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1/7/22

El héroe anónimo de ‘la desbandá’, una de las mayores matanzas de la Guerra Civil... No pudo evitar la cruel y aún inexplicada matanza de civiles (niños y mujeres, sobre todo), pero su comportamiento heroico sirvió para aminorar los daños

 "Un jubilado de Jaén recupera la figura de su tío abuelo, el carabinero Lucas Millán, cuya “feroz resistencia” aminoró el ataque fascista a las 300.000 personas que en 1937 huyeron de Málaga a Almería.

 A Lucas Millán Gómez, un oficial del cuerpo de carabineros que permaneció fiel a la II República hasta el último día de su vida, lo sentenció un tribunal militar en un consejo de guerra sumarísimo donde, a falta de otras pruebas más evidentes, se le acusó de “ser persona republicana y muy de izquierdas”. Fue condenado a muerte por un delito de rebelión militar “por oponer feroz resistencia” con su unidad al avance de las tropas franquistas durante la desbandá, uno de los pasajes más cruentos de la Guerra Civil. En febrero de 1937, unas 300.000 personas emprendieron la huida a pie por la carretera de la costa que une Málaga con Almería y se calcula que 6.000 civiles murieron en el ataque, por tierra, mar y aire, de las tropas franquistas y sus aliados internacionales. Un sobrino nieto de Millán, Miguel López Martínez, ha recuperado la figura de su tío abuelo tras sumergirse durante miles de horas en archivos civiles y militares.

Miguel López, que también fue militar, quiso durante muchos años tener un conocimiento más exhaustivo de su pariente, que fue fusilado el 31 de agosto de 1937 cuando tenía 51 años. Tras su jubilación, López ha rastreado los archivos y ha conseguido sacar a la luz documentos que revelan el heroísmo de este fiel carabinero republicano. Destaca sobremanera el fallo del consejo de guerra constituido en la plaza militar de Granada y que lo condenó a la pena de muerte. A Lucas Millán se le acusó de “oponer feroz resistencia con su unidad al avance de las tropas del Ejército nacional”, “mantener la disciplina de su unidad, alentando el espíritu de resistencia y combate de sus compañeros, los cuales permanecieron junto a él luchando en primera línea de fuego, cuando ya el grueso de combatientes republicanos se habían declarado en retirada”, “no pasarse al bando nacional ni hacer gestiones para pasarse cuando tuvo ocasión de hacerlo” así como “negarse a cooperar en las filas franquistas, alegando que había jurado lealtad a un gobierno republicano legalmente constituido”.

 Lucas Millán, que tras el alzamiento del 36 participó activamente para sofocar a las facciones sublevadas en varias poblaciones de la costa granadina, lideró las tropas del llamado frente sur republicano que acabó sucumbiendo la tarde del 10 de febrero de 1937 tras la entrada de la vanguardia franquista en Motril (Granada). No pudo evitar la cruel y aún inexplicada matanza de civiles (niños y mujeres, sobre todo), pero su comportamiento heroico sirvió para aminorar el parte de daños. De hecho, fue señalado por las tropas fascistas como uno de los principales iconos de la resistencia republicana. “Su sacrificio o heroísmo, junto al de los demás combatientes que permanecieron junto a él, no fue inútil. La resistencia de estos hombres no solo sirvió de una gran ayuda a los heridos y extenuados que, ametrallados por tierra y mar, iban llegando por la caída de Málaga, sino que además se ganó un tiempo esencial y muy necesario desde el punto de vista estratégico militar, que permitió al Estado Mayor del Ejército Popular Republicano desplazar al lugar a la 6ª Brigada Mixta.

Esto permitió taponar la brecha fascista e hizo que Almería fuera una de las últimas capitales españolas en rendirse al ejército sublevado”, comenta López Martínez, originario, como Millán, de una pequeña aldea de Segura de la Sierra (Jaén).

 Tras la caída de la capital de Málaga, Millán se encontraba con sus tropas en Motril. Apenas tenían armamento ligero y algunas ametralladoras y no llegaban los refuerzos militares que habían reclamado desesperadamente. “A pesar de todo, estos carabineros permanecieron disciplinadamente en sus posiciones resistiendo los bombardeos que recibían por mar y aire y ayudando a la riada de personas que llegaban despavoridas por la carretera de la muerte”, indica López. Y añade: “Para empeorar las cosas, el río Guadalfeo había aumentado considerablemente su caudal y esto, unido a que el puente que lo cruza está inservible por el efecto de los bombardeos, hace que la ciudad se convierta en una ratonera para el personal que viene huyendo, teniendo que cruzar el río en muchos casos a nado y a costa de perderse muchas vidas”.

Finalmente, y ante la superioridad militar del bien equipado ejército fascista liderado por el oficial italiano Mario Roatta y del ejército expedicionario africano al frente del cual estaba Francisco de Borbón, duque de Sevilla, el frente sur republicano comandado por Lucas Millán acabó cediendo el 10 de febrero de 1937. Hubo muchas bajas y muchos prisioneros. López interpreta que el hecho de que su tío abuelo no fuera fusilado in situ sino seis meses más tarde se debió, posiblemente, a que las primeras tropas que tomaron Motril eran de italianos “y estos siempre fueron más respetuosos con la vida de los prisioneros de guerra que los propios españoles llamados nacionales”.

 Sostiene López que la conducta del militar jiennense hace honor al lema del cuerpo de carabineros al que pertenecía: “Moralidad, lealtad, valor y disciplina”. Su hoja de servicios, tanto en el Ejército como en los carabineros, fue impecable y le fueron concedidos varios premios a lo largo de su carrera militar, entre ellos la Medalla del Homenaje en atención a sus méritos, conducta y constancia en el servicio que le concedió el Gobierno de Miguel Primo de Rivera.

En cuanto a su vida civil, López destaca el compromiso de Millán con los más necesitados. Junto a su hermano Ramón, que ostentó un cargo político durante la II República, promovió la construcción en la aldea de Río Madera del edificio conocido como El Centro, donde se daban charlas culturales, se representaban obras de teatro, se enseñaba a los vecinos de Sierra de Segura a leer y a escribir, se organizaban y fomentaban los trabajos agrícolas colectivos. Además, de las fuentes de tradición oral (en especial los recuerdos de su abuela Juana, que era hermana de Lucas) destaca una frase de Millán que siempre recalcaba a sus paisanos: “El saber leer y escribir no quita el hambre, pero os ayudará a encontrar el pan y os hará más libres”. También los más pequeños celebraban la llegada del “hermano Lucas” (así lo llamaban) porque en su equipaje siempre traía palos de caña de azúcar de la costa tropical granadina que cortaba en trozos con la navaja y repartía entre los niños.

Miguel López, que prepara la publicación de un libro sobre la memoria de Lucas Millán, considera que episodios como la desbandá no pueden, ni deben, caer en el olvido. “La tierra que ignora a sus hombres o mujeres, cuando estos han luchado con nobleza y honor y además lo han hecho por una causa democrática, es una tierra estéril y malamente cultivada”, defiende. Por eso, dice no entender la postura de PP y Vox que, el pasado mes de marzo, rechazaron en el Congreso declarar este itinerario mortal como Lugar de Memoria. Vox no solo votó en contra sino que puso en duda que la carnicería fuese cometida por las fuerzas sublevadas contra la República.

Tampoco comprende López la decisión del Ayuntamiento de Madrid de recuperar el nombre de Crucero Baleares en una de sus calles. El crucero Baleares fue uno de los barcos que bombardearon a los civiles durante la desbandá. “Es una burla para las víctimas”, señaló en su día Rafael Morales, presidente de la asociación La Desbandá, un colectivo que lleva desde 2017 repitiendo la ruta para homenajear a los supervivientes y a las víctimas, rescatar del olvido una de las mayores tragedias de la Guerra Civil y exigir reparación."                    (Ginés Donaire , El País, 30/06/22)

11/2/22

Los diarios de Norman Bethune sobre 'La Desbandá': “¿Dónde está la clemencia de un mundo que enferma sin remedio?”

 "Me rodearon, arrancándome la ropa”, recuerda el médico en un momento dado. “Un pensamiento amargo me quemaba la mente: ¿dónde están esta noche los comprometidos ministros del dios cristiano, representantes en la tierra de su amor y salvación? ¿Dónde están, que ignoran estos gritos que claman a su Señor? ¿Dónde están la clemencia y la conciencia de un mundo que enferma sin remedio?”, escribe Norman Bethune en sus diarios. Es Andalucía. Es 1936. 

