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27/1/23

¿Por qué la violencia policial es invisible para muchas personas en Perú?

 "Durante ya casi seis semanas, los mensajes del gobierno (amplificados muchas veces por sus aliados políticos en las redes sociales y medios de comunicación) se han concentrado en reforzar una asociación clave: manifestante = terrorista.

En una conexión en vivo, el camarógrafo o camarógrafa de un noticiero logra captar el momento exacto en que una policía golpea y lanza al suelo a una mujer detenida, durante la intervención del gobierno en la Universidad de San Marcos, Lima.

 La escena es brutal. Pero lo más alucinante del clip es que, mientras eso ocurre, el camarógrafo o camarógrafa se esfuerza en mostrar ese episodio de violencia, el conductor del programa está más preocupado por la reja que todo el mundo vio siendo derribada por un tanque policial. Y por eso, desde el set le pregunta a la reportera en la calle:

-¿Esa reja ha sido derribada por policía o por alumnos?

Ese pequeño momento, en apariencia insignificante, contiene una parte esencial del clima en que vivimos en el Perú. Durante ya casi seis semanas, los mensajes del gobierno (amplificados muchas veces por sus aliados políticos en las redes sociales y medios de comunicación) se han concentrado en reforzar una asociación clave: manifestante = terrorista. No importa por qué protesta una persona ni cómo lo hace, el manifestante es un terrorista al que hay que anular incluso antes de que pueda empezar a manifestarse y sin presencia de fiscales. Los llamados «actos vandálicos» contribuyen de manera eficiente con su espectacularidad a solidificar esa idea. Sean reales o fabricados, son la «evidencia» que el ‘terruqueo’ necesita.

Los mensajes de ‘terruqueo’ son ametrallados 24/7 por el gobierno, congresistas, periódicos, noticieros, amplificados de forma orgánica por redes como Whatsapp, de manera que el clima social e ideológico que respiramos es uno donde, para muchos, las personas que protestan ya no son personas: son enemigos. Vándalos o a punto de serlo. Y, como enemigos de la patria, merecen odio y castigo inmediato, en el mismo lugar de los hechos, sin investigación ni proceso judicial de por medio. El lenguaje y la propaganda cotidiana alimentan ese sentido común donde «los buenos ciudadanos» nos enfrentamos básicamente a monstruos antisociales.

Entonces, si una policía golpea a una «terrorista», en realidad no está golpeando a un ser humano, sino al enemigo. Y estamos ante una violencia -la del Estado- que se ha vuelto ya no solo tolerable sino invisible, parte del paisaje, y hasta deseable.

Por eso, un periodista que cree que efectivamente la Policía está interviniendo y salvándonos de terroristas alojados en la universidad de San Marcos, ya ni siquiera tiene que tomar la decisión antiética de ocultar la violencia policial. Ocurre que, para su lógica, esa violencia que otras personas advierten no es violencia sino pura rutina policial. Quizá por eso el presentador no «ve» (o decide no ver) lo que el camarógrafo intenta mostrar, la golpiza a una mujer, y más bien se interesa por el estado de los objetos.

El «terruqueo» es una herramienta útil para un gobierno autoritario y populista, pero también tiene un inmenso costo social. Las heridas y violencias que «el terruqueo» cultiva no se borran así nomás después de las elecciones. De hecho, el «terruqueo» es parte de nuestra inacabable posguerra: aunque ya la mayoría de los actores de ese momento desaparecieron de la vida pública, los políticos en actividad no están dispuestos a que el lenguaje de esos años y su violencia se vayan también mientras les sean útiles."          (Marco Avilés , Rebelión, 26/01/2023; Blog del autor: Choloblog)

8/8/11

"Todos nos instalamos lo mejor que se pudo con los asesinos del padre... la miseria moral, que descendió a niveles que parecía que no hubiera fondo"

"Y, de golpe, darse cuenta de que solo había mujeres en casa y, al poco, que un día van a la cocina, cogen comida y la tiran por el balcón... Quizá para tropas que huían ya hacia el Pirineo".

La primera toma de conciencia de la Guerra Civil del escritor Emili Teixidor (Roda de Ter, Barcelona, 1933) son esas imágenes (...)

"Nunca he escrito nada muy autobiográfico; al impacto de la guerra en el mundo rural me llevaron dos ideas: demostrar que entre los fascistas también había catalanes, gente de los mismos pueblos, y que las calamidades nos hacen renunciar a lo más sagrado de nosotros".

Y de ahí uno de los giros de la novela-película: el niño Andreu, hijo de vencidos, se arroja en brazos de la familia que hace asesinar a su padre.

"Todos nos instalamos lo mejor que se pudo con los asesinos del padre; y no quiero poner nombres", lanza sobre unos años que se resumían "en la miseria moral, que descendió a niveles que parecía que no hubiera fondo". (EMILI TEIXIDOR Escritor. "No comí mucho pan negro". El País, o4/08/2011, última)

21/12/10

La indiferencia del espectador... en el País Vasco

"–El mal cometido, el mal padecido y el mal consentido. ¿Cómo y por qué se produce esa pasividad en nuestro caso?

–Hay unos cuantos mecanismos que propician esa pasividad cómplice. Pongamos primero el miedo y la cobardía, que nos empuja a permanecer como espectadores mudos y a no intervenir. Pero también la ignorancia, que puede ser involuntaria (cuando la normalidad de la vida cotidiana nos vuelve ciegos al mal), o voluntaria (cuando, por "prudencia", no queremos saber...).

