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21/10/22

La fosa de los hombres buenos: cuando el fascismo fusilaba a curas y a médicos de pobres... junto al médico de pobres, un abogado que enseñaba a leer y escribir, y un cura conocido de Azaña y aficionado a la botánica, que compartía sus conocimientos con los vecinos... a un dirigente socialista le organizaron su muerte en público como un espectáculo festivo, con presencia de la banda musical de Ateca, pasquines de convocatoria y día sin escuela para los niños

 "La fosa del barranco de Cortasogas, en Calatayud, no muy lejana a la del paraje de La Bartolina (donde fueron enterrados los restos de tres centenares de republicanos asesinados por los sublevados durante la guerra y los primeros años de la dictadura), nunca ha dejado de ser, pese al silencio impuesto durante más de ocho décadas sobre su existencia, un acta del terrible grado de indiscriminación que caracterizó a la violencia franquista. De sus enterramientos clandestinos han sido recuperadas más de 9.000 víctimas en las últimas dos décadas.

Allí, en un lugar indeterminado del cauce del torrente, hoy seco, y de los campos que se extienden por sus alrededores, se encuentran los cadáveres de al menos cuatro personas fusiladas en el mes de agosto de 1936, aunque algunos datos apuntan a que podría haber hasta diez en dos fosas, cuya búsqueda va a comenzar a finales de este mes, más de 86 años después de su muerte.

"No está claro lo que hay allí. El mapa de fosas del Gobierno de Aragón habla de la existencia de una que habría desaparecido, pero seguramente hay dos: una con tres víctimas que se conocen y otra con restos de cinco o siete entre los que solo hay uno conocido", explica Javier Ruiz, arqueólogo de la entidad memorialista Arico (Asociación por la Recuperación y la Investigación Contra el Olvido).

El mapa de fosas del Gobierno central, por el contrario, registra el enterramiento como "no intervenido" y da por hecha la presencia en ella de dos víctimas, Eradio López y Germán Baquedano.

El médico que atendía gratis a los pobres

En los perfiles de tres de las cuatro víctimas identificadas por los testimonios de quienes participaron en los crímenes o los presenciaron coincide una constante. Esta es que desarrollaron labores asistenciales y formativas entre los sectores de la población más desfavorecidos de la zona: un hombre a quien denominaban el médico de pobres, un abogado que enseñaba a leer y escribir y un cura conocido de Azaña y aficionado a la botánica que compartía sus conocimientos con los vecinos.

"El objetivo es entregar los restos a los familiares", explica Julia Oliva, concejal del PSOE en Calatayud, que explica cómo "desde los años 70 hay allí un memorial colocado por uno de los hijos de Eradio, que de niño se fue a vivir a Barcelona con su madre viuda y al que el ayuntamiento le denegó el permiso para buscar los restos de su padre".

Él fue quien colocó la piedra con la inscripción "Eradio, 11-8-36", y también quién enterró en un nicho del cementerio municipal un arca con tierra del barranco de Cortasogas, donde cuatro décadas antes su padre había muerto fusilado.

"A Eradio lo llamaban el médico de los pobres. Mi madre me contaba cómo todas las tardes iba a visitar a enfermos en las Casas Baratas. No les cobraba e incluso les dejaba dinero para que pudieran comprar medicinas", recuerda Oliva, a la que también su madre le explicó cómo "su asesinato provocó un fuerte impacto" en la ciudad.

Eradio, médico de profesión que ejercía en la Azucarera local y estaba emparentado con una familia de industriales de la ciudad, "ostentó la vicepresidencia de la Agrupación Socialista de Calatayud en 1933 y es recordado como un hombre de gran corazón y como el médico de los pobres, pues asistía a los pacientes más humildes sin ninguna contraprestación". Así lo reseña el historiador Nacho Moreno en su libro La ciudad silenciada: segunda república y represión fascista en Calatayud (1931-1939).