 Aunque el líder popular Pablo Casado ha declarado recientemente que España vive sus horas más oscuras, es posible que algún historiador le lleve la contraria sin necesidad de remontarse muy atrás en el tiempo. No fueron precisamente luminosos, desde luego, los días en los que la población andaluza, huyendo de la guerra, tuvo que desplazarse en masa bajo la amenaza –terriblemente cumplida– de la aviación fascista italiana y alemana que apoyaron el golpe de estado. Ese episodio conocido como La Desbandá tuvo un testigo excepcional, el médico canadiense Bethune, que plasmó su experiencia por escrito. Ahora, la editorial Pepitas de calabaza reúne esos textos en un volumen titulado con aquel gráfico nombre, junto a otros recuerdos de su estancia en China, donde acabaría sus días.   

 Nacido en Ontario en 1890, había servido como camillero durante la Primera Guerra Mundial y fue herido por metralla. Adquirió una conciencia política vinculada a su profesión, convirtiéndose en defensor de la medicina socializada. Cuando, afiliado ya al Partido Comunista, la Comisión de Ayuda a la Democracia Española le invita a acudir a España tras el estallido de la Guerra Civil, acepta y se incorpora de inmediato al Batallón Mackenzie-Papineau. Era noviembre de 1936.

En España, salvaría miles de vidas con la organización de un servicio de recogida y transporte de sangre de donantes, y fue pionero en la creación de unidades médicas móviles. Pero el suceso que le marcó para siempre fue el éxodo multitudinario de la población malagueña –"una ciudad entera huyendo”, escribe– hacia Almería, a pie y expuesta a la violencia de "las legiones de italianos y alemanes, los moros y los Tercios" en los primeros días de febrero de 1937.

"Camaradas, los niños"

Bethune describe desde su camión el terrible espectáculo de 150.000 personas -aunque hay quien eleva la cifra a 300.000- recorriendo más de cien kilómetros a pie por la única ruta posible. “Treinta kilómetros de seres humanos serpenteaban como una oruga gigante, con sus innumerables miembros elevando una nube de polvo, moviéndose con lentitud”. A su paso, son muchos los caminantes exhaustos que piden ayuda, sobre todo los que temen por la vida de sus hijos. “Camaradas, los niños”, les imploran. Llegan a ser tantos, que toca decidir quién y quién no puede subir.

La situación se repite pronto, y la angustia de Bethune se hace patente en sus cuadernos, tomando conciencia de que el asunto todavía puede empeorar. “Al segundo día decidí que ya no se podía llevar únicamente a los niños. La visión de los padres separados de sus hijos se convirtió en algo espeluznante de sobrellevar. Empezamos a movilizar a familias enteras, dando preferencia a las que tenían niños. Al segundo día nos tocó probar lo que otros habían probado durante cinco días –hambre–. No había de dónde sacar comida en lugar alguno en Almería”. A ello se sumaban las temperaturas extremas de esas fechas. “De noche el frío se hacía insoportable, de modo que añorábamos de nuevo el torturante calor”. Se calculan entre 3.000 y 5.000 las personas que fallecieron en ese éxodo. Entre los que permanecieron en la ciudad se registraron 8.000 fusilados, que fueron arrojados a fosas comunes.

La "garra del fascismo"

Pero lo peor estaba por llegar. Cuando los refugiados lograron alcanzar el puerto de Almería y hacinarse en él, se perpetró otra masacre con una crueldad muy particular. “La alarma sonó treinta segundos antes de que cayera la bomba. Dichos aviones [italianos y alemanes] no se molestaron en alcanzar a los acorazados del Gobierno en el puerto o bombardear los barracones”

“Ahora que la caminata desde Málaga había terminado, ahora que los refugiados se aglomeraban en unas pocas manzanas de la ciudad donde el asesinato en masa únicamente exigía un mínimo de bombas… ahora Franco saciaba su sed de venganza”, explica Bethune. “El puerto le importaba poco. Un puerto no puede pensar, ni desafiar el fascismo, ni sangrar. Solo la gente tenía cerebro, corazón, valor. A matarlos, a mutilarlos, a mostrarles la inclemente garra del fascismo”.  

 “La calle era una devastación sembrada de muertos y moribundos, iluminados tan solo por los destellos anaranjados de los edificios en llamas. En la oscuridad, los gemidos de los niños heridos, los chillidos de las madres angustiadas, las maldiciones de los hombres se levantaron en un llanto masivo, cada vez más alto, hasta alcanzar un tono de una intensidad insoportable”. El saldo contabilizado por Bethune fue de medio centenar de civiles muertos y otros tantos heridos, así como dos soldados muertos.

Una imagen empañada

La figura de Bethune, según explica la prologuista de La Desbandá, Natalia Fernández Díaz-Cabal, no estuvo ajena a la controversia. Aunque su valor fue unánimemente reconocido y regresó a Canadá como un héroe, su afición a los alcoholes empañó su buena imagen. Arturo Barea lo describe como un “jefe dictatorial que irrumpía en la habitación con su cohorte de colaboradores torpes y avergonzados”, y a Hemingway, que también lo conoció, no le cayó muy bien.

En 1938, el médico se marcha a China a petición de la Cruz Roja. Allí, antes de fallecer por una septicemia contraída por un corte mientras operaba, fue recibido por Mao y pudo confirmar la crueldad de la guerra, en la que reconoció el sacrificio de vidas humanas en aras del beneficio de unos pocos. Sus palabras permiten pensar, también, en el conflicto español: “¿Es posible que unos pocos ricos, una reducida clase de hombres, haya persuadido a un millón de hombres más que ataquen e intenten destruir a otro millón de hombres, tan pobres como ellos, de tal suerte que esos rucos se harán aún más ricos?”.             (Alejandro Luque  , eldiario.es, 9 de febrero de 2022)

4/2/22

Hablan los supervivientes del bombardeo fascista de La Desbandá... "Una vez una niña, Araceli, me levantó la falda por detrás. Me dijo que iba buscando el rabo, porque al ser hija de rojos yo era un diablo con rabo. Eso lo recuerdo yo"

 "Hace 85 años se perpetró en la carretera de Málaga a Almería una masacre que el franquismo consiguió ocultar y los vencidos apenas contaban, por miedo o por vergüenza. De La Desbandá no se habló, o se habló "bajito" durante décadas. La dictadura había incrustado en las víctimas el miedo al estigma. En las casas, el tema era tabú, no fuera que el niño escuchara, luego dijera y, finalmente, alguien apuntara con el dedo: rojos.

Tampoco la democracia descorrió las cortinas, al menos de inmediato. Pero poco a poco los niños de entonces fueron perdiendo el miedo o la vergüenza. Un movimiento civil y académico lo rescató del olvido, y La Desbandá (o, como prefieren muchos malagueños, la juía) es hoy un episodio histórico a conmemorar.

Las cifras hacen palidecer a otros episodios lamentables: cientos de miles de desplazados, de los que al menos unos 5.000 murieron: bombardeados por los buques Cervera, Baleares y Canarias, ametrallados en vuelo rasante por los Heinkel que aportó la Luftwaffe o los Fiat CR32 de la aviación italiana, muertos de hambre. Siguen existiendo incógnitas (¿fueron 5.000 o 10.000 muertos? ¿150.000 o 300.000 los desplazados? ¿Por qué la República entregó Málaga?), pero hay consenso entre los historiadores: fue una de las peores masacres de los vencedores de la guerra.

Este jueves, cuando se cumplen 85 años de la masacre, arranca la VI Marcha integral en recuerdo de aquel episodio. Tres supervivientes participarán en esta ocasión. Apenas eran unos niños, pero algunos recuerdan un vaso roto, un muerto en el camino, el llanto de otros niños. Estas son sus historias.

Luisa Vecino, el recuerdo en un vaso roto

Aunque la memoria de Luisa Vecino retiene con facilidad fechas y nombres, no le alcanza para recordar los días que ella y sus padres pasaron bajo las bombas en la carretera de Málaga a Almería, porque apenas era un bebé. Sí se acuerda muy bien de un vaso roto.

"Nosotros salimos el 7 de febrero de 1937. Yo cumplía cuatro meses, así que tengo los recuerdos de lo que me contó mi madre", comienza. "Con lo puesto, me cogieron en brazos y se unieron a los que huían a Almería, huyendo de la avanzada de los franquistas que llegaban de Málaga". Su destino, a pie, era Almería, a 55 kilómetros. Si la salud se lo permite, allí recordará su odisea el próximo 13 de febrero.

