"María Sierra (Sevilla, 1964) ha publicado un libro capital. Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo
(Arzalia Ediciones, 2020) es un relato exhaustivo no solo de lo que les
ocurrió a los romaníes en los campos de concentración de la Alemania
nazi sino una fotografía detallada del período de entreguerras y de las
dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los gitanos para ver
reconocida su condición de víctimas una vez acabada la Segunda Guerra
Mundial.
Sierra, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de
Sevilla, ha trabajado durante años en este ensayo imprescindible para
entender el alcance de un genocidio estudiado y documentado, pero poco
difundido, al contrario de lo que ha pasado con el Holocausto judío. A
través del estudio minucioso de la documentación disponible y los
archivos, la historiadora explica al detalle las leyes antigitanas en
las cuales se amparó el acorralamiento y el asesinato de medio millón de
gitanos durante la época nazi.
Reivindica la memoria de aquellos
gitanos y gitanas que perdieron la vida en los campos de concentración a
través de la literatura memoralística y el testimonio de aquellos que
sobrevivieron para contarlo. El decreto de Auschwitz para combatir “la
plaga gitana”, las actuaciones preventivas, la separación de las
familias o los experimentos científicos que se hicieron con los romaníes
de diferentes partes de Europa.
A partir de 1941 no solo hubo un aumento exponencial de las
deportaciones, sino que además también se intensificaron los
experimentos y se dio divulgación a teorías supuestamente científicas
que alentaban el odio contra los gitanos aludiendo a su “condición
biológica para la criminalidad y no adaptación”. Nombres como Robert
Ritter o Eva Justin, responsables de parte de esas teorías funestas,
aparecen más que los del propio Hitler o Himmler.
El tercer capítulo quizá sea uno de los más interesantes del libro.
En las páginas centrales se explica cómo los gitanos europeos callaron
durante demasiado tiempo por miedo a las represalias y cómo ni las
administraciones posteriores a 1945 ni la sociedad civil exigieron
responsabilidades a quienes habían perpetrado la persecución de la
minoría romaní.
“A los gitanos se les denegó de manera sistemática y
durante mucho tiempo el reconocimiento de víctimas, argumentando que su
persecución no había sido motivada por temas raciales, se amparaba ante
‘la lucha preventiva contra el crimen’”, se puede leer en una de sus
páginas. Prosigue Sierra: “(…) lo tardío del reconocimiento oficial del
Holocausto romaní en Alemania significa que muchas de las víctimas
habían fallecido sin tener ocasión de conocer reparación”.
La prolongación de la discriminación de los gitanos de manera legal
en Europa se ve hasta la década de los setenta. Solo hace falta
trasladarse a República Checa, país que permitió la esterilización de
las mujeres gitanas hasta bien entrados los setenta. De hecho, después
de 1945, Alemania mantuvo los ficheros criminales del nazismo sobre los
gitanos alemanes. La falta de financiación para la investigación de los
crímenes, la falta de divulgación y la percepción generalizada de que
fueron víctimas de segunda son algunos de los temas que también se
abordan en el libro de María Sierra, que tras años de investigación
consigue crear un relato redondo e imprescindible para entender el
pasado y el presente de las comunidades romaníes en Europa.
¿Qué le impulsa a escribir este libro?
Esa es la gran pregunta que yo misma me he hecho varias veces y ahora
lo veo más claro que al principio. He escrito este libro por varios
motivos, todos ellos relacionados. En primer lugar, porque se trata de
un tema muy importante. Cuando hablo con mis alumnos, siempre les
recuerdo: ‘si tenéis que elegir un tema para un trabajo de
investigación, elegid un tema con sustancialidad, un tema relevante’.
Este es un tema muy importante, porque hablamos de una época en la que
la agresividad rozó la locura, el Holocausto fue una acción extrema que
afectó a la vida de millones de personas. Y no hago solo referencia a
las víctimas directas, sino a una red más amplia. Y por este motivo, es
un tema relevante. En segundo lugar, el Holocausto gitano, y eso no es
cuestionable, es un tema poco conocido y poco difundido.
Eso lo comenta en el libro: hay investigación, pero poca divulgación.
