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14/9/21

El intelectual del terror Abimael Guzmán, fallecido este sábado en prisión, lideró a los fanáticos de Sendero Luminoso con la rabia de los pobres, sumada a la formación académica de los ricos

 "Hace exactamente 29 años, yo iba en un taxi hacia un bar del centro de Lima cuando la radio transmitió la noticia: la policía peruana había capturado a Abimael Guzmán. Nunca olvidaré ese momento.

El taxista y yo estábamos tan felices que nos abrazamos. Reímos como viejos amigos. Incluso me hizo una rebaja. Nos hermanaba como un vínculo familiar la esperanza de un país sin coches bomba, sin apagones por explosión de torres eléctricas, sin masacres a cuchillo, sin cadáveres dinamitados, sin perros colgados de los postes.

Bajo la dirección de Guzmán, las señas de identidad del grupo terrorista Sendero Luminoso eran escalofriantes. Sus atentados no sólo perseguían la destrucción de sus objetivos, sino el pánico de todos los que quedábamos vivos. Más de 30.000 personas fueron asesinadas con esos métodos. Siempre que podían, los asesinos dejaban en los cuerpos carteles que especificaban las razones de su muerte. Para que a nadie se le ocurriese repetirlas.

Por increíble que parezca, Guzmán no era capaz de realizar físicamente ninguna de esas acciones. No participaba en enfrentamientos militares. En la casa donde lo capturaron, ni siquiera había armas. Su trabajo era completamente intelectual.

Empezaba el día leyendo los periódicos y viendo los noticieros. Según esa información, calculaba dónde podía encontrar brotes de descontento popular. Pedía a sus huestes informes sobre el terreno, que procesaba con su equipo, como una oficina del terror. A continuación, planeaba campañas para captar a esos descontentos y tomar el control de sus comunidades, sindicatos o federaciones de estudiantes. Generalmente, para conseguirlo, hacía falta eliminar a los líderes, alcaldes o cualquier tipo de autoridad.

 Con ese sistema, adaptado de la estrategia de Mao en China, Guzmán llegó a controlar un tercio del territorio nacional. No daba discursos ni salía en televisión. De hecho, durante años, se le creyó muerto. Pero era el único poder, el verdadero gobierno en buena parte de la Sierra peruana.

Si no era un pistolero, tampoco era pobre. O no exactamente. Guzmán fue el hijo de un abuso de clase. De un derecho de pernada. Su padre era un próspero hacendado arequipeño. Su madre, una mujer sin recursos, quizá una campesina, o una vendedora ambulante, que no podía ocuparse del niño y lo abandonó.

Para su suerte -no para la nuestra-, Guzmán fue recibido en casa de su padre, junto a muchos otros de sus hijos ilegítimos. Como miembro de una familia con dinero, asistió a un colegio religioso y estudió dos carreras. Pero no tenía derecho a heredar nada, y por lo tanto, no podía arraigar en la clase social que lo rodeaba. El cóctel resultante era letal: la rabia de los pobres sumada a la formación académica de los ricos.

De manera natural, su estrategia fue extender esa condición a su alrededor. Durante los años sesenta, llegó a jefe de personal del departamento de Educación en la universidad San Cristóbal de Huamanga, Ayacucho. Desde ahí, irradió profesores maoístas hacia los colegios de toda la Sierra Sur. Para cuando inició la lucha armada, en 1980, había formado a una generación entera de jóvenes.

 Los alumnos de Guzmán estaban dispuestos a matar. Pero su jefe se negaba comprar armas, para no depender de otras guerrillas o Estados. Así que a veces, mataban cuerpo a cuerpo, con piedras o cuchillos, lo que los empujaba más allá del umbral del salvajismo. Además, esos chicos creían a toda costa que triunfarían. Y por lo tanto, no tenían miedo de morir. Abimael les había hablado de la “cuota de sangre” que debían ofrecer para cambiar la historia. En su opinión, la muerte solo los convertía en héroes.

El sistema de organización de Sendero potenciaba este aspecto. Si un atentado salía mal, no podía ser culpa de la policía, de la logística o de la mala suerte. Los miembros del comando organizaban una asamblea y culpaban al camarada encargado, por haber permitido que su miedo, su incapacidad o su individualismo estropeasen el plan.

Desde un punto de vista estratégico -asumiendo que el objetivo es volar al Estado en pedazos-, Guzmán fue hábil. Superó los fallos de la guerrilla cubana, que había fracasado una y otra vez en la región andina, se independizó de cualquier injerencia externa y puso en jaque al Perú como no lo logró ninguna otra guerrilla en el continente fuera de Cuba o Nicaragua. Pero esa misma frialdad lo hizo insensible a los intolerables niveles de sufrimiento quien producía, ya no en la élite poderosa de la capital, sino en los propios campesinos a los que decía defender. La derrota de Sendero Luminoso no solo se debió a la caída de su líder, sino también al abandono de sus bases rurales, campesinos e indígenas hartos de su violencia extrema y su fanatismo.