Luisa y sus padres vivían entonces en Adra. Su madre, Luigia Bardini, era una distinguida catedrática de la Facultad Agraria de la Universidad de Milán; su padre, José María Vecino Martín, un profesor extremeño (y escritor, poeta y periodista) que pronto se sumó a la reforma educativa que impulsó la República. Se conocieron en 1932, durante un viaje a Europa con el que algunos profesores querían instruirse en los nuevos modelos educativos. Bardini organizó la visita a Milán. "Se conocieron hablando francés, y así hablaron siempre entre ellos el poco tiempo que vivieron juntos", recuerda Luisa.

Socialista convencida, Luigia Bardini había huido del fascismo antes de que Mussolini, a quien había conocido en sus tiempos de maestro, obligara a los docentes a militar en el partido para ejercer. Su pasaporte le serviría luego de irónico salvoconducto: "Usted, como italiana, sabemos que es fascista". "Cuando mi madre casi desde su nacimiento había sido antifascista…", comenta Luisa con sorna.

Luigia y José María recalaron primero en León, pero pronto buscaron el sol del sur. En Adra estaban cuando la guerra llamó a las puertas de su casa. Sin más sustento que la leche materna, Luisa vivió un episodio que marcó profundamente a su madre. Exhausta y mal alimentada, su pecho se secó. Entonces un muchacho del camino se fue a buscar una cabra para ordeñarla. "En un vaso roto me dieron la leche. Mi madre siempre conservó ese vaso roto y sucio. Era una joya para ella".  

Luisa recuerda haber oído hablar a su madre de los bombardeos de los Fiat italianos a la altura de Aguadulce. También los cañonazos del Baleares, nuevamente de actualidad por la recuperación de una calle madrileña en su memoria. "Ella me decía que aquello fue una carneficina, una matanza".

Luisa y Luigia no recorrieron a pie todo el camino. Un médico extranjero que se desplazaba con una ambulancia desde Almería las recogió. "Mi madre pudo hablar con él en francés. Me contó que la hizo subir conmigo en brazos a la ambulancia, y mi padre se quedó". Años después, supo que se trataba de Norman Bethune, leyendo por casualidad su biografía The scalpel, the sword, publicada a comienzos de los 50. "Mi madre lo recordaba como un médico extraordinario, sin saber ni siquiera su nombre 

Bethune las dejó en el Paseo de Almería, y allí se las encontró un profesor conocido de la familia, que las acogió en su casa. "Don José García Pérez. Estaba casado con Micaela Fiol", detalla Luisa. "Murió hace no mucho, con cien años, y toda la vida -a pesar de tener ideas políticas diferentes- fue una excelente persona, y excelente amigo de mis padres".

Pasada la guerra, la vida no fue fácil para Luisa y sus padres, que regresaron a Adra. José María Vecino fue encarcelado y puesto en libertad en 1944. "A mi madre le dijeron que lo consideraban más peligroso que un delincuente común, porque "abría las mentes". Tampoco ella estaba bien vista: "Una vez una niña, Araceli, me levantó la falda por detrás. Me dijo que iba buscando el rabo, porque al ser hija de rojos yo era un diablo con rabo. Eso lo recuerdo yo".

Su madre vendió las pocas joyas que conservaba para alimentar a su hija y llevar algún sustento a la cárcel. "Hacía abrigos de punto, día y noche, para que le dieran comida a cambio". Finalmente, ambos consiguieron trabajo como profesores particulares de los hijos de los vencedores, pero en 1947, su padre falleció de un infarto, y en enero de 1948 regresaron a Milán, donde Luisa se convirtió en traductora e intérprete, y su madre logró colocarse en una escuela superior. También conservó un vaso roto en el que guardó, hasta su muerte, el recuerdo de la guerra.

Ana Pomares, la travesía del Mediterráneo en la bodega de un pesquero

Ana Pomares vio cosas que su madre no quería que viera. Apretada a los pies de los asientos de un coche, viajó por la carretera con sus padres, dos hermanos, y un matrimonio y sus dos hijos. Nueve desde Colmenar, donde se habían refugiado inicialmente, hasta Almería. Tenía nueve años y de vez en cuando se asomaba por la ventanilla: "Recuerdo gente subida en los burros, niños llorando, otros que salían de los cortijos. Se escuchaban los aviones y te ponías que no veas. Veíamos a la gente tirada. Cuando pasaban todos nos quedábamos agachados y callados, y luego veías a los niños perdidos cuando se iban los aviones".

Del viaje, Pomares recuerda que estaba asustada, pero que más lo estaban sus padres. También, la ratonera de una carretera que en su tramo entre Algarrobo (Málaga) y Adra (Almería) discurre encajonada entre monte y mar. Los barcos tiraban al monte: "De allí caían las piedras y a mucha gente la mataban así".

Poco después de llegar a Almería la familia Pomares decidió huir de España. Cruzaron el Mediterráneo en un barco pesquero hasta llegar a Orán (Argelia). Los niños hicieron la travesía en la bodega, pero su madre quiso mirar el peligro de frente: "Hizo toda la travesía en cubierta con una manta liada". Cada vez que veía el reflejo de la luz de un barco de guerra se echaba a temblar.

Tampoco en Orán pasaron mucho tiempo, y pronto regresaron a España: Barcelona, Alicante, Almería y, finalmente, a Algeciras, donde rehicieron su vida. Juan Pomares Sánchez faenó el resto de su vida en el Estrecho. María Ruiz Mira fue ama de casa.

La historia de Ana Pomares se cuenta en el libro La guerra en mis ojos. Los cuatro exilios de Ana (Editorial Círculo Rojo). La mujer viajó este miércoles de Algeciras a Málaga, donde participará en el acto inicial de la marcha de La Desbandá.

"Cuarenta años hemos estado callados. Mis hijos hace pocos años que se han enterado. En mi casa esto no se hablaba, porque cualquiera te podía denunciar. Hablaban mis padres entre ellos, y una lo escuchaba", recuerda hoy. "¿Tú te puedes creer que un historiador, catedrático de Málaga [se refiere a Antonio Nadal], puede decir que esto es mentira? ¿Que los que fueron eran milicianos, que se llevaron a sus mujeres y niños? Vino gente de los pueblos de Málaga y Cádiz. Mi padre era pescador y no tenía nada que ver con la guerra".

Manuel Triano, el silencio para proteger a los niños

"Mis padres me contaron muchos horrores, mucho desastre, mucho padecer. Me contaban los bombardeos por tierra, mar y aire, que no podíamos ni comer. Nada más que huir del fascismo", dice Manuel Triano desde Algeciras. "Éramos miles de criaturas, entre ellos pequeños como yo".

Nacido en agosto del 36, apenas contaba seis meses cuando tuvo que huir de Rincón de la Victoria (Málaga) con sus padres, sus abuelos maternos y tres hermanos. Llegaron hasta Alicante, donde se refugiaron hasta 1939. Su padre, Salvador Triano Arias, era comercial. Su madre, María Simón de la Torre, se dedicaba a "sus labores". Durante años, en su casa no se habló del tema. "Después lo he comprendido. Era una forma de protegernos a nosotros".

Ya mayor, su madre le contó alguna vez las penurias que pasaron para alimentarle. "No me podían ni dar de comer. Mi madre me daba el pecho, pero del susto la leche se le secó". "Y no te pusiste ni malo", le recordaba ella a veces, orgullosa. Menos mal que en algún pueblo les dieron leche en polvo. Al llegar a Alicante se refugiaron en una cueva junto al castillo, hasta que encontraron una casa.  

Otros no corrieron la misma suerte. "Muchos murieron y tuvieron que dejarlos en las cunetas tapados con piedras", recuerda Triano, que pide al menos el reconocimiento de lo que ocurrió. "Fue un crimen terrible y no debería quedar oculto. Pero están los herederos del fascismo, que son fascistas también. Parece mentira que se puedan cometer crímenes tan atroces y se fueran de rositas, y que algunos estén enterrados en las iglesias".

Tiene una placa que le reconoce como superviviente de La Desbandá. "La tengo en primera fila".   

(Néstor Cenizo , eldiario.es, 02/02/22)

3/2/22

Las grandes matanzas del franquismo y el olvido intencionado

 "Muchas fake news, noticias falsas, dicen que ambos bandos mataron de igual manera en la Guerra Civil: es mentira. Mucha gente dice que el franquismo simplemente se defendía del bando republicano: tampoco es cierto. Hay también quienes dicen que las muertes eran inevitables: mienten. Incluso los hay que afirman que la represión tras la guerra fue igual para todos: el problema de afirmar sin saber, de hablar sin conocer, es que se dicen estas barbaridades con total convicción.

