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20/2/24

El campo de mujeres de Ravensbrück, el mayor burdel del Tercer Reich

 "La historiadora Fermina Cañaveras (Torrenueva, Ciudad Real, 46 años) lleva desde 2008 poniendo nombre, rostro y dignidad a las mujeres obligadas a prostituirse en el campo de concentración de Ravensbrück, el mayor burdel del Tercer Reich, pero aún conserva la emoción intacta. Con la voz entrecortada, no se ha acostumbrado al relato de una infamia. Imposible hacer callo ante un material de trabajo tan espeluznante: el proyecto levantado en la Alemania nazi exclusivamente para atentar contra los derechos de la mujer: violaciones, abortos forzados y esterilización eran los tres pilares sobre los que se levantó este campo de concentración y exterminio por donde pasaron hasta 130.000 mujeres entre 1942 y 1945. El día de su liberación, habían sobrevivido 15.000, de las cuales 200 eran españolas. Fermina Cañaveras ha podido localizar de momento a 26.

A 90 kilómetros de Berlín, Ravensbrück fue el campo más grande para mujeres en territorio alemán y el segundo de Europa después de Auschwitz. Sin embargo, poco se sabe de él. Fue uno de los últimos en ser liberados por los aliados y hubo tiempo para destruir mucha de la documentación que allí se conservaba. Así que, enterradas en la cal viva del olvido, que Fermina Cañaveras esté poniendo nombre y rostro a las mujeres convertidas en esclavas sexuales en Ravensbrück se convierte en una literalidad. De entre todos ellos surge el de Isadora Ramírez García (Madrid, 1922-2008), la protagonista de El barracón de las mujeres (Espasa), primera novela de esta historiadora especializada en el área de mujer y represión durante los conflictos del siglo XX. “La historia, por desgracia, está contada en su mayoría por hombres; siempre se ha hablado de exilios, guerras, campos… desde el sufrimiento de los hombres, pero ¿qué pasa con las mujeres? ¿Por qué existe esta tendencia al olvido de la memoria de nuestro país, pero sobre todo al olvido de la mujer?”, se pregunta Cañaveras durante una breve visita a Sevilla, donde se encuentra con EL PAÍS.

Cañaveras ha tenido que novelar la historia de Isadora y otras compañeras en aquel viaje al infierno porque la ficción ha sido el único pegamento para unir las piezas encontradas en su intenso rastreo documental. Aun así, los nombres y, sobre todo, el sistema de humillación y degradación humana perfectamente orquestado por el Tercer Reich para explotar y experimentar con las mujeres bajo pretextos pseudocientíficos son de extremo rigor y veracidad. “Las violaban del orden de 20 veces al día, delante de muchos soldados que acudían para mirar, y muchas de ellas quedaban embarazadas. Era con estas con las que experimentaban, les abrían el vientre y las dejaban morir para ver cuánto aguantaban los fetos”, dice. No es morbo, reivindica la historiadora, “es memoria y así hay que contarlo”.

El contexto, pues, que describe El barracón de las mujeres es escalofriante: junto a las violaciones cotidianas, este campo fue un laboratorio para prácticas que escapan a cualquier consideración científica o moral, como inyectarles a las mujeres semen de chimpancé para comprobar si podían procrear híbridos de mujer y mono. A otras les extirpaban partes del cuerpo y las reimplantaban para comprobar su recuperación.

Pero volvamos a Isadora Ramírez García, una de las últimas supervivientes españolas conocidas, que murió en Madrid en 2008, justo el año en el que Fermina Cañaveras decidió embarcarse en el rescate de esta historia, y a la que no pudo conocer. El punto de arranque fue una fotografía hallada mientras estaba sumergida en otro proyecto de recuperación de memoria histórica: “Yo estaba investigando cómo se organizó el Partido Comunista en un piso de Atocha en la clandestinidad tras la Guerra Civil, no soy experta en la II Guerra Mundial, pero una militante del PC me puso sobre la pista”. Se resistió en un principio por pulcritud profesional, pero fueron muchas las voces que la animaron a embarcarse en este viaje hacia la dignificación de aquellas mujeres. El juez Baltasar Garzón, que firma la faja de la novela; y sus compañeros en la Comisión de Historia del Teatro del Barrio de Madrid, del que formaba parte entonces, fueron fundamentales para empujar a Fermina Cañaveras a escribir este relato del que no ha salido “indemne”, confiesa.

Y así, en la desvaída fotografía encontrada supo que tenía que dar un vuelco a su trabajo: allí aparecía la imagen de una mujer desde el cuello hasta la cintura, con una inscripción en alemán tatuada en el pecho: Feld-Hure, puta de campo. Así marcaron a Isadora, que murió a los 86 años con el recuerdo imborrable de la humillación escrito aún en su piel. “Utilizo la palabra puta porque es la traducción literal de hure”. En esta novela no hay eufemismo, hay verdad. También en la crueldad de las palabras. “Las embarazadas eran las conejas”, relata la autora, y el barracón de las locas fue el nombre que se utilizó para recluir, en un ostracismo aún más ignominioso, a todas las que no pudieron soportar tanto dolor y perdieron el juicio.

