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3/3/24

Pepi, el superviviente del Holocausto que encontró en el flamenco una forma de “aliviar el corazón”... Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse

 "Peter Pérez tiene 87 años y nació en Viena. Sin embargo, todos le conocen como Pepi. La directora de cine Lucija Stojević le conoció cuando preparaba su anterior documental, La Chana y buscaba financiación para poder realizar aquella película sobre la bailaora flamenca anulada por su condición de mujer y gitana. La primera vez que quedó con Peter, este sacó un CD del cantaor de flamenco Niño de la Cava y lo puso.

“Mientras nos llegaba el cante profundo y áspero, el rostro de Pepi se contraía de dolor. Empezó a llorar”, recuerda la cineasta. Al escuchar aquellos acordes, aquella voz, algo se le removió por dentro de tal forma que no pudo contener su emoción. Stojevic se interesó por su historia, por lo que había dentro de él para haber reaccionado así y encontró una de esas vidas que merecen ser contadas. Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse.

Peter quedó marcado por aquella música. Se estableció con ella una relación complicada. Escucharla le hacía retraerse a aquellos momentos duros. Aunque escapara del campo, siempre quedó marcado por la herida del Holocausto. La música le hace volver al peor momento de su vida, pero también es lo que le hizo avanzar. Su amor por el flamenco, y por el fandango, le han hecho querer buscar el flamenco más auténtico por toda España. Junto a su amigo Alfred recorre Europa, y la cámara de Stojevic les acompaña en el documental Pepi Fandango, que termina convirtiendo aquel encuentro casual en una película sobre el poder sanador del arte y en un relato de Memoria Histórica que une la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

 Como Quijote y Sancho Panza ambos recorren España. Pepi ha decidido que para terminar de exorcizar y sanar tiene que crear su propio fandango. Un trayecto hasta Paterna de Rivera en Andalucía donde Pepi intenta escribir su fandango, y que termina con un trayecto de vuelta a Rivesaltes, el campo donde estuvo internado y que visita por primera vez para enfrentarse directamente a su dolor.

“Los primeros sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre - vata, quiero - camelo, pan - manró, comer - jalar, cagar - jiñar, penas y duquelas”, rememora Pepi. En el flamenco, y más concretamente el fandango, encontró la forma de “aliviar el corazón”, aunque sus sonidos le llevaran de nuevo dentro de aquel campo.

“Al principio no podía escuchar flamenco. Pensaba que me arrancaría todo, pero siempre lo tengo en la cabeza. Siempre lo busco”, dice Pepi en un momento del documental. Para él “los fandangos son eternos”, y tienen algo de aquella frase que le dijo su padre y que le sirvió para sobrevivir. “Me decía que nunca perdiera la esperanza, pero allí era imposible tener esperanza. Yo uní la esperanza con la idea de soñar. Así que soñé con salir de allí”, lo logró y convirtió aquellos sonidos que escuchaba a “los gitanillos” a su lado en la banda sonora de su vida.

Un superviviente en Málaga

Igual que se emociona en el documental, Peter Pérez se emociona en Málaga recordando cómo el flamenco le cambió la vida. Detrás de sus gafas de sol caen un par de lágrimas mientras cuenta que él conoció “el flamenco de un modo un poco especial y un poco duro en un campo de concentración”. “Tenía cinco años y de un día a otro nos separaron a mi padre, a mi madre y a mi. Me quedé solo con otros niños de más o menos mi misma edad. Afortunadamente para mí eran ‘gitanitos’, y ellos cuando estaban aterrorizados cantaban. Cantando se podían mirar. Y eso se me quedó en la entraña, como se dice aquí en Andalucía. Se me quedó esta idea de que el arte es un sistema de comunicación. Ellos hablaban a través de la música. Decían tengo hambre, tengo sed. Para mí el flamenco es vida y nada más”, expone antes de presentar su película en el Festival de Cine.

Un filme con estructura de road movie porque funciona como propia metáfora de la historia de Pepi. “Está el viaje físico que hacemos de Viena a Andalucía, también el viaje hacia el pasado, y de alguna manera hay un viaje psicológico y emocional que está pasando durante todo este proceso de búsqueda de enfrentarse con su propio trauma. Es, además, un viaje por la Europa de hoy, una reflexión sobre el olvido y sobre la banalidad de estos espacios que para alguien significa algo. Nos preguntamos cómo conectamos con nuestra historia, con nuestra memoria”, cuenta la cineasta al lado de su protagonista.

Una película, que además, llega en un momento donde parece que nadie aprende de los errores del pasado. Para Peter Pérez “es triste ver que esto continúa”. “Estaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero sigue y sigue. Nosotros ya fuimos ‘indeseables’ en la península ibérica. Tuvimos, junto a los musulmanes, que dejar esta tierra que era nuestra. Mi padre hablaba de nuestra tierra sin saber de dónde venía la familia Pérez. Sus amigos republicanos refugiados en Francia le preguntaban, de dónde vienes tú, y mi padre decía que de Zaragoza. No tenía ningún documento, y probablemente sería Toledo, pero él decía eso·”, recuerda Pérez.

Lucija Stojević tiene claro que está película habla “del presente”. “La hicimos antes de todo lo que estaba pasando, y ahora es más importante, porque habla de lo que pasa cuando nos olvidamos. Volvemos a repetir estos sufrimientos y los mismos patrones. Es importante que alguien como Pepi pueda hablar de lo que significa ser una víctima de odio, y como eso se lleva toda la vida dentro. Hablamos de víctimas mortales en Gaza, en Israel, en Rusia, en Ucrania… pero hay mucha gente que va a sobrevivir y va a tener que vivir con esto. Un trauma durante toda la vida y de esto no se habla”, apunta y Pepi toma la voz para añadir algo: “Esto es un problema para los hijos y los nietos. Tengo dos hijos, y nunca hemos hablado de aquellos tiempos. Hay una distancia que creo que con esta película ha cambiado un poco”. El arte como forma de tender puentes y hasta de sanar un trauma inimaginable."            (javier Zurro, eldiairo.es, 02/03/24)

23/5/23

«Se sabe poco de la muerte de medio millón de gitanos europeos en el holocausto nazi»

 "María Sierra es Catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla y es especialista en historia cultural de la política. En los últimos años se ha se ha dedicado al estudio del pueblo gitano en España y Europa, y ha escrito algunas de las aportaciones más brillantes a esta línea de investigación.

El año pasado, recibió el premio al mejor artículo científico del año por su ensayo disponible en acceso abierto aquí. Nos recibe en su despacho del Departamento de Historia de la Universidad de Sevilla, lleno de fotos de cigarreras sevillanas, por ser antigua Tabacalera, donde hablamos de su último libro: Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo.

¿Qué es el Holocausto gitano del que tan poco se habla? ¿Y por qué elegiste definirlo de esta forma?

El holocausto gitano es un proceso de exterminio de la población romaní europea que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial, incluso desde antes, bajo el régimen nazi. Tiene lugar en paralelo al holocausto judío, del que sí que sabemos mucho, al estar muy incorporado en nuestro imaginario como sociedad a través de mucha literatura y películas. En cambio, de la muerte de al menos medio millón de gitanos europeos, se suele saber muy poco.

Elegí estos términos, holocausto y gitano, precisamente por asimilarlo al holocausto judío. Escogí utilizar holocausto para que hubiera una definición reconocida científica y socialmente que explicase muy bien un proceso de persecución y exterminio tan sistemático y brutal como el que se llevó a cabo hacia el pueblo gitano bajo el régimen nazi.

El término gitano quizás exija más explicación. En castellano es correcto utilizarlo, al no considerarse ofensivo para las poblaciones que llamamos de esta forma. Cabe destacar, de hecho, que la propia comunidad gitana española ha hecho una afirmación positiva de su identidad en torno a ese término, cosa que no pasa generalmente en otras lenguas, como explico en mi libro. Si hubiera escrito en inglés, por ejemplo –de hecho, ahora está en edición una traducción en inglés y estoy enfrentándome a este reto– habría que elegir sistemáticamente otros términos, romaní, para hablar en general de la población gitana en Europa, o sinti si nos referirnos a la etnia gitana en Alemania.

En definitiva, hay que tener mucho cuidado y ser respetuoso, porque esta atención nos ayuda a darnos cuenta y a entender cuánto de interiorizado podemos tener algunos nombres que son despectivos para las personas a las que han sido asignados históricamente.

En la primera parte del libro trazas la historia del antigitanismo que culmina en la persecución nazi. ¿Qué elementos destacarías de la historia del antigitanismo previos al holocausto?

Para mí es muy importante destacar que hay una tradición de antigitanismo. No podemos limitarlo a la historia moderna y contemporánea occidental; todo lo contrario, tenemos que insertarlo en una larga tradición de antigitanismo y así entender cuanto ya estaba preparado para la persecución de la población gitana cuando llegó el régimen nazi.

Además, considero fundamental tomar conciencia de cuantas de estas tradiciones siguen vivas, legitimando que sigan dándose episodios de persecución hasta hoy en día. Esto para mí es lo más importante, porque en este interés combino mi preocupación de historiadora con mi preocupación cívica de ciudadana. El holocausto no se repetirá como tal, pero sí es posible caer en esa sima de antigitanismo tan asesino como fue durante la Segunda Guerra Mundial.

Por lo tanto, en la primera parte del libro, lo que hago es trazar la historia del antigitanismo muy brevemente, pero en varios registros. Por un lado, el legal e institucional. Describo la afirmación de un marco legislativo que, desde el principio, ha ido construyendo a los gitanos como la parte de la población sobre la cual cargar todos los problemas de la sociedad asentada. Por el otro lado, el antigitanismo cultural que está más imbuido en la mentalidad de la sociedad mayoritaria en forma de estereotipos. Hay una línea de continuidad muy fuerte entre los estereotipos culturales antigitanos previos al holocausto y los actuales.

