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2/2/18

Un puñado de romances fraguados en campos de exterminio

"Libros sobre el Holocausto hay cientos de miles. Desentrañar lo ocurrido es —o debería serlo— una obligación moral. Entretanto, la historiografía hace lo que puede por cercar un nivel de abyección nunca visto en la historia de la Humanidad. 

Pocos autores se han atrevido sin embargo a poner el foco en ese intangible que, como recuerdan los más entusiastas, es lo que realmente mueve el mundo. En efecto, hablamos del amor como motor de vida y, en este caso también, de supervivencia.

La escritora y periodista Mónica G. Álvarez traza en Amor y horror nazi. Historias reales en los campos de concentración (Ediciones Luciérnaga) una historia alternativa de lo ocurrido, lo hace hilvanando una serie de vivencias personales e íntimas, todas ellas verídicas, en las que el amor con letras capitales parece plantar cara al nazismo. Un libro que, como explica su autora, nace como reacción a otro mucho menos amable: Guardianas nazis. El lado femenino del mal (2012).

“Quedé rota por lo trágico de aquél libro. Me llegó a afectar hasta tal punto que una amiga muy querida me dijo que tratara ahora de escribir sobre un tema más liviano como el amor”, explica la autora. El resultado son estos siete testimonios de unos de los capítulos más oscuros de nuestra historia reciente. Prisioneras que se enamoraron de sus carceleros, mujeres que se amaron pese a los impedimentos de la época, parejas que resistieron el cautiverio gracias al recuerdo de su amor…

“El amor es atemporal, puede ocurrir en un campo de concentración nazi, hace 5000 años o dentro de 2000”, confiesa la periodista, para quien la única razón que puede explicar la supervivencia en condiciones tan extremas de hambre y miedo solo se puede entender a través del amor. “El terror que tuvieron que vivir les hizo perder hasta la razón, si no sucumbieron es porque mantenían la esperanza viva de que él o ella estarían vivos”.

El carcelero enamorado

Es el caso, por ejemplo, de la historia que protagonizaron la eslovaca Helena Citrónová y el austríaco Franz Wunsch, cabo primero de las SS. Prisionera y carcelero protagonizan una historia propia del celuloide que Mónica González —a través de archivos y documentos bibliográficos— logra rescatar del olvido. 

“Él se enamoró perdidamente de ella. Y Helena sintió una especie de gratitud ambigua, que es la forma que tiene el preso de agradecer a su captor que le salve la vida”.

Cuenta Mónica que el oficial nazi se deshizo en atenciones para con la joven presa eslovaca. Veló por su seguridad durante el cautiverio, le regaló un par de botas para que pudiera afrontar con un mínimo de garantías la llamada marcha de la muerte, y hasta le entregó a modo de despedida un papelito en el que le indicaba la dirección en la que vivían sus padres para reunirse una vez finalizada la guerra.

 “Ella se giró y rompió el papel —apunta la periodista—, recordó aquellas palabras que le dijo su padre: Jamás olvides quién eres”. Con todo, la joven Helena no tuvo reparos pasado el tiempo en testificar a favor del oficial durante el encausamiento de éste.

Amor lésbico vs. Nazismo

Felice Schragenheim y Elisabeth Kappler —conocida en el seno familiar como Lilly Wust— se enamoraron fuera del campo de concentración. El idilio, cabe decir, venía patrocinado por un horizonte nada halagüeño; Felice era judía y Lilly nazi. El problema —¿o deberíamos decir el dilema?— para Lilly comienza cuando Felice le confiesa que es judía. 

“La respuesta de Lilly fue terrible —explica González—, el nazismo generó muchas contradicciones y era muy complicado para sus protagonistas hacerles frente”. El desenlace, cabe decir, es en este caso feliz. “Lilly dice sentirse por primera vez viva a su lado, hasta el punto de que decidió plantar cara al nazismo apostando por sus sentimientos”.

Todo un romance hollywoodiense que Mónica González rescata de las conversaciones que mantuvo Lilly a la edad de ochenta años con la periodista Erica Fischer, charlas que dieron lugar al libro Aimee and Jaguar: A Love Story, Berlin 1943. “Este es un claro ejemplo de que el amor puede tumbar a una ideología que está aparentemente instaurada en la mente de alguien, es la evidencia de que no sólo le puede hacer frente sino que también le puede vencer”.

