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23/1/15

"¿Canibalismo? ¡No, era hambre!"

"Antonio Hernández Marín es uno de los 9.000 españoles que pasaron por los campos nazis que ha permanecido, hasta hoy, en la más absoluta invisibilidad.(...)

 Tras el triunfo franquista fue maltratado por la Francia “democrática” que le encerró, junto a miles de compañeros, en los campos de concentración de Vernet, Mazères y Septfonds. Más de 14.000 hombres, mujeres y niños españoles murieron en esos meses del invierno de 1939, de frío, hambre y todo tipo de enfermedades. (...)

 Ese maltrato hizo que los republicanos se negaran, mayoritariamente, a enrolarse voluntariamente en el Ejército francés. Por ello, a punta de pistola, Antonio fue obligado a incorporarse a una Compañía de Trabajadores Españoles que se dedicó a reforzar las fortificaciones de la Línea Maginot.  (...)

Cazados como conejos por la Wehrmacht en los bosques de los Vosgos, los españoles fueron a parar a campos para prisioneros de guerra en los que se respetaba la Convención de Ginebra. En ellos recibían el mismo trato que los soldados aliados. 

Sin embargo, el 1 de octubre de de 1940, solo una semana después de que el todopoderoso ministro franquista Ramón Serrano Suñer visitara Berlín, la Gestapo se presentó en el campo de Sagan, en el que se encontraba Antonio, e interrogó a los españoles.

 Así lo recuerda el malagueño José Marfil que también se encontraba allí: "No sabíamos que eran de la Gestapo pero yo les pregunté las razones por las que nos estaban fichando. Nunca olvidaré su respuesta: 'Os vamos a llevar a un sitio apropiado para vosotros'".

Dos meses más tarde, los españoles y solo los españoles fueron enviados a Mauthausen. Antonio estuvo siempre acompañado de su amigo Antonio Cebrián, un albaceteño de Bormate. Ambos trabajaron en la temible cantera. En pocos días, la dureza del trabajo y la ridícula alimentación que recibían les empujó al borde de la muerte. Lo que ocurrió después lo sabemos gracias a un breve relato titulado ¿Canibalismo? No. ¡Hambre!, que dejó escrito en un viejo y colorido cuaderno:

"Nos fallaban las fuerzas y al pasar por detrás de las cocinas encontramos un pequeño envoltorio abandonado al pie de una de las ventanas del crematorio. En su interior había dos metros de intestinos". "Mira Hernández —me dijo Cebrián— son tripas de cerdo". Y con ansia dio un bocado en uno de sus extremos. 

'Lo ves, no hay duda, sabe a tocino'. Yo también mordí con hambre. Minutos después la partimos por la mitad y nos saciamos con ella". El hambre hizo que no vieran o no quisieran ver los cadáveres abiertos en canal que yacían muy cerca del lugar en el que hicieron su descubrimiento.

Este y otros episodios vividos en el campo, especialmente la muerte de su amigo Cebrián, persiguieron a Antonio durante el resto de su vida. Sobrevivió y recuperó la libertad, pero nunca llegó a abandonar Mauthausen. Los SS volvían a la vida para golpearle y amenazarle cada noche, cuando llegaba la oscuridad y le vencía el sueño. En aquellas interminables noches de pesadilla en el exilio francés."        (Público, 20/01/2015)

17/9/12

Los prisioneros eran ganado humano. El Ejército japonés practicó el canibalismo como “una estrategia militar organizada” al final de la II Guerra Mundial

"La II Guerra Mundial todavía esconde secretos. Durante la investigación de su nuevo libro, una historia global del conflicto que publicará la semana que viene en España la editorial Pasado y Presente, el prestigioso historiador Antony Beevor se topó con una desagradable sorpresa.

 El Ejército estadounidense y el australiano prefirieron no divulgar una atrocidad japonesa al final del conflicto: el canibalismo y el uso de prisioneros de guerra como “ganado humano”, que eran mantenidos con vida solo para ser asesinados de uno en uno con el objetivo de ser devorados. Esta salvajada formó parte, según los datos recogidos por el escritor británico, de “una estrategia militar sistemática y organizada”.

“Las autoridades aliadas, comprensiblemente, por temor al horror que esto podría causar en las familias de aquellos que murieron en campos de prisioneros, decidieron ocultar los hechos totalmente” (...)

En su historia sobre el final de la guerra en Asia, Némesis. La derrota de Japón 1944-1945, Max Hastings explica que los relatos de las atrocidades que sufrieron muchos prisioneros a manos de los japoneses fueron censurados para evitar que se produjese una espiral de venganzas. 