Hay investigación, sí, pero es incomparable con la documentación que
hay acerca de otros aspectos del Holocausto. Lo que me parece
significativo es que haya poca transmisión de la investigación; lo que
yo llamo: conocimiento público, que es aquello que la sociedad manejamos
como ‘una cosa nuestra’. Sobre el Holocausto judío, la mayoría de la
sociedad tenemos un conocimiento interiorizado: hay literatura,
películas y otros productos culturales de masas que han hecho popular la
investigación de los archivos. Eso no se producen en el caso del
Holocausto gitano: hay investigación, pero no se ha transferido al
público. Hay pocos productos culturales, como exposiciones, y no hay
muchas deficiencias en la enseñanza. Hay, por otra parte, una gran
ausencia de referencias que no aparecen en los manuales de historia. Esa
falta de transmisión de conocimiento es muy significativa porque
refleja la pervivencia de una visión que minusvalora el sufrimiento del
pueblo romaní en su momento. Manifiesta, además, la persistencia de un
racismo profundo en las sociedades europeas.
En todos los países. Resulta insoportable.
Y ese es, precisamente, el tercer motivo por el cual he escrito este
libro. El Holocausto romaní parece un fenómeno del pasado, pero en sus
fundamentos culturales aprecio líneas de continuidad. A lo largo de
estos años, no han desaparecido. Aprecio una estigmatización y la
continuación de los estereotipos negativos que estuvieron vigentes
durante la época de entreguerras. Los historiadores e historiadoras
tenemos que ser muy cautos, porque apreciar las líneas de continuidad en
las actitudes y percepciones nos ayuda a advertir hacia el presente y
el futuro.
¿A qué se refiere?
Aún es frecuente la asociación entre delincuencia y modo de vida
gitano. Es necesario que la sociedad sepa hasta dónde puede llegar el
ataque de un colectivo a causa de un estereotipo.
Menciona en el libro algo muy interesante: se ha hablado muy
poco de las confiscaciones a gitanos de clase media. Tierras y otros
bienes que se les expoliaron. Nunca ha habido una compensación por ello.
Territorialmente, hubo confiscación de propiedades, pero no hay un
estudio amplio que haya abordado este tema de manera global. Los
indicios dan para pensar que hubo un expolio importante de propiedades
de familias sinti y romaníes en toda Europa. Habría que contraponer
realidades y hablar de los gitanos como propietarios. Es el caso de la
familia de Philomena Franz, por ejemplo. Ellos eran gitanos seminómadas,
cuando terminaban la temporada, tenían su casa. Esa riqueza patrimonial
fue expoliada.
A lo largo de su estudio también menciona que, en un primer
momento, la comunidad gitana fue tratada como espías, por su condición
de nómada.
Es una de las grandes paradojas, y eso se da incluso antes de la
irrupción del nazismo. Teóricamente, las políticas de finales del siglo
XIX se aplicaron a los gitanos de toda Europa: se pretendía que se
incorporasen a la sociedad a través de la asimilación, pero luego se
adoptaban decenas de decretos que no les permitían asentarse en los
territorios. Eso provocaba desarraigo. Los gobiernos creaban una
criminalidad donde no la había.
Me ha llamado la atención la pretendida ‘reserva gitana de
Himmler’. Según Himmler, “el origen indio de los romaníes los convertía
en portadores remotos pero directos de la ‘arianidad’, y, por lo tanto,
en un objeto de estudio y quizás de protección por parte del nazismo.
Hitler desbarató sus planes. Resulta descabellado.
Esto se conoce muy poco. Ni siquiera yo, que soy historiadora, lo
sabía antes de empezar a documentarme para la escritura del libro. Ese
episodio del nazismo está muy poco trabajado. Himmler puso en marcha el
proyecto, pero nunca se llegó a desarrollar; de hecho, apenas hay
estudios, pero tenemos lo suficiente como para saber que en esta
megalomanía de la raza aria se podían incluir incoherencias de este
tipo.
Menciona mucho en el libro a Robert Ritter, a Eva Justin y a
Mengele, científicos que contribuyeron de manera definitiva y sustancial
a la exterminación con argumentos biológicos. “Había que exterminar a
los gitanos porque llevaban impreso en su ADN la criminalidad y la
vagancia”. Salen más que el propio Hitler, Himmler, Goebbels o Eichmann.