En esta parte del libro me preocupo por destacar la complejidad de estos estereotipos que es lo que los hace convincentes. La sociedad mayoritaria naturaliza mucho los estereotipos antigitanos, al incluir tanto elementos negativos como la idealización de la figura del gitano y, más particularmente, de la gitana. Son estereotipos complejos, que hacen convivir en ellos la idealización étnica con la estigmatización racial. Resultándonos muy convincentes por su complejidad, estos estereotipos se quedan muy anclados en nuestra mente. No tenemos más que revisar como vemos a los gitanos desde la sociedad mayoritaria todavía hoy en día, para darnos cuenta de que siguen operando estos mismos estereotipos. Para no hablar del cine y de los dibujos animados: Esmeralda del Jorobado de Notre Dame es un buen ejemplo.

En la segunda parte del libro te centras en las memorias de seis personas supervivientes al Holocausto. ¿Por qué decidiste centrarte en las emociones usando lo que defines un enfoque histórico emocional?

La segunda parte para mí ha sido la más positiva del proceso de escritura del libro, porque la primera resultó ser una inmersión muy dolorosa en un infierno de maltrato que llega a cotas inimaginables. No se puede leer la bibliografía y los documentos sobre la persecución nazi del pueblo gitano sin estremecerse.

Sin embargo, en las memorias, a pesar de una narración en primera persona de ese sufrimiento tan profundo, es posible apreciar también una viva agencia, una capacidad de actuar en positivo. Se hace todavía más evidente una vez acabado el proceso de persecución, cuando las personas supervivientes consiguen dotarse de herramientas para hablar en público de lo que pasó, para reclamar el derecho a que se reconozca su sufrimiento y a tener un lugar dentro de la historia de su país.

Elegí esas memorias porque hablan en primera persona, por ser la voz propia de los supervivientes. He procurado respetar mucho la autoría, aunque sometiendo las memorias a la crítica a la que un historiador o historiadora debe someter cualquier documento que es, en otras palabras, contextualizar la fuente histórica. Es decir, especificar quién lo hizo, en qué condiciones se hizo, si hubo alguien que ayudó o si hubo una editorial que tuvo tal protagonismo.

Este proceso de contextualización histórica no es una forma de quitar autoridad a la voz propia del autor o autora, sino al revés, de situarla en su contexto histórico para que no sea cuestionable. Se achaca a la memoria, tanto de los romaníes como de los judíos, ser subjetiva, selectiva y tener fallos. Y es cierto. Pero, para mí, esto es a la vez su riqueza. Porque si se critica, se contextualiza y se estudia con herramientas propias de la disciplina histórica, podemos reconocer que las memorias no hablan sólo de lo que pasó en el momento del holocausto, sino también de todo lo que pasó después.

Son recuerdos pasados por el tamiz de un sufrimiento que, en el caso del pueblo gitano, se prolongó durante 40 años en una Alemania y en una Europa que no reconocieron el holocausto gitano hasta muy tarde. Para mí todo esto es una especie de caja negra de memoria que me parece muy interesante analizar.

Elegí el enfoque de la historia de las emociones, porque ya había practicado esta perspectiva en otros trabajos previos. Al revés de lo que el título puede dar lugar a pensar, la historia de las emociones no afirma que las emociones sean algo natural, instintivo –el miedo sale si estás en una situación de miedo, el amor sale si estás ante un estímulo amoroso. Todo lo contrario, lo que afirma la historia de las emociones es que las emociones y los sentimientos son modulados históricamente.

Es decir, en cada momento, en cada época, en cada sociedad, todas las personas hemos aprendido a expresar nuestras emociones de distinta manera, incluso a sentir de distinta manera. Las emociones, además, son incluso una herramienta cognitiva, un instrumento para manejarnos en el mundo que nos rodea. Por tanto, me pareció muy interesante analizar las memorias de las personas gitanas supervivientes al holocausto desde esta perspectiva ya que nos permite también profundizar en los roles de género dentro de la memoria.

Las mujeres gitanas fueron las pioneras de la memoria romaní sobre el holocausto. ¿Por qué fueron las mujeres las primeras en dar el paso a contar lo que había pasado? ¿Y qué papel tienen las mujeres en sus obras?

Estoy pensando ahora en Philomena Franz, la primera superviviente al holocausto gitano que publicó sus memorias bajo el título de “Entre el amor y el odio. Una vida gitana”. Ella, así como otras mujeres gitanas supervivientes (entre ellas Ceija Stojka y Lily Van Angeren) lograron convertir sus emociones en algo que les proporcionaba herramientas útiles para expresarse, para reclamar dignidad. Esa dignidad que los campos de concentración y de dominio se esforzaron tanto en robarles, sobre todo la dignidad emocional, el derecho a tener emociones y mucho más las emociones positivas. En los campos el afecto era una debilidad. Entonces, para mí, esta es una reclamación tan política como puede ser decir de tener derecho a estar presente en la historia del propio país. Decir, al salir de los campos de concentración, que se tiene derecho a tener emociones, también positivas, en función de las cuales organizar un relato propio de lo ocurrido es tan valiente y digno a la par que político.

Estas mujeres son conscientes de estar rompiendo tabúes como mujeres gitanas, como mujeres y como gitanas. Las dos cosas. No hay que olvidarse que es una construcción distinta la de ser mujer gitana y hombre gitano.

Desde Philomena Franz que en sus memorias habla como mujer sinti, es decir, como mujer gitana alemana, hasta otras mujeres gitanas que, al hablar de las violencias también sexuales que se ejercieron sobre ellas, saben que están rompiendo tabúes sexuales. En todo momento, estas mujeres supervivientes dicen de hablar en su propio nombre y por ellas mismas con la esperanza de que su esfuerzo sirva para todos. En ningún momento se atribuyen la voz de toda la comunidad, dado que respetan mucho a otras mujeres, sobre todo las más mayores, que no quisieron romper el velo de silencio que se impuso después. Para mí esto es un ejercicio muy valeroso de feminismo, si lo queremos llamar así, que está aupado sobre la intersección de una doble persecución. La cuestión de ser mujer, pero también la cuestión de ser un grupo racial estigmatizado como es ser gitana.

En tu libro hablas mucho del caldo de cultivo que abrió paso a las políticas nazis y que justificaron que muchísimas personas se callasen, permaneciesen en silencio y mirasen hacia otro lado ante muchas persecuciones y violencias. ¿Crees que los discursos de odio de hoy en día están construyendo un caldo de cultivo peligroso? Y ¿cuáles crees que son las claves para que el pasado no se repita? Es decir, ¿cómo conseguimos crear una inquietud pública amplia?

Es muy importante e interesante esta pregunta, precisamente como cierre, porque que haya una conexión posible entre el pasado y el presente en cuanto a los discursos de odio, ya era una pista contestando a la primera pregunta. Me parece especialmente inquietante que unas tradiciones de imaginarios, profundamente imbuidas en la cultura occidental de estereotipos que no somos capaces de desmontar ni de deconstruir, sigan vivas y puedan ser el fundamento para justificar acciones contra cualquier tipo de colectivo. De hecho, algunos de estos estereotipos en la actualidad, sin dejar de ser aplicados al pueblo gitano, se traspasan y se aplican a nuevas minorías vulnerables, como son las personas inmigrantes de distinto tipo. Así que es obvio que hay una conexión entre los discursos de odio del pasado y del presente y que hay un peligro real, sobre todo porque los discursos de odio en la actualidad tienen plataformas de difusión y una capacidad de extensión social en múltiples redes sociales que no tenían en el pasado.

¿Cómo podemos hacer? Bueno, hay mucho que hacer, cada uno y cada una desde su ámbito. Yo, de hecho, me he salido de lo que son propiamente los rieles de mi profesión para intentar hacer algunas cosas más. Creo que hay que salir del ámbito académico y que la batalla hay que darla en los espacios de difusión, de transferencia del conocimiento desde la investigación científica a la calle, a lo que la sociedad manejamos como conocimiento común. Rodamos un documental sobre la base de las entrevistas realizadas a Philomena Franz, que se llama “Mi Holocausto”, como una forma de poner en primera persona el sufrimiento que causan los estereotipos. Disponible en acceso abierto en este enlace.

En definitiva, yo creo que es bastante posible conectar la investigación de la universidad con la inquietud social. Lo que tenemos que hacer es buscar formatos que sean de interés y accesibles para un público amplio. Con el libro Holocausto Gitano me he llevado la grata sorpresa de que ha logrado salir de la Academia, fuera de los estudiantes, fuera de la universidad y está siendo leído por personas con inquietudes similares. De todos modos, quiero trascender lo que es mi trabajo personal, que es solo una gotita en todo lo que podemos hacer, para no ser tan optimista.

Creo que queda muchísimo por hacer y las asociaciones romaníes son las principales activistas. Hay días de memoria, hay museos o espacios museísticos con discursos sobre estos temas. Hay ya cine, que es muy importante, cineastas gitanos y literatura. Todas estas son formas de ir entrando en el sentido social, en el sentido común de la sociedad. Sentido común es una expresión que utilizamos desde la antropología y la historia para hablar de lo que una sociedad tiene incorporado como natural. El sentido común es lo que consideramos verdad sin tener que preguntarnos nada y ahí está infiltrado el estereotipo antigitano. Pues, hay que hacer toda una tarea muy larga de contra narrativa que vaya a esos espacios poderosos en la creación del sentido común social. Y yo creo que es en la literatura, cine, divulgación en general, lugares de memoria y museos donde hay que entrar."              (Melissa Cicchetti, El Salto, 16/05/23)

12/8/21

La caza de gitanos en Bahia

"El pasado lunes 2 de agosto se conmemoraba el día europeo de las víctimas romaníes del genocidio nazi. El Porrajmos, la persecución y aniquilación al pueblo romaní que acabó con la vida de medio millón de personas, tres de cada cuatro gitanos y gitanas que residían en Europa, tuvo el 2 de agosto de 1944 uno de sus episodios más trágicos: la muerte de 3.000 mujeres, niños y ancianos de este pueblo en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

Unos días antes, en Brasil, una reconocida antropóloga hacía público el hallazgo de una carta en la que Jair Bolsonaro manifestaba su reconocimiento y agradecimiento a colectivos neonazis. La noticia, compartida por el colectivo brasileño Ciganagens, reafirmaba las conexiones entre las bases del presidente del país y esta ideología. 

