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17/2/22

Supervivientes de tortura: “Nos quemaban con cigarrillos, nos violaban, nos meaban”... Amnistía Internacional ha denunciado torturas en, al menos, 141 países del mundo

 “Somos supervivientes; un grupo de personas que hemos sido torturadas”. Terrence tiene 37 años, nació en República de Democrática del Congo y hace cinco su vida cambió radicalmente. Ante las intenciones del entonces presidente del país africano, Joseph Kabila, de permanecer en el poder un nuevo mandato, surgió un movimiento de protesta política y ciudadana, que fue duramente reprimido.

 El 13 de febrero de 2017, Terrence fue detenido. “Fui arrestado. Me encerraron durante varios días. Me golpearon, me maltrataron”, resume con voz pausada: “Me dieron descargas eléctricas”, agrega. Le pusieron los electrodos en los testículos y el pene. También, en otras partes de su cuerpo. “Fui torturado en mi país. Tuve que huir”.

 Las saturadas carreteras de Atenas empiezan a liberarse del atasco de la hora punta matutina. Una efervescencia que no cesa en las aceras del barrio de Kypseli. Las cafeterías, con modernos baristas y pasteles artesanos, se alternan con tiendas de móviles, peluquerías especializadas en rizos, barberías y variados escaparates. En esta zona ―que ya ha sido catalogada como una de las más “vibrantes” y “cool” a solo quince minutos del Partenón ― se instalaron hace dos décadas comunidades de migrantes, principalmente personas de origen africano y de Oriente Medio. 

Ahí, en octubre de 2014, Médicos sin Fronteras (MSF) inauguró un centro especializado en supervivientes de tortura (SoT), proyecto instalado en la capital griega, pero que ha trabajado en colaboración con la consulta que la ONG también opera en Lesbos. A la isla llegan anualmente miles de migrantes desde Turquía por la ruta del Mediterráneo oriental, que el año pasado utilizaron 20.373 personas, según Frontex; algo más de un 10% de las 196.000 que en 2021 entraron de manera irregular en la Unión Europea.

 Terrence forma parte de un grupo de supervivientes de tortura. Está formado solo por hombres y todos son migrantes, uno de los colectivos más vulnerables a esta práctica. Bien por la violencia establecida en sus países natales; bien por la crueldad de la travesía, en la que abundan abusos y traficantes de personas. “Nos ayuda estar juntos”, reseña el hombre el poder de la empatía, “el grupo se crea para compartir experiencias porque todos compartimos una muy dolorosa”. 

 Aunque no hay cifras consolidadas sobre la incidencia de la tortura en el mundo, ACNUR estima que la han sufrido entre un 5 y un 35% de los refugiados. Por su parte, el Fondo voluntario de Naciones Unidas para víctimas de tortura (UNVFVT) ya avisaba en 2017 de que dos tercios de los pacientes atendidos por el organismo eran migrantes.

“La tortura se realiza de diversas maneras: puede ser física (palizas, amputaciones, electroshock…) o psicológica (aislamiento, privación de sueño, terror...). Sus consecuencias, por tanto, también son variadas”, explica Lydia Mylonaki, psicóloga en la clínica SoT. A pesar de ese complejo abanico de dolencias, hay algunos males arquetípicos de la tortura: daños musculoesqueléticos; dolores crónicos; artritis postraumática; pesadillas; problemas de sueño; dolor psicológico; pérdida de memoria; ansiedad; tendencias autolesivas o depresión. “La tortura es una cicatriz”, resume la psicóloga, “puede ser visible, y funciona como un perverso y constante recuerdo del daño sufrido, o una muesca invisible que cuando se activa afecta al comportamiento, a las relaciones, a la autoestima”.

 La diáfana sala del local en el que se cita el grupo de Terrence, aledaño a la clínica de MSF, acoge un par de pizarras, un sillón, y unas sillas. Un ventanal aparece plagado de cartulinas con mensajes. “Supervivientes”, titula la más grande, surcada por flechas en varias direcciones. “El dinero es discriminatorio; la enfermedad no”, se indica en una de menor tamaño. “La injusticia es un virus que no requiere de contacto físico para contagiarse”, se lee en otra. 

Es el espacio de encuentro de los supervivientes; donde comparten sus experiencias. “Fui detenido por formar parte de un partido político opositor al Gobierno de mi país”, arranca Terrence. “Me tuvieron días encerrado, en ocasiones desnudo y con las muñecas atadas. Me pegaban y me hacían preguntas sobre el partido y sus líderes”, resume.

La tortura no es un método efectivo para obtener información fiable, como han constatado decenas de estudios científicos. Uno de ellos (Ethically Investigating Torture Efficacy: the Influence of Physical Pain on Decision-Making Processes, publicado en 2015) concluye que las personas sometidas a este tipo de abuso son más proclives a dar información falsa en un interrogatorio. 

Para Jorge Aroche, director de STARRTS, servicio para la rehabilitación de los supervivientes de la tortura en Sídney (Australia), “la tortura es una herramienta de control social”. Un control que se ejerce a través de una combinación de dolor y terror, que germina en el erial psicológico que ese maltrato deja a su paso. Busca doblegar: “Es una forma de amedrentar a la población”, explica Aroche, que fue presidente del Consejo internacional para la rehabilitación de víctimas de tortura (IRCT).

 Tras varios días de encierro, a Terrence le taparon los ojos y le subieron en un coche: “Sabía que mi destino era la muerte”. En el viaje, un violento movimiento sorprendió su dolorido cuerpo. Habían tenido un accidente de tráfico. El hombre aprovechó la confusión para escapar. Poco después, llegó a Moria. Pasó un año en ese sobresaturado, precario y peligroso campo de refugiados. Un lugar que se convirtió en un icono del drama migratorio en el Mediterráneo y que fue arrasado por el fuego en septiembre de 2020. “Hay momentos en los que te asaltan preguntas: ¿Qué he hecho yo? ¿Por qué?”.

Habla con tono tranquilo. En repetidas ocasiones se ha oído a sí mismo contar su propia historia. Lo ha hecho a diversas autoridades para conseguir algún tipo de permiso o reconocimiento legal; a médicos para hablarles de sus dolencias; a funcionarios; a algún periodista... “El Estado griego reconoce el derecho de las víctimas de tortura, debería apoyar nuestra rehabilitación e integración”, agrega Terrence, que no tiene trabajo, pero sí permiso de residencia.

 Él puede hablar de su experiencia con la tortura; otros supervivientes no son capaces de verbalizarla. Algunos puede que nunca lo consigan. “Una de las complejidades de trabajar con víctimas de tortura son los desencadenantes”, explica la psicóloga Mylonaki: “Durante una conversación o en una situación cotidiana, algo puede llevar a la persona a revivir el trauma. Y eso no es positivo”.

 Barry no quiere correr el riesgo de activar ningún interruptor que le desestabilice. Tiene 29 años, es de Guinea Conakry y accede a participar en el reportaje con ciertas cautelas. No quiere hablar de su mano derecha, mutilada, frágil, delicada y que continuamente protege con el acto, casi reflejo, de estirarse la manga de la chaqueta para guarecerla. No se siente cómodo con las cámaras. 

Más bien con las imágenes que luego tendría que ver. No llega a los 30 años, pero por su mirada podría atesorar un par de décadas más. “He pasado momentos desesperantes. Sin ganas de vivir”, afirma. Marca con hondos silencios el ritmo de la conversación. “No tenía ninguna esperanza, pero ahora, gracias al trabajo que realizamos en este centro, tengo la moral más alta”, prosigue: “Gracias a ellos, he llegado aquí ahora. Es algo que quería decir”.

No quiere ahondar en su pasado. Solo menciona que antes de instalarse en Atenas, llegó a la isla de Cos, en la costa oriental, donde estuvo en un campo de refugiados. “Aquí [en la clínica SoT] nos cuidan bien”, explica, “tienes cita con el psicólogo; también está el asistente social, que me ayuda con los papeles; el médico que se ocupa de mi salud; hay intérpretes, que me acompañan, con una actitud de respeto y consideración. Me reciben con los brazos abiertos cada vez que vengo”.

 Parece que resume el enfoque holístico que aplican este centro a la hora de tratar a sus pacientes y que recomienda el Consejo internacional para la rehabilitación de víctimas de tortura. “La situación social y el estatus legal de nuestros pacientes afecta a sus vidas y a su salud. Los supervivientes de tortura deben ser atendidos con un enfoque multidisciplinar”, detalla Isabelle Greneron, directora médica de la clínica SoT.

 Como la autoestima y la seguridad se ven profundamente dañadas tras la tortura, los centros especializados lo primero que buscan es crear un ambiente seguro, de confianza. “La idea es dar el control a las víctimas, que visualicen que pueden manejar la situación”, ahonda la psicóloga Mylonaki. “En el proceso de tortura han perdido una parte de sí mismos”, agrega. Desde su apertura, la clínica ateniense ha tratado a un millar de pacientes y realizado 23.000 consultas (de salud mental, fisioterapia, atención primaria).

