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16/10/22

Los españoles en Mauthausen vistos desde la lógica nazi: "Estos prisioneros nunca importaron al franquismo"

 "Una investigación recién publicada atestigua científicamente los nombres de 4.435 asesinados por el régimen nazi en Mauthausen. Aquí, los autores reflexionan sobre el tratamiento que estos españoles recibieron durante su éxodo: desde Francia hasta Alemania, para terminar en Latinoamérica o retornar al país galo.

En marzo de 1942 tan solo sobrevivían a Mauthausen 300 españoles. En los ocho meses previos, el régimen nazi asesinó a más de cuatro millares de españoles que, años antes de terminar en el campo de concentración, huyeron a Francia para escapar del nuevo régimen franquista que se instauraría en su país natal. Los historiadores Gutmaro Gómez y Diego Martínez publican la mayor investigación realizada hasta el momento en 'Esclavos del Tercer Reich. Los españoles en el campo de Mauthausen' (Cátedra, 2022), en la que ahondan sobre el destino de estos prisioneros que jamás perdieron su nacionalidad, en Francia fueron tratados como "indeseables" y sus últimas fuerzas las dedicaron para saludar a las fuerzas antifascistas que liberaron el campo austriaco.

¿Cuántos españoles habéis podido atestiguar que fueron internados en Mauthausen?

Diego Martínez: El tema de las cifras siempre es muy complejo por la gran dispersión de fuentes que hay. La historiografía maneja un total de 7.251 nombres de españoles que pasaron por el campo de concentración. De los fallecidos, estimados en 4.750, se conocen todos los nombres, aunque de los que fueron allí deportados es más complicado. De todos ellos, nosotros hemos cotejado con fuentes inéditas los nombres de hasta 4.435. De todas formas, es algo complicado de saber de forma exacta porque hay fallecidos que no aparecen o internos no inscritos.¿Cómo llegan los españoles a Mauthausen? ¿Por qué terminan internados?

Gutmaro Gómez: La mayoría proceden de la huida desde España al final de la Guerra Civil, los restos del ejército de Catalunya o de la Batalla del Ebro. Sabemos que a Francia llegan medio millón de españoles en un momento complicado para ese país, donde el frente popular deja paso a un gobierno de derechas que resuelve la cuestión de los refugiados españoles de forma autoritaria. Estos 500.000 españoles nunca tienen el estatus de refugiados y son tratados como indeseables, la categoría jurídica ligada a los nómadas, a los apátridas.

Cuando se produce la ocupación nazi de Francia, muchos españoles ya están censados según su categoría política. El eje Madrid-París-Berlín comparte políticas y métodos, en este sentido. Así, tienen dos métodos para apresar a los españoles en Francia que huyeron de Franco: primero porque saben dónde están y son entregados a la Gestapo o el ejército alemán, y luego porque otros muchos ya estaban incorporados a la legión extranjera francesa en batallones de trabajo, pero también en los Regimientos de Marcha de Voluntarios Extranjeros y Compañías de Trabajadores Extranjeros.

DM: Aquí es importante la figura de la custodia protectora vigente en el nazismo. A la mayoría los detienen como prisioneros de guerra, así que son destinados a los 'Stalags', campos para este tipo de prisioneros. A Mauthausen llegan el 6 de agosto de 1940.

GG: Esa custodia antes había recaído en checos, daneses o polacos. Es una máquina perfecta para la represión para todos los considerados como enemigos del III Reich.

A estos españoles, ¿el Estado franquista los considera como tal?

GG: Sabemos que en España se conoce el paradero de estas personas y que desde Alemania les preguntan cantidad de veces cómo actuar con ellas por vía diplomática, así que sí son consideradas como españolas. La respuesta desde España es nula, silencio administrativo. Estos prisioneros nunca importaron al franquismo. ¿Y quién estaba en la embajada española de Berlín en esos momentos? Eugenio Espinosa de los Monteros. La presión que sí ejerce a España para que sean deportados al país la hacen con Francia antes de la ocupación, con Vichy.

DM: Hay que recordar que la custodia protectora la Alemania nazi también la aplica de forma interna. Es una figura jurídica que permite al Estado alemán escoger a una serie de personas para llevarlas a los campos de concentración. ¿Por qué España no tiene nada que decir en el caso de los españoles en Francia? Porque Francia es territorio ocupado y los prisioneros los gestionan los nazis.

