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29/7/13

Belsen hizo de mí un optimista...

"WYNFORD VAUGHAN-THOMAS 


Belsen hizo de mí un optimista ridículamente empeñado, porque no puedes creer que la humanidad sea de ese modo. Si lo crees, no queda nada delante de nosotros. 

Si eso es lo que hay en el fondo de nuestra mente, si quitas la tapa y hay un Belsen debajo, ¿de qué estamos hablando? No puedo creerlo, no debo creerlo, no lo creeré."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 548)

25/6/13

"Estaba perdido en aquella oscura planicie del norte de Alemania y presentías que habías tocado el fondo más negro de la mente humana"



"WYNFORD VAUGHAN-THOMAS 

Una montaña de cadáveres de mujeres, una montaña alta, probablemente haya visto las fotografías, pero el hedor y el horror... había niños pequeños jugando cerca de la montaña de cadáveres, y ése fue el final, el horrible final. En los cobertizos se había declarado la fiebre tifoidea y todo lo demás, y no podías oírte a ti mismo entre los estertores de muerte. 

Yacían unos encima de otros, gente enferma, gente vomitando, cuerpos decrépitos que reptaban con las manos y las rodillas. Entré en una zona que tuvieron que precintar a causa del tifus; a través del alambre aparecieron ramas de arbusto, eso pensé que eran, pero eran los brazos de la gente, y las voces, el sonido ronco que brotaba de gargantas completamente secas, nunca lo olvidaré. 

A veces despierto por la noche, oigo ruidos y creo que estoy en Belsen de nuevo, entre aquel horrible, espantoso y nauseabundo olor. Y la indignidad final de amontonar el cuerpo humano como si no tuviera ningún valor. 

Estaba rodeado por bosques de abetos, neutrales, y a veces no puedo mirar un árbol de Navidad sin acordarme de Belsen. Estaba perdido en aquella oscura planicie del norte de Alemania y presentías que habías tocado el fondo más negro de la mente humana."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 297/8)

29/1/11

"Todavía hoy es como si me quemara por dentro"


Abraham Bivas

"Las noches en las que Abraham Bivas duerme cuatro horas son las buenas. En las demás, debe conformarse con dos o tres horas de duermevela, antes de abrir los ojos y comenzar su tránsito diario por una vida secuestrada por los recuerdos.

No puede ni quiere olvidar sus días en Bergen-Belsen, el campo de concentración nazi en el que su madre y su hermano sucumbieron a la enfermedad hambrientos, y en el que él, a sus nueve años, deseó morir con todas sus fuerzas.

"Yo no olvido ni perdono", aclara Bivas. Para él, es como si el tiempo no avanzara. Hoy, a sus 77 años, recuerda con minuciosidad el año y medio que siendo un niño vivió entre 1943 y 1945 en el campo del norte de Alemania, en el que se calcula que murieron 50.000 judíos, víctimas de la maquinaria nazi.

Bivas recuerda el cazo de lata con la ración de agua templada diaria, el mendrugo de pan que debía durar toda una semana, los barrotes de las literas en las que vivían las familias agolpadas, el suelo encharcado del vagón, el brazalete amarillo con la estrella de David.

Las sesiones con el psiquiatra y la dosis diaria de fármacos no le ofrecen demasiado alivio a este hombre corpulento, de cejas y pelo blanco, que mira a los ojos cuando habla. La culpa puede con él. Se culpa por no haber besado a su madre antes de que se la llevaran al crematorio.

Como tampoco se perdona haber bebido unos sorbos de agua, que piensa tal vez hubieran salvado la vida de Asher, su hermano mayor, el que cuidó de él hasta el final en los barracones.

No le sirve de consuelo recordar que en aquellos días, en el campo y en los vagones de tren en los que los alemanes transportaron amontonados a los judíos, los padres hambrientos les quitaban de las manos la comida a sus hijos.

Que en la lucha por la supervivencia, la solidaridad se convirtió en un lujo inasequible para muchos. Bivas dice ahora en voz alta algo que hace más de medio siglo se repite a sí mismo. "Ellos murieron y yo estoy vivo".

Bivas, judío yugoslavo de origen sefardí, nació en Pristina en 1933. Allí creció y disfrutó de una vida casi de pueblo en el seno de una comunidad judía que, asegura, estaba muy unida. La unión y todo lo demás saltaron por los aires en 1941, cuando los alemanes entraron en Pristina.

