho él estuvo en el cuartel de Guernica, y allí le envió la familia dinero, de forma que estaban apoyados por los aparatos del Estado. Es el tema que se lleva a los tribunales argentinos y lo que defienden los hermanos de Arturo Ruiz y de Ángel Almazán, que estos crímenes fueron de lesa humanidad, es decir, que detrás de ellos no estaban personas aisladas, sino que los autores estaban ligados con el aparato del Estado y que además estaban dentro de una operación, que ellos sostienen que era la operación Gladio, que estaba financiada por la OTAN y la CIA para que los grupos comunistas no pudieran ser influyentes en Europa. En Italia se demostró. En España aún está por demostrar y es lo que indaga el libro de Carlos Portomeñe La matanza de Atocha y otros crímenes de Estado y denuncian los hermanos Ruiz.

G.D.: A la hora de recuperar la historia y de poner a cada uno en su sitio, hablas de dos personajes fundamentales en el régimen de la tan bien vendida «modélica» Transición, como Rodolfo Martín Villa y Manuel Fraga, a la sazón, uno de los padres de la Constitución.

A.D.: Eran personas que provenían del franquismo y que ocuparon cargos muy relevantes. Fraga era aperturista pero en el año 63 participó en toda la propaganda que se hizo contra Julián Grimau, dirigente del PCE al que tiraron por la ventana y fusilaron. Fraga le hizo una campaña absolutamente calumniosa para justificar su ejecución. Y Martín Villa también tiene un largo historial. Eran personas que provenían del régimen, e independientemente de que tuvieran ideas de evolución democrática, vieron que el régimen se había acabado y que tenía que evolucionar, con lo que se enfrentaron a sectores aún más involucionistas, pero querían controlar este proceso para que no se les fuera de las manos y que realmente las libertades democráticas que se establecieran no cuestionaran nada. Y, como dice Oscar Alzaga, de democracia cristiana, que se integró en UCD con Martín Villa, lo que querían era su supervivencia política. Y controlaron el proceso a sangre y fuego. Hubo mucha violencia institucional en la época de la Transición. Se ha ocultado y es lo que las personas que salen en el documental han querido denunciar.

G.D.: En el documental se refleja la impotencia, la pérdida de confianza en la justicia, en las fuerzas de seguridad, en quienes dirigieron la Transición, pero también habla de relevo, de futuro y de esperanza de la mano de las hijas que aquellos jóvenes no tuvieron la oportunidad de tener, y con las que finaliza la obra. Por qué le has querido dar ese final.

A.D.: Las hijas que no tuvieron es una performance escrita por Carlos Olalla que yo he incorporado a la película porque me parecía importante que hubiera una esperanza, porque todas las víctimas de la Transición tenían unas esperanzas. Eran jóvenes que murieron por la represión al reivindicar un mundo diferente. No sólo demandaban democracia y libertades políticas y sindicales, también luchaban para que hubiera más democracia económica, para que no hubiese pobreza, para que todo el mundo tuviera derecho a la sanidad, a la educación, a la paz.

Entonces, representar a través de estas chicas jóvenes, todo aquello por lo que lucharon sus hipotéticos padres, me parecía importante.

Inspirándome en la placa de Arturo escribí dos personajes: Verdad y Memoria, que de una manera abstracta representan el pensamiento de toda aquella generación de utópicos que se dio en los 70 y 80 que pensaban que se podía mejorar el mundo. Ahora también hay jóvenes que quieren cambiar la situación de este mundo que es cada vez más voraz, más codicioso, donde sólo vale el dinero, el dinero y el dinero. Jóvenes que quieren unas relaciones sociales y económicas más justas, más equitativas, más democráticas.

El documental acaba con el personaje de la Memoria, que interpreta Gloria Vega, que es una actriz excepcional, como Susana Martins, que interpreta la Verdad, y que dan esa esperanza de futuro cuando acaba con la frase del poeta recordando que nuevos seres anónimos recogerán su legado allí donde los otros sucumbieran.

Hay que dar esperanza porque estas sociedades tienen mucho potencial y la gente buena es muy mayoritaria respecto a la gente mala. Hay que confiar en la bondad de la sociedad para transformar las cosas y, sobre todo, en la mirada hacia los semejantes. Esta sociedad tiene que mirar más hacia el otro. Saber del otro. Dejar el individualismo que nos entra a través del sistema. Tener una mirada sensible hacia los semejantes. Y esto es lo que representa esta generación con ese final más optimista, que es lo que se merecen todas la víctimas que murieron precisamente por dejar ese legado."               (Gema Delgado, Mundo Obrero, 03/03/24)

15/9/21

“Querido abuelo: pude rescatarte. Ahora descansas con tu esposa”

 "Algunos llegaron a convivir con ellos y conservan como un tesoro los escasos momentos que compartieron. Otros nacieron mucho después y lo único que conocen de los ausentes es el efecto que provocó en sus hogares su violenta desaparición. Todos, hijos, nietos y bisnietos, comparten el deseo de recordarlos para que su sacrificio no caiga en el olvido, y con ese propósito 48 familias han participado en Memorial de la Palabra, la iniciativa del Gobierno balear que recoge cartas dirigidas a víctimas del franquismo. Muchos aprovechan esas misivas para contarles qué pasó después de su desaparición y para prometerles que los seguirán buscando hasta dar con la fosa o cuneta a las que fueron arrojados.

Marc Herrera, director general de memoria democrática de Baleares, explica que el objetivo es “romper el silencio que se impuso a las familias durante tantos años” y hacer “pedagogía”: “No hay nada que provoque más empatía que el relato de los hechos de aquellas personas que los han sufrido”. Asegura que lo más impactante ha sido “ver reflejada en cada carta la prolongación de la injusticia y el inmenso amor y constancia” de los familiares tanto tiempo después. Estos son algunos extractos de esas emocionantes misivas.

“Quiero encontrarte”

 María Jesús Balaguer Rodríguez escribe a su tío Antonio González Rodríguez, fotógrafo y miembro de la CNT. Cuando lo mataron tenía 29 años. Sus hijos, cuatro y cinco. “Pienso muchas veces en ti. Nadie te olvidó nunca. Sobre todo por ese gran retrato familiar que presidía el despacho de mi yaya, tu hermana. No quiero que estés en la fosa donde te tiraron tus asesinos, quiero encontrarte y poderte decir: ‘Vámonos, tío Antonio. Han sido muchos años, pero ya estas con tu familia’. Te quiere, Susi”.

“Sí, mi padre existió”

 Antònia Paris Llompart dedica su carta a presentar a su padre, Andreu Paris Martorell, zapatero. Cuenta que en julio de 1936 ella tenía 11 años, tres hermanos y una en camino. “La idea que tenía sobre una guerra era dos bandos contrarios que luchaban, con barricadas y armas, con disparos continuos, pero aquí no fue así. Al menos en Inca solo había un bando armado reprimiendo un pueblo”. Un día reclamaron a su padre. Lo acompañaron dos de sus hermanos y su cuñado. Solo dos de ellos volvieron. “Un día de invierno llegué a la cárcel y el de la puerta me dijo: ‘Ya no hace falta que vengas más. Hoy han soltado a tu padre’. Tenía tantas ganas de que lo soltaran que me lo creí. Fuimos a muchos lugares, preguntando. Nos repetían que se había ido, que quizás nos había abandonado. Mi madre repetía: ‘¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué a él?’. Nadie contestaba. Todavía hoy nadie nos ha contestado. Hacían como si mi padre no hubiera existido nunca. Pero sí existió”.

