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7/2/23

Los procesos eran brevísimos. «No duraban ni cinco minutos, era terrible: mentira, culpable, muerte». Algunos días después, eran conducidos a capilla para pasar la noche, y a la mañana siguiente, antes del amanecer, serían fusilados en la tapia del cementerio. Mientras tanto, aquellos familiares a los que les llegaba la noticia de que los suyos pasarían la noche en la iglesia, se escondían en la oscuridad, esperando para poder recoger los cuerpos que dejaban a la intemperie los ejecutores

 "(...) «Desde el 15 de abril hasta el 1 de diciembre de 1939 estuvieron fusilando en esta tapia vecinos desde Hortaleza hasta Moralzarzal», explica Fernández Suárez a las puertas del cementerio. Era el final de procesos que comenzaban con una denuncia ante las autoridades franquistas, explica el historiador. 

Los represaliados de Hortaleza fueron apresados en su propio pueblo, donde sufrieron torturas para sacarles una confesión: «Las palizas estaban a la orden del día». Después se les trasladaba a cárceles próximas a las localidades cabezas de partido. En estas cárceles pasaban entre dos y tres meses hasta que se abría el proceso militar, los consejos de guerra, donde el denunciado, siempre en posición de inferioridad, se veía obligado a intentar defenderse a sí mismo. 

Los procesos eran brevísimos. «No duraban ni cinco minutos, era terrible: mentira, culpable, muerte». Algunos días después, eran conducidos a capilla para pasar la noche, y a la mañana siguiente, antes del amanecer, serían fusilados en la tapia del cementerio. Mientras tanto, aquellos familiares a los que les llegaba la noticia de que los suyos pasarían la noche en la iglesia, se escondían en la oscuridad, esperando para poder recoger los cuerpos que dejaban a la intemperie los ejecutores. (...)"           (Rodrigo Minguez, Hortaleza Periódico Vecinal, 31/08/22)  

14/3/22

Camposancos (A Guarda), la puerta del infierno: el campo de concentración sobre el que Franco articuló su aparato represor

 "El aparato represor que el franquismo puso en marcha durante la guerra y sostuvo durante la postguerra tuvo su origen en un antiguo colegio de los jesuitas reconvertido en campo de concentración donde se torturaba y asesinaba a los republicanos que caían en manos de los fascistas. Por Camposancos, en el municipio pontevedrés de A Guarda, pasaron entre 5.000 y 6.000 prisioneros de guerra entre 1936 y 1941.

La Fundación 10 de Marzo acaba de publicar A porta do inferno, de José Antonio Uris Guisantes y Víctor Santidrián Arias, una investigación histórica que reconstruye el origen de Camposancos y su relevancia en la configuración de la represión fascista en España.

 La Guerra Civil apenas duró unos meses en Galicia, donde los sublevados en seguida se hicieron con el poder sobre todo el territorio. Pero eso no quiere decir que no hubiera represión. Al contrario, hubo un auténtico exterminio de defensores de la República, y Camposancos fue uno de los principales centros de esa operación.

 El 27 de julio de 1936, nueve días después del golpe, las tropas de Franco llegaron a A Guarda, a dos kilómetros de la frontera portuguesa, depusieron al alcalde -Brasilino Álvarez Sobrino, fusilado poco después en la vecina localidad de Tui- y empezaron a detener y a pasear a ciudadanos de toda la comarca.

"Los primeros en estrenar Camposancos fueron los republicanos guardeses", cuenta José Antonio Uris, quien explica que los militares se dieron cuenta de que el colegio de los jesuitas que la República había expropiado a la orden, tras ordenar su disolución en 1932, "era el lugar ideal" para instalar un campo de concentración a donde llevar en masa a los prisioneros que iban haciendo a medida que avanzaban en el frente norte.

"Tenía capacidad para 680 personas pero llegó a albergar más de 1.200. Algunas fuentes dicen que llegó a haber más de 3.000, pero no parece real. Cualquiera que conozca el lugar verá que es imposible", añade Uris.

En un principio el recinto recibió el título oficial de Campo de Concentración, aunque posteriormente fue rebautizado como Prisión Habilitada de Presos y Presentados -los detenidos que se presentaban voluntariamente ante las autoridades sin delitos de sangre-.

Las primeras remesas de prisioneros de fuera de Galicia llegan a Camposancos en octubre de 1937, tras desembarcar del Aritzatxu, un buque prisión que llevaba presos asturianos y cántabros, entre ellos unas 160 mujeres, hasta Baiona, desde donde fueron trasladados en camiones al campo.

Camposancos contaba con tres patios. En el primero, según Uris, se obligaba a los prisioneros a formar, a cantar el Cara al sol con el brazo en alto y a dar vivas a Franco, a escuchar misa y hacer guardias frente a la bandera rojigualda. En el segundo se instalaron las jaulas para condenados a muerte -"los tenían como a perros", dice Uris- y en el tercero, las cocinas bajo unos galpones y el acuertalamiento del Séptimo Batallón del Regimiento de Infantería Mérida número 35 con base en Vigo.

 Los presos dormían hacinados en celdas comunes plagadas de piojos, chinches y garrapatas, recibían constantes palizas y maltratos y aunque la comida no era de las peores -leche por la mañana y lentejas o berzas con patatas para comer o cenar- algunos de ellos murieron de hambre.

Lo más terrible era lo que los reclusos acabaron denominando "el torreón de tortura", donde se les interrogaba bajo tormento para extraerles información,  clasificarlos y decidir su situación penal y su destino final.

 Tal fue el número de presos a los que se destinó a consejos de guerra que Franco decidió que era más rentable juzgarlos allí, por lo que ordenó el traslado a Camposancos del Tribunal Militar Permanente número 1 de Gijón, cuyo presidente era el siniestro Luis Vicente Sasiain, que acabaría siendo presidente del Real Club Celta de Vigo.

Sólo entre junio y octubre de 1938 fueron juzgados en Camposancos 513 prisioneros, en juicios sumarísimos de una hora de duración media y con hasta veinte reos por vista. Se decretaron 191 penas de muerte, 83 de cadena perpetua, 115 de veinte años de prisión, cincuenta de quince años, seis de doce años, una de nueve, dos de seis y 36 absoluciones.

De las 191 sentencias capitales, se ejecutaron 155. Las primeras al poco de empezar los juicios. El 2 de junio fueron fusilados 31 republicanos, y el 20 de julio, otros dieciocho. Sus cuerpos están enterrados en "cajas de pobres" en una fosa común junto a las tapias del cementerio de Xestás.

Las ráfagas de ametralladora atronaban al pueblo, y aunque eran otra manera de mantener aterrorizada a la población -también se dieron paseos y ejecuciones extrajudiciales, como en la mayoría de localidades de Galicia-, los responsables del campo decidieron trasladar a los prisioneros a otras zonas para ejecutar allí los fusilamientos.

Las ejecuciones siguieron en meses posteriores:34fusilados  en A Sangriña, 33 en Tui, 28 en Pontevedra, 29 en Forte do Castro, ocho en la isla de San Simón, siete en Celanova...

Según Víctor Santidrián, "Camposancos fue el inicio del sistema represivo del franquismo y se fue consolidando como campo de concentración y redistribución de prisioneros a medida que iba cayendo el frente norte" y el franquismo iba configurando su aparato carcelario y fundando nuevos campos en otras zonas del Estado.

Según la documentación que ofrece el libro de Uris y Santidrián, a 1 de abril de 1938 había en las zonas ocupadas por el ejército fascista 36 campos de concentración con más de 49.000 prisioneros registrados oficialmente. Otras fuentes hablan de hasta 110.000 prisioneros apenas un mes después. Tras la ofensiva de Cataluña, los expertos calculan que alrededor de 350.000 personas estaban confinadas en campos, prisiones e instalaciones para batallones de trabajadores forzados.

Camposancos cerró oficialmente en 1941, aunque según José Antonio Uris hubo presos que siguieron allí al servicio de los jesuitas, a los que Franco devolvió las instalaciones. También cuenta que durante la Transición el Gobierno de Adolfo Suárez concedió a la orden ayudas para rehabilitar el recinto, que fueron empleadas en picar y derribar las paredes del lugar para borrar de ellas los mensajes y nombres grabados por los prisioneros en las paredes y los vestigios de lo que allí sucedió.

El listado del censo de quienes pasaron por el antiguo colegio ocupa 53 páginas en el libro de Uris y Santidrián. Uris se emociona al recordar a uno de ellos, Manuel Domínguez Pacheco, Taxota, quien también investigó sobre el campo.

Uris, Domínguez Pacheco y otros grupo de personas, entre ellas Dolores Domínguez Pacheco e Isaura Gómez, empezaron en 1974 a saltar los muros del cementerio de Xestás para homenajear cada año a los fusilados allí y, por extensión, a todas las víctimas de Camposancos y, en general, de la represión franquista. En 1984 fundaron la Comisión Ciudadana Pro-Fosa Común, y el 15 de agosto de 1986 inauguraron un monumento en su honor.

