Mostrando entradas con la etiqueta a. Niños supervivientes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta a. Niños supervivientes. Mostrar todas las entradas

3/3/24

Pepi, el superviviente del Holocausto que encontró en el flamenco una forma de “aliviar el corazón”... Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse

 "Peter Pérez tiene 87 años y nació en Viena. Sin embargo, todos le conocen como Pepi. La directora de cine Lucija Stojević le conoció cuando preparaba su anterior documental, La Chana y buscaba financiación para poder realizar aquella película sobre la bailaora flamenca anulada por su condición de mujer y gitana. La primera vez que quedó con Peter, este sacó un CD del cantaor de flamenco Niño de la Cava y lo puso.

“Mientras nos llegaba el cante profundo y áspero, el rostro de Pepi se contraía de dolor. Empezó a llorar”, recuerda la cineasta. Al escuchar aquellos acordes, aquella voz, algo se le removió por dentro de tal forma que no pudo contener su emoción. Stojevic se interesó por su historia, por lo que había dentro de él para haber reaccionado así y encontró una de esas vidas que merecen ser contadas. Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse.

Peter quedó marcado por aquella música. Se estableció con ella una relación complicada. Escucharla le hacía retraerse a aquellos momentos duros. Aunque escapara del campo, siempre quedó marcado por la herida del Holocausto. La música le hace volver al peor momento de su vida, pero también es lo que le hizo avanzar. Su amor por el flamenco, y por el fandango, le han hecho querer buscar el flamenco más auténtico por toda España. Junto a su amigo Alfred recorre Europa, y la cámara de Stojevic les acompaña en el documental Pepi Fandango, que termina convirtiendo aquel encuentro casual en una película sobre el poder sanador del arte y en un relato de Memoria Histórica que une la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

 Como Quijote y Sancho Panza ambos recorren España. Pepi ha decidido que para terminar de exorcizar y sanar tiene que crear su propio fandango. Un trayecto hasta Paterna de Rivera en Andalucía donde Pepi intenta escribir su fandango, y que termina con un trayecto de vuelta a Rivesaltes, el campo donde estuvo internado y que visita por primera vez para enfrentarse directamente a su dolor.

“Los primeros sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre - vata, quiero - camelo, pan - manró, comer - jalar, cagar - jiñar, penas y duquelas”, rememora Pepi. En el flamenco, y más concretamente el fandango, encontró la forma de “aliviar el corazón”, aunque sus sonidos le llevaran de nuevo dentro de aquel campo.

“Al principio no podía escuchar flamenco. Pensaba que me arrancaría todo, pero siempre lo tengo en la cabeza. Siempre lo busco”, dice Pepi en un momento del documental. Para él “los fandangos son eternos”, y tienen algo de aquella frase que le dijo su padre y que le sirvió para sobrevivir. “Me decía que nunca perdiera la esperanza, pero allí era imposible tener esperanza. Yo uní la esperanza con la idea de soñar. Así que soñé con salir de allí”, lo logró y convirtió aquellos sonidos que escuchaba a “los gitanillos” a su lado en la banda sonora de su vida.

Un superviviente en Málaga

Igual que se emociona en el documental, Peter Pérez se emociona en Málaga recordando cómo el flamenco le cambió la vida. Detrás de sus gafas de sol caen un par de lágrimas mientras cuenta que él conoció “el flamenco de un modo un poco especial y un poco duro en un campo de concentración”. “Tenía cinco años y de un día a otro nos separaron a mi padre, a mi madre y a mi. Me quedé solo con otros niños de más o menos mi misma edad. Afortunadamente para mí eran ‘gitanitos’, y ellos cuando estaban aterrorizados cantaban. Cantando se podían mirar. Y eso se me quedó en la entraña, como se dice aquí en Andalucía. Se me quedó esta idea de que el arte es un sistema de comunicación. Ellos hablaban a través de la música. Decían tengo hambre, tengo sed. Para mí el flamenco es vida y nada más”, expone antes de presentar su película en el Festival de Cine.

Un filme con estructura de road movie porque funciona como propia metáfora de la historia de Pepi. “Está el viaje físico que hacemos de Viena a Andalucía, también el viaje hacia el pasado, y de alguna manera hay un viaje psicológico y emocional que está pasando durante todo este proceso de búsqueda de enfrentarse con su propio trauma. Es, además, un viaje por la Europa de hoy, una reflexión sobre el olvido y sobre la banalidad de estos espacios que para alguien significa algo. Nos preguntamos cómo conectamos con nuestra historia, con nuestra memoria”, cuenta la cineasta al lado de su protagonista.

Una película, que además, llega en un momento donde parece que nadie aprende de los errores del pasado. Para Peter Pérez “es triste ver que esto continúa”. “Estaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero sigue y sigue. Nosotros ya fuimos ‘indeseables’ en la península ibérica. Tuvimos, junto a los musulmanes, que dejar esta tierra que era nuestra. Mi padre hablaba de nuestra tierra sin saber de dónde venía la familia Pérez. Sus amigos republicanos refugiados en Francia le preguntaban, de dónde vienes tú, y mi padre decía que de Zaragoza. No tenía ningún documento, y probablemente sería Toledo, pero él decía eso·”, recuerda Pérez.

Lucija Stojević tiene claro que está película habla “del presente”. “La hicimos antes de todo lo que estaba pasando, y ahora es más importante, porque habla de lo que pasa cuando nos olvidamos. Volvemos a repetir estos sufrimientos y los mismos patrones. Es importante que alguien como Pepi pueda hablar de lo que significa ser una víctima de odio, y como eso se lleva toda la vida dentro. Hablamos de víctimas mortales en Gaza, en Israel, en Rusia, en Ucrania… pero hay mucha gente que va a sobrevivir y va a tener que vivir con esto. Un trauma durante toda la vida y de esto no se habla”, apunta y Pepi toma la voz para añadir algo: “Esto es un problema para los hijos y los nietos. Tengo dos hijos, y nunca hemos hablado de aquellos tiempos. Hay una distancia que creo que con esta película ha cambiado un poco”. El arte como forma de tender puentes y hasta de sanar un trauma inimaginable."            (javier Zurro, eldiairo.es, 02/03/24)

16/3/17

Acabaron repartidos por Bélgica miles de niños españoles... los escogían como en un patio de colegio se eligen los equipos. "La gente escogía más fácilmente a las niñas"

"En la vida de Clotilde Vega caben varias películas: la aventura iniciática de una niña que huyó del Madrid sitiado, la historia de quien fue mensajera de la Resistencia en el Ostende ocupado por los nazis y la peripecia de quien vivió, en primera persona, la descolonización del Congo Belga. Clotilde es Toti, tiene 94 años, y es malagueña de origen, así que aunque la vida la llevara a mil otros sitios.

"Los besos no se ahorran", nos suelta nada más llegar esta señora a la que saludamos por primera vez. Tres, como los belgas. "Me acaban de operar para quitarme las gafas. A estas alturas... Si ya estoy casada, ¿para qué voy a presumir de ojos?", se pregunta. 

Es coqueta y hospitalaria, así que nos enseña su casa y la terraza, desde la que ve un parque, la comisaría, un centro de salud y el cementerio. Todo lo que pueda necesitar muy cerquita, comenta jocosa. Una pila de periódicos ocupa uno de los asientos del sofá de mimbre: "Dos al día".

 Enseguida, Toti nos enseña un par de fotos. En una se ve a más de treinta niños y a su maestro, recién llegados a Ostende. En otra, un recorte de periódico con un texto breve de Francisco Umbral dedicado a los niños de la guerra, con la foto de un camión cargado de chavales.

 "Es muy bonito ese texto. Hay quien dice que esa soy yo, pero como no se me ve la cara no estoy segura. Salían muchos camiones así", recuerda. Ella huyó de Madrid en un camión. Contemos esa historia. 

Para los niños la guerra se presentó sin avisar. Toti había llegado a la capital siguiendo a su tío, orgulloso maestro de los grupos escolares republicanos, después del divorcio de su madre, una pionera de la Ley de Divorcio de 1932. Un día empezaron a caer las bombas. "Oíamos los obuses y nos metíamos en los sótanos. No me di cuenta nada, sólo cuando ya fue", dice. 

Llegó a pensar, así medio en broma, que caían porque cantaba mal, y entonces dejó de cantar. Las colas para el pan se hicieron eternas y a veces llegabas, y a veces no, y volvías sin pan. Entonces empezaron a evacuar a muchos niños.

En enero de 1937 Toti Vega, que tenía 14 años, abandonó Madrid y a su familia rumbo a no sabía dónde. Aquel grupo al cuidado del maestro Don Eloy Nogales Villazán y su mujer Doña Romona, acabó en Mataró, donde les sirvió de hogar y escuela la Casa Ametller, una masía confiscada por la República a sus propietarios huidos a Italia. La llamaron Colonia Miaja, y allí pasó Toti casi dos años, hasta que la guerra la alcanzó de nuevo.

La mujer no recuerda nada de los días previos a abandonar España, del miedo o la angustia por que llegara el ejército franquista. Sí recuerda que salió por Camprodón el mismo día que se marchó el poeta. Como Antonio Machado, la noche del 28 de enero de 1939 ella y otros 35 niños cruzaron los Pirineos. Primero en camión y después a pie. Antes de seguir andando quienes huían arrojaban el vehículo precipicio abajo, para que no lo recuperaran los fascistas.