“Tu corazón se detiene un segundo”

Francisca Alomar recuerda a sus padres. “Formábamos una familia muy feliz, pero todo eso cambió un mal día cuando yo tenía 8 años y mi hermana 11. La Guardia Civil, relata, se llevó primero a su padre y luego a su madre, “embarazada de siete meses”. Su abuelo pidió ayuda “a quien entonces mandaba, a quien llamaban el capitán Jaume”, pero le contestó que “estaban muertos”. “Gracias a la ayuda de la asociación Memoria de Mallorca y de la Dirección General de Memoria Democrática, a mis 93 años y después de 85 de espera, me llamaron un día para decirme que habían encontrado los huesos de mi padre. Qué alegría. El corazón se detiene un segundo, para luego volver a latir”. Ahora sigue buscando los restos de su madre “para descansar todos juntos”. " Tu hija— se despide— y tus nietos no dejaremos de luchar por ello”.

“Murieron sin saber”

 Margarita Serantes Hernández recuerda a su abuelo, Melchor Hernández, pescador, el marido de Ana, el padre de Paquita. “El cura le preguntó por qué no iba a misa. Melchor contestó que tenía que arreglar las redes. Unas horas más tarde fueron a detenerlo”. Ana fue a llevarle ropa hasta que ya no le dejaron. Se puso a trabajar “en casa de unos señores muy ricos y bondadosos, que tenían un hijo, Martín. Años después la reconocieron como viuda y acabó casándose con él. Mi madre, Paquita, por desgracia no recordaba a Melchor. Sí hemos tenido la oportunidad de conocer a Martín, que fue un gran padre y abuelo. En 2016 supe que Melchor fue fusilado y enterrado en una fosa en el cementerio de Porreras. Lo malo es que no podemos recuperar sus restos ya que el ADN de padre a hija y a nieta se pierde. Lo peor es que su esposa y su hija murieron sin saber qué pasó con él”.

“No entendía por qué la abuela era tan desconfiada”

Francisca Gelabert escribe a sus padrinos. En su carta explica que aunque a su abuela Francisca no la mataron, la considera “tan víctima” de la guerra como a su abuelo Gabriel, fusilado a los 28. “Ella vivió 83 años, solo tuvo un hijo, mi padre, y vivió con nosotros”. “Era muy desconfiada. No entendía por qué hasta que murió y descubrí muchas cosas que no sabía”. Su tía abuela, Tonina, le contó entonces “cómo pasó todo”. Su abuelo, acusado de “alojar a los rojos”, fue capturado y subido a un camión con un grupo de hombres maniatados. Nadie le volvió a ver. Su abuela, que tenía entonces 25 años y un hijo de tres, enfermó. “En aquel tiempo no había psicólogos y pensaban que la manera de superar estas cosas era olvidarlas, no hablar de ello, y eso hicieron durante muchos años. Cuando supe todo esto, ella ya no vivía y me quedó un mal cuerpo que todavía tengo. Si hubiera sabido antes lo que pasó, creo que la habría podido ayudar a vivir un poco mejor. Lo único que creo que puedo hacer ahora es dar a conocer esta historia y recordarlos como lo que fueron, muy buenas personas que no se merecían haber sufrido tanto”.

“El tiempo de silencio ha acabado”

 Maite Blázquez Losa escribe a su abuelo Joan Losa el día de su santo. “Fue una fiesta que la abuela, tu esposa Teresa, como la llamabas en las cartas desde la prisión, nunca volvió a celebrar después de tu desaparición en enero de 1937”. “Gracias a la fuerza y la lucha de la Asociación de Memoria de Mallorca, yo pude rescatarte de la fosa de Porreres en noviembre de 2016. Por eso ahora tus restos descansan junto a tu esposa. Ten por seguro que los tiempos del silencio han acabado. Ahora sí, padrino Juan, puedo decir: que la tierra te sea leve”.                    (Natalia Junquera, El País, 10/09/21)

13/3/20

En Alemania no hubo desnazificación... en Baviera el 81% de los jueces tenían un pasado nazi... en 1948 en Renania del Norte-Westfalia el 56% de los altos funcionarios de la policía procedían del partido nazi (NSDAP) y de las SS... al final de los años 50 todos los nazis condenados por tribunales de guerra se encontraron en libertad sin terminar condena

"Resistente antinazi, ex preso, exiliado en Dinamarca y luego en Suecia, donde editó la revista “Sozialistische Tribüne” con Willy Brandt, Fritz Bauer fue un jurista suabo nacido en Stuttgart, que fue detenido por la Gestapo en 1933 por ser miembro del SPD y expulsado de la judicatura por su origen judío. En 1949 regresó a la judicatura dispuesto a participar en la reconstrucción, física y moral, del país.

El primero de ellos es por haber sido iniciador del “Proceso Remer” de marzo de 1952, contra el General nazi Otto Ernst Remer, por difamación y calumnia contra los conspiradores de la “Operación Valkiria” que intentaron matar a Hitler el 20 de julio de 1944. Remer los tachaba de “traidores a la patria” y el gobierno federal parecía estar de acuerdo con ello, pues negaba la pensión de viudedad a la esposa de Claus von Stauffenberg, el principal conspirador. 

Remer fue condenado a tres meses, que eludió huyendo a España, donde murió en Marbella en 1997 tras un largo historial de negacionismo del Holocausto. Pero la resistencia fue rehabilitada. Desde entonces ya no se pudo tachar de “traidores” a sus protagonistas.


El segundo, es por el caso Adolf Eichmann. Fritz Bauer recibió en 1957 una carta de un antiguo compañero de campo de concentración residente en Buenos Aires revelándole que el jefe del departamento responsable de la deportación y aniquilación de los judíos, vivía en Buenos Aires. Su hija, explicaba el amigo, había conocido a un hijo de Eichmann, que vivía con otro apellido, y le habían chocado los fuertes juicios antisemitas del chico.

 El paradero de Eichmann, que había escapado de Alemania ayudado por el Vaticano, era conocido por los servicios secretos alemanes y norteamericanos. Bauer sabía que poner el caso en manos de la justicia alemana significaba perderlo, porque los jueces alemanes advertirían a Eichmann, y éste desaparecería. Así que se lo comunicó directamente al Mosad, que secuestró felizmente a Eichmann en Buenos Aires en 1960 (no había tratado de extradición entre ambos países), y se lo llevó a Israel, donde fue debidamente juzgado y ejecutado.


El tercer y principal motivo por el que Bauer entra en la historia es en su calidad de promotor, en 1958, de los Procesos de Auschwitz: seis juicios celebrados entre 1963 y 1968, contra 27 matarifes responsables directos del campo de exterminio, oficiales de las SS y la Gestapo. Aquello fue una proeza.

