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11/1/22

EE UU ha ocultado el asesinato de miles de civiles en las guerras de Oriente Medio a raíz de más de 50.000 ataques con drones... The New York Times ha publicado cientos de informes confidenciales del Pentágono sobre víctimas civiles causadas por ataques aéreos estadounidenses en el Medio Oriente

 "Un largo artículo publicado en dos entregas el 19 de diciembre en The New York Times y el 31 del mismo mes en la revista Times Sunday, revela que desde 2014 murieron miles de no combatientes a raíz de más de 50.000 ataques con drones estadounidenses en Irak, Afganistán y Siria. Este dato ha sido ocultado por el gobierno de EE UU bajo tres presidencias sucesivas: Obama, Trump y Biden.

 El artículo del periodista Azmat Kahn se basa en una colección de documentos internos del Pentágono, así como en la recopilación de reportajes realizados sobre el terreno en docenas de lugares que han sido objeto de los ataques y en entrevistas con numerosas personas supervivientes. Es fruto de cinco años de investigación. He aquí un extracto de lo que escribió Kahn:

La colección de documentos ‒las evaluaciones confidenciales del propio ejército, de más de 1.300 informes sobre muertes de civiles, obtenidas por The New York Times‒ muestra en qué medida la guerra aérea ha estado marcada por una información muy deficiente de los servicios de inteligencia, una definición apresurada y a menudo imprecisa de los objetivos y la muerte de miles de civiles, en muchos casos niñas y niños, en agudo contraste con la imagen que ofrece el gobierno estadounidense de una guerra librada por drones perspicaces y bombas de precisión…

La campaña aérea representa una transformación fundamental del arte de la guerra que tuvo lugar en los últimos años de la presidencia de Obama, ante la creciente impopularidad de las guerras interminables que se habían cobrado la vida de más de 6.000 militares estadounidenses. EE UU cambió montones de botas sobre el terreno por un arsenal de drones teledirigidos por unos controladores sentados ante un ordenador, a menudo a miles de kilómetros de distancia. El presidente Obama la calificó de “la campaña aérea de mayor precisión de la historia”. Esta era la promesa: la “tecnología extraordinaria” de EE UU permitiría al ejército eliminar al enemigo teniendo el máximo cuidado de no dañar a gente inocente.

La primera parte del reportaje termina con Afganistán. Esto ofrece algún contexto de lo que documenta: “El ataque con drones de agosto [de 2021] sobre Kabul, que mató a un trabajador humanitario afgano y a nueve familiares suyos, fue noticia en todo el mundo, pero la mayoría de ataques aéreos estadounidenses se produjeron lejos de las grandes ciudades, en zonas remotas en que no había cámaras filmando, donde a menudo fallaba la cobertura de los teléfonos móviles y donde no había internet”, escribió Kahn. El 70 % de la población afgana vive en zonas rurales.

La guerra más larga de EE UU fue en muchos aspectos la menos transparente. Durante años, esos campos de batalla rurales se hallaban fuera del alcance de las y los periodistas estadounidenses. Sin embargo, después de que los talibán regresaran al poder en el mes de agosto, el interior de Afganistán resultó accesible. El Times llegó a Barang [en la región afgana de Band-e-Timor] poco más de un mes después, donde visitó 15 hogares de esta aldea de casas de barro y tierras de labranza, entrevistando asimismo a ancianos tribales y otras personas de toda Band-e-Timor. La mayoría dijeron que nunca antes habían hablado con un periodista.

Lo que contaron ‒de modo consistente y fiable‒ ayuda a explicar cómo EE UU perdió el país, cómo su guerra de incursiones aéreas y su apoyo a unas fuerzas de seguridad corruptas [las del gobierno títere] allanaron el camino al retorno de los talibán. En promedio, cada hogar perdió a cinco familiares civiles. La gran mayoría de estas muertes se debieron a ataques aéreos, casi siempre durante incursiones [de las fuerzas de seguridad]. Mucha gente reconoció que tenían parientes entre los combatientes talibán, pero la mayoría de las bajas fueron civiles:

Un padre que murió durante un ataque aéreo mientras corría hacia el bosque. Un sobrino asesinado mientras dormía con su rebaño de ovejas. Un tío muerto a tiros por soldados estadounidenses mientras iba al bazar a comprar okra para el almuerzo. Al oír el ruido de helicópteros, los hijos de Hajji Muhammad Ismail Agha se fueron al desierto. Los “helicópteros extranjeros” les dispararon. Uno de los hijos, Nour Muhammad, cayó muerto; el otro, Hajji Muhammad, sobrevivió. “¿Cómo podían discernir los aviones entre un civil y un talib?”, preguntó el padre. “Lo mataron no lejos de aquí. Vi cómo ocurrió.”

