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6/10/24

Diario de un huido del fascismo en Galicia: Los señores de misa, “que más que hombres parecían monjas”: “Vociferaron y animaron a unos cuantos fanáticos para que, unidos a los guardias, nos persiguiesen y diesen muerte”... “Después del arresto, el bando falangista ató a Coto Chan al rabo de una yegua montada por un sargento de la Guardia Civil”, narra Borrageros, “apalizado, ensangrentado y cubierto de todo tipo de excrementos, fue arrastrado por las calles de A Estrada”... “Que lejos está la doctrina de Jesucristo de estos cristianos modernos”, continuaba el autor, “que roban y asesinan a manos llenas y después hincan las rodillas y piden perdón, como si con eso quedasen perdonados de las injusticias que están cometiendo en todo momento y en todas partes”

 "Los muertos de aquel verano -así tituló el novelista Carlos Casares su libro de 1987- aparecían en cunetas, fosas, caminos forestales, cementerios irregulares. Manuel Coto Chan, nacido en Cuntis (Pontevedra) en 1896, vio no pocos. “Sembraron las carreteras, que por Galicia cruzan en todas direcciones”, escribe en la parte de atrás de un cuaderno de inspección de su carnicería, “de cadáveres de esos pobres infelices que no solamente fueron asesinados, sino también martirizados”. Los señores de misa, “que más que hombres parecían monjas”: “Vociferaron y animaron a unos cuantos fanáticos para que, unidos a los guardias, nos persiguiesen y diesen muerte”. Él escapó. Pasó dos años y cuatro meses primero en el monte y después en casa solidarias. Su relato, no muy extenso pero sí estremecedor, conservado en la causa militar que le abrieron después de que una cuadrilla falangista lo atrapase el 28 de noviembre de 1938, es ahora un libro, publicado por la Deputación de Pontevedra con añadidos de contexto. Se titula Memorias dun proscrito.

“Que lejos está la doctrina de Jesucristo de estos cristianos modernos”, continuaba el autor, “que roban y asesinan a manos llenas y después hincan las rodillas y piden perdón, como si con eso quedasen perdonados de las injusticias que están cometiendo en todo momento y en todas partes”. Pero los apuntes de Manuel Coto Chan no son únicamente un pliego de cargos contra sus perseguidores, los alzados en armas contra la II República, sino también el rastro de la vida diaria de los huidos. El hambre y el frío, las guaridas camufladas entre helechos, el terror ante el mínimo ruido no identificado, dormir hasta las doce de la mañana para ahorrar el desayuno, la supervivencia como obsesión. Y, de fondo, la incomprensión por lo que estaba sucediendo: “Yo y mi inseparable compañero Manuel Vázquez nos retiramos juntos y fuimos a parar a Portela, a la espera de que acabase ese estado de cosas y que hubiese paz y perdón para todos los que éramos inocentes”. Nunca sucedió.

Cárcel y expolio en el Bieno Negro

Cuando Alfonso XIII huyó vía puerto de Cartagena (Murcia) y un comité revolucionario proclamó la República -era 14 de abril de 1931-, Manuel Coto Chan, entonces de 35 años, formaba parte del Partido Republicano Radical Socialista. Ni siquiera militaba en el ala izquierda del republicanismo. Pero al estallar la Revolución de Asturias, con las derechas en el Gobierno, cae preso, acusado de participar en acciones de sabotaje. A Estrada (Pontevedra), donde Coto Chan regentaba una carnicería, había quedado sin conexión telefónica ni telegráfica en la madrugada del 5 al 6 de octubre. La revuelta asturiana, recuerda Marcos Borrageros Vilela en el ensayo histórico A vida das memorias que acompaña al escrito de Coto Chan en la edición del ente provincial de Pontevedra, era apenas uno de los episodios más visibles de la huelga general convocada por UGT contra el Gobierno reaccionario. El caso es que el carnicero y otros dos compañeros fueron condenados a un año, ocho meses y 21 días de prisión por el Tribunal de Urgencias de Pontevedra.

“Durante el tiempo que pasa en la cárcel, primero en el calabozo de A Estrada, después en la ciudad de Pontevedra y finalmente en El Dueso (Cantabria)”, explica a elDiario.es Adrián Coto Couceiro, bisnieto de Manuel y prologuista del volumen, “expoliaron su carnicería”. Su medio de vida desapareció. Él no cumplió la pena íntegra, se la redujeron por trabajo, y en febrero de 1936 una multitud lo recibiría en su pueblo, cuenta Borrageros. Manuel Coto Chan tenía entonces dos hijos, Lolita y Gerardo. El triunfo electoral del Frente Popular, la alianza de las izquierdas que acabaría con el dominio conservador y el Bienio Negro, supuso la amnistía de los encausados por los hechos del 34. La reacción, sin embargo, no descansó.

Las anotaciones en el diario comienzan el 18 de julio de 1936. “La noticia [del golpe de Estado fascista] corrió como un reguero de pólvora y comenzaron a llegar en avalancha elementos del Frente Popular, de tal forma que a las ocho de la noche había ya unos mil hombres armados de escopetas y pistolas para defender el Ayuntamiento de un posible ataque faccioso”, dice. A Coto Chan lo nombraron delegado de Orden Público. El cargo no le duró más que cuatro días. “Durante ese tiempo no se molestó a ningún vecino, reinó el orden más absoluto y el mayor respeto para todos los ciudadanos sin distinción de matices políticos”. Tampoco eso duró. Los fascistas se hicieron con el control y Coto Chan se echó al monte. “Quedé solo, sin saber qué camino tomar. Tenía alimento para un día, pero pasaron dos y el hambre ya me vencía”, inicia su relato.

El republicano aguantó dos años y cuatro meses. Lo prendieron a finales del 38. Borrageros Vilela cuenta su arresto. La Guardia Civil recibió un chivatazo y “un tal Antucho Rey” les indica donde se esconde Coto Chan, junto a Xosé Silva Rey e Hixinio Carracedo Ruzo: en Castro Ramiro, un lugar de la parroquia de Somoza, en A Estrada. Al día siguiente, 28 de noviembre, una partida de 25 falangistas y cuatro números de la Benemérita se presentaron en el lugar. Según el auto del arresto, Coto Chan, escondido en un doble fondo, llevaba encima un mosquetón cargado, una pistola, un libro de título Defensa contra el clericalismo y la libreta de inspección en la que había redactado sus memorias de huido. Estas sirvieron de prueba en su contra, recuerda el bisnieto Adrián Coto, en el Consejo de Guerra que lo condenaría a muerte. Pero antes sufrió todo tipo de vejaciones y torturas. “Después del arresto, el bando falangista ató a Coto Chan al rabo de una yegua montada por un sargento de la Guardia Civil”, narra Borrageros, “apalizado, ensangrentado y cubierto de todo tipo de excrementos, fue arrastrado por las calles de A Estrada”.

Acusado de “rebelión militar”

Coto Chan sufrió Consejo de Guerra en marzo del 39 y es condenado a muerte por el delito de “rebelión militar”. Los que se habían rebelado contra la democracia republicana eran ahora los que acusaban a los perseguidos de hacerlo. Seis meses más tarde, le conmutaron la pena por la de cadena perpetua. En octubre de 1941, ingresó en el Campamento Penitenciario de Trabajadores de Brunete (Madrid). Lo excarcelaron tres años más tarde. Pero las secuelas de años de persecución, tortura, prisión y trabajos forzados no desaparecieron. El 11 de febrero de 1946, con 49 años, murió de una tuberculosis. “Obviamente no llegué a conocerlo”, dice Adrián Coto, “pero en la memoria familiar se quedó lo que pidió a su hijo, mi abuelo, y a sus descendientes: que no se implicasen en política”.

Estas Memorias dun proscrito sobrevivieron entre los papeles y documentos de la causa militar que lo condenó a muerte. Las encontró el profesor Xoán Carlos Garrido Couceiro hace ya algunos años. La edición de la Deputación de Pontevedra incluye el texto, originalmente escrito en castellano, traducido al gallego, la reproducción facsímil del cuaderno de la carnicería, la introducción de su bisnieto Adrián, la contextualización histórica de Borrageros Vilela y un relato literario del escritor estradense David Otero. “Es, sobre todo, una restitución emotiva de su memoria. En el fondo, somos afortunados, porque hay muchas familias que ni siquiera saben dónde están los restos de los suyos”, concluye Adrián Coto."          (Daniel Salgado, eldiario.es, 05/10/24)

21/9/24

La Iglesia Católica y el exterminio de los judíos... Pío XII, luego también la Curia vaticana, estuvieron puntualmente informados de la exterminación sistemática de los judíos... Pío XII nunca lo condenó explícita y claramente, pese a la insistencia de muchos, católicos comprendidos... Ochenta años después, a no pocos, entre los que me cuento, nos cuesta entender el silencio de Pío XII. Y el argumento del mal menor no me satisface, máxime cuando lo mantuvo una vez la guerra concluida. Tampoco me basta saber que recibió infinidad de agradecimientos por parte de muchos judíos. Pero me hace pensar en tantos silencios ante el franquismo y ante ETA (Javier Elzo)

 "Desde que tengo uso de razón, luego siendo todavía un adolescente, una cuestión me ha estado rondando en la cabeza: cómo explicar que un país que ha generado personajes como Beethoven, Bruckner, Kant, Hegel, etcétera haya sido capaz de crear ese monstruo anti-judío que se concretó en última instancia en la Shoah, en el exterminio de los judíos.

