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4/10/21

La identificación y el castigo de los nazis había acabado en 1948 y era un tema olvidado a comienzos de los años cincuenta (o sea, la desnacificación duró sólo 3 años)

 "En 1915 y los años siguientes el Imperio Otomano perpetró el genocidio del pueblo armenio: un mínimo de 1 millón de muertos, además del sometimiento a procesos de deportación.

La Operación Reinhard desarrollada por el nazismo en Polonia exterminó en campos de concentración a 1,6 millones de judíos. En febrero de 1945, el bombardeo de la ciudad alemana de Dresde por la aviación británica y estadounidense se saldó con un mínimo de 35.000 muertos. En la posguerra española, el terror franquista ejecutó al menos a 50.000 personas. Y ya en la década de los 90 del siglo pasado, las guerras de Yugoslavia podrían haber concluido con 200.000 víctimas mortales, la mitad musulmanes.

Son datos que figuran en el último libro del historiador Julián Casanova, Una violencia indómita. El siglo XX europeo, editado por Crítica en septiembre de 2020. Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y profesor visitante en la Central European University de Budapest. 

Ha publicado, entre otros volúmenes, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, 1931-1939; Europa contra Europa, 1914-1945; y La venganza de los siervos, Rusia 1917. Su libro más reciente dedica un apartado a la memoria. “El proceso de desnazificación fue limitado”, afirma. Una violencia indómita podría tener una prolongación en mayo de 2021, cuando el gobierno alemán reconoció el genocidio cometido entre 1904 y 1907 en la colonia de África del Sudoeste, actual Namibia.

-¿Ha prestado, en general, poca atención la historiografía a la Europa Central y del Este en favor de la Europa Occidental? ¿Por qué razón?

La principal razón es el dominio de la historiografía occidental -británica, francesa y alemana- que ha analizado el continente desde la perspectiva política, diplomática y militar de sus países.  Ese foco tan centralizado en Europa occidental ha impedido reconocer la relevancia del centro y este de Europa en todos los grandes acontecimientos del siglo XX. Y salvo en Gran Bretaña y Alemania no hay muchos especialistas en esa amplia zona central y oriental de Europa.

-¿Qué casos de genocidio o grandes matanzas destacarías a lo largo del siglo XX?

No se trata tanto de reconocer la singularidad y relevancia del Holocausto o de los crímenes de Stalin, algo que se ha hecho en profundidad desde hace décadas, como de identificar la cultura de la violencia y del asesinato vinculada a la ideología de la raza, nación, religión o clase social. 

El paso de las políticas discriminatorias a las de exterminio fue a menudo provocado en esa primera mitad del siglo XX por conflictos entre Estados más que por agendas internas y generalmente tuvo repercusiones más allá de las fronteras de cada país, causando desestabilización regional y movimientos masivos de refugiados. En mi libro he examinado además con detalle la violencia sexual, desde la guerra civil en Irlanda o en España, a las dictaduras fascistas o comunistas, pasando por los ejemplos de limpieza étnica en Armenia y paramilitarismo antibolchevique y antisemita en los países derrotados en la Primera guerra Mundial.

-El libro explica cómo la Alemania nazi y la Unión Soviética hicieron uso de la violencia. ¿Existen ejemplos similares perpetrados por las democracias occidentales?

Desde finales del siglo XIX, antes de la Primera Guerra Mundial, las rivalidades políticas y nacionalistas de los principales imperios europeos actuaron de propulsores en la frenética pelea por África y por la adquisición de colonias. Un proceso acompañado de excesos y manifestaciones violentas, en el que desempeñó un papel importante la adopción de elementos básicos del darwinismo social, la interpretación de la vida y del desarrollo humano como una cruel lucha por la supervivencia donde los fuertes dominaban a los débiles.

El imperialismo tuvo efectos devastadores y la violencia utilizada para sofocar la resistencia indígena anticipó lo que tanto impactó después, porque se creía que nunca antes había ocurrido, en el frente oeste durante la Primera Guerra Mundial. Las políticas racistas y de exterminio dejaron baños de sangre, con varios millones de víctimas entre todos ellos, en el dominio británico de Sudáfrica, el alemán de África del Sudeste, la actual Namibia, y especialmente en el de Leopoldo II como “reino soberano” en el Congo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con democracia consolidada por primera vez en la historia de los países de Europa occidental, la violenta derrota del militarismo y de los fascismos allanó el camino para el control de la violencia. Pero desde comienzos de los años sesenta, los principales países europeos occidentales estuvieron implicados en una guerra contra rebeliones nacionalistas en sus colonias. Persistentes delirios de grandeza llevaron a estadistas europeos a librar guerras en ultramar, en la Indonesia holandesa, en la Indochina y Argelia francesas y en las colonias británicas de Malasia y Kenia.