Los sublevados acuñaron una retorcida versión de esa misma biografía: "Profesaba ideas marxistas y, valiéndose de su prestigio y cultura por ejercer la profesión de médico, hizo activa propaganda de ellas entre sus vecinos, siendo considerado como uno de los principales dirigentes del partido socialista en Calatayud". Y eso, en algunas cabezas, bastaba para justificar su muerte.

El abogado que enseñaba a leer en 'La ciudad maldita'

El médico de los pobres había estado recluido en el cuartel de Artillería Ligera de Calatayud, utilizado como cárcel en la primera fase de violenta represión desatada por los sublevados en las riberas del Jalón y el Perejiles desde el inicio del golpe, junto con Germán Baquedano y con Serafín Gracia.

Las biografías de los tres comparten, además de la coincidencia en la fecha, el lugar y la causa de su muerte el 11 de agosto de 1936 a manos de pistoleros facciosos en el barranco de Cortasogas, el rasgo común de haber desarrollado acciones asistenciales entre los sectores menos favorecidos de Calatayud y de otros pueblos de la comarca.

Baquedano acabó militando en el PSOE después de haber abandonado el seminario poco antes de su ordenación para estudiar Derecho. "Era abogado, profesor de piano y enseñaba a leer y escribir a las personas mayores", recoge Moreno en su investigación. En ella indica que "por su juventud militaba y era secretario de la sección local de las Juventudes Socialistas Unificadas, pero además en marzo de 1936 fue elegido vocal de la Agrupación Socialista de Calatayud".

 A esos cargos se les unía, recuerda Oliva, el de ser "muy amigo de Francisco Bueno, El Estirado", un dirigente socialista cuya muerte en público organizaron los sublevados como un espectáculo festivo, con presencia de la banda musical de Ateca, pasquines de convocatoria y día sin escuela para los niños.

Varias décadas después, una música muy distinta que la que sonó ese día, la de la desgarradora La ciudad maldita de Amaral que arranca narrando cómo "se escribió tu historia con tinta invisible / sobre una página negra que nadie pudo leer", recordaba la muerte de Baquedano, padre de una de sus tías, y la losa de silencio que la cubrió.

El cura que se hizo amigo de Azaña en un tren

El tercer fusilado era Serafín Gracia, el cura de Aldehuela de Grío, una pequeña población hoy abandonada del valle al que da nombre ese río. Procedente de una familia acomodada de Santa Cruz y aficionado a la botánica, compartía sus conocimientos con los vecinos de la zona, ya fuera para tareas agrícolas o para otros usos de las plantas.

De ideas republicanas, había coincidido en un viaje en tren con Manuel Azaña, presidente del Consejo de Ministros y de la Segunda República, con quien mantenía una relación epistolar de la que el cura hablaba abiertamente.

"Debía simpatizar con los ideales republicanos, pues se cree que organizaba mítines en la sede de Unión Republicana de Santa Cruz y se carteaba con Manuel Azaña", reseña Moreno, que explica cómo durante su detención en el cuartel fue sometido a un trato especialmente vejatorio y cómo "aunque la familia intentó interceder por su vida, nada pudieron hacer por él".

El historiador apunta como "posible" el hecho de que con ellos "fuera asesinado Faustino Ismael Oroz Moncín, otro joven comunista de 24 años, cuya partida de defunción sitúa la muerte ese mismo día", aunque este no se trata de un dato contrastado.

¿La segunda fosa de Cortasogas?

Varios datos apuntan a que en el barranco habría una segunda fosa con entre cinco y siete víctimas de los sublevados que habrían sido asesinados cuatro días más tarde, el 15 de agosto.

Uno de ellos sería Eugenio Castillo, comunista y afiliado a la UGT cuya familia regentaba una casa de comidas en Calatayud, frente al Mesón de La Dolores, y que había huido al monte una semanas antes, después de que un familiar le avisara de que un grupo de falangistas le andaba buscando.

