Mostrando entradas con la etiqueta a. campos de concentración: franquistas: Albatera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta a. campos de concentración: franquistas: Albatera. Mostrar todas las entradas

6/8/24

La piel de naranja que unió para siempre a un preso de un campo de concentración franquista y la vecina que le ayudó... Cuando salió del campo de concentración de Albatera, José Antonio Urquijo tenía 22 años y pesaba 31 kilos... Carmen y Maruja, dos chicas del pueblo, pasaran por allí al bajar a lavar ropa para ganarse la vida. En aquella ocasión, iban comiendo una naranja y arrojaron las pieles al suelo: “Entonces vieron como los presos, entre ellos mi padre, se tiraron como locos a por ellas del hambre que tenían. A las jóvenes les impresionó tanto verles que empezaron desde entonces a dejarles allí algo de comer cuando podían”

 "Cuando salió del campo de concentración de Albatera (Alicante), José Antonio Urquijo tenía 22 años y pesaba 31 kilos. Las pésimas condiciones en las que los franquistas mantuvieron a los miles de presos que encerraron allí en 1939 marcaron a José Antonio, combatiente del Ejército republicano, para el resto de su vida. Nunca se olvidó del hambre y de la violencia, pero tampoco de la vecina del pueblo que, según él mismo decía, le devolvió la esperanza. Se llamaba Carmen Rubio.

Lo cuenta su hijo Enrique, que ha escuchado el relato en casa desde que nació y se lo sabe al dedillo. Todo empezó un día en el que los presos del campo de concentración, uno de los 300 que creó Franco por toda España, fueron obligados a salir fuera de la alambrada a trabajar. Era habitual que Carmen y Maruja, dos chicas del pueblo, pasaran por allí al bajar a lavar ropa para ganarse la vida. En aquella ocasión, iban comiendo una naranja y arrojaron las pieles al suelo: “Entonces vieron como los presos, entre ellos mi padre, se tiraron como locos a por ellas del hambre que tenían. A las jóvenes les impresionó tanto verles que empezaron desde entonces a dejarles allí algo de comer cuando podían”.

Pero esta es una historia de reencuentros. Y es que José Antonio y Carmen se volvieron a ver casi 40 años después y entablaron una amistad que duró siempre. Sin embargo, el fallecimiento de ambos hizo que las familias perdieran el contacto en los años 90. Ahora, gracias a las excavaciones que el arqueólogo Felipe Mejías está llevando a cabo en el campo de concentración, sus descendientes se han reencontrado.

Militante del PNV en la clandestinidad, José Antonio, natural de Bilbao, siempre decía que estar en Albatera “había sido lo más duro que le había pasado en la vida”, pero no fue el único centro de represión franquista en el que fue encerrado. Combatiente en el Frente del Norte durante la Guerra Civil, fue detenido por falangistas en Asturias y tras pasar unos días en la cárcel de Oviedo fue trasladado al campo de concentración de Santoña, luego al de Miranda de Ebro y posteriormente a un batallón de trabajadores de Toledo.

De allí pudo escaparse y combatir de nuevo, esta vez en Extremadura, pero viendo que el final de la contienda se acercaba decidió ir al puerto de Alicante como otros tantos republicanos ante los rumores que corrían de que desde allí podrían dirigirse al exilio y huir de la represión que, con toda seguridad, estaba por venir.

Sin embargo, aquello no salió bien, los pocos barcos disponibles ya habían zarpado y los franquistas acabaron deteniendo a los republicanos que no pudieron escapar. “Les llevaron en vagones de trenes de ganado al campo de Albatera, como hicieron los nazis. Allí la crueldad era absoluta”, cuenta Enrique, que especifica que a los presos les daban de comer una lata de sardinas y medio litro de agua para dos personas y dos días. “Mi padre contaba que llegaban a beber de las letrinas”, añade.

Le ayudaron a creer

El periplo represivo de José Antonio continuó tras salir de allí. Pasó por otro campo de concentración y otro batallón de trabajadores, le obligaron a hacer la mili y en 1947 fue encerrado de nuevo acusado de asociación ilegal y desórdenes públicos. Los años pasaron, pero Albatera y las naranjas de Carmen y Maruja siguieron en su memoria de una forma especial. “Cuando nos narraba todo esto siempre decía que tenía que encontrar a estas mujeres porque le dieron esperanza, le ayudaron a creer en medio de aquella desgracia, pero no sabía cómo hacerlo”, explica su hijo. Ocurrió a principios de 1975, cuando José Antonio viajó desde Bilbao hasta Albatera en busca de Carmen.