 En este tiempo, han identificado una serie de fallos en la protección de estas víctimas: barreras administrativas, déficit de atención médica o la ausencia de expertos en la materia en el sistema público de salud. También perversos fenómenos: “Los supervivientes de tortura son muy vulnerables ante la retraumatización o a sufrir nuevos abusos”, alerta la directora de la clínica SoT. Kali tiene esa experiencia marcada en su cuerpo.

 Este hombre de 36 años huyó de Kinshasa después de ser recluido y torturado. En su último informe, el Comité contra la Tortura de la ONU catalogaba la República Democrática del Congo como uno de los países donde existe la tortura. El documento también incluía a: Belice, Benin, Bosnia y Herzegovina, Burkina Faso, Burundi, Filipinas, Gabón, Liberia, Mongolia, Nauru, Níger, Nigeria, y Sudán del Sur. A Kali le arrestaron en 2017, en una de las múltiples manifestaciones en contra del Gobierno de Kabila. “Debido a los golpes que recibí, con el oído derecho casi no puedo oír”, detalla.

 Dejó atrás a su mujer y a sus dos hijos y en la costa turca subió a una atestada lancha, que lo llevó hasta Lesbos. Pensaba que había tenido suerte hasta que llegó a Moria: “En ese horrible lugar estuve seis meses”. Allí conoció a Terrence. En una reyerta, dentro del hacinado campo, sufrió un corte en el ojo derecho. La herida se complicó. Cuando quisieron trasladarle a Atenas, diez días después del incidente, era demasiado tarde: se quedó tuerto. “Soy una víctima. He sido mutilado en un campo de refugiados del Gobierno de Grecia. No me dieron la atención necesaria. 

¿Por qué no me transfirieron antes al hospital?”, se pregunta el hombre, que sigue en tratamiento ―toma cinco pastillas diarias por sus dolencias― y al que le acaban de reconocer una discapacidad parcial. A pesar de todo, sus papeles se hacen esperar: “Es la tercera vez que los pido. Y no tengo ni un informe que acredite lo que me hicieron en el ojo, ni nada que me pueda ayudar a irme a otro lugar. ¿Dónde voy a ir? ¿De qué voy a trabajar?”. A esas recurrentes preocupaciones de Kali, se ha unido recientemente una más: la clínica de supervivientes de tortura de MSF va a echar el cierre. “No sabemos qué vamos a hacer ahora”.

 Brillantes cacahuetes y verdes guisantes relucen sobre el arroz que Muhammad, de 24 años, ha cocinado. “Lo hace bien” confirman sus dos compañeros de piso. Viven en el barrio de Patisia, una zona más alejada del centro de Atenas, pero más económica lo que les permite un piso más cómodo; en algunos conviven hasta una decena de personas en habitaciones compartidas. Los tres son de Siria, un país asolado por el conflicto desde 2011 y donde operan diversas facciones de Estado Islámico.

 “Siendo menor ya estuve en la cárcel”, cuenta el joven, que trabaja de mecánico y es el único con empleo de los supervivientes de tortura entrevistados. “En mi país, te acusan de terrorismo y te tratan como si fueses Osama Bin Laden”, continúa. Con precisión detalla cómo, en sucesivas detenciones, le humedecían el cuello, la espalda o el torso y le introducían agujas metálicas en su piel, conectadas a unas baterías y que suministraban descargas eléctricas. Un reguero de puntos salpica la piel de su espalda y de su pecho. “No tenía ninguna razón para quedarme en mi país”. En septiembre de 2018, con el verano a punto de despedirse, Muhammad salió de Damasco.

 Un año después, cruzó a pie la frontera norte de Grecia. Un paso donde, a primeros de febrero, murieron al menos 12 personas congeladas tras haber sido rechazadas en la frontera por las autoridades griegas, según denunciaron las fuerzas fronterizas turcas. Las devoluciones en caliente no están permitidas en la Unión Europea, pero sí el retorno de migrantes de manera organizada, según el Acuerdo Turquía-UE de 2016, que considera a Turquía un país seguro. “El mismo acuerdo que permite que toda persona que llegue a las islas pueda ser obligada a permanecer allí, con restricciones de movilidad”, explica Lisa Papadimitriou, asesora en asuntos humanitarios de MSF Grecia. “Falsamente, creen que esto desincentiva la migración. Mientras tanto, capturan a gente en los campos de las islas, los tratan como criminales y los exponen a situaciones de riesgo”, agrega la experta.

“Turquía no es un país seguro y menos para los migrantes”, afirma Fatih. Es turco, profesor de matemáticas, tiene 30 años y lleva dos y medio en Atenas. Aunque desconoce las razones por las que le detuvieron en su país, las vincula con sus ideas políticas: “Soy comunista y nos quiere erradicar”. Recuerda duros interrogatorios en los que le preguntaban continuamente nombres. 

“Nos tenían en grupo, de pie, desnudos, con los ojos tapados”, recuerda. “Nos quemaban con cigarrillos; nos asaltaban sexualmente, penetrándonos con diferentes objetos; meaban sobre nosotros. Y si nos quejábamos, nos recluían en soledad”, prosigue. La Convención de la ONU contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes está ratificada por 165 estados. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, un tratado multilateral que prohíbe explícitamente la tortura, concita más apoyos: 172 naciones. A pesar de ello, en los últimos cinco años, Amnistía Internacional ha denunciado torturas en, al menos, 141 países del mundo.

 Tras su liberación, Fatih supo que tenía que escapar. Lo consiguió. Ahora da clases de matemáticas por Zoom y reconoce estar frustrado en Atenas: “No he tenido respuesta a mi petición de asilo. Estoy en un limbo. Parece que estoy muerto”. También se reconoce algo ansioso. “Hay días que puedo controlar mi mente, puedo respirar y estar relajado. Pero otros, no. Entonces, todos los malos recuerdos aparecen de repente, llevándome al colapso. Si es de noche, duermo mal, tengo pesadillas, y al día siguiente estoy agotado”, explica el hombre. Le preocupa y lamenta la clausura de la clínica SoT.

Este centro especializado es uno de los proyectos temporales de MSF, misiones que pretenden actuar sobre una problemática concreta, en áreas donde falta atención, y abrir camino a autoridades y organizaciones locales. Tras siete años de actividad, la clínica dejó de pasar consulta el pasado diciembre, poco después de la visita de El País Semanal. Aunque por el momento ninguna organización, ni pública ni privada, ha tomado el relevo, sus pacientes pueden seguir acudiendo al centro de referencia (de ateción generalista y no especializada en torturas) que mantiene la ONG en Atenas. Además, la organización Babel, especializada en atención psicológica a migrantes, atiende ahora a Kali así como a otros pacientes de la clínica SoT. 

Tarea a la que recientemente se ha unido otros colectivos atenienses. Ninguno de ellos tiene la capacidad de ofrecer el enfoque integral del centro cerrado. “Podemos aplicar en otros proyectos lo que hemos aprendido aquí con respecto a los supervivientes”, apuntaba la directora en el último comunicado que emitió la clínica. En él se incluía también una petición a la Unión Europea: “Debería asegurar que las personas que han sufrido tortura, así como el resto de víctimas de violencia, sean adecuadamente atendidas; que reciban cuidados médicos y psicosociales apropiados; que tengan asistencia legal; así como unas condiciones de vida que valoren la traumática experiencia que han vivido”. En definitiva, que se les trate como lo que son: supervivientes."                   (Pablo León, El País, 12/02/22)

8/10/21

Vera Valdez, 85 años: “A veces aún siento el frío de la sala donde me torturaron”

 "Su primer desnudo, en los sesenta, le costó el divorcio. El último lo hizo con 72 años cumplidos. Miró de frente a los mejores fotógrafos del mundo (Helmut Newton, Richard Avedon...) y a un grupo de hombres a los que habían encargado torturarla. Fue la consentida de Coco Chanel, la primera supermodelo brasileña, la amante de un expresidente francés, la interna de un psiquiátrico. Acaba de presentar en el festival de San Sebastián La abuela, que se estrena en cines el 29 de octubre. “Vera nos ha fascinado”, afirma el director, Paco Plaza. A sus 85 años está rodando un corto, un largometraje y una serie. La actriz no piensa en jubilarse después de una vida de película.

Pregunta. De todo lo que ha visto y padecido ¿qué la hizo más feliz y cuándo sufrió más?

Respuesta. Me vuelve loca el teatro, trabajar con público. Lo que más me ha hecho sufrir ha sido la tortura. Y ahora, como creo que cualquiera que quiera a Brasil, estoy triste por culpa de Bolsonaro. Mucha gente murió porque él decía que la covid era una gripecita. No le importamos, no le gustamos. Está arruinando al pueblo.