Ordenaron a los judíos identificarse con un brazalete y colgar la bandera nazi a las puertas de su casa. Luego se llevaron a los hombres. En el 43 sacaron a la fuerza a todos los judíos que quedaban y saquearon sus casas. Les trasladaron a las afueras de Belgrado, donde empezaron las palizas.

Al campo de concentración alemán llegaron ya muy debilitados, agolpados en los vagones. Lo que siguió durante el año y medio de cautiverio en Bergen-Belsen fue la barbarie.

El cuerpo de niño de Bivas sobrevivió llagado y a duras penas a una infección cerebral y a la epidemia de tifus que mató a 35.000 prisioneros del campo, incluida a la célebre Ana Frank. "A mí me dieron por muerto y me tiraron a la pila de cadáveres.

Cuando llegó el camión para cargar los cuerpos y llevarlos al crematorio, se dieron cuenta de que aún vivía". Él hubiera preferido morir y en vano se lo imploró a su madre, pero ni siquiera eso estuvo en su mano.

En 1945, los británicos liberaron el campo. Bivas acabó en un orfanato de Belgrado y llegó por fin a Israel en 1948. Asentarse en el "hogar judío" no fue fácil ni para Bivas, ni para muchos otros supervivientes del Holocausto, cuyo sufrimiento no sería reconocido hasta años más tarde.

A Bivas lo instalaron primero en los inmensos campos de refugiados en los que durante años vivieron los judíos mizrajíes, los que venían de los países árabes. Tras una breve estancia en un kibutz, Bivas acabó durmiendo en la calle en Jerusalén, donde otra vez le tocó pasar hambre.

Poco a poco logró poner en pie su nueva vida. Se casó, se hizo policía y tuvo tres hijos. Fue hace 10 años cuando decidió hablar por primera vez de lo que vivió durante la shoah. "Aquí la gente no nos entendía [a los supervivientes]. Además, yo no quería imponer ese pasado a mi familia". (...)

Durante tres horas y media de entrevista, Bivas habla en ladino -el español de los judíos sefardíes- , escenifica de pie varios pasajes de su vida y hasta canta con voz triste algunas de las canciones que aprendió en Bergen-Belsen. "Todavía hoy es como si me quemara por dentro cuando me acuerdo de todo esto".

Apenas un recuerdo consigue arrancarle la sonrisa. Los ojos de Bivas reviven cuando habla de schwester Betty, la enfermera judía que le cuidó. "Esa mujer tenía una sonrisa más bonita que la de la Mona Lisa. Cuando me miraba, se me olvidaba el dolor".

Bivas buscó a Betty durante más de 60 años. Hace dos, la encontró. Betty es hoy una mujer muy mayor que, como él, vive en Jerusalén. Cuando Bivas entró en casa de Betty y vio por fin a la enfermera de la sonrisa-bálsamo le besó las manos. Ahora cada viernes la llama para desearle un feliz sabbat." (El País, 28/01/2011,p. 49)

27/1/11

Sebastián de Romero Radigales, Cónsul General de Atenas entre 1943 y 1944... un hombre justo

"Hay dos fotogramas en la memoria de Isaac Revah que se mantienen intactos: el día que derramó en el fango la leche azucarada con pastas que suministraban a los niños de Bergen Belsen una vez por semana; y el ladrido del perro que el jefe de campo paseaba, cada día a las 6 de la mañana, entre las filas de prisioneros alineados en el patio.

A esa hora, la de "la llamada", era momento para el recuento de los que poblaban el campo de concentración nazi situado en Baja Sajonia (Alemania) y en el que murieron alrededor de 50.000 personas.

"Con nueve años no entendía por qué ocurría aquello, los adultos nos lo ocultaban. Si hasta nos daban cursos de biblia y clases de matemáticas para mantenernos distraídos.

El agua caliente de la ducha nos reconfortaba, por eso no entendía que mi padre deseaba que saliéramos rápidamente de allí [el método de las duchas falsas era el que se utilizaba para gasear a los prisioneros]. Ahora entiendo su mirada cada vez que salíamos de la ducha", contaba ayer Revah. (...)

Nacido en Salónica (Grecia) en 1934, Isaac Revah pertenecía a una familia de judíos sefardíes que tras el estallido de la II Guerra Mundial pidió asilo al gobierno español.

