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15/7/21

Caso Samuel: una matanza colectiva como las estudiadas en chimpancés y alimentada con ‘Fortnite’... “Me parece alucinante la falta de ayuda de la gente, grabando con el móvil la escena”

 "Expertos en criminología, educación y psicología social diseccionan el comportamiento gregario de la pandilla de jóvenes, la mayoría sin antecedentes, que desembocó en el crimen de A Coruña.

 La barbarie se adueñó en la madrugada del sábado 3 de julio de una pandilla de jóvenes de entre 17 y 25 años; un número aún indeterminado de muchachos, la mayoría sin antecedentes penales, que al actuar en grupo y supuestamente bebidos se transformaron, según personas vinculadas a la investigación, en una auténtica “jauría humana”

 “De manera enloquecida se estimularon entre ellos”, describe Antonio Andrés-Pueyo, catedrático de Psicología de la Violencia en la Universitat de Barcelona. Hasta convertirse en esos monstruos que destrozaron a golpes la cabeza y el tórax de Samuel Luiz, auxiliar de enfermería de 24 años y carácter conciliador, voluntario de Cruz Roja.

 “La violencia es un recurso que tenemos los humanos, no es algo exclusivo de quinquis marginales”, aclara Andrés-Pueyo. “Y el agregarse para agredir es una reacción muy propia del varón joven”, un comportamiento que puede entrañar “una gravedad altísima”, como en el caso de la agresión mortal de Samuel. “Esto es algo que se ha observado en grupos de chimpancés”.

“Los animales pacíficos tienen una enorme capacidad de hacer daño porque tienen recursos”, explica el catedrático de Barcelona. “Ocurre en las discotecas cada dos por tres. Ira, irritación, excitación colectiva, noche, alcohol... Todo multiplica la exacerbación del deseo de venganza”, describe el catedrático, “contra quien ‘ha molestado a nuestro colega”.

 Al final, “pequeños componentes forman la tormenta perfecta sobre la víctima”, concluye. Son “cosas que abonan”, condimentos que los llevan a actuar, en manada, “como si perdieran la razón”. El joven al que mataron solo fue para ellos, sostiene el especialista, “una víctima propiciatoria, que estaba en el lugar inadecuado en el momento inadecuado”. 

Los agresores “lo deshumanizaron totalmente, lo cosificaron”.

 Estos estallidos sin justificación ocurren semanalmente “en todos los botellones”, recuerdan los especialistas consultados, pero “como se saldan con heridos, no salen en la prensa”. El criminólogo y perito judicial de A Coruña Luis Alamancos advierte: “Estamos llegando a un punto muy peligroso en la banalización de la violencia” en una sociedad sobrada de “esos pequeños tiranos que define Javier Urra [psicólogo, ex defensor del Menor de la Comunidad de Madrid]”, a los que los padres no saben “imponer límites”. “Basta que haya un detonador y el grupo actúa al unísono”, sin pensar que “con 18 años cada hecho acarrea una consecuencia”.

Manuel Isorna, doctor en Psicología y profesor del departamento de análisis e intervención Psicosocioeducativa de la Universidade de Vigo, avisa sobre lo que detecta en su trabajo continuo con chicos desde la adolescencia: “Tenemos un gran problema y va a ir a más: si creemos que los niños de ahora van a ser como nosotros cuando cumplan 40 años, estamos muy equivocados”. “Tienen poco autocontrol y poca tolerancia a la frustración. No aprenden a compartir, ni a resolver conflictos ni a controlar sus impulsos”.

 “Cuando hay peleas de jóvenes, todo lo que sucede es la suma de un montón de factores de riesgo”, subraya Andrés-Pueyo. “Es fundamental que alguien tome la iniciativa para que luego se desencadene la agresión de grupo. El conflicto lo tiene este agresor inicial, no la víctima”. En el crimen de A Coruña, la chispa que prendió la pólvora fue un presunto malentendido: un joven de 20 años que estaba con su novia a las puertas de un bar creyó, supuestamente, que Samuel le estaba grabando con el móvil. 

