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30/12/19

El relato de los supervivientes de los campos de concentración franquistas: "Comíamos hierba igual que las vacas"

"El progresivo desmoronamiento del Frente Norte durante la Guerra Civil condujo a una situación caótica para la situación de los prisioneros. Santander, Santoña, Laredo, Castro Urdiales y Torrelavega se convirtieron en grandes prisiones por las que pasaron decenas de miles de soldados republicanos a la espera de su clasificación para ser destinados al ejército, ser utilizados como mano de obra forzada, ser enviados a prisión o, directamente, ser "paseados".

Se aprovecharon todos los grandes edificios para encerrarlos sin tener en cuenta las condiciones de habitabilidad. Lo fundamental era que los muros pudieran contener en su interior un elevadísimo número de prisioneros. Dormían en el suelo en grandes salas, sin apenas espacio para darse la vuelta, vestidos y, en el mejor de los casos, sobre una manta. Por la noche permanecían encerrados sin acceso a las letrinas, haciendo sus necesidades en recipientes improvisados en la misma estancia. En otros casos, como el de los recluidos en la Plaza de Toros de Santander, tuvieron que dormir durante semanas sentados a la intemperie, lloviera o no, a la espera de su traslado.

La concentración de prisioneros llegó hasta tal punto que fue necesario redistribuirlos por otros campos. Los enviados a Santoña o Bilbao viajaron en las bodegas de barcos cargueros, mientras que al resto se le transportó en vagones de mercancías. Con esto se conseguía un objetivo secundario, alejarlos de sus familias.

El hambre es una constante en los testimonios que se han recogidos de las personas que vivieron aquella situación, independientemente del campo o la prisión en el que estuvieran encerrados. Los tres primeros días de reclusión no recibieron alimento alguno, y cuando se empezó a distribuir comida, como explica Honorato Gómez, no les facilitaron ni platos ni cubiertos:
"A los tres días nos dieron un poco de arroz cocido. No teníamos ni platos, ni cuchara, ni nada. En los pañuelos, que estaban asquerosos, echábamos el arroz y lo comíamos. Teníamos latas de escabeche de cinco kilos, que las utilizábamos para orinar, allí echábamos el arroz y lo comíamos…".
Cuando se estabilizó la intendencia de los campos, ni la calidad ni cantidad de la comida mejoró mucho. Julián Izquierdo se quejaba así:
"No se comía nada bien. Nos daban garbanzos con gusanos de hace más de cuarenta años. Lo peor que había para nosotros era a ver si nos moríamos pronto".
Los prisioneros que estaban en el Penal de El Dueso llegaron a comer hierba para quitar la sensación de hambre:
"En El Dueso nos daban una sardina arenque para comer y otra para cenar. En otras ocasiones nos daban un poco de cebolla cocida con agua y echaban unos huesos limpios, de los que ahora las carnicerías llevan para molerlos. Al que le caía un hueso en el plato, le tenías en el patio todo el día hasta que roía el hueso, igual que los perros. Los que salían a la finca, cogían la hierba y la metían para adentro. Yo he comido hierba igual que una vaca, porque no había más. Había un promedio diario de tres que se morían de hambre, no de enfermedad. Los veías hoy esqueléticos y al día siguiente inflados, la avitaminosis, a morir".
Con la clasificación de los prisioneros se pretendía apartar los «cuerpos enfermos» de la «comunidad nacional». Por su parte, a través del adoctrinamiento ideológico y la disciplina, se buscaba recuperar a los que no estaban totalmente perdidos "a través del trabajo, el amor a la patria, la paz verdadera y la regeneración de sus ideologías".

En la tarea de "la recuperación moral, social y patriótica de dicho personal", el capellán y la creación de figuras punitivas, como la de los Batallones de Trabajadores, ocuparon una posición central. Mientras permanecían en los campos, los prisioneros eran obligados a desfilar cantando el 'Cara al sol', a acudir a misa, a recibir charlas de  adoctrinamiento y a gritar las consignas falangistas. El castigo físico formaba parte de la rutina diaria. La indisciplina, como no saludar a la bandera o no cantar los himnos, resultaba castigada severamente.