Esa fue la experiencia que marcó para siempre la historia de Isadora Ramírez García, hija, sobrina y hermana de republicanos. Al acabar la Guerra Civil, precisamente, cruzó la frontera a Francia en busca de su hermano Ignacio, desaparecido durante la contienda nacional. Allí se enroló en la Resistencia hasta que fue detenida y deportada a Ravensbrück. Tenía 20 años. Pero hay más personajes reales dentro de El barracón de las mujeres, todas supervivientes del horror: Constanza Martínez (1917-1997), también miembro de la Resistencia, cuya frágil salud tras las huellas que dejó en ella la experiencia del campo de concentración no le impidió llegar a ser vicepresidenta del Amical de Mauthausen. O Neus Català (1915-2019), a quien Fermina Cañaveras sí conoció y cuyo testimonio fue clave para reconstruir esta historia. Neus, precisamente, fue la fundadora del Amical de Ravensbrück. Desde el final de la II Guerra Mundial dedicó su vida a intentar no olvidar los nombres de las que murieron y sufrieron el cautiverio en aquel infierno.

La aragonesa Elisa Garrido (1909-1990) también protagoniza un pasaje del libro que emociona por su coraje. Esta presa provocó la explosión que inutilizó la fábrica nazi de obuses del comando Hafag, al que había sido destinada como esclava. Dedicó su vida a ayudar a quienes habían pasado por la Resistencia.

Y en un escalofriante contraste, la francesa Catherine Dior (1917-2008), hermana del celebérrimo diseñador Christian Dior, se pasea por las páginas de esta novela enrolada en una unidad de inteligencia franco-polaca. “Catherine tuvo muy mala suerte porque fue arrestada en la víspera de la liberación de París. Fue deportada a Ravensbrück, pero sobrevivió”, relata Cañaveras. Su hermano creó en 1947 un perfume en su honor y en recuerdo de sus compañeras: Miss Dior.

 Y es que, el infierno de Ravensbrück, también el mensaje que quiere trasladar la autora en El barracón de las mujeres, es “una historia de resiliencia y de sororidad. Allí se ayudaron, se acompañaron, se cuidaron y protegieron todas estas mujeres para hacer sobrevivir a la mayoría de ellas. Esta novela es la consecuencia de sus vivencias, de sus miedos, de sus silencios y de sus sentimientos. Es el trabajo de muchas horas de investigación que han culminado en un homenaje a todas las que han permanecido en la sombra de la historia”."           (Amalia Bulnes , El País, 14/02/24)

22/2/19

¿Sentía?... Cuando ya vienes en ese tren, y te pegan cuando no caminas, y te ponen el número [tatuado en la piel: presa número 4.065] y llegas al baño y te cortan los pelos, de todas partes... ya no eres más humano. Ya no hay más hombre...

"Existen el horror y la música. Existen la risa y la barbarie. Y todo ello puede coexistir en este mundo. Coexistir: darse al mismo tiempo en un mismo espacio. Lo cual no es sinónimo de convivir. Existen en paralelo: no se mezclan, no se aparean. La naturaleza no les permite disolverse el uno en el otro.

Muchas veces, sin embargo, la música puede suspender al horror, aliviarlo.
Y otras veces, raras veces, con una depravación exactamente inconcebible, el horror puede violar a la música.

 – ¿Me cree usted que cuando salíamos había música? Salíamos de la puerta al paso de la música.    
– ¿Qué clase de música?
– Alemana. Militar. Así era por la mañana y por la tarde. La música. Pasábamos la puerta con la música. No se puede imaginar cómo es posible que haya cosas así...

(No sabemos a qué puerta concreta se refiere en su relato Anette Cabelli. No se lo vamos a preguntar ahora, para no interrumpirla. En realidad sólo caben dos opciones: la puerta del barracón en el que dormía, o la puerta de los lugares en que trabajó, durante los dos años que pasó en campos de exterminio del régimen nazi, entre 1943 y 1945.)

– Eran doce horas de trabajo, cada día. Lo peor era levantarnos a las 6 de la mañana; con lluvia, con nieve... A esperar a que vinieran a contarnos. Y luego a trabajar. Con la música. A las 7 venía el café [agua oscura]. Pero era mejor mi trabajo, porque había gente que trabajaba afuera con la nieve, y a los dos meses...

Era mejor trabajar a cubierto, como trabajaba Anette, a sus 17 años, en el barracón que hacía las veces de hospital. Consiguió más tarde que la trasladaran a una fábrica, porque en el hospital no estaba rodeada de nieve pero sí de muertos. Muertos que se resistían a morir. “Ya no podía más ver muertos. 

Porque había cinco personas aquí, y cinco aquí [va dibujando niveles de altura con la mano, uno encima de otro], y a las enfermas que estaban abajo las quitábamos para dejarlas afuera, a que se las llevaran al gas... Las tomábamos por los pies. No estaban muertas aún. Le decíamos [a la guardesa] ‘Señora, está viva aún’, pero no importaba. Y había otras a las que no les funcionaba ya el cerebro, no se daban cuenta de nada. 

Y ratones así de grandes [dibuja con las dos manos el tamaño aproximado de un gato], que les comían a los enfermos lo poco que les quedaba de carne... Entonces pedí trabajar en la fábrica de bombas. Allí encontré a mi hermano. En los tres primeros meses le habían quitado un testículo. Habían estado haciendo experimentos con él”.

 La mujer que está hablando nació en Salónica, Grecia, hace ahora 93 años. Habla un español fluido pero extraño, pespunteado por palabras italianas o francesas cuando no da con el término castellano que busca. Pero algo hay en la manera de construir frases en nuestro idioma que pareciera igual de antiguo que ella misma; quizá más: un castellano viejo de siglos. 