Hay un apartado de la publicación llamado 'Manual de castigo'. ¿Existía este documento como tal?

DM: Sí, existió, lo crearon en el campo de Dachau. Son directrices que básicamente fijan el funcionamiento de un campo de concentración. No podemos entender el III Reich de 1939 como el de 1943. Es decir, Alemania no se acostó con Weimar y se levantó con un Reich nazificado al extremo. Por eso, los primeros crímenes que cometieron levantaron ampollas y algunos fiscales investigaron lo que sucedía en estos centros. Eso puso contra las cuerdas a algunos guardias, pero también al propio Himmler que llegó a ser encarcelado.

Con el manual conseguían que hubiera una normativa que amparara lo que hacían en los campos. Oficialmente los guardias no podían maltratar sistemáticamente a los prisioneros, pero en realidad tenían carta banca para hacer con ellos lo que quisieran.

GG: En los campos, quien manda son las SS por encima del Estado. Nosotros, en el libro, lo que hacemos es entender la inserción de los españoles en ese mundo, que hasta el momento se había hecho a través de la propia experiencia de los internados y no desde la lógica y la forma de actuar de los nazis.

'Demasiados muertos, pocos trabajadores' es el título de otro apartado. ¿Qué relación guarda esto con el desarrollo de la Guerra?

GG: Cuando empiezan a perder la Guerra, a partir de 1942, todo lo vuelcan al esfuerzo de la contienda y adaptan la administración de los campos para que la producción aumente, al igual que mejoran los tratados con las empresas privadas.

DM: De los 4.400 españoles fallecidos que conocemos, todos menos 300 murieron entre agosto de 1941 y marzo de 1942. Estos no están sometidos al rendimiento del trabajo, sino al trabajo como castigo. Los españoles que sobreviven sí son apreciados en el campo como grandes resistentes, porque el campo no deja de recibir gente que en una semana probablemente muera.

 Mauthausen, un campo destinado a los que consideraban irredimibles, como mendigos o alcohólicos, explica muy bien el exterminio por el trabajo, que sobre todo se da en la primera mitad de la guerra, aunque siempre se haya pensado que esto sucede al final. Al fin y al cabo, como en los últimos años quieren aumentar la producción de guerra, los nazis deben reducir la tasa de mortalidad. Y al menos inicialmente lo consiguen, aunque lejos de hacerlo mediante un mejor trato. El descenso se hace efectivo por la aparición de campos subsidiarios que acogen a personas de otros campos más duros, aunque en los últimos meses de la guerra estos también se convierten en auténticas trituradoras.

¿Alguno de los españoles internados fue utilizado como cobaya en experimentos científicos?

DM: Especialmente fueron utilizados para la experimentación con vacunas, como la del tifus y el cólera. Nosotros, en el libro, contextualizamos esta forma de hacer para que no parezca un caso aislado y el relato sea mucho más fidedigno de lo que fue: una red de campos de concentración que actuaban organizados y con las mismas estrategias.

Los españoles allí internos veían cómo poco a poco se les iba exterminando. ¿En algún momento albergaron algo de esperanza?

GG: De sus testimonios quedan pocos. Conocemos lo que escriben después, porque muchos supervivientes tienen la urgencia de contar lo que ha pasado. Prisciliano García Gaitero, cuyo caso personal vertebra el libro, cuenta cómo uno de los compañeros con los que cruzó los Pirineos hacia Francia fue mordido por un perro de las SS. Esa forma de vida te destroza la condición humana. En sus palabras se aprecia el abatimiento sin lugar a dudas. A este hombre, al final un médico le diagnostica y por ciertas circunstancias recibe ayuda y termina en Dachau, un campo algo mejor que Mauthausen en el que varios brigadistas le cuidan.

Pero no había mucha esperanza en el campo, al contrario. La gente se dejaba morir durante días, sobre todo cuando ves caer a esas personas con las que a lo mejor has luchado en la Guerra Civil española, terminas en unos barracones en Alemania sin saber muy bien cómo, y mueren. Eso lo vemos en los números. Cuando sumas el porcentaje de ratios de muerte en los grupos de afinidad, te das cuenta de la tragedia.