Amor en fuga

Pero quizá es la historia de amor entre Howard y Nancy la que más ha dado que hablar. Ambos protagonizaron un interminable periplo por campamentos diversos en condiciones terribles. Tras ser brutalmente separados, la triste casualidad quiso que se volvieran a encontrar en Auschwitz, para después tener que hacer frente a una cruel marcha de 800 kilómetros que casi acaba con la vida de Howard. “Apenas pesaban 30 kilos, habían superado escenas de muerte y vejación inimaginables, pero ahí estaban, de nuevo juntos, el uno frente al otro”.

Cuenta Mónica González que, en sus charlas telemáticas con Howard, éste le relataba lo sucedido con optimismo y coraje: “Si tuviera que resumir en una palabra lo que sentí al hablar con Howard es humanidad. Lo cual tiene toda la lógica del mundo, pues sus carceleros trataron por todos los medios de deshumanizarlos”. 

Una suerte de clarividencia heredada del terror que González evoca en estos tiempos de amores que matan: “Me dijo Howard que los jóvenes no saben bien lo que es el amor, el amor es respeto y gratitud, no tiene nada que ver con los celos”."                     (Juan Losa, Público, 22/01/18)

4/12/13

El miedo me hizo volar sobre la verja que zumbaba...



“(...) Más tarde la besé por primera vez, tras la letrina, a la luz de la luna llena. Comencé a visitarla en su barracón todas las mañanas, antes del toque de diana. Le llevaba agua caliente de la cocina y le lustraba los zapatos con la manga humedecida con saliva.

En el campo había diferencias de género en cuanto al vestido: los prisioneros masculinos escondían la calva bajo una gorra rayada, mientras que las presas usaban un pañuelo blanco para cubrir el cráneo afeitado. Yo llevaba gorra, pero siempre tenía un pañuelo blanco en el bolsillo, mi salvoconducto a la zona de las mujeres. 

Nuestro cortejo se prolongó a lo largo de varias acciones y selecciones, durante las cuales más de una vez estuvimos a punto de despedirnos para siempre. Hicieron falta unos cuantos milagros para que sobreviviéramos.

Cambié cuatro barras de pan por una cuchara de plata y, por cuatro más, el joyero del taller de relojería hizo dos anillos. Esa noche celebramos una mini boda al lado de la litera de mi madre. No hubo rabino, música ni invitados, ni tampoco ensalada con mayonesa. Simplemente pronuncié el tradicional Harei At y mamá nos dio su bendición.

 Después llevé a mi novia a su barracón para consumar el matrimonio. Escalamos a su litera de la tercera fila y esperamos con impaciencia a que las luces se apagaran. Para nuestro disgusto, el viejo del barracón no apagó las luces aquella noche porque los alemanes estaban peinando la zona femenina en busca de hombres escondidos.

Razones estratégicas me llevaron a la conclusión de que era demasiado tarde para intentar escapar y ninguna coartada podría salvarme. Decidimos hacer frente a la situación con una argucia. Las dos vecinas de mi mujer me taparon con los trapos y harapos que solían hacer las veces de almohada y yo me tumbé bajó sus cabezas mientras ellas tres fingían dormir. 

Obviamente, no pudieron hacerlo porque estaban muertas de terror y la almohada no paraba de temblar de miedo. Cuando el registro acabó, oímos los gritos de dos chicos apaleados hasta la muerte en el altar de Eros.

Un milagro me libró de ser descubierto. Después, cuando traté de darme la vuelta en la litera, oímos la sirena llamando a los hombres a congregarse en el patio. Bajé de la litera de arriba de un solo salto y, mientras corría, me cubría la cabeza con el pañuelo blanco para que los guardias no comprobaran mi identidad. 

Sin embargo, ¡la puerta electrificada estaba cerrada! Me quedé ahí de pie y sin aliento, sin ideas ni esperanza. Sólo tenía por cierta una cosa: si no aparecía en la asamblea al cabo de unos minutos, ésa sería mi última noche en este mundo. Si intentaba escalar la puerta, el resultado sería el mismo, aunque mi muerte en ese caso sería más digna y más rápida.

Tomé la decisión mientras un haz de luz pasaba sobre mí. Me despedí rápidamente de este mundo cruel, de mi vida, que en realidad aún no había comenzado, y de mi madre, mi hermano y mi esposa, que en un minuto se convertiría en viuda. Entonces di el fatídico salto. 