Fueron guerras “sucias”, que rompieron las reglas de las Convenciones de Ginebra que esos poderes habían firmado, con abundantes episodios de tortura y violación. Pero el caso que ilustra mejor la continuidad con la cultura militar de la violencia que se creía superada en las democracias occidentales fue la guerra combatida por Francia contra el movimiento de independencia de Argelia, entre 1954 y 1962, en la que salieron a la luz numerosos casos de tortura por parte del ejército y de violencia sexual contra las mujeres argelinas.

-¿Cómo resumirías el impacto de la Segunda Guerra Mundial en la población de la URSS?

La Segunda Guerra Mundial fue el escenario que propició el paso desde políticas de discriminación y asesinatos a las genocidas. Fue una guerra total con una serie de guerras paralelas. Comenzó como una guerra entre grandes potencias territoriales. En 1941, tras la renuncia unilateral por parte de Hitler al Pacto Alemán-Soviético que había sido el preludio al reparto de Polonia, la guerra se convirtió en un combate desesperado para la sobrevivencia de la Unión Soviética amenazada de aniquilamiento por la Alemania nazi.

En territorio soviético aparecieron en aquellos años, y además juntos, los elementos básicos que identifican históricamente la guerra total y el genocidio. Por un lado, la búsqueda de la destrucción absoluta del enemigo, la movilización de todos los recursos del estado, la sociedad y la economía y el control completo de todos los aspectos de la vida pública y privada. Por otro, la deshumanización de las víctimas y la ejecución de los planes de eliminación sistemática por parte de las fuerzas armadas y de los grupos paramilitares especiales alemanes.

-Por otra parte, ACNUR calculaba que a finales de 2019 había 79,5 millones de personas desplazadas en el mundo por conflictos o persecuciones. ¿Pueden rastrearse antecedentes en el libro?

Las purgas, los asesinatos y sobre todo la expulsión y deportación de millones de personas produjeron un trastorno demográfico enorme en Europa Central y del Este durante todo el siglo XX. La práctica de deportar minorías nacionales no comenzó con la Segunda Guerra Mundial. La Primera Guerra Mundial, las revoluciones y guerras en Rusia y el intercambio de población greco-turca en 1923 constituyeron puntos vitales de referencia en las décadas anteriores.

Pero la Segunda Guerra Mundial rompió todos los registros Según el pionero estudio de Eugene M. Kulischer, entre el estallido de la guerra y comienzos de 1943 más de treinta millones de europeos fueron obligados a cambiar de país, deportados o dispersados, mientras que desde 1943 a 1948 otros 20 millones tuvieron que moverse. Según su cálculo, unos 55 millones fueron desplazados por la fuerza en menos de una década, 30 millones como resultado de la invasión nazi y el resto como consecuencia de la derrota alemana. En los dos años posteriores al final de la guerra, 12.5 millones de refugiados y expulsados de los países del Este llegaron a Alemania.

-¿Qué dimensiones tuvo la violencia sexual en las guerras de la antigua Yugoslavia?

Yugoslavia apareció desde comienzos de los años noventa en las portadas de todos los medios de comunicación, con historias de masacres, violaciones, expulsiones y desplazamientos de población.

Pero si por algo destacó la violencia en aquellas guerras de sucesión de Yugoslavia fue por las violaciones de mujeres musulmanas en Bosnia-Herzegovina, un plan de terror organizado y orquestado por el mando militar serbio-bosnio. La información de esas violaciones masivas –y también sobre las que ocurrieron por los mismos años en Ruanda- y el subsiguiente reconocimiento internacional como crímenes de guerra dio “legitimidad intelectual y urgencia ética” a estudiar la violencia sexual en todas las guerras anteriores.

Las torturas y el asesinato acompañaron a las violaciones masivas en Bosnia-Herzegovina, con el objetivo de destruir a la comunidad musulmana. Esas violaciones, escenificadas en muchas ocasiones en público, no fueron el resultado de esporádicos estallidos de ira o de emociones enloquecidas por la guerra, sino “una política racional” planificada por la dirección política y militar serbia en Serbia y Bosnia-Herzegovina.

-Por último, Una violencia indómita. El siglo XX europeo dedica un epílogo a la memoria (“Pasados fracturados, presentes divididos”). ¿Rompió de manera drástica la Alemania de posguerra con el nazismo?

Tras los dos primeros años de posguerra, la violencia, las sentencias y los castigos de fascistas y nazis decrecieron en Europa y pronto llegaron las amnistías, un proceso acelerado por la Guerra Fría, que devolvieron el pleno derecho de ciudadanos a cientos de miles de ex nazis, sobre todo en Austria y Alemania.

En el Este, fascistas de bajo origen social fueron perdonados e incorporados a las filas comunistas y se pasó de perseguir a fascistas a “enemigos del comunismo”, que a menudo eran izquierdistas, mientras que en Occidente, donde las coaliciones de izquierdas se cayeron a pedazos en 1947, la tendencia fue perdonar a todo el mundo.