Fue uno de los 367 "privilegiados" que las fuerzas alemanas trasladaron a Bergen Belsen, como medida provisional, en agosto de 1943 - 48.000 judíos de Salónica fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz - donde Benico Revah, su padre, Suzanne Aruch de Revah, su madre, Lela Soedaï, su hermana de 4 años, y un sinfín de tíos y primos permanecieron siete meses esperando un billete al otro lado de los Pirineos:

"Cogimos el tren hacia Bergen Belsen vestidos con ropa estival, pensando desde el inicio de nuestro viaje que el verano era una época en la que el clima de España era displicente". Un tren de ganado en el que "entre 60 y 80" en cada vagón, según recuerda Revah, y en unas condiciones "difícilmente soportables": sin comida durante los siete días de trayecto y sin agua para todos.

No mucho mejor de las barracas en las que compartía cama con su padre y el tifus con sus vecinos de litera, además de "un líquido negro llamado café, y unas legumbres por la tarde".

Su Oskar Schindler particular - el industrial alemán que salvó la vida de 1.200 judíos del exterminio nazi durante la II Guerra Mundial - fue Sebastián de Romero Radigales, Cónsul General de Atenas entre 1943 y 1944, que intercedió para su salida del campo de exterminio nazi el 7 de febrero de ese último año, en plena guerra:

"Cruzamos Alemania y Francia en vagones de tercera, desde donde vimos ciudades destrozadas, hasta llegar a Barcelona. De ahí conseguimos llegar hasta Palestina, cuando estaba bajo mandato británico y en 1948 nos trasladamos a la capital francesa". (...)

Una tragedia, la del Holocausto, que parece no haber ido con él. Isaac Revah, a sus 77 años - y tras perder a toda la familia por parte de su madre en una de las marchas de la muerte desde Bergen Belsen hasta Auschwitz - en definitiva se siente un privilegiado: "Siempre pienso que he sufrido menos que otra gente que pasó por el mismo campo. Cada vez que digo esto, tengo amigos diciéndome: "¡Basta ya!". (El País, 27/01/2011)

10/1/11

La autoedición de la memoria histórica

"Desde pequeña mi madre me prohibía hablar de mi padre fusilado. Me parecía injusto y desde niña iba siempre apuntando todo en un cuaderno", explica Julia Merino, de 77 años. Su libro Yo, una niña de la guerra, que va por la segunda "reimpresión" ha sido leído por 1.800 personas.

Merino recorre el sufrimiento de una mujer que en 1936 perdió a su padre fusilado. "Lo que quiero es que la gente se entere de lo que pasó. He ido a 30 pueblos de Valladolid y allí donde voy los viejecitos me cuentan: aquí murió mengano, aquí el otro..", describe una autora que llegó a enviar su libro al mismísimo rey de España.

"Quería documentar lo sucedido en mi comarca, Aranda (Burgos)", resume José María Rojas, autor de Semilla de libertad (En medio de abril). Cuando empezó a investigar, Rojas no sabía que su tío abuelo había sido fusilado por reclamar el pago de unas horas extras. Su intención era dar a conocer la verdad de la represión.

Comenzó hablando con los ancianos y después se centró en los archivos. "La gente me pedía que publicase el listado que elaboré", explica. Tras hacer cuentas, este trabajador de almacén se lanzó a la autoedición. Los años de vacaciones sacrificadas están compensados: "Ayudas a la gente a saber la verdad".

"Soy consciente de que estas páginas quizás sólo interesen a unos pocos; pero a veces, esos pocos, son más que suficientes". Así comienza Antonio Nieves Ferreiro sus memorias, tituladas Una lucha incansable, editadas casi de manera artesanal por Galaxia. Pero quizás se equivoque.

¿Acaso no es interesante la vida de un hombre que sobrevivió a la revolución de Asturias de 1934 y pasó los años de la Guerra Civil escondido como un topo en territorio enemigo? Un espíritu de supervivencia que aún no se ha apagado. A los 97 años, Nieves Ferreiro sigue siendo el orgulloso luchador que un día apodaron el Paul Newman de Escairón.

Edmon Gimeno (Caseres, 1923) mantiene la mirada del joven que cayó con apenas 20 años en manos de la Gestapo en la Francia colaboracionista de Vichy en la Segunda Guerra Mundial, después del duro exilio familiar. "Golpes y más golpes, culatazos, patadas, insultos... ¡Qué locura, qué brutalidad!", escribe Gimeno en sus recuerdos del primer día de su deportación al campo nazi de Buchenwald.