 Ahora bien, el mayor muro de contención contra Guzmán no fue la policía o el ejército, sino los servicios públicos. En realidad, Sendero solo logró crecer donde el Estado no existía. Lo que pasa es que ese espacio era muy amplio. Ya he dicho que puso profesores donde no los había, aunque fuesen profesores fanáticos, porque no había con qué compararlos. También hizo juicios donde no había jueces, para procesar a violadores y abigeos. Y ofreció una milicia a la población. Donde las Fuerzas Armadas confundieron a los campesinos con comunistas y los reprimieron indiscriminadamente, legitimaron sin querer a esa milicia.

Para los habitantes de la costa, o de la Sierra Norte, para los peruanos de 40 años después, para mí mismo, el orden senderista sería una pesadilla infernal, una mezcla de autoritarismo, mojigatería y crueldad pura. Para muchos peruanos de zonas rurales de los años ochenta, era el único. La alternativa era la ley del más fuerte.

Hace un par de años, fui invitado a conversar con alumnos de un colegio público de Ayacucho, a pocas calles de donde Abimael había comenzado a formar su tropa. Los niños ahí me saludaron en español, quechua y un poco de inglés. Me enseñaron canciones y dibujos sobre la historia de nuestro país. Los que tenían más de once años, me hicieron preguntas sobre mis libros, y sobre otros de autores peruanos que hablaban sobre su historia. Algunos me descubrieron textos que yo mismo no conocía.

Ese día fue para mí tan emocionante como ese otro, en el taxi en 1992. Porque si un colegio como ese hubiese existido mucho antes, Sendero nunca habría podido crecer. Habría muerto de asfixia.

Guzmán supo aprovechar todos los espacios que el estado dejaba vacíos, y en particular, el de la mente de los jóvenes. Si queremos derrotar a la gente como él, es ahí donde debemos librar la batalla."                      (Santiago Roncagliolo , El País, 11/09/21)

3/1/20

Los jóvenes deben saber que ETA asesinó por pensar diferente y que el franquismo hizo lo mismo

"Durante la presentación de uno de mis libros hace pocos días, un hombre citó una encuesta de 2017 sobre el conocimiento que los jóvenes universitarios vascos tenían de ETA. Más del 50% no sabía quién fue Miguel Ángel Blanco. 

Lo comentaba entre la indignación y la perplejidad, una postura que comparto. Estos días, leyendo el ensayo colectivo Construyendo memorias entre generaciones: Tender puentes, buscar verdades, reclamar justicia (Postmetrópolis 2019), pensé que esa indignación no es tan común o tan compartida cuando hablamos de la ignorancia de nuestros jóvenes y no tan jóvenes respecto a la represión franquista. 

Este volumen, editado por la abogada Ana Messuti y en el que contribuyen seis investigadores nacidos en los años ochenta, es una interesante reflexión sobre cómo las generaciones más jóvenes se enfrentan al conocimiento de la historia de la represión a través de su trabajo de investigación y su activismo en iniciativas pro-derechos humanos como la querella argentina o la exhumación de las víctimas del franquismo en fosas comunes.

Marina Montoto Ugarte (1988), doctora en Antropología y Sociología y autodenominada milenial, reflexiona sobre cómo su investigación supuso un aprendizaje democrático y ciudadano y la ayudó a “conocer un pasado no trasmitido a las nuevas generaciones, sentir[se] interpelada como ciudadana española y a repensar las relaciones entre democracia, ciudadanía y memoria”. 

Su reflexión sobre memoria y democracia enmarca la de sus compañeros/as de volumen. No hay que tener un familiar en una cuneta ni haber heredado directamente el trauma de la represión para darse cuenta de que algo ha fallado en estos 40 años de democracia. Sólo este dato es suficiente: somos el segundo país del mundo con más desapariciones forzadas, después de Camboya.

Comparemos esta actitud con la de los políticos de derechas que tampoco vivieron el pasado traumático. Para ellos las preocupaciones de personas como Montoto Ugarte son “historietas de abuelos” o de “carcas de izquierda”. “Las fosas de no sé quién” son los más de 100.000 muertos, las 2.400 fosas sin exhumar y los familiares que reclaman sus cuerpos. No es que desconozcan la historia o no tengan memoria sino que, como aclara María Laura Martín-Chiappe, las derechas y sus votantes “se sienten representados por la historia oficial: esa es su memoria. Una memoria que aparece reflejada en los libros de texto, en las grandes narrativas, en el imaginario social”.

