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17/2/22

Supervivientes de tortura: “Nos quemaban con cigarrillos, nos violaban, nos meaban”... Amnistía Internacional ha denunciado torturas en, al menos, 141 países del mundo

 “Somos supervivientes; un grupo de personas que hemos sido torturadas”. Terrence tiene 37 años, nació en República de Democrática del Congo y hace cinco su vida cambió radicalmente. Ante las intenciones del entonces presidente del país africano, Joseph Kabila, de permanecer en el poder un nuevo mandato, surgió un movimiento de protesta política y ciudadana, que fue duramente reprimido.

 El 13 de febrero de 2017, Terrence fue detenido. “Fui arrestado. Me encerraron durante varios días. Me golpearon, me maltrataron”, resume con voz pausada: “Me dieron descargas eléctricas”, agrega. Le pusieron los electrodos en los testículos y el pene. También, en otras partes de su cuerpo. “Fui torturado en mi país. Tuve que huir”.

 Las saturadas carreteras de Atenas empiezan a liberarse del atasco de la hora punta matutina. Una efervescencia que no cesa en las aceras del barrio de Kypseli. Las cafeterías, con modernos baristas y pasteles artesanos, se alternan con tiendas de móviles, peluquerías especializadas en rizos, barberías y variados escaparates. En esta zona ―que ya ha sido catalogada como una de las más “vibrantes” y “cool” a solo quince minutos del Partenón ― se instalaron hace dos décadas comunidades de migrantes, principalmente personas de origen africano y de Oriente Medio. 

Ahí, en octubre de 2014, Médicos sin Fronteras (MSF) inauguró un centro especializado en supervivientes de tortura (SoT), proyecto instalado en la capital griega, pero que ha trabajado en colaboración con la consulta que la ONG también opera en Lesbos. A la isla llegan anualmente miles de migrantes desde Turquía por la ruta del Mediterráneo oriental, que el año pasado utilizaron 20.373 personas, según Frontex; algo más de un 10% de las 196.000 que en 2021 entraron de manera irregular en la Unión Europea.

 Terrence forma parte de un grupo de supervivientes de tortura. Está formado solo por hombres y todos son migrantes, uno de los colectivos más vulnerables a esta práctica. Bien por la violencia establecida en sus países natales; bien por la crueldad de la travesía, en la que abundan abusos y traficantes de personas. “Nos ayuda estar juntos”, reseña el hombre el poder de la empatía, “el grupo se crea para compartir experiencias porque todos compartimos una muy dolorosa”. 

 Aunque no hay cifras consolidadas sobre la incidencia de la tortura en el mundo, ACNUR estima que la han sufrido entre un 5 y un 35% de los refugiados. Por su parte, el Fondo voluntario de Naciones Unidas para víctimas de tortura (UNVFVT) ya avisaba en 2017 de que dos tercios de los pacientes atendidos por el organismo eran migrantes.

“La tortura se realiza de diversas maneras: puede ser física (palizas, amputaciones, electroshock…) o psicológica (aislamiento, privación de sueño, terror...). Sus consecuencias, por tanto, también son variadas”, explica Lydia Mylonaki, psicóloga en la clínica SoT. A pesar de ese complejo abanico de dolencias, hay algunos males arquetípicos de la tortura: daños musculoesqueléticos; dolores crónicos; artritis postraumática; pesadillas; problemas de sueño; dolor psicológico; pérdida de memoria; ansiedad; tendencias autolesivas o depresión. “La tortura es una cicatriz”, resume la psicóloga, “puede ser visible, y funciona como un perverso y constante recuerdo del daño sufrido, o una muesca invisible que cuando se activa afecta al comportamiento, a las relaciones, a la autoestima”.

 La diáfana sala del local en el que se cita el grupo de Terrence, aledaño a la clínica de MSF, acoge un par de pizarras, un sillón, y unas sillas. Un ventanal aparece plagado de cartulinas con mensajes. “Supervivientes”, titula la más grande, surcada por flechas en varias direcciones. “El dinero es discriminatorio; la enfermedad no”, se indica en una de menor tamaño. “La injusticia es un virus que no requiere de contacto físico para contagiarse”, se lee en otra. 

Es el espacio de encuentro de los supervivientes; donde comparten sus experiencias. “Fui detenido por formar parte de un partido político opositor al Gobierno de mi país”, arranca Terrence. “Me tuvieron días encerrado, en ocasiones desnudo y con las muñecas atadas. Me pegaban y me hacían preguntas sobre el partido y sus líderes”, resume.

La tortura no es un método efectivo para obtener información fiable, como han constatado decenas de estudios científicos. Uno de ellos (Ethically Investigating Torture Efficacy: the Influence of Physical Pain on Decision-Making Processes, publicado en 2015) concluye que las personas sometidas a este tipo de abuso son más proclives a dar información falsa en un interrogatorio. 

Para Jorge Aroche, director de STARRTS, servicio para la rehabilitación de los supervivientes de la tortura en Sídney (Australia), “la tortura es una herramienta de control social”. Un control que se ejerce a través de una combinación de dolor y terror, que germina en el erial psicológico que ese maltrato deja a su paso. Busca doblegar: “Es una forma de amedrentar a la población”, explica Aroche, que fue presidente del Consejo internacional para la rehabilitación de víctimas de tortura (IRCT).

 Tras varios días de encierro, a Terrence le taparon los ojos y le subieron en un coche: “Sabía que mi destino era la muerte”. En el viaje, un violento movimiento sorprendió su dolorido cuerpo. Habían tenido un accidente de tráfico. El hombre aprovechó la confusión para escapar. Poco después, llegó a Moria. Pasó un año en ese sobresaturado, precario y peligroso campo de refugiados. Un lugar que se convirtió en un icono del drama migratorio en el Mediterráneo y que fue arrasado por el fuego en septiembre de 2020. “Hay momentos en los que te asaltan preguntas: ¿Qué he hecho yo? ¿Por qué?”.

Habla con tono tranquilo. En repetidas ocasiones se ha oído a sí mismo contar su propia historia. Lo ha hecho a diversas autoridades para conseguir algún tipo de permiso o reconocimiento legal; a médicos para hablarles de sus dolencias; a funcionarios; a algún periodista... “El Estado griego reconoce el derecho de las víctimas de tortura, debería apoyar nuestra rehabilitación e integración”, agrega Terrence, que no tiene trabajo, pero sí permiso de residencia.

 Él puede hablar de su experiencia con la tortura; otros supervivientes no son capaces de verbalizarla. Algunos puede que nunca lo consigan. “Una de las complejidades de trabajar con víctimas de tortura son los desencadenantes”, explica la psicóloga Mylonaki: “Durante una conversación o en una situación cotidiana, algo puede llevar a la persona a revivir el trauma. Y eso no es positivo”.

 Barry no quiere correr el riesgo de activar ningún interruptor que le desestabilice. Tiene 29 años, es de Guinea Conakry y accede a participar en el reportaje con ciertas cautelas. No quiere hablar de su mano derecha, mutilada, frágil, delicada y que continuamente protege con el acto, casi reflejo, de estirarse la manga de la chaqueta para guarecerla. No se siente cómodo con las cámaras. 

