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26/5/24

Logroño cayó en 24 horas ante la ofensiva de falangistas y requetés. Aun así, 2.000 personas, civiles, perdieron la vida, víctimas de las represalias. Los fueron a buscar a su casa o a sus puestos de trabajo, los llevaron a prisiones improvisadas y, por las noches, los sacaban (las sacas) y los mataban en las tapias de los cementerios, en las cunetas… Las denuncias eran obra de gente de la población, conocidos… En muchos lugares, el nuevo alcalde, el rector del pueblo eran los que se encargaban de señalar a la gente, y ordenaban matar... En algunos pueblos fueron los curas los que más denunciaron a la gente, y estaban presentes en los fusilamientos...

"Fotógrafo, cineasta, artista visual. Ha hecho, sobre todo, cine documental. Es autor de Las Mujeres de Negro que, además de fotografía y cine, también es un libro, editado por el Observatorio de Derechos Humanos del Gobierno de La Rioja. Entre sus trabajos, hay uno dedicado a las personas refugiadas en las fronteras entre Croacia, Serbia, Grecia y Macedonia. 

¿Qué es Las Mujeres de Negro?

La manera en la que empezó el proyecto y su finalidad es hacer una película documental, que ya estoy acabando. A raíz del proyecto, fui entrevistando, retratando a gente, recopilando también imágenes del pasado, documentos… De aquí surgió la exposición. También el libro que, al final, explica lo que se dice en el documental: las Mujeres de Negro, La Barranca, lo que pasó aquí, en La Rioja. Empiezo explicando, en primera persona, la historia de mi familia. El documental, el largometraje, es el fin del proyecto. 

¿Qué fue lo que pasó en La Barranca, de Lardero?

Lardero es un municipio próximo a Logroño, la capital de La Rioja. Aquí no hubo un frente de guerra. Logroño cayó en 24 horas ante la ofensiva de falangistas y requetés. Aun así, 2.000 personas, civiles, perdieron la vida, víctimas de las represalias. Los fueron a buscar a su casa o a sus puestos de trabajo, los llevaron a prisiones improvisadas y, por las noches, los sacaban (las sacas) y los mataban en las tapias de los cementerios, en las cunetas… Empezaron por el cementerio de Logroño, donde los cuerpos eran enterrados en una fosa común. Allí hay identificadas 398 personas. Esto duró desde julio hasta septiembre del 36. Después, cuando la fosa se llenó de cadáveres, los empezaron a matar en un descampado, con un barranco grande, que imposibilitaba la fuga. Se trata de La Barranca, de Lardero.

¿Ha tenido algún reconocimiento especial La Barranca, como lugar, digamos, de referencia de la memoria democrática?

Aquí fueron asesinadas y enterradas en una fosa común muchas personas, de las cuales 407 han sido identificadas. Trataron, está claro, de ocultar lo que había pasado, pero las mujeres, madres, hijas de los fusilados, desde 1939, año tras año, iban, vestidas de negro, a dejar flores. Empezando por las de Villamediana, que fue bautizado como el “pueblo de las viudas”. Esto ha durado hasta hoy en día. Mi proyecto empezó precisamente con una fotografía que tenía mi abuela de su padre asesinado. El 1 de mayo de 1979 el lugar fue declarado “cementerio civil”. Único en España. No se han exhumado los cuerpos, y se decidió dignificar el lugar con este reconocimiento y la calificación de cementerio civil.
¿Fueron, como dices en el título del libro, las mujeres las que iniciaron y protagonizaron esta movilización histórica, en la medida en la que ha perdurado hasta hoy día?

Fue una iniciativa totalmente femenina. Fueron las mujeres las que empezaron a ir a La Barranca. Las Mujeres de Negro, porque llevaron luto toda la vida. Me decía uno de los entrevistados, nieto de un represaliado, que a él siempre le había parecido que aquello era una manifestación de protesta. En una situación en la que no se podía hablar, donde el silencio imperaba, ir de negro era como reivindicar la memoria, como el “no olvidamos”. Inicialmente, los hombres no se atrevían. Después, con el paso del tiempo, los años 50 y 60 estas mujeres iban con sus hijos, y después con sus nietos. Empezaron a ir también hombres… 

¿La represión en La Rioja fue obra de soldados, policías o también de civiles, vecinos…?

Las denuncias eran obra de gente de la población, conocidos…, aunque los que llevaban a cabo las muertes eran militares o paramilitares. En muchos lugares, el nuevo alcalde, el rector del pueblo eran los que se encargaban de señalar a la gente, y ordenaban matar.
Dice el catedrático Ricard Vinyes, en Crítica de la razón compasiva, que lo importante, más que las mismas víctimas, que se instrumentalizan (como, por ejemplo, hace el Estado de Israel con el Holocausto), es decir “no”; coger conciencia y poner los medios para que esto no vuelva a pasar. 

¿Lo compartes esto?

El último capítulo del libro, que también es el final de la película se llama “Ni odio, ni venganza”. Me ha sorprendido, positivamente, que las personas que he entrevistado (hijos a quienes les mataron a los padres, etc.), que lo han vivido en primera persona, que no tengan odio ni deseo de venganza. A mí, como bisnieto, me puede doler el recuerdo de mi abuela llorando, pero es diferente. El tiempo, es cierto, ayuda a cicatrizar las heridas. Pensaba que el rencor todavía seguía vivo, pero no. En la entrada del monumento de La Barranca, un letrero recuerda que su objetivo es contribuir a hacer que aquello no se repita. Se trata de saber lo que pasó, una cosa que aquí se ha ocultado, pero no para vengarse. Que se sepa para que no se vuelva a repetir. 

¿Esto pasa más bien por la conversación, la cultura, la reflexión, la crítica…, que por leyes o decretos, aunque estos puedan ser necesarios?

Se hacen muchísimas cosas en memoria histórica, pero el problema es que todavía no se dedican suficientes recursos. Hay un tabú para hablar de estas cosas. No se ha reconocido nada y los instrumentos de la memoria histórica están desapareciendo en algunas comunidades. Hay consenso sobre las víctimas de ETA, y está bien. ¿Pero por qué estas víctimas sí y las otras no? En otros lugares se han condenado las dictaduras y sus víctimas, y ha sido así como han cerrado las heridas. La subvención para hacer la película, como la edición del libro, vino del Observatorio de Derechos Humanos, de la consejería de Igualdad del anterior gobierno de La Rioja. El PP ganó las elecciones con mayoría absoluta y el nuevo gobierno ha eliminado la consejería de Igualdad. 

Más que, en fin, pedir formalmente perdón, ¿de lo que se trata es de cambiar, de crear las condiciones para que aquello no pueda volver a pasar?

Yo nací en 1982 y nunca, ni en la escuela, el instituto o la universidad, me explicaron nada sobre lo que pasó realmente el 36. Es verdad que en la transición quizás se hizo lo que se tenía que hacer, acordar una reconciliación. Pero ya han pasado muchos años, y es hora de decir la verdad, porque en caso contrario seguiremos pagando las consecuencias. Yo he podido hacer este trabajo casi por casualidad, porque tuve la suerte de poder contar con el apoyo institucional y la financiación de un gobierno que creía en lo que estábamos haciendo. Pero cambia el gobierno y se ha acabado, volvemos al mismo intento de seguir ocultando el pasado. Ahora no habría podido hablar de las Mujeres de Negro. 

¿No resulta chocante la pervivencia del silencio, la justificación e incluso la defensa del golpe del 36 más de 80 años después?

No se quiere escuchar, no se quieren saber las cosas, porque no se quieren reconocer. Aquí nos conocemos todos. Sabemos, por ejemplo, de personas, que se beneficiaron y prosperaron con el franquismo, sacando del medio en muchos casos a los que los estorbaban o pensaban que lo hacían, y siguen siendo relevantes. El poder de los que expropiaron, robaron, sigue institucionalizado. Una cosa que, en cualquier caso, tampoco está cuestionada. Nadie le tomará nada a nadie, pero… 

¿Y la Iglesia católica, los curas, qué papel jugaron en todo esto?

La Iglesia no dice nada porque tampoco quiere reconocer lo que hicieron. En algunos pueblos fueron los curas los que más denunciaron a la gente, estaban presentes en los fusilamientos… También es verdad que hubo lugares en los cuales no mataron a nadie precisamente porque el cura intervino y salvó vidas. 

¿En las sacas, hubo sucesos especialmente penetrantes?