Los prisioneros del Campo del Seminario de Corbán tuvieron que cavar fosas en el cementerio de Ciriego para enterrar a los fusilados y al día siguiente ir a echar cal viva sobre los cuerpos, sin saber si los próximos en correr esa suerte serían ellos mismos. Las cifras de ejecutados en los últimos meses de 1937 hablan de 510 fusilados en El Dueso y 357 en Santander; a las que habría que añadir las ejecuciones irregulares a cargo de falangistas, que se presentaban en los campos de concentración o en las cárceles reclamando prisioneros para su fusilamiento. Son las personas que se hallan sepultadas en las más de 150 fosas comunes que hay esparcidas por la comunidad y que oficialmente no fueron registradas.

Aquellos considerados como irrecuperables eran enviados al Tribunal Militar para ser juzgados a la espera de ir a prisión o al paredón. El resto debía realizar trabajos forzados en los Batallones de Trabajadores o pasar a formar parte del ejército franquista. A los que fueron destinados a los Batallones de Trabajadores se les impuso una jornada mínima de 9 horas, ya fuera cavando trincheras o prestando servicio en empresas privadas o para el propio estado. Así debían redimir la culpa de haber defendido el gobierno legítimo de la República.

La finalidad de los campos de concentración no era el extermino de los prisioneros republicanos. Lo demuestra, por ejemplo, las decenas de miles de ellos que hasta 1942 fueron enviados a los Batallones de Trabajadores como mano de obra forzosa. Las malas condiciones en que estuvieron retenidos y la carencia de atención médica provocaron un número difícil de cuantificar de muertes por enfermedad al que habría que sumar la cifra, igualmente incalculable, de víctimas de ejecuciones extrajudiciales.

La falta de condiciones higiénicas de los campos, la escasez de letrinas y de agua potable facilitó la propagación de enfermedades contagiosas y de chinches y piojos, que se convirtieron en una plaga entre los prisioneros. Estas circunstancias son la razón de que las principales causas de mortalidad, sin tener en cuenta las ejecuciones, estuvieran relacionadas con la falta de higiene y con el hambre (lo que contrasta con los informes de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros, que indicaban que tenían un superávit de dinero en las partidas destinadas a la alimentación de los prisioneros).

En los partes de defunción se recogen como causas más frecuentes: la avitaminosis o la caquexia, fuent que hacían referencia a la falta de una alimentación adecuada y suficiente; las fiebres tifoideas, que se propagan por agua o alimentos contaminados por restos fecales, y la tuberculosis.

El caso más llamativo se dio en Santoña, donde la mala instalación higiénica de los campos contaminó los manantiales de agua potable que abastecían a la población, llegándose a registrar índices casi epidémicos de fiebres tifoideas. Esto no impidió que en marzo de 1938 se instalara un nuevo campo de concentración en el Instituto Manzanedo con 960 prisioneros.

A pesar de que existieron 770 camas en hospitales para los prisioneros, la atención médica que recibían era muy precaria: en la práctica se atendían enfermedades contagiosas de fácil transmisión. El tratamiento que se prestaba estaba limitado por la máxima de que los prisioneros no podían tener un trato similar al de los soldados franquistas. El régimen de vigilancia y control de los hospitales era similar al de los campos.

En resumen, la vida de los prisioneros en los campos de concentración franquistas, en palabras del historiador Javier Rodrigo, consistió en "traslados, piojos, frío, hambre, sed, humillación, aculturación y castigo. Esas fueron las grandes vivencias de los internados en los campos franquistas. Y, por supuesto, la enfermedad: un aspecto crucial para entender la vida cotidiana en esos campos puesto que, a todas luces, esa fue la causa principal de mortalidad en ellos".              (eldiario.es, 28/09/19, fuente: Desmemoriados.org)

27/4/17

Guerrilleros: “Me quedo a que me maten a palizas o subo al monte una temporada y a ver si me escapo a Francia”, no tenían más elección

"Anochece y el cuerpo de un hombre yace sobre un charco de sangre en mitad de la carretera que une las aldeas lebaniegas de Bárago y La Vega. Una pareja de guardias civiles acaba de matar a Juanín a la altura de la curva del molino. 

Bedoya ha escapado pero a partir de entonces dedicará todo su esfuerzo a intentar huir a Francia, aunque siete meses después también será abatido camino de la frontera. Miércoles 24 de abril de 1957, Juanín ha muerto y la resistencia guerrillera al franquismo ha terminado.