No hubo desnazificación

En Alemania Occidental, en términos generales, no hubo desnazificación. Los juicios aliados en Alemania contra los nazis fueron poca cosa y el nuevo Estado alemán los protegió y amnistió. El tribunal interaliado de Núremberg que se proponía llevar a juicio a cinco mil personas, no juzgó más que a 210. En diversos juicios, norteamericanos, británicos y franceses condenaron a 5000 personas, de las que apenas 700 lo fueron a la pena capital. Más del 90% de los miembros de las SS ni siquiera llegaron a ser juzgados.

“No sólo no hubo desnazificación, sino que hubo una renazificación, no en el sentido de que los ex nazis estuvieran otra vez en su puesto para construir un nuevo Auschwitz, sino en el de que ayudaron a levantar esta Alemania conservadora, democrática y capitalista”, me explicó el Catedrático Ossip K. Flechtheim, en los años ochenta.

Flechtheim, un compañero de Bauer, también de origen judío, que fue fiscal en varios de los procesos de Núremberg y falleció en 1998, no conocía, “ni un solo caso” de juristas de la administración nazi que fuese juzgado y castigado ante los tribunales. Incluso la mayor parte de los veinticinco miembros de la comisión de asesores del Consejo Constituyente (Parlamentarisches Rat) que redactó la constitución alemana de 1949, habían estado en activo durante el nazismo.

Los intentos de la administración aliada de ocupación por depurar la justicia, la administración pública y la policía chocaron con enormes dificultades. Se intentaba evitar un modelo de policía, alejado de las tradiciones absolutistas que desembocaron en la Gestapo. En julio de 1945 los aliados emitieron unas directrices en materia de depuración de funcionarios y de limitación del nefasto poder legislativo que la tradición prusiana ponía en manos de la policía, prohibiendo los decretos policiales y potenciando una organización descentralizada, de tipo anglosajón, y desmilitarizada de la futura policía.

 El mismo año, el Cuartel General aliado consideraba que, “con los vigentes criterios de desnazificación, el 75% de los funcionario rasos y el 90% de los oficiales de la policía no serían aptos para el servicio”. Hans Christoph Seebohm, que tres años después sería Ministro de Transportes con el Canciller Konrad Adenauer, expresaba en 1946 la mentalidad imperante al exigir públicamente “respeto” a la cruz gamada, símbolo por el que habían muerto, “tantos soldados alemanes”.

A medida que los aliados transferían competencias a la administración alemana, los propósitos democratizadores chocaban con una acción obstruccionista y restauradora. Los aliados descubrieron, por ejemplo, que en la primera mitad de 1948 sólo ocho de los diez mil registros domiciliarios practicados por la policía en once ciudades con administración alemana de Württemberg-Baden (un Land del suroeste así llamado desde 1945 hasta 1952, que no coincide del todo con los límites del actual Baden-Württemberg), contaban con el correspondiente permiso judicial. 

El Ministro del Interior responsable, el socialdemócrata Fritz Ulrich, consideraba esta práctica, “una vieja y buena tradición”. Ese tipo de irregularidades era generalizado en todo el país, y un documento oficial norteamericano de la época consideraba la “necesidad de fortalecer la resistencia civil de los alemanes contra las prácticas contrarias a la ley”, explica el sociólogo e historiador Falco Werkentin.

Cuando en febrero de 1951 se creó una “Guardia Federal de Protección de Fronteras”, que en realidad era una tropa militarizada dirigida a la intervención interior, el Bundesgrenzschutz, se constató que el 62% de sus oficiales eran ex militares de la Wehrmacht y sólo el 7% ex funcionarios de policías. Otro 31% lo componían ex policías que habían sido transferidos a la Wehrmacht durante el nazismo. 

Los manuales de instrucción anti-insurgente de ese cuerpo tomaban como inspiración las experiencias en ese sentido del periodo 1918-1943, incluida la represión de la “lucha contra el bandidaje” durante la Segunda Guerra Mundial, lo que se refería al combate contra la resistencia, y operaciones como el aplastamiento de la insurrección de Varsovia y otras masacres del frente ruso.

Purga anticomunista

A medida en que se fue entrando en una dinámica de guerra fría, los aliados fueron abandonando escrúpulos y perspectivas reformadoras en beneficio de un frente anticomunista

que valoraba más la seguridad y firmeza anticomunista de un ex nazi que el peligro potencial que éste pudiera representar para un orden democrático. 

Es así como en lugar de desnazificación, la administración alemana procedió a una limpieza de comunistas. En enero de 1948, una investigación realizada en Baviera contabilizó un 2,9% de miembros del Partido Comunista Alemán (KPD) y un 5,2% de simpatizantes en la policía municipal. En la policía regional las cifras eran 0,26% y 0,9%, respectivamente. El mismo año, el Ministro del Interior socialdemócrata de Renania del Norte-Westfalia informó que el 56% de los altos funcionarios de su policía procedían del partido nazi (NSDAP) y de las SS.

La campaña contra los comunistas se mantuvo pese a que la influencia comunista iba descendiendo claramente en Alemania Occidental. A partir de 1953, el KPD ya nunca superó el 5% de los votos en las elecciones, pero los comunistas y sus simpatizantes siguieron siendo objeto preferente de la policía y la justicia, con cerca de 100.000 sumarios, fiscales y policiales, abiertos entre 1951 y 1961.


La judicatura ofrecía un panorama similar; en Baviera el 81% de los jueces tenían un pasado nazi, mientras que en Württemberg-Baden, el 50%. “En Hesse”, me explicó Flechtheim, “los norteamericanos nombraron a un conocido mío para que buscara jueces sin antecedentes nazis. Consiguió reunir a una cuarentena, a los que situó en los puestos más altos. Luego, la administración de justicia pasó a manos alemanas y después de un año, de aquellos cuarenta sólo dos permanecían en su puesto: los demás habían sido relegados a puestos de poca monta, en el registro de propiedad y similares”.

 En 1949, las directrices de la Alta Comisión Aliada insisten todavía, en un tono que ya parece de desesperación, en que, “la organización de la policía no se centralice de tal forma que suponga una amenaza a la forma democrática de gobierno”. Pronto se vería que ese propósito, así como en general el de reformar la burocracia de Estado de la Alemania ocupada, fracasó, en parte debido a las dificultades de una política desbordada por las urgencias y prioridades de la reconstrucción de un país que estaba literalmente en ruinas, en parte por las resistencias del objeto de esa reforma, y en parte también por la consideración, expresada en una publicación del Departamento de Estado norteamericano de 1947, de que una enérgica desnazificación habría tenido, “consecuencias revolucionarias para la vida política y económica del país”.

Francotirador y humanista


Los procesos de Francfort que Bauer inició, fueron una pequeña excepción en ese contexto restaurador. Condenar a algunos de aquellos 27 monstruos, aunque fuera a penas leves por prescripción, tuvo una gran importancia. Para hacerse una idea del ambiente, en los procesos los acusados fueron saludados militarmente por algunos de los policías cuando pasaban delante de ellos en la misma sala de la Audiencia de Francfort, y Bauer, que era el fiscal, recibió amenazas e insultos durante aquellos juicios.


En el contexto de la Alemania de Adenauer, Bauer era un democratizador genuino, un hombre que no estaba interesado en la venganza sino en la justicia y el arrepentimiento –era un adversario de la pena de muerte- y que creía fervientemente en la redención de Alemania, asunto en el que cifraba todas sus esperanzas en la juventud. El movimiento de 1968, que en Alemania fue más profundo que en Francia y derribó culturalmente gran parte de aquella herencia, le dio la razón en lo que tuvo de ajuste de cuentas generacional con los nazis y la cultura que había hecho posible el nazismo. Bauer fue un precursor.