DM: La mayoría de ellos eran muertos vivientes. Los únicos que tenían algo de energía vital eran los capos de los campos de concentración. Para los que estaban más debilitados, a los que llamaban "musulmanes", prácticamente les era imposible seguir trabajando. La mayoría de ellos funcionaba por inercia, y el que no tenía un puesto privilegiado o algún conocido que le ayudara, moría, porque era imposible aguantar más de tres meses trabajando en la cantera de Mauthausen en esas condiciones.

Sí tenían algunos reductos. El sexo dentro de los campos de concentración, por ejemplo. Según cuentan, muchos no entendían la masturbación como una especie de necesidad biológica, sino que lo narraban como un acto de resistencia. Era una forma de sentirse vivos.

Es famosa la pancarta que recibió a las tropas liberadoras en Mauthausen realizada por españoles antifascistas. Tras la liberación, ¿cuál fue el destino para esos españoles ya marcados como antifascistas?

GG: Es un buen final que también es el principio de otra historia. Que esa pancarta esté en español demuestra la supervivencia y el grado de visibilidad que tenían en el campo.

DM: Por otra parte, tras la liberación del campo, las autoridades aliadas no contemplan otra cosa que la repatriación de los internos, lo que supone algunos problemas, como sucede con los españoles o aquellos que deberían retornar a países en ese momento bajo la órbita soviética, como los polacos.

En septiembre de 1945 se producen los primeros suicidios por esta cuestión y el alto mando aliado se da cuenta de que no puede repatriar a todo el mundo de manera forzosa, así que un millón de personas aproximadamente se queda sin saber dónde ir. Ese esfuerzo lo asume la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, que en julio de 1947 es reemplazada por la Organización Internacional para los Refugiados. De hecho, la evolución que se produce de las definiciones dadas a las figuras de "desplazado" y "refugiado" es la semilla de su concepción actual.

Se dio el caso de que algunos españoles accedieron voluntariamente a volver a España, un total de 69, aunque ayudaron a 795. La mayoría se exilió, algunos se quedaron en Francia y otra buena parte marcha a Latinoamérica, sobre todo en Argentina pero también en otros muchos países.

GG: Esa dispersión ha contribuido que no se conozca bien esta historia. Tiene mucha trascendencia porque la liberación de Mauthausen es recibida en español, pero eso no se llega a producir en España en ningún momento por la larga duración del franquismo, y es una de las cosas que también nos separa del modelo de memoria de Europa."               (Guillermo Martínez, Público, 09/10/22)

27/1/22

Ochenta años de Wannsee: cuando los nazis planificaron el exterminio de los judíos... la civilización moderna no fue condición suficiente para el Holocausto, pero sí fue su condición indispensable... El Holocausto no debe ser entendido como la antítesis de la civilización moderna o una desviación del camino del progreso, nos plantea Bauman, sino una de sus posibilidades ocultas... Permanece como una amenaza en un mundo en el que se han multiplicado los medios y tecnologías para el tipo de dominación que los nazis llevaron a su expresión más extrema

 “Coge tu bañador y vámonos a Wannsee”. Así reza el estribillo de Pack die Badehose ein, una pegadiza canción alemana de la década de 1950 sobre los alegres veranos en el popular balneario en el suroeste de Berlín. Pero el lago Wannsee también es el testigo mudo de un acontecimiento ominoso sin precedentes.

 En sus orillas está la mansión en la cual se celebró el 20 de enero de 1942 la Conferencia de Wannsee, una reunión de trabajo que tenía un único punto en el orden del día: discutir y formalizar la implementación de la llamada “Solución final de la cuestión judía”, la deportación y asesinato de la población judía de Europa. La reunión fue convocada por el jefe de la Oficina de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, y acudieron oficiales y funcionarios de alto rango del Partido Nazi, las SS, la cancillería y de diferentes ministerios del gobierno alemán y las administraciones de los territorios ocupados en el Este de Europa.

 Entender el significado de la Conferencia de Wannsee requiere situarla en un continuum de medidas graduales de estigmatización, exclusión y violencia contra la población judía, que se remontan a los primeros años del régimen nacionalsocialista en Alemania. En 1935 se adoptan las leyes raciales de Núremberg, las cuales distinguen entre “judío”, “mestizo” (Mischling) y “de sangre alemana o afín” en función de un criterio genealógico.