P. ¿Cómo terminó una modelo en un centro de torturas?

R. Brasil era entonces una dictadura. En mi familia, intelectuales de izquierda, casi todos habían sido arrestados o se habían exiliado. Un día, viniendo de París, me pillaron en el aeropuerto de Río con una papelina de cocaína en el bolso. Al ver a qué familia pertenecía me llevaron a un sitio y me pegaron. Luego me torturaron los militares, querían que revelara nombres de opositores. Me aplicaron descargas eléctricas, me metieron en una sala enorme, como un congelador, llena de espejos. Yo estaba desnuda y muerta de frío. Me pegaban entre varios, nunca eran los mismos. También me dejaban suspendida sobre un agujero en el que decían que había serpientes... Estuve un mes allí y luego cerca de un año en un psiquiátrico [logró salir gracias, entre otros, a la ayuda de Bertolucci]. Tenía mucho miedo, hasta que me dije: “Lo peor que te puede pasar es morir”. Luego bloqueé el miedo, pero a veces aún puedo sentir aquel frío.

Tenía 16 años y abortar era delito. Tuve que hacerlo en secreto

P. Antes de eso se había convertido en el ojito derecho de Coco Chanel. ¿Cómo se conocieron?

R. La primera vez que un señor me preguntó si era modelo yo no sabía qué era eso. Tuve que preguntárselo a mi madre, que cogió una revista y me dijo: “Esto”. Ahí vivíamos en Burdeos. Luego fuimos a París. Una amiga me presentó a la modista Elsa Schiaparelli y empecé a trabajar. Fuimos a Londres a presentar una colección. Estaban las princesas Margaret e Isabel, fue impresionante. Me hice muy amiga de la modelo Suzy Parker, que un día me dijo: “Te voy a presentar a una mujer fantástica”. Era mademoiselle. Me la presentó y empecé a trabajar para ella. Chanel me quiso como una madre. Cenábamos siempre juntas y el resto de modelos tenía celos. Me reñía porque salía por las noches y siempre llegaba tarde. Me echó tres o cuatro veces, pero siempre volvía. Creo que le gustaba porque era muy libre, como ella.

P. Las ventajas son obvias, ¿pero la belleza le arrebató algo? ¿Inocencia, por ejemplo?

R. Mientras trabajaba de modelo no podía quedarme embarazada y en aquel momento el aborto era un delito. Tuve que hacerlo en secreto. Me metieron en un coche, tumbada en la parte de atrás y me llevaron lejos, no sé dónde. Yo entonces no quería ser madre [luego tuvo dos hijas], no quería casarme y pensé que no sería buena para aquella criatura. Tenía 16 años, pero sigo pensando en ello.

La cirugía estética quita expresividad. Me dan pena esas actrices

P. La abuela es una película de terror en la que el demonio es la vejez. ¿Es más duro envejecer para alguien que ha sido tan bello?

R. Para mí es más psicológica que de terror. Y yo nunca me he visto bella. Chic, elegante, sí, pero eso no envejece.

P. ¿Qué piensa cuando ve a actrices deformadas por la cirugía estética para no envejecer?

R. Las arrugas son lo que has vivido. Yo solo me operé aquí [señala una papada inexistente]. Pierdes la expresividad como actriz. Las miro y me da mucha pena."                 (Natalia Junquera, El País, 05/10/21)

20/1/20

Dilma Rousseff: "Tortura es dolor y muerte. Quieren que usted pierda la dignidad"

"Hoy hace 50 años, el 16 de enero de 1970, una militante de 22 años, Dilma Rousseff, fue arrestada por agentes de la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985, un período en el que el país se enfrentó a la represión de las libertades civiles y la libertad de expresión, y el régimen persiguió a los activistas políticos y a cualquier persona cuya conducta ellos consideraban desviada de la norma.

“La tortura es algo extremamente complejo. Creo que todo mundo que pasó por la prisión siempre va a tener esa marca. No me gusta ver películas, por ejemplo, que pasan tortura. No es que no me guste. Yo no veo. Es peor, ¿no? Yo no quiero ver. La tortura es algo que toca aquello que es más profundo y que lo constituye usted”. La declaración de la expresidenta Dilma Rousseff, 50 años después del momento en que fue presa por la dictadura militar, el 16 de enero de 1970, trae pulsante un proceso que marcó la historia brasileña y que aún encuentra ecos en la actualidad. "El dolor es siempre una amenaza de muerte, cuando se trata de tortura." 

Sobre resistencia y superación, para Dilma, la clave es no guardar odio. "Yo creo que no hay cómo pasar la vida teniendo pena por eso, eso es un absurdo. Porque no es posible tener odio. Odio es dar a quien hizo eso contigo un poder que no puede tener. Usted tiene de mirarlos como ellos son: banales. Son banales."

Hija de padre búlgaro y madre brasileña, Dilma Vana Rousseff nació el 14 de diciembre de 1947, en Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais. En 1964, ingresó en el Colegio Estadual Central de Belo Horizonte, actual Escola Estadual Governador Milton Campos, donde tuvo, ya en los primeros años de la dictadura militar, los primeros contactos con el movimiento estudiantil y la militancia política. 

La joven Dilma Rousseff ingresó en la organización Política Obrera (POLOP) y, al defender la lucha armada contra la dictadura, se alineó al Comando de Liberación Nacional (COLINA).En esa época, tenía cerca de 20 años y cursaba Economía en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG). Además de Belo Horizonte, Dilma vivió y militó profesionalmente en Rio de Janeiro y en Porto Alegre.

A partir de la fusión de COLINA con la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), que originó la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares (VAR-Palmares), Dilma se convierte en dirigente de la nueva organización y, tiempo después, se muda a São Paulo.  Dilma fue detenida el 16 de enero de 1970 en un bar en la Rua Augusta, región central de São Paulo. El lugar era utilizado para encuentros clandestinos entre militantes. Torturada por los órganos de la represión y encarcelada en el Presidio Tiradentes, también en la capital paulista, la expresidenta recuerda ese momento doloroso y de resistencia.

La primera mujer electa democráticamente presidenta de Brasil, con mandato a partir de 2011, tuvo en 2016 un revés, cuando fue separada del cargo por un golpe orquestado por distintos sectores de la política, de los medios y del Poder Judicial, situación esta retratada en la película Democracia en Vertigem [Al filo de la Democracia], de la cineasta Petra Costa y que fue nominada al Oscar como mejor documental. "Creo que la película Al filo de la Democracia tiene un gran mérito, que es denunciar el surgimiento en Brasil de un proceso de extrema derecha, que, de una cierta forma, tiene características similares al que acontece en otros países del mundo", opina la expresidenta. 


Con Brasil de Fato, Dilma también habla sobre las actuales disputas electorales, con elecciones en este año y las próximas en 2022, y garantiza que no competirá por ningún cargo, pero tampoco abandonará la política.

En el análisis del actual momento por el cual pasa Brasil, ella declara que "El centro fue destruido por el proceso. No crea un tipo de centroderecha graciosamente. Al contrario de lo que ocurrió en los Estados Unidos y en Alemania, que el neoliberalismo se impone en los marcos de la democracia liberal, aquí, para imponer el neoliberalismo fue necesario un gobierno neofascista. 

Y este gobierno neofascista construye en la destrucción del centro. Entonces, ¿cuál es el centro con el que es posible conversar? ¿Qué no esté completamente comprometido y contaminado por la política neoliberal neofascista? Porque creer que el neofascismo es algo solitario, solo, y no es como una especie de hermano siamés del neoliberalismo es no entender la historia. Es no entender que aquellos que posan como de centro y que son neoliberales, pactan con el neofascismo. Pueden hasta fruncir las narices y levantar las cejas, pero apoyan. Porque sólo ellos pueden entregar las reformas neoliberales que ellos quieren."
Mariana Lemos y Camila Maciel.- El día 16 de enero, se cumplen 50 años de su prisión política en la dictadura militar. En esa época, usted tenía 22 años. Siendo un episodio que marca su trayectoria, nos gustaría que nos cuente cómo se dio su prisión en 1970.
 
Dilma Rousseff.- Yo tenía 22 años cuando fui presa, el 16 de enero de 1970. Por lo tanto, son 50 años. Brasil, en aquel momento, estaba saliendo de un gobierno democrático, electo por voto popular, presidido por João Goulart y encaminándose hacia un proceso acelerado de dictadura. Ese proceso comienza en 1964.


Ahora, es interesante que el golpe no instituye la dictadura en un acto sólo. Ele va instituyendo capas crecientes de arbitrio y autoritarismo. Primero, prende y suspende los derechos políticos de grandes líderes políticos de la época y líderes del movimiento social también, sindicalistas.