“Es importante tener memoria del pasado, para saber reconocer las violencias que nos afligen en el presente. Es importante recordar nuestras tradiciones y respetar a nuestros antepasados muertos. Porajmos quiere decir perdición, aniquilamiento, devoración. Los nazis no perdonaron los “pecados” de nuestra “raza”, reflexionaba el citado colectivo en las redes sociales al compartir el artículo.

El hallazgo de la carta de Bolsonaro, y la conmemoración del Porrajmos llegaron en plena ofensiva de persecución y caza a personas gitanas en el estado de Bahía. El mes de julio de 2021 ha sido un mes de muerte y terror para la población romaní después de que el 13 de julio dos agentes de la Policía Militar de civil fueran asesinados en un choque donde también dos personas gitanas murieron baleadas, en la ciudad de Vitoria da Conquista.

 “Desde entonces los gitanos estan siendo ejecutados, perseguidos y asesinados por la policía militar de Bahia”, relata desde la zona T. un abogado y activista romaní que prefiere mantener el anonimato ante la situación de terror creada.

“El mismo día que murieron los policías, detuvieron al padre de la familia de los presuntos culpables, mataron a dos de sus hijos, y el segundo día por la noche ejecutaron a un menor de 13 años dentro de una farmacia”, el pasado 30 de julio la policía militar acabó con la vida del octavo hermano de la familia, solo quedan dos vivos. El activista explica cómo la revancha de las autoridades trascendió a la familia y se amplió a todas las personas gitanas del Estado que “han sufrido amenazas y persecuciones. 

El castigo colectivo como práctica policial se ha traducido en la amenaza de matar a todos los gitanos si no delataban a los miembros de la familia implicada en la muerte de los policías: “web oficiales de la policía militar anunciaban recompensas, estaban cazando a los gitanos para matarlos”, apunta T. Los colectivos romaníes pidieron ayuda a las autoridades del estado y del país, explica el abogado, pero denuncia que “desgraciadamente cuando se trata de ayudar a gitanos la ayuda llega muy tarde”.

“Las cámaras de gas fueron construidas, ladrillo a ladrillo, en base a los prejuicios y estereotipos, los chistecitos, los comentarios insensibles, las frases hechas despectivas, juzgar al grupo y no al individuo…En esa semilla comienza el Genocidio”, reflexiona Celia Montoya de Rromani Pativ, en conversación con el Salto, el día 2 de agosto. Su colectivo ha firmado recientemente, junto al citado Colectivo Ciganages y Orguhlo Romani, una tribuna en el medio digital Ctxt, en la que denuncian la situación en el país.

En el mencionado artículo se pone de relieve la dificultad de contrastar que estaría sucediendo, pues, explican, la mayoría de los medios se ciñen a repetir lo que afirman las fuentes policiales, mientras “circulan en las redes sociales vídeos de coches y casas de familias gitanas de la región siendo quemados, en lo que sería una represalia de la policía militar”. Para Montoya esta cacería de personas gitanas, que sucede sin que haya una gran respuesta social, arraiga en la deshumanización del pueblo gitano y con ella “la indiferencia absoluta hacia su destino”.

Para conjurar esta indiferencia el mismo 15 de julio numerosas organizaciones y colectivos reclamaban a las autoridades brasileñas en una nota pública que actuase ante la “caza” y “matanza” que la policía militar estaría perpetrando en Bahia. “En Brasil no existe pena de muerte. Que una comunidad entera sufra y muera por actos cometidos que deben ser dirigidos a las instancias jurídicas, evidencia la violencia, la falta de preparación y las injusticias cometidas por la policía militar en Bahia”, denunciaban, antes de recordar “¡Las vidas gitanas importan!”.

Prejuicio e impunidad

Desconocimiento e invisibilidad son dos de los factores centrales que Gabriela Marques, del colectivo Orgulho Romaní, identifica en la raiz de los prejuicios que se tienen sobre el pueblo gitano en Brasil. Una invisibilidad que se da desde la academia a los medios de comunicación pasando por las políticas públicas. “Existe también la reproducción de estos estereotipos que hay en Europa: que los gitanos roban niños, que hacen trampas contigo para robarte, estas cosas. Siempre hay un ‘ojo que hay gitanos por aquí’, y eso está muy relacionado con que en los medios de comunicación solo se habla de los gitanos para relacionarlos con crimen, violencia, episodios de delincuencia”.

El “todos los gitanos son así”, la idea de que son nómadas —cuando la mayoría de las familias ya no son itinerantes— el estigma de que no se puede confiar en ellos, conforman la base de una representación del pueblo gitano que posibilita discriminaciones y persecuciones como las que se han vivido en las últimas semanas. “Es una herencia de Portugal, los mismos estereotipos que tenían ahí en la península ibérica llegan a Brasil junto con los gitanos en el siglo XVI. 

Así arraiga un antigitanismo que proviene de ese momento”, prejuicios que conviven con una romantización de lo gitano, idealizado como un pueblo místico y libre. “Hay este otro matiz, lo que nos muestra la complejidad de este estereotipo porque de los dos lados se construye una imagen de los gitanos que está muy alejada del gitano de la vida real”, concluye la activista.

La mezcla entre el antigitanismo estructural, arraigado desde hace cinco siglos y el carácter reaccionario y represivo del gobierno de Jair Bolsonaro están resultando en una trampa para la población: “Desafortunadamente, la indiferencia social hacia los gitanos es enorme, lo prejuicios que nuestra etnia sufre es muy grande, la sociedad no acepta que seamos de otra etnia, que seamos minoría, y por eso la policía puede decidir exterminarnos. Estamos viviendo días de terror con lo que está pasando. Frente a tanta impotencia muchos gitanos se están yendo de Bahia buscando lugares donde tengan protección de la policía”, relata T.

El hecho de que las fuerzas implicadas sean las de la Policía Militar es central para esta persecución, explica Marques. Se trata de una fuerza de seguridad atravesada por la jerarquía propia del ejército. “Los policías que empiezan, que son especialmente los que están en la calle, pasan por una formación en la que la violencia está muy arraigada y se desarrolla en ellos el miedo a sus superiores.

 Se trata de una formación con mucha violencia física, psicológica, disciplinaria que se transforma en un sentimiento de venganza y revancha hacia la población”, expone, describiendo a personas sin poder en el aparato, con salarios escasos, pero con armas, desplegando su escaso poder en la calle, el “desde llevar a la gente a la cárcel por cosas muy pequeñas a cometer delitos graves”.

Por otro lado, denuncia Marques, son en muchos casos estos policías, jubilados tempranamente por enfermedad o por implicación en irregularidades, los que acaban integrando las milicias, poder paralelo que controla amplias áreas en ciudades como Rio de Janeiro y que han aumentado enormemente su influencia en el Brasil de Bolsonaro: “Hay muchas evidencias de la relación de la familia del presidente con milicianos. Por ejemplo, el asesinato de Marielle Franco ha desnudado mucho esta relación”.

 Los mismos policías militares, aún dentro de la corporación, suman trabajos paralelos en la seguridad privada u otros encargos. Los dos policías que murieron el pasado 13 de julio, por ejemplo, no estaban uniformados. Según narran fuentes próximas a los colectivos romaníes tenían el encargo de matar al padre de la familia. Al dispararle fueron abatidos. Dos de los hermanos murieron en el tiroteo.

La Policía Militar de Brasil es la que más muertes registra, apunta la integrante de Orgulho Romani. Sin pasar por ningún tipo de formación en derechos humanos o nada similar, “hay un sentimiento de licencia para hacer lo que quieren cuando están con su uniforme de policía. Por este contexto muchos activistas gitanos y no gitanos, presentamos cartas de denuncia, porque conocemos cómo funciona la policía y sabíamos que esto podía pasar en el caso de estas familias”. 

De los diez hermanos varones de la familia ocho han sido ya aniquilados, “están haciendo la búsqueda y cuando llegan a estas personas se habla de una confrontación, que los otros también tenían armas y se les mata como legítima defensa. No hay preocupación de arrestar sin matar. Dicha justificación facilita esta forma de funcionar de la policía y refuerza la idea de que los derechos humanos son para defender bandidos, criminales”. 

La narrativa de que las personas tienen el derecho a defenderse, a matar a criminales, se ha extendido mucho con el gobierno de Bolsonaro, apunta Marques, cabe recordar cómo apenas llegó a la presidencia el mandatario favoreció la tenencia de armas. En Brasil no son ajenos a las resonancias que discursos y prácticas traen a épocas pasadas, no solo de su propia historia estatal (es abierta la defensa del antiguo militar de la dictadura que dominó el país durante dos décadas), si no con la persecución y asesinato sistemático de otra de sus minorías, la más invisibilizada. 