En La Barranca y en La Rioja, en general, la mayoría de los muertos fueron hombres. Pero también se tiene constancia de la ejecución de medio centenar de mujeres. Es verdad que, entre los hombres, la mayoría fueron víctimas de lo que podría llamarse una limpieza política. Sindicalistas, gente con ideas… Pero mi bisabuelo era carnicero, republicano, pero nada significado. Las mujeres si que fueron fusiladas por ser más avanzadas, más feministas. Una de las historias que aparecen en el documental es la de Jacqueline, hija de Marina Argentina, una francesa que vivía en Cenicero. No era maestra oficial, pero la llamaban “la maestra”, porque, afiliada a la CNT, daba clases a mujeres. Fue asesinada en La Barranca. Con la represión se quiso borrar también la cultura, el conocimiento, las ideas de emancipación y progreso. Entre los denunciantes, sin duda hubo casos personales: malevolencias, intereses, envidias…, pero siempre poniendo en medio cuestiones ideológicas. Este o aquel es anarquista, de la CNT, comunista…"     (Entrevista a Robert Astorgano, Peru Erroteta, elTriangle, 26/05/24)

9/5/23

Los Pozos de Caudé, un pozo artesiano, de más de 80 metros de profundidad, en el que se arrojaban los cadáveres los presos de la cárcel de Teruel, convento de Capuchinos y Seminario, ejecutados en las cercanías de una arruinada venta situada junto al camino de Cella a Teruel, próxima al actual kilómetro 126 de la N-234. Se estima que podría contener entre uno y tres millares de cuerpos. La Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón ha iniciado el procedimiento para declararlos Conjunto de Interés Cultural como Lugar de la Memoria Democrática de Aragón

 "La fosa común de los Pozos de Caudé comienza el camino para convertirse en Bien de Interés Cultural. La Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón ha iniciado el procedimiento para esta declaración -que había sido solicitada por la Asociación Pozos de Caudé- en la categoría de Conjunto de Interés Cultural como Lugar de la Memoria Democrática de Aragón. La resolución se publicó ayer en el Boletín Oficial de Aragón (BOA).

La fosa común de los Pozos de Caudé en Teruel es un símbolo de la represión franquista por ser el lugar donde se encuentra la fosa donde reposan los restos de las personas asesinadas por sus ideas republicanas y de libertad en Teruel, estimándose que podría contener entre uno y tres millares de cuerpos, víctimas de la represión, según recoge este expediente. Además de ser un lugar de homenaje a través de los monolitos-memoriales allí instalados por familiares y colectivos.

Ahora se abre un periodo de información pública de un mes para que cualquier persona física o jurídica pueda examinarlo y presentar alegaciones. Habrá un plazo máximo de 18 meses para resolver el expediente. Esta figura de protección pretende garantizar su valoración, preservación y protección como símbolo de homenaje y reconocimiento a las víctimas y en respuesta a una demanda histórica y como símbolo de restitución de las ofensas y tratamiento recibido en este caso concreto, así como garantizar que las actuaciones que se realicen tengan el suficiente control y seguimiento arqueológico de cara a la exhumación de los restos de las víctimas.

Tramitación

Durante la tramitación del expediente, se aplicarán una serie de medidas de tutela. No se permite realizar ninguna actividad que conlleve el deterioro del mismo o que implique el menosprecio de la dignidad de la memoria de las víctimas allí ejecutadas. Sólo quedan permitidas las encaminadas a la dignificación del lugar, a homenajes relacionados con las víctimas y sus familiares o las dirigidas a establecer rutas de la memoria histórica, actividades didácticas o similares.

Por otro lado, cualquier obra o actividad que se realice en él o en su entorno de protección deberá contar con un seguimiento y control arqueológico exhaustivo con el fin de evitar cualquier tipo de afección sobre estas fosas comunes cuya ubicación exacta es por ahora desconocida.

La historia de esta fosa común comenzó en agosto de 1936. Sacaban a los presos de la cárcel de Teruel, convento de Capuchinos y Seminario y los ejecutaban en las cercanías de una antigua y arruinada venta situada junto al camino de Cella a Teruel, próxima al actual kilómetro 126 de la N-234. Al lado de un corral había un pozo artesiano -de más de 80 metros de profundidad- en el que se arrojaban los cadáveres. En octubre se había llenado con unos 900 cuerpos y se abrieron otras zanjas.

A finales de los 50 y principios de los 60 del siglo XX, se trasladaron casi 400 cuerpos de Caudé al Valle de los Caídos en Madrid. En 2005, durante unas obras, se localizó en la zona una fosa de 5,7 metros de largo por 1,8 metros de ancho con 13 cuerpos.

Monumento

A partir de 1975, se inició un proyecto para construir un monumento para dignificar a las víctimas. Es una estructura de obra con unos 7 metros de largo que ocupa cuatro pilares alineados y distribuidos simétricamente hasta alcanzar dos alturas. Como unión central entre ellos hay otro bloque rectangular al que se adosa una lápida con la leyenda: “A nuestros compañeros fusilados aquí por defender la libertad y la democracia 1936.1939”. Fue financiado por suscripción popular gestionada por UGT y CCOO y se inauguró el 1 de mayo de 1980.

Además, CNT elevó en las inmediaciones, al sureste, otro bloque mural con una placa con la bandera rojinegra sobre la que se lee: “CNT AIT Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. B Durruti”.

Al noroeste de ambos grupos se halla el pozo, ahora sobresaltado mediante un amplio anillo circular, confeccionado con bloques y una cubierta al interior echa de cristal resistente. A lo largo de los años, familiares y colectivos han añadido elementos como varias lápidas inscritas, un pequeño monumento compuesto por cinco placas, un columbario con azulejos que forman un mural o una escultura de hierro que representa a una mujer embarazada."                     (Isabel Muñoz, Diario de Teruel, 01/04/23)

12/8/22

Quien tenía 'suerte', era asesinado el primero. Los demás debían contemplar aguardando su turno... era una prisión destinada a eliminar físicamente a todas aquellas personas que el nuevo régimen consideraba que tenía que asesinar... el poder adquisitivo de la familia determinaba, por 500 pesetas, la muerte o la puesta en libertad de los presos... la red de sobornos estaba encabezada por el gobernador civil, Torres Bestard, amigo personal de Franco y uno de los principales impulsores de las desapariciones forzosas en las islas, y Francisco Barrado Zorrilla, director de la Policía... El primer director de la cárcel, Antoni Canyelles, una “buena persona” que ayudaba a los familiares cuando querían introducir comida para los reclusos, se mostró rotundamente en contra de las 'sacas', (“Este tipo de libertad no me gusta”, llegó a proclamar)... lo que acabó provocando su destitución y su ingreso en la prisión de la calle Missió

 "Quien tenía 'suerte', era asesinado el primero. Los demás debían contemplar aguardando su turno. En numerosas ocasiones, los verdugos no anunciaban quién sería el siguiente: caminaban lentamente por la nave, entre los presos, haciendo amagos de aproximarse a uno u otro, mofándose del terror que emergía en sus rostros, para darse después la vuelta. Otros recibían la notificación de su fusilamiento apenas unas horas antes de llevarse a cabo y, para incrementar la tortura, dejaban espacios de una hora entre ejecución y ejecución mientras la angustia se apoderaba de los reclusos. En la mayoría de los casos, no les permitían despedirse de sus familiares. Si estos querían recuperar el cuerpo, debían hacerlo mediante soborno.

A mediados de 1936, un almacén de maderas situado en las céntricas Avenidas de Palma –desde donde la ciudad comenzó a expandirse tras el derribo de las murallas renacentistas que la cercaban hasta bien entrado el siglo XX– se convirtió en una de las prisiones más oscuras y trágicas de la represión franquista en Mallorca. Ubicada en el mismo lugar donde en la actualidad se levanta la popular sala Augusta –a la cárcel se entraba por el mismo acceso que cada año atraviesan miles de cinéfilos–, albergó durante cinco años a más de 2.000 presos, la mayoría vinculados a asociaciones obreras y partidos de izquierdas. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia uno de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.

Con Palma como punto estratégico en el desarrollo de la guerra al servir de base naval y aérea de las tropas franquistas, las autoridades comenzaron a habilitar distintos espacios de la ciudad -y del resto de Balears- para utilizarlos como cárceles y depósitos de detenidos. Como señala el investigador Bartomeu Garí Salleras, miembro fundador de Memòria de Mallorca, en La repressió a Mallorca durant la Guerra Civil espanyola, la represión fascista en la isla fue planificada meses antes del conflicto y perfectamente ejecutada por falangistas, militares, autoridades civiles, redes clientelares de derechas, capellanes e, incluso, por familiares de las propias víctimas.

“Desde el mismo momento del levantamiento fueron encarcelados muchos políticos y funcionarios acusados ​​de izquierdismo o que no habían querido adherirse a la nueva situación. Se inició una auténtica caza de sospechosos, que serían fusilados sin contemplaciones en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, sin ningún tipo de juicio y sin ningún motivo o muchas veces por motivos inconfesables”, afirma Garí con base en lo arrojado en Guerra Civil i repressió a Mallorca, del historiador Josep Massot Muntaner, uno de los estudiosos que durante la Transición más se volcó en esclarecer cómo se desarrolló el conflicto bélico en la isla.