Recuerdo que tuve ocasión de abordar esta cuestión, con alguna insistencia, con dos amigos ya fallecidos que habían estudiado en Alemania. Estoy hablando de Paco Garmendia y de Joseba Arregui. Venían a decirme que era consecuencia del trato que recibieron los alemanes al finalizar la I Guerra Mundial. Lo que también explica, al menos parcialmente, que Hitler llegara al poder con la fuerza de los votos.

El 2 de marzo de 2020 el Papa Francisco ordenó abrir los Archivos Vaticanos en lo referente, entre otros temas, al pontificado de Pío XII. Era algo que estaban esperando ansiosamente los historiadores. Este verano he abordado el tema desde la perspectiva del comportamiento de la Iglesia en aquellos tiempos en relación al nazismo y, más concretamente, en relación a los judíos. Y he leído mucho sobre este tema. Señalo aquí dos excelentes libros que analizan los comportamientos de la jerarquía católica en la II Guerra Mundial, publicados uno este mismo año y otro en 2023, luego ya consultados los Archivos Vaticanos tras su reciente apertura.

El primero de ellos es de Nina Walbousquet, 'Les âmes tièdes. Le Vatican face a la Shoah' ('Las almas tibias. El Vaticano frente a la Shoah'. La Decouverte. 468 páginas). Incluye una excelente bibliografía y una lista de nombres citados. La autora es una historiadora que ha pasado tres años en Roma estudiando los Archivos Vaticanos. Nos da un texto magnífico, muy ponderado, en el que se encuentran más datos que opiniones, lo cual se agradece mucho. Andrea Riccardi ('La guerra del silencio. Pio XII, el nazismo y los judíos'. Editorial San Pablo, 2024, 492 páginas, traducido del original italiano) nos entrega otro gran libro que complementa al anterior. Riccardi es historiador y creador de la Comunidad Sant' Egidio. Reside en Roma y se ha pateado los largos pasillos del Archivo Vaticano. Ya había escrito anteriormente varios textos sobre el tema. Ahora estoy leyendo 'L'hiver le plus longue. 1943-1944' ('El invierno más largo'. Desclée 2017). Se lee con congoja, casi como si fuera una novela coral, cuyo protagonismo es el de los judíos romanos.

Si Walbousquet pone el acento en las víctimas de la Shoah -el segundo capítulo de su libro se centra en Brasil, lugar al que muchos escapaban del horror nazi-, Riccardi lo hace en los entresijos del Vaticano en sus tomas de decisiones -algunas, muy relevantes-, que explican no pocas de ellas.

De forma, necesariamente breve, subrayaría esto: Pío XII, luego también la Curia vaticana, estuvieron puntualmente informados de la exterminación sistemática de los judíos, la Shoah. Sin embargo, Pío XII nunca lo condenó explícita y claramente, pese a la insistencia de muchos, católicos comprendidos. Aunque hay que añadir, inmediatamente, que actuó con determinación, energía y constancia en su ayuda. En vías diplomáticas y físicas, particularmente en Roma. No solo Pío XII y la Curia romana -nombró a Tardini y a Montini, futuro Papa Pablo VI-, sino también el propio pueblo romano y, subrayo por el tenor de estas líneas, parroquias, conventos y demás centros religiosos (católicos y protestantes). En el caso de los católicos, valiéndose de la territorialidad vaticana de esos centros, respetada por los nazis alemanes en general, con alguna excepción, como la invasión de la inmensa basílica de San Pablo Extramuros.

Los judíos como primeras víctimas son señaladas ya desde comienzos de 1942, como apunta un sacerdote -Pirro Scavizzi, que viajó a Polonia- en la primera de sus cuatro cartas a Pío XII, en fecha coincidente con la conferencia de Wannsee, donde se aprobó la exterminación de los judíos. Luego, antes de Wannsee, ya había comenzado la caza al judío (antes ya a los polacos).

Hay que añadir que la Iglesia se preocupó en primer lugar por ella misma, por las consecuencias que se podrían derivar de su condena al nazismo si lo condenaba expresamente. Riccardi señala que Pío XII quedó muy impresionado por las consecuencias que sufrió Holanda cuando sus obispos condenaron, con pelos y señales, las atrocidades nazis en su país. Tenía ya escrito un texto de dos páginas que quemó al saber lo sucedido en Holanda.

Ochenta años después, a no pocos, entre los que me cuento, nos cuesta entender el silencio de Pío XII. Y el argumento del mal menor no me satisface, máxime cuando lo mantuvo una vez la guerra concluida. Tampoco me basta saber que recibió infinidad de agradecimientos por parte de muchos judíos. Pero me hace pensar en tantos silencios ante el franquismo y ante ETA. Un tema quizá para otra ocasión."

Javier Elzo, Catedrático Emérito de Sociología de la Universidad de Deusto​.Este artículo, publicado originalmente en El Correo)

7/6/22

El enorme pavor al comunismo que tenía Pío XII, su creencia de que las potencias del Eje ganarían la guerra y su deseo de proteger los intereses de la Iglesia lo motivaron a no contrariar ni a Adolfo Hitler ni a Benito Mussolini, cuyos embajadores habían colaborado para ponerlo en el trono... el asesor principal del Vaticano en asuntos judíos lo exhortó en una carta a no manifestarse en contra de la orden del régimen fascista de arrestar y enviar a los campos de concentración a la mayor parte de los judíos italianos... los altos asesores de Pío XII solo intercedieron ante el embajador alemán para liberar a los “católicos no arios”. Fueron liberados cerca de 250 y más de mil fueron asesinados en Auschwitz

 "David Kertzer dejó su capuchino, se echó la mochila al hombro y fue en busca de más secretos del Vaticano.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
“Hay una parte que es como estar buscando un tesoro”, comentó Kertzer, un historiador de 74 años.

Unos momentos después, atravesó una multitud que estaba formada para ver al papa Francisco, le mostró su permiso a la Guardia Suiza y entró al archivo de la antigua sede de la Santa Inquisición.

En las últimas décadas, Kertzer ha invertido los papeles inquisidores con la Iglesia. Gracias a los propios archivos del Vaticano, este profesor de voz suave, investigador de la Universidad Brown y síndico de la Academia Estadounidense en Roma se ha convertido, sin duda, en el excavador más eficiente de los pecados ocultos del Vaticano, sobre todo de los que se cometieron justo antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

Kertzer es hijo de un rabino que participó como capellán del ejército en la liberación de Roma y creció en un hogar que había adoptado a una chica cuya familia había sido asesinada en Auschwitz. Dichos antecedentes familiares y su activismo contra la guerra de Vietnam cuando estaba en la universidad le proporcionaron una conciencia de indignación moral que fue moderada por la prudencia del intelectual.

Como resultado, su obra incluye trabajos con los que ha ganado el Premio Pulitzer, captado la imaginación de Steven Spielberg y puesto al descubierto, en ocasiones de manera muy cruda, a una de las instituciones más sombrías de la tierra.

El libro más reciente de Kertzer, The Pope at War, analiza la participación de la Iglesia en la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, lo que él considera el acontecimiento formativo de su propia vida. El libro documenta el proceso personal de toma de decisiones que llevó al papa Pío XII a no pronunciarse prácticamente para nada sobre el genocidio de Hitler y sostiene que se subestima la influencia del pontífice en la guerra. Y no de forma positiva.

“Algo de lo que quiero hacer es demostrar la importancia del papel de Pío XII”, señaló.

En 2019, Francisco, el actual papa, dijo: “La Iglesia no le teme a la historia”, cuando ordenó que se abrieran los archivos de Pío XII. Pero mientras Francisco resuelve con cuánta firmeza repudiar a un dictador, esta vez al de Rusia, Vladimir Putin, Kertzer ha descubierto algunas pruebas alarmantes sobre el costo que tiene guardar silencio acerca de asesinatos masivos.

Kertzer argumentó que el enorme pavor al comunismo que tenía Pío XII, su creencia de que las potencias del Eje ganarían la guerra y su deseo de proteger los intereses de la Iglesia lo motivaron a no contrariar ni a Adolfo Hitler ni a Benito Mussolini, cuyos embajadores habían colaborado para ponerlo en el trono. Según el libro, al papa también le preocupaba que ponerse contra el Führer alejara a millones de católicos alemanes.