El papel de la comunidad científica me parece muy importante. En el
estudio insisto mucho en ellos porque estas personas se encargaron de
concretar los argumentos científicos para que las instituciones
policiales tuvieran un objetivo claro: exterminar a los gitanos, a los
judíos y a otros colectivos. Es importante destacar y llama la atención
que muchos de estos responsables se mantuvieron en puestos públicos
después de 1945. Hay un conjunto de funcionarios policiales a los que
los sinti se encontraron como testigos técnicos del genocidio: gente que
era responsable directa de su persecución pero que nunca fueron
juzgados. Ahí entra la responsabilidad de los propios sujetos, pero
también de la sociedad. Los argumentos científicos tenemos que
estudiarlos siempre con precaución, porque habitualmente se le da a la
comunidad científica un halo de objetividad y validez que puede no
existir. Eso es peligroso. Luego, todos estos científicos nazis quedaron
desacreditados, pero durante mucho tiempo sus argumentos fueron
creíbles para buena parte de la sociedad.
“El prejuicio tradicional contra los gitanos, reelaborado con
un discurso científico que hablaba de criminalidad genética, se impuso
entre la mayoría de la población. Incluso entre los no simpatizantes del
nazismo”, escribe.
Exacto. En el libro hablo de la responsabilidad civil de lo que les
pasó a los gitanos. Lo que mencionas es un dato impactante. En uno de
los primeros estudios que se hizo sobre el genocidio romaní, se
comentaba eso: es muy expresivo que las sociedades que se consideran
democráticas no reconozcan los fallos internos que tienen. Durante el
nazismo, personas que estaban dispuestas a ayudar a los judíos no
estaban dispuestas a ayudar a los gitanos. En ese sentido, siempre lo
tuvieron más difícil los gitanos que los judíos. Es el discurso de: ‘Si
están en campos, por algo será. Es un grupo que no se va a asimilar a la
sociedad’. Es un discurso que continúa dándose.
“Los estereotipos románticos del XIX están en la base de esta
esquizofrenia cultural que exalta a gitanos ficticios mientras se
persigue a gitanos reales”. Es otra reflexión importante.
Sobre todo, en países como España. Lo gitano se ha incorporado a la
parafernalia de la identidad y la cultura española. Esa visión romántica
del gitano es algo sobre el papel. La sublimación de lo gitano no
existe, y ha sido inventado por una mirada no gitana. De hecho, va de la
mano de la estigmatización de los gitanos reales. Es lo que yo llamo
una esquizofrenia cultural. Identitariamente, lo gitano es irrenunciable
como parte de la cultura española. Forma parte de ella de manera
transversal. Sin embargo, como sociedad tenemos poca capacidad para
luchar contra el racismo banal.
¿Qué espera de este libro?
Que tenga difusión. El libro es un intento de aportar algo, en un
ejercicio de una tarea más amplia y extensa que tiene que tener más
aportes y los recursos de los diferentes agentes culturales y sociales.
En algunos países, como Alemania, si haces un recorrido por los museos,
las asociaciones sinti han podido introducir aspectos sobre el genocidio
romaní. Se entrevé una participación el proceso de reconstrucción de la
memoria. Sin embargo, creo que hay que hacer un trabajo más acumulativo
y continuar insistiendo, cada uno desde el lugar desde el cual pueda
aportar algo.
¿Tiene algún proyecto más entre manos, relacionado con la comunidad gitana?
Voy a intentar publicar las memorias de Philomena Franz. Tenemos
lista la traducción, pero no aún no han sido publicadas. Hay que dar
difusión a la lectura de memorias. La literatura memorialista te
confronta con un sufrimiento particular; con el sufrimiento de una red
familiar. Y esto tiene eficacia a la hora de crear conciencia. También
trabajo mucho desde mi vertiente de docente: siempre introduzco el
Holocausto gitano; y me suelen llamar la atención las reacciones de mis
alumnos, porque muchos no saben nada. Es un universo por reconstruir.
En la parte final del libro explica cómo hubo cierto
“acostumbramiento” por parte de la población gitana. ¿Se acostumbraron,
los gitanos, a ser maltratados?
Esto les pasó tanto a los gitanos como a los judíos. Los nazis
anulaban la capacidad de reacción de los prisioneros. Algo parecido
sucedió durante la posguerra, mientras se les negó cualquier tipo de
reconocimiento como víctimas. Entonces, las comunidades gitanas
callaron, porque creían que no iba a servir de nada hablar. ¿Cómo se
puede, además, hablar delante de las mismas personas que te han mandado a
un campo de concentración?