Can Mir, próxima a la estación del tren de Sóller y a la prisión provincial, esta última instalada en el convento de los Capuchinos, se convirtió en una de las cárceles más sombrías de la isla: sin apenas contacto con el exterior, los presos convivían sin ninguna condición higiénica ni sanitaria, bajo un frío extremo en invierno, con una nube permanente de polvo planeando sobre ellos, sometidos a una extrema presión psicológica y prácticamente en penumbra, porque las bombillas, en torno a las que revoloteaban los murciélagos, apenas iluminaban y los ventanales situados en la parte superior tampoco dejaban traslucir la claridad.

“Vivían sin ninguna condición de habitabilidad ni salubridad y muy pocos tenían derecho a salir al pequeño patio que había justo a la entrada. Entraban con lo puesto y algunos tenían que dormir con una manta en el suelo. La gente que entraba allí difícilmente podía salir: era una prisión destinada a eliminar físicamente a todas aquellas personas que el nuevo régimen consideraba que tenía que asesinar”, señala, en declaraciones a elDiario.es, el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca, editado por Lleonard Muntaner. La repercusión de la obra fue tal que comenzaron a aflorar nuevos testimonios y datos que dieron pie a la publicación de un nuevo volumen, Suborns i tretes a la presó de Can Mir.

La comida, normalmente boniatos cocidos con la tierra aún adherida a la piel y huesos de vaca sin limpiar, les causaba malnutrición. “El alimento era tan pésimo que dudo de que muchos perros o cerdos lo hubieran querido probar”, relató otro de los presos, Josep Muntaner Cerdà, Fusteret, en sus memorias No eren blaves ni verdes les muntanyes. Los problemas de vista, la tuberculosis, las gastroenteritis, los problemas de riñones y algunos casos de demencia “ante la angustia y el terror de estar encerrados sin ver la luz del sol durante semanas y sin saber qué sería de ellos y de sus familiares” eran el pan de cada día en la cárcel de Can Mir. De puertas para afuera, cuando lograban comunicarse con su familia, intentaban ocultar la realidad de lo que sucedía en el almacén, mintiendo sobre las míseras condiciones en las que vivían y sobre el trato que recibían.

“Sé que muero siendo bueno”

Los cautivos intentaban, además, demostrar en todo momento su inocencia, especialmente en la última carta que se les permitía escribir horas antes de su fusilamiento. “Sé bien que muero siendo bueno y que no he cometido ningún delito, por eso es que no muero por la justicia sino por la bondad. Por lo tanto, os ruego que me tengáis presente toda la vida, igual como yo os tengo a vosotros”, manifestaba Antoni Amengual Morey, el 30 de octubre de 1936, en una misiva dirigida a sus padres. Tres horas después era fusilado en la tapia del cementerio de Palma.

Entre 1936 y 1937, la actividad más dura e intensa de la represión en Mallorca se centró en los hombres encarcelados en Can Mir. Allí se implementó y normalizó la práctica de las 'sacas': los presos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras. Era el “juego macabro” de los represores, como señala Suárez. Cuando más tarde los familiares, en la creencia de que su hijo, hermano o marido continuaban presos, acudían a la cárcel para llevarles ropa limpia, los guardias les indicaban que habían sido liberados y que posiblemente habían huido a otro lugar, como así sucedió con Juan Cañellas Capllonch, miembro de UGT y presidente interino de la Casa del Pueblo en Esporles, calificado como “socialista peligroso”. De este modo, el crimen permanecía oculto.

Como explica el investigador, el poder adquisitivo de la familia determinaba, por 500 pesetas, la muerte o la puesta en libertad de los presos. Para ello, los guardias disponían de un sofisticado sistema de transmisión de información que permitía, en el mismo momento que el preso iba a ser 'liberado', avisar a sus allegados para que reuniesen la mayor cantidad de dinero posible y 'comprar' así la vida de su ser querido. Era una de las corrupciones que reforzaban la idea de que había listas previamente establecidas.

Las 'sacas' comenzaron a llevarse a cabo prácticamente desde el principio, pero se acentuaron a partir de septiembre de 1936 y se prolongaron hasta la primavera de 1937. ¿Qué sucedió en este periodo para que se incrementase esta práctica de exterminio? Suárez explica que en 1936 fue nombrado gobernador civil de Balears Mateu Torres Bestard, amigo personal de Franco y uno de los principales impulsores de las desapariciones forzosas en las islas, y Francisco Barrado Zorrilla como director de la Policía. “Estos dos individuos tenían una red de sobornos por el cual la vida de una persona valía 500 pesetas. Y durante su mandato, aparte de desplegar esta red, se dedicaron no solo a tolerar, sino a fomentar la práctica de las 'sacas'”, afirma el historiador.

No en vano, Torres Bestard llegó a dirigir una carta a Franco, fechada el 10 de septiembre de 1936, en la que se lamentaba del trato 'favorable' que recibían los presos: “Entre la enormidad de detenidos figura gente significadísima que hasta después de detenidos han hecho manifestaciones contrarias al movimiento y, nada, aquí costando un dineral su manutención. Menos mal que Falange hace alguna limpia [en alusión a las 'sacas']”, manifestaba en la misiva, recogida por Massot Muntaner en Guerra Civil i repressió a Mallorca. Finalmente, Torres Bestard y Barrado acabaron destituidos, siendo nombrado delegado de orden público Víctor Enseñat Martínez, quien manifestó entonces: “Se han acabado las noches lúgubres en esta casa”. Las 'sacas' y desapariciones ilegales tocaron a su fin, pero fueron sustituidas por las ejecuciones institucionalizadas y dictadas por los tribunales franquistas contra los desafectos al nuevo régimen.

Testimonios de las 'sacas'

Suárez recoge el testimonio de Antoni Tomàs, quien recuerda perfectamente la 'saca' a la que fue sometido su padre en Can Mir: en la tarde del 18 de marzo de 1937, un camión ruso del ejército comandado por soldados y falangistas entró en el patio de la prisión y cargó con doce o trece hombres. Su madre, quien se encontraba allí esperando para hacer llegarle un paquete, lo presenció todo. En el instante en que el vehículo abandonó la prisión, la mujer corrió tras él hasta llegar al santuario de La Sang. No dejaron aproximarse a nadie y, acto seguido, el camión continuó su trayecto por las Ramblas, la Costa de sa Pols y de ahí Porreres, en la fosa común de cuyo cementerio han sido recuperados decenas de cuerpos de quienes allí fueron fusilados. Nunca más volvió a ver a su marido.

Otros eran conducidos a un centro policial o ante el Crist de La Sang, obligándoles a besar los pies de la imagen, para devolverlos de nuevo a Can Mir. El del preso Miquel Òleo, “inocente capitán de un fantasmal ejército”, como se refiere a él Llorenç Capellà en el Diccionari Vermell (en el que ya en 1989 llegó a identificar con nombres y apellidos a cerca de novecientas víctimas mortales de la represión franquista), se recuerda como uno de los casos más crueles que protagonizó el capellán de la prisión provincial, Atanasio de Palafrugell.

El 27 de enero de 1938, a las seis de la mañana, Òleo era conducido hasta la pared del cementerio de Palma para ser fusilado una hora más tarde. Justo cuando iba a subir al camión que lo llevaría hasta allí, apareció el eclesiástico para obligarle a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. Ante la negativa del preso, lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. Tras ello, los ejecutores se dispusieron a atormentar al recluso, que no murió de inmediato tras los disparos: lo dejaron arrastrarse por la tierra, agonizando, hasta que el definitivo tiro de gracia acabó con su vida.

El escritor Jean Schalekamp, por su parte, dejó constancia en su día del testimonio de varios represaliados en su libro Mallorca, any 1936. D’una illa hom no en pot fugir. Uno de ellos es el de Antoni Llodrà, quien relata el pánico que se propagaba entre los internos cuando sabían que se iba a producir una 'saca': “El día que sabíamos que venían a sacar a gente, una hora antes se hacía un silencio abrumador, total. Oprimidos por el miedo, nos sentábamos en el suelo (...). Después, venían y gritaban: '¡Atención!' y comenzaban a leer las listas. Cuando se decía un nombre y después el apellido, entre el momento de acabar de pronunciar el nombre y de comenzar a decir el apellido, pasa un tiempo imperceptible, unas milésimas de segundo. Yo soy Antoni y hasta que comenzaban a pronunciar el apellido, porque es un nombre muy corriente, parecía que pasábamos meses enteros. 'Antonio...'. y hasta que no habían pronunciado el apellido uno creía siempre que lo matarían”.

El primer director de la cárcel, Antoni Canyelles, quien había sido secretario del Ajuntament de Selva y director del barco-prisión Jaume I, se mostró rotundamente en contra de la práctica de las 'sacas'. Varios testimonios recogidos por Suárez lo recuerdan como una “buena persona” que ayudaba a los familiares cuando querían introducir comida para los reclusos. Cuando tuvo conocimiento de lo que sucedía dentro de Can Mir, manifestó firmemente su oposición a las 'sacas' (“Este tipo de libertad no me gusta”, llegó a proclamar), lo que acabó provocando su destitución y su ingreso en la prisión de la calle Missió. Lo sustituyó en el cargo Bartomeu Fullana, quien endureció su trato con los prisioneros.