En aquel camino que los niños subieron despacio, cada uno con su manta, ella cayó por un balate y aunque perdió su maleta de cartón, salvó la vida. Allí odió la nieve: "Tiraban, y me cogía, pero resbalaba. Me quedó una impresión que me duró mucho tiempo, me daba miedo la nieve".

Los niños de la guerra cruzaron Francia en autobús, en camión o a veces, en tren, y en las estaciones recuerda Toti que recibían cariño y galletas y caramelos. Al llegar a Bruselas los lavaban en un líquido amarillo que no querían ni ver, tan sarnosos estaban después de tres meses sin bañarse que les aplicaron azufre. Y de Bruselas acabaron repartidos por Bélgica miles de niños. 

A ellos los llevaron a Ostende, donde se repartían como en un patio de colegio se escogen los equipos. "La gente escogía más fácilmente a las niñas", recuerda. Esa elección le cambió la vida. Vayamos con la segunda historia: de cómo una muchacha se convirtió en estafeta de la Resistencia nazi.

Un librero comunista y la ocupación nazi

Vivía en Ostende un librero llamado Mathieu Corman, un fotógrafo comunista al que su sed de aventuras había llevado a España durante la revolución asturiana de 1934 y después, durante la Guerra Civil. De él se sabe que recorrió los frentes con Ernest Hemingway, que le ametrallaron los aviones alemanes en su vuelo hacia Guernica, y que fotografió para un diario comunista aquel horror, justo después del bombardeo.

 También que era un tanto impulsivo. Según Pedro Corral en Si me quieres escribir: La batalla de Teruel, el corresponsal de The New York Times Herbert L. Matthews lo tenía por "completamente loco" y lo sitúa en el frente de Teruel con una pistola y una bomba de mano al cinto. Pues bien: el Corman librero eligió acoger a Toti.

Pronto se vio que aquel Corman era el mismo de siempre, comunista y rebelde, y eso arrastró a la muchacha. Ya no recuerda cómo, pero se vio como estafeta que repartía mensajes entre los miembros de la Resistencia a la ocupación nazi. "A veces llevaba mensajes a una madre con dos hijos perseguidos. Ella me había dicho que quitaría las macetas y los adornos que tenía en el poyete de su ventana, y que si veía algo no subiera porque había peligro", recuerda. 

Un día vio una maceta, volvió a la bicicleta y se marchó. "Luego supe que se habían llevado a sus dos hijos. Siempre admiré esa mujer… Tuvo la presencia de espíritu de poner la maceta y a mí me salvó la vida".

Corman, entretanto, estaba en España con la intención de huir a Canadá. Fue detenido en Figueres, pero no le habían quitado el pasaporte, así que cuando vio la que se le venía encima… "¿Sabe lo que hizo? Lo hizo mijitas muy pequeñas y se lo fue tragando".

Terminada la guerra, Toti conoció a Paul Mandeville en un baile y partió con él al Congo Belga, un territorio 80 veces más grande que la metrópoli, entonces propiedad privada del rey Leopoldo II. Desde su posición de encargado del registro ("la misma persona hacía el trabajo de notario, de registro y de la inscripción de la mina", explica él), Mandeville participó del proceso de descolonización y luego de la división de Ruanda y Burundi, que Bélgica había mantenido bajo administración única.

De todo aquello quedan recuerdos en forma de figuras africanas en su casa de El Palo, como hay también recuerdos de su amigo Marcos Ana, de Alberti y de las marchas de La Desbandá a en las que sigue participando. ¿Por qué?: "Porque yo pienso de otra manera, quisiera otro sistema para el mundo entero, un sistema más sociable y no tantos privilegios"

 Sobre el sofá, la pila de periódicos atestigua que quien tanto vivió en el pasado sigue viviendo el presente. "Se ha luchado por tener derechos para todos y cada vez hay menos", lamenta quien tanto ha visto."                 (eldiario.es, 13/03/17)

4/4/16

El abejorro del Holocausto

"Conocíamos el vuelo del moscardón gracias a Rimsky, pero mucho menos el del abejorro. Que se dice brundibár en checo. O Brundibár cuando se trata de aludir a la ópera infantil de Hans Krása.

 Tan infantil que la concibió como una fábula musical para un orfanato judío de Praga en 1938 y que se convirtió en la “escapatoria” de los niños deportados al gueto de Terezín unos años después.

Allí se representaba la obra de manera cotidiana. Primero, en la clandestinidad. Y después como una anestesia colectiva al espanto que el régimen nazi convirtió en argumento de su propaganda exterior.

Cada vez que se rumoreaba el hacinamiento, ejecución y tortura de los deportados, el gobierno alemán divulgaba un documental sobre las inmejorables condiciones de vida de los judíos.

 Se lo obligaron a realizar a Kurt Gerron, un notabilísimo actor de entreguerras -aparece en El ángel azul- que fue deportado a Terezín, como deportado había sido el propio Krása. Ya han visto las imágenes.

O lo que quedan de ellas. De acuerdo con el documental, se les había construido a los judíos una ciudad para ellos. Y ese privilegio les permitía sustraerse a los avatares trágicos de la guerra. Empezando porque proliferaban las funciones de Brundibár.

Llega la ópera al Teatro Real de Madrid a partir del 9 de abril,  pero sobre todo lo hace Dragmar Lieblovà, una anciana que participó en los espectáculos de Terezín y que sobrevivió al Holocausto, no como les sucedió a Krása, a Gerron y a 50.000 personas que terminaron exterminadas en Auschwitz.

Impresiona su testimonio, como estremece el pudor con que alude a la tragedia personal: “Tanto en los ensayos como en las representaciones no podíamos pensar en si teníamos hambre, o si nos amenazaban todo tipo de enfermedades, o si cualquier día nos podían enviar a otro campo de concentración. Cantábamos con alegría y con entusiasmo”.
 

Brundibár -añade- era para nosotros como un cuento sobre la vida normal. Sobre el mundo en el que se vendían bollos y helados, donde los niños iban a la escuela y no tenían que llevar una estrella amarilla. Canté en el estreno del día 23 de septiembre y después ya solo en unas pocas representaciones más, ya que en diciembre de 1943 nuestra familia fue enviada a Auschwitz-Birkenau. A pesar de eso, para mí Brundibár en Terezín supuso una experiencia inolvidable para toda la vida”.

Krása acabó sepultado entre los ficheros de la “entartete musik”, la música degenerada, aunque el lenguaje vanguardista que experimentaba no fue el único motivo de su humillación. 

Pesó aún más la condición de judío, de forma que el estreno de Brundibár no debe valorarse como un mero acto de justicia artística, sino como una obligación para hacer pedagogía del Holocausto entre los niños que vayan a asistir a las funciones. Por deber con la memoria. Y por empatía hacia la tragedia que vivieron los críos de Terezín."       


Dragmar fue una de ellos. Y ha querido traerse los dibujos que ella y otros niños pintaron en el campo de concentración. Caminos de evasión como el vuelo del abejorro, contrapeso supersticioso a los trenes que terminaron en la vía muerta de Birkenau. Ahí viajaban Krása y Gerron."                    (Rubén Amor, El País, 01/04/16)

3/10/14

La niñera que se convirtió en madre de un niño judío... y el oficial de las SS que los salvó


 Gertruda y Michael, en Berlín en 1947. / P. EDITORIAL

"En la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto también emergieron comportamientos edificantes de personas humildes y valientes. La polaca Gertruda Babilinska (1902-1995) fue un gran ejemplo. 

Ella era una católica en la Varsovia invadida por los nazis en 1939 que se jugó el pellejo para ayudar a la familia judía Stolowitzky, que le había dado empleo como niñera en su lujosa casa y, después, fue la heroica madre adoptiva del pequeño Michael cuando Lydia, la mamá del niño, murió y el padre, Jacob, quedó atrapado por la guerra en París y no pudo regresar a Polonia. 

Esta es la historia que cuenta La promesa de Gertruda (Plataforma Editorial), libro escrito por el abogado y periodista Ram Oren a partir de las entrevistas con los supervivientes de aquellos hechos y sus parientes, así como con los documentos obtenidos de su investigación. El texto fue publicado en 2007 en hebreo, se ha traducido a ocho idiomas, con 250.000 ejemplares vendidos; de estos, unos 3.500 en castellano desde que se editó en España el pasado mayo.

Hoy ligado al negocio del turismo y residente en Nueva York, Michael Stolowitzky dice, por teléfono, que Gertruda era "un ángel". "No solo fue buena para mí; lo era por cualquiera que lo necesitase". En la conversación, Stolowitzky la llama en todo momento "mi madre".

 "Es que yo tenía entonces dos años y no recuerdo nada de mi madre biológica, así que Gertruda lo fue desde que tengo uso de razón. Bueno, fue más que una madre porque lo que ella hizo, debe hacerlo una madre por su hijo; pero en realidad no tenía ninguna obligación. Me podía haber delatado, había carteles por la ciudad en los que se amenazaba con la muerte a los que ayudasen a los judíos".     

