Mostrando entradas con la etiqueta Formas de supervivencia: resistencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Formas de supervivencia: resistencia. Mostrar todas las entradas

23/6/22

"Los niños fuimos el eslabón más débil de la cadena de represión franquista... nos convertimos en víctimas involuntarias y especialmente frágiles para el sistema, que se aprovechaba de ello para chantajear a nuestras madres y padres. Sobre todo en las generaciones muy anteriores a la mía en los años 40 y 50, que sufrieron ausencia, hambre, tristeza, represión, abandono, o el propio secuestro o la desaparición aún tan poco investigada"

"Manolita del Arco fue la mujer que más años pasó en las cárceles del franquismo. Entró en ella después de un tiempo frenético en la clandestinidad, tratando de recomponer la oposición a la dictadura tras el final de la guerra civil española. Hasta que llegó la inevitable delación. Luego, diecinueve años entre rejas, en los que, junto a sus compañeras, se negó a doblegarse ante la dictadura.

Ahora, su hijo, Miguel Martínez del Arco (Madrid, 1961), recorre los pasos de su madre en su novela 'Memoria del frío' (Hoja de Lata Editorial), que este jueves presenta en Toledo a las 19.00 horas en la Librería Taiga (Travesía Gregorio Ramírez, 2). Por el libro aparecen personajes como Heriberto Quiñones, Carlos Arias Navarro, Dolores Ibárruri, el doctor López Ibor, Julián Grimau o Luis Martín-Santos.

Un espléndido ejercicio de memoria democrática, que comienza con el golpe de Casado en marzo de 1939 y acaba bajo un estado de sitio en 1976, con un grupo de ancianas irreductibles celebrando la vida.

- Más allá de lo que debe usted a su madre, ¿qué le debemos como sociedad a todas estas mujeres que pasaron tantos años en la cárcel y lucharon tanto por la democracia y la libertad?

La sociedad debe reconocimiento. Ello depende mucho de los poderes públicos, que no han tenido la capacidad de dar a conocer la historia de la gente que luchó contra el franquismo y por la democracia en España. Es especialmente sangrante en el caso de las mujeres, cuya historia no se conoce. Más allá de ello, incluso se ignora y se oculta. Sin embargo, en muchas familias, en muchos grupos, ahora las nietas están interesadas e inquietas por recuperar las historias de sus abuelas. No se puede vivir sin memoria, la memoria es garantía de nuestro presente, de lo que queremos construir. (...)

- 'Memoria del frío' habla de recuerdos. Muchos de ellos le vienen de documentos y testimonios directos de su madre y otras mujeres. Pero, ¿qué recuerda usted de ese tiempo?

Nací justo después de que mi madre y mi padre, tras 19 años de cautiverio y de relación a distancia, se encontraran por fin. Luego mi padre fue nuevamente detenido y encarcelado durante otros 8 años en el penal de Burgos. Fue entonces cuando conocí la prisión directamente, en las tres visitas presenciales al año que el sistema permitía entonces para ver a nuestros familiares. Las niñas y los niños fuimos en muchos casos el eslabón más débil de la cadena de represión franquista: no sabíamos, no entendíamos, nos convertimos en víctimas involuntarias y especialmente frágiles para el sistema, que se aprovechaba de ello para chantajear a nuestras madres y padres. Sobre todo en las generaciones muy anteriores a la mía en los años 40 y 50, que sufrieron ausencia, hambre, tristeza, represión, abandono, o el propio secuestro o la desaparición aún tan poco investigada. Creo, sin embargo, que pese a la dureza, mi infancia fue una escuela de vida y también estuvo llena de descubrimientos, de momentos radiantes y de aventuras.

- En cualquier caso, usted reconoce que, pese a la dureza de la historia, esos tiempos no fueron del todo tristes. ¿Cómo es esto posible?

Por lo que decía anteriormente: por el ejercicio luminoso de la resistencia. Esas mujeres, nuestras abuelas, nuestras madres, sus amigas y compañeras construyeron en medio del oprobio de la dictadura un marco alternativo de vida. Una manera distinta de entender su medio, de ejercer la solidaridad de manera consciente, de intentar hacer de la cotidianidad un espacio habitable. La construcción socioafectiva, además de su indudable valor emocional, es también una apuesta política de futuro. Términos ahora reconocibles como la sororidad y los cuidados fueron recreados por estas mujeres y sus entornos, también reivindicando el valor inmenso de la alegría.