A ese otro lado, el lado de la familia de Carmen, esta es también la historia de su vida. Lo sabe bien su nieta Rosa, que recuerda cómo su abuela contaba “cuánto le impresionó ver que algo que todos tiramos, como las pieles de una naranja, se la comían con aquella desesperación”. La mujer, que creció en un hogar humilde y socialista, “apenas tenía para comer”, pero “siempre les intentaba dejar algo”. Rosa ha escuchado muchas veces el relato de cómo ella y José Antonio se reencontraron cuando el hombre apareció en la tienda de ultramarinos que sus padres tenían en el pueblo.

Allí le atendió su padre Salvador, yerno de Carmen, aunque su madre también estaba detrás del mostrador. “Cuentan que le dijo a uno de sus hijos emocionado: 'sí sí, es aquí, es su hija porque se parece a ella'”, narra Rosa. Acto seguido, sus padres le llevaron a ver a Carmen a casa. “Cuando salió se abalanzó sobre ella para abrazarla pero no le reconocía. Él le dijo 'tu a mí no me conoces porque peso casi 30 kilos más que entonces, pero yo no te he olvidado en la vida. Y ella se dio cuenta”. José Antonio y Carmen mantuvieron desde entonces un contacto estrecho; se llamaban, se escribían y junto a sus familias se visitaron varias veces más.

El reencuentro

Sin embargo, tras la muerte de Carmen en 1993 y de José Antonio en 2008, el hilo se perdió. Hasta ahora. El año pasado, Felipe Mejías, que lleva desde 2020 buscando fosas comunes y los restos del campo de concentración en Albatera, colgó en sus redes sociales un artículo publicado por El Español sobre la historia de ambos. Ya Enrique había ido a ver el campo en alguna ocasión y le había contado la historia al arqueólogo. Rosa vio entonces aquella publicación e identificó a su abuela: “Para mí fue una sensación increíble porque fue ver plasmado lo que yo había escuchado toda mi vida”, afirma.

A través de las redes sociales, Rosa y la pareja de Enrique entraron en comunicación, se dieron los teléfonos y retomaron el contacto. “Ha sido muy emocionante, para nosotros han sido y son como de la familia. Que en la vida tan dura que tuvo mi padre, hubiera alguien que se le acercara así y teniendo tan poco le ayudara hace que no podamos tener más que agradecimiento”, confiesa el hijo de José Antonio. Coincide Rosa, que destaca tener la sensación de que a ambas familias “les une algo muy especial” que sobrevive a los años y a sus protagonistas.

Ambos recuerdan con emoción una anécdota que a Salvador, el padre de Rosa, “se le quedó grabada a fuego”. Cuando José Antonio vio a Carmen por primera vez pidió que le llevaran a Albatera, donde nada más llegar se arrodilló y mirando a la tierra dijo “a ti te perdono, no a quienes me hicieron esto, pero a ti sí”. Tal era su conexión con el campo de concentración, que de uno de sus viajes se trajo tierra de allí, con la que en 2008 fue enterrado. Uno de sus hijos, Xabier, leyó en su funeral: “En su ataúd le acompaña un puñado de tierra del campo de concentración de Albatera. Albatera fue entre las 19 prisiones que pusieron a prueba su espíritu, la que más debilitó su cuerpo y más fortaleció sus convicciones”.           (Marta Borraz, eldiario.es, 03/08/24)

13/1/23

Las joyas para huir de España de los presos del campo de Albatera salen a la luz

 "Miguel Lamiel, preso en el campo de concentración franquista de Albatera (12.000 habitantes, Alicante), contó en sus memorias, publicadas por la CNT de Zaragoza, que un grupo de falangistas entró en la prisión alicantina “con el fin de que todos los prisioneros diéramos nuestros relojes, nuestros anillos, el dinero, plumas estilográficas y demás objetos aprovechables”. Por medio de la “intimidación y el saqueo”, expoliaron todo lo que pudieron y, al día siguiente, la prensa de aquel momento contó que “los rojos del campo de Albatera” habían hecho “un donativo al Caudillo de catorce millones de pesetas”. La investigación arqueológica que se está realizando en los terrenos donde se ubicaba el campo de concentración de Albatera confirma que los prisioneros republicanos llevaban consigo numerosos objetos de valor con los que pretendían “costearse la comida tras huir, adquirir billetes de barco o malvivir mientras se encaminaban al exilio”, aventura Felipe Mejías, director de la excavación.