 Se establecen ya aquí los marcadores específicos de clasificación grupal que permitieron la discriminación y precedieron a la acción propiamente genocida. En noviembre de 1938, el régimen nazi orquesta un pogromo cuyo balance es la destrucción de cientos de sinagogas, saqueos, asesinatos, arrestos y trasladados a campos de concentración (todavía no existen los campos de exterminio). Con el comienzo de la guerra mundial diez meses mas tarde, Hitler no solo pretende expandir territorio sino también establecer un nuevo orden racial en Europa.

 En 1941, durante la invasión de la Unión Soviética, las Einsatzgruppen, las unidades móviles de ejecución, empiezan a fusilar en masa a las poblaciones judías que encuentran en su avance. Cuando se produce la Conferencia de Wannsee, más de medio millón de judíos ya habían sido asesinados. Los historiadores del Holocausto coinciden en que la decisión de asesinar a la totalidad de los judíos de Europa había sido tomada pocos meses antes por parte de Hitler y el Reichsführer de las SS Heinrich Himmler, aunque no existe un documento que lo pruebe de forma explícita.

En Wannsee, Heydrich informó de esta decisión, se ponía al mando e invitó a los participantes a resolver diferencias competenciales con el fin de sistematizar y extender el genocidio hasta el último rincón de Europa. Se dirimen aspectos jurídicos —cómo tratar a judíos y Mischlinge de primer y segundo grado, así como a los “matrimonios mixtos”, cómo confiscar sus bienes— y se formularon propuestas concretas de “soluciones” al problema, es decir, la eficiencia de los distintos métodos de asesinato. Entre los 15 participantes estaba también el oficial de las SS Adolf Eichmann, quien luego se ocupará de la logística de la deportación de comunidades enteras a los campos de exterminio en la Polonia ocupada. Tras la reunión, que duró 90 minutos, se sirvieron bebidas y los comensales compartieron un almuerzo.

 La Conferencia Wannsee también tiene una lectura que trasciende a la historia específica del genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial. El sociólogo Zygmunt Bauman, fallecido hace cinco años por estas fechas, señaló que el Holocausto ha descubierto una cara de la misma sociedad moderna cuya otra cara más familiar admiramos tanto. En Modernidad y Holocausto (1989) Bauman desarrolla una tesis que el filósofo Walter Benjamin (1892-1940) había planteado antes del Holocausto casi como una premonición: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”. 

Y las actas de la conferencia de Wannsee, redactadas puntillosamente por Eichmann, no dejan lugar a dudas. Estas reflejan la planificación metódica, la tecnología disponible, el cálculo de costes y la logística de evacuación y transporte. En definitiva, la “Solución final” es emprendida como tal, con la mentalidad de resolución de un problema.

 Bauman remite en su argumento a un clásico de la sociología, Max Weber (1864-1920), quien predijo un proceso cada vez mayor de racionalización burocrática en la vida social moderna, una “jaula de hierro” de la que no habría escapatoria. “La burocratización ofrece la posibilidad óptima de llevar a cabo el principio de especialización de las funciones administrativas”, escribe Weber, “según consideraciones puramente objetivas y reglas calculables y sin consideración a personas”.

En una de las entrevistas realizadas por Claude Lanzmann para el documental Shoah (1985), Franz Suchomel, oficial de las SS destinado al campo de exterminio de Treblinka, describe con precisión y frialdad escalofriantes el procedimiento de llegada al campo y “tratamiento” de las víctimas (un eufemismo que también se emplea en las actas de la Conferencia de Wannsee). 

Auschwitz era “una fábrica”, dice Suchomel, con capacidad de “acabar con 3.000 personas en dos horas”. “¿Y Treblinka?”, pregunta Lanzmann. “Treblinka era una cadena de producción de la muerte pequeña pero eficiente”, responde Suchomel. El procedimiento de exterminio reproducía la lógica de la productividad del moderno sistema fabril. Solo que aquí no se producían bienes, sino cadáveres.

 Bauman reconoce que la civilización moderna no fue condición suficiente para el Holocausto, pero sí fue su condición indispensable. Nos dejó por tanto una lección inquietante ya que sacó los crímenes nazis del ámbito de lo excepcional.