Ametralladoras y carabinas en alto: “Queremos la cabeza de los presos”

Como documenta Suárez, durante los últimos meses de 1936 se llevaron a cabo varias manifestaciones fascistas en Palma y concentraciones muy duras en los alrededores de Can Mir cuando el desarrollo de la guerra no era el que esperaban, exigiendo que les entregasen a los presos para ejecutarlos. Lambert Juncosa fue uno de los presos que vivió aquellos momentos: “Recuerdo el día en que los falangistas regresaron de Eivissa, donde hallaron a muchos de sus compañeros fusilados por los 'rojos' de allí. Volvieron furibundos. Era una noche de octubre, ventosa y desapacible”.

“Estábamos ya sobre nuestros jergones”, prosigue, “cuando oímos un ruido espantoso en la avenida frente a nuestra cárcel. Llegaban los 'valientes' enardecidos, cantando sus himnos y gritando: ”¡Queremos la cabeza de los presos!“ (...). Ametralladoras, cestos con bombas de mano y las carabinas en alto. Intentaron forzar las rejas de la entrada, otros se esparcieron por los flancos del edificio y desde los andenes de la estación de Sóller y de la calle hoy llamada María Cristina intentaron agujerear las paredes para entrar por allí a la cárcel y matarnos como a ratas”.

Los campos de concentración de Balears

Como explica, por su parte, el investigador Antoni Oliver en La vida als camps de concentració a Mallorca, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades fascistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los presos en los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose desde diciembre de 1937 a lo largo de la costa de Mallorca, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña.

También se refiere a estos enclaves el periodista Carlos Hernández en su libro Los campos de concentración de Franco, donde relata cómo la Comandancia Militar de Balears gestionó a sus prisioneros con gran autonomía y, poco después de la sublevación, comenzó a utilizarlos como mano de obra esclava, abriendo y cerrando campos de concentración según sus necesidades laborales.

Entre todos ellos asomaba el de Sa Colònia, próximo al puerto de La Savina, en Formentera. “Sa Colònia fue el lugar de reclusión franquista más temido de toda Balears durante los primeros años de la posguerra”, asevera Oliver, quien señala que en 1941 llegaron a concentrarse 1.500 prisioneros a la vez: “Todos, naturalmente, eran republicanos, principalmente gente humilde que no siempre había tenido una participación destacada en la Guerra Civil”. La mayor parte de quienes allí acabaron habían pasado por el penal de Can Mir.

En la actualidad, las certificaciones relativas a la estancia de los presos en Can Mir son prácticamente inexistentes. Y es que, según Suárez, el capellán de la prisión, Antoni Garau Plaza, recogió todos los expedientes de los prisioneros que durante su cautiverio no se habían movido de la cárcel, se los llevó y, muy posiblemente, los destruyó, escondiendo así todas las pruebas que pudiesen relacionar los asesinatos durante los primeros meses de funcionamiento. La desaparición de la documentación supuso un grave problema para todos aquellos que necesitaban certificar su paso por la prisión para poder percibir las indemnizaciones previstas por el Estado. “La sombra de la represión, del misterio, del miedo y de la injusticia que supuso el antiguo almacén de maderas aún abarcaba las postrimerías del siglo XX”, subraya el investigador.

Además de los propios testimonios de los reclusos, han sobrevivido al paso del tiempo los dibujos que realizaron algunos de los presos, como José López Bermejo, recluso destinado a los trabajos de oficina que ocupaba parte de su tiempo haciendo caricaturas de sus compañeros, a menudo en hojas oficiales de la prisión. López logró sacar de la prisión 150 dibujos que en la actualidad pertenecen al archivo familiar.

Hoy, una placa recuerda el destino de quienes sufrieron en Can Mir las consecuencias de la represión franquista. Durante años compartió espacio con la que hasta 2021 daba nombre a la principal vía de Palma: Avenida de Juan March Ordinas, contrabandista, banquero y empresario erigido en uno de los principales financiadores del golpe de Estado de 1936. La prisión cerró sus puertas en 1941 y, siete años después, era transformada en el emblemático cine Augusta de Palma. Durante décadas, los antiguos prisioneros identificaron la sala de proyecciones con el nombre de “cine Angustias” ante el miedo, la miseria, las torturas y la muerte a la que muchos se enfrentaron tras sus paredes."        (esther Ballesteros, eldiario.es, 10/08/22)

28/6/21

Josefa Casalé Suñén pedía a su hija mayor, de apenas 11 años, que cuidara de los otros tres niños, que quedaban huérfanos de madre...sería fusilada junto a otras nueve mujeres de su mismo pueblo, Uncastillo, de la provincia de Zaragoza

 "¿Sabes qué palabras me decía mi madre cuando bajábamos a la plaza del ordinario para estar a la fresca? Me decía: 'Corazón sin trampa, perla dibujada, naricita de oro, perita confitada'. ¿Ves que palabras más cultas para una mujer de pueblo?".

La persona que habla es Soledad Ezquerra Casalé. Tiene 88 años y lo que cuenta es el único recuerdo que tiene de su madre, Josefa Casalé Suñén. Soledad iba a cumplir cuatro años cuando los falangistas sacaron a su madre de casa, en plena noche, para llevarla a prisión. Sería fusilada al día siguiente, un 31 de agosto de 1936. Soledad no recuerda su cara. Tampoco existe ninguna fotografía o retrato. 

Lo único que tiene de su madre son estas palabras y una carta. La que escribió Josefa la noche antes de su fusilamiento, un 30 de agosto de 1936, desde la prisión de Ejea de los Caballeros despidiéndose de sus hijas.

 Josefa Casalé Suñén pedía a su hija mayor, de apenas 11 años, que cuidara de los otros tres niños, que quedaban huérfanos de madre. Le rogaba que los llevara siempre bien limpios y que no se olvidara de rezar. También que tratara de enseñar a sus hermanos las cosas buenas que ella le había enseñado. Apenas unas horas después de escribir la misiva, Josefa Casalé sería fusilada en junto a otras nueve mujeres de su mismo pueblo, Uncastillo, de la provincia de Zaragoza. 

Sin juicio y sin guerra. Pura represión. Serían ejecutadas en Farasdués, una localidad del municipio de Ejea de los Caballeros, y tiradas a una fosa del cementerio local. Junto a Josefa, fueron ejecutadas y lanzadas a la misma fosa Lorenza Arilla Pueyo, Narcisa Pilar Aznárez Lizalde, Inocencia Aznárez Tirapo, Julia Claveras Martínez, Isidora Gracia Arregui, Melania Lasilla Pueyo, Felisa Palacios Burguete, Andresa Viartola García y Leonor Villa Guinda. 

Tenían entre 32 y 61 años. La historiadora Cristina Sánchez, autora de Purificar y purgar. La Guerra Civil en las Cinco Villas, explica a Público que se trata de la primera saca que se produjo en la cárcel de Ejea de los Caballeros. En los días y meses posteriores se habrían producido otras tres sacas: una que significó la ejecución de 12 hombres; después, otra con siete hombres y una mujer; y, por último, una saca de diez hombres, todos ellos del pueblo de Asín. 

Ahora, 84 años después de aquellas ejecuciones impunes, la fosa ha sido localizada y exhumada en unos trabajos que han sido promovidos por la Asociación Charata para la Recuperación de la Memoria Histórica de Uncastillo junto con el Colectivo de Historia y Arqueología Memorialista Aragonesa (CHAMA), que ha contado con la ayuda de otras asociaciones de la zona. También han colaborado económicamente las instituciones de la Diputación Provincial de Zaragoza, de la Comarca de las Cinco Villas y los ayuntamientos de Uncastillo y Ejea de los Caballeros.

"Antropológicamente, a la espera de los informes, los cuerpos encontrados son de mujeres. Además, son precisamente diez. Muchos de los cuerpos aparecen acompañados de horquillas, peinetas o dedales, pequeños objetos que llevaban en el momento en el que fueron detenidas y solo un día después fueron ejecutadas", prosigue Cristina Sánchez. 

El arqueólogo encargado de los trabajos, Francisco Javier Ruiz, explica en la publicación Uncastillo, Mujeres del 36  que las víctimas fueron elegidas por haber haber participado en la transformación social que supuso el período republicano o como "venganza" por no poder encontrar a otros hombres de la familia que participaban en organizaciones izquierdistas. El caso de Josefa es de los primeros. Josefa estaba marcada por su manera de pensar y de hacer.

Era una mujer, según cuenta su hija, muy religiosa. Tenía su propio reclinatorio en la iglesia del pueblo, y también era abiertamente republicana. Había aprendido a leer y a escribir por su propia cuenta y cada noche impartía clases en su domicilio para aquellos que no habían podido ir a la escuela. "Y ya se sabe: la cultura lleva a la política", añade Soledad. Además, tras la revolución de octubre de 1934, Josefa había estado vendiendo unas rosas rojas que preparaba con su cuñada para recaudar fondos para los presos. 