Ninguno de estos incidentes aparecen mencionados en los comunicados del Pentágono. Unos pocos constan en recuentos de Naciones Unidas. Tan aislados del gobierno afgano estaban los residentes que cuando se les pedía el certificado de defunción de sus seres queridos, preguntaban dónde podían obtenerlo. Así, para comprobar las muertes, el Times inspeccionó las lápidas de las tumbas esparcidas en el desierto.

Esta información corrobora lo que escribieron periodistas que visitaron zonas rurales de Afganistán en un artículo publicado en noviembre en The New Yorker, “Las otras mujeres de Afganistán”. Los talibán recibieron apoyo porque combatían a los americanos y sus bombardeos, así como a las “fuerzas de seguridad”. Esto explica cómo los talibán forjaron una base de apoyo sólida en zonas rurales, que finalmente rodeaban las ciudades. Cuando entonces atacaron las ciudades, las fuerzas del gobierno corrupto, ya sin el apoyo de los bombardeos estadounidenses, se disolvieron como un azucarillo.

Siria e Irak

El grueso del artículo está dedicado a la campaña de EE UU contra el Estado Islámico (EI) en Siria e Irak, de 2015 a 2017.

Repetidamente, los documentos [del ejército] señalan el fenómeno psicológico del “sesgo de confirmación”, la tendencia a interpretar la información de manera que confirme la convicción preexistente. Se daba por hecho que un grupo de gente que corría hacia un lugar recién bombardeado eran combatientes del EI, no civiles que acudían al rescate. Motoristas que se desplazaban “en formación” mostrando la “señal” de un ataque inminente no eran más que eso, motoristas.

A menudo, el peligro para la población civil se pierde en la brecha cultural que separa a los soldados estadounidenses de un vecindario local. Se detectaba la “ausencia de civiles” cuando de hecho las familias estaban durmiendo durante el día en el periodo del Ramadán, refugiándose en sus casas para huir de la canícula del verano o juntándose en una de las casas para protegerse cuando se intensificaban los combates. En muchos casos se observaba la presencia de civiles en las grabaciones de vigilancia, pero los analistas no los percibían o su presencia no constaba en las comunicaciones previas a un ataque.

En los registros de conversaciones incluidos en algunas evaluaciones, las voces de los soldados suenan como si estos estuvieran ocupados en un videojuego, en uno de los casos expresando su regocijo al disparar en una zona visiblemente “repleta” de combatientes del EI, sin distinguir a los niños que había entre ellos.

Hay muchos ejemplos más, demasiados para enumerarlos en este artículo. Dos que destacan fueron las batallas para la reconquista de Raqqa en Siria y Mosul en Irak, quedando reducida la primera a una “necrópolis” tras los bombardeos y la segunda a un montón de escombros, causando la muerte de muchos civiles.

La segunda parte del largo artículo se titula “El coste humano de las guerras aéreas de EE UU”, y en ella se exponen los detalles de algunos casos típicos. En democracynow.org figuran los enlaces con ambas partes del artículo y una entrevista con Azmat Kahn del 22 de diciembre. Después de leer la totalidad del artículo hay una conclusión ineludible: el asesinato por parte de EE UU de miles de civiles, inclusive menores, fue una consecuencia deliberada de la dejadez abúlica de los servicios de información, de la definición chapucera de objetivos, de la ausencia de toda rendición de cuentas y del encubrimiento.

El examen de otra flecha de la aljaba de guerra estadounidense, la de las sanciones, puede aclarar un poco las cosas. Las sanciones contra Cuba, Irán, Venezuela y otros países que rechazan la dominación de EE UU son actos de guerra, por mucho que la superioridad del ejército estadounidense y el control financiero impidan cualquier contraataque. Incluso comentaristas más honestos de la prensa mayoritaria dicen lo que la izquierda ya sabe: que esas sanciones están dirigidas contra las poblaciones de estos países, que se llevan la peor parte del sufrimiento que causan.