El pasado 26 de julio el historiador brasileño Michel Gherman compartía en las redes una foto en la que un sonriente Bolsonaro posaba entre dos integrantes del partido Alternativa para Alemania (Afd), una de ellas, nieta de un ministro de Hitler. Una imagen más para reafirmar el sustrato ideológico de presidente al que colectivos antifascistas califican como #Bozonazi, y en el que, décadas después del Porrajmos, la policía persigue a los gitanos y los ejecuta aduciendo defensa propia."                  (Sarah Babiker, El Salto, 07/08/21)

11/5/21

El terrible experimento nazi que forzó a los gitanos a beber agua de mar

 "El nazismo llevó a cabo terribles experimentos con prisioneros en sus campos de concentración. El doctor Hans Eppinger Jr. buscó una fórmula para que los pilotos de la Luftwaffe cuyos aviones habían sido derribados en el océano pudiesen sobrevivir. Para ello, no dudó en usar como cobayas a decenas de gitanos, a quienes obligó entre julio y septiembre de 1944 a beber agua de mar, provocándoles graves secuelas.

El alto oficial alemán de la SS Arthur Nebe seleccionó a unos cuantos prisioneros del campo de concentración de Buchenwald, en el que habían encerrado a unos siete mil romaníes. Desde allí fueron trasladados al de Dachau, donde bajo engaños les dijeron que integrarían una brigada de limpieza encargada de retirar escombros tras unos bombardeos. Sin embargo, fueron víctimas de crueles prácticas, como relató el Josef Laubinger el 27 de junio de 1947 durante el Juicio de los médicos.

Fue el primero de los doce celebrados por crímenes de guerra y contra la humanidad en Núremberg tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ante el tribunal, declaró que formó parte de un grupo de cuarenta gitanos que, a su vez, fue dividido en tres subgrupos. Todos fueron privados de alimentos y al primero le dieron de beber agua de mar; al segundo, agua de mar tratada químicamente, "que tenía un color amarillo oscuro y era mucho peor que el agua de mar pura"; y al tercero, "agua de mar preparada que parecía agua potable real".

 El experimento no sirvió de nada, pero provocó el sufrimiento de las víctimas. De hecho, su objetivo era comprobar si sufrirían síntomas físicos graves o si morirían en un período de seis a doce días. La deshidratación hizo que algunos llegasen a lamer el suelo recién fregado. "Tuve terribles episodios de sed, me sentí muy mal, perdí mucho peso y tuve fiebre. Me sentí tan débil que ya no podía soportarlo", relataba Laubinger, quien recordaba que un checoslovaco le comentó al médico de la Luftwaffe que no podía seguir bebiendo.

"El médico lo ató entonces a una cama y lo obligó violentamente a tragar el agua por medio de una bomba de estómago", rememoraba el prisionero, quien aseguraba que a la mayoría de ellos les realizaron punciones en el hígado y en la médula espinal. "Yo mismo sufrí una punción en el hígado y sé por mi propia experiencia que estos pinchazos fueron terriblemente dolorosos. Incluso hoy, cuando cambia el clima, siento un gran dolor".

Hans Eppinger se suicidó un mes antes de testificar en el juicio, en cuyo banquillo se sentaron veinte médicos de campos de concentración, dos oficiales administrativos y un abogado. Wilhelm Beiglböck, internista declarado culpable de llevar a cabo las pruebas para convertir el agua salada en potable, fue condenado a una pena de quince años de cárcel, conmutada luego a diez, por lo que salió en libertad en 1951 y siguió ejerciendo su profesión.

 El diseñador de los experimentos, Hermann Becker-Freyseng, a veinte, que se quedaron en la mitad. Otros dos recibieron unas condenas similares, cuatro fueron absueltos, cinco merecieron cadena perpetua y siete, la pena capital. Gustav Steinbauer, abogado de Beiglböck, alegó que los testigos eran individuos "asociales" y sin credibilidad alguna para que el tribunal no admitiese las declaraciones de buena parte de ellos.

"Las condenas impuestas fueron irrisorias, aunque cuando las víctimas son gitanas suelen ser siempre mínimas. De hecho, en los juicios de Núremberg nadie representó el martirio de los roma, que fue descartado desde el principio porque se consideró que la persecución había sido más social que racial. En el fondo, los jueces y fiscales ingleses y estadounidenses también tenían prejuicios contra ellos", critica Nicolás Jiménez, coautor junto a Silvia Agüero de Resistencias gitanas (Libros.com).

La obra, con la que pretenden desmontar los estereotipos construidos en torno a su cultura, aborda la brutalidad a la que fueron sometidos. "Si no los consideras humanos, como pensaban los nazis, puedes hacer con ellos cualquier cosa", razona Jiménez, convencido de que "el genocidio antigitano durante el Tercer Reich —conocido como Samudaripen— no es más que un episodio de un largo proceso de deshumanización".

 Durante el juicio, hubo cuatro gitanos entre los 84 testigos. Karl Höllenreiner llegó a darle una bofetada al médico Wilhelm Beiglböck. Josef Laubinger declaró que fue sometido a otros dos experimentos relacionados con la malaria y la hipotermia. El boxeador Jakob Bamberger no vio reconocidos los daños causados en sus riñones, pues alegaron que habían sido provocados a causa de una lesión deportiva, y recibió una pensión mínima.

Respecto a la inadmisión de muchos testimonios, Nicolás Jiménez recuerda que los romas estaban clasificados como antisociales no solo en Alemania, sino también en otros países. "Y se nos sigue considerando así, pues la palabra de un gitano hoy tampoco tiene valor". Falta por citar el nombre del cuarto, Ernst Mettbach, testigo de la defensa. "A saber a qué presiones se vio sometido. Es un tema complejo, porque hay miedos atávicos y a veces uno puede pensar que se va a salvar si se hace amigo de su enemigo", deduce Jiménez.

El autor de Resistencias gitanas —donde destaca el aporte de su pueblo al acervo cultural— se queda con la bofetada de Karl Höllenreiner, como "acto inconmensurable de justicia", y con la trayectoria de Jakob Bamberger, activista por los derechos civiles que en 1980 participó en una huelga de hambre en Dachau para denunciar el Samudaripen y el uso de fichas raciales del régimen nazi. Los descendientes del boxeador, quien perdió a su madre y a dos hermanos en los campos de concentración, siguen peleando fuera de la lona."                 (Henrique Mariño, Público, 19/12/20)

15/4/21

«El Holocausto gitano es un tema poco conocido y poco difundido»

 "María Sierra (Sevilla, 1964) ha publicado un libro capital. Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo (Arzalia Ediciones, 2020) es un relato exhaustivo no solo de lo que les ocurrió a los romaníes en los campos de concentración de la Alemania nazi sino una fotografía detallada del período de entreguerras y de las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los gitanos para ver reconocida su condición de víctimas una vez acabada la Segunda Guerra Mundial.

Sierra, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, ha trabajado durante años en este ensayo imprescindible para entender el alcance de un genocidio estudiado y documentado, pero poco difundido, al contrario de lo que ha pasado con el Holocausto judío. A través del estudio minucioso de la documentación disponible y los archivos, la historiadora explica al detalle las leyes antigitanas en las cuales se amparó el acorralamiento y el asesinato de medio millón de gitanos durante la época nazi. 

Reivindica la memoria de aquellos gitanos y gitanas que perdieron la vida en los campos de concentración a través de la literatura memoralística y el testimonio de aquellos que sobrevivieron para contarlo. El decreto de Auschwitz para combatir “la plaga gitana”, las actuaciones preventivas, la separación de las familias o los experimentos científicos que se hicieron con los romaníes de diferentes partes de Europa.

 A partir de 1941 no solo hubo un aumento exponencial de las deportaciones, sino que además también se intensificaron los experimentos y se dio divulgación a teorías supuestamente científicas que alentaban el odio contra los gitanos aludiendo a su “condición biológica para la criminalidad y no adaptación”. Nombres como Robert Ritter o Eva Justin, responsables de parte de esas teorías funestas, aparecen más que los del propio Hitler o Himmler.

El tercer capítulo quizá sea uno de los más interesantes del libro. En las páginas centrales se explica cómo los gitanos europeos callaron durante demasiado tiempo por miedo a las represalias y cómo ni las administraciones posteriores a 1945 ni la sociedad civil exigieron responsabilidades a quienes habían perpetrado la persecución de la minoría romaní.

 “A los gitanos se les denegó de manera sistemática y durante mucho tiempo el reconocimiento de víctimas, argumentando que su persecución no había sido motivada por temas raciales, se amparaba ante ‘la lucha preventiva contra el crimen’”, se puede leer en una de sus páginas. Prosigue Sierra: “(…) lo tardío del reconocimiento oficial del Holocausto romaní en Alemania significa que muchas de las víctimas habían fallecido sin tener ocasión de conocer reparación”.

 La prolongación de la discriminación de los gitanos de manera legal en Europa se ve hasta la década de los setenta. Solo hace falta trasladarse a República Checa, país que permitió la esterilización de las mujeres gitanas hasta bien entrados los setenta. De hecho, después de 1945, Alemania mantuvo los ficheros criminales del nazismo sobre los gitanos alemanes. La falta de financiación para la investigación de los crímenes, la falta de divulgación y la percepción generalizada de que fueron víctimas de segunda son algunos de los temas que también se abordan en el libro de María Sierra, que tras años de investigación consigue crear un relato redondo e imprescindible para entender el pasado y el presente de las comunidades romaníes en Europa.  

¿Qué le impulsa a escribir este libro?

Esa es la gran pregunta que yo misma me he hecho varias veces y ahora lo veo más claro que al principio. He escrito este libro por varios motivos, todos ellos relacionados. En primer lugar, porque se trata de un tema muy importante. Cuando hablo con mis alumnos, siempre les recuerdo: ‘si tenéis que elegir un tema para un trabajo de investigación, elegid un tema con sustancialidad, un tema relevante’. Este es un tema muy importante, porque hablamos de una época en la que la agresividad rozó la locura, el Holocausto fue una acción extrema que afectó a la vida de millones de personas. Y no hago solo referencia a las víctimas directas, sino a una red más amplia. Y por este motivo, es un tema relevante. En segundo lugar, el Holocausto gitano, y eso no es cuestionable, es un tema poco conocido y poco difundido.