Más bien con las imágenes que luego tendría que ver. No llega a los 30 años, pero por su mirada podría atesorar un par de décadas más. “He pasado momentos desesperantes. Sin ganas de vivir”, afirma. Marca con hondos silencios el ritmo de la conversación. “No tenía ninguna esperanza, pero ahora, gracias al trabajo que realizamos en este centro, tengo la moral más alta”, prosigue: “Gracias a ellos, he llegado aquí ahora. Es algo que quería decir”.

No quiere ahondar en su pasado. Solo menciona que antes de instalarse en Atenas, llegó a la isla de Cos, en la costa oriental, donde estuvo en un campo de refugiados. “Aquí [en la clínica SoT] nos cuidan bien”, explica, “tienes cita con el psicólogo; también está el asistente social, que me ayuda con los papeles; el médico que se ocupa de mi salud; hay intérpretes, que me acompañan, con una actitud de respeto y consideración. Me reciben con los brazos abiertos cada vez que vengo”.

 Parece que resume el enfoque holístico que aplican este centro a la hora de tratar a sus pacientes y que recomienda el Consejo internacional para la rehabilitación de víctimas de tortura. “La situación social y el estatus legal de nuestros pacientes afecta a sus vidas y a su salud. Los supervivientes de tortura deben ser atendidos con un enfoque multidisciplinar”, detalla Isabelle Greneron, directora médica de la clínica SoT.

 Como la autoestima y la seguridad se ven profundamente dañadas tras la tortura, los centros especializados lo primero que buscan es crear un ambiente seguro, de confianza. “La idea es dar el control a las víctimas, que visualicen que pueden manejar la situación”, ahonda la psicóloga Mylonaki. “En el proceso de tortura han perdido una parte de sí mismos”, agrega. Desde su apertura, la clínica ateniense ha tratado a un millar de pacientes y realizado 23.000 consultas (de salud mental, fisioterapia, atención primaria).

 En este tiempo, han identificado una serie de fallos en la protección de estas víctimas: barreras administrativas, déficit de atención médica o la ausencia de expertos en la materia en el sistema público de salud. También perversos fenómenos: “Los supervivientes de tortura son muy vulnerables ante la retraumatización o a sufrir nuevos abusos”, alerta la directora de la clínica SoT. Kali tiene esa experiencia marcada en su cuerpo.

 Este hombre de 36 años huyó de Kinshasa después de ser recluido y torturado. En su último informe, el Comité contra la Tortura de la ONU catalogaba la República Democrática del Congo como uno de los países donde existe la tortura. El documento también incluía a: Belice, Benin, Bosnia y Herzegovina, Burkina Faso, Burundi, Filipinas, Gabón, Liberia, Mongolia, Nauru, Níger, Nigeria, y Sudán del Sur. A Kali le arrestaron en 2017, en una de las múltiples manifestaciones en contra del Gobierno de Kabila. “Debido a los golpes que recibí, con el oído derecho casi no puedo oír”, detalla.

 Dejó atrás a su mujer y a sus dos hijos y en la costa turca subió a una atestada lancha, que lo llevó hasta Lesbos. Pensaba que había tenido suerte hasta que llegó a Moria: “En ese horrible lugar estuve seis meses”. Allí conoció a Terrence. En una reyerta, dentro del hacinado campo, sufrió un corte en el ojo derecho. La herida se complicó. Cuando quisieron trasladarle a Atenas, diez días después del incidente, era demasiado tarde: se quedó tuerto. “Soy una víctima. He sido mutilado en un campo de refugiados del Gobierno de Grecia. No me dieron la atención necesaria. 

¿Por qué no me transfirieron antes al hospital?”, se pregunta el hombre, que sigue en tratamiento ―toma cinco pastillas diarias por sus dolencias― y al que le acaban de reconocer una discapacidad parcial. A pesar de todo, sus papeles se hacen esperar: “Es la tercera vez que los pido. Y no tengo ni un informe que acredite lo que me hicieron en el ojo, ni nada que me pueda ayudar a irme a otro lugar. ¿Dónde voy a ir? ¿De qué voy a trabajar?”. A esas recurrentes preocupaciones de Kali, se ha unido recientemente una más: la clínica de supervivientes de tortura de MSF va a echar el cierre. “No sabemos qué vamos a hacer ahora”.

 Brillantes cacahuetes y verdes guisantes relucen sobre el arroz que Muhammad, de 24 años, ha cocinado. “Lo hace bien” confirman sus dos compañeros de piso. Viven en el barrio de Patisia, una zona más alejada del centro de Atenas, pero más económica lo que les permite un piso más cómodo; en algunos conviven hasta una decena de personas en habitaciones compartidas. Los tres son de Siria, un país asolado por el conflicto desde 2011 y donde operan diversas facciones de Estado Islámico.

 “Siendo menor ya estuve en la cárcel”, cuenta el joven, que trabaja de mecánico y es el único con empleo de los supervivientes de tortura entrevistados. “En mi país, te acusan de terrorismo y te tratan como si fueses Osama Bin Laden”, continúa. Con precisión detalla cómo, en sucesivas detenciones, le humedecían el cuello, la espalda o el torso y le introducían agujas metálicas en su piel, conectadas a unas baterías y que suministraban descargas eléctricas. Un reguero de puntos salpica la piel de su espalda y de su pecho. “No tenía ninguna razón para quedarme en mi país”. En septiembre de 2018, con el verano a punto de despedirse, Muhammad salió de Damasco.

 Un año después, cruzó a pie la frontera norte de Grecia. Un paso donde, a primeros de febrero, murieron al menos 12 personas congeladas tras haber sido rechazadas en la frontera por las autoridades griegas, según denunciaron las fuerzas fronterizas turcas. Las devoluciones en caliente no están permitidas en la Unión Europea, pero sí el retorno de migrantes de manera organizada, según el Acuerdo Turquía-UE de 2016, que considera a Turquía un país seguro. “El mismo acuerdo que permite que toda persona que llegue a las islas pueda ser obligada a permanecer allí, con restricciones de movilidad”, explica Lisa Papadimitriou, asesora en asuntos humanitarios de MSF Grecia. “Falsamente, creen que esto desincentiva la migración. Mientras tanto, capturan a gente en los campos de las islas, los tratan como criminales y los exponen a situaciones de riesgo”, agrega la experta.

“Turquía no es un país seguro y menos para los migrantes”, afirma Fatih. Es turco, profesor de matemáticas, tiene 30 años y lleva dos y medio en Atenas. Aunque desconoce las razones por las que le detuvieron en su país, las vincula con sus ideas políticas: “Soy comunista y nos quiere erradicar”. Recuerda duros interrogatorios en los que le preguntaban continuamente nombres. 

“Nos tenían en grupo, de pie, desnudos, con los ojos tapados”, recuerda. “Nos quemaban con cigarrillos; nos asaltaban sexualmente, penetrándonos con diferentes objetos; meaban sobre nosotros. Y si nos quejábamos, nos recluían en soledad”, prosigue. La Convención de la ONU contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes está ratificada por 165 estados. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, un tratado multilateral que prohíbe explícitamente la tortura, concita más apoyos: 172 naciones. A pesar de ello, en los últimos cinco años, Amnistía Internacional ha denunciado torturas en, al menos, 141 países del mundo.