Los imperialistas esperan que golpeando con fuerza a dichas poblaciones, estas se vuelvan contra sus gobiernos y establezcan regímenes favorables a EE UU. ¡Qué más quisieran! Además, EE UU quiere que estas poblaciones sufran por atreverse a alzarse en contra de Washington, lo que a sus ojos es un crimen capital que merece un castigo severo.

EE UU apunta ahora contra el pueblo de Afganistán por derrotar a su ejército y al gobierno títere en la guerra. Está claro que durante la ocupación estadounidense, la economía, también en las ciudades, pasó a depender de la financiación de EE UU, y en menor medida de otros países ricos, para mantenerse a flote. Con la “pérdida” del país, EE UU ha congelado toda esta ayuda. El resultado es una grave crisis económica, incluida la muerte de mucha gente por inanición. Las niñas y niños no se salvan. Las madres malnutridas dejan de producir leche. Las agencias internacionales de derechos humanos dicen que unos cinco millones de menores de cinco años pueden morir de inanición en las próximas semanas.

El informe de Azmat Kahn demuestra que el precio que paga la población civil afgana por la guerra aérea estadounidense es de la misma factura que las sanciones: un intento de someter a la población a base de bombas, un intento en que le han salido los tiros por la culata. El EI era conocido por atacar violentamente a otros musulmanes y a la minoría religiosa azadí del Kurdistán. Los combatientes kurdos de Siria combatieron contra el EI sobre el terreno. El EI trató especialmente de eliminar a la población chiíta. Fueron milicias de Irán e Irak las que se enfrentaron al EI sobre el terreno en Irak. Pero como señaló Kahn, EE UU no solo bombardeó las tropas del EI, sino también a la población civil de las zonas controladas por el EI, una población civil que no apoyaba las peculiares creencias religiosas del EI. EE UU consideró que estas personas apoyaban voluntaria o involuntariamente al EI y las bombardeó."             ( , Viento sur, 01/01/22) 

 

"The New York Times recientemente ha publicado una serie de reportajes que deberían ser elogiados. 

El 18 de diciembre, el periódico anunció la publicación de cientos de informes confidenciales del Pentágono sobre víctimas civiles causadas por ataques aéreos estadounidenses en el Medio Oriente

 Esto sigue a sus investigaciones de alto nivel sobre el asesinato con aviones no tripulados de la familia Ahmadi durante la retirada de Afganistán, y una célula de ataque estadounidense en Siria que mató a decenas de civiles con ataques aéreos.

Muchos periodistas, con razón, elogiarán al New York Times por sus informes sobre los ataques aéreos estadounidenses y el coste civil ocasionado. Muchos menos señalarán cómo la inhumanidad de los ataques aéreos estadounidenses fue revelada por primera vez en 2013 por el denunciante Daniel Hale.

Hale utilizó su experiencia de primera mano en la identificación de objetivos para el programa de drones para resaltar cómo se basan en criterios defectuosos y, como resultado, matan a civiles. Más tarde, Hale trabajó para la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, donde tuvo acceso a documentos sobre cómo funciona el programa de drones. Hale proporcionó esos documentos a Intercept, que los publicó como The Drone Papers en 2015. Si bien los documentos de Hale no eran tan completos como el tesoro publicado recientemente por el New York Times, proporcionaron muchas de las mismas revelaciones centrales, particularmente la naturaleza defectuosa de cómo se recopila la inteligencia y el alto costo civil de las campañas aéreas. En particular, los documentos de Hale revelaron que el 90% de las víctimas del programa de drones no eran los objetivos previstos. Hasta el informe reciente del New York Times, las revelaciones de Hale eran la prueba más completa de cómo funciona la guerra aérea estadounidense.