Hay algunas fechas que fueron importantes para el
reconocimiento de las víctimas del Holocausto gitano: el juicio de
Eichmann en Jerusalén en 1961, los procesos de Auschwitz en 1963, la
publicación del artículo de Franz Calvelli Adorno en 1971 o la
celebración del Primer Congreso Romaní también en el mismo año. Fueron
puntos de inflexión para que la población tomara conciencia de la
barbarie de las matanzas.
A finales de los setenta e inicios de los ochenta fue cuando la
sociedad empezó a conocer que había habido un Holocausto paralelo al de
los judíos, el Holocausto gitano, a pesar de que antes ya había habido
reclamaciones tanto individuales como colectivas. Desde los años sesenta
encontramos a supervivientes que alzaron la voz, pero hasta finales de
los setenta no hubo capacidad social para escuchar esas voces.
Ionel Rotaru fue una figura fundamental para la consolidación
del movimiento internacional romaní, sin embargo, fue desacreditado por
las instituciones.
Es un personaje que me interesa mucho. Fue cuestionado como dirigente
de una asociación gitana en Francia con el argumento de que no era
gitano. Era un argumento del gobierno francés pero que también tuvo eco
en varios grupos gitanos. En mi opinión, tuvo la capacidad de imaginar
un proyecto original para su época, a mediados de los sesenta. Reclamaba
para el pueblo romaní en todo el mundo una serie de derechos.
En el libro hay un proceso de documentación exhaustivo, con muchísimo material. ¿Cómo ha priorizado los datos?
Hay que imaginar el proceso como un acordeón. He recogido la
información durante varios años y mi prioridad era escribir un libro que
fuese comprensible. Para ello fue fundamental concebir la estructura,
que me limitó, en el buen sentido de la palabra. El resumen es la clave
en la transmisión de conocimientos.
A mediados de marzo, cuando la crisis sanitaria actual empezó
a golpearnos, vimos muchísimo racismo en el brote en Santoña. Allí un
colectivo gitano se contagió y el racismo reflotó. Se vio de manera muy
clara en cómo trataron el tema los medios de comunicación. También se ha
demostrado que cuando llega una crisis, los estereotipos y la xenofobia
salen a flote.
Mi ámbito de estudio es la época de entreguerras. En aquel entonces
hubo una crisis económica brutal y, por supuesto, estaba detrás de las
fobias sociales. Estamos hablando de miedos sociales que se construyen
en determinados momentos históricos y contextos: se construyen enemigos
para buscar responsabilidades. Y normalmente, esos enemigos son los que
son diferentes a la sociedad mayoritaria, ‘el otro’. Este mecanismo
social viene dado desde dentro y desde fuera de la sociedad. Hay grupos e
instituciones que a lo largo de la historia han tenido la capacidad de
buscar chivos expiatorios, que siempre han sido los colectivos más
vulnerables. Ese mecanismo ha funcionado y continuará funcionando,
porque estos colectivos han sido expropiados del derecho a definir su
propia imagen. Desde hace décadas muchas asociaciones romaníes intentan
construir otro tipo de imaginario, pero es una tarea difícil y lenta, y
tiene que luchar en contra de siglos de acumulación de imágenes
negativas.
Tengo que terminar esta entrevista preguntándole sobre la
actualidad política. El auge de la extrema derecha en Europa y el resto
del mundo atemoriza, sobre todo a las minorías. Es poco probable que
pase lo que pasó durante el nazismo, pero se oyen ecos de aquellos
discursos.
Es ciertamente terrible. El resurgir de la extrema derecha, los
ultranacionalismos, el racismo y la xenofobia llegan en un momento
histórico en el que los gitanos aún no habían podido superar el racismo
clásico originado durante los siglos XIX y XX. El racismo
institucionalizado es algo muy complicado de desmontar, pero parecía que
las instituciones estaban dispuestas a considerar que había habido
racismo contra los gitanos y que había que fomentar unas políticas de
igualdad. Cuando esto parecía que podía suceder, llega esta segunda ola.
La situación me parece preocupante. El racismo antigitano es el más
arraigado de todos los racismos en el pensamiento occidental. Aún no se
había desarraigado cuando ha empezado una nueva ola de control de
fronteras, cuestionamiento de los derechos fundamentales etc. Obviamente
eso no solo afecta a la comunidad gitana. Habrá que luchar para no
dejar que pase y continuar luchando contra el racismo." (Entrevista a María Sierra, Queralt Castillo Cerezuela, la Marea, 08/04/21)