- Como bien dice, se recuerda más a los hombres que a las mujeres que sufrieron represión y fueron hechos presos. Ahora que se habla tanto de feminismo, ¿es su libro una reivindicación del papel que esas figuras femeninas tuvieron?

Claro, la sororidad, la apuesta por poner la vida en el centro, la necesidad de generar un entorno protegido, la resiliencia… Las mujeres garantizaron la resistencia desde distintos niveles. Por una parte, porque no fueron simples colaboradoras involuntarias de la lucha por la democracia y los derechos, sino que fueron también sus protagonistas. Su imagen aparece difuminada y en grises en el imaginario colectivo, que ensalza la figura heroica de los hombres y deja a las mujeres en un papel secundario. Pero, además, las mujeres fueron las garantes de la vida comunitaria, generaron el magma que permitió que durante los casi 40 años de dictadura la resistencia pudiera ejercerse. Estuvieron garantizando las condiciones básicas que aseguraron la supervivencia, y ello tiene un enorme valor político, no solo humano. Ejercieron la vida como militancia.

- Por los muchos intentos que se han hecho para reparar a las víctimas del franquismo, no sé si cree que la sociedad tiene una deuda con muchas de ellas. ¿Qué es lo que propone?

Además de lo básico, es decir, reconocimiento, lo que se traduce en la triada de verdad, justicia y reparación, es importante que se aprueben de una vez las nuevas medidas legislativas al respecto. Y que se contribuya activamente a conocer en todos los niveles educativos lo que fue la dictadura y su resistencia. Igual que conocemos lejanos iconos ligados a la conquista de América o a supuestas proezas militares, es necesario que conozcamos y nos impregnemos del valor de las acciones de la gente común y corriente, la gente que así, en sus pobres condiciones, intentó que los derechos básicos, los derechos humanos, no se conculcaran tal como ocurrió. En ese sentido, no es solo necesario no olvidar, sino entender que sin memoria no hay identidad, y sin identidad es muy complejo entender y emprender nuestra propia vida. España es una gran tumba colectiva con más de 130.000 personas desaparecidas, y no podemos vivir sobre una gran fosa común. Corremos el peligro de hundirnos en ella.

- Hablando de la recuperación de la memoria histórica, ¿cree que pasa por un buen momento, teniendo en cuenta que la intención de PP y Vox en Castilla y León de aprobar una Ley de Concordia en lugar de una ley relacionada con este tema?

Yo creo que lo importante es que pongamos en marcha los mecanismos legales, y también los educativos, los culturales, etc., que sigan reivindicando la verdad de la historia y la necesidad de la memoria. A diferencia de las fuerzas neofranquistas que pretender «tunear» la historia y esconderla, yo creo que la gente de los espacios memorialistas tenemos la obligación de proponer una hoja de ruta alternativa, de acuerdo a los parámetros de la propia ONU, desde actitudes no revanchistas ni de venganza. Como decía, hacer de la memoria no un ejercicio nostálgico ni de confrontación irracional, sino de ideas y de alternativas de porvenir. Sin memoria no hay identidad.

- 'Memoria del frío' es su primera novela. Pero, ¿por qué decidió contar la historia ficcionada en lugar de escribir un ensayo histórico?

En primer lugar, porque no contaba con las suficientes herramientas intelectuales ni los recursos para acometer un ensayo histórico que pudiéramos llamar así. Pero, sobre todo, porque después de un año sumergido en archivos, cartas, fotos, entrevistas, etc., me di cuenta que lo que pretendía contar era otra cosa. Estaba no tanto en los hechos, que en cualquier caso aparecen en la novela, como en ese conjunto de pareceres, emociones, impresiones que esas mujeres, mi madre y sus amigas y compañeras de vida, me habían trasmitido desde niño. Algo para lo que la ficción narrativa me parecía más adecuada, que permitía además hablar no tanto de «la verdad de la historia» como de la memoria vivida, de la postmemoria. De todo aquello que no viví, pero que siento que viví contado en mí. Y también con la ilusión de que el esfuerzo narrativo permitiera un acercamiento más humano y más cercano.