Gracias a la asociación de deportados Amical de Mauthausen, Edmon Gimenos puede mostrar orgulloso su supervivencia del holocausto nazi en su libro Buchenwald, Dora, Bergen-Belsen. Vivencias de un deportado. " (Público, 10/01/2011)

5/1/11

La compañera de Ana Frank


Nanette Blitz Konig, amiga de Ana Frnak, sostiene un retrato de juventud

"Nanette Blitz Konig –Nannie, como la llamaban entonces–, una de sus compañeras de clase. Esta foto se encuentra en su casa de São Paulo (Brasil), donde reside desde los años cincuenta. Nanette lo archiva todo cuidadosamente: retratos, documentos, el número de identificación que los nazis le asignaron e incluso la carta que Otto, el padre de Ana Frank, le envió antes de visitarla en el sanatorio donde se recuperaba tras la guerra.

"Ni Ana ni yo tuvimos adolescencia, pasamos de niñas a adultas; de estar juntas en clase, a ser deportadas en un campo de concentración. Sobrevivimos como el resto, en pésimas condiciones de vida". (...)

Su padre, gerente en el Banco de Ámsterdam; su madre, nacida en Kimberly (Sudáfrica), y su hermano, todos ellos fueron deportados a campos de concentración. Jamás regresaron. (...)

En mayo de 1940, las tropas alemanas ocuparon Holanda, que cinco días más tarde capituló. El antisemitismo latente se transformó en una implacable persecución. En Holanda, antes de la guerra había unos 140.000 judíos. De ellos, unos 100.000 fueron deportados y regresaron poco más de 5.000. Nanette explica:

"Las personas denunciaban por dinero; hoy nadie quiere acordarse. Solo una minoría de holandeses ayudó a los judíos. La resistencia representaba el 1% de la población. Tuvieron mucho coraje porque algunos serían deportados o fusilados".

Los profesores y trabajadores públicos judíos fueron obligados a dimitir a finales de 1940, como hizo el padre de Nanette. El objetivo era destruir la colonia holandesa judía, que a partir de marzo de 1941 fue obligada a registrarse. Prohibieron las bicicletas, el transporte público, la asistencia a los cines, parques y otros espacios compartidos.

La población debía permanecer en casa entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, y finalmente los judíos fueron obligados a depositar sus bienes en un banco confiscado. Debían identificarse públicamente con una estrella amarilla de tela con la palabra judío en el centro, la misma que Nanette aún guarda en su casa de São Paulo.

a los directores de escuela les obligaron a declarar el número de estudiantes judíos, lo que conllevó la creación de 25 escuelas solo para ellos. En una de ellas coincidieron Ana y Nanette. Compartieron clase entre octubre de 1941 y julio de 1942, cuando la familia Frank desapareció para esconderse. Menos de un año fue tiempo suficiente para entablar una relación de colegas. "Entré con 12 años y salí a los 14. Ana y yo veníamos de barrios distintos.

No éramos íntimas, cada una tenía su grupo. Ella era muy viva, extravertida, le gustaba ser vista, hablar con los chicos. Y su pelo… puedo imaginar el trauma que debió de suponer verse en el campo de concentración sin aquel cabello tan preciado, con aquel aspecto tan debilitado…". (...)

"No se hablaba de religión y el deporte estaba prohibido. Teníamos el máximo cuidado para no hablar de nada, ni siquiera de lo que acontecía en casa: nunca sabíamos quién estaba de qué lado".

para evitar la deportación inminente de la hermana de Ana Frank, Margot, en julio de 1942, Otto, el patriarca, decidió acelerar algo que había gestado con ayuda de algunos empleados: su huida. La familia pasaría dos años escondida en la parte trasera de una empresa colindante a los canales de Ámsterdam.

Un chivatazo de un informador no identificado guió a la policía de seguridad hasta allí. Lo revolvieron todo, sustrajeron las joyas y otros objetos, pero dejaron desperdigados algunos álbumes de fotografías y papeles, entre los que se encontraban los escritos de Ana. Una empleada los recogió y, tras la guerra, se los entregó a Otto, único superviviente de la familia Frank.

En septiembre de 1943, cuando los Frank aún permanecían ocultos, la familia Blitz Konig fue detenida. Nanette lo describe con emoción: "Aún puedo escuchar los golpes en la puerta, los gritos, el desconcierto… es algo que no se transmite, la deshumanización… Entraron dos hombres de la Gestapo que gritaban Schnell, schnell! [rápido, en alemán]. Golpeaban la puerta salvajemente. Tuvimos que salir a empujones".