La identificación y el castigo de los nazis había acabado en 1948 y era un tema olvidado a comienzos de los años cincuenta. En 1952 un tercio de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Federal Alemana eran antiguos nazis, mientras que dos quintos de los miembros del cuerpo diplomático habían estado en las SS. En la República Democrática muchos ex nazis pasaron a las filas del Partido Comunista, algo que fue común también en otros países de Europa del Este.

El proceso de desnazificación, por lo tanto, fue limitado. "

(Entrevista al historiador Julián Casanova, autor de Una violencia indómita. El siglo XX europeo,
Enric Llopis , Rebelión, 05/06/2021)

8/7/21

Así se se inspiró Hitler en el oeste americano para su idea de Imperio Alemán... los nazis tomaron como modelo la larga y brutal campaña de EE UU contra los nativos americanos...

"La celebración del Día de las Personas Indígenas es una oportunidad para que los estadounidenses reconozcan una perturbadora parte de la Historia: cómo los nazis tomaron como modelo la larga y brutal campaña de EE UU contra los nativos americanos.

Los nativos americanos siguen su lucha por la justicia en EE UU. Aunque este año ha traído importantes victorias, como la retirada por parte del equipo de fútbol americano de Washington de su nombre y logo racistas, y una sentencia histórica por parte del Tribunal Supremo a favor de los derechos de los nativos en el caso de McGirt contra el Estado de Oklahoma, continúa la difícil tarea de reconocer y volver a debatir sobre el legado de opresión del país contra sus primeros habitantes.

Los esfuerzos de los nativos y sus aliados activistas para que se extienda el establecimiento del día de los Personas Indígenas como alternativa al día de Colón es una parte importante de este trabajo. La fecha es una oportunidad no solo de celebrar las voces y cultura nativas, sino de que el país se replantee su historia a la luz de las experiencias de los nativos americanos. Aunque buena parte de este replanteamiento se centre, como es normal, en el trato brutal de las personas nativas a lo largo de la historia estadounidense, el día de las Personas Nativas también ofrece una oportunidad de reflejar otros legados de brutalidad menos conocidos más allá del ejemplo de los propios EE UU.

Puede que el más terrible de estos legados sea la manera en que Adolf Hitler y su régimen se fijaron en EE UU y sus acciones contra los nativos americanos como un modelo para su campaña asesina en el este de Europa durante la II Guerra Mundial. Se trata de una conexión investigada por historiadores recientes de la Alemania nazi y detallada más exhaustivamente en el libro The American West and the Nazi East, de Carroll Kakel. (Para un relato relacionado sobre cómo influyeron en los nazis las políticas norteamericanas de inmigración, segregación y eugenesia, se puede consultar el fascinante Hitler’s American Model, de James Whitman).

El principal objetivo estratégico de Hitler al provocar la II Guerra Mundial fue expandir hacia el este las fronteras de Alemania para abarcar la mayor parte de Europa. Esta búsqueda del Lebensraum, o espacio vital, hacia el este fue su preocupación central. Su visión era la de un vasto imperio alemán desde el Báltico, Polonia, Ucrania, Bielorrusia y Rusia hasta el límite de Europa en los montes Urales. Este imperio iría eliminando gradualmente a sus antiguos habitantes para ser habitado en su lugar por granjeros alemanes duros y autosuficientes, que proporcionarían alimento a la gran potencia continental.


La II Guerra Mundial fue, por tanto, por encima de todo una guerra de expansión colonial. En una época en que los países europeos todavía gobernaban una buena parte del mundo, justificando dicho poder con su pretensión de superioridad racial y usando métodos brutales para extraer riquezas y aplastar la protesta, Hitler tenía muchos modelos en los que inspirarse. Bélgica, por ejemplo, mató o hizo trabajar hasta la muerte a unos diez millones de personas durante sus cuatro décadas de dominio en el Congo.

Su interés, no obstante, no estaba en las colonias de ultramar, que Alemania jamás había poseído al mismo nivel que otras potencias, sino en un imperio contiguo y continental, anexionado a la misma patria originaria alemana. Como dijo Hitler, “nuestro territorio colonial está en el este”. Su visión era la que los historiadores llaman “colonialismo de ocupación”, en el que los habitantes originales de una zona pueden ser explotados de manera temporal, pero al final se ven reemplazados por la propia población del país conquistador.

Esta forma de colonialismo es inherentemente “eliminacionista”, en el sentido de que, de una manera u otra, las personas nativas, consideradas racialmente inferiores, se vuelven superfluas y “desaparecen” para hacer sitio a los ocupantes del poder imperial. Por eso EE UU fue la principal inspiración para Hitler. Era, según el historiador del Holocausto Timothy Snyder, “el imperio continental ejemplar” en el que los nazis basaron su visión colonizadora del este de Europa.