Poco antes, Juanín y Bedoya –el franquismo ha puesto a sus cabezas un precio de 500.000 pesetas [el Seat 600 fue puesto a la venta en España aquel mismo año por 65.000] y su captura o eliminación física es un objetivo prioritario del Ministerio de la Gobernación y de la Dirección General de la Guardia Civil– bajan del monte por la senda que más adelante atraviesa la carretera y llega hasta el río. 

El lebaniego –39 años– va delante y el de Serdio –27– sigue sus pasos a unos metros de distancia. Cuando creen alejado el peligro porque hace rato que han visto pasar a los dos guardias, Juanín se dispone a cruzar la carretera pero en mitad de la misma descubre que la pareja espera al otro lado. Entonces, el lebaniego, sin abrir fuego, cambia el rumbo y empieza a correr en zigzag carretera abajo, pero no tarda en desplomarse herido de muerte.

A la mañana siguiente, el cuerpo de Juanín es trasladado al cementerio de Potes mientras un vehículo de la Guardia Civil conduce a su madre Paula –70 años– y a su hermana Avelina –32– desde Santander hasta la capital lebaniega para identificar el cadáver.

 El último guerrillero antifranquista es enterrado en la zona civil del cementerio y la Guardia Civil concluye que la pareja lo disparó “en defensa propia” y “en cumplimiento de su alta misión”.

Cuando cae abatido, Juanín lleva encima sus prismáticos, su pipa, una libreta, material de primeros auxilios y de aseo personal, cuatro requisitorias judiciales en las que se le acusa de diversos delitos y cuatro fotografías: tres suyas –una solo y dos acompañado– y otra de su hermana y enlace Avelina. También lleva encima sus armas –un subfusil Sten y una pistola Astra 400–, que serán trasladadas al Museo del Ejército, donde siguen expuestas sesenta años después.

 Está dicho prácticamente todo, hay poco que añadir. Se trató de una operación cantada: las autoridades venían fraguando la caída de Juanín desde hacía una temporada y sucedió aquel día pero estaba todo muy preparado, no quedó nada al azar. Se trató de una operación bien preparada y bien organizada.

J.L.– ¿Una operación cantada?

I.C.– Mejor dejarlo ahí.

J.L.– ¿Quién era Juanín?

 I.C.– Juanín fue uno de los del monte, y los del monte son víctimas pero también lo son los fusilados, los que trabajaron como esclavos en los campos de concentración, los que tuvieron que exiliarse…

 En Cantabria hubo 50.000 presos, víctimas de aquel golpe de Estado. Son colectivos diferentes pero todos pertenecen al gran volumen de las víctimas del franquismo. Los victimarios lo tenían todo muy controlado, pero no exactamente todo, porque había cosas que se les escapaban. Los del monte son esos que se les escaparon… de momento. 

Los del exilio se les escaparon, pero los del monte sabían que tarde o temprano caerían y sus victimarios también lo sabían, por lo que su muerte era un aplazamiento. “Me quedo a que me maten a palizas o subo al monte una temporada y a ver si me escapo a Francia”, no tenían más elección. Pero escapar a Francia no era fácil, era muy difícil. Marchar a Francia no era ni fácil ni barato.

J.L.– Entonces esa imagen épica de los del monte, esa…

I.C.– Eran personas normales, muchachos, gente joven con buenos sentimientos, conscientes de que la desgracia que le había venido a España les había venido a ellos como a los demás. A unos de una manera y a otros de otra.

J.L.– ¿La muerte de Juanín quedó atrás o sigue ahí?

I.C.– Parece que quedó muy atrás, que es algo muy antiguo. Hay gente que dice que para qué remover viejas heridas, que por qué hablar de eso y no de los romanos o de los godos, que es mejor olvidar, pero sesenta años después estos son temas no resueltos. Y no hay que dar carpetazo, porque yo no soy nadie para dar carpetazo… y Rajoy tampoco lo es. 

Nadie es nadie para dar carpetazo. Los vencidos darán carpetazo cuando lo crean oportuno, pero no lo harán hasta que se cumplan cuatro condiciones. La primera, que se ha restablecido la verdad de los hechos –hasta ahora ha habido una ficción tergiversadora, un invento de los vencedores, de los golpistas– y que esa verdad la han reconocido todos. La segunda, que se ha hecho justicia, la justicia posible…

J.L.– Porque la imposible…

I.C.– La imposible es que los asesinos hubieran sido juzgados como los nazis en Nuremberg, pero efectivamente eso es imposible. La tercera condición, que las víctimas sean reconocidas y que su honor sea reparado. 