En realidad, la víctima mantenía, junto a una amiga, una videollamada con otra chica en Pontevedra. El otro veinteañero, que llegó gritando “o dejas de grabar o te mato, maricón”, no atendió a explicaciones y ahora está en prisión, investigado por un posible homicidio o asesinato.

Puntos por “patear, reventar y asesinar”

“Antes teníamos aquello de los dos rombos” que señalaba los programas de televisión no aptos para menores, rememora Alamancos, “ahora no hay filtros”. “A cualquier hora, los chicos tienen ante ellos series y juegos hiperviolentos a los que están enganchadísimos, como Fortnite”. “Se nos viene encima un problema enorme”, alerta, porque “la gente no va a saber qué es ficción y qué realidad”. 

Según la investigación policial, el crimen de A Coruña “no fue premeditado”, continúa el criminólogo y grafólogo. “Pero tampoco se puede decir que fuera un arrebato del momento”, porque “media un hombre de nacionalidad senegalesa para separarlos” y “después de la primera trifulca, a 150 metros, el grupo vuelve a atacar a Samuel y lo golpea con un ensañamiento brutal”.

 Los chicos que fueron detenidos por la muerte de Luiz “seguramente no suspenden ética; nadie la suspende porque es la maría de las marías”, lamenta Isorna. “Es urgente introducir en el sistema educativo técnicas de relajación y autocontrol, desarrollo de la empatía, la tolerancia y las habilidades sociales... Entrenar la asertividad de los niños”, insiste el profesor de la Universidade de Vigo. Antes, esto se aprendía “en las familias con varios hermanos, en la calle o en clubes culturales y deportivos, de los que cada vez hay menos en España”.

“Nosotros crecimos llorando con Marco, o viendo la relación de Heidi con su abuelo”, ejemplifica el psicólogo: “Hoy, nuestros jóvenes tienen como referencia a youtubers que, a salvo en sus habitaciones, explican cómo matar en Fortnite, o cómo hacer en GTA [otro juego] para tener relaciones sexuales con una mujer en un coche y luego pegarle un tiro para quitarle el dinero”.

 Muchos videojuegos de moda “consisten en matar, patear, reventar, asesinar... Y encima les dan puntos por ello”, protesta el experto en intervención psicosocioeducativa. “La mayor parte de los jóvenes saben discernir, pero perciben demasiada violencia”, sostiene Isorna: “Tenemos un ministro que nos alerta sobre la carne, pero nunca se hace nada contra estas multinacionales de los juegos”.

 “Los niños viven en un cambio de pantalla, donde no existe la frustración y no se demora la recompensa”, prosigue el educador. “Cuando el estado emocional de mi hijo depende de si le dan likes al vídeo chorra que cuelga tenemos un problema”, avisa. “Las reglas del sistema han cambiado y tenemos que verlo”, alerta, “según las estadísticas oficiales, un 20% de los adolescentes españoles (más las chicas que los chicos) consumen psicofármacos, con o sin receta”.

 En este escenario, los padres “hemos pasado de ser autoridades a ser colegas de nuestros hijos, sin establecer normas”, reprocha el psicólogo: “Los hijos llegan borrachos a las cinco de la mañana y no pasa nada. Hay falta de comunicación y afecto, y los conflictos, incluso dentro de la familia, se resuelven por WhatsApp”.

Impulsos cerebrales

“A los 20 años aún no está formada la corteza prefrontal, que se desarrolla plenamente entre los 22 y los 25″, explica Isorna. Y el alcohol, además, “deprime esta zona del cerebro que rige el autocontrol, los impulsos, la toma de decisiones”. Alamancos, en la misma línea, advierte: “Se han multiplicado los casos de cirrosis hepática entre la gente joven. La intoxicación etílica está detrás de muchas peleas. Afecta al sistema nervioso central y desinhibe. Saca lo que cada uno tiene dentro”.