El libro también revela que un príncipe alemán y nazi acérrimo fungió como canal extraoficial secreto entre Pío XII y Hitler y que el asesor principal del Vaticano en asuntos judíos lo exhortó en una carta a no manifestarse en contra de la orden del régimen fascista de arrestar y enviar a los campos de concentración a la mayor parte de los judíos italianos.

“Eso me dejó pasmado”, comentó Kertzer sobre esa carta.

Los defensores de Pío XII, cuyos argumentos a favor de su canonización siguen evaluándose, han alegado durante mucho tiempo que trabajó tras bambalinas para ayudar a los judíos y que enemigos anticatólicos han tratado de manchar a la institución mancillando al pontífice.

“Una impugnación más abierta no habría salvado a ningún judío, sino que habría hecho que murieran todavía más”, escribió Michael Hesemann, quien considera a Pío XII defensor de los judíos, en respuesta a las pruebas divulgadas por Kertzer, a quien calificó como alguien “muy sesgado”.

Hesemann, quien también es autor de un libro reciente sobre el papa de los tiempos de la guerra que se basa en los archivos del Vaticano, sostuvo que este, aunque mantuvo su posición neutral, ocultaba judíos en los conventos y distribuía fes de bautismo falsas.

Kertzer alega que los documentos descubiertos dan una imagen más matizada de Pío XII y no lo muestran ni como el monstruo antisemita a quien con frecuencia denominaban “el papa de Hitler” ni como un héroe. Pero, según Kertzer, la insistencia en proteger la reputación de Pío es reflejo de una resistencia más amplia en Italia —y entre los defensores del Vaticano— a aceptar su complicidad en la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el asesinato de los judíos de Roma.

El 16 de octubre de 1943, los nazis capturaron a más de mil judíos en toda la ciudad, incluyendo a cientos en el gueto judío, mismo que ahora es una atracción turística frecuentada por multitudes que se agasajan con las alcachofas al estilo judío cerca de la iglesia donde obligaban a los judíos a asistir a los sermones de conversión.

Los alemanes mantuvieron a los judíos durante dos días en un colegio militar cerca del Vaticano mientras revisaban quién estaba bautizado o tenía un cónyuge católico.

“No querían ofender al papa”, señaló Kertzer. En su libro demuestra que los altos asesores de Pío XII solo intercedieron ante el embajador alemán para liberar a los “católicos no arios”. Fueron liberados cerca de 250 y más de mil fueron asesinados en Auschwitz.

En una calle cercana, Kertzer se agachó junto a uno de los adoquines de latón que recuerdan a las víctimas. Sobre él se alzaba el Tempio Maggiore, la Gran Sinagoga de Roma.

“No puedo pensar en esa sinagoga”, dijo Kertzer, “sin pensar en mi padre”.

Cuando el 5º Ejército de Estados Unidos llegó a Roma, el padre de Kertzer, el teniente Morris Kertzer, un rabino nacido en Canadá, estaba con ellos y ofició en la sinagoga.

Un soldado estadounidense, un judío de Roma que había emigrado a Estados Unidos cuando Mussolini introdujo las leyes raciales en Italia, le pidió a Morris Kertzer que hiciera un anuncio para ver si su madre había sobrevivido a la guerra. El rabino colocó al soldado a su lado; cuando comenzó el servicio, se escuchó un grito y la madre del soldado corrió para abrazar a su hijo.

“Es el que más recuerdo de los relatos que contaba mi padre”, afirmó David Kertzer.

Un año antes del nacimiento de Kertzer en 1948, sus padres adoptaron a una adolescente sobreviviente de Auschwitz. Cada vez que aparecían en la televisión imágenes de soldados nazis, David y Ruth, su hermana mayor, corrían a apagar el aparato para proteger a Eva, su hermana adoptiva.

Para ese momento, su padre había llegado a ser director de asuntos interreligiosos en el Comité Judío Estadounidense principalmente para tratar de eliminar el antisemitismo de las iglesias cristianas. Como parte del trabajo de normalización, el joven David Kertzer apareció en el programa Tonight Show de Jack Paar cantando plegarias en el séder de Pésaj de la familia.

Su activismo contra la guerra de Vietnam en la Universidad Brown estuvo a punto de hacer que lo expulsaran e hizo que lo encarcelaran junto con Norman Mailer. Siguió estudiando y se enamoró tanto de la antropología como de Susan Dana, una estudiante de Religión de Maine.

Con el fin de estar cerca de ella, en 1969 se inscribió en la escuela de posgrado de la Universidad Brandeis, donde un profesor de antropología le planteó que su interés por la política y la religión encontraría tierra fértil de estudio en Italia.

Los resultados fueron un año de investigación en Bolonia, Italia, con Susan, para entonces su esposa, y su primer libro, Comrades and Christians. Después de obtener su doctorado, consiguió empleo en la Universidad Brown y en Bowdoin College, tuvo dos hijos, entabló una relación de por vida con Italia y una familiaridad cada vez mayor con los archivos italianos y luego, por casualidad, con los del Vaticano.

A principios de la década de 1990, un profesor de historia italiano le contó sobre Edgardo Mortara, un niño de 6 años de Bolonia hijo de padres judíos. En 1858, el inquisidor de la Iglesia ordenó que detuvieran al chico porque tal vez una sirvienta cristiana lo había llevado a bautizar en secreto, por lo que no podía permanecer dentro de una familia judía.

Esta historia lo condujo a lo que Kertzer llamó “un doble cambio de trayectoria”: a escribir para un público general y acerca de temas judíos.

El producto de esto fue su libro de 1998, El secuestro de Edgardo Mortara, finalista en la categoría de no ficción para el Premio Nacional del Libro. El trabajo llamó la atención de su amigo, el dramaturgo Tony Kushner, quien después se lo dio a Steven Spielberg, mismo que, a su vez, le dijo a Kertzer que quería llevarlo a la pantalla. Mark Rylance se integró al equipo para representar el papel de Pío XII y Kushner escribió el guion; ahora, todo lo que necesitaban era a un niño que hiciera el papel de Edgardo.

“Le hicieron pruebas a 4000 —no a 3900— niños de 6 a 8 años de cuatro continentes”, aseguró Kertzer. “Spielberg nos dice que no está conforme con ninguno de los chicos”

El proyecto se detuvo, pero Kertzer no. Salió de los archivos para publicar Los papas contra los judíos, acerca del papel de la Iglesia en la aparición del antisemitismo moderno. En 2014, publicó The Pope and Mussolini, en el que analiza la participación de Pío XII en el surgimiento del fascismo y las leyes raciales antisemitas de 1938. Este libro se hizo acreedor al Premio Pulitzer.

Desde entonces, los archivistas del Vaticano lo reconocen y, en ocasiones, lo alientan.

“Tal vez hasta se alegran de que alguien de fuera puede sacar esto a la luz, porque es incómodo tal vez que algunos de ellos lo hagan”, dijo.

Luego de pasar una mañana reciente en los archivos, Kertzer salió de ahí con una sonrisa infantil. Acababa de descubrir que incluso durante la ocupación alemana de Roma, el papa Pío XII seguía concentrado principalmente en los peligros del comunismo. Los más altos cardenales del papa le aconsejaron “crear un partido católico. Son los orígenes del partido Demócratas Cristianos”, dijo Kertzer, refiriéndose a una fuerza que dominaría a Italia durante décadas.

“Dudo que alguien lo haya visto antes”, dijo. “Bueno, fuera del Santo Oficio”.               ( es el jefe del buró en Roma, The New York Times, 04/06/22)

21/7/21

A las niñas indígenas, tras quedar embarazadas como consecuencia de los abusos de los responsables de las escuelas, se les arrebataba a sus bebés, que eran posteriormente arrojados a hornos para deshacerse de las pruebas... estas escuelas canadienses cerraron en 1996

 "En el viejo internado de Kamloops, en la provincia canadiense de la Columbia Británica, se descubrieron a finales del pasado mes de mayo los restos sin identificar de 215 menores indígenas. Desde entonces han aparecido más cuerpos en otros dos internados, elevando así la cifra a 1.112. Todo apunta a que el horror y la conmoción que sacuden al país no han hecho más que comenzar, ya que quedan 136 escuelas más por investigar.

Esta red de internados, llamados escuelas residenciales, fue creada en 1883 por el primer ministro John A. Macdonald con el objetivo de “civilizar” a la población indígena erradicando su cultura. Todos los niños y niñas de las tres comunidades aborígenes canadienses (First Nations, Inuit y Métis) eran arrancados a la fuerza y separados de sus familias para ser trasladados a estos internados financiados por el Gobierno y gestionados por diversas iglesias cristianas, siendo la Iglesia católica responsable de aproximadamente un 60% de estos centros. Todo esto podría parecer una historia lejana en el tiempo, como tantos otros atropellos colonialistas del siglo XIX, si no fuera porque el último de estos internados cerró sus puertas en 1996. Es decir, hace tan solo 25 años.

