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26/11/19

El pastor protestante que mató Franco. La persecución religiosa del franquismo también fue terrible

"La cinta 'Mientras dure la guerra' recupera la figura del presbítero, maestro, masón y republicano, amigo de Miguel de Unamuno y ejecutado por los franquistas
Protestante, maestro, republicano y masón. Atilano Coco tenía todas las cartas para acabar asesinado por los golpistas. Y así ocurrió. Secuestrado en Salamanca, encarcelado y muerto a tiros en diciembre del 36, el amigo de Miguel de Unamuno que recupera la película Mientras dure la guerra de Alejandro Amenábar es un ejemplo de las persecuciones religiosas que ejecutó el fascismo español.

Si la República había consagrado la libertad de culto, los rebeldes sostenían una idea única de España: católica, pura, impermeable. Más allá, todo eran herejes. Y, como en un remake a destiempo de la Inquisición, serían perseguidos, sometidos a cárcel, torturas y ejecuciones, además del expolio de sus bienes, que entraron en el saco del botín de guerra de los derrotados.


Atilano Coco, su vida, obra y muerte, quedan como paradigma de esta cacería al infiel emprendida por el naciente franquismo. Porque el culto, para los fascistas, tenía principio y fin en la colaboradora Iglesia católica. Un fanatismo religioso que ni el propio Unamuno sería capaz de interrumpir siquiera por un caso, como retrata Amenábar.

Queda como epitafio la nota que Enriqueta Carbonell, mujer de Coco, entregó al intelectual para recordar la situación de su marido. Un papel en el que Unamuno, dicen, escribió apuntes del discurso en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca donde soltó el famoso "venceréis, pero no convenceréis". 

Un par de meses después, el 9 de diciembre, Atilano Coco fue ejecutado en el monte de La Orbada. Pero el presbítero sigue siendo además un desaparecido. Uno más entre miles que continúan arrojados a fosas comunes repartidas por todo el país. Nadie sabe dónde está la tumba del amigo de Unamuno.


Una tarea de "limpieza" religiosa 
"Claro que hubo una persecución religiosa", resume en declaraciones a eldiario.es el obispo de Madrid de la Iglesia Anglicana de España, Carlos López. "Quizás una veintena de protestantes españoles fueron ejecutados" por los franquistas, calcula.

Y aporta otros nombres, más allá de Atilano Coco. "Como Pedro de Vegas, que tenía una parroquia y una librería en Córdoba que mandaron quemar. Luego le asesinaron", explica. "Era además amigo de Pío Baroja, que lo saca en alguna de sus novelas".

Sigue. "Julio Caro, también ejecutado sin juicio previo". Y "otros condenados a penas de cárcel", como Santos Martín Molina en Sevilla, "que penó ocho años". También aquellos que no encontraron más salida que el destierro, como Manuel Borobia en Valladolid, "que marchó a Vigo, donde tampoco le dejaron ejercer como maestro, y se tuvo que ir de España", y Progreso Parrilla, que desde Jaén "atravesó el campo y se fue a Portugal, y en Lisboa cogió un barco y se exilió hasta la muerte de Franco en Londres".

Aunque la represión golpista también llegó al saqueo. "Se nos cerraron bastantes templos y el régimen franquista nos expropió 26 templos y 14 escuelas", sostiene el obispo de Madrid de la Iglesia Anglicana.

Quienes no fueran católicos "seguro estaban expuestos a la represión poliédrica", afirma la historiadora Marta Velasco, autora de Los otros mártires. Porque los golpistas "en los primeros años de guerra arrasaron con todo y no se anduvieron con sutilezas", cuenta en un libro que lleva como subtítulo 'Las religiones minoritarias en España desde la Segunda República hasta nuestros días'.


La búsqueda infructuosa de Atilano Coco 
El propio colectivo memorialista intentó localizar "hace unos años" los huesos del pastor asesinado por los franquistas. Pero la información sobre su paradero "era muy vaga" y los arqueólogos de la ARMH no llegaron "a encontrar un sitio donde buscar". Por eso, hoy, "sigue siendo un desaparecido".

A raíz del caso "hicimos una investigación sobre la represión a las religiones no católicas, como judíos, protestantes o musulmanes", continúa. "A esta gente las perseguían como a los comunistas", ejemplifica Silva. "Los masacraron". Y Atilano Coco, en el verano del 36, era una persona popular en Salamanca. Fácil de señalar.