En 1962 su ensayo, “Sobre las raíces de la acción nazi” debía ser distribuido en las escuelas de Renania-Westfalia, pero el Ministro de Cultura del Land, Eduard Orth, lo prohibió. Emplazado para una discusión pública con Bauer, Orth declinó acudir, pero envió en su lugar a una joven promesa de su partido. Se llamaba Helmuth Kohl y en el debate con Bauer, el joven Kohl defendió la idea de que aun era “demasiado pronto para hacer un juicio moral sobre el nazismo”.


Una muerte oscura


El jurista distinguía tres sujetos en el origen del nazismo; “primero, los nazis que propugnaban ideas y actitudes nazis, una minoría importante. Segundo, la gente autoritaria y cruel educada en el militarismo prusiano y en la tradición de Lutero. Tercero, la gran masa de obedientes, conformistas y oportunistas”, decía. Unos y otros, coincidían en que el humanismo, la compasión y la solidaridad, son síntomas de flojera e ingenuidad mental, una idea que ahora la nueva derecha hace suya con el concepto “buenismo”, explica Ilona Ziok, la directora que le ha dedicado a Bauer un largo documental.

 Con ese discurso y actitud, Bauer fundó, en 1961, la “Humanistische Unión”, la organización de derechos humanos más influyente de la moderna Alemania cuyo objetivo era, “la liberación de las ataduras de la obediencia automática al Estado”, que llevaron a Alemania a tan funestos resultados.

El Fiscal de Hesse trabajaba a contracorriente. Quien marcaba la línea era Eduard Dreher, el encargado de la reforma del código penal en el Ministerio de Justicia a partir de 1954. Fue Dreher quien impuso la prescripción para los crímenes de “complicidad con asesinato” que liberó de toda responsabilidad a los nazis y tuvo el efecto de una amnistía. Las medidas de gracia de los años cincuenta tuvieron por resultado que a final de aquella década todos los nazis condenados por tribunales de guerra se encontrasen en libertad sin terminar condena.

 Nada más lógico si se recuerda el pasado de Dreher, que en 1943 había sido fiscal especial en Innsbruck, encargado de revisar sentencias a cadena perpetua para convertirlas en pena capital, lo que envió a centenares de “delincuentes políticos” a la muerte. Bauer, al contrario, fue el reformador del derecho penal y de la legislación penitenciaria alemana y el luchador por una valoración apropiada del Holocausto. “Por todo eso fue visto como adversario y enemigo”, afirma Ziok, que dice haber encontrado “muchas dificultades” para financiar su película, dos veces rechazada por el Ministerio de Cultura.


Fritz Bauer murió a finales de junio de 1968. Encontraron su cuerpo en la bañera de su casa, en lo que se dijo pudo ser suicidio o accidente. Que un hombre tan tenaz y voluntarioso cometiera suicidio, es poco creíble. “Mucha gente cree que fue asesinado, pocos creen que fue suicidio o accidente”, dice Ziok. No hubo autopsia. “Toda la documentación sobre su muerte desapareció en el incendio de un archivo jurídico de Francfort”, explica la directora.


Gracias, sobre todo, a las presiones de abajo del movimiento de 1968, Alemania emprendió un considerable examen de conciencia sobre su pasado nazi, que hoy continúa. La ventaja de Alemania respecto a Japón, país que aun hoy honra como patriotas a sus criminales de guerra, es enorme y manifiesta. Al mismo tiempo, Alemania y Japón tienen en común el haber prácticamente anulado la gran ventaja moral que extrajeron de su condición de derrotados en la Segunda Guerra Mundial, al legalizar hoy la utilización de sus fuerzas armadas fuera de sus fronteras, que sus respectivas constituciones complicaban."                 (Rafael Poch, blog, 05/04/20)

17/12/19

El horror de Auschwitz escrito desde sus entrañas

"Una libreta de recuentos donde los nazis anotaban los ‘gaseables’ del día y un lápiz. Esto fue lo único que necesitó el joven médico holandés Eddy de Wind (La Haya, 1916-Amsterdam, 1987) para novelar el peor de los horrores. Lo hizo porque no le quedaba otra, siguiendo una máxima que le perseguiría toda la vida: “Tengo que seguir vivo para contarlo”

Echó mano para ello de un tal Hans Van Dam, tan joven, tan médico y tan judío como Eddy, un tipo que llevó sus mismos zapatos y que no fue más que la distancia de seguridad para no volverse completamente loco.

De aquel álter ego nació Auschwitz. Última parada (Espasa, 2019), la memoria novelada de su paso por el campo de exterminio escrita desde sus mismas entrañas poco después de haber sido liberado después de dos años. El rumor de la inminente llegada de los soviéticos le permitió armarse de valor y pasar a limpio lo vivido. Un cuaderno escrito casi a vuela pluma, que nos habla de lo cotidiano en aquella macrofactoría de la muerte, un texto de ambigua belleza en el que el horror más absoluto da paso a la dignidad del ser humano.

Eddy nos habla de las condiciones inhumanas en las que vivían, del clima extremo y de la insalubridad. Cuando aquello no era suficiente para acabar con la vida de los prisioneros, se optaba por el Zyklon-B, gas ideado como pesticida capaz de acabar con 1.440 vidas con tan sólo 5 kilos. 

El número de cuerpos excedía la capacidad de los hornos crematorios, de forma que, tal y como relata Eddy en su libro, se optaba por cavar zanjas de «treinta metros de largo, seis de ancho y tres de profundidad» para, a continuación, echar los cuerpos, rellenar con madera e incendiar las trincheras con gasolina.

Es difícil contar el hambre, trasladar al lector la penuria que supone no tener nada que llevarse a la boca. Eddy lo consigue como pocos en apenas unas líneas, lean esto: «Cabían mil cadáveres. El fuego duraba veinticuatro horas y luego podía volver a echarse un nuevo cargamento [...]. Les aseguro que he visto con mis propios ojos cómo un hombre que trabajaba cerca de esa hoguera descendía al canal y sumergía su pan en la grasa humana derretida, que seguía fluyendo hacia abajo».

Pero Auschwitz: última parada, no sólo es un viaje a la depravación de la que es capaz el ser humano, es también una historia de amor. La del joven médico con Friedel, una enfermera judía de la que se enamoró perdidamente en Westerbork, un campo holandés de tránsito en el que se presentó de voluntario con la intención de que liberaran a su madre, deportada ya a Auschwitz. 

Al poco de casarse con Friedel, la pareja fue deportada también al campo de exterminio polaco, ella al pabellón 10 –centro de operaciones del sádico Josef Mengele– y él al pabellón 9, donde se desempeñó como médico de los presos polacos. No se volverían a ver hasta terminada la guerra.

