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24/5/16

"La llegada del obispo Pildain, que se posicionó con las víctimas, marcó un antes y un después en la represión franquista en Canarias

"La llegada del Obispo Antonio Pildain a Canarias marcó un antes y un después en la represión franquista en las Islas, porque éste se posicionó del lado de las víctimas. Así lo entiende el historiador José Miguel Barreto, que participa en la solicitud ciudadana que se moviliza actualmente para declarar al prelado Hijo Adoptivo de Agaete por su defensa de los represaliados por el franquismo durante 22 años. (...)

Antonio Pildain fue obispo de la Diócesis de Canarias entre 1936 y 1966.(...)

"El primero y más importante es un documento que procede del archivo secreto del Vaticano, donde se expresa la posición política de Pildain escrito en octubre de 1936", señala el historiador, que ofrece el texto íntegro en una proyección y en la que se verá una posición contraria a la represión franquista. 

Barreto asegura que las presiones del gobierno de Franco se inician antes incluso de pisar suelo canario, ya que el religioso fue elegido obispo en mayo de 1936 y pasaron nueve meses hasta que fue consagrado en febrero de 1937.

Una vez en el Archipiélago, el prelado intervino para relajar la intensidad de una represión que era muy fuerte, según Barreto. "Las cosas cambian cuando él llega y cambian por la acción del obispo", apunta éste.
José Miguel Barreto sostiene en la conferencia que la posición que tiene Antonio Pildain contra el régimen en 1936 se mantiene hasta el final de su ejercicio en 1966.

La posición de Pildain con el tema de las víctimas condicionó la posición del prelado con las líderes políticos de la dictadura en Canarias. "Las autoridades franquistas se lo hicieron pagar caro", añade el historiador, que recuerda como intentaron destituirlo con la visita de Franco a las Islas en el año 1950. "No lo consiguieron, pero lo convirtieron en un problema diplomático entre España y Roma", expuso. (...)"       (La provincia, 10/05/16)

21/10/13

El abad de Montserrat sí pide perdón por la colaboración de la Iglesia con el franquismo

"La macrobeatificación de Tarragona ha abierto la caja de los truenos. El abad de Montserrat, Josep Maria Soler, se ha sumado a la petición de los cristianos de base de que la jerarquía católica pida perdón por su colaboración con el franquismo.Lo hizo durante la misa de acción de gracias por la beatificación de los 21 Mártires de Montserrat, que fallecieron en distintas circunstancias durante la guerra civil.

Soler, que subrayó que la Iglesia ha perdonado sin que a ella “nadie le pida perdón”, recordó que el Papa Juan Pablo II pidió disculpas en el año 2000 por los errores de los hijos de la Iglesia y que los obispos catalanes también lo han hecho, en referencia a la carta pastoral Al servei del nostre poble del año 2011. 

En ella había una petición vaga de perdón “por la carencias y errores” que hubieran podido cometer. Sin embargo, Soler insistió ayer en su homilía en la necesidad de hacer un reconocimiento más directo: “Hay que continuar reflexionando sobre este periodo de nuestra historia para analizar todos los hechos, pero quizás sí que hace falta un pronunciamiento más explícito”.

“Pero hoy, ante el testimonio de sus mártires beatificados, lo vuelve a hacer a través de mí, por las veces que, a causa de las limitaciones humanas, no hemos ofrecido un testimonio suficientemente transparente del Evangelio ni hemos sido suficientemente generosos en servir a todo el mundo”, concluyó el abad de Montserrat."           (El Plural, 21/10/2013)

25/3/10

Que me pidan perdón

"El cura Bolita era el más frecuentador de niños en las Escuelas Pías de San Fernando, un colegio religioso situado en la calle Donoso Cortés de Madrid. Su técnica era muy depurada: cuando algún niño enredaba, le sacaba a la pizarra y le interrogaba, delante de todos los demás alumnos, con una voz melosa que provocaba pánico. Luego, le rebuscaba en los bolsillos del pantalón para ver si encontraba cromos o canicas que confiscarle. Se entretenía en la tarea, buscaba como si esos bolsillos fueran infinitos.