Isorna añade: “Antes había violencia instrumental, se planificaba y se agredía para conseguir algo, fuera una moto o una cazadora. Hoy sigue habiéndola, pero además está la violencia emocional u hostil”, que es la que ejercieron sobre Luiz. Los agresores “no salen a matar a nadie, pero salen a la calle con un imaginario social: son el grupo perfecto y, automáticamente, lo que no encaje en esto se odia”.

“La sociedad busca siempre una causa”, recalca Andrés-Pueyo. “Una sola. Pero en clave criminológica en estos sucesos hay muchas circunstancias que se encadenan”. El crimen de A Coruña “arrancó con un ataque de ira del primer agresor, y ese choque inicial contaminó inmediatamente a todo el grupo”. Según fuentes relacionadas con las pesquisas, las chicas jaleaban y los chicos pegaban al tiempo que insultaban al muchacho indefenso con expresiones, entre otras, como “maricón de mierda”.

 Según sus amigas, la víctima era homosexual. Pese al barniz homófobo del acto que denuncian ellas y que ha derivado en unos 150 actos de repulsa en España, el catedrático advierte de que los detenidos (por ahora seis, de los que una semana después del suceso cinco fueron recluidos) “no son una banda de antigais”.

Ante un hecho así, “socialmente todo el mundo pierde”, zanja Andrés-Pueyo, “se genera un gran impacto y miedo, porque de repente se ve que esto puede suceder”. “Para la gente, lo ocurrido no tiene ningún sentido, pero para los que lo han hecho sí, de forma pasajera”, reconoce el psicólogo de la violencia: “Se sintieron reforzados, sintieron que hacían justicia a su amigo” aunque fuera por una estúpida equivocación. “Sintieron que tenían el poder”, en aplastante superioridad numérica. Y lo pagó con su vida quien no pudo defenderse.

De la cárcel ficticia de Zimbardo al crimen de la Villa Olímpica

Hace ahora 50 años, el investigador Philip Zimbardo emprendió un ensayo psicológico en el que adjudicaba a estudiantes universitarios los papeles de carceleros y reclusos de una cárcel ficticia en la Universidad de Stanford.

 El experimento tuvo que ser suspendido a la semana de iniciarse por lo peligroso que se volvió el abuso de poder de los vigilantes. “El ser humano es muy particular”, dice Manuel Isorna, “cuando está en grupo y le das un traje y carta de autoridad automáticamente se transforma”. Además, añade, “su comportamiento individual cambia por completo en colectivo”. Es así como se produce “el acoso escolar”.

“Es más necesario que nunca modificar el sistema educativo para formar personas asertivas”, capaces de defender sus derechos desde el respeto, reivindica el psicólogo de la Universidade de Vigo. “Cada persona sumisa o agresiva que sale de un centro educativo sin ser detectada a tiempo es un fracaso”.
Samuel Luiz trató de explicarse ante un agresor que no quiso escuchar, y a continuación todas las personas congregadas en la avenida de Buenos Aires asistieron a su linchamiento.

 “Me parece alucinante la falta de ayuda de la gente, grabando con el móvil la escena”, comenta Luis Alamancos, “me recuerda esa frase de Edmund Burke que dice que ‘para que el mal triunfe solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”.

“No es la primera vez que ha pasado algo así en España”, recuerda Antonio Andrés-Pueyo, y cita como ejemplos dos casos de Barcelona: el conocido como crimen de la Mendiga y el llamado caso Valentín o De la Villa Olímpica. El 16 de diciembre del año 2005, Ricardo Pinilla y Oriol Plana, ambos de 18 años, y José Manuel M., de 16, quemaron viva dentro de un cajero a Rosario Endrinal, una exsecretaria de dirección de 50 años que había tocado fondo, alcoholizada e indigente. Los mayores fueron condenados a 16 años y el pequeño, a ocho de internamiento en un centro de menores y a cinco más de libertad vigilada.