Se intenta ocultar numerosas masacres, muchos asesinatos en masa, bien para limpiar conciencias o sencillamente para atribuir a la cruel Transición el apelativo de “modélica” y que se olvide lo que pasó. Lo que pasó no se olvida porque las masacres sucedieron, muchas de ellas en supuesto tiempo de paz, y a día de hoy no han sido juzgadas ni enmendadas. No se deben olvidar porque el fascismo que las provocó vuelve a estar muy presente hoy en día en nuestra sociedad.

Empezaremos mencionando algunas de las masacres que tuvieron lugar por todo el país y que no se deben olvidar porque ocurrieron y no hace tanto tiempo de ello. Mucha gente inocente murió asesinada y no todos mataron mucho: el bando franquista masacró, asesinó vilmente a miles de personas porque consideraban que no todos tenían cabida en su España.

La matanza de Atocha ocurrió el 24 de enero del 77, hace unos días celebramos su aniversario. Un grupo de extrema derecha asesinaron a tiros a tres abogados laboralistas, especialistas en derecho laboral, a un empleado del despacho donde trabajaban y a un estudiante de Derecho. Los abogados asesinados fueron Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides y Francisco Javier. El administrativo era Ángel Rodríguez y el estudiante de derecho, Serafín Holgado. También fueron gravemente heridos Alejandro Ruiz Huerta, Miguel Sarabia, Luis Ramos y Lola González. Esta oficina, situada en el número 55 de la calle Atocha, en Madrid, era un despacho de abogados laboralistas de Comisiones Obreras (CCOO) y del Partido Comunista de España (PCE). Los ultraderechistas irrumpieron en él abriendo fuego para asesinar a todas estas personas.

El atentado transcurrió sobre las 22:30 y las 23:00 horas. Buscaban al sindicalista comunista Joaquín Navarro, secretario general del sindicato de transportes de Comisiones Obreras en Madrid por aquel entonces. Joaquín Navarro fue el convocante de unas huelgas anteriores que lograron desarticular lo que llamaban la “mafia franquista del transporte”. Llamaron al timbre del piso para que les abrieran y así ocurrió pero, al no encontrarle allí, ya que se había marchado unas horas antes, decidieron matar a todos los presentes.

Nos remontamos ahora a los inicios de la Guerra Civil en tierras extremeñas: la matanza de Badajoz. El genocida Francisco Franco intentó borrarla de la historia dos veces pero no lo consiguió.

La guerra empezó el 17 de julio del 36, cuando Franco y el general Mola provocaron una sublevación militar para derrocar el Gobierno de Segunda República, elegido democráticamente en las urnas. Casi un mes después, el 14 de agosto del 36, el general franquista Yagüe y sus tropas entraron en Badajoz: querían acabar con la resistencia republicana que plantó cara al golpe de Estado, procedente en su gran mayoría de organizaciones obreras y partidos de izquierda. Cuando comenzó el asalto franquista a Badajoz la resistencia se encontraba en la catedral, que al final cayó en poder de los legionarios, que fusilaron a todos los antifascistas.

Los moros que acompañaban a Yagüe en este asalto a la ciudad, reclutados por el ejército del general golpista que más tarde sería dictador, se cebaron con la población civil: mataron a todas aquellas personas que estuvieran por las calles, a todos quienes les mostraran oposición. Robaban todo lo que encontraban. Degollaron a muchas personas, violaron en masa a muchas mujeres y mutilaron numerosos cadáveres. Según algunos estudios, se habla de 1.200 a 2.000 ejecuciones durante las primeras horas de la ocupación. Una vez tomada la ciudad, la represión siguió: en el cementerio pacense de San Juan fueron fusiladas muchísimas personas.

La plaza de toros de Badajoz fue un centro de reclusión y de asesinato de miles de personas. La masacre de Badajoz fue un aviso para la población de lo que la represión franquista era capaz de hacer. Al mando estaba Yagüe, conocido como “el carnicero de Badajoz”, y apuntan que entre 1.400 y 3.800 personas fueron ejecutadas en esta plaza de toros. Algunos testigos afirmaron que la sangre brotaba por debajo de las puertas hacia el exterior, dada la enorme cantidad de gente que estaban fusilando.

A 10 km de Valencia se encuentra el paredón de Paterna, en una zona conocida como El Terrer, donde 2.238 personas procedentes de muchas provincias de nuestro país fueron asesinadas por no tener cabida en la España que Franco había ideado. Cientos de hombres y mujeres que simplemente defendían la libertad del pueblo y el sistema de gobierno de la República fueron detenidos, encarcelados, masacrados y arrojados a fosas comunes, algunas con más de 6 metros de profundidad; todo ello, con la guerra dada ya por terminada. En la mayoría de casos el ejército franquista no permitió despedirse a sus familias.

A lo largo del cauce del riu Sec de Castelló de la Plana fueron fusiladas 970 personas, 530 de las cuales fueron lanzadas a fosas comunes. Procedían tanto de esta misma población como de otros lugares y su supuesto delito no fue otro que el no pertenecer al bando que no se sublevó contra el Gobierno legítimo.

Volvamos a la Guerra Civil: el 23 de agosto del 36, varios camiones salieron en dirección al corral de Valcadera, al 70 km de Pamplona. Allí, falangistas —militantes del partido fascista Falange Española, todavía vigente a día de hoy— y requetés —las fuerzas navarras que participaron en el bando nacional durante la Guerra Civil— fusilaron a 53 presos republicanos simplemente por querer conservar la libertad que tenían en España. Varios sacerdotes presenciaron la escena fatal. Sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común.

Una de las masacres más conocidas por su brutalidad y su inhumanidad fue la Desbandá. El 8 de febrero del 37, en plena Guerra Civil, las tropas franquistas se disponían a entrar en la Málaga republicana. Miles de personas quisieron huir hacia Almería para no sufrir la represión franquista, para evitar que sus familias y ellas mismas fueron víctimas de las violaciones y los asesinatos que estaban cometiendo los franquistas en otros lugares. 

La ciudad de Málaga resistía al asedio del ejército de Franco, seguía siendo republicana, por lo que se sabía que la represión iba a ser muy fuerte allí. Por eso, entre 10.000 y 20.000 civiles quisieron abandonar sus hogares de Málaga y partir en dirección a Almería, protagonizando así uno de los mayores éxodos que se han conocido. Su destino estaba a 200 km a pie por un único camino.

Durante este largo trayecto, miles de niñas y niños, hombres y mujeres, embarazadas entre ellas, y gente anciana fueron bombardeados por los barcos que el genocida Francisco Franco dispuso en la costa andaluza. Todo el camino quedó cubierto se sangre y muerte. Miles de personas civiles fueron asesinadas a sangre fría desde la descomunal superioridad de un buque de guerra, por su sensato deseo de exiliarse, de buscar protección junto con sus familias.

Uno de estos barcos fue el Baleares, al que el poco democrático y decente alcalde de Madrid ha decidido volver a dedicarle una calle de la capital para que todas las personas que pasen por ella se sientan orgullosas de la masacre que ocasionó gracias a los franquistas. Qué orgullo, decir que has quedado o que vives en la calle de un buque que arrasó una carretera llena de familias enteras, desarmadas e inocentes; nótese el sarcasmo. El sadismo es una de las cualidades que más ostentan quienes deciden ignorar la memoria histórica, habitualmente bajo la cobardía del anonimato.

La actual calle franquista madrileña del Crucero de Baleares reemplazó a la del Barco Sinaia. En la imagen podemos ver el Baleares, un buque militar imponente, acorazado, con artillería del máximo calibre y de gran alcance, frente al Sinaia, un barco de vapor francés atestado de republicanos exiliados que pudieron llegar con él a México.

Es una vergüenza que en un país democrático se consienta que se dedique otra vez una calle a un hecho histórico en el que se masacró a varios miles de víctimas inocentes; y es que lo que nos vendieron como “democracia” en el 78, después de morir el genocida, no era tal cosa. España no condenó el fascismo como hicieron otros países que lo sufrieron y ahora se van cayendo las máscaras. España nunca será un país democrático mientras esto se consienta, mientras se permita y la ley no haga nada por evitar ni reprimir estas exaltaciones fascistas. En la Desbandá hubo cerca de 160.000 personas que huían de Málaga hacia Almería, más de 12.000 de las cuales perdieron su vida en esa carretera. Fue un genocidio. Y quien se sienta orgulloso de un genocidio, no sea capaz de empatizar con el dolor humano y crea conveniente enaltecer a sus verdugos no está capacitado para representar a un pueblo, y mucho menos la capital de un país.