El cura Laudelino no tenía esa manía. A Laudelino le gustaban otras cosas de los niños. Le gustaba torturarles. Por ejemplo, si había una pelea en el patio entre dos, ponía a un niño frente a otro (preferentemente si sabía que eran amigos) y les obligaba a darse guantazos de forma alternativa, sin que el que tenía el turno de recibir pudiera subir las manos para protegerse. Al principio, los niños se daban flojo, porque eran amigos. Y Laudelino les daba un guantazo como castigo por la flojera. Al cabo de tres o cuatro intercambios, los amigos se zurraban con el odio más profundo ante la sonrisa satisfecha de aquel cura que tenía las manos duras como palas de frontón.

No sé si Bolita llegaba a situaciones extremas, porque yo tenía la fortuna de contar con dos hermanos mayores en el colegio que conocían sus aficiones y dejaban caer sobre él sus miradas vigilantes.

Pero Laudelino no se cortaba con nada. Recuerdo, aún con dolor, cómo le subía a uno del suelo tirándole de las patillas, cómo propinaba patadas a un niño tumbado en el suelo. Tenía aquel tipo un largo repertorio de torturas que habrían servido de enseñanza a los honorables militares de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires. Que yo sepa, y me consta porque a lo largo de mi vida he conocido mucha gente, eso se hacía en muchos colegios religiosos de este país. Había abusos sexuales y torturas físicas. Y que yo sepa, nadie nos ha pedido perdón a los que sufrimos en aquellos tiempos semejantes asaltos. (...)

¿Es mucho pedir que nos pidan perdón? Ya veremos si se lo concedemos, pero les toca a ellos, a Bolita, a Laudelino y a todos los demás." (Jorge M. Reverte: Que me pidan perdón. El País, ed. Galicia, sociedad, 24/03/2010, p. 32)

29/1/10

Un obispo católico pide perdón... por la guerra civil...

"En una vieja mina romana, a 30 metros de profundidad, en el pueblo toledano de Camuñas, el médico forense Francisco Etxeberria dirige las labores de localización de víctimas de la Guerra Civil, el mismo trabajo que ha realizado en los últimos 10 años y de forma altruista con el equipo de técnicos de Aranzadi.

Pero esta vez todo es distinto. Porque esta vez el forense no ha acudido a la llamada de familiares de fusilados que le piden que saque a los suyos de una cuneta para poner su nombre en una placa, sino a la del arzobispado de Toledo. Porque esta vez las víctimas no son republicanas, sino sacerdotes y gente adinerada y de ideología de derechas fusilada por el bando perdedor de la guerra. Y eso, aunque abajo, a 30 metros, para Etxebarria sea el trabajo de siempre, arriba lo cambia a todo.

Arriba, en la boca de la mina, los familiares de las víctimas claman contra la Ley de Memoria Histórica y la apertura de fosas. (...)

"Los familiares no tienen ningún interés en sacarlos. La Iglesia ha acudido a la ciencia en este caso para tener la certeza de que aquí hay nueve mártires, que son candidatos a la beatificación. Y parece que está confirmado porque los científicos nos han dicho que una de las víctimas lleva ropa negra extremadamente larga", es decir, una sotana. (...)

A última hora de la tarde el obispo auxiliar de Toledo, Carmelo Morobia, visita la fosa. (...)

Y a continuación se produce una escena única y quizá irrepetible porque, tras rezar un padrenuestro, el obispo pide: "Ojalá que esto nos sirva para no repetir nunca las barbaridades que hicimos en la guerra". La Iglesia a la que pertenece, responsable de muchas de las atrocidades cometidas en el conflicto -algunos curas confeccionaban listas de rojos para entregarlas a los asesinos- nunca ha pronunciado una frase semejante incluyéndose como culpable. (...)

Al contrario que los familiares de las víctimas y de la Conferencia Episcopal, Morobia apoya la Ley de la Memoria. "Es de todos. Claro que me parece bien que se abran fosas. Desgraciadamente, todos tenemos que pedir perdón por la guerra y todos tenemos derecho a la Ley de la Memoria". Hace años este religioso impulsó otra exhumación para rescatar los cuerpos de 80 vecinos de su pueblo, fusilados por falangistas." (El País, ed. Galicia, España, 24/01/2010, p. 24)