 Tras su liberación, Fatih supo que tenía que escapar. Lo consiguió. Ahora da clases de matemáticas por Zoom y reconoce estar frustrado en Atenas: “No he tenido respuesta a mi petición de asilo. Estoy en un limbo. Parece que estoy muerto”. También se reconoce algo ansioso. “Hay días que puedo controlar mi mente, puedo respirar y estar relajado. Pero otros, no. Entonces, todos los malos recuerdos aparecen de repente, llevándome al colapso. Si es de noche, duermo mal, tengo pesadillas, y al día siguiente estoy agotado”, explica el hombre. Le preocupa y lamenta la clausura de la clínica SoT.

Este centro especializado es uno de los proyectos temporales de MSF, misiones que pretenden actuar sobre una problemática concreta, en áreas donde falta atención, y abrir camino a autoridades y organizaciones locales. Tras siete años de actividad, la clínica dejó de pasar consulta el pasado diciembre, poco después de la visita de El País Semanal. Aunque por el momento ninguna organización, ni pública ni privada, ha tomado el relevo, sus pacientes pueden seguir acudiendo al centro de referencia (de ateción generalista y no especializada en torturas) que mantiene la ONG en Atenas. Además, la organización Babel, especializada en atención psicológica a migrantes, atiende ahora a Kali así como a otros pacientes de la clínica SoT. 

Tarea a la que recientemente se ha unido otros colectivos atenienses. Ninguno de ellos tiene la capacidad de ofrecer el enfoque integral del centro cerrado. “Podemos aplicar en otros proyectos lo que hemos aprendido aquí con respecto a los supervivientes”, apuntaba la directora en el último comunicado que emitió la clínica. En él se incluía también una petición a la Unión Europea: “Debería asegurar que las personas que han sufrido tortura, así como el resto de víctimas de violencia, sean adecuadamente atendidas; que reciban cuidados médicos y psicosociales apropiados; que tengan asistencia legal; así como unas condiciones de vida que valoren la traumática experiencia que han vivido”. En definitiva, que se les trate como lo que son: supervivientes."                   (Pablo León, El País, 12/02/22)

20/1/20

Dilma Rousseff: "Tortura es dolor y muerte. Quieren que usted pierda la dignidad"

"Hoy hace 50 años, el 16 de enero de 1970, una militante de 22 años, Dilma Rousseff, fue arrestada por agentes de la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985, un período en el que el país se enfrentó a la represión de las libertades civiles y la libertad de expresión, y el régimen persiguió a los activistas políticos y a cualquier persona cuya conducta ellos consideraban desviada de la norma.

“La tortura es algo extremamente complejo. Creo que todo mundo que pasó por la prisión siempre va a tener esa marca. No me gusta ver películas, por ejemplo, que pasan tortura. No es que no me guste. Yo no veo. Es peor, ¿no? Yo no quiero ver. La tortura es algo que toca aquello que es más profundo y que lo constituye usted”. La declaración de la expresidenta Dilma Rousseff, 50 años después del momento en que fue presa por la dictadura militar, el 16 de enero de 1970, trae pulsante un proceso que marcó la historia brasileña y que aún encuentra ecos en la actualidad. "El dolor es siempre una amenaza de muerte, cuando se trata de tortura." 

Sobre resistencia y superación, para Dilma, la clave es no guardar odio. "Yo creo que no hay cómo pasar la vida teniendo pena por eso, eso es un absurdo. Porque no es posible tener odio. Odio es dar a quien hizo eso contigo un poder que no puede tener. Usted tiene de mirarlos como ellos son: banales. Son banales."

Hija de padre búlgaro y madre brasileña, Dilma Vana Rousseff nació el 14 de diciembre de 1947, en Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais. En 1964, ingresó en el Colegio Estadual Central de Belo Horizonte, actual Escola Estadual Governador Milton Campos, donde tuvo, ya en los primeros años de la dictadura militar, los primeros contactos con el movimiento estudiantil y la militancia política. 

La joven Dilma Rousseff ingresó en la organización Política Obrera (POLOP) y, al defender la lucha armada contra la dictadura, se alineó al Comando de Liberación Nacional (COLINA).En esa época, tenía cerca de 20 años y cursaba Economía en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG). Además de Belo Horizonte, Dilma vivió y militó profesionalmente en Rio de Janeiro y en Porto Alegre.

A partir de la fusión de COLINA con la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), que originó la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares (VAR-Palmares), Dilma se convierte en dirigente de la nueva organización y, tiempo después, se muda a São Paulo.  Dilma fue detenida el 16 de enero de 1970 en un bar en la Rua Augusta, región central de São Paulo. El lugar era utilizado para encuentros clandestinos entre militantes. Torturada por los órganos de la represión y encarcelada en el Presidio Tiradentes, también en la capital paulista, la expresidenta recuerda ese momento doloroso y de resistencia.

La primera mujer electa democráticamente presidenta de Brasil, con mandato a partir de 2011, tuvo en 2016 un revés, cuando fue separada del cargo por un golpe orquestado por distintos sectores de la política, de los medios y del Poder Judicial, situación esta retratada en la película Democracia en Vertigem [Al filo de la Democracia], de la cineasta Petra Costa y que fue nominada al Oscar como mejor documental. "Creo que la película Al filo de la Democracia tiene un gran mérito, que es denunciar el surgimiento en Brasil de un proceso de extrema derecha, que, de una cierta forma, tiene características similares al que acontece en otros países del mundo", opina la expresidenta. 


Con Brasil de Fato, Dilma también habla sobre las actuales disputas electorales, con elecciones en este año y las próximas en 2022, y garantiza que no competirá por ningún cargo, pero tampoco abandonará la política.

En el análisis del actual momento por el cual pasa Brasil, ella declara que "El centro fue destruido por el proceso. No crea un tipo de centroderecha graciosamente. Al contrario de lo que ocurrió en los Estados Unidos y en Alemania, que el neoliberalismo se impone en los marcos de la democracia liberal, aquí, para imponer el neoliberalismo fue necesario un gobierno neofascista. 

Y este gobierno neofascista construye en la destrucción del centro. Entonces, ¿cuál es el centro con el que es posible conversar? ¿Qué no esté completamente comprometido y contaminado por la política neoliberal neofascista? Porque creer que el neofascismo es algo solitario, solo, y no es como una especie de hermano siamés del neoliberalismo es no entender la historia. Es no entender que aquellos que posan como de centro y que son neoliberales, pactan con el neofascismo. Pueden hasta fruncir las narices y levantar las cejas, pero apoyan. Porque sólo ellos pueden entregar las reformas neoliberales que ellos quieren."
Mariana Lemos y Camila Maciel.- El día 16 de enero, se cumplen 50 años de su prisión política en la dictadura militar. En esa época, usted tenía 22 años. Siendo un episodio que marca su trayectoria, nos gustaría que nos cuente cómo se dio su prisión en 1970.
 
Dilma Rousseff.- Yo tenía 22 años cuando fui presa, el 16 de enero de 1970. Por lo tanto, son 50 años. Brasil, en aquel momento, estaba saliendo de un gobierno democrático, electo por voto popular, presidido por João Goulart y encaminándose hacia un proceso acelerado de dictadura. Ese proceso comienza en 1964.