 Durante la segunda campaña sobre el terreno, sufragada con ayudas de la Consejería de Calidad Democrática de la Generalitat valenciana, y con la colaboración del Ayuntamiento de San Isidro (2.146 habitantes), en cuyo término se ubican actualmente las parcelas, el equipo de Mejías ya encontró en 2021 “un anillo infantil de oro, probablemente tragado por un preso”, en una de las arquetas sifónicas de las letrinas. Un año después, “la pauta se confirma”, continúa Mejías, con la prospección intensiva de cobertura total que los siete miembros del grupo arqueológico han practicado en tres parcelas que suman unos 70.000 metros cuadrados, durante un mes y medio, que acaban de dar por finalizada. Buena parte de los prisioneros de la antigua prisión republicana que Franco reconvirtió en campo de concentración a finales de marzo de 1939 llevaba consigo monedas, joyas o relojes que, ahora, han aflorado gracias a los detectores de metal utilizados por los arqueólogos con metodología científica.

 Junto a los habituales hallazgos de “munición, insignias, remaches, herramientas, hebillas o tubos de pomada”, el equipo que mapea el centro, que llegó a albergar unos 14.000 presos, ha hallado varias muestras de los tesoros que los prisioneros intentaban usar como moneda de cambio o salvoconducto hacia la libertad. Destacan, cuenta Mejías, dos monedas de plata. La primera, de ocho reales de 1809, la época de Fernando VII. La segunda, cinco francos suizos, acuñados en 1908. “El dinero republicano se devaluó”, explica el director de la excavación, “y los ciudadanos empezaron a acaparar piezas de plata” para comprar cualquier cosa que les permitiera seguir viviendo y escapar del país. “Muchos de los reclusos de Albatera”, prosigue Mejías, “fueron capturados en el puerto de Alicante”, el último reducto republicano, “donde trataban de huir con lo más preciado que tenían en sus casas”.

 La prospección, que se prolongó desde el 17 de octubre hasta finales de noviembre, también permitió encontrar “una cadena de plata de un reloj de bolsillo” y “un reloj de mujer” de diseño art déco, “posiblemente de plata y perteneciente a alguien con una posición económica elevada”, según Mejías. Esta joya permanecía oculta “en una zona cercana a la valla del campo”, sin que haya un motivo aparente que pueda explicar su ubicación. “Quizá lo enterraron para volver a buscarlo” y allí quedó, con las manecillas paradas en el momento exacto en el que desapareció.

Farmacia

Otro de los aspectos que ha corroborado la búsqueda de materiales metálicos realizada este año es la mala alimentación de los presos, basada casi en exclusiva en latas de lentejas y sardinas. Como ya contó Mejías, “los prisioneros recibían “una lata cada dos días para dos personas y un trozo de pan para cinco”. Durante el periodo en que el campo albaterense albergó una prisión republicana de 14 hectáreas, entre octubre de 1937 y marzo de 1939, “los reclusos estaban bien alimentados, con sardinas, naranjas o carne enlatada argentina”, afirma el arqueólogo. Bajo el dominio franquista, ya como campo de concentración, en el que los detenidos “eran identificados, registrados, redistribuidos por prisiones y carecían de garantías jurídicas”, el hambre y las enfermedades intestinales lideraron las causas de muerte en su interior.

 Entre el material descubierto, ha aparecido “un tapón de Ceregumil, un reconstituyente de miel y cereales de los años 30″. También, “un pedazo de botella de color morado con parte de una inscripción que dice ORT y que “la especialista en arqueología del siglo XX Andrea Moreno ha identificado como jarabe del Doctor Trigo”, el creador del Trinaranjus, “un extracto de limón que se usaba como depurativo y laxante”. Finalmente, en una arqueta de las letrinas se hallaba “un trozo de botella con la inscripción CAR” que, según Moreno, es agua de carabaña, “un agua mineromedicinal con mucho azufre que también se usaba como laxante”. Mejías ha enviado “sedimentos de la arqueta” a la Universidad de Valencia, “para ver si hay trazas de alimentos, bacterias inactivas, larvas o parásitos intestinales” que desvelen “en qué condiciones vivían los presos”.

Mejías adelanta que para el año que viene ya han solicitado una línea de subvenciones del Ministerio de Presidencia y otro de la Consejería de Calidad Democrática, con el fin de “seguir prospectando bancales en búsqueda de fosas comunes”, el objetivo prioritario de la investigación. La intención es que la Generalitat valenciana compre “seis de las 14 hectáreas de terreno total del campo para su musealización como primer yacimiento arqueológico de la Guerra Civil”. (...)"          (Rafa Burgos, El País, 10/12/22)

23/4/21

El rastro de 14.000 presos hacinados y hambrientos en el campo de concentración de Albatera (Alicante)

 "Una chapa circular de oro con brillantes engarzados y unos extraños dibujos grabados puede convertirse en el primer rastro expuesto en una vitrina de un campo de concentración de la guerra civil española. Fue hallada en los márgenes de la prisión al aire libre de Albatera (Alicante). 