Despersonalización y trauma

«A Hans le tocó el número 150.822. Se limitó a sonreír con desprecio cuando le grabaron el número en el brazo. Ahora ya no era el Dr. Van Dam. Ahora era el prisionero número 150.822». Así narra Eddy cómo le fue arrebatado el nombre al llegar a Auschwitz, ese instante en el que pasa a convertirse en cifra, una sucesión de números sin recuerdos ni pasado. Desde ahí narra nuestro médico, un lugar para el olvido que quiso testimoniar en los estertores de la ignominia.

Su obra tuvo un periplo infausto. Como si de un enésimo revés del destino se tratara, Eddy, reconvertido tras la pesadilla en un prestigioso psiquiatra especializado en traumas vinculados con el Holocausto, no consiguió en vida que su obra tuviera la repercusión que merecía. 

Publicada en dos ocasiones, ninguna de las dos ediciones logró levantar el vuelo. Un primer lanzamiento fechado en 1946, a cargo de una pequeña editorial comunista de los Países Bajos que quebró al poco, apenas tuvo circulación. La segunda edición data de los años 80 y su sino fue muy similar. Ahora la obra de Eddy de Wind ve de nuevo la luz y lo hace ahora a lo grande –un total de 20 países–, exigua recompensa para tanto dolor."                 (Juan Losa, Público, 28/11/19)

16/7/19

Las mujeres de negro velaron los cadáveres de 400 personas asesinadas por los franquistas. Muchos eran sus maridos. Custodiaron la memoria de los suyos durante 40 años de dictadura, logrando que nadie tocara las tres fosas comunes de Lardero (La Rioja) donde fueron arrojados...

"Las mujeres de negro velaron los cadáveres de 400 personas asesinadas por los franquistas. Muchos eran sus maridos. Custodiaron la memoria de los suyos durante 40 años de dictadura, logrando que nadie tocara las tres fosas comunes de Lardero (La Rioja) donde fueron arrojados.

 Y en 1979 convirtieron el lugar en cementerio civil. Hoy es el Memorial La Barranca.
El conjunto monumental es uno de los mayores memoriales de España dedicado a las víctimas de los golpistas en la guerra civil. Cumple cuatro décadas como camposanto y forma parte del patrimonio de la Comunidad Autónoma desde 1980, gestionado por el Gobierno de La Rioja en colaboración con la Asociación para la preservación de la Memoria Histórica en La Rioja 'La Barranca', que custodia el memorial.

El barranco de Barrigüelo, a unos cinco kilómetros de Logroño, fue usado por los golpistas para enterrar los cuerpos de una quinta parte de las 2.000 que ejecutaron en la región. Aunque en La Rioja no hubo guerra. Apenas resistencia al fracasado golpe de Estado que provocó la guerra civil.

En aquel campo trazaron las fosas comunes plagadas de muerte. De la pedagogía del terror aplicada en masa por los rebeldes hasta finales de 1936. Ahora, La Barranca es un paraje de recogimiento familiar. De recuerdo íntimo. De Memoria colectiva con mayúsculas. Una tierra que guarda la victoria de las 'mujeres de negro' sobre 40 años de franquismo.

Todos los nombres de La Barranca

Varios carteles cuentan en las paredes de La Barranca cada uno de los nombres de las víctimas riojanas. 'A las Mujeres de Negro, 75 años después', reza la placa del monumento de homenaje a las viudas de los republicanos asesinados por los fascistas. Fue inaugurado el uno de noviembre de 2011. Un Día de Todos los Santos.

'Los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla', señala otro póster. Todo es recuerdo. Memoria. 'No hay nada en el mundo que haga olvidar una injusticia', dice una frase escrita sobre una bandera republicana.

El memorial también muestra un enorme mapa de España. Es el original que los golpistas colocaron en la plaza de toros de Logroño –usada como cárcel– para restregar a los presos republicanos el avance de las tropas fascistas. Ahora, vencer la cartografía del olvido es una de las tareas de las familias de La Barranca.

"No se puede estar", decían los franquistas

"Aquí no se puede estar", afeaban las autoridades franquistas a las 'mujeres de negro'. "Pues estamos", respondían ellas. Las viudas acudían "casi a diario" a custodiar las fosas comunes donde yacen 400 víctimas. De esta forma, a pie de fosas, empieza a narrar la historia Jesús Vicente Aguirre.
"Que no se puede estar", reprendían los uniformados. "Estamos", sostenían las mujeres. Y así un día tras otro. Un año tras otro. Hasta que las dejaron por imposibles. Por conseguidoras de lo improbable.

"Estas familias se dedicaron a cuidar este lugar", continúa Aguirre, autor de varios libros sobre la represión en La Rioja, como Aquí nunca pasó nada –con mil páginas y la historia de dos mil represaliados– y la novela Lo que pasó.

Las 'mujeres de negro' guardaron la tierra que da cobijo a sus seres queridos y esa parcela de la finca, desde entonces, nunca se sembró. Las tumbas quedaron intactas. La Barranca nació así como recuerdo "digno" a las víctimas del terror franquista. "Un espacio de convivencia y esperanza" destinado "a que estas cosas no vuelvan a ocurrir".
Las 300 llaves de La Barranca

Un cartel en la entrada indica: "Si quiere conocer esta fosa común llame a los teléfonos...". Y ahí están los números en los que responden Paco, Ángel o Ricardo. "Siempre hay alguno de guardia", tercia el presidente de la asociación, Ricardo Blanco. "Sea a la hora que sea y el día que sea", certifica.

"Y eso que tenemos repartidas más de 300 llaves", continúa. Porque La Barranca "está abierta a todo el mundo". Incluso hay descendientes de las víctimas que depositan las cenizas de sus familiares cerca de las fosas. Quizás en las zonas ajardinadas. Algunas pequeñas placas, alguna banderas republicanas chiquitas, marcan nuevos lugares de reposo eterno. Quizás.

"No sabemos si es legal", cuestiona un integrante del colectivo. "Claro, nadie los ve", sonríe otra voz. Y quién podría decir que no. Con qué legitimidad, asienten. "¿A alguien le gustaría estar aquí cuando le toque?", pregunta una mujer. Muchos alzan la mano, voluntarios.

Como una chica joven, ataviada con un bolso rojo, alumna de los Cursos de Verano de la Universidad de La Rioja. El seminario está organizado por la Asociación La Barranca y cumple su tercera edición con el título 'Historia, Medios de comunicación y Legislación después de la Transición. 2019: 80 años del exilio'. La cita incluye una visita al memorial.

El espacio acoge, además, diversos homenajes a lo largo del año, como cada 14 de abril con motivo del aniversario de la Segunda República. O visitas de centros educativos. Hacer pedagogía de los Derechos Humanos con el alumnado, dicen, es sembrar cultura de paz. Y La Barranca se ha convertido en una plaza para la verdad, la justicia, la reparación y garantías de no repetición. Todo, con el recuerdo latente de la victoria de las 'mujeres de negro' sobre 40 años de franquismo.

Ataques nazis a la Memoria

El Memorial La Barranca ha sufrido la embestida de la extrema derecha. El cementerio civil apareció dos veces con pintadas nazis y fascistas. Sendos ataques fueron un 14 de abril, el día que se celebra la proclamación de la Segunda República española.