 Las condiciones de vida de los menores en estas escuelas eran vejatorias, inhumanas y en muchos casos constitutivas de delito: el maltrato psicológico y físico y los abusos sexuales eran frecuentes, así como los suicidios de los alumnos. Se han llegado a documentar casos de niñas a quienes, tras quedar embarazadas como consecuencia de los abusos de los responsables de las escuelas, se les arrebataba a sus bebés, que eran posteriormente arrojados a hornos para deshacerse de las pruebas.

El Gobierno de Canadá creó en 2008 la Comisión por la Verdad y la Reconciliación con el objetivo de investigar lo sucedido en estos centros, crear un espacio seguro para las víctimas y promover la reconciliación entre las comunidades indígenas y no indígenas. Tras siete años de indagar en archivos y reunirse con supervivientes, la Comisión, a cargo del senador y juez indígena Murray Sinclair, emitió un informe en el que calificaba los hechos como genocidio cultural acometido por el Gobierno canadiense. 

El actual Centro Nacional por la Verdad y la Reconciliación, que se define como “un entorno de diálogo y aprendizaje para honrar y mantener viva la historia de los supervivientes de las escuelas residenciales, así como de sus familias y comunidades”, está colaborando en varias de las excavaciones que se están llevando a cabo.

En las últimas semanas, a raíz de los descubrimientos de los cuerpos, varias iglesias canadienses han sido vandalizadas y, en algunos casos, incendiadas. Algunas estatuas de personajes históricos, desde el propio Macdonald a la reina Isabel II (actual monarca de Canadá), han sido derribadas. De modo similar a lo que sucedió el año pasado tras el asesinato de George Floyd en Minnesota, la furia por la injusticia racial ha saltado a las calles.

 Aunque parece aún pronto para augurar una catarsis colectiva con una repercusión global similar, todo parece apuntar que sí sucederá. Tras la aparición de los primeros cuerpos en Kamloops, el senador Sinclair ha avisado de que Canadá debe prepararse porque lo más duro está por llegar. En 2015, la Comisión pensaba, en base a los archivos a los que había podido acceder, que el número de cuerpos sin identificar sería cercano a 4.000 en las 139 escuelas. Por el momento han aparecido 1.112 cadáveres en tan solo tres centros.

Tanto el primer ministro, Justin Trudeau, como su antecesor Stephen Harper han pedido disculpas a la comunidad indígena por el trato sufrido en estos internados. Lo mismo han hecho responsables de algunas iglesias anglicanas, y el Papa Francisco recibirá en el Vaticano a líderes indígenas canadienses en diciembre. Por supuesto, las disculpas son imprescindibles, pero deben ir acompañadas de acciones concretas para paliar el dolor de las víctimas, compensarlas por el daño causado y asegurar que desaparezca la violencia sistémica que continúa sufriendo la población indígena.

¿Es posible que Canadá, aun con los impedimentos legales por parte del Gobierno y las diferentes administraciones, esté mostrando el camino de lo que debería hacerse en otros países? En junio de 1936, Federico García Lorca afirmaba en una entrevista al diario El Sol: “Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”.

 Al cumplirse este verano 85 años de su muerte, y a pesar de las excavaciones realizadas hasta el momento, aún se desconoce el paradero del cuerpo del poeta, como el de miles de niños indígenas en Canadá, solo que en el caso de estos menores ni siquiera constaba que habían muerto. El horror que se está desenterrando en Canadá es indescriptible, pero dolorosamente necesario. Como dijo el primer ministro Trudeau hace unos días, con motivo del día nacional de Canadá “debemos ser honestos con nosotros mismos y nuestra historia, porque para poder trazar un nuevo y mejor camino hacia adelante tenemos que admitir los terribles errores de nuestro pasado”.               (Ernesto Filardi, El País, 10/07/21)

28/11/19

Don Juan Moreno Cubas, cura nacido en Juncalillo, limpiaba la pistola marca Astra 400, siempre después de los fusilamientos...

"Don Juan Moreno Cubas, cura nacido en Juncalillo, limpiaba la pistola marca Astra 400, siempre después de los fusilamientos, el tiro de gracia con una buena Santa Unción le parecía el mejor remedio para aliviar las almas de aquellos rojos miserables, no le temblaba el pulso cuando apuntaba a la nuca de los acribillados a balazos, momentos antes de la detonación se le escuchaban los rezos entre susurros: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”. “Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”. 

El párroco del Carmen bajaba siempre andando la calle Faro de La Isleta cuando venía del campo de tiro, la sotana le rozaba el suelo y arrastraba los cigarros Virginio que los hombres tiraban, en los días de lluvia se la levantaba para que no se le mojara en los charcos: "parece una mujer", decían los chiquillos descalzos que vivían en el viejo barrio obrero. Él se enojaba y les lanzaba improperios: "Hijos de Satanás", les decía, mientras se metía en el bar de Cabuco a echarse unos rones de El Charco después de las ejecuciones. 

Cuando entraba se hacía el silencio, algunos se le acercaban y se arrodillaban para que les diera la bendición, el sacerdote oliendo a alcohol les decía el rezado típico de la consagración. Otros se levantaban en silencio y se marchaban con la cara repleta de odio al conocer el "oficio" del clérigo, de como le destrozaba la tapa de los sesos a tantos hombres inocentes.
Tras varias horas bebiendo se iba siempre sin pagar, el tendero lo miraba con desprecio disimulado con alguna sonrisa ocasional, tras beberse dos botellas de licor, nunca comía nada, se asomaba tambaleándose a la puerta si pasaba alguna joven, se entretenía mirándole el culo, luego se santiguaba y volvía a la barra a seguir libando el aguardiente. 
La sotana solía tener manchas de sangre de los momentos en que le estallaba el cráneo a los condenados a muerte, la pistola al cinto brillaba con los rayos del sol, sobre las seis de la tarde partía, el bar casi vacío, solo quedaban algunos falangistas que alcoholizados hablaban de los últimos asesinatos cometidos en algún rincón de la isla.
Don Juan salivaba, a veces vomitaba en alguna esquina, caminaba en silencio por la calle Albareda y al pasar junto a la sede central de Falange levantaba el brazo y entonaba un ronco ¡Arriba España! Los días en que el alcohol no lo tumbaba se iba de putas a la casa de Doña Flora, el viejo chalé junto a la Playa de Las Canteras pasando La Puntilla. Allí lo conocían y no le cobraban los servicios. El prefería las niñas jóvenes, la madame se las buscaba: "Tiene que avisar antes don Juan, no es fácil tener buen material en estos días de guerra", le decía con cierto tono de enfado, el cura la miraba con gesto serio, parecía que de repente comenzaría a lanzar uno de sus agresivos y moralistas sermones, sin embargo se callaba, sonreía, mientras en una libreta miraba eructando las fechas de los nuevos fusilamientos."                   (Viajando entre la tormenta, 14/11/19)

13/6/18

Las 15.000 esclavas holandesas de las Hermanas del Buen Pastor

"Mi tutora, la señorita Van de Biggelaar, me llevó en tren hasta Almelo [en el este de Holanda]. En Tilburgo, al menos tenía un nombre que coser en la etiqueta de mi ropa, pero al llegar a Almelo me convertí en un número más", cuenta Jo Keepers, de 76 años. Hija de un padre alcohólico y maltratador, ella es una de las miles de víctimas holandesas de los trabajos forzados no remunerados de la orden católica Hermanas del Buen Pastor.

Al menos 15.000 niñas y mujeres, en su mayoría prostitutas, madres solteras o discapacitadas, trabajaron en condiciones de esclavitud entre 1860 y 1973 en las lavanderías y talleres de costura de esta congregación en Holanda, según una investigación de años realizada por el medio holandés NRC.

Las monjas, establecidas en los llamados "refugios del amor" en las ciudades de Almelo, Tilburgo, Zoeterwoude y Gelderland, vivían de tareas de la costura comercial. Todas las esclavas que tenían a su disposición elaboraron durante décadas todo tipo de indumentarias. Desde ropa de bebé hasta prendas para los militares, pasando por chalecos de fuerza para instituciones psiquiátricas o camisas especiales para compañías determinadas.

Esta orden religiosa ya se vio implicada en un escándalo semejante en Irlanda, donde participaban en la gestión de las llamadas "lavanderías de las Magdalenas". Allí, unas 10.000 mujeres jóvenes, muchas de ellas madres solteras, fueron detenidas y forzadas a trabajar en las lavanderías que comenzaron a operar en la década de 1920 e incluso seguían vigentes hasta 1996, según un informe del Gobierno de Dublín.