Ahora, es interesante que el golpe no instituye la dictadura en un acto sólo. Ele va instituyendo capas crecientes de arbitrio y autoritarismo. Primero, prende y suspende los derechos políticos de grandes líderes políticos de la época y líderes del movimiento social también, sindicalistas.


A continuación, suspende derechos políticos de algunos agentes institucionales, tanto en el área del Ejército como en el área del Poder Judicial. No sólo deputados y senadores, pero también jueces y militares son casados. A continuación, ese es un proceso creciente, va se fechando. La dictadura instaura censura a la prensa, prohíbe partidos y comienza una escalada muy acentuada de cierre de los espacios políticos y democráticos de participación.


Entonces, se elimina el derecho a huelga, se elimina el derecho de manifestación, se detiene trabajadores, se detiene manifestantes del movimiento estudiantil. Obras culturales, de teatro, por ejemplo, sufren invasiones, así como El Rei da Vela, si no me engaño.


Y usted tiene un proceso interesante, porque había también en Brasil, de otro lado, entre 1964 y 1968, un proceso de insatisfacción grande y también de movilización muy grande que se presentaba en el cine. El Cinema Novo, por ejemplo, tiene todo un conjunto de obras muy importantes. Usted tiene también en la música y en todas las áreas. Y ese es un proceso también que va a caer muy fuerte sobre la cultura en Brasil.


De hecho, es propio de los procesos de autoritarismo y de dictadura, que usted tenga un cierre también en el área cultural. Porque el mundo de la cultura es un mundo crítico. Y, en una dictadura, no sólo no se acepta crítica política como no se acepta crítica de costumbres. Hay hasta un periodista, que es nuestro Stanislaw Ponte Preta, que creó el "Festival da Besteira que Assola o País" [Festival de las Bestialidades que asolan el País], que justamente evidenciaba que Brasil estaba siendo objeto de absurdos como de ese tipo que vemos hoy, por ejemplo, diciendo que las niñas visten de rosa y los niños visten de azul. Había eso también en aquel momento. Fue Stanislaw que lo evidenció y demarcó lo que acontecía cuando se instaura el autoritarismo. 


Y eso fue creciendo. Cuando llega diciembre de 1968, aparece el AI-5, que yo creo que es el marco más claro de construcción definitiva de la dictadura. Y ahí comienza la represión. Usted reprime movimientos sociales, reprime movimientos obreros, campesinos. Hay un proceso de represión violento. Y ese proceso comienza y afecta también a todas las organizaciones alternativas de izquierda que surgen en ese proceso.


Porque una de las cosas más graves de la dictadura es hacer que las personas, principalmente la juventud, dejen de creer en la democracia. Que crean que no hay espacio para la democracia. No Brasil, durante un período, había esa visión de que jamás dejarían un espacio democrático para que las personas se manifiesten. Todo eso lleva a movimientos y a la construcción de organizaciones políticas fuera de las organizaciones tradicionales. Porque la dictadura militar instaura un bipartidismo entre Arena y MDB y anula todos los demás partidos y prohíbe la organización de esos partidos.


Entonces, surgen organizaciones clandestinas. A mi me arrestan en el proceso de endurecimiento del régimen militar, que lleva, a partir del final de 1969 y comienzos de 1970, a una constante busca de presos políticos por la represión. Entonces, esa captura y colocación en presidios hasta ilegales, en prisiones ilegales, o sea, en las cuales usted como preso no era reconocido hasta ir a la prisión, que funcionaba como una especie de notaría en el cual te identificaban. Todo eso se acentúa mucho y se radicaliza mucho durante el gobierno [Emílio Garrastazu] Médici.


Y es el proceso que comienza y que, después, va a producir no sólo tortura, que ya existía, pero la tortura sistemática. Y incluyendo lo que ellos llaman necesidad de muertes y asesinatos políticos, porque creen que las personas no son recuperables. Y es en ese contexto que, a comienzos de los años 1970, ya había sido creado el DOI-CODI en São Paulo y en Rio, y en otros estados, pero el foco principal estaba en São Paulo y en Rio.


Yo fui detenida en São Paulo, por el DOI-CODI 2, del segundo Ejército, que era llamado también Operación Bandeirante, porque una parte de eso fue financiada por un segmento de la elite económica paulista que pagaba, por ejemplo, muchas veces, la gasolina, el transporte de toda la operación y también era responsable por las llamadas quentinhas [raciones de alimento caliente] que comienzan a aparecer. Yo creo que las primeras quentinhas aparecieron para alimentar a los presos políticos de ese país. 


Mariana Lemos y Camila Maciel.- Una película que retrata ese período es Torre das Donzelas [Torre de las doncellas], lanzada en 2019, que habla sobre las mujeres presas en la dictadura militar en el presidio Tiradentes, en São Paulo, que fue donde usted permaneció presa. Sobre eso, ¿cómo fue la vida dentro de la cárcel, tanto del punto de vista de la convivencia con las otras presas políticas, pero también de la vida cotidiana?


Dilma Rousseff.- La película Torre das Donzelas es una muestra, una visión de un segmento. Es una película de ficción. No es un documental stricto sensu. Tiene un contenido de ficción. Primero, porque intentaron reconstruir el presidio de Tiradentes, y el presidio de Tiradentes es imposible de reconstruir por una estructura de hierro. Era un lugar que decían que, anteriormente, había servido para vender esclavos.


Tenía, esa torre – era una torre mismo, propiamente dicha – tenía paredes muy anchas, esas paredes coloniales antiguas extremadamente anchas. Tanto que usted podía sentarse en una ventana. Yo mido 1,70 m, hoy debo haberme encogido un poco, pero en aquella época yo creo que medía 1,70 m. Y me sentaba en la ventana estirada. Cabía en la ventana tanto a lo ancho como a lo largo.


Era muy irónico. Porque era un lugar que, visiblemente, sirvió para la peor cosa que este país ya tuvo, que fue la esclavitud. Tenía aquella escalinata que comenzaba unida y después se dividía y tenía un lado derecho muy alto. Entonces, es muy difícil que usted vea la torre.


Yo les dije a ellas cuando fui a grabar: "Yo creo que no es adecuado. Ustedes creen en lo que ustedes hicieron, pero en mi memoria no tiene nada que ver con esta arquitectura de hierro. No es eso". Y es importante entender porque era así. Porque usted organiza la cotidianidad en una cárcel disputando dos cosas: tiempo y espacio.


¿Qué es una cárcel? Es el control de su tiempo. Entonces, el control de su tiempo es el siguiente: siempre que impusieron una disciplina en una cárcel, está descontrolando el tiempo. Si dicen: "De mañana usted hace eso, medio día usted hace eso y a la tarde usted hace eso, y a la noche…". Y el espacio, por supuesto, porque te trancan en una celda.


¿Cuál fue la iniciativa política que las presas mujeres tuvieron dentro de la Torre? Ellas controlaban el tiempo y el espacio, dentro de sus posibilidades limitadas. ¿Qué significaba eso? Procurar quedarse el máximo de tiempo posible con la celda abierta, permitiendo que usted circulase de un lado al otro.