Para ser justos, los informes del Times sobre la naturaleza brutal y el alto costo civil de los ataques aéreos estadounidenses no son insignificantes. Los estadounidenses podrían haber ignorado fácilmente la violencia del Pentágono ahora que el enfoque de intervención de «botas sobre el terreno» ha terminado en gran medida con la retirada de Biden de Afganistán. De hecho, Obama defendió el uso de ataques aéreos para evitar los sentimientos antibélicos de los estadounidenses. The Times realmente destaca esto, escribiendo:

«La campaña aérea representa una transformación fundamental de la guerra que tomó forma en los últimos años de la administración Obama, en medio de la creciente impopularidad de las guerras eternas que se habían cobrado más de 6.000 militares estadounidenses. Estados Unidos cambió muchas de sus ‘botas sobre el terreno’ por un arsenal de aviones dirigidos por controladores sentados frente a las computadoras, a menudo a miles de kilómetros de distancia».

Aun así, por mucho que los informes del Times ya parezcan estar provocando una discusión sobre la guerra aérea de los EE. UU., es preocupante que ésta conlleve el riesgo de que las propias acciones heroicas de Hale sean ignoradas. El Times no menciona las acciones de Hale, incluso cuando reciben elogios por supuestamente romper con el mundo de la violencia de los ataques aéreos estadounidenses. Más condenatorio es lo poco que ha comentado el Times sobre el hecho de que Hale fue condenado a casi cuatro años de prisión a principios de este año por exponer el programa de drones. Aparte de un artículo estándar sobre su sentencia publicado en julio, Daniel Hale está ausente del New York Times. Azmat Khan, el reportero detrás de «Civilian Casualty Files» del NYT no ha mencionado a Daniel Hale ni una vez en Twitter.

No es que no haya habido actualizaciones en la historia de Hale desde que fue sentenciado. Después de su sentencia, Hale permaneció languideciendo en una cárcel durante más de dos meses a pesar de que se suponía que sería trasladado en cuestión de semanas. Una vez finalmente transferido, la situación de Hale empeoró. Se suponía que lo enviarían a una prisión que le brindaría atención por su diagnóstico de trastorno de estrés postraumático, pero ahora está recluido en una unidad de gestión de la comunicación (CMU). Las CMU están diseñadas para terroristas y «reclusos de alto riesgo» y los detenidos tienen un contacto muy restringido con el mundo exterior. La Unión Estadounidense de Libertades Civiles ha pedido al gobierno de EE. UU., que ponga fin a su uso de CMU, argumentando que estas «unidades de vivienda secretas dentro de las cárceles federales en las que los presos están condenados a vivir en un absoluto aislamiento del mundo exterior son inconstitucionales, violan los derechos religiosos de los presos y están en desacuerdo con las obligaciones de tratados firmados por Estados Unidos».

Daniel Hale merece libertad por revelar pruebas de los mismos crímenes que ahora se elogia al New York Times por publicarlos. Su equipo de apoyo y los activistas contra la guerra han estado trabajando arduamente para aumentar la preocupación y la acción por su causa, pero esa es una tarea abrumadora considerando que Hale es una persona a la que el gobierno de EE. UU., y el ejército de EE. UU., en particular, quieren silenciar. Pero como ha demostrado el Times con sus propios informes sobre los ataques aéreos estadounidenses, tienen una plataforma que puede atravesar el silencio impuesto por el Pentágono. Un solo editorial pidiendo la liberación de Hale haría maravillas por su causa.

Presumiblemente, los reporteros del Times que han estado investigando la violencia de los ataques aéreos estadounidenses lo hacen porque creen que las víctimas de las campañas aéreas estadounidenses merecen justicia. La negativa del Pentágono a responsabilizar a nadie por su mortal ataque aéreo en Kabul en agosto indica que será una batalla cuesta arriba responsabilizar a cualquiera por los ataques aéreos recientemente expuestos. Daniel Hale se unió a la lucha para responsabilizar seriamente al Pentágono. Se unió años antes que lo hiciera el New York Times y fue tratado como un criminal por ello. El New York Times debería darle el reconocimiento adecuado a Daniel Hale y pedirle a Biden que lo perdone de inmediato. Mientras esté en prisión, no hay justicia."