 En línea con las ideas de Hannah Arendt en el libro Eichmann en Jerusalén, los perpetradores de estos crímenes no son necesariamente sádicos o fanáticos cegados por el odio, sino meros funcionarios con afán de ascender en la escala administrativa, técnicos y especialistas que ejecutan órdenes en sociedades con una población obediente e indiferente.

El Holocausto no debe ser entendido como la antítesis de la civilización moderna o una desviación del camino del progreso, nos plantea Bauman, sino una de sus posibilidades ocultas. Auschwitz, por tanto, no desapareció de la faz de la tierra con la destrucción del nazismo en 1945. Permanece como una amenaza en un mundo en el que se han multiplicado los medios y tecnologías para el tipo de dominación que los nazis llevaron a su expresión más extrema.

Actualmente, la mansión en las orillas del Wannsee es un memorial y centro educativo. Quien lo visita se asoma a un abismo. Por la magnitud del crimen que allí se concibió y porque las condiciones de posibilidad de aquel genocidio nos siguen acechando."                  (Alejandro Baer, El País, 20/01/22)

 

18/1/17

El Siglo de los Campos de Concentración... de exterminio...

  Mapa de Europa. Campos de concentración nazis. (Fuente: Wikipedia)

"¿Por qué definir un siglo como el Siglo de los Campos?", se pregunta sorprendido el escritor José María Mendiluce en el prólogo a la edición española del libro Los campos de la Muerte. Cien años de deportación y exterminio. 

Joël Kotek y Pierre Rigoulot (Salvat, 2001 ), en lugar de calificarlo con algún matíz más positivo, como el siglo de la aviación, de la medicina, la televisión, etc. Basta con investigar un poco para darse cuenta de que el Siglo XX fue el siglo del horror, de la deportación y de los campos. 

 Desde su comienzo y hasta su final, millones de personas han sido torturadas, internadas a la fuerza entre alambradas, masacradas, aniquiladas, borradas de la faz de la tierra. A veces, por motivos religiosos, otras, por motivos políticos, y en muchas ocasiones, tan solo porque estaban allí en ese momento.

 Las guerras del Siglo XX se han visto reforzadas por una inmensa sed de venganza y un odio sin parangón en la historia. El conflicto se ha extendido más allá del campo de batalla. La guerra ha seguido en los campos de concentración. 

No se han respetado ni las leyes ni los derechos de las personas. Sobre los supervivientes ha recaído el odio y la venganza, y muchos de ellos han servido de "terapia", para descargar sobre su persona la arrogancia, la prepotencia, la sensación de superioridad y el "rol" de señores; pero también para verter en ellos la impotencia, la frustración y la pérdida de todo, incluida la humanidad.

Los campos de concentración nacionalsocialistas (somos conscientes de la existencia de los gulag soviéticos o de los campos construidos en la antigua Yugoslavia durante la "guerra de los balcanes", por citar solo algunos), sobre los que nos vamos a centrar, han sido catalogados atendiendo a su naturaleza o fines (exterminio, reeducación, trabajo, internamiento, etc). Intentaremos, de manera breve, acercar al lector las características que los hacen diferentes, pero al mismo tiempo tan iguales. 
Kotek y Rigoulot, nos proporcionan una sencilla definición de lo que puede denominarse como campo de concentración.
 Se trata de "un terreno rápida y sumariamente equipado, por lo general cerrado a cal y canto en el que se hacinan, en condiciones precarias y poco respetuosas con los derechos elementales, individuos o categorías de individuos, supuestamente peligrosos o nocivos". 
 Los campos de concentración se convierten en lugares, casi siempre improvisados, en los que se pretende reubicar a un grupo determinado de personas, de una índole política, social o religiosa determinada. En muchas ocasiones, estas instalaciones de carácter temporal, eran construidas o acondicionadas por los propios detenidos.
En este punto se hace necesario diferenciar la prisión del campo de concentración. La diferencia fundamental radica en el marco legal. En la prisión son internadas aquellas personas que han recibido un juicio según las leyes, debiendo acatar una resolución tomada por un tribunal.

 Los detenidos en un campo de concentración forman parte de los sospechosos, de las personas que entran a formar parte de un perfil calificado como nocivo para la sociedad y que no tienen por qué haber cometido ningún crimen, sino que son sospechosos de poder llegar a cometerlo, según el régimen o gobierno imperante.