A los trabajos de lavandería se sumaba el bordado. Según el Archivo holandés de la Vida Conventual, que guarda también objetos, en El Buen Pastor se bordaba para la Casa Real. “Se presume que para la entonces princesa Juliana (abuela del actual rey Guillermo)”. Parte del lavado y almidonado de manteles del Palacio het Loo, residencia oficial de Juliana, también se hizo en los conventos de la orden.

En el caso holandés, las monjas proveían con sus productos a las fábricas textiles, empresas de moda, hoteles, hospitales, particulares, la Iglesia y el propio Gobierno. La investigación de NRC incluye testimonios de varias víctimas y eleva su cifra a al menos 15.000 personas. Contactas por Efe, algunas de estas personas explican que por su estado de salud y edad prefieren no rememorar aquella época de nuevo hasta el día que tengan que dar testimonio ante un tribunal.

Una de ellas es Margot Verhagen, de 85 años. Su padre murió en la Segunda Guerra Mundial y su madre falleció en 1950, cuando ella tenía 17 años y seis hermanos. Verhagen se quedó con una de sus tías, pero pocos días después, dos policías y una mujer de protección de menores la trasladaron a la institución del Buen Pastor en Velp, donde las hermanas la pusieron a trabajar desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, recuerda.

Verhagen, nacida en La Haya, asegura en el medio holandés que no solo fue sometida a los trabajos forzados en las lavanderías "una cultura normal de esa época", apostilla sino que dice haber sido violada por el rector de la institución. El episodio, según ella, quedó impune porque las esclavas no tenían voz, ni voto, ni derecho a quejarse.

Se les consideraba niñas y mujeres "perdidas" cuando quedaban embarazadas fuera del matrimonio, huérfanas, abandonadas, maltratadas, discapacitadas o condenadas por un delito menor. En esos casos, su ingreso en la Hermandad era considerada "la única solución", refiere Verhagen. Nunca recibieron un salario por esas labores, aunque una vez al año las monjas les entregaban un billete de cartón, una especie de moneda ficticia con la que podían comprar dulces o comida en los puestos del mercado de la Hermandad.

Jo Keepers  también intentó escapar varias veces del centro de Almelo, pero siempre acababa detenida por la policía y castigada luego por las monjas, hasta que finalmente lo logró el 20 de marzo de 1960, fecha que marca en el calendario como el día de su liberación. Hasta la década de 1970, las niñas, generalmente en contra de su voluntad, fueron colocadas en las instituciones por el Gobierno (como en el caso irlandés), las asociaciones de tutela, protección infantil o los propios padres.

Algunas víctimas recurrieron la semana pasada a los juzgados para exigirle al propio Ejecutivo que reconozca el daño causado por esta Hermandad y les pague los salarios pendientes porque consideran que el Estado es en parte responsable de la falta de humanidad en la que fueron obligadas a trabajar.
Las denuncias efectuadas ahora son formales, pero las críticas contra las prácticas de las Hermanas del Buen Pastor ha aparecido en Holanda en libros y documentales a lo largo del tiempo.

El goteo con declaraciones de las afectadas se remonta a 1930, cuando dos de las antiguas esclavas contaron su doloroso pasado. Una decena se animaron luego a hacerlo en diarios, semanarios y libros, pero no hubo reacción oficial por considerarse “propaganda anticatólica”. La Real Biblioteca Nacional guarda todos estos documentos, que constituyen una de las principales fuentes de información histórica de lo ocurrido, Sin embargo, como las autoridades se inhibieron, la situación se prolongó hasta los años setenta. 

Las monjas se apartaron entonces de los centros que dirigían. Las últimas, ya ancianas, viven en residencias, pero la congregación vendió en el país sus inmuebles y posesiones por millones de euros. Uno de los edificios de su propiedad tenía 14 hectáreas, y en 2004, cerraron un trato con una inmobiliaria dispuesta a construir al menos 83 apartamentos.

Este caso judicial está apoyado por la plataforma holandesa de niños víctimas de abusos religiosos (VPKK, en sus siglas en neerlandés), que también exige al Gobierno que realice una investigación independiente sobre aquella explotación y determine el papel que tuve el Ejecutivo durante esa etapa. En una carta publicada el año pasado, las Hermanas se disculparon ante sus víctimas pero se niegan a pagar las indemnizaciones porque consideran que todo ha prescrito y señalan que han pasado "muchos años".

El trabajo en los talleres de lavanderías y de costura, un modelo de ingreso que enriqueció a la congregación religiosa, era considerado por las autoridades como un 'trabajo de terapia' y penitencia. El jardín del edificio de la Hermandad estaba cercado con alambre para evitar que las chicas escapasen de manos de las religiosas.

El Buen Pastor, llegó a tener cuatro residencias en Holanda y aparece asimismo entre las 800 denuncias estudiadas desde 2016 por la comisión que investiga la violencia en centros de menores. Los casos incluyen abusos, físicos, psíquicos y sexuales desde 1945, y cuatro víctimas de los trabajos forzosos impuestos por las monjas han remitido sus biografías. Como los afectados pueden acudir a la comisión hasta enero de 2019, la orden religiosa ha asegurado que “está dispuesta a ponerse en contacto con los investigadores”.

 Micha de Winter, catedrático de Pedagogía, dirige ese equipo de expertos y ha reconocido ya el carácter “estructural del abuso”. “Si nos dan su permiso, aprovecharemos sus historias para investigar a fondo la época y lo ocurrido. Si una vez puesta la denuncia precisan ayuda, pueden acudir a la asociación que presta ayuda a víctimas de abusos en el país”, añade.

La VPKK, que apoya a las cinco denunciantes, está compuesta por un grupo de cinco juristas, expertas en ética y pedagogía que dan voz “a las mujeres sometidas también por otras mujeres, además de sacerdotes o capellanes, en internados, congregaciones y otras instancias religiosas”.

 A través de su cuenta de Facebook anima a las víctimas a ponerse en contacto, “porque algo así puede pasarle a cualquier chica y es preciso contar la verdad de unos hechos bochornosos”. Se ocupan a su vez de los afectados varones porque, según explican “lo peor es que nadie te crea o reconozca lo ocurrido”.            (Imane Rachidi, Isabel Ferrer, El País, 12/06/18)

21/4/16

La Iglesia Católica actuó como una "verdadera policía político-social", durante la guerra civil y en la postguerra

"(...) la jerarquía eclesiástica ha dedicado un gran esfuerzo a honrar la memoria de sus mártires. Los fondos Biblioteca Nacional son prueba del afán de los religiosos en este aspecto. 

En concreto, cabe la pena resaltarlo una y otra vez, entre 1936 y 1939 fueron asesinados en España 6.629 religiosos, según la investigación del obispo Antonio Montero en la Historia de la persecución religiosa en España. Una cifra más que importante pero que, no obstante, sirvió para desmentir la propia propaganda franquista, que hablaba de 16.750 asesinatos. 

La otra memoria histórica, la de los vencidos y la de los supuestos herejes ha gustado menos en la jerarquía católica, que continúa sin permitir el libre acceso de investigadores e historiadores a los archivos y expedientes personales de la época. 

Por ello, a día de hoy, continúan siendo necesarios libros como Por la religión y por la patria (Crítica), que acaban de publicar los historiadores Francisco Espinosa y José María García Márquez y que trata de poner luz en un asunto silenciado desde púlpitos, pasillos y despachos. 

Entre 1936 y 1939 fueron asesinados en España 6.629 religiosos

"A nivel histórico ya es conocido que la Iglesia participó gustosamente en 'la cruzada'. Este libro, en cambio, permitirá al lector encontrar historias reales de curas en la Guerra Civil detallando en qué medida participaron, cómo lo hicieron y recopilando toda una serie de historias personales diferentes", señala a Público Francisco Espinosa, coautor del ensayo.

La obra busca, como señala el historiador Ángel Viñas en una reseña de su blog, mostrar al lector "la otra cara de la moneda" de la represión religiosa; "la participación activa, indecorosa, vil, de numerosos clérigos en el asesinato y persecución que efectuaron los militares, la Guardia Civil, la Policía, la Falange y las demás fuerzas en una operación destinada a sembrar el terror en los territorios bajo control de los sublevados y a liquidar físicamente a la anti-España".

En esta búsqueda, los autores establecen una tipología de las diferentes formas en la que los sacerdotes participaron en la Guerra Civil. Así, se dan ejemplos de aquellos curas que participaron directamente en la 'caza del rojo'; de los que dieron falso testimonio sobre el comportamiento de izquierdistas de cara a los consejos de guerra; los que alentaron desde los púlpitos y los micrófonos de radio a los que cometían barbaridades; y también da buena cuenta de otro grupo de religiosos que no dudaron en defender a la República y que también fueron castigados por las fuerzas sublevadas.