Construyendo memorias establece el vacío de conocimiento histórico heredado por la generación de sus autores/as: la historia de la represión no se estudia en los colegios porque no se llega a esa parte del temario o se enseña a través del tópico de “las dos Españas fratricidas” que obvia la represión de la dictadura posterior. Tampoco la memoria se ha transmitido fuera del ámbito privado porque, dice Manuela Bergerot Uncal, “el derecho cívico a la memoria en España ha sido reducido al ámbito de lo íntimo, de lo privado, eximiendo al Estado de cualquier responsabilidad” y, por tanto, no ha formado parte del debate público sobre nuestro pasado.

Ojalá hubiera muchas voces como las que se recogen en este volumen. Porque sí, los jóvenes deben saber quién fue Miguel Ángel Blanco y que ETA asesinó por pensar diferente. Igualmente, deben saber que la dictadura franquista hizo exactamente lo mismo durante 40 años largos, hasta sus últimos días, incluyendo en ese final los grupos de ultraderecha asesinos que operaron en la Transición."                     (Edurne Portela , El País, 29/12/19)

24/9/19

Viendo las caras de nuestros conciudadanos recibiendo en su pueblo a uno de los secuestradores de Ortega Lara Me pregunté: ¿es que ninguno de ellos fue capaz de pensar en el daño cometido por el homenajeado, en la tortura a la que sometieron a un semejante? Es la banalidad del mal que impone una corriente política en esos pequeños entornos, opresivamente cerrados, en los que discrepar o criticar implica ser rechazado o excluido... Es un sentimiento malsano de pertenencia a la comunidad, que impone la solidaridad con el asesino y el desprecio a la víctima...

"(...) cuando Israel juzgaba a Adolf Eichmann por genocidio contra el pueblo judío, la filósofa Hannah Arendt popularizó su famosa teoría de “la banalidad del mal”, después de asistir a ese juicio que acabó con el ahorcamiento del genocida en 1962. 

La tesis, fuertemente criticada entonces en Israel, aludía a la inconsciencia del mal producido, a la ausencia de una voluntad criminal expresa y a la inexistencia de rasgos violentos en su personalidad o enfermedad mental alguna. Se trataba simplemente de cumplir órdenes, de ascender profesionalmente, de actuar como “el primero de la clase” en el marco del sistema, de acatar el orden establecido, de simple burocracia, sin analizar el bien o el mal de sus actos.

 Viendo las caras de nuestros conciudadanos hace ya algunas semanas, recibiendo en su pueblo a uno de los secuestradores de Ortega Lara, recordé estos hechos históricos y, no sé si ingenuamente, les atribuí esa misma explicación. Me pregunté: ¿es que ninguno de ellos fue capaz de pensar en el daño cometido por el homenajeado, en la tortura a la que sometieron a un semejante y en los delitos por los que fue condenado?

En la organización de los ongi etorri a los miembros de ETA hay, claro está, un patético intento de justificar una trayectoria clamorosamente equivocada que solo ha producido tragedia y dolor. Incluidos ellos mismos. Lo grave es que haya gente dispuesta a hacer el coro a esa patraña y seguir consignas tan sectarias, como si nada hubiera ocurrido, inconscientes y ajenos a la crueldad de los crímenes que, en el fondo, reivindican con sus bengalas, sus aplausos y sus gritos.

Es la banalidad del mal, la convención social que impone la calle, secundando iniciativas de bares y cuadrillas, ensimismadas en su relato falsario. Es la banalidad del mal que impone una corriente política en esos pequeños entornos, opresivamente cerrados, en los que discrepar o criticar implica ser rechazado o excluido. 

Es la “moda social” que obliga a quedar bien con ese entorno. Es un sentimiento malsano de pertenencia a la comunidad, que impone la solidaridad con el asesino y el desprecio a la víctima, reiterando esquemas mentales pasados, equivocados, acríticos, fanáticos... felizmente superados por la realidad.

No. No se trata de burocracia o de órdenes legales, como explicaba Arendt su teoría sobre Eichmann. Es el clima social del pasado en algunos lugares dominados todavía por una subcultura de la violencia que siempre se defendió y nunca se criticó. Ni se critica todavía. No. No son solo amigos y familiares que le reciben, como dijo una dirigente de Bildu en Navarra para atenuar la repugnancia que habían producido esas imágenes. Eso puede hacerse en la intimidad, como lo están haciendo otros yéndose a casa con discreción y humildad.