Otro pariente le delató a la Guardia Civil cuando se encontraba en los montes de Orera, localidad de la que era originaria su familia, y uno más, marido de una prima, condujo el camión en el que fue trasladado hasta el barranco de Cortasogas para ser asesinado.

Hay dos versiones sobre cuántas víctimas murieron en esa razzia, una que indica que en el camión viajaron cinco personas y otra que sostiene que eran siete. "En la primera fosa hay tres víctimas y en la segunda lo hemos de aclarar", explica Ruiz, que anota que una de las primeras tareas se va a centrar en la recogida de la documentación disponible sobre el caso y en su ampliación mediante testimonios, aunque, "por desgracia, cada vez queda menos gente que pueda ofrecer el suyo, cada vez son más indirectos". (...)"          (Eduardo Bayona, Público, 15/10/22)

7/2/20

Victoriano Suanzes, o garda civil que martirizou Ferrol... de 715 asasinados entre 1936 e 1939, mais de 400 persoas executadas extraxudicialmente fórono no período en que a bisbarra estivo baixo o mando de Suanzes

"Asistimos a un proceso de ocultación do papel da Garda Civil no operativo represivo franquista. A operación contextualízase no proceso de lexitimación do modelo político institucionalizado na constitución de 1978 e tenta camuflar as responsabilidades de institucións centrais durante  a ditadura que seguen a xogar un papel chave no réxime vixente.


A Garda Civil, un corpo chave no xenocidio franquista


A construción do discurso obriga a excluír do relato histórico a executoria da Benemérita no combate á democracia e na persecución a disidencia política e a súa función determinante na organización e funcionamento da maquinaria represiva así como  na imposición do terror. A referida formulación ideolóxica coxea cando analizamos a xeografía do xenocidio en Galiza, atopando á fronte da mesma a  mandos da  Garda Civil como Florentino González Vallés en Lugo, A Coruña ou Donostia, a Xoán Aranguren Ponte n´A Mariña, a Francisco  González “O Rabioso” en Vigo, a Ricardo Macarrón en Pontevedra ou a Xosé Leseduarte en Santiago de Compostela.


Un represor antes de 1936


Victoriano Suanzes Suanzes significouse dese moi novo pola súas convicións reaccionarias. Nado en 1903, nunha familia vinculada de vello a armada, era fillo, neto, sobriño, irmán e curmán de militares,seguindo el mesmo eses estudos, para ser destinado posteriormente a Marrocos, onde combateu a revolta do Rif nas filas do rexemento de León, sendo ferido en diversas ocasións e acadando o grao de capitán. Incorporado á Guarda Civil, serviu en diversos destinos, a comezar pola comandancia de Oviedo e a seguir polo posto de Xuvia, onde destacaría polo súa persecución aos demócratas, particularmente a raíz da revolución de outubro de 1934.

Son numerosos as noticias de prensa da época que o vinculan á represión aos militantes de esquerda, marchando como voluntario a Asturias en novembro de 1934, canda outros números da benemérita da comarca ferrolá que se distinguirán en 1936 pola súa brutalidade, para combater e reprimir a revolta. A súas posicións reaccionarias non pasaron desapercibidas para as autoridades da Fronte Popular que remataron por trasladalo fora de Galiza, atopándose destinado  en Barcelona o 18 de xullo de 1936.


Victoriano Suanzes no epicentro da represión en Trasancos


A súa actuación será determinante nos momentos máis duros da represión en Trasancos. Após fuxir da Barcelona democrática vía  Franza volverá a Galiza, non tardando en ser nomeado en agosto de 1936 Delegado da Orde Pública en Ferrol, unha responsabilidade a onde chegaría apoiado pola súa fama de duro, as súas ligazóns familiares e os seus contactos con aqueles mandos da Garda Civil situados nos postos chave da urdime represiva.