¿Que veía Hitler cuando se fijaba en EE UU como inspiración? Después de ser unos pioneros del colonialismo de ocupación en Irlanda, los británicos lo llevaron a Norteamérica con efectos devastadores según los colonos desplazaban a los habitantes nativos. Estos mismos colonos hicieron de la expansión más rápida hacia el oeste una justificación primordial de la guerra revolucionaria contra Inglaterra, citándola específicamente en la Declaración de Independencia. De hecho, una de las acciones militares de más envergadura en toda la guerra fue el ataque del ejército continental contra la confederación iroquesa. Después de que George Washington ordenara la “total destrucción y devastación de sus asentamientos”, para que pudieran ser “expulsados” por el “terror”, el ejército estadounidense estableció su patrón para el siguiente siglo basado en la expulsión de las personas nativas de su hogar a través de una campaña de violencia y brutalidad indiscriminadas.

Tras la independencia, Thomas Jefferson popularizó su visión de un imperio agrario de pequeños propietarios rurales virtuosos que se establecerían en todo el continente. En lo que respectaba a lo que llamó “la raza roja maldita”, Jefferson escribió que aquellos que no aceptaran irse serían “exterminados, o expulsados más allá del Mississipi”.

Él y otros líderes políticos que le seguían usaron amenazas de guerra, o la guerra propiamente dicha, para adquirir nuevos territorios de Francia, España, Inglaterra o México, abriéndolos para colonizadores blancos. Según estos recién llegados se iban instalando, una combinación de tropas regulares del ejército, unidades paramilitares llamados “exploradores” y grupos de vigilantes formados por los propios colonos sacó a los nativos de sus tierras. Sus métodos incluyeron fusilamientos masivos, violaciones, quema de pueblos, destrucción de provisiones de alimento y marchas forzadas. El resultado fue una rápida disminución de la población mediante el asesinato, el hambre, la enfermedad, la congelación o la expulsión.

Cuando este patrón se estableció más allá del Mississipi y la tierra y empezó a escasear la tierra para nuevos desplazamientos, el Gobierno estadounidense empezó a concentrar al resto de nativos en “reservas”. En estos terrenos marginales, las condiciones insostenibles de vida siguieron reduciendo dramáticamente su número. Un funcionario del Gobierno calificó al sistema de reservas de “asesinato legalizado de toda una nación”.

Al margen de los propios nativos, este proceso disfrutó de un amplio apoyo público. Era, en las famosas palabras de Jane Cazneau, parte del “destino manifiesto” del país. Como incivilizados salvajes que no hacían uso productivo de la tierra y eran racialmente inferiores, era inevitable que “desaparecieran” cuando los ocupantes blancos se instalaran. Como expresaba un artículo de 1854 en la revista DeBow’s Review, su “raza está acabada” y está “desapareciendo gradualmente para dar paso a una tipo más elevado de seres humanos”. Andrew Jackson veía a los nativos americanos como una “enfermedad” que estaba “infestando constantemente nuestra frontera” y necesitaba ser erradicada. En el siglo XIX, los estadounidenses blancos usaban habitualmente el término “extirpar”, en el sentido de hacer sitio mediante el desplazamiento, la destrucción o la aniquilación, cuando se referían a los nativos americanos.

Todo esto hace que no sorprenda que, al buscar un modelo para el este de Europa, Hitler lo encontrara en el oeste norteamericano. En palabras de Snyder, el ejemplo estadounidense fue una de las “mitologías inspiradoras” del proyecto oriental de los nazis

Hitler creció leyendo las novelas del oeste de Karl May dirigidas al público juvenil, que presentaban relatos de un “Salvaje oeste” domado a través de las “guerras con los indios”. También las releyó de manera regular ya de adulto, e incluso se las recomendaba a sus generales como fuente de ideas creativas. En su Mein Kampf de los años 20, Hitler alabó la manera en que los EE UU “arios” conquistaron “su propio continente” limpiando el “suelo” de “nativos” para hacer lugar a ocupantes más “racialmente puros” y sentar las bases de su autosuficiencia económica y creciente poder global. De hecho, el concepto de Lebensraum fue acuñado y popularizado por Friedrich Razel, quien afirmó que su teoría de la colonización y de la sustitución racial se inspiró en la “teoría de la frontera” del historiador estadounidense Frederick Jackson Turner y su identificación de “la colonización del gran oeste” como un hecho central de la historia e identidad norteamericana.

Una vez que los nazis subieron al poder en Alemania, Kakel detalla cómo el oeste de EE UU se convirtió en una “obsesión” para Hitler y sus seguidores más cercanos, como el líder de las SS, Heinrich Himmler. Su objetivo era reconfigurar la demografía de Europa de la misma manera que los EE UU reconfiguraron la demografía de Norteamérica. Los dirigentes nazis se referían habitualmente al este de Europa como “Alemania del este” o como el “salvaje este”, y a sus habitantes como “indios”. Admirando cómo EE UU había “matado a disparos a los millones de pieles rojas hasta dejarlos en unos pocos cientos de miles, y mantenido al discreto remanente bajo observación en una jaula”, Hitler habló de su intención de “alemanizar” al este de manera similar mediante la emigración de alemanes, y de contemplar a los nativos como pieles rojas”. Haciéndose eco de las justificaciones estadounidenses para la conquista del oeste, afirmó: “Es inconcebible que una gente superior tenga que existir de manera dolorosa en un suelo demasiado estrecho para ella, mientras masas amorfas, que no contribuyen en nada a la civilización, ocupan extensiones infinitas de uno de los suelos más ricos del mundo”. ¿Su respuesta? “Aquí en el este un proceso similar se repetirá por segunda vez como en la conquista de América”. Para Hitler, “nuestro Mississipi debe ser el Volga”.