A continuación, suspende derechos políticos de algunos agentes institucionales, tanto en el área del Ejército como en el área del Poder Judicial. No sólo deputados y senadores, pero también jueces y militares son casados. A continuación, ese es un proceso creciente, va se fechando. La dictadura instaura censura a la prensa, prohíbe partidos y comienza una escalada muy acentuada de cierre de los espacios políticos y democráticos de participación.


Entonces, se elimina el derecho a huelga, se elimina el derecho de manifestación, se detiene trabajadores, se detiene manifestantes del movimiento estudiantil. Obras culturales, de teatro, por ejemplo, sufren invasiones, así como El Rei da Vela, si no me engaño.


Y usted tiene un proceso interesante, porque había también en Brasil, de otro lado, entre 1964 y 1968, un proceso de insatisfacción grande y también de movilización muy grande que se presentaba en el cine. El Cinema Novo, por ejemplo, tiene todo un conjunto de obras muy importantes. Usted tiene también en la música y en todas las áreas. Y ese es un proceso también que va a caer muy fuerte sobre la cultura en Brasil.


De hecho, es propio de los procesos de autoritarismo y de dictadura, que usted tenga un cierre también en el área cultural. Porque el mundo de la cultura es un mundo crítico. Y, en una dictadura, no sólo no se acepta crítica política como no se acepta crítica de costumbres. Hay hasta un periodista, que es nuestro Stanislaw Ponte Preta, que creó el "Festival da Besteira que Assola o País" [Festival de las Bestialidades que asolan el País], que justamente evidenciaba que Brasil estaba siendo objeto de absurdos como de ese tipo que vemos hoy, por ejemplo, diciendo que las niñas visten de rosa y los niños visten de azul. Había eso también en aquel momento. Fue Stanislaw que lo evidenció y demarcó lo que acontecía cuando se instaura el autoritarismo. 


Y eso fue creciendo. Cuando llega diciembre de 1968, aparece el AI-5, que yo creo que es el marco más claro de construcción definitiva de la dictadura. Y ahí comienza la represión. Usted reprime movimientos sociales, reprime movimientos obreros, campesinos. Hay un proceso de represión violento. Y ese proceso comienza y afecta también a todas las organizaciones alternativas de izquierda que surgen en ese proceso.


Porque una de las cosas más graves de la dictadura es hacer que las personas, principalmente la juventud, dejen de creer en la democracia. Que crean que no hay espacio para la democracia. No Brasil, durante un período, había esa visión de que jamás dejarían un espacio democrático para que las personas se manifiesten. Todo eso lleva a movimientos y a la construcción de organizaciones políticas fuera de las organizaciones tradicionales. Porque la dictadura militar instaura un bipartidismo entre Arena y MDB y anula todos los demás partidos y prohíbe la organización de esos partidos.


Entonces, surgen organizaciones clandestinas. A mi me arrestan en el proceso de endurecimiento del régimen militar, que lleva, a partir del final de 1969 y comienzos de 1970, a una constante busca de presos políticos por la represión. Entonces, esa captura y colocación en presidios hasta ilegales, en prisiones ilegales, o sea, en las cuales usted como preso no era reconocido hasta ir a la prisión, que funcionaba como una especie de notaría en el cual te identificaban. Todo eso se acentúa mucho y se radicaliza mucho durante el gobierno [Emílio Garrastazu] Médici.


Y es el proceso que comienza y que, después, va a producir no sólo tortura, que ya existía, pero la tortura sistemática. Y incluyendo lo que ellos llaman necesidad de muertes y asesinatos políticos, porque creen que las personas no son recuperables. Y es en ese contexto que, a comienzos de los años 1970, ya había sido creado el DOI-CODI en São Paulo y en Rio, y en otros estados, pero el foco principal estaba en São Paulo y en Rio.


Yo fui detenida en São Paulo, por el DOI-CODI 2, del segundo Ejército, que era llamado también Operación Bandeirante, porque una parte de eso fue financiada por un segmento de la elite económica paulista que pagaba, por ejemplo, muchas veces, la gasolina, el transporte de toda la operación y también era responsable por las llamadas quentinhas [raciones de alimento caliente] que comienzan a aparecer. Yo creo que las primeras quentinhas aparecieron para alimentar a los presos políticos de ese país. 


Mariana Lemos y Camila Maciel.- Una película que retrata ese período es Torre das Donzelas [Torre de las doncellas], lanzada en 2019, que habla sobre las mujeres presas en la dictadura militar en el presidio Tiradentes, en São Paulo, que fue donde usted permaneció presa. Sobre eso, ¿cómo fue la vida dentro de la cárcel, tanto del punto de vista de la convivencia con las otras presas políticas, pero también de la vida cotidiana?


Dilma Rousseff.- La película Torre das Donzelas es una muestra, una visión de un segmento. Es una película de ficción. No es un documental stricto sensu. Tiene un contenido de ficción. Primero, porque intentaron reconstruir el presidio de Tiradentes, y el presidio de Tiradentes es imposible de reconstruir por una estructura de hierro. Era un lugar que decían que, anteriormente, había servido para vender esclavos.


Tenía, esa torre – era una torre mismo, propiamente dicha – tenía paredes muy anchas, esas paredes coloniales antiguas extremadamente anchas. Tanto que usted podía sentarse en una ventana. Yo mido 1,70 m, hoy debo haberme encogido un poco, pero en aquella época yo creo que medía 1,70 m. Y me sentaba en la ventana estirada. Cabía en la ventana tanto a lo ancho como a lo largo.


Era muy irónico. Porque era un lugar que, visiblemente, sirvió para la peor cosa que este país ya tuvo, que fue la esclavitud. Tenía aquella escalinata que comenzaba unida y después se dividía y tenía un lado derecho muy alto. Entonces, es muy difícil que usted vea la torre.


Yo les dije a ellas cuando fui a grabar: "Yo creo que no es adecuado. Ustedes creen en lo que ustedes hicieron, pero en mi memoria no tiene nada que ver con esta arquitectura de hierro. No es eso". Y es importante entender porque era así. Porque usted organiza la cotidianidad en una cárcel disputando dos cosas: tiempo y espacio.


¿Qué es una cárcel? Es el control de su tiempo. Entonces, el control de su tiempo es el siguiente: siempre que impusieron una disciplina en una cárcel, está descontrolando el tiempo. Si dicen: "De mañana usted hace eso, medio día usted hace eso y a la tarde usted hace eso, y a la noche…". Y el espacio, por supuesto, porque te trancan en una celda.


¿Cuál fue la iniciativa política que las presas mujeres tuvieron dentro de la Torre? Ellas controlaban el tiempo y el espacio, dentro de sus posibilidades limitadas. ¿Qué significaba eso? Procurar quedarse el máximo de tiempo posible con la celda abierta, permitiendo que usted circulase de un lado al otro.


Voy a insistir, eran espacios extremadamente susceptibles de ser circunscritos, porque eran paredes muy anchas. Y, ahí sí, esas paredes anchas, generalmente estaban bloqueadas por una puerta de hierro. Una presa, inclusive, una vez, se cerró una puerta en el dedo y se lo rompió, fractura expuesta, porque la puerta era bastante ancha.


Entonces, nosotros conseguíamos ir de una celda a otra, porque controlábamos el espacio también, y el tiempo. Nosotras decidimos que hacer con el tiempo. Comenzamos a cocinar nuestra propia comida, a buscar los libros, el mayor volumen de libros posible dentro de una prisión. Yo creo que una de las cosas más importantes que nosotros conquistamos fue eso: teníamos muchos libros.


Y teníamos discos. Yo conocí el tango en la prisión. No era de mi zona. Yo era de Minas Gerais, nací en Belo Horizonte. Y viví mi vida adulta allá y después fui a Rio.


Entonces, lo cotidiano era una disputa constante. El preso es un preso, principalmente cuando está en grupo. Un preso individual es diferente, solo. Porque la soledad en la cárcel es una cosa muy dura. Por eso yo creo que el presidente Lula tiene un gran mérito de haber sido capaz de construir para si una vida decente dentro de una prisión. Porque usted construye una vida decente, pero nosotros teníamos muchas compañeras. Era mucha gente. Entonces construimos una cotidianidad, a pesar de los pesares.


Y, al mismo tiempo, construimos también una vida política, porque dirigíamos, dentro de nuestras posibilidades, o sea, limitadas, dirigíamos nuestra vida. Nosotros definimos quién cocinaba, cuántos equipos eran, quién lavaba la Torre, cuántas veces por semana, quién entraba… En fin, nosotros construimos una cotidianidad, era de eso que yo hablé, de conquistar el espacio y el tiempo.


De la misma forma, estábamos en una etapa de la cárcel. La cárcel en Brasil era así en aquella época. Usted era detenida y usted desaparecía. Al entrar en la cárcel usted desaparecía. No había registro. Y ahí, había tortura sistemática por un tiempo. Y generalmente esa tortura se daba en las estructuras controladas por las Fuerzas Armadas, básicamente el Ejército.