Los arqueólogos especulan sobre su origen: puede tratarse de una joya perdida durante la visita de algún familiar a un preso, mientras se comunicaban desde ambos lados de la valla con el beneplácito de un carcelero sobornado; o ser el precio pagado en el mercado negro de alimentos. 

También el de un billete hacia el exilio. “Una posesión así marcaba la diferencia entre vivir o morir de hambre”, dice Felipe Mejías, director de la excavación en la que se encontró la pieza, junto a unas estructuras de piedra que facilitarían que se convierta en un museo. El Gobierno autonómico planea hacerlo, aunque antes hace falta adquirir la parcela y obtener el presupuesto necesario.

Mejías lidera un equipo que trata de arrancar del silencio los restos del campo de concentración de Albatera, ubicado en el término municipal de San Isidro. Tras tres años de trabajo para ubicar las fosas comunes de la provincia de Alicante, Mejías dio con la historia de esta estructura penitenciaria, un campo de trabajo republicano que se convirtió en un infierno de hambre y enfermedades tras el fin de la guerra. 

“Era un asunto que se silenció”, explica el arqueólogo, “pero me encontré con muchos testimonios de agricultores que contaban que habían hallado restos humanos en la zona, que habían llenado capazos de huesos”. El municipio de San Isidro se encuentra en la comarca de la Vega Baja de Alicante, una zona eminentemente de huerta.

 Con ayuda del Ayuntamiento de San Isidro, un pueblo de apenas 1.900 habitantes, Mejías presentó un proyecto a la Consejería de Participación, Transparencia, Cooperación y Calidad Democrática de la Generalitat Valenciana. Con 17.600 euros, reclutó a un equipo y comenzó a finales de octubre la prospección arqueológica de una parcela privada en la que sospechaba que se ocultaba el acceso al campo de concentración, tras estudiar la escasa documentación existente, ya que se trata de estructuras que el franquismo intentó borrar de los papeles.

 El campo de Albatera nace en octubre de 1937. La República cercó 140.000 metros cuadrados y encerró allí a unos 1.400 prisioneros de guerra. Mejías ha rescatado cuatro fotografías del archivo del Comité Internacional de la Cruz Roja, en Suiza. “La dinámica era diferente, la República invitaba a periodistas extranjeros o miembros de la Cruz Roja a visitar las instalaciones, para que vieran que los presos estaban bien atendidos”, asegura. Todo cambió el 1 de abril de 1939. Franco multiplica por diez la población penitenciaria del campo, que se cierra, “tras una gestión desastrosa y negligente”, apenas siete meses después.

 La idea de Mejías era “localizar al menos una fosa común”, que no ha aparecido. A cambio, en poco más de un mes de trabajo con sondeos, excavaciones y un georradar procedente de la Universidad de Cádiz, han salido a la luz los cimientos de los habitáculos en los que se hacinaban “entre 14.000 y 16.000 prisioneros”, según sus estimaciones. “Hemos encontrado la estructura de tres barracones”, un tesoro arqueológico que puede convertir el campo de Albatera “en el primero de España en condiciones de musealización”, asegura Mejías.

Junto a estas estructuras, el equipo arqueológico halló también restos humanos, entre los que destacan “un fragmento de cráneo y una tibia”. Y cartuchos Mauser (el arma habitual de los militares franquistas), monedas republicanas y franquistas, un colgante, cucharas, tenedores y latas de lentejas y sardinas. “Eran la única comida que recibían los presos”, relata Mejías, “una lata cada dos días para dos personas y un trozo de pan para cinco”. El hambre y las enfermedades intestinales fueron la principal causa de muerte en Albatera. “Sabemos que se produjeron fusilamientos. Hemos podido documentar ocho”, afirma el arqueólogo.

Estos descubrimientos han motivado la preparación de otra campaña para finales de la primavera que viene. Tras solicitar ayuda a la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) y, de nuevo, a la Consejería de Calidad Democrática, Mejías, que prepara su tesis doctoral sobre el campo de Albatera, sondeará el terreno en busca de la fosa común. Los hallazgos, de momento, están depositados en el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ). Y tanto el Gobierno autonómico como el Ayuntamiento de San Isidro ya han iniciado los movimientos para llevar la parcela a dominio público, el primer paso para convertirla en el primer centro de interpretación de la memoria de un campo de concentración español. (...)"                         (Rafa Burgos, El País, 15/12/20)

9/11/18

La fosa común que esconde los horrores del campo de concentración franquista de Albatera sale a la luz... Les entregaban cada dos o tres días "una lata de sardinas de 125 gramos y un chusco de 200 gramos para cada 5 personas...