El miedo me hizo volar sobre la verja que zumbaba. Sin darme cuenta me elevé tanto que sólo los dedos de las manos y los pies rozaron los hilos con la carga letal. Antes de aterrizar en el otro lado, una de las perneras se me enganchó en el alambre y se rasgó; otros alambres me pincharon los músculos de mis piernas flacas.

Una nueva ronda de foco de luz me ignoró mientras yacía boca abajo en el suelo. Todavía me quedaba por superar la maraña de cable electrificada de un metro de altura.

Hasta hoy no he sido capaz de entender cómo me las arreglé para sortear la trampa, el dragón que escupía fuego y se tragaba incluso a los héroes más valientes. ¡Debería haber encontrado la muerte allí! Cuando llegué al patio, el altavoz anunciaba que el Appell había concluido.”  

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 174/6)

2/7/13

El amor y la guerra están indisolublemente unidos

"DOCTOR GRAY - Experimenté, tanto en Italia como en Francia, las paradojas más sorprendentes, el contraste entre las tragedias de la guerra y las insistencias del amor. 

Esta clase de contraste me hizo pensar que el amor y la guerra están indisolublemente unidos por mecanismos que no se han estudiado lo suficiente desde los antiguos griegos... los primeros documentos de la civilización occidental hablaban del matrimonio del amor y la guerra, de Afrodita y Ares. 

Las mujeres traían, especialmente en Italia y en Francia, pero también en Alemania, un elemento que contrastaba agudamente con la horrible experiencia del día y creo que muchas mujeres estaban muy emocionadas por aquella experiencia. Había en aquellos lances una ternura de la que carecíamos totalmente en nuestra experiencia militar ordinaria. 

Los dos se complementaban, a menudo hacía posible el avance diario de los soldados; no se podría exagerar la importancia del elemento que aportaban las mujeres. Muchas relaciones eran casuales, muchas un simple desahogo sexual, pero me impresionó un elemento más profundo que había, de ternura, de seriedad, dulzura, amabilidad. 

En aquellos tiempos estaba muy agradecido a las chicas por la alegría que aportaban a una existencia por lo demás sombría.


(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 541/2)

30/5/11

"Sobrevivieron gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos"

"Todo esto se me venía a la cabeza estos días, mientras leía las memorias del hispanista americano Thomas Mermall que acaba de publicar Pre-Textos. El inicio del libro es abrumador.

Mermall fue el único niño judío de una amplia zona de Hungría que sobrevivió a la persecución nazi. Su madre, enferma, acabó sus días en Auschwitz, mientras su padre y él salían huyendo hacia el bosque y sobrevivían gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos.

El libro recorre el siglo XX. De la huida de los nazis a la huida del comunismo, de Hungría a Chile, de Chile a Chicago, donde Thomas se hizo adulto y americano. (...)

Lo más notable del libro es que entramos de lleno en una vida, sin que se nos cierre ninguna puerta, dejándonos convivir con esa familia de supervivientes (la madrastra sobrevivió a los campos) y observar cómo unos responden al trauma de manera mezquina, atesorando todo aquello que les fue negado, y otros practicando la generosidad de por vida.

El padre del profesor Mermall, aquel hombre que salvó a su hijo de seis años escondido en el bosque y en un granero, escribió un diario que le compró Spielberg. Se publicó, pero el proyecto de hacer una película se vio frustrado.

Ahora es el hijo quien reconstruye la aventura y quien la continúa en primera persona hasta el día de hoy en que se encuentra luchando contra un enemigo interior, el cáncer. (...)

El otro día, en la presentación que de su libro hizo en el Cervantes de Nueva York, Thomas reflexionaba sobre esa cosa rara que es la bondad.

Tantas veces intentamos analizar a los criminales, a los seres que apestan la tierra, y qué pocas dedicamos el mismo esfuerzo a comprender qué puede llevar a un campesino a arriesgar su vida por un hombre y su hijo de seis años, a los que no conoce.

Qué nos lleva a ser bondadosos hasta ese extremo y qué nos lleva a superar el dolor sin remordimiento y sin ánimo de venganza. Thomas Mermall ha llamado a sus memorias Semillas de gracia: son las que su madre sembró en él en solo seis años.

