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17/11/14

Así se torturaba durante el franquismo

"(...) las torturas a Gerardo Iglesias, quien ya en democracia fuera diputado y secretario general del PCE en sustitución de Santiago Carrillo, la juez argentina ha pedido a la Interpol la detención del entonces policía Pascual Honrado de la Fuente. La juez da credibilidad en su Auto a la querella de Iglesias, que es especialmente dura:

“A la edad de 17 años, en 1963, fue detenido por la Brigada Político Social de Oviedo, bajo las órdenes de Claudio Ramos Tejedor. Se le acusaba de incitar a la huelga. Permaneció detenido en la comisaría 78 horas, siendo brutalmente torturado (psíquica y físicamente) por varios miembros de la brigada mencionada. 

Se destacaron en las torturas el policía Pascual Honrado de la Fuente y el propio inspector Claudio Ramos Tejedor. Desde ese momento fue objeto de una implacable persecución: despidos de puestos de trabajo, citaciones constantes a comparecer en comisarías y cuarteles, (a las que no se presentaba para eludir a la tortura), viéndose obligado a pasar a la clandestinidad, con la consiguiente pérdida de trabajo…”.

Sigue el Auto de la juez: “El 26 de enero de 1967 fue detenido nuevamente por la Brigada Político Social y torturado entre otros por Pascual Honrado de la Fuente y Claudio Ramos Tejedor, ya mencionados y un tal “Palacios”. Ingresó en la Prisión Provincial de Oviedo el 30 de enero del mismo año y fue puesto a disposición del Tribunal de Orden Público, que lo condenó a cuatro años de prisión, esta pena la cumplió en su integridad y se negó a redimir pena por trabajo“.

Aunque muy significativa, la declaración de Gerardo Iglesias ante la juez Servini no es la más dura ni la peor. “Si por mí fuera, tú serías de los que no salen vivos de la Dirección General de Seguridad”: eso es, por ejemplo, lo que el policía Ricardo Algar Barrón le reconoció al antifranquista José María Galante Serrano, en su cuarta detención en la DGS:

“En mi segunda detención, entre los policías que me torturaron se encuentran Ricardo Algar Barrón y Celso Galván Abascal; a ambos los cito entre los miembros de la BPS [Brigada Político-Social] que denuncio al final de mi declaración. Además, el primero de ellos participó en malos tratos y vejaciones durante mi tercera detención y, en la cuarta, fue uno de los policías que me tomó declaración, mediante la cual me hizo saber que me tenía un odio particular y que, si por él fuera, yo sería de los que no salen vivos de la DGS…”.  (...)

“En ese momento nos agarraron por el pelo (Francisca lo llevaba especialmente largo en esa época), y a mí me llevaron por un pasillo que comunicaba a distintos despachos. Según iban amenazando por el pasillo, los policías que se encontraban ahí me golpearon e insultaban, no puedo recordar el número ya que intentaba, con las limitaciones que da estar esposado, protegerme la cara (…) 

En una de las mesas se encontraba sentado el Inspector José Ignacio Giralte González y en la otra el Inspector Jesús González Reglero, este último con la cadena con la que fui detenido, sonriendo y haciéndola girar, supongo que intentando amedrentarme. De pie se encontraba Antonio González Pacheco y otros dos miembros de la Brigada que no soy capaz de recordar”.

Sigue el testimonio: “El Inspector que daba las órdenes ¿Sainz? [sic], mandó que me quitaran las esposas y que me situara a cierta distancia de la pared (calculo que a unos 60 centímetros) y con las piernas abiertas, los brazos apoyados sobre la misma y la cabeza hacia abajo. Una vez situado en esa posición me golpeó en un costado que me derribó… 

 Me volvieron a levantar y me obligaron a ponerme en la misma posición, a partir de ese momento a cada lado se puso un policía (José Ignacio Giralte González y Jesús González Reglero) [sic], y me decían que bajara la cara, cada vez que lo hacía me golpeaban en la misma, por la espalda recibí golpes incluidos los que me propinaban con las propias cadenas con las que fui detenido y patadas en la entrepierna“.

Así de contundente finaliza el Auto de la juez: “Según que me iban golpeando, me decían ‘di que tu madre es una puta, di que tu padre es un maricón, etc.’. A medida que la sesión de tortura se prolongaba, iba perdiendo resistencia y me caía al suelo con mayor frecuencia. 

En una de esas caídas, uno de los policías (ya era incapaz de reconocer cual), se dirigió a ¿Sainz? advirtiéndole del estado en que me encontraba, entonces me levantó del suelo me empujó contra la pared, me golpeó en los riñones y dijo que a partir de entonces me golpearan en la espalda, estómago o en la cabeza. Lo que duró la sesión lo desconozco ya que estuve noqueado durante un tiempo. El siguiente recuerdo que tengo es en la enfermería de la DGS…”.

