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7/6/18

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre... ¿Ha sido inútil el sufrimiento de nuestros exiliados durante la dictadura?

"Felisa Bailo Mata, fallecida el pasado 13 de marzo en Madrid a los 98 años, fue una víctima más del golpe de Estado de 1936 y de la monstruosa represión franquista posterior. Forma parte por derecho de la Memoria Histórica de nuestro país (...) 

Felisa nació en Leciñena (Zaragoza) y cuando tenía 16 años se vio obligada a huir acompañada de su madre y de su hermano José, que tenía tan solo 10 años, dado que las fuerzas golpistas estaban próximas a invadir su pueblo. El miedo a los episodios de violencia sistemática y represión contra la población civil no era en absoluto infundado: una prima de nuestra protagonista que se encontraba en avanzado estado de gestación prefirió quedarse. Fue violada y finalmente arrojada con vida a un pozo. 

La precipitada huida de Felisa junto a su madre y su hermano, descalzos y con un camisón como toda vestimenta, les condujo durante tres días por la Sierra de Alcubierre. Tras múltiples vicisitudes pudieron llegar en octubre de 1936 a Fraga (Huesca), donde unos milicianos les condujeron en camión camino a Barcelona. 
Recordaba Felisa su asistencia, impresionada, al entierro del líder anarquista Buenaventura Durruti, el día 22 de noviembre.

 Más tarde marcharían a Tárrega (Lleida), donde fueron generosamente acogidos por una familia catalana. Allí trabajarían en una empresa textil hasta enero de 1939, cuando el avance del ejército franquista tras la caída de Barcelona les obligó a iniciar el camino del exilio francés, formando parte del masivo éxodo de españoles que se vieron salvajemente hostigados por el continuo bombardeo de los Savoias de la aviación italiana. Este acontecimiento, tristemente conocido como la Retirada, dejó 15.000 muertos en el recorrido.

En marzo de 1939, el número de refugiados españoles en Francia, según el Informe Valiére realizado a petición del gobierno francés, se estima en 440.000 personas, las cuales tuvieron que afrontar unas desoladoras condiciones de vida, que se agravaron como resultado del estallido de la II Guerra Mundial. 

Entre aquellas personas se encontraban Felisa, ahora con 19 años, su madre y su hermano con 13. Las desbordadas autoridades francesas seleccionaron y separaron a los refugiados en centros de “internamiento” como el de Saint-Cyprien, al que fue conducido el niño José, y el de Argelès-sur-Mer, en el que permanecerían Felisa y su madre durante 15 penosos meses. 

Transcurrido ese tiempo, fueron destinadas a campos de trabajo en la región alpina de Savoya, donde en 1942 falleció la madre de Felisa en brazos de un compatriota excombatiente refugiado, que también se encontraba hospitalizado allí y que más tarde sería el marido de Felisa. 

Otros fueron encaminados hacia campos de concentración como el de Mauthausen, donde trasladaron a su hermano Francisco y también a sus primos Pascual y Mariano, que no saldrían con vida de allí.

En 1944, a punto de finalizar la contienda europea, Felisa y su pareja se trasladan a Grenoble, donde existía una numerosa colonia española y donde nace su hija Elsa. En 1947 la familia se traslada a Lyon. Tras completarse la liberación de Francia los españoles dejaron de ser apátridas, ya que el Gobierno francés les concedió la carta de ‘réfugiés politiques’, lo que facilitó sus publicaciones y permitió la actividad de sus organizaciones.

 Pero ese reconocimiento apenas duró unos años. A finales de los años 40, la psicosis de la Guerra Fría convirtió a los hasta entonces considerados héroes en supuestos agentes peligrosos de la URSS.

Así, en septiembre de 1950 el gobierno francés de René Pleven, claramente presionado por EEUU, puso en marcha la denominada Operación Bolero-Papprika, por la que cientos de militantes de la resistencia fueron deportados bajo la falsa acusación de colaborar en una presunta invasión soviética de Europa.
 
En ese contexto, dos hermanos de nuestra Felisa, militantes del Movimiento Libertario Español, son detenidos por su vinculación con el asalto al furgón de la PTT en Lyon, el 17 de enero de 1951. Uno de ellos, José, fue “suicidado” de un tiro en la espalda, mientras que Francisco fue condenado a 20 años de cárcel, tras haber pasado cuatro en el campo de Mauthausen. El objetivo de la operación era recaudar fondos para el alquiler de una avioneta, con el fin de perpetrar un atentado contra Franco. 

Finalmente, en el año 1959 Felisa y su familia retornaron a España. Su condición de exiliados hizo que durante su estancia en Ampuero (Cantabria) sufrieran el continuo, sigiloso, impertinente y deplorable acoso de la Guardia Civil, hasta el advenimiento del nuevo régimen del 78. El obvio y estremecedor padecimiento de Felisa Bailo durante los tristemente célebres “cuarenta años”, bien podrían enmarcarse en los episodios de innumerables mujeres anónimas, que lamentablemente no aparecen en ningún monumento conmemorativo. 