"Posiblemente recibió denuncia del cura de la parroquia más cercana", apunta Carlos López. "Unos meses antes había tenido con esta persona una polémica pública que le había ganado porque era más ágil y capaz, y le denunció como persona dañina", afirma. "A partir de ahí empezó el camino que lo llevó a la detención y a su ejecución sin juicio previo", subraya el obispo anglicano.

"El problema religioso en España es algo muy antiguo y eso que siempre hemos convivido con otras religiones, más allá de la católica", tercia la historiadora Marta Velasco. "Los evangélicos tenían comedores infantiles, editaban revistas en plena guerra, tuvieron una gran labor social y ahí podemos enmarcar a Atilano", apunta Emilio Silva.

"Eran muy progresistas, dentro de que formaba parte de una religión, por eso los persiguieron y los ilegalizaron", añade el presidente de la ARMH. "Hasta los pactos –de la dictadura de Franco– con EEUU no se aprueba una, entre comillas, ley de libertad religiosa", sostiene. Y ahí coincide con Carlos López: "Hasta entonces las iglesias funcionaban de forma clandestina, antes del decreto de 1967 era una persecución sistemática e intolerancia plena".


La persecución que "no descansa" 
"La persecución religiosa fue terrible y el régimen no descansa", los golpistas atacan mientras dura la guerra y continúan durante la dictadura de Francisco Franco. Los rebeldes "se dan cuenta de la diversidad hispana, descubren la importancia de otras religiones en la sociedad" y emprenden una tarea "de limpieza y pureza en la que no cabía el diferente", añade como "hipótesis histórica".

¿Qué cifras alcanzó esta violencia? "No hay una cuantificación de personas que sufrieron represión" por este motivo, explica la investigadora. El olvido está razonado desde "la marginalidad en la que han vivido" provocando que "aún hoy no sean colectivos visibles", apunta Velasco.

"El franquismo ha conseguido fijar en nuestro imaginario colectivo que el protestante no es de aquí, que es extranjero, igual que pasa ahora con los musulmanes, aunque hayan nacido en España, como que no nos cuadra", explica Marta Velasco. Una herramienta clave para asentar esta exclusión nace "cuando la iglesia se mete en el sistema educativo como espina dorsal del régimen".

"Yo no conocía lo que había pasado con las minorías religiosas y lo más interesante cuando inicié la investigación fue darme cuenta que como, sin considerarme una persona católica, cargaba con todo el discurso nacional católico", añade. "Y los protestantes, evangélicos... tienen una consideración de secta. ¿Por qué decimos eso?", cuestiona.


Fascismo contra las "reformas republicanas" 
Constitución de la Segunda República Española de diciembre de 1931, artículo 27: "la libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión quedan garantizadas en el territorio español". El franquismo azotó la diversidad de culto desde el primer momento, restaurando la religión católica como único camino permitido bajo el lema 'Un dios, una patria, un caudillo'.

"La normativa franquista se va comiendo a las reformas republicanas", señala Marta Velasco. "Un proceso que cuando se estudia en paralelo es siniestro, terrible, como si le metieran una poda bestial a todas las hojas verdes y flores del árbol y lo dejaran seco", dibuja.

Y en ese contexto de primera violencia extrema y persecución religiosa resultó detenido y asesinado Atilano Coco Martín (Guarrate, Zamora, 1902 – Salamanca, 1936). El pastor protestante había estudiado en Inglaterra, era presbítero de la Iglesia Española Reformada Espiscopal, maestro de la escuela adjunta a la iglesia anglicana y miembro del Partido Republicano Radical Socialista, más tarde de Unión Republicana, y de la logia masónica Helmántica como parte del Grande Oriente Español.

Los militares golpistas detienen a Coco a finales de julio del 36 y lo encarcelan en la prisión provincial de Salamanca. Con Enriqueta Carbonell Carratalá tenía dos hijos, Alicia y Enrique. Todos los intentos de su mujer por azuzar al amigo Miguel de Unamuno para lograr su salvación fueron en vano, como cuenta la cinta Mientras dure la guerra.

"Me faltó en la película que acabara diciendo que Atilano Coco está todavía desaparecido y que retratara más su perfil progresista, porque aparece un tanto desdibujado", afina el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), Emilio Silva.

Atilano Coco, el pastor protestante amigo de Miguel de Unamuno ha sido rescatado por la película de Alejandro Amenábar. El presbítero tiene otros reconocimientos, como una calle a su nombre en su pueblo natal, Guarrate, o la residencia universitaria 'Centro Atilano Coco' inaugurada en 2005 en Salamanca. Pero, todavía, el maestro, republicano y masón asesinado por los franquistas sigue siendo un desaparecido. Nadie sabe dónde está su tumba. Como otros miles de personas enterradas en fosas comunes por toda España.