El primero, en 2016. Esvásticas y simbología neonazi cubrían lápidas y el mapa de los presos republicanos. La pintura blanca alcanzó también el monumento a las damas de negro. Las pintadas de apología franquista rezaban "Pasamos y pasaremos", en réplica al lema antifascista "¡No pasarán!". La Asociación La Barranca denunció los hechos ante la justicia como un "doble ataque contra el patrimonio y contra la memoria de las víctimas, así como enaltecimiento del terrorismo".

Dos años después, volvió a suceder. El 87 aniversario de la II República quedó teñido con más ignominia. Sobre un pequeño tejado de los que tapa las fosas comunes podía leerse "Arriba España". Los carteles con los nombres de los más de 2.000 riojanos asesinados estaban mancillados con cruces celtas, símbolo usado por organizaciones ultraderechistas y frases nazis. Y, en la diana, siempre las Mujeres de negro."                   (Juan Miguel Baquero, eldiario.es, 15/07/19)

5/7/19

“Al contrario que en el caso de los republicanos, para los golpistas la represión constituyó la base de su acción desde el mismo 17 de julio; conscientes de que eran minoría decidieron imponerse por el terror mediante un calculado plan de exterminio efectuado pueblo a pueblo y ciudad a ciudad, que se extendió durante nueve años (1939-1945)”

“Al contrario que en el caso de los republicanos, para los golpistas la represión constituyó la base de su acción desde el mismo 17 de julio; conscientes de que eran minoría decidieron imponerse por el terror mediante un calculado plan de exterminio efectuado pueblo a pueblo y ciudad a ciudad, que se extendió durante nueve años (1939-1945)”, escribió hace más de una década el historiador Francisco Espinosa Maestre (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1954).

 Se define como un historiador crítico, que tiene entre sus referentes a Josep Fontana, E.P. Thompson y los franceses de la Escuela historiográfica de los Annales. Francisco Espinosa es autor de La justicia de Queipo: violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936 (2000); La primavera del Frente Popular. Los campesinos de Badajoz y el origen de la guerra civil (2007) y Lucha de historias, lucha de memorias. España, 2002-2015 (2015), entre otros libros. 

En el informe sobre la represión franquista que redactó en 2008, el historiador distinguía tres etapas: la primera (17 de julio de 1936-febrero de 1937), caracterizada como de “represión salvaje” con los llamados “bandos de guerra”; la segunda fase, entre marzo de 1937 y los primeros meses de 1945, fue la de los “consejos de guerra sumarísimos de urgencia” (tal vez se pueda percibir una disminución en el ritmo de la represión a partir de 1943, matiza Espinosa Maestre); y, en tercer lugar, la “gran oleada represiva” de finales de los años 40 y los años 50, en la que fueron eliminados decenas de guerrilleros y sus bases de apoyo. La entrevista a Francisco Espinosa tiene lugar antes de que imparta una conferencia en el Centre Cultural La Nau de la Universitat de València.

 -La conferencia en el Fórum de Debats de la Universitat de València aborda la represión como “gran secreto” del franquismo. ¿Por qué la consideras un “secreto” y una “cuestión pendiente”?

Porque todavía seguimos sin saber la dimensión real que tuvo. Hay una documentación oculta que a estas alturas no se ha permitido que veamos. Así, en los archivos militares hay miles de documentos que están cerrados a la investigación; la documentación eclesiástica es otro fondo al que tampoco hemos podido acceder, al igual que parte de la documentación judicial o de la guardia civil y la policía.

-¿Qué recomendarías, además de paciencia, a los jóvenes investigadores?

Espero que en algún momento, que no sé cuándo será, se tome la decisión de abrir esos archivos. Pero será otra generación la que los estudie, y no –por razones de edad- quienes empezamos a finales de los 70 y principios de los 80. A ellos les tocará afrontar ese reto, cuando se tenga acceso a los archivos y los documentos; los que hayan quedado después de la quema y la destrucción que hayan llevado a cabo, que es algo que también han hecho, y es posible que aún se destruyan más.

-Pero la investigación avanza. Un reciente libro del periodista Carlos Hernández de Miguel, Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas (Ediciones B, 2019) documenta la existencia de 296 campos de concentración franquistas…

Parece ser que la primera investigación realizada, la del historiador Javier Rodrigo, fue incompleta. 
El libro que mencionas ha ampliado los campos en un tercio, ya que se conocía la existencia de aproximadamente 200 (En el artículo “Internamiento y trabajo forzoso: los campos de concentración de Franco”, publicado en 2006 en la revista Hispania Nova, Javier Rodrigo apunta que en España hubo “más de 180 campos -104 de ellos estables- donde a los prisioneros de guerra se les internaba, reeducaba, torturaba, aniquilaba ideológicamente y preparaba para formar parte de la enorme legión de esclavos que construyeron y reconstruyeron infraestructuras estatales, como parte del castigo que debían pagar a la ‘verdadera’ España”. Nota del entrevistador).

-En el libro Violencia roja y azul: España, 1936-1950 (Crítica, 2010), del que fuiste coordinador, cifras en al menos 130.199 las víctimas de la represión franquista, pero en alguna ocasión has alertado de la “obsesión por las cifras” (“el franquismo siempre tuvo claro que el debate sobre la represión nunca debía salir del ámbito numérico”, afirmas). ¿Por qué razón?

Entrar en una batalla cifras son ganas de perder el tiempo, se entra en un marasmo. Creo que es una discusión que no tiene sentido alguno. Lo único que nos sirve en la investigación y la reflexión es trabajar con nombres y apellidos; es esto lo que soporta todo aquello que podamos afirmar. Por ejemplo, en la ciudad de Badajoz sí podemos decir que fueron 1.400 las víctimas, pero habría que añadir que se trata de una documentación incompleta, que procede en general de los registros civiles y en estos no estaba inscrita ni la mitad de las personas que tendrían que figurar; estamos, por tanto, a la espera de tener acceso a los archivos militares que nos permitan contar con más información.

-Entre 2005 y 2010, fuiste coordinador científico del proyecto Todos los Nombres, iniciativa que promueven la CGT de Andalucía y la asociación Nuestra Memoria (Actualmente hay registradas 98.760 personas, 826 microbiografías y 1.436 documentos).

Hicimos en este caso una base de datos, de los represaliados por el franquismo en Andalucía, Extremadura y el norte de África. Introduje las investigaciones que había realizado sobre Badajoz y Huelva, después fueron añadiéndose otras muchas de gente que había hecho investigaciones locales y provinciales.

-En 2003 publicaste La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz. Llevas años investigando y escribiendo sin ejercer como docente en la universidad y, por otra parte, al margen de las grandes tribunas mediáticas. ¿Con qué problemas te has encontrado?

Te ves obligado a llevar otra ruta. Y no sólo respecto a los contenidos. Hay temas sobre los que la universidad no ha querido investigar hasta muy tarde. Cuando terminé la carrera, quise hacer la tesina e investigar sobre el golpe militar y la represión en Sevilla. En la universidad me dijeron que no había perspectiva suficiente, que tenía que pasar todavía más tiempo. Era en torno al año 80. 

No había vías abiertas para hacer estudios de estas características y, por tanto, tenías que hacerlos fuera. Incluso si se hacían estos trabajos tardíamente –en los años 90- también había unos límites. El cambio empezó, parcialmente, en los años 90 del siglo pasado. Pero ocurrió que todo se mezcló después con la oleada “revisionista”, dentro de la universidad también ha habido investigadores que han seguido la ruta del “revisionismo”.