Eso lo comenta en el libro: hay investigación, pero poca divulgación.

Hay investigación, sí, pero es incomparable con la documentación que hay acerca de otros aspectos del Holocausto. Lo que me parece significativo es que haya poca transmisión de la investigación; lo que yo llamo: conocimiento público, que es aquello que la sociedad manejamos como ‘una cosa nuestra’. Sobre el Holocausto judío, la mayoría de la sociedad tenemos un conocimiento interiorizado: hay literatura, películas y otros productos culturales de masas que han hecho popular la investigación de los archivos. Eso no se producen en el caso del Holocausto gitano: hay investigación, pero no se ha transferido al público. Hay pocos productos culturales, como exposiciones, y no hay muchas deficiencias en la enseñanza. Hay, por otra parte, una gran ausencia de referencias que no aparecen en los manuales de historia. Esa falta de transmisión de conocimiento es muy significativa porque refleja la pervivencia de una visión que minusvalora el sufrimiento del pueblo romaní en su momento. Manifiesta, además, la persistencia de un racismo profundo en las sociedades europeas.

En todos los países. Resulta insoportable.

Y ese es, precisamente, el tercer motivo por el cual he escrito este libro. El Holocausto romaní parece un fenómeno del pasado, pero en sus fundamentos culturales aprecio líneas de continuidad. A lo largo de estos años, no han desaparecido. Aprecio una estigmatización y la continuación de los estereotipos negativos que estuvieron vigentes durante la época de entreguerras. Los historiadores e historiadoras tenemos que ser muy cautos, porque apreciar las líneas de continuidad en las actitudes y percepciones nos ayuda a advertir hacia el presente y el futuro.

¿A qué se refiere?

Aún es frecuente la asociación entre delincuencia y modo de vida gitano. Es necesario que la sociedad sepa hasta dónde puede llegar el ataque de un colectivo a causa de un estereotipo.

Menciona en el libro algo muy interesante: se ha hablado muy poco de las confiscaciones a gitanos de clase media. Tierras y otros bienes que se les expoliaron. Nunca ha habido una compensación por ello.

Territorialmente, hubo confiscación de propiedades, pero no hay un estudio amplio que haya abordado este tema de manera global. Los indicios dan para pensar que hubo un expolio importante de propiedades de familias sinti y romaníes en toda Europa. Habría que contraponer realidades y hablar de los gitanos como propietarios. Es el caso de la familia de Philomena Franz, por ejemplo. Ellos eran gitanos seminómadas, cuando terminaban la temporada, tenían su casa. Esa riqueza patrimonial fue expoliada.

A lo largo de su estudio también menciona que, en un primer momento, la comunidad gitana fue tratada como espías, por su condición de nómada.

Es una de las grandes paradojas, y eso se da incluso antes de la irrupción del nazismo. Teóricamente, las políticas de finales del siglo XIX se aplicaron a los gitanos de toda Europa: se pretendía que se incorporasen a la sociedad a través de la asimilación, pero luego se adoptaban decenas de decretos que no les permitían asentarse en los territorios. Eso provocaba desarraigo. Los gobiernos creaban una criminalidad donde no la había.

Me ha llamado la atención la pretendida ‘reserva gitana de Himmler’. Según Himmler, “el origen indio de los romaníes los convertía en portadores remotos pero directos de la ‘arianidad’, y, por lo tanto, en un objeto de estudio y quizás de protección por parte del nazismo. Hitler desbarató sus planes. Resulta descabellado.

Esto se conoce muy poco. Ni siquiera yo, que soy historiadora, lo sabía antes de empezar a documentarme para la escritura del libro. Ese episodio del nazismo está muy poco trabajado. Himmler puso en marcha el proyecto, pero nunca se llegó a desarrollar; de hecho, apenas hay estudios, pero tenemos lo suficiente como para saber que en esta megalomanía de la raza aria se podían incluir incoherencias de este tipo.

Menciona mucho en el libro a Robert Ritter, a Eva Justin y a Mengele, científicos que contribuyeron de manera definitiva y sustancial a la exterminación con argumentos biológicos. “Había que exterminar a los gitanos porque llevaban impreso en su ADN la criminalidad y la vagancia”. Salen más que el propio Hitler, Himmler, Goebbels o Eichmann.

El papel de la comunidad científica me parece muy importante. En el estudio insisto mucho en ellos porque estas personas se encargaron de concretar los argumentos científicos para que las instituciones policiales tuvieran un objetivo claro: exterminar a los gitanos, a los judíos y a otros colectivos. Es importante destacar y llama la atención que muchos de estos responsables se mantuvieron en puestos públicos después de 1945. Hay un conjunto de funcionarios policiales a los que los sinti se encontraron como testigos técnicos del genocidio: gente que era responsable directa de su persecución pero que nunca fueron juzgados. Ahí entra la responsabilidad de los propios sujetos, pero también de la sociedad. Los argumentos científicos tenemos que estudiarlos siempre con precaución, porque habitualmente se le da a la comunidad científica un halo de objetividad y validez que puede no existir. Eso es peligroso. Luego, todos estos científicos nazis quedaron desacreditados, pero durante mucho tiempo sus argumentos fueron creíbles para buena parte de la sociedad.

“El prejuicio tradicional contra los gitanos, reelaborado con un discurso científico que hablaba de criminalidad genética, se impuso entre la mayoría de la población. Incluso entre los no simpatizantes del nazismo”, escribe.

Exacto. En el libro hablo de la responsabilidad civil de lo que les pasó a los gitanos. Lo que mencionas es un dato impactante. En uno de los primeros estudios que se hizo sobre el genocidio romaní, se comentaba eso: es muy expresivo que las sociedades que se consideran democráticas no reconozcan los fallos internos que tienen. Durante el nazismo, personas que estaban dispuestas a ayudar a los judíos no estaban dispuestas a ayudar a los gitanos. En ese sentido, siempre lo tuvieron más difícil los gitanos que los judíos. Es el discurso de: ‘Si están en campos, por algo será. Es un grupo que no se va a asimilar a la sociedad’. Es un discurso que continúa dándose.

“Los estereotipos románticos del XIX están en la base de esta esquizofrenia cultural que exalta a gitanos ficticios mientras se persigue a gitanos reales”. Es otra reflexión importante.

Sobre todo, en países como España. Lo gitano se ha incorporado a la parafernalia de la identidad y la cultura española. Esa visión romántica del gitano es algo sobre el papel. La sublimación de lo gitano no existe, y ha sido inventado por una mirada no gitana. De hecho, va de la mano de la estigmatización de los gitanos reales. Es lo que yo llamo una esquizofrenia cultural. Identitariamente, lo gitano es irrenunciable como parte de la cultura española. Forma parte de ella de manera transversal. Sin embargo, como sociedad tenemos poca capacidad para luchar contra el racismo banal.

¿Qué espera de este libro?

Que tenga difusión. El libro es un intento de aportar algo, en un ejercicio de una tarea más amplia y extensa que tiene que tener más aportes y los recursos de los diferentes agentes culturales y sociales. En algunos países, como Alemania, si haces un recorrido por los museos, las asociaciones sinti han podido introducir aspectos sobre el genocidio romaní. Se entrevé una participación el proceso de reconstrucción de la memoria. Sin embargo, creo que hay que hacer un trabajo más acumulativo y continuar insistiendo, cada uno desde el lugar desde el cual pueda aportar algo.

¿Tiene algún proyecto más entre manos, relacionado con la comunidad gitana?

Voy a intentar publicar las memorias de Philomena Franz. Tenemos lista la traducción, pero no aún no han sido publicadas. Hay que dar difusión a la lectura de memorias. La literatura memorialista te confronta con un sufrimiento particular; con el sufrimiento de una red familiar. Y esto tiene eficacia a la hora de crear conciencia. También trabajo mucho desde mi vertiente de docente: siempre introduzco el Holocausto gitano; y me suelen llamar la atención las reacciones de mis alumnos, porque muchos no saben nada. Es un universo por reconstruir.   

En la parte final del libro explica cómo hubo cierto “acostumbramiento” por parte de la población gitana. ¿Se acostumbraron, los gitanos, a ser maltratados?

Esto les pasó tanto a los gitanos como a los judíos. Los nazis anulaban la capacidad de reacción de los prisioneros. Algo parecido sucedió durante la posguerra, mientras se les negó cualquier tipo de reconocimiento como víctimas. Entonces, las comunidades gitanas callaron, porque creían que no iba a servir de nada hablar. ¿Cómo se puede, además, hablar delante de las mismas personas que te han mandado a un campo de concentración?

Hay algunas fechas que fueron importantes para el reconocimiento de las víctimas del Holocausto gitano: el juicio de Eichmann en Jerusalén en 1961, los procesos de Auschwitz en 1963, la publicación del artículo de Franz Calvelli Adorno en 1971 o la celebración del Primer Congreso Romaní también en el mismo año. Fueron puntos de inflexión para que la población tomara conciencia de la barbarie de las matanzas.

A finales de los setenta e inicios de los ochenta fue cuando la sociedad empezó a conocer que había habido un Holocausto paralelo al de los judíos, el Holocausto gitano, a pesar de que antes ya había habido reclamaciones tanto individuales como colectivas. Desde los años sesenta encontramos a supervivientes que alzaron la voz, pero hasta finales de los setenta no hubo capacidad social para escuchar esas voces.

Ionel Rotaru fue una figura fundamental para la consolidación del movimiento internacional romaní, sin embargo, fue desacreditado por las instituciones.