Oren, autor de best-sellers, ha reconstruido esta "historia real" en una novela de 400 páginas en la que, además de la adinerada familia Stolowitzky, muestra a otros personajes atrapados por sus asfixiantes circunstancias personales, como el oficial de las SS Karl Rink, que se afilió al nazismo para tener un puesto de trabajo y vio cómo sus correligionarios asesinaban a Mira, su esposa judía, lo que le hizo tomar partido, de forma disimulada y arriesgando su vida, por aquellos a los que le habían ordenado exterminar. 

Así ocurre cuando se cruza con Gertruda y Michael para salvarlos de una muerte segura. Michael aún lo recuerda: "Íbamos andando por una calle de Vilna [adonde habían huido desde Varsovia] cuando cuatro soldados alemanes nos detuvieron, nos apuntaron con sus rifles y me gritaron repetidamente: '¡Bájate los pantalones!".

 Si aquellos nazis descubrían a un niño circuncidado era su final y el de Gertruda. "Nos quedaba un segundo de vida cuando una voz dijo: '¡Soltadle!, no es judío". Los soldados siguieron las órdenes del oficial Rink y se fueron.

 El oficial de las SS Karl Rink en febrero de 1938. / P. EDITORIAL

En un mundo en el que llegar vivo al final del día era un triunfo, Gertruda Babilinska promete a Lydia Stolowitzky en su lecho de muerte que cuidará de Michael como si fuera su hijo y que lo llevará a la Tierra prometida, a  Palestina. 

A partir de ese momento, la pareja protagonista se enfrenta con extraordinaria valentía a las penurias económicas, al frío, al temor de que alguien descubra que Michael es judío y lo envíen a un campo de concentración, a las bombas...
      
Cuando el conflicto bélico acaba, Gertruda y Michael viven una nueva odisea: embarcan junto a otras 4.500 personas en el célebre barco Exodus, en julio de 1947, en dirección al lugar donde nacerá el Estado de Israel. Michael cuenta que cuando Ram Oren se puso en contacto con él, quería escribir un libro sobre el Exodus e incluir unas líneas de su odisea junto a Gertruda. "Sin embargo, cuando quedamos, hablamos durante horas y al acabar me dijo: 'Michael, nunca había oído una historia tan fascinante". El motivo de su libro había cambiado.

Aquel niño llamado Michael creció y el horror de la guerra quedó atrás. A finales de los años cincuenta intentó recuperar parte de la enorme fortuna que su padre guardó en bancos suizos. Los vericuetos de otra lucha que detalla Oren.

Sin que se trate de una gran novela, el texto narra con logrado realismo acontecimientos históricos como la Noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, o la lucha por la supervivencia en el gueto de Vilna tras la invasión nazi. 

 Quizás lo más desgarrador del libro son las despedidas de seres queridos que esperan volver a verse pero son conscientes de que será muy difícil, que probablemente es la última vez que se abrazan. Y lo más fascinante de esta historia es cómo una y otra vez la abnegada Gertruda tuvo tantas agallas para superar las terribles dificultades y cumplir su promesa."          ( , El País,  01 de octubre de 2014)

21/5/13

El viaje al campo

"AVRAHAM KOCHAVI

Había veinte o veinticinco vagones en cada tren y se tardaba mucho hasta que los alemanes acababan de meter a la muchedumbre a empujones. Oía unos gritos terribles.

Vi a unos presos agredir a otros para tener un sitio donde ponerse, la gente se empujaba para poder estar en alguna parte, o para tener aire para respirar.

 La gente se asfixiaba. Los primeros en desmayarse eran los niños, las mujeres, los ancianos, caían como moscas. Mi padre estaba a mi lado y de pronto vi que se caía, y se desplomó. 

Traté de levantarlo y reanimarlo con todas mis fuerzas, con toda la fuerza que tenía, pero no pude. Entonces vi un palo en el suelo del vagón; lo empuñé y me puse a golpear con el palo a la gente que me rodeaba, para que hiciera sitio y mi padre pudiera levantarse. 

Recuerdo que no me preocupaba el sufrimiento de los demás, sus gritos, sus amenazas, sólo que mi padre pudiera levantarse, que no me dejara solo.”

 (Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 294)

26/9/12

“Cuando me duelen las heridas, rezo”



"Kim Phuc saluda adelantando la mano y replegando ligeramente el cuerpo, protegiéndolo por instinto. Cuarenta años después de ser víctima del napalm, la enorme cicatriz aún le abrasa, pero la vietnamita compensa este distanciamiento con una gran sonrisa en su rostro de luna.

El 8 de junio de 1972, Kim y sus vecinos del poblado de Trang Bang fueron víctimas de un ataque estadounidense que el joven fotógrafo Nick Ut inmortalizó en una instantánea que dio la vuelta al mundo. Oírla revivir aquel momento cierra el estómago. “Llevábamos tres días refugiados en un templo y de pronto oímos venir los aviones y echamos a correr. Vi caer cuatro bombas. Oí burum burum, un sonido más suave de lo que me esperaba, y de pronto había fuego por todas partes, también en mi piel”.

Su ropa veraniega ardió por completo dejando su cuerpecillo escurrido expuesto a la agresión de la cabeza a los pies. Dos de sus primos, de seis meses y tres años, murieron abrasados. Ella sufrió quemaduras en el 65% de la piel y necesitó injertos en el 35%.

 Phuc (49 años) tarda en encontrar en el menú algo apto a su dieta. No toma azúcar ni arroz. “El napalm sigue presente en mi cuerpo y tengo mucho cuidado con mi alimentación”. Insiste en que la ensalada venga sin aliño ni queso y de segundo elige bacalao como podía haber elegido cualquier otra “proteína”.

 Preguntar por el segundo colgante destapa la caja de Pandora. Descubrir el Nuevo Testamento supuso para ella un punto de inflexión. “Yo vivía sufriendo. Odiaba mi vida, odiaba a la gente normal, odiaba a quienes me habían hecho daño, las cicatrices... 

Leer la palabra de Jesús me cambió. No soy una persona religiosa, pero tengo una relación muy íntima con Dios. Rezo mucho. Cuando me duelen las heridas, rezo. Y cuanto más lo hago, más paz encuentro. Me ha ayudado a amar y perdonar”. No se cansa de repetirlo. “Mi misión es ayudar a otros en mi situación a perdonar, a ser más fuertes por fuera y por dentro”.   (El País, 18/09/2012)

21/9/12

El campo de concentración francés de Drancy, antesala de Auschwitz


 Habitaciones del campo de concentración

“Cuando llegué a Drancy, tuve la impresión de entrar en el infierno… y eso a pesar de que ya había vivido parte del infierno”. Annette Kracjer es una de los 4.000 niños y niñas de la redada del Velódromo de Invierno, la primera en la que se detuvo a familias enteras de judíos en julio de 1942. Setenta años después, sentada en el aula didáctica del Memorial de la Shoah de Drancy, relata con precisión escalofriante su experiencia.

Annette, que entonces tenía 12 años, fue detenida junto a su madre y su hermana Léa, de 14. Pasaron por el Velódromo, antes de ser trasladada al campo de internamiento de Pithiviers, a 80 kilómetros de París, el 19 de julio. El 31 de agosto, las autoridades deportaron a los padres de familia. El 3 de agosto, a las madres. Los niños llegaron “huérfanos sin saberlo” a Drancy el 15 de agosto”.

A los dos días de llegar se llevaron a un primer grupo de niños. “Oímos los llantos. Sabíamos que éramos los siguientes”. La noche siguiente, Annette miraba por el ventanal cómo rapaban a los pequeños antes de mandarlos a Auschwitz, cuando apareció una prima que trabajaba en la secretaria judía del campo y las rescató. 

Durante un mes, las hermanas permanecieron con ella en las dependencias de los internos residentes. En realidad, las dos pequeñas se encontraban desde el principio en una lista de 32 niños que debían ser liberados, porque su padre trabajaba en una explotación agrícola alemana a cambio de una protección para su familia. Pero la lista se perdió “entre comillas” y la nueva no llegó al campo hasta el 23 de septiembre. “Cuando pasaron lista solo respondimos ‘¡presente!’ mi hermana y yo.

 Los demás ya no estaban”, recuerda. “Abandonamos Drancy solas, las dos, en ese gran autobús vacío, con la cabeza llena de piojos, la sarna generalizada y una mirada extraña. En esas condiciones abandoné el campo, al que nunca he vuelto hasta hoy”. (El País, 21/09/2012)


Prisioneros judíos, paseando por el inmenso patio del campo de concentración de Drancy, en diciembre de 1942

"Pasados casi 70 años desde el fin del conflicto, el homenaje se desplaza al fin in situ, a uno de los lugares más simbólicos de la persecución: el campo de internamiento de Drancy, situado a apenas 15 km al norte de París.

 Por él pasaron la gran mayoría de los 76.000 judíos de Francia deportados a los campos de exterminio nazis. El presidente de la República, François Hollande, inaugura hoy el Memorial de la Shoah de Drancy, situado frente al antiguo campo, que actualmente sirve de vivienda social. (...)