(Sam Carliner, Su escritura se centra en el imperialismo estadounidense y la crisis climática. Rebelión, 04/01/22; Fuentes: original.antiwar.com )

1/3/19

Entre 1963 y 1968 el establishment de la seguridad nacional de EE.UU eliminó a los dirigentes de la oposición y a los principales políticos: el presidente John F. Kennedy, Malcom X, Martin Luther King y el candidato a la presidencia, Robert Kenned. No hay otro caso comparable de una purga tan radical en ningún otro régimen parlamentario

"La noticia saltó el 19 de enero. Un grupo de personalidades, intelectuales, juristas, actores y familiares, pidió que se reabran las investigaciones de los cuatro principales asesinatos políticos de los años sesenta en Estados Unidos. Se trata, por orden cronológico, de los casos del presidente John F. Kennedy, del activista Malcom X, de Martin Luther King y del senador Robert Kennedy.

Entre noviembre de 1963 y junio de 1968, el establishment de la seguridad nacional eliminó a los dirigentes de la oposición y a los dirigentes y activistas políticos con veleidades de cambio y reforma, incluido el presidente del país, los dos principales líderes de la oposición a la guerra de Vietnam -uno pedía la “retirada militar inmediata” (King) el otro solo “detener los bombardeos”- y al más influyente activista de la minoría negra. No hay otro caso comparable de una purga tan radical en ningún otro régimen parlamentario.

Crímenes de Estado

Constituido en Comité por la verdad y la reconciliación -un nombre que homenajea a la comisión que investigó los crímenes del Apartheid en África del Sur- el grupo califica esos asesinatos de, “asalto salvaje y concertado a la democracia” y “actos organizados de violencia política” que tuvieron un, “impacto desastroso en la historia del país”. Todos ellos querían de manera diversa, “apartar a Estados Unidos de la guerra y dirigirse hacia el desarme y la paz, salir de la violencia y la división interior y avanzar hacia la amistad civil y la justicia”.

Sobre el asesinato de John Kennedy, el grupo dice que, “fue organizado en las altas esferas de la estructura de poder de Estados Unidos y llevado a cabo por elementos superiores del aparato de la seguridad nacional que utilizaron, entre otros, a personajes de los bajos fondos para ayudar a su ejecución y encubrimiento”. Recuerdan los “juicios farsa” que rodearon los cuatro asesinatos y apelan al Congreso a que exija la publicación de todos los documentos gubernamentales, que deberían haber sido desclasificados por completo en 2017 pero que la CIA y otras agencias mantienen en secreto.

Oficialmente todos fueron muertos en atentados obra de “locos solitarios”; Lee Harvey Oswald mató a John Kennedy antes de ser muerto a su vez por Jack Ruby, Malcom X, murió a manos de tres negros musulmanes, Marti Luther King cayó a manos del loco James Earl Ray y el senador Robert Kennedy bajo las balas de Sirhan Sirhan, un palestino perturbado.

Forman parte del grupo los hijos de Robert Kennedy, abogados y colaboradores de Martin Luther King, médicos y forenses de renombre que trabajaron en el caso JFK, el disidente Daniel Ellsberg que destapó los papeles del Pentágono, cantantes como David Crisby, el cineasta Oliver Stone, autor de una gran película sobre el caso JFK, actores de Hollywood, etc. La noticia era clara, incluso desde el punto de vista del espectáculo y las personalidades firmantes, pero muy pocos se hicieron eco de ella. Ningún gran medio español lo hizo.

¿Les suena Michael Hastings?

Mientras nos entretienen con las fechorías de los países adversarios, la simple realidad es que no solo de puertas afuera, donde es la principal dictadura del planeta, sino en sus relaciones interiores, Estados Unidos es un ejemplo bastante bueno de estado policial en el trato a sus propios disidentes, con uso del asesinato político encubierto en casos extremos y la violación permanente de derechos elementales de aquellos que considera políticamente peligrosos.

El vicepresidente Henry Wallace tuvo su correo controlado y su teléfono pinchado por la policía política, por defender que la amenaza soviética estaba siendo exagerada por el complejo de la seguridad nacional. Lo mismo le ocurrió al candidato presidencial George McGovern, a cantantes como Pete Seeger o Woodie Guthrie, músicos como Duke Ellington, científicos como Albert Einstein, los activistas del Occupy Wall Street o Black Lives Matter… En fín, desde que Eduard Snowden demostró documentalmente la existencia de Big Brother, y su encarnación en la NSA, las más básicas garantías constitucionales son negadas al conjunto de la ciudadanía mundial desde Estados Unidos.