Después de eso, usted era llevada a partir de un determinado tiempo. En mi época eran unos dos meses, más o menos. Usted iba al DOPS, Departamento de Orden y Política Social, y hacia aquello que se llamaba "hacer la notaría", que era hacer su registro. Le tomaban esas fotografías de perfil, de frente, le tomaban las huellas digitales y declaraba. Porque la declaración obtenida en la Operación Bandeirante no aparecía. Porque en el proceso de tortura en Brasil, ellos mantuvieron las apariencias.


Había un momento que era de los cortocircuitos. ¿Dónde se daba el cortocircuito? Desde el momento en que usted salía del DOI-CODI, ¿no es cierto? El proceso de notaria es el proceso de cortocircuito. El te legalizaba. Entonces ese es un momento fundamental. Porque es ahí que los datos del proceso comenzarían a aparecer.


Y había otra característica también, que yo vi aquí repetida en esos procesos de la Lava Jato. Ellos segmentaban la acusación. ¿Qué es segmentar la acusación? Yo integraba una organización política. Yo nunca participé en acción armada, etc. Pero yo integraba una organización política. Entonces, yo no era condenada por integrar una organización, yo era condenada por los estados por donde yo anduve. Entonces tenía un proceso en Minas, uno en São Paulo y otro en Rio de Janeiro. Y ahí usted llevaba tres temas. Porque eso también te mantenía en la cárcel, ¿no?


Cuando usted salía, incluso sobrando tiempo, después de cumplir, yo fui condenada, yo creo que a seis años y medio. Yo cumplí tres años. Después, yo cumplí tres años ¿por qué? Porque, en mi proceso, la Justicia anulaba sentencias. Porque uno era juzgado tres veces por la misma cosa. Entonces yo acabe siendo condenada a dos años y un mes. Y estuve tres años. Ellos no te devolvían ese año que usted estuvo demás porque la ley de seguridad decía que no había devolución, ni proceso contra el Estado ni nada. Entonces esa era la idea. 


Y la tortura es algo extremamente complejo. Creo que todo el mundo que pasó por la prisión siempre va a tener esa marca. A mi no me gusto ver películas, por ejemplo, que pasan tortura. No es que no me guste. No veo. Es peor, ¿no? No quero ver. La tortura es algo que toca aquello que es más profundo y que constituye usted.


¿Qué constituye un ser humano? La inmensa capacidad de sentir dolor físico, y psicológico también. Pero el físico es algo que nos identifica con el resto de la humanidad e, inclusive, con los mamíferos, los animales. Ellos también sienten dolor. El dolor es una cosa, en el caso del ser humano, es siempre una amenaza de muerte, cuando se trata de tortura. Uno está ligado a la otra. Entonces es dolor. La percepción del dolor y de la muerte. Eso es lo que es la tortura. Y todos nosotros, cada uno de nosotros, tenemos horror a sentir dolor.


Cada pedazo de su cuerpo reacciona a la posibilidad de la muerte, por eso cuando una persona está con mucha depresión es que se mata. Si no tiene depresión, es muy difícil que se mate. Es complicadísimo, no se mata, incluso en situaciones limites. Para que usted de ese paso, es algo muy difícil. Entonces, nosotros tenemos que enfrentar el hecho de que trabajan con eso, trabajan con el dolor y la muerte. Eso es la tortura. Dolor y muerte sistemáticamente.


Y con algo terrible, qué es hacer que la persona pierda su dignidad. Ese es el componente del dolor psicológico. Ellos quieren que usted pierda la dignidad, que usted traicione sus convicciones, que usted abandone lo que piensa. Eso es, tal vez, la consecuencia mayor de la cárcel. Usted está preso y es eso lo que hacen.


Yo tengo inmensa solidaridad con algunos de los compañeros que fueron llevados a renunciar a sus convicciones después de procesos de tortura, yendo a la televisión. Es solidaridad lo que yo tengo para con ellos. Ese proceso de destrucción de alguien es un proceso de hacer que la persona se transforme en un muerto viviente. ¿Qué hace una persona después de traicionar lo que piensa, después de traicionarse a si mismo? Queda muerto andando por la calle.


Entonces, ese proceso, que es un proceso que los Estados Unidos hacían en Abu Ghraib [prisión iraquí], es un proceso que usted percibe que tiene un componente extremadamente fascista o nazi, de destrucción de la persona. Ese proceso es un complemento elevado a la enésima potencia de la tortura y de la muerte también.


Entonces, yo vi gente que fue llevada en esos esquemas y creo que cada uno de nosotros sólo aguanta la tortura engañándose. Uno se dice: "Ahora aguanto cinco minutos más, dos más. Ahora aguanto tres minutos más". Porque uno no imagina que va a aguantar un día, porque eso es una eternidad. Comenzó el dolor y el tiempo pasa a ser minutos o segundos. Entonces, uno tiene que auto engañarse. Es así que uno hace. Uno se auto engaña. Y miente.


Una vez yo fui al Senado, y un senador, si no me engaño, Agripino Maia dijo: "Pero usted mintió ante la tortura". Estoy orgullosa de haber mentido. En la dictadura o usted miente o usted no sobrevive. En la democracia es que se dice la verdad.


Entonces, ese es un proceso y hay una porción de personas, todas las personas que estuvieron dentro del presidio pasaron por eso. Ellas vivieron eso. Entonces eso está subyacente. Nos reíamos, bromeábamos, jugábamos vóley, siempre que podíamos, o siempre que se conquistaba ese espacio, pero tenemos esa marca, cada una de nosotras. Y es con eso que convivimos y creamos cotidianidad, porque tiene también otras ventajas. Teníamos 20 años, nos parecía que una persona de 30 era muy vieja. Entonces, cuando usted tiene 20, también es más fácil todo eso, usted tiene fuerza vital para superar eso. Y yo creo que no hay cómo pasar la vida teniendo pena de eso, eso es un absurdo. Porque no es posible tener odio. Odio es darle a quien hizo eso contigo, un poder que no puede tener. Usted tiene que mirarlos como ellos son: banales. Son banales. Pueden ser tachados de criminales, ¿pero qué criminal no es un poco banal? (...)"              (Mariana Lemos y Camila Maciel , Brasil de Fato, en Rebelión, 18/01/20)

22/4/16

“Un policía me torturó durante el franquismo y ahora me denuncia por llamarlo torturador”

"El mundo al revés. El colmo de las injusticias. “Un policía me tortura y ahora me denuncia por llamarlo torturador”. Es lo que piensa José Ortega Ortega, un albañil jubilado de 71 años, vecino de Algeciras que no sale de su asombro. 

El juzgado de Instrucción Número 3 de Algeciras lo ha citado en calidad de querellado para que responda por las acusaciones que hace contra él Ángel Lozano Márquez, ex comisario de policía de La Línea, medalla de oro de esta ciudad desde 2013.

Lozano ha presentado una querella criminal contra Ortega, al que acusa de un presunto delito de injurias y calumnias porque en una carta al director publicada en el periódico Europa Sur el 6 de agosto de 2013, en la que criticaba la decisión del Ayuntamiento linense de dar la citada mención al policía, el albañil aseguraba: “(…) tan alegre y tan contento, celebrando la jubilación de un torturador franquista, por tanto antidemocrático”.

Otro párrafo que a juicio del policía resulta injurioso para su persona es el que sigue: “(…) por proponer un homenaje represivo del franquismo que se aprovecha en los años de la transición camaleónicamente para seguir en su estilo, convertido con modales más suaves, pero sin cambiar en el rumbo político, defensor del pensamiento único y de la historia única, las que representaron y representan”.

¿UNA HOJA DE SERVICIOS INTACHABLE?

Laura Cuevas, procuradora que presentó la querella en el juzgado, asegura en su escrito que Lozano Márquez tiene una hoja de servicios intachable y con varias condecoraciones. Y añade que Ortega tuvo la voluntad de injuriar a su representado porque hizo pública su acusación en un periódico con la resolución fría y alejada de cualquier estado de apasionamiento que pudiera justificar o disculpar su actuación.

El Código Penal prevé, por el delito de calumnias, penas de seis a dos años de prisión, o multa de doce a veinticuatro meses, a razón del precio fijado por cada día en la sentencia que dicte el juez. Y por el de injurias, multas de seis a catorce meses.

El 12 de mayo próximo es la cita en el juzgado número 3 y José Ortega lo tiene claro: contará al juez por qué llamó torturador a Ángel Lozano, policía que formaba parte de la Brigada de lo Político Social que el 13 abril de 1975 detuvo en el Campo de Gibraltar a un grupo de militantes del PCE, Comisiones Obreras y del Movimiento Comunista. 

José tiene muy vivos aún los tres días que pasó en la comisaría de La Línea. Y los ocho meses de cárcel que vinieron después en Algeciras, encerrado mientras esperaba juicio por los delitos de propaganda ilegal y asociación ilícita, hasta que en diciembre recuperó su libertad tras la muerte del dictador.