El 1 de abril de 2000, otros siete muchachos participaron en la caza de una víctima aleatoria a las puertas de una discoteca en la Villa Olímpica. Colocaron una cazadora como señuelo, y su víctima propiciatoria fue Carlos Javier Robledo, de 24 años, que iba acompañado de dos amigos. El chico se topó la prenda abandonada, la recogió y sus atacantes se abalanzaron sobre él como si estuvieran vengando un robo. Fueron directos a zonas sensibles como la cabeza. 

El tribunal calificó el crimen de “salvaje” y en 2002 impuso a los acusados penas que sumaban más de 157 años, convencido de que habían actuado con “ánimo específico de matar”, aunque solo lo lograron con Robledo. Uno de los autores era menor, le faltaban pocas horas para cumplir 18 años. Fue el primero en pegar un puñetazo y recibió una condena de ocho años de internamiento."                  (Silvia R. Pontevedra , El País, 14/07/21)

 "Mapa de las personas que intentaron ayudar a Samuel: reconstrucción de una noche donde casi nadie llamó a la Policía. 

El crimen que acabó con la vida de Samuel Luiz se produjo ante la mirada de decenas de personas que siguieron su camino sin hacer nada. La excepción, un puñado de siete personas: dos avisaron a la policía

 En la madrugada del 3 de julio, Samuel Luiz fue linhcado hasta la muerte por una multitud una céntrica calle de A Coruña. En las imágenes, publicadas por elDiario.es, se demuestra que la paliza fue multitudinaria. También se puede ver cómo, durante el momento de los dos ataques que sufrió Samuel, decenas de personas caminaban por el lugar de los hechos. Solo dos personas decidieron llamar a la Policía para denunciar los hechos. Otras cinco personas intentaron ayudar a lo largo de esos dramáticos minutos sin conseguir evitar el fatal desenlace. 

Ibrahima Shakur, el joven senegalés que estuvo a punto de salvarlo

El nombre más repetido es el de Ibrahima Shakur, el joven senegalés que intercedió en la primera agresión para tratar de ayudar a Samuel. Su intervención frenó el primer ataque y permitió a la víctima ponerse en pie y alejarse del lugar. En declaraciones a los medios de comunicación Lina, la amiga de Samuel, aseguró que Ibra Shakur fue la única persona que decidió ayudar al joven frente a la multitud que lo asesinó. Cuando se produjo el segundo de los ataques, Ibrahima Shakur ya no estaba allí. Posteriormente, hemos conocido que junto a este joven se encontraba otro migrante que también intentó ayudar a Samuel. A ambos el Gobierno les ha concedido este martes la regularización extraordinaria.

 Acababan de dar las tres de la madrugada y, además de las personas que caminaban por la calle, el tráfico de vehículos era considerable. Desde el interior de uno de esos coches se produjo la primera llamada alertando de la paliza. Según recogen los primeros informes policiales, una conductora anónima llamó la Policía Local para denunciar lo que tan solo pudo ver durante unos segundos desde su coche en marcha. Ahí fue cuando saltaron las alarmas y le Policía se puso en marcha. La patrulla con el distintivo Tango 100 se encontraba por la zona y apenas tardó unos minutos en llegar al lugar en donde Samuel yacía malherido.

Los tres testigos que siguieron el ruido

Poco antes de que llegase el primer coche de Policía, Pablo (57 años), Marco (50 años) y Begoña (50 años) caminaban por la Avenida de Rubine a pocos metros del lugar donde estaba sucediendo la agresión. 

Alertados por el ruido de la turba se acercaron para ver qué estaba pasando. Al torcer la calle y antes de poder ver a Samuel tendido en el suelo, estos tres amigos se cruzaron con el grupo de agresores que abandonaban apresurados la escena del crimen. Pablo fue el primero en verlos: "No había casi nadie por la calle y vi como un grupo escapaba del lugar. No corrían, iban a paso muy rápido. Ojalá hubiera distinguido a alguno".