- ¿Le ha servido este libro a usted para cerrar heridas o, por lo menos, para sanarlas?

Bueno, llegué sanado a su escritura; creo que, si no, me hubiera sido imposible escribir. Lo importante de las heridas no es solo cerrarlas y llenarse de cicatrices, sino tratar de entender y luego permitirse reconstruir y poner en ello ilusión y afecto. Empatizar con las personas que estuvieron ahí y con los propios sentimientos. No sucumbir. Saber que caminas con lo que eres, y que tratas de seguir la estela inevitable de que la vida sea un espacio más placentero. Para todas."           (Mariano Cebrián, ABC, 04/05/22)

25/6/21

Vivir para contarlo: las supervivientes españolas de los campos de exterminio nazi

 "Fueron 132.000 las mujeres que pasaron por aquel infierno. Venían de una cuarentena de países, venían de ser humilladas y se enfrentaban a lo que intuían sería su penúltima escala; el campo de concentración de Ravensbrück. De ahí  viajarían a otros campos y Kommandos de Alemania, Polonia o Austria, como Saarbrücken, HASAG-Leipzig, Mauthausen o Bergen-Belsen.

Una topografía del horror por la que discurrieron un grupo de cuatrocientas españolas. Mujeres que tomaron partido en un momento en el que no valía ponerse de perfil y que pagaron, con creces, las consecuencias. Vidas rotas por la ignominia totalitaria cuyo compromiso con la libertad y la democracia no cesó tras el cautiverio nazi. 

"La gran mayoría de estas mujeres compartían ideales socialistas o comunistas, su compromiso con la libertad y la igualdad era inquebrantable, fueron y son todo un ejemplo de lucha contra la opresión y el fascismo", explica a Público Mónica G. Álvarez, autora de Noche y niebla en los campos nazis (Espasa), un ensayo periodístico que recompone las vidas de once de aquellas mujeres que lograron sobrevivir y dedicaron parte de su vida a que nadie olvidara aquello.

 Mónica dedica cada capítulo del libro a una superviviente: la gijonesa Olvido Fanjul Camín; las zaragozanas Elisa Garrido Gracia y Alfonsina Bueno Vela; la tarraconense Neus Català Pallejà; la murciana Braulia Cánovas Mulero; la francesa de origen turolense Elisa Ricol López; la madrileña Constanza Martínez Prieto; la barcelonesa Mercedes Núñez Targa; la ilerdense Conchita Grangé Beleta; la bilbaína Lola García Echevarrieta, y la transilvana de origen judío Violeta Friedman.

Mujeres que fueron capturadas por sus ideales de izquierda tras luchar en España contra el fascismo y huir principalmente a Francia para participar en la Resistencia como miembros destacados. Su función fue clave para que sus camaradas masculinos pudieran operar.  En su lucha no les hizo falta empuñar un arma, pero sí saber combinar una vida cotidiana que les permitiera pasar desapercibidas con la complejidad de trabajar para la Resistencia.

"La mayoría de ellas se metieron en la Resistencia francesa huyendo de Franco, se habla mucho del papel que jugaron los hombres pero no tanto de las mujeres, y lo cierto es que ellas se exponían tanto como ellos, hacían las veces de enlace de correo, ayudaban a sus camaradas a cruzar la frontera con Francia, los ocultaban en sus casas, hacían de enfermeras", explica Mónica.

 El infierno empezaba con la deportación. Para los nazis, las mujeres dejaban de ser personas y se convertían en números de identificación que se agrupaban por barracones, según su condición de prisioneras: judías, gitanas, homosexuales, testigos de Jehová, delincuentes comunes, presas políticas... Un viaje camino de la deshumanización en el que las despojaban de sus ropas, las rapaban y las privaban de su identidad.

"Sufrieron una doble victimización –prosigue Mónica–, por el hecho de ser mujeres y apenas haber sido reconocidas pese a que su labor fue fundamental, y porque ellas sufrieron tanto o más que los hombres en los campos de concentración. No podemos olvidar que sus cuerpos, y los cuerpos de los niños, fueron las dos bazas de los nazis para experimentar". 