Una sociedad mal informada debilita la democracia 
Ahora más que nunca se demuestra que la desinformación debilita la democracia y por eso son necesarios medios que desvelan esas trampas: la independencia de eldiario.es es posible porque somos rentables y no tenemos deudas. Solo nos financiamos con la publicidad y el apoyo de más de 34.000 socios y socias. Nuestro trabajo necesita de tu apoyo, y cuesta dinero."                 (Juan Miguel Baquero, eldiario.es, 19/11/19)

23/9/11

La represión de los protestantes. "dos falangistas le fueron a buscar para que enterrara a Ángel, pero que él se negó, porque estaba vivo, aunque herido... le encañonaron con sus pistolas y le obligaron a enterrarlo en esas condiciones"

"Como se dice más arriba, este lamentable y vergonzoso hecho no fue exclusivo de Cigales: valga como ejemplo de la saña católica y su persecución contra otras creencias lo ocurrido en el valle del Tiétar, donde fueron fusilados todos los hombres mayores de 17 años que profesaban el credo evangelista.

En Cigales había un presbítero, el señor Cipriano San José, cuyos dos hijos mayores fueron asesinados en Valladolid. El obispo residía en Valladolid y realizaba visitas semanales a Cigales, donde todavía hoy se le recuerda.

Su nombre era Manuel Borobia, y fue detenido precisamente por su condición, aunque la acusación, hipócrita y cobardemente oculte la verdadera causa de la condena que se le impone, adjudicándole gritos de ¡Viva Rusia!; sin embargo, en el mismo documento se dice que “es totalmente responsable de los hechos ocurridos en Cigales”.

Así podemos leer entre líneas que el delito del señor obispo, hombre venerable de más de 60 años, no fue el de alborotar por las calles, sino el de ser la cabeza de una iglesia tan legal, por lo menos, como la católica.

Entre estos casos, uno de los más significativos fue el asesinato del guarda de campo Ángel de la Fuente, quien no había sido detenido a pesar de haber mantenido disputas y desacuerdos con alguno de los falangistas del pueblo.

Este hombre desapareció cuando ocurrieron los sucesos del 20 de julio y estuvo escondido en los viñedos de la carretera de Ampudia, muy cerca del pueblo. Pero no tenía apoyo de nadie, y se vio obligado a salir a la carretera y pedir comida a uno que pasaba con un carro. Este hombre le ayudó, pero de inmediato lo denunció. Un grupo de falangistas se acercó a la zona, lo localizó y le disparó.

Sus familiares y vecinos pensaban que podía haber escapado, pero pasados varios meses, el sepulturero del pueblo confesó que dos falangistas le fueron a buscar para que enterrara a Ángel, pero que él se negó, porque estaba vivo, aunque herido. Estos dos jóvenes falangistas le encañonaron con sus pistolas y le obligaron a enterrarlo en esas condiciones. El sepulturero quedó muy afectado por aquel hecho.

La vida de las personas relacionadas con los detenidos o asesinados se volvió muy precaria en lo material y verdaderamente inestable en lo psicológico. Los hijos pequeños dejaron en su mayoría la escuela para trabajar y poder ayudar al mantenimiento familiar.

Así, muchas niñas, despojadas de sus padres se vieron obligadas a trabajar como sirvientas, mientras los niños acarreaban agua o piedras, y en los momentos más duros llegaban a pedir limosna. Sus madres lavaban ropas y luchaban por conseguir trabajo que les proporcionaron, sobre todo los italianos acuartelados en la localidad.

La colonia evangelista de Cigales fue uno de los objetivos centrales de la represión, en este caso encabezada por el cura católico y las beatas de la localidad. La capilla y la escuela fueron clausuradas e incautadas, y muchos creyentes fueron detenidos sin otra causa que profesar otra fe distinta de la católica. (...)

Se refiere a Don Manuel Borobia, Obispo evangélico residente en Valladolid, que fue detenido y encarcelado junto con varios de sus hijos, condenados a diversas penas y expulsados del Magisterio.

El presbítero de Cigales se llamaba Cipriano San José, y vivía en la calle del Agua. Uno de sus hijos, Eliseo San José Vigo fue fusilado en Valladolid; otro, muy joven, también fue detenido en Valladolid durante la sublevación, sin que se sepa qué fue de él.
Tanto los evangelistas como los republicanos sufrieron un duro proceso de adoctrinamiento; obligados a bautizarse en la iglesia católica, aun a sabiendas de que no eran creyentes, o que tenían otra religión.