 Los campos de concentración constituyen un medio extraoficial de reprimir y aniquilar a hombres y mujeres no afines a una causa social o gubernamental. Dentro de sus límites no existe la justicia, solo verdugos y víctimas.

 En la Alemania nazi, tras el incendio del Reichstag, el 28 de febrero de 1933, más de 12.000 personas fueron arrestadas de manera arbitraria. Fue entonces cuando se promulgó el decreto Schutz von Volk und Staat (para proteger al pueblo y al Estado), que permitía arrestar e internar tras las alambradas a toda persona susceptible de oponerse al régimen, sin tener que juzgarla. Este confinamiento, va destinado a personas en principio "inocentes", por lo que se califica de "preventivo". En el campo de Dachau, inaugurado en 1933 puede leerse Schutzhaftlager (campo de prisión preventiva).

Campos de concentración de Estado:

A partir de 1933, se implantó el sistema de concentración propiamente dicho en la Alemania nazi, el de los llamados "campos de concentración del Estado" (Staattlinche Konzentrationslager), designados oficialmente por las siglas K.L (y familiarmente, K.Z). La Gestapo se encargaba de seleccionar a las víctimas que debían ser encarceladas y las que debían ser liberadas, mientras que las S.S, se encargaban de la custodia y la administración de los campos.

Campos de concentración: Funciones.

1.- Aislar de manera preventiva a un individuo o grupo de personas considerados sospechosos o incluso nocivos para el país. Se trata de personas que no han recibido un juicio y que por lo tanto se consideran no culpables.

2.- Castigar y corregir a través de un programa educativo, a los adversarios ideológicos.

3.- Controlar a la población social a través del terror.

4.- Beneficiarse de una mano de obra esclava.

5.- Reestructurar la sociedad. Los campos de concentración filtrarían y seleccionarían a una masa social destinada al trabajo y a la servidumbre, que estaría dominada por un reducido grupo de individuos.

6.- Eliminar concienzudamente los elementos considerados racial o socialmente perjudiciales.

Clases de campos de concentración:

1.- Campos de internamiento. Su función es la de aislar temporalmente a individuos sospechosos o peligrosos. Durante los conflictos llegan a albergar a los compatriotas de los enemigos (sean o no afines a los ideales de estos últimos). Estos campos no suelen hacer uso de los trabajos forzados, ya que su fu finalidad es prevenir y no producir.

2.- Campos de concentración. Estos campos reunían todas las características que hacían terribles estos lugares de confinamiento: Pretendían reeducar, explotar a los internados mediante el trabajo y finalmente aniquilarlos. Sometidos al terror y a un sistema represivo brutal, para los internados se crea un mundo aparte, en el que el tiempo transcurre de modo especial, entre tormentos y sufrimiento.

3.- Campos de exterminio. Creados para administrar una muerte inmediata a sus "huéspedes", estos centros, paradójicamente, rompen con la propia denominación de "campo de concentración". Su única función es la de exterminar, nunca la de alojar, a las victimas que pasan por sus dependencias.

Los grandes campos y sus comandos."              (Biblioteca de la deportación)        

24/3/15

La tecnología de IBM fue la que sirvió a Hitler para organizar, distribuir, explotar y eliminar a millones de judíos y prisioneros de guerra

 El sello "Hollerith" indica que los datos de este prisionero español han sido procesados por IBM

"Si hubo un grupo de cómplices del nazismo que se fue “de rositas” tras el final de la II Guerra Mundial, ese fue el de los empresarios. Hombres de negocios alemanes, austriacos, franceses y también estadounidenses que se enriquecieron bajo el capitalismo fascista que impuso el III Reich.

 Nombres tan conocidos como Bayer, Ford, Standard Oil o Siemens colaboraron activamente con Hitler y no dudaron en utilizar como trabajadores esclavos a los prisioneros judíos, soviéticos o españoles de los campos de concentración. (...)

Hitler y el resto de su camarilla eran grandes "hombres de negocios". En sus mentes pesaban más el dinero y las cuestiones económicas que su deseo de exterminar a los judíos. Su modelo de capitalismo fascista, pese a estar basado en una fuerte intervención estatal, resultó muy atractivo para los empresarios alemanes y también para importantes magnates extranjeros, principalmente estadounidenses.