"Fue el campo de concentración más importante de la España de la posguerra. Allí fueron a parar una vez acabó el conflicto bélico destacados cargos republicanos, alcaldes, militares o artistas que se habían quedado sin billete en el último buque que salió de Alicante camino del exilio, el Stanbrook. 

Pese a que la crueldad y el horror se dieron cita en el que antes de su reconversión había sido el campo de trabajo más emblemático de la República (destinado a presos que incluso contaban con permisos de fin de semana), el de Albatera es actualmente uno de los más desconocidos de los casi doscientos que llegaron a existir. Ahora, el arqueólogo e investigador Felipe Mejías arroja luz sobre un enclave que el franquismo se apresuró en borrar.  (...)

"La única forma de saber dónde están los muertos es preguntando a la gente", explica Mejías, quien detalla a eldiario.es el proceso que ha seguido hasta dar con el hallazgo. Anteriormente, otros investigadores iniciaron el mismo cometido, pero se encontraron "con el miedo o ignorancia" de los propietarios de las tierras agrícolas donde se asentó el campo, un terreno en el que solo ha quedado en pie la caseta de los guardias o "cuina". Sin embargo, los contactos de Damián Sabater, conocido por renunciar a la alcaldía de San Isidro en marzo de este año tras cumplir su programa electoral, le abrieron varias puertas.

Así, Felipe Mejías ha podido hablar con un antiguo operario y tres propietarios. En concreto, con un agricultor que en los años 50 labrando se topó con "un cráneo con pelo y cuero cabelludo a metro y medio de profundidad"; en otro emplazamiento, el descubrimiento macabro fue el de "un brazo con los huesos todavía en conexión anatómica"; y otro testimonio dio con un fémur. En definitiva, "todos coinciden en señalarme un sitio concreto" de un área que en su conjunto abarca los 700 metros de largo.

Era la época en la que llegaron a esta zona del sur de la provincia de Alicante colonos procedentes de otros puntos del país para cultivar las tierras dentro del proyecto del Instituto Nacional de Colonización del Ministerio de Agricultura. "Esa gente trabajaba todos los días en el campo y cuando se encontraban con huesos humanos los encargados les decían que eso eran muertos de la guerra que no había que hacer caso", rememora Mejías.

Otros de los testimonios de esos años los aportaron unos niños que contaron siendo ya adultos que iban con frecuencia a esa zona con sus bicicletas a coger dátiles y que un día vieron una fosa abierta con cadáveres "y cuando volvieron al día siguiente ya la habían tapado a la mitad". Esta pista y la aportada por labradores que al cavar se encontraron con cemento oscuro, "que seguramente sea cal viva", tendría la lectura para el arqueólogo de que la fosa podría estar en varias capas "lo que indicaría filas superpuestas".  (...)

Fallecimientos y supervivientes

En un lugar que pasó de dar cabida como campo de trabajo republicano a 1.600 presos -sin que se registrara ningún fallecido- a 16.000 según Ginés Saura, miembro de Coahmi, ¿cuántas personas podrían permanecer enterradas? "Imposible saberlo de momento", responde Felipe Mejías. En el registro civil de Albatera constan ocho muertos durante los seis meses que permaneció abierto el campo –de abril a octubre de 1939-, según el historiador Miguel Ors. 

Pero como apunta el también historiador Francisco Moreno, "los testimonios orales hablan de muchas más víctimas". "Por fusilamiento las estimaciones que tenemos son entre 10 y 30 personas aproximadamente", apunta Mejías.

A este respecto cuenta en un documental Eduardo de Guzmán, un periodista anarquista preso, que lo pusieron en formación junto con otros compañeros y "fusilaron delante de nosotros a tres muchachos". No obstante, "lo más seguro es que los principales motivos de muerte en el campo fueran de enfermedad, penuria, deshidratación y hambre", aclara Mejías.

Entre las fallecidas se encuentra la hija del histórico dirigente del PCE Santiago Carrillo, presa en este campo junto con su primera mujer. "Allí mi hija contrajo una enfermedad que acabó con ella. La niña era pequeña y no había leche, no había nada y las condiciones fueron realmente trágicas", recuerda en el documental Rejas en la memoria. 