Camposancos está hoy en ruinas y sus patios, devorados por la maleza. Hace unos años estuvo a punto de ser objeto de una millonaria operación urbanística que no fructificó. Hoy no hay nada en el lugar que indique a quien pasa por allí que fue uno de los centros del horror del fascismo en España."              (Juan Oliver, Público, 11/03/22)

19/1/22

El campo de concentración franquista del Estadio de Vallecas... no se podían usar las pocas letrinas del campo; no existían camas ni nada parecido, ni se facilitaban mantas; apenas daban comida a los prisioneros; y no se adoptaron medidas sanitarias ni se prestaba servicio de enfermería... y sonaban los tiros y otro que mataban... Los familiares y vecinos solidarios aprovechaban la noche para pasar mantas y comida a los presos, arriesgando sus propias vidas... El frio provocó numerosas pulmonías, y se propagaron enfermedades como el tifus y la tuberculosis... Los de fuera, además, sentían un enorme miedo. Los falangistas se hicieron con las calles y sembraron el terror en Vallecas... se propinaban palizas ejemplares a republicanos en lugares públicos, se “visitaban” sus hogares para atemorizarlos

 "El Estadio de Vallecas, feudo del Rayo Vallecano desde los años cincuenta del siglo XX, fue durante el mes de abril de 1939 uno de los cerca de 300 campos de concentración que la dictadura franquista creó para mantener encerradas en unas condiciones infrahumanas, al margen de normas internacionales sobre prisioneros y extrajudicialmente, a un total de, al menos, 700.000 personas que habían perdido la Guerra Civil.

 Vallecas vivió durante el mes de abril de 1939 uno de los periodos más tristes y humillantes de su historia. El 1 de abril, tras ganar la Guerra Civil las tropas franquistas, el Estadio de Vallecas, o Stadium de Vallecas, como todavía se le conocía, era transformado en un campo de concentración. No importaba el abandono de las armas; la llegada de la paz. La represión hacia los vencidos era atroz. La mayoría de los campos de concentración franquistas, establecidos en lugares tan dispares como monasterios, conventos, castillos, fábricas, escuelas, almacenes, plazas de toros, estadios de fútbol o levantados en el campo gracias a la construcción de barracones, desparecieron a lo largo de 1939, aunque alguno duró hasta 1947 ó 1948. El Estadio de Vallecas funcionó como campo de concentración más o menos medio mes.

Como sardinas en lata, miles de vallecanos y madrileños fueron hacinados en unas instalaciones que apenas contaban con aseos y lugares para la higiene, y menos para ellos, ni con lugares para protegerse del frío y la lluvia, y donde lo mejor que se podía hacer, y casi lo único, era permanecer en la posición para no perder el sitio. El 4 de abril había en su interior 9.500 personas, tal y como afirma Carlos Hernández de Miguel en su libro 'Los campos de concentración de Franco: sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas' (Ediciones B, 2019). Custodiaba el recinto el I Cuerpo del Ejército. En uno de sus estadillos se expresa la cifra mencionada. El 1 de abril, según Hernández de Miguel, las autoridades militares habían difundido un bando que exigía “al personal del ejército rojo” que se presentara durante la mañana de ese día en el Estadio de Vallecas.

Lo sufrido en el Estadio de Vallecas pesa como una losa en la memoria de los vallecanos. Los afectados y sus familias tuvieron que esperar a la llegada de la democracia para empezar a exteriorizar lo vivido. El grado de hacinamiento era extremo; no se podían usar las pocas letrinas del campo; no existían camas ni nada parecido, ni se facilitaban mantas; apenas daban comida a los prisioneros; y no se adoptaron medidas sanitarias ni se prestaba servicio de enfermería. Los familiares y vecinos solidarios aprovechaban la noche para pasar mantas y comida a los presos, arriesgando sus propias vidas. Se produjeron bastantes muertes. Los intentos de ayuda a los prisioneros ocasionaron frecuentes incidentes entre los vallecanos y las fuerzas del orden.

Llovió mucho durante aquellos días. El frio provocó numerosas pulmonías, y se propagaron enfermedades como el tifus y la tuberculosis. Los piojos cada vez abundaban más, al tiempo que el calzado se estropeaba. Los testimonios vallecanos coinciden en señalar que el campo se transformó en un espantoso lugar. En el libro de Hernández de Miguel se recogen unas palabras del vecino de Vallecas Blas Conesa, publicadas en la revista Interviú del 18 de enero de 1984, donde éste cuenta que llevó mantas y alimentos a los prisioneros, que introducía a través de las alambradas que rodeaban al estadio. “El campo duró más de una semana. La lluvia convirtió en un barrizal el recinto. Enfermedades y fallecimientos estaban a la orden del día. Tuvieron que abrir las puertas y dejar marchar a los prisioneros, porque no había comida”.

En la web de la asociación Vallecas Todo Cultura se puede consultar una ponencia, titulada 'La II República y la Guerra Civil en Vallecas (De la euforia a la depresión/represión)', redactada por Gabriel Pérez y Alfredo Pérez, que contiene información y testimonios sobre el campo de concentración de Vallecas. Los autores aseguran que las condiciones de los campos de concentración eran en general infrahumanas, con hacinamiento, frío, hambre extrema, enfermedades (parásitos, sarna, tifus…) y humillaciones de todo tipo; y con malos tratos y ejecuciones de personas. Como en otros textos sobre el tema, se dice que el campo de concentración del Estadio de Vallecas duró más de un mes.

En la ponencia aparece el siguiente testimonio de Matilde, vecina de Vallecas: “Allí [en el Estadio de Vallecas] se morían como chinches, a la intemperie, con frío, lluvia, pues los pobrecitos, algunos, venían heridos y no los curaban. Había mucha gente cuya familia era de aquí y les llevaban algo, pero, qué les iban a llevar, si los de fuera tampoco tenían nada”.

Los de fuera, además, sentían un enorme miedo. Los falangistas se hicieron con las calles y sembraron el terror en Vallecas. Existía una vigilancia exagerada; cualquiera podía ser delatado por cualquiera. Se depuraban de “rojos” los trabajos, se propinaban palizas ejemplares a republicanos en lugares públicos, se “visitaban” sus hogares para atemorizarlos o detenerlos y en las escuelas comenzó a practicarse un adoctrinamiento inaudito.

Otra vecina, Manoli, evoca en la ponencia los fusilamientos y las humillaciones a las mujeres en las calles vallecanas: “Recuerdo cuando decía mi madre: suena otro tiro, otro al hoyo. También solía decir mi madre que Franco reunía a los presos donde es ahora el campo de fútbol y sonaban los tiros y otro que mataban. Otra cosa que recuerdo es que decían que por la calle Peña Prieta a las mujeres les daban aceite de ricino para que se fuesen haciendo caca por la calle, y las cortaban el pelo al cero”.

 Nicolás Sanchez Martín nos ha proporcionado un valioso testimonio acerca de su padre, Nicolás Sánchez Sánchez, prisionero en el Estadio de Vallecas. El padre, que se había alistado en el ejército en 1937 con 15 años, mintiendo sobre su edad, pertenecía a la 99ª Brigada Mixta. Cayó prisionero en Hortaleza, en la defensa del cuartel instalado en el noviciado de los Padres Paúles, y de allí le llevaron al campo de concentración que estaba en el campo del Rayo, en Vallecas, custodiado por guardas moros. Contaba que el campo de concentración estaba a rebosar de gente y que les daban una lata de sardinas sin abrir por cada diez personas. Tenían que organizarse para repartirse la comida y para poder abrir las latas sin derramar o dañar el contenido. La falta de noticias hizo que la gente se acercara al campo para saber sí estaban presos sus familiares, y eso propició que se cayese la valla de la zona donde estaba y en donde se agolpaba gente tanto dentro como fuera”. Nicolás logró escaparse del campo aprovechando un descuido de los vigilantes. Cogió la cazadora de cuero que siempre llevaba, que le había regalado un miembro de las Brigadas Internacionales, y se marchó andando. “Se agarró a una señora que estaba fuera preguntando por su hijo. Mi padre vivía en Ventas, en lo que ahora es la M-30, en un barrio que llamaban de La Bomba. Tardó dos días en llegar desde Vallecas a su casa porque solo se movía de noche, y se escondía de día”.

No estuvo confinado en el campo de concentración del estadio el alcalde de Vallecas al llegar la guerra, el maestro de escuela Amós Acero Pérez, como a veces se ha dicho, pero sí Lorenzo Díaz Pérez, que era justo el alcalde del pueblo de Amós, Villaseca de la Sagra (Toledo), y que dejó el recinto el 2 de abril. Amós Acero pasó por los durísimos campos de concentración alicantinos de Los Almendros y de Albatera antes de ser trasladado a las cárceles de Madrid y ser fusilado, tras dos juicios paralelos que aseguraban su condena a muerte, en las famosas tapias del cementerio del Este, el 16 de mayo de 1941.

Es muy probable que el fútbol tuviese que ver en el precipitado final del campo de concentración de Vallecas. Los otros dos estadios principales de Madrid, el Metropolitano y el de Chamartín, también habían sido convertidos en campos de concentración y no podían ser utilizados por hallarse muy deteriorados. El régimen franquista quería recuperar lo antes posible la vida cotidiana, y el fútbol ocupaba un lugar de honor en el ocio de la época.

El Estadio de Vallecas, inaugurado en marzo de 1930 como feudo del Racing de Madrid, o de Chamberí, barrio madrileño al que pertenecía este club, estaba situado a unos 800 metros del inicio de la actual avenida de la Albufera, es decir, muy cerca de Madrid, así que se presentaba como una buena opción para reiniciar la práctica oficial del fútbol. Desaparecido en 1931 el Racing, el Athletic de Madrid, años más tarde Atlético de Madrid, lo había usado como campo propio hasta la guerra. El 17 de abril de 1939, probablemente tras no ser ya campo de concentración, la prensa informaba que regresarían los partidos de fútbol a Madrid en breve, al Estadio de Vallecas. El diario falangista leonés Proa, anunciaba que se había acordado el arreglo de este estadio para la organización de encuentros a partir del día de San Isidro.