En cuanto se acercaron a socorrer a Samuel, los tres se dieron cuenta de la gravedad de la situación. La víctima yacía en el suelo inconsciente y rodeado de sangre. En ese momento, Begoña llamó a emergencias. Fue la segunda de las únicas tres llamadas que el sistema de alertas recibió aquella noche.

Minuto tras minuto, Lina y los tres amigos que paseaban en la madrugada del sábado se entregaron intentaron reanimar al joven. Marco lo explicaba así en declaraciones a elDiario.es: "La cosa estaba muy mal. Cuando le agarré la cabeza vi que no paraba de expulsar sangre. Tenía varias brechas en el cráneo". Diez minutos más tarde llegó la primera ambulancia.

Una llamada desde la otra punta de la ciudad

La tercera llamada que recibió la Policía llegó desde la otra punta de la ciudad. Un joven llamó a los agentes para asegurar que había sido testigo de la paliza. Esa última conexión se produjo sobre las tres y media de la madrugada. El denunciante ya estaba lejos del lugar donde Samuel aún luchaba por su vida tendido en el suelo. Concretamente, en la Avenida Sardiñeira, a 2,1 kilómetros del lugar de los hechos. Esa denuncia ha sido fundamental para la investigación ya que es la única en la que un testigo señala conocer la identidad de los agresores. 

La Policía envía un coche patrulla al lugar en donde se ubica el testigo y le toma declaración. Según se recoge en los atestados, el denunciante ofrece las primeras pistas para identificar a los responsables del asesinato e, incluso, llega a dar el apellido de uno de ellos, así como una ubicación del barrio en el que reside buena parte del grupo.

El mapa para ubicar la colaboración de los testigos

La siguiente infografía ubica a cada una de las personas que intentaron ayudar a Samuel o, en última instancia, colaborar en la detención de sus agresores."                    (Javier H. Rodríguez, eldiario.es, 13/07/21)

26/4/11

Dos chicos de 18 años dejan inconsciente a otro de 29 tras propinarle varias patadas en la cabeza





"Unas imágenes grabadas en el metro de Berlín el pasado viernes han conmocionado a Alemania. En ellas se ve cómo dos chicos propinan una brutal paliza a un tercero que volvía a su casa tras asistir a un evento deportivo. El chico, de 29 años, recibió un golpe que lo tiró al suelo y acto seguido empezó a soportar, sin poder mostrar resistencia, varias patadas en la cabeza que lo dejaron inconsciente. Hoy, cuatro días después, ha abierto los ojos aunque todavía no ha recuperado el habla del todo. A pesar de la violencia desmedida que se ve en el vídeo y de la conmoción reflejada en los medios de comunicación alemanes, un juez alemán ha dejado en libertad a los dos agresores porque nadie ha presentado una acusación contra ellos." (El País, 26/04/2011)

28/2/11

"Lo hice porque quise. Cuando pegaba a alguien, me divertía. Pero luego vi que cuando me apuñalaban a mí no era tan divertido"

"Procura no salir sola a la calle. Los pandilleros del barrio se la tienen jurada. "Me han pegado tantas palizas que ya no siento el dolor", confiesa Laura (nombre ficticio). La joven, de origen ruso, se expresa con una frialdad impropia de su edad.

Tiene solo 16 años, pero mucha calle a la espalda. Hace dos, conoció en el instituto a chicos sudamericanos que la arrastraron al submundo de las bandas latinas. Laura se enroló en la Mara Salvatrucha, uno de los grupos violentos que tratan de imponer su ley en Barcelona. Y su vida cambió. (...)

Laura no solo vive amenazada por su "traición" a las bandas. También tiene pendientes juicios por participar en robos y peleas. (...)

La joven mantiene que fue algo espontáneo: "Entré porque les conocía, eran mis amigos. Te dicen que te van a proteger, aunque luego es mentira. No le aconsejo a nadie estar en una banda". (...)