INTERROGADO Y TORTURADO

Lo que no olvida de ninguna manera son los tres días sufridos en la comisaría de La Línea. Allí fue interrogado y torturado junto a otros seis compañeros: Andrés Barrachina, Jacinto Domínguez, Andrés Martín Díaz, José Llaves Bernal, Cristóbal Mateo Gómez y Alberto, un trabajador del que José Ortega ha olvidado su apellido. 

Allí pasaron todos tres días sin dormir, siendo interrogados una y otra vez, y sufriendo torturas y malos tratos para que confesaran y delataran a más camaradas. “Yo acabé con los brazos desollados y cuando el juez que nos mandó a la cárcel me preguntó cómo me había hecho las heridas se lo expliqué: estuve casi todo el tiempo esposado y de los empujones que me pegaban para un lado y para otro se me quedó la carne viva”, recuerda José.

Tampoco se olvida José Ortega del policía jovencito, pequeño y delgado que se sentaba frente a él y ponía la pistola encima de la mesa. Era Ángel Lozano, quien ahora lo denuncia por llamarlo torturador. “Me amenazaba, me insultaba y me provocaba”, recuerda José. “Alguna vez me encañonó y una vez llegó a decirme: Tú serías capaz de matarme con las manos… ¿Verdad? Yo le respondí que no, que yo no tenía instinto criminal como él”.

‘PERDIÓ LA CABEZA DE TANTO SUFRIR’

José Ortega cuenta que le pegaron patadas, codazos y empujones, y que lo obligaban a agacharse, una y otra vez, con los brazos extendidos y los dedos señalando a la pared. También recuerda el foco que le pegaban a la cara durante los interrogatorios, cómo le quemaba la cara y cómo se le secaba la boca. 

Con todo, José asegura que otros compañeros sufrieron peor suerte que él: “A Llaves Bernal, al que detuvieron dos días antes que a los demás, le hicieron de todo. Lo tendían en el suelo, le tapaban la cabeza con una manta y le echaban cubos de agua… 

Todas las torturas más duras. Acabó destrozado. El hombre perdió la cabeza de tanto sufrir y lo mandaron al psiquiátrico de El Puerto de Santa María. Tardó por lo menos dos o tres años en recuperarse, pero ya nunca fue el mismo”, afirma.

José Ortega escribió la carta supuestamente injuriosa para Ángel Lozano a principios de julio de 2013. Fue cuando se enteró por la prensa que iban a condecorar a Lozano. No podía creer la noticia. Estupefacto e indignado, contactó con dirigentes locales del PSOE para evitar el nombramiento, pero no le hicieron caso. Le dijeron que el expediente de nombramiento había estado expuesto al público los días que marca la ley y que nadie había presentado ninguna alegación en contra.

 Le dijeron que el nombramiento, además, se iba a hacer por unanimidad, con los votos de todos los grupos políticos: PSOE, PP, PA e IU. Como no le hicieron caso y la ceremonia se llevó a cabo, escribió una carta que fue publicada en dos partes en el Europa Sur.

SIN PRUEBAS, SEGÚN LA ALCALDESA

La entonces alcaldesa de La Línea, la socialista Gema Araujo, dijo cuando fue consultada por este periódico que no tenían ninguna prueba de las acusaciones tan graves que hacía Ortega en su carta. Añadió que como todos los grupos apoyaban el nombramiento decidieron seguir adelante porque la carta les llegó a muy pocos días de la fecha elegida para la ceremonia, el 11 de julio de 2013.

José Ortega fue elegido concejal en 1979, en las primeras elecciones municipales tras la muerte de Franco. Iba en las listas del Partido Comunista de España en San Roque, municipio gaditano al que pertenece la pedanía de Guadiaro donde él vivía desde pequeño.

 Años más tarde, José Ortega abandonó el PCE para entrar en el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), del que es fundador en el Campo de Gibraltar. Actualmente colabora con Podemos en San Roque Sí Se Puede y es un persona muy activa en cuantas movilizaciones sociales, laborales, ecologistas o pacifistas se realizan en esta comarca.

PLATAFORMA EN DEFENSA DE PEPE

José Ortega Ortega no estará solo en los juzgados de Algeciras el 12 de mayo. Sus compañeros de partido han convocado ya a sindicatos, formaciones políticas y asociaciones para crear una plataforma en defensa de Pepe, como todo el mundo le conoce.

 El Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar le ha brindado todo su apoyo y ha puesto a su disposición todos sus medios para ayudarle en su defensa. “Una víctima del franquismo no puede volver a ser víctima de otra injusticia mientras hay tanto criminal y torturador suelto”, afirma Andrés Rebolledo, presidente del foro.

 “Este caso vuelve a demostrar que vivimos en una democracia de pacotilla. En España no solo no hubo la necesaria depuración de los cuerpos represivos sino que todavía hoy siguen mandando y alardeando de su pasado”, añade.

Antonio Sánchez, militante de Podemos San Roque, asegura que esta plataforma no se parará aunque la causa contra José Ortega sea archivada o resulte absuelto. Lo siguiente será que el Ayuntamiento de La Línea retire la medalla de oro a quien lo denunció. “Ni olvido ni perdón. Defenderemos a José hasta el final y llegaremos donde haga falta. Es lo mínimo que debemos hacer”, concluye.

Este periódico intentó contactar con Ángel Lozano para que diera su versión de los hechos pero su abogado, Javier Sánchez Holgado, afirmó que no es el momento de hacer declaraciones a la prensa y que las harán cuando acabe el procedimiento judicial."                 (Público, 20/04/16)

1/7/15

Semprún: la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad

"Cuando, a los veinte años, Jorge Semprún decidió unirse a uno de los grupos de la Resistencia francesa contra el nazismo, el jefe de Jean-Marie Action, la red de la que iba a formar parte, le advirtió: “Antes de aceptarte, debes saber a lo que te arriesgas”. Y le presentó a Tancredo,un sobreviviente de las torturas a que la Gestapo sometía a los combatientes del maquis que capturaba. 

Las atrocidades que aquél le describió, las padecería Semprún dos años más tarde, cuando, por la delación de un infiltrado, los nazis le tendieron una emboscada en la granja de Joigny que lo escondía.

La pesadilla se convirtió en realidad: la inmersión en las aguas heladas de una bañera llena de basuras y excrementos; la privación de sueño; las uñas arrancadas; el crujir de todos los huesos del esqueleto al ser colgado del techo de los talones amarrados a sus manos; las descargas eléctricas y las palizas salvajes en las que el desmayo resultaba una liberación.

Nunca antes de escribir este libro, que se ha publicado póstumamente en Francia (Exercices de survie), Jorge Semprún había hablado en primera persona de la tortura, el horror extremo a que puede ser sometido un ser humano a quien los verdugos no sólo quieren sacar información, sino humillar, volver indigno y traidor a sus hermanos de lucha. 

Pero, aunque nunca hablara de ella en nombre propio, aquella experiencia lo acompañó como una sombra y supuró en su memoria todos los años de su juventud y madurez, en la Resistencia, en el campo nazi de Buchenwald y en sus periódicas visitas clandestinas a España como enviado del Partido Comunista, para tender un puente entre los dirigentes en el exilio y los militantes del interior. 

En este libro inconcluso, apenas esbozado, y sin embargo lúcido y conmovedor, Semprún revela que la tortura —el recuerdo de las que padeció y la perspectiva de volver a soportarlas— fue la más íntima compañera que tuvo entre sus veinte y cuarenta años. La describe como el apogeo de la ignominia que puede ejercitar la bestia humana convertida en verdugo, y como la prueba decisiva para, superando el espanto y el dolor, alcanzar las mayores valencias de dignidad y de decencia.

En sus reflexiones sobre lo que significa la tortura no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana. En Buchenwald, su jefe en el maquis lo felicita por no haber delatado a nadie durante los suplicios —“Ni siquiera fue necesario cambiar los escondites y las contraseñas”, le dice— y el comentario de Semprún no puede ser más parco: “Me alegré de oír eso”. 

Luego explica que la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad.

Un ser humano, sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque sea éste quien convierta a aquel en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. 

 En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie. Gracias a que hay seres así el mundo es todavía vivible.

Hace bien Régis Debray, prologuista de Exercices de survie, en comparar a Jorge Semprún con André Malraux, que padeció también las torturas de los nazis sin hablar (sus verdugos no sabían quién era la persona a la que torturaban) y, como aquél, fue capaz de convertir “la experiencia en conciencia”. 

Fue, asimismo, el caso, en España, de George Orwell, a quien casi matan los propios compañeros por los que se había ido a España a luchar, y de Arthur Koestler, esperando en su celda de Sevilla la orden de fusilamiento expedida por el general Queipo de Llano. 