Es un personaje que me interesa mucho. Fue cuestionado como dirigente de una asociación gitana en Francia con el argumento de que no era gitano. Era un argumento del gobierno francés pero que también tuvo eco en varios grupos gitanos. En mi opinión, tuvo la capacidad de imaginar un proyecto original para su época, a mediados de los sesenta. Reclamaba para el pueblo romaní en todo el mundo una serie de derechos.

En el libro hay un proceso de documentación exhaustivo, con muchísimo material. ¿Cómo ha priorizado los datos?

Hay que imaginar el proceso como un acordeón. He recogido la información durante varios años y mi prioridad era escribir un libro que fuese comprensible. Para ello fue fundamental concebir la estructura, que me limitó, en el buen sentido de la palabra. El resumen es la clave en la transmisión de conocimientos.

A mediados de marzo, cuando la crisis sanitaria actual empezó a golpearnos, vimos muchísimo racismo en el brote en Santoña. Allí un colectivo gitano se contagió y el racismo reflotó. Se vio de manera muy clara en cómo trataron el tema los medios de comunicación. También se ha demostrado que cuando llega una crisis, los estereotipos y la xenofobia salen a flote.

Mi ámbito de estudio es la época de entreguerras. En aquel entonces hubo una crisis económica brutal y, por supuesto, estaba detrás de las fobias sociales. Estamos hablando de miedos sociales que se construyen en determinados momentos históricos y contextos: se construyen enemigos para buscar responsabilidades. Y normalmente, esos enemigos son los que son diferentes a la sociedad mayoritaria, ‘el otro’. Este mecanismo social viene dado desde dentro y desde fuera de la sociedad. Hay grupos e instituciones que a lo largo de la historia han tenido la capacidad de buscar chivos expiatorios, que siempre han sido los colectivos más vulnerables. Ese mecanismo ha funcionado y continuará funcionando, porque estos colectivos han sido expropiados del derecho a definir su propia imagen. Desde hace décadas muchas asociaciones romaníes intentan construir otro tipo de imaginario, pero es una tarea difícil y lenta, y tiene que luchar en contra de siglos de acumulación de imágenes negativas.

Tengo que terminar esta entrevista preguntándole sobre la actualidad política. El auge de la extrema derecha en Europa y el resto del mundo atemoriza, sobre todo a las minorías. Es poco probable que pase lo que pasó durante el nazismo, pero se oyen ecos de aquellos discursos.

Es ciertamente terrible. El resurgir de la extrema derecha, los ultranacionalismos, el racismo y la xenofobia llegan en un momento histórico en el que los gitanos aún no habían podido superar el racismo clásico originado durante los siglos XIX y XX. El racismo institucionalizado es algo muy complicado de desmontar, pero parecía que las instituciones estaban dispuestas a considerar que había habido racismo contra los gitanos y que había que fomentar unas políticas de igualdad. Cuando esto parecía que podía suceder, llega esta segunda ola. La situación me parece preocupante. El racismo antigitano es el más arraigado de todos los racismos en el pensamiento occidental. Aún no se había desarraigado cuando ha empezado una nueva ola de control de fronteras, cuestionamiento de los derechos fundamentales etc. Obviamente eso no solo afecta a la comunidad gitana. Habrá que luchar para no dejar que pase y continuar luchando contra el racismo."                   (Entrevista a María Sierra, Queralt Castillo Cerezuela, la Marea, 08/04/21)

29/1/20

Trabajo esclavo, fusilamientos masivos y cámaras de gas. Gitanos, el genocidio olvidado de la Segunda Guerra Mundial

"Comparado con el Holocausto, el asesinato en masa de medio millón de gitanos (romaníes, sintis y otros grupos) en Europa permanece ignorado y no reconocido. Esta ausencia y la persecución de la que siguen siendo víctimas nos plantean preguntas para las que todavía no hay respuestas claras.

Se trata del "genocidio olvidado" de la Segunda Guerra Mundial: alrededor de 500.000 gitanos fueron asesinados en Europa por los nazis y sus colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial, tras la aplicación de políticas destinadas específicamente a perseguirlos. ¿Por qué ha sido olvidado el genocidio de los gitanos? ¿Por qué el reconocimiento aunque sea parcialmente, de esas muertes tardó tanto? ¿Cuáles son los obstáculos que nos impiden aún hoy reconocer plenamente la importancia de este genocidio?

Actualmente, y hasta marzo del 2020, tiene lugar la exposición Víctimas olvidadas: El genocidio nazi de los sintis y los romaníes, en la Biblioteca del Holocausto de Viena en Londres, dedicada a examinar la destrucción nazi de la vida de los gitanos, a examinar las políticas que precedieron a la masacre y a sacar a luz aspectos de esta historia que permanecieron ocultos y en gran medida desconocidos durante décadas. (1)

Ya antes de 1933, los romaníes y los sintis eran víctimas de prejuicios y discriminación en Alemania, pero cuando los nazis llegaron al poder la persecución se acentuó.

A mediados de la década de 1930, se prohibió a los gitanos el ejercicio de ciertas profesiones y muchos fueron trasladados a campos de concentración. A finales de los años1930, la ideología racial nazi se amplió para incluir la noción de que los gitanos eran de "sangre extranjera" y representaban una amenaza para la fuerza racial de la "raza maestra aria". Como parte del desarrollo de estas ideas, los gitanos fueron sometidos a un programa masivo de investigación pseudocientífica y a programas de esterilización forzada.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los gitanos de los territorios ocupados por los nazis fueron víctimas de deportaciones a campos y guetos, condenados a trabajos forzados y malos tratos, muchos murieron de inanición, fueron víctimas de fusilamientos masivos o murieron en las cámaras de gas en campos como el de Chelmno o el de Auschwitz. Algunos regímenes colaboracionistas, como los Ustachas en Croacia, cometieron también asesinatos en masa contra las poblaciones judías y romaníes.

En un relato donado a la biblioteca de Viena, el doctor Max Benjamin, sobreviviente judío de Auschwitz, describe la "liquidación" del "campo de gitanos" el 2 y 3 de agosto de 1944: esa noche, "todos los gitanos que formaban parte de la población de ese campo fueron asesinados en las cámaras de gas".

A pesar del terrible sufrimiento y de la injusticia sufridos por la población gitana de Europa durante el período nazi, el genocidio de los gitanos ha sido a menudo relegado o minimizado. Una de las principales razones de ello es la multiplicidad de prejuicios, la discriminación y la marginación que los sobrevivientes romaníes y sintis siguieron sufriendo después de la liberación. La hostilidad y los estereotipos negativos sobre los gitanos permanecieron después de 1945. En muchos países, la exclusión de los gitanos de la representación política y del poder económico ha sido un obstáculo para toda campaña en favor del reconocimiento de la persecución y del genocidio.

Esta marginalización se manifiesta en el hecho de que no se procesó a los autores de los crímenes contra los gitanos en los primeros juicios por crímenes de guerra. En la Alemania occidental de la posguerra, existía un clima de negación de la importancia de los horrores cometidos contra las víctimas gitanas, que a menudo no recibían siquiera la indemnización otorgada a otras víctimas de la persecución racial nazi. Muchos memoriales construidos en las décadas posteriores a la guerra no dejaban lugar para las víctimas gitanas.

Alemania reconoció oficialmente los crímenes nazis contra los gitanos como genocidio recién en 1982. La primera disculpa de Francia por haber colaborado en los crímenes nazis contra los romaníes y sintis recién tuvo lugar en 2016.

En la Unión Soviética y en Europa del Este, el genocidio gitano fue también en gran medida ignorado. Los gitanos, que deseaban seguir siendo nómadas, debieron asentarse por la fuerza. En el período poscomunista, la discriminación contra los gitanos aumentó aún y al mismo tiempo, las condiciones de vida y el acceso a los servicios se deterioraron drásticamente.

Nuestra exposición intenta abordar la amnesia colectiva con respecto al genocidio de los gitanos. La Biblioteca del Holocausto de Viena cuenta con colecciones importantes sobre este tema, incluyendo los primeros testimonios de sobrevivientes gitanos (2) recopilados en el marco de un proyecto dirigido por la doctora Eva Reichmann, miembro de la biblioteca, a partir de los años 50. La Biblioteca tiene proyectado publicar algunos de estos testimonios en el correr del año 2020.

También contamos con material recogido en ocasión del primer proyecto de investigación que intentó documentar sistemáticamente el genocidio, un proyecto llevado a cabo por Donald Kenrick y Grattan Puxon a finales de la década de 1960. En la exposición se presentan varias piezas de esta colección, incluidos resúmenes de testimonios de sobrevivientes.

Otro elemento destacado de la exposición es una fotografía de posguerra de Margarete Kraus en la que se puede ver, pese a que no aparece con claridad en la foto, el tatuaje del número de campo en su antebrazo izquierdo. Margarete Kraus fue una romaní checa sobreviviente de Auschwitz, donde fue víctima de experimentos médicos forzados. El retrato de Kraus fue realizado por el periodista de Alemania Oriental Reimar Gilsenbach en la década de 1960. Gilsenbach investigó la persecución de los romaníes durante el período nazi.

Una pieza muy diferente en esta exposición es un documento titulado "Prohibiciones publicadas con respecto a los polacos, judíos y gitanos", presentado en el Juicio de Crímenes de Guerra de Nuremberg como prueba de los crímenes nazis. Con fecha del 10 de marzo de 1944, se trata de una circular enviada por Heinrich Himmler a un grupo de altos funcionarios del Estado informándoles que la "evacuación completa y el aislamiento efectuado" de los judíos y gitanos significaba que ya no eran necesarias más directivas sobre ellos.