"Lo hice porque quise. Cuando pegaba a alguien, me divertía. Pero luego vi que cuando me apuñalaban a mí no era tan divertido". Una tarde, llegó de clase eufórica. "Decía que era de una banda", dice la madre desde el sofá de casa.

La Mara Salvatrucha acababa de molerla a palos pero, a cambio, la acogía en su seno. Se hizo un tatuaje: "Así la gente sabe quién soy y no se mete conmigo", le dijo a su madre. (...)

Los jefes de la pandilla ordenaban a Laura cometer robos o propinar palizas. "Al principio, no te ponen un cuchillo en el cuello. Pero después, si te niegas a hacer lo que te piden, sufres las consecuencias. Y ya no hay hermanos que valgan", afirma. "Controlan tu vida. Es mejor tenerlos como enemigos que como amigos".

Todos los viernes, Laura pedía a su madre tres euros. Ese día, la banda celebraba una reunión y la marera rusa tenía que pagar, como todos, la cuota. "Le dije que eso tenía que acabar. Que iría yo con ella y les diría que mi hija no iba a pagar más.

Pero Laura me dijo que, si lo hacía, le pegarían", apunta la madre. ¿Para qué necesitan las bandas el dinero? "Es lo único que les importa. Dinero para bebida, drogas y armas".

La dura adolescencia de Laura se torció aún más una noche de concierto. Conoció a un chico que resultó ser miembro de otra mara presente en el área de Barcelona, Barrio 18. Empezó a salir con él.

La Mara Salvatrucha lo consideró una traición en toda regla. Y le hizo pagar por ello. "Un día vi que tenía golpes por todo el cuerpo. Me dijo que se había caído y no quería denunciar", afirma Olga.

Fue la primera de una serie de palizas, agresiones y amenazas de muerte que tienen a Laura con el alma en vilo. La semana pasada, una menor de la MS-13 recién salida de un centro intentó apuñalarla. "Puse la mano a tiempo y solo me hizo un tajo en la mano", dice.

En Barrio 18 tampoco estuvo mucho mejor. "Nada más entrar, me dijeron: 'Bienvenida al infierno'. La gente es cruel". (...)

Laura ha participado en peleas multitudinarias. Un día, un jefe de la mara encarcelado le hizo un encargo: buscar a una chica a la puerta del colegio y pegarle una paliza. Obedeció. ¿Por qué? "Pensaba: mejor ella que yo". También robaba.

En una ocasión, sus hermanas le propusieron ir a "dar una vuelta" a un centro comercial. De un tirón, se llevaron el bolso de una señora. Dos personas dieron la alerta sobre Laura.

Ahora espera juicio, aunque lo vive con aparente resignación. "Ahora ya no robo, por mi madre. Pero con esta crisis, ¿qué opción queda?". A la vez, hace propósito de enmienda: "Me he divertido en su momento, pero ahora esto ya no me conviene".

A Laura le gustan los chicos suramericanos, porque "son más fríos". Conoce al dedillo la historia de las bandas y su iconografía. Y tiene ídolos tan discutibles como el colombiano Pablo Escobar. Es un mar de contrastes. Pasa de la depresión (por perder un teléfono móvil) a la euforia.

Admite que toma drogas. Y mezcla una agresividad hacia su madre con modales exquisitos con el visitante.

Laura espera que, con el tiempo, la dejen en paz. "Quiero estudiar. Durante seis años incluso quise ser mosso, pero ya no". La joven para en el parque con otros chicos. También son, dice, de una banda.

"Me protegen, pero no estoy metida". La madre anda desconcertada: "Casi no me cuenta nada. Se encierra en su habitación y pone música. Y yo solo oigo que el cantante dice todo el rato ñeta, ñeta, ñeta". (El País, 27/02/2011, p. 39)

3/11/08

¿Violencia simbólica? Violencia. La nuestra.