Y la cuarta se dará cuando España, el país con más fosas y desaparecidos después de Camboya, se tome en serio este tema y decida hacer una política educativa y cultural no de silencio, disimulo e hipocresía sino de verdad, justicia y reparación para que no se repita, es decir garantías de no repetición. 

A esas cuatro cosas nos ha obligado la ONU. Hace sesenta años murió un hombre muy conocido pero como él murieron ciento y pico mil o un millón. No se trata sólo de un hombre sino de algo individual y colectivo. Es necesario identificar a las víctimas de la violencia. Hay que preguntar si la sociedad española ha reconocido su victimación a los gays, a los gitanos… o a los del monte.

J.L.– ¿Y cómo hacerlo?

I.C.– Hay que recuperar los restos de las personas que están en los montes, porque en el monte también hay desaparecidos. Hay que elaborar mapas de fosas, identificar a los desaparecidos, exhumar sus restos, señalizar los lugares donde murieron y elaborar itinerarios y senderos de memoria para que se les rinda homenaje. 

Eso es lo que muchas veces necesitan las familias de las víctimas. Y también hay que buscar la manera de entrar de una vez en los archivos y conocer, salvar, proteger y difundir los documentos, que es algo que siguen poniendo difícil. Hay que llevar a cabo una política que facilite el acceso a la documentación –a los archivos tanto públicos como particulares– y estudiar, clasificar y difundir los documentos de la memoria histórica. Ya es la hora de eso.

J.L.– ¿Y cómo hacer eso concretamente en Cantabria?

I.C.– Los poderes públicos deben apoyar el movimiento asociativo de memoria histórica de Cantabria. Se está redactando una ley de memoria histórica que la Consejería de Cultura se comprometió [en abril de 2016] a presentar en el ecuador de la legislatura, y hay que recordárselo [el consejero de Cultura, Ramón Ruiz, aseguró en enero de 2017 que el borrador de la ley ya estaba listo y que próximamente sería presentado a los colectivos de memoria histórica para que pudieran hacer sus aportaciones al texto]. 

Yo lo haría como se ha hecho en la ley de memoria histórica de Andalucía, donde un grupo de trabajo independiente se ha dedicado a la recuperación de testimonios de violencia y vulneración de los derechos humanos por parte del franquismo. 

Que un grupo integrado por profesionales de distintos ámbitos –abogados, jueces retirados, educadores, investigadores, documentalistas, expertos en violencia contra la mujer y en violencia contra la infancia…– supere el relato preconstitucional y elabore de una vez un relato basado en principios democráticos después de catalizar un debate público amplio en el que participe todo el que tenga que participar para que se sepa qué pasó realmente en Cantabria.

 Un debate bajo el prisma de la reconciliación, pero para llegar a esa reconciliación son necesarias esas cuatro condiciones: verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.

J.L.– No será fácil.

I.C.– Hay gente que dice que por ejemplo cambiar el nombre de algunas calles es una incomodidad y un engorro, pero es que nadie nos ha explicado nunca por ejemplo quién fue el general Dávila y qué hizo. Por eso es necesaria una labor pedagógica, hay que hacer pedagogía y explicación.

 Por otro lado, el Gobierno de Cantabria del PP [2011/15] no dio un paso en materia de memoria histórica y el Gobierno de Rajoy ha dejado a cero la partida y además presume de ello.

J.L.– Empezamos hablando de Juanín y hemos acabado hablando de…

I.C.– Esto es lo que me suscita a mí el 24 de abril de 1957 sesenta años después de aquella fecha. Juanín merece una lápida donde le mataron, en la curva del molino. Cada uno de los del monte merecen una lápida.

 Juanín es una víctima de un golpe militar, cayó preso y enfermo por ese golpe militar y tuvo que echarse al monte porque lo machacaban, pero fue una víctima más del franquismo y esas víctimas merecen todo lo que hemos dicho por la dignidad del país, porque si no, la democracia española siempre tendrá cadáveres en el armario."            (Entrevista a Isidro Cicero, diarioCantabria, 24/04/17)

28/3/17

Tras el asesinato de su marido, Matilde Zapata se hizo cargo del periódico La región. Le afeitaron la cabeza, como al resto de reclusas, y la encerraron a esperar la muerte

"Matilde Zapata nació en Sevilla, en 1906, y era una niña cuando su familia se instaló en Santander. Su padre encontró un trabajo como conserje en la Escuela Náutica y empaquetó vida y obligaciones en un tren camino del norte.