Ahora, Soledad, junto con otras familias, aguarda noticias de las asociaciones encargadas de los trabajos en la fosa común. Ha donado su ADN para que pueda ser identificado el cuerpo exacto de su madre y explica que su voluntad es que las diez mujeres descansen juntas en el cementerio de Uncastillo. "Llevan más de 80 años juntas y las mataron por tener ideas similares. Me gustaría que siguieran juntas junto a un cartel que explicara por qué las mataron y quiénes son", apunta Soledad. 

Así, el cartel que desea Soledad tendría que explicar las razones por las que un grupo de falangistas en nombre de España, de Dios y de las autoridades franquistas hicieron fusilar a mujeres como Narcisa Aznárez, de apenas 32 años, madre de 3 hijas y cuyo único 'delito' era tener un hermano de la CNT que había huido al monte. O a Isidora Gracia, hornera, madre de tres criaturas y reconocida socialista. Sin olvidar a Melania Lasilla, asesinada por ser la hermana del primer teniente de alcalde de Uncastillo, ni al resto de mujeres y hombres de Uncastillo que fueron ejecutados en el verano de 1936.

De momento, a falta de una decisión definitiva, el deseo de Soledad está más cerca que nunca de cumplirse. Los trabajos de exhumación han terminado y ahora resta el trabajo en los laboratorios de identificación forense y los informes de los expertos. Después se verá cuál es la voluntad de todas las familias, asociaciones e instituciones para tomar una decisión final. 

Soledad aguarda el momento a sus 88 años. "Estoy muy orgullosa de mi madre y de las cosas que me van contando de ella. También estoy orgullosa de sus ideas y de su lucha", dice. Mientras tanto, recuerda las mañanas de su infancia en las que se escapó del colegio para no tener que sufrir la humillación de cantar el Cara al Sol. También relata el hambre y la miseria que sufrió en su infancia por culpa de la represión franquista. Una situación económica que comenzaría a mejorar cuando su hermana mayor, la receptora de la carta escrita por Josefa, contrajo matrimonio con un exmiembro de la División Azul que había regresado de Rusia. 

"He pensado muchas veces en el dolor, en el sufrimiento y en el hambre que nos hicieron pasar porque mi madre tenía ideas republicanas. Y no lo puedo entender. Venimos a este mundo de paso y nos vamos a los dos días. No veo la necesidad de hacer sufrir a los demás tanta calamidad y tener tanto odio. Pero bueno. Lo que pasó, pasó. Eso no lo podemos cambiar, pero ahora hay que contarlo", sentencia Soledad Ezquerra Casalé. "                      (Alejandro Torrús, Pueblo, 15/12/20)

30/4/21

La historia del sanguinario Gómez Cantos. Hizo una lista con 30 nombres elegidos al azar... Todo el pueblo, vigilado por un cordón de guardias, vio la masacre. Entre los asesinados hubo mujeres. Su delito, «Algo tenían que saber»

 "Un asesino con tricornio...

"Allí por donde pasó sembró muerte y miedo. Durante la guerra y muchos años después de ella. Ni con los suyos supo qué era la piedad, pues también fusiló a subordinados con tricornio y a gente de la Falange. Aún hoy, muchos años después de su muerte (como Franco, falleció de viejo en una cama de hospital), su huella terrorífica aparece indeleble en los dichos populares extremeños. «Eres más malo que Gómez Cantos»"...

 "Antes de llevar tricornio, Manuel Gómez Cantos hizo carrera en el Ejército. Hijo de un oficial de tercera de la Marina, dejó de joven San Fernando (en la ciudad gaditana nació el 25 de marzo de 1892) para estudiar en la Academia de Infantería de Toledo.Tras ocho años, en 1920 obtuvo el pase a la Guardia Civil como primer teniente. Al estallar la guerra, ya tenía una hoja de servicios llena de tachas disciplinarias: borracheras en acto de servicio, palizas a la población civil, escándalos en prostíbulos, deudas... En 1927, consta en su expediente, mandaba la siguiente carta al dueño del concesionario donde había comprado, sin pagar, un coche: "«Querido Paco: perdona a un padre de siete chiquillos.Ahora pienso cobrar unas pesetas y te giraré, si no todo, lo que pueda. He ascendido a capitán»."

Con ese rango seguía, al frente de la Guardia Civil en Villanueva de la Serena, el día en que Franco se sublevó contra la República.Enseguida se sumó a la asonada militar y, tras dejar claro a un teniente coronel que regía el Centro de Reclutamiento del pueblo que él se erigía en mando aunque tuviera menor graduación, Gómez Cantos se dirigió al Ayuntamiento y apresó al alcalde y a todos los concejales de izquierda que gobernaban el Consistorio.Era la mañana del 19 de julio del 36."

"Durante los 10 días siguientes, hasta que huyó al cercano pueblo de Miajadas, mató a un concejal, hirió al alcalde y efectuó hasta 60 detenciones. A todos mandó a la cárcel. Hizo más poco después, en una acción que revela su carácter taimado. Cercado por varias columnas de milicianos, mandó colocar una bandera blanca en un torreón. Creyéndolo rendido, los atacantes fueron hacia donde estaba Gómez Cantos, quien aprovechó la distensión y ordenó de repente a los tiradores de dos ametralladoras que dispararan a quemarropa: 230 milicianos abatidos. La fechoría, a los ojos de sus superiores, fue vitoreada como una hazaña. Los historiadores también le sitúan en la entrada de las tropas franquistas a Badajoz y las posteriores matanzas en la plaza de toros."

"No volvería a Villanueva hasta dos años más tarde, cuando toda la comarca -la llamada bolsa de la Serena, reducto republicano hasta julio del 38- estaba ya bajo control de los nacionales.Y regresó a sangre y fuego. Antes, se dirigió a la cárcel de Badajoz para recoger al grupo de 60 vecinos que detuvo en el 36. Quedaban 33 entre rejas, y se los llevó con él para hacer la entrada triunfal en Villanueva. La cruel opereta finalizó el 8 de septiembre de 1938. Gómez Cantos organizó en la plaza del pueblo un juicio popular que terminó con la condena de ejecución sumaria para todos. «El tétrico camión con los 33 detenidos», narran en su libro Silva y Macías, «arrancó dejando atrás los vítores de los más exaltados del pueblo y las lágrimas silenciosas de los familiares. Tras 14 kilómetros, en las proximidades de Medellín, el camión se detuvo y los detenidos fueron conducidos a una loma cercana. All fueron fusilados, ante la atenta mirada de algunos vecinos de Medellín y un reducido grupo de falangistas de Villanueva»."

 "Pero fue después de la guerra cuando Gómez Cantos protagonizó sus dos más sonadas matanzas. Terminó la contienda como comandante y al poco, en 1940, fue nombrado gobernador civil de Pontevedra, donde también dejó muchas cunetas llenas de paseados en sus escapadas nocturnas. Regresó a Extremadura con más galones (teniente coronel).Al frente de la Comandancia de Cáceres, en 1942 fue nombrado responsable de las fuerzas encargadas de la persecución de los huidos, el maquis. Todo lo que hizo no fue sino reafirmar su fama de sanguinario. Él decidía y su lugarteniente, el capitán Emiliano Planchuelo, mandaba el pelotón de ejecución."

"El fusilamiento más numeroso ocurrió el 28 de agosto de 1942, en Alía. Hizo una lista con 30 nombres elegidos al azar y los convocó en el cuartelillo «para arreglar papeles». Pretendía, en realidad, aterrorizar a la región, que nadie diera apoyo al maquis. Todo el pueblo, vigilado por un cordón de guardias, vio la masacre. Entre los asesinados hubo mujeres. Su delito, al decir de Gómez Cantos: «Algo tenían que saber». Por entonces, él dormía en el monasterio de Guadalupe entre curas."

"En Mesas de Ibor (Cáceres), en abril del 45, no hubo sotana que se le interpusiera. Al saber que un grupo de maquis había tomado el pueblo varias horas y desarmado a los cuatro guardias civiles (uno, herido, fallecería luego), Gómez Cantos montó en cólera.Llegó a Mesas convencido de que sus subordinados eran unos cobardes.La decisión estaba tomada: los fusilaría inmediatamente. Les negó hasta la confesión. Antes de colocarlos junto a un muro de adobe, él personalmente les arrancó las botonaduras de las guerreras, les quitó los uniformes, que mandó quemar, y les colocó los grilletes."

"Cuando los cuerpos de los guardias cayeron desplomados tras la ráfaga de sus propios compañeros, Gómez Cantos no intuía que aquélla sería su última matanza. Hasta entonces se le había perdonado todo..."

Pero aquello le trajo problemas, y nada menos que con la Iglesia (con el Clero hemos topado).

En su afán exterminador, había negado los auxilios espirituales a los aterrorizados guardias cuando iban camino del paredón.A la Iglesia de entonces, la misma que había hecho la cruzada del lado de Franco, aquello le pareció imperdonable. Y ocurrió que un obispo (el de Cáceres) y el cardenal primado Pla i Deniel presionaron tanto al caudillo que Gómez Cantos terminó procesado y, por unos meses, entre rejas.