Una experimentación que, como explica la periodista, fue lo que, a la postre, les permitió a muchas de ellas sobrevivir en aquel infierno. "Utilizaban cualquier utensilio, cualquier bacteria, cualquier líquido para eliminar la menstruación de la mujer, para vaciarles el útero y evitar que tuvieran hijos si se quedaban embarazadas, dado que muchas de ellas eran violadas por los guardias nazis". 

"El hecho de no menstruar les permitió sobrevivir, no perder esa fortaleza física que provoca la regla, esto es algo que ellas tristemente entendieron y que les permitió salir adelante", confiesa la autora de Amor y horror nazi. 

"Ellas fueron nuestras resistentes"

La historiografía hace lo que puede por cercar un nivel de abyección nunca visto en la historia de la Humanidad. Lo que ocurrió en aquellos campos, el grado de planificación y perfeccionamiento en materia de crueldad que se vivió aquellos años no puede quedar en el olvido. Por eso es tan importante el testimonio de vida de estas once mujeres rescatadas por Mónica G. Álvarez.

"Ellas fueron nuestras resistentes, ellas le plantaron cara a la injusticia y al fascismo, si no alzamos la voz por estas mujeres su labor será en vano, nuestros jóvenes tienen que conocer su historia para que no se vuelva a repetir algo así, a fin de cuentas ellas dieron su vida de forma altruista, porque no luchaban por su libertad, sino por la libertad de todos nosotros".               (Juan Losa, Público, 01/06/21)

19/2/20

La odisea de Witold Pilecki, el soldado polaco que fue a Auschwitz por voluntad propia

"Polaco. 4859". Con esos distintivos fotografiaban en el campo de concentración de Auschwitz a Witold Pilecki en su primeros días allí. Nadie sabía que Pilecki no era un prisionero cualquiera. Era un espía.

Junto al oficial polaco Jan Wlodarkiewicz, Pilecki formó tras la invasión de Hitler de 1939 el Ejército Secreto Polaco (TAP). Esta fue una de las primeras formas de resistencia que se enfrentaron a la ocupación del III Reich en suelo polaco. Juntos, Wlodarkiewicz y Pilecki, organizaron una operación que requería un coraje extremo. El objetivo era infiltrarse en el campo de exterminio de Auschwitz. Pilecki lo logró. Trató de alertar al mundo sobre lo que ocurría allí. Pero sus esfuerzos fueron vanos. De hecho, su historia no se dio a conocer al mundo hasta bien entrado este siglo.

Estos días marcados de ceremonias y actos conmemorativos por el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz coinciden con la apertura en Berlín de la exposición El voluntario: Witold Pilecki y la infiltración de Auschwitz. En ella se cuenta la historia de este militar polaco que estuvo durante años olvidado.

Es precisamente un instituto que lleva su apellido, el Instituto Pilecki, cuya oficina berlinesa abría sus puertas a finales del año pasado, el encargado de contar la extraordinaria historia de este resistente. La muestra no sería una realidad sin la implicación del periodista y ex reportero de guerra británico Jack Fairweather. Él es autor del libro El Voluntario: la verdadera historia de resistencia del héroe que se infiltró en Auschwitz (Ed. Custom House, 2019).

El volumen de Fairweather, gestado a partir de una visita a Auschwitz en 2011, ha servido para dar a conocer más allá de Polonia la figura de Pilecki. En Berlín, este héroe de la resistencia polaca es el protagonista de una exposición situada frente a la emblemática Puerta de Brandeburgo. La muestra está al servicio "de un conocimiento más profundo de la visión polaca" de los totalitarismos del siglo XX, según los términos de Rolf Brockschmidt, periodista cultural del diario berlinés Der Tagesspiegel.

La idea de infiltrarse en Auschwitz surgió poco después de que Wlodarkiewicz tuviera conocimiento de que las tropas alemanas iban a realizar arrestos de hombres polacos en edad de tomar las armas en 1940. El 19 de septiembre de 1940, Pilecki se dejó arrestar en una redada nazi bajo el nombre Tomasz Serafinski. Tres días más tarde, estaba en Auschwitz. Nunca hubiera podido imaginar lo que allí le esperaba.

