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4/4/18

“Fui una niña que vivió varias guerras”. “Me acuerdo del miedo, de la inseguridad, de cuidar a mis hermanas con la ansiedad de que nos iba la vida en ello”

"Asor ha vivido siempre en guerra. Escapó a los siete años de Colombia con sus padres, entonces guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional y el M-19, y con sus dos hermanas. Huyó a Costa Rica, voló a Francia, aterrizó en Mozambique y se asentó en España como refugiada política, diez años después. Pero la violencia no terminó con el exilio.

 Tras 36 años fuera de su país, narra ahora con los ojos de una niña rebelde la persecución, los abusos, el racismo y el desarraigo que ha sufrido. Memorias de una niña viajera, su primera novela, es, dice, su aportación a la paz de un país con más de siete millones de desplazados y 340.000 refugiados tras más de 50 años de conflicto armado: “Fui una niña que vivió varias guerras”.



Esta colombiana, que se hace llamar Asor, se considera parte de una generación que ha callado. De chica, aprendió a no pensar ni ver ni oír ni decir para protegerse y proteger a las personas a su alrededor; a volverse invisible y no hablar abiertamente. 

Sus padres participaron en agrupaciones que creyeron en la lucha armada para derrocar al Gobierno y cambiar la situación del país. "Fueron inocentes por creer que podían cambiar un Gobierno apoyado por Estados Unidos para erradicar el pensamiento de izquierda latinoamericana", declara la autora. 

A sus 40 años, Asor cree, en cambio, en el poder de cambio de la cultura, el arte y la educación.. 

El libro, que se presenta este martes en el Teatro del Barrio, en Madrid, se empezó a publicar por entregas como novela electrónica en 2007. Doce años después, la autora completó el proyecto y el pasado diciembre imprimió 500 copias de 406 páginas cada una. El relato es parte de la trilogía Memorias Queer y está estructurado en breves anécdotas que se grabaron como imágenes en la memoria de la escritora, que nunca las registró en un diario porque no lo necesitó:

 “¿Que cómo puedo acordarme de lo que pensaba cuando tenía cinco años? Pues porque he tenido un señor con una metralleta delante de mi casa desde que tengo tres”.

Su historia la cuenta, asegura, “porque todavía hay muchos niños refugiados, a quienes la violencia que están viviendo les va a marcar de por vida”. Unicef calcula que hay 50 millones de niños que están fuera de sus hogares debido a los conflictos, la pobreza o desastres naturales, y uno de cada cuatro vive en países afectados por situaciones de emergencia. 

“Como yo viví eso, me acuerdo del miedo, de la inseguridad, de cuidar a mis hermanas con la ansiedad de que nos iba la vida en ello”, afirma. “Me acuerdo de no tener dinero, de estar siempre huyendo sin saber adónde, de no saber qué iba a pasar con mi vida y de si iba a poder descansar en algún momento”.



La autora ha elegido la mirada de una niña, su alter ego, para contar los hechos reales que marcaron su vida. María sufre abusos de pequeña en su barrio de Bogotá; en la casa de su abuela en la capital se acostumbra a la ausencia de sus padres —a veces detenidos, a veces torturados— y no entiende por qué matan a las personas que quiere. También baila salsa, escribe poemas, anda en bicicleta con sus hermanas y nada en el mar de Mozambique. 

Pero cuando su familia logra cierta tranquilidad económica y social, la guerra desestabiliza el país africano y parten a España. En el colegio en Madrid, sufre acoso, la llaman marimacho y le dicen que se vuelva a su país; las peleas son diarias y ya no quiere vivir. En primera persona, María narra una relato divertido pese a todo. “Los colombianos tenemos muchísimo humor negro porque si no, no sobrevives”, afirma.

Los años de violencia, clandestinidad y ansiedad los ha dulcificado para poder narrarlos. “Hay muchísimos más muertos en mi vida de los que he contado en la novela”, aclara la colombiana. “Sería un relato tan duro, tan visceral, tan agresivo que no se puede soportar”, subraya y zanja: “Yo también tengo que sobrevivir a mi propia historia”.