"En el libro se acredita que la Iglesia española colaboró con el fascismo y que formó parte importante de la represión de muy diferentes maneras. Hay un mosaico enorme que hemos podido documentar aunque sin duda alguna su papel más relevante fue su masiva intervención en la elaboración de informes sobre sus fieles", explica a este medio José María García Márquez, que afirma que la Iglesia actuó como una "verdadera policía político-social".

La obra busca mostrar al lector la otra cara de la represión religiosa 

Entre los numerosos casos documentados en la obra se encuentra el caso del navarro Padre Vicente, un capellán castrense de la Legión que fue descrito por el británico Peter Kemp como "el hombre más arrojado y sanguinario" que vio jamás en España. Kemp era un joven tory de ideas ultraconservadoras que luchó junto a los requetés y la legión y decidió publicar sus experiencias en 1937. 

El historiador inglés Southworth recuperó el relato de este combatiente que en su obra aludía al deseo de sangre del capellán, quien le apremiaba "con sus gritos a que disparara" contra los republicanos y cómo, aún después de alejarse de su lado, escuchaba al cura decir: "¡No le dejes que se escape! ¡No le dejes que se escape! ¡Dispara, hombre, dispara! ¡Le cazaste!".

La obra recoge también el caso del jesuita Bernabé Copado, que fue capellán militar con la Columna Redondo, que adopta el nombre de su líder, "un fanático militar carlista que había dejado el ejército acogiéndose a la generosa Ley Azaña". Al cura pertenecen estas palabras que se recogen en la obra Con la Columna Redondo. Combates y conquistas. 

Crónica de güera (1937):"Es consolador ver cómo mueren muchos, mejor dicho, la totalidad. Todos se confiesan y algunas de las muertes han sido edificantes y sobremanera consoladoras. En Cortegana fueron fusilados en una noche seis, entre ellos estaba un médico, muchacho de veintiséis años, que hacía once meses se había casado y tenía un hijo de cinco días. 

Cuando llegamos al lugar del fusilamiento a las dos de la madrugada, los seis me abrazaron; recibieron de nuevo la absolución y el médico, en nombre de los demás, me dijo que morían consolados y con la esperanza de que habíamos de hacer una España grande, ya que los políticos y ellos la habían destrozado, y que por esto ofrecían sus vidas y su sangre".

"Habíamos de hacer una España grande" 

El 26 de junio de 1923 Eijo Garay fue nombrado obispo de Madrid-Alcalá y permanecería en el cargo durante cuarenta años. Suyas son estas palabras que se publicaron en la revista Martín Códax: "Dios está entre nosotros. Dios está con Falange. Y la Falange, que ayuda en los frentes a ganar la guerra y prodiga en la retaguardia la caridad cristiana, salvará a España". También se conoce de este obispo la contestación que dio a cuatro esposas de condenados a muerte en 1941 cuando éstas le pidieron clemencia.

"Muy señoras mías: En contestación a su carta, pidiéndome que intervenga a favor de sus familiares condenados a dar cuenta a Dios de sus culpas, siento mucho manifestar a ustedes, que no me es posible hacer otra cosa en su favor que rogar a Dios Nuestro Señor que les dé lo que más le convenga...", contestó el religioso.

La obra recoge el siguiente pasaje de las memorias de Jesús Pueyo Maisterra, de Uncastillo (Zaragoza). "Otros de los sucesos más horribles, que tuvimos que presenciar, fue el fusilamiento de Basilia Casaus, que tenía 19 años y que estaba embarazada de gemelos, según el médico le faltaban entre una o dos semanas para dar a luz.

 Teniendo en cuenta el pronóstico del médico, la Guardia Civil aceptó esperar para fusilarla. También la Falange decidió esperar. Pero su primo, que era sacerdote, se negó a prorrogar la sentencia y en contra de la decisión del médico Don Jesús, de la Guardia Civil y de la Falange, dijo: 'Hay que fusilarla, muerto el animal, muerta la rabia', y fue fusilado frente al castillo de Sádaba".

En el capítulo Un país poblado de curas fascistas se recoge el discurso radiofónico del padre Carballo: "Ayer, día de la Asunción, se celebraron en todos los frentes y todas las ciudades reconquistadas a los 'rojos' solemnes misas de gloria a la religión civilizadora de nuestra patria.

 Nuestro glorioso ejército, la guardia civil, los requetés y las centurias falangistas, así como toda la población fiel a España, se postró fervorosamente, besando el crucifijo y llorando de emoción por la próxima caída de Madrid, después de destruir a su paso la impiedad moscovita, cuyos prisioneros, momentos antes de ser fusilados por nuestros bravos legionarios de África, besaron los símbolos sacrosantos de la religión entre protestas de arrepentimiento.

"¡Dispara, hombre, dispara! ¡Le cazaste!" Recemos todos por la salvación de España contra el poder extranjero de las logias que no conocen la piedad y el amor. Ayer tuve la satisfacción de ver con mis propios ojos los efectos del bombardeo de los aeródromos de Cuatro Vientos y de Getafe y cómo bajaban los 'rojos' con camiones y los llenaban de cadáveres. Ayer fue un día de verdadero gozo para la cristiandad caritativa y generosa".

La obra de Espinosa y García Márquez incluye un capítulo dedicado a desmontar mitos sobre algunos religiosos y sus supuestas bondades durante la Guerra Civil, que las investigaciones posteriores han permitido poner en evidencia. Este es el caso del arzobispo de Zaragoza Arzobispo Rigoberto Doménech, quien tiene una calle a su nombre en Zaragoza. Su nombre aparece en las memorias del médico Pablo Uriel, que estuvo en la prisión militar de San Gregorio.

Según rezan sus memorias, un sacerdote, el padre Gómez, intentó mediar por Leonardo Navarro, un joven de Izquierda Republicana recluido en la mencionada prisión. El religioso habló primero con los militares sin éxito alguno y después se dirigió a su arzobispo, Rigoberto Doménech, quien un tanto molesto le dijo que "si el rigor de la represión era excesivo, esa era una cuestión en la que ellos no podían intervenir" y que "de ningún modo debía el sacerdote discutir con esas autoridades la legitimidad de su conducta en la represión".
"Dios está entre nosotros. Dios está con Falange.
El joven Leonardo Navarro fue finalmente asesinado y el padre Gómez fue detenido después de varios sermones que fueron considerados poco acordes con el Nuevo Orden, según señala la obra.

El historiador Julián Casanova en La Iglesia de Franco (Editorial Crítica) también recoge unas declaraciones de este religioso, apenas un mes después del inicio del conflicto: "La violencia no se hace en servicio de la anarquía, sino lícitamente en beneficio del orden, la Patria y la Religión".

El cura de Nierva (Segovia) escribió el siguiente informe sobre el maestro Mariano Domínguez, asesinado en agosto de 1936: "Nunca cumplió con sus deberes cristianos, en la labor en la escuela antirreligiosa y antipatriótica en grado supremo, poseía ideas avanzadas y pertenecía a grupos políticas de extrema izquierda, todo ello comprobadísimo y desgraciadamente palpable en el pueblo y en los niños, y por documentos escritos de su puño y letra, algunos de ellos obran en mi poder, era suscriptor de El Liberal y en su biblioteca y en la de la escuela había un gran número de libros perversos contra la moralidad y contra la Patria".               (Alejandro Torrús, Público, 27/07/14)

29/12/14

En la maternidad de Peñagrande se tiraban por las escaleras. La realidad era insoportable

"(...) Durante los cuarenta años de franquismo y hasta mediados de los 80 decenas de miles de menores pasaron por centros a cargo del Patronato de Protección de la Mujer por ser consideradas “caídas o en riesgo de caer”, una vara de medir ambigua y en sintonía con la moral de la época que consideraba inmoral desde vestir falda corta, besarse en público, acudir a una manifestación o contestar a los progenitores. (...)

"España estaba ocupada en su transición e ignoró por completo a las menores encerradas, ajenas a una realidad oculta bajo los muros de su propia vergüenza”.

 De esta manera arranca Las desterradas hijas de Eva, una obra que la escritora catalana Consuelo García del Cid juró escribir cuando se despidió de todas sus compañeras de destierro en el patio del reformatorio de Las Adoratrices, en el que estuvo encerrada durante dos años. Una promesa de la autora que hoy es una realidad que quiere que ser difunda.

Porque lo que vivimos muchas jóvenes, ahora ya mujeres, fue un destierro. La labor de estos centros era la de apartar a las menores de su entorno, arrancarlas de su casa y aislarlas del mundo. Y de Eva, porque Eva era un nombre mal visto en la época franquista y yo recordé entonces una frase de la Salve que es: “A ti clamamos…las desterradas hijas de Eva”.