Volvamos a Extremadura: en Helechal, a medio camino entre Córdoba y Badajoz, se produjo la matanza del cortijo del Enjembraero. Los franquistas sospechaban que 4 hombres colaboraban con el maquis. El maquis era la guerrilla formada por gente que se oponía a la dictadura franquista. Estos campesinos extremeños fueron arrestados por motivos políticos, encarcelados y fusilados el 1 de febrero del 49 por la Guardia Civil. Sus nombres: Antonio Cortés, Silesio Calderón, Antonio Iglesias y Manuel Merino. Fueron sacados de la cárcel de Castuera, a no más de 20 km de su destino, y asesinados en el cortijo.

La simple sospecha de que una persona estuviese colaborando con el maquis era motivo más que suficiente para los franquistas para acabar con su libertad y hasta con su vida. En Alía, en el término de Cáceres, fueron asesinadas 24 personas de esta localidad y de La Calera, ambas extremeñas, por esta mera intuición. La masacre fue perpetrada el 16 de agosto del 42.

La misma suerte tuvieron los 8 habitantes turolenses de la masacre de Monroyo, en la provincia de Teruel, también conocida como la saca de Monroyo: el 11 de noviembre del 47, 8 habitantes fueron asesinados por la Guardia Civil en una carretera cercana a Alcañiz por ser acusados de colaborar con el maquis o de ser maquis.

En Asturias, más de lo mismo: varias personas fueron asesinadas junto a sus familiares en el pozo de Funeres, en Laviana, a manos de la Guardia Civil, por creer estos que pertenecían a la guerrilla antifranquista. Les llevaron hasta este lugar y allí les asesinaron. Estas tres últimas masacres ocurrieron ya asentada la dictadura franquista.

Se conoce como masacre de Azazeta a una matanza que tuvo lugar durante la guerra en el País Vasco, concretamente en Álava: 16 presos políticos, entre quienes estaba Teodoro González de Zárate, el alcalde republicano de Vitoria, fueron asesinados el 31 de marzo del 37.

Estas asesinatos en masa contrastan fuertemente con los fusilamientos de Zaragoza, los en que 3.543 personas murieron en las tapias del cementerio de la capital de Aragón por profesar la ideología del bando que no era bien recibido en España.

Por otra parte, la cifra de la represión franquista en el cementerio San José de Granada es aún mayor: aproximadamente 5.200 personas perdieron la vida en las tapias de este cementerio por sus ideas políticas.

Simplemente hemos nombrado algunas de las matanzas, fusilamientos o asesinatos que ejecutaron los franquistas, ya fueran durante la guerra o tras ella. Una considerable mayoría de las tapias de los cementerios de España están cubiertas por agujeros de las balas que mataron cualquier anhelo y esperanza de volver a la democracia. Algunas de ellas, de hecho, están reconstruidas para eliminar los rastros de la represión franquista y en otras, lamentablemente, ya no se pueden apreciar con claridad dichos orificios por el paso del tiempo.

Hemos mencionado tan solo unas cuantas, hubo muchas más. A lo largo y ancho del territorio español hay múltiples casos de cementerios, paredones y cortijos donde fueron asesinadas extrajudicialmente, por ser presos políticos y por tener una ideología que no compulsase con el fascismo, miles de personas.

España tuvo un régimen genocida, un totalitarismo que facilitó que una persona que quería el poder asediara pueblos y ciudades, permitiera que los moros que reclutó para que le ayudaran a conquistar el país violaran a sus mujeres, que asesinaran impunemente a miles de personas inocentes y a sus parientes; a muchas mujeres embarazadas, a muchos bebés; que violaran a niñas de no más de 14 años.

Si España fuese realmente democrática deberíamos disponer de un sitio web oficial, propiedad del Gobierno, donde podamos consultar todas las matanzas y las atrocidades cometidas; un museo, como lo tienen en otros países que fueron devastados por el fascismo, para que se sepa lo que pasó aquí. Se debe dejar ya de usar esa doble vara de medir, hablando de ganadores y perdedores sin hablar primero de sublevados y defensores de la democracia. Y si un alcalde solicita o accede a denominar a una vía urbana con un nombre franquista debería ser imputado por un delito de odio.

Si España quiere ser democrática necesita un país donde todas y todos tengan cabida, donde la justicia sea igual para todos y todas. No se puede permitir que cualquier alcalde de cualquier ciudad —como ha hecho el de Madrid, que todo lo que tiene de enano lo tiene de malo— se dedique a poner calles de matanzas que provocaron miles de asesinatos de inocentes. Por eso mismo, y para ser realmente democráticos, a toda persona negacionista del genocidio republicano, de las masacres en España, que use fake news para decir que todos mataron por igual, que es mentira lo de Badajoz o cualquier tontería que niegue la historia, se le debe ajusticiar por negacionista y por delito de odio.

Cualquier vestigio franquista que no quiera ser retirado por la autoridad competente a nivel local o provincial debe ser retirado por la Justicia. De lo contrario, es probable que llegue un día en que la población se tome la justicia por su mano y derroque con sus propios medios cualquier cruz o cualquier vestigio cuya retirada la Justicia ignore. Y no estamos alentando a las masas: las masas ya están hartas de que la justicia no sea igual para todas y todos; de que alguien vaya caminando y tenga que toparse con la calle dedicada al verdugo de la matanza franquista de la Desbandá, donde murió un familiar suyo; de tener que comérsela con patatas porque alguien que no es demócrata, que no es íntegro y que tiene antepasados fascistas y está orgulloso de ello decidió poner ahí ese nombre, pensando solo en una parte de España e ignorando deliberadamente a la otra.

No podemos seguir consintiendo que el franquismo campe a sus anchas por España, que España siga teniendo restos de un régimen genocida, asesino y sanguinario. Es ya hora de que España tenga un museo para que la gente joven conozca lo que pasó en este país, que tenemos páginas y sitios web gubernamentales con información veraz y públicamente accesible. Es hora de que la justicia sea por fin igual para todas y todos, de que se imponga el delito de odio a toda aquella persona que quiera ensalzar, defender o negar el genocidio franquista que asoló España.

Es hora de cambiar la ley para que si alguien quiere poner una placa franquista a una calle pueda ponerla en el pasillo de su casa pero no en un sitio público de un país supuestamente democrático. Si quieren que todas y todos nos sintamos parte de España tienen que hacer, entre otras cosas, que sea un país donde las calles sean recordatorios de la libertad, de la cultura y de los valores sociales, no de los asesinatos. Queremos sentirnos parte de España. Queremos calles libres de sangre, queremos calles de libertad.

La represión franquista ocurrió y nadie en su sano juicio puede negarlo. Las cunetas, las fosas, los pozos y las tapias de cementerios ametralladas se cuentan por miles. Hay gente aún traumatizada, cientos de testimonios que nosotros mismos estamos recuperando y mucha a gente a nuestro lado: asociaciones memorialistas, sobrinos y sobrinas, hijos e hijas de gente represaliada.

Estamos hartos de que la justicia solo esté de un lado. Se mencionáramos todas las matanzas provocadas por el dictador y sus partidarios nos llevaría más de 20 páginas; y eso que estamos hablando de las masacres, sin tener en cuenta los abusos de muchas mujeres a quienes violaron en masa, las miles de mujeres que iban a llevar la comida a su marido, a su hijo, a su padre o a su hermano y fueron violadas. Como tampoco tenemos en cuenta a esos moros que se cagaban dentro y fuera de las iglesias que tanto defendía el franquismo, estando a su servicio; que quemaban las cruces, se bebían el vino y se tomaban las hostias. O a esa hija o ese hijo a quien se robó con edad muy temprana para ser entregada o entregado a otra familia. O a esas mujeres embarazadas a quienes se les pegó un tiro a ellas y a sus vientres para que no pariera porque era roja. O esos experimentos inhumanos que hizo el doctor Mengele en los campos de exterminio nazis a los españoles deportados.

No hemos hablado de todos los españoles de los que Serrano Suñer, más conocido como “el Cuñadísimo” —cuñado de Carmen Polo, esposa de Franco el genocida—, ordenó que se les quitara la nacionalidad española. Hitler le preguntó qué quería que hicieran con ellos y este propició que acabaran en campos de concentración.

Todo esto es lo que se vivió durante años y es lo que se tiene que conocer para superar el pasado pero repararlo bien. Reparar el pasado es conocer lo que pasó para saber reconocer situaciones similares y poder evitar así que no vuelva a suceder; es recordarlo para aprender, no para ponerlo en las calles como recordatorio de un tiempo feliz entre la miseria y la muerte. Más calles “Ana María Matute”, “García Lorca” o “Miguel Hernández” y menos “Baleares”, “General Yagüe” o “Queipo de Llano”, que las calles del pueblo no deben exhibir sangre y asesinatos sino progreso, vida y libertad."