Estos hechos son similares a los que, supuestamente, el policía Félix Criado Sanz le practicaría a Jon Etxabe Garitacelaya, detenido el 11 de abril de 1969, que pasó 7 días en comisaría y sería “salvajemente torturado” en Zamora con “golpes a mansalva, la rueda, la rana…”. (..)

“En su segunda detención, lo metieron en el coche y en el suelo del mismo se pusieron a patearlo en la espalda y en las piernas mientras que las esposas se le clavaban en la espalda y piernas. Que al llegar a la comisaría comenzaron las torturas, que el querellante recuerda como ejecutadas por bestias inhumanas, los golpeaban por todo el cuerpo; al comenzar la tarde le aplicaban “el quirófano” que consistía en que lo tiraban boca arriba en un escalón con la cabeza hacia afuera y le deban golpes en la cara cuando caía hacia abajo por el cansancio, y los volvían a levantar sujetado del pelo; lo agarraban del pelo y de las piernas y le tiraban de un lado a otro”.

En el auto se lee también que “los interrogatorios en los sucesivos días eran de golpes entre dos o tres y aquí sí recuerdo a uno que luego lo ascendieron, se llamaba Jesús Martínez Torres, joven que lo habían traído a Zaragoza en compañía de otro también joven y rubio que también participaba con saña en los interrogatorios, ayudado por el Legionario”.

El caso del antiguo policía Atilano del Valle Oter parece especialmente llamativo: está imputado en esta causa por, supuestamente, haber disparado y arrojado por la ventana a Miguel Jiménez Hinojosa, tras su detención en un piso de Barcelona el 24 de abril de 1971. He aquí las “Constancias probatorias” que incluye la juez Servini en su Auto:

“El 24 de abril de 1971, con 23 años, es detenido por segunda vez en un piso de Barcelona por los funcionarios de la Sexta Brigada Regional de Investigación Social, Atilano del Valle Oter y Francisco Rodríguez Álvarez, quienes le disparan a bocajarro y lo tiran por la ventana

Es trasladado a la Clínica San Jorge, donde recibe los primeros auxilios. En vista de la gravedad de las heridas es evacuado al Hospital Clínico de Barcelona, donde le diagnostican conmoción cerebral con posible fractura de la base del cráneo, fractura de pelvis, rotura hepática, contusiones y heridas varias de pronóstico muy grave

Un consejo de guerra lo condena a 16 años, tras lo cual recorre las cárceles franquistas de Barcelona, Soria, Segovia y Jaén, durante 5 años, 6 meses y 4 días, y sale en libertad en octubre de 1976. Desde hace 20 años está jubilado por incapacidad permanente total con el hígado trasplantado…”.  (...)"          (Manuel Ángel MenéndezCuarto Poder,  en Rebelión, 15/11/2014)

11/3/11

"Había denunciado a los vecinos, había informado a las patrullas y había sido parte activa de ellas"

"Mi primo me señaló a dos personas que habían vivido todo aquello y que en aquellos tiempos eran adolescentes. El hombre no querría hablar conmigo, eso ya me lo anticipaba; pero la mujer seguro que no tendría inconveniente en contarme lo que supiera y contestar todas las preguntas que quisiera hacerle.

Y fue esa mujer la que me reveló lo que nadie me había dicho: que en el mismo pueblo, muy cerca de allí, vivía una protagonista de aquellos sucesos. Se trataba de una mujer de casi noventa años, que vivía sola y con buena salud en una casa de las afueras del pueblo.

Esa mujer había participado en el bando nacional, trabajando ardorosamente con los golpistas; había denunciado a los vecinos, había informado a las patrullas y había sido parte activa de ellas. Esto último me fue dicho de una manera muy sutil, pero inequívoca.

Cuando pedí precisiones, mi informante aseguró taxativamente que la tal señora había intervenido directamente en algunos de los hechos más crueles ocurridos, sobre todo en las aldeas vecinas; y que de eso muchos vecinos habían dado fe, además de que ella misma se había vanagloriado de aquello durante años, por lo que no había ninguna duda sobre el particular.

Pero además, mi informante había visto con sus propios ojos (y eso lo recalcaba mucho), con sus propios ojos, la detención y el intento de linchamiento de un hijo del alcalde republicano, un chico que había logrado esconderse durante tres meses en un pajar, y que al fin había sido denunciado por unos vecinos.

Mi informante me contó que la guardia civil rodeó el pajar donde estaba el muchacho; pero enseguida aparecieron los falangistas del pueblo, entre los que se encontraba aquella mujer, vestidos todos con camisas azules y armados con pistolas y fusiles. Venían nerviosos, casi histéricos, a reclamar que el chico les fuera entregado.