Uno de los mayores problemas de los refugiados españoles durante la guerra y en la etapa posterior -contaba Felisa- era la carencia de documentación personal, la cual era demandada continuamente tanto por la Gendarmería como por la Gestapo. 

El paralelismo con la situación actual de tantos inmigrantes en Europa resulta tan evidente que en más de una ocasión, ante el televisor, y a causa de las noticias que se emitían relacionadas con los refugiados sirios, lloraba y preguntaba de manera retórica: “¿Pero es que los gobernantes no han aprendido nada de nosotros? ¿Es que lo que hemos sufrido no ha servido para nada?”.

Toda su vida fue un testimonio de solidaridad. En Francia, con los españoles desamparados, y más tarde en España como muestra de resistencia, negándose a colaborar con el régimen franquista pese a las negativas consecuencias. 

Tras su reciente fallecimiento se puede afirmar que Felisa ha dejado de vivir entre nosotros para seguir viviendo en nosotros, muy especialmente en su hija Elsa, que hace tiempo recogió el testigo de las reivindicaciones de su madre para continuar en la lucha contra el fascismo que, según se nos muestra cada día con mayor evidencia, nunca nos ha abandonado. 

Su firme y valiosa colaboración en el Colectivo de la Querella Argentina, y más concretamente en la causa de Exilio y Deportación, avala esa continuidad en su afán diario en favor de las más nobles causas. Pero esa es ya otra historia."                 (Manuel Pastor, La Marea, 10/05/18)

30/4/10

El Comite de Actividades Antinorteamericanas... y sus efectos...

"Es difícil que se pueda comprender la liberación que sentía cada vez que atravesaba la frontera. Estábamos todavía en la época de la Guerra Fría. Mi padre trabajaba en los mataderos, donde había fundado el sindicato local. Era demócrata y adepto del New Deal, pero tenía dos amigos croatas, que estaban fichados como comunistas, dado que varios miembros de su familia habían formado parte de los partisanos de Tito, y que su padre, que había emigrado a Arizona, pertenecía los Industrial Workers of the World (IWW).

A comienzo de los años cincuenta, se había establecido una comisión de «actividades antiamericanas», ante la cual testificaban públicamente los comunistas corrientes y a los que se les arruinaba la vida en directo. Se expulsaba a sus familias y amigos de los terrenos en que tenían las autocaravanas, los vecinos les tiraban piedras...Estos dos amigos de mi padre eran para mí como unos tíos. Pero después de desfilar ante la comisión, todo el mundo los evitaba, nadie quería darles trabajo...Estas dos personas fueron mis primeros maestros, sobre todo uno de ellos, Lean Gregovitch. Sufrió un ostracismo tal que acabó de cocinero en una pequeña ciudad de montaña — al estilo del Lejano Oeste — perdida en medio de la nada." (Mike Davis: Temores de la ciudad. Entrevista www.sinpermiso.info , 4 abril 2010)

28/4/10

Los archivos de la Stasi



"Lo único bueno de los archivos de la Stasi es que existen. Cualquier alemán tiene derecho a consultar si hay información sobre él y quién la proporcionó. Y vaya si quieren. Más de 2,6 millones de personas han escrutado los fondos para averiguar si fueron espiados y por quiénes desde que se abrieron los archivos del régimen comunista, en 1992. Contra algunos temores apocalípticos, el ansia de saber no iba de la mano del afán de venganza. "No conocemos ni un solo acto violento de una víctima contra su acusador", dijo ayer Helge Heidemeyer, representante del Comisionado Federal de Documentos de la Stasi, en el II Encuentro Internacional de Centros de Memoria Histórica, que se celebra en Salamanca.

La Stasi fue puntillosa, obsesiva. Puestos en fila, sus archivos ocuparían 51 kilómetros. En aquel universo cerrado que todo lo oía, la desconfianza se convirtió en un arma de supervivencia. "Enfrentarse al pasado a veces es doloroso y emotivo, pero pone su vida en sus manos. Ahora ya saben quién espiaba y quién no, pueden probar si han sido víctimas de la Stasi y rehabilitar su nombre si no colaboraron", contó Heidemeyer.

Porque Alemania oriental pareció durante unos años un país de espías. Hasta 174.000 personas colaboraron con la policía comunista en 1989, justo antes de la caída del muro de Berlín. Ese mismo año, en Polonia, los "soplones" no llegaban a los 100.000, según datos aportados ayer por Krzysztof Persak, del Instituto Nacional de la Memoria de Polonia. (...)

El Instituto Nacional de la Memoria, además de custodiar 89 kilómetros de archivos de servicios represivos de la era comunista, promueve investigaciones penales y ha acusado a 400 personas por crímenes, torturas o detenciones. "El problema es llevar ante la justicia a los jueces militares que firmaron condenas de muerte, porque se tapan entre ellos", lamentó Persak." (El País, 28/04/2010)