"El detonante final que convirtió esta plaza en un ring improvisado fue el estreno, en la primavera de 2007, de la película 300, dirigida por Zack Snyder y basada en la novela gráfica de Frank Miller sobre la Batalla de las Termópilas. Contagiado por el aguerrido espíritu del rey Leónidas y sus hombres, Legend convenció a Scientific y Spider, junto a quienes practicaba artes marciales al aire libre cerca de una discoteca donde se ganaba los cuartos como portero, para tomar prestada la denominación de origen espartana y fundar una congregación de aficionados a zurrarse al aire libre. (...)

El Triángulo, decidió en abril de este año colgar sus hazañas en Internet. Como reconoce Scientific en su perfil del portal Myspace, "nuestra ocupación es el porno: lo que hacemos por diversión es patear culos a nivel profesional". (...)

Al principio, estas refriegas carecían de reglas, hasta que El Triángulo prohibió los golpes en la cara; aunque eso es un decir, a tenor de vídeos como éste de los Union Square Spartans colgado en You Tube. También se ha establecido que si uno de los contendientes se rinde, termina el combate. No corre la sangre, a pesar de la brutalidad de los golpes. Pero sí hay un vencedor por KO. Los luchadores se funden en un abrazo.

"Se trata de una violencia simbólica, de tipo performativo -de performance-, para ser exhibida; cuando la sangre llega al río no suele estar tan a la vista", reflexiona Carles Feixa, antropólogo y autor, entre otros, del libro De jóvenes, bandas y tribus (Editorial Ariel). "Las batallas a pedradas en el espacio público ya formaban parte del paisaje de la España de posguerra en ciudades como Madrid o Barcelona. Se trataba de una especie de deporte. Lo que ha cambiado es la mediatización de la agresión, que se cuelga en Internet a los cinco minutos de ser presenciada. Estas peleas refuerzan a los contendientes su identidad como jóvenes y les autoafirma como grupo. Es una manera de decir: 'Estamos aquí'. Y también fomentan el mito de Nueva York como urbe repleta de violencia, cuando realmente su intensidad ha bajado considerablemente". (...)

La intención de estos muchachos cuando decidieron mostrar al mundo sus combates desde la Red era que sus vídeos actuasen como reclamo para ganarse unos centavos impartiendo clases callejeras de artes marciales. Pero lo que provocaron fue la proliferación de luchadores experimentados, ansiosos por medirse en Union Square. "Algunos de ellos no tienen oficio ni beneficio, y sueñan con conseguir un sponsor que les permita ganarse la vida peleando en espectáculos al estilo Pressing Catch como los que salen por la tele", apunta desde Nueva York Benjamin Lowy, autor de las fotografías que ilustran estas páginas. "El problema", advierte Carles Feixa, "es que la violencia simbólica puede llegar a convertirse en realidad, como ocurrió con la quema simbólica de coches en la Banlieue parisiense". (...)

De hecho, si de algo está el espacio internauta repleto es de vídeos cargados de violencia tan insoportablemente real como el de las chicas menores de edad que recientemente propinaron una paliza en Colmenarejo (Madrid) a una adolescente de origen ecuatoriano, mientras inmortalizaban el ataque con la cámara de un teléfono móvil. Una grabación lamentable donde puede escucharse a una de las ilustradas agresoras gritando "¡Dala fuerte!" o "¡Písala la cabeza!". "Hoy estamos evolucionando del erotismo de la violencia a esa pornografía de la violencia de la que habla Phillip Bourgeois", concluye el antropólogo Carles Feixa. "Esta transición no se debe tanto a lo que se hace sino al ojo de quien contempla esos vídeos". (...)

¿Quién dijo que la vida fuera fácil, muchacho? Como colofón a su libro autobiográfico Fight the power (traducido al castellano por Numa Editorial), el rapero Chuck-D, alma mater de Public Enemy y eminente cronista de la violencia en las calles de Nueva York, cita: "Me levanto después de que me pateen el culo, así que me levanto para patear unos cuantos culos". (El País Semanal, 02/11/2008, p. 67/72)