No obstante, el estreno del fútbol en la capital (Vallecas era un pueblo independiente, pero la cercanía de Puente de Vallecas hacía que se viese como un barrio de Madrid) se produjo nada más empezar el mes de mayo. El 2 de este mes, se celebraba en el Estadio de Vallecas el primer partido de fútbol tras “la liberación de Madrid”, disputado por el Aviación Nacional, equipo que se uniría al Athletic de Madrid, y el Deportivo Alavés, resuelto con empate a un gol. Antes de iniciarse el choque, la banda militar de la Sexta División de Navarra interpretó el himno nacional, con todos los jugadores brazo en alto realizando el saludo fascista, y a continuación se guardó un minuto de silencio por los caídos en la guerra en el bando nacional. El nombre de Franco estaba presente en las paredes de la valla del campo.

 El Estadio de Vallecas continuó acogiendo partidos de fútbol. El 4 octubre de 1939, el Athletic de Madrid y el Aviación Nacional se fusionaban en el Athletic Aviación, desde 1940 Atlético Aviación y desde 1947 Atlético de Madrid. En las temporadas 1939/40 y 1940/41, con el Estadio de Vallecas como casa, los rojiblancos lograron las dos primeras ligas de su historia. El equipo colchonero regresó al Estadio Metropolitano en febrero de 1943, una vez finalizada su remodelación tras la Guerra Civil.

Los vallecanos callaron durante años. No está cerrada la herida del campo de concentración del Estadio de Vallecas, ni mucho menos. Jamás se ha producido un reconocimiento oficial de la gravísima humillación producida durante aquellos fatídicos días. Es más, decenas de años después, multitud de españoles están empezando a conocer de verdad lo sucedido con los campos de concentración y con otras formas de represión franquistas. Durante la dictadura nada se aclaró por razones obvias, en las primeras décadas de democracia no convenía para asentar la concordia política, y ahora resulta que la vergüenza, en el mejor de los casos, fue por igual —dicen unos— en ambos bandos; no entrándose a enjuiciar la supuesta paz de Franco, obviamente posterior a la conclusión de la guerra. Así que setenta años después de los campos de concentración franquistas, continúa oculta la historia del Estadio de Vallecas."             
       (Juan Jiménez Mancha, VallecasWeb, 16/01/22)

26/9/17

Trágica y terrible era la visión de los hombres que llegaban a la cárcel destrozados, en una condición tal que era difícil reconocerles. Algunos permanecían, durante horas o días, tirados en el suelo desnudos. El franquismo mató cerca de un millón de muertos, entre fusilados y fallecidos por las enfermedades y palizas recibidas

"Jaime Menéndez El Chato no fue un periodista desapercibido en su tiempo. El primer español que llega como periodista a la redacción del New York Times provenía de una familia humilde y una aldea remota en el Concejo asturiano de Salas, conocida como Sobrerriba, con apenas un centenar de habitantes. (...)

En 1919, con 18 años, emigraría a Cuba junto a sus hermanos para iniciar una nueva vida. “No quería servir al Ejército y marchó a La Habana para compaginar sus estudios autodidactas de lenguas extranjeras, especialmente inglés, periodismo, política internacional, historia y literatura”. 

Dos años más tarde, pegaría el gran salto al nuevo continente, afincándose en Nueva York. Como dependiente en una pastelería primero y más tarde como redactor en el diario La Prensa, que llegó a dirigir, donde conocería la oferta de trabajo en el prestigioso Times. (...)

“Trabajó muy duro para quedarse” apunta su nieto. Una crónica sobre un partido de béisbol lo llevó a pisar el despacho del jefe del rotativo, Herbert Lionel Mathews. Chema recuerda como Mathews preguntó qué quién había escrito dicha crónica. “Un español que está en deportes” le contestaron. Mandó que le llevasen a su despacho y hablaron largo y tendido. 

Una de las cosas que le dijo fue que escribía mejor en inglés que él mismo. Tras esa larga reunión Hebert L. Matthews le dijo: “A partir de mañana empiezas en política internacional”. Chema apunta que “esa era la auténtica pasión de mi abuelo”. Fue en esa sección donde el Chato empezó a escribir sobre la realidad de su país y la Segunda República. (...)

Matthews tenía gran admiración por la figura del Chato, a quién le propuso en 1932 la importante tarea de volver a España como corresponsal. Sería contratado por la North American Newspaper Alliance, (NANA) la organización sindical a la cual pertenecía el New York Times.
En aquella España moderna, llena de cambios y avances, hizo todo tipo de reportajes.

 Entrevistó a los principales miembros del gobierno para hacer llegar a los Estados Unidos todos sus planes en economía, ciencia, educación, reforma agraria, cultura y feminismo. Chema destaca la fuerte impresión que tuvo para el Chato “las misiones pedagógicas”. (...)

Poco después sería enviado por la Agencia americana y el gobierno de la República a Alemania para realizar un estudio pormenorizado sobre el nazismo. En las líneas de sus crónicas destacaba los discursos de Hitler. “Observamos cómo la gente se volvía loca con la oratoria del Führer; pudimos comprobar que estábamos ante el comienzo de una nueva barbarie, la eclosión del Nazismo”. (...)

 Pronto llegaría el Madrid de la guerra, de la que el Chato no partiría más hacia América. Chema destaca que “llegó a dirigir el diario El Sol, sustituyendo a Enrique Sánchez Cabezas. (...)

“Era un hombre muy importante que se quedó hasta el último momento en la capital, asediado por los rebeldes franquistas, soldados marroquíes, nazis e italianos. Fue uno de los sesenta y seis periodistas que no abandonaron su lugar de trabajo”. 

De aquel grupo de corresponsales, solo seis pudieron escapar. El resto fueron encarcelados en el campo de concentración de los Almendros.

 El Chato sufriría en primera persona torturas, enfermedades, hambre, hacinamiento y hedores, en algunos lugares tenía que hacer sus necesidades donde dormía. Aquella brutalidad nunca la pudo olvidar en vida. Durante su cautiverio emprendió también una lucha antifranquista, formando células clandestinas con su mejor arma: su pluma. Era consciente que debía transmitir el horror sufrido en su libro titulado The Jail

 Esta obra en inglés la escribiría a escondidas, en una libreta que camuflaba en el doble fondo de su boina. Su familia la pudo rescatar con un mensaje en castellano donde le advertía “No preocuparos si os lo encuentra un guarda civil, aunque sepa inglés, no se enterará de nada”.

En The Jail detallaba los rostros de los presos republicanos, tras las palizas recibidas en las cárceles “Trágica y terrible era la visión de los hombres, que llegaban a la cárcel destrozados, en una condición tal que era difícil reconocerles. (…) Algunos de ellos permanecían, durante horas o días, tirados en el suelo desnudos. Otros, con la ayuda de amigos o compañeros, bajaban al patio para que el sol ayudase a curar lentamente sus heridas y cicatrices”.

El Chato tardaría cinco años en conseguir la liberta condicional, el 26 de enero de 1944. A su salida fue contratado como secretario del agregado de prensa de la Embajada de Estados Unidos en Madrid y desde allí “formó parte de la célula antifranquista más relevante de aquellos momentos”, como indica el profesor Fernando Hernández Sánchez en su libro ‘Los años de Plomo’.

Sin embargo, la presión policial era muy fuerte y decidió, junto a su familia y la connivencia del Partido Comunista aceptar la oferta de redactor jefe del diario España en Tánger. Chema recuerda a Público que consiguió este cambio de residencia al Norte de África gracias a sus jefes directos del departamento de prensa: Mr. Wyse, Mr. Hughes y Mr. Bonsal. “Entre todos le arreglaron todos los papeles para poder exiliarse a Tánger con su familia, también intervino en el proceso Gregorio Corrochano, director del diario España de Tánger, que lo contrató”, aclara Chema.

 El historiador Fernando Hernández Sánchez destaca que muchas de las cifras recopiladas sobre los asesinatos perpetrados en la represión franquista “coinciden con el trabajo clandestino que hizo para el gobierno de los Estados Unidos el Chato siendo agregado de prensa en la embajada de Madrid Abel Plenn.

 El investigador aclara que este “trabajo aunque ha sido ignorado en España y fuera de ella, fue publicado, en Estados Unidos y en México, en 1946. Sus cifras se guardan bajo un libro titulado Viento en los Olivares, que describe con gran rigor y minuciosidad la verdadera cara del régimen franquista”.

 En 1944 la War in Office de los Estados Unidos mandó al departamento donde estaba El Chato el encargo de hacer un informe oficial de la represión franquista. “Mi abuelo colaboró clandestinamente. Las conclusiones fueron paladinas.

 El régimen franquista produjo desde el fin de la guerra hasta la mitad de la década de los 40 cerca de un millón de muertos, entre fusilados y fallecidos por las enfermedades y palizas recibidas. Solo esperemos que algún día el gobierno de los Estados Unidos lo desclasifique para que todo el mundo sepa realmente lo que ocurrió aquellos años”.

De 1946 a 1947 El Chato, en su exilio de Tánger, se incorporó a otra célula clandestina y desde su puesto de redactor jefe y luego de subdirector del diario España mantuvo una línea pionera crítica a la dictadura franquista en la prensa española.

En 1957 regresó con su mujer, Avelina Ranz, a Madrid. Sus tertulias antifranquistas, en diferentes cafés de Madrid, adquirieron bastante fama, compartiendo las mismas con personajes comprometidos en la causa como Héctor Vázquez Azpíri, Fernando García Vela, Juan Antonio Cabezas, Goico Aguirre, escultor y dibujante y Alfonso Tortosa, comandante médico de Carabineros en la guerra civil, entre otros. (...)"                 (María Serrano, Público, 17/09/17)

26/10/16

Le dijeron que le iban a dar "el paseíllo" en el Campo de la Bota, lugar donde los franquistas fusilaron a discreción... desee que todo acabara y así se lo dije

"(...) Ángel Gonzalez, de 63 años, luchó contra la dictadura franquista desde las filas del PCML-FRAP. Fue detenido el 11 de octubre de 1975 cuando regresaba a España tras una reunión en el extranjero de la Dirección Nacional de su partido. Ahí comenzó un camino de interrogatorios, golpes, amenazas, mentiras y torturas que finalizaría el 19 de octubre de 1977 (...) 