 Es que además no solamente era el encierro de las menores en los reformatorios, sino que la que no se adecuaba a las normas terminaba en un manicomio y se le tachaba de enferma mental, cuando no lo estaban, en Ciempozuelos. Y justamente este psiquiátrico de Ciempozuelos tenía un ala que la llamaban la de las “patronatas”. Jóvenes que entraban ahí sin un diagnóstico claro y que estaban encerradas.(...)

 El patronato de la mujer asumía la guardia y custodia de las que llamaban "caídas o en riesgo de caer” con una mayoría de edad fijada en los 25 años. Si una menor estaba bajo la tutela del patronato les pertenecía y la estancia allí dependía directamente de tu comportamiento y de los informes de las monjas, que les cayeras mejor o peor o fueras más o menos obediente, rezaras más o menos.

Era una institución fascista dependiente del Ministerio de Justicia y dirigida por Carmen Polo de Franco en la que se criminalizaba a la mujer, se la encerraba y se la sometía. Menores de todos los puntos del país, repudiadas por sus padres muchas veces, o denunciadas por cometer algún acto considerado impúdico por aquél entonces, podían caer en las redes de los centros del patronato en los que sufrían todo tipo de vejaciones, encierro y trabajo casi esclavo incluso estando embarazadas.

El sistema era como el penitenciario. Te podían ir cambiando de centro cuando les diera la gana. El traslado era una manera de castigo, te llevaban a uno de la misma orden pero más severo. Ellos querían evitar que se entablaran amistades. No querían grupos. No querían nada que fuera significativo. Existía el castigo del aislamiento, habitaciones acolchadas, intentaban anularnos, insertarse su moral. (...)

En Las Adoratrices, centro en el que estuve yo encerrada, el curso de Auxiliar de Clínica, lo impartía el Doctor Vela y yo le veía todas las tardes. Vela estaba claramente relacionado con el Patronato. El día que le vi en la tele implicado en la trama de robo de bebés entendí muchas cosas. (...)

¿Qué entendían por “caídas o en riesgo de caer”?¿Qué tipo de jóvenes cumplían éste ambiguo perfil?

Pues la verdad que cualquier cosa. Porque esto hay que trasladarlo a la época franquista. Entonces la vara de medir iba en función de su moral. Entonces desde ir a una manifestación, llevar una falda corta, fumar por la calle, no ir a clase, besarte con un chico en público, hasta llevar un bikini o contestarle a tu padre. 

Bueno y quedarte embarazada ya era lo peor que te podía pasar. Se quiso crear un patrón moral femenino. Y ese patrón que ya estaba creado lo impone a la fuerza el Patronato de protección a la mujer, presidida por Carmen Polo de Franco.  (...)

Muchas terminaban en manicomios y ellas no tenían problemas psiquiátricos. Otras entraban con depresión que les generaba el infierno en el que vivían. Pero esto no se cuestionaba. O eras una puta, una terrorista o estabas loca, no había más. Lo fuerte es que se extendió hasta el 84. Es algo increíble. Hay mucha gente que lo niega, claro.

Las muertes se camuflaban. El Patronato se cerró por la muerte de una interna en San Fernando, que se suicidó. ¿Pero cuántas se mataron en silencio? Cuando se suicidó la chica en San Fernando en el 84  se intentó maquillar como un intento de fuga y hubo muchos suicidios. 

En la maternidad de Peñagrande se tiraban por las escaleras. La realidad era insoportable. Las que te dicen que no era para tanto era porque en su casa estaban peor. Por ejemplo, llegaban niñas de 12 años que aún jugaban con muñecas y nadie se preguntaba nada. (...)

Usted estuvo en uno de estos reformatorios, ¿cómo llegó ahí?

Yo era de pago. Mi familia pagó mi estancia ahí. Me detuvieron en una manifestación en defensa de Salvador Puig Antich en Barcelona. El médico de cabecera de mi familia de toda la vida entró en mi habitación, me puso una intravenosa y me desperté en Madrid, desorientada y sin saber qué había pasado. 

Algo que hoy en día sería ilegal, un escándalo, pero en aquella época se hacía con total impunidad. Yo tenía ideas políticas, estaba en contra del régimen. Me prohibían hablar porque para ellos yo tenía el demonio en el cuerpo. Me decían que era nociva y podía dañar el espíritu de las demás y llegó un momento en el que casi me lo creo. Mi problema era que pensaba. Estuve dos años, desde los 15 a los 17.  (...)

Menciona también que durante la investigación le cerraron muchas puertas incluso organizaciones y personas que se suponían a favor de la lucha por la memoria histórica

Me cerraron todas las puertas. Porque cuando yo empiezo, que lo hago completamente sola, no tenía nada y necesitaba documentar todo. Y fue una labor complicadísima. “No te metas en esto” o “deja este tema, estás loca” fueron las frases que más tuve que escuchar. Me sorprendió que personas que se suponía que estaban implicadas en la defensa de la memoria histórica me dijeran “no te metas en esto, esto es peligroso”. Poco a poco lo entendí. 

Cuando empiezas a manejar documentación y empiezas a ver nombres de personas implicadas que viven y que tienen incluso cargos importantes, como miembros activos del Partido Popular que no han perdido su estatus, los médicos a los que no les ha pasado nada... Es algo que estaba ahí oculto y obviamente nadie quería que saliera a la luz. (...)

Mientras investigaba y se documentaba sobre la maternidad de Peñagrande y los centros dependientes del Patronato se topó con la impactante historia de los preventorios…

Sí. No había escuchado la palabra preventorio en mi vida. Fue gracias al testimonio de una mujer, Icíar, que había estado en la maternidad de Peñagrande y que en uno de los encuentros que tuvimos me contó que de pequeña había estado en un preventorio, concretamente en el de Doctor Murillo de Guadarrama.

 Me contó lo que se vivía a en estos macabros centros y yo aluciné. Tanto que modifiqué el libro, que tenía ya casi listo para entregar, y agregué el tema de los preventorios, que eran auténticos campos de concentración para niños, al más puro estilo nazi. 

¿Existió una idea común de adoctrinamiento en éstos centros, tanto de los reformatorios y las maternidades como en los preventorios?

Sí, era un método adoctrinador desde la infancia. Era el patrón nacional impuesto por el régimen. Se adoctrinaban desde la infancia. Querían anularnos y formarnos en los valores de su moral, que imponían y era la única que daban por válida. (...)

Yo poco a poco fui asimilando que España era una especie de gran campo represor.

Las mujeres salían de los centros estigmatizadas y marcadas para el resto de su vida. Esto se debe saber. Yo estuve allí, yo soy una de ellas. Me movilizó mucho el proceso de escritura de Las desterradas hijas de Eva, pero sin duda si para algo me sirvió es para convertir en causa lo que vivimos. 

Si  alguien me ha ayudado han sido las víctimas, estamos unidas por lo que nos paso. No es solo un libro, es ya una causa, nadie se queda indiferente."             (Público, 27/12/2014)

10/10/14

No puedo ver sin llorar los rostros de esos niños a los que amenazan con dejar sin leche si yo no me convierto


"Matilde Landa prefirió la muerte. La dictadura franquista ofreció a la dirigente comunista mejoras en la alimentación de los hijos de las presas del penal de Mallorca a cambio de su bautismo y conversión al catolicismo. Matilde eligió sus principios. El 26 de septiembre de 1942, día que estaba prevista la ceremonia de bautismo, Landa se precipitó por la terraza hacia el patio interior de la prisión. Se suicidó. 

En los 45 minutos que duró la agonía de Landa, completamente inconsciente, las autoridades eclesiásticas de Illes Balears aprovecharon para bautizarla en articulo mortis. 
Minutos antes de su suicidio, Landa escribió una carta a su hija donde, de manera encubierta, se despedió de ella rogándole perdón. 

La ceremonia de su bautizo ya estaba preparada. "Hoy es el gran día, dicen. Doña Bárbara, otras señoras de Acción Católica y las monjitas andarán relamiéndose con el triunfo. El dolor del pecho no me deja pensar, Carmencilla; pero no creo que el aceite alcanforado alivie mi sufrimiento, porque otro dolor, más hondo, es el que me acucia (...)".

"No puedo ver sin llorar los rostros de esos niños a los que amenazan con dejar sin leche si yo no me convierto -prosigue la misiva- Tú sabes, Camencilla, lo mucho que me preocupan los niños, los más desgraciados, con sus corazoncitos, tan sensibles y tan a merced de los caprichos de los mayores. No puedo, no puedo aceptarlo. Sería como prostituirme. Ay, esos niños... ¿Será lo mío un capricho? (...) Quien sobra soy yo. (...) 

Espero que me sigas queriendo y que te acuerdes de mí a pesar de lo que te cuenten, a pesar de lo que voy a hacer. Que tú, mi niña, mi chiquitina, y esos pobres niños me perdonéis", escribió Landa antes de su suicidio en una carta que recoge Antoni Tugores en la obra Víctimes invisibles. 