"Siempre gozó de total impunidad. Tras el consejo de guerra al que sería sometido en 1945, ni siquiera llegó a cumplir entero el año de prisión a que fue condenado por «abuso de autoridad».Lo cierto, como demuestra su foto de anciano, es que fue oficial de la Guardia Civil hasta el final de sus días. En la imagen luce el uniforme de teniente coronel y la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco que Franco le concedió en 1943 (desde el 38 tenía la Medalla Militar individual). Quizás para cuando lo de la foto se había reconciliado con su hijo guardia civil, Manuel Gómez Carmelo, de quien cuentan que retiró la palabra a su padre tras los fusilamientos de los tres compañeros."

Pufista, deudor, borrachín e incluso hay quien le tacha hasta de estafador, poseía una especie de "halo" que parecía protegerle (además de la protección que ya tenía de Queipo de Llano) de las consecuencias de sus desmanes.

Con múltiples "llamadas de atención", amonestaciones e incluso arrestos, pese a todo logró "hacer carrera" dentro de la GC.

...Hasta que excediéndose en su autoridad con sus mismos compañeros, fusiló a 3...

Aquello fue el inicio de su fin...

Pero murió de viejo, en la cama. Dicen que en sus últimas borracheras desvariaba. Se creía un héroe."(Ildefonso Olmedo, Crónica, El Mundo)

9/5/18

La homilía del sacerdote invitaba a sublevarse contra los presos. Se organizó una manifestación amenazante hacia la cárcel donde querían sacar a los presos y quemarlos vivos...

"(...) Mi abuelo Fabián Valencia Lerga (21 Enero 1903), de profesión albañil lo sacaron de su casa y fue encarcelado en Julio del 36 sin ningún motivo, dejando a su mujer Claudia embarazada de 8 meses y a su hija Isabel de 2 años. Mi madre nació un 16 de Septiembre de 1936 y lo que primero pensó mi abuela Claudia fue llevar a su niña a la cárcel a que su padre la conociera. 

Le negaron la entrada porque iba con esa criaturita. Sin otro pensamiento en aquellos momentos tan duros y dolorosos, se fue a la parte trasera de la cárcel donde había un pinar y levantando el bultito hacia la cárcel esperaba que su marido fuera capaz de ver a su nueva hija. La doble desgracia es que mi madre jamás conoció a su padre ni tampoco su padre la conoció a ella.

Todo empezó un 18 de octubre cuando se celebraba el funeral del teniente Castiella del ejército sublevado y muerto en el frente. La homilía del sacerdote invitaba a sublevarse contra los presos con estas palabras “….estos honrados hijos del pueblo, defensores de la Patria y la Religión, están muriendo en el frente y los enemigos de la Patria y de la Iglesia siguen vivos”. 

Se organizó una manifestación amenazante hacia la cárcel donde querían sacar a los presos y quemarlos vivos. Entre los carlistas y falangistas de uniforme se sumaron los matones a sueldo. Frustrado el linchamiento, los carlistas en su mayoría se dirigieron a las autoridades para conseguir los permisos de fusilamiento aludiendo al clamor popular que así lo pedía.

Dos días más tarde comunicaron a los presos que les iban a trasladar a Burgos y que no se acostaran. La orden iba firmada por el General Solchaga. A las dos y media de la mañana del 21 de octubre un numeroso grupo de requetés de Pamplona llego a la cárcel y leyeron la lista de los que iban a ser “trasladados”. 

En total se contabilizaron 64 personas de los cuales 27 eran de Tafalla y entre ellos estaba mi abuelo Fabián (33 años). Llenaron dos autobuses de la Tafallesa y al ver que los autobuses se desviaban de Pamplona tomando dirección a Monreal algunos forcejearon. Cuando llegaron en el paraje llamado “la Tejeria” habían ya preparadas varias fosas. 

Los sacaron en grupos, atados con alambre por parejas, mientras varios curas daban la confesión (¡malditos todos!). Tras asesinarlos, un requeté supuestamente les daba el tiro de gracia tirándolos a continuación a las fosas. Acabada la matanza los cuerpos fueron cubiertos con una capa de cal y enterrados por los horrorizados vecinos, a quienes se les obligo a participar. 

Cuando se localizaron las fosas y se sacaron los huesos 41 años después, estos seguían impregnados de esa cal, y muy poquitas calaveras tenían ese tiro de gracia. Doy crédito de lo que vi pues ayude a sacar a mi abuelo.  (...)

El texto fue publicado por su nieta Olga Uyarra el 29 de Noviembre de 2016, en Búscame en el ciclo de la vida, y en Nabarralde. El nombre de Fabián Valencia Lerga aparece en los listados de Los crímenes de Franco en Euskal Herria, 1936-1940 (Iñaki Egaña), y en Errepublika"                           (Documentalismo Memorialista y Republicano, 03/04/18)

26/4/18

Desde las tres de la mañana a las ocho, todos los días creemos que ha llegado el momento. Cuando sentimos abrir las puertas de la celda ¡qué emoción más indescriptible!. Oímos al oficial malhumorado decir: "Levántese". Son los compañeros que les toca su último momento ¿Cuándo nos tocará a nosotros?, pensamos todos. ¿Será mañana? ¿Será pasado? Cuando los vemos salir y oímos cerrar la puerta con estrépito, nos miramos unos a los otros, atónitos ¿A dónde llegará este sadismo cruel?

"«Querida Ofelia:

Recibí tu nota en la que puedo apreciar serenidad que mucho me conforta porque demuestras estar llena de valor. Así se hace. No hay que amilanarse. Me pides a mí fe y valor también. Está bien. Me hace mucha falta. Valor no me faltará hasta en los últimos momentos. Ya lo tengo probado con las cosas que por mí han pasado.

Quisiera poderte contar los momentos de angustia que vivimos los condenados a muerte. Somos de tan diferentes temperamentos que todos casi los sentimos de diferentes maneras. Yo me pregunto: ¿para qué vivir en esta angustia? Si nuestra vida solo la consideramos duradera a intervalos de veinticuatro horas, ¿a qué pretender prolongarla? Desde las tres de la mañana a las ocho, todos los días creemos que ha llegado el momento.

 Cuando sentimos abrir las puertas de la celda ¡qué emoción más indescriptible! Vemos entonces que salen algunos compañeros a quienes no veremos más. ¿Cuándo nos tocará a nosotros?, pensamos todos. ¿Será mañana? ¿Será pasado?

Es peor vivir estos sobresaltos, que llegar al último momento. Cuando oímos pronunciar nombres, después de abiertas las puertas de las celdas por la mañana, siempre estamos prestos a querer oír nuestro nombre. Después, oímos al oficial malhumorado decir: "Levántese". Son los compañeros que les toca su último momento. Les oímos dar los últimos encargos para sus familiares. 

A lo mejor piensan ellos que los que quedamos tendremos mejor suerte. Cuando los vemos salir y oímos cerrar la puerta con estrépito, nos miramos unos a los otros, atónitos, ignorando quiénes son los que se van. El estupor, el miedo, los temblores, se entremezclan. Nuestra vida espiritual ha venido muriendo a través de nuestros sufrimientos. Nos queda aún la vida material, pero... ¿por cuánto tiempo?

Sentimos que el pelotón se lleva a los compañeros, esposados con alambres, porque ni esposas suficientes tienen para el "trabajo". ¿Cuántos se han ido? No lo sabemos. Pero poco a poco van llegando de boca en boca los datos: El día 3 treinta; el día 4 veintinueve; el día 5 cuarenta. En una semana, cien familias con luto eterno, con el dolor imborrable. 

¿A dónde llegará este sadismo cruel? Creemos que pronto se acabará porqué a ese paso, iríamos bajando. Pero. ¡Oh, fatalidad!: Todos los días entran nuevos compañeros que ocupan los puestos vacantes y hasta en aumento. ¡Los primeros días, todos confían en la justicia, en la terminación de la guerra, en algo que los pueda salvar. Cuando se van acostumbrando y oyen las historias de los compañeros, se van desengañando. 

Es así que yo mismo ahora, recuerdo ya con emoción el día tres, que creí sería mi último. Le recomendé a los compañeros que echaran al correo esta carta; que te enviasen, la ropa y todo. Para mi esos momentos serán trágicos, inenarrables. Pero al fin, quedaré libre: será un momento de sufrimiento, un tránsito del ser al no ser y después un recuerdo en ti, en todos.

El día cuatro, los compañeros de celda y yo, creímos también que nos tocaría. Lo arreglamos todo. Cualquier ruido, cualquier movimiento, nos ponía sobresaltados. Cuatro compañeros de Cangas y yo, somos ya los más viejos en la celda. A veces comentamos a quien tocará primero. 