Anette Cabelli es un ejemplo vivo (vivísimo) de la comunidad sefardí; los judíos, expulsados de la península definitivamente por los Reyes Católicos en 1492, que mantuvieron con una fidelidad irreductible sus raíces hispanas en el destierro. Su propia madre, judía griega, hablaba más en castellano (ladino) que en cualquier otro idioma, ya en el siglo XX.

 Escuchar ahora el español de esta viejecilla invencible, sentada aquí delante, en el año 2019 –qué tiempo, el tiempo–, provoca un escalofrío atónito, mezcla de remordimiento y de ternura: ni ella ni los suyos, durante siglos, encontraron más hogar que el de una memoria heredada, refugio último ante la persecución, el desarraigo, el frío.

Los ladridos de los perros, las luces de los faros, los gritos, el cansancio, el frío. En el momento en que Anette subía a un camión con su madre, separados ya hombres y mujeres, oyó que una sobrina suya la llamaba, “Anetta, Anetta”. Quiso buscarla, y un soldado preguntó a Anette qué edad tenía. “Diecisiete”. 

Entonces el soldado la bajó del camión y la reunió con su prima y otras mujeres jóvenes. Le salvó la vida, quizás sin darse cuenta, porque el camión en que iba su madre era para las más mayores, a las que gasearían antes (el pesticida Zyclon B) porque “no servían”, dice ella, para trabajar, o aguantar mucho el trabajo allí.

Aquella frase, a la entrada de Auschwitz: El trabajo os hará libres.  

–¿Qué es lo que sentía?
–¿Sentía?... Cuando ya vienes en ese tren, y te pegan cuando no caminas, y te ponen el número [tatuado en la piel: presa número 4.065] y llegas al baño y te cortan los pelos, de todas partes... ya no eres más humano. Ya no hay más hombre. Estás irreconocible. No me reconocía ya a mí misma... Desnuda, no tenía nada. Porque una vez que dejábamos la ropa pasábamos sin nada a que nos pusieran el número.

La pobreza: “Yo siempre fui povera”, pobre. Ya antes de que los alemanes entraran en Grecia. Pero durante la II Guerra Mundial “teníamos una ración al día. No había pan. Era maíz. Mucha gente se inflaba y moría. Mucha famina [hambre]. Yo puedo decirle a usted que yo siempre tuve hambre. Le decía a mi mamá, porque yo no tenía papá: ‘Mamá, tengo hambre’. Y la pobrecita decía: ‘No hay más’. 

El pan que nos daban para cuatro personas se cortaba en cuatro. Decía mi primo: ‘Esto es para Alberto’, mi hermano, porque trabajaba de mecánico de coches. Y yo le decía: ‘Mamá, ¿por qué tiene más él, ¡si yo soy más pequeña!?’. Y ella me daba su parte. Le hacía sufrir cuando le decía ‘mamá, tengo hambre’. La pobre me daba el suyo. Ahí no piensas que estás haciendo mal. Es después, cuando ya me hice mayor.

(Se hizo mayor, esta mujer sin edad. Pero cuando recuerda su hambre de niña, Anette no recuerda: es la niña hambrienta que fue. Está sentada, aquí delante, jugando encerradita en un cuerpo de 93 años.)
– Usted se acuerda de todo.

– Me acuerdo de todo, de todo, de todo... Cómo se pasó... Nos llevaron al gueto. Era un gueto judío de pobres. Estaba cerca de las vías del tren. Pusieron unos [postes] eléctricos para que no pudiéramos salir. Era 1943, cuando el tren iba a Auschwitz y volvía. En Grecia había 65.000 judíos. Ya en cinco viajes no hubo más.

(Según la Enciclopedia del Holocausto, 40.000 judíos de Salónica fueron deportados a los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau entre marzo y agosto de 1943. “El personal del campo mató a la mayoría en cámaras de gas tras llegar”.)

– Entonces se los llevaron al campo.
– Sí, a toda la familia. Antes, un día, en el gueto, vinieron unos alemanes vestidos de negro todo, con collares [correajes]. Y cogieron a mi hermano de 19 años y se lo llevaron. Nunca más lo vimos. No sabemos si lo mataron o lo quemaron. Yo tenía 17, él 19, y el mayor 21 [aquel día se salvó porque no estaba en la casa]. No sabemos lo que pasó.

Los cogieron a los tres: Anette, su madre y su hermano vivo. Los montaron en el tren. El tren de Auschwitz, que llegaba al campo de concentración “a las cinco y media de la mañana”.

Ya con el uniforme de presa, “una étoile”, una estrella en el hombro: amarilla para los judíos, roja para los presos políticos, rosa para los hombres homosexuales, verde para “los bandidos”, los presos comunes... “Entonces nos encerraron en un bloque durante una semana porque los alemanes tenían miedo de la malaria. Yo también la tenía, siempre tuve la malaria. Estaba siempre enferma. La malaria hacía muchas víctimas, no sólo en Salónica”.

– Habría algún sentimiento, aunque trataran de matarlos también por dentro.  
– No había más sentimiento. Porque ya empezábamos a saber lo que pasaba. Había gente que no sabía luchar, como mi sobrina. Estuvo conmigo trabajando en el hospital y siempre lloraba. Y yo le decía: “Lora, no pienses en la familia; piensa en ti. Mira, yo estoy como tú... Esta noche procuraré ir a robar para tener algo más de comida...”. Ya no hay más sentimiento. 