Durante años, Asor acumuló la rabia del desarraigo, de la discriminación, del rechazo, del no ser de aquí ni de allá y fantaseó con volver a Colombia para recuperar lo que la guerra le había quitado. A los 12 años, empezó a tener ideas suicidas que le duraron hasta los 30, cuando por fin pudo gestionar su dolor y su memoria.

 “La gente de mi generación ha quedado incapacitada para tener una vida tranquila”, opina. Por eso, Asor quiere que se conozca la “pequeña historia de violencia y supervivencia” de una niña adulta o una adulta niña que pudo escribir sus vivencias como hija de la guerra."                 (Constanza Lambertucci, El País, 23/01/18)

20/7/17

La gente prefería no saber demasiado de lo que habíamos vivido. Era casi como si se sorprendieran de que hubiésemos vuelto, dando a entender que debíamos haber cometido más de una ignominia para poder escapar

"La guerra había terminado. Mis hermanas y yo estábamos vivas pero, como muchas otras, la familia Jacob había pagado un tributo muy alto a la furia nazi. Muy rápido comprendimos que no volveríamos a ver ni a papá ni a Jean. 

Mamá no había sobrevivido a su enfermedad. Milou, esquelética, carcomida por los forúnculos, estaba terriblemente debilitada por el tifus. Sólo Denise y yo volvimos a Francia prácticamente indemnes. Nuestro hogar había sido destruido. Pero nosotras todavía éramos jóvenes. Teníamos que reconstruir nuestras vidas. (...)

Denise, siempre independiente, reanudó rápidamente su ritmo. Se había reencontrado con compañeros de su organización y retomó algunos contactos de Annecy y de Lyon. En cuanto a mí, me ocupaba de Milou y salía poco. 

Primero, porque tenía la cabeza en otra cosa, y también porque me daba cuenta, por las pocas conversaciones en las que había participado, que la gente prefería no saber demasiado de lo que habíamos vivido. Era casi como si se sorprendieran de que hubiésemos vuelto, dando a entender, además, que debíamos haber cometido más de una ignominia para poder escapar.

 Esta sensación de incomprensión teñida de reproches era insoportable. Sumado a esto, el ambiente en casa de los Weissmann no era muy alegre. Mi tía no lograba recuperarse del dolor de haber perdido a una hermana que adoraba y a un hijo en el que había puesto todas sus  esperanzas. Tendía a proyectar todo ese afecto en mí. 

Mi abuela, que había vivido con nosotros en Niza y había logrado escapar a la detención, se había reunido con nosotros en París. Trataba de consolarse de todas nuestras desgracias mimando a su bisnieta, que mi prima acababa de dar a luz.

 De las semanas posteriores a nuestro regreso tengo un recuerdo borroso. Me costaba volver a darle un ritmo normal a mi vida, incluso en los aspectos más materiales. Por ejemplo, había perdido a tal punto la costumbre de dormir en una cama, que durante un mes pude solamente dormir en el suelo. Volví a París en junio para encontrarme con algunos amigos, pero enseguida sentí que mi vida ya no estaba allí. Regresé rápido. 

En París, las pocas veces que me invitaban a algún lugar, sentía que estaba de más. Me acuerdo de esconderme detrás de las cortinas, en el vano de las ventanas, para no tener que hablar con nadie. Todo lo que decía la gente me parecía tan irreal... Esa sensación me duró años. En los primeros de casada, todavía la seguía sintiendo.

Me encontré con algunos compañeros, entre ellos dos amigas comunistas de Brobek. Ahora vivían en Drancy, y su historia generaba mucho interés. El marido de una había sido fusilado durante la ocupación, mientras que ella había sido arrestada con otra comunista. En Bergen- Belsen, había conocido a un joyero artesano de origen polaco, comunista convencido, con algo de parisino típico. 

Era un hombre gracioso y generoso, pese a que su mujer y sus cuatro hijos habían muerto en Auschwitz. Después de la guerra albergó en Drancy a las dos amigas. La viuda criaba a su hija, la otra se había reencontrado con su marido, que trabajaba en la confección, y con sus tres hijos. Todos ellos se instalaron entre los dos pisos de la casa del joyero. 