(Isabel Ginés y Carlos Gonga , Contrainformación, 29/01/22)

24/1/22

Las víctimas del crucero ‘Baleares’, indignadas con Almeida por recuperar ese nombre para una calle de Madrid... El crucero Baleares fue uno de los barcos que bombardearon a los civiles que entre el 7 y el 12 de febrero de 1937 emprendieron la huida de Málaga por la carretera de Almería tras la toma de la capital malagueña por los sublevados... en esos bombardeos murieron 6.000 españoles

  Huida de civiles, en febrero de 1937, hacia Almería tras la caída de Málaga

"En la Asociación La Desbandá se ultiman los preparativos para recorrer los 240 kilómetros que separan por la costa Málaga y Almería. La misma ruta que hace 85 años, en febrero de 1937, anduvieron 300.000 personas y en la que perdieron la vida alrededor de 6.000 civiles bombardeados por tierra, mar y aire por las tropas franquistas y sus aliados internacionales. Esa carretera de la muerte y lo que allí pasó quedaron sepultados por el silencio impuesto por la dictadura. La asociación lleva desde 2017 repitiendo la ruta para homenajear a los supervivientes y a las víctimas, rescatar del olvido una de las mayores tragedias de la Guerra Civil y exigir reparación.

 En esa tarea de memoria, la asociación se ha encontrado con la decisión del Ayuntamiento de Madrid de recuperar el nombre de Crucero Baleares en una de sus calles. “Es una burla para las víctimas”, señala Rafael Morales, presidente de la asociación. El crucero Baleares fue uno de los barcos que bombardearon a los civiles que entre el 7 y el 12 de febrero de 1937 emprendieron la huida de Málaga por la carretera de Almería tras la toma de la capital malagueña por los sublevados.

Luisa Vecino tenía cuatro meses cuando las bombas empezaron a caer sobre Adra (Almería). Sus padres la cogieron en brazos y se sumaron a la diáspora que venía desde Málaga. “Era una carnicería, una matanza absoluta”, dice Luisa que le contó su madre. La rabia le enreda las palabras cuando cuenta cómo se siente al saber que Madrid ha recuperado el nombre de crucero Baleares. ”Me enfurece, no puedo comprender que en tantos años no se hayan eliminado estas ideas y que las impulsen gente que está en los gobiernos”.

 “Cuando en verano conocimos la intención del Ayuntamiento de Madrid remitimos una denuncia formal alegando que iba en contra de la ley de memoria”, explica Morales. El Consistorio gobernado por el popular José Luis Martínez-Almeida respondió que estaba cumpliendo con una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid que daba la razón a Vox. La asociación de Morales trató, en vano, de que el Ayuntamiento de Málaga, también del PP, se pronunciara en contra. Tampoco lo ha hecho el consejero de Presidencia y portavoz de la Junta de Andalucía, el malagueño Elías Bendodo.

El Ayuntamiento de la capital les explicó que la calle honraba también a los tripulantes del Baleares que fallecieron cuando fue bombardeado en marzo de 1938 por una escuadra republicana, porque “ellos también eran víctimas”. “Aunque ciertamente su marinería pereció en su hundimiento [fallecieron 768 personas], no es menos cierto que fue uno de los causantes del sufrimiento de los protagonistas de La Desbandá, por lo que hubiera sido más justo evitar el agravio comparativo y el incumplimiento del artículo 15 sobre símbolos y monumentos públicos que recoge la ley de memoria”, señala el arqueólogo e investigador Andrés Fernández, coautor del libro 1937: Éxodo Málaga-Almería. Fernández recuerda que, desde 1938, se celebraron funerales y desfiles por los considerados “mártires de la traición”.

De La Desbandá se sabe muy poco. Las fotos que tomó el médico canadiense Norman Bethune son el único testimonio gráfico que atestigua la huida. Precisamente, fue Bethune quien metió a Luisa y a su madre en una furgoneta y las evacuó hasta Almería. Mucho después, cuando Luisa estaba leyendo El bisturí y la espada, supo que el médico protagonista era Bethune. “Le dije: ‘Mamá, aquí se cuenta tu historia, la del doctor que te ayudó”, recuerda emocionada.

Buena parte del relato de lo ocurrido en La Desbandá se ha reconstruido gracias al testimonio oral de los supervivientes, como Luisa. Para acallar las últimas voces que incluso niegan ese éxodo, Morales ha organizado el Congreso Internacional de La Desbandá, para “seguir investigando lo que ocurrió, dónde y por qué”.

 Los primeros recuerdos de Luisa son las seis baldosas en las que su padre, preso desde 1939 en Almería, se turnaba para dormir con sus compañeros de celda. Él salió de la cárcel en 1944 y murió de un infarto en 1947. Un año después, antes de partir para Milán con su madre tuvieron que visitar al cónsul italiano. “Tenía un cuadro de Mussolini. Era normal, entonces gobernaba Franco y eran fascistas, pero ahora no puedo entender que se mantengan esos símbolos”, se revuelve.

La asociación retomará la ruta de La Desbandá el 3 de febrero. Luisa cree que sus recuerdos son “una gota que cae en un mar que está envenenado”, pero valora el esfuerzo de la asociación que cada año invita a supervivientes como ella para rememorar el pasado con el ansia de que su memoria perdure más que una placa en la pared de una calle."                (Eva Sáinz, El País, 21/01/22)

20/1/22

Anselmo Vilar, el farero que apagó la luz para salvar miles de vidas en la Desbandá... lo que dificultó que los aviones y los barcos franquistas pudiesen ubicarse y localizar a la población que huía en este punto de la costa... pocos días después de la entrada de las tropas nacionales fue fusilado

 "Las más de 120.000 personas que integraron la caravana humana que en febrero de 1937 huía de las tropas franquistas hacia Almería, un episodio conocido como la Desbandá, encontraron a su paso por Torre del Mar un aliado: el farero que apagó la luz y que salvó con ello miles de vidas. 

 En este núcleo de población de Vélez-Málaga, en el que se concentraron las personas que escapaban desde Málaga y los que procedían del interior de la comarca de la Axarquía, no se produjeron bombardeos ni ametrallamientos por parte de la aviación italiana y la marina del bando nacional.

 La culpa de esto la tuvo Anselmo Antonio Vilar, el farero de Torre del Mar, natural de Lugo e hijo del que fuese a su vez primer farero de la población, que durante dos días mantuvo apagado el faro, lo que dificultó que los aviones y los barcos pudiesen ubicarse y localizar a la población que huía en este punto de la costa.

Vilar salvó a muchas personas de las ametralladoras y las bombas, pero su decisión le costó la vida, ya que pocos días después de la entrada de las tropas nacionales fue fusilado, según ha explicado Jesús Hurtado, vecino de Vélez-Málaga e investigador de este suceso.

 Hurtado, que ha publicado varios escritos sobre este hecho, ha presentado una iniciativa impulsada por el grupo municipal de IU para homenajear y distinguir al farero y que su gesta no quede olvidada.

Ha asegurado que Vilar fue "un héroe", que al incumplir la principal obligación de su cometido y dejar sin referencia a los aviones salvó a las miles de personas que se ocultaban en la zona en la que se encontraba el antiguo Faro de Torre del Mar, actualmente encajonado entre unos edificios en la avenida Toré Toré.

Ante la falta de referencia, los barcos utilizaron el faro de Torrox, que sí funcionó en los días en los que se produjo la Desbandá y se ubicaron frente a este punto del litoral, que recibió el grueso de los bombardeos, según los partes de guerra estudiados por Hurtado. 

 El portavoz de IU, Miguel Ángel Sánchez, ha explicado que Vilar tuvo el arrojo de apagar la luz del Faro de Torre del Mar y de "dar luz a la población" que se refugiaba en este punto de la costa, "mientras escapaba de la barbarie".

Sánchez ha manifestado que esta hazaña, que quedó silenciada hasta la labor de investigación de Hurtado, evitó que los bombardeos se cebasen en el tramo comprendido entre los núcleos de Almayate y Caleta de Vélez, en las aproximadamente doce millas de ámbito de influencia que cubría el faro.

La intención de IU es que el homenaje vaya más allá del municipio en el que Vilar desempeñó su labor y acabó sus días y, en este sentido, Sánchez ha precisado que su homólogo en el Concello de Lugo ha conseguido el consenso de la corporación municipal para reconocer al farero en la ciudad gallega.

En el caso de Vélez-Málaga, el portavoz de la coalición de izquierdas ha informado de que el asunto se llevará a la Mesa de la Memoria que puso en marcha hace unos meses el Consistorio para lograr un acuerdo.

"Queremos conseguir el máximo consenso, como ya ha pasado en Lugo, y que este gesto supremo de humanidad quede en los anales de la historia", ha insistido.