 Santander, a comienzos del siglo XX, era la ciudad del sanatorio del doctor Madrazo, de la Escuela Normal de Maestras donde se graduó Consuelo Berges; la playa de provincias que María Blanchard cambió por París, la ciudad aristocrática de Concha Espina, la ciudad obrera que esperaba a Luciano Malumbres, el paisaje urbano que miraba, desde Cueto, Matilde Camus cuando abría el cuaderno de sus primeros poemas.

En el centro de la vida de Matilde Zapata siempre hubo política. Cuando todavía era una niña se afilió al PSOE y llegó a ser presidenta del Grupo Infantil de la organización en Santander. De ahí pasó a las Juventudes Socialistas. A juzgar por todo lo que ocurrió después, nunca ignoró que tomar partido en un país que se encaminaba a la guerra tenía consecuencias. Por eso el destino siempre la encontró de pie.


La proclamación de la II República en abril de 1931 cambió el escenario y la vida de Matilde Zapata, que como tantos otros empezó a pensar que había otro futuro posible. Después de una década de dictadura, la izquierda se ponía al frente del país para abordar reformas que habían sido postergadas durante demasiado tiempo. Matilde Zapata, desde su lugar en la historia, se dedicó al trabajo de hacer realidad lo que hasta entonces solo había sido utopía.

En La Región

Santander estaba lejos del ojo de huracán de los acontecimientos, pero como un corazón que late y reparte la sangre por todos los miembros del cuerpo, el torrente de la historia arrastraba al país entero, desde el centro a la periferia.

 En cada ciudad española, durante los años treinta, latía una pulsión de cambio y una pulsión contraria de resistencia; en cada ciudad se abría un camino que conducía al futuro y otro que llevaba a la destrucción. El país respiraba el mismo aire, avanzaba y retrocedía al mismo paso. En cada ciudad se libraba un combate de agitación, propaganda, contrarreacción y política.

En el ambiente izquierdista de Santander todo el mundo conocía el periódico La Región. Su director, Luciano Malumbres, lo definía como "una barricada viva contra la reacción santanderina". Zapata y Malumbres se conocieron durante los albores de la República.

 Se casaron. Compartían ideas y un proyecto común que se sostenía sobre la línea editorial de La Región: visibilizar el movimiento obrero de la ciudad, dar voz a los que nunca habían tenido voz y denunciar la impunidad de los grandes empresarios. 

Matilde Zapata se convirtió en una de las principales colaboradoras del periódico. A través de sus artículos reclamó los derechos de las mujeres y defendió una igualdad efectiva en el ámbito laboral y cultural. Sus escritos en La Región y su trabajo -silencioso y silenciado durante años- en el Partido Socialista, la convirtieron en un arquetipo de la mujer izquierdista, libre, culta y luchadora.

En 1933 la derecha ganó las elecciones y se hizo con el Gobierno del país. Se abrió un periodo de contrarreforma y leyes derogadas. Las ocho páginas de La Región se convirtieron en un lugar todavía más incómodo para los que no estaban acostumbrados a escuchar reproches de quienes hasta entonces habían trabajado a su servicio sin abrir la boca. Zapata y Malumbres empezaron a transitar un terreno peligroso.

El país zozobraba hacia el conflicto violento y, en febrero de 1936, cuando el Frente Popular gana las elecciones, la ruptura comenzó a hacerse evidente. La tensión se acumulaba en las instituciones, en los cuarteles militares, en las páginas de los periódicos. Al hogar de Zapata y Malumbres comenzaron a llegar amenazas de muerte. 

El matrimonio se mantuvo firme. La Región se publicó puntualmente, y puntualmente siguió denunciando las prácticas de los terratenientes agrarios y la burguesía santanderina, la miseria de los trabajadores y los ganaderos.

Hasta que alguien decidió que Luciano Malumbres se había convertido en una voz demasiado incómoda. El asesinato se planea desde Madrid. Un pistolero experimentado es enviado para poner fin a La Región y a Malumbres. La historia recoge un nombre: Amadeo Pico Rodríguez, militante de Falange.