Sólo se piensa en cómo robar, cómo comer. Porque mi sobrina también, llorando, la pobrecita, tres meses después la cogieron para matarla... Yo decía ‘mañana o después de mañana mi turno llegará’.  Siempre era una lucha para tener un poco más de comida. Y entonces... iba a la cocina de los alemanes. Iba no de pie, pero...

– A gatas.
– A gatas, para que no me viera el mirador [vigilante]. Los alemanes hacían carne y tiraban los huesos. Arrastrándome, volvía al bloque y los repartía... Estaba contenta de que podía ayudar también. Era la podre de los huesos. Lo poco para nosotros era mucho. Y también guardaban el pan que no se comían, para después. Entonces, si sabía que había pan, lo robaba. Cuando tenía el pan me lo comía todo. No guardaba para mañana, porque tenía miedo de que me lo robaran...

“Porque, ¿sabe usted? Cuando se tiene hambre no se percibe que tiene hambre. Puedes esperar tiempo sin comer. Beber no es igual. Pero podía estar lo mismo 48 horas sin comer y no importaba, porque comer era... Cuando ahora dicen ‘tengo hambre’, no saben lo que es tener hambre... [Sonríe.] No decíamos nosotros que teníamos hambre, porque no estaba permitido... 

Había una mujer alemana que me decía hormiga, ‘Hormiga, dónde vas’. Me robaba patatas también. Porque cuando pasaba el poloneso [polaco] con el caballo que traía las patatas al campo, nos poníamos detrás [en cola]. Las manos de sangre por el frío, pero no nos importaba, teníamos dos o tres patatas y nos las comíamos crudas, no teníamos cómo cocinar... Siempre tuve hambre”.

Un día, cuenta en algún momento, se le ocurrió acudir a uno de los médicos de Auschwitz. Esto era “un lujo”, porque en otros campos no existía esa opción. Le había estado doliendo un diente toda la noche. El médico le preguntó “¿dónde tienes el mal?”. La muchacha señaló el diente. Y el médico tomó unas tenazas y se lo arrancó. El mal. “No sé si sabe usted cómo es quitar un diente así, que está sano...”. [Sonríe; mirando bien a los ojos.]

El discurso de Anette Cabelli es trabajoso pero vivaz, vertiginoso y coherente a un tiempo: puede bifurcarse muchos metros en el recuerdo para luego deshacer el camino, volver atrás, como si hubiera ido dejando miguitas de pan que fuera ahora recogiendo otra vez, al desandarlo, para guardárselas, para comérselas luego, o no perderlas nunca. Se le van agolpando las imágenes de otros rostros, otros recuerdos (aquella judía belga, presa desde 1940, que se fugó disfrazada de allí), mientras cuenta otros, pero son muchos, demasiados, y no quiere desatender a ninguno.

 No quiere dejar atrás a nadie, no quiere dejar atrás a ninguno de esos espectros moribundos que no pudieron aguantar el camino, que no tuvieron su dudosa fortuna, su resistencia inverosímil, que no tuvieron la fuerza suficiente para sobrevivir a la caminata interminable del infierno.

El 18 de de enero de 1945, recuerda con exactitud de búho, “ya están los rusos” allí: podían intuirse los aviones del ejército soviético evolucionar en el cielo nocturno, iluminados por los focos del campo de concentración. La guerra estaba perdida para Hitler. 

 Los oficiales de las SS desmantelaron como pudieron Auschwitz-Birkenau, desalojando a los vivos en condiciones de andar, rematando a los no-muertos y tratando de no dejar rastro del gigantesco mausoleo erigido durante años: se estima, el saldo del asesinato masivo sólo en ese campo, en alrededor de 900.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos rumanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y otros 15.000 presos de otras nacionalidades. Para cuando llegaron las tropas rusas, sin embargo, aún quedaban alrededor de 7.000 prisioneros vivos.    

Anette Cabelli y algunos miles más salieron de Auschwitz-Birkenau (muchos descalzos, en la nieve), en dirección al campo de Ravensbrück, a 90 km. al norte de Berlín (allá donde, en 1942, se había instalado, por ejemplo, un sub-campo preventivo para adolescentes y niñas, y donde también habían acabado muchas disidentes políticas del III Reich). “Este andar se decía la marcha de la muerte, porque teníamos que ir a pie hasta la frontera alemana. 

Tuvimos que marchar cinco días a pie. Sin dormir, sin comida, y cuando no marchabas a veces te mataban. La mitad se murieron así”.

Cabelli llegó viva a Ravensbrück. Y aún resistió, fabricando cerillas en aquel último lugar, hasta el 30 de abril de 1945, cuando fueron liberados por las tropas rusas.

“No quise volver más a Grecia”, responde a la pregunta de qué hizo después, cómo fue su vida luego. Pudo hacerse pasar por francesa y llegó a París, donde fue atendida junto con otros desplazados. Tuvo fuerzas para seguir viviendo, “sí; pero la fuerza la tenía cuando estaba en el campo. Después ya no tenía más porque pesaba 32 kilos. Me llevaron directamente al hospital. Estuve tres semanas. El estómago no tenía ya costumbre de comida”. 

“Estuve llorando un año entero. No quería más vivir. Estuve veinte años sin parientes, en un país extranjero, sin nada”.
Se hizo costurera, allí en Francia. Y con el tiempo tuvo marido, hijos, familia.  

– ¿Sonreían allí alguna vez, Anette, en el campo de concentración?
– No.