Voy a insistir, eran espacios extremadamente susceptibles de ser circunscritos, porque eran paredes muy anchas. Y, ahí sí, esas paredes anchas, generalmente estaban bloqueadas por una puerta de hierro. Una presa, inclusive, una vez, se cerró una puerta en el dedo y se lo rompió, fractura expuesta, porque la puerta era bastante ancha.


Entonces, nosotros conseguíamos ir de una celda a otra, porque controlábamos el espacio también, y el tiempo. Nosotras decidimos que hacer con el tiempo. Comenzamos a cocinar nuestra propia comida, a buscar los libros, el mayor volumen de libros posible dentro de una prisión. Yo creo que una de las cosas más importantes que nosotros conquistamos fue eso: teníamos muchos libros.


Y teníamos discos. Yo conocí el tango en la prisión. No era de mi zona. Yo era de Minas Gerais, nací en Belo Horizonte. Y viví mi vida adulta allá y después fui a Rio.


Entonces, lo cotidiano era una disputa constante. El preso es un preso, principalmente cuando está en grupo. Un preso individual es diferente, solo. Porque la soledad en la cárcel es una cosa muy dura. Por eso yo creo que el presidente Lula tiene un gran mérito de haber sido capaz de construir para si una vida decente dentro de una prisión. Porque usted construye una vida decente, pero nosotros teníamos muchas compañeras. Era mucha gente. Entonces construimos una cotidianidad, a pesar de los pesares.


Y, al mismo tiempo, construimos también una vida política, porque dirigíamos, dentro de nuestras posibilidades, o sea, limitadas, dirigíamos nuestra vida. Nosotros definimos quién cocinaba, cuántos equipos eran, quién lavaba la Torre, cuántas veces por semana, quién entraba… En fin, nosotros construimos una cotidianidad, era de eso que yo hablé, de conquistar el espacio y el tiempo.


De la misma forma, estábamos en una etapa de la cárcel. La cárcel en Brasil era así en aquella época. Usted era detenida y usted desaparecía. Al entrar en la cárcel usted desaparecía. No había registro. Y ahí, había tortura sistemática por un tiempo. Y generalmente esa tortura se daba en las estructuras controladas por las Fuerzas Armadas, básicamente el Ejército.

Después de eso, usted era llevada a partir de un determinado tiempo. En mi época eran unos dos meses, más o menos. Usted iba al DOPS, Departamento de Orden y Política Social, y hacia aquello que se llamaba "hacer la notaría", que era hacer su registro. Le tomaban esas fotografías de perfil, de frente, le tomaban las huellas digitales y declaraba. Porque la declaración obtenida en la Operación Bandeirante no aparecía. Porque en el proceso de tortura en Brasil, ellos mantuvieron las apariencias.


Había un momento que era de los cortocircuitos. ¿Dónde se daba el cortocircuito? Desde el momento en que usted salía del DOI-CODI, ¿no es cierto? El proceso de notaria es el proceso de cortocircuito. El te legalizaba. Entonces ese es un momento fundamental. Porque es ahí que los datos del proceso comenzarían a aparecer.


Y había otra característica también, que yo vi aquí repetida en esos procesos de la Lava Jato. Ellos segmentaban la acusación. ¿Qué es segmentar la acusación? Yo integraba una organización política. Yo nunca participé en acción armada, etc. Pero yo integraba una organización política. Entonces, yo no era condenada por integrar una organización, yo era condenada por los estados por donde yo anduve. Entonces tenía un proceso en Minas, uno en São Paulo y otro en Rio de Janeiro. Y ahí usted llevaba tres temas. Porque eso también te mantenía en la cárcel, ¿no?


Cuando usted salía, incluso sobrando tiempo, después de cumplir, yo fui condenada, yo creo que a seis años y medio. Yo cumplí tres años. Después, yo cumplí tres años ¿por qué? Porque, en mi proceso, la Justicia anulaba sentencias. Porque uno era juzgado tres veces por la misma cosa. Entonces yo acabe siendo condenada a dos años y un mes. Y estuve tres años. Ellos no te devolvían ese año que usted estuvo demás porque la ley de seguridad decía que no había devolución, ni proceso contra el Estado ni nada. Entonces esa era la idea. 


Y la tortura es algo extremamente complejo. Creo que todo el mundo que pasó por la prisión siempre va a tener esa marca. A mi no me gusto ver películas, por ejemplo, que pasan tortura. No es que no me guste. No veo. Es peor, ¿no? No quero ver. La tortura es algo que toca aquello que es más profundo y que constituye usted.


¿Qué constituye un ser humano? La inmensa capacidad de sentir dolor físico, y psicológico también. Pero el físico es algo que nos identifica con el resto de la humanidad e, inclusive, con los mamíferos, los animales. Ellos también sienten dolor. El dolor es una cosa, en el caso del ser humano, es siempre una amenaza de muerte, cuando se trata de tortura. Uno está ligado a la otra. Entonces es dolor. La percepción del dolor y de la muerte. Eso es lo que es la tortura. Y todos nosotros, cada uno de nosotros, tenemos horror a sentir dolor.


Cada pedazo de su cuerpo reacciona a la posibilidad de la muerte, por eso cuando una persona está con mucha depresión es que se mata. Si no tiene depresión, es muy difícil que se mate. Es complicadísimo, no se mata, incluso en situaciones limites. Para que usted de ese paso, es algo muy difícil. Entonces, nosotros tenemos que enfrentar el hecho de que trabajan con eso, trabajan con el dolor y la muerte. Eso es la tortura. Dolor y muerte sistemáticamente.


Y con algo terrible, qué es hacer que la persona pierda su dignidad. Ese es el componente del dolor psicológico. Ellos quieren que usted pierda la dignidad, que usted traicione sus convicciones, que usted abandone lo que piensa. Eso es, tal vez, la consecuencia mayor de la cárcel. Usted está preso y es eso lo que hacen.


Yo tengo inmensa solidaridad con algunos de los compañeros que fueron llevados a renunciar a sus convicciones después de procesos de tortura, yendo a la televisión. Es solidaridad lo que yo tengo para con ellos. Ese proceso de destrucción de alguien es un proceso de hacer que la persona se transforme en un muerto viviente. ¿Qué hace una persona después de traicionar lo que piensa, después de traicionarse a si mismo? Queda muerto andando por la calle.


Entonces, ese proceso, que es un proceso que los Estados Unidos hacían en Abu Ghraib [prisión iraquí], es un proceso que usted percibe que tiene un componente extremadamente fascista o nazi, de destrucción de la persona. Ese proceso es un complemento elevado a la enésima potencia de la tortura y de la muerte también.


Entonces, yo vi gente que fue llevada en esos esquemas y creo que cada uno de nosotros sólo aguanta la tortura engañándose. Uno se dice: "Ahora aguanto cinco minutos más, dos más. Ahora aguanto tres minutos más". Porque uno no imagina que va a aguantar un día, porque eso es una eternidad. Comenzó el dolor y el tiempo pasa a ser minutos o segundos. Entonces, uno tiene que auto engañarse. Es así que uno hace. Uno se auto engaña. Y miente.


Una vez yo fui al Senado, y un senador, si no me engaño, Agripino Maia dijo: "Pero usted mintió ante la tortura". Estoy orgullosa de haber mentido. En la dictadura o usted miente o usted no sobrevive. En la democracia es que se dice la verdad.