"Nada más llegar, ya sabían quien era yo (yo no lo había confesado) y empezaron 10 días seguidos de imborrables torturas. Se me sometió a diario y con pequeños descansos en calabozos a la tortura de la barra(...), mediante la cual te colgaban entre dos mesas de la sala y así colgado empezaban a golpearte con porras en las nalgas, las plantas de los pies la zona lumbar... (...) 

Cuando me bajaban a los calabozos estaba ya en tal estado, con las plantas de los pies tan inflamadas que me tenían que bajar entre dos policías", relata Ángel Gonzlo en la denuncia que se presenta este miércoles ante el Consulado y a la que ha tenido acceso Público. 

La tortura física nunca viene sola. A los golpes hay que sumar la presión psicológica sobre el preso, las amenazas, las mentiras, el juego sucio del represor. Así lo recuerda perfectamente Ángel González, que describe en su denuncia el día en el que los policías de la Brigada Político Social le dijeron que le iban a dar "el paseíllo" en el Campo de la Bota, lugar donde los franquistas fusilaron a discreción durante su entrada a Barcelona en la Guerra Civil.

"Recuerdo que cuando por fin por la noche me metieron esposado en un coche camuflado con cuatro policías y me dijeron que nos íbamos allá para ejecutarme, lo desee profundamente, desee que todo acabara y así se lo dije

 Atravesamos Poble Nou, pero antes de llegar al destino dieron la vuelta, volvimos a Laietana (sede de la DGS en Barcelona) y continuaron torturándome con más ganas", señala este hombre, que pese a ello se negó a firmar reconociéndose como "inductor del asesinato de un policía". 

El ahora denunciante pasaría dos años más en prisión. Sin fianza. Sin juicio alguno. Nada. (...)"       (Público, 18/11/16)

20/7/16

Lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas

"En la celda de la prisión de Barranco Seco en Las Palmas, apenas había espacio para moverse, la aglomeración de presos superaba todos los límites, en un espacio para cuatro personas se hacinaban quince, dormían en el suelo unos pegados a otros, eran frecuentes los abusos sexuales, sobre todo con los más jóvenes que llegaban sin conocer a nadie de su pueblo o barrio. En este caso algunos de los “veteranos” se lo “adjudicaban” para violarlo durante días o meses.

A ese lugar de terror y muerte llegó Servando García, detenido por la Guardia Civil mientras repartía propaganda de la CNT en la factoría de pescado de Guanarteme, lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas brutales.

Su hermosa juventud, apenas veinte años, fue un verdadero problema cando ingresó, solo había un preso político de Lanzarote, un señor mayor comunista, apellidado Sangines que tenía una grave enfermedad mental por los golpes en la cabeza de los policías y falangistas, se vio solo y de forma inmediata un preso común de El Risco de San Nicolás lo tomó como “puto”, sometiéndolo a todo tipo de abusos durante meses, uniéndose ocasionalmente varios presos y funcionarios que participaron en la violación múltiple contra un muchacho forjado en mil luchas, en todo tipo de acciones contra la dictadura desde que tenía catorce años.

Además de las violaciones, sufría periódicamente las vejaciones, cuando lo sacaban en el jeep de la policía armada hasta comisaría, para sacarle información de sus compañeros de lucha, siempre resistió aquel tremendo maltrato, no dio ningún dato, ningún teléfono, ninguna calle, ninguna información sobre las acciones de los anarquistas en las islas, lo que le genero todo tipo de secuelas físicas, orinaba sangre, apenas podía tragar la comida repleta de bichos, la mayoría de las veces en mal estado.

Andaba como un muerto viviente las pocas horas que lo sacaban al patio de la cárcel, desnutrido, siempre solo, aislado del resto de presos, “El Cachimba” lo requería a los baños, no podía negarse o lo asesinaban, los guardias civiles se miraban cómplices con media sonrisa.

-Le van a dar polla de nuevo a este hijo de puta, tiene que tener el culo más abierto que una jarea. –Decía el sargento Robledano de Sevilla, fumándose un cigarrillo rubio americano-

Esa misma noche, la del 18 de julio del 59, se levantó cuando todos dormían y con un pequeño clavo oxidado se cortó las venas, se quedó mirando en silencio a través de las rejas mientras partía para siempre la llovizna de verano, alguna estrella lejana, quizá otros mundos de fraternidad universal, de esa justicia digna que emana de los más nobles sentimientos de amor de los pueblos."              (Viajando entre la tormenta, 15/07/16)

22/4/16

“Un policía me torturó durante el franquismo y ahora me denuncia por llamarlo torturador”

"El mundo al revés. El colmo de las injusticias. “Un policía me tortura y ahora me denuncia por llamarlo torturador”. Es lo que piensa José Ortega Ortega, un albañil jubilado de 71 años, vecino de Algeciras que no sale de su asombro. 

El juzgado de Instrucción Número 3 de Algeciras lo ha citado en calidad de querellado para que responda por las acusaciones que hace contra él Ángel Lozano Márquez, ex comisario de policía de La Línea, medalla de oro de esta ciudad desde 2013.

Lozano ha presentado una querella criminal contra Ortega, al que acusa de un presunto delito de injurias y calumnias porque en una carta al director publicada en el periódico Europa Sur el 6 de agosto de 2013, en la que criticaba la decisión del Ayuntamiento linense de dar la citada mención al policía, el albañil aseguraba: “(…) tan alegre y tan contento, celebrando la jubilación de un torturador franquista, por tanto antidemocrático”.

Otro párrafo que a juicio del policía resulta injurioso para su persona es el que sigue: “(…) por proponer un homenaje represivo del franquismo que se aprovecha en los años de la transición camaleónicamente para seguir en su estilo, convertido con modales más suaves, pero sin cambiar en el rumbo político, defensor del pensamiento único y de la historia única, las que representaron y representan”.

¿UNA HOJA DE SERVICIOS INTACHABLE?

Laura Cuevas, procuradora que presentó la querella en el juzgado, asegura en su escrito que Lozano Márquez tiene una hoja de servicios intachable y con varias condecoraciones. Y añade que Ortega tuvo la voluntad de injuriar a su representado porque hizo pública su acusación en un periódico con la resolución fría y alejada de cualquier estado de apasionamiento que pudiera justificar o disculpar su actuación.

El Código Penal prevé, por el delito de calumnias, penas de seis a dos años de prisión, o multa de doce a veinticuatro meses, a razón del precio fijado por cada día en la sentencia que dicte el juez. Y por el de injurias, multas de seis a catorce meses.

El 12 de mayo próximo es la cita en el juzgado número 3 y José Ortega lo tiene claro: contará al juez por qué llamó torturador a Ángel Lozano, policía que formaba parte de la Brigada de lo Político Social que el 13 abril de 1975 detuvo en el Campo de Gibraltar a un grupo de militantes del PCE, Comisiones Obreras y del Movimiento Comunista. 

José tiene muy vivos aún los tres días que pasó en la comisaría de La Línea. Y los ocho meses de cárcel que vinieron después en Algeciras, encerrado mientras esperaba juicio por los delitos de propaganda ilegal y asociación ilícita, hasta que en diciembre recuperó su libertad tras la muerte del dictador.

INTERROGADO Y TORTURADO

Lo que no olvida de ninguna manera son los tres días sufridos en la comisaría de La Línea. Allí fue interrogado y torturado junto a otros seis compañeros: Andrés Barrachina, Jacinto Domínguez, Andrés Martín Díaz, José Llaves Bernal, Cristóbal Mateo Gómez y Alberto, un trabajador del que José Ortega ha olvidado su apellido. 

Allí pasaron todos tres días sin dormir, siendo interrogados una y otra vez, y sufriendo torturas y malos tratos para que confesaran y delataran a más camaradas. “Yo acabé con los brazos desollados y cuando el juez que nos mandó a la cárcel me preguntó cómo me había hecho las heridas se lo expliqué: estuve casi todo el tiempo esposado y de los empujones que me pegaban para un lado y para otro se me quedó la carne viva”, recuerda José.

Tampoco se olvida José Ortega del policía jovencito, pequeño y delgado que se sentaba frente a él y ponía la pistola encima de la mesa. Era Ángel Lozano, quien ahora lo denuncia por llamarlo torturador. “Me amenazaba, me insultaba y me provocaba”, recuerda José. “Alguna vez me encañonó y una vez llegó a decirme: Tú serías capaz de matarme con las manos… ¿Verdad? Yo le respondí que no, que yo no tenía instinto criminal como él”.

‘PERDIÓ LA CABEZA DE TANTO SUFRIR’

José Ortega cuenta que le pegaron patadas, codazos y empujones, y que lo obligaban a agacharse, una y otra vez, con los brazos extendidos y los dedos señalando a la pared. También recuerda el foco que le pegaban a la cara durante los interrogatorios, cómo le quemaba la cara y cómo se le secaba la boca. 

Con todo, José asegura que otros compañeros sufrieron peor suerte que él: “A Llaves Bernal, al que detuvieron dos días antes que a los demás, le hicieron de todo. Lo tendían en el suelo, le tapaban la cabeza con una manta y le echaban cubos de agua… 

Todas las torturas más duras. Acabó destrozado. El hombre perdió la cabeza de tanto sufrir y lo mandaron al psiquiátrico de El Puerto de Santa María. Tardó por lo menos dos o tres años en recuperarse, pero ya nunca fue el mismo”, afirma.