– ¿Nunca?
– Cada tres semanas teníamos un día de reposo. Como jóvenes, cuando estaba el tiempo bien y hacía sol, nos sentábamos afuera. A veces cantábamos canciones. Y decía una: “Ah, me comería tal cosa”. Y la otra decía: “No, no... mejor lo que mi mamá hacía...”. Pensábamos siempre en la comida.

– Soñaban con cosas.  
–Sí... Yo cantaba muy bien. Y a los alemanes les gustaba mucho que les cantasen. Había una cantiga italiana que se llamaba Mama, so tanto felice... Ellos también tenían una madre, un padre; querían estar con ellos... Ellos [los soldados] también estaban obligados a no hablar. Tenían mucho miedo y por eso aceptaban... Porque el primer campo fue el de Mauthausen, que era para los alemanes que no aceptaban a Hitler, en el 37, 38... No todos los alemanes lo aceptaban... Entonces me llamaban y me decían: “¡Anette!”. “Sí, señora, ¿qué pasa? ¿Hice algo...?” “No, no te preocupes. Es que tienes que ir al bloque de los alemanes para cantar”. Y me sentaba y les cantaba. En griego [sonríe], en español, en italiano...

– ¿Y les cantaba en español?  

– ¡Claro! Sí, señor, porque mi mamá no sabía hablar griego; lo que sabía era español. Las cantaba en español todas. Y yo les cantaba a los alemanes... ¡Y cuando salía tenía un pan! ¡Lo repartía con las amigas! [Abre los ojos, inmensos, riendo casi: casi viendo ese pan.]

–¿Y qué canciones cantaba?
 –¡Ah, las de mi mamá!

–¿Las recuerda?
–¡Claro! Cantábamos...:

¿Dónde estás, corazón,
no oigo tu palpitar.
Es la grande dolor
que no puedo llorar.
Yo quería llorar
mas no tengo más llanto;
la quería yo tanto
y se fue
para nunca tornar.

Cuando se levanta, Anette Cabelli, al terminar la conversación (en el Centro Sefarad, la institución que la trajo a Madrid para contar su historia), algunos de los presentes, la mujer francesa que le asiste y le ha acompañado desde París, le piden que cante esa canción otra vez. Entonces vuelve a cantarla, más alto, más alegre aún, ¿Dónde estás, corazón...?, apoyada en su bastón, su voz dulcísima, sus 93 años erguidos aquí; en pie. Esa canción tradicional española que cantaba una muchacha judía para los soldados alemanes encargados de matarla.

Canta, Anette, y sonríe. Se le encienden los ojos, y sonríe. Sonríe el siglo XX, aquí delante, vivo, en pie. Como una bellísima muchacha invencible de diecisiete años."                ( Entrevista a Annette Cabelli / Superviviente de Auschwitz, Miguel Ángel Ortega Lucas , CTXT, 13/02/19)

26/7/17

Republicanas españolas en Ravensbrúck, “donde en medio de la gran tragedia, quedó patente la fuerza invencible de los débiles”

"El 30 de abril de 1945, alrededor de 3.500 prisioneras del campo de Ravensbrück, malnutridas y muchas de ellas al borde de la muerte, fueron liberadas por el Ejército Rojo en su avance sobre Alemania. 
En Ravensbrück había pocas judías, pero había miles de francesas, holandesas, rusas, polacas..y las españolas que habían defendido a la República Española cuando fue atacada por el fascismo. Por su condición de mujeres padecieron sufrimientos adicionales a los de los hombres, el impacto físico y psicológico generó en las que sobrevivieron una larga etapa de silencio e introspección.
 
Tras el fin de la Guerra Civil, miles de Republicanas Españolas pasaron a Francia donde siguieron luchando en la Resistencia, realizando un papel heroico y fundamental, constituyeron redes de transmisiones, suministro, transportes de armas, enlaces y contactos. Cerca de 60.000 mujeres y hombres españoles dieron su vida por Francia. Muchas fueron detenidas y cruelmente torturadas por la Gestapo y la policía de la Francia colaboracionista. 

En 1940, el ministro franquista y jefe de falange, Ramón Serrano Suñer llegó a acuerdos con Himmler y Heydrich, sellando la suerte de miles de exiliados españoles ya que que Franco consideraba que los republicanos no eran españoles, y no tenían patria: No bastaba expulsarles del país, los franquistas permitieron su deportación a campos de concentración nazis.

 Suñer mintió en 1976 a la periodista Montserrat Roig diciendo que no lo sabía. En 1944 unas 400 españolas realizaron el mismo viaje que 3 o 4 años antes habían recorrido 10.000 republicanos españoles a Mauthausen y otros campos, siendo deportadas en vagones de ganado a Ravensbrück, el frío campo de concentración para mujeres.

En Ravensbrück estuvieron presas 132.000 mujeres de 40 países. Las 400 españolas fueron marcadas con un triángulo invertido de color rojo (presas políticas), un traje a rayas y un número de matrícula. Fueron esterilizadas con inyecciones que anulaban la menstruación para aumentar su producción. Sometidas a duchas de “desinfección”, rapas de pelo, inspección de todo el cuerpo, humillante y antihigiénico control ginecológico. 

Las antiguas del campo advirtieron que: “No digáis que estáis enfermas porque os llevan a la cámara de gas”. Nos arrebataron absolutamente todo, incluso pañuelos, sostenes, paños higiénicos. Formaban en impecables líneas rectas durante horas inmóviles al pasar lista: Mover la cabeza, una mano, un pie, cuchichear, representaba recibir gran cantidad de latigazos. 