Vivieron ahí durante años como en un falansterio, unidos por la misma fe comunista y por el recuerdo de lo que habían atravesado. Eran muy buena gente y yo los visitaba a menudo. Necesitaba hablar del campo, y sólo lo podía hacer con ellos.

Después, los hijos crecieron y la comunidad se disolvió, pero una de mis dos amigas comunistas siguió viviendo en Drancy hasta su muerte, hace unos años. Era bastante mayor que yo, pero nuestra amistad no se enfrió nunca.

Llegó el verano. Mi hermana Denise, vinculada con Geneviève de Gaulle[1] desde Ravensbrück, me sugirió pasar el mes de agosto en Nyon, Suiza. Así podría recuperarme en una de las villas al borde del lago que habían sido puestas a disposición de los deportados. Las conferencias de Geneviève de Gaulle permitirían cubrir los gastos. 

La invitación era generosa y la acepté sin dudar. ¡Cómo me equivoqué! Los suizos entendían todavía menos que los franceses lo que habíamos pasado. El ambiente me resultaba muy pesado. Además, como era la más joven –tenía dieciocho años desde hacía algunos días– me encontraba rodeada de gente mayor de la Resistencia que, paradójicamente, parecía soportar mucho mejor que yo el ambiente de pensionado que nos rodeaba.

 La gente nos hacía preguntas insensatas: “¿Es cierto que los SS hacían violar a las mujeres por sus perros?” Muchas cosas me dejaban atónita. Por ejemplo, la casa estaba dirigida por protestantes, que nos obligaban a dar gracias antes de las comidas. Señoras benefactoras que de manera pedante nos prevenían de que después de todo lo que habíamos vivido, íbamos a tener una existencia difícil y que para ganarnos la vida teníamos que trabajar, aprender dactilografía o inglés, hacer esto o aquello. 

Estos consejos, dirigidos a mujeres de todas las edades, muchas de ellas ya instaladas en la vida y que salían del infierno, eran particularmente desafortunados y, por decirlo de alguna manera, ridículos. Una noche, fuimos a bailar. La casa cerraba sus puertas a las diez y, como llegamos con quince minutos de retraso, nos reprendieron como si fuéramos niñas de doce años. No es necesario aclarar cuánto detestaba ese moralismo rígido e infantil.

Un día me acerqué a un vestuario donde colgaba ropa a disposición de las pensionistas, porque ya no nos quedaba nada decente que ponernos. Una mujer se me acercó, miró el vestido que iba a tomar, y no encontró nada más delicado para decirme que: “¡Ah, pero si ese vestido era de mi hija!” Era una extraña concepción de la caridad.

 Dejé el vestido ahí sin decir una palabra y pensé en ese pasaje de Romain Rolland donde los hijos de la familia burguesa se burlan del hijo pequeño de la mucama porque tiene puesto un viejo pantalón del hijo del patrón. Todo era así, extravagante, chocante, humillante. Nos hacían sentir hasta qué punto nuestras benefactoras eran generosas por hospedarnos bajo sus grandes alas, además del eterno agradecimiento que les debíamos.

Otra vez nos dieron “permiso” –era el término que usaban– para ir a Lausana, pero no solas, por supuesto. Unas familias de Lausana nos pasaron a buscar y nos obligaron a hacer una visita guiada y laboriosa por todos los comercios, donde nos agobiaron con preguntas indiscretas sobre lo que habíamos vivido.

 En un momento, al ver en una vidriera una gran cartera roja que estaba de moda, una de nosotras, Odette Moreau, gran abogada y resistente deportada, expresó el deseo de comprársela. Vio entonces cómo una de ellas le respondía con sequedad: “¿Qué necesidad tiene usted de una segunda cartera?”

Por suerte, unos primos que vivían en Ginebra me invitaron a su casa. La amabilidad de la familia Spierer fue un contraste enorme. En compañía de sus cuatro hijas, vaciamos las tiendas de Ginebra, una felicidad que me había olvidado que existía. Gracias a su generosidad, pude comprar ropa para mis hermanas y para mí, en una época en la que en Francia no había nada. (...)"         