José Ortega escribió la carta supuestamente injuriosa para Ángel Lozano a principios de julio de 2013. Fue cuando se enteró por la prensa que iban a condecorar a Lozano. No podía creer la noticia. Estupefacto e indignado, contactó con dirigentes locales del PSOE para evitar el nombramiento, pero no le hicieron caso. Le dijeron que el expediente de nombramiento había estado expuesto al público los días que marca la ley y que nadie había presentado ninguna alegación en contra.

 Le dijeron que el nombramiento, además, se iba a hacer por unanimidad, con los votos de todos los grupos políticos: PSOE, PP, PA e IU. Como no le hicieron caso y la ceremonia se llevó a cabo, escribió una carta que fue publicada en dos partes en el Europa Sur.

SIN PRUEBAS, SEGÚN LA ALCALDESA

La entonces alcaldesa de La Línea, la socialista Gema Araujo, dijo cuando fue consultada por este periódico que no tenían ninguna prueba de las acusaciones tan graves que hacía Ortega en su carta. Añadió que como todos los grupos apoyaban el nombramiento decidieron seguir adelante porque la carta les llegó a muy pocos días de la fecha elegida para la ceremonia, el 11 de julio de 2013.

José Ortega fue elegido concejal en 1979, en las primeras elecciones municipales tras la muerte de Franco. Iba en las listas del Partido Comunista de España en San Roque, municipio gaditano al que pertenece la pedanía de Guadiaro donde él vivía desde pequeño.

 Años más tarde, José Ortega abandonó el PCE para entrar en el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), del que es fundador en el Campo de Gibraltar. Actualmente colabora con Podemos en San Roque Sí Se Puede y es un persona muy activa en cuantas movilizaciones sociales, laborales, ecologistas o pacifistas se realizan en esta comarca.

PLATAFORMA EN DEFENSA DE PEPE

José Ortega Ortega no estará solo en los juzgados de Algeciras el 12 de mayo. Sus compañeros de partido han convocado ya a sindicatos, formaciones políticas y asociaciones para crear una plataforma en defensa de Pepe, como todo el mundo le conoce.

 El Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar le ha brindado todo su apoyo y ha puesto a su disposición todos sus medios para ayudarle en su defensa. “Una víctima del franquismo no puede volver a ser víctima de otra injusticia mientras hay tanto criminal y torturador suelto”, afirma Andrés Rebolledo, presidente del foro.

 “Este caso vuelve a demostrar que vivimos en una democracia de pacotilla. En España no solo no hubo la necesaria depuración de los cuerpos represivos sino que todavía hoy siguen mandando y alardeando de su pasado”, añade.

Antonio Sánchez, militante de Podemos San Roque, asegura que esta plataforma no se parará aunque la causa contra José Ortega sea archivada o resulte absuelto. Lo siguiente será que el Ayuntamiento de La Línea retire la medalla de oro a quien lo denunció. “Ni olvido ni perdón. Defenderemos a José hasta el final y llegaremos donde haga falta. Es lo mínimo que debemos hacer”, concluye.

Este periódico intentó contactar con Ángel Lozano para que diera su versión de los hechos pero su abogado, Javier Sánchez Holgado, afirmó que no es el momento de hacer declaraciones a la prensa y que las harán cuando acabe el procedimiento judicial."                 (Público, 20/04/16)

12/12/14

Dilma Rousseff: “Las marcas de la tortura son parte de mí. Yo soy eso”


"Los últimos tres presidentes de Brasil fueron perseguidos por la dictadura militar (1964-1985). Pero sólo Dilma Rousseff, de 66 años, militante por entonces de una formación de extrema izquierda, fue torturada. 

Lula fue detenido y Fernando Henrique Cardoso sufrió varios años de exilio en Chile y en París. Pero sólo Rousseff tiene en el cuerpo marcas de los casi tres años de represión sufridos en una celda. Hasta hoy.

De los golpes recibidos, entre otras humillaciones, se le saltaron varios dientes y se le desencajó la mandíbula "La mandíbula se giró para un lado. Aún hoy me da problemas en la parte en que se sujetan las muelas", contó en 2001, para la Comisión Estatal de Indemnización a las Víctimas de la Tortura (CEIVT). La actual presidenta brasileña relató que, para el dolor de muelas, tomaba un analgésico en gotas. Nada contó sobre si toma algo para la cicatriz resultante de los puñetazos que le doblaron la mandíbula.

A Rousseff nunca le ha gustado recordar en público los tres años que pasó en la cárcel, desde 1965 a 1968. El testimonio que prestó en 2001 ante la comisión de víctimas de la tortura sólo se hizo público en 2012. La primera vez que habló en público de aquel tormento fue en mayo de 2008, siendo ministra de la Casa Civil, lo que equivale en España a ministra de la Presidencia. 

Entonces, un senador conservador, José Agripino Maia, le espetó: "Si la señora mintió en la dictadura, ¿por qué no va a mentir aquí?". Era cierto: Rousseff mintió a las preguntas de los torturadores. Dio pistas falsas. Jamás delató a nadie. Irritada por la provocación de Maia, la por entonces ministra abandonó el silencio autoimpuesto sobre la etapa más oscura de su vida.

 "Tenía 19 años, permanecí tres años en una cárcel y fui bárbaramente torturada, senador. Debe saber que cualquiera que dijera la verdad en esos interrogatorios comprometía gravemente a sus compañeros. Comparar la dictadura brasileña con la democracia, hacer comparaciones como las que usted ha hecho sólo lo puede hacer alguien que no da ningún valor a la democracia brasileña".

Quienes la conocen aseguran que, aunque no hable de ello, el paso por una prisión de São Paulo está siempre presente en la vida de la presidenta. Tal vez por eso, al encargar en mayo de 2012 a los integrantes de la Comisión de la Verdad el trabajo que tenían por delante, Rousseff se emocionó y al final de su discurso de 20 minutos la voz se le quebró. Ayer al recibir el informe completo, la presidenta de Brasil se volvió a emocionar. La voz le ha vuelto a fallar y sus ojos se empañaron de lágrimas de nuevo.

Y no es normal que Rousseff se emocione. Al contrario: gasta fama de dura, de malhumorada, de tener pocos amigos, de aislarse en su palacio de Brasilia. Algunos achacan este carácter reservado a su estancia en prisión, a las vejaciones sufridas, al silencio que ella se impuso a sí misma. 

"La peor cosa de la tortura era esperar", testificó en 2001. "Esperar para recibir golpes. Supe allí que la tarea era pesada". Y prosiguió: "Me acuerdo muy bien del suelo del baño, del azulejo blanco. De cómo se iba formando una costra de sangre, de suciedad, de cómo uno iba oliendo mal".

 Y añadió: "Ninguno de nosotros consigue explicar la cicatriz emocional que nos persigue. Por eso siempre vamos a ser diferentes. En aquella época, ayudó mucho el hecho de que fuéramos tan jóvenes. Cuando se tienen 20 años el efecto de todo es más profundo, pero también es más fácil aguantar. Las marcas de la tortura forman parte de mí. Yo soy eso".   (   El País, São Paulo 10 DIC 2014)

24/11/14

El trato en la DGS hacia las mujeres era aún más vejatorio...

"Los siete supervivientes de un consejo de guerra franquista se reúnen en el aniversario del juicio sumarísimo con el que Franco les hizo pagar las consecuencias de un acto que no habían cometido: la explosión de un artefacto en el Valle de los Caídos. (...)

Aquella bomba casera apenas ocasionó daños en el recinto de Cuelgamuros, pero empañaba la imagen de un régimen que pretendía dar apariencia de bienestar en el extranjero.  Se trataba, para Franco, de "actos de terrorismo que tenían como objetivo frenar el creciente desarrollo de nuestra economía y debilitar el prestigio de nuestra país en el exterior", según el comunicado del Ministerio de Gobernación publicado en ABC.

Los verdaderos autores de la explosión, Antonio Martín Bellido -fallecido el pasado agosto- y Paul Denais, huyeron a Francia y, sin más pruebas que la sospecha, Lucio de la Nava, Alejandro Mateo, Elio Salas, José Martin Rodríguez, Ricardo Metola, Eugenio Cordero, Rafael Asenjo, Paquita Román Aguilera, Francisco Sánchez Ruano, Julio Moreno  y  Antonio Astigarraga  fueron detenidos las semanas siguientes a la explosión y convertidos en cabeza de turco. (...)

La cárcel fue la última parada de un itinerario que comenzó con las detenciones y con el paso por los calabozos del edificio del reloj de la Puerta del Sol, la antigua Dirección General de Seguridad. "Allí te metían el tiempo que la policía quisiera. Yo estuve encerrado siete días sin que nadie me dirigiera la palabra. 

Cuando me sacaron a declarar y vi el ventanal con la luz que entraba pensé que estaba en el paraíso, me quedé como tonto y desperté con un guantazo que me tiró al suelo. Ahí me di cuenta de dónde estaba y de lo que estaba pasando", relata Alejandro Mateo.  

"Yo estuve unos seis días. Por el día te tenían sin decir nada, y cuando llegaba la noche te subían y empezaban las presiones y los palos", aclara Martín. "Y a las mujeres les hacían unas perrerías..., era brutal. 

Les descubrían los pechos y les daban con una regla", cuenta Elio Salas sobre el calvario de su compañera de expediente y amiga Paquita, que fue recluida en las cárceles de Ventas y de Alcalá de Henares. "Ella siempre estuvo muy dolida con aquello. El trato en la DGS hacia las mujeres era aún más vejatorio", apostilla De la Nava.