Por eso es tan importante exigir la autocrítica a la izquierda abertzale y construir el relato recordando la verdad de las víctimas, sin reivindicar como héroes a los asesinos, sin homenajes a quienes solo merecen reproche social. Sin levantar las placas que en el suelo o en las fachadas de nuestras calles nos recuerdan los nombres de los asesinados, como ocurre en las calles de Bruselas, Colonia o Fráncfort en emocionado recuerdo de los judíos asesinados en el Holocausto.

 Hacen bien los partidos políticos vascos en exigir a Sortu ese nuevo paso en su camino a la democracia porque están en juego las convicciones sociales sobre el bien y el mal y la interpretación histórica de lo que fue nuestro trágico pasado. Es por eso una cuestión de moral pública y de justicia con la verdad. 

Es Sortu quien debe renunciar a ese patético intento de convertir en victoria lo que ha sido una derrota sin paliativos y un horror histórico para este pueblo. Son ellos quienes deben evitar esos espectáculos bochornosos e inadmisibles, que ofenden a la ciudadanía y desprestigian a nuestro país. Más aún, que ponen en duda la rectificación política que ellos mismos protagonizaron en el camino a la paz en 2011."                  (Ramón Jáuregui, El País, 18/09/19)

21/9/16

“Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”

"(...) Ahora, cinco años después del fin de ETA, aquellos estereotipos que eran la base de la comicidad se están alterando. “Se ha terminado la cataloguización permanente de lo rutinario. Antes era una exageración, cualquier decisión cotidiana estaba politizada: una carrera deportiva, la ropa, si decías egun on, el periódico que leías.... 

Cuando hemos visto que era una chorrada monumental, se ha diluido todo”, opina Borja Cobeaga, donostiarra de 39 años, uno de los creadores de Vaya semanita y coguionista de Ocho apellidos vascos.

 “Los grupos ahora están totalmente mezclados, antes eran mundos incomunicados. Las cosas se han relajado una barbaridad. Quizá a nivel institucional, político, o en algunas familias, no tanto, pero en la capa superficial de la sociedad se nota mucho”.

Las barreras eran también físicas, geográficas. Había calles, zonas o bares donde una parte de los vascos no entraba, por miedo o ideología, pero ya casi no existen. El Casco Viejo de San Sebastián era uno de esos lugares, visto como un bastión de la izquierda abertzale.

Había “castas”

Óscar Terol, donostiarra de 47 años, otro de los creadores de Vaya semanita, asiente: “Los grupos eran como castas, excluyentes, no podías entender a otro y había gente apestada, marginada socialmente, no podíamos compartir algo común. 

La ideología se vivía así, grabada a fuego, era potente como una religión, los vascos somos muy religiosos y nos hemos agarrado a la ideología como a una religión”. Además del fin del miedo, Terol apunta que el traumático paso de EH Bildu por el poder en Guipúzcoa, con grandes polémicas de gestión, hizo ver a muchos de los suyos que gobernar no era tan fácil.

El sentido del uniforme sigue estando muy marcado y sigue siendo relativamente fácil intuir el voto por la forma de vestir, aunque cada vez menos. “La batasunada sigue igual, vistiéndose como si bajara del monte, cultivan el feísmo, el chándal, los colores pardos”, apunta el escritor Juan Bas, director de Ja!, el festival del humor de Bilbao, y vecino del Casco Viejo de la capital vizcaína. 

“Sí ha cambiado lo de los bares, antes no entrabas a algunos por diatribas que se remontaban a las guerras carlistas. En el Casco Viejo ya no hay bares gueto, salvo algunos muy específicos”.

Cobeaga cree que “la estética borroka se ha quedado anticuada” y Terol confiesa que siente hasta ternura por quienes se aferran a sus símbolos: “Esas personas que mantienen una coleta, una ropa, un broche y dicen: yo vengo de este clan, el último mohicano de una especie… Es la cultura del caserío, que cada uno era un mundo propio, miles de maneras de entender una misma cultura. Una manera constante de reivindicar el matiz. Seguimos siendo tribales”.

Cobeaga explica el nuevo relax porque por fin se habría cumplido un deseo de Bernardo Atxaga: “Si los vascos nos quitásemos el peso que tenemos encima levitaríamos dos metros por encima del suelo”. No obstante, Bas cree que “la gente que jaleó en el pasado a ETA tiene interés en mezclarse, echar tierra sobre el pasado para decir que ahora todos nos llevamos bien y estamos en paz”.