(Simone Weil, CTXT, 12/07/17. Este capítulo pertenece a Una vida, autobiografía de Simone Veil, publicada en Clave Intelectual.)

10/1/17

“En el infierno conocí a hombres sin egoísmos ni odios”

"4.208. Durante cuatro años, los que estuvo preso en el campo de concentración de Mauthausen, Francisco Aura Boronat fue un simple número. 

No se le consideró un soldado que luchó por la II República española, ni un miembro de la Compañía de Trabajadores Extranjeros (CTE) que contribuyó a levantar la “línea Maginot”, mientras por el aire atacaban los “stukas” (bombardero “en picado” alemán). A los españoles se les identificaba con una “S” blanca inscrita en un triángulo azul, y se les clasificaba como “apátridas” o emigrados “políticos”.

 Francisco Aura tiene hoy 98 años. Entró el 26 de abril de 1941 en el campo de exterminio austriaco, tras un viaje en tren de tres días sin poder salir de los vagones; “amontonados como bestias sin comida ni agua, los más débiles, los mayores, se dejaban la vida en el viaje”. En la estación les esperaban cachorros de las SS con sus perros y la culata presta para golpear a los prisioneros. Comenzaba el horror... 

 La novela gráfica de 200 páginas “Esperaré siempre tu regreso”, de Jordi Peidro, recopila una parte de la biografía de Francisco Aura. Editado por Defiladero en octubre de 2016, el cómic empieza más de dos décadas atrás, cuando el nonagenario resistente de Alcoy se enfrenta a una imagen de la barbarie en los campos de concentración de Yugoslavia.

 “Una y otra vez caemos en lo mismo”, se lamenta, mientras la memoria le devuelve al cinco de mayo de 1945, cuando los antifascistas españoles saludaban con una pancarta (y las banderas de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) a los tanques estadounidenses que “liberaron” Mauthausen. 

Pero antes que las SS dejaran a los detenidos en manos de los “Kapos” (condenados por delitos comunes que se encargaban de los presos en el campo de exterminio), los prisioneros pasaran por el ritual iniciático -golpes, ducha, rapado, desinfección, gritos, formaciones y más golpes- o tuvieran que dormir pegados contra las paredes para aliviar el frío, Francisco Aura ya se había labrado un importante currículo en el antifascismo.

 Con 17 años y afiliado a la CNT, se enroló como miliciano para la defensa de Madrid (octubre de 1936). Fue la primera vez -tres en total- que le hirieron durante la guerra. También combatió en Brunete (julio de 1937), la batalla del Ebro (1938) y en un pequeño municipio del Priorat de Tarragona, Ulldemolins.

 En febrero de 1939 cruzó la frontera a través de Portbou (Girona) hacia el exilio, y así recalaría en tres campos de refugiados del Mediterráneo francés: Argelès, Saint Cyprien y Le Barcarès. Mientras la extrema derecha francesa encendía los discursos contra los refugiados españoles, en los campos se malvivía sin apenas comida, higiene, ropa y medicamentos. Francisco Aura se alistó en los CTE, y trabajó en las fortificaciones de la “línea Maginot” antes de caer en manos de los nazis. 

La novela gráfica editada por Defiladero incluye los números de la gran tragedia del nazismo: 42.500 campos de concentración, guetos, centros de detención y fábricas de trabajo forzoso repartidos por el centro y este de Europa; entre 15 y 20 millones de personas internadas en los campos del horror; seis millones de judíos y cinco millones de otras etnias, aniquilados (presos políticos, gitanos, homosexuales, yugoslavos, rusos, españoles...). 

El autor, Jordi Peidro (Alcoi, 1965), se dedica desde hace más de tres décadas a la narración, por las vías del teatro, el cartelismo, la novela o los tebeos. Ha dibujado álbums como “El ojo del africano”, cómics largos (“La bahía del ahogado”) y otros de formato corto (“Las aventuras de Melchor Mombo”). 