Por aquellos calabazos desfilaron cientos de presos políticos. Alejandro Mateo coincidió con uno que le avanzó "ellos ya saben todo lo que tú les puedas decir". Después, Mateo supo que se trataba del escritor Luis Martín Santos, autor de Tiempo de Silencio.
"Lo mejor fue cuando a Alejandro le hicieron las fotografías; cuando acabaron, él preguntó a los policías ‘¿cuándo tengo que venir a recogerlas?', ¡y le soltaron una ‘hostia'!", relata De la Nava entre risas.

 "Eso era para que vieran que, a pesar de las palizas, no les teníamos miedo", explica Mateo, el mismo que mantuvo ocupada a la policía toda una noche picando en un descampado de Madrid buscando la propaganda que, según él, había enterrado en lugar de repartirla por la ciudad. "Era mentira, claro, allí no apareció nada", concluye.

Finalizado el rosario de palizas en la DGS, el grupo fue llevado ante el juez instructor.  "Pensábamos que al fin íbamos a contarle lo que nos habían hecho, pero nos dijo que a ver si podía conseguir que nos fusilaran a todos", recuerda Salas. "Yo le dije que me habían pegado y él cogió un flexo que tenía en la mesa y me dio en la cabeza diciendo que tenían que haberme matado", lamenta De la Nava. (...)"        (Público, 24/11/2014)

10/9/14

Antonia Molina Pérez también fue fusilada con apenas 13 años

"LA antigua prisión de Granada ha sido derribada (...) Este lugar fue escenario de uno de los episodios más sórdidos de la represión franquista. Los carceleros del régimen aplicaron con saña la violación sistemática de los derechos humanos y, en apenas tres años, diezmaron a más de 2.000 presos republicanos a quienes rendimos homenaje, como héroes de la resistencia antifranquista.

Los investigadores Agustín Penón e Ian Gibson dicen que un guardia de la prisión golpeó al periodista Constantino Ruiz Carnero con la culata del fusil en la cabeza, le rompió las gafas y le incrustó los cristales rotos en los ojos, provocándole una hemorragia con traumatismo cráneo encefálico. 

Más tarde, le negaron la asistencia de un médico, por lo que estuvo toda la noche agonizando. Ya de madrugada, lo subieron a las tapias del cementerio, pero cuando llegó, había fallecido. A pesar de todo, lo ataron a un poste y fusilaron su cadáver.

Así acabaron con la vida del que fuera director del prestigioso diario El Defensor de Granada, que había defendido en sus páginas los valores de igualdad, justicia social y solidaridad. Los militares golpistas eliminaron a Ruiz Carnero para impedir que fuera testigo del "crimen contra la humanidad" que se disponían a cometer. Sin embargo, otro periodista estaba en Granada para contarlo. 

Se llamaba Robert Neville, era corresponsal del New Herald Tribune y nos dejó una crónica escalofriante sobre la terrible experiencia que le tocó vivir en nuestra ciudad, aquel verano de 1936: "Hoy, los camiones subieron con aquellos paisanos. En cinco minutos oímos los disparos. 

A los cinco minutos bajaron los camiones y, esta vez, no había paisanos. Aquellos soldados eran el pelotón y aquellos paisanos iban a ser fusilados". Robert Neville fue testigo de los tristemente célebres "camiones de la muerte" que subían desde la prisión provincial al cementerio, cargados de presos republicanos.

Sólo en el mes de agosto del 36, sacaron del recinto penitenciario a 572 internos para ejecutarlos en las tapias. No importaba la edad, pues Antonia Molina Pérez, también fue fusilada con apenas 13 años. Algunos, ni siquiera llegaban a las tapias. Tras recibir una paliza, aparecían ahorcados en sus celdas, en un simulacro de suicidio. 

Llegaron incluso a ejecutar a José Soubiño, con el brutal garrote vil, según ha investigado Gil Bracero. Y de este campo de exterminio escaparon los audaces hermanos Quero para organizar una guerrilla urbana contra la dictadura y ayudar a los familiares de los presos, según Jorge Marco.

Era tal el clima de terror, que los presos políticos más destacados publicaron una carta en la que apelaban a "la caballerosidad de los militares españoles" en un intento, tan desesperado como inútil, de implorar clemencia. Pero los militares golpistas no eran precisamente caballeros, sino hombres sin honor que deshonraron el uniforme con el que habían jurado lealtad al orden constitucional de la República.

 Luis Fajardo, que llegó a ser alcalde de Granada, tuvo la entereza de escribir una carta de despedida a su familia, horas antes de ser fusilado: "A mi esposa, mis hijos y mis hermanos. Escribo hoy viernes 7 de agosto de 1936 y no sé lo que me sucederá esta noche".   (Granada Hoy, 30/07/2014)

30/6/14

Lidia Falcón: “Me colgaron de los brazos y me rompieron el abdomen a puñetazos”

Lidia Falcón

"Una bolsa de golosinas y una bebida isotónica. Con estas herramientas afronta Lidia Falcón (Madrid, 1935) el relato de los instantes más duros.  (...)

Tras un sorbo al líquido naranja, la mano temblorosa cae sobre la falda. “Bueno, qué se le va hacer”, libera Falcón un suspiro y se propulsa en una narración hacia las cloacas de la dictadura y dos de sus protagonistas más turbios: el comisario Roberto Conesa (implicado en el asesinato de Las Trece Rosas) y Antonio González Pacheco, Billy el Niño, de quien han solicitado su extradición a Argentina para ser juzgado por los crímenes del franquismo.

En su conferencia ha anunciado que tratará momentos temibles de su vida. ¿Son confesables en esta entrevista?

Deberían serlo y debería haberlo dicho mucho antes. Tantos camaradas que han sufrido también la tortura, hay una parte, como yo, que no lo contamos con detalles. Nos detuvieron, nos torturaron y ya está. Y que la gente imagine o piense lo que quiera. Y no sé si hemos hecho bien, pero debe ser que no queremos repetirlo por no revivirlo. Pero algunos compañeros me convencieron de que es aleccionador contarlo con detalle.

Entonces…

Teníamos una relación política y amistosa con Eva Forest y Alfonso Sastre. Vivían en Madrid y nosotros en Barcelona. Compramos un piso céntrico en Madrid porque tenía el propósito de montar un despacho en la capital.

 Era el verano de 1974. Teníamos que hacer obras y Eva Forest nos aconsejó que Antonio Durán, un habilísimo albañil [del Partido Comunista], nos hiciera una pequeña construcción que no podía verse por fuera porque la recubría de azulejos y parecía que no había puerta. 

Se abría con unas ventosas. Quedaba un hueco dentro. La verdad es que no pensaba que me sirviera, pero Eva insistió mucho. Entonces, desde Barcelona, le envié el dinero y las llaves de la casa.

¿Llegó a ver el piso?

Nunca. En agosto de ese año la Guardia Civil detuvo, a tiros, a dos etarras en el País Vasco. Al registrarlos encontraron una agenda con el 13 de septiembre marcado: “Rolando, 2:15-2:30”. Y el 13 de septiembre explosionó un carga enorme en la cafetería Rolando de Madrid, enfrente de la Dirección General de Seguridad, en la calle del Correo. Hubo 13 muertos y 84 heridos. 

La policía relacionó aquello con la detención de los etarras, que convenientemente interrogados explicaron que en Madrid tenían una cabeza de puente que ellos llamaban “La loca”, “la tupamara” y “Vitia” [se trataba de Eva Forest]. Y que habían estado en Madrid y ella les había alojado en pisos francos. Uno de ellos era el mío.

¿Cómo se fraguó el atentado?

La llamaron operación Caperucita Roja porque era meterse en la boca del lobo. Convenció a la cúpula etarra, que estaba en Burdeos, que después del asesinato de Carrero Blanco, que había sido una acción tan exitosa, había que hacer otra todavía más espectacular. ¿Qué podía ser? Volar la Dirección General de Seguridad en Madrid. Forest realizó una prospección, pero la vigilancia era férrea. 

Entonces se percató de que los policías iban a la cafetería Rolando, que estaba enfrente. Cuando llegaron los activistas de Francia, los llevó a ver la cafetería y al día siguiente colocaron la carga. Nosotros estábamos en Barcelona completamente en la inopia.

¿Cómo se produjo su detención?

El 16 de septiembre, tras interrogar a los etarras, la policía detuvo a Eva Forest. Le abrieron el bolso y, entre otras muchas, sacaron las llaves de mi casa. “Son de la casa de Lidia Falcón y Eliseo Bayo”, contestó. Inmediatamente llamaron a la Jefatura de Barcelona para que nos detuvieran. 

Después de registrar mi despacho sin encontrar nada, a la una de la madrugada nos metieron en dos coches. Eliseo y mi hija en uno. A mí en otro. Mi hijo, que tenía 16 años, lo detuvieron y lo tuvieron tres días en la Jefatura de Barcelona. No nos dijeron adónde nos llevaban ni porqué.

 Condujeron toda la noche y casi a las 10 de la mañana llegamos a Madrid, a la Dirección General de Seguridad. Como entrabas por la calle del Correo, vi la cafetería destrozada. El edificio estaba en ruinas. Entonces sí que pensé que nos matarían.

¿Relacionó su detención con el atentado?

Aún no. Pero teníamos mucha inquietud. No sabíamos nada. Ni que habían detenido a Eva. Primero me bajaron a los calabozos, que eran medievales, auténticas mazmorras, sótanos de piedra con arcos.