El campo se ubicaba en los edificios de La Cité de la Muette, construida entre 1931 y 1937. Era originalmente “un proyecto pionero de vivienda colectiva destinada a mejorar la vida de los vecinos”, recuerda Fredj. La obra, sin embargo, se estancó, y los alemanes, que ocuparon la mitad norte de Francia a partir de 1940, la convirtieron en campo de internamiento judío, primero “con una lógica de exclusión de la sociedad”.

 En el otoño de 1941 se tomó la decisión de la solución final y a partir del verano de 1942 se convirtió en “la antecámara de la muerte”, según la expresión de Philippe Allouche, director de la Fundación para la Memoria de la Shoah.

De los 76.000 judíos deportados desde Francia durante la contienda, unos 63.000 lo fueron desde Drancy, a menudo procedentes de otros centros del país. Hasta el año 1943, el campo fue gestionado por los franceses, antes de pasar el mando a los alemanes. Salían entre dos y tres convoyes semanales

: “los lunes, los jueves y los sábados y siempre eran 1.000”, según recuerda Annette Krajcner, superviviente del campo. El último convoy de deportados salió el 17 de agosto de 1944, apenas unos días antes de la Liberación de París."            (El País, 21/09/2012)

30/5/11

"Sobrevivieron gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos"

"Todo esto se me venía a la cabeza estos días, mientras leía las memorias del hispanista americano Thomas Mermall que acaba de publicar Pre-Textos. El inicio del libro es abrumador.

Mermall fue el único niño judío de una amplia zona de Hungría que sobrevivió a la persecución nazi. Su madre, enferma, acabó sus días en Auschwitz, mientras su padre y él salían huyendo hacia el bosque y sobrevivían gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos.

El libro recorre el siglo XX. De la huida de los nazis a la huida del comunismo, de Hungría a Chile, de Chile a Chicago, donde Thomas se hizo adulto y americano. (...)

Lo más notable del libro es que entramos de lleno en una vida, sin que se nos cierre ninguna puerta, dejándonos convivir con esa familia de supervivientes (la madrastra sobrevivió a los campos) y observar cómo unos responden al trauma de manera mezquina, atesorando todo aquello que les fue negado, y otros practicando la generosidad de por vida.

El padre del profesor Mermall, aquel hombre que salvó a su hijo de seis años escondido en el bosque y en un granero, escribió un diario que le compró Spielberg. Se publicó, pero el proyecto de hacer una película se vio frustrado.

Ahora es el hijo quien reconstruye la aventura y quien la continúa en primera persona hasta el día de hoy en que se encuentra luchando contra un enemigo interior, el cáncer. (...)

El otro día, en la presentación que de su libro hizo en el Cervantes de Nueva York, Thomas reflexionaba sobre esa cosa rara que es la bondad.

Tantas veces intentamos analizar a los criminales, a los seres que apestan la tierra, y qué pocas dedicamos el mismo esfuerzo a comprender qué puede llevar a un campesino a arriesgar su vida por un hombre y su hijo de seis años, a los que no conoce.

Qué nos lleva a ser bondadosos hasta ese extremo y qué nos lleva a superar el dolor sin remordimiento y sin ánimo de venganza. Thomas Mermall ha llamado a sus memorias Semillas de gracia: son las que su madre sembró en él en solo seis años.

Un amor que Thomas ha atesorado toda su vida de huérfano y de las que aún hoy, nos confesó, brota su inquebrantable deseo de vivir." (ELVIRA LINDO: El enigma de la bondad. El País, domingo, 22/05/2011, p. 15)

22/5/11

¿Cuánto horror pasado queda aún en ella? "Todo"


Natascha Kampush

"Antes de acudir a la cita con Natascha Kampusch, de 22 años, su asesor nos pide que la llamemos Frau Kampusch (señora Kampusch).

Porque ella está cansada de que banalicen su nombre; que se abuse de ese "Natascha" tan familiar y sonoro, como si ella fuera aún el juguete que en verdad fue en manos de Wolfgang Priklopil (1962), el hombre que la secuestró el 2 de marzo de 1998, cuando tenía 10 años, y la mantuvo presa hasta el 23 de agosto de 2006.

Ese día, siendo ya mayor de edad, ella reunió la fuerza suficiente para escapar del influjo de aquel al que debía llamar "maestro", al que debía obedecer y servir; un "paranoico de rostro delicado" que la maltrató (...)

Pensamiento crítico de Frau Kampusch: "El interés que se muestra por una víctima es engañoso. Se siente afecto por la víctima solo cuando uno se puede sentir por encima de ella. Ya en la primeras cartas que recibí me llegaron docenas de acosadores, cartas de amor, proposiciones de matrimonio y perversas cartas anónimas" (...)

¿Cuánto horror pasado queda aún en ella? "Todo". Cientos de efectos colaterales: sueños de la vida fuera que la mantuvieron con vida dentro y pesadillas de dentro que la intranquilizan fuera; claustrofobia, agorafobia, resignación, culpabilidad, ser víctima y creer merecerlo, huellas de la tortura psicológica y física que él le infligió, el miedo a que la abandonara o a volver al mundo real... (...)

"Ya no tienes familia... Ahora soy yo todo para ti... Me perteneces. Yo te he creado". Ocho años y medio así. Hasta atreverse a decirle al secuestrador a la cara: "Te estoy agradecida por no haberme matado y por haber cuidado tan bien de mí... pero no me puedes obligar a vivir contigo. Soy una persona independiente... O me matas o me dejas libre". Un largo trecho. (...)

"Los indios no conocen el dolor', era su lema. Mi madre no imaginaba que eso me haría fuerte, me ayudaría a salvar la vida".

Natascha sabía ya entonces de redes de pederastia (hubo varios casos en los noventa). Los expertos aconsejaban en los noticiarios: no oponer resistencia, hablar... Ella lo hizo. Sufrió una regresión. Se hizo niña; la niña querida del secuestrador.

En su mazmorra, él le leía cuentos (La princesa y el guisante fue el primero), jugaban a las damas, la bañaba, le bajó un ordenador... Se convirtió en el único adulto capaz de tomar decisiones por ella. El que da comida y la quita. El dueño. ¿Cómo cree que pudo él hacer algo así? le preguntamos, mientras ella bebe té y se recoloca las medias.

"Él intentaba vengarse del mundo... No pensó en mí, ni en mi familia, ni en mis compañeros de clase que tendrían miedo durante años...". No sabía pensar en otros. Un asocial. Ella intentaba convencerle del error.

Le decía: "No puede ser esto', pero él creía tener derecho sobre mí... Muchos hombres se saben dueños de las mujeres. Y él quería construirse una a su antojo...". Un animal con princesa en su guarida. (...)

Imposible imaginarla allá abajo. 270×180×240 medía el zulo. Once metros cúbicos de aire agobiante. Su cuerpo frágil encajado entre la cama, la ropa, el despertador, la radio, una tele, bombillas, la Barbie... Allí esperando, una hora, dos, tres, un día entero, a que se abriera una puerta. Hablando sola.(...)

Y cuando ella creció y empezó a acumular coraje, a rebelarse, él, vulnerable, reforzó sus métodos de acoso mediante torturas y palizas, le retiraba la comida o las salidas del zulo, la dejaba abandonada hasta que ella cedía presa del pánico a morir de hambre en ese agujero. Enterrada viva. "Mi mayor espanto". (...)

"Lo que peor se llevó fue que no condenara al secuestrador". Pero ella le había perdonado. "Si no, no habría sobrevivido". Así que fue y es objeto de mofa: grupos en redes sociales que piden su vuelta al zulo, canciones o chistes que la citan de mal modo...

Sobre la crueldad de la sociedad (especialmente la suya) sabe ya bastante Frau Kampusch. "Poco a poco me di cuenta de que había caído en una nueva prisión". La voracidad de la opinión pública. (...)

El mal para Natascha Kampusch tiene rostro humano. Habla de esa violencia burguesa, soterrada y fina tan usual, de cómo se crean monstruos y víctimas para disfrazarla, del abuso del blanco y el negro para definir conductas, cuando el mal es gris y está en todos.

"Creo que Priklopil fue uno más entre nosotros, producto de la indiferencia". Ignora qué se puede hacer contra ello (...)

¿Pero qué relación desarrolló realmente con Priklopil durante tantos años? ¿La violó? ¿Le quiso?

-Eso no es público. Lo quiero guardar para mí.

Stop. Ahí no hay paso.

-¿Sintió su muerte?

-Claro, era el único familiar para mí. Pero esa impresión se suavizó mucho con el hecho de que ese día yo era libre. Y sentí alivio. Lo que él había hecho era injusto, y yo tenía que decidir o morirme ahí o buscar mi propio camino.

-¿Por qué se suicidó?

-Porque se quedó perdido, porque sabía que podía ir a la cárcel y porque había perdido a su princesa, la que había inventado, la que había querido que fuera perfecta. Pero yo era ya otra persona.

Resulta admirable Frau Kampusch. Que tan joven y con su experiencia haya conseguido mantener una actitud tan digna consigo misma. Mantenerse firme a las presiones. Que sepa guardar silencio sobre las humillaciones sufridas. (...)

La conversación deriva hacia el futuro. "Ahora sigo aprendiendo a adaptarme a la vida social, a reaccionar ante la gente y las críticas". (...)