 El 3 de junio de 1936, en el bar La Zanguina, Amadeo Pico dispara dos veces sobre Luciano Malumbres, que se encuentra jugando una partida de dominó con unos amigos. El periodista es trasladado a la Casa de Socorro y, posteriormente, al hospital de Valdecilla, donde lo operan dos veces. El asesino se da a la fuga, pero es acorralado por un grupo de obreros y termina muerto de un disparo.

La noche se echa encima de Luciano Malumbres, que muere a la mañana siguiente. La noticia del atentando ocupa la primera página de La Región. Matilde Zapata se ha encargado de ello. Mientras su marido agoniza en el hospital, Zapata dirige la noche más larga en la redacción del periódico. Y envía un mensaje a los asesinos: La Región seguirá adelante.

Durante todo el mes de junio el periódico no dejó de publicarse un solo día. Zapata se convirtió en la directora oficiosa del medio. Compaginó el cargo con su trabajo de auxiliar en la Biblioteca Municipal de Santander. Desde las páginas de La Región investigó la muerte de su marido, señaló a los responsables, denunció la impunidad y continuó ejerciendo de portavoz de los trabajadores. Mantuvo vivo el legado de Malumbres, sin miedo a los asesinos.

En la guerra

El 18 de julio de 1936 comenzó la Guerra Civil. En el Santander republicano La Región siguió imprimiéndose a pesar de las dificultades propias de la situación. El Gobierno del Frente Popular se negó a dar un trato preferente al periódico que dirigía Zapata, equiparándolo al resto de medios locales. 

 Las noticias que llegaban desde el frente resultaban desalentadoras: la República cedía posiciones y las tropas sublevadas se acercaban a Santander. En 1937 Matilde Zapata abandonó el Partido Socialista, se afilió al Partido Comunista y radicalizó la línea editorial de La Región.

Ni La Región ni el Santander republicano ni Matilde Zapata sobrevivieron a la guerra. El periódico publicó su último número el 29 de junio de 1937. El 14 de agosto el general Varela comenzó la ofensiva sobre Cantabria bombardeando Reinosa y Mataporquera. Las defensas apenas resistieron. El 24 de agosto el ejército sublevado ocupó Torrelavega y el general Gamir Uribarri, responsable del republicano en Cantabria, ordenó la evacuación de Santander.

Matilde Zapata se encontraba entre los cientos de personas que marcharon hacia Asturias. El 26 de agosto las tropas de Varela entraron en la capital cántabra. En los días posteriores detuvieron a 17.000 personas. El 17 de septiembre, el ejército franquista ocupó Tresviso, la última localidad cántabra controlada por la República.

La periodista siguió realizando labores de propaganda en Asturias, alentando a la resistencia frente a un enemigo que continuaba avanzando. La situación no tardó en hacerse insostenible y, a principios de 1938, Zapata embarcó rumbo a Francia, camino del exilio, pero fue detenida por la flota franquista. 

 La condujeron de vuelta a Santander, donde fue sometida a un Consejo de Guerra. Se la acusó de apoyar la causa marxista y de arengar a las masas. Le impusieron dos condenas de muerte. Zapata, sin perder la calma, le dijo al juez que se guardara una de las condenas para sí mismo, porque algún día podría llegar a necesitarla.

Pasó sus últimos días de vida en una cárcel para mujeres improvisada en el Grupo Escolar Ramón Pelayo. Le afeitaron la cabeza, como al resto de reclusas, y la encerraron a esperar la muerte. Cuarenta mujeres fueron ejecutadas en Cantabria por los vencedores de la guerra entre 1937 y 1942. Matilde Zapata fue conducida al cementerio de Ciriego en la madrugada del 28 de mayo de 1938. La fusilaron al amanecer. Seis hombres murieron con ella. Tenía 32 años.

Durante un tiempo corrió el rumor de que había sido ejecutada mediante garrote vil en la prisión provincial. Su memoria no se apagó con su muerte. Pocos republicanos sobrevivieron a la depuración que siguió a la toma de Cantabria, pero entre los que lo hicieron se mantuvo el recuerdo de una mujer de convicciones firmes a la que el destino encontró siempre de pie, como aquella noche interminable en la que cargó con un periódico a la espalda mientras su marido agonizaba en Valdecilla por los disparos de un pistolero fascista.