Todos conocen el caso de la periodista rusa Anna Politkovskaya, pero a muchos menos les suena el nombre de Michael Hastings Los Solzhenitsin, Sájarov y demás de nuestro tiempo llevan nombres anglosajones; Eduard Snowden, Julian Assange, Chelsea Maning, etc.

La cobardía de Obama

La publicación del manifiesto no noticiado del Comité por la verdad y la reconciliación vino precedida en apenas quince días, por el fallecimiento del gran sociólogo norteamericano Norman Birnbaum. En su retrato de la cobardía de Barack Obama, Birnbaum explicaba hace unos años, en una entrevista con Deutchlandfunk, que el presidente tuvo muy presente durante su mandato el destino de otros personajes de la vida americana, como los cuatro mencionados, que llegaron a representar determinados riesgos de reforma. “Nuestro sistema tiene formas y maneras de advertir para que no se superen determinados límites”, decía. “Creo que en el caso de Obama, el presidente ha hecho para su persona esa lectura de nuestra historia”.

Desde la advertencia del Presidente Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida del 17 de enero de 1961 (“Debemos cuidarnos de la adquisición de influencia injustificada, tanto solicitada como no solicitada, del complejo militar industrial“,  Oliver Stone inicia su película sobre JFK con esa cita), el presidente de Estados Unidos es un prisionero del aparato de seguridad nacional. “Ese aparato tiene sus propias leyes y sabe perfectamente cómo disciplinar a la gente”, decía Birnbaum a propósito de Obama.

Dándole la vuelta a lo que siempre se dijo sobre el comunismo, que era un sistema irreformable, la simple experiencia nos lleva a pensar más bien lo contrario: A lo largo de más de cuarenta años, los países del Este de Europa no pararon en intentar reformas hacia el “socialismo de rostro humano” que la URSS impidió siempre, el comunismo soviético fue tan reformable que hasta se autodisolvió, y en China y Vietnam se ha entronizado algo parecido a la “reforma permanente”.

Lo que se ha demostrado históricamente irreformable es más bien el sistema de Estados Unidos. Una sociedad de extrema desigualdad, desprovista de estado social, regida por el interés de una minoría y faro del mundo moderno, que elimina a los líderes que representan riesgos de transformación, y disciplina de paso a quienes llegan al poder con ínfulas de cambio.

Sacar a la luz esa historia, naturalmente, no es noticiable y cuando se saca a colación siempre hay algún genio que suelta aquello de la “teoría de la conspiración”. El concepto fue acuñado por la CIA en los años sesenta, precisamente para cortar el cuestionamiento de la increíble versión oficial de la muerte de Kennedy… Desde entonces no paran: cada vez usan más ese latiguillo, porque cada vez tienen más estiércol que ocultar."                  (Rafael Poch, blog, 30/01/19. Publicado en Ctxt)

3/10/13

“Encontré a los hombres que mataron a mi hijo y me dijeron que ni siquiera sabían a quién estaban matando”

"Encontré a los hombres que mataron a mi hijo y me dijeron que ni siquiera sabían a quién estaban matando”. El jeque Ahmad Badreddin Hassoun, el Gran Muftí de Siria, está sentado en una silla de respaldo recto, con un inmaculado turbante blanco sobre una cara angosta, inteligente y muy atormentada.

 Su hijo Sania era un estudiante de segundo año de la Universidad de Alepo a quien mataron a tiros cuando subía a su coche. “Fui a ver a los dos hombres en el tribunal y dijeron que solo les habían dado el número de la patente del coche, que no sabían a quién habían matado hasta que volvieron a su casa y vieron las noticias en la televisión”. 

Le pregunté por su reacción ante la confesión de los hombres y el Gran Muftí se cubrió los ojos con las manos y lloró. “Tenía solo 21 años, mi hijo más joven. Era el 10 de octubre del año pasado. Trato de olvidar que está muerto. De hecho siento como si Sania siguiera vivo. 

Ese día debía comprometerse con su futura esposa. Ella estudiaba medicina y él estaba en el departamento de política y economía. ‘Sania’ en árabe significa ‘la cumbre’. Los dos hombres dijeron que en total participaron 15 en la planificación de la muerte de mi hijo. 