Había arriba un tragaluz por el que veías la calle y los pies de la gente. En la primera celda estaba Eva. Con una alegría sin igual me dice: “Pero Lidia, ¿qué haces aquí? Tú no tienes nada que ver con esto”. Tampoco sabía que ella estuviera relacionada con el atentado.

¿Cuándo lo supo?

Nos subieron a interrogatorios. La primera cosa es que aparece un policía enorme, un gigante, y dice: “¡Aquí está una de las asesinas!”. Y con una guía de teléfonos me da un golpe en la cabeza. Después me llevaron al médico. Dije que había tenido una pequeña inflamación hepática aquel verano. Acto seguido me pasaron al interrogatorio con Billy el Niño y el comisario Conesa y otro que no recuerdo. 

Todo parecía normal. Me sientan en una silla y me preguntan por Eva Forest. Siempre es larguísimo. Hay un reloj allí y vas contado los minutos. Mientras los entretienes va pasando el tiempo. Era una ingenua porque no tenían ningún tiempo tasado. Creía que respetarían el plazo de los tres días, pero estuve nueve.

¿Cómo era Billy el Niño?

Le gustaba pegar y gritar. Era el que actuaba. El comisario Conesa estaba sentado y miraba. Otro iba escribiendo. Billy me decía que mi hija, de 18 años, también estaba en los calabozos y que allí podía encontrar novio. Fue casi lo primero, el saludo. Al cabo de horas, me puso en pie y me cogió de un brazo y me sacudió. 

Eso fue después lo más visible, cuando era lo menos importante, porque una parte del brazo se me puso negra. El primer puñetazo fue al hígado. Cuando intenté protegerme, me cogieron los brazos y los sujetaron para darme más puñetazos en el hígado. Esto se prolonga un tiempo que ya ni sé. 

Cuando se cansaron, me ataron los brazos y me colgaron de algo que tenían allí preparado para seguir pegándome. El abdomen fue lo peor. Me rompieron algún músculo, alguna capa que protege el intestino. Una de las veces me desperté en el suelo. Me estaban echando agua. Y el médico me estaba tomando la tensión y decía: “déjenla descansar”.

¿Esto el primer día?

Esto se repite y se repite. Se cansan ellos. Los tres primeros días eran continuos. Después ya eran cuatro o cinco horas y te bajaban a la celda y te dejaban allí. No te daban nada de comer ni beber. Cuando pasaron los tres días y pensaba que todo acabaría, me suben y me encuentro con el juez militar. En vez de que te sacaran de la detención y te llevaran al juzgado, el juez se personaba allí.

Dice que Billy el Niño gritaba mucho. ¿Qué le decía?

“Asesina, nos has querido matar” y “estos monstruos que quieren deshacer España”. Era un gasto inútil. No sabía nada. Yo, desde luego, me vi muerta. Cuando perdía el conocimiento era estupendo.

 Cuando te despertabas y veías gritando a los tres, pensabas que no tenía fin. Eran impunes. Una de las veces ya no me pudieron subir andando y lo hicieron a rastras. Y ya no me colgaron porque casi no valía la pena. No tenían donde darme.

¿Qué secuelas le han quedado?

Al colgarme de los brazos se rompieron los tendones supra espinosos. Los dolores eran grandes. Los médicos no sabían qué hacer y optaron por las operaciones. Los tengo con muchas limitaciones. He hecho cinco años de rehabilitación.

 La primera operación fue a los dos años: tenía rotos unos tejidos, decían que era un hernia abdominal. De esa parte tengo tres intervenciones. La última, una cicatriz que va de lado a lado.
 
¿Por qué se decide ahora a contar todo esto?

Porque ha pasado el tiempo. Por consejo de algunos compañeros.

¿Se plantea repetir el testimonio ante la jueza María Servini y adherirse a la querella argentina contra los crímenes del franquismo?

Tendría que haberlo hecho ya. Debo hacerlo. Muchos compañeros han insistido y me han facilitado el nombre de los abogados. Lo haré en septiembre."                (La Marea, 27/06/2014)

23/4/14

La tortura puede ser lo más pequeño del mundo pero repetido continuamente, sin fin...

"(...) José Luis Fernández y su mujer fueron detenidos en el mismo expediente que Aguilar. A su mujer, enfermera, la detuvieron en la Fundación Giménez Díaz. A él, en su casa. 

Estuvo siete días en la DGS. "Los interrogatorios eran de diez horas diarias. No quiero contar los golpes, las palizas y las amenazas porque no tenían mayor importancia en comparación con la tortura de verdad", señala este hombre que denuncia que los policías golpearon repetidamente el viente de su mujer embarazada.

"González Pacheco estuvo las 70 horas de interrogatorio conmigo. No se separó ni un segundo. La tortura puede ser lo más pequeño del mundo pero repetido continuamente, sin fin, y sabiendo que lo puedes parar si levantas la mano.... Yo levanté la mano.

 Dije que era miembro del Partido Comunista Marxista Leninista. Preservé más del 99% de la información pero no el 100%. Inventas todo un sistema de mentiras que tienes que recordar para los próximos interrogatorios", concluye Fernández."             (Público, 10/04/2014)

16/4/14

La doctora que tenía que atenderme se negó porque decía que yo era un terrorista y que conmigo no trataba

"(...) Enrique Aguilar consiguió que Billy el Niño fuera condenado por la Justicia por una falta de lesiones. Pero lo que se produjo en el céntrico edificio de Madrid no eran simples lesiones ni malos tratos.

 "El primer interrogatorio duró 13 horas (...) Me dieron golpes y golpes en los glúteos... me arrancaron la piel a tiras", denuncia este hombre, que asegura que tras llegar a la prisión de Carabanchel tuvo que estar 82 días ingresado en la enfermería.

 "Había muchos más elementos que los torturadores en el sistema represivo. Una noche entera me la dedicaron a analizar fichas de matrículas de la Facultad de Ciencias de la Información porque tenían alguna información de que había un estudiante que era miembro del FRAP. Aquellas fichas las tuvo que mandar el rector, el decano, el vicedecano o quien fuera. Pero alguien estaba colaborando. También la médico.

 Yo, por entonces, ya era médico y profesor titular de la Universidad y la doctora que tenía que atenderme se negó porque decía que yo era un terrorista y que conmigo no trataba", denuncia Aguilar, que concluye su relato asegurando que sigue "tiendo la misma fe en el socialismo que hace cuarenta años".     (Público, 10/04/2014)

10/4/14

"El secreto es tratar de que no te tiren, porque si caes no te levantas"

"(...) El primero en intervenir fue José María 'Chato' Galante. Querellado en Argentina contra Billy el Niño, este hombre relató al público asistente las torturas que sufrió durante la segunda de sus cuatro detenciones como miembro de la lucha estudiantil contra el franquismo.

 Tenía entonces 22 años y corría el mes de febrero de 197. España estaba en estado de excepción. "Estaba en mi casa intentando hacerme la cena cuando llamaron a la puerta. Miré por la mirilla y era la vecina. Abrí un poco la puerta y alguien golpeó la puerta y yo caí aturdido. Cuando consigue ver qué pasaba era Billy el Niño con su pistola dándome golpes por todas partes", comenzó el relato Galante.

Tras su detención, Galante fue trasladado a la Dirección General de Seguridad (DGS), en la Puerta del Sol, donde fue recibido con un "rodeo" de "palos, porras y puños americanos".

 "El secreto es tratar de que no te tiren, porque si caes no te levantas", relata este hombre, que permaneció 14 días interno en la DGS sin que su familia ni su abogado supieran donde estaba. A partir de este momento, Galante ha comenzado a relatar las diversas torturas y malos tratos sufridos en comisaría destacando que lo más difícil era luchar contra el miedo y no delatar a nadie.
 
"A lo que más miedo tenía era a delatar a alguien. Pensaba que si hacía eso no podría vivir con ello toda la vida. La fórmula que tenía era pensar que la gente a la que quería estaba conmigo presente en ese cuarto y no los podía defraudar.

 Pero este pensamiento perdía eficacia con el tiempo. Cuando descubrías que estabas desnudo, colgado, que te estaban pegando en glúteos, testículos y planta de los pies (...), que estabas meando sangre.... Ya no había teatro que valiera", prosigue Galante ante un auditorio mudo.

Cuando los interrogatorios de diez horas diarias terminaban Galante no era trasladado al calabozo sino que quedaba encadenado a un radiador donde todo el mundo que pasaba podía pegarle o "apagar un cigarrillo" en su espalda. "Recuerdo en esta situación a González Pacheco.

 Recuerdo cómo entró a la sala y se quitó sus gafas de aviador yankee y comenzar a gritar y a hacer posturas de karate y a decirme: 'Estas manos son armas y con ellas voy a destruirte'", concluyó Galante, que señaló que cuando salió de la DGS lo primero que preguntó fue en qué mes estaba: "Habían pasado sólo 14 días. Yo pensaba que eran dos meses".

 "A lo que más miedo tenía era a delatar a alguien. Pensaba que si hacía eso no podría vivir con ello toda la vida. La fórmula que tenía era pensar que la gente a la que quería estaba conmigo presente en ese cuarto y no los podía defraudar. Pero este pensamiento perdía eficacia con el tiempo.

 Cuando descubrías que estabas desnudo, colgado, que te estaban pegando en glúteos, testículos y planta de los pies (...), que estabas meando sangre.... Ya no había teatro que valiera", prosigue Galante ante un auditorio mudo.

Cuando los interrogatorios de diez horas diarias terminaban Galante no era trasladado al calabozo sino que quedaba encadenado a un radiador donde todo el mundo que pasaba podía pegarle o "apagar un cigarrillo" en su espalda. "Recuerdo en esta situación a González Pacheco.