En la novela sobre Francisco Aura y Mauthausen, hace servir las ilustraciones para revelar algunas claves historiográficas. La serie de viñetas sobre “Las aventuras de Serranito Súñer” -en concreto la titulada “Solos sin casa”- muestra a Hitler preguntando al “cuñadísimo” y ministro franquista entre 1938 y 1942 por los “amiguitos (españoles) tuyos en mis campos”. A lo que el jerarca falangista responde: “Te los regalo. Haz con ellos lo que quieras”. 

 En el “sanatorio” de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen, “enfermar estaba prohibido, ingresar en la enfermería era tentar a la suerte: la mayoría no regresaban”, recuerda Francisco Aura. La dosis de gasolina en el corazón se convirtió en uno de los métodos para finiquitar a los “débiles”. En sólo una viñeta, la novela esquematiza la famosa “escalera” de Mauthausen, formada por 186 escalones de piedra que comunicaban el campo de concentración con la cantera.

 Días que se eternizaban con la carga de bloques enormes a la espalda, y una cruel división del trabajo que distinguía entre los que extraían las piedras y quienes las subían al campo (un mínimo de 30 kilogramos a la espalda y hasta quince viajes diarios). 

Los prisioneros tenían que cargar con los bloques mayores, de lo contrario se verían sometidos al castigo y las palizas de los “kapos”. Puro esclavismo de sol a sol, que deparaba lo peor para la cumbre, donde se hallaban los “paracaidistas”. En la cima, guardias y “kapos” arrojaban a patadas, golpes y garrotazos sobre todo a los judíos. Si alguno sobrevivía, subía otra vez y se le lanzaba de nuevo por el precipicio. Los cadáveres se acumulaban sobre las piedras, y se trasladaban al crematorio. 

La escritora y periodista Montserrat Roig dedicó tres años a escribir una magna crónica periodística de 540 páginas, “Els catalans als camps nazis” (Edicions 62, 1977). El libro cifra en cerca de 10.000 los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, donde murieron el 60%.

 Por Mauthausen y los “Kommandos” (pequeños campos de concentración que dependían de uno principal) pasaron 7.189 presos republicanos, de los que sobrevivieron 2.187. Sólo en Gusen, “subcampo” dependiente de Mauthausen, perdieron la vida 3.839 españoles. El libro incluye el testimonio de 27 supervivientes del citado campo de concentración, que semejaba un castillo fortificado, hecho con piedra picada de la cantera mortal. 

“Una inmensa sociedad paralela, con sus clases internas, con una rigurosa organización, una perfecta sistematización de la muerte cotidiana”, describió Montserrat Roig. Tal vez se tratara del primer campo de tercera categoría o exterminación (‘Ausmergungslager’) que, con esta nomenclatura, empezó a funcionar desde el inicio de la guerra. 

A los detenidos –entre ellos los “rojos” españoles- se les consideraba casos “graves” por motivos de seguridad. El destino estaba escrito: la ejecución o la cadena perpetua. Un intérprete germano planteaba la alternativa a los recién llegados: las alambradas eléctricas o el horno crematorio. 

Francisco Aura pasó por la cantera y por los “Kommandos” Bretstein y Steyr. En el primero reparó y construyó carreteras durante un año, a veces a -30ºC. En el segundo –“uno de los más duros y en el que más españoles murieron”- tuvo que trabajar en una factoría de armamento. Durante dos años y ocho meses. 

Pero fuera cual fuese el cometido en el campo, a todos los prisioneros les igualaban los golpes, patadas en los genitales, palos, gritos y puñetazos en la cara. “En pocas semanas borraban tu mente, te destruían por completo y te convertían en una bestia disciplinada”, reflexiona en la novela un prisionero con el mono de rayas y un soldado al acecho.

Con una dieta extenuante de caldo aguado de legumbres y féculas (menos de 1.500 calorías diarias), infinitas horas bajo el frío y la lluvia, y en un entorno –Mathausen- donde se podía morir de 35 maneras diferentes (desde la cámara de gas hasta el suicidio desde la cima de la cantera), algunos supervivientes destacan la formación de grupos de resistencia. 