Dijeron que les habían dicho que era un hombre muy importante. Les dije: ‘os perdono’ y pedí al juez que los perdonara. Pero dijo que eran culpables de otros 10 crímenes y que debían ser juzgados”. 

El jeque Hassoun alza un dedo. “Ese mismo día recibí un mensaje por SMS. Decía: ‘No necesitamos su perdón’. Entonces oí en uno de los canales de noticias que el líder de la banda había dicho que ‘primero habrá que juzgar al Muftí. 

Entonces que nos perdone’. De modo que le envié un mensaje: ‘Nunca he matado a nadie y no tengo la intención de matar pero me considero un puente de reconciliación. Un Muftí debe ser un padre para todos. ¿Por qué entonces queréis matarme?’ 

“Todos los hombres involucrados eran sirios, del campo de Alepo. Dijeron que habían recibido la orden desde Turquía y Arabia Saudí, que a cada uno le pagaron 50.000 libras sirias. Eso demuestra que el asesinato de mi hijo no tuvo fue por doctrinas o creencias. Los dos hombres tenían solo 18 o 19 años”. 

De modo que a cada uno le pagaron el equivalente a 350 libras esterlinas; la vida de Sania tenía un valor total de 700 libras esterlinas. “Tenía cinco hijos”, dijo el Muftí. “Ahora tengo cuatro”. 

El jeque Hassoun está, se podría decir, aprobado por el gobierno –oró junto a Bacher el-Asad en una mezquita en Damasco después de un aviso de bomba– y su familia, por no hablar de él mismo, era un objetivo obvio de los rebeldes sirios. 

Pero su valor y su mensaje de reconciliación no pueden tener la culpa. En cualquier nueva Siria que se alce de los escombros el jeque Hussein debe estar presente, incluso si su presidente se ha ido.  (...)

Y es verdad que el Muftí es un hombre secular, incluso fue parlamentario en la Asamblea por Alepo. “Estoy dispuesto a ir a cualquier parte del mundo a decir que la guerra no es un hecho sagrado”, dice. “Y los que combaten en nombre de Jesús, Muhammad o Moisés mienten. Los profetas vienen para dar vida, no muerte.” 

“Hay una historia de construcción de iglesias y mezquitas, pero construyamos seres humanos. Terminemos con el lenguaje de la matanza. Si hubiéramos gastado todos los fondos de la guerra para hacer la paz, ahora existiría un paraíso. Es mi mensaje para mi Siria”. 

No cabe duda de que es un hombre peligroso."                (Robert Fisk, Znet/The Independent, Rebelión, 26/09/2013)

7/7/10

Fusilamientos en alta mar

"EN EL MAR. 4.30 horas.

Acabo de conciliar el sueño, cuando me despiertan. Ya en cubierta, compruebo que el gran buque de pasajeros está iluminado por potentes focos. De repente, se oyen unos disparos. Y comprendo que Israel se ha decantado por la vía del enfrentamiento brutal. En aguas internacionales.

Transcurrida una hora exactamente, los botes de goma se acercan veloces llenos de soldados enmascarados que inician el abordaje de inmediato. Nos reunimos en el puente de mando. Los soldados se muestran impacientes y quieren que bajemos a cubierta. Alguien se demora y lo atacan con una descarga eléctrica en el brazo. El hombre cae al suelo. Otro hombre que tampoco se movía con celeridad suficiente recibe el impacto de una bala de goma. Y todo esto sucede allí mismo, a mi lado. Es absolutamente real. Personas totalmente inocentes tratadas como animales y castigadas por su lentitud.

Nos agrupan en cubierta. Y allí permaneceremos durante once horas, hasta que el barco atraca en Israel. Los soldados nos filman de vez en cuando, aunque no tienen ningún derecho a ello. Al verme tomando unas notas, uno de los soldados se me acerca enseguida y me pregunta qué escribo. Es la única ocasión en que pierdo los estribos. Le contesto que no es de su incumbencia. Sólo le veo los ojos y no sé lo que está pensando, pero al final da media vuelta y se marcha.

Once horas inmovilizados, amontonados en medio de aquel calor, puede ser un método de tortura. Para ir a orinar, hay que pedir permiso. Galletas, biscotes y manzanas es cuanto nos dan para comer. Tomamos una decisión conjunta: no pedir que nos permitan cocinar. Nos filmarían y lo presentarían como un acto de generosidad por parte de los soldados. Así que nos conformamos con las galletas y los biscotes. Es una humillación sin igual. (Entre tanto, los soldados han sacado los colchones de los camarotes y ahora duermen al fondo de la cubierta de popa).(...)