Como en el ejemplo americano, Hitler usó amenazas de guerra y después la propia guerra para ganar territorio en el este. Las tropas regulares del Ejército, unidades paramilitares llamadas “Einsatzgruppen” y habitantes locales colaboracionistas empezaron a asesinar, aterrorizar y expulsar a habitantes considerados racialmente inferiores. Un “plan del hambre” preveía hambrunas masivas, principalmente de eslavos. Mientras, la SS redactó planes para expulsar a todos los judíos europeos a un gigantesco Judenreservat, o “reserva judía”, bien en Madagascar (una vez que el control británico de las rutas marinas fuera vencido) o bien en Siberia (una ve que la Unión Soviética fuera vencida). Se esperaba que la mayoría murieran de enfermedad o de inanición.

Tras la invasión de Polonia, Alemania se anexó rápidamente parte del país y comenzó el proceso de trasladar a los étnicamente germanos y otros ocupantes suficientemente “arios”. La propaganda nazi mostraba fotos de colonos alemanes partiendo en caravanas y describía las tierras al este como la “California de Europa”. Los periódicos alemanes publicaron titulares como “¡Ve al este, joven!”, una imitación del famoso consejo de Horace Greeley a los colonos americanos para que buscaran su fortuna en el oeste. ¿Y en cuanto a la resistencia de aquellos que estaban siendo conquistados, asesinados y eliminados? Hitler lo comparó con “la lucha en Norteamérica contra los pieles rojas”. Después de todo, decía, “¿Quién se acuerda de los pieles rojas?”.

Por supuesto, Hitler nunca materializó toda su visión. Cuando la corriente de la guerra cambió de sentido, y la vasta extensión de tierras soviéticas que planeaba colonizar se le escapó de las manos, la estrategia nazi se desplazó desde los métodos “eliminacionistas” tradicionales de colonialismo de ocupación basados en el modelo americano ─fusilamientos masivos, terror, expulsión y despoblación por enfermedad y hambre─ hacia su propia innovación: el asesinato mecanizado en los campos de la muerte, ahora dirigido casi exclusivamente a los judíos.

Después de poner a prueba su proyecto en una zona mucho más densamente poblada, durante un lapso de tiempo mucho más corto, y durante una guerra que no pudo ganar, Hitler sí consiguió asesinar a millones, desplazar a más millones aún y cambiar la demografía de Europa. Pero sus objetivos de colonización nunca alcanzaron más de cerca de medio millón de colonos en partes de Polonia, la mayoría de los cuales fueron a su vez expulsados o asesinados cuando la guerra terminó.

En contraste, EE UU jugó más a largo plazo, con una expansión y un despoblamiento de nativos gradual pero sin descanso, sobre un territorio más amplio y durante más décadas, y sin potencias militares rivales que amenazaran seriamente el proyecto. Como Hitler, EE UU mató y desplazó a millones y cambió la demografía de un continente. Al contrario que los nazis, el país completó en su mayor parte el proceso de reemplazo racial y dominación continental, al mismo tiempo que creaba un poderoso mito nacional de heroísmo de frontera y progreso. Se trata de un mito que a los estadounidenses todavía les cuesta asimilar, y el trabajo de quienes difunden la idea de un día de las Personas Indígenas es una parte importante de esta tarea."

(Waging non violence. Artículo original: How Hitler found his blueprint for a German empire by looking to the American West. Traducido para El Salto por Diego Sanz Paratcha. David Carroll, El Salto, 01/11/20)

25/3/14

Cuando miró a la gente que tenía a su alrededor, escuchando a Hitler, vio no solo aprobación, sino también éxtasis

"LILIAN MOWRER y su marido, Edgar Mowrer, el periodista, asistieron a una ceremonia nazi en el Palacio de Deportes. Era alrededor de 1931. El Palacio de Deportes, escribió Lilian, era «un magnífico edificio moderno con paredes pintadas de brillantes colores futuristas». 

En aquel momento se abrían paso hacia el estrado Joseph Goebbeis, «paliducho, delgado, cojeando levemente», Rudolf Hess, «una especie de Clark Gable», y el propio Hitler, con trinchera y cinturón de cuero, «un lacio mechón de pelo cubriéndole ya parte de la frente, una sonrisa nerviosa y feliz en los labios largos y sin forma».