Las SS crearon sus propias empresas para beneficiarse del trabajo esclavo de los millones de prisioneros capturados por el ejército alemán. La DEST y la DAW fueron las dos más destacadas. El objetivo de Himmler era que, gracias a estas compañías, las SS pudieran jugar un papel predominante en la economía alemana, incluso en el escenario de paz que se abriría tras la guerra. 

Las empresas de armamento, automoción, productos farmacéuticos y tecnología no podían contar con los jóvenes alemanes para trabajar en sus fábricas porque estos se encontraban en los frentes de batalla. Los prisioneros de los campos y los trabajadores forzosos se convirtieron en la mejor opción y también en la más barata. El negocio de los campos era redondo.

 La DEST suministraba los trabajadores, las SS ofrecían la seguridad y las empresas aportaban el resto. En el reparto de papeles todos ganaban. Todos menos los deportados, que morirían a millares en las canteras y las fábricas controladas por el emporio de las SS y por las empresas privadas alemanas y norteamericanas.

La lista de firmas alemanas que colaboraron y se beneficiaron de las políticas bélicas y genocidas del régimen nazi es interminable. Desde gigantes de la automoción hasta pequeñas empresas familiares e incluso particulares que utilizaron prisioneros de los campos de concentración para cultivar sus tierras o trabajar en sus granjas. Estas son algunas de las más destacadas:

IG Farben Este consorcio fue el que mejor exprimió todas las opciones de negocio que facilitaba el régimen nazi. Fabricó combustible y un tipo de caucho sintético llamado "Buna" para el ejército alemán, suministró los productos químicos para la exterminación masiva de "enemigos" del Reich y se aprovechó del trabajo esclavo de miles de prisioneros de los campos. Tres empresas químicas y farmacéuticas constituían el corazón de IG Farben: Bayer, Basf y Hoechst.

Audi empleó en su cadena de producción a 20.000 trabajadores forzados.

Daimler utilizó a gran escala trabajadores forzados para la fabricación de automóviles.

Bosch empleó a unos 20.0000 trabajadores forzados.

Volkswagen colocó en gran parte de su producción a trabajadores forzados.

Krupp (actualmente  Thyssenkrupp). Krupp tuvo la consideración de empresa modelo del nacionalsocialismo y empleó a más de 75.000 trabajadores forzados.

Deutsche Bank. El historiador Harold James analizó el periodo nazi en 1995. James tildó la actitud del banco en aquella época como "complaciente".

Lufthansa autorizó al historiador Lutz Budraß la realización de un estudio sobre su participación en la creación de la Luftwaffe. Los datos oficiales del estudio no se han publicado todavía. La pregunta permanece en el aire.

Bertelsmann encargó al historiador Saul Friedländer un estudio que fue presentado en 2002. El gigante de los medios de comunicación se aprovechó del régimen nazi de forma masiva.

Quandt (propietaria de  BMW). Según la investigación llevada a cabo por el historiador Joachim Scholtyseck, Günther Quandt se enriqueció en el periodo comprendido entre 1933 y 1945. La empresa del magnate utilizó a 50.000 trabajadores esclavos.

Oetker abrió sus archivos en 2007 tras la muerte del patriarca, Rudolf August Oetker. El historiador Deren Erkenntnisse reveló que Rudolf A. había pertenecido a las Waffen-SS y colaborado activamente con el régimen nazi.

Adidas y  Siemens han permitido que se investiguen sus archivos. Se sabe que, ambas empresas, emplearon a miles de trabajadores esclavos.
Cómplices en Detroit y Nueva York

Historiadores y economistas coinciden en que a Hitler le habría resultado imposible lanzarse a la conquista de Europa sin el apoyo de cuatro grandes multinacionales estadounidenses: Standard Oil, General Motors, Ford e IBM.

General Motors. Fabricó miles de camiones militares en sus factorías de Alemania. Su modelo bautizado con el nombre de Blitz, Relámpago, sirvió a Hitler para entrar con sus tropas en Austria. 

La admiración del Führer por la tecnología de Opel y su agradecimiento por contar con su colaboración le llevó a conceder la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana a su director ejecutivo, James Mooney. GM utilizó a prisioneros de los campos como trabajadores esclavos.

Ford. El fundador de la compañía, Henry Ford, era ya conocido a finales de los años 20 por su profundo antisemitismo. Hitler admiraba profundamente a Ford, del que llegó a decir que era su inspiración. 