IU está abierta a negociar los términos del homenaje, que según Sánchez, pueden pasar por un reconocimiento de Vilar como hijo adoptivo a título póstumo, en aplicación del Reglamento de Honores y Distinciones del Ayuntamiento."                     (Enrique Hidalgo, La Opinión de Málaga, 15/12/17)

5/12/17

Quen foi Salvador Moreno, o militar golpista defendido por Rajoy?

"Este jueves, durante su visita a un grupo de militares de la Armada española con los que mantuvo un encuentro en Abiyán (Costa de Marfil), el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se preguntó por qué le quitaron el nombre de una calle al Almirante Salvador Moreno

La respuesta la da Alberto Sabio, historiador de la Universidad de Zaragoza, al explicar quién era Salvador Moreno: "Fue un golpista, estuvo en la conspiración previa a la sublevación militar contra la Segunda República".

 Este militar, que llegó a ser ministro de Marina en la dictadura, desempeñó desde el crucero Almirante Cervera, primero, y desde el acorazado Canarias, después, un papel clave para la victoria franquista en la guerra civil que incluyó el bombardeo de numerosas ciudades costeras. 

(...) había dirigido desde esos barcos cruentos ataques como el bombardeo de la carretera de Málaga a Almería cuando, en febrero de 1937, más de 100.000 civiles huían en lo que se conoció como la desbandá.

Los bombardeos de la artillería terrestre del general Gonzalo Queipo de Llano, que había sitiado Málaga, y los cañones del acorazado Canarias, que apoyaba esa operación desde el mar, provocaron entre 3.000 y 5.000 muertes, en uno de los episodios más sangrientos de la guerra civil.
Moreno, destinado en Ferrol al comienzo de la guerra, se hizo con el control del Almirante Cervera, con el que participó en el bombardeo de Gijón, pese a las reticencias iniciales de la tripulación, leal a la república. (...)"            (Eduardo Bayona, Público, 30/11/17)

"(...) En 2008 foi un dos 35 altos cargos do franquismo imputados pola Audiencia Nacional no sumario instruído por Baltasar Garzón, polos delitos de detención ilegal e crimes contra a humanidade cometidos durante a guerra civil e nos primeiros anos do réxime.(...)"               (Marcos Pérez Pena, Praza Pública)

7/2/17

La 'desbandá': "Nos tirábamos en las cunetas y mi padre nos cubría con su cuerpo para protegernos. Al amanecer había más muertos que vivos en la carretera. Vimos hasta una madre muerta amamantando aun a su hijo”

"Pegados al mar. Al filo de las bombas, miles de refugiados huían en la carretera de Málaga a Almería los primeros días de febrero de 1937. Horror, muerte, cadáveres, cuerpos troceados y maletas perdidas por el suelo.

 “Era una estampida hacia el abismo. Solo queríamos huir para escapar de aquel infierno”. De todos aquellos, ya solo quedan las vivencias de los niños que, con total inconsciencia, reconstruyen el terrible episodio.

Público rescata la historia de Alejandro desde Tenerife, Salvador desde Coín y Amparo en Vélez Málaga. Nunca pudieron olvidar lo sucedido. Uno de los episodios más cruentos y salvajes contra la población en plena Guerra Civil. 

La cifra de refugiados, de aquella larguísima procesión de gente huida ha multiplicado sus números reales, manipulados anteriormente por la historiografía. “Ochenta años después de aquella carretera, se sabe que casi trescientas mil personas vivieron esta huida”, destaca Andrés Fernández a Público, autor junto a Maribel Brenes de la nueva investigación inédita, 1937. Éxodo Málaga-Almería.

Alejandro Torrealba. Diez años en la carretera

Alejandro Torrealba tenía diez años cuando inició aquella carretera. Hoy, a punto de cumplir noventa, recuerda cada segundo de aquel drama. Su hijo Álvaro le ayuda a contar la dura historia. Ambos viven en Santa Cruz de Tenerife, donde ha pasado prácticamente toda su vida. “De Ronda a Málaga íbamos todos caminando.

 Era una marcha de miles y miles de personas. Una riada. Nadie sabía bien hacia dónde avanzaba. Solo querían huir de las bombas”. Torrealba no iba solo en aquel viaje por los pueblos de San Pedro de Alcántara, Torremolinos y Fuengirola. Su tío Alfonso, su tía María, sus primos Tobalo, Angelita, Remedios y Juan iban con ellos. Una semana de trayecto que finalizaría en la ciudad de Almería. Desde el seis al once de febrero de 1937.

La caminata era a pie y no podían parar ante la amenaza continua de las bombas del buque Cervera y Canarias. ¿Cómo podía digerir aquella situación de pánico un niño de diez años?. Por la noche se vivía lo más dramático. “Los barcos estaban muy cerca de la costa y nos acompañaban en todo el trayecto. Los niños que se perdían en la carretera gritaban en medio de las cañas de azúcar donde quedaban escondidos ¿mamaaaa?, ¿papaaaa? Pero al rato ya desistían. 

Seguramente habrían muerto con alguna de las bombas que los buques lanzaban bajo los puentes”, asegura Alejandro a Público. “Aquellos eran días espantosos. Encima nos bombardeaban también por el aire y destruían los puentes que nos servían para resguardarnos del frío. Estaban llenos de personas y metían allí los proyectiles. No te puedes imaginar la masacre. Se veían cuerpos troceados salir de los huecos”.

Aquel niño nunca había tenido la terrible coincidencia de ver tantos muertos. Alejandro recuerda el consejo que su tío Alfonso le daba cuando se avecinaba un bombardeo. “Me decía siempre, Alejandrito tu sal corriendo hacia el hueco de alguna cuneta con la manta”. Lo más espantoso venía minutos más tarde. “En una de aquellas ocasiones me golpeó algo fuertemente la espalda. Cuando abrí los ojos era la cabeza de una niña lanzada por las bombas”.

En la mañana del 11 de febrero, llegaron a la saturada ciudad de Almería bajo mando republicano. “Mi tío Alfonso miraba en el muelle el buque de guerra republicano Jaime I. Teníamos algo de esperanza. Creíamos que a lo mejor aquella guerra nos permitiría llegar de nuevo a casa”. La familia de Alejandro sería trasladada al pueblo de Jabalí Nuevo en Murcia. El joven viviría junto a una familia huérfana por un hijo en el frente de Aragón los mejores años de su vida. “Trabajaba en la huerta de la familia y nunca nos faltó la comida”.

Al acabar la guerra, los refugiados malagueños fueron hacinados en camiones de ganado de vuelta a casa. “Estuvimos días sin comer. La gente moría en los vagones y nos tiraban al suelo como perros. Así ocurrió con mi tío Alfonso que no tenía fuerza para saltar del vagón de pie cuando nos dejaron en Ronda”, afirma Alejandro.

La escasez de la posguerra y la hambruna no daba tregua. Alejandro comía bellotas, plantas hervidas del campo para matar el hambre. La casa que su tío Alfonso tenía en Ronda fue saqueada y ocupada. Eran señalados. Eran unos extraños en su propio pueblo por huir hacia aquella carretera.

Salvador Guzmán. Seis años en la carretera

Salvador solo tenía seis años cuando inició la huida. Sus vivencias, retratadas en su libro autobiográfico “Un nene en la Guerra de España”, lo ha escrito a mano, a pesar de que no tuvo la suerte de ir a la escuela. “Mi vida la tengo en una libreta donde quiero dejar por escrito todo lo que padecí para que no se le olvide a nadie”, relata a Público. 

A sus 86 años, Guzmán no le gusta que nadie llame a aquel episodio de la carretera como la 'desbandá'. “Parece que estamos hablando de una estampida de pájaros y éramos personas que nos fuimos para sobrevivir”.

Salvador haría el viaje en coche ya de madrugada. “En aquel automóvil íbamos muchos. El chófer, mi papa, mi madrastra, mi hermana Ana, mi hermana Carmen, mi hermano, la mujer del alcalde, el hijo y el alcalde y yo, que me llamaban el rubito”. Un L4 recorría los treinta kilómetros que lo separaban de la Nacional 340, imposible de avanzar de madrugada. 

“El chófer lloraba mucho cuando veía que nos podía echar al mar si conducía por la noche sin luces. Algunos soldados bajaron de la sierra para guiarlo”. Con calzadores y apartando cadáveres. Así comenzó la huida de Salvador. “Recuerdo cuando se quedaban paralizados al ver que no había criaturas enteras”.