Esa noche apenas dormimos; el desasosiego nos mantenía despiertos. Llega el día 3; se abren las puertas. Algunos compañeros lloran, otros escrutan los pasos con firmeza. Todos estamos dispuestos para vivir nuestro drama en el último instante. Tratamos de apartar de la imaginación este dilema. Es inútil. Abrimos las puertas; oímos al oficial pronunciar los nombres: Cuatro contestan impasibles, casi automáticamente. La fatídica palabra. 

—"Levántese"—. Los hace salir. Nos quedamos nosotros como petrificados, viéndolos marcharse. Tres días llevamos así. Considera lo que en ellos habré sufrido. ¿Cuántos más me quedarán?

Besos a las nenas queridas y a ti un abrazo de tu
Paulino.»

Esta es la última carta que Paulino Fernández González escribió a su esposa Ofelia Leiva. A las ocho de la mañana del 7 de marzo de 1938 fue fusilado en Gijón. En el acta de defunción figura como causa de la muerte una hemorragia interna. (...)

Detenido en Pola de Lena y encarcelado en Gijón, su esposa le buscó incansablemente hasta que dio con él en un antigua fábrica de cerillas habilitada como prisión. La del "Cerillero" la llamaban. Ofelia acudía a visitarle cada semana y le llevaba ropa, que era lo único permitido. Le retiraba la ropa sucia, y regresaba a casa, entre los pliegues, encontraba las cartas que Paulino le escribía.

«Querida esposa: Te hago estas líneas, para que te lleven mi último mensaje. Puedes recoger el cadáver, según son tus deseos y la ropa, donde va ésta. Otras cartas te envié también. Espero tengas resignación con mi suerte. Es como la de miles más que caemos inocentemente, por defender nuestra, patria. 

Miles de besos y abrazos para las niñas y para ti. También para mamá, tía Irene y tía María. Recibe el último beso que te da tu Paulino.»

Ofelia no pudo recoger el cadáver de su esposo, a pesar de existir una autorización de la Delegación de Sanidad y Beneficencia de Gijón. (...)

Ofelia pagó todos los derechos exigidos.

Unos días después consiguió cruzar la frontera portuguesa con los documentos que acreditaban su nacionalidad cubana y con veintisiete pesetas que eran todo su capital para alimentar a sus dos hijas y conseguir llegar a Cuba.  Las 27 pesetas se quedaron en España y en un recibo: "Ofelia Leiva, ha donado para la causa "nacional" 27 pesetas"
«Cuanto he sufrido, y llorado; cuanto he pasado, lo he de dar por bien empleado, el día que pueda saber que España es libre. A pesar de ser cubana, y a pesar de haber vivido solo cuatro años en Asturias, el día de su libertad, volveré a ella; quiero, con mis ojos, volver a ver aquellos pueblos heroicos, mártires, para evocar el recuerdo de mi querido esposo, para saber que con la sangre de él y la de tantos mártires, se ha logrado la libertad.»                    (Búscame en el ciclo de la vida, 07/03/18)

12/9/17

‘Cañero’, el portero de la Sego fusilado por ‘rojo’

"Tenía 24 años, soltero. Obrero ceramista en la Innovadora del Puente de Hierro. Un muy buen portero que en 1934 sustituyó bajo los palos de la Gimnástica Segoviana a uno de los impulsores del club, el carismático Paco Cabezas. Se llamaba Nicolás Álvaro Lobo, pero en Segovia se le conocía como “Cañero”

 El 13 de julio de 1936 “Cañero” jugó su último partido frente al Betis de Madrid en el campo de Chamberí.  Una semana después era detenido, y hace 81 años, el 15 de agosto, fusilado en la tapia del cementerio y enterrado en los arenales de Anaya.

“Cañero”, que se sepa, fue el único jugador del club segoviano que murió en la Guerra Civil. Algunos vivirían la represión de las retaguardias, otros fueron al frente, pero todos volvieron. Todos menos Nicolás Álvaro, ejecutado por comunista en su propia tierra.  (...)

Cañero era un personaje popular en la Segovia republicana. Fue uno de los primeros militantes del PCE de la ciudad, eso y su condición de portero de la Sego, le hacían uno de los pocos comunistas con nombres y apellidos residentes en la ciudad. Según explica Tapia, no hubo juicio. Probablemente fue una represalia tras los bombardeos sobre Segovia que desde Madrid propiciaba el “Pájaro negro”, un aviador segoviano de la República al que la Segovia nacional atribuía los bombardeos. 

“Llegarían falangistas o requetés con una lista e hicieron una saca”, especula Tapia. Así sin más. En De la Esperanza a la Persecución, de Santiago Vega, el mejor trabajo sobre la represión franquista en Segovia en la Guerra Civil, se le incluye entre las víctimas de la represión “ilegal”, sin juicios. Una instancia judicial de 1937 lo considerá “desaparecido”. Como “desparecido” sigue de la memoria colectiva segoviana."                  (Acueducto.com, 28/08/17)

23/5/17

En esta comisaría, las torturas iban desde la ingesta purgante cristales de sal, exomita o sulfato de magnesio, con el fin de sonsacarles información, hasta colgarles de los pies, electricidad, apalearles hasta casi la muerte...

"Canarias está impregnada de escenarios donde la represión Franquista dejó huella para siempre. Sin embargo, muchos de estos lugares, con el paso de los años se han ido transformando y han caído en el olvido las historias que allí se vivieron. Es el caso de la antigua comisaría de la calle Luis Antúnez (en Las Alcaravaneras), donde está ahora el colegio de La Salle. 

 Asociaciones de la memoria histórica recuerdan que este edificio fue en el pasado “un punto de detención y torturas”, por lo que piden que en él se coloque una placa en la que se conmemore a las víctimas.

El portavoz de la Plataforma de Fusilados de San Lorenzo, Francisco González, que ha publicado dos libros relacionados con el franquismo en Canarias (basados en relatos y testimonios de familiares de víctimas de la represión) señala que este homenaje servirá para que “la historia nunca se vuelva a repetir”. Explica que en esta comisaría, como ya han testificado otros historiadores, se llevaron a l os 27 de Agaete, hombres de los que nunca se conoció su paradero.

González, como también relata en su último libro, recuerda que al Valle de Agaete se le empezó a conocer como El Valle de las Viudas, ya que después de que en la madrugada del 4 de abril de 1937 fueran sacados de sus casas e introducidos en unas guaguas, no se supo nunca nada más de ellos. Las mujeres de estos jornaleros y comerciantes iniciaron su búsqueda por toda la Isla.

 Y es que, cuando fueron a preguntar por ellos a la comisaría de la calle Antúnez, les dijeron que habían sido puestos en libertad. Sin embargo, “Lo más seguro que es los hayan arrojado por la Sima de Jinámar, según cuentan algunos testimonios recogidos”, señala.

“Una de las víctimas es César Expósito, de sólo 34 años, carnicero de profesión y que pertenecía a la Sociedad de Oficios Varios de Agaete, su hija de ocho años vio cómo se llevaban a su padre”, relata González. No obstante, menciona otros nombres como Antonio Álamo Godoy, José Álamo Sosa, Antonio Dámaso Álamo, Gregorio Dámaso Álamo, Jose Diepa Jiménez… entre otros. Todos jornaleros humildes, pero faltan otras personas que también fueron conducidas a este lugar a la fuerza para extraerles información.

El portavoz de la Plataforma de Familiares de Fusilados de San Lorenzo explica que, en esta comisaría, las torturas iban desde la ingesta purgante cristales de sal, exomita o sulfato de magnesio, con el fin de sonsacarles información, hasta otras más fuertes. “Colgarles de los pies, electricidad, apalearles hasta casi la muerte..." son otras de las técnicas que cuenta.

También menciona la historia de Agustín Cabrera, presidente de la Fereracion Obrera, "que fue ahorcado en esta comisaría, llamada de Investigación y Vigilancia en ese entonces".

Los interrogatorios podían durar días. "Allí llevaron también a muchas mujeres a fin de que dieran información". Cuenta que a cada persona que entraba se le asignaba un número y a muchos de ellos luego los llevaban a "la Sima de Jinámar, a la Marfea, a los Pozos de Tenoya y Arucas… sitios de exterminio", "había incluso quien moría durante las torturas".

La Plataforma de Familiares Fusilados de San Lorenzo y el Foro Canario Víctimas del Franquismo comenzarán a recoger firmas en los próximos días en change.org, además de distintas campañas por redes sociales y movilizaciones, a fin de que se ponga una placa en este edifio y se recuerde lo que ocurrió.

Esta no es la única lucha que abandera González por la Memoria Histórica, también es nieto de un sindicalista asesinado por las fuerzas franquistas y que está enterrado en la fosa común de Vegueta y lucha para que esta se exhume, por lo que integra también un comité popular por esta causa. A su vez, promueve la exhumación de la Sima de Jinámar, una causa con la que se ha comprometido el Cabildo de Gran Canaria, pues un arqueólogo bajará a examinar su estado y estudiar la posibilidad.