Goebbels tomó el micrófono. «¿Por qué confiamos en nuestro Führer? —preguntó—. Somos fieles a nuestro Führer porque... él es fiel a nosotros.» Un rugido salió de veinte mil gargantas.

Hitler empezó a hablar, con su voz ronca y extraña. Enumeró las fechorías y corrupciones del régimen de Weimar. Lloró por las aflicciones del pueblo; «dos puños en el aire y lágrimas deslizándose por ambos lados de su flácida nariz», escribió Lilian Mowrer.

 Luego criticó ferozmente a los judíos y los socialistas y prometió impuestos más bajos, salarios más altos, más puestos de trabajo, viviendas mejores y fertilizantes más baratos.  
 Mowrer no se dejó llevar. «Hitler estaba diciendo tonterías, mintiendo descaradamente, tergiversando la historia con una voz que era estridente y hacía pensar en la plaza de armas, hacía gestos zafios y nada convincentes», pensó.

 Pese a ello, cuando miró a la gente que tenía a su alrededor vio no solo aprobación, sino también éxtasis: una muchacha con los labios entreabiertos, los ojos clavados en su líder; un anciano asintiendo con la cabeza; la mujer de sesenta años que estaba a su lado diciendo «Richtig! Richtig!» cada vez que Hitler hacía una promesa.”

(Nicholson Baker: Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial. Ed. Debate, 2009, págs. 30/1)

10/6/13

En Estados Unidos el linchamiento de negros se organizaba como un espectáculo de masas, y para asistir a éste los escolares tenían un día libre

"Al final del libro, por ejemplo, cito a autores estadounidenses que explican con toda claridad que incluso después de la Segunda Guerra Mundial, incluso después de la caída del Tercer Reich, los Estados Unidos seguían siendo un estado racista. 

Por ejemplo, en muchos estados de la Unión, leyes muy estrictas castigaban severamente las relaciones sexuales y el matrimonio entre blancos y otras “razas”. Incluso en los aspectos más íntimos de la vida privada intervenían dichos Estados.

No hay una evolución espontánea gracias a la cual el liberalismo superase las cláusulas de exclusión. Éstas fueron superadas sólo por las protestas. 

Yo describo un episodio muy emblemático: en 1952, la discriminación racial en las escuelas, los medios de transporte, cines, etc. todavía existía, y el Tribunal Supremo tuvo que decidir si esta discriminación racial era constitucional o no. Antes de decidir, el Tribunal, recibió una carta del Departamento de Justicia:
 “Si ustedes deciden que las normas que rigen la discriminación son legítimas según la Constitución, será una gran victoria para el movimiento comunista y para los movimientos populares del Tercer Mundo, en el sentido de que pueden desacreditar la democracia en los Estados Unidos. Sólo podemos ganar legitimidad ante los ojos del Tercer Mundo si decidimos que las leyes de discriminación racial son inconstitucionales.” 

Por lo tanto, el final, o casi, del estado racial en Estados Unidos no puede ser entendido sin el desafío del movimiento comunista y el movimiento revolucionario de los pueblos colonizados del Tercer Mundo. 

No hay ninguna endogénesis 3 , ninguna evolución espontánea a través del cual el liberalismo supere estas leyes excluyentes. No, la exclusión fue superadas gracias a las protestas. (...)

Cito a un historiador estadounidense George Fredrickson, quien explica que en el Estado racial que eran Estados Unidos en la década de 1930, la discriminación racial no era diferente de la actitud del Tercer Reich contra los judíos.

A finales del siglo XIX y principios del XX, en Estados Unidos el linchamiento de negros se organizaba como un espectáculo de masas. Se trataba de torturas que duraban varias horas, y para asistir a las cuales los escolares tenían un día libre. 

El historiador describe también cómo la Herrenvolk democracy puede convertirse en una dictadura para el mismo pueblo de señores. A mediados del siglo XIX, en Carolina del Sur, la pena de muerte no se aplicaba sólo al esclavo fugitivo sino también a cualquier persona que lo hubiese ayudado a escapar. 

Todo ciudadano estadounidense estaba obligado a convertirse en un cazador de hombres, la movilización existía a favor de la esclavitud, había un ambiente totalitario. En las condiciones de una crisis histórica, como la sobrevenida en la década de 1930, no es difícil que la democracia se transforme en una dictadura. 

Si leemos la historia de los Estados Unidos, vemos la gran validez de la tesis de Marx y Engels de que “no puede ser libre un pueblo que oprime a otro pueblo.”  (Entrevista a Domenico Losurdo, Jonathan Lefèvre y Daniel Zamora, PTB, Rebelión, 08/06/2013)

25/4/13

El secreto de Hitler era el odio. El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta

 "Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes.

A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi...  ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler "su ilimitada capacidad de odio". Y advierte: "El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva".

 Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. 

 "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". 

Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él". 

Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. "Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933". Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán.

 "Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales".
 
Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. 

“Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.

¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? "Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables.

 Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS".

Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? "Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático".

Hitler cultivaba su carisma. "Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.

Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. "Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio".  (...)

Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: 

"Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo'”.    ( , El País, Madrid 21 ABR 2013)

2/1/12

El hambre fue el método más frecuente de asesinato en masa en los años treinta y cuarenta, "antes que las balas y el gas"

"Los crímenes de Stalin se asocian con Rusia y los de Hit-ler con Alemania, pero la zona más mortífera de la Unión Soviética fue su periferia no rusa, mientras que los nazis mataban generalmente fuera de Alemania.

"Se suele identificar el horror del siglo XX con los campos de concentración, pero no fue en ellos donde murió la mayor parte de las víctimas de los dos regímenes", explica el historiador Timothy Snyder (EEUU, 1969) en Tierras de sangre. 

Europa entre Hitler y Stalin, ensayo publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. "Ese malentendido en cuanto a los lugares y a los métodos de los asesinatos en masa nos impide percibir todo el horror del siglo XX", asegura.

Los crímenes de Stalin se asocian con Rusia y los de Hit-ler con Alemania, pero la zona más mortífera de la Unión Soviética fue su periferia no rusa, mientras que los nazis mataban generalmente fuera de Alemania.

"Se suele identificar el horror del siglo XX con los campos de concentración, pero no fue en ellos donde murió la mayor parte de las víctimas de los dos regímenes", explica el historiador Timothy Snyder (EEUU, 1969) en Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, ensayo publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

"Ese malentendido en cuanto a los lugares y a los métodos de los asesinatos en masa nos impide percibir todo el horror del siglo XX", asegura.

 Esta historia de asesinato político en masa recalca que en los campos de concentración alemanes murieron "en torno a un millón de personas sentenciadas a trabajos forzados". Snyder reconoce que no puede hacerse una distinción exacta entre los campos de concentración y los centros de exterminio, porque también en los campos se ejecutaba o se mataba de hambre a las personas.

Pero aún así distingue: en las cámaras de gas, en las zonas de hambre y en los campos de exterminio alemanes "murieron diez millones de personas".

En cuanto al gulag: un millón de vidas truncadas por agotamiento y enfermedades, entre los años señalados. Pero en los campos de exterminio y las zonas de hambre soviéticas murieron seis millones de personas, de las cuales unos cuatro millones perecieron en estas tierras de sangre.

"El 90% de los que entraron en el gulag salió con vida. La mayoría de los que entraron en los campos de concentración alemanes también sobrevivió", defiende atrevido Snyder en el libro, para quien hay una diferencia entre "ser sentenciado a un campo y ser sentenciado a muerte, entre el trabajo y el gas,entre la esclavitud y las balas". (...)

El hambre fue el método más frecuente de asesinato en masa en los años treinta y cuarenta, "antes que las balas y el gas". La cuarta parte de las 14 millones de víctimas fue asesinada, según Snyder, antes de que empezara la II Guerra Mundial. La inanición, verdadera arma de destrucción masiva.

"El hambre es una manifestación terrible del control político. Se requiere una gran cantidad de poder para conducir a un pueblo a la inanición", reconoce el profesor en la Universidad de Yale a Público.(...)

 Según sus cálculos, el régimen estalinista asesinó a unos seis millones de personas deliberadamente y el régimen nazi a 11 millones. "Si añadimos a todas estas personas aquellas que perecieron por enfermedad o hambre en los campos de concentración, el número aumenta a alrededor de nueve millones de personas más para los soviéticos y unos 12 millones para los alemanes", aclara el historiador. Naturalmente, a esos números estremecedores hay que sumar la muerte de los militares.

"Estas son una responsabilidad alemana", señala Snyder para destacar la liquidación nazi. Curiosamente, esta fue también la parte del mundo más mortífera para los soldados: alrededor de la mitad de las bajas militares de la contienda cayeron allí.

Belzec, Sobibor, Chelmno, Treblinka, Auschwitz y Majdanek, territorios del mal. Lugares en los que se aceleró el exterminio judío a partir de 1941, cuando la guerra no iba como Hitler había imaginado. Y todavía podía haber sido más horrible: la versión original de la "solución final" de Hitler debía tener efecto después de la guerra.

Con la victoria, preveía la aniquilación de "30 millones de civiles, que habrían muerto de hambre durante el primer invierno". "El riesgo de asociar esto al mal es que lo deshumanizamos y dejamos de entender lo que los humanos son capaces de hacer", advierte.

Por si todo esto fuera poco, por si se pensaba que las fotografías y filmaciones de los campos de concentración alemanes eran la cúspide del espanto, Timothy Snyder las califica de "atisbo" del pánico. Porque nadie pudo dar testimonio de las "tierras de sangre".

"Las fuerzas británicas y estadounidenses liberaron campos de concentración alemanes como Belsen y Dachau, pero nunca llegaron a ninguno de los centros de exterminio importantes", añade, para señalar que la verdadera dimensión de las matanzas ha tardado en llegar y otras se han perdido.