Entonces, ese es un proceso y hay una porción de personas, todas las personas que estuvieron dentro del presidio pasaron por eso. Ellas vivieron eso. Entonces eso está subyacente. Nos reíamos, bromeábamos, jugábamos vóley, siempre que podíamos, o siempre que se conquistaba ese espacio, pero tenemos esa marca, cada una de nosotras. Y es con eso que convivimos y creamos cotidianidad, porque tiene también otras ventajas. Teníamos 20 años, nos parecía que una persona de 30 era muy vieja. Entonces, cuando usted tiene 20, también es más fácil todo eso, usted tiene fuerza vital para superar eso. Y yo creo que no hay cómo pasar la vida teniendo pena de eso, eso es un absurdo. Porque no es posible tener odio. Odio es darle a quien hizo eso contigo, un poder que no puede tener. Usted tiene que mirarlos como ellos son: banales. Son banales. Pueden ser tachados de criminales, ¿pero qué criminal no es un poco banal? (...)"              (Mariana Lemos y Camila Maciel , Brasil de Fato, en Rebelión, 18/01/20)

18/12/17

“Hay una parte de la población amplísima que acepta la tortura, e incluso la pide”

"La narración más sorprendente y admirable sobre la tortura que he leído es un libro llamado Intxaurrondo. Lo escribió Ion Arretxe (Rentería, 1964) y lo publicó Manuel Blanco Chivite (San Sebastián, 1945) en El Garaje Ediciones. Chivite dice que lo último que hizo en su editorial fue descubrir “el enorme talento” de Arretxe. 

A Ion lo torturaron durante días en el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo. A Manuel Blanco Chivite, en “los despachos” de la Brigada Político Social franquista. Esta conversación podría haber sido con Arretxe, pero Arretxe murió en marzo de este año.

Cuando leí Intxaurrondo pensé que nunca había leído algo semejante sobre la tortura, esa forma de enfrentar violencia y dolor con inteligencia.

Él solía decir que había tardado 30 años en poder escribirlo. No en contarlo, porque en realidad, él contó lo que le había sucedido en Intxaurrondo en cuanto salió de la cárcel. Lo hizo inmediatamente: en el mismo hotel donde se hospedó para esperar a que su hermana llegara a recogerle, encontró a dos chicas desconocidas. Él les preguntó si se hospedaban en el hotel, le respondieron que sí, y resultó que eran de Bilbao. ¿Os puedo contar una cosa que me ha pasado?, les preguntó. Y les contó las torturas.

Y luego necesitó 30 años más para poder contarlo de otra manera.

Luego lo contó muchas veces, incluso al juez, que no le hizo ni puto caso. Pero tardó 30 años en escribirlo. Necesitó ese distanciamiento para, digamos, superar el trauma, o los elementos de rabia, viscerales… Para alcanzar la obra de arte, la estética.

¿Una forma de superación?

Él decía: “Yo ahora veo a aquella gente [a los torturadores] como cuando se mira el espejo retrovisor en un coche que avanza hacia delante, ahí los veo, cada vez más pequeños, atrás y pequeños”.

Ese distanciamiento le permite jugar con el elemento del humor, que haya humor. En la situación más dramática hay humor, como el momento en el que se inventa un comando o un zulo solo para que le den un pitillo.

El humor está en la escena en sí, y no digamos ya en la prosa, pero en lo que sucedió. Él se va inventando sobre la marcha porque quiere evitar el dolor… se inventa un zulo, un comando, se inventa no sé qué armas… y ellos poco a poco se van dando cuenta hasta que le dicen “coge esa pistola” y no sabe coger el arma, porque ni siquiera había hecho la mili.

Sí, humor, pero las torturas que describe son siniestras.

Para empezar, le meten en un saco y lo envuelven con cinta de precinto como una momia y le dejan fuera del saco la cabeza y las manos. Rasgan el envoltorio para sacar las manos porque al introducirlo en el río para ahogarlo, la coloración de las uñas da información sobre si está a punto de morir o no. Para controlar el terror y la muerte. El hombre es como una momia con las manos a los costados sueltas. Entonces lo introducen en un río, así, durante la noche, que es como probablemente murió Mikel Zabalza esa misma noche. Lo que hay en él es una superioridad humana, insisto, humana.

Esa superioridad humana frente al torturador la muestra sin mostrarla.

La expone, está ahí, solo eso, no hace panfleto, no hace política, por así decirlo. No hace más que narrar, y lo que se percibe es la superioridad humana de un hombre que está ahí sometido a esa tortura y en un momento dado se inventa lo que sea. Y ese invento tiene un aire de retranca.

Leyendo a Ion desaparece la suposición de inteligencia en el torturador, queda solo la obediencia animal.

Es la obediencia debida. Si uno lee los protocolos de la tortura de la Inquisición, son exactamente los mismos que los de la Brigada Político Social franquista. Y los mismos que la tortura en la actualidad, en este Estado monárquico. Consiste en lo siguiente: Nos obligas a hacerlo. Cuéntanos lo que nos tienes que contar y ya está, pero no nos obligues… Nos vas a obligar a hacer esto. Nos vas a obligar a hacer esto. En los protocolos de la Inquisición era lo mismo. Se decía: y si insiste el interrogado en no contar la verdad, y se produce derramamiento de sangre, la responsabilidad de este derramamiento o muerte será del interrogado.

Ha dicho “en la actualidad”.

Lo terrible es que, en los últimos 20 años, en este mundo en el que vivimos, la tortura no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado.

¿Por qué no hablamos de ello?

Porque hay una parte de la población amplísima que la acepta, e incluso que la pide. No contra ellos, sino contra quienes considera sus enemigos.

¿De verdad cree que la piden?

Lo creo de verdad porque lo he oído pronunciar en voz alta. Pero no en público, cuidado… Y porque se vota insistentemente a partidos que ejercen la tortura.

¿En qué ámbito lo ha oído?

Pues hasta en un bar de menú del día, vamos. Y también lo he oído en algún gabinete de prensa de algún partido que tiene diputados. Es más, Intxaurrondo no se ha reprobado socialmente. En el campo del periodismo, los periodistas de determinados medios, los que podríamos llamar periodistas policía, que hay muchos, están perfectamente al cabo de la calle de las torturas que se han hecho en este país, desde la Brigada Político Social hasta Intxaurrondo o en los años 80 o 90 o 2000. Lo saben perfectamente.

¿Y por qué lo callan?

Lo ocultan porque lo aprueban y lo callan porque lo aprueban. Quien calla la existencia de la tortura no lo hace porque cree que no existe, sino porque conscientemente la oculta. No hay nadie, nadie en España, ninguna persona con un oficio o profesión pública de información que no sepa que en España se ha torturado y que se siguen dando casos de tortura hoy en día. Y aquellos que lo niegan lo hacen por ocultamiento, un deseo consciente de ocultamiento y en muchísimos casos por sus propias relaciones de interés con los gabinetes de prensa de los cuerpos y fuerzas del Estado… del Estado, un nombre perfecto, no de la sociedad.

¿Por qué los grupos políticos no insisten en que salga a la luz?

Porque la sociedad está a favor de la tortura.

¿A favor o no quiere verla?