La "evacuación" y el "aislamiento" significaban en este contexto que la gran mayoría de los judíos, sintis y romaníes de la Gran Alemania ya habían sido deportados a guetos, a campos de concentración o asesinados. La terminología utilizada aquí ilustra la "realidad plomiza" del lenguaje burocrático de las SS, descrito memorablemente por el historiador Mark Roseman como una "parodia diabólica de la precisión administrativa" [Mark Roseman es autor, entre otros trabajos, de The Wannsee Conference and the Final Solution: A Reconsideration, 2003].

La exposición recoge también la historia de Hans Braun, un sinti alemán nacido en Hannover en 1923. Braun sobrevivió tanto a Auschwitz como a Flossenbürg. La mayoría de los miembros de su familia fueron asesinados en Auschwitz.

Cuando Hans Braun presentó una demanda de indemnización al estado alemán en 1950, la policía local decidió abrir una investigación en su contra - buscando pruebas falsas de que Braun había sido encarcelado como "criminal" - para justificar el rechazo de su pedido.

El hecho de que la verdadera naturaleza y la amplitud del genocidio de los gitanos hayan sido negadas, minimizadas o ignoradas por tantas personas durante tanto tiempo ha resultado insoportable, provocando  indignación entre las víctimas sobrevivientes y sus familias.

Si bien ya es demasiado tarde para reparar las injusticias sufridas, no lo es para ocuparse de la marginación y la discriminación a las que se enfrentan las comunidades gitanas hoy en día en países como Hungría, donde la discriminación y la hostilidad hacia los gitanos es habitual, o Ucrania, donde los grupos fascistas han llevado a cabo una serie de ataques violentos contra los gitanos en los últimos dos años. Esta exposición es quizás un comienzo, al reconocer hasta dónde pueden llevar la discriminación y los prejuicios.

 Las Editions Page deux (http://www.page2.ch/page2/), Lausana, Suiza, publicó en 2009 la investigación de Thomas Huonker et Regula Ludi, Roms, Sintis et Yéniches. La «politique tsigane» suisse à l’époque du national-socialisme (Romaníes, sintis y yeniches. La “política gitana”  suiza en la época del nacional socialismo, con epílogo de Thomas Huonker y un cuaderno de documentos comentados por el mismo Huonker."                  

(Toby Simpson , Barbara Warnock , Sin Permiso, 26/01/2020. Fuente: Haaretz, Israel, 23-1-2020)

3/7/19

Cuando vinieron a por los gitanos

"Cada vez que el ministro italiano Salvini nombra a los gitanos nos toca hablar de antigitanismo. Verdaderamente es necesario articular discursos mediáticos que enfrenten el odio contra el pueblo gitano y evitar que se propague este virus en las calles. 

Aun así, los editoriales como este y las columnas de opinión antirracistas no deben dejarnos con la conciencia tranquila por mucho tiempo. Más allá de lo que tuitee el piccolo Duce Salvini, el antigitanismo se extiende por Europa día a día, en los asentamientos, en los colegios, en los barrios y en las comisarías.

El antigitanismo es una forma específica de racismo alimentado por un prejuicio y una persecución históricos, que a menudo se convierte en violencia, explotación y discriminación (e incluso genocidio) de los gitanos por el mero hecho de serlo. La gitanofobia lleva existiendo cientos de años, pero suele recrudecerse en los periodos de crisis, con el aumento de las desigualdades y la pobreza, cuando los populistas xenófobos atizan la caldera del chivo expiatorio para ocultar al pueblo la verdadera cara de sus enemigos. 

La historia enseña que las invectivas y la persecución antigitanas suelen anticipar los ataques a otras comunidades menos pobres y desprotegidas, y que a veces son el anuncio de conflictos bélicos, como pasó con la I y la II Guerra Mundial.

Las instituciones son, por acción u omisión, las que crean y mantienen la discriminación específica de los gitanos. Algunas veces, se quedan en meras proclamas o amenazas no cumplidas, como las de los censos, y otras muchas pasan lamentablemente a la práctica. 

Por ejemplo, la esterilización forzosa de mujeres gitanas, que ha sido rescatada esta semana por Slvini, y por las que Eslovaquia ya ha sido condenada tres veces por la Corte Europea de Derechos Humanos; o la expulsión de Francia de 21.000 gitanos europeos, por orden del hoy gitanófilo travestido, Manuel Valls. Otras medidas, a pesar de no ir directamente contra los gitanos, afectan a muchos de ellos, como la ley húngara que prevé penas de prisión para las personas que no tengan vivienda, situación en la que se encuentra una parte importante de la comunidad romaní que habita en el país gobernado por Viktor Orbán. 

La situación de pobreza y exclusión en la que viven cientos de miles de gitanos en Europa debe considerarse antigitanismo institucional por inacción. La Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE publicaba en 2018 que el 80% de los gitanos europeos se encuentra en riesgo de pobreza, en comparación con una media general del 17% de la población europea. La situación de la vivienda se caracteriza por el hacinamiento, la falta de electricidad y de sistemas de saneamiento. Una de cada tres personas viven en hogares sin agua corriente. 

En Rumanía, el acceso al agua potable de la comunidad romaní es similar al de Ghana o Nepal, y peor que en Congo y Pakistán. Estamos pues en una paradójica fase histórica de exterminio lento, silencioso y sostenido, confirmada por los índices de mortalidad en niños y adultos; mientras tanto, buena parte de las ayudas millonarias que la UE concede a los países miembros para integrar a las minorías se queda en manos de las asociaciones y no cambia las vidas de la comunidad romaní. 

Una de las consecuencias directas del antigitanismo institucional es la proliferación del odio y la violencia contra los gitanos por parte de la población civil. Algunas de estas violencias son implícitas pero constantes, como la discriminación en el acceso a la educación, el empleo y la vivienda, o el tratamiento discriminatorio en los medios de comunicación. En el escalón más explícito de las violencias hacia los gitanos están los pogromos o linchamientos. 

En Ucrania, la quema de viviendas, las palizas y asesinatos de población gitana a manos de grupos fascistas y parapoliciales son continuos, por la impunidad de la que gozan estos actos a pesar de la condena del Consejo de Europa. Pero escenas semejantes se suceden por toda Europa con mayor o menor virulencia y cada vez más frecuencia. En el Estado español, este mismo año, ha vuelto a ocurrir en el barrio del Pozo en Madrid; es el último episodio de una larga lista desde los infames ataques ocurridos en Martos (Jaén) hace treinta años. 

Habitamos un orden económico que crea una pobreza sistémica y en el que la acumulación de riqueza en unas pocas manos conlleva el despojo de los más débiles. Para que la creciente exclusión que produce el orden neoliberal pueda justificarse, son cada vez más necesarios los discursos filofascistas que cargan las culpas sobre la identidad natural de los excluidos y los diferentes. 

Desmontar la naturalización de la pobreza que intenta perpetrar la alianza entre el neoliberalismo y las nuevas extremas derechas es clave para crear un nuevo modelo económico donde la vida digna de todas y todos sea posible. Por eso la lucha contra el antigitanismo nos impele a todos: nos jugamos la convivencia y un mundo nuevo. "                   (CTXT, 26/06/19)

28/6/19

La maldad del ministro del Interior italiano, Salvini, al manifestar la idea repulsiva de esterilizar a una mujer gitana para que no pueda eludir la cárcel, es el reflejo de una parte de la sociedad europea del S.XXI que se degrada a sí misma al naturalizar las conductas de sus dirigentes...

"La maldad retorcida que encierra el ministro del Interior italiano, Mateo Salvini, manifestando la idea repulsiva de esterilizar a una mujer gitana para que no pueda eludir la cárcel, es el reflejo de que hay una parte de la sociedad europea del S.XXI que se degrada a sí misma al naturalizar las conductas de sus dirigentes. 

Esta naturalización  es un ataque a la tolerancia, la inclusión, la diversidad y la esencia misma de nuestras normas y principios de derechos humanos. En general, socava la cohesión social, erosiona los valores compartidos y puede sentar las bases de la violencia, haciendo retroceder, a pasos agigantados, los valores humanos y las reglas democráticas que todos los Estados avanzados y los países civilizados deben salvaguardar frente a la negación perturbadora del proyecto europeísta, que lleva como epicentro la bandera de los derechos humanos y sociales para todos los pueblos, naciones y culturas que componen nuestro viejo continente. Incluido claro está el pueblo gitano, integrado por más de 12 millones de personas, a las que se les ha negado e impedido históricamente su plena inclusión en esta gran Europa que deshumaniza la pobreza extrema criminalizando a quien desgraciadamente la padecen.

No basta con recordar la memoria de las víctimas del genocidio nazi para conmemorar aquella masacre histórica sin olvidar que el origen de aquella cruel ignominia comenzó con censos, persecuciones, esterilizaciones y deportaciones a nuestro pueblo antes que desarrollara la maldita maquinaria del Holocausto o el Samudaripen, denominado por el pueblo Romaní.

 (...) tenemos que remover las conciencias sobre la existencia de un discurso de odio que está abonando la semilla de la violencia en nuestro presente y en nuestro futuro más inmediato, y que triunfará si permanecemos como si nada ante las amenazas frecuentes de la ultraderecha.

 Una ultraderecha para la que la condición étnica de una mujer, de un ser humano, es tan insignificante en términos de dignidad ante el poder de las mayorías dominantes. Solo tendríamos que cambiar la mirada racista para darnos cuenta de que a Salvini no se le ocurriría reclamar este tipo de medidas, por ejemplo, para los líderes de su propio partido condenados por casos de corrupción. 