Os dados ofrecidos por Eliseo Fernández, o investigador ferrolán que máis se ten ocupado do labor de Victoriano Suanzes, non deixa dúbidas ao demostrar a súa responsabilidade nas execucións parelegais en Ferrol, sinalando que “de 715 asasinados en Ferrol entre 1936 e 1939, mais de 400 persoas executadas extraxudicialmente fórono no período en que a bisbarra estivo baixo o mando de Suanzes”.


Se estas cifras son abondo clarificadoras, tendo en conta que Victoriano Suanzes só estivo ao fronte da Delegación da Orde Pública durante tres meses entre agosto e outubro de 1936, non é menos outra achega de Fernández  en relación coas sacas de presos onde certifica que “24 presos desembarcados do “Plus Ultra” por orde do Delegado de Orden Público Victoriano Suanzes e 7 presos desembarcados por orde Xefe de Policía Xosé María Pagola estaban entre os asasinados con diversos pretextos”.


Un protexido do franquismo


Victoriano Suanzes desenvolvería unha destacada carreira dentro do réxime, morrendo en 1967 como xeneral da Garda Civil. Malia que a  súa saída da Delegación da orde pública de Ferrol en novembro de 1936 significou unha sorte de cese encuberto, provocado polo descontento cos seus excesos por parte de sectores do franquismo e particularmente da igrexa que o culpaba do asasinato do crego  do Val do Xestoso Andrés Ares Díaz, non tardaría en ser recuperado e mesmo ascendido en outubro de 1937 como Delegado provincial da  orde pública e por conseguinte como máximo responsábel do conglomerado represivo na Coruña.


A súa labor e os seus ascensos no corpo militar seguirían ligados á denominada loita contra a insurxencia, até o punto de pasar ser unha autoridade na materia e mesmo dislocarse fora do Estado para a formación de diversos corpos policiais, como aconteceu co peruano, sendo autor dalgunha publicación sobre o tema."                 (Cilia Torna, Nós, 19/11/19)

10/11/15

Carlistas navarros tratan de matar a un cura guipuzcoano nacionalista

“(…)  Ha llegado un barco que se llama "Mater Dolorosa", con varias personas a bordo, de San Sebastián. El barco es de Guetaria. 

A proa iba un cura, con anteojos y con el sombrero de teja en la mano. Dicen que es un cura de la capital de Guipúzcoa, nacionalista, gran tenor, que fue chantre de la catedral de Sevilla. 

Al parecer, los carlistas le tienen mucho odio, porque enseñaba a los chicos a cantar en vascuence. 

Estos carlistas navarros son lo más cursi de España. Unen la cursería con el asesinato. ¿Qué les importa a ellos que se cante en vascuence o en chino? (…)”            

(Pio Baroja: La guerra civil en la frontera. Ed. Caro Regio, 2005, pp. 114)

24/6/14

Sacerdote asesinado por los franquistas porque protestó ante Queipo por cómo enterraban vivos a muchos fusilados en la tapia del cementerio

"Los curas republicanos fueron doblemente represaliados por cometer el pecado mortal de demostrar que era compatible ser católico y republicano y que, tratándose de sacerdotes, era incluso más cristiano comprometerse con los más pobres y con la democracia que con los golpistas. 

Y es que estos no tuvieron piedad con ellos, que sufrieron los mismos castigos que el resto de quienes resistieron a la rebelión: muerte, cárcel y exilio. Pero tampoco tuvo misericordia con ellos la jerarquía católica española, que aliada con Franco, no les perdonó la osadía de desmarcarse de la cruzada que bendijo decenas de miles de fusilamientos.  (...)

De hecho la historiadora y profesora de la Universidad de Málaga Encarnación Barranquero lamenta no haber podido consultar el expediente personal en el Seminario del cura malagueño Francisco Fernández González, que fue fusilado con 41 años en las tapias del viejo cementerio de San Rafael, donde este año se ha erigido un monumento en memoria de los miles de fusilados tras la toma de la ciudad y enterrados en la segunda área de fosas comunes más grande de Europa después de Sebrenica, en la antigua Yugoslavia.