 Sus restos siguen enterrados en una de las nueve fosas comunes del cementerio de Ciriego, junto a otras 835 personas ejecutadas por el ejército franquista en los años posteriores a la caída de Santander. (...)"              (  , eldiario.es, 25/03/20179

3/3/17

La vida de un soldado republicano... del frante a los campos de trabajo, pasando por las torturas de la Gestapo

Julio Vázquez Gutiérrez posa con su uniforme de miliciano en el verano de 1936

"Es difícil saber cuánto se oculta detrás de una fotografía, incluso de aquellas que de un vistazo nos trasladan a momentos tan precisos e intensos de la memoria colectiva como fue el inicio de la Guerra Civil.

 Julio Vázquez Gutiérrez (24 de mayo de 1917, Obregón, Cantabria), posa con su uniforme de miliciano. Estamos en el verano de 1936, el golpe militar se ha producido y el Gobierno ha hecho un llamamiento al pueblo para que tome las armas en defensa de la República.

Lleva su mono de trabajo y las alpargatas de cáñamo como todos los días, pero hoy de su pecho cuelgan los correajes y un casco le protege la cabeza. El máuser descansa en su mano con la bayoneta calada, mientras del cincho cuelgan la funda y la pistola que le acaban de entregar. En pocos meses cumplirá 19 años.

 Al observarle detenidamente no veo la mirada pícara que tenía en 1995 cuando le entrevisté, quizá la aprehendió en su trasiego por la historia.


La fotografía sólo nos devuelve una instantánea de su vida. Hemos de intuir que ya había participado en la huelga de octubre de 1934, o en las recientes elecciones para evitar que los caciques intimidaran a los votantes. El camino que ahora inicia le llevará con el batallón 103 al cerco de Oviedo y al frente de Reinosa. 

Se formó para ser tanquista y estuvo peleando hasta la caída del Frente Norte. Embarcó a Francia y desde allí hasta Barcelona. Otra vez al frente como tanquista a Teruel, al Ebro y a la retirada de Cataluña.

Aquí empieza otra historia, la de los campos de concentración en Francia y las Compañías de Trabajadores Extranjeros, hasta que se produjo la caída del Régimen de Vichy, en que se fuga del Campo de Argelès-sur-mer para incorporarse a los Maquisard.

 A los pocos meses fue detenido por la policía española que operaba en el sur de Francia de la mano de las tropas alemanas. Fue torturado por primera vez, aunque no la última, y trasladado a Barcelona para integrarse en el sistema penitenciario franquista.

Por una amistad de su tía que estaba sirviendo en Barcelona fue trasladado al campo de trabajadores de Cerro Muriano en Córdoba y licenciado en 1944. Convaleciente de tifus llegó a su pueblo, Obregón. Para sorpresa suya, las autoridades locales no le represaliaron, estaban demasiado preocupadas por el futuro del Régimen si finalmente los aliados ganaban la Guerra Mundial.

Su historia no acabó aquí, empezó a colaborar con las Juventudes Socialistas Unificadas, el PCE y tomó contacto con los del monte. La caída de la Agrupación Guerrillera de Santander en 1945 lo llevó de nuevo a prisión. Al salir en 1953 mantuvo su compromiso político, participando activamente en la organización del movimiento obrero en Nueva Montaña Quijano. La huelga de la factoría en 1968 le volvió a retener en prisión hasta bien entrados los años setenta.

Por fin en la calle, retomó la militancia en el Partido Comunista de España. La frustración de las expectativas electorales de la transición, las crisis internas del partido, el poco tiempo dedicado a su vida personal, no lograron amargarle. 

En 1995, cuando yo le conocí, trasmitía la energía de quien se siente protagonista y sabe que el juicio de la historia le será favorable. Escrutaba en los ojos de sus interlocutores buscando encender la revolución que estaba por venir."             (eldiario.es, 03/07/16)

3/2/11

Los campos de trabajo franquistas

"Son también lugares de la memoria todas aquellas obras públicas levantadas con la mano de obra de los prisioneros que procedían de los campos o Batallones de Trabajo:

el embalse y los saltos del Nansa en el curso de este río, las instalaciones de la nueva Sniace, el túnel de la Engaña en la Vega del Pas, la reconstrucción de Potes y de tantos otros pueblos, puentes y carreteras y vías de ferrocarril, dañadas por la guerra." (Diagonal Cantabria, Lugares de la memoria II, de Isidoro Bermejo, nº 22)