En anteriores jornadas organizadas por la Coamhi pasó el poeta comunista Marcos Ana, quien recordó cómo se fugó del campo de Albatera para acabar siendo detenido en Madrid y convertirse en el preso que más tiempo paso en una cárcel franquista.

Otros de los testimonios, que también ha fallecido, es el de Juan Ramos, recuerda Saura. Estuvo preso en el campo con 14 años y tiempo después en un documental reconoció la cara de Rudolph Hess, ministro de confianza de Hitler, del que recuerda que cuando fue a beber agua del suelo tras varios días deshidratado le dio una patada en el estómago.

La dureza del día a día la contó en los años 80 Juan Caba quien tras revelar que a él y a otros republicanos capturados les llevaron desde Alicante a Albatera en un vagón de tren abarrotado con cien personas donde murieron varios por asfixia, llegaron al campo donde "las torturas y vejaciones" fueron una constante y el hambre el principal problema. Les entregaban cada dos o tres días "una lata de sardinas de 125 gramos y un chusco de 200 gramos para cada 5 personas".

La fotografía

El trabajo de investigación de Felipe Mejías, condensado en un artículo de 60 páginas que publicará en breve, incluye documentación gráfica que hasta ahora no había visto la luz como la fotografía que acompaña el artículo.

La imagen está fechada en febrero de 1938, cuando el campo de Albatera todavía era republicano. En contra de la opinión que todavía está extendida de que el campo anterior a Franco era de concentración, tanto Mejías como Saura niegan la mayor. "Era de trabajo, de rehabilitación de presos por razones de delincuencia común o políticas", explica Saura.

 "El campo republicano tenía barracones donde dormían bajo techo, enfermería, y con un régimen de visitas de familiares", explica Mejías. "Incluso algunos por buen comportamiento tenían los fines de semana libres y volvían el lunes", añade. "Era un campo emblemático para la República, del que se sentían orgullosos por representar un sistema penitenciario novedoso", concluye el arqueólogo.

Pero fue acabar la guerra civil y el bando nacional aprovechó la infraestructura para cercar a miles de personas que habían quedado atrapadas en el lado perdedor. A partir del 1 de abril de 1939 hasta que Franco ordena su cierre el 27 de octubre de ese año, "pasó a ser un campo de concentración puro y duro", señala Mejías quien duda de que, como apuntan algunos historiadores, fuera también un campo de exterminio. "No estaba pensado para ese fin, el de exterminar a gente como ocurrió con los nazis, pero lo cierto es que sí que dejaron morir a la gente de hambre y sed".

"Yo pienso que el campo de Albatera tenía una semejanza con esos campos de exterminio, aunque quizás lo que tenía era menos estructura, porque esto era muy artesano en todo", reveló en su momento el preso Narciso Julián."                    (Emilio J. Martínez, eldiario.es, 03/11/18)

4/10/12

Vió como su padre era 'paseado' por toda la ciudad a golpes por los militares, con todo el pueblo mirando para que cundiera el ejemplo, y como después era atado a un balcón para mayor humillación de la familia.

"Nadie puede asegurar con certeza cuántos represaliados habitaron el campo de concentración de Albatera. La Hoja Oficial de Alicante (28/IV/1939) cifraba en 6.800 los presos, sin embargo, los reclusos que consiguieron salvar la vida hablan de un mínimo de 15.000 personas. 

 José Eduardo Almudéver, que tenía 19 años por aquel entonces, habla de 17.000 personas. El menú de los presos sí que está más claro. “Una lata de sardinas para cada tres personas y un trozo de pan para cada cinco. Eso sí, no todos los días. Sólo cuando se acordaban”, relata José Eduardo. 

El campo estuvo abierto durante ocho meses. Hasta noviembre del 39. Entonces, los presos que quedaban fueron traslados a los centros penitenciarios de sus lugares de origen. 

La visita de Ernesto Giménez Caballero no fue la única que recibieron los presos. El segundo domingo de abril visitó el campo, según recuerda Almudéver, el párroco de Albatera, quien acompañado de cuatro militares “limpió los bolsillos” de todos los presos. (...)

El cura vino a robarnos ese mismo día”, ironiza Almudéver, quien señala que lo más sangrante no fue ya el robo sino que al día siguiente el cura publicó en el boletín parroquial que los presos republicanos habían donado por su propia voluntad dinero y joyas por valor de tres millones de pesetas. 
 
Julián Ramos recuerda como su padre, Juan Ramos, le contaba una y otra vez lo que vivió en el campo de Albatera. Juan sólo tenía 14 años y su único delito era ser el hijo del alcalde socialista de San Bartolomé de las Abiertas (Toledo).