Este cura pagó cara la osadía de su compromiso social en las parroquias de Almogía y Mijas, su posterior decisión de dar clases como maestro, su pertenencia al comité que depuró a docentes de derechas y, especialmente, su decisión de "casarse por lo libertario" ya durante la guerra. Francisco Fernández fue detenido días después de la caída de Málaga, sometido a un consejo de guerra y condenado a muerte.

 "De nada le sirvió reivindicar con insistencia en la cárcel su condición de cura, ni encargar que le trajeran una sotana, ni firmar sus cartas siempre con su nombre y el añadido de presbítero", dice Barranquero, que reconstruyó su biografía recurriendo a otras fuentes no eclesiásticas como "los expedientes de represión, de preso y de responsabilidades políticas".  (...)

Los archivos de la Iglesia siguen cerrados a cal y canto a los investigadores como norma general, salvo que se trate de buscar argumentos para beatificaciones masivas de "mártires religiosos", que han sido muy criticadas por solventes investigadores como el monje benedictino Hilari Raguer.

 El historiador sevillano José María García Márquez ha intentado en un par de ocasiones, incluso a través de dos sacerdotes, acceder al expediente de un cura que fue fusilado durante el verano del 36 por Queipo de Llano sin que se sepa la fecha exacta de su muerte, "porque no está inscrito en el Registro Civil, ni se puede entrar en el archivo de la Curia para consultar su expediente". 

Se trata de Antonio Sáez Morón, que fue capellán del hospital de San Lázaro y miembro de la Hermandad de la Macarena, después de haber sido ayudante en la parroquia del pueblo de Herrera. "Dispongo de testimonios sobre el asesinato de este cura, que protestó ante Queipo por cómo enterraban vivos a muchos fusilados en la tapia del cementerio, pero no puedo cotejar la versión de los testigos con la documentación de su expediente. 

Se da la paradoja de que puedes consultar el expediente de un ferroviario, de un funcionario, de un maestro, pero no el de un cura", se lamenta García Márquez, que junto al también investigador Francisco Espinosa, acaba de publicar Por la religión y la patria, sobre el papel que jugó la Iglesia católica como apoyo del bando franquista en la Guerra Civil española.  (...)

Los 16 curas vascos fusilados no fueron los únicos que ordenó matar Franco por oponerse a sus planes totalitarios, sino que hubo otros por España, como Matías Usero en Galicia y los dos antes referidos en Andalucía, sin que se descarte que aparezcan más según avancen las investigaciones. 

Entretanto, todo parece indicar que fueron más los que lograron huir de la represión e instalarse en el exilio, como sucedió con el gaditano José Manuel Gallegos Rocafull, un hombre de una cultura vastísima que alcanzó el doctorado en Filosofía y Teología y que llegó a ser canónigo de la catedral de Córdoba.

 Su biógrafo, el investigador egabrense José Luís Casas sí que pudo consultar su expediente en el obispado cordobés, así como las actas del Cabildo de la Catedral del que formó parte y su ficha en el seminario de Sevilla. "He tenido suerte y me considero afortunado", reconoce Casas, quien destaca que el referido cabildo llegó a hacerle recientemente un homenaje en sesión interna, "pero aunque no haya sido público, ha tenido un reconocimiento interno de los canónigos".

Gallegos Rocafull era un intelectual de gran proyección incluso fuera de España que durante la República daba clase de Filosofía en la Universidad de Madrid y fue candidato a las elecciones de 1931, sin que obtuviera escaño.

 Durante la Guerra Civil, fue enviado a Bruselas para hacer campaña junto a otro cura, Leocadio Lobo, a favor de la República entre los católicos europeos y allí en la Casa de España dejó clara su posición política frente a la jerarquía episcopal entregada a la causa golpista: 
"Os lo diré de una vez por todas, abierta y sinceramente: he elegido al pueblo", dijo públicamente. "Gallegos basó su decisión en un argumento religioso, convencido de que Cristo habría estado al lado del pueblo, si se le hubiera planteado una situación similar", asevera José Luis Casas.