A favor, Cristina, a favor… Y no quiere verla porque está a favor. Es una relación hipócrita como otra cualquiera, como la señora que sabe que el marido viola a la hija y no quiere verlo.

Entiendo, se refiere a algo comparable a la violencia machista. De alguna forma hasta ahora no se ha permitido que se vea.

Es cierto que no se ha permitido. En el caso de la tortura, quienes no lo han permitido son la primera línea que la aprueba y la ejerce. En sus ámbitos gubernamentales la ejerce. Luego está el sector de “el ciudadano que vota”, que piensa que los aparatos armados del Estado tienen que cumplir unas funciones y ahí está la educación del cine, las series, la literatura, donde dicho cumplimiento les exige determinadas actividades moralmente reprobables pero necesarias para nuestra seguridad. Ahora mismo mientras hablamos se están produciendo muertes bajo tortura en Siria, en Irán, en Paquistán, en Marruecos, en Afganistán, Israel… y en todos estos países se están produciendo desapariciones bajo tortura.

Permítame que vuelva a la comparación con la “institucionalización” de los millones de mujeres torturadas en hogares y burdeles. Se escapa al delito/castigo.

Se escapa del vaso. El vaso esencial donde radica la tortura es en los aparatos del Estado. Además, hoy son tan numerosos… y de ahí se expande a la sociedad. Hay una hipocresía de no aceptación de la violencia.

Y una herencia…

La tortura forma parte de la cultura de la represión en España. Hay que tener en cuenta que la dictadura fue económica. Los militares solo se pusieron en marcha cuando los March, los Urquijo, etc., soltaron el dinerito.

Y manteniendo eso intacto se mantiene una forma de violencia constante contra una gran parte de la población.

En el franquismo, desde fines de los 50 se produce una reconversión general de la economía y se desplaza de la España agrícola a las grandes ciudades entre 6 y 8 millones personas. Hay que ver cuántos de ellos, en lugar de irse al andamio o a Alemania, deciden meterse en la Guardia Civil o en la Brigada Político Social […]. Estoy hablando del perfil humano del torturador. Es un tipo repugnante. En el mejor de los casos, un psicópata. En el mejor de los casos… Se trata de un castigo en términos de poder social. Placa y pistola: la placa es impunidad y la pistola poder. Es un acceso al poder por la vía rápida.

¿Cabe la posibilidad de que la tortura no deje mella?

Sí que dejaron mella en Ion. Lo que ocurre es que fue capaz de sanar. Me recuerda a algo que decía Virginia Woolf, que el gran escritor se desprende de las mellas, de la visceralidad, de lo inmediato para profundizar en lo que quiere decir. Para hacer universal su discurso. Para hacer arte, en definitiva. Es interesante en Intxaurrondo lo que tarda Arretxe en estar en disposición de escribir algo tan estremecedor y al mismo tiempo tan humano y profundo. Es porque el tiempo le ha dado sabiduría, distancia, y es importante, muy importante, la inteligencia.

A usted le torturaron hace 42 años.

Sí, pasé por los despachos de la Brigada Político Social, y no, no lo pasé muy bien. Pero uno no puede vivir toda la vida en la tortura. De la misma forma que si una ha salido de un campo de concentración no puede instalarse toda la vida ahí.

Entonces la grandeza de Ion es que es capaz de sublimarlo y hacer arte con ello.

No es una escritura terapéutica si no artística. Cuando sale y se lo cuenta a esas dos desconocidas ya inicia, de forma espontánea, una cura por su cuenta. En el caso de Ion como en el de muchos más, hay una opción por la vida.

E imagino que un ejercicio individual, íntimo.

Sí. Es un ejercicio individual, tiene un componente social, pero es un ejercicio fundamentalmente individual. Por ejemplo, yo hice mía la idea de Ion del retrovisor, de ver cómo esas personas se van haciendo cada vez más pequeñas, quedan atrás y uno avanza."               (Entrevista a Manuel Blanco Chivite, La Marea, 12/12/17)

1/7/15

Semprún: la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad

"Cuando, a los veinte años, Jorge Semprún decidió unirse a uno de los grupos de la Resistencia francesa contra el nazismo, el jefe de Jean-Marie Action, la red de la que iba a formar parte, le advirtió: “Antes de aceptarte, debes saber a lo que te arriesgas”. Y le presentó a Tancredo,un sobreviviente de las torturas a que la Gestapo sometía a los combatientes del maquis que capturaba. 

Las atrocidades que aquél le describió, las padecería Semprún dos años más tarde, cuando, por la delación de un infiltrado, los nazis le tendieron una emboscada en la granja de Joigny que lo escondía.

La pesadilla se convirtió en realidad: la inmersión en las aguas heladas de una bañera llena de basuras y excrementos; la privación de sueño; las uñas arrancadas; el crujir de todos los huesos del esqueleto al ser colgado del techo de los talones amarrados a sus manos; las descargas eléctricas y las palizas salvajes en las que el desmayo resultaba una liberación.

Nunca antes de escribir este libro, que se ha publicado póstumamente en Francia (Exercices de survie), Jorge Semprún había hablado en primera persona de la tortura, el horror extremo a que puede ser sometido un ser humano a quien los verdugos no sólo quieren sacar información, sino humillar, volver indigno y traidor a sus hermanos de lucha. 

Pero, aunque nunca hablara de ella en nombre propio, aquella experiencia lo acompañó como una sombra y supuró en su memoria todos los años de su juventud y madurez, en la Resistencia, en el campo nazi de Buchenwald y en sus periódicas visitas clandestinas a España como enviado del Partido Comunista, para tender un puente entre los dirigentes en el exilio y los militantes del interior. 

En este libro inconcluso, apenas esbozado, y sin embargo lúcido y conmovedor, Semprún revela que la tortura —el recuerdo de las que padeció y la perspectiva de volver a soportarlas— fue la más íntima compañera que tuvo entre sus veinte y cuarenta años. La describe como el apogeo de la ignominia que puede ejercitar la bestia humana convertida en verdugo, y como la prueba decisiva para, superando el espanto y el dolor, alcanzar las mayores valencias de dignidad y de decencia.

En sus reflexiones sobre lo que significa la tortura no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana. En Buchenwald, su jefe en el maquis lo felicita por no haber delatado a nadie durante los suplicios —“Ni siquiera fue necesario cambiar los escondites y las contraseñas”, le dice— y el comentario de Semprún no puede ser más parco: “Me alegré de oír eso”. 

Luego explica que la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad.

Un ser humano, sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque sea éste quien convierta a aquel en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. 

 En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie. Gracias a que hay seres así el mundo es todavía vivible.

Hace bien Régis Debray, prologuista de Exercices de survie, en comparar a Jorge Semprún con André Malraux, que padeció también las torturas de los nazis sin hablar (sus verdugos no sabían quién era la persona a la que torturaban) y, como aquél, fue capaz de convertir “la experiencia en conciencia”. 

Fue, asimismo, el caso, en España, de George Orwell, a quien casi matan los propios compañeros por los que se había ido a España a luchar, y de Arthur Koestler, esperando en su celda de Sevilla la orden de fusilamiento expedida por el general Queipo de Llano. 