Tal vez estos se iniciaran el día que tocaba desinfectar el campo, y los presos –desnudos durante 17 horas en los patios- pudieron entablar alguna relación. “Debíamos buscar las zonas próximas a los muros o las entradas de las cocheras, ello te protegía de las ocasionales ráfagas de los guardianes”, recuerda en el cómic Francisco Aura. 

Los disparos quizá fueran una forma de combatir el aburrimiento para los centinelas. “Conocí a hombres de gran capacidad intelectual, sin egoísmos ni odios”, señala el resistente de 98 años. Pero la extrema brutalidad, la saña y el encarnizamiento no permitían derroches de solidaridad. Hasta que llegó el cinco de mayo de 1945. Francisco Aura había sobrevivido a la horrenda pesadilla, cuatro años y nueve días después…"               (Enric Llopis , Rebelión, 29/12/16)

23/10/15

Cuando esos cerdos de los guardias empezaron a acosarme, me volví hacia ellos y les solté algo de lo que pensaba. La única gente a la que los matones respetan, sabe usted, son los matones

"(...) un hombre más joven, robusto, de rasgos judíos, sentado junto a una mujer enorme a la que miré una vez y luego seguí observan-do sin ningún recato.

Cada detalle por debajo del sombrero de paja coronado de flores era imponente. Podría haber sido tomada por la Mujer Gorda de un circo —con sus mejillas carnosas y flojas y su profusa papada, la boca de labios llenos y la mole de su cuerpo— si no fuese por los ojos atrevidos y resueltos por encima del gran arco de su nariz, que le conferían la dignidad, la arrogancia y el sereno poder de un gigante bíblico sobre cuya cabeza algún demente ha tenido la temeridad de arrojar un sombrero de mujer. 

Su manera de hablar estaba en concordancia con su figura. Sin utilizar ninguna de las delicadezas de la conversación civilizada, tronaba dirigiéndose a mí, de un extremo al otro de la mesa ocupada por el grupo, con la resuelta franqueza de una emperatriz cuya palabra fuese ley.

—Bien, joven —dijo, y advertí que todos dejaron de hablar cuando ella abrió la boca—, ¿de dónde viene usted? ¿Nueva York? ¿Y cómo está Nueva York? Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi esa vieja y querida ciudad. Supongo que debe estar igual. Tenían la famosa Prohibición cuando yo estaba allí. No era un lugar para las de mi tipo.

Dejó escapar una risotada estruendosa, y cuando yo la imité, se echó a reír de nuevo y me estudió con ojo apreciativo. «Aun así, sin duda me habría ido mejor si me hubiese quedado allí... Dígame, ahora que están ustedes aquí, ¿qué van a hacer? Si no liquidan al cerdo pronto, luego encontrarán difícil la salida. 

¡Esas ratas! No tienen nada que perder; están bien entrenadas para el crimen, y cuando tienen hambre... Ah, ojalá pudiésemos disfrutar un poco de su comida... ¡Se necesita mucho para llenar este viejo acorazado!».

Mientras se palmeaba el cuerpo con una mano enorme, aproveché la oportunidad para abrir mi macuto. Me puse de pie y vacié su contenido sobre la hierba. Al ver los cigarrillos, los dulces, las barras de chocolate, la goma de mascar, una exclamación sofocada brotó del grupo; la niña Bobbie soltó un grito de excitación, y John echó a andar sobre sus manos y rodillas con su madre detrás. Mientras Florence lo levantaba del suelo, justo a mis pies, me las arreglé para susurrarle al oído: «¿Quién diablos es ella?».

—Una de las maravillas del mundo —me respondió en un murmullo.

Un segundo después volví a oír la voz atronadora.

—Dígame, ¿qué es lo que tiene usted ahí, joven? ¿Veo acaso cigarros? \Gott, no he tenido un cigarro desde que estuve en Dachau!

Miré hacia ella. Luego levanté un cigarro, y mientras se lo alcanzaba le lancé una mirada dubitativa que ella no dejó de advertir.