Gallegos mantuvo su enfrentamiento, incluso públicamente y por escrito, con la jerarquía católica franquista a la que acusó de complicidad con la represión, por lo que el entonces cardenal primado Gomá le aplicó la suspensión a divinis, por lo que no pudo volver a oficiar misa en su exilio mexicano hasta que renunció a la canongía de Córdoba en los años 50. Quid pro quo, que dirían los clásicos.

 Hasta su muerte, en México se dedicó a la docencia universitaria y "sus sermones de alto contenido social se hicieron tan famosos que hasta el poeta Altolaguirre comentó tras asistir a una misa: he estado a punto de convertirme otra vez cuando lo he escuchado", comenta José Luís Casas.

Otros dos curas andaluces que murieron exiliados aparecen en el libro Otra Iglesia sobre los sacerdotes que se mantuvieron fieles a la democracia republicana. Uno fue el almeriense Hugo Moreno, que al trasladarse a Madrid cambió su nombre por el de Juan García Morales y se puso al servicio de la República, escribiendo infinidad de artículos en los principales periódicos y convirtiéndose en incansable azote del clero antirrepublicano. Podría decirse que fue un cura periodista y propagandista, más populista y con menos profundidad ideológica que otros, que murió en Francia en 1946, olvidado como tantísimos exiliados.

El otro sacerdote andaluz -en este caso granadino de adopción- tuvo una gran proyección política, ya que pese a ostentar el cargo de deán de la Catedral de Granada, llegó a ser diputado a Cortes por el Partido Radical Socialista en la primera legislatura republicana de 1931, lo que le granjeó la suspensión a divinis y la excomunión por parte de la jerarquía católica. 

 Trató a García Lorca y fue amigo del dirigente socialista y ministro Fernando de los Ríos. Se llamaba Luis López-Dóriga y murió en México en 1962. Sus restos han reposado durante muchos años olvidados, junto a los de Gallegos Rocafull, en el panteón español.

No fue fácil la vida de los curas republicanos, cuyo compromiso político y social fue reprimido por la Iglesia española incluso antes del golpe militar de julio de 1936. Después, conforme avanzaba la contienda, la Iglesia acentuó su repudio contra ellos y el franquismo volcó sobre ellos todas sus iras represivas.

Como hemos visto, estos curas republicanos no eran analfabetos con sotana ciegos por la fe y sin criterio. Eran intelectuales muy conscientes del papel teórico de la Iglesia ante las desigualdades y el conflicto social de la España de los años treinta, que sustentaban su base doctrinal en la encíclica Rerum Novarum de León XIII, a finales del siglo XIX, uno de los principales pilares de la doctrina social de la Iglesia. (...)"       (Rafael Guerrero, Público, 24/06/2014)

20/5/14

Los curas republicanos que Franco asesinó y que la Iglesia quiere condenar al olvido

"Eran ‘curas sociales’. Luego, en los sesenta y setenta, sus sucesores serían llamados ‘curas obreros’, o ‘curas rojos’, pero en 1936 ellos eran sólo ‘curas sociales’. Pensaban que era compatible la religión católica con la justicia y con la democracia, con el trabajo digno y con un salario justo. Y por eso fueron liquidados por Franco y condenados al olvido por los jerarcas católicos que bendijeron  a los rebeldes y les llamaron ‘santos cruzados’.

El número de estos sacerdotes republicanos exiliados, encarcelados o asesinados por el franquismo no es aún conocido, pero un grupo de historiadores coordinado por el catedrático Feliciano Montero ha rasgado el velo del olvido y ha publicado un libro que demuestra que no todos los sacerdotes españoles estaban ni con Pío XII ni con el cardenal Gomá, y mucho menos con Franco. Pero, eso sí: estos curas republicanos y mártires jamás subirán a los altares.