Cuando el cabo se negó, los falangistas se pusieron violentos, y en un momento dado intentaron prender fuego al pajar con el chico dentro. La guardia civil logró impedirlo, y entonces el chico se entregó.

Haciendo un gran esfuerzo, lograron introducirlo en el coche, salvándolo de las agresiones de aquella pandilla que se le intentaba echar encima, aullando como los mismos lobos. Cuando ya estaba dentro del coche, atemorizado y exhausto, la mujer aquella se acercó y… “sacó del refajo una aguja de tejer y le pinchó con todas sus fuerzas… menos mal que le dio en el hombro, pero la aguja le quedó clavada…”

Aquella fiera sanguinaria había encontrado su ocasión en el golpe de estado, sus compañeros de fechorías en las patrullas falangistas, y su pretexto, en la salvación de España. Las salvajadas cometidas, lejos de ser castigadas, le habían hecho ganarse el miedo, el respeto y hasta la admiración de unos y otros vecinos, y ella había disfrutado de su terrible fama, utilizándola para amedrentar a quien se cruzase en su camino.

Pero eso había sido hace muchos, muchísimos años. Todo había cambiado; casi toda la gente de la época había muerto ya, y aquella mujer seguía viviendo allí mismo, en una casa ante la que yo pasaba diariamente para ir a la piscina.

En ese mismo momento decidí hablar con aquella mujer, y le pedí a mi informante que me dijera exactamente en qué casa vivía.
— “¡Esa… esa bruja”!-, exclamó con temor y desprecio-. “¡Ni se le ocurra a usted acercarse a ella!” (...)

Y efectivamente, a partir de ese día al ir a la piscina me paseaba remolonamente por la puerta de la casa de la bruja. (...)

Al pasar ante ella reduje mi marcha. Ella levantó los ojos y me miró fijamente.

— Hola, buenos días- saludé yo, sonriéndole. (...)

Y ya el colmo fue cuando me invitó a entrar en su casa. (...)

— Siéntese, siéntese aquí- (...)

La mujer volvía de la cocina con una copa en la mano... — Vamos, tómesela, que es un licor de hierbas muy bueno. (...)

Mirándola a mi vez por el rabillo del ojo, alcé la copa dispuesta a fingir que bebía, pero a no probar ni una gota. Pero no hizo falta. El líquido se detenía en el borde, sin llegar a rebosar.

Era una copa de broma, una de esas que se venden en los chiringuitos que se ponen en las fiestas, junto a cucarachas de plástico y otras cosas por el estilo. (...)

La mujer se echó a reír con una carcajada bronca y escandalosa, mientras yo apartaba la copa bruscamente, dándome cuenta de lo que era en realidad.

Miré a mi anfitriona. Reía y reía como nunca había visto yo reír a una persona. De sus ojos cerrados salían lágrimas, y su boca, abierta de par en par, desvelaba la inexistencia casi total de dientes.

Durante aquel paroxismo de risa, se agarraba la bata con las dos manos, retorciendo la tela y tirando de ella, como si aquello fuera demasiado, como si la comicidad de aquella broma superase todo lo conocido… Yo me había quedado muda. (...)

Sus ojos amarillentos se fijaban en mí mientras se secaba las lágrimas con el reverso de las manos.

— ¡Ay!- suspiró por fin. – Perdone a esta vieja, haga el favor. Ha sido una broma que le he gastado, sin querer molestar. Es que mire-. Se inclinó hacia mí como para confesarme algo.- Es que yo estoy muy sola, ¿sabe usted? No hablo nunca con nadie. Pasan semanas y hasta meses sin que hable con nadie… ¡estoy completamente sola!

La risa se había acabado definitivamente, y las lágrimas continuaban brotando de los ojos amarillos. Mientras decía aquello, hurgaba en la bata hasta sacar un trozo de tela mugriento con el que se secó la boca y los ojos. Ahora veía yo claramente que la mujer lloraba, mientras continuaba con su discurso:

— Es que en este pueblo… son así. Y yo tampoco quiero hablar con ellos… ni en la tienda… Pero estoy sola, sola… Y usted perdone, pero yo he sido una bromista, pero una bromista muy grande, eh, lo que me ha gustado a mi gastar bromas, y lo que me reía… (...)

Me levanté sonriendo forzadamente, y me deslicé hacia la puerta mientras le contestaba con frases confusas, diciéndole que no importaba, que no me molestaba, que lo comprendía… Había perdido por completo las ganas de preguntarle acerca de lo ocurrido años atrás. Estaba viendo las consecuencias que aquello le había acarreado, y era suficiente para mí.