Finalmente, salimos a un parque del centro de Viena para tomar las fotos... Frau Kampusch debería pasar inadvertida. Pero algunas personas la reconocen al instante. Sobre todo hombres mayores. Y hay miradas que no cuadran.

Es una sensación que ella tiene a veces, según comenta. Como en aquella visita que hizo un día a una conocida escuela privada: "Allí estaban todos esos chicos ricos, bien vestidos, musculosos. Pensé, porque lo sentí, que ellos creían que yo me merecía haber estado encerrada". Uff, peligro, peligro, el enemigo interior acecha. Ella se ríe. Lo sabe. " (El País Semanal, 30/01/2011, p. 36 y 22.)

27/1/11

Sebastián de Romero Radigales, Cónsul General de Atenas entre 1943 y 1944... un hombre justo

"Hay dos fotogramas en la memoria de Isaac Revah que se mantienen intactos: el día que derramó en el fango la leche azucarada con pastas que suministraban a los niños de Bergen Belsen una vez por semana; y el ladrido del perro que el jefe de campo paseaba, cada día a las 6 de la mañana, entre las filas de prisioneros alineados en el patio.

A esa hora, la de "la llamada", era momento para el recuento de los que poblaban el campo de concentración nazi situado en Baja Sajonia (Alemania) y en el que murieron alrededor de 50.000 personas.

"Con nueve años no entendía por qué ocurría aquello, los adultos nos lo ocultaban. Si hasta nos daban cursos de biblia y clases de matemáticas para mantenernos distraídos.

El agua caliente de la ducha nos reconfortaba, por eso no entendía que mi padre deseaba que saliéramos rápidamente de allí [el método de las duchas falsas era el que se utilizaba para gasear a los prisioneros]. Ahora entiendo su mirada cada vez que salíamos de la ducha", contaba ayer Revah. (...)

Nacido en Salónica (Grecia) en 1934, Isaac Revah pertenecía a una familia de judíos sefardíes que tras el estallido de la II Guerra Mundial pidió asilo al gobierno español.

Fue uno de los 367 "privilegiados" que las fuerzas alemanas trasladaron a Bergen Belsen, como medida provisional, en agosto de 1943 - 48.000 judíos de Salónica fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz - donde Benico Revah, su padre, Suzanne Aruch de Revah, su madre, Lela Soedaï, su hermana de 4 años, y un sinfín de tíos y primos permanecieron siete meses esperando un billete al otro lado de los Pirineos:

"Cogimos el tren hacia Bergen Belsen vestidos con ropa estival, pensando desde el inicio de nuestro viaje que el verano era una época en la que el clima de España era displicente". Un tren de ganado en el que "entre 60 y 80" en cada vagón, según recuerda Revah, y en unas condiciones "difícilmente soportables": sin comida durante los siete días de trayecto y sin agua para todos.

No mucho mejor de las barracas en las que compartía cama con su padre y el tifus con sus vecinos de litera, además de "un líquido negro llamado café, y unas legumbres por la tarde".

Su Oskar Schindler particular - el industrial alemán que salvó la vida de 1.200 judíos del exterminio nazi durante la II Guerra Mundial - fue Sebastián de Romero Radigales, Cónsul General de Atenas entre 1943 y 1944, que intercedió para su salida del campo de exterminio nazi el 7 de febrero de ese último año, en plena guerra:

"Cruzamos Alemania y Francia en vagones de tercera, desde donde vimos ciudades destrozadas, hasta llegar a Barcelona. De ahí conseguimos llegar hasta Palestina, cuando estaba bajo mandato británico y en 1948 nos trasladamos a la capital francesa". (...)

Una tragedia, la del Holocausto, que parece no haber ido con él. Isaac Revah, a sus 77 años - y tras perder a toda la familia por parte de su madre en una de las marchas de la muerte desde Bergen Belsen hasta Auschwitz - en definitiva se siente un privilegiado: "Siempre pienso que he sufrido menos que otra gente que pasó por el mismo campo. Cada vez que digo esto, tengo amigos diciéndome: "¡Basta ya!". (El País, 27/01/2011)

5/1/11

La compañera de Ana Frank


Nanette Blitz Konig, amiga de Ana Frnak, sostiene un retrato de juventud

"Nanette Blitz Konig –Nannie, como la llamaban entonces–, una de sus compañeras de clase. Esta foto se encuentra en su casa de São Paulo (Brasil), donde reside desde los años cincuenta. Nanette lo archiva todo cuidadosamente: retratos, documentos, el número de identificación que los nazis le asignaron e incluso la carta que Otto, el padre de Ana Frank, le envió antes de visitarla en el sanatorio donde se recuperaba tras la guerra.

"Ni Ana ni yo tuvimos adolescencia, pasamos de niñas a adultas; de estar juntas en clase, a ser deportadas en un campo de concentración. Sobrevivimos como el resto, en pésimas condiciones de vida". (...)

Su padre, gerente en el Banco de Ámsterdam; su madre, nacida en Kimberly (Sudáfrica), y su hermano, todos ellos fueron deportados a campos de concentración. Jamás regresaron. (...)

En mayo de 1940, las tropas alemanas ocuparon Holanda, que cinco días más tarde capituló. El antisemitismo latente se transformó en una implacable persecución. En Holanda, antes de la guerra había unos 140.000 judíos. De ellos, unos 100.000 fueron deportados y regresaron poco más de 5.000. Nanette explica:

"Las personas denunciaban por dinero; hoy nadie quiere acordarse. Solo una minoría de holandeses ayudó a los judíos. La resistencia representaba el 1% de la población. Tuvieron mucho coraje porque algunos serían deportados o fusilados".

Los profesores y trabajadores públicos judíos fueron obligados a dimitir a finales de 1940, como hizo el padre de Nanette. El objetivo era destruir la colonia holandesa judía, que a partir de marzo de 1941 fue obligada a registrarse. Prohibieron las bicicletas, el transporte público, la asistencia a los cines, parques y otros espacios compartidos.

La población debía permanecer en casa entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, y finalmente los judíos fueron obligados a depositar sus bienes en un banco confiscado. Debían identificarse públicamente con una estrella amarilla de tela con la palabra judío en el centro, la misma que Nanette aún guarda en su casa de São Paulo.

a los directores de escuela les obligaron a declarar el número de estudiantes judíos, lo que conllevó la creación de 25 escuelas solo para ellos. En una de ellas coincidieron Ana y Nanette. Compartieron clase entre octubre de 1941 y julio de 1942, cuando la familia Frank desapareció para esconderse. Menos de un año fue tiempo suficiente para entablar una relación de colegas. "Entré con 12 años y salí a los 14. Ana y yo veníamos de barrios distintos.

No éramos íntimas, cada una tenía su grupo. Ella era muy viva, extravertida, le gustaba ser vista, hablar con los chicos. Y su pelo… puedo imaginar el trauma que debió de suponer verse en el campo de concentración sin aquel cabello tan preciado, con aquel aspecto tan debilitado…". (...)

"No se hablaba de religión y el deporte estaba prohibido. Teníamos el máximo cuidado para no hablar de nada, ni siquiera de lo que acontecía en casa: nunca sabíamos quién estaba de qué lado".

para evitar la deportación inminente de la hermana de Ana Frank, Margot, en julio de 1942, Otto, el patriarca, decidió acelerar algo que había gestado con ayuda de algunos empleados: su huida. La familia pasaría dos años escondida en la parte trasera de una empresa colindante a los canales de Ámsterdam.

Un chivatazo de un informador no identificado guió a la policía de seguridad hasta allí. Lo revolvieron todo, sustrajeron las joyas y otros objetos, pero dejaron desperdigados algunos álbumes de fotografías y papeles, entre los que se encontraban los escritos de Ana. Una empleada los recogió y, tras la guerra, se los entregó a Otto, único superviviente de la familia Frank.

En septiembre de 1943, cuando los Frank aún permanecían ocultos, la familia Blitz Konig fue detenida. Nanette lo describe con emoción: "Aún puedo escuchar los golpes en la puerta, los gritos, el desconcierto… es algo que no se transmite, la deshumanización… Entraron dos hombres de la Gestapo que gritaban Schnell, schnell! [rápido, en alemán]. Golpeaban la puerta salvajemente. Tuvimos que salir a empujones".

Los condujeron en un tren común hasta el campo de transición de Westerbork, al noreste de los Países Bajos, de donde cada semana deportaban a unos 2.000 judíos en vagones de ganado hacia los campos de exterminio de Polonia. En febrero de 1944, la familia sería trasladada de Westerbork a Bergen-Belsen en un convoy destinado al intercambio de judíos por prisioneros de guerra alemanes.

Por este motivo no le asignaron un número ni le raparon el cabello ni le dieron un traje de rayas. Sin embargo, sufrió el maltrato y las condiciones de vida del campo. "Así me salvé de ser llevada a Ravensbruck. En Auschwitz, la línea de la muerte se situaba en los 15 años; por debajo de esa edad las mataban. No había niñas. Por suerte, Ana había cumplido esa edad".

La vida en el campo era una constante lucha por la supervivencia: letrinas inmundas, condiciones insalubres, piojos, hambre, enfermedades, frío, horas de pie durante el appel (recuento de presos), a la intemperie… Nanette recuerda que en un appel se enfrentó al temido Joseph Kramer, el comandante del campo de Bergen-Belsen, cuando quiso sacarla de la fila y ella se negó.