Por el contrario, saca el odio a pasear cuando los autores de algún delito pertenecen a las minorías étnicas. Pero lo que más me sorprende no son las malas intenciones del fascismo, sino que tengamos partidos políticos en nuestro país que logren consumar pactos con la extrema derecha -que comulga abiertamente con la ideología de Salvini- con el único propósito de calmar el hambre de gobernar y el ansia irrefrenable de poder, y no se abrumen al blanquear sus discursos contra la igualdad y los derechos humanos. (...)"                     (Beatriz Micaela Carrillo, Público, 27/06/19)

26/2/19

Rita Prigmore, superviviente gitana del nazismo: "Tras el Holocausto el racismo seguía allí y ahora crece de nuevo"




"Conversamos con Rita Prigmore, una mujer gitana que fue sometida a los experimentos biológicos del Nazismo contra la población judía y gitana en los que falleció su hermana gemela.

Ahora, a petición de su madre, centra su activismo en la lucha contra el racismo recordando su experiencia y afirma que "está en manos de los políticos el que no haya cuestiones raciales sobre nadie"               (Moha Gerehiou, eldiario.es, 22/12/18)

9/1/19

Hoy en día, en República Checa, ocurre precisamente lo mismo que Hitler hizo en 1939. Nuevas leyes de ciudadanía, apaleamientos, asesinatos, mutilaciones, skinheads. Solíamos llamarlos Juventud Hitleriana. En el mercado de Brno he visto a los skinheads agredir a los romaníes que vendían fruta... A veces desearía no haber sobrevivido a Lety. ¿Por qué Dios me obliga a vivirlo dos veces?... Lety era campo de concentración para los gitanos en el protectorado nazi de Bohemia y Moravia

"En el lugar donde entre agosto de 1942 y mayo de 1943 se encontraba el campo de concentración de Lety, a 70 kilómetros al sur de Praga, en el que fueron recluidas 1.309 personas de las cuales 327 murieron, hoy encontramos un enorme criadero de cerdos. Fue construido por el gobierno checoeslovaco en los años setenta —cuando la memoria del campo ya se había difuminado— y privatizado tras la caída del régimen en 1989. Desde los años setenta hasta hoy la granja ha estado activa y ha recibido fondos de la Unión Europea.


La razón del rápido difuminarse de la memoria del genocidio es debida a que en Lety se asesinaron a personas de etnia romaní, el pueblo que siempre ha ocupado y sigue ocupando el último escalón de la pirámide social, los márgenes invisibles de la historia.

Tras más de cuatro décadas de funcionamiento, una resolución del Parlamento Europeo de 2005 que imponía el traslado de la granja a otro lugar y años de trabajo por parte de varios activistas para convertir Lety en un lugar de conmemoración, el 24 de junio de 2017 organizaciones de 15 países europeos participaron en Dignity For Lety, una campaña europea lanzada por EGAM —European Grassroots Antiracist Movement— en 2014 para conmemorar a las víctimas del Porrajmos, el Holocausto del pueblo romaní. 

Con la ayuda de la presión de las organizaciones internacionales, en agosto de 2017 el gobierno checo decidió finalmente, tras décadas de debates e infructuosas declaraciones en ocasión de las elecciones, comprar la granja, de propiedad de AGPI, para trasladarla a un lugar más oportuno. En la actualidad el único elemento que recuerda el genocidio es un monumento insignificante construido en 1995 en un lugar cercano pero distinto al de la ubicación del campo y del cementerio.


Mientras que en años recientes el estudio de la materialidad de la Shoah ha despertado el interés de numerosos estudiosos internacionales, muy raramente eso ha ocurrido con el estudio del Porrajmos. 

El primer estudio arqueológico sobre un campo de concentración gitano está siendo realizado en Lety por la Universidad de Bohemia Occidental, que está midiendo los límites del campo y del cementerio, relacionándolos con la ubicación del criadero de cerdos.

Genocidio gitano


Antes de convertirse en 1942 en uno de los dos campos de concentración para romaníes del Protectorado de Bohemia y Moravia —siendo el otro el campo de Hodonín en Moravia, cuyo terreno está hoy ocupado por un hotel— Lety fue un campo de trabajo, construido por el gobierno checoeslovaco en 1939 antes de la ocupación de Checoeslovaquia, el mismo año, por parte de los alemanes y el nacimiento del Protectorado de Bohemia y Moravia. 

De las personas que no murieron en Lety más de 500 fueron enviadas —tras el cierre del campo en 1943— al campo de concentración de Terezín, en Bohemia del Norte, para luego ser transferidas a Auschwitz, donde la mayoría murieron. Alrededor del 90% de la población gitana de Checoeslovaquia no sobrevivió al Holocausto.


Al inicio de los años noventa el escritor estadounidense Paul Polansky halló en el archivo de estado de Třeboň, en el curso de una investigación para conocer sus propios orígenes familiares, unos 40.000 documentos relativos al olvidado campo de Lety. En la época de su construcción el campo se encontraba en terrenos de propiedad de la familia Schwartzenberg, una de las más antiguas y poderosas familias aristocráticas centroeuropeas, cuyos orígenes remontan a la época medieval.

Según la investigación de Polansky, quien me confirmó recientemente sus afirmaciones, fue a petición de la propia familia Schwartzenberg que el campo fue construido, en 1939, en sus terrenos, para poder disponer de mano de obra gratuita. 

A partir de 1942 la familia aristocrática solicitó el envío al campo de personas gitanas, ya que los judíos no eran muy eficientes en los trabajos físicos. Se convirtió, pues, en un campo de concentración de personas de etnias romaní y sinti, consideradas más fuertes y aptas para trabajos pesados.


El campo era gestionado por un comandante y guardias checos —bajo supervisión del régimen nazi— cuya crueldad y brutalidad son descritas por Polansky en su libro de poesía Living Through It Twice: Poems Of The Romany Holocaust [1940-1997] y en el libro de entrevistas a los supervivientes de Lety que Polansky buscó a lo largo de los años noventa Black Silence: The Lety Survivors Speak. 

La historia de la relación entre la familia Schwartzenberg y el campo de concentración es el tema de la novela The Storm [libros no traducidos al castellano].


Las razones por las que después de la guerra las atrocidades perpetradas en el campo cayeron en el olvido fueron principalmente dos: la primera es la etnia de las víctimas, como decíamos, la segunda la corresponsabilidad de los checos en la gestión extremadamente cruel del campo, un hecho que todavía no ha sido ni asumido ni reconocido.


Tras la caída del régimen comunista, al príncipe Karl VII von Schwarzenberg —hijo del beneficiario de la fuerza de trabajo del campo y director entre 1990 y 1992 de la oficina presidencial del presidente Vaclav Havel— se le devolvieron muchas de las tierras y casas que el régimen comunista le había confiscado, convirtiéndolo en la persona más rica de República Checa.

 En la década siguiente será dos veces ministro de relaciones exteriores y en 2013 fue candidato a presidente de República Checa. En la actualidad es diputado del Parlamento checo.


Al trasladar la granja a otro lugar, es indudable que se podrá finalmente honrar la memoria del genocidio en el lugar en el que ocurrió. Sin embargo, el desplazamiento físico del edificio debería ser acompañado por una transformación sustancial, infinitamente más difícil y laboriosa, de la manera de pensar y vivir las relaciones entre culturas distintas.


El racismo hacia los romaníes en República Checa sigue estando hoy en día muy presente, su discriminación es un sentimiento muy frecuente en la sociedad, desde el ámbito educativo hasta el ámbito laboral. Las poesías de Polansky, escritas en los años noventa —en la época del presidente Havel— ofrecen una imagen de los niveles dramáticos a los que llegó la discriminación. 

En junio de 2018 el monumento de Lety, el simulacro de memoria construido en 1995 en una zona distinta a la del campo, fue atacado por grupos de extrema derecha. Algunos políticos han recientemente negado la existencia del Holocausto romaní.

El traslado del criadero y la organización de un lugar de conmemoración representará un maquillaje de la realidad, una operación de estética política. Sólo un cambio profundo en las relaciones humanas junto con un cambio radical a nivel educativo que alimente el diálogo y la cooperación en lugar de la discriminación y la competición, representaría un verdadero cambio hacia otra forma de relacionarse, más allá de (y olvidando) las etnias. 

Una vez realizada esta transformación profunda se podrá realmente honrar la memoria del holocausto romaní. Al contrario, la presencia del criadero de cerdos en el lugar donde ocurrió el genocidio es la representación material de las actuales relaciones entre checos y romaníes.

Vivirlo dos veces


Hoy en día en República Checa
ocurre precisamente lo mismo
que Hitler hizo en 1939.
Nuevas leyes de ciudadanía, apaleamientos,
asesinatos, mutilaciones, skinheads.
Solíamos llamarlos Juventud Hitleriana.

En el mercado de Brno
he visto a los skinheads agredir
a los romaníes que vendían fruta.

Esos skinheads llegan en silencio
con cadenas y bolas
con púas y los golpean.

He visto a un romaní perder
tres o cuatro dientes por culpa de esta nueva
Juventud Hitleriana este verano en Brno.

A veces desearía no haber
sobrevivido a Lety. ¿Por qué Dios
me obliga a vivirlo dos veces?


Paul Polansky | Living through it twice [1997] traducción del inglés de Massimo Paolini


En Modernidad y Holocausto Zygmunt Bauman expone con claridad la conciencia de la urgencia de ver en el Holocausto una de las posibilidades de nuestra época, debido a que existe una relación no sólo superficial entre la tecnología de producción de masas y la ‘visión serial de la muerte’ del campo de concentración.

 “La máquina de la destrucción ‘era’ la comunidad organizada en uno de sus roles específicos”. “Buchenwald pertenece a Occidente tanto como Detroit: resulta imposible rechazar Buchenwald en cuanto aberración casual de un mundo occidental fundamentalmente sano”. 

 Honrar la memoria del campo de concentración de Lety significa también recordar que el Holocausto es una posibilidad, presente y futura, de nuestra modernidad."             (Massimo Paolini, El Salto, 30/12/18)