Las SS pegaban con saña por cualquier cosa a mujeres mayores, o a niños. Allí, quietas bajo un frío tremendo y débiles, algunas caían y no se las podía ayudar o les echaban a los perros encima.

Cerca de 90.000 mujeres murieron atrozmente de mil maneras en Ravensbrück: Varios millares fueron exterminadas por el hambre, las epidemias, disentería, tifus, desnutrición, tuberculosis, torturas, envenenamientos, dolorosas inyecciones de bencina en corazón o venas, fusilamiento, destrozadas por perros, ahorcadas, apaleadas, aplastadas por vagones de mercancías, apisonadas, ahogadas en las letrinas, a bastonazos, electrocutadas contra las alambradas.

 Unas 6.000 fueron a las cámaras de gas y después al crematorio, algunas fueron quemadas vivas como la joven madre Sofía Liman. Se moría anónimamente en “transportes fantasmas” en el que eran gaseadas sin dejar ninguna señal, unas horas de crematorio y al final todo lo que quedaba era un montón de huesos calcinados.

Algunos testimonios de estas mujeres son ESTREMECEDORES. “Ravensbrück era tan terrorífico que las víctimas no lloraban por los muertos, sino por los vivos que esperaban nuevos golpes hechos ovillos. Se abrieron zanjas donde se hizo bajar a los niños con un bombón, se llenaron de gasolina y se les prendió fuego, tan cerca del campo que sus madres se volvían locas de dolor al oír sus alaridos”. 

 “En el quirófano del temido doctor Gebhardt, las “kaninchen” (conejitas de Indias) fueron sometidas a experimentos, operando sus piernas para dejar el hueso al aire, cortando e infectando huesos, músculos y nervios con bacterias para probar sulfamidas. Se mutilaron mujeres al realizar trasplantas de huesos entre ellas. Alfonsina Bueno, de Berga, que murió 39 años después de la liberación, padecía todavía las consecuencias de estos experimentos”.

Los magnates de la industria alemana preveían que en esas condiciones la esperanza de vida de cada presa no superaría los nueve meses, pero no contaban con la solidaridad de las mujeres, que renunciaban a una pequeña porción de su comida para dársela a las que más lo necesitaban. Los SS, asociados a las grandes firmas, Krupp, Thyssen, Siemens, Mercedes Benz, I.G.Farben (que suministraba el gas cyclon 3), entre otras, hicieron grandes fortunas aprovechándose de esta mano de obra barata y siempre renovable. (...)

 Mercedes Núñez Targa, era barcelonesa, militante antifascista durante la República, aprovechó su libertad provisional en 1942 para incorporarse a la Resistencia contra los nazis. Fue deportada en condiciones infrahumanas a Ravensbrück, donde estuvo 40 días con Neus Catalá, Geneviève Anthonioz-De Gaulle, Lise London.. 

Pasó después al complejo industrial de Leipzig con otras españolas que se ayudaron y apoyaron: Constanza Martínez Prieto, Carme Boatell, Mercedes Bernal, Marita, Elisa Ruiz, María Ferrer (Contxita), María Benitez Luque. Trabajaban produciendo obuses 12 horas al día, de pie, comiendo una sopa y una pequeña rebanada de un sucio pan. El sabotaje era un deber primordial, aflojaban tornillos, inutilizaban obuses y máquinas, ralentizaban el ritmo de trabajo..incluso reivindicaron su condición de presas políticas.
 
Mercedes, enferma de tuberculosis y escarlatina ya no era útil para el trabajo, los nazis habían decidido su traslado a la cámara de gas el 14 de abril, pero ese día, aniversario de la República, recibió con una banderita republicana las tropas de liberación aliadas americanas. Algunas mujeres agonizantes murieron aquel mismo día. Las deportadas fueron repatriadas hacia sus países de origen excepto las españolas que los franquistas consideraban apátridas y acabaron en Francia. 

El gobierno francés concedió a Mercedes las máximas condecoraciones, la Legión d´Honneur, la Medalla Militar, la Cruz del Combatiente Voluntario de la Resistencia, la Medalla de la Deportación e Internamiento por hechos de Resistencia, la Cruz de Guerra y la Cruz del Combatiente. Fue delegada en Galicia de la “Amical de Mauthausen y otros campos”

Neus Català nació en Els Guiamets, Tarragona, hija de campesinos, enfermera, organizó las JSUC, participó con la Resistencia francesa, denunciada a los nazis fue detenida, salvajemente golpeada y trasladada a Ravensbrück en un infecto tren de ganado: “Mil mujeres, 4 días de viaje sin parar, sin higiene, sin aire para respirar, sin sitio para sentarnos, un cubo de basura para las necesidades. Algunas llegaron muertas a Ravensbrück, donde nos esperaban nazis, perros agresivos, 20ºC bajo cero, empujadas bestialmente entramos triunfalmente en el mundo de los muertos.

Fue transportada a Holleischen, en Checoslovaquia, para trabajar en la industria armamentística nazi. Día y noche se fabricaban armas, obuses, balas, sin parar. “Mientras podías producir, te perdonaban la vida”: “En las balas escupíamos o poníamos aceite, ¡sabotear, sabotear, dejamos 10 millones de balas inutilizadas!”. La Generalitat de Cataluña la galardonó con la Cruz de San Jordi y la Medalla de Oro de la Generalitat de Cataluña. El Ayuntamiento de Barcelona le otorgó la Medalla de Oro al Mérito Cívico. También presidió el Amical de Ravensbrück.