Mucho de su trabajo consistió en recabar información sobre las prácticas de maltratos, torturas, asesinatos y genocidio para luego tratar de darla a conocer al mundo libre. Pilecki "fue afortunado por sobrevivir" nada más llegar a Auschwitz, según se cuenta en la muestra berlinesa. En Auschwitz, como funesto centro industrial para la muerte que era, se podía perder la vida por cualquier motivo. Allí los había "que perdían hasta el deseo de vivir". Se esfumaba el instinto de supervivencia. Este instinto y algo que iba más allá de la valentía nunca abandonaron a Pilecki.

En Auschwitz, "un sistema diseñado en favor de poner a los fuertes sobre los débiles, compartir un trozo de pan con un prisionero que moría de hambre ya era algo de significado revolucionario", explican en la exposición. Gestos así hicieron ver a Pilecki que se podía resistir incluso en el "centro del mayor crimen nazi", según ha definido Fairweather el tristemente célebre campo de exterminio.

Operaciones de resistencia

Junto a otros, Pilecki pudo organizar operaciones de la resistencia en Auschwitz que facilitaron el acceso a provisiones y alimentos procedentes del exterior del campo. A menudo contaban con la complicidad de los detenidos del campo de concentración que eran utilizados como personal por las temibles Schutzstaffel (abreviado como SS).

La primera célula de Pilecki en Auschwitz se formó en septiembre de 1940, poco después de haberse dejado fotografiar de frente y de perfil con los distintivos "Polaco. 4859". Su primer reclutado fue el también prisionero Wladyslaw Dering, un ginecólogo al que las SS destinaron a trabajar en "el hospital" del campo. Era un supuesto centro médico "sin medicinas". "Las SS solo aparentaban dar un cuidado a los prisioneros", se lee en las explicaciones de la muestra.

En uno de los espacios secretos del "hospital", Dering logró instalar para la "resistencia" una radio con la que mantener informados a los prisioneros de lo que pasaba fuera del campo y seguir, por ejemplo, la evolución de la II Guerra Mundial. Tratando de alterar el curso de la guerra contra el III Reich, Pilecki y compañía lograron dar cuenta de las actividades genocidas de los nazis al Gobierno polaco en el exilio a partir de 1941.

En 1942, cuatro presos polacos de la resistencia escaparon de Auschwitz vestidos como miembros de las SS en un vehículo nazi robado. Uno de ellos llevaba un detallado informe sobre lo que estaba ocurriendo allí, incluidas las operaciones de exterminio de los judíos en las cámaras de gas. Ese documento pedía, como anteriores mensajes de Pilecki, un ataque urgente de los aliados sobre Auschwitz.

Pero ese ataque nunca se produjo. Así, el 26 de abril de 1943, tras semanas de preparación, Pilecki y otros dos prisioneros polacos lograron escapar tras integrarse en el grupo de trabajo nocturno en la panadería de Auschwitz. Tras encontrar refugio fuera del campo, Pilecki siguió escribiendo informes sobre el campo de exterminio.
Informes sobre Auschwitz desatendidos

En la muestra berlinesa se expone la primera página que escribió tras su fuga. También hay objetos procedentes del Museo Memorial de Auschwitz-Birkenau. Por ejemplo, puede verse en Berlín el número y triángulo rojo atribuido al preso polaco Konstanty Jagiello, otro integrante de la resistencia organizada por Pilecki. También hay expuestas listas de prisioneros, cuencos, cucharas y zapatos en su día utilizados por las víctimas del III Reich en Auschwitz.

Los informes sobre Auschwitz de Pilecki fueron mayormente ignorados. Si llegaron a altas instancias gubernamentales polacas o aliadas, se toparon con incredulidad o con otras prioridades que marcaba el curso de la guerra. "Hubo un choque de dos lógicas: la de Pilecki, guiada por su moral y que llamaba a la destrucción de Auschwitz; y la de los aliados, centrada en otros objetivos militares y políticos", ha explicado el sociólogo Mateusz Falkowski, uno de los responsables del Instituto Pilecki en Berlín.

Los testimonios de Pilecki en forma de mensajes, informes y otros textos aparecieron publicados, en polaco, en el año 2000. Al inglés fueron traducidos en 2012. Esas traducciones fueron la base para los trabajos de investigación de Jack Fairweather, hoy corresponsable de la exposición. Con esta, existe la "esperanza de que se escuche por fin" a Pilecki, según el biógrafo del "voluntario de Auschwitz"."                 (Aldo Mass, eldiario.es, 15/02/20)