“Los tacones son para mí lo que para una niña una
muñeca” dice con una sonrisa de labios carmín Anita Sirgo (Lada, 1930).
Se los calzó cuando tenía 17 años. Con ellos, en la Gran Huelga minera
del 62, impidió que el hambre pusiera fin a los paros que prendieron la mecha de los cambios políticos en la España franquista.
Con
sus tacones, golpeando la pared de una celda de Sama, descubrió las
torturas a su marido. Las mismas patadas, puñetazos y vejaciones del
capitán de la Guardia Civil Antonio Caro Leiva, que no consiguieron
arrancarle a Anita el nombre de un solo camarada. Ni las alzas. Con
ellas, a sus 85 años, sigue pateando las calles en las que se junten más de tres para gritar… “porque hay que seguir en la lucha”.
Quizás fuera por los tacones de otras
botas. Las que le arrebataron a su padre y a su madre cuando no había
cumplido los 7 años. “No tuve una niñez fácil. Mi padre era un
guerrillero que se tiró al monte cuando terminó la República. ¡Y no sé todavía en qué cuneta está!”.
Con un padre escondido, al que sólo volvería a ver una vez en su vida
gracias a un enlace del Maquis, Anita y su hermano quedaron huérfanos
cuando a la madre se la llevaron presa penal de Figueras y ellos
estuvieron a punto de ser embarcados rumbo a la Unión Soviética.
No recuerda los cuándos y le cuesta entender los porqués, pero tiene
nítidos en la memoria, los dóndes y los cómos. Describe con detalle la
nave de Barcelona en la que estuvo hacinada con otros niños de la guerra
y el sonido de las bombas de la Legión italiana –“parece como si aún
escuchara como rompían los cristales”- sobre la Ciudad Condal. Narra con
nostalgia el cariño de unos tíos que recuperaron a los pequeños para
criarlos en Llanes, “con la leche de dos vaques”. Aún siente el tacto
del estropajo con el que limpiaba arrodillada los suelos de la escuela
en la que no pudo estudiar.
Y no olvida Sirgo, el día de su boda, en la casa en la que se crió. “A
mi tío lo habían matado por ser enlace de los guerrilleros. Lo llevaron
con los moros, lo apelaron y lo acribillaron a tiros. Mi tío tenía una
xatina, una ternera, que guardaba para la mi boda. Y por cumplir su
promesa, decidimos hacerla en la casa”.
Pero las fuerzas del
orden franquista ni siquiera respetaron ese día a una familia perseguida
por los pecados de Avelino Sirgo, el padre fugao.
“Cuando
estábamos en la capilla sentimos bullicio y Don Román casonos en cinco
minutos, pero ni nos comulgó ni ná. Eran los agentes que estaban
guardaos en el monte y en las cuadras. Mientras se celebraba la boda
salieron con sus metralletas.
Pusieron patas arriba toda la casa:
pisaron las tartas que estaban en la escalera; levantaron las tablas de
un cuarto de madera porque creían que estaba mi padre por allí. ¡Mira
que si son tontos que iban pa listos… ¿cómo iba a estar mi padre allí?!”
Anita Sirgo y Alfonso Braña
Solo guarda Ana una foto de aquella boda de la que, “a pesar del
miedo, no marchó nadie“ y “de la que hoy podría hacerse una película”,
se ríe la asturiana con el recuerdo.
Las mujeres de la ‘huelga del silencio’
Esposa ya de Alfonso Braña Castaño, la pareja se afilió al Partido Comunista en el que comenzó su lucha clandestina.
Él, desde el pozo Fondón en el que “trabajaba sin cotizar, con una
única ropa que sólo ponía seca los lunes, sin agua caliente ni
calefacción, y con lo que tragaban en la mina que los tenía a todos
silicosos perdidos”. Ella, en las calles, en las parroquias, en las
casas, organizando las Comisiones de Mujeres que tan importante papel
jugarían en el inicio del cambio político que supuso la llamada ‘Huelga
del silencio’ de 1962.
Esa fecha sí la tiene clara. “Los mineros
iban a hacer el mes de huelga y ya había rumores de que los esquiroles
iban a romperla. ¡Y no era de extrañar porque se estaba pasando hambre!
Pero nosotras, que ya estábamos muy organizadas, decidimos que no podíamos consentir que los mineros volvieran a entrar en los pozos como salieron. Teníamos que hacer algo porque la lucha de ellos era la lucha nuestra”.