A pesar de su corta edad, Guzmán no olvida la figura del médico canadiense Norman Bethune y su increíble labor con aquella víctimas. “Tenía una cruz de ambulancia en su furgoneta y era capaz de cortar las hemorragias de piernas y brazos con un solo serrucho. Cómo gritaban… ese dolor de la gente no se puede olvidar”.

Los túneles eran una de las peores vivencias para estos niños, hoy ancianos. “Entramos en uno de aquellos donde caía los obuses y todos eran muertos”. La escasez de alimento y la falta de descanso no minaba el ánimo de los refugiados. “A pesar del peligro que había en todo momento mi padre intentaba hacerme reír y para que no tuviera sed me trajo agua salada en un jarro”.  Riendo, Salvador relata que era capaz de llorar aún mas de la sed tan grande que tenía acumulada.

 El 11 de febrero llegaron a Almería. Ya muy de noche. “Vivimos un bombardeo ya en Motril pero al poco tiempo cuando llegamos a Almería la aviación no nos dejó ni comernos un gazpacho de huevo que nos habían preparado”. El padre de Salvador, marcharía al frente republicano en Guadix. Pocos años duró la batalla y pronto marcharían de nuevo a Málaga.

 “Era tal el odio de aquellos años que uno de los vecinos dio un chivatazo de que mi padre venía de vuelta”. De la carretera, el joven Salvador pasaría a llevar a su padre una cesta con comida hasta la cárcel provincial de Málaga. “Nos avisaron del día que lo iban a fusilar y fuimos con mi madre de madrugada”.

Salvador tenía dieciséis años cuando el 17 de octubre del 1944, José Guzmán era asesinado en el cementerio de San Rafael. “A mi hermano le contaron que iba amarrado con alambres”. Los enterradores le dieron sepultura en un ataúd modesto de madera pero hoy la tumba no está. “De este cementerio salieron muchos restos de huesos al Valle de los Caídos y ahora no sabemos donde ir a ver a mi padre”.

Amparo Gallardo. Doce años en la carretera

La niña Amparo ya había oído escuchar eso de que si los fascistas llegaban a su pueblo, violaban, saqueaban y destrozaban a toda la población. Desde el pueblo de Vélez Málaga inició la huida hasta la capital. Seis de los suyos iniciaron la marcha en cuanto supieron del avance de los golpistas. “Mis padres, Juan y Amparo, mis hermanos María, Antonio, Rafaela y yo, Amparo, que tenía doce años recién cumplidos”.

El éxodo masivo venía de todas las provincias. “Antes de llegar a Nerja la carretera ya estaba llena de gentes de Málaga y de pueblos de Granada. Todos íbamos andando ayudados, como mucho, con algunos carros y mulos que transportaban los pocos enseres que se podían”, recuerda Amparo.

Amparo describe a las miles y miles de familias destrozadas pero también la presencia de milicianos y soldados republicanos que ayudaban a recobrar algo de ánimo. “Hacía mucho frío y la caminata se hacía cada vez más penosa, por lo que muchas personas empezaron a tirar sus cosas y a abandonar a los animales. Ya empezaban las primeras muestras de cansancio, las piernas hinchadas, los zapatos rotos y el llanto de los niños”

El peor episodio llegó en el trayecto de llegada a Motril. La carretera, cercana a acantilados, sufrió tantos bombardeos por aire y por mar que provocó una de las jornadas más sangrientas. “No había escapatoria, porque a la izquierda teníamos la montaña y a la derecha un enorme barranco. Nos tirábamos en las cunetas y mi padre nos cubría con su cuerpo para protegernos. Al amanecer había más muertos que vivos en la carretera. Vimos hasta una madre muerta amamantando aun a su hijo”.

La madre de Amparo padecía del corazón. Con las rodillas llenas de sangre, desfallecía en cada tramo del camino. Aquella niña recuerda como su padre se rompía la camisa para hacer tiras. “Nos vendó los pies porque nuestros zapatos estaban rotos”.

La familia Gallardo se refugió en un hotel tras la llegada a Almería. Pronto marcharían de aquel horror y Amparo se separaría de su familia para trasladarse en barco hasta Valencia. “Yo fui sola en barco con otra familia de Vélez, separándome de la mía, que fue en tren. Al llegar, en el puerto estaban embarcando a los niños huérfanos para Rusia. Tuve que mentir para no tener que embarcar”.

Separadas de los suyos hasta 1938 con familias de acogida, Amparo, marchó al exilio francés junto a sus hermanos y su madre. Su padre se quedaría en una guerra que no daba por perdida. “Sólo éramos ocho familias y los gendarmes franceses nos llevaron a un hotel cerca de Toulouse. A los niños nos escolarizaron y allí estuvimos hasta que la guerra terminó, que fue cuando volvimos”.           (María Serrano, Público, 05/02/17)

6/2/17

La 'desbandá'... la mayor tragedia del golpe de estado de Franco

"(...) El 7 de febrero de 1937, ante la entrada inminente de las tropas golpistas del general Franco y sus aliados alemanes e italianos, la población civil de Málaga (ciudad conocida en aquel momento como Málaga la Roja) y los refugiados llegados desde otras provincias y localidades andaluzas, deciden abandonar la ciudad para huir de la crueldad y la represión que los golpistas ya habían realizado en las ciudades que habían ocupado.

¿Por qué se habla de la mayor tragedia del golpe de estado del general fascista y criminal? ¿Por qué la mayor? 
 
El éxodo de refugiados que se produce desde Málaga en dirección a Almería por la N.340 buscando refugio en esta última ciudad, aún en manos del legítimo gobierno de la II República, se estima entre 150.00 personas y 300.000 según las últimas investigaciones.

 De ellos, la mayoría mujeres niños y ancianos, llegarían a Adra (Almería) 200.000; el resto se volvió o se quedó en el camino.

A lo largo de los días que duró la diáspora, son sometidos a continuos bombardeos, incluso con bombas incendiarias y ametrallamientos incluidos, por tierra, mar y aire. De aquella columna interminable de seres humanos y de los actos inhumanos de los asesinos, se estima que pudieron morir entre 5000 o 15.000 personas; el número exacto solo lo saben los difuntos y sus familiares.

Hasta esos hechos históricos no se había conocido ninguna acción militar de esa envergadura, tan cruel y despiadada contra la población civil. Habría que esperar hasta la II Guerra Mundial y el nazismo, para comprobar que el genocidio de la Desbandá solo fueron los inicios del camino de los monstruos del terror.

¿No escribió Norman Bethune, el gran compañero y médico internacionalista, sobre lo sucedido?

El amigo y compañero de la República, el médico canadiense Norman Bethune, componente de las Brigadas Internacionales, daría testimonio gráfico y escrito de lo que se conoce popularmente como la Desbandá. Su presencia en la columna de refugiados con una ambulancia en la que se trasladó desde Valencia a la N.340 a socorrer a las víctimas, le marcaría para siempre. 

Gracias a este internacionalista, tenemos información y testimonios muy importantes. Después de su expatriación en junio de 1937, el doctor Bethune se dedicó a dar conferencias, escribir artículos y recaudar fondos en solidaridad con la República. Moriría en 1939, en China, asistiendo a los heridos de otra guerra. Este país le tiene entre sus personas más estimadas.

Los demócratas de aquí, tenemos una deuda de gratitud con este médico canadiense. Por ello, en la salida desde Málaga de este 7 de febrero se le rendirá un homenaje. (...)

El genocidio cometido contra los participantes en el éxodo de Málaga a Almería, formaba parte de una estrategia diseñada por los generales golpistas, una limpieza étnica por razones ideológicas: sembrar el terror, el miedo en el ADN del pueblo, de la ciudadanía, para disciplinar a las generaciones del momento y venideras y que no se volvieran a levantar, a tener aspiraciones que no fueran otras que las de la oligarquía española.

El genocidio contra los refugiados de Málaga fue premeditado. Cometido contra personas desarmadas e indefensas, perseguidas hasta la propia ciudad de Almería, donde fueron bombardeadas por aviones fascistas alemanes e italianos cuando a su llegada el 12 de febrero se encontraban apiñados a miles en la calle principal de la ciudad. Málaga la Roja,tenía que pagar su resistencia y servir de escarmiento por la lealtad a la legitimidad establecida. 

El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. Los crímenes contra la humanidad no se pueden olvidar. Intentar tapar esa herida con el olvido es un error o un intento de ocultar a los criminales. Eso solo nos lleva a una sociedad fragmentada y dividida.

A más de ochenta años de aquel golpe de estado, plantear justicia y reparación es lo mínimo que se puede pedir por higiene democrática y Justicia Histórica. (...)"             (Entrevista a Marcos González, Salvador López Arnal , Rebelión, 01/02/17)