En definitiva, los “curas republicanos”, los “curas rojos”, aquellos sacerdotes que tuvieron la osadía de apoyar la Segunda República y colaborar con ella, lo pagaron muy caro: han sido doblemente olvidados, doblemente represaliados. 

Como el resto de los vencidos, sufrieron la represión política del régimen de Franco; es decir, muerte, cárcel y exilio; pero, también, la represión eclesiástica: desarraigo, ostracismo, sanciones canónicas y excomuniones… y, sobre todo, el silencio ominoso y el olvido.

Su pecado fue mortal, porque constituían la prueba viviente de que era posible ser católico y republicano, sacerdote y demócrata, de que la guerra civil no era una ‘cruzada’… y mucho menos ‘santa’, como sostenía el cardenal Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España, quien escribiera: “¿La guerra de España es una guerra civil? No; una lucha de los sin Dios [...] contra la verdadera España, contra la religión católica”, calificando a Franco como un “instrumento de los planes de Dios sobre la Tierra”.

 ¿Eran ateos los sacerdotes asesinados por los franquistas? No, y nunca serán beatificados… pero han roto el mito de que sólo el bando republicano represaliaba a las sotanas.

A los altares nunca subirá, por ejemplo, Francisco González Fernández, el maestro y cura de Mijas (Málaga) asesinado en enero de 1938, con tan sólo 41 años, por las hordas franquistas después de un juicio sumarísimo. Su gran pecado fue el haber sido y ser republicano. 

Antes, esas mismas hordas habían asesinado, por ejemplo también, a Matías Usero, por el mismo delito, y esos mismos rebeldes asesinaron a un número incontable de sacerdotes republicanos o nacionalistas vascos y catalanes por el gran pecado de no condenar una sublevación deshonrosa y traidora.

Las biografías de González y Usero, mártires republicanos asesinados por el fascio esdpañol, son sólo dos de las diez que recoge el libro Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la guerra civil, coordinado por el catedrático emérito de la Universidad de Alcalá Feliciano Montero y los historiadores Antonio César Moreno y Marisa Tezanos y publicado por la editorial Trea. 

Este libro esclarecedor realiza recorridos vitales muy distintos, aunque todos ellos trágicos: desde el asesinato ya comentado de Usero y González hasta el exilio de Luis López-Dóriga, Juan García Morales, Joan Vilar i Costa y Leocadio Lobo, o el encarcelamiento y posterior ostracismo de Cándido Nogueras y Régulo Martínez.

Hasta ahora, los ‘mártires por la Santa Cruzada’ española lo eran por haber sido represaliados por el bando republicano. La propia Iglesia y el franquismo silenciaron las matanzas que en nombre de Dios cometieron los sublevados contra combatientes, civiles y sacerdotes republicanos. 

Hasta ahora, los curas asesinados durante la Guerra Civil lo habían sido por un bando, por los ‘rojos’. Pero el grupo de historiadores coordinado por Montero se ha propuesto recuperar la memoria histórica y rescatar una verdad incómoda para la Iglesia oficial.

 De momento, han recuperado sólo la memoria de diez de estos sacerdotes, sus avatares y el marco socio-político en el que se desarrollaron. Pero según ha confirmado a cuartopoder.es el propio Montero, “eran un grupo minoritario [los curas republicanos], pero no era algo tan excepcional como nos han querido hacer ver”. 

Porque poco a poco se tienen constancia de nuevos caso. Por ejemplo, de otros dos sacerdotes que merecen ser investigados y que estos historiadores piensan incluir en su próximo libro: Bernardo Blanco Gaztambide y Teodoro Santos Vicente, ambos asesinados por el ejército faccioso.  (...)"            (Manuel Ángel Menéndez, Cuarto Poder, 19/05/2014)

19/3/14

El capellán fue a protestar ante el general Queipo de Llano. Fue asesinado un día después

"(...) El trabajo de Díaz recoge el horror que acompañaba a los enterramientos. Incluso circula información, explicó el historiador, sobre la posibilidad de que algunos de ellos fuesen sepultados vivos, como denunció el capellán del Hospital de San Lázaro ante los servicios religiosas del cementerio. 