Tuvo miedo de los perros entrenados para despedazar a los presos, pero escapó a salvo. También guarda en su memoria el impacto que le causó la segunda ocasión en que peligró su vida:

"Era hacia el final de la guerra, cuando un día me sacaron de la fila para que fuera a buscar agua. El guarda me apuntó con su arma directamente, me quedé inmóvil sin mostrar miedo alguno. Parece que eso no le gustó demasiado, no le divertía y decidió no dispararme".

El padre de Nanette murió en Bergen-Belsen el 24 de noviembre de 1944. Un mes más tarde, su hermano sería deportado al campo de Oranienburg, en Alemania, donde falleció nada más llegar. Su madre fue transportada un día después hacia Magdeburg, cerca de Beendorf, donde trabajó esclavizada en una mina de sal a 700 metros bajo el suelo para fabricar piezas de aviones.

No sobreviviría, pues antes de la liberación, en abril de 1945, moriría en un tren que transportaba a 2.000 mujeres a Suecia. A partir de diciembre de 1944, Nanette se quedó sola en Bergen-Belsen, dividido en varios campos diferentes.

Ella estaba en el campo 7 de mujeres y, desde la alambrada que las separaba, vio varias veces en el número 8 a Ana Frank, que llegó procedente de Auschwitz en noviembre de 1944. Cuando en febrero de 1945 eliminaron aquella alambrada, Nanette fue a buscarla.

"Fui la única de la clase que se reencontró con Ana en Bergen-Belsen poco antes de morir, tal vez un mes antes. Casi no nos reconocimos por nuestro aspecto; ella estaba muy debilitada, casi reducida a un mero esqueleto, muerta de frío, envuelta en una manta raída, no aguantaba los piojos, no sabía cómo resistir… Conseguí abrazarla. Jamás olvidaré el reencuentro". (...)

"Al final, los crematorios de Bergen-Belsen no daban abasto. Los ingleses se encontraron con montones de cuerpos. Aquella noche, la muerte seguía rondando. Había una forma peculiar de roncar que denotaba si alguien iba a morir…".

Nanette sobrevivió de milagro, con solo 30 kilos de peso. Enfermó de tuberculosis y tifus contraídos en el campo y entró en coma. Gracias a la acción de un mayor del ejército británico, fue trasladada en avión a Eindhoven, al sur de Holanda, para ser internada en un sanatorio cerca de Harlem, Santpoor, donde permaneció unos tres años.

En octubre de 1945 recibió una carta de Otto Frank en la que le preguntaba si podía recibir visitas. Todavía hoy guarda esta carta en su archivo.

Otto le explicó que tenía el diario de su hija y que quería publicarlo: "Me contó que había partes muy críticas de Ana con su madre, decía que sus padres no eran románticos… Pero, claro, el clima no estaba para romanticismos… Otto extrajo aquellas páginas del libro.

Me preguntó qué opinaba, pero yo no opinaba nada, tenía 16 años. Aquellos ataques de Ana a su familia me parecían propios de una adolescente, no eran imprescindibles para un libro centrado en los nazis y sus acciones contra los judíos". (El País Semanal, 28/11/2010, p. 14 y ss.)

27/12/10

"No hace falta que quieras al otro, pero matarlo es una aberración"

"En 1934, el recién estrenado poder nazi le impidió ejercer en su Alemania natal por ser judío y tuvo que ganarse la vida de otro modo. Se hizo músico y profesor de Educación Física en escuelas judías. Dos años después, y con una primera novela censurada por las autoridades, siguió el consejo de su editor germano, Samuel Fischer.

Le conminó a abandonar el país porque temía "lo peor", y el joven Keilson se marchó a Holanda. Poco antes había emigrado la que sería su primera esposa, Gertrud Manz, una grafóloga católica. Ella había tenido otra premonición. "Este hombre incendiará el mundo", le aseguró, al examinar la escritura de Adolf Hitler. (...)

Y su memoria, lúcida y más extensa que el siglo XX, es la de una era convulsa marcada en Europa por "el odio como razón de Estado". "Una forma de autodestrucción que no se volverá a repetir. Siempre habrá locos que proyecten sus problemas en los otros por miedo. Pero los nazis se aniquilaron solos". (...)

"Mi primer visado era una copia tan mala que se notaba a simple vista. Con el otro, ningún agente notó nada raro". En cuanto llegaba a las casas asignadas, escuchaba con atención las penas de los hijos. En ocasiones, también a los progenitores huidos. "A los cuatro años las raíces echadas se afianzan. Lo mismo ocurre con el yo y la personalidad. Perder a los padres entonces es dramático". (...)

Vio que los niños tenían una forma singular de choque emocional que llamó traumatización secuencial o trauma psicosocial del Holocausto. Su punto de partida, que resultó innovador y sentó cátedra, es la situación vivida con posterioridad a la tragedia inicial de la guerra.

Desde ese observatorio, él cifra la posibilidad de que los niños tengan una vida satisfactoria en el grado de apoyo y seguridad brindados por los hogares adoptivos. (...)

Otro episodio avanza el horror posterior. Es el momento en que sus compañeros de la escuela secundaria, en Alemania, se negaron a comentar un poema de Heinrich Heine que había leído. Judío de origen, el último gran poeta del romanticismo "no les pareció digno de ser alemán; fue un aviso temprano de lo que se avecinaba".

Su primera esposa, que falleció, acabó convirtiéndose al judaísmo. "Era tan crítica con los nazis como yo, y se desilusionó con la actitud del Vaticano". Se refiere a la polémica actitud del entonces papa, Pío XII, sobre su verdadero conocimiento de los crímenes nazis durante la contienda.

Es verdad que el pontífice apoyó a miles de judíos proporcionando actas bautismales falsas. Pero también lo es su afán por conservar la presencia católica en la Alemania del III Reich, al margen de la situación bélica. "Pareciera que Stalin era más condenable que Hitler, y ella se apartó de su Iglesia".

Los episodios que desgrana en voz alta llegan por fin a la esencia de su libro: la profundidad del odio y la fascinación de la víctima por el adversario. Un espejismo esto último, que obliga al judío a pasar de la falsa sensación de seguridad, a comprender, tarde, la naturaleza asesina del líder. Hitler, por supuesto.

"Mi padre había sido condecorado en la Primera Guerra Mundial. Era un alemán como los demás y no pudo creer que le fueran a perseguir. Alemania tenía entonces cultura musical y literaria, pero no política. Y esa es la única que arroja otra luz sobre la realidad. No hace falta que quieras al otro, pero matarlo es una aberración. Ello explicaría la falta de reacción inicial de los judíos ante los nazis.

Cuando me hablan de justo reconocimiento de mi obra, siempre digo que justicia sería que mis padres no hubieran muerto en Auschwitz". Los Keilson se reunieron con su hijo en Holanda, pero ya mayores y sin caudales, acabaron siendo arrestados y deportados." (HANS KEILSON: "No hace falta que quieras al otro, pero matarlo es una aberración". Babelia, 09/10/2010, p. 12)

16/12/10

"Haber pasado por una situación límite, como una guerra, una esclavitud, no tiene por qué llevarle a uno al conocimiento, a la sabiduría."

"Ivan Klima (Praga, 1931) ha publicado 25 libros, entre relatos, obras teatrales, novelas y ensayos. De familia burguesa y etnia judía, durante la II Guerra Mundial, con su país ocupado por los alemanes, pasó parte de su infancia en el campo de concentración de Terezin (Checoslovaquia), de donde muchos compañeros de juegos y muchos familiares fueron conducidos a los campos de exterminio en Polonia.

Comparadas con aquellas pavorosas experiencias, las penalidades de ser un escritor disidente durante el régimen comunista post-Stalin -estar sin pasaporte, sin derecho a publicar, permanentemente sometido a vigilancia policial, amenazado de cárcel-, eran casi fruslerías. Por eso en el grupo de Václav Havel le llamaban "el optimista". (...)

P. ¿Ha concluido ya su autobiografía Mi loco siglo, que estaba redactando el año pasado?

R. Se acaba de editar en Chequia. Ninguno de mis libros había obtenido una recepción tan positiva. La historia está contada desde mi punto de vista. Y cada capítulo concluye con un ensayo que hace referencia a esa época. Pero con la perspectiva actual.

P. ¿Qué clase de ensayos?

R. Por ejemplo, después de dar mi testimonio personal sobre el campo de concentración de Terezin coloco un ensayo Sobre la situación límite; la tesis es que haber pasado por una situación límite, como una guerra, una esclavitud, no tiene por qué llevarle a uno al conocimiento, a la sabiduría. Una situación límite en la que te pone una ideología criminal te puede posicionar a favor de... otra ideología criminal porque es la contraria a la anterior.