 “Mi padre nos ha contado mil veces la historia de la zanja. Los militares ordenaron a los presos cavar una zanja para hacer sus necesidades junto a la verja de salida. Entonces, cuando los presos se acercaron la primera noche a hacer sus necesidades fueron ametrallados en aplicación de la ley de fugas”, recuerda Ramos para Público

Aunque la experiencia más traumática para el padre de Julián no fue tener que hacer sus necesidades encima durante la noche para no morir ametrallado. Juan recordaba a su hijo que estuvieron ocho días sin recibir ni una gota de agua. 

“Al octavo día, según me contó, llegó un camión cisterna que comenzó a regar todo el campo. Los presos tuvieron que beber el agua de los charcos mientras eran filmados por los militares”, relata Julián, que señala que entre esos militares, según los recuerdos de su padre, había soldados alemanes.(...)

 Con el paso de los días, los militares fueron identificando a la población reclusa y enviando cartas a sus ayuntamientos de origen informando de que el preso estaba en el campo de Albatera. José Eduardo recuerda que casi todos los días llegaba gente de Falange para llevarse a algún preso. Muchos no llegaban a su ayuntamiento de destino. Otros sí. Entre los presos este hecho era conocido como las 'sacas': “sácame a este de aquí”. 
 
Este es el caso de Gerardo Muñoz, maestro de profesión y simpatizante de Izquierda Republicana. El ayuntamiento de Móstoles lo reclamó y los militares del campo de concentración lo enviaron a la ciudad donde trabajaba... en un ataúd.

 Su historia la recuerda Celia Muñoz, su hija, quien tenía 15 años cuando vio como su padre era 'paseado' por toda la ciudad a golpes por los militares, con todo el pueblo mirando para que cundiera el ejemplo y como después era atado a un balcón para mayor humillación de la familia. 

“Tras pasearlo lo encerraron en la cárcel de Yeserías. Allí fui a visitarlo el 23 de junio. Con la cantidad de presos que había, los gritos y los lamentos fue imposible hablar con él. Casualmente  reconocí a uno de los guardias de la prisión. Había sido director de una colonia de verano donde me enviaron durante la guerra. 

 El director me prometió que al día siguiente nos concedería a los hermanos una visita a solas con él. A las 7.00 horas del 24 de junio fuimos a verle. Ya lo habían fusilado”, recuerda a Público Celia Muñoz. 
 
Cuando en noviembre de 1939 el régimen de Franco decidió cerrar el campo de concentración, los encargados del mismo destruyeron toda la documentación existente sobre el mismo. No queda ni un rastro oficial del mismo.

 La coordinadora de asociaciones de memoria histórica de Alicante, Juanjo Martínez, está tratando de elaborar un listado con los presos. De momento, sólo ha podido localizar a cerca de 700. La única bala que les queda en la recámara es el Tribunal de Cuentas, quien debió autorizar partidas de gasto para el mantenimiento del campo de concentración. 

La ubicación exacta del campo también es difícil de precisar. Hasta el momento y gracias a los supervivientes han conseguido ubicar donde estaba la cocina. “Cuando abandonaron el campo lo mandaron repoblar con palmeras para que no dejar ni rastro. Pretendían que el campo de concentración fuera olvidado, como si nunca hubiese existido”, señala a Público Juanjo Martínez, presidente de la coordinadora."            (Público, 23/09/2012)

17/3/10

"...ese cura declararía que los presos republicanos habían donado sus pertenencias a la Iglesia"

"Tras convertirse en prisioneros del franquismo fueron trasladados al campo provisional de los Almendros y de allí al campo de trabajo que la República había construido en Albatera. Ya no sería un campo de trabajo. José Eduardo no sabe como describir su estancia allí. "Horror no es una buena palabra, era peor que eso". Tampoco sabe como explicar lo que se siente al oír a alguien morir de estreñimiento.

Se pasaba tanta hambre que los franquistas que vigilaban el campo lanzaban almendras a los presos para golpear a quienes, movidos por el hambre, se lanzaban para recogerlas. (...)

Solloza al recordar que solo tenía 20 años cuando fue testigo de varios fusilamientos de presos. Personas fieles a los ideales que les habían llevado allí hasta su último aliento. Recuerda como oía vivas a la República, al Socialismo y al Comunismo, incluso algún insulto a los verdugos, antes de que se escucharan los tiros de gracia.