Así se lo comunicó una persona que huyó de Sevilla a las autoridades republicanas en Málaga en 1937: “Con un grupo de los nuestros, no se preocuparon de rematarlos y al día siguiente, el capellán fue a protestar ante el general Queipo de Llano. Fue asesinado un día después”. 

Para Díaz, es más que probable que la situación fuese frecuente, dados los testimonios. Algunas víctimas fueron rematadas a pie de zanja, incluso por el propio sepulturero. (...)"       (Público, 18/03/2014)

17/7/09

La Iglesia vasca pide perdón por su silencio ante un crimen franquista

"Seis obispos recuerdan en una misa a 14 sacerdotes nacionalistas ejecutados

Entre 1936 y 1937, 14 sacerdotes nacionalistas vascos fueron ejecutados por las tropas franquistas tras su avance en Euskadi. Nunca recibieron un funeral digno, ni se registró el fallecimiento de la mayoría de ellos en los libros parroquiales ni aludieron a su trágico final el Vaticano ni la Conferencia Episcopal, a diferencia del trato dispensado a los 498 religiosos "mártires" en la España republicana." (El País, ed. Galicia, , 12/07/2009, p. 24)

"La Iglesia vasca nos ha acostumbrado a espectáculos raros, pero esta vez ha rizado el rizo. Los obispos vascos se han acordado ahora de que no se habían acordado en 73 años de que 14 sacerdotes fueron ejecutados por las tropas franquistas. (...)

En los primeros meses de la sublevación militar, los franquistas pasaron por las armas a varios curas vascos, la mayoría nacionalistas y sin ningún tipo de juicio. El PNV había optado por la defensa de la República. Era el único partido católico que tomó esta opción, lo que irritó a los mandos sublevados, cuando legitimaban su sublevación por la defensa de la religión. Fue el trasfondo de la persecución a los curas vascos."

La iniciativa eclesiástica de reconocer en 2009 a los sacerdotes asesinados tiene un aire peregrino. Ocasiones ha tenido la Santa Madre Iglesia de enmendar su olvido. Sus fieles, y los que no lo son, hubieran agradecido el remedo en las décadas de la dictadura. A la justicia le hubiese añadido el arrojo. Se les pasó también la Transición, cuando los demócratas rescataron del olvido a los represaliados. Los siguientes treinta años de democracia se le fueron en otros menesteres. La Iglesia vasca asistió con parsimonia, hace un par de años, a la canonización de religiosos víctimas de los republicanos. Y así la solemnidad con la que ahora los obispos vascos quieren reparar la desmemoria no se sabe si es para reparar su olvido de 73 años o un intento de subsanar su descuido cuando la canonización. ¿Quiere cerrar de esta forma el ciclo histórico de la Guerra Civil, quizás todavía abierto para esta Iglesia, o todo consiste en lavar la cara ante su feligresía nacionalista?

Todo indica que, más que enmendar el error, que no lo hizo cuando tocaba, trata de quedar bien con los suyos. La gesta es verdaderamente chocante, pues a nadie se le ocurriría que la actual Iglesia vasca tiene alguna complicidad con la que tachó de Cruzada la sublevación militar. Por eso esta iniciativa extemporánea tiene un punto de surrealismo. Es como si el Gobierno democrático español se culpabilizase en 2009 de las víctimas que causó el franquismo al acabar con la democracia. Si usa tales criterios, en verdad el reino de la Iglesia no es de este mundo." (MANUEL MONTERO: A buenas horas..., El País, ed. Galicia, España, 12/07/2009, p. 24 )