Lise London: “Yo nunca tuve miedo, ¡jamás! yo era una luchadora”. Francesa de padres aragoneses, miembro de las Brigadas Internacionales, militante de las juventudes comunistas. Entró en la Resistencia contra los alemanes, arrestada, encarcelada durante más de un año, deportada a Ravensbrück, mientras su marido Arthur y su hermano fueron deportados al campo de Mauthausen. 

Setenta años después del final de la guerra civil seguía emocionándose cuando recordaba cómo habían abandonado a la República española los gobiernos capitalistas europeos. Siempre llevó a España y el comunismo en el corazón: “Las Brigadas Internacionales fueron el mejor momento de mi vida”.

Conchita Ramos era de Torre de Capdella (Lleida). Con 17 años reorganizó grupos de la Resistencia francesa. Ella, su tía Elvira y su prima María, la familia Veleta, fueron detenidas por la policía de Pétain y entregadas a la Gestapo para ser interrogadas: “Arrancaban las uñas de pies y manos a hombres y mujeres. Tenía miedo pero no hablé”. Enviadas a Ravensbrück, las 3 fueron seleccionadas aptas para trabajar, otras eran gaseadas. 

 Acabaron en una barriada de Berlín, trabajando material de aviación. También lo saboteaban. “Me dieron muchos bastonazos y me cortaron el pelo al rape. De 650 mujeres quedamos sólo 115”. Conchita tiene muchas condecoraciones, como la Legión de Honor del Gobierno francés y la Medalla de la Resistencia; y posee el grado militar de sargento -lo recibieron las mujeres que hicieron de enlace-. Actualmente es la vicepresidenta de la Asociación de Deportados del Tren Fantasma.

Secundina Barceló, turolense de Veguillas de la Sierra, huyó a Francia donde distribuía prensa clandestina entre los españoles. Fue detenida e interrogada durante 15 días: “Bofetadas, puñetazos, quemaduras con cigarrillos Ante mi silencio, emplearon la matraca, el lavabo, la bañera. Continuaba sin hablar, me amenazaron con colgar a mi hijo si no daba nombres y domicilios”.

 La violencia la desfiguró tanto que solo era reconocida por sus zapatos. Deportada primero a Ravensbrück, fue llevada al campo de Markkleeberg. De día cumplía tareas con un pico y una pala y por la noche como refuerzo en la descarga de vagones de carbón.

El impacto que sufrieron estas mujeres superó al físico o psicológico. Aunque el silencio era lo único que las mantenía en pie, siempre tuvieron fe de salir vivas de aquella locura. Sólo unas pocas lo consiguieron y dejaron su testimonio para la posteridad. Sobrevivieron al horror. Aquí las hemos recordado."                   (Documentalismo memorialista y republicano, 11/07/17 (I)  y  11/07/17 (II))

9/6/16

'No digáis que estáis enfermas porque os llevan a la cámara de gas'

 
 Mercedes Núñez Targa

"(...) Hace un año llegó a mis manos la copia escaneada de una carta de Mercedes Núñez Targa fechada en Vigo el 14 de diciembre de 1982.(...)

A lo largo de seis páginas Mercedes narra los episodios vividos desde que es detenida por los nazis en Carcassonne en mayo de 1944 hasta la liberación del campo de Ravensbrück en abril de 1945.

El periódico Faro de Vigo publica hoy la historia de esta carta.

Vigo, 14 de diciembre de 1982

Querido amigo:

Apenas convaleciente de una gripe feroz que me ha dejado bastante mal, le ruego que me excuse si lo que le escriba carece de rigor y de soltura, porque como se dice, el horno no está para bollos; pero no quiero demorar la respuesta, no sea que vuelva la gripe y me deje definitivamente fuera de combate...

Detenida en Carcassonne por participación en la lucha contra el ocupante nazi, pasé de allí al Fort Romainville (París) y al campo de Sarrebruck, donde permanecimos ocho días, siempre encerradas y con sopas de ortigas como único menú.

De Sarrebruck fuimos transportadas al campo de Ravensbrück. Nos llevaron durante cinco días en vagones de ganado precintados y con el único ventanuco recubierto de alambra de espino. En mi vagón, 53 mujeres. Nos habían dado un bocadillo, que fue lo único que comimos durante los cinco días. 

En un ángulo un enorme barril para orines y excrementos, que permaneció así durante los cinco días hasta desbordarse. Para beber, habíamos conseguido (sistema D) una botella de 1/2 l. que una compañera pasaba en cada estación por entre los alambres de espino pidiendo agua en alemán, procedimiento por el que pudimos obtener un mínimo de bebida, equitativamente repartida,  que nos permitió llegar vivas.


En Fürstenberg sobre el Oder (la estación próxima a Ravenbrück) nos esperaban SS y perros, que bajo la amenaza de los látigos y las dentelladas nos condujeron hasta el campo de Ravenbrück.

Allí no nos permitieron comer ni acostarnos. Eran las cinco de la tarde (junio 1944) y durante 12 horas tuvimos que permanecer en posición de firmes, guardadas por SS y kapos. A las cinco de la mañana nos introdujeron por grupos en unas duchas y allí nos dejaron, tal como vinimos al mundo. Nos arrebataron absolutamente todo, incluso pañuelos, sostenes, paños higiénicos. A las que tenían bellas cabelleras se las cortaron (hacían tejidos con ellas) y a algunas les obligaron a soportar examen íntimo.