La risa ilumina su cara cuando rememora el acto de caridad al que se vieron obligados los reclusos en el campo de concentración de Albatera. El cura de la localidad se desplazó hasta allí. Junto con cuatro guardias, que llevaban una manta cogida cada uno por una esquina, obligaron a los presos a vaciar sus bolsillos sobre ella. Días más tarde ese cura declararía que los presos republicanos habían donado sus pertenencias a la Iglesia." (Bottup, Escrito por Tania Judith Baeza Martínez Lunes, 15 de Marzo de 2010 12:03)

13/1/10

Los campos de concentración franquistas también fueron borrados

"Un estudio recrea la vida en el campo de concentración de Albatera. Se cumplen 70 años del cierre del recinto, emblema de la represión franquista. Los curiosos apenas encontrarán una losa conmemorativa colocada allí por un par de organizaciones anarquistas.

Un testimonio humilde, localizado en un saladar jalonado de cañaverales, en el perímetro aproximado del campo de concentración franquista de Albatera, en Alicante, uno de los centros de represión más sanguinarios de entre los 188 habilitados en toda España tras la Guerra Civil.

El campo fue desmantelado en octubre de 1939, hace setenta años. Y sus huellas físicas borradas a conciencia. Pero los testimonios orales lo convirtieron, junto con el célebre campo de Los Almendros, en un referente en tierras alicantinas de la represión franquista.

Enrique Gil Hernández (Albacete, 1975), arqueólogo de la Universidad de Alicante especializado en la Guerra Civil, lleva tiempo investigando y reconstruyendo las condiciones del campo de Albatera.

"Hubo fosas comunes derivadas de fusilamientos masivos", cuenta Gil "Se han hecho muchos estudios sobre el campo a través de los testimonios de los supervivientes.
Es un tema recurrente. Pero la novedad es acercarse a través de una fuente hasta ahora ignorada, los restos materiales", explica Gil Hernández, quien espera poder acabar su investigación antes de finales de año.

"El problema de este enfoque es que el campo ya no existe. Conocemos una zona, a grandes rasgos, pero no hay nada porque fue debidamente desmantelado y el propio espacio donde estuvo situado fue dividido para crear un nuevo asentamiento humano, San Isidro. Es como si no hubiera existido. Apenas quedó un casucho utilizado como cocina", se lamenta.

"Pero tenemos la suerte de que, al menos, existen los planos y podemos inferir su estructura", añade, en referencia a la documentación encontrada en el archivo histórico de Salamanca.

El centro fue construido en 1937 por las autoridades republicanas, como campo de
trabajo penitenciario, con una capacidad aproximada para 700 penados. Su ubicación, cercana al puerto de Alicante, escenario de los estertores del conflicto y frustrada vía de escape de miles de republicanos, se convirtió al acabar la guerra en un "espacio ideal para la concentración y posterior depuración del nuevo régimen dictatorial".

Hablar de cifras es complicado. No existe libro de entradas y salidas y la única referencia no oral es La Hoja Oficial de Alicante, que habla el 28 de abril de 1939 de "seis mil ochocientos rojos". Gil Hernández piensa que la cifra llegaría a duplicarse.
"Podemos hablar sin problemas de más de 12.000 personas en el momento álgido", asegura, pero no da validez a las cifras de 15.000 a 20.000 internos manejadas a través de testimonios directos.

Respecto de las características físicas del campo, Gil Hernández define un espacio
cercado por una doble alambrada, con edificios modulares de madera, dependencias
para los guardas, barracones con literas, cocinas, almacenes, celdas de castigo y un
hospital. Las condiciones de habitabilidad, aceptables durante la República, se
convierten en un infierno con la autoridad franquista. La sobresaturación, de hecho,lleva a la construcción de un segundo grupo de instalaciones, conocido popularmente como el Campo Chico.

Una existencia difícil de concebir. Al hacinamiento inhumano agravado por el calor propio de la zona, las carestías nutricionales y de higiene, hay que añadir la angustia, el terror, la tortura y las vejaciones, y lo que Gil Hernández no duda en llamar "exterminio", "hubo fosas comunes derivadas de fusilamientos masivos", y aporta como prueba el descubrimiento en huertos y de la zona, de abundantes restos óseos en una zona que no fué habitada hasta 1957.

Otros no murieron allí, "la función del campo es controlar y clasificar, y los presos van saliendo. Se hacen ruedas de reconocimiento y se producen peregrinaciones de autoridades falangistas desde todos los puntos de España, para reconocer gente, y lleváselas ajusticiarla en su pueblo de procedencia", explica. También se tiene constancia de que a cada fuga se contestaba con la eliminación del recluso anterior y posterior de la lista. el espanto fue desmantelado(...)" (merce bimbeta: campo de concentración, Calameo)