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19/8/11

"Nos expulsaron del pueblo tras fusilar a mi padre"

"Recuerdo la tumba en el ala exterior", señalaba Félix Vega Garrido, de 82 años e hijo de Teodosio Vega Martín, secretario de la Casa del Pueblo en Dueñas (Palencia) y fusilado el 8 de enero de 1937. Ayer visitaba el antiguo cementerio con su hija, lo mismo que hacía él con su madre.

"Nos expulsaron del pueblo tras fusilar a mi padre". Félix asegura que a su padre lo mataron por "ser de izquierdas". "No podías desahogarte y decir 'soy hijo de fusilado'. Ahora se puede hablar".

Carmen Cortés, que tiene a dos de sus tíos, Germinal y Lumen Cortés, bajo el mismo suelo, fue la última en abandonar la zona. "Sin hablarlo, mi padre era capaz de transmitir su dolor".

Jaime Cortés, sindicalista de UGT durante la II República, perdió otros dos hermanos más y un cuñado, repartidos ahora en otras fosas comunes de Burgos, Valladolid y Palencia." (El País, ed. Galicia, 17/08/2011, p. 15)

29/1/11

"Todavía hoy es como si me quemara por dentro"


Abraham Bivas

"Las noches en las que Abraham Bivas duerme cuatro horas son las buenas. En las demás, debe conformarse con dos o tres horas de duermevela, antes de abrir los ojos y comenzar su tránsito diario por una vida secuestrada por los recuerdos.

No puede ni quiere olvidar sus días en Bergen-Belsen, el campo de concentración nazi en el que su madre y su hermano sucumbieron a la enfermedad hambrientos, y en el que él, a sus nueve años, deseó morir con todas sus fuerzas.

"Yo no olvido ni perdono", aclara Bivas. Para él, es como si el tiempo no avanzara. Hoy, a sus 77 años, recuerda con minuciosidad el año y medio que siendo un niño vivió entre 1943 y 1945 en el campo del norte de Alemania, en el que se calcula que murieron 50.000 judíos, víctimas de la maquinaria nazi.

Bivas recuerda el cazo de lata con la ración de agua templada diaria, el mendrugo de pan que debía durar toda una semana, los barrotes de las literas en las que vivían las familias agolpadas, el suelo encharcado del vagón, el brazalete amarillo con la estrella de David.

Las sesiones con el psiquiatra y la dosis diaria de fármacos no le ofrecen demasiado alivio a este hombre corpulento, de cejas y pelo blanco, que mira a los ojos cuando habla. La culpa puede con él. Se culpa por no haber besado a su madre antes de que se la llevaran al crematorio.

Como tampoco se perdona haber bebido unos sorbos de agua, que piensa tal vez hubieran salvado la vida de Asher, su hermano mayor, el que cuidó de él hasta el final en los barracones.

No le sirve de consuelo recordar que en aquellos días, en el campo y en los vagones de tren en los que los alemanes transportaron amontonados a los judíos, los padres hambrientos les quitaban de las manos la comida a sus hijos.

Que en la lucha por la supervivencia, la solidaridad se convirtió en un lujo inasequible para muchos. Bivas dice ahora en voz alta algo que hace más de medio siglo se repite a sí mismo. "Ellos murieron y yo estoy vivo".

Bivas, judío yugoslavo de origen sefardí, nació en Pristina en 1933. Allí creció y disfrutó de una vida casi de pueblo en el seno de una comunidad judía que, asegura, estaba muy unida. La unión y todo lo demás saltaron por los aires en 1941, cuando los alemanes entraron en Pristina.

Ordenaron a los judíos identificarse con un brazalete y colgar la bandera nazi a las puertas de su casa. Luego se llevaron a los hombres. En el 43 sacaron a la fuerza a todos los judíos que quedaban y saquearon sus casas. Les trasladaron a las afueras de Belgrado, donde empezaron las palizas.

Al campo de concentración alemán llegaron ya muy debilitados, agolpados en los vagones. Lo que siguió durante el año y medio de cautiverio en Bergen-Belsen fue la barbarie.

El cuerpo de niño de Bivas sobrevivió llagado y a duras penas a una infección cerebral y a la epidemia de tifus que mató a 35.000 prisioneros del campo, incluida a la célebre Ana Frank. "A mí me dieron por muerto y me tiraron a la pila de cadáveres.

Cuando llegó el camión para cargar los cuerpos y llevarlos al crematorio, se dieron cuenta de que aún vivía". Él hubiera preferido morir y en vano se lo imploró a su madre, pero ni siquiera eso estuvo en su mano.

En 1945, los británicos liberaron el campo. Bivas acabó en un orfanato de Belgrado y llegó por fin a Israel en 1948. Asentarse en el "hogar judío" no fue fácil ni para Bivas, ni para muchos otros supervivientes del Holocausto, cuyo sufrimiento no sería reconocido hasta años más tarde.