«Venga y siéntese aquí, joven», dijo en respuesta a mi silencioso desafío. «Lo siento, supongo que soy un tanto peculiar. No soy ninguna heroína. No vaya a hacerse esa idea. Para ser un héroe debe usted saber lo que es el miedo. Soy algo rara en ese sentido; no recuerdo haberle tenido miedo a nadie, jamás.

 No sufrí demasiado en el hoyo pestilente. A decir verdad, solo me tuvieron tres semanas allí. Cuando esos cerdos de los guardias empezaron a acosarme, me volví hacia ellos y les solté algo de lo que pensaba. 

No estoy acostumbrada a ser tratada así, les dije, y amenacé con denunciarlos. Oh, también puedo ser un poquito pendenciera... cuando me lo propongo. La única gente a la que los matones respetan, sabe usted, son los matones. Así es, conseguía mis cigarros sin problemas..., y hasta comía algo a lo que se podía llamar comida. ¡Esas ratas! Mi familia se dedicaba al negocio del vino.

 ¿Qué hicieron las ratas? Cargaron la bodega entera para Austria y reventaron la casa, los muebles, todo. ¿Para qué? ¡Porque las ratas vieron que eso era bueno! ¿Cómo entienden eso ustedes, los americanos? Esto es el Mal, organizado a escala de producción masiva. Son infecciosos, portadores de odio.

 Actúan desde las profundidades de la desesperación, desde el miedo incontrolable. Ellos siempre destruirán al bueno, al pobre, al débil... ¡Porque el pobre, el viejo, el débil, las flores en la pradera, amigo mío, son aquello a lo que más le temen, y lo que más quieren destruir!».

La mujer dio una calada a su cigarro y se levantó.

—Kinder!—vociferó—. Tengo que irme. Mein Lieber—agregó, volviéndose hacia el joven robusto que estaba a su lado—, mostremos a nuestro amigo americano lo que tenemos que agradecerle a su Gobierno Militar.

Los seguí a través del jardín y rodeamos la casa por detrás. Allí, para mi admiración, había un elegante y lustroso automóvil color feldgrau: un bajo y poderoso Mercedes Benz.

—Ja —dijo la mujer, abriendo la puerta mientras el hombre robusto se instalaba en el asiento del conductor—. Ja, sucede que yo sé a quién perteneció este pequeño juguete. Y lo que es más, sé dónde se encuentra. 

Cuando el Gobierno Militar tenga la amabilidad de permitirme obtener un poco más de gasolina, voy a ahorrarles a esos buenos muchachos alguna molestia. Voy a ir a Munich —amartilló su cigarro a la manera de un revólver— ¡y bang!, para ese será el fin. Bien, adiós, joven... ¡Gracias por el cigarro, y déle mis saludos a la vieja y querida Nueva York!

Más tarde, mientras estábamos alrededor de la mesa, tomando una sopa muy clara de lentejas con salchichas picadas —que mis huéspedes insistieron en que yo compartiera— les comuniqué mi perplejidad por el hecho de que una mujer así se las hubiese arreglado para atravesar indemne los recientes años de Alemania. 

Ellos vieron de inmediato lo difícil que me resultaba creer incluso en aquello que había oído, pues enseguida los dos Hart dijeron al unísono: «Debes creerlo. Si alguna vez ha habido una mujer que no miente, que se merece un Mercedes y mucho más, es ella. 

Lo que ella no te dijo es que la única vez que realmente estuvo en peligro fue cuando un guardián de Dachau la sorprendió pasándole trozos de su comida a un pobre diablo que se estaba muriendo de hambre. La castigaron. Pero eso no la detuvo. Siguió haciéndolo día tras día».

—¿Quién era el hombretón que estaba con ella? —pregunté.

—Su hijo —dijo Florence—. Estuvo tres años en el frente ruso, como muchos otros míschlings. A la mayoría de ellos los mataron. Y a sus padres arios, en lugar de notificarles que sus hijos habían caído en el frente, les enviaban las cenizas con una nota que decía que les habían disparado mientras trataban de escapar.