Ellos, y millares de seres anónimos que, en circunstancias parecidas, actuaron con el mismo coraje, son los verdaderos héroes de la historia, con más pertinencia que los héroes épicos, ganadores o perdedores de grandes batallas, vistosas como las superproducciones cinematográficas. No suelen tener monumentos y, la gran mayoría, ni siquiera son recordados o incluso conocidos, porque actuaron en el más absoluto anonimato. 

No querían salvar una nación ni una ideología; sólo que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional y el sentimiento lo que primara en este mundo sobre el prejuicio racista y la intolerancia criminal ante el adversario político, la civilización creada con enormes esfuerzos para sacar a los seres humanos del estado feral y organizar sus sociedades a partir de valores que permitan la coexistencia en la diversidad y hagan disminuir (ya que erradicarla del todo es imposible) la violencia en las relaciones humanas.

 Jorge Semprún fue uno de estos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza. (...)

Aunque el último libro de Semprún evoque el más espantoso de los temas —la tortura—, uno termina de leerlo sin caer en la desesperanza, porque, además de brutalidad y maldad demoníacas, hay en sus páginas, contrarrestándolas, idealismo, generosidad, valentía, convicción moral y razones sólidas para sobrevivir."           (   , El País, 27 JUN 2015)

27/4/11

"Si no hablabas, si no cantabas (con la tortura), eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad"

"Arranca la confesión de la tortura que sufrió su compañero comunista Simón Sánchez Montero; la tortura era para que soltara dónde estaba Federico Sánchez. Sánchez Montero se mantuvo en silencio.

Él sufrió la tortura de la Gestapo, no la de la policía española, "quizá la de la Gestapo era un poco más… científica, digamos, con muchísimas comillas; la española eran meras palizas que durante días y semanas constituían una tortura insoportable.

Ambas, para hacerte hablar. Si no hablabas, si no cantabas, eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad. Y eso sentí con Simón Sánchez Montero".

La Gestapo lo sometió a la bañera, un método de tortura que aún anda en sus pesadillas y de lo que nunca ha escrito. "Es una experiencia terrible que durante años me impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las aguadillas… Esas bromas a mí me volvían literalmente loco.

Una vez estaba yo en la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió que yo respondiera con aquel furor.

La única que lo entendió fue Simone Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y solo horas después, ya en el salón, me dijo: 'Esa reacción tan brutal que has tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con la bañera de la Gestapo?'.

Ella conocía muy bien las historias de la Resistencia, porque tenía muchos amigos que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de la entrevista con Augstein, probablemente esa fue la única vez que hablé con cierto detalle de la experiencia de la bañera". (...)

Pero esa confesión sobre la tortura ha caído sobre su ceño canoso como un obús. "Y tendré que escribir de ello; era muy difícil hablar de ello serenamente… Ahora ya no me conmueve tanto. Ya no. Ahora puedo escribirlo con total serenidad.

Igual ha sucedido con las primeras experiencias en el campo de concentración. Puede que al contarlo me revuelva un poco, pero es algo pasado y asumido, asimilado, puesto en orden".

"Yo tuve la suerte de que los primeros golpes de detención fueran puramente palizas", continúa, "pero sin el propósito sistemático de interrogar; nadie me preguntaba nada. Me habían cogido, habían descubierto un arma que llevaba conmigo, y la policía militar, antes de que fuera a la Gestapo, me hizo todo tipo de barbaridades. Pero nadie me preguntaba nada".

"Me mentalicé: tenía que resistir, no debía hablar". Decidió contarles un cuento a los policías: "Un cuento que no pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la Resistencia.

Una novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido desconoce.

Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo amenazan de muerte".

No lo contó de buenas a primeras; no le hubieran creído, demasiado preparado. "Pero si lo contaba en el momento que parezco derrumbarme, entonces me creerían. Así que aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en la bañera, un día me metían vestido, otros en calzoncillos.

No sé por qué aquel día me metieron vestido… Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije: Es el momento".

Le creyeron. Le habían dicho sus compañeros de la Resistencia cómo iba a ser la tortura. ¿Sabe lo que es la tortura alemana?, le preguntaron. Hay una primera fase de golpes, luego te cuelgan por las esposas y luego te hacen lo de la bañera; "yo sabía que lo de la bañera iba a ser lo peor".

Él tiene "un miedo congénito" a la sofocación, "a no poder respirar tranquilamente". Ahora, "con este dolor absurdo de la espalda, los únicos momentos de angustia que me provoca este sufrimiento se producen cuando no puedo respirar.

Me despierto con unas angustias por la noche porque no puedo respirar bien. Ese horror a perder la capacidad de respirar es infame".(JORGE SEMPRÚN: "Lo único que he traicionado es a mí mismo". El País Semanal, 19/12/2010, p. 84 ss.)

18/10/10

"Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros"

"Sí, queríamos matar a Franco. Lo íbamos a matar, incluso habíamos preparado una avioneta para ir a matarlo cuando estaba de vacaciones, pero en las cárceles había 200.000 españoles presos, y si lo matábamos no iba a salir uno vivo, por eso el golpe fracasó", explica Martín Arnal, anarquista, en un documental de Eugenio Monesma que se podrá ver en la exposición Tierra y Libertad, 100 años de anarquismo en España, inaugurada ayer en Zaragoza.

El documental recoge los testimonios de antiguos anarquistas, hoy ancianos, que recuerdan con amargura la represión franquista: "Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros. Nadie puede explicar cuando un hombre se va a quitar la vida con una correa colgado en el grifo del váter", asegura Antonio Garía Barón.

Los entrevistados relatan el frío recibimiento que encontraron en Francia -muchos fueron a parar a campos de concentración y algunos, de exterminio- o la decepción de verse solos en su lucha contra el franquismo tras haber ayudado a derrotar a Hitler.

Otro anarquista confiesa como, una vez capturado, deseó que le fusilaran "para terminar de una vez con las torturas", y cómo en la soledad de prisión le invadió el odio: "No odiaba a los que me daban golpes, odiaba a toda la sociedad. Me saturé de odio". (El País, 07/10/2010)

11/6/09

Resistir...

"La suya fue una vida de cárceles y clandestinidad. La tercera vez que le detuvieron fue en 1958, un día en el que había quedado en una calle de Barcelona con Jordi Solé Tura. “En esta ocasión”, dice Albert Solé, “fue salvajemente torturado por unos personajes de triste memoria, los hermanos Creix, por cuyas manos pasaron muchas generaciones”.

Le tuvieron mes y medio en comisaría, cuarenta y cinco días de terror que narró con pelos y señales en La revolución y el deseo. En su libro incluyó, ya desde la primera edición publicada en 2002, una foto de Antonio Juan Creix, condecorado en 1960 por sus “hazañas” en la Brigada Político-Social de la dictadura. “¿Que cómo aguantaba las torturas? ¿Cómo podía no cantar?”. “Muy simple”, rememora en el documental. “Yo me imaginaba un teatro y yo aparecía en el escenario, en las butacas estaban todos los compañeros que caerían si yo hablaba.

Establecí ese mecanismo y así conseguí no cantar”. Miguel Núñez abandonó definitivamente la prisión en 1968." (Rocío García: La muerte digna de una vida digan. El País Semanal, 07/06/2009, p. 22)