No obstante, asegura que estos no son los únicos puntos donde se llevaron a cabo “crímenes franquistas”, también hubo otros puntos de tortura en Arucas, Tamaraceite… y en el local del Círculo de Arenales, una casa antigua de la calle León y Castillo. Se trataba de un circulo de los obreros pero convertido en un lugar de detención y tortura. “Ahí llevaron a mucha gente de La Isleta y ahí fueron torturados y asesinados después por lo que más adelante pediremos que se conmemore este lugar también”, afirma."                   (eldiario.es, 20/05/17)

17/5/17

El campo de concentración del Mogote (Tetuán) fue construido según el modelo de los “konzentrationslager” nazis. Debido al calor, los trabajos forzados, las torturas, la falta de alimentación y los fusilamientos arbitrarios, se convirtió en un verdadero infierno donde los presos morían en masa

"El libro ´Camino hacia la tierra olvidada´ señala que en la actualidad la zona del norte de Marruecos alberga más de 250 asesinados por el golpe militar y la posterior represión que duró hasta el año 1945. Un noventa por ciento de las víctimas corresponden a españoles residentes en la época. El resto, son población local de origen árabe que murieron defendiendo los principios de aquella Segunda República que comenzaba a desmoronarse.

La obra se convierte en una de las primeras monografías del conflicto dentro del Protectorado Español de Marruecos, del que solo se habían realizado trabajos parciales. El libro “aporta testimonios de testigos directos de los hechos hasta ahora desconocidos, como por ejemplo el de Francisco Lara Campoy, un republicano exiliado en Francia que pasó por el campo de concentración del Mogote en Tetuán, uno de los primeros en abrirse al inicio de la guerra o una serie de documentos inéditos, como por ejemplo varios del Alto Comisariado de España en Marruecos (máxima autoridad colonial), que se encuentran depositados en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares, y que arrojan luz sobre zonas oscuras de la historia del Protectorado y sobre quienes vivieron y trabajaron en él”.

El inicio del golpe durante la tarde del 17 de julio

Ramos destaca la importancia que tuvo esta zona estratégica del Norte de África en el inicio del enfrentamiento civil, ya que fue precisamente allí donde el 17 de julio de 1936 comenzó el golpe de estado contra la República. “Allí se encontraban destacadas tropas experimentadas del ejército español, cuyo control era esencial para los conspiradores golpistas. 

Aparte, era un lugar apartado, lejos del control del gobierno de Madrid y bajo jurisdicción fundamentalmente militar, donde la autoridad civil era muy débil, y por lo tanto un terreno donde los golpistas podían conspirar con casi total impunidad”. Fue tal la importancia que tenía para el futuro dictador Francisco Franco aquel enclave en Marruecos que siempre lo denominó como el “sillar de la victoria”, apuntan los investigadores.  (...)

Feria señala que “los papeles son interesantísimos y sirve para derrumbar muchos mitos construidos desde 1939 alrededor del golpe de estado y del papel de sus promotores”. Entre los documentos más destacados señala las cartas de Alto Comisario Juan Beigbeder. “Muchos lectores lo recuerdan como personaje de la teleserie ‘El tiempo entre costuras’ que desmienten su carácter aliadófilo y demuestran su cercanía al III Reich. Y todavía queda en dicho archivo numerosa documentación pendiente de estudio”, señala Ramos.

Más de 250 asesinados en las fosas de Larache y Tetuán

El investigación de Ramos y Feria revela como en la zona de Larache y Tetuán están de momento las únicas fosas localizadas en el antiguo Protectorado Español en Marruecos, aunque en estas fosas no sólo fueron enterrados los fusilados de dichas localidades, sino también de otros lugares del protectorado como Xauen, municipio de gran afluencia turística en Marruecos y Alcazarquivir e incluso de Ceuta.

Los autores han tomado como base los datos ofrecidos por el investigador Francisco Sánchez Montoya, hasta ahora el único historiador en ofrecer cifras concretas y un listado de fallecidos. Los datos aportados concluyen que “las víctimas fueron incluso superiores a las adelantadas por el citado autor, ya que hemos encontrado los nombres y apellidos de más de 250 asesinados durante la Guerra Civil y la posguerra en el territorio del Protectorado (sin incluir Ceuta y Melilla)”.

El 90% de las víctimas fueron españolas, el resto musulmanes que o bien pertenecían a logias masónicas o se opusieron al golpe de estado y defendieron la II República. También hay que señalar que se resistieron al reclutamiento muchos jóvenes de clases populares, que provocaron la ira de las tropas golpistas formadas por marroquíes. 

Reina apunta que “entre las víctimas españolas aparecen numerosos apellidos judíos realizándose sobre todo los fusilamientos contra judíos militantes de partidos de izquierda, masones o personalidades comprometidas con el gobierno republicano”.

 Aún quedan fosas comunes de las que se no se saben ni el nombre ni los apellidos de las víctimas. Ramos sentencia que la única información que existe es un listado de municipios donde se sabe que hubo fusilamientos. Se trata de Arcila, Xauen, Alcazarquivir, Rincón, Alhucemas, Nador, Castillejos, Río Martín, Bab Tazza o Targuist.

El antiguo campo de concentración del Mogote, situado en las afueras de Tetuán fue, junto con el campo de Zeluán (cerca de Melilla) el primero de los que organiza el bando golpista. Este centro de hacinamiento fue construido según el modelo de los “konzentrationslager” nazis, debido al calor, los trabajos forzados, las torturas, la falta de alimentación y los fusilamientos arbitrarios, se convirtió en un verdadero infierno donde los presos morían en masa. “Hoy en el lugar no queda nada. Ni restos visibles, ni una señal que informe de lo que allí ocurrió”, afirma Feria.

El caso de Francisco Lara Campoy

El caso de Francisco Lara Campoy, fallecido en el año 2009, no es un testimonio más. Para los investigadores resultó un aporte fundamental a los documentos prácticamente inexistentes de la actividad del campo de concentración del Mogote, donde estuvo preso con apenas veinte años.

Lara Campoy consiguió durante su juventud entrar como aprendiz en el aeródromo de Sania Ramel, en Tetuán. Más tarde pasaría a la compañía de autobuses de La Valenciana donde le sorprendería el golpe militar.

Campoy recordaba a sus 94 años que “en el Centro Obrero Español de Tetuán seguíamos con interés los acontecimientos que habían soliviantado la vida tetuaní, que se sucedían a velocidad de vértigo. El 17 de Julio de 1936, uno de los dirigentes de dicho Centro, Sr. Ballesteros, reunió a los jóvenes que nos encontrábamos en el Centro, pidiendo voluntarios para vigilar en Tetuán los movimientos de tropas”. Los jóvenes del Protectorado sabían que algo estaba a punto de ocurrir.

Sin tener cumplido los veinte años de edad, Francisco estaba en aquel centro Obrero bajo la mirada de moros regulares que detuvieron a las personas que se encontraban en aquel espacio social.

Sus vivencias ya detenido retratan episodios aterradores. “Recuerdo que por las noches pasaban lista y al oír cada cual su nombre tenía que decir presente. Una noche el sargento que pasaba lista me dijo ¡bueno, tú no te vayas, que tengo que verte después! Cuando ya todos se habían acostado, se presentó diciéndome coge una manta y andando, me trasladaron a otro cuartel, para luego trasladarme al campo de concentración de El Mogote”.

Había pasado más de un mes desde el inicio de la guerra cuando Francisco llegó al primitivo campo de concentración de Tetuán. “Los falangistas de Tetuán venían todos los días de madrugada con una camioneta y una lista de nombres, que se llevaban y los mataban en cualquier lugar. Los cadáveres los cargaban en unas camionetas y los trasladaban al cementerio en plena alcazaba marroquí”.

Era tal el espanto de aquel espectáculo que provocó incluso protestas de la población marroquí, corriendo el rumor de que el Jalifa, representante del Sultán de Marruecos en el protectorado, intervino ante las autoridades militares para que aquellos hechos no se repitieran. “No cabe duda que aquello debió influir para que, meses después desmontaran el campo de concentración y nos trasladaran a un penal llamado García Aldave, en Ceuta, pues en el Hacho, siniestra fortaleza, no cabían ya más detenidos”, aclaraba Francisco.

Campoy que pasó el resto de su vida en Francia nunca paso ni un solo día sin pensar en aquellos terribles meses donde declara que tenía que cantar el “cara el sol, con el brazo extendido a estilo de falange, mientras los guardias nos vigilaban por detrás, agudizando el oído para sino se cantaba nos dieran un latigazo en la espalda”.

Este joven tuvo que seguir viviendo los horrores de la guerra trasladado a la península donde continuaba la contienda. “Como yo era militar, al obtener la libertad tenía que reintegrarme a mi batallón, que en principio era el de Cazadores de Ceriñola número 42. 
Por tren nos enviaron desde Tetuán a Ceuta y de Ceuta a Algeciras, rumbo a Sevilla y de Sevilla a Plasencia”. La historia de Campoy fue uno los testimonios fundamentales para Ramos y Feria a la hora de esclarecer parte de aquel episodio de la Guerra Civil española en Marruecos."              (María Serrano, Público, 14/05/17)