Desde entonces le he contado a mucha gente lo poco que sé de esa mujer. Todos aquellos que nunca vivieron en la Alemania nazi se mostraron incrédulos; pero algunos de los que sí habían vivido allí, que habían sufrido y sobrevivido a aquello, dijeron: «Sí, lo creo. Yo conocí a personas como esa. En verdad existían. Pero solamente a un puñado esa manera de actuar les salió bien».         

(James  Stern:  El daño oculto.  Un viaje a la Alemania de postguerra junto a W. H. Auden.  Ed. Lengua de trapo, Madrid, 2010 (1ª 1947), p. 208-211)

10/2/14

Todo era recelo en los guetos. Miedo, suspicacia, pésima alimentación, peligro constante de muerte...

"En los guetos se pasaba muy mal. En cierta ocasión, y no sé con qué motivo, nos dijeron que unos aviadores norteamericanos, derribados por la D.C.A., habían conseguido pasar inadvertidos hasta encontrar pasajero refugio en una de aquellas horribles aglomeraciones judías. 

Acompañado de quien me informó al respecto, a la caída de la noche llegamos hasta el gueto. Siempre había un pre-texto para entrar, ya que muchas familias no judías se resistían a abandonar el barrio y la casa antigua, encontrando siempre excusa para la dilación, con lo que la visita estaba siempre justificada, supuesto que no era delito entrevistarse con arios, incluso en una casa-gueto.

 Hacía calor, un calor anticipado de vera-no y de la casa, en la escalera, se percibía el bochornoso latido de una humanidad confinada. Las casas húngaras de vecinos gozan de una particularidad, casi desconocida en las viviendas españolas, y es que los interiores suelen tener la puerta en un corredor que circunda el patio. 

Las ventanas de estos pisos dan al corredor y la intimidad se brinda apenas velada por los visillos. Las severísimas órdenes con respecto al oscurecimiento, por causa de las precauciones antiaéreas, sumían a los edificios en una absoluta penumbra, y en aquella ascensión hacia el tercer piso sólo percibíamos el respirar de docenas de personas apiña-das en la oscuridad, el olor a multitud exhalado por las ventanas abiertas y, de tarde en tarde, la tenue llamarada de un pitillo ávidamente succionado. 

En el rellano unos bultos irreconocibles. Por el apagado tono de las voces parecen dos muchachas. De pronto, una de ellas comienza a cantar en tono apagado y su can-ción, un vulgar cuplé repetido por todas las bocas, tomaba el aire de lamentación talmúdica, de queja milenaria, de una confesión esotérica y desesperada.


En otra habitación -siempre al pasar, al vuelo- cazamos un retazo de disputa. Dos seres se recriminaban con inusitada violencia, en tono contenido, masticando las palabras, comunicándolas un odio concentrado, vitamínico. Mañana habrá delaciones, porque de la convivencia el judío no ha extraído demasiados buenos sentimientos.

 Ellos, que aman la libertad sobre todas las cosas, que son los únicos que han forzado fronteras, incluso espirituales, se desesperan ahora, en este triste y reducido confinamiento. Diez personas por cada habitación de diez metros cuadrados, durmiendo por turnos, soportando la forzosidad de una compañía no solicitada, coincidiendo, muchas veces, dos enemigos profesionales o personales en el mismo cubil; todo ello alimentaba y propagaba a las peores pasiones. 

Es preciso añadir a esto un refinamiento introducido más tarde por el Gobierno: el espía. En casi todas las casas-gueto se había infiltrado un soplón, que hacía idéntica vida que los hebreos, les provocaba a la conversación, tomaba notas para el caso -no del todo probable- en que fuese preciso juzgar al presunto reo antes de fusilarle o de meterle en una cámara de gas. 

Todo era recelo en los guetos. Miedo, suspicacia, pésima alimentación, peligro constante de muerte, no sólo por parte de los alemanes, sino porque una bomba, de las que con generosa profusión lanzaban los americanos, podría aplastarles."                          

(Eugenio Suárez:  Corresponsal en Budapest  (1946), Ed. Fundación Mapfre, 2007, págs. 107/8)