Ellos, y millares de seres anónimos que, en circunstancias parecidas, actuaron con el mismo coraje, son los verdaderos héroes de la historia, con más pertinencia que los héroes épicos, ganadores o perdedores de grandes batallas, vistosas como las superproducciones cinematográficas. No suelen tener monumentos y, la gran mayoría, ni siquiera son recordados o incluso conocidos, porque actuaron en el más absoluto anonimato. 

No querían salvar una nación ni una ideología; sólo que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional y el sentimiento lo que primara en este mundo sobre el prejuicio racista y la intolerancia criminal ante el adversario político, la civilización creada con enormes esfuerzos para sacar a los seres humanos del estado feral y organizar sus sociedades a partir de valores que permitan la coexistencia en la diversidad y hagan disminuir (ya que erradicarla del todo es imposible) la violencia en las relaciones humanas.

 Jorge Semprún fue uno de estos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza. (...)

Aunque el último libro de Semprún evoque el más espantoso de los temas —la tortura—, uno termina de leerlo sin caer en la desesperanza, porque, además de brutalidad y maldad demoníacas, hay en sus páginas, contrarrestándolas, idealismo, generosidad, valentía, convicción moral y razones sólidas para sobrevivir."           (   , El País, 27 JUN 2015)

12/12/14

Dilma Rousseff: “Las marcas de la tortura son parte de mí. Yo soy eso”


"Los últimos tres presidentes de Brasil fueron perseguidos por la dictadura militar (1964-1985). Pero sólo Dilma Rousseff, de 66 años, militante por entonces de una formación de extrema izquierda, fue torturada. 

Lula fue detenido y Fernando Henrique Cardoso sufrió varios años de exilio en Chile y en París. Pero sólo Rousseff tiene en el cuerpo marcas de los casi tres años de represión sufridos en una celda. Hasta hoy.

De los golpes recibidos, entre otras humillaciones, se le saltaron varios dientes y se le desencajó la mandíbula "La mandíbula se giró para un lado. Aún hoy me da problemas en la parte en que se sujetan las muelas", contó en 2001, para la Comisión Estatal de Indemnización a las Víctimas de la Tortura (CEIVT). La actual presidenta brasileña relató que, para el dolor de muelas, tomaba un analgésico en gotas. Nada contó sobre si toma algo para la cicatriz resultante de los puñetazos que le doblaron la mandíbula.

A Rousseff nunca le ha gustado recordar en público los tres años que pasó en la cárcel, desde 1965 a 1968. El testimonio que prestó en 2001 ante la comisión de víctimas de la tortura sólo se hizo público en 2012. La primera vez que habló en público de aquel tormento fue en mayo de 2008, siendo ministra de la Casa Civil, lo que equivale en España a ministra de la Presidencia. 

Entonces, un senador conservador, José Agripino Maia, le espetó: "Si la señora mintió en la dictadura, ¿por qué no va a mentir aquí?". Era cierto: Rousseff mintió a las preguntas de los torturadores. Dio pistas falsas. Jamás delató a nadie. Irritada por la provocación de Maia, la por entonces ministra abandonó el silencio autoimpuesto sobre la etapa más oscura de su vida.

 "Tenía 19 años, permanecí tres años en una cárcel y fui bárbaramente torturada, senador. Debe saber que cualquiera que dijera la verdad en esos interrogatorios comprometía gravemente a sus compañeros. Comparar la dictadura brasileña con la democracia, hacer comparaciones como las que usted ha hecho sólo lo puede hacer alguien que no da ningún valor a la democracia brasileña".

Quienes la conocen aseguran que, aunque no hable de ello, el paso por una prisión de São Paulo está siempre presente en la vida de la presidenta. Tal vez por eso, al encargar en mayo de 2012 a los integrantes de la Comisión de la Verdad el trabajo que tenían por delante, Rousseff se emocionó y al final de su discurso de 20 minutos la voz se le quebró. Ayer al recibir el informe completo, la presidenta de Brasil se volvió a emocionar. La voz le ha vuelto a fallar y sus ojos se empañaron de lágrimas de nuevo.

Y no es normal que Rousseff se emocione. Al contrario: gasta fama de dura, de malhumorada, de tener pocos amigos, de aislarse en su palacio de Brasilia. Algunos achacan este carácter reservado a su estancia en prisión, a las vejaciones sufridas, al silencio que ella se impuso a sí misma. 

"La peor cosa de la tortura era esperar", testificó en 2001. "Esperar para recibir golpes. Supe allí que la tarea era pesada". Y prosiguió: "Me acuerdo muy bien del suelo del baño, del azulejo blanco. De cómo se iba formando una costra de sangre, de suciedad, de cómo uno iba oliendo mal".

 Y añadió: "Ninguno de nosotros consigue explicar la cicatriz emocional que nos persigue. Por eso siempre vamos a ser diferentes. En aquella época, ayudó mucho el hecho de que fuéramos tan jóvenes. Cuando se tienen 20 años el efecto de todo es más profundo, pero también es más fácil aguantar. Las marcas de la tortura forman parte de mí. Yo soy eso".   (   El País, São Paulo 10 DIC 2014)

11/12/14

Salí de ahí destrozada en mi dignidad. Me sentía responsable por el sufrimiento de aquel al que había delatado...

"Un aterrador informe de 1.300 páginas, elaborado por la denominada Comisión de la Verdad a lo largo de casi tres años por un equipo de expertos, hecho público hoy, recuenta, muestra y da fe de los peores crímenes cometidos durante la dictadura brasileña, desde 1964 a 1985

Hablan las víctimas, los torturados, a los que colgaban de un palo desnudos mientras les aplicaban descargas eléctricas hasta que perdían el sentido. Y hablan los torturadores, los asesinos: “Él, por así decir, ya estaba muerto, señor. Sufriendo. No quiero que piense que soy un santito, pero en el fondo fue un tiro de misericordia el que le di”, dice uno de ellos.  (...)

También desfilan los testimonios de los que acabaron confesando después de palizas de días y delataron a sus compañeros y quienes aguantaron los golpes y las amenazas y no abrieron la boca. De los que perdieron a sus hijos y quienes se quedaron huérfanos.

 La misma Dilma Rousseff, la presidenta recientemente reelegida y poco proclive a dejarse llevar en público por recuerdos oscuros, fue torturada en una celda de São Paulo cuando tenía poco más de 20 años: “Me estoy acordando muy bien del suelo del baño, del azulejo blanco, de la costra de sangre que se iba formando. Las marcas de la tortura forman parte de mí, yo soy eso”.

Los expertos de la Comisión de la Verdad concluyen que los culpables, amparados por una amnistía dictaminada en 1979 deben encarar las consecuencias de sus actos. Pero expertos legales replican que esto será poco probable, ya que una sentencia del Tribunal Supremo Federal de 2010 avala que esa amnistía se debe aplicar tanto a los crímenes comunes como a las torturas.

Así que lo más seguro es que la mayor pena que puedan llevarse los verdugos es la de aparecer en este volumen infame, al lado de los testimonios espantados de las víctimas, incapaces en su mayor parte de olvidar. En cualquier caso, Brasil ha reescrito, desde ahora, su historia más reciente y más amarga y la deja plasmada para siempre en un volumen oficial definitivo del que nadie podrá prescindir a partir de ahora.

El informe es espeluznante se abra por donde se abra. El apartado sobre violencia sexual se inicia con el testimonio de Isabel Fávero:
 “Al tercer o cuarto día de estar presa comencé a enfermar, estaba embarazada de dos meses y aborté. Sangraba mucho, no tenía como limpiarme, usaba papel higiénico, y ya olía mal, estaba sucia, así que pienso, no, tengo la casi certeza de que no violaron, porque me amenazaban constantemente y les daba asco. (…) Seguramente fue eso, Ellos se enfadaban al verme sucia, sangrando y oliendo mal, y eso les enrabietaba más aún, y me pegaban más todavía”.

Karen Keilt fue llevada a la fuerza junto a su marido para el Departamento Estadual de Investigaçôes Criminais de São Paulo a mediados de mayo de 1976. Ambos fueron liberados en julio después del pago de 400.000 dólares. Años después emigró a Estados Unidos. Este es su testimonio:
 “Comenzaron a pegarme. Me ataron al palo y me dejaron colgando. Me dieron descargas eléctricas. En el pecho, en el pezón… Me desmayé. Y comencé a sangrar. Sangraba por todos los sitios. Por la nariz, por la boca. Estaba muy mal. Entonces vino uno de los guardias, me llevó a una de las celdas y me violó. Me dijo que era rica, pero que tenía el mismo coño que el resto de las mujeres. Era un tipo horrible”.

Para Karen, como para otras muchas víctimas de este tipo de violencia, una vez liberadas, el suicidio se tornó una salida del laberinto psicológico en el que los torturadores les habían metido. “Cuando volví a casa, en la primera semana, traté de matarme. 