O el sometimiento al propio grupo, porque así se difumina nuestra responsabilidad individual y porque lo que más tememos es quedarnos solos. O la insensibilidad moral que refrena nuestra compasión ante el sufrimiento ajeno y nos conduce a devaluar a la víctima. O, sencillamente, que nos faltan criterios morales y políticos para manifestar nuestra protesta.

–Dice que las reflexiones políticas y morales suscitadas por la Alemania nazi, el gran daño que se produjo entonces y la complicidad que los permitió, pese a todas sus diferencias con los males producidos en el País Vasco, responden a parecidos mecanismos y justificaciones. ¿Puede resumirlos?

–Entonces como ahora, unos dirán que el daño producido no es producto nuestro, o que es inevitable, o que los males son universales, o que se trata del mal menor entre los posibles o hasta que es un mal merecido por quienes lo sufren... Otros alegatos destacan la presunta inocencia del espectador: que él no lo sabía, que ya expresó su "no hay derecho" y eso basta, que tampoco la mayoría se mueve, que su protesta no serviría de nada, que no es asunto de su competencia y, no faltaba más, que él no es quién para juzgar a nadie.

–El reciente informe extraordinario sobre las víctimas del defensor del Pueblo Vasco concluye que la sociedad vasca rebosa de espectadores. ¿Son iguales todos o hay grados de responsabilidad?

–Los grados de responsabilidad por tanto consentimiento, desde luego, son distintos según el cargo público que se ostenta o la función profesional que se desempeña, la relevancia social o simplemente la capacidad y saber de cada cual.

Los representantes políticos son más responsables que los ciudadanos; instituciones como la Iglesia o la Universidad, también; los periodistas o aquí los cocineros, por ejemplo, más que los fontaneros. Pero todos, quién más quién menos, tenemos alguna responsabilidad.

–Pero, ¿cree usted que realmente tienen tanto poder los que renuncian a intervenir? Pongamos un pueblo pequeño del interior de Guipúzcoa donde todos se conocen, cuando hay pistolas sobre la mesa. ¿Puede un imperativo moral exigir una acción heroica para enfrentarse a ese mal?

–Los espectadores suelen contar con un enorme poder para decidir que se desencadene o no un daño público, para aminorarlo o erradicarlo. El agresor no cometerá su agresión sin antes calcular el grado de aceptación o de resistencia que prevé en sus víctimas y en quien contemplará su delito.

Claro que hay casos en que esa resistencia al malo es más costosa y decimos que nadie está obligado a dar su vida. Pero, más allá de los deberes estrictos, una ética de la virtud puede en ciertos momentos pedirnos actos heroicos. Otra cosa es que a menudo nos guste exagerar los riesgos, como si el simple plantar cara en la oficina nos fuera a costar la vida.

-Su libro dice que el dejar hacer de unos deja espacio al hacer de otros y la complicidad de unos sostiene, refuerza y justifica la de otros ¿Es así?

–La omisión es una forma de acción, no equivale a una nada. No hacer uno mismo es dejar hacer a otros o dejar que algo sea, que llegue a ser. Pero una omisión es moralmente reprobable cuando tenemos la obligación contraria. Un profesor que, sin riesgo notable, no protesta contra una pintada amenazante para un compañero de claustro le deja más indefenso todavía.

–Savater dijo en la presentación de su libro que en el País Vasco se ha producido una inversión importante: olvidar que la política es parte de nuestras obligaciones morales. ¿Ese "déjenos de los políticos que para mí todos son iguales", es una forma de complicidad?

–Desde luego. Despreciar la política -y más la democrática- es despreocuparse de lo que nos es común, encerrarse en nuestro mundo privado: es el "sálvese quien pueda".

–¿Cuáles son, todavía hoy, esos males difusos e insidiosos que perviven en la sociedad vasca y en la navarra?

–Algunos de los males más "nuestros" se desprenden de las doctrinas etnicistas y secesionistas que dividen a la sociedad, que predican solapadamente una superioridad racial, que enfrentan a miembros de la misma familia y de la misma cuadrilla. Lo principal no es el miedo a ETA, sino el miedo a quedarnos solos, el disimulo de nuestro desconocimiento del euskera y cosas así.

Hemos admitido una política lingüística sobre falsos fundamentos, que provoca sufrimiento inútil entre los escolares e injusticia en el acceso al empleo público. Tanto en Euskadi como en Navarra está vigente un foralismo insolidario con el resto de españoles, que nadie (¡ni siquiera la izquierda!) aquí se atreve a cuestionar...

–Dice usted en su libro: "Que sigan vigentes las doctrinas y los presupuestos y los fines de ETA tras su derrota, aun es lo que tenemos que discutir entre todos". ¿Es así?

–Sí, creo que son malos tanto los medios como los fines de ETA. Que no basta abandonar la violencia para convertirse en demócrata, sino que los fines mismos -la constitución de un Estado vasco junto con Navarra- son ilegítimos y rompen nuestra sociedad. Pero lo peor son los presupuestos últimos que conducen a tales medios y fines.

Un presunto pueblo por encima de la sociedad real, la comunidad étnica por delante de la ciudadana, la existencia de derechos colectivos y la superioridad de los derechos nacionales sobre los individuales, la subordinación de otras necesidades sociales a la "construcción nacional", etc., son creencias pre o antidemocráticas.
" (Fundación para la Libertad, citando a DIARIO DE NAVARRA, 18/12/2010)