Las mujeres de la ‘huelga del silencio’
Esposa ya de Alfonso Braña Castaño, la pareja se afilió al Partido Comunista en el que comenzó su lucha clandestina.
Él, desde el pozo Fondón en el que “trabajaba sin cotizar, con una
única ropa que sólo ponía seca los lunes, sin agua caliente ni
calefacción, y con lo que tragaban en la mina que los tenía a todos
silicosos perdidos”.
Ella, en las calles, en las parroquias, en las
casas, organizando las Comisiones de Mujeres que tan importante papel
jugarían en el inicio del cambio político que supuso la llamada ‘Huelga
del silencio’ de 1962.
Esa fecha sí la tiene clara. “Los mineros
iban a hacer el mes de huelga y ya había rumores de que los esquiroles
iban a romperla. ¡Y no era de extrañar porque se estaba pasando hambre!
Pero nosotras, que ya estábamos muy organizadas, decidimos que no podíamos consentir que los mineros volvieran a entrar en los pozos como salieron. Teníamos que hacer algo porque la lucha de ellos era la lucha nuestra”.
Las mujeres de varias comarcas, con Anita a la cabeza, decidieron en
asamblea una fecha para “tornar” a los esquiroles. Fueron puerta por
puerta para convencer a las mujeres de los mineros que se repartieron
por el Molinucu, la Joecara, el pozo Maria Luisa y Fondón, armadas con
tochos y mazorcas. Los tochos -“para que dieran la vuelta por cojones”-
no tuvieron que usarlos. El maíz lo arrojaron a los pies de los hombres
que trataban de volver al tajo mientras los llamaban “gallinas”.
El
primer relevo que entraba a las 6 de la mañana dio la vuelta y
convenció a los que venían detrás. La huelga se prolongó un mes más.
Provocó concentraciones de apoyo en Madrid y Barcelona. De ella se
hicieron eco diarios como Le Monde o The New York Times.
Supuso el inicio de la unión de voluntades democráticas contra el
régimen de Franco. Anita resume modesta: “Se consiguió lo mínimo, pero
lo principal. Que los mineros tuvieran otras condiciones; que tuvieran
cristales en la lavandería; que tuvieran agua caliente y calefacción”.
Las torturas del capitán Caro
Pero la osadía de los tacones de Asturias tuvo
su precio. Después de protagonizar encierros en la catedral y el
obispado de Asturias, “porque entonces no era como ahora, que se
protesta de año en año”, dice enfadada Sirgo, a Anita y esposo les llegó una comunicación para que se personaran en el cuartelillo de la Guardia Civil de Sama. Él fue primero. Ella, un poco más tarde, como su amiga y camarada Constantina Pérez.
“Íbamos
muy tranquilas porque no podían cogernos por nada. En el calabozo, yo
empecé a picar la pared con el zapato porque me dio que allí estaba mi
hombre. Él contestó. Y estábamos tranquilas. Pero, a las dos de la
mañana empezamos a escuchar cerrojos, gritos, golpes”.
Primero se llevaron a Tina que volvió a la celda ensangrentada. Después
fue turno de Anita a quien el capitán Antonio Caro mostró las
fotografías de históricos del PC como El Paisano, Horacio Fernández
Inguanzo, para que los delatara. Ella aguantó brava los puñetazos en la
cara que casi le dejaron sin un tímpano, las patadas en el estómago, los
riñones y la espalda.
“Le dije que estaba embarazada y Caro me contestó: ‘un comunista menos”.
Un cabo, el cabo Pérez, le agarraba mechones de melena y tiraba hasta
dejarle la carne roja. “Me tiraba hacia arriba y, cuando yo no respondía
lo que quería, me los cortaba con una navaja”.
A la mañana
siguiente, el marido de Anita y otros hombres salieron del cuartel con
asistencia médica. Alfonso Braña con una cruz de sangre en la cabeza. A
las mujeres les pidieron que se cubrieran con un pañuelo para
abandonarlo y, como se negaron, las enviaron a las prisiones de Oviedo y
Madrid. Hasta que les creció el pelo.
Tina murió poco después. 102
intelectuales presentaron un escrito de protesta, La carta de los 102,
al ministro de Información, Manuel Fraga, que negó las torturas. Otro de
los cómos nítidos en la memoria de Anita es la reacción de la prensa
del régimen que tituló burlona: “Pelona sin peló, quién te lo rapó”. (...)" (
Cristina S. Barbarroja, Público, 16/06/2015)