Ese amor era mutuo y permitió que la empresa automovilística estadounidense se convirtiera en el segundo productor de camiones para el ejército alemán, superado únicamente por Opel-General Motors. 

Henry Ford también fue distinguido por Hitler con la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana en 1938. Tras la invasión de Francia, la empresa estadounidense continuó trabajando para el Reich y se negó a fabricar motores para los aviones de la Royal Air Force británica. Al igual que GM se aprovechó del trabajo esclavo de miles de deportados.

Standard Oil Le proporcionó a Hitler el combustible y el caucho necesario para emprender la invasión de Europa. El Gobierno nazi, consciente de que las importaciones de petróleo se reducirían con el estallido de la guerra, decidió fabricar combustible sintético. 

El complejo proceso de elaboración no habría sido posible sin la alianza entre el consorcio alemán IG Farben y la Standard Oil norteamericana. Los buques cisterna de la Standard suministraron combustible a barcos alemanes en Tenerife y otros puertos de la España franquista.

11/3/13

Fue mucho peor... el sistema nazi llegó a tener 42.500 guetos y campos

"Fue mucho peor de lo que imaginábamos. Y estamos hablando del infierno.

Lo que tienen de más terrible los resultados de las nuevas investigaciones sobre la red de guetos y campos que cubría como una telaraña el territorio del III Reich es que cuantifican en su real medida la escala de la atrocidad. Y los números superan con mucho lo que creíamos.

Hasta cierto punto resultaba tranquilizador pensar que el genocidio nazi, la negra guinda de la barbarie, se había concentrado en un número relativamente muy limitado de lugares generalmente apartados: Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Majdanek, Chelmno, Belzec, Sobibor... La geografía de esa extrema maldad parecía reducirse a una serie de puntos muy localizados, de los que teníamos buena información.

 De alguna manera, como con los círculos del averno de Dante o la lista de los cinco ríos del Hades —Aqueronte, Cocito, Estigia, Lete y Flegetonte—, concentrar el espanto en nombres conocidos y números asumibles producía cierto alivio.

De esa topografía del terror —por usar la expresión berlinesa— que manejábamos hasta ahora, formaban parte, por supuesto, también los guetos de Varsovia, Lodz y Vilna; campos de concentración diabólicos donde se aplicaba la eliminación sistemática por trabajo y malnutrición como los de Bergen-Belsen, Buchenwald, Mauthausen, Dachau o Ravensbrück, y emplazamientos de asesinato masivo como el barranco de Babi Yar. 

Todos estos nombres configuraban una oscura constelación sobre el territorio de Europa, bien visible e identificable. Incluso la inserción de lugares menos conocidos popularmente, como las espeluznantes instalaciones de fabricación de cohetes de Mittelbau-Dora, donde medraban Speer, Kammler y Von Braun, no alteraba especialmente este diseño.

Ahora todo eso salta por los aires. Es cierto que en el fondo sabíamos que había más. Pero realmente, los números espantan. Ha resultado que en la Europa de Hitler no existía la Comarca y todo era Mordor. La red era tan tupida que prácticamente, muy borgianamente, era el territorio. ¡42.500 guetos y campos! 

Como explica muy gráficamente uno de los autores de la investigación, uno no podía literalmente ir a ningún lugar sin pasar por un campo de trabajo forzado, un campo de prisioneros, un campo de concentración...

La nueva lista incluye lugares que entran en las clasificaciones habituales del genocidio y también otros que precisan de categorías diferentes. Los llamados lugares de “cuidado” en los que las embarazadas eran forzadas a abortar, burdeles en el que se esclavizaba a las mujeres para tener relaciones sexuales con personal militar alemán, estaciones de paso del viacrucis de los deportados tan criminales como los destinos, espacios pequeños de maldad grande...

 La máquina de vejar, torturar y matar no solo estaba mucho más extendida sino que era mucho más variada en sus formas.

Los lugares que han nutrido nuestras pesadillas y la iconografía de la literatura, el arte y el cine constituyen solo una minúscula fracción de los que existieron. Hemos de revisar nuestra imagen del infierno. Y desde luego, nadie puede decir que no supo de su existencia, porque estaba en todas partes."            ( , El País,  5 MAR 2013 )