 “Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”, concluye. Cuenta que cada día se cruza en la calle con un conocido representante de la izquierda abertzale “y hacemos los dos lo que tenemos que hace: mirar cada uno para otro lado”.                (Ïñigo Domínguez, El País, 14/09/16)

15/9/16

Le explica que desde que han aparecido las pintadas contra él en el pueblo ya no puede saludarle porque “le traería problemas... y el Txato le responde: "¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?"

"(...)  PREGUNTA. Hay un momento en ‘Patria’ en el que Joxian se encuentra con el amenazado y luego asesinado Txato, que hasta entonces ha sido su mejor amigo. Le explica que desde que han aparecido las pintadas contra él en el pueblo ya no puede saludarle porque “le traería problemas”, pero que le saludará con el pensamiento. Y el Txato le responde: "¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?". ¿La historia de ETA es una historia de matones y cobardes y poco más?

RESPUESTA. En parte, sí. Pero lo que yo ofrezco al lector es una ficción, ese episodio en concreto me lo he inventado. Eso no quiere decir que fuera imposible, porque en ese caso yo no lo hubiera introducido. Y a continuación extrapolamos, cometemos el error de Don Quijote que ataca el Teatro de Títeres por considerar que la ficción es real. 

En esa sociedad vasca en la que imperaba la violencia, y no me refiero solo a la violencia más llamativa, a la que llegaba a los periódicos, sino también a otra de tipo más cotidiano, hubo una gama muy amplia de comportamientos. Esos comportamientos no interesan a la historiografía por ser subjetivos y quedar fuera de su potestad. Esa es la mía, la del escritor de novelas. Yo estoy llamado a indagar en la condición humana desde la palabra escrita. 

Y la condición humana no se puede describir sin tener también en cuenta los comportamientos de las personas, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Así, una novela no responde a la pregunta de qué pasó —que también—, sino a la de ¿cómo se vivió aquínbsp;Y el lector se pone entonces en la situación de preguntarse: ¿qué habría hecho yo? (...)

P. Por cierto que la 'omertá' que durante tantos años se enseñoreó del País Vasco pareció afectar también a la literatura sobre lo ocurrido, impresionantemente escasa para tan graves sucesos. Apenas un puñado de páginas, algunas de ellas escritas por usted. ¿Los escritores vascos pagaron su propio impuesto revolucionario con silencio? ¿Fueron tan cobardes como los demás?

R. Es que ese colectivo de escritores vascos no existe, no forman un grupo homogéneo. Existen vascos que escriben. De hecho, se supone que el escritor es aquel que se va a expresar desde una perspectiva propia. Si no lo hace, no está cumpliendo con su tarea. Y así lo que escriben unos se completa con lo que escriben otros. Ha habido escritores cómplices con el terrorismo, es evidente, han puesto su escritura al servicio de una causa.

 Es muy difícil dar frutos valiosos desde esa perspectiva, entre otras cosas porque no es la perspectiva de un hombre libre. Y después naturalmente ha habido miedo. Cómo no lo va a haber entre agresiones y asesinatos. A mí no me gusta juzgar desde la posición de uno que vive lejos a los hombres concretos que sufrieron esta situación.

 También es cierto que los escritores necesitamos un recorrido mayor que, por ejemplo, los periodistas que narran la actualidad. Pero nosotros introducimos en nuestros hábitos la humanidad completa, que decía muy perspicaz Ernesto Sábato. Conseguir esto no está al alcance de cualquiera. Uno lo intenta y puede fallar. De manera un tanto exculpatoria, entiendo que los escritores hayamos sido los últimos en llegar.

 Pero nosotros estamos llamados a dejar las palabras perdurables. Cuando nuestro testimonio tiene calidad estética, se convierte en universal. Recuerdo que cuando yo veía el 'Guernica' en los libros de texto con 10 años, ya me hacía una idea concreta de quiénes habían sido los malos durante la Guerra Civil. El hecho estético es irrebatible.

P. A propósito de la Guerra Civil. ‘Patria’ arranca con el final de la violencia armada y con la negativa de una viuda a aceptar el olvido como pilar fundamental de los nuevos tiempos. Se me ocurre una analogía con las víctimas la Guerra Civil. Los del bando nacional pudieron llorar a los suyos, mientras que los del republicano tuvieron que enjugar sus lágrimas durante cuatro décadas. ¿Las víctimas de ETA pueden hoy en Euskadi llorar en paz?

R. Las heridas todavía están abiertas y supurantes. Se siguen produciendo homenajes a presos de ETA liberados y en el pueblo los reciben con música y ceremonias de ensalzamiento. Puedo imaginarme que a una persona a la que le hayan matado al padre ese tipo de escenas le reproduzcan el dolor.