Un amor que Thomas ha atesorado toda su vida de huérfano y de las que aún hoy, nos confesó, brota su inquebrantable deseo de vivir." (ELVIRA LINDO: El enigma de la bondad. El País, domingo, 22/05/2011, p. 15)

11/11/10

"Es muy difícil y desesperante apoyar a alguien que no quiere. Es frustrante"


Ramiro Álvarez y sus dos hijos, Luis Ramiro y Diana, en una foto sin fechar del álbum familiar

"Luis Ramiro Álvarez, un delineante de 29 años, consultó la semana pasada Internet en el estudio de ingeniería en el que trabaja. Tecleó en Google el nombre de su padre, de quien no sabía nada desde hacía cuatro años.

Lo encontró en una lista de fallecidos. Averiguó que había muerto seis meses antes en un hospital y que lo habían enterrado en la zona de caridad del cementerio sur al no hallar a su familia. El chico, impresionado, abrió su blog y escribió la historia de su progenitor en un post que tituló así: "Reconocimiento a la muerte de un don nadie". (...)

Luis Ramiro aún recuerda el día que encontró a su padre en un banco de Atocha, rodeado de gente fumando filtros, agarrados a unos cartones de vino como quien se abraza a una religión. Llevaba la camisa llena de lamparones. Se dio cuenta de que su progenitor se había convertido en uno de los muchos indigentes que merodean por la ciudad.

Su declive personal había empezado a principio de los años noventa. Su mujer murió de un ataque al corazón y al año siguiente cerró la fábrica de piezas de coche donde trabajaba. Con 40 años se vio viudo y sin empleo. Nunca más volvió a encontrar un oficio.

El dinero que había cobrado por el despido se fue agotando hasta el punto de no poder afrontar el alquiler de la casa en la que vivía con sus dos hijos, Luis Ramiro y Diana. Mandó a los niños a vivir con sus tíos y él se echó a la calle, a dormir al raso.

No quería la ayuda de nadie. "Es muy difícil y desesperante apoyar a alguien que no quiere. Es frustrante", cuenta Luis Ramiro. La familia le ofreció un piso vacío donde pudiese dormir y ducharse, pero siempre lo rehusó con alguna excusa.

Luis Ramiro se empeñó en hacerle el DNI hace cuatro años. Fue una de las últimas veces que lo vio. Se presentó repeinado y con una camisa blanca con manchas para ir a comisaría, pero no pudo renovar el documento porque le faltaba un papel del padrón.

Ramiro prometió volver al día siguiente pero no lo hizo. Poco después murió su madre, una mujer muy mayor que le daba dinero para tabaco y comida. No fue al entierro. "Creo que no quería que nadie le viese", piensa el hijo.

Nadie sabe qué fue de Ramiro hasta el 12 de junio de este año. Sufrió un paro cardiaco en un albergue de la capital y le atendió el Samur." (El Páis, 11/11/2010)

24/3/10

Verdad, justicia y amor... pero... "¿Cómo amar a los enemigos? Ése es el drama"

"Estos dos curas pasionistas protagonizan La Santa Cruz, refugio de resistencia, documental en el que los directores María Cabrejas y Fernando Nogueiras relatan la historia de este templo donde se reunían en la última dictadura militar de Argentina (1976-1983) tres de las primeras Madres de Plaza de Mayo, dos monjas francesas y otros siete militantes de los derechos humanos.

Allí se infiltró Alfredo Astiz, uno de los 19 militares que desde diciembre afrontan el juicio por los crímenes de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), centro clandestino de tortura. Astiz entregó en 1977 a los 12 del Grupo de la Santa Cruz. El documental (puede verse en peliculasantacruz.blogspot.com) recuerda el episodio y cómo esta iglesia continúa comprometida en "bajar de la cruz a los pobres", según dice Hughes citando un libro del teólogo Jon Sobrino. (...)

Hace dos semanas Saracini, el único que pide postre, acompañó al juicio de la ESMA a la sobrina de una de las monjas francesas, también religiosa. "Estaba a 10 metros de Astiz", se pone serio. "¿Lo saludaste?", rompe el hielo Hughes. Saracini dice que está ante un trípode: "Verdad, justicia y amor. La verdad nos hace libres. La justicia demuestra que la impunidad no será eterna. Después está el drama de cómo hago para amar a los enemigos". Y Hughes aclara: "Esto no es lo mismo que amnistía. No hay que soltarlos. Si fuera posible, humanizarlos y que les duela por una vez el camino recorrido para rehacerse interiormente". (BERNARDO HUGHES Y CARLOS SARACINI: "¿Cómo amar a los enemigos? Ése es el drama". El País, ed. Galicia, última, /03/2010)