Como nos pasó a tantos checoslovacos, ya que los comunistas tomaron el poder en 1948 tras unas elecciones en las que obtuvieron el 40% de los votos, o sea, con una importante mayoría. Otros ensayos tratan sobre cómo funciona un régimen totalitario, cómo es la propaganda, cómo las utopías prometen fines que no se pueden cumplir (por eso son utopías) y en el momento en que se comprueba que no se pueden cumplir se constriñe a la gente a creer, y ahí aparece la violencia." (IVAN KLIMA: "Vivir una situación límite no te lleva a la sabiduría". El País, 09/12/2010, p. 45)

3/12/10

Ingrid Pitt, la vampira más sensual de los setenta... creció en un campo nazi


Ingrid Pitt, en 1968

"Pero, como ella recordaba, Pitt pensó en "ser otra persona", mientras estaba tumbada sobre la fría paja en un campo de concentración nazi, donde estuvo recluida con su madre entre los cinco y los ocho años.

Nació en Polonia el 21 de noviembre de 1937, con el nombre de Igoushka Petrov, según citan los medios anglosajones. Su madre era judía polaca. Su padre, alemán, era científico. Cuando se negó a investigar para los nazis en la fabricación de cohetes, intentaron escapar hacia Reino Unido, pero su madre se puso de parto y tuvieron que quedarse en Polonia.

Tras la invasión, los alemanes los capturaron en 1943, y enviaron a la niña y a la madre al campo de Stutthof. Allí, vio cómo ahorcaban a la mejor amiga de su madre y cómo a una niña amiga suya la violaban y la molían a golpes.

"Nací en el mayor espectáculo de horror del siglo, las brutalidades del régimen nazi; es increíble que haya hecho películas de terror con la tremenda infancia que tuve. Pero tal vez es por ello por lo que soy tan buena en esto", dijo durante la promoción de uno de esos filmes.

Mientras el Ejército Rojo atacaba Polonia, los nazis se llevaron a los supervivientes para matarlos, y ellas consiguieron huir en medio de la confusión por los bombardeos aliados. Después, dedicaron meses a buscar a su padre y a su hermana mayor. Cuando los encontraron se fueron a vivir a Berlín, donde el padre, tocado de muerte por la tragedia, solo sobrevivió cinco años.

En los años cincuenta, Ingrid Pitt se enroló en la compañía de teatro de la viuda de Bertolt Brecht, la actriz Helene Weigel. Cuando iba a debutar, se enteró de que la policía de la Alemania Oriental iba tras ella (nunca se había callado sus opiniones contra la opresión del régimen comunista), huyó con el vestido de la obra y se tiró al río Spree.

Casi se ahoga, pero la rescataron, entre otros, un guapo teniente de Estados Unidos, Lauren Pitt. Se casaron y se fueron a Colorado. Después se divorció y viajó a España." (El País, obituarios, 29/12/2010, p. 60)

5/5/10

Auschwitz visto por una niña



"Sucedió mientras pasaban lista. No salían las cuentas. Nos contaron unas diez veces. ¿Estuvimos esperando minutos, horas? (A lo mejor en el terror sólo hay siglos). La enana daba patadas en el suelo con los tacones altos: sola en medio de la plaza inmensa, se bamboleaba sin tregua como una campanilla exasperada.

Faltaba una.

La encontraron en uno de los barracones, dormida en su jergón. Con las manos detrás de la espalda, la enana empieza a dar vueltas alrededor de la desventurada, que, medio dormida aún, da también vueltas alrededor de ella. Por fin la polaca se detiene y hace una seña a Otto, un lagerkapo [ayudante del jefe del campo]. Y ahora es cuando se hace un completo silencio, como si miles de personas dejasen de respirar a un tiempo, y veo que la chica está perdida. Pero ella no se da cuenta. Mira a la contrahecha con algo que parece confianza, con cara de decir: pero si yo no tengo culpa de nada, sólo estaba durmiendo.

A Otto lo conozco de cuando pasan lista; es alemán y lo condenaron a once años de cárcel por schwerverbrecher {asesino} antes de la guerra. Un Goliat de pelo a cepillo, grueso, de tez rubicunda y salpicada de pecas (que le motean incluso las manazas). Le hace una seña a la chica, que se acerca, y le ordena que estire las manos. Ella obedece, dócil como en la escuela.

La fusta cae dos veces; lanza un gemido, pero sigue de pie.

-¡Desnúdate!

Las manos ensangrentadas intentan desabrochar la blusa blanca, pero no tienen suficiente fuerza. Otto se la arranca con sus propias manos. Se quita la chaqueta de cuero y la pone en el suelo tras haberla doblado con cuidado. Esa forma primorosa y sosegada de preparar el asesinato me trastorna más que todo cuanto viene a continuación.

Por fortuna, la chica se desmaya casi enseguida. Otto sigue golpeando hasta quedarse sin resuello. Sudoroso, con la camisa pegada a la piel, lo que golpea no es ya sino algo informe. Ha cumplido con la tarea, pero se encarniza por gusto. Se lo pasa bien.

Por fin la enana lo detiene. Se inclina hacia el cuerpo y alza la cabeza con la punta del tacón. Otto se seca la frente. Se llevan a la que ya ha dejado de ser un número.

Siguen pasando lista (...).

(...) Había lío por culpa de la chica huna que está embarazada, que se empeñaba en planchar y se enfrentaba con las demás hunas, voceando y echando mano, como siempre, de los "sentimientos" para despotricar. ¿De dónde le viene ese empeño rabioso en trabajar si casi no se tiene de pie?

No puedo por menos de observarla. No soy la única. Su insignificante persona es el centro de un violento conflicto entre la tribu y las polacas del almacén.

Las chicas hunas defienden sus posiciones con ademanes que refuerzan con la única palabra de que disponen en la lengua de Goethe y de Adolf: "Nein". Nuestras jefas (incluyo en el lote al fotógrafo) no paran de agobiar a la futura madre con consejos "innobles": y llegan hasta encargarse de traer al almacén a una especialista, una abortera que hace años que ejerce en el campo su especialidad.

-¡Que se guarden a su abortera! -mascullan las chicas hunas.

-Aquí a los bebés los matan, los estrangulan o les ponen una inyección... ¿No os dais cuenta?

-¡Podéis decir lo que queráis! Nunca vamos a creer que Dios permita algo así.

Traduzco, y sólo entonces las polacas se ponen a decir a voces todo lo que llevan dentro: todo lo que Dios consiente que pase en la tierra, y en Plaszow [campo de concentración cerca de Cracovia} en particular.

-¡Pero los niños pequeñitos...!

Las chicas hunas son de lo más cabezota.

-¡No, que nadie toque a nuestra Rozzi! ¡Con lo esperado que era ese niño!

-Pero ¿qué os parece que le va a pasar aquí?

-Lo que nos pase a nosotras.

La madre escucha toda esa escandalera como si no fuera con ella. Pero, pese a todo, llega un momento en que me da un codazo:

-Si les hacen a los niños lo que dicen ésas, ¿a la madre qué le pasa?

-Pues lo mismo que al niño, supongo.

-¿A los dos juntos?

-Sí.

Albergamos la esperanza de que con eso se lo piense. Y, efectivamente, se lo piensa, porque al cabo de un ratito me dice:

-Vale más así.

Por la tarde son las primas las que la toman por su cuenta, sin mayor éxito.

-Dios no permitiría eso.

-¿Y si a pesar de todo...?

-Pues entonces es que no existe -dice-. Y entonces, ¿para qué vivir?

Nos pasamos el día dándole de comer. Y, sin embargo, no para de adelgazar. Incluso su pobre tripa parece que le ha mermado. Es posible que el niño por el que está dispuesta a morir ya esté muerto.

Aquellos hermosos días de mi juventud, de Ana Novac. Ediciones Destino. Precio: 17 euros." (El País, Domingo, 18/04/2010, p. 20)

12/3/10

El final del duelo

"Si todo está en la infancia, en el caso de Lorenza Mazzetti el cliché se cumple de forma singular, crónica y aguda. Esta mujer inteligente y llena de gracia ha vivido su extraordinaria vida cosida a su infancia. Nació en Florencia en 1928 con su gemela Paola. Sietemesinas y muy frágiles, quedaron huérfanas de madre y su padre las mandó a vivir con unos tíos de origen judío, Nina y Robert, que tenían dos niñas. Robert Einstein era primo del científico judío Albert Einstein. El 3 de agosto de 1944, cuando Lorenza y Paola tenían 12 años, las SS llegaron a la casa de campo cercana a Florencia donde vivían los seis, ametrallaron a su tía y a sus primas y quemaron la casa. Robert, escondido en el bosque, las sobrevivió unas pocas horas. Al conocer la noticia se quitó la vida.

Lorenza y Paola presenciaron aquel espanto. Pero ellas no se llamaban Einstein y se salvaron. "Compartimos la dicha de vivir juntos, y nos separaron en la muerte porque éramos de razas distintas. Pero mi tío ni siquiera era practicante", recuerda sonriendo Lorenza en su luminosa casa romana, cerca de Campo dei Fiori. (...)

"Al principio intenté fingir que aquello no pasó", cuenta. "Me fui a Londres a estudiar cine y me enamoré del director de la universidad. (...)

Cuando regresó, en 1959, se acabó el fingimieto. "Paola se había casado con un psiquiatra. Yo enfermé. No dormía, tenía alucinaciones y ataques de catatonia. Un colega de mi cuñado, gestaaltiano, me dijo que si quería curarme tenía que volver a la casa y escribir mis recuerdos. De modo que fui con un amigo francés, Guillaume, nos instalamos en una casa cercana y empecé a escribir".