El ambiente que reina en aquella "sala de recepción de refugiados" es invariablemente caótico y crispado. A cada minuto golpean a uno, amarran a otro, esposan a un tercero. Me repito que, cuando lo cuente, nadie me creerá, pero hay muchos ojos que lo registran todo. Y muchos serán los que deban admitir que es verdad cuanto digo. Los testigos oculares somos multitud.

Un único ejemplo debería bastar. Justo a mi lado, un hombre se niega a dejar sus huellas dactilares. Acepta que lo fotografíen, pero ¿las huellas? No ha cometido ningún delito. Opone resistencia. Y lo golpean hasta que cae al suelo. Luego se lo llevan de allí. Quién sabe adónde. ¿Cómo calificar semejante acción? ¿Repugnante? ¿Inhumana? Elijan libremente. (...)

Al día siguiente, el 2 de junio, oigo el canto del mirlo. Un canto por los que han muerto.

Ahora queda todo lo que debemos hacer para no despistarnos del objetivo: conseguir que se levante el brutal bloqueo de Gaza. Lo conseguiremos.

Detrás de ese objetivo aguardan otros. La desarticulación de un sistema de apartheid lleva tiempo. Aunque no una eternidad." (El País, Domingo, 06/06/2010, p. 2/3)

24/10/08

Un francotirador asesino del ejército israelí

"'Z 32', retrato de un militar asesino. Un controvertido documental muestra las acciones de un soldado israelí de élite.

Durante 20 meses, Z 32 recibió entrenamiento en una unidad de élite del Ejército de Israel. Fue adiestrado para matar, sin preguntar y actuar como un robot que sólo cumplía órdenes. Una noche de febrero de 2002, seis soldados murieron en un atentado terrorista. El alto mando ordenó una respuesta inmediata: eliminar a seis palestinos indiscriminadamente, sin importar su identidad. Cuatro unidades de élite prepararon los operativos. Resultado: 12 policías palestinos fueron asesinados en cuatro puestos de control. Dos de ellos cayeron bajo las balas del fusil de Z 32, que abrió fuego sin vacilar. No sabía a quién disparaba. Z 32 cumplía órdenes. Y así se refleja en el documental homónimo dirigido por Avi Mograbi.

Z 32, el filme, se presentó en Venecia y ha inaugurado la sexta edición del Festival Internacional de Documentales DocLisboa, que se celebra estos días en la capital portuguesa. "Una acción militar de venganza es propia de una organización criminal o terrorista. Pero no debería ser la estrategia de un Estado democrático", dice Mograbi sobre el trasfondo de Z 32, un retrato demoledor del Ejército de su país. "No tiene que ver sólo con el Ejército israelí. Es una historia que vale para los militares estadounidenses en Irak o Afganistán, los rusos en Chechenia, o los franceses en la guerra de Argelia", precisa Mograbi. "Y no sólo los ejércitos convencionales; también sirve para las organizaciones guerrilleras o de liberación nacional, cuyos integrantes no pueden dudar a la hora de actuar".

Frente a la cámara de Mograbi, el soldado Z 32 desgrana su participación en aquel operativo. Su novia le acorrala con sus preguntas: ¿qué le pasó por la cabeza cuando disparaba a un desconocido? ¿Pensó en su familia? ¿Tendría esposa? ¿Hijos? Hay momentos en que el soldado parece tener remordimientos, con pretensiones de ser perdonado, y al mismo tiempo reconoce que fue "divertido y excitante". La cámara le lleva a la aldea donde mató a dos palestinos y, con la mayor naturalidad, describe la carnicería.

¿Habrá perdón para él? "La sociedad israelí perdona. Ésta es la realidad", afirma Mograbi. "¿Qué otra cosa puede hacer? Los soldados cometen actos terribles. Vuelven a casa. ¿Qué deben hacer sus familias? ¿Entregarlos a la policía? Buscan la vía para inhibirse o justificar". (El País, ed. Galicia, Cultura, 21/10/2008, p. 46)