Que no haya atentados, sin duda alivia, aunque no tenemos la garantía de que no se vayan a volver a producir. Pero en la sociedad se nota que se han perdido la crispación y el miedo cerval que había hace unas décadas. Si a esta situación se le puede llamar 'paz'... 

No sé, no tengo prisa por ponerle un calificativo a la situación actual, en la que sí veo un deseo natural de distanciarse de aquella violencia. Un deseo natural que no es propiamente vasco, se da en todas las sociedades en las que ha habido conflictos sangrientos.

P. Pero su punto de vista es esperanzador. No vamos a destriparle al lector el final de la novela, pero apunta a un final positivo que sí parece un trasunto de su propia esperanza.

R. No quiero trivializar el concepto de la esperanza. Algo positivo hay al final de 'Patria', es cierto. Recuerdo que una víctima del terrorismo me acompañó en la presentación de ‘Los peces de la amargura’ y al final me amonestó porque no dejé un hueco a la esperanza. Esta fue una lección muy importante para mí. 

Negar la esperanza  es negar cierto triunfo que la víctima se reserva para sí. Yo he aprendido mucho hablando con las víctimas, me han dado grandes lecciones. Cené una vez con un grupo de víctimas y, vaya, si no me hubieran dicho lo que eran, habría pensado que era una despedida de soltera. No paraban de reír.

 En aquel ambiente en el que no tenían que explicar nada, porque todas habían compartido un mismo destino, había alegría, risas. Yo, que todavía era inmaduro, no lo comprendía, pensaba que debían vivir en un funeral constante. Hasta que aprendí que esa alegría era algo que no se habían dejado arrebatar por sus agresores.  (...)

P. Su perfil del etarra encaja en esa categoría de Arendt que señala la banalidad del mal. El terrorista, lejos de ser heroico o especial, no era más que el bruto del pueblo, el mismo chaval envenenado de testosterona y odio que disparaba perdigones a los perros. El problema de esta tesis es que resulta demasiado atractiva para los que nos consideramos inteligentes. Si eras inteligente, inquieto, leído, etc, ¿estabas completamente a salvo de caer en las redes de ETA? O de otra manera, ¿lo estuvo usted?

R. No, no, no, yo estuve tan expuesto como otros jóvenes vascos de mi edad a la doctrina, a la presión grupal, pero por determinadas razones no caí. Pero otros chavales de mi barrio cayeron y entraron en aquella espiral de la que ya no se podía salir. De ETA no se podía salir vivo. Me pongo a pensar qué salvó al muchacho vasco inmaduro con las hormonas alteradas que yo era. 

¿Por qué no fui de ETA? Tal vez por haberme criado en una ciudad donde el control sobre la gente es mucho menor que en un pueblo, donde te quedas sin amigos. Luego pienso también en la base cristiana de mi juventud, que reconozco desde mi ateísmo actual. La idea de que uno tiene que hacer el bien a los demás, la empatía con aquel que sufre. Y por supuesto viajar, conocer otros mundos, otras sensibilidades.  

P. Es un tema manido, pero ¿por qué cree que en los lugares donde anida el nacionalismo la Iglesia católica suele ser uno de sus principales valedores? ¿Son la religión y el nacionalismo ramas del mismo árbol?

R. Don Serapio es uno de tantos curas, aunque también hubo curas con escolta. Pero es cierto, como bien mostraba un reportaje demoledor de Antena 3, que el 70% del clero vasco es nacionalista.

P. Su novela se titula ‘Patria’ y la patria parece en ella el virus maligno que envenena todo lo demás, desde la convivencia a la amistad.

R. Absolutamente, el nacionalismo siempre pone un filtro. Siempre es tradicionalista, medieval, romántico, sacraliza la tierra. Y llevado a la política, el nacionalismo es muy peligroso.  (...)"                  (Entrevista a Fernando Aramburu, Público, 14/09/16)

26/3/15

El etarra Valentín Lasarte, de vinos y pintxos a 100 metros del bar donde asesinó a Gregorio Ordóñez

"Estuvo en la terraza de un local de la Plaza de la Constitución, en San Sebastián, unas horas después de haber sido puesto en libertad. No tiene ninguna orden de alojamiento de sus víctimas.

Eran en torno a las siete de la tarde cuando el sanguinario etarra, que ahora dice estar arrepentido pero que se niega a esclarecer atentados o ofrecer detalles sobre compañeros de ‘comandos’, apareció por el Bulevar donostiarra.

Lasarte, acompañado de un grupo de personas entre las que se encontraba algún familiar, se dirigió por las calles peatonales del casco antiguo hacia la Plaza de la Constitución, un lugar donde ya se le rindió homenaje a Iñaki de Juana Chaos, ahora en Venezuela, cuando salió de prisión.