La mayoría de ellos se vieron obligados a acudir al comedor que organizó el Auxilio Social, donde se les obligaba a cantar el Cara al Sol y se les humillaba de muchas maneras. El desprecio, los insultos, las humillaciones y la violencia sufrida por estos vecinos se muestran en los testimonios recogidos, todos ellos concordantes y verosímiles. (...)

Además se produjeron extorsiones y chantajes sobre muchos vecinos de Cigales, hasta que un grupo de vecinos, hartos ya de ser amenazados y robados en nombre de la patria, se acercaron a Valladolid para denunciar a varios falangistas ante el comisario Panero, que era natural de Cigales.

Se comprobó que varios de estos falangistas habían exigido en diferentes ocasiones y mediante amenazas, el pago de cantidades importantes a algunos vecinos de la localidad. El escándalo envió a las Cocheras a dos falangistas conocidos, coincidiendo allí con los republicanos de su pueblo.

El comisario amenazó personalmente a estos dos criminales con “pegarles un tiro” si hacían algo contra sus convecinos, tanto dentro como fuera de Cocheras. Estuvieron detenidos tres o cuatro meses. Tiempo después, uno de ellos se suicidó ingiriendo una caja de cerillas."                    (represionfranquistavalladolid.org, 'Cigales', 05/09/2011)

13/4/11

"Uno de ellos, el que se atrevió a enterrarlos... murió una semana después a causa de la depresión insufrible en que lo había sumido aquel espectáculo"

"Una metáfora emocionante de la intensidad de los sentimientos de tantas personas afectadas por las calamidades de la Guerra Civil y la dictadura fue la decisión de Modesta, la abuela de Emilio Silva, que antes de morir mandó que grabaran en la lápida de su sepultura el nombre de su marido para que lo llevasen con ella cuando lo encontraran.
Otros tuvieron, dentro de lo que cabe, más suerte, como Obdulia Granada, superviviente de un paseo llevado a cabo por una banda de falangistas, comandada por un canalla apodado el 501 por el número de ciudadanos que había asesinado en la zona, que una madrugada de octubre de 1936 mató en Candeleda, Ávila, a tres mujeres: Virtudes de la Puente, de 53 años; Valeriana Granada, de 26, y Pilar Espinosa, de 43, la madre de Obdulia.
Una de ellas, acusada de ser protestante, y otra, de leer El Socialista. En el camión en el que las metieron también iban Obdulia -que entonces contaba 14 años- y la hija de Valeriana, embarazada de dos meses, Heliodora, que tenía 2 años.
Mientras los arqueólogos de la ARMH recuperaban los restos de las tres mujeres, Obdulia recordaba aquel día horrible, contaba que algo hizo cambiar de opinión a los bandidos, que de pronto ordenaron parar el vehículo y las mandaron a ella y a Heliodora de vuelta a casa.
Las tres mujeres fueron fusiladas y a Valeriana le abrieron el vientre, le arrancaron el feto y la rellenaron de hierbas. Los cuerpos quedaron a la intemperie, para que sirvieran de escarmiento a sus vecinos.
Uno de ellos, el que se atrevió a enterrarlos y a poner sobre la fosa una piedra que sirviese de señal, murió una semana después a causa de la depresión insufrible en que lo había sumido aquel espectáculo macabro. Obdulia y Heliodora pudieron, al menos, recuperar los huesos de sus madres y depositarlos en un lugar decente. (...)
... basta con los números que le ponen al desastre las casi 140.000 personas cuyos nombres le fueron entregados al juez Garzón y que son la suma de las 4.000 que fueron enterradas junto al cementerio de Mérida; más las 2.000 que se calcula que están en el de la Almudena, en Madrid; las 1.600 del de Oviedo; las 6.000 de los campos granadinos de Órgiva y Víznar, donde está Federico García Lorca; las al menos 2.000 de Badajoz y las 15.000 de toda Extremadura; las 4.000 o 5.000 de Málaga; las más de 1.000 de Teruel; las casi 12.000 que fueron exterminadas en Córdoba; las cerca de 15.000 en toda Galicia...

Y así hasta completar la escalofriante cifra del dolor, que, por otra parte, siempre será aproximada, puesto que las dimensiones de aquel espanto son incalculables y, sobre todo, indemostrables, porque no existe forma de encontrar a muchos, por ejemplo, a los que fueron arrojados al mar en las islas Canarias y en otros muchos lugares, atados de pies y manos y con un peso amarrado con una soga al cuello. " ('Un tupido velo. 140.000 muertos invisibles', de BENJAMÍN PRADO, El País Semanal, 18/01/2009)