Eso era en julio, en el invierno de São Paulo. Tomé los medicamentos, salí de la cama y me metí en la piscina. No quería sobrevivir de ninguna manera. Rick me oyó y me salvó. Pero él comenzó a beber. Bebió, bebió, bebió. Mucho. Se volvió alcohólico. Nunca se recuperó de la tortura”.

A veces, el peor castigo es el que uno se llevaba para siempre dentro de sí al salir del cuartel o de la celda. Una joven de 19 años, que no quiere dar su nombre, fue detenida en Río de Janeiro y relata que fue torturada dos veces. Una por sus verdugos. Otra, por sí misma, toda la vida, porque no fue capaz de resistir y delató a un compañero.

 “Salí de ahí destrozada en mi dignidad. Me sentía responsable por el sufrimiento de aquel al que, por mis palabras, conseguidas bajo coacción, había ido a la cárcel. Algunos años después supe que estuvo dos meses en la cárcel. Y que estaba en libertad, lo que me alegró.

 Pensé muchas veces en ir a buscarlo, en decirle bajo qué circunstancias lo delaté, hablarle de las amenazas. Pero siempre que lo intentaba me volvía atrás, paralizada por el pánico. ¿Iba a comprenderme? ¿Iba a perdonarme? No podía con la tristeza… (…) 

Hay muchas maneras de decir que uno resistió, hay muchas expresiones para describir su orgullo y su honra, y esas mismas expresiones esconden una acusación implícita para los que no resistieron. Para aquellos que sufren un dolor que los otros ignoran”.

 la denominada Casa de los Horrores de Río Grande del Sur. Allí introdujeron en febrero de 1973 a Benedito Becerril, lo desnudaron y le hicieron subirse en equilibrio a dos latas mientras le aplicaban descargas eléctricas en los testículos. Le torturaron, durante todo el día, desde las seis de la mañana al inicio de la noche, como relata él mismo con una precisión aterradora.

A veces, el horror no consistía en los golpes, ni en las humillaciones. Bastaba verse separada de sus hijos, sin saber muy bien el destino de nadie. Ilda Martins da Silva fue arrestada el 30 de septiembre de 1969, un día después de que asesinaran a su marido. Permaneció cuatro meses arrestada en una cárcel. Durante ese tiempo consiguió que alguien llevara a sus hijos a que la vieran desde la calle. 

“La ventana de la celda era pequeña y estada tapada con una chapa. Pero la chapa estaba doblada, y por el hueco yo podía ver una esquina de la calle. Así que les dije que pusieran a mis hijos allí. Yo les podía ver, pero ellos no me podían ver a mí. Con un papel de periódico hice un canuto y lo pasé por la ranura. Lo moví para que supieran que les estaba mirando. Ellos comenzaron a saludarme con la mano”.         (   El País, São Paulo 10 DIC 2014)

10/12/14

Rajaron sus genitales y derramaron líquidos calientes en el pene mientras se lo cortaban y lo amenazaban con electrocutarlo, violarlo y matarlo...

"(...) En realidad, lo que se desclasificó ayer (texto íntegro aquí) es sólo un aperitivo del original y con muchos nombres, datos y lugares tachados por razones de seguridad. (...)


El informe no sólo documenta la extrema crueldad de los métodos de la CIA, sino también su incompetencia, su falta de trasparencia y la deslealtad de sus dirigentes. Es decir, los interrogatorios fueron “brutales” pero además resultaron erráticos, chapuceros e inservibles, ya que no se consiguió información relevante a pesar del salvaje martirio de los prisioneros. 

Y parece que tanto la magnitud del programa de torturas como la escasez de resultados obtenidos, se habrían ocultado sistemáticamente ante el Congreso y ante el presidente, George W. Bush, quien en cualquier caso aparece retratado como alguien a quien no le interesaba demasiado saber lo que estaba pasando. Incluso habría solicitado no ser informado sobre dónde se encontraban las cárceles secretas por si se le escapaba algún detalle en alguna conversación.

En una de las escenas más inquietantes, fechada en 2003, se documenta cómo altos funcionarios de la CIA se ponen nerviosos y exigen una confirmación por escrito a su interlocutor en la Casa Blanca (en ese momento Condoleezza Rice, asesora de Seguridad Nacional) después de que Bush hiciese una apasionada condena de la tortura en el marco de una ceremonia de Naciones Unidas.

 Tenían razones para extrañarse. Mientras su presidente hablaba de "acabar con los abusos en el mundo", ellos estaban ordenando cosas como estas:

1. Algunos prisioneros fueron sometidos a “hidratación y alimentación rectal”. Por ejemplo Majid Khan, cuyo almuerzo fue triturado e introducido en su ano. La “papilla” contenía hummus (puré de garbanzos), pasta, nueces y pasas. También se les sometía a “exámenes anales” que se llevaban a cabo “con excesiva fuerza”. Algunos presentaron lesiones: Mustafa Al-Hawsawi padeció hemorroides crónica, fisuras anales y otros problemas.

2. Las amenazas, incluidas las de muerte, eran frecuentes durante los interrogatorios, y las intimidaciones se extendían a veces a sus familiares. Al menos tres detenidos fueron presionados bajo amenaza de matar a sus hijos y cortar el cuello o violar a sus madres. Y en al menos dos ocasiones se llegó a simular una ejecución.

3. Los presuntos yihadistas eran sometidos con frecuencia a baños helados y duchas frías. Uno de ellos permaneció “horas tiritando”, desnudo en una celda, después de un baño de agua helada de más de 20 minutos que le cortó la respiración. 

Un tal Abu Hudhaifa pasó 66 horas sin dormir, sometido también a duchas frías, hasta que la CIA descubrió que “no era la persona que creían”. No fue un caso aislado. Al menos 26 de los 119 detenidos que recoge el informe fueron retenidos por error.

4. Las mayores atrocidades no las cometieron agentes de la CIA, sino el personal “subcontratado” en las fuerzas de seguridad de otros países, como Tailandia o Egipto. El reporte describe, por ejemplo, una escena en Marruecos, en 2002, en la que a uno de los detenidos le “rompieron los huesos a golpes”. 

“Rajaron sus genitales y derramaron líquidos calientes en el pene mientras se lo cortaban y lo amenazaban con electrocutarlo, violarlo y matarlo”, dice el informe.

5. Muchos de los prisioneros estaban inmovilizados durante semanas y se les ponían pañales para que se hiciesen sus necesidades encima. El informe describe que Bush “expresó incomodidad” ante la imagen de un detenido “encandenado al techo, envuelto en un pañal, y obligado a hacerse sus necesidades dentro”.

6. Aún más comunes en las páginas del informe son las descripciones de maltratos físicos, vejaciones, privación del sueño (uno de los detenidos pasó 180 horas -una semana entera- sin poder dormir un solo minuto), así como tormentos sensoriales mediante la exposición constante a ruidos atronadores o especialmente molestos. También se les privaba a propósito de higiene, ropa, comida, agua, iluminación, etcétera.

7. Los agentes utilizaban cajas de diferentes dimensiones, donde introducían durante largos intervalos de tiempo a los detenidos. “Abu Zubaydah pasó un total de 266 horas en la caja grande (del tamaño de un ataúd) y 29 horas en la caja pequeña. Los interrogadores de la CIA le dijeron que la única manera de abandonar el centro de detención era en la caja con forma de ataúd”.

 Otros prisioneros fueron obligados a quedarse largos periodos de tiempo en pie a pesar de tener complicaciones médicas graves, como rodillas y pies rotos. Los interrogadores forzaban posturas especialmente dolorosas o incómodas y dejaban a los detenidos así durante semanas.

5. Muchos de los prisioneros estaban inmovilizados durante semanas y se les ponían pañales para que se hiciesen sus necesidades encima. El informe describe que Bush “expresó incomodidad” ante la imagen de un detenido “encandenado al techo, envuelto en un pañal, y obligado a hacerse sus necesidades dentro”.

6. Aún más comunes en las páginas del informe son las descripciones de maltratos físicos, vejaciones, privación del sueño (uno de los detenidos pasó 180 horas -una semana entera- sin poder dormir un solo minuto), así como tormentos sensoriales mediante la exposición constante a ruidos atronadores o especialmente molestos. También se les privaba a propósito de higiene, ropa, comida, agua, iluminación, etcétera.

7. Los agentes utilizaban cajas de diferentes dimensiones, donde introducían durante largos intervalos de tiempo a los detenidos. “Abu Zubaydah pasó un total de 266 horas en la caja grande (del tamaño de un ataúd) y 29 horas en la caja pequeña. Los interrogadores de la CIA le dijeron que la única manera de abandonar el centro de detención era en la caja con forma de ataúd”. 

Otros prisioneros fueron obligados a quedarse largos periodos de tiempo en pie a pesar de tener complicaciones médicas graves, como rodillas y pies rotos. Los interrogadores forzaban posturas especialmente dolorosas o incómodas y dejaban a los detenidos así durante semanas.”       (