En esa misma misiva, Matilde Landa recordaba lo mucho que echaba de menos leer los versos que el poeta Miguel Hernández le había dedicado. (...)

Eran los años en los que la popularidad de Matilde Landa crecía sin parar. Un año antes, en 1937, Matilde había sido voluntaria en el Socorro Rojo Internacional, donde colaboró en la evacuación de Málaga. Cuando estalló la Guerra, Landa se incorporó a las tareas sanitarias en un hospital de guerra de Madrid. 

 El activista italiano Vittorio Vidali "Comandante Carlos" había señalado que si tuviera que escribir la historia de la Guerra Civil española bastaría con dos biografías: la de Antonio Machado y la Matilde. 

Con la victoria del ejército de Francisco Franco sobre la República, Matilde Landa se quedó en Madrid para reconstruir desde dentro el PCE. El 4 de abril de 1939 fue detenida mientras preparaba la huida de dos compañeros del partido. Tras ser sometida a un Consejo de Guerra, fue condenada a muerte. Antes, le habían ofrecido salir libre si renegaba públicamente del PCE. También se había negado. 

Condenada a muerte, Matilde ingresó en la cárcel de Ventas de Madrid, donde permanecían alrededor de 10.000 presas. Desde dentro, con el permiso de la directora de la prisión, compañera de la residencia de estudiantes, montó la llamada Oficina de Penadas, que se encontraba en su misma celda. Se trataba de una máquina de escribir en la que Matilde escribía recursos para que sus compañeras no fueran fusiladas una vez escuchados sus casos. 

En poco tiempo se convirtió en la reclusa más carismática. La joven comunista se había convertido en un símbolo de dignidad y resistencia para sus compañeras reclusas. Un amigo de la familia, cercano al régimen franquista, intercedió para que no fuera ejecutada. A cambio, el régimen la condenó a 30 años de prisión que debían cumplirse fuera de la península. Fue entonces cuando trasladaron a Landa a Mallorca. Era el mes de agosto de 1940. 

Landa se convirtió entonces en el objetivo propagandístico de la Iglesia balear. Su conversión al catolicismo sería una gran arma propagandística y minaría la moral de los vencidos. No bastaba con vencer. Había que humillar y convertir a los derrotados. Matilde fue apartada del resto de presos y sólo podía hablar con Bárbara Pons, de Acción Católica, quien se encargaba de que finalmente aceptara la conversión al catolicismo. Matilde Landa prefirió la muerte."               (Público, 18/08/2013)

29/7/14

Curas que participaron directamente en la 'caza del rojo'

"La Iglesia católica española nunca ha rehuido la memoria histórica. Al menos la propia. De hecho, la jerarquía eclesiástica ha dedicado un gran esfuerzo a honrar la memoria de sus mártires. Los fondos Biblioteca Nacional son prueba del afán de los religiosos en este aspecto. 

En concreto, cabe la pena resaltarlo una y otra vez, entre 1936 y 1939 fueron asesinados en España 6.629 religiosos, según la investigación del obispo Antonio Montero en la Historia de la persecución religiosa en España. Una cifra más que importante pero que, no obstante, sirvió para desmentir la propia propaganda franquista, que hablaba de 16.750 asesinatos.  (...)

Por ello, a día de hoy, continúan siendo necesarios libros como Por la religión y por la patria (Crítica), que acaban de publicar los historiadores Francisco Espinosa y José María García Márquez y que trata de poner luz en un asunto silenciado desde púlpitos, pasillos y despachos. 

"A nivel histórico ya es conocido que la Iglesia participó gustosamente en 'la cruzada'. Este libro, en cambio, permitirá al lector encontrar historias reales de curas en la Guerra Civil detallando en qué medida participaron, cómo lo hicieron y recopilando toda una serie de historias personales diferentes", señala a Público Francisco Espinosa, coautor del ensayo.

 En esta búsqueda, los autores establecen una tipología de las diferentes formas en la que los sacerdotes participaron en la Guerra Civil. Así, se dan ejemplos de aquellos curas que participaron directamente en la 'caza del rojo'; de los que dieron falso testimonio sobre el comportamiento de izquierdistas de cara a los consejos de guerra; los que alentaron desde los púlpitos y los micrófonos de radio a los que cometían barbaridades; y también da buena cuenta de otro grupo de religiosos que no dudaron en defender a la República y que también fueron castigados por las fuerzas sublevadas."En el libro se acredita que la Iglesia española colaboró con el fascismo y que formó parte importante de la represión de muy diferentes maneras. 

Hay un mosaico enorme que hemos podido documentar aunque sin duda alguna su papel más relevante fue su masiva intervención en la elaboración de informes sobre sus fieles", explica a este medio José María García Márquez, que afirma que la Iglesia actuó como una "verdadera policía político-social".

 Entre los numerosos casos documentados en la obra se encuentra el caso del navarro Padre Vicente, un capellán castrense de la Legión que fue descrito por el británico Peter Kemp como "el hombre más arrojado y sanguinario" que vio jamás en España. Kemp era un joven tory de ideas ultraconservadoras que luchó junto a los requetés y la legión y decidió publicar sus experiencias en 1937.

 El historiador inglés Southworth recuperó el relato de este combatiente que en su obra aludía al deseo de sangre del capellán, quien le apremiaba "con sus gritos a que disparara" contra los republicanos y cómo, aún después de alejarse de su lado, escuchaba al cura decir: "¡No le dejes que se escape! ¡No le dejes que se escape! ¡Dispara, hombre, dispara! ¡Le cazaste!".  (...)

El 26 de junio de 1923 Eijo Garay fue nombrado obispo de Madrid-Alcalá y permanecería en el cargo durante cuarenta años. Suyas son estas palabras que se publicaron en la revista Martín Códax: "Dios está entre nosotros. Dios está con Falange. Y la Falange, que ayuda en los frentes a ganar la guerra y prodiga en la retaguardia la caridad cristiana, salvará a España". También se conoce de este obispo la contestación que dio a cuatro esposas de condenados a muerte en 1941 cuando éstas le pidieron clemencia.

"Muy señoras mías: En contestación a su carta, pidiéndome que intervenga a favor de sus familiares condenados a dar cuenta a Dios de sus culpas, siento mucho manifestar a ustedes, que no me es posible hacer otra cosa en su favor que rogar a Dios Nuestro Señor que les dé lo que más le convenga...", contestó el religioso.

La obra recoge el siguiente pasaje de las memorias de Jesús Pueyo Maisterra, de Uncastillo (Zaragoza). "Otros de los sucesos más horribles, que tuvimos que presenciar, fue el fusilamiento de Basilia Casaus, que tenía 19 años y que estaba embarazada de gemelos, según el médico le faltaban entre una o dos semanas para dar a luz. Teniendo en cuenta el pronóstico del médico, la Guardia Civil aceptó esperar para fusilarla. 

También la Falange decidió esperar. Pero su primo, que era sacerdote, se negó a prorrogar la sentencia y en contra de la decisión del médico Don Jesús, de la Guardia Civil y de la Falange, dijo: 'Hay que fusilarla, muerto el animal, muerta la rabia', y fue fusilado frente al castillo de Sádaba".  (...)

Según rezan sus memorias, un sacerdote, el padre Gómez, intentó mediar por Leonardo Navarro, un joven de Izquierda Republicana recluido en la mencionada prisión. El religioso habló primero con los militares sin éxito alguno y después se dirigió a su arzobispo, Rigoberto Doménech, quien un tanto molesto le dijo que "si el rigor de la represión era excesivo, esa era una cuestión en la que ellos no podían intervenir" y que "de ningún modo debía el sacerdote discutir con esas autoridades la legitimidad de su conducta en la represión".

El joven Leonardo Navarro fue finalmente asesinado y el padre Gómez fue detenido después de varios sermones que fueron considerados poco acordes con el Nuevo Orden, según señala la obra.

El historiador Julián Casanova en La Iglesia de Franco (Editorial Crítica) también recoge unas declaraciones de este religioso, apenas un mes después del inicio del conflicto: "La violencia no se hace en servicio de la anarquía, sino lícitamente en beneficio del orden, la Patria y la Religión".

El cura de Nierva (Segovia) escribió el siguiente informe sobre el maestro Mariano Domínguez, asesinado en agosto de 1936: "Nunca cumplió con sus deberes cristianos, en la labor en la escuela antirreligiosa y antipatriótica en grado supremo, poseía ideas avanzadas y pertenecía a grupos políticas de extrema izquierda, todo ello comprobadísimo y desgraciadamente palpable en el pueblo y en los niños, y por documentos escritos de su puño y letra, algunos de ellos obran en mi poder, era suscriptor de El Liberal y en su biblioteca y en la de la escuela había un gran número de libros perversos contra la moralidad y contra la Patria".              (Público, 27/07/2014)