-En el artículo “La memoria de la represión y la lucha por su reconocimiento” (revista Hispania Nova, 2006), escribiste: “La primera gran división que se produce tras el golpe militar del 18 de julio es la que separa a la España donde triunfa la sublevación de la España donde fracasa. Dicho de otra forma: en media España no hubo guerra civil alguna sino sólo golpe militar y represión”. ¿Destacarías algún ejemplo de represión especialmente silenciado?

Yo creo que en todas las provincias, por ejemplo en las que yo he estudiado –Huelva, Badajoz o Sevilla-, hay episodios locales, provinciales y nacionales que llamarían la atención; pequeñas historias que pueden sacarse pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, y que darían un buen campo para la difusión. Encontramos muchos casos en Huelva, en Cádiz también hay algunos ejemplos muy interesantes y en Sevilla ni te cuento…

-Por otra parte, ¿a qué obedece tu polémica con el catedrático de Historia Social y del Pensamiento Político, Santos Juliá, colaborador del diario El País desde 1980? ¿Y con otros escritores?

Lo que hubo, en el caso de Santos Juliá, creo que fue simplemente soberbia por su parte. Mi escrito fue una crítica ante la actitud despreciativa que tenía respecto a las investigaciones de la represión. Como él tenía púlpitos y su opinión se difundía ampliamente, creí conveniente responderle. Y marcarlo también a él como una persona contradictoria.

 Esto no le debió gustar nada, a pesar de que lo único que utilicé fueron datos objetivos. La respuesta fue la de una persona prepotente; no respondió a las cuestiones que se plantearon (las críticas de Francisco Espinosa Maestre están expuestas en el artículo “De saturaciones y olvidos. Reflexiones en torno a un pasado que no puede pasar”, publicado en 2007 en la revista Hispania Nova. Nota del entrevistador). 

En cuanto a los escritores Javier Cercas, Andrés Trapiello y Antonio Muñoz Molina, se trata simplemente de que uno está ya cansado de que, dada la trascendencia que tienen por lo mediáticos que son y el apoyo que reciben de grupos potentes como PRISA, vayan de historiadores. Y uno se harta. No se conforman con ser novelistas. En el caso de Cercas, la cuestión viene de una novela que hizo –El monarca de las sombras (2017)- y en la que quería “salvar” a su tío abuelo, que era un fascista cualquiera.

-Fuiste autor, en 2008, del “informe sobre la represión”, unido a la causa abierta por el juez Garzón sobre los crímenes del franquismo. Hay historiadores que, por el contrario, consideran que la llamada “memoria histórica” implica una politización de la historia y, además, enlodarla en polémicas poco rigurosas. ¿Estás de acuerdo?

Es la actitud que ha tenido la academia y la universidad ante el reto que les supuso el boom de la memoria. Algunos lo han dicho claramente: la memoria fue una losa que se les vino encima; de hecho, les obligaba a salirse de su “sitio”, de la fortaleza que son las universidades, para tener que entrar en el ámbito público. 

Y entrar, además, en un terreno que a la mayoría no les apetecía. El caso es que, para cualquiera que sepa un poco de Historia, la memoria es un recurso más de la Historia. Hay terrenos en los que la historia no entra –porque no existe documentación de todo- y sin embargo los testimonios orales resultan muy válidos e interesantes. Sin ellos, no tendríamos la información. 

Así ocurre en todo lo referente a prisiones, torturas o violaciones, hechos que sucedieron en aquella época de manera frecuente y no los encuentras reflejado en los documentos.

-¿Son compatibles el rigor científico y el compromiso del historiador a la hora de investigar?

Me parece simplemente que la historia debe ser rigurosa y objetiva, pero no imparcial. Todos tenemos ideología.

-Se habla de la excepcionalidad española en cuanto a la pervivencia de la dictadura y sus consecuencias; ¿se idealiza, en ese caso, la ruptura de Italia y Alemania –después de 1945- con el fascismo y el nazismo?

La singularidad de España viene ya marcada por el modelo de Transición, por una dictadura que duró 40 años y porque tenemos una derecha que no ha roto y continúa unida ideológicamente al franquismo; por otro lado, tenemos un centro izquierda, que sería el PSOE, que no va más allá de 1978. Ninguno de los dos partidos tiene interés en reivindicar la II República o los valores que quedan de lo que representó la República.

-Una de las polémicas (políticas) recientes es la decisión del gobierno del PSOE de exhumar, del Valle de los Caídos, los restos del dictador. ¿Eres partidario de esta medida? ¿Y respecto a las 34.000 personas allí enterradas?

Creo que los restos de Franco habría que sacarlos, no deberían estar en el Valle de los Caídos. Y en cuanto a los restos de todos los demás, sacarlos también del “mamotreto” aquel y darles una sepultura digna, como a cualquier otra persona. Respecto al Valle de los Caídos, es tal el dinero que cuesta mantenerlo anualmente –y con las temperaturas que hay en aquel roquedal- que lo más lógico me parece abandonarlo a su suerte. 

¿Convertirlo en un lugar para la memoria de las víctimas? No le veo sentido alguno a esa propuesta, creo que no podrá ser nunca un “lugar de memoria” de nada. Aquello es, por lo visto, un caos total, los huesos están fuera y las cajas rotas, la gente que lo ha visto pinta un panorama terrible… Por tanto, los restos que se puedan sacar e identificar, que se identifiquen, y los que se puedan entregar a los familiares, que se proceda; y al resto, que se les pueda dar una sepultura digna en algún otro sitio.

-Algunos investigadores apuntan que 20.000 presos políticos participaron en las obras de construcción del Valle. ¿Cómo has observado el litigio respecto a la exhumación del dictador?

El hecho de que sea la familia de Franco la que esté provocando el retraso en la resolución, adoptada por el Congreso de los Diputados, de sacar a Franco del Valle de Cuelgamuros ya me parece una anomalía total. Que además el Tribunal Supremo suspenda la exhumación porque pudiera haber consecuencias para los recurrentes y para el interés público, creo que es una cosa rara e impropia de un país democrático.

-Por último, el auto del Tribunal Supremo que decidió la suspensión cautelar de la exhumación consideró a Franco jefe del Estado desde octubre de 1936, cuando esa fecha ejercía Manuel Azaña como presidente de la República. ¿Se trata de un error?

Me parece simplemente que los jueces que han escrito ese auto son de ideología franquista. Ellos y mucha gente más, que se sienten dentro de la onda franquista, consideran que Franco era el jefe de Estado el 1 de octubre de 1936."                     

7/6/19

"Fusilaron a mi padre, nos quitaron tierras y ahora, con 90 años, quieren que me calle"

"Carmen García Pellón, de 90 años, lo tiene grabado a fuego. Tenía apenas 8 cuando dos guardias y un alguacil tocaron la puerta de su casa. Venían a buscar a su padre, Mariano García Illazorza, en aquel momento concejal de Yesa (Navarra), labrador y miembro de la UGT. Se lo llevaron al cuartel. 

Esa misma noche, Carmen y su madre fueron a visitarle. Le llevaban cena y una boina. Lo vieron allí, junto a otras siete personas, encadenados por los pies a una mesa. "Dicen que nos llevan a declarar a Pamplona", les informó el padre. "Dale un beso a tu padre. No creo que lo vuelvas a ver", le dijo la madre a la pequeña Carmen.