40 días permanecimos hacinadas en una barraca, sin salir más que a las extenuantes formaciones (appel) donde había que formar impecables líneas rectas y el mover la cabeza, una mano, un pie, etc. o cuchichear lo más mínimo representaba recibir gran cantidad de salvajes latigazos. Las órdenes nos eran dadas por altavoz y en alemán y cuando no las entendías, garrotazo. Aprendimos alemán a una cadencia rapidísima!

Las antiguas del campos nos advirtieron: no digáis que estáis enfermas. Enfermedad = cámara de gas.

En esos 40 días hicieron la selección: a un lado las "útiles", jóvenes y sanas que podríamos trabajar. Al otro, las inútiles que había que eliminar. Exámenes pseudomédicos determinaron -nosotras totalmente desnudas- quienes eran las enfermas, las que tenían defectos físicos, las ancianas, las embarazadas. Todas ellas fueron destinadas al exterminio.

Las otras tuvimos que marchar a un Kommando situado en las inmediaciones de Leipzig. (HASAG, complejo metalúrgico). Quisiera aclarar un error que generalmente se comete. No pasamos a ser algo así como obreras libres. Seguíamos bajo el régimen del campo de concentración con todo su horror y demás se nos obligaba a trabajar en esa fábrica de armamento, 12 horas por día, siempre de pié, comiendo una sopa por día y una pequeña rebanada de un pan que tenía de todo menos harina. 

Los magnates de la industria alemana habían decidido así aprovechar hasta el fin nuestra mísera fuerza de trabajo y habían hecho estudios científicos según los cuales en las condiciones que nos eran impuestas teníamos una esperanza de vida de 9 meses. la enfermedad, un accidente era el "transport", es decir una expedición que terminaba en el crematorio, pasando por la cámara de gas.  (...)


Éramos allí 6000 mujeres de Ravensbrück, más 1000 deportado hombres que estaban en campo aparte. Otros cuantos miles de prisioneros de guerra, que estaban en un stalag y un pequeño puñado de obreros alemanes especialistas (técnicos, rectificadores, etc.) más, evidentemente, los jefes nazis de la fábrica y los SS que paseaban por allí anotando cuanto hacíamos las presas para luego, en el campo, imponernos salvajes castigos.

Todo ese horario inhumano, no nos eximía del "appel", las grandes formaciones diarias en posición de firmes, no menos de dos horas diarias, pero casi siempre más, puesto que la más mínima falta era sancionada colectivamente, con largos suplementos de appel, bajo el frío, la lluvia, nevando, etc.

Nuestra actitud consistió siempre en rechazar la condición de víctimas y considerarnos combatientes. Hubo entre las presas la más estrecha solidaridad. A pesar del hambre se renunciaba a una pequeña porción de comida para ayudar a las que se encontraban peor. 

La fábrica HASAG producía obuses. Considerábamos, pues, el sabotaje como un deber primordial y la verdad es que los obuses y máquinas quedaban inutilizados con gozosa frecuencia.

Puesto que los castigos (palizas, etc.) jamás nos los imponían en la fábrica sino más tarde en el campo, decidimos arriesgarnos a una acción de cara a reivindicar nuestra condición de presas políticas frente a los obreros alemanes, a quienes habían dicho que éramos ladronas, prostitutas, etc., a las que reeducaban por el trabajo y con las que no debían hablar en absoluto, cosa tampoco fácil a causa del idioma.

La ocasión nos la dieron los propios nazis. A fin de hacer creer a los obreros alemanes que éramos gente libre, pretendieron pagarnos en la fábrica, no con marcos, claro, sino con unos bonos de cantina. 

Al saberlo ocurrió algo extraordinario: 6000 presas, de todas las nacionalidades de Europa, hablando idiomas distintos, de diferentes ideologías, conseguimos ponernos de acuerdo, rechazaríamos el bono, proclamando nuestra condición de presas políticas: "No somos obreras libres, somos presas políticas, no queremos dinero de Hitler", fue más o menos, la frasecita que, en principio, había que decir en alemán como pudiéramos.

En realidad creo que se dijeron, en medio de la emoción, las cosas más distintas. No le podría decir a Ud. si yo lo dije en alemán, en catalán o en castellano o si dije siquiera algo. lo esencial es que todas, absolutamente todas, las 6000 mujeres rechazábamos el bono y que los obreros alemanes entendieron perfectamente el sentido de la acción y, es más, que mereció su general simpatía.

 Perdiendo el control, los SS aquella vez repartieron a granel bofetadas y latigazos entre las "obreras libres", lo que motivó una protesta de los obreros al director, diciendo que algunas "obreras" habían sido apaleadas en plena fábrica.

La cosa fue un éxito tan masivo que no hubo siquiera represalias. Evidentemente, no podían ahorcarnos a todas y cerrar la fábrica.


El campo del Kommando Hasag fue abandonado por los nazis el 13 de abril de 1945, ante el avance de las tropas, por un lado americanas, por el otro soviéticas, que coparon la ciudad de Leipzig. Obligaron a evacuar a todas las prisioneras la noche del 13, excepto aquellas que por su desastroso estado físico no podían andar -entre las que me encontraba- a las que tenían la intención de destruir (volar el campo) pero que ante la premura de la huida dejaron con vida, muy a pesar suyo.

Agregaré que en el campo central de Ravenbrück mi número de matrícula era, por ejemplo, el 53.225 (en junio de 1944) lo que da idea del volumen de la deportación femenina. Y que en el Kommando de Hasag, éramos 8 españolas, que permanecimos, entrañablemente unidas.  (...)"           (Búscame en el ciclo de la vida, 15/05/16)