Valentín Lasarte se sentó en uno de los bares de la plaza y allí degustó unos vinos y unos pintxos, según ha podido confirmar El Confidencial Digital a través de varios testigos presenciales.

Quienes pudieron ver al etarra que ahora dice estar arrepentido aseguran que estuvo muy tranquilo en todo momento disfrutando de sus primeras horas en libertad.
Se da la circunstancia que el sanguinario etarra se sentó en un local que se encuentra a sólo 100 metros del bar La Cepa. Allí, el ‘comando’ de ETA del que Lasarte formaba parte asesinó en enero de 1995 al concejal del PP en el ayuntamiento donostiarra, Gregorio Ordóñez.

El pasado mes de enero se cumplieron diez años de este crimen perpetrado por Lasarte y sus compañeros etarras que pegaron un tiro en la nuca al joven político vasco. (...)"             (El Confidencial Digital, 25/03/2015)

19/2/14

La culpa por la indiferencia exhibida por la sociedad vasca ante la muerte de inocentes

"(...) Pero para tener experiencia, cosa que aquí no la hay, es necesario una actitud que aquí se ha rechazado. Pueden argumentarme que aquí se intenta tener experiencia mediante ese artilugio cargado por el diablo llamado memoria histórica.

 Sin embargo, hay que temerse que la experiencia que busca la memoria histórica no sea para solventar los problemas en sentido positivo sino para retrotraernos a la situación que dio origen al problema, para intentar con esa memoria sesgada intentar ganar, incluso, la guerra civil muchos años después.

 La experiencia del pueblo alemán se dirige a favorecer la convivencia tras barbaridades como el holocausto, no a reproducirlas, porque tiene sentimiento de culpa. Esa es la diferencia. 

Para tener la capacidad de evitar los errores del pasado hace falta no sólo  responsabilidad política, sino que ésta se ejecute desde un cierto poso trágico impelida por un sentimiento de culpa.

 Es la culpa, idea sustentada por Reyes Mate, la cicatriz que recuerda a cada alemán, tras los procesos al nazismo de los años cincuenta realizados por sus propios jueces, lo que impele no sólo a responsabilidad sino a concluir con determinación soluciones que eviten los errores del pasado. La culpa como huella presente que obliga a la responsabilidad.

Aquí, donde se evita la culpa de crímenes políticos recientes como los de ETA, no surgirá la determinación que nos conduzca a la responsabilidad. No existe culpa de unos y otros por haber conducido a la II República hasta una guerra civil, sino incluso la imposibilidad de que exista el menor sentimiento de culpa por los asesinatos de ETA y la culpa por la indiferencia exhibida por la sociedad vasca ante la muerte de inocentes.
 Inexistencia de culpa que favorece escandalosamente la aceptación de los otrora los colaboradores de ETA en el espacio político por el resto de los partidos. La inexistencia de culpa nos conduce a la irresponsabilidad y a la renovación de pasados desastres. (...)"      (FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 19/02/14 · EDUARDO (TEO) URIARTE)

27/1/14

La culpa pasiva, ésa que podríamos convenir como la indiferencia a la persecución y huida de miles de personas

"Andoni Unzalu, como hombre dotado de gran agudeza intelectual, hacía referencia en este medio a que el fenómeno terrorista de ETA es un problema de la sociedad vasca, no un problema privado entre los asesinos y las víctimas, y que –aunque se tiende a pensar lo contrario– son los presos los que más necesitan reconocer su pasado de locura.

 Podría añadirse incluso que esto les interesa tanto a los que lo necesitan para acogerse a los generosos programas de reinserción como a los que han cumplido condena.

Se podría matizar la cuestión de que no se puede calificar exactamente como locura el sectarismo extremo que ha llevado a matar y a seguir buscando el dominio de los demás por no compartir las ideas de los nacionalistas vascos. Unzalu consideraba además que la culpa criminal del terrorismo se soluciona por la ley y el sistema judicial. (...)

Le preocupaba muy especialmente el proceso de ocultamiento de la culpa política activa, entendida como el soporte intelectual, apoyo social y amparo al terrorismo. Aunque no lo desarrollaba en su artículo, citaba la existencia de la culpa pasiva, ésa que podríamos convenir como la indiferencia o tolerancia a la persecución y huida de miles de personas. 

Unzalu señalaba directamente a la responsabilidad de los terroristas de salón que alentaron a otros al delito, mientras ellos aprovechaban el ambiente para acceder a puestos en la EiTB, en la Universidad, en el poder político…

Su aportación es muy importante, pero podría añadirse que la perversión de hacer desaparecer la cuestión de la culpa política está ligada a la gigantesca operación de buscar la impunidad sobre tantos delitos juzgados o no. Veamos. 