A Bivas lo instalaron primero en los inmensos campos de refugiados en los que durante años vivieron los judíos mizrajíes, los que venían de los países árabes. Tras una breve estancia en un kibutz, Bivas acabó durmiendo en la calle en Jerusalén, donde otra vez le tocó pasar hambre.

Poco a poco logró poner en pie su nueva vida. Se casó, se hizo policía y tuvo tres hijos. Fue hace 10 años cuando decidió hablar por primera vez de lo que vivió durante la shoah. "Aquí la gente no nos entendía [a los supervivientes]. Además, yo no quería imponer ese pasado a mi familia". (...)

Durante tres horas y media de entrevista, Bivas habla en ladino -el español de los judíos sefardíes- , escenifica de pie varios pasajes de su vida y hasta canta con voz triste algunas de las canciones que aprendió en Bergen-Belsen. "Todavía hoy es como si me quemara por dentro cuando me acuerdo de todo esto".

Apenas un recuerdo consigue arrancarle la sonrisa. Los ojos de Bivas reviven cuando habla de schwester Betty, la enfermera judía que le cuidó. "Esa mujer tenía una sonrisa más bonita que la de la Mona Lisa. Cuando me miraba, se me olvidaba el dolor".

Bivas buscó a Betty durante más de 60 años. Hace dos, la encontró. Betty es hoy una mujer muy mayor que, como él, vive en Jerusalén. Cuando Bivas entró en casa de Betty y vio por fin a la enfermera de la sonrisa-bálsamo le besó las manos. Ahora cada viernes la llama para desearle un feliz sabbat." (El País, 28/01/2011,p. 49)

18/5/10

'¡No le digáis a nadie quiénes son vuestros padres!'

"En el País Vasco hay centenares de niños obligados a no decir quiénes son sus padres. Así pasaba también con algunos huérfanos de atentados de ETA. Niños mutilados en su palabra y en la expresión del duelo por el familiar asesinado o el familiar amenazado de muerte. En muchos de ellos ha dejado huellas de soledad interior y de un dolor moral seco y profundo.

El profesor Cyrulnik, neuropsiquiatra, hablaba de los niños obligados a no decir quiénes eran para intentar evitar su muerte y la de sus familiares. Así había pasado por ejemplo entre los judíos en la Francia ocupada, en Camboya, en Ruanda, en tantos lugares de Latinoamérica bajo persecución dictatorial. Como niños escondidos, una parte de su personalidad debía seguir en la sombra en buena parte de la vida cotidiana. Cuando estos niños sobreviven, el final de la guerra o de la persecución no lo es de sus problemas.

Cyrulnik hablaba de los niños obligados a reconciliaciones nacionales. De los que por decreto no fueron escuchados tampoco después. Y de su necesidad de hablar. Y de la necesidad de que los demás no sean ciegos, ni sordos, ni mudos con ellos para superar la memoria de la persecución y del silencio.

En el País Vasco, ahora mismo, hay centenares de niños obligados a no decir quiénes son sus padres. Así pasaba también con algunos huérfanos de atentados de ETA. Algunas viudas incluso cambiaron de pueblo para ocultarlo eficazmente. Si no sabían, no traslucirían lo que les convertiría en parias. Niños mutilados en su palabra y en la expresión del duelo por el familiar asesinado o la angustia por el familiar amenazado de muerte. Obligados, muchas veces ambientalmente a no sentir, y por eso, en muchos de ellos ha dejado huellas en forma de soledad interior y de un dolor moral seco y profundo.

Una mujer me llamó por teléfono hace algo más de un mes. Fue después de la publicación del libro 'Vidas Rotas. Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de ETA'. Su padre, guardia civil, había sido asesinado en un pueblo de Gipuzkoa cuando ella era casi una niña. Sabía lo que había sido procurar no decir quién era para intentar salvar su muerte y la de sus familiares. Esconder los datos, las rutinas de su padre, no siempre fue posible. La mujer se reventó y por las costuras de la niña que llevaba dentro afloró una de las vejaciones emocionales que debió soportar entre nosotros. Un día su madre la envió a comprar un electrodoméstico a una tienda del pueblo. Lo encargó, entregó el dinero y cuando la persona que le atendió le preguntó dónde debían llevarlo tuvo que indicar la dirección del cuartel. Con frialdad, sin mirarle a la cara, le devolvió el dinero. No vender a los españoles. Algunos políticos de los que frivolizan con consignas parecidas a ésta, deberían saber del dolor que no se ha extinguido todavía, de los silencios de tantos niños, de la persecución de sus padres.

No vender a los españoles. Matar a los españoles. Aquella niña seguía llorando." (Fundación para la Libertad, citando a Maite Pagazaurtundua, EL DIARIO VASCO, 17/5/2010)