Recuerdo cómo entró a la sala y se quitó sus gafas de aviador yankee y comenzar a gritar y a hacer posturas de karate y a decirme: 'Estas manos son armas y con ellas voy a destruirte'", concluyó Galante, que señaló que cuando salió de la DGS lo primero que preguntó fue en qué mes estaba: "Habían pasado sólo 14 días. Yo pensaba que eran dos meses". (...)"             (Público, 10/04/2014)

22/1/14

"La Policía me dijo que tenía carta blanca para hacerme lo que quisiera"

"Raúl Herrero (Aranda de Duero, 1948) es uno de esos hombres que agotó la fuerza de su juventud plantando cara al franquismo, y perdiendo esa batalla. Hoy, invierte el impulso de su veteranía en clamar por una justicia que repare el daño de las víctimas que dejó la dictadura y les retire el velo de olvido que les impuso la transición. (...)

Herrero militó en el Partido Comunista Internacional [PCI], organización clandestina con la que realizaba acciones concretas para convencer a las clases trabajadoras de la necesidad de un cambio revolucionario. Como estudiante de Ciencias Políticas, también participó en iniciativas de agitación universitaria, como huelgas, manifestaciones y asambleas. (...)

Con 20 años ingresó en el PCI y simultaneó estudios con su trabajo de albañil en diferentes obras en Madrid para, desde dentro, agitar la conciencia de los trabajadores. "Entrabas en la obra o en la fábrica como un obrero más. Teníamos presencia en fábricas como la Estándar Eléctrica, la Seat de Barcelona, la Talbot.

 Vivíamos la vida del obrero a la vez que organizábamos el partido", explica. "También había gente integrada en otros ámbitos como la sanidad o la educación". "Pensábamos que la clase obrera era el sujeto más firme y con mayor voluntad para hacer una transformación de la realidad", añade. Lo mismo se hacía en los barrios, y esta era la tendencia que también seguían otras organizaciones clandestinas. (...)

En el curso de una redada que buscaba desarticular la organización del PCI, el 16 de junio de 1970, Herrero fue detenido por un grupo de policías de la Brigada Político Social, poniendo fin así a dos años de vida clandestina.

"Con el edifico rodeado por un exagerado despliegue policial con las armas desenfundadas, los golpes comenzaron nada más entrar en la habitación donde me encontraba junto con mi compañero de vivienda", ha detallado Herrero en el testimonio remitido a la jueza argentina que instruye el caso, María Servini.

El juez del Tribunal de Orden Público [TOP] dictaminó su ingreso en prisión por asociación ilícita, y Herrero comenzó su periplo penitenciario en Carabanchel. A los 15 días, y debido a las secuelas que le dejó la paliza recibida durante el interrogatorio en la DGS, fue trasladado al hospital penitenciario de Yeserías.

 "Tenía dolores espantosos en todas las articulaciones e hinchazones que me impedían los movimientos más elementales", subraya. Herrero, que gozaba de muy buena salud hasta su detención, sitúa en las torturas recibidas en la DGS el comienzo de su deterioro. "Para trabajar en un andamio, como hacía yo, hace falta tener buena forma física", puntualiza.

"Uno de los jefes de la brigada, Saturnino Yagüe, observaba mientras me estaban interrogando y golpeando. Era un hombre grande y dijo al pasar por mi lado, ‘así que este es Raúl, ¿no?, contigo tenemos carta blanca, podemos hacer lo que queramos'", recuerda.

En la cárcel de Yeserías permaneció ocho meses y, todavía enfermo, volvió a Carabanchel. "Los males continuaban, no se había resuelto la raíz del problema. Y proseguía la negativa del Tribunal a concederme la libertad provisional y a facilitarme el cuidado médico bajo vigilancia policial en hospitales de Madrid que se habían ofrecido para acogerme".

Un año más tarde, su abogada Dolores González Ruiz -superviviente de la matanza de Atocha en 1977- logró que le visitara un cardiólogo cuyo diagnóstico fue clave para que le concedieran la libertad provisional semanas más tarde. "Pedro Zarco [el médico] certificó que si yo seguía en esas condiciones corría el serio riesgo de quedar inválido", aclara. (...)"                (Público, 19/01/2014)

28/10/13

Represión franquista: Durante todo ese tiempo no hicieron otra cosa que pegarme, pegarme, pegarme..., con porras, puños y demás.. Todo aquel que pasaba por allí, me daba patadas

"(...)¿Cuándo y cómo le detuvieron?

(Felipe Moreno) A mí me detuvieron el 13 de octubre de 1975. En aquella época yo militaba en el PCE (m-l), en Madrid. Aquel mes hubo muchas caídas -detenciones- de militantes de mi partido y del FRAP, y yo acudía a una cita de seguridad en el Alcázar de Segovia. Quería saber si mi contacto con el partido había sido detenido. Al llegar me estaban esperando seis policías secretas.

 Cuando entré en el Alcázar me pusieron una pistola en la sien y otra en los riñones. Enseguida llegó un coche, me esposaron y me tiraron en la parte trasera del vehículo, y a toda prisa me llevaron a la Dirección General de Seguridad (DGS).

El 13 de octubre, después de los fusilamientos de tres de sus compañeros el 27 de septiembre...

Sí, sí, en ese contexto de especial represión contra nosotros. Recuerdo la portada de la revista "Cambio 16" de aquel verano, donde el Jefe Superior de Policía declaraba: "Guerra al FRAP".

¿Y en la DGS?

Me subieron al tercer piso, sin pasar por ningún registro administrativo ni por ninguna revisión médica. Durante el paseo por las dependencias, los policías, tanto de paisano como uniformados, me dieron tortazos y puñetazos, hasta que llegué al despacho de Conesa...

 ¿Estaba allí "Billy el Niño"?

 Sí, "Billy el Niño" estaba en el despacho, junto a tres policías más y otros dos que se mantuvieron al margen y nunca me tocaron. Después supe que eran los que tenían que firmar el atestado y, al tener que identificarse en el mismo, se cuidaron de no participar en las palizas para evitar posibles denuncias. Estuve dos días en que no sabían quién era yo, ya que llevaba documentación falsa. Al tercer día me identificaron. 

Durante todo ese tiempo no hicieron otra cosa que pegarme, pegarme, pegarme..., con porras, puños y demás. Luego, cuando tenían que descansar, me esposaban a los radiadores del despacho. Todo aquel que pasaba por allí, me daba patadas o me insultaba. Así estuve tres días.

¿Billy el Niño dirigía el interrogatorio o también participaba en las palizas?

Billy el Niño era el que más se ensañaba. Había un joven policía que tenía cara de asustado, pero no sé si por lo que estaba viendo, o por miedo a no hacerlo bien delante de sus superiores. Roberto Conesa me dio algún tortazo, aunque él se limitaba a dirigir el interrogatorio sentado en un sillón. Una vez me dijo Conesa: "Yo soy un profesional, si ganáis estaré con vosotros".

¿Era tan sádico Billy el Niño como declaran otras víctimas?

Sin duda. Dos policías me sujetaban las piernas, él se ponía encima y con una porra me pegaba en los genitales. Luego me estiraba sobre una mesa con las plantas de los pies sobresaliendo y las golpeaba hasta que se hinchaban. Esperaba a que se enfriaran y volvía a empezar. Otras veces me hizo ponerme en cuclillas y saltar sobre las plantas destrozadas de los pies, lo que llamaban irónicamente hacer el pato. Todo esto duró trece días, estando ya en los calabozos de la DGS.
Curiosamente para Felipe esto no eran torturas, sino palizas sin más, y se alegra de no haber sufrido otros métodos de tortura como algunos de sus compañeros, se refiere a la picana eléctrica, la bañera, etc. Felipe nos siguió relatando verdaderas torturas físicas y psicológicas, como las amenazas de ejecución, ya que no constaba su detención. 

¿Y las secuelas físicas en su cuerpo?

Múltiples. Tengo una hernia de hiato, testículo desprendido, un talón roto que se curó por sí mismo, y que me sirve de barómetro para los cambios de tiempo. La cadera un poco desplazada, lo que me hace cojear ligeramente.

¿De qué se le acusó realmente?

Me acusaron de pertenecer el PCE (m-l) y al FRAP, aunque yo sólo me declaré sindicalista de una de sus organizaciones, la Organización Sindical Obrera (OSO). Me sacaron informes y la declaración de una persona que me identificaba como militante del partido. Localizaron mi casa y en los registros encontraron libros y papeles del partido, así como unas notas antiguas del FRAP. Me aplicaron la Ley Antiterrorista y me acusaron de pertenecer a banda armada. Por lo que estuve 10 días más en la DGS. El 25 de octubre me pasaron a la cárcel de Carabanchel, sin visitar ningún médico ni ver al juez. Allí estuve en las celdas de incomunicación. Todo ello por orden del Tribunal Militar número 5 de Madrid.

Entonces, ¿cuándo vio al juez por primera vez?

Lo vi a finales de noviembre, me vino a visitar a la cárcel. Todo el tiempo estuve incomunicado, sólo salíamos de las celdas para ducharnos una vez cada 15 días.

¿Cuánto tiempo estuvo en la cárcel?

Estuve hasta la Ley de Amnistía de 1977.

¿Qué opina de que Billy el Niño haya sido llamado a declarar por fin?

Con desconfianza, después de tantos años no me fío en que se haga justicia. Yo quiero que sea detenido, condenado y que le quiten todos los honores que tuvo, como la medalla al mérito policial, y que se sepa quiénes fueron nuestros represores y que en la España franquista se conculcaron los derechos humanos. La verdad, no quiero la cárcel para nadie, ni para este personaje."                     (Público, 28/10/2013)