Los condujeron en un tren común hasta el campo de transición de Westerbork, al noreste de los Países Bajos, de donde cada semana deportaban a unos 2.000 judíos en vagones de ganado hacia los campos de exterminio de Polonia. En febrero de 1944, la familia sería trasladada de Westerbork a Bergen-Belsen en un convoy destinado al intercambio de judíos por prisioneros de guerra alemanes.

Por este motivo no le asignaron un número ni le raparon el cabello ni le dieron un traje de rayas. Sin embargo, sufrió el maltrato y las condiciones de vida del campo. "Así me salvé de ser llevada a Ravensbruck. En Auschwitz, la línea de la muerte se situaba en los 15 años; por debajo de esa edad las mataban. No había niñas. Por suerte, Ana había cumplido esa edad".

La vida en el campo era una constante lucha por la supervivencia: letrinas inmundas, condiciones insalubres, piojos, hambre, enfermedades, frío, horas de pie durante el appel (recuento de presos), a la intemperie… Nanette recuerda que en un appel se enfrentó al temido Joseph Kramer, el comandante del campo de Bergen-Belsen, cuando quiso sacarla de la fila y ella se negó.

Tuvo miedo de los perros entrenados para despedazar a los presos, pero escapó a salvo. También guarda en su memoria el impacto que le causó la segunda ocasión en que peligró su vida:

"Era hacia el final de la guerra, cuando un día me sacaron de la fila para que fuera a buscar agua. El guarda me apuntó con su arma directamente, me quedé inmóvil sin mostrar miedo alguno. Parece que eso no le gustó demasiado, no le divertía y decidió no dispararme".

El padre de Nanette murió en Bergen-Belsen el 24 de noviembre de 1944. Un mes más tarde, su hermano sería deportado al campo de Oranienburg, en Alemania, donde falleció nada más llegar. Su madre fue transportada un día después hacia Magdeburg, cerca de Beendorf, donde trabajó esclavizada en una mina de sal a 700 metros bajo el suelo para fabricar piezas de aviones.

No sobreviviría, pues antes de la liberación, en abril de 1945, moriría en un tren que transportaba a 2.000 mujeres a Suecia. A partir de diciembre de 1944, Nanette se quedó sola en Bergen-Belsen, dividido en varios campos diferentes.

Ella estaba en el campo 7 de mujeres y, desde la alambrada que las separaba, vio varias veces en el número 8 a Ana Frank, que llegó procedente de Auschwitz en noviembre de 1944. Cuando en febrero de 1945 eliminaron aquella alambrada, Nanette fue a buscarla.

"Fui la única de la clase que se reencontró con Ana en Bergen-Belsen poco antes de morir, tal vez un mes antes. Casi no nos reconocimos por nuestro aspecto; ella estaba muy debilitada, casi reducida a un mero esqueleto, muerta de frío, envuelta en una manta raída, no aguantaba los piojos, no sabía cómo resistir… Conseguí abrazarla. Jamás olvidaré el reencuentro". (...)

"Al final, los crematorios de Bergen-Belsen no daban abasto. Los ingleses se encontraron con montones de cuerpos. Aquella noche, la muerte seguía rondando. Había una forma peculiar de roncar que denotaba si alguien iba a morir…".

Nanette sobrevivió de milagro, con solo 30 kilos de peso. Enfermó de tuberculosis y tifus contraídos en el campo y entró en coma. Gracias a la acción de un mayor del ejército británico, fue trasladada en avión a Eindhoven, al sur de Holanda, para ser internada en un sanatorio cerca de Harlem, Santpoor, donde permaneció unos tres años.

En octubre de 1945 recibió una carta de Otto Frank en la que le preguntaba si podía recibir visitas. Todavía hoy guarda esta carta en su archivo.

Otto le explicó que tenía el diario de su hija y que quería publicarlo: "Me contó que había partes muy críticas de Ana con su madre, decía que sus padres no eran románticos… Pero, claro, el clima no estaba para romanticismos… Otto extrajo aquellas páginas del libro.

Me preguntó qué opinaba, pero yo no opinaba nada, tenía 16 años. Aquellos ataques de Ana a su familia me parecían propios de una adolescente, no eran imprescindibles para un libro centrado en los nazis y sus acciones contra los judíos". (El País Semanal, 28/11/2010, p. 14 y ss.)