Me despedí y salí de aquella casa como una bala, mientras ella continuaba soltando su llorosa letanía. Mientras me alejaba, seguía viendo aquellas garras deformes, aquellas uñas curvas, propias de un animal, la casa miserable, la porquería, la oscuridad… y su voz quejosa: “Porque estoy sola, muy sola… SOLA, MUY SOLA…SOLA, MUY SOLA…” (www.represionfranquistavalladolid.org, 08/03/2011; Jimena Brime de Urz: Uñas de bruja)

3/1/11

Los 'topos' del franquismo

El ex alcalde de Rueda (Valladolid) Eulogio de Vega y el maquis malagueño Juan Jiménez, El Cazallero (con sombrero), en 1998

"Los fantasmas eran hombres atemorizados que se habían encerrado en vida para burlar las represalias de los ganadores de la guerra. Torbado y Leguineche les llamaron topos y contaron sus vivencias en un libro con igual título, Los topos, que se convirtió en un éxito de ventas en 1977 tras la muerte de Franco, se tradujo a una decena de idiomas y fue reeditado en 1999 por El País Aguilar. (...)

Lo que había ocurrido era que hombres de todo pelaje y ocupación se habían agazapado en lugares inverosímiles durante años. Leguineche y Torbado entrevistaron a alcaldes, furtivos, abogados y milicianos.

"Algunos se habían significado mucho y en otros casos fue el destino, que les pilló en el lado equivocado, pero podrían haber salido mucho antes", revive uno de los autores.

Una amnistía, en 1969, favoreció la cascada de liberaciones. Tranquilizados jurídicamente, se presentaban aún con el miedo en el cuerpo ante los cuarteles de la Guardia Civil para informar de que seguían vivos tras pasar durante décadas por muertos.

Protasio Montalvo se extralimitó y permaneció oculto tras la muerte del dictador. Fue el último topo en salir, en 1977. (...)

Montalvo había sido alcalde republicano de Cercedilla, una encrucijada entre frentes que sufrió asesinatos en la trastienda. El alcalde topo asegura que él trató de evitarlos, pero lo cierto es que su salida a la luz fue recibida con pintadas en el pueblo que le llamaban asesino y amenazas de muerte.

Su escondrijo fue cómodo: la casa de la familia, por la que se movía con tranquilidad absoluta. Él se ocupaba de cocinar, limpiar y cuidar a sus hijos cuando enfermaban, mientras su mujer salía a vender chucherías a los turistas.

Otros sobrevivieron peor: en desvanes, hoyos, sótanos, despensas, pocilgas. Eulogio de Vega, alcalde de Rueda (Valladolid), se escondió 40 días en un maizal y finalmente se instaló en su casa.

Juan Jiménez Sánchez, El Cazallero, el último maquis de la sierra malagueña, acabó ocultándose en el hueco de un poyete en la casa de su novia. "Cuando un hombre está escondido y lo vigilan, siente miedo", reconocía a este periódico en 1977, "los escondidos estábamos pendientes de la debilidad que pudiera tener la persona que nos ocultaba.

A mí me salvó mi novia, a la que un capitán ofreció un millón de pesetas y ponerla en cualquier país del mundo si me vendía".

Manuel Cortés, alcalde socialista de Mijas en 1936, pasó 18 años, en zapatillas, sin salir de su cuarto. Su experiencia, relatada por Ronald Fraser en el libro Escondido (In Hiding) en 1972, impresionó al dramaturgo Arthur Miller, que escribió en The New York Times:

"En la montaña de libros sobre la guerra no puede haber otro tan breve pero tan completo, tan desnudo pero tan sutil, tan conmovedoramente humano como este". (...)

A los periodistas que inquirieron por sus primeras impresiones en libertad, Manuel Cortés les respondió: "Estos zapatos me están matando". Semejante autocontrol le había ayudado a ver la vida pasar sin él desde la ventana de una habitación durante casi dos décadas.

La ventana y la radio fueron sus muletas. Cortés afianzó su fe socialista y anotó cada acontecimiento biográfico de sus vecinos. Cuando salió, con 64 años, estaba al tanto de bodas, bautizos y funerales.

"La fuerza humana es increíble; nadie está seguro de ello hasta que no lo siente. Nadie sabe de lo que somos capaces los humanos, nadie lo sabe", les dijo a los periodistas Saturnino de Lucas, un segoviano que pasó 34 años sin dar un paso ni ponerse en pie.

El habitáculo que ocupó ese tiempo, acondicionado bajo el tejado de una casucha, medía 63 centímetros en su parte más alta, dos metros de ancho y cuatro de largo. Emparedado, agredido por temperaturas que le sacudían de los 45 grados del verano a los 25 bajo cero del invierno, Saturnino de Lucas sobrevivió leyendo periódicos, escribiendo miles de cuartillas en una máquina York, escuchando la radio y sugestionándose. "Ahí vivía yo como si estuviera invernando". (El País, cultura, 31/12/2010, p. 45)