Los crímenes del estalinismo quedaron sin documentar y las fuerzas aliadas "nunca vieron ninguno de los lugares donde los alemanes perpetraron sus masacres". Y, aún así, nadie puede olvidarlos."                   (Público, 02/02/2012)

13/3/10

El 'vermeer' favorito de Hitler

""Quiero ese vermeer", anunció Adolf Hitler en 1935, dos años después de llegar al poder en Alemania. Lo que ansiaba el Führer era El arte de la pintura, de Johannes Vermeer, pero hasta 1940 no consiguió comprárselo al conde Jaromir Czernin de Chudenitz y Morzin. Pagó 1,65 millones de marcos alemanes, cifra inferior al precio que hubiera alcanzado en el mercado y a los dos millones de marcos que quería el conde. (...)

Hitler quería que la obra (pintada entre 1666 y 1668) fuera una de las joyas del museo que planeaba levantar en la ciudad austriaca de Linz. Y Czernin, su dueño, creyó que vendiéndosela al dictador nazi ponía a su segunda esposa, Alix-May, y a su familia de sangre judía, a salvo de la ley de pureza de la raza del Tercer Reich.

El temor de Czernin no era infundado. Antes de que la Alemania nazi se anexionara a la vecina Austria en 1938, el régimen había expropiado al conde sus bienes fuera del territorio austriaco y su mujer había tenido que abandonar la población alemana de Stein en Nuremberg, donde vívía y en cuya residencia aparecieron pintadas amenazantes.

La "venta fue el precio para sobrevivir", afirma el abogado de los descendientes del conde, Andreas Theiss, quien recuerda que gracias a la transacción Alix-May no fue enviada a un campo de concentración, pero tuvo que portar, como cualquier otro judío, la estrella de David. Su marido fue expropiado, sufrió la cárcel de la temida policía secreta oficial de la Gestapo y cayó en la pobreza. Alexander Czernin, primogénito del conde, recuerda que cuando su padre le leyó la carta que confirmaba la venta de aquella obra exclamó: "Ahora estamos a salvo". (El País, ed. Galicia, cultura, 12/03/2010, p. 43)

12/2/10

La orden de Hitler... el origen del genocidio nazi... el de los judíos

"En el afligido centro del maltrecho continente europes, se llevaban a cabo las primeras deportaciones de judíos a Auschwitz. "Se está deportando a los judíos hacia el Este. Un proceder bastante bárbaro, aunque éste no es el lugar para decribir con más detalles, y tras el cual no quedará gran cosa de los judíos -escribió Goegbbels con macabra satisfacción-.

En general, podría establecerse que el sesenta por ciento de ellos deben ser iquidados y que sólo el cuarenta por cienteo restante puede ponerse a trabajar. Los judíos son el blanco de un enjuiciamiento brutal bien merecido. Se trata de una lucha a vida o muerte entre la raza aria y los bacilos judíos. El Führer vuelve a mostrarse ocmo el paladín y el portavoz inquebrantable de una solución férrea" (40)

Aunque Hitler tuvo mucho cuidado de evitar que su nombre apareciera en niguno de los prgramas de exterminio, los archivos de Goebbels demostraban qu ela voluntad y las órdenes procedían del más alto nivel. (40) Kershaw, Hitler 1936-1945"

(Simon Berthon y Joanna Potts: Amos de la guerra. E corazón del conflicto, 1939-1945, p. 190. Ed. Destino, 2007, Barcelona)

30/10/09

Hitler, el afectuoso... y el nazi impenitente...

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El mariscal Paulus, en el centro, observa las instrucciones que imparte Adolf Hitler durante el cerco a Stalingrado, antes de la ofensiva del verano de 1942

"Fritz Darges, oficial de la organización militar de las SS, ha escrito un libro que, según algunos historiadores, puede aportar información clave que apunte directamente a Hitler en el asesinato de millones de judíos.

"Era afectuoso", aseguró Darges, "tenía una apariencia simpática y era calmado".

Darges también explicó a ese mismo periódico alemán que Hitler le despidió por un incidente extraño con una mosca. Durante una reunión estratégica de los altos mandos nazis, en julio de 1944, una mosca revoloteaba por la habitación. Hitler ordenó a Darges que se deshiciera de ella, y éste contestó que, al tratarse de un asunto "aéreo", debería encargarse el adjunto a la Luftwaffe (fuerza aérea), Nicolaus von Below, quien se encontraba también en la habitación. Hitler montó en cólera y le despidió: "Deberías estar en el frente del este", le espetó.

"Yo siempre estaba allí por él, en todas las conferencias, en todas reuniones de servicio. Debo decir que di con un genio. Todos nosotros soñábamos con un Imperio alemán más grande. Es por eso por lo que yo serví para él y lo volvería a hacer ahora". (El País, 30/10/2009)