Y así fue. La niña salió del cuartel con el llanto desconsolado. Esa misma noche una furgoneta recogió a los presos y se los llevó. A mitad de camino, en Monreal, los hicieron bajarse. Todos fueron fusilados. Sus restos aún yacen en la fosa común donde sus verdugos, en nombre de dios y de España, les dieron el tiro de gracia. Este otoño, sin embargo, la familia de Carmen tiene esperanzas en que, por fin, 83 años después, puedan sacarlos de allí y darles el enterramiento digno que merecen.

"Mi padre pudo haber escapado el día de antes. Un familiar vino a vernos con un taxi para llevárselo. Pero él dijo que se quedaba, que no había hecho nada mala. Dio igual. Lo mataron", cuenta Carmen a Público. Según el relato de esta mujer, después, los vencedores de la guerra se apropiarían de parte de sus tierras y también de otras comunales. Se quedarían, por ejemplo, con su pequeña corral y otras pequeñas propiedades. Uno de ellos es el abuelo del actual alcalde de la ciudad.

Este miércoles Carmen tuvo que comparecer en un juzgado de paz. No lo hacía para denunciar el asesinato de su padre ni la represión de la dictadura. Tampoco por las tierras que dice que eran de su propiedad y que ya no lo son. Lo hizo tras recibir una citación judicial. El alcalde de la localidad, Roberto Martínez, la llevó ante el juez para que se retractara de sus palabras, que señalaban al abuelo del regidor, Isidoro Martínez, alcalde franquista de la localidad, como uno de los que se apropiaron sus tierras. 

También pedía la retirada de un video de Youtube en el que Carmen contaba este episodio de su vida en una investigación de la profesora de instituto e investigadora Nekane Ruano. Pero Carmen rechazó retirar sus afirmaciones. Ella lo ha vivido. Sabe de qué habla.

La probable consecuencia de la decisión de Carmen es que el actual alcalde Roberto Martínez emprenda acciones judiciales contra ella, que pueden ser encaminadas por la vía civil, pero también por la penal. De momento, la familia desconoce la decisión del denunciante. Según estipula la ley, tiene hasta un año de plazo, desde la celebración del acto de conciliación, para formalizar la denuncia o la querella. Este periódico ha contactado con el Ayuntamiento de Yesa para recabar la versión del actual alcalde, pero no ha recibido respuesta.

El diario de Noticias de Navarra recoge en su versión de este jueves que el alcalde de Yesa hizo constar ante el juez que Carmen había acusado a su abuelo Isidoro Martínez de "haber robado todo lo que pudo, haber sido un ladrón, apropiarse de todos los terrenos del pueblo y haberse quedado con las tierras de los fusilados". La vecina, por contra, respondió con una relación de propiedades que le habrían quitado y pidió su restitución. El alcalde, por su parte, instó a la vecina de 90 años a demostrar sus palabras.

"Fusilaron a mi padre, nos quitaron tierras y ahora, con 90 años, quieren que me calle. Pero eso no va a pasar. Quieren que tenga la boca tapada y ya te digo que no. ¿Qué conciliación quiere? ¿Cómo me puede pedir que me calle? Se quedaron con tierras que no son suyas", insiste Carmen al otro lado del teléfono. 

También cuenta que a mediados de los 70 la familia hizo trámites para recuperar algunas de las propiedades y que algunas de las escrituras originales habían desaparecido durante esos trámites en el mismo Ayuntamiento. Carlos, el hijo de Carmen, detalla a este periódico que han ganado en la Justicia varios pleitos, pero que, de momento, nada ha cambiado en el municipio.

Ahora Carmen y Carlos esperan la decisión del alcalde. Si deja el asunto tal y como está o formaliza una demanda o querella. La mujer de 90 años dice contar con la seguridad de quien ha vivido todo el proceso y puede contarlo en primera persona. "No sabemos qué pasará a partir de ahora. Han querido callar y amedrentar a mi madre. Creían que con amenazas judiciales podrían coartarla. Pero se ratificó", zanja Carlos.

De momento, la contradicción es que ninguno de los implicados en el exterminio franquista en Navarra, con cerca de 3.400 asesinatos en la comunidad foral, ha tenido que acudir a los tribunales de justicia para dar explicaciones. Tampoco nadie ha tenido que explicar ni detallar la usurpación de bienes de las personas asesinadas, ni sus roles en, por ejemplo, el Tribunal de Incautación de Bienes, activo en Navarra desde noviembre de 1936. 

Sin embargo, Carmen sí que ha tenido que acudir ante la Justicia. Lo hace por dar cuenta con su testimonio de la magnitud de la represión y por señalar, con nombre y apellidos, a los que considera responsables de lo que ha sufrido.

La historiadora, investigadora y profesora de Instituto Nekane Ruano, que fue quien recabó el testimonio de Carmen en vídeo, destaca la importancia de este tipo de declaraciones para la necesaria labor de investigación histórica. La entrevista a esta mujer, de hecho, formaba parte de un proyecto de investigación que recopilaba testimonios de mujeres entre 1939 y 1945.

 "Esta clase de testimonios son claves. Es una fuente primaria. Nos aporta fechas y datos que nos permiten acudir a los archivos, consultar con otras fuentes y documentar este período de nuestra historia. Si se denuncian este tipo de testimonios también se impide hacer una labor investigadora", explica la profesora.

Ruano también señala que hay "muchos datos que permiten pensar" que en la zona hubo, además de una represión sangrienta, otra "económica". Pone como ejemplo otro caso, con diferentes protagonistas, que aparece, como en el caso de Carmen, en la obra Navarra 1936. De la esperanza al terror. Este es el fragmento de la obra que narra el episodio:

"El 5 de septiembre una nueva familia iba a quedar destrozada, posiblemente por móviles económicos. El matrimonio Francisca Alonso y Filemón Losantes, con tres hijos, habían arrendado unas tierras que según testimonios, codiciaban otros. A Gregorio Alonso, hermano de Francisca y ganadero bien situado, le quitaron el rebaño y la carnicería. Se los llevaron a los tres, (Francisca en camisón), al otro lado del Ebro y en el término de Recuenco de Calahorra, los fusilaron. Francisca quedó malherida y arrastrándose dos kilómetros llegó hasta el corral de Ontano donde pidió ayuda. En vez de hacerlo fueron a dar parte y volvieron a rematarla. A Amancio Alonso, hermano menor de los anteriores, lo fusilaron en Zaragoza al día siguiente. Había estudiado para fraile y ejercía de maestro".

La mencionada contradicción se asemeja también a la reciente sentencia judicial que condena a Teresa Rodríguez, líder de Adelante Andalucía, a pagar 5.000 euros a los descendientes del exministro franquista José Utrera Molina por escribir en redes sociales el exministro era uno de los "responsables" del asesinato a garrote vil de Salvador Puig Antich.

 Nadie ha tenido que rendir cuentas ante la Justicia por los crímenes del franquismo pero sí se piden explicaciones judiciales a aquellos que señalan la represión franquista con nombres y apellidos."            (Alejandro Torrús, Público, 24/05/19)