De los 132.134 prisioneros de Japón, murieron 35.756, un 27%. Tanto Hastings como Beevor describen todo tipo de crueldades contra prisioneros de guerra aliados, desde vivisecciones sin anestesia hasta palizas mortales o ejecuciones a bayonetazos, además de trabajos forzados. Sin embargo, el canibalismo organizado va más allá de lo imaginable.

“No fueron casos aislados: existió un patrón similar en todas las guarniciones de China y el Pacífico que se quedaron sin suministros por la Marina estadounidense”, explica Beevor (...)

No existen datos sobre el número de prisioneros que pudieron sufrir esa suerte, aunque sí que la mayoría de los casos ocurrieron al final del conflicto, en Nueva Guinea y Borneo. Las víctimas fueron locales y soldados papuenses, australianos, estadounidenses y prisioneros indios, que se negaron a combatir con los japoneses.

“Los informes lo dejan muy claro: ‘No fueron incidentes aislados perpetrados por individuos o pequeños grupos en condiciones extremas”, explica Beevor, de 66 años, militar reconvertido en historiador."            (El País, 13/09/2012)

22/12/10

El origen de nuestra violencia

"Un grupo familiar formado por una docena de individuos -hombres, mujeres y niños- perdieron la vida, seguramente todos a la vez, en el norte de la península Ibérica. Los hombres estaban emparentados entre sí; las mujeres, no. Fue hace unos 49.000 años, eran neandertales y sus restos fueron a parar a la cueva asturiana de El Sidrón. (...)

Todos los individuos de aquella familia neandertal debieron de morir a la vez, dadas la disposición y las características de los fósiles, y los investigadores han identificado, además, claras marcas de canibalismo. "Están muy fragmentados y muchos de ellos, incluso cráneos, fueron golpeados para acceder al interior", explica Lalueza-Fox, genetista del Instituto de Biología Evolucionista (CSIC-Universidad Pompeu Fabra). " (El País, 21/12/2010, p. 38)

1/11/08

El hambre, el canibalismo...

Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana. (...)

Jones ha revisado al alza, por ejemplo, la escala en que se practicó el canibalismo. "La Unión Soviética suprimió deliberadamente toda la información sobre el particular. Archivos de la policía secreta que han salido recientemente a la luz muestran que más de 1.400 personas fueron arrestadas acusadas de canibalismo y más de 300 ejecutadas", explicó Jones a este diario. "Las cifras reales son sin duda mucho más altas. Durante el peor periodo del asedio, a finales de enero del 42 y principios de febrero, distritos enteros de Leningrado fueron invadidos por caníbales". El autor señala que había bandas organizadas, que un grupo de 20 caníbales se dedicaba a interceptar a los correos militares (para comérselos) y que en un lugar de la calle de Zelenaya donde se vendían patatas se pedía al comprador que mirara donde se guardaban y cuando éste se agachaba le golpeaban con el hacha en la nuca: una escena macabra que combina a Raskolnikov con Hannibal Lecter. La NKVD advirtió de que en los mercados se vendía carne humana. "Cruzar la ciudad era peligroso, y costaba confiar en los demás", recordaba una superviviente, que señalaba que se veían cadáveres mutilados por todas partes. A las mujeres les cortaban especialmente los pechos.

La extensión del canibalismo da la medida de la desesperación que provocó la carestía de alimentos. La gente se desmoronaba de hambre. La vida se redujo a tratar de encontrar comida. "El horror de lo que se vivió en Leningrado es casi inimaginable", dice Jones. La gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el papel de las paredes, los cinturones de cuero, ¡los libros...! La "cocina de asedio" reveló una imaginación que ríete tú de El Bulli. "Se cambia gato por pegamento", rezaba un cartel. Llegó un momento en que morían 3.000 personas al día de inanición, luego 15.000, 25.000... Nadie tenía fuerzas para enterrarlos. Una madre sólo pudo arrastrar a su hijo muerto hasta el alféizar y allí lo dejó. Faltaba tanta gente que una obra de teatro sobre los tres mosqueteros se montó sólo con dos, y no es broma. Hubo epidemias de disentería, de tifus.

Los alemanes, y ésta es otra de las aportaciones de Jones, no querían meramente tomar la ciudad -Petersburgo, como la llamaba Hitler-. "El objetivo de los nazis era sellar la ciudad y matar de inanición a toda la población civil, dos millones y medio de personas. Incluidos medio millón de niños", recalca el historiador. "Esta decisión estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado". (...)

Cómo pudo aguantar la gente todo aquello es un misterio. "Subestimaron nuestra voraz hambre de vivir", escribió una superviviente. "En circunstancias desesperadas, algunos degeneraron", observa Jones, "pero otros encontraron la fuerza para alzarse e incluso ayudar a sus semejantes. Ése es el mensaje de esperanza de Leningrado". (El País, ed. Galicia, 30/10/2008, p. 33)