El Plan del lehendakari no se soporta sobre los anclajes que señala Unzalu. La cuestión de la responsabilidad se ha desvanecido para comodidad del entorno de ETA y del suyo propio, pero sobre todo, para dibujar las piezas de un falso escenario de conflicto armado, no de terrorismo local. (...)

El interés común de los nacionalistas ha producido un nuevo artefacto sofisticado de manipulación colectiva. Ver o no ver, una vez más, nuestro reto."            (EL CORREO 27/01/14, MAITE PAGAZAURTUNDÚA RUIZ, en Fundación para la Libertad)

25/11/13

Ulayar: “Dijeron que no podían echar del colegio de mis sobrinos al asesino de mi padre". Conviviendo con los asesinos, como en el franquismo

"Después de conocer que el etarra que mató a Jesús Ulayar, es psicólogo en el colegio donde estudian los nietos del asesinado, por ETA en 1979, Libertad Digital se ha puesto en contacto con su hijo y testigo del crimen, Salvador Ulayar.

Uno de los verdugos de su padre, Juan Nazabal, acabó como psicólogo del colegio de tres de los nietos del asesinado Jesús Ulayar. Como recuerda Salvador -en conversación con Libertad Digital- el terrorista accedió a la plaza, de carácter temporal, por medio del Inem con su título obtenido en la Universidad del País Vasco.

 "Calcula tú cómo le daban los títulos a los etarras", responde Salvador y añade, "el propio consejero de educación nos dijo que no podía hacer nada, no había argumento legal para echarlo". Para Salvador esta situación demuestra una vez más, "como la democracia en España ha maltratado continuamente a las víctimas".(...)

Los dos asesinos de su padre, Vicente y Juan Nazabal, quienes salieron de prisión el primero en 1997 y el segundo un año más tarde, fueron nombrados "hijos predilectos de Echarri Aranaz" por Herri Batasuna. Ante esto, la familia Ulayar acudió a la Justicia y ésta declaró nulo el nombramiento. 

En opinión de Salvador, la nulidad se produjo en el despacho de un juez, sin embargo el reconocimiento de los etarras allá en su localidad se hizo de forma pública; el daño una vez más ya estaba hecho. Años más tarde cuando gobernó en el pueblo Nafarroa Bai, "mi familia pidió que retirasen ese título. Se defendieron como gato panza arriba", señala Salvador. "Recurrieron al argumento de que la nulidad ya se había hecho en Madrid".

Durante todos estos años la familia Ulayar tuvo que soportar insultos y pintadas en la fachada de su casa en Echarri Aranaz. "Los proetarras nos acusaban de ser colonizadores españoles, cuando no hemos tenido otro pasado que en el pueblo", exclama Salvador. (...)

Salvador reitera resignado que por mucho que digan que ETA está derrotada, desde su punto de vista, son las víctimas las que lo están. "A mí se me ha derrotado, me derrotaron cuando mataron a mi padre, me derrotaron cuando pactaban con la banda".            (LibertadDigital, 23/11/2013)

30/10/10

Conviviendo con los asesinos

"Antonio Salvà, padre de Diego Salvà, uno de los dos guardias civiles asesinados el pasado año por ETA en la localidad mallorquina de Palmanova, subrayó que la salida de la cárcel de presos de ETA, "nos hace más víctimas a las víctimas", refiriéndose así al caso de Txelis, que podrá salir de la prisión varias horas al día, tal como ha aprobado el juez de vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional, José Luis Castro. (...)

Sin embargo, dijo que le provoca "muchísima preocupación" medidas como la aplicada a Txelis, al tiempo que subrayó que si salen a la calle, se tendría que tratar a las víctimas del terrorismo como a las mujeres maltratadas, de manera que hubiese una orden de alejamiento, según la cual los asesinos de ETA no pudieran acercarse jamás a las víctimas.

"Es demasiado duro cruzarse con ellos", remarcó, al tiempo que manifestó que el fin de ETA "no lo desea nadie más que nosotros". Sin embargo, advirtió de que la "clave" de todo el proceso del fin de la banda terrorista es acabar con la "escuela de odio" que existe en algunos sectores del País Vasco.
(...)

Así, dijo que la única salida es que los integrantes de la banda terrorista "dejen las armas y pidan perdón", al tiempo que se acaba con la "fábrica de hacer etarras" que existe, a su entender, en algunos sectores del País Vasco. " (Fundación para la Libertad, citando a EL CONFIDENCIAL, 30/10/2010 )