Las primeras líneas tenían forma de diario escolar: "Ejercicio de redacción: 'Contad lo que habéis hecho hoy'. Desarrollo: "Hoy, el Duce ha hablado en la escuela y nos ha dicho que hagamos gimnasia para volvernos fuertes y educados y estar listos para acudir a su llamada en defensa de nuestra gran Italia porque estamos en guerra".

La niña que fue era la narradora de la historia. "Tiré la página a la papelera. Mi amigo la recogió y me dijo: 'Estás loca, es estupenda. Tienes que escribir todo el libro así'. Y eso hice". Cuando acabó, en 1961, Mazzetti tituló el libro El cielo se cae. (...)

Federico Fellini dijo que nunca se había divertido tanto leyendo un libro, y que por fin alguien contaba la guerra desde otro punto de vista.

El cielo se cae se recibió como una ficción y Lorenza no sacó a nadie del error. Se había curado y eso era lo que contaba. Luego se puso a trabajar en la RAI, dirigió teatro para niños, se hizo comunista, la echaron de la RAI, se enamoró del hijo de un fundador del PCI y se casó con un cirujano partisano.

No tuvo hijos, escribió algunas historias más, pintó y siguió conforme con su pobreza." (El País, ed. Galicia, 11/03/2010, p. 40)

12/1/10

"No me importa que me maten, he hecho algo por la paz"

"Sara Morales llega una hora tarde a la cita y se encuentra a la periodista subiéndose por las paredes. A esta carismática mujer de 24 años, madre de tres hijos y embarazada del cuarto, no le cambia el gesto. Tenía 11 años cuando las FARC la raptaron. Ha sido guerrillera a la fuerza hasta que pudo escapar, en 2007. No fue fácil. Le dispararon. Aún está fresca la cicatriz de la bala que le atravesó la mano. (...)

Con el tiempo, Sara se enamoró de un "soldado raso". Sus dos hijos mayores nacieron en la selva y fueron criados por familias de la zona. El 20 de julio de 2007, durante una ofensiva del ejército, Sara vio una oportunidad para escapar. "Durante mi ronda nocturna, me fui. Cuando los compañeros se dieron cuenta vinieron a por mí. Me dispararon y me dieron en la mano, pero me eché pólvora, me hice un torniquete y seguí. Después me dieron en la pierna, menos mal que no cogió hueso...". Y de pronto suelta: "Yo puedo ir a un reality y gano. Me defiendo para la supervivencia". (...)

En primavera, Sara pasó la audición de Canta Conmigo. Lo pasan en grande. "Al cantar me conecto con el yo que tengo adentro. Yo con yo", dice mientras come tarta de Santiago, que vuela. Se está hinchando a dar entrevistas. Con su historión no es para menos. No teme las represalias. "Vivo cada día como el último. No me importa que me maten, estoy contenta. Le he dejado a mis hijos el legado de que fui capaz de reinsertarme, de hacer algo por la paz". (El País, ed. Galicia, última, 09/01/2010)

2/11/09

Son niños soldado... cuando matan en ellos todo rastro de empatía



"Pero su trabajo con los niños soldado es el más delicado. "Es imposible devolverles la infancia porque han visto cosas atroces y han violado a mujeres en su edad más pura, pero intentamos al menos que vuelvan a ser civiles", dice el padre Mario. Situada al oeste de Ruanda, esta región congoleña arrastra la historia más sangrienta del país, ser uno de los escenarios del genocidio de los hutus contra los tutsis que en 1994 aterró al mundo. (...)

Hace una semana llegó la última mujer. "Tendría unos 14 años, pero ya lucía en su uniforme los galones de comandante", cuenta una cooperante. "Había ascendido tan rápido porque era la única esclava sexual en un batallón de unos cien hombres". Tristes honores de guerra. (...)

La entrevista se desarrolla en un porche junto a sus habitaciones, que están apartadas de las demás. Son muy violentos. "No sólo es que sean analfabetos, es que han sido educados para la violencia y recurren a ella constantemente. Son capaces de sacarse los ojos por cualquier tontería", afirma Gavin Braschi.

Estos adolescentes han matado, han cortado extremidades a machetazos y han violado a decenas de mujeres. Fueron muy crueles, pero fue una barbarie impuesta. Víctimas entre las víctimas, les obligaron a ser verdugos y su fragilidad se palpa en las pocas palabras que les logramos arrancar.

"Un día estaba en la puerta de mi casa y unos milicianos me dijeron que si les llevaba las armas hasta su campamento me darían una propina. Cuando llegué a la selva, no me dejaron volver", cuenta uno de ellos, de 14 años. Acaba de salir de la guerra después de tres años en la milicia. "Al principio me pusieron a cocinar, pero pronto me adiestraron para matar con un Kaláshnikov, me enseñaron a extorsionar para conseguir comida, y aprovecharon mi pequeño tamaño para hacerme especialista en emboscadas", recuerda.

El miedo y la empatía se eliminaron a base de drogas. Uno de los entrenamientos más comunes consistía en drogarles y dispararles junto a la oreja para que perdieran el temor a los tiros. Pero la experiencia fue más dura que la droga. "Un día no lo soportaba más y me escapé", confiesa uno de ellos. (...)

La tensión que han vivido les hace distintos del resto de los niños, incluso físicamente. Son musculosos, pero sobre todo la angustia parece habérseles acumulado alrededor de los ojos.

El psicólogo que les atiende al llegar al centro afirma que la mayoría tienen desenfocada la realidad. "Llegan con todos los síntomas de cualquier trauma grave: insomnio, problemas intestinales, mal humor, dolor de cabeza y sufren pesadillas. Muchas veces las confunden con la realidad. Tampoco se relacionan con el resto de los niños del centro porque el ejército les ha enseñado a considerar a los civiles como sus inferiores". (El País, Domingo, 11/10/2009, p. 12/3)

15/5/09

El niño que se salvó de Auschwitz

"La historia de Siegfried Mier, que residía en Francfort (Alemania), es diferente, pero en ella también tiene un papel protagónico un español. El pequeño Meier, travieso y rebelde desde su más tierna infancia, fue deportado, junto con sus padres, al campo de exterminio de Auschwitz cuando tenía sólo siete años ("me han dicho que debía tener esa edad por el número que a mí me tatuó la SS en un brazo", dice).

"Llegamos a Auschwitz-Birkenau y los hombres que desnudaban a los prisioneros le dijeron a mi madre: 'Esconda al niño porque si le ven los nazis le llevan a la muerte'. Así estuve dos meses oculto en una de aquellas literas colectivas hasta que mi madre murió a causa del tifus", rememora Mier. "Después, los demás presos me dijeron que no podían seguir ocultándome y me aconsejaron que me presentara al recuento de prisioneros. Y así lo hice. A los alemanes les caí en gracia y me convirtieron en su mascota, hasta tal punto que me hicieron un pijama de rayas a medida", cuenta hoy en Madrid, como si eso le estuviera sucediendo ahora mismo. "¡Me ocurrieron cosas surrealistas...!", añade.

"Al cumplir nueve años, me sacaron del campo de mujeres y me llevaron al de hombres, donde cogí el tifus. Me metieron en el barracón de los mellizos, en el que el doctor Mengele hacía sus experimentos. Allí me pusieron muchas inyecciones, pero Mengele no lo debía hacer tan mal porque jamás he estado enfermo", rememora el setentón Meir, entre socarrón y sarcástico. Su padre murió reventado a patadas de los nazis.

Cuando entraron las tropas rusas en Auschwitz, Meir fue subido a un convoy que fue atacado por partisanos yugoslavos, lo que obligó a él y a otros muchos prisioneros a seguir camino a pie. Sin que sepa muy bien cómo, dio con sus huesos en el campo de concentración de Mauthausen (Austria), donde de nuevo cayó en gracia a los carceleros tras presenciar la rabieta que cogió cuando pretendían raparle el pelo. Tan simpático les pareció el chico que le vistieron con un traje de bombero y le metieron en el barracón de los republicanos españoles.

"Entre ellos estaba Saturnino Navazo Tapias, que me aconsejó: 'Di que eres mi hijo. Si te preguntan, dices que vives en la calle de Don Quijote, número 49, de Cuatro Caminos, en Madrid'. En 1945, al ser liberado de Mauthausen, me fui a Toulouse con Navazo y otros. Allí, cuando tenía 14 años, aprendí el oficio de sastre. En Auschwitz sólo estaba hecho para robar. Navazo me convirtió en una buena persona y comprendió por qué yo era un ladrón. Yo siempre quise demostrarle que reconocía lo que había hecho por mí. Ese hombre, que murió a los 80 años, fue un padre para mí y jamás me pegó pese a que le hice cosas horribles", declara Meir.

Con el correr del tiempo, el niño de Auschwitz se instaló en Ibiza, donde se enriqueció con una cadena de restaurantes y varias tiendas de moda ad lib -"copiaba la ropa india de las chicas que venían de Katmandú"-; fue cantante de cierto éxito, amigo del músico Georges Moustaki, y actor frustrado porque "los directores de cine le veían triste" pese a su aspecto de galán glamuroso. "Hoy estoy arruinado", confiesa con su mirada acuosa tras las